Posteado por: josejuanmorcillo | abril 23, 2010

Expósitos (23-4-10)

Uno de los apartados más apasionantes para un lingüista es el estudio del origen y evolución de los nombres propios de personas y, sobre todo, de los patronímicos, es decir, de los apellidos que antiguamente daban los padres a sus hijos. Por esta razón, al bucear en el origen de estas palabras nos adentramos en la historia de nuestro país y de nuestros más lejanos antecesores.

En la Edad Media, y en plena Reconquista, los cristianos castellanos apellidaban a sus hijos con el nombre del progenitor añadiéndole la terminación –ez, que significa `hijo de´. De esta manera, quien se apellidaba Martínez era porque su padre se llamaba Martín; Jiménez quiere decir `hijo de Jimeno´; Díez o Díaz, `hijo de Diego´; Pérez, `hijo de Pero (Pedro)´; López, `hijo de Lope´; González, `hijo de Gonzalo´; el padre de un Fernández o Hernández se llamaría Fernando o Hernando; o el primer Sánchez, Sáenz o Saiz tendría como progenitor a alguien llamado Sancho. Más tarde, los apellidos fueron pasando de generación en generación independientemente del nombre de los padres.

Ahora bien, en la España de finales de la Edad Media se iba imponiendo una realidad social y religiosa: los conversos, esto es, los judíos o los musulmanes que renegaban de su religión y se acogían al cristianismo. A la hora del bautismo debían escoger un nombre y un apellido: para el primero no tenían ningún problema, pero sí para el segundo. ¿Qué apellido cristiano iban a adoptar si no podían tomarlo de sus progenitores? Optaron, principalmente, por dos alternativas: tomar el nombre de su profesión o bien el de su ciudad o pueblo de nacimiento. Y así, encontramos apellidos como Pastor, Panadero, Herrero o Ferrero, Escribano, Ballestero, Mercader, Escudero, Zapatero, Carnicero, Tendero, Carretero, Molinero, Guerrero,…; y otros como Zafra, Cuenca, Zamora, Iniesta, Sevilla, Alarcón, Honrubia, Albacete, Paterna, Alcaraz, Jaén, Osuna, Nájera, Gallego, Navarro, Valenciano, Catalán,… Pero también se apellidaban usando algún apodo o característica física (Valiente, Gallardo, Delgado, Lozano, Moreno, Rubio, Negrillo, Seisdedos, etc.) o elementos cotidianos sacados generalmente de la naturaleza (Peña, Fuentes, Pinar, Torres, Castillo, Selva, Egido, Manzanares, Campillo,…).

Cuando, hasta no hace mucho, un bebé era abandonado en las puertas de una iglesia o convento, se le ponía como apellido el nombre al que estaba consagrado el templo (Sampedro, Santamaría, San José, Santacruz, San Juan, Santos, Sangil, Sanromán, San Llorente,…) o fríamente se le imponía el de Expósito, que significa `expuesto, abandonado´ (lat. ex positus, `puesto fuera´), un apellido más brusco y, a la vez, más traumático para la persona. En Roma, al pater familiae, dueño absoluto de los hijos, el derecho le reconocía como un elemento más de la potestas patria el ius exponendi, es decir, el derecho de sacar fuera de la casa al hijo no deseado, y dejarlo ahí para que se muriera o para que alguien lo recogiera movido por la lástima. Era un expósito.

Todos nosotros, al fin y al cabo, podríamos llegar a sentirnos como expósitos al leer nuestros apellidos, ya que en ellos hallaríamos con total seguridad alguna sorpresa genealógica: deberíamos verlos como una magnífica lección de historia y de tolerancia.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: