Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 25, 2010

Mugidos (26-3-10)

Aún colea la polémica generada en algunas Comunidades Autonómicas a raíz del debate sobre si las corridas de toros deben ser prohibidas por la violencia y la saña infligidas al animal. Se está hablando de que esta no es la fiesta nacional porque son cada vez menos los que comparten esta afición; se están argumentando posiciones culturales para evitar que sea abolida, y, de hecho, en algún caso ya ha sido declarada la fiesta de los toros como patrimonio cultural. La fiesta de los toros no, pero es indudable que la cultura del toro es milenaria en los países mediterráneos. Pero hoy quisiera hablar aquí de su consorte, la vaca, por razones bien distintas y porque su proyección cultural es, si cabe, más universal. Para algunas de las grandes civilizaciones orientales de la Antigüedad, como la egipcia o la hindú, la vaca está asociada a la tierra y a la luna; es, por tanto, un ser celestial. En La India es un animal sagrado; es Vach, la encarnación femenina de Brahma. En algunos papiros del antiguo Egipto se representa a la vaca con grandes cuernos, y, bajo ella, protegido, se ve al pueblo ordeñándola, como la gran diosa madre que da continuamente alimento y calor vital. En el Génesis, el faraón le pide a José que le interprete un sueño en el que aparecían siete vacas lustrosas que eran comidas por otras siete macilentas; y la interpretación fue que las siete vacas buenas anunciaban siete años de abundancia, mientras que las flacas simbolizaban otros siete de penuria y escasez. De este episodio bíblico tenemos hoy día la expresión “de vacas flacas” para referirnos a una época de escasez y de estrechez económica, o “de vacas gordas” para todo lo contrario.

No hace mucho, en la Universidad de Londres, John Wells, profesor de fonética, ha descubierto una cualidad más de este sorprendente animal. Al parecer, este fonetista y su grupo de colaboradores han llegado a la conclusión de que las vacas inglesas mugen con un acento distinto en función de su localización geográfica, y, según se cree, esto se puede deber a la estrecha relación que existe entre los granjeros y estos bóvidos. Sostienen, incluso, que este hecho tiene su origen en el contacto de este animal con el resto de vacas de su comunidad, y que el mismo fenómeno está también demostrado en los pájaros. Pero en Liechtenstein afirman que la cuestión dialectal de las vacas depende de su alimentación, que sus vacas mugen con más suavidad, relajación y tranquilidad porque se alimentan de cáñamo, la planta de la familia del cannabis.

Sea como fuere, la noticia no deja de ser un motivo de alegría para los espíritus más nacionalistas. La lengua, que en algunas regiones ha sido transformada y rebautizada como poderosa arma política, ahora lo va a ser más. No nos sorprendería que, dentro de unos meses, aparecieran estudios fonéticos dialectales de las vacas catalanas o vascas frente a las madrileñas o gaditanas, ni que grabaran sus mugidos como documento sonoro y de patrimonio cultural como una reivindicación más de la singularidad y exclusión territorial.

Los hindúes, quizás algo menos alborotadores, revisten a su vaca sagrada con dos atribuciones: “vaca de la abundancia”, por su función de mantener al mundo; y “vaca melodiosa”, por la idea de que el mundo fue creado por el sonido. Curiosa coincidencia, ¿no creen?

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