Posteado por: josejuanmorcillo | enero 29, 2010

Embestir (29-1-10)

Nuestro idioma, como casi todos, posee un buen número de palabras que son fonética y gráficamente muy parecidas, y es este parecido el que en ocasiones lleva al hablante a la confusión y al error lingüístico.

Así, un reo comparece ante un juez, mientras que, por otro lado, encontramos sujetos que, impulsados quizás por cuestiones morales, se compadecen de alguien por alguna desgracia que éste haya sufrido. No tiene nada que ver el perjuicio que un peatón puede sufrir al ser atropellado por un vehículo, con el prejuicio negativo que esgrimimos en contra de ciertos grupos o etnias sociales.

Los alumnos suelen preguntar la diferencia que hay entre infringir e infligir. Son dos verbos que desgraciadamente bailan y se intercambian aun en los medios de comunicación, por lo que no me extraña que los más jóvenes duden de vez en cuando. Una norma de tráfico o una ley se infringe cuando se quebranta, es decir, cuando se incumple; pero cuando se habla de infligir, el tono de la conversación cambia: infligir es causar daño a alguien de forma voluntaria y premeditada, o simplemente imponer un castigo, aunque solo sea un correctivo. Y digo esto porque un correctivo es un castigo leve, como una amonestación verbal, dirigida a corregir una conducta; por eso, no tiene sentido lo de aplicar o infligir un “duro correctivo” a alguien, como cuando un equipo golea a otro: es un duro castigo, probablemente humillante dependiendo de lo abultado que haya sido el resultado, pero nunca podríamos hablar de un correctivo.

Cuando dos o más palabras casi idénticas en la forma se usan en el mismo contexto con fines retóricos, esto es, para embellecer el discurso, se habla de paronomasia. Esta figura retórica la encontramos desde los orígenes de nuestra literatura. En el Poema de Mio Cid podemos leer: “En gran miedo se vieron por medio de la corte”; siglos más tarde, Quevedo define el sueño ligero y profundo así: “sueño de pluma y de plomo”; y en la misma época, en el Barroco, Baltasar Gracián, en su libro El héroe, nos describe que descubre –valga la paronomasia- a un famoso militar español retirado en su hacienda “descabezando más vides que en otro tiempo vidas”.

Pero volvamos a las amonestaciones anteriores. Un correctivo sí que habría que aplicárselo al periodista que firmó este titular que leí hace un tiempo: “La corona británica embistió al actor Roger Moore con el título de Caballero”. Esto sí que es una frase sustanciosa y rica en matices semánticos. Ya me estoy imaginando a Su Serenísima y Discretísima Reina de Inglaterra entrando al trapo e intentando cornear al bueno de 007… ya muy entrado en años, pero con licencia para matar, no lo olvidemos. Quizás unos Beefeaters eufóricos sacaran a hombros a Sir Moore por la entrada principal del Palacio de Buckingham tras una faena de dos orejas y rabo y vuelta al ruedo, quién lo sabe, pero lo que sí es seguro es que deberíamos investir al autor de tamaño disparate con el título de Zoquete Turpis Causa. ¡Caray!, cuánta razón llevaba el bueno de don Antonio Machado cuando hablaba de esa España que no razona ni recapacita, sino que “embiste / cuando se digna usar de la cabeza”.

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