Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 19, 2010

Ni un pelo de tonto (19-2-10)

Esta semana me ha comentado una persona muy allegada a mí y a la que estimo mucho que soy demasiado bueno, demasiado paciente y demasiado permisivo, y me recordó que de bueno a tonto no hay más que un paso. Le agradecí sus palabras, y añadí que, afortunadamente, de tonto no tengo un pelo, aunque en muchas ocasiones tenga que hacérmelo. Lo que me consuela es que aparentar no enterarte de nada está al alcance de muy pocos. Y ya que va de pelos el asunto de hoy, acabo de recordar que unos científicos han logrado hace unos meses recuperar genéticamente el pelo tras inyectar a unos ratones que nacieron calvos un gen y comprobar que al poco tiempo, y para jolgorio de los roedores -supongo-, les iba creciendo una cálida manta pilosa. Este hallazgo va a suponer, por fin, la desaparición de la alopecia, y les he de confesar que era algo que llevaba deseando mucho tiempo. Al fin y al cabo, de la alopecia no me gusta ni el nombre, porque esta palabra proviene de la latina alopecia, la cual, a su vez, deriva de la griega alópejon, que quiere decir `zorra´, ya que este es un animal que pierde el pelo con frecuencia. Y no me iba gustando nada la comparación, para qué les voy a engañar.

Pues bien, ahora que no tenemos pelos en la lengua, y como así nos luce el pelo, me viene a la mente la expresión estar en pelota, que quiere decir `estar con el pelo al descubierto´, es decir, desnudos, como nuestra madre nos trajo al mundo, y esta expresión no debe confundirse con la otra, estar en pelotas, que es exclusiva de los que tienen pelo en pecho, esto es, del género masculino, y por razones que bien pueden saltar a la vista.

Plinio, en su Historia Natural, nos cuenta con pelos y señales que un soldado llamado Mesenio tenía una merecida fama de despiadado ya que llegó a matar a sangre fría a unos trescientos contrarios. Al morir este personaje, abrieron su cadáver y descubrieron que su corazón estaba cubierto de pelo, de ahí que cuando se dice de alguien que tiene pelos en el corazón se le esté definiendo como una persona no solo temeraria, sino también cruel.

Pero echemos pelillos a la mar y hablemos de asuntos menos violentos. Y creo que, por el tema que estamos tratando, viene al pelo dedicar unas líneas a los peluqueros y hablar, por qué no, de san Martín de Porres, que fue nombrado patrón de este gremio porque, en su juventud, adquirió conocimientos de Medicina y aprendió el oficio de barbero-cirujano, que luego, al ingresar en su Orden, ejerció ampliamente en favor de los pobres. Nos cuenta el hagiógrafo que fray Martín, repudiado por ser mulato, entabló una estrecha amistad con los animales del convento, y principalmente con unos ratones que se dedicaban a roer las escasas y pobres vestimentas de los religiosos. San Martín habló con ellos para reprenderles y recordarles que se les iba a caer el pelo si alguien los veía; así que les pidió que se marchasen, y a los ratoncitos asustados nunca más se les volvió a ver el pelo.

Me da que esta hagiografía sobre ratones que obedecen la voz humana se nos antoja ya anticuada, como también debe serlo para esos calvos y desamparados roedores de laboratorio.

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