Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 5, 2010

Autenticar (5-2-10)

Un amigo me aconsejó no hace mucho que me fuese actualizando en el campo de la informática porque, según él, si no cogía a tiempo el tren de la tecnología digital luego me costaría bastante poder alcanzarlo y subirme a él. A mí no me hace mucha gracia esto de tener que estar constantemente a la última en ordenadores -como hace mucha gente, que cambia de ordenador con la misma naturalidad que emplea para hacerlo de calcetines-, porque basta que transcurran seis meses desde tu compra para que el portátil o el ordenador de sobremesa sean más útiles en un museo arqueológico que sobre la mesa de tu despacho. Pero o te renuevas o te marchitas, así que me dirigí a una tienda, tiré de la tarjeta y me llevé a casa un portátil de gama media.

Cuando encendí el ordenador y aparecieron las primeras imágenes, temí ser bombardeado por cientos de anglicismos de difícil interpretación; pero mi sorpresa fue que, entre las palabras que iban surgiendo, me topé con una que, en nuestro idioma, no es muy usual y que –pensaba- estaba en desuso: la máquina me pidió una “autenticación” del usuario, y me explicaba los pasos que debía dar para “autenticar” mis datos. La palabra auténtico es de origen griego (< aucentikós), y en esta lengua significaba `dueño absoluto´; así, por ejemplo, una authentica era la constitución o ley emanada de un emperador. Del adjetivo se creó el verbo, y la primera documentación que obtenemos de autenticar es del siglo XIII en uno de los Fueros de Aragón, en el cual se explicita que el rey debía “confirmar e autenticar” con carta sellada sus decisiones. Sin embargo, será a partir de la década de los ochenta del siglo XX cuando se empiece a registrar en nuestro idioma la aparición de autentificar, que, todo sea dicho de paso, no era en absoluto necesario debido a la existencia ya de un verbo. Pero como los asuntos lingüísticos vienen a ser muchas veces cuestión de moda, se implantó con tal fuerza el neologismo que ha llegado a suplantar al originario, de tal manera que hoy es bastante más frecuente oír el verbo autentificar o el sustantivo autentificación que autenticar o autenticación.

El desatino de crear palabras nuevas, innecesarias y algo más alargadas hay que atribuírselo a los profesionales que están al frente de los medios de comunicación, y que lo hacen para revestir sus palabras y frases de un retoricismo indigesto y casposo. Por poner varios ejemplos, hoy se prefiere emplear el absurdo concretizar en lugar de concretar, o un inconveniente potencializar en vez del ya existente potenciar. A veces se intenta sacar algún tipo de beneficio lingüístico de estos “términos de probeta” redefiniéndolos, es decir, asignándoles otras tareas distintas. Este es el caso del verbo explosionar, creado artificialmente del sustantivo explosión, y que llegó a utilizarse indistintamente con el clásico explotar; para no desfavorecer a ninguno, se aconseja emplear el primero como verbo transitivo (“Juan explosionó la traca”) y el segundo, como intransitivo (“La bomba explotó esta mañana en el centro de la ciudad”).

Si por un instante nos paramos a reflexionar, el hombre actúa muchas veces movido por fines dudosamente lingüísticos cuando, jugando a ser un doctor Frankenstein, crea términos artificiales, inútiles e innecesarios. A veces, esos pequeños engendros idiomáticos son idolatrados por millones de hablantes como si fueran cánones de la belleza y de la corrección. Es la nueva moda: la cultura de lo grotesco.

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