Posteado por: josejuanmorcillo | junio 11, 2010

Energúmenos (11-6-10)

En una ocasión definió Lope de Vega a los energúmenos como “hombres atormentados por el demonio”. Quizás nos resulte algo exagerada esta definición en los tiempos en que vivimos, pero el término, tomado del latín aunque con raíces griegas (<gr. energúmenos `poseído´), tuvo en su creación este sentido. Fue Nebrija quien le dio entrada oficial en nuestra lengua al incluirlo en su Vocabulario español latino con el significado de `endiablado, endemoniado´, y es el que hemos ido usando hasta la actualidad, salvo alguna excepción como la de Cadalso, que empleó energumenado en lugar del ya conocido energúmeno.

Es cierto que hoy usamos esta palabra para contextos que nada tienen que ver con el ámbito religioso ni menos aún con exorcistas. Pero déjenme que les cuente lo que me sucedió el otro día mientras hacía cola en la caja del supermercado. Se colocó detrás de mí una madre que empujaba el carrito en el que iba embutido un niño de unos tres años. Miré a la criatura y le sonreí; parecía un ser tan bueno que me dio por hacerle una carantoña, pero él fijó aterradoramente su mirada en mí. Me di la vuelta tras fingir una sonrisa cariñosa y seguí esperando hasta que me tocara el turno de pagar, y no pasó apenas un minuto cuando noté que el niño cobraba vida: al principio tímidamente, tirándome del pantalón, dándome patadas y lanzándome gusanitos ensalivados; poco después, como la madre no lo amonestaba y yo tampoco le prestaba atención, se irritó y empezó el espectáculo: emitiendo sonidos guturales y laringales como berridos, agitaba los brazos y las piernas con tanta violencia que iba tirando los objetos de los expositores; consiguió zafarse de la correa, se escapó del carrito y le dio por arrastrarse por el suelo al tiempo que golpeaba con su puño a los pies de los sufridos clientes. Lo extraordinario era que la madre actuaba como si aquello no fuera con ella, como si considerase que aquello era normal y que había que dejar sola a la criaturita para evitar que creciera coaccionado por la autoridad materna. Al final pagué y logré huir del espectáculo. A principios del siglo XVII y en plena Contrarreforma, se escribió en un tratado sobre espiritualidad que se aconsejaba el uso constante de la oración pues era “capaz de sanar los espumantes energúmenos”; yo les aseguro que ese niño necesitaba algo más que letanías, antífonas y salmos responsoriales.

Le comenté a un compañero de trabajo lo sucedido, y coincidíamos en que éramos luego nosotros, los docentes, los que teníamos que encargarnos del pastel, los que debíamos tragarnos la mala educación de algunos alumnos consentidos, malcriados y violentos. ¿No querías caldo? Pues toma tres tazas. “Pero esto es así, es algo que va con el sueldo; es como el médico que tiene que hacer un tacto rectal o al que le tosen o vomitan encima”, me dijo. “Claro”, pensé, “pero no nos vendría mal un cursillo de formación urgente en relajación o en exorcización”. Y todo ello sumado al recorte de sueldo que ya hemos empezado a sufrir los funcionarios. Vade retro.

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