Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 12, 2010

Caricaturesco (12-3-10)

A mi amigo Chema y su “Fe de ratas”

En una entrevista emitida por una cadena televisiva nacional a una catedrática española de Filología Árabe se le preguntó qué consideraba más grave: el atentado del 11-S o las caricaturas de Mahoma publicadas en el periódico danés Jyllands-Posten. Ella, que confesó abrazar la religión musulmana, contestó relajadamente que ambos actos eran igual de graves y lesivos, en ámbitos distintos, aclaraba, pero con unos daños similares.

La caricatura, ya sea gráfica o lingüística, consiste en deformar una realidad, y su finalidad es exclusivamente crítica y siempre desde la risa, desde el sentido del humor. Lo malo es que a muchos la caricatura les suena a insulto o falta de respeto, y quizás se deba a que desconocen una gran virtud, ya muy valorada desde Aristóteles: la de ser uno capaz de reírse hasta de su propia sombra. Los pueblos mediterráneos somos más dados al humor caricaturesco; de hecho, fue en la antigua Grecia donde surgió esta práctica, que, más tarde, se generalizó por todo el Imperio romano: en algunos muros de Pompeya se conservan milagrosamente grafitis que representan de manera burlesca a gente de reconocida posición social y pública; y en menor escala, las meretrices romanas solían dibujar suelas de sandalia cara que se encaminaban a la entrada del lupanar y, junto a ellas, la leyenda Vade mecum (`Ven conmigo´). Viendo estos orígenes, no extraña que la palabra caricatura sea un préstamo del italiano, y proviene, a su vez, del término caricato, que es un bajo cantante que solía representar en las óperas –sobre todo las de los siglos XVIII y XIX- los papeles de bufo.

Pero volvamos a lo dicho al principio. Apuntamos antes que la caricatura se basa en la deformación de un individuo o de un grupo social, y esto se consigue atribuyéndole rasgos propios de los animales (animalización) o de las cosas (cosificación). Los mejores ejemplos podemos encontrarlos a lo largo de nuestra cultura artística y literaria, y en cuatro momentos históricos. El inicio de la caricatura literaria lo hallamos en la descripción de la serrana en el Libro de Buen Amor, donde el Arcipreste nos la retrata con unas orejas “mayores que de añal burrico”, con un pelo pequeño y negro como de corneja, y con unos dedos gordos y bastos como “viga de lagar”. Un segundo momento o de continuación aparece con Quevedo, y sobre todo en El Buscón, donde, por ejemplo, se describe al licenciado Cabra como “un clérigo cerbatana […]; el gaznate, largo como de avestruz […]; las manos, como un manojo de sarmientos cada una”. Con los Caprichos de Goya se llega a la maduración caricaturesca, ya que en ellos se critica con dureza a la sociedad española retratándola monstruosamente deformada. Y, finalmente, la deformación y la caricatura alcanzan su perfección en el esperpento de Valle-Inclán.

Después de este recorrido, no estaría de más recordar que la crítica que emana desde la caricatura ha de ser sutil, no demasiado ofensiva, aunque sí sarcástica e incisiva, porque, de lo contrario, no sería crítica. Y, lo más importante, se debe tomar con sentido del humor, que para eso se hacen las caricaturas, para que esbocemos una sonrisa. Un país que sabe reírse hasta de sí mismo es un pueblo que goza de una excelente salud histórica.

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