Posteado por: josejuanmorcillo | junio 18, 2010

Abundancia de cuernos (18-6-10)

Recuerdo que, siendo yo niño, solía acompañar a un cabrero cuando sacaba el rebaño a pastar, y él me recompensaba con un buen trago de leche que yo tomaba, tumbado boca arriba, directamente de las ubres de la cabra. Y recuerdo también la frase que dejó caer un día cuando yo admiraba la cornamenta del cabrón: “Guárdate bien de los cuernos, José, que son el peor mal que le puede caer al hombre”.

Sabemos que el tema de la infidelidad y de la imagen del cornudo han sido de los más atractivos para escritores, artistas e intelectuales hasta no hace mucho. La sociedad machista imponía al hombre el papel de dominante y a la mujer el de sumisa, obediente, fiel y ama de su casa, y esa misma sociedad denostaba despiadadamente al cornudo por ser “poco hombre” y dejarse engañar por su mujer. En esta línea, una de las mejores definiciones que hay del cornúpeta racional es la que dio Quevedo en uno de sus poemas satíricos: “Es hombre y es venado y es jumento, / porque de todos tres tiene tomado / las armas, la razón y el sufrimiento”. Y sin piedad arremete en otros versos de esta guisa: “Cuando tu madre te parió cornudo, / fue tu planeta un cuerno de la luna; / de madera de cuernos fue tu cuna, / y el castillejo [`un andador´] un cuerno muy agudo”.

Sin embargo, en todas las tradiciones primitivas los cuernos han simbolizado poder y fuerza, y, de hecho, adornaban con ellos sus pieles, los yelmos de guerra e incluso sus cascos. Baste recordar a los vikingos, por ejemplo. Además, el cuerno se usaba como un instrumento musical profundamente respetado, y al que se veneraba porque servía para llamar al espíritu para la guerra santa. Sonaban como esas vuvuzelas infernales que se oyen en los partidos del Mundial de Fútbol de Sudáfrica, que, de hecho, pretenden imitar el barrito de los elefantes cuando se ven amenazados y desean atacar.

Así pues, lo de los cuernos no es tan malo como parece. O, si no, vayamos a la Antigüedad clásica. En la mitología romana se nos cuenta que la diosa Cibeles, esposa de Saturno, no podía seguir aguantando que su marido devorase a sus hijos, así que decidió sustituir a Júpiter, que acababa de nacer, por una piedra envuelta en pañales, y Saturno se la tragó sin notar el engaño. Cibeles envió a su hijo al monte Ida, en la isla de Creta, para que estuviese a salvo, y allí fue alimentado por la cabra Amaltea. Nos cuenta Ovidio en sus Metamorfosis que un día a la cabra se le rompió un cuerno, y Júpiter lo usó para alimentarse llenándolo continuamente de flores, frutos y de la propia leche de Amaltea. En agradecimiento, el dios convirtió al animal en constelación (la de Capricornio). De esta leyenda proviene la expresión “tener el cuerno de la abundancia”, para referirnos a una persona que disfruta de una más que holgada y creciente situación económica.

De estos afortunados que viven de rentas y con un buen colchón económico, con los tiempos que corren, van quedando pocos, y al que posea semejante trofeo caprino seguro que le importará un cuerno si el despertador suena más tarde o más temprano, porque no tendrá que partirse los cuernos todos los días para pagar la hipoteca y el recibo de la luz. Ya lo ven: al final todo va a ser cuestión de eso, de cuernos.

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Responses

  1. Relacionado con el cuerno de la abundancia, puede estar ese dicho de “los cuernos son como los dientes: que duelen cuando salen, pero después ayudan a comer.”


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