Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 7, 2010

Atónitos (7-5-10)

La violencia se siente todos los días; se huele en las noticias con imágenes truculentas e innecesarias; se palpa en la calle con las miradas de desprecio e intolerancia contra ciudadanos que son diferentes de la mayoría; se aspira en los hogares con los insultos y comentarios xenófobos que los hijos copian por creer que es lo más correcto; se observa en las aulas cuando los alumnos excluyen y maltratan física y psicológicamente a otros a los que consideran sencillamente distintos y más débiles; se oye en tertulias, en videojuegos, en conversaciones telefónicas, en boca de políticos, en el ascensor o en el bar, en la esquina del barrio o en la cola del supermercado. Me acuerdo de la matanza en la Universidad norteamericana de Virginia, hace unos años, y la recuerdo como el resultado de esta realidad, de esta ausencia de humanidad que, como un cáncer, corroe las entrañas de los países más ricos e industrializados, y especialmente a Estados Unidos. Y a muchos, ya habituados al ojo por ojo y diente por diente, a sorber la sopa frente a imágenes de cadáveres y a admitir la violencia gratuita contra animales y seres humanos, seguro que esta matanza les produjo la misma impresión que la que les hubiera podido ocasionar la situación de peligro de extinción por la que pasa en estos momentos el pato crestudo de Argentina.

A otros, en cambio, la noticia nos dejó estupefactos, atónitos, pero especialmente espantados por la posibilidad de que se convierta en moda en otros lugares. Que un joven de veintitrés años, cansado de burlas, humillaciones, con problemas psiquiátricos y de sociabilidad decida colocarse un atuendo paramilitar y acabar con todo de aquella forma pone a uno los pelos como escarpias. En la Antigüedad, los romanos empleaban el verbo attonare para expresar una sensación de aturdimiento y de estupor tal que podía compararse a la impresión que dejaba el impacto de un rayo, ya que, de hecho, este verbo provenía, a su vez, de tonare (`tronar´). De esta familia léxica nos ha quedado el adjetivo atónito, que aplicamos al que se ha quedado petrificado, como partido por un rayo, al ver algo inesperado o escuchar una noticia sorprendente. Y, curiosamente, de atónito derivó el término atuendo, pues se aplicaba al principio a la pompa “estruendosa” del rey para, finalmente, acabar por designar los ropajes modestos de cualquier persona.

Pero no sólo atónitos, sino cariacontecidos, desconcertados y pasmados nos quedamos ante las declaraciones de algunos ciudadanos norteamericanos ante crímenes tan monstruosos como aquel. Según ellos, estas matanzas indiscriminadas se podrían evitar si los alumnos, al igual que casi todos los ciudadanos, llevasen siempre consigo, a mano, armas para defenderse, y que la panacea para evitar futuros crímenes de este tipo sería, por tanto, que se pusieran a la venta más armas de fuego. No está mal. Esto es como si, para acabar con la droga que se vende por la noche en los lugares de ocio de nuestros hijos, se permitiese que paseasen más camellos por las calles vendiendo los estupefacientes más duros y mortíferos del mercado. ¡Que me parta un rayo si entiendo algo de todo esto!

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