Posteado por: josejuanmorcillo | abril 2, 2010

Vidas de perros (2-4-10)

Me ha sorprendido que todavía por estas fechas haya puntos de nuestra geografía en los que siga nevando y cayendo chuzos de punta. Pero más sorprendente ha sido la noticia que cayó en mis manos no hace mucho, y les aseguro que es cierta, que no les engaño. Desconozco la fecha del suceso, pero he leído que, al parecer, en la ciudad de Visby, en Suecia, una mujer murió al ser golpeada por las heces de un perro. El cachorrito, un sambernardo, se desahogaba desde la azotea del edificio y las deposiciones se congelaron mientras caían directas a la cabeza de la malograda. El caso de esta desafortunada señora no es para tomárselo a guasa, pero no neguemos que la mezcla de lo escatológico y lo trágico produce en no poca gente un cierto aroma a humor negro. Y me viene ahora a la memoria –y por eso se lo transcribo- que en algunos países hispanoamericanos, como es el caso de Cuba, se usa la expresión estar meado por los perros para referirse a alguien que tiene muy mala suerte; cómo se nota que en aquellas latitudes no se sabe lo que es estar a 30º bajo cero.

Igual de verídica es la conversación que escuché una mañana entre dos ancianas. Era muy temprano, y yo, que estaba recién salido de una extracción de sangre, andaba en ayunas y con hambre canina. Delante de mí, una señora de avanzada edad y de gesto abatido y resignado paseaba un perrito de raza desconocida con el que compartía evidentes señales de artrosis y dejación: al verlos, parecía como si entre los dos seres hubiese nacido un sentimiento de resistencia por ver quién sobreviviría a quién. Tras cruzar la calle, se encontró con una amiga, a la que no tardó en comentarle lo insufrible que se le hacía ya el tener que pasear al animalito todos los días para que hiciese sus necesidades. Y ésta, con una agudeza y un ingenio admirables –tanto que hizo olvidarme del mal trago de la analítica-, le respondió: “Bueno, pues ahora dime tú quién es el perro: él o tú”. Ese diálogo parecía estar sacado de El coloquio de los perros, novela en la que Cervantes da voz a dos canes para ridiculizar al género humano y atacar sus vicios y crueldades, y, por qué no, seguro que merecería figurar en un tratado sobre el esperpento.

En arte, la representación gráfica de un perro simboliza la fidelidad, y de nuestro fiel compañero se suele decir que es el mejor amigo del hombre. Sin embargo, esto choca frontalmente con la realidad lingüística de nuestro idioma, porque llevar una vida de perros no significa gozar de una existencia feliz, o llamarle a uno perro no es precisamente alabar sus virtudes y bondades; y no digamos nada del apelativo perra lanzado a una desprevenida joven.

Y ya que estamos concluyendo y que idiomáticamente tratamos tan mal a nuestro fiel servidor, se me antoja que viene muy al caso una frase de dudable autoría, pero con muchos años de antigüedad, muy aguda, mordaz y cierta, y que me gustaría compartir con ustedes. Seguro que la habrán escuchado: “Cuanto más conozco a los hombres, más admiro a los perros”. Que cada uno mueva la cola como mejor sepa.

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Responses

  1. En su artículo, “Vidas de perros” (2-4-10), menciona el caso de una señora sueca, traumatizada por heces de perro San Bernardo. Frecuentemente, preferimos atribuir a mala suerte, o a agencias externas, las consecuencias de acciones u omisiones propias, evitando responsabilidades, y buscando a quien culpar.

    No es justo atribuirle al pobre perro, auxilio de montañistas perdidos, la autoría de tan mala suerte. Primero, es imprescindible indagar si, como de costumbre, también existieron ingerencias humanas. Ni es necesario vivir en frígidas latitudes, para saber que los San Bernardo no son raza para arrinconar en apartamentos, mirando al exterior por la ventana; sino de espacios abiertos y aires libres. No por mera coincidencia, las asociaciones de dueños, aún en latitudes subtropicales, frecuentemente prohíben perros de razas grandes en sus edificios. Además, menuda indignidad si todos los días, para desahogarnos, nos viéramos obligados, traseros expuestos a frígidos aires de la azotea, a balancearnos sobre el precipicio. Aunque de poca consolación para familiares, la difunta tuvo suerte, en haber sido impactada por heces solamente, y no por el San Bernardo, “in toto.” De no ser por la agencia de los humanos que, importunamente, yuxtapusieron a San Bernardo con azotea, el impacto hubiera sido, a lo sumo, por productos de Chihuahua, y otros gallos cantarían.

    Los cubanos, sin renos ni trineos, ya conocemos bien el potencial traumatizante de las heces; prueba de lo cual quedó documentado en nuestra historia: Cuando, durante la Guerra de los Siete Años, los ingleses ocuparon la Habana en 1763, los criollos prontamente bautizaron al excremento “vidrio inglés”, término conocido por cubanos hasta el día de hoy. Y frases, tales como “me corté con vidrio ingles”, o “¿te cortaste con vidrio inglés?”, refiriéndose a las infortunadas consecuencias de pisar inadvertidamente una de ellas, perduran todavía. Lo cual, desde luego, nunca excusa no haber prestado mas atención.

    Arsenio O. Cordovés
    Miami, Florida

  2. Muchas gracias por su aportación. Tomo nota del “vidrio inglés”, magnífico ejemplo de sabiduría popular.
    Un saludo y gracias de nuevo.


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