Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 26, 2010

Lagunas y charcos (26-2-10)

Durante las últimas semanas no se habla de otra cosa: no para de caer agua del cielo. Agua y frío. Y aunque de todo se cansa uno, por muy bueno y beneficioso que sea, ya nos han vaticinado que esta tendencia de bajas presiones continuará unas semanas más. Ya son muchas las voces que han manifestado que todo esto es la consecuencia del cambio climático: subida de las temperaturas, deshielo de los polos y un aumento del nivel de los mares con millones de litros de agua dulce. De un cambio climático que, con toda seguridad, desembocará en una nueva glaciación global.

De cualquier forma, toda esta agua es maná caído del cielo, y, por poner un caso, el aspecto actual de los embalses no se parece en nada al de unos años atrás: ahora atesoran una reserva de cerca de un sesenta por ciento de agua; entonces eran lo más parecido a una charca sucia y fangosa.

Antiguamente, una balsa era un charco grande de agua no apta para el consumo humano, y se usaba el verbo embalsar exclusivamente para el ganado, cuando era introducido en estas balsas o charcos de agua pantanosa para que se refrescase. Siglos más tarde, comenzó a denominarse balsa a una cantidad de agua considerable, almacenada natural o artificialmente, destinada para riego, para animales o para el disfrute humano. Todavía se ven parcelas y chales a las afueras de alguna ciudad con balsas en las que se baña la gente. El término embalse no surgirá hasta mediados del siglo XIX, pero antiguo sí es el verbo rebalsar, que significaba `desbordar, rebosar´, y que, con el paso de los siglos, pasó a escribirse y pronunciarse rebasar y con el significado de `exceder cierto límite´.

Dentro de esta línea, fue Alfonso X, en su General Estoria, el primero en registrar en castellano la palabra piscina, pero entonces disfrutaba esta de una aplicación muy diferente de la actual. Piscina es un cultismo latino, que proviene de piscis (`pez´), y significa `vivero de peces´. Cuando el rey Sabio habla de ella, la define como “el lugar donde hay pescado, o porque lo tienen o porque lo lavan”. Estas piscinas o viveros de peces eran habituales en los monasterios, y, cuando el calor apretaba, los monjes no dudaban en darse un remojón en ellas; con el tiempo, los branquíferos desaparecieron y las piscinas fueron ocupadas por acalorados y sudorosos bañistas. Hasta hoy en día, lógicamente.

En latín, la palabra palus significaba `pantano de agua estancada y pestilente´, y la utilizaban para referirse a la laguna Estigia, la que separaba el reino de los vivos del de los muertos. De este vocablo proviene el término paludismo, que, como sabemos, es una enfermedad transmitida al hombre por un mosquito que vive en aguas estancadas. También en la toponimia quedan rastros de este palus: el Cabo de Palos recibe su nombre por el mar Menor, que es como una laguna de mar salado.

No cabe duda de que nuestros pantanos están acumulando una cantidad de agua considerable de la que podremos disponer durante muchos meses. Nada que ver con el aspecto de hace un tiempo, cuando más bien parecían cenagales de aguas podridas, decenas de Palos de la España meridional, como lagunas Estigia entre la España húmeda y la seca.

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