Posteado por: josejuanmorcillo | julio 9, 2010

Aires africanos (9-7-10)

Hace un calor sofocante, tórrido y bochornoso para todos y especialmente asfixiante para niños y ancianos. Un buen ejemplo de ello es el de Doña Rosa, vecina de mi barrio y contertulia ocasional en las esquinas abrasadoras donde caza a sus víctimas con la habilidad propia de la mantis. Está especialmente nerviosa. Lo noté el otro día por la impaciencia que denotaban sus ojos al observarme furtivamente cuando bajaba las escaleras de mi portal. Yo hice como que no la vi, y, aunque disimuladamente tomé las de Villadiego, ella me asaltó en plena calle, con premeditación, alevosía y diurnidad. Al acercarse a mí, ese cierto estado de crispación también lo percibí en que su pintalabios había tomado un pequeño atajo para llegar a la comisura de unos labios atormentados esa mañana por un tic insistente y porque lanzaba a diestro y siniestro la bolsa de plástico que llevaba en su mano derecha conforme articulaba las palabras.

Le transmití mi preocupación por su estado de ánimo -o de salud o de lo que fuese- sin caer en la cuenta de que, con ello, había firmado una pequeña condena de cinco minutos que se me hicieron más largos que un día sin pan.

– No te puedes hacer una idea de la mala noche que he pasado, ¿eh? Con el ruido de la calle y con este calor… ¡Qué calor! Y ahora dicen que el calorcito este es por los aires africanos, que vete tú a saber la polvisquera y los virus que traerá. Claro, así estoy yo, sin dormir y con los nervios que fíjate qué nervios, que parece que llevo el baile de San Vito.

– Usted relájese, doña Rosa, que le va a dar algo serio si no se calma. Cuando se vaya a acostar, abra las ventanas para que haya corriente, y no se angustie con lo de los aires africanos, que es solo una bolsa de aire muy caliente que ha subido desde el desierto del Sáhara y que ha llegado hasta aquí, pero sin virus ni nada.

Se quedó paralizada y torció la cabeza para mirarme soslayada y desconfiadamente, con los labios encogidos por la incredulidad.

– A mí no me cuentes historias de bolsas que vienen del desierto, que en mi casa y en la de todo el mundo un aire es una enfermedad, o si no fíjate lo que le pasó a Antonio, un pastor de mi aldea, que fue al campo y le dio un mal aire que ahí se quedó, que dicen que, cuando lo encontraron, las alimañas lo habían dejado ya irreconocible, que de la cara sólo quedó…

El recuerdo y el relato detallado –quizás demasiado detallado- de aquella historia la calmaron al menos lo suficiente para darme la oportunidad de tender una excusa y marcharme. Mientras caminaba pensaba en doña Rosa, en su soledad y en su desesperación, en su angustia callada ante la proximidad de la muerte y en el miedo que debe sufrir al pensar que cualquier noche, mientras duerme, un mal aire se le cuele en su habitación por las ventanas que dejó abiertas para no ahogarse.

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Responses

  1. Tienes una gran habilidad para escribir prosa. Cuando introduces a los personajes de tu vida en los articulos, realmente toman vida y tu humor me hace sonreir hasta el final.

  2. Gracias por tus palabras, no las merezco, pero me alegra saber que te hacen disfrutar.


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