Posteado por: josejuanmorcillo | junio 4, 2010

En bandeja de plata (4-6-10)

Azafata y camarera son dos de las pocas profesiones actuales que pueden presumir de haber estado a lo largo de la historia entre las más cotizadas y deseadas. Aunque la de camarera no es hoy en día de las más solicitadas, son muchas –y ahora ya muchos- los jóvenes interesados en trabajar como azafatos –lo que en Hispanoamérica se denomina aeromozos-, y, para ello, realizan cursos de postgrado con el fin de especializarse en lo que ahora se viene a llamar “asistente de vuelo” o TCP (Tripulante de Cabina de Pasajeros).

De las dos profesiones citadas antes, históricamente la de mayor importancia ha sido la de camarera, pues a ella se le encargaban las tareas de servir, de vestir y de peinar y componer el cabello de la dama. Todo esto se llevaba a cabo dentro de la cámara o habitación privada de su señora, y de ahí su nombre, camarera, `la que sirve dentro de la cámara´. Al pasar tanto tiempo solas, la camarera era la criada de más estimación, y tanto era así que, frecuentemente, esta se convertía en la tesorera de los secretos de la dama. Dentro de palacio ocupaba un lugar preferente la Camarera Mayor, la que servía a la reina, y entre sus privilegios se hallaban el de poder ocupar algún asiento a la izquierda de la soberana y el de preceder y mandar a todas las otras criadas de los reyes. El primer documento escrito que tenemos de esta palabra lo encontramos en el Fuero de Cuenca, escrito hacia 1290. En él, en su artículo VII, que habla sobre la fidelidad que deben tener los trabajadores y sirvientes a su señor, se ordena que “non aya departimiento ninguno con su muger del señor, nin con la fija, nin con la nodriza, nin con la camarera”.

La azafata estaba a las órdenes de la Camarera Mayor. Solía ser una viuda de rancio abolengo, y se le encomendaban las tareas de despertar a la reina todas las mañanas y de guardar y proteger sus alhajas y vestidos. El nombre de azafata viene del de azafate, que era una especie de canastillo de mimbre, aplastado y alargado a modo de bandeja, sobre el que la azafata ofrecía a la reina el vestido y demás atuendos que debía ponerse, con la ayuda de la Camarera, claro. Así, en los Inventarios reales de bienes muebles que pertenecieron a Felipe II, redactados hacia el año 1600, se deja constancia de unos utensilios de plata dados por el monarca fallecido “para serviçio de la Infanta doña Ana, y entregados a su azafata, doña Estefanía Romero de Villaquiván”.

El término azafate se dejó de usar en castellano a finales del siglo XVI porque se puso de moda –y finalmente se impuso- un extranjerismo que entró del portugués: bandeja. Y fíjense que ahora, a comienzos del s. XXI, nuestras azafatas y camareras vuelven a coincidir, no dentro de una cámara real, sino portando el mismo objeto que les obliga su profesión: una bandeja. Eso sí, no me negarán que a partir de ahora nos sentiremos a cuerpo de rey cada vez que una camarera nos traiga la consumición o una azafata nos ayude a colocarnos el cinturón de seguridad. Hay profesiones que nunca pasarán de moda.

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