Posteado por: josejuanmorcillo | julio 23, 2010

A la bartola (23-7-10)

Un amigo me ha llamado hace poco desde la tranquilidad de una hamaca en la playa. Con el sedoso romper de las olas de fondo me confesaba que pocas veces se había sentido tan relajado y despreocupado, tan lejos de los avatares laborales y familiares que tanto le habían atosigado durante todo un año. Mientras me hablaba recordé unos de aquellos versos que en el colegio nos obligaban a aprender; pertenecen a una fábula de Iriarte y, si me aceptan mis disculpas por la ingrata memoria, creo que decían algo así: “No hay en esta vida miserable gusto como tenderse a la bartola, roncar bien y dejar rodar la bola”. Lo de la bola siempre me pareció muy divertido porque yo, entonces, era –modestia aparte- un muy buen jugador de canicas; sin embargo, dejar rodar la bola es una frase hecha, muy antigua en castellano, y que viene a significar `olvidarse de las responsabilidades, holgazanear´. También, como sabemos, podemos escurrir la bola cuando huimos y escapamos de algo o de alguien, o la sacamos para marcar bíceps, o, sin ir más lejos, vamos a nuestra bola cuando solo nos ocupamos de lo nuestro.

Pero el símbolo de la relajación y de la despreocupación es, sin lugar a dudas, la bartola, esto es, la barriga. Ahora no se oye mucho, pero hasta hace unos años era frecuente la frase llenar la bartola por `comer, alimentarse´. El término proviene del nombre Bartolo, que tradicionalmente ha sido asociado a personajes perezosos y cachazudos. De entre ellos, el que se me viene a la mente es el labrador Bartolo, personaje principal del Entremés famoso de los romances. Esta obrita fue muy famosa y representada en la España del siglo XVI y pudo servir de inspiración a Cervantes ya que el susodicho labrador enloqueció leyendo romances y salió de su casa en busca de aventuras acompañado de un escudero pobre e inculto; el entremés finaliza cuando el pobre labriego fue encontrado entre unos montes, fue devuelto a su casa y acostado para que relajadamente fuese recuperando la salud y la cordura. He aquí una posible explicación al dicho de tenderse o tumbarse a la bartola.

En la historia de Europa hubo otro personaje muy reconocido y de enorme peso cultural. Este tal fue un jurista boloñés del siglo XIV, de nombre Bártolo, y su fama se debió por ser el autor de unos libros que se convirtieron en textos de estudio y de consulta fundamentales para todos los estudiantes de Derecho. Estas obras pronto fueron conocidas por el nombre de su creador, bártolos, y de ahí pasaron a denominarse en español bártulos. Gonzalo Correas, en su Vocabulario de refranes y frases proverbiales, de 1627, define bártulos como `libros´, y recoge la expresión arrimar los bártulos con el significado de `dejar el estudio´. Hoy en día usamos este término para referirnos a cualquier tipo de enseres, generalmente personales o relacionados con una profesión, que nos vemos obligados a trasladar de un lado para otro.

Casi al final de nuestra conversación, me regaló orgulloso las medidas de su ya voluminosa barriga, resultado de la inactividad y del buen comer. Le seguí la corriente y, por no amargarle lo poco que le quedaba de vacaciones, no le nombré la oficina ni la proximidad de tener que empezar a liar los bártulos.

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