Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 28, 2010

Flipante (28-5-10)

Se sabe que los españoles estamos entre los europeos más adictos al televisor, y ahí están los últimos estudios y las cifras más recientes que lo corroboran. Y miren que es difícil creer que en un país como España, en el que apetece tanto tapear, pasear y alternar, donde el sol, la alegría y la juerga son nuestros mayores reclamos turísticos, estén sus ciudadanos enganchados a la pantalla hora tras hora. Pero así es, no se puede negar la evidencia, como tampoco que entre los programas más vistos se encuentran los deportivos –con el fútbol como protagonista- y los del corazón, además de esos que están agrupados bajo la definición de “telebasura” y que no son otros que las series y los realities que hacen gala de una triste ausencia de los más básicos valores éticos y morales.

Lo del deporte nos viene ya de muy lejos, aunque no con el significado de `actividad física´. En una crónica de mediados del siglo XVI se habla de El Pardo como “la casa de deporte de los Reyes de Castilla”, y no piensen que en este escrito encontramos la primera documentación de un polideportivo; por aquella época, el término deporte era sinónimo de `ocio, diversión, tiempo libre´. Precisamente también, y por aquellos años, las damas de la alta sociedad tenían por uno de sus “deportes” preferidos el leer literatura pastoril, sobre todo poesía. Eran novelas y poemas bucólicos que narraban los amoríos secretos e infieles entre pastores cultos, recatadísimos y sin rebaño que en nada se parecían a los de verdad, a esos pobres de carne y hueso que aparecen representados en El Quijote, sin estudios, curtidos por el hambre y el duro clima de La Mancha. El atractivo que esta literatura despertaba entre las aristócratas españolas era que esos protagonistas representaban situaciones y personajes reales de la alta sociedad, y, así, la poesía y las novelas pastoriles desempeñaban la misma función social que cualquier medio de comunicación actual que se dedica a la prensa rosa, al cotilleo.

Pero no nos alejemos del primer punto que hemos tratado al comienzo, y que no es otro que el de la adicción casi preocupante que sufrimos los españolitos de a pie frente a la tele. Los norteamericanos, que fueron los inventores del aparato, han tenido el detalle de estudiar y dar nombre a los diversos comportamientos observados en los televidentes con el mando en la mano. El zapping (zapeo en español) es el cambio a un canal que nos gusta más; si este cambio a otros canales es más frecuente –cada dos minutos- se habla de zipping; en un nivel superior hablaríamos de grazing, que sucede cuando seguimos varios programas a la vez y, por tanto, el salto de canal es constante; y, finalmente, el grado que indica ya una patología preocupante y enfermiza es el denominado flipping, que ocurre cuando el televidente cambia sin parar y sin seguir ningún programa televisivo. Del verbo inglés to flip, que quiere decir `enloquecer´, ha surgido el español flipar, que tiene un uso similar.

Lo impactante del estudio norteamericano no son los términos, sino que muchos pueden flipar al sentirse identificados con alguno de ellos.

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