Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 4, 2019

Teselas

Tenemos la costumbre de caminar cabizbajos, observando el suelo que pisamos no ya por precaución; andamos con el semblante castigado, como si la vida nos hubiera asestado un pescozón por haber cometido un traspié. Deambulamos sonámbulos, con los ojos despegados de sus cuencas, colganderos y sin alma, ojos opacos de marioneta que, al menor descuido, saltan de sus órbitas y quedan bailando en el vacío, columpiándose en todas direcciones, sujetos por su muelle metálico de nervios y venas. Nos atrae la tierra como una querencia de muerte, como las tablas al toro moribundo. No podemos evitar su terroso canto de sirena y nuestros ojos siguen el rastro de su melodía.

Ayer, al despertarme, me incorporé de la cama y me dirigí al baño instintivamente, sin encender la luz, sin levantar la cabeza, con los párpados resueltos a levantarse como la persiana vieja y oxidada de un negocio. En el parqué del pasillo, a pesar de las sombras de la madrugada, encontré unas palabras viejas que enseguida identifiqué como mías. No sé el tiempo que llevarían allí tiradas. Parecían teselas de algún mosaico antiguo, rotas y con la pintura descolorida, roídas por la desidia y por el paso del tiempo. Las supe mías con la misma certeza con la que te reencuentras, al abrir un cajón, con un libro de tu infancia: el lomo desprendido por la parte superior, la cubierta con dobleces de tanto abrirlo, la inexperta firma de niño de la primera página para que nadie me lo robase. Me detuve junto a ellas observándolas, apelotonadas junto al rodapié. En un principio no supe reaccionar. Giré la cabeza hacia el dormitorio y luego al aseo, y bajé la mirada otra vez hacia el suelo para asegurarme de que no estaba soñando. Allí seguían. Al fin decidí agacharme para tocarlas, para reconocerlas con el tacto como lo haría un ciego. Y entonces sentí que sus susurros, cálidos como labios, entraban por mi piel y ellas recobraban el tiempo perdido conforme las iba nombrando una a una, con mis ojos ya abiertos, despiertos, rejuvenecidos. Mientras, la mañana iba dibujando su primer bostezo de luz.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 27, 2019

Cabras

Se paraban en un cruce de calles. Yo era muy niño y me asustaba al verlos: de tez muy morena, casi siempre con sombrero de ala y chupa de cuero negra, a veces con bigote y perilla. Si se daban cuenta de que llevaba un tiempo observándolos, me devolvían la mirada con altivez y dureza, y yo me escondía acobardado detrás de las piernas de mi abuelo. Uno montaba el órgano y dejaba encima la gorrilla mientras el otro abría la escalera de tijera y limpiaba la boquilla de la trompeta. La cabra, resignada, mostraba en su postura y en sus ojos una mansedumbre lograda seguramente a golpes de vara. Me entristecía la docilidad del animal. No miraba a nadie de los que nos íbamos congregando alrededor del espectáculo improvisado que todos conocíamos sobradamente. Ella nos veía, pero no nos miraba. A veces quería llamar su atención con muecas, gestos o chascando la lengua, pero ningún miembro de su cuerpo se movía: se mantenía entumecida, disecada, con la mirada opaca y vidriosa en la que nos reflejábamos, deformes, los asistentes. «Niño, no molestes a la cabra», te recriminaban con su voz rota, profunda y cazallera cuando te ponías muy pesado con el animal.

Sonaba entonces la música y la cabra ascendía despacio por los peldaños hasta que alcanzaba la bandeja superior. Giraba dos o tres veces alrededor del estrecho poyo cilíndrico y, una a una, iba apoyando sobre él sus pezuñas y se mantenía un buen rato como flotando en el aire hasta que sonaban los aplausos, aplausos que la gente no sabía a quién o a qué los dirigía: si a la habilidad de la cabra, o al esfuerzo domador de los dueños, o al espectáculo en general. Yo aplaudía a la cabra, sin apartar la vista de ella, porque me solidarizaba con la obediencia y la sumisión del pobre animal. Rumiaba luego con cierta amargura, cuando el chiringuito se desmontaba y todos volvíamos a nuestras casas, en dónde viviría ella y en si la cuidarían como merecía.

Felizmente, hoy ya no hay por las calles cabras arrastradas por figuras siniestras de voz cavernosa, de tez oscura y de sombrero de fieltro negro, figuras en sombra de una España de grisalla.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 20, 2019

Me quedo contigo

Programa de televisión en franja horaria de final de tarde. Adolescentes y menores en casa. Programa basura. A la orden de «¡Soltero, muéstrate de cuerpo entero!», el presentador anuncia la entrada del candidato ­—veinteañero, narcisista y superficial­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­― y suena una canción discotequera. Veinte madres metidas en años comienzan a bailar contagiadas por el frenesí mientras ven descender de un ascensor tubular a un muchacho hipervitaminado que adopta ínfulas de macho alfa en cuanto llega al escenario y va saludando, una a una, a todas las hembras maduritas que, sin parar de menearse, lo observan y disfrutan como si acabara de presentarse un estríper en una fiesta de mujeres privada, un estríper que podría ser su hijo. Arriba del escenario, detrás del presentador, en un habitáculo que se llama «Pisito de solteras», veinte jovencitas, cada una hija de sendas madres, han entrado en éxtasis hormonal viendo al cachitas saltar, bailar y contonearse en el plató. Objetivo del programa: las madres deciden si es un buen espécimen para su niña, el candidato escoge como máximo dos madres y, cuando bajan las hijas, el macho elige su hembra y, una vez emparejados ambos, entran en un rincón claustrofóbico para decidir si vuelan juntos o si cada mochuelo regresa a su olivo.

Menos mal que el formato es este; sería imposible imaginarlo si son veinte padres maduritos que deben valorar si una veinteañera es apta para su hijo, que espera, con la testosterona por las nubes, en su «Pisito de solteros» a ser el elegido. Pero la sexualización de una persona o la doble moral hipócrita en materia de género no son los temas de esta columna.

Afirma Chomsky que una técnica de manipulación mediática de la sociedad para controlarla con más facilidad es idiotizarla con programas televisivos en los que se la acostumbra a la sensación de que lo estúpido y lo vulgar es la moda. Al Estado le incomodan ciudadanos cultos y con pensamiento crítico; los idiotas, por el contrario, son sometidos y dirigidos con menor esfuerzo. No lo duden: no enciendan el televisor y paseen o escuchen música o lean un buen libro. Su calidad de vida y la de su familia mejorará.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 13, 2019

Pachorra

La pachorra es una filosofía de vida. Sus seguidores son indolentes, desconocen la prisa, pertenecen a la tribu social del «mañana lo haré». Observan los acontecimientos diarios con ojos de vacuno y proceden a sus obligaciones con la calma de un galápago, sin importarles las obligaciones que han quedado a medio y que cumplen con retraso. Los médicos aseguran que los pachorrudos viven más años que el resto de los mortales porque su organismo está libre del virus más letal de la actualidad: el estrés. Y creo que no les falta razón.

No conservo un recuerdo exacto de los acontecimientos porque yo era muy pequeño, pero estoy convencido de que nací pachorrudo. Mis padres me recriminaban mi lentitud a la hora de comer, mi escaso interés por la actividad física y mi indolencia cuando me mandaban a un recado o me pedían que echara una mano en alguna tarea de jardinería. Vivíamos en el campo y aislados. Agotaba las horas leyendo y terminando las tareas del colegio ―aún recuerdo la monótona teoría de los ríos de España―, y mi biorritmo se ralentizaba en invierno, sentado a la mesa camilla del salón, con el brasero encendido. Pero a golpe de regañinas y de improperios cambié. «¡Tienes sangre de nabo!»; «¡Así no vas a llegar a ninguna parte!»; «¡No serás nadie!». Un par de cachetes y otro par de voces, así día a día, y lo consiguieron, porque me transformé en hiperactivo, pero un hiperactivo de libro, un ACNEE: comía casi sin masticar, tartamudeaba, no atendía en clase, madrugaba todos los días y hasta me hice futbolista, un futbolista nervioso y violento, claro. La conversión fue de tal magnitud que me resultaba odioso convivir con un pachorrudo, cuya pereza y lasitud aborrecía hasta el paroxismo; su pachorra, sencillamente, me asqueaba.

Pero las aguas vuelven siempre a su cauce y noto que, por fin, voy calmándome: vivo menos estresado, más pasota en asuntos que enervan a la sociedad. Soy ahora más feliz. Incluso agradezco la presencia y la conversación con un pachorrudo, a quien ya no considero un apestado sino un feligrés más de un estilo de vida saludable que está al alcance de muy pocos.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 6, 2019

Holístico

Anoche soñé que mi cuerpo se desmembraba. Sin dolor, sin sangre, con la naturalidad con la que una hoja otoñal se desprende de su rama y se queda sola, al albur de los meteoros. Mi cuerpo se independizaba por partes y estas quedaban desacopladas como las de un muñeco roto. Me recordaba a lo que de pequeño, por venganza de alguna disputa o por simple riña familiar, les hacía a las barbis de mi hermana: les arrancaba los brazos, las piernas y la cabeza como quien pela una gamba. Creo que ahí descubrí la falacia de los juguetes, esa realidad de plástico duro, de bocas inmutables y de ojos opacos, objetos de consumo por los que nos obsesionábamos todas las navidades. Ella rompía a llorar a moco tendido y luego, tras los cachetes de mi madre, me veía en la obligación de devolver a su sitio, como un doctor Frankenstein, cada uno de los miembros amputados y darles la apariencia primera, la que mi hermana vio cuando desenvolvió el paquete traído por los Reyes. Pero la operación nunca resultaba exitosa porque, una vez rota la armadura de fabricación industrial, un brazo quedaba desvencijado para siempre o la cabeza basculaba hacia todos los puntos cardinales sin musculatura, sin nervios, sin vida.

Lo cierto es que anoche soñé con esto, con que mis miembros se dislocaban voluntariamente y sin presión, y cada uno de ellos, independientes ya, cobraban vida como rabos de lagartija. Veía a mi brazo derecho paseando y dialogando con mi pierna izquierda mientras iban cogidos de la mano-pie, y a mi brazo izquierdo sujetando sobre su mano mi sonriente cabeza, que, a su vez, charlaba desenfadadamente con mi pierna derecha, más nerviosa que la izquierda. Todo muy onírico, cierto; todo muy irracional. El holismo defiende que el todo está formado por partes distintas, a veces muy diferenciadas, pero que en esencia se interrelacionan.

Me desperté con una sensación muy positiva. Mi cuerpo estaba muy relajado a pesar de la desmembración nocturna. Me sentí tan sosegado que incluso pensé en abrazar la nueva filosofía, en ser holístico, porque quizás sea esta la única vía de solucionar el sindiós político en el que vive nuestro país.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 16, 2019

Exoplanetas

La luz tiene tiempo. Un tiempo que no es el que conocemos, que no es el que sentimos sobre la piel mientras tomamos el café o leemos un libro. No es el tiempo que deja su firma de polvo sobre los muebles ni el que cincela el cuerpo con arrugas e imperfecciones. La luz tiene un tiempo sin tiempo.

Pocos placeres pueden igualarse al de contemplar de noche el cielo goteado de estrellas y de planetas, la inmensidad del universo que alcanza nuestra vista iluminado por un silencio sonoro. Casi todas son estrellas, miles de millones de soles alrededor de los cuales orbitan planetas. Y todos dentro de nuestra Vía Láctea, una pequeña galaxia, alejada y apartada del centro de un Universo del que solo conocemos un cinco por ciento. Esa luz estelar ha tardado milenios en llegar a nosotros la noche que la contemplamos; es luz antigua que hacemos presente; el cielo, de noche, es un trampantojo de luces que quizás ya no existan o cuya intensidad lumínica varió hace unos siglos y aún no lo sabemos.

La intrascendencia de los humanos se ahoga en el eterno océano de galaxias, nebulosas y agujeros negros. Pero nuestra sed por conocer ese océano, por entenderlo mejor no se apaga. Fue Peebles quien dio el primer paso hace unas décadas al detectar la radiación residual del Big Bang y datarlo en unos 14.000 millones de años, y esta investigación animó a Mayor y Queloz a demostrar que alrededor de otros soles parecidos al nuestro orbitan planetas semejantes a la Tierra que, con total seguridad, albergan vida. Son los exoplanetas. Al más cercano lo bautizaron «51 Pegasi b» y su luz tarda cincuenta años en llegar a nuestras retinas. Este año se les ha concedido a estos tres sabios el Premio Nobel de Física.

Un cuarto de siglo después de su descubrimiento, los exoplanetas no han entrado en la galaxia de la Real Academia Española; el término exoplaneta sigue sin orbitar alrededor de nuestro diccionario normativo. Quizás se deba a que los académicos creen que el vocablo se encuentra a veinticinco años luz y no a un cuarto de siglo terrestre, a veinticinco años de auroras, de lluvias, de risas, de muertes, de polvo.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 9, 2019

Medio siglo

Esta mañana me he levantado con una sensación desalentadora: sentía la luz templada del sol, la luz de otoño que tiñe de una fragancia peculiar las calles de mi ciudad. Un amigo me contó una vez que, aunque él no supiese el destino, sabía que había llegado a su país en el momento en que salía del avión y respiraba el aire. «Ya estoy en casa», me asegura que dice siempre que desembarca y llena sus pulmones del efluvio patrio. La ausencia de lo amado fortalece los vínculos cuando acontece el reencuentro. Así somos. Gozamos de lo que amamos cuando de nuevo lo abrazamos tras una distancia de meses o de años. La costumbre, por desgracia, debilita nuestra percepción, adormece nuestra pasión, nubla nuestra vista. Gozo con plenitud del mar, de su brisa y del sonido de sus olas y del color de sus aguas, cuando regreso a él tras un exilio forzoso de semanas, pero, cuando la costumbre se impone, camino por su orilla con la mirada ausente y los sentidos somnolientos.

A veces, como me ha sucedido esta mañana, me he dado cuenta de que no me fijo en las calles ni siento las impresiones diarias porque ya estoy acostumbrado a ello. No me percato de algún detalle que haya variado en una esquina o en una fachada o en la acera sobre la que camino todos los días de los últimos años porque deambulo mecánicamente, ausente de la realidad, despierto pero dormido. Medio siglo llevo dando vueltas alrededor del Sol, girando a su vez sobre mí mismo como un derviche, con los ojos cerrados, sin sentir la náusea de los giros, del paso del tiempo, buscando en cada vuelta un sentido a tanto giro, a tanto latido, a tantas idas y venidas, a tantas respiraciones, a tanta mañana como esta en la que me he despertado y he visto con otros ojos la luz de siempre, esta luz de otoño que me viste desde hace cincuenta años y que un día no me encontrará. Medio siglo que es nada entre tanta eternidad, que es apenas una mota de polvo flotando y girando, perdida, en la luz de esta mañana otoñal que seguirá derramándose, cuando ya no esté yo, por los edificios y calles de mi ciudad.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 2, 2019

Yo no soy yo

Gente normal, a la que no he visto en mi vida, suele confundirme con otra persona. Hace poco una chica, por la calle, vio en mí a un tal Javier, y quedó convencida de que era yo el que en verdad no era cuando me giré con una sonrisa para devolver el saludo. Devolvemos saludos equivocados por educación, por acto reflejo o por evitar dar explicaciones porque llegas tarde al trabajo o porque tienes que sacar a pasear al perro. Desde ese momento adquirimos una identidad nueva en el gran escenario de la vida pública, identidad que por fortuna se borra al cabo de unos instantes, pero queda en ti siempre un rastro imaginario de ese otro que no eres tú, esa conjetura íntima, nunca revelada, sobre los rasgos de la fisonomía o de los gestos del otro que son coincidentes con los tuyos.

En el AVE me confundieron con el director de un periódico. El trato fue fabuloso: desayuné dos veces, me pasaron la bandeja de los chocolates en tres ocasiones, y mientras leía mi periódico ―mi periódico, porque era yo su director― las camareras, cordiales y solícitas, se acercaban en turnos de diez minutos hasta mi asiento. Al llegar al destino, antes de apearme, le agradecí al revisor sus atenciones y me preguntó servilmente si había viajado a gusto, señor tal, porque usted es el señor tal, el director del periódico cual, y le dije que sí, que nunca había viajado en tren rodeado de tantas atenciones, pero que no, que no era ese señor. Pues se parecen mucho los dos, me respondió con el gesto más opaco y la voz más apagada. Ahí acabaron la conversación y las sonrisas.

Al poco tiempo llamé al periódico para hablar con mi otro yo y contarle lo sucedido. Cuando le expliqué el motivo de mi llamada, su secretaria no quería pasarme porque pensaría que era un trastornado. Las fotos de mi otro yo que encontré en Google me regalaban un cierto aire de parentesco. Días más tarde insistí y finalmente hablé con él. El timbre de su voz era parecido al mío y lo noté incómodo, y yo me sentía un imbécil mientras le contaba la confusión en el tren. Desde entonces tengo claro que no volveré a ponerme en contacto con el otro yo que no es mi yo. Es absurdo.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 25, 2019

200 millones

Las cuentas son oficiales y no están equivocadas. 200 millones es lo que nos va a costar a todos los españoles el proceso de elecciones generales de este año. 200 millones sumando las elecciones de hace unos meses, el sueldo de estos excelentísimos diputados, las dietas de estos excelentísimos diputados, los dispositivos móviles de estos excelentísimos diputados y el circo que nos espera hasta noviembre puesto en escena por estos excelentísimos diputados.

Estos excelentísimos zangolotinos han adeudado nuestras famélicas arcas con 200 millones de euros más que han tirado por el váter de sus ilustrísimas letrinas. 200 millones de euros para nada. 200 millones de hambre que pasa el 25 % de los niños españoles que solo pueden meterse en las tripas una comida al día; 200 millones de impotencia de las familias que han sido desahuciadas por grandes empresas que han decidido con una firma cercenar la dignidad de estas personas para especular con sus viviendas; 200 millones de ayuda a ciudadanos dependientes que aún no les ha llegado; 200 millones de vergüenza ajena en los insultos e improperios que hemos tenido que soportar todos durante las últimas semanas de boca de estos moharrachos del «y tú más»; 200 millones de malestar nacional y de enfrentamiento social contagiados desde el vano púlpito al que suben con prepotencia de niño rico sus excelentísimos diputados, aireando algunos de ellos, con mediocridad, un más que dudoso currículum universitario patente en los bochornosos errores gramaticales que cometen cuando hablan sin hablar, cuando leen sus discursos con los ojos iluminados de dietas, de sueldos, de desvergüenza. Váyanse todos. Ya lo dijo Labordeta en el Congreso: «Váyanse a la mierda». Ya está bien. Necesitamos representantes que estén a la altura que exige nuestro país, culto y libre, un país que ha madurado y que está harto.

Pero la culpa es nuestra. Tenemos lo que nos merecemos. Estos buhoneros de casa y de traje caros no se van porque lo hemos decidido con una papeleta. España necesita políticos de Estado y no políticos de siglas, inmaduros e incompetentes. 200 millones. Suma y sigue.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 18, 2019

Barras

Hay arte en las barras. En las barras verticales y en las horizontales. Del arte de las verticales no entiendo mucho a pesar de que está considerado un deporte y de que España va a mandar el mes que viene, a Canadá, a quince representantes que defenderán nuestra bandera en el Mundial de «Pole Sport». No encuentro una traducción exacta para el anglicismo. Podría valer «Barra vertical», así, sin más, o quizás ―este lo veo más aproximado― «Baile de tubo» porque el gimnasta, siguiendo al pie de la nota el ritmo de la música que está sonando, sube a pulso por la barra como hacíamos en la mili, se enrosca a ella como una hiedra pero boca abajo y, con gran elasticidad y pulso firme, gira el cuerpo y lo voltea en todas las posiciones posibles e imaginables, bailando ―insisto― a pulso y sin tocar el suelo. Yo no soy feligrés de esta parroquia porque, por mucho arte que haya en estas cabriolas suspendidas en el aire, me marea tanto giro interminable y tanto subir y bajar por la barra como una lagartija y porque me angustia pensar que al atleta le van a fallar los apoyaderos y se va romper los piños contra el suelo.

A mí me va más el arte de la barra horizontal, sobre la que te sirven un café bien calentito o unas tapas recién cocinadas. Hay un código no lingüístico de espacio y tiempo, de saber escoger el sitio más adecuado y de dedicarle los minutos convenientes a la vianda mientras lees el periódico o revisas en tu móvil las últimas noticias; hay mucha realidad social por analizar e interpretar en algunas conversaciones que te llegan lejanas como ecos a pesar de estar sus protagonistas tan cerca de ti, conversaciones y protagonistas que muy bien podrían inspirar a un escritor o a un pintor, como tantas veces ha sucedido desde hace siglos; hay, en fin, mucho ingenio inesperado en los giros lingüísticos y en los juegos de palabras que de repente te arrancan de la lectura, o en una entretenida conversación sobre Fray Luis de León y Unamuno surgida con el dueño mientras este pasa un paño húmedo por la barra horizontal de su bar.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 11, 2019

Urgencias

Si a un pintor español del siglo XVII se le encargara hoy que retratase en un lienzo una escena que reflejase la variada realidad social de la España de la primera mitad del XXI, ¿cuál elegiría? ¿A dónde iría con su caballete, con sus pinceles y pinturas? No lo tendría fácil. Una calle céntrica de una ciudad bulliciosa podría valer, pero siempre faltaría alguien o quedaría olvidado algún detalle en apariencia superficial. Un comedor social donde un grupo de voluntarios jóvenes y pensionistas sirven el desayuno a más de doscientas personas, sentadas a mesas con la formica despegada, doscientas cabezas hundidas en su tazón de café con leche y galletas, doscientas almas entre inmigrantes sin papeles ni techo, drogadictos, desahuciados y pobres de solemnidad que protegen su dignidad mirando al suelo para no ser reconocidos, sería una escena más impactante que la de la calle, pero creo que seguiría faltando algo. Cierto que la pobreza y el hambre nos igualan a todos; ambas, cuando visitan al rico y al pobre, los visten con los mismos ropajes de miseria. Pero no hay ricos en los comedores sociales.

Hay, sin embargo, otro factor que nos iguala a todos, además de la muerte: la enfermedad. Este verano he tenido que visitar en un par de ocasiones ―y por motivos que no vienen al caso― la sala de espera de Urgencias de un hospital público y permanecer varias horas hasta ser atendida la persona a quien acompañaba. Observé desde el primer minuto que era una sala triste, deteriorada, sin luz natural, sin decoración; hay tanatorios más alegres que aquella sala de Urgencias. Toda clase de personas, de todos los niveles sociales miraban la pantalla esperando que apareciese su número: la anciana sola con la frente apoyada en su bastón, el niño pijo en silla de ruedas y escoltado por dos policías, familias de varias etnias y culturas, burgueses, ricos y currantes. Todos sin nombre pero con un número con el que se identificaban, todos esperando su turno en una sala que para mí simbolizaba la cara real y sórdida ―que los medios suelen ocultarnos― de la menoscabada sociedad española del primer tercio del s. XXI. Ahí hay un cuadro.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 4, 2019

Almazuela

La puerta de mi frigorífico  está cubierta de imanes que hemos ido comprando en nuestros viajes y visitas a museos. Antes era costumbre traer como recuerdo de las vacaciones bibelots: flamencas sorianas, toritos marbellíes con las banderillas en todo lo alto, ceniceros con un «Estuve en Benidorm y me acordé de ti», figuras en miniatura de la Torre Eiffel o de la Estatua de la Libertad. Bibelots de corta vida porque, con la limpieza general que se hace en la casa todos los años, raro era que alguno de ellos no acabara su arrinconada existencia en el cubo de la basura.

Pero ahora son imanes. Son más cómodos, más elegantes y, sobre todo, más decorativos porque transforman el lienzo blanco de tu frigorífico, que parece un triste y frío sudario, en un vestido multicolor confeccionado con retazos de muchos lugares. A esta técnica textil basada en unir retales de distintas telas para obtener cualquier prenda de vestir o para el hogar la llaman los hispanohablantes anglófilos patchwork, término que no es necesario en nuestra lengua porque, desde hace siglos, en español, se usa almazuela, voz de origen árabe, todavía usada en muchas zonas, pero que, sorprendentemente, aunque figura en el Fichero General de la RAE, aún no ha entrado en el Diccionario de la Lengua Española. Ya tienen faena nuestros académicos para que la incluyan cuanto antes.

Pues sí. La puerta de mi frigorífico es una almazuela de imanes. Calculo que hay unos doscientos. Dan mucho colorido y vida a la cocina a pesar de estar colocados de manera caótica, porque la piedrecita del muro de Berlín sostiene al Caballero de la mano en el pecho de El Greco para que no se despeñe, y un derviche que trajimos de Turquía baila junto al retrato de la duquesa de Alba de Goya, y el busto de Nefertiti le está dando la espalda con altivez a una sonriente y tranquila Dama de Elche, y la estatua ecuestre del Cid a la entrada de Burgos cabalga sin fijarse en la Marilyn de Warhol ni en un vestido ceñidísimo de cintura que trajimos del Museo Balenciaga. Pero qué importa: ahí reside la belleza de la almazuela, en la mezcolanza.

Posteado por: josejuanmorcillo | agosto 28, 2019

Cachas

Unas décadas atrás, la violencia contra los perros era algo habitual y asumido por la sociedad. Cuando entraba un cachorrito en casa y se meaba en el suelo, se le agarraba por el cuello, con dureza se le frotaba el hocico sobre la meada, se le gritaba varias veces «¡NO!» para que entendiese la infracción y el castigo concluía dándole un par de azotes mientras el animalico, entre aullidos desconsolados, se zafaba y huía; si tu perro te gruñía o no te obedecía o se cagaba donde no debía, se le atizaba con un palo en el lomo para que aprendiese; unos compañeros míos del colegio comentaron un día entre carcajadas que habían apedreado a un perro cuando estaba todavía agarrado a la perra a la que montaba. Si un perro cruzaba la calle u otra vía cuando conducías, nadie paraba: era preferible matarlo a tener un accidente, así que las carreteras y las cunetas se infestaban de cadáveres de perros atropellados. El hedor era nauseabundo.

Hoy, afortunadamente, esta violencia es inadmisible y está penada como delito. Cachas, un terrier blanco West Highland, ha sido el protagonista en un aplaudido caso de amparo jurídico de estos animales. Hace unos meses, en el mes de mayo, sus dueños se separaron y llevaron a juicio la tenencia de su mascota. En un fallo inapelable y que ha creado jurisprudencia, el Juzgado de Primera Instancia número 9 de Valladolid sentenció que el animal es «un ser sensible» y que la custodia ha de ser compartida, lo que supone que el perro pasará seis meses en Valladolid con su dueña y otros seis en Alicante con él.

Lo que me ha dejado perplejo de todo esto es que, a día de hoy y pendiente aún de su reforma, nuestro Código Civil «cosifica» a las mascotas. Resulta desconcertante, violento e irracional. Me retrotrae a la época medieval, cuando la mujer no tenía capacidad jurídica, era un objeto más de la casa que se colocaba, se usaba, se golpeaba o se destruía a capricho y voluntad del hombre del que dependía. Pero seguimos avanzando, y ahora gracias a la sensibilidad y al sentido común del juez de este caso. Respetar y cuidar a los animales es un paso más hacia la convivencia y la educación de la sociedad.

Posteado por: josejuanmorcillo | agosto 27, 2019

Viajar

Viajar es un ejercicio del espíritu. Séneca aconsejaba no moverse de la patria de uno, de su ciudad, si no existía una predisposición positiva para la partida porque, de lo contrario, el viaje no se disfrutaría, el ánimo estaría a disgusto con la aventura. Y como es un ejercicio del espíritu lo es también del silencio. Nos desplazamos de nuestros hogares para descansar, para renovar nuestra paz interior; viajar solo o con la compañía adecuada es un regalo para nuestra serenidad. Se requiere que haya una comunión con el paisaje y con la cultura que vayas a visitar. No importa si el destino es más o menos distinguido, da igual si es una capital europea o una aldea apartada: hay que llegar a él con el deseo de reforzar el ánimo debilitado por el ruido de la ciudad y del trabajo, por el estrés cotidiano, por la vida alienante a la que nos vemos sometidos en el mundo occidentalizado. Si viajamos como obligación y convencidos de que será una experiencia estresante por el calor que hará, por el ruido que no nos dejará descansar o por las personas que nos acompañan, en lugar de un encuentro con la anhelada tranquilidad será un descenso a los infiernos. Quizás por eso se dispara el número de separaciones y de divorcios durante el periodo de vacaciones. Es preferible quedarse en casa a tener que sufrir una situación odiosa y dantesca.

Desde hace algunos años, valoro más un viaje tranquilo en un lugar apartado y poco masificado, donde no me despierten el ritmo vertiginoso de una gran ciudad ni un plan marcial de visitas turísticas, a donde haya que llegar sin prisas, sin masificaciones y sin la incertidumbre de la cancelación del vuelo. Prefiero un desayuno relajante endulzado con un paseo por el entorno, solo o con alguien que comparta ese silencio, con un libro en el bolsillo, con un cuaderno, con un lápiz. Dialogar con la naturaleza que me rodea, con los sillares y las piedras que aún vencen el paso del tiempo, con el silencio envolvente de la vida callada de las gentes de una aldea, con el tiempo indolente y lento de unas nubes efímeras. Viajar debe suponer una escapada hacia nuestro interior y un enriquecimiento de nuestro espíritu.

Posteado por: josejuanmorcillo | agosto 14, 2019

Antes

Antes se fumaba más ―incluso los médicos, en la consulta, mientras te atendían― y se corría menos; se corría menos pero nos movíamos más, nuestra vida era menos sedentaria que la de hoy. En una capital de provincia, el coche, si recuerdan los nacidos en el año en que, según dicen, se pisó la Luna por primera vez, solo se sacaba del garaje para el gran viaje de las vacaciones del verano. Íbamos andando al trabajo, a la panadería, de rebajas, al zapatero remendón, en fin, siempre a pata, lloviese, hiciese sol o cayesen chuzos de punta. Y ya que ha salido el tema de la Luna, no puedo morderme la lengua: ¿todavía los hay que creen que solo tardamos una semana en despegar, alunizar, darnos un paseo lunar de varias horas, despegar de la Luna, acoplarnos milimétricamente en un solo intento a la nave que nos llevaría de vuelta a la Tierra, sin error en el combustible, con retransmisión en directo de radio y televisión y todo con una tecnología rudimentaria idéntica a la de los móviles de hace veinte años?

Pero vuelvo a lo de antes. Ahora se sigue fumando, pero se corre más. Ahora las calles y los paseos urbanos se masifican de filípedes que corren como si se les hubiera olvidado apagar las lentejas y luego vuelven a su vida sedentaria frente a una pantalla y sacan el coche para visitar a la suegra. Antes se saludaba al entrar en un transporte público, se charlaba y hasta se compartía la comida que llevábamos envuelta en papel de periódico o dentro de una merendera; esta semana dio un buenasdías una señora cuando subió al tranvía y solo le respondí yo; los otros dos tenían la cabeza inclinada hacia el móvil, como dos narcisos con los ojos sucios de luz azul. Antes éramos más naturales y libres porque hacíamos humor de todo sin voluntad de hacer daño a nadie; nos reíamos también de nosotros mismos. Ahora te cuelgan el sambenito si empleas una palabra políticamente incorrecta o si haces un comentario jocoso sobre cualquier tema incómodo porque ahora no es bienvenido el humor mordaz, inteligente y libre. Antes salíamos de una dictadura y ahora estamos entrando en otra. Ay, luna, luna, luna.

Posteado por: josejuanmorcillo | agosto 8, 2019

Cicatrices

Las cicatrices son los tatuajes que te graba la vida. Todas tienen su historia, su nombre, su lugar. La peritonitis aguda que sufriste a los veinte años, en mitad de una película, con una fiebre alta y con un dolor abdominal insoportable; la caída en el patio del colegio, aquella en la que te golpeaste la cabeza en el asfalto y salió rebotada como si fuera un balón; el corte limpio y profundo en tu mano izquierda mientras cortabas el jamón la tarde de Nochebuena; el accidente de moto, al salir de una curva, de hace una semana.

Las cicatrices, vistas desde una perspectiva taurina, son como las cornadas; al verlas, el torero recuerda el nombre del toro, la fecha de la cogida, la plaza y la hora en que ocurrió. Casi todos tienen incluso marcada en su memoria la cara del animal, recuerdan cómo entraba por la derecha y por la izquierda, cómo olía, cómo mugía, cómo miraba, cómo buscaba las querencias, cuál fue el error que se cometió y que le mostró al astado la taleguilla. Las cicatrices, en fin, son como las imágenes de un álbum abierto que solo sabe interpretar sin margen de error el que las ha sufrido porque solo él es capaz de volver a sentir la punzada y el dolor de la herida abierta.

Pero, también, detrás de todas ellas siempre hay un ángel. El amigo que te sacó del cine y se apresuró a llamar un taxi para llevarte al hospital, y el médico que te salvó la vida a tiempo; el maestro que te cogió en brazos, con la frente abierta y sin conocimiento, y el practicante de la Casa de Socorro que, sin anestesia, fue limpiando y cosiendo la herida al niño que, entre dolores y llantos, iba recobrando la consciencia; tu tío, que te puso un paño de cocina limpio y presionó sobre el corte que te seccionó el tendón hasta que llegamos al hospital; Ángel, el ciclista que se detuvo en aquella curva en la que se me fue la moto y que me paró la hemorragia del brazo con unos cuantos clines sujetos con gomas a modo de torniquete.

Las cicatrices son tatuajes indelebles y de cuyos contornos surge, por un instante, cuando los observas y lo recuerdas todo, el rostro de un ángel.

Posteado por: josejuanmorcillo | julio 31, 2019

Hundimiento político

Miren que me cuesta articular la palabra fracaso, les aseguro que me incomoda teclear en mi ordenador este término porque ni creo en él ni lo abandero. No hablo de fracaso cuando una pequeña empresa debe echar el cierre, sino de mala suerte y de un diseño equivocado del plan de lanzamiento y de mejora del negocio; nunca hay que decirle a un alumno repetidor que su año académico ha sido un fracaso, sino que tiene la oportunidad de centrarse más y mejor, de estar tranquilo y concentrado porque los errores son la base del conocimiento, sin ellos no habríamos progresado como seres humanos; un divorcio no es un proyecto de familia fracasado sino una puerta abierta a otras opciones que se nos presentarán en la vida, puerta que debe franquearse con serenidad y con esperanza. Un negocio, un curso académico o una pareja que no salen adelante nunca hay que entenderlos, pues, como fracasos.

Pero nos han enseñado a temer al fracaso. Nuestra cultura, capitalista y competitiva, nos transmite un culto obsesivo a la perfección en la imagen, en las relaciones personales, en el trabajo, en el deporte… Ese terrible miedo a ser un fracasado ha sido catalogada ya por los expertos como atiquifobia (del griego atiji, `sin suerte´).

Usado en el ámbito marítimo, el verbo fracasar es relativamente moderno —Cervantes fue uno de los primeros en usarlo— y nos viene del italiano fracassare (`romper o quebrarse una nave por el medio, hundirse´). Cuando don Quijote (I, 25) decide retirarse a hacer penitencia en una peña, le confiesa a Sancho que eso del retiro penitente es más fácil para él que «hender gigantes, descabezar serpientes, matar endriagos, desbaratar ejércitos, fracasar armadas y deshacer encantamientos».

Nuestros políticos, barquichuelas deterioradas que solo navegan juntas cuando deciden subirse el sueldo o asestar un pelotazo inmobiliario, no padecen atiquifobia a pesar de que el Congreso hace agua hasta por la mesana. No han cumplido los diputados con el mandato de las urnas: dialogar y formar Gobierno. Veremos dentro de unos meses si el hundimiento es grave o salvable, pero están tardando en achicar.

Posteado por: josejuanmorcillo | julio 24, 2019

Mi biblioteca

Esta mañana he vuelto a entrar en la biblioteca de mi infancia. Está en uno de los extremos del parque de mi ciudad. El parque es como un bosque, cerrado y umbrío, y tan grande que en él se construyeron el museo municipal y un colegio. En sus bancos se sentó alguna vez Azorín para escribir y leer, por sus recogidos vericuetos paseó Lorca agarrado como un lirio de noche del brazo de su gran amor. Ahora en verano, adormecidos por la música de sus pétreas fuentes modernistas y de los surtidores de sus estanques, descansan sus paseos de arena del bullicio infantil y de los precipitados horarios. Esta mañana he pasado por casualidad por la biblioteca de mi infancia y estaba abierta.

Es la misma de hace cuarenta años. Es tan pequeñita que en vez de biblioteca parece un refugio para la lluvia. Es blanca, de planta hexagonal, de unos 12 m2. Ahí dentro, rodeado de tres estanterías colmadas de libros, transcurrieron muchos días de mis veranos infantiles, días entonces lentos como las páginas de mis libros pero que ahora los percibo vertiginosos y efímeros como el fogonazo de un sueño. Por fuera la cercan en un abrazo de décadas dos ailantos y dos sóforas, que parecen mirar por las ventanas para vigilar los libros o para oír las palabras de los niños cuando leen.

Recuerdo a la bibliotecaria de entonces. Una señora encantadora, de voz suave y de mirada tranquila. No quería interrumpir mi lectura, pero a veces, cuando nos quedábamos solos, se interesaba por el libro que leía y me aconsejaba otros de temática parecida. Esta mañana, cuarenta años después, he vuelto a entrar en mi biblioteca. Todavía con las persianas bajadas, me ha parecido más pequeña que como la percibía de niño, pero conservaba el mismo olor y la misma calidez. La nueva bibliotecaria, más joven, estaba sacando mesas y sillas para los lectores y ha respondido apática y distante a mi saludo cuando me ha visto con intenciones de pasar, como si me avisara de que este ya no era mi sitio, de que ya no era mi biblioteca, dormida aún cuando he llegado a su puerta. Pero he entrado de nuevo y la he despertado.

Posteado por: josejuanmorcillo | julio 17, 2019

Ruido

Estamos envueltos en ruido. Desde que despertamos hasta que nos dormimos; incluso, durante el sueño, nos golpea el ruido y nos desvela. Todo es ruido. Nos hemos acostumbrado a él: el televisor encendido casi todo el día, el aire acondicionado, los vecinos que no saben hablar en voz baja, el ordenador, el móvil, el claxon disfónico de los vehículos, los gritos de los niños en la piscina, los ladridos furiosos de los perros, los motores ―malditos motores― de coches y motos y máquinas, el estridor de las chicharras, las sirenas de las ambulancias y de la Policía, la música alta e indeseable que se filtra como agua sucia por las juntas de las ventanas, el trajín nervioso e hipnótico de las gentes. Todo es ruido, y el ruido es alienante. Nos impide descansar, relajarnos, encontrar ese habitáculo interior que llevamos años sin visitar. El ruido es la antítesis de la felicidad y de la cultura humanista. Los que hemos nacido en este último siglo y medio somos seres afligidos, castigados por la modernidad y el capitalismo tecnológico, deshumanizados, cargados de basura ruidosa. Estamos tan envueltos en ruido que el silencio nos molesta. Nos molesta porque lo desconocemos; la presencia del silencio es ajena a nuestra vida y, cuando alcanzamos a sentirlo, nos incordia como un silbido agudo, como un ultrasonido insoportable.

Me vine al mar a reencontrarme con el silencio, pero conmigo han llegado miles de turistas con sus maletas cargadas de ruido. El ruido de sus ciudades ha desembocado ahora aquí, en la playa, junto al mar, que es el morir. A veces nado mar adentro para encontrar el silencio, la paz; desde allí se oyen lejanos los gritos de los bañistas, los motores de los coches, el estridor de apareamiento de las chicharras. Entonces me sumerjo y me dejo hundir hasta el fondo: siento el movimiento callado del agua, escucho la arena moverse bajo mis pies, palpo el silencio de la existencia como si estuviera flotando en el líquido amniótico de un útero inmenso. Pero fatalmente regreso a la superficie y abro los ojos, como expulsado de un parto cruel e irremisible, de un parto prometeico que de nuevo me ensucia de ruido.

Posteado por: josejuanmorcillo | julio 10, 2019

IQ+

Una vez acabados los fastos conmemorativos del orgullo gay, me doy cuenta de lo extensa que es la bandera arcoíris. Mientras conducía, desde una emisora nacional se explicó el significado de las últimas letras y del símbolo matemático de la sigla Lgtbiq+. Hasta la B no hay dificultad de interpretación, pero reconozco que los tres últimos se me quedaban cogidos con pinzas. Por resumir, y sin querer frivolizar sobre un asunto que afecta íntimamente a tantas personas, en estos están incluidos («incluidoas», según las últimas normas morfológicas de igualdad de género) quienes aún no saben qué les gusta, si los caracoles o las ostras ―como dijo Marco Aurelio en la película Espartaco en un diálogo censurado por el franquismo―. También aquellas personas que saben qué les gusta pero no lo tienen tan claro porque un día, sin esperarlo, comienzan a sentir mariposas en el estómago cuando contemplan a alguien del sexo contrario del de su pareja (esta creo que es la Q). Y finalmente, dentro del símbolo de adición incluiríamos a todos aquellos (perdón, «todoas aquelloas») que llevan un buen tiempo sin quiquear con su pareja porque las llamas de la pasión se han apagado, porque no hay cerillas para avivar las rescoldos de tanto fuego pasado, porque ha llovido tanto que lo único que sale de los troncos es humo o vaya usted a saber por qué. El hecho es que, a mi entender, según se explicó el entrevistado y cuyas palabras escuchaba con suma atención mientras conducía por la autovía de Levante, en el «+» meteríamos, por ejemplo, a cualquier pareja heterosexual ―incluidos los ancianos― que ya han perdido el apetito por las siestas, por las cenas afrodisíacas y por los desayunos sorpresa.

Así pues, haciéndome yo las cuentas de la abuela, así, a ojo de buen cubero, vengo a concluir que casi toda la población mundial pertenece al colectivo Lgtbiq+, y, para que nadie se sienta «discriminadoa», podríamos añadir a la sigla un «―» para meter al resto. Esto sí que es globalización, a gran escala y sin miramientos. Pues nada, el año que viene se hacen las maletas y to el mundo pa Madriz.

Posteado por: josejuanmorcillo | julio 4, 2019

Gafas

A veces, de repente, se ensucian las lentes de mis gafas. No es vaho ni dejadez en su limpieza, ni tampoco un proceso lento que uno va percibiendo al principio como un ligero empañamiento y que al final acaba enturbiándose en la mancha que te impide ver con claridad. Más que manchas son tres marcas verticales y paralelas, casi siempre en la lente derecha, como las que trazamos al pasar la yema del dedo por un cristal. Cuando me quito las gafas para observar las señales, da la sensación efectivamente de que alguien ha acariciado mi lente con los tres dedos centrales de su mano con la rapidez de un parpadeo y el sigilo de una brizna de polvo.

Al principio me desconcertaba todo esto, pero ahora lo asumo con tranquilidad interpretándolo como un aviso o como un deseo de comunicación desde un espacio que es invisible a mis ojos corporales y que debo descubrir con la intuición, que es una magnífica vía de conocimiento. La intuición se encarga de tomar de la mano a la razón, de sentarla en una silla cómoda y de colocarle sobre la mesa los libros y papeles que ha de investigar. Sin la intuición estaríamos todavía subidos a los árboles, recolectando sus frutos o huyendo de los depredadores, y durmiendo en cuevas al abrigo de un fuego.

El caso es que este suceso de las lentes lo llevo bajo vigilancia. De esta manera he descubierto que aparecen cuando me hallo concentrado en algo trascendente y, sobre todo, mientras leo un buen libro cuya lectura me atrapa con sus mordazas de niebla durante un espacio de tiempo subjetivo que no coincide con el objetivo, con el del reloj. Levanto entonces la mirada del papel, miro el reloj para saber cuántos minutos u horas he estado leyendo y compruebo que en la lente están señaladas, como un juego o una caricia o una súplica de ayuda, las marcas de tres yemas de unos dedos pequeños que se han deslizado desde arriba hasta la parte inferior de la montura. Me queda mucho por verificar, pero sí he alcanzado a reconocer un dato que me perturba: las marcas solo aparecen cuando, de alguna manera, me he sentido íntimamente identificado con el contenido de la lectura.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 26, 2019

Progres

Ahora que el curso académico termina recibo en mi despacho nuevas ediciones de libros de aula que dicen lo mismo de siempre pero cambiando algún texto literario, añadiendo ejemplos de análisis morfológico o incluyendo alguna palabreja sintáctica que se ha inventado un catedrático obligado por el sueldo a publicar una investigación o luminaria mental. Estos libros suelen ir acompañados de cartas en las que te explican pormenorizadamente sus ofertas educativas y, sobre todo, decenas de aplicaciones y de nuevas técnicas que te venden como imprescindibles. Las cartas de papel las tiro al contenedor del reciclaje y los correos electrónicos ―sin abrirlos― van directos a la papelera que mi sistema informático llama junk, que en inglés quiere decir `chatarra´ y que es un término al menos más elegante que «basura» o «mierda», aunque angustie pensar que una máquina convierta cualquier palabra escrita en chatarra; quién sabe si algún día nuestras bibliotecas, nuestros libros de papel y nuestros cuerpos serán transformados en chatarra digital, en polvisquera de latón, en sombra internauta, en nada si alguien o algo pulsa la tecla correspondiente.

Me aventuré, en fin, con un correo al azar y lo leí: «Con nuestro nuevo position paper, nuestro Expert Panel te ayudará a aprovechar el poder del feedback efectivo para mejorar los resultados de aprendizaje de tus alumnos». Ningún extranjerismo estaba marcado en cursiva para dar a entender que son términos muy habituales y aceptados en nuestra lengua; es una forma de decirte por lo bajini que si no lo entiendes eres un imbécil o un mal profesor que sigue sin actualizarse ―outdated dirían estos―. No entendí el texto, lo reconozco, pero es que no lo quiero entender, así que no perdí más segundos y lo convertí en junk.

La excelencia docente y el éxito educativo no se basan en estos procedimientos progres, sino en unos pilares que llevan siglos triunfando: exquisita formación académica del docente ―dominar muy bien tu materia―, pasión profesional ―saber transmitir y compartir tus conocimientos con los alumnos― y la escritura manual sobre papel. Lo demás es app o junk.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 19, 2019

Animales enfermos

Aseguran algunos expertos que los altos niveles de contaminación dañan la salud de la fauna urbana con la misma agresividad con la que la sufren los humanos. Nuestras mascotas, las aves que nacen, viven y se reproducen en las ciudades padecen nuestras mismas enfermedades cancerosas y respiratorias derivadas de la inhalación de los humos de calefacciones, de empresas y de vehículos.

Todos los años se publica la cifra de los españoles que mueren por haber respirado el ácido y sucio aire de las ciudades. Cifra que se queda en eso, en cifra que ni huele ni duele, en cifra que deja indiferentes a tantas alcaldías que poco o nada hacen por reducir la emisión de gases contaminantes, cifra que no quita el sueño a las grandes multinacionales enriquecidas del petróleo que chupan de las entrañas de la Tierra. Es una cifra que publican los medios y que a todos se nos olvida al día siguiente, cuando salimos de casa para ir andando al trabajo o para hacer la compra en el supermercado que está a la vuelta de la esquina, o cuando la pereza nos incita a montarnos en el coche para desplazarnos unos cientos de metros. Pero es una cifra que tiene rostro para los moribundos que se consumen en las camas de los hospitales y para los familiares que sufren la agonía del enfermo, moribundos que son los cuerpos ocultos que se convulsionan entre esos cinco dígitos que todos los años publica mecánica y asépticamente el Ministerio de Salud.

Los pájaros urbanos respiran el mismo aire que el nuestro, pero además beben de las aguas no potables de fuentes y charcos y se alimentan de los enlodados restos de comida abandonados en los patios y aceras. Esta semana vi en una calle una paloma moribunda. No se asustó ni hizo por volar cuando me acerqué a ella; estaba acurrucada en sí misma, como una pelota de plumas, esperando con resignación y sin aspavientos la llegada de lo inevitable. Mancha blanca sobre el negro asfalto. De esta fauna no hay cifras porque estos pequeños seres de entrañas contaminadas son mucho más invisibles que los humanos. Siguen sin interesar a nadie a pesar de que respiran nuestro mismo aire.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 12, 2019

Villa de Noheda

Cuando comencé mis estudios de Bachillerato ―lo que antes era BUP― a comienzos de los ochenta, nos trasladamos del campo a la ciudad. La nueva casa estaba recién construida y en una calle que todavía conservaba el nombre del fundador de las JONS, un nombre muy orondo que no me decía nada. Aquella calle, que era de tierra y por la que apenas pasaban coches, era mi zona de juego; después de la merienda pasaba mucho tiempo, solo o con mi hermano, sobre ese nuevo paraíso dándole patadas a un balón o disputándoles a otros chavales del barrio sus canicas. La calle pronto pasó a llamarse «Antonio Machado» y fue asfaltada, y aunque yo seguí bajando algunas semanas más a jugar en mi paraíso ―ya negro y con olor a petróleo―, aquel alquitrán que se me quedaba adherido a las manos, a la ropa y al alma acabó por inhumar mi primera adolescencia, sepultó una parte de mi historia y también una etapa de la historia de mi ciudad. No sé si aquello me marcó de joven, pero, cuando paseo por las calles pavimentadas de pueblos y ciudades, a veces pienso en las personas que anduvieron hace siglos por el mismo sitio por el que voy, en las vivencias y en los acontecimientos enterrados bajo mis pies y que nunca se conocerán porque el tiempo ha ido cubriéndolos con sus mantos de polvo y piedra, con sus capas de alquitrán.

Hace unos años, el arado de un tractorista de Villar de Domingo García, un pueblo de Cuenca, tropezó con el pasado. Pensó que era otro sillar de piedra, pero lo que acababa de exhumar era una parte de lo que hoy conocemos como la Villa de Noheda, una propiedad inmensa (10 hectáreas) que atesora el más extenso conjunto escultórico en mármol de la Hispania romana y el mayor mosaico figurativo del Imperio. Se cree ―dicen los expertos― que esta villa supera en restos arqueológicos a la del Casale, en Sicilia. Esos mosaicos y toda la villa, con las conversaciones, las costumbres y la cotidianeidad de sus moradores, antes inhumados, cubiertos por la tierra y la ruina de los siglos, resucitan ahora en un presente que sigue siendo pasado y que desafía a la eternidad.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 5, 2019

Visión nocturna

Medianoche en el Parque del Buen Retiro. La poca gente que queda se apresura a salir antes de que cierren sus puertas. Las casetas de la Feria del Libro han bajado sus párpados de metal y hacen su digestión de papel y tinta mientras cae sobre ellas un sueño de décadas, de siglos. Murciélagos y silencio. Un diablillo cojo y mordaz levanta las techumbres de las casetas al tiempo que un perro se detiene en una de ellas, sube la pata y orina mientras contempla, no lejos de allí, a dos hombres sentados junto a una mesa. Ropajes antiguos, de villanos dignos. «Te digo, Barrildo, que he visto tantos libros inútiles en Salamanca que nada aportan al entendimiento, que con certeza puedo afirmarte que mueven más a confusión y a vana espuma que a breve suma e ingenio». «Pero no me negarás, Leonelo, que la imprenta es importante invento». Se levanta airado de su silla, se endereza y golpea la mesa con el puño: «Barrildo, sin la imprenta grandes sabios hubo y aún no ha nacido uno que iguale a nuestros clásicos».

No lejos de esta polémica pasean del brazo Jardiel Poncela y Fernán Gómez; a sus pies, Bobby lame desde el hondo pozo de sus ojos las palabras de su amo: «Todo el mundo se expresa mejor siempre por escrito… si se exceptúa, naturalmente, a la mayor parte de los escritores». Don Fernando asiente con la cabeza; afirma con el silencio nocturno de los árboles que este mundo es un teatro de la vanidad humana alimentada con galletas de tinta y celulosa.

Luz de luna. Lechuza goyesca. Don Quijote ensaya cabriolas en el embarcadero; junto al estanque, Nazarín y Cervantes lanzan libros al agua. «Estos libros, don Miguel, son como adoquines o polvo de los caminos. Tanto se publica, que la Humanidad, ahogada por el monstruo de la imprenta, se verá en la obligación de suprimir todo lo pasado». «Y nosotros con ellos, querido amigo. Así está escrito». Quevedo y don Ramón, uno cojo y otro manco, se regalan claveles y rosas. Al poco, la noche huye destemplada y los fantasmas regresan exhaustos a sus tumbas de papel. Las techumbres, conchas de lata, se cierran lentas sobre las casetas.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 29, 2019

Muerte social

Suelo salir a andar por la playa. Los fines de semana liamos el petate y nos marchamos a la costa para desconectar y para descansar, que es lo mismo. Y andar me ayuda a pensar, a recordar y, a veces, a evadirme. No me importa el tiempo que haga; aunque caigan chuzos de punta, me pongo la ropa de deporte y los cascos y comienzo mi marcheta. Le oí a un amigo ―catedrático de Biomedicina― que las células son ciegas y sordas, y que se comunican mediante el contacto y el olor; cuando se hace ejercicio, la dopamina favorece esta comunicación celular y ayuda a que el cuerpo entre en una fase de tonificación y de armonía generales. El hecho de que nuestras células se comuniquen mediante el contacto me lleva a reflexionar sobre nuestro comportamiento social; la deshumanización general a la que nos estamos precipitando nos empuja a que evitemos el contacto físico. Cuanto menor sea este, menor será la empatía humana, la caridad y la comprensión hacia el prójimo; necesitamos tocarnos y sentirnos físicamente desde el mismo instante en que nacemos para crecer emocionalmente.

Salgo a andar temprano, en cuanto me levanto. Para acceder al paseo marítimo debo bajar por una calle muy empinada y estrecha en la que hay una residencia para la tercera edad, un asilo, una inclusa de ancianos, digámoslo sin eufemismos. A la hora en que paso por su puerta, los ancianos suelen despertarse y a veces, cuando las ventanas están abiertas, los oigo: algunos gritan, otros se quejan lastimosamente; en una ocasión oí a un señor llamar a su mamá llorando, con la voz rota, como un niño pequeño que se acaba de despertar de una pesadilla y que necesita el abrazo de su madre.

Cuando los oigo, cierro los ojos y bajo la cabeza con amargura deseando no verme nunca como ellos; cuando los oigo, siento deseos de entrar en su habitación y hablarles para que se calmen, para limpiarles al menos las migajas de su soledad; cuando los oigo, oigo también las voces ciegas y sordas de miles de ancianos olvidados en sus hogares, inexistentes para la sociedad, apagándose en el cieno del abandono.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 22, 2019

La venda

Yo fui uno de los millones de españoles que el sábado por la noche cenaron frente al televisor para continuar con la tradición familiar de seguir en directo el festival de Eurovisión. Reconozco que me gustaba más el de la OTI, pero nos lo quitaron, aunque lo cierto es que de pequeño tenía el corazón partido entre los dos: por el primero, por el europeo, porque quería que España ganase a aquellos países que tanta ventaja nos llevaban en lo económico, en lo social y en lo futbolístico: presenciar esa victoria en blanco y negro era motivo de orgullo nacional, significaba para nosotros quitarles la venda a esos países que nos veían por encima del hombro como un destino turístico exótico o como el hermano pobre del continente que les enviaba a sus analfabetos y famélicos emigrantes para que estos enviaran dinero a casa y, con suerte, lograran amasar una pequeña fortuna. En cambio, por el otro, por el iberoamericano, la sensación era muy distinta porque participábamos regodeándonos en la vanidad de que éramos la madre patria y hasta nos atrevíamos a ser nosotros quienes mirábamos desde arriba a esos países cuyos representantes cantaban en muchas ocasiones con ponchos, plumas y hasta descalzos a pesar de que eran ellos los que siempre nos quitaban la venda de la soberbia y de la prepotencia.

La cuestión es que este año la venda se cayó de nuevo y de nuevo se calló la ilusión de ganar un concurso que es más casposo que un anuncio de coñac. El español no lo hizo mal; cantó bien y al chaval se le vio con ganas y muy ágil en el escenario. Dicen ―porque a mí me cuesta mucho seguir la letra de las canciones― que la del español era de crítica social, que iba sobre la venda de prejuicios que nos atamos los europeos para no ver lacras como la homofobia o la desigualdad, lacras que son más antiguas en Europa que el festival de Eurovisión y el de la OTI juntos. Así que quizás, a las puertas de las elecciones europeas, a pocos les gustó que la venda se cayera, y sobre todo en un país experto en abatir con balas a críos con tirachinas. A ver qué tal se nos da el año que viene.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 15, 2019

El infierno

Es necesario traspasar el infierno para conocerlo, hundirte en sus abismos sociales para contemplar con dolor sus crueldades, sus depravaciones morales. Es fácil hablar del infierno cuando no se ha estado allí; es fácil imaginar lo que no se conoce, lo que se intuye de lejos, y permanecer ahí, fuera y muy lejos de él por miedo o por asco, por prurito burgués y egoísta, lejos, muy lejos del infierno y contar lo que otros cuentan, sin padecer las bubas de sus miasmas, el hambre y la violencia de gargantas marchitas por el vicio.

Hay que traspasar la puerta del infierno para conocer la realidad completa de una sociedad, pero no es necesario descender a un infierno dantesco ni a un inframundo estigio. Lo tenemos junto a nosotros todos los días, en nuestro barrio, en nuestra ciudad, quizás ―quién sabe― en el piso de arriba o en la casa que se ve frente a nuestro salón, al cruzar la calle. Ese infierno es el que viven muchas personas de aspecto normal pero que sufren una inconfesable adicción a las drogas que carcome su estabilidad emocional y laboral, su convivencia familiar. El infierno va por dentro, como la procesión, por dentro de tantos jóvenes que padecen la incomunicación y que quieren encontrarla en una botella de ron y en unos canutos de maría; por dentro de unas paredes donde miles de ancianos invisibles y abandonados esperan, sentados en su sillón, a que algo ocurra mientras mastican la amargura de su soledad; por dentro de la piel de los parados, de los que han tenido que cruzar un mar para poder comer, de las que han sido engañadas y atadas a la prostitución, de los que padecen los malos tratos, el abuso y la explotación.

Los políticos pasean sus vaqueros de marca y sus camisas remangadas por calles soleadas y bulliciosas y a veces hablan del infierno sin saber realmente cómo es su aspecto, a qué huele, cómo es su voz. No quieren traspasar ningún infierno aunque digan sonrientes al micro que los infiernos desaparecerán, sí, y, mientras los escuchan, los condenados notan con angustia que se hunden un poco más en el fango movedizo de su sórdida existencia.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 8, 2019

Vencejos

Los albatros son los «reyes del espacio azulado», en palabras de Baudelaire. Su envergadura les permite recorrer cientos de kilómetros y cruzar la enorme extensión oceánica sin detenerse ni alimentarse. Son elegantes en el vuelo pero vulgares en la tierra. En su famoso poema, el autor francés recuerda que algunos marineros los cazaban para alimentarse; cuando caían en cubierta ya no podían levantar el vuelo, y aquellos aprovechaban la torpeza del ave para apalearlos y comérselos. El poeta, concluye Baudelaire, es como el albatros, «gran señor de las nubes»; su reino es el de las alturas, el ámbito de la metáfora y del símbolo, porque en tierra, «entre el vil griterío», es un incomprendido y «no le dejan andar».

En las ciudades no hay albatros, pero sí vencejos. Su envergadura es mucho menor, pero pueden pasarse meses sin posarse en tierra, alimentándose, durmiendo y hasta copulando en vuelo; solo toman tierra para nidificar. En el pueblo, cuando llegaba la primavera, los vencejos anunciaban su llegada trisando sobre los tejados. Recuerdo, siendo niño, que su aparición era motivo de alegría porque con ellos venían el calor y la cercanía de las vacaciones; recuerdo también que algunos chavales con pocos escrúpulos cazaban aviones ―así los llamábamos― en la plaza de la iglesia lanzando hacia arriba cartones circulares con forma de diana. El vencejo que chocaba con uno quedaba atrapado en él y caía en tierra aterrado; los heridos servían de alimento para los gatos.

Cuando la tarde se apagaba, los vencejos se marchaban. Yo veía que tomaban altura y desaparecían en el cielo ya oscurecido, pero nadie supo decirme entonces lo que ahora ya se sabe: que ascienden hasta unos 2000 metros y duermen mientras vuelan. De noche, ahí arriba, son los centinelas de nuestro sueño, de nuestro descanso. Baudelaire no se inspiró en ellos, en estos pequeños albatros de tierra adentro, pero sí El Bosco en su Jardín de las delicias cuando pintó en el Paraíso algo más de doscientos vencejos tomando altura en bandada y desapareciendo en la pureza celeste del azul, en su reino de nubes y de silencio.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 1, 2019

La comunidad

Para dentro de unos días se ha convocado una reunión de vecinos. Como no tenemos local propio, nos juntamos en la antigua casa del portero, en la planta baja del edificio. La tenemos en alquiler pero nadie quiere entrar a vivir ahí. Es de sentido común: más que vivienda parece covacha, sin muebles, con paredes desconchadas y atezadas por la mugre, sin apenas ventilación y donde la luz entra subrepticiamente como una alimaña sucia buscando su escondrijo. Algunas viejas y podridas vigas de hierro son visibles como los huesos de un cadáver y las pocas puertas que quedan ni cierran ni abren: son fósiles de madera en los que conviven la carcoma y la humedad. Tan solo una desnuda bombilla de las de antes cuelga del techo y a veces da la sensación de que se balancea con la cadencia de un ahorcado cuando la encendemos al comienzo de la reunión.

Somos unos cuarenta vecinos, muchos de ellos ancianos, y solo cuando las circunstancias personales son favorables y si el tiempo no lo impide nos juntamos entre ocho o diez almas, almas en pena diría yo, porque la macilenta luz de la bombilla ilumina a medias nuestros rostros y cualquiera que pase en ese momento y nos vea saldría asustado de ver tanta santa compaña junta. Somos pocos y todos hablan a la vez; somos pocos y los hay que aprovechan una distracción del administrador para comentarle al de al lado, en voz alta porque no oyen bien, algún chismorreo de barrio o lo caras que se han puesto las patatas. De tal manera que, entre tantos dimes y diretes y entre tantas idas y vueltas, lo que podría solucionarse en apenas treinta o cuarenta minutos se alarga varias horas, horas largas, tristes y sombrías como el cable negro y comido por la desidia del que cuelga la callada y amarillenta bombilla.

No voy a asistir a la próxima reunión de vecinos ni a ninguna más. Lo tengo decidido porque no quiero volver a entrar en esa covachuela de Zaratustra, porque no quiero ahogarme en la neblina húmeda y terrosa de su decadencia ni verme desdibujado en un ser abichado, lúgubre e indolente, desvaneciéndome sin aire, sin sol, sin tumba.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 24, 2019

El primer hombre

Si un libro no te engancha, no te conquista, ciérralo. Es una cuestión de gustos o de rigor literario. Yo cierro libros, a veces muchos, y no porque el tema me parezca aburrido o porque el ritmo sea lento; los cierro porque no están bien escritos. No malinterpreten estas palabras ni vean en ellas una merma de humildad o un exceso de vanidad; creo que, salvo algunos contados casos, no se está escribiendo literatura de quilates, obras que marquen un punto generacional o que sirvan como modelo para otros escritores. En los tiempos que corren es preferible la relectura de una obra maestra que arriesgar tu dinero en el último premio otorgado en un certamen internacional.

Recuerdo las palabras de un importante escritor actual. Las leí en un libro suyo. Apoyaba la idea de que no se escribe bien porque el cuerpo está hipertrofiado de calorías; sostenía que la generación del siglo XXI es la de la imagen, la del móvil, la del sillón, la de la superficialidad. Esta generación lee menos a los principales autores contemporáneos, los del último siglo y medio, y casi nada a los verdaderos maestros, a los clásicos grecolatinos, que conforman el pilar de nuestra literatura y de nuestro pensamiento; se lee menos literatura de calidad y cuando se hace no se profundiza en ella. Se lee menos y se escribe peor porque esta sociedad acomodaticia tiene los ojos henchidos de pan y de luz azul. Con el estómago lleno se atrofia la voluntad; se bosteza y se ronca.

Acabo de leer El primer hombre, de Camus, obra póstuma de un escritor que nació en una familia indigente, que accedió a la educación primaria y secundaria a duras penas y que logró el Nobel de Literatura cuando cumplió 44 años. Lo brillante de esta novela autobiográfica, muy bien trazada y con una prosa ágil y elegante, es que es un borrador; el manuscrito se encontró en su cartera, en el coche en el que falleció en un accidente de circulación. Camus sufrió la miseria y fue testigo de una guerra mundial, pero su obra es un grito de esperanza para el hombre, para la humanidad. Es para muchos de nosotros un maestro contemporáneo.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 17, 2019

Yamnayas

Nadie se acuerda de los yamnayas, nuestros antepasados en la Península Ibérica. Aquellos descendientes de las tribus de las estepas del este de Europa llegaron hace cinco mil años a nuestros campos con sus caballos, con sus carretas con ruedas, con su hambre de conquista, y pasaron por cuchillo a los pobres y pacíficos pastores ibéricos hasta exterminarlos. De ellos no quedó ni el nombre. Los yamnayas impusieron su ADN y su lengua indoeuropea en esta parte de Europa. La carga genética de los yamnayas y su idioma y dialectos son ahora los nuestros. Pero nadie se acuerda de ellos.

He oído a algún político, públicamente y con una fe que movía las finas telas de la emoción, agradecer a la Virgen del Rocío su intervención en el éxito de la disminución del paro, e incluso los he visto imponiendo bandas al mérito civil a la del Pilar, en la Basílica de Zaragoza, por la encomiable ayuda prestada a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado. Hace unos días, un político con barba califal comenzó su campaña electoral en una cueva, en aquella donde se apareció la de Covadonga, para solicitarle a la predicha amparo, fuerza y protección en la nueva reconquista espiritual y moral de esta nunca mejor llamada «Isla de conejos».

Pero nadie se acuerda de los yamnayas a pesar de que en yacimientos como el de La Bastida, en Murcia, se han exhumado restos que dan muestra del enorme valor cultural y tecnológico que nuestros antepasados impusieron en esta península europea y que evidencian una nueva era en el Neolítico temprano. Por ello, yo reivindico su memoria; desde aquí, ahora que estamos en plena campaña electoral y nuestros políticos insisten en hacer que el pasado se haga tan nítido como el presente más inmediato, rompo mi lanza por los yamnayas, por nuestros verdaderos abuelos, aquellos que nos trajeron a los campos deshabitados de la «Isla de conejos» la rueda, el caballo y el carro, que sembraron con un ADN fuerte e ibérico los fértiles cuerpos de las jóvenes yamnayas, aquellos, en fin, que trajeron hasta los confines del mundo conocido su lengua y su cultura, que es la nuestra.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 15, 2019

“Easeamine”

Hace quinientos años, cuando Magallanes y Elcano circunnavegaban la Tierra y la teoría heliocéntrica de Copérnico comenzaba a explicarse en algunas universidades europeas, Paracelso, el médico más importante del Renacimiento, se entusiasmaba mezclando e infusionando hierbas y plantas que crecían en los campos de Centroeuropa. Estos conocimientos botánicos no los había adquirido en la Universidad, sino de cientos de mujeres que vivían solas en las landas y sierras y cuyas madres y abuelas, de generación en generación, les habían transmitido. Aprendió tanto de ellas que aseguró que, siguiendo una dieta estricta basada en ciertas plantas, podría vivir hasta doscientos años. Esas mujeres analfabetas curaban enfermedades y sanaban infecciones que los más doctos médicos intentaban infructuosamente remediar con sangrías e inútiles emplastos. Esas mujeres sin formación académica pronto fueron víctimas del recelo de la Iglesia, que veía en esos saberes adquiridos de la Naturaleza una intervención del diablo. Se les llamó brujas, invocadoras de Satanás, esclavas del Maligno. Cuando comenzó en Europa la caza de brujas, Paracelso, en un ataque de furia, rompió todas sus redomas y desapareció de la ciudad. Nunca se le volvió a ver.

Cinco siglos después, el joven carmelita teresiano Dennis Wyrzykowski ha fundado los laboratorios Carmel con fines benéficos, y en ellos, con la ayuda de la Escuela de Medicina de la Universidad de Massachusetts, ha creado una crema antienvejecimiento de eficacia probada a la que ha llamado «Easeamine» y en la que interviene un agente biológico, la adenosina, que aplicado antes de dormir confiere elasticidad a la piel de la cara y de los ojos. Los pingües beneficios los destina el carmelita a los grupos sociales de Boston más castigados por la pobreza y la marginalidad con el fin de erradicar la miseria, ofrecer a los excluidos una educación de calidad y rehabilitar a los condenados por algún delito.

A pocos años de enviar a los primeros terrícolas a Marte, el humanismo renacentista sigue vivo, no envejece, encarnado ahora en este carmelita teresiano.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 3, 2019

Gasones

Cuando era niño, todos pegaban. Este es uno de los recuerdos más vivos que me vienen de aquella edad. Pegaban los maestros, pegaban los padres, se pegaban los compañeros del colegio. Todos pegaban porque a los que pegaban les habían educado de esta misma manera, pegando. Yo, que era el mayor, tenía que pegar a mis hermanos cuando se portaban mal porque así me lo ordenaban mis padres. Nos educaron entre golpes y desde la exclusión. En mi clase de 8º de EGB nadie hablaba con un chico porque era homosexual. Él nunca lo dijo pero todos lo sabíamos por su forma de correr, de hablar, de golpear la pelota con la mano cuando jugaba al frontón con un compañero, su único amigo. Recuerdo a un niño de 7º que siempre jugaba solo porque había nacido con un mechón de pelo blanco y nadie quería acercarse a él por raro. Éramos violentos y enfermos. De todos los juegos, el que más nos fascinaba era la guerra de gasones. Nos dividíamos en dos bandos, nos escondíamos entre escombros de arena, nos dábamos unos minutos para llenar el arsenal con los mejores gasones y entonces comenzaba la lluvia de proyectiles. Ningún animal se atrevía a acercarse, y si lo hacía practicábamos puntería con él. Recuerdo que para Reyes pedíamos pistolas y rifles y con ellos nos sentíamos más hombres, como cuando fumábamos un ducados a escondidas.

La Constitución y la libertad engendraron muchos derechos ciudadanos, y esas agresiones, esos desprecios y juegos violentos fueron desapareciendo, pero a algunos adolescentes les dio por lanzar cócteles molotov, quemar contenedores, asesinar a civiles y militares y estallar bombas donde sus enfermas mentes sabían que harían más daño. Todo esto también ha desaparecido.

Ahora, las agresiones ―los gasones― son digitales. Algunos políticos usan las redes sociales para lanzarse insultos y vídeos ofensivos, para faltarse al respeto, para herir al otro. Estos políticos enfermos son aquellos niños educados en la violencia y en la exclusión, y seguro que también jugarían tirándose gasones desde esas trincheras de escombro y de basura de las que aún no han salido.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 28, 2019

Alcorques

Los alcorques de mi ciudad son tristes. Son tristes y sucios. Algunos, viudos de árboles. Suelo observarlos siempre que vuelvo del trabajo o salgo a pasear, cuando la tarde desgasta la luz del día; es este el momento en el que se intensifican sus tonos apagados y terrosos, en el que se acentúa su decrepitud en los detritos no recogidos por los dueños de mascotas, en la rota y descolocada rejilla que los cubre, en la sequedad de su tierra, en la basura que se tira junto a la base del tronco y que queda ahí, huérfana y despedazada, esperando a que un funcionario de limpieza se fije en ella y la recoja con indolencia y desinterés.

Estos alcorques de aguas podridas y de troncos macilentos fueron cavados y plantados para dar un toque de vida y de color al alquitrán y al aire contaminado de las ciudades, de estas ciudades que han robado a la Naturaleza su espacio para cubrirlo de cemento y baldosas. Pero los alcorques y lo que en ellos a duras penas crece apenas tienen vida ni dan color; son como esas plantas de plástico discretamente colocadas en una rinconera de nuestra casa que solo decoran, que no incordian porque no hay que regarlas ni replantarlas, solo limpiarles de sus artificiales y apagadas hojas el polvo acumulado de semanas o meses. Qué contraste cuando voy al pueblo de mis abuelos. Allí admiro la naturalidad con la que una vecina riega con una palangana un árbol de su calle y la sencillez con la que otras sacan al portal, cuando cae la tarde, los cuidados tiestos de geranios y alhábega para perfumar y alegrar las tertulias. Son gentes que viven tranquilas porque respetan y preservan el entorno del que sienten que forman parte.

Yo veo en los alcorques de mi ciudad un reflejo de cómo somos los urbanitas. Nuestro carácter destemplado y egoísta, nuestro espíritu estresado y gris se dibujan en las plantas rotas de los parterres de parques y paseos, en el pavimento suelto y sucio de las calles, en el cieno acumulado en las bocas de las alcantarillas, y sí, en la basura y en los detritos que lentamente se descomponen sobre la tierra apagada y seca de los alcorques.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 20, 2019

Huelga climática

Amansar la opinión pública, dirigirla hacia trochas escogidas con los medios de comunicación como mastín, se alza como objetivo prioritario de los representantes políticos y de instituciones gubernamentales. Son varias las técnicas empleadas desde hace siglos para lograr esta domesticación. Basta, por ejemplo, con meter miedo con todo, meter miedo con lo que comes, con lo que dices, con lo que escribes, con la gente que entra en tu país, con el vecino raro que saca la basura a deshoras. Una sociedad temerosa es un rebaño manejable.

Otra táctica muy antigua pero efectiva es la que se está practicando desde hace unos años en relación con el cambio climático. Consiste en responsabilizar a la sociedad de una situación de crisis y de alarma social. La culpa de la excesiva contaminación del aire y de los océanos ―dicen― es de los ciudadanos, que no reciclamos lo suficiente, que usamos vehículos impulsados por gasolina o diésel y que metemos todo en bolsas de plástico. Pero esto no es así. Los primeros y principales promotores de la contaminación del planeta son los gobiernos que siguen obteniendo beneficio con las multimillonarias empresas que se dedican a la extracción del petróleo y a impulsar la fabricación de los hijos bastardos de este, como el plástico. Esas cumbres internacionales para frenar el cambio climático no sirven para nada; son un efímero trampantojo para calmar la irritabilidad de los ciudadanos. Dejen de extraer petróleo, dejen de fabricar plástico, y comenzará entonces el año cero de una nueva era libre de contaminación. Pero no hay nada que hacer: el oro negro, cuando lo manejas, te ensucia el alma.

Greta Thunberg, de 15 años, hastiada de la inacción de países y empresas, decidió hacer una huelga de hambre, y este gesto se ha extendido como un huracán de luz y de aire puro por todo el mundo. Una adolescente anónima contra los países más industrializados y contra empresas contaminantes. Extraordinario. Estas huelgas juveniles contra el clima quizás sean de las últimas tablas de salvación que nos quedan, pero parecen sólidas y valientes. Que sigan a flote.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 14, 2019

Niños o perros

Leo que en Logroño están censados más perros que niños, según datos de 2018. Es decir, que el año pasado, en la capital riojana, el número de perritos comprados o adoptados superó al de niños venidos a este mundo de dios. Recuerdo que en la Facultad de Periodismo se explicaba que si un perro mordía a una persona no había noticia, pero sí la había si era la persona la que mordía al perro. Es indudable que tenemos noticia en lo que aconteció el año pasado en Logroño, pero he de confesarles que tampoco me causa demasiada extrañeza. Piensen que un perrito no se pasa el maldito día llorando como si lo estuviesen matando, ni nos despierta por las noches para darle teta o limpiarle la mierda; a un perrito no hay que llevarle un control de vacunas durante quince años, ni sufre fiebres tan altas como para meterlo en un coche a la hora que sea y llevártelo a urgencias para que lo curen o para que lo ingresen; a un perrito no hay que costearle ni carreras ni másteres, ni hay que gastarse un pastón para comprarle ropa, para las clases particulares de inglés y de piano y para los libros y todo el material de la escuela; a un perrito no tienes que lavarle la ropa todos los santos días porque todos los puñeteros días se la ensucia por tener el pañal mal ajustado o por escupirse encima la comida cuando tienes que abrirle la boca para que se la coma; un perrito nunca te contestará mal, ni nunca tendrá la edad del pavo, ni aparecerá por casa con unas pintas infames pidiéndote dinero para el botellón, ni te traerá un bombo indeseable, ni te angustiará cuando es muy tarde y aún no ha llegado a casa.

Un perrito, no lo neguemos, es más cómodo que un niño. Para muchos dueños rellena el hueco dejado por alguien que ya no está y que con toda seguridad no volverá; para otros tantos es la solución física para limpiarse la conciencia por no haber sabido amar ni atender a un hijo como merecía. Un perrito llena el silencio comunicativo que infecta cientos de miles de hogares. El perrito, y por eso hay tantos, es la terapia más eficaz para superar las peores enfermedades del hombre de este siglo: la soledad y el desamor.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 6, 2019

Asqueroso

Esto está asqueroso, mamá; no lo quiero. Pero nuestras madres, entre gritos y desesperaciones, nos tapaban la nariz, nos ordenaban que abriésemos la boca y nos metían la cuchara con colmo de puré de verduras de sobre. Y así eran las cosas: o comías por las buenas o por las malas, y si optabas por esta última te ibas además calentito a la cama. No había margen para la negociación ni para la opinión: esto es lo que hay de comer y te lo vas a comer.

Ayer me escribió un amigo y charlamos un rato sobre el clima político. Me contaba que llevaba toda la tarde viendo la televisión y que solo se hablaba de política, que estaba harto de unos y de otros. «Nos quedan dos meses asquerosos». Tecleó estas palabras con la misma convicción con la que las suscribo yo. Dos meses asquerosos. Dos meses en los que los políticos volverán a la demagogia para sentarse en mayo en un sillón confortable de un elegante escenario político. Y una vez nombrados y amilanados en su recinto cerrado y protegido de ruidos, fuera de ahí nuestro país seguirá asistiendo al bochornoso espectáculo de la realidad, de esa realidad que ni unos ni otros, ni aquellos ni estos han solucionado ni van a solucionar. La realidad del precariado ―término que sigue sin aparecer en el DLE―, trabajadores de cualquier ámbito profesional, entre los que se incluyen investigadores de sólida formación académica, con un sueldo que no les da para vivir dignamente; la realidad de ser el tercer país europeo con mayor pobreza infantil, con casi 2.600.000 niños españoles que solo tienen un plato de comida al día, y, de estos, unos 60.000 apenas pueden alimentarse, y, que no se le olvide a nadie, este daño conlleva dificultades en el desarrollo cognitivo y físico del niño, le arrastra a la exclusión social, al fracaso escolar y a sufrir violencia familiar. Estas criaturas, una cuarta parte de nuestros niños, los futuros adultos españoles, ¿cómo serán y de qué vivirán dentro de diez años?

Votaré, sí, pero con la nariz tapada porque esta realidad es asquerosa, apesta, pero tenemos que tragárnosla a las buenas o a las malas. No queda otra.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 27, 2019

Mi bar

Yo nací en un barrio humilde y obrero, muy alejado del centro de la ciudad. Los barrios obreros y humildes suelen ser periféricos porque las urbes quieren dejar claro dónde deben vivir los ricos y dónde los currantes de bocata de sardinas envuelto en papel de periódico. Cuestión de castas. De pequeño comía mucha comida enlatada y, casi todos los días, filetes de hígado a la plancha. Para más inri, el bocadillo que me llevaba al colegio era de fuagrás de tapa negra, vamos, hígado de cerdo enlatado y enlutado. Entenderán por qué llevo muchos años sin probar las vísceras de mamíferos y pasando de largo por los pasillos del supermercado que exhiben patés y conservas.

El médico me ha recomendado que baje siete kilos. «Ande usted todos los días al menos una hora», bisbiseó asépticamente mientras me tendía la mano para despedirme. Los médicos ahora te atienden con prisas porque son pocos y muchos los pacientes. Le estoy obedeciendo. Me pongo los cascos y pateo las calles, parques y paseos de mi ciudad. Siempre cambio de ruta para no aburrirme. El otro día salí tarde y se me hizo de noche, y, como la música me ayuda a pensar y a no fijarme en lo que pasa a mi alrededor, acabé sin saber cómo ni por qué en el barrio donde nací, en el portal de la que fue mi primera casa.

Vivíamos en un primero y sin ascensor. Observé que salía luz del salón y me imaginé que ahora estaría la casa ocupada por un matrimonio mayor, por eso de las escaleras. Debajo, en el chaflán, seguía abierto el bar que inauguró mi padre, pero con otro nombre y más moderno. Entré y me pedí una caña. Mientras me servían me vinieron las imágenes mías, siendo muy niño, correteando entre las mesas y los taburetes de la barra. Y, al igual que entonces, vi que los parroquianos que me acompañaban también eran gente obrera y humilde, también cabizbajos y con la mirada seria y reconcentrada en la bebida. Fue como si el pasado tendiera un puente hacia mi presente, sentí que había vuelto a mis orígenes, que había regresado a mi casa. Pero nadie me reconocía. Solo era un espectro invisible y de mirada perdida con una caña entre las manos.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 20, 2019

Amo el español

Llevamos décadas, desde que comenzó la democracia, avergonzados o culpables de decir que hablamos español. La presión de partidos nacionalistas condujo a la Administración central a imponer «castellano» porque lo de español les parecía a aquellos ofensivo e imperialista. La asignatura que imparto pasó a llamarse «Lengua castellana y Literatura», no sé si por cortesía o por bajada de pantalones. Para un filólogo, y dejando a un lado connotaciones políticas ―que ahora no vienen a cuento―, llamar en la actualidad a nuestro idioma «castellano» es algo parecido a si en Italia denominasen al suyo como «lengua toscana». Una memez. Hablamos de castellano para aludir a los orígenes de nuestro idioma, en el reino de Castilla, hasta la Edad Moderna. Aunque les moleste a los nacionalistas catalanes, vascos o los que sean, nuestro diccionario académico es el Diccionario de la Lengua Española, no castellana, y nuestra gramática normativa es la Nueva gramática de la lengua española, no castellana. Qué le vamos a hacer. Son cuestiones lingüísticas, filológicas, y no políticas.

Pero el nacionalismo político y cultural de tendencia antiespañola no quiere asumirlo. Resulta tan sorprendente oír a un político hablar de «lengua española» que cuando lo hace pensamos que se ha confundido o que no le ha sentado bien el Choleck del desayuno. Por ello, me resultó desconcertante la declaración del acusado Oriol Junqueras ante los jueces del Tribunal Supremo: «Lo he dicho en muchas ocasiones: amo a España y a las gentes de España y a la lengua española. Lo he dicho un millón de veces porque es verdad». Cómo tendría las tripas y los esfínteres el exvicepresidente de la Generalitat, al que le podría caer un buen saco de años por rebelión independentista, para declarar con tanta fe ciega y apasionada un amor tan discutible hacia la cultura y la lengua españolas, que no castellanas. Me sobrecogió ―he de reconocerlo― no su falso patriotismo español, sino lo acertado que anduvo cuando subrayó lo de «lengua española». El miedo, señor Junqueras, levanta en ocasiones la niebla que desorienta al entendimiento.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 13, 2019

“Voxeo”

El voxeo es un deporte que ha vuelto a ponerse de moda en España; de hecho, ahí están las cifras: las licencias se han quintuplicado este último año. Se practicaba mucho durante el franquismo; incluso, aquella España de blanco y negro llegó a jactarse de haber ganado alguna copa europea o mundial, no lo sé, ni tampoco me interesa. Mi padre era muy aficionado a este deporte, y se apoltronaba hasta altas horas de la noche viéndolo por la televisión. Nunca quiso que me quedase con él, en aquel salón con chimenea en la que no terminaban de consumirse los rescoldos de la leña carbonizada. Me decía que no era para niños, pero yo salía de puntillas de mi habitación porque quería compartir con mi padre esos ratos de embelesamiento deportivo. Mi madre, que siempre me oía o que nunca dormía hasta que mi padre volvía a la alcoba, se levantaba de la cama, me alcanzaba en el pasillo y entre empellones y azotazos me metía en la cama destemplada e incómoda sobre la que dormíamos los niños de los años setenta, esos años grises, en blanco y negro, y de pocas explicaciones.

Dicen los entendidos que el voxeo es extraordinario en todos los sentidos. Fomenta el compañerismo y la convivencia, y además te enriquece en valores. En valores deportivos y sociales, dicen, aunque sigo sin entenderlo. Golpear el saco durante un tiempo relaja tensiones y ayuda a la concentración. Quemas toxinas, quemas calorías, quemas malos rollos, quemas bazofia. Mucha bazofia interna que te ensucia las venas y que no te deja dormir en paz, que no te deja conciliar el sueño, como quizás le pasaba a mi padre.

Ahora que tengo mi salón, mi calefacción y mi televisor, alguna vez he seguido un combate de voxeo español, desde el primer asalto hasta el último. Se golpean para debilitar al contrario y siempre buscando el punto más débil y desprotegido para herir, para hacer sangre, y ya abierta la herida arremeten con fuerza sobre ella para que la hemorragia obligue a la anulación del combate por nocaut. Se quemarán toxinas y mucha mala leche, pero le he cogido manía, ustedes me entienden. Prefiero el diálogo, el consenso y el respeto.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 6, 2019

Yo también voto

A Jesús Vidal

Pocas veces, un discurso de agradecimiento se está viendo tanto por las redes sociales y es tan merecedor de los mejores elogios. Las palabras serenas y emotivas que pronunció Jesús Vidal tras recoger el premio Goya al mejor actor revelación removieron conciencias y zarandearon las entrañas secas y agrietadas de muchos españoles. El premiado, filólogo y con un máster en Periodismo, derribó muchos miedos a las personas que sufren algún tipo de discapacidad física o psíquica. «¡No sabéis lo que habéis hecho al dar este premio a una persona como yo!». Un amigo médico que trabaja en una unidad de atención a pacientes con discapacidad me confesó que hay cada vez menos discapacitados; los padres, cuando se enteran de que su hijo sufre alguna alteración física o cromosómica, deciden abortar. No lo quieren; lo ven como una carga para toda la vida. Quieren hijos inteligentes, guapos y con buena salud, que les den nietos sanos y perfectos. «Queridos padres, a mí sí me gustaría tener un hijo como yo porque tengo unos padres como vosotros». Cuántos padres morirán sin oír ni una sola vez estas palabras de sus «capacitados» hijos. ¿No son acaso la minusvalía emocional y la falta de empatía casos serios de discapacidad social y familiar?

«Inclusión, diversidad, visibilidad». Esta fue la petición de Jesús Vidal en un momento de su discurso. Mayor inclusión social y laboral, mayor aceptación ciudadana y estar más presentes en todos los ámbitos de acción social. Un país que luche por lograrlo es un ejemplo para el resto, un modelo de sociedad madura y avanzada. España está en esta línea de integración laboral, educativa y social. Hace unos meses, el Congreso aprobó por unanimidad la reforma de la Ley Orgánica de Régimen Electoral General que permitirá votar a personas que padezcan enfermedad mental, discapacidad intelectual o deterioro cognitivo. Un gran paso, sin duda. «Lo más importante es no ponerse barreras, que el mundo ya te dirá hasta dónde llegas». Palabras sabias de una persona rica en valores humanos. Yo votaría a una persona como esta.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 30, 2019

Pinquis

Mi abuelo, cuando llegaban los fríos, me insistía en que llevara bien tapados los pies y la cabeza. Nunca supo explicarme que la razón residía en el hecho de que casi todo el calor corporal lo perdemos por los extremos, pero mi abuelo, que era de gramática parda, que perdió su infancia entre balas y chuscos endurecidos y no entre libros, libretas y pizarras, sabía lo que sabían su padre y su abuelo, y él me lo transmitió con la misma espontaneidad con la que un profesor explica el teorema de Pitágoras: cuando haga frío, calcetines y gorro de lana. Así que, en previsión de que los hielos no nos abandonan, me he comprado unos calcetines de algodón con dibujitos de tiburones y otras especies marinas, y largos, muy largos, como esos que nuestras nerviosas y malhumoradas madres nos embutían cuando nos vestían para llevarnos al colegio. Llegué a casa y me los probé. Me miré al espejo, y ahí estaba yo: a mi edad y en la decadencia con la que me están castigando los años, con la camisa del pijama, los gayumbos de medio muslo y los calcetines a la altura de las rodillas. Ese adefesio vestido de colegial pero con cara de padre entrado en años era yo. Menos mal que no veía nadie, que no me verá nadie.

Pero la moda de ahora no es la mía. Me lo dijeron y no me lo creí hasta que lo he ido comprobando. Consiste en llevar los pantalones cortos y usar pinquis en lugar de calcetines para mostrar a todos tus sinuosos tobillos. Da igual que nieve, que te arrastre un airuzo polar o que caigan los chuzos de punta. Hay que enseñar los tobillos. Llevo días observando con detenimiento cuántos ciudadanos llevan al aire los maléolos, y, aunque este exhaustivo trabajo de campo me obliga a caminar con la cabeza gacha como un friqui con problemas de autoestima y de comunicación social, casi puedo afirmar que tanto jóvenes como adultos siguen esta moda pinqui-tobillera. Y cuando veo con espanto las ampollas y las rozaduras sangrantes que algunos sufren en la zona del talón, me siento aún más confortable dentro de mis largos, larguísimos calcetines de algodón que me abrigan hasta la corva. Qué alivio.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 23, 2019

El ático

El pasado fin de semana me escapé a Madrid. Mis retiros a la capital son escasos, pero sustanciosos: procuro disfrutarlos en temporada baja, cuando la temperatura es llevadera, la ciudad no se masifica y la oferta cultural es atractiva. Muy poco me importa que la ciudad esté invadida por multinacionales y por franquicias de comida basura; pasear por Madrid desde el anonimato que me procuran mi gorra, mi bufanda y mi abrigo es una bocanada de libertad para mí, que vivo en una capital de provincias, controlado por vecinos y conocidos, acostumbrado a saludar siempre que salgo a comprar, a despachar algún recado, a trabajar o a tomarme un café en el bar de la esquina. Pasear sin ser mirado, gozar de la invisibilidad rodeado de tanta gente, tomarte una infusión con poco azúcar y mucho tiempo en La Central mientras leo las páginas de un libro, desayunar a primera hora en la churrería de San Ginés o en el jardín del Museo del Romanticismo, deambular por el Barrio de las Letras son placeres tan gratificantes que solo se disfrutan con plenitud si se viven muy de tarde en tarde.

En esta ocasión reservé habitación en un hotel de la Plaza Santa Ana, a pocos metros de las casas de Lope de Vega y Cervantes y al lado del Teatro Español, donde Lorca alcanzó el mayor de sus éxitos como dramaturgo con el estreno de Yerma, el 29 de diciembre de 1934. El domingo por la mañana llegué al número 29 de la Gran Vía porque quería contemplar el edificio antes de que sea remodelado en un hotel de lujo. En la novena planta tenía su despacho Ortega y Gasset, y desde él dirigió el filósofo las publicaciones de la Revista de Occidente desde 1923 hasta 1936. Desde ese despacho de la novena planta se fraguó la modernización cultural de España, con una clara visión europeísta, y en él nació en 1937 la Colección Austral. Esa novena planta es ahora propiedad del futbolista Cristiano Ronaldo y hará de ella un ático de lujo, pero desabrigado de libros y de galeradas. Desde allí, cuando él vaya, gozará de las vistas de un Madrid febril y capitalista, de un Madrid muy distinto de este en el que yo me recreo cada vez que lo paseo y lo vivo.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 16, 2019

El olvido

He sido siempre un olvidadizo y siempre lo he aceptado como una peculiaridad innata. Nací olvidadizo y así moriré; qué le vamos a hacer. Y si bien se mira, no es malo conocerse a sí mismo y tolerarse las taras con las que nos han traído al mundo. Cuando tengo la mente ocupada en asuntos serios y que requieren responsabilidad, objetos cotidianos corren en mis manos el peligro de quedarse expósitos, a merced de quien quiera ampararlos. Sería incapaz de numerar con exactitud los paraguas que han quedado cerrados y silenciosos esperando en quién sabe qué paragüero público a que fuera a recogerlos, los sacara con prontitud y los paseara bien abiertos y orgullosos de proteger a su dueño de las inclemencias climáticas. De ellos ya solo me queda la esperanza de que hayan sido adoptados por alguien que los cuidara mejor que yo.

Pero puestas aparte estas cuestiones, ahora que ya voy entrando de puntillas ―pero entrando― en los arrabales de una edad más próxima al atardecer que al mediodía, me voy dando cuenta de que el olvido es un remedio muy eficaz para curar las laceraciones que, en el pasado, infligieron las injusticias y las injurias en mi cuerpo y en mi espíritu. La vida es un camino pedregoso e inseguro, pero no lo sabemos hasta que caemos en la cuenta de que no llevamos el calzado adecuado o al correr a destiempo cuando ya está demasiado cerca un peligro que nos acechaba. Cada vez que rebusco en los cajones de la memoria para encontrar las imágenes en orden cronológico de un acontecimiento ominoso, fatal o trágico que sufrí hace muchos años, descubro con alivio que ya no están. La memoria borra en el momento oportuno los pormenores de acontecimientos pasados que en el presente dañarían nuestra salud espiritual y, en consecuencia, también la corporal. La madurez dorada, este arrabal en el que ya estoy entrando, es la vuelta a un tipo de infancia, el regreso a una edad en la que solo debe movernos una motivación vital: ser felices. Felices con la sabiduría que hemos adquirido en terribles batallas ya lejanas y de las que solo quedan las cicatrices.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 9, 2019

Sentinel

A flechazos y con lanzas siguen recibiendo los aborígenes de la isla india de Sentinel del Norte a todo el que ose perturbar la apacibilidad de sus viviendas. Pensaba que era un montaje audiovisual, pero no. La noticia mostraba las imágenes de un sonriente misionero estadounidense a escasos metros de una playa poco antes de lanzarse al mar y nadar confiado hacia esta ínsula extraña para evangelizar a sus amenazadores habitantes. En cuanto puso pie en la orilla, crucifijo en mano, lo dejaron como un san Sebastián. Cuenta la hagiografía que descuartizaron el cadáver y lo devoraron para no desaprovechar tanta proteína.

Sin electricidad, sin fuego y con una tecnología que no ha evolucionado en los últimos 60.000 años, los sentineleses defienden con una determinación heroica la supervivencia de su cultura ante la desforestación de las islas cercanas y después de que algunos miembros de sus familias fuesen esclavizados por colonos violentos. Aislados de todo y de todos, quieren permanecer inmunes a toda esa legión de virus que traen las enfermedades del mundo moderno: inmunes al virus de la globalización, que asesina silenciosamente las culturas y las tradiciones minoritarias; al virus de la tecnología digital, que debilita el contacto humano y la comunicación personal hasta deshumanizar al individuo y transformarlo en un ser consumido por la soledad; al virus del dinero, que parasita la ética de los pueblos y los convierte en enemigos; al virus del progreso, que infecta los mares de plásticos, el aire de humos contaminantes y la tierra de pesticidas y alquitrán; inmunes, en fin, al letal virus del estrés, y al del ruido de máquinas, y al de la comida basura, y al de la corrupción, y al de la explotación del débil y del indefenso.

El sunami de 2014 redujo la población de la isla a 150 indígenas. Aunque el Gobierno indio ha prohibido que sean molestados para garantizar su supervivencia y su aislamiento del resto del mundo, mucho me temo que la letal mandíbula del capitalismo acabará devorando este reducto de la humanidad. Ojalá me confunda.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 2, 2019

Tiempos

Desde mi ventana, mientras enciendo un cigarrillo y contemplo consumirse los últimos minutos del año, me doy cuenta de que nuestro tiempo no es el del resto de los seres vivos. Abajo, en las calles, la vida es frenética, bulliciosa; las personas van y vienen esperando inquietas la entrada del nuevo año, sabiendo las horas que quedan para la cena, para las uvas y para el festejo.

Hoy la tarde es tranquila y apacible, y el arrebol de las nubes anuncia la llegada de la noche. Los estorninos y las palomas vuelan hacia las ramas yermas de los árboles. Ellos, los árboles y las aves, no saben de meses, de años ni de siglos. Su noción del tiempo no es la nuestra. Su existencia se basa en el día a día, sin proyectos de futuro, sin mirar al pasado. Nosotros nos confundimos: vivimos infelices y angustiados recordando el tiempo pasado que hemos desaprovechado y conjeturando con los años que aún nos quedan por vivir. Pero ni el uno ni el otro nos pertenecen, y, en lugar de vivir todos los días sintiéndonos plenos y henchidos de vida, nos hundimos en el piélago del pesimismo. Séneca escribió: «No pierdas hora alguna, recógelas todas. Asegura bien el contenido del día de hoy, y así será como dependerás menos del mañana. Mientras aplazamos las cosas, la vida transcurre». Hay que aprovechar cada instante de nuestra existencia con serenidad y templanza, huyendo de lo que nos mata y envilece, siendo conscientes de que la felicidad plena no la encontraremos en la duración de nuestra vida sino en cómo la hemos aprovechado en bien propio y en el de los demás.

El hombre sabio almacena experiencias y conocimientos que le permiten iluminar su interior y sabe convertirlos en acciones virtuosas y plenas. Este es el arte de la vida, y lograremos saborearla desterrando de nuestros actos el odio y el miedo, aceptando a las personas como uno se acepta a sí mismo, con sus imperfecciones y respetando su dignidad y su libertad.

Ya la noche ha descendido sobre los tejados con su manto de niebla. Es bella, como la tarde. Merece la pena nuestra existencia; gocémosla en simpatía con la humanidad y con nuestro planeta.

Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 26, 2018

Amor de celofán

Qué poco dura la alegría en la casa del pobre. Eso decía mi abuela que se decía en el pueblo, y con quien hables te dirá que eso se dice en todas partes. Cuando la pobreza entra por la puerta de tu casa, el amor salta por la ventana. La pobreza y la enfermedad. Cuando a la escasez y a la enfermedad les abres la puerta de tu casa, el amor hace la maleta y se marcha con lo puesto y con lo poco que ha metido en el equipaje. ¿La causa? Nos soportamos cada vez menos; este yihadismo megahedonista al que quieren convertirnos los de arriba desea convencernos de que debemos cuidarnos a nosotros mismos y a nadie más. Estamos cada vez más solos aunque vivamos en sociedad. Este aislamiento nos hace menos humanos; si se trata a una persona como una cosa, no esperes que luego te traten mejor. El familiar enfermo, el amigo sin recursos, el inmigrante que huye de la miseria son esas molestias de las que nos queremos deshacer cuanto antes, como charcos en los que se han metido nuestros zapatos y que limpiamos con rapidez al llegar a nuestra casa. «Joder, mira que tocarme a mí».

Sin trabajo ni dinero para alimentar decentemente a tus hijos, y si los problemas de salud te aplastan como un muro derribado, no hay fuerzas que puedan sobrellevar tanta penuria. La desesperación abre sendas que conducen al desmoronamiento moral y a la tragedia. No deseo en estas fechas oraciones ni bendiciones, ni misas de gallos ni vigilias. Ojalá ―y este sí que es mi deseo― que los máximos responsables del funcionamiento de nuestra sociedad muestren una categoría humana y ética a la altura de sus cargos, y que consigamos entre todos revertir este estado de decrepitud moral que nos arrastra a una globalización de la indiferencia y venzamos la desigualdad social. El hombre es la única salvación del hombre; la «simpatía», que es ponerse en el lugar del otro, es el salvavidas de la humanidad. Qué poco dura la alegría en la casa del pobre, decía mi abuela que se decía en el pueblo, pero que es algo que se dice en todas partes. Cuidemos la salud y que no falte el trabajo porque de ellos, viendo esta sociedad, nace el amor de celofán.

Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 19, 2018

Veleia

Hay lugares que surgen humildemente y la Historia termina por coronarlos en el trono de la magnificencia. A escasos kilómetros de Vitoria, en el yacimiento de Iruña-Veleia, se han hallado unos grafitos que adelantan hasta el siglo III la primera datación escrita de la lengua vasca. Diseminadas sobre huesos, vidrios y ladrillos se pueden leer palabras sueltas, como zuri (`blanco´), urdin (`azul´) o gorri (`rojo´), y algunos verbos de uso habitual como edan (`beber´), ian (`comer´) y lo (`dormir´). Los que conozcan esta lengua comprobarán que estas palabras apenas han variado en los últimos dos mil años, rasgo que le confiere una gran estabilidad como idioma, pero además es necesario recordar que el vascuence es una lengua antiquísima, que ya se hablaba en la Península Ibérica cuando llegaron los romanos en 218 a. C. y que posiblemente ya existiera antes de que surgiera el griego antiguo. Una lengua, en fin, a la que le debe mucho el español ―el más hablado en el mundo después del inglés―, ya que, gracias al contacto lingüístico que hubo entre aquella y un castellano aún en pañales, las primeras palabras de la lengua de Cervantes se consolidaron suprimiendo la «F-» inicial latina y fijando nuestro sistema fonético en tan solo cinco vocales, frente a las diez de la lengua de Roma.

Los grafitos de Veleia guardan una sorpresa. Se ha encontrado un texto cristiano que se leería como parte de una oración o que escribiría algún miembro de la familia para bendecir su casa: Iesus, Ioshe ata ta Mirian ama (`Jesús, José padre y María madre´). La bellísima sencillez del texto atesora siglos de historia y de tradición; es, por qué no decirlo en las fechas en las que estamos, un belén hecho con palabras, con la humildad de unos trazos pobres e inexpertos, palabras que iluminan el hogar de una familia vasca y cristiana de hace dos mil años, en un rincón ignorado de un gran Imperio que ya había establecido el cristianismo como su religión oficial. Incluso, el topónimo ―Veleia― guarda similitudes fónicas con aquel Belén donde nació Jesús, rodeado de sus padres, José y María.

Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 12, 2018

Neopolitano

Me ha dado por pertenecer a una tribu urbana, sí, a mi edad, que no es que sea lozana pero tampoco faraónica. En casa dicen que ya estoy con las dichosas crisis de identidad, y que lo mejor que debo hacer es dejarme de payasadas, ponerme el pijama, sentarme en el sofá con la bandeja de la cena y empezar a seguir una serie de televisión de esas que son más largas que un día sin pan. Pero yo me he rebelado, como buen hijo de los movimientos jipi y jevi, y he comenzado a rastrear por la telaraña digital para encontrar ese grupo de coleguillas con el que pueda sentirme identificado.

Los primeros intentos han sido desalentadores. Tengo muy claro que no me veo un bakala ni un maquinero porque esa música no me pone y mucho menos su jerga, que tendría que aprenderla, claro, con su perreo, sus guirlas y fronteos, y lo que es peor, usarla en el contexto adecuado y con el tono correcto. Y para eso se requiere una inmersión lingüística a la que no estoy dispuesto. Tampoco me veo dentro del rollo friqui; debería ver todo lo que se ha grabado de Star Trek y hacerme seguidor acérrimo de varios yutúbers. Va a ser que no. Descarto los góticos porque no quiero agujerear ninguna zona de mi cuerpo, ni ponerme lentillas de zombi ni pintarme los morros de violeta-muerte; hípster no puedo ser porque con mi barba, ya desforestada, sería, junto con los que lucen esas pelambres levíticas y mesiánicas, un triste y eterno aprendiz. Panki no lo seré más porque ahora sí que estimo la salud de mis oídos y la de mi estómago.

En fin, después de tanto paseo virtual, llego al Ministerio para la Transición Ecológica ―ahora me entero de su existencia― y desde una de sus páginas se me invita a ser neopolitano. Es mi última alternativa. Leo: los neopolitanos son la nueva ciudadanía, no importa edad ni orientación política; solo debes ser tuitero y consumir de manera responsable, ética y justa, sin contaminar y yendo en bici, remendando tu ropa, no comprando comida envuelta en celofán, usando marcas de ropa sostenibles y no probar apenas la carne y el pescado. No tiene mala pinta, no. Pero el bocata de morcilla y el coche no me los quita nadie.

Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 5, 2018

Tamboradas

Suenan tambores en la política española. No suena la paz ni el diálogo, sino la confrontación y el «ahorametocaamí». Los tambores, dicen, son tan antiguos como la Humanidad. Alejandro Magno quedó impresionado cuando el ejército persa los empleaba para amedrentar a los macedonios, así que decidió incorporarlos como instrumento de guerra y de comunicación. Retumbaba la tierra―aseguran los historiadores― cuando Alejandro ordenaba aporrear miles de tambores antes de entrar en batalla. Hoy, los tambores de guerra son las torpes y verduleras soflamas que suenan a través de los altavoces de nuestras radios y de nuestros televisores, y no hacen retumbar la tierra, aunque quieran con ellas meternos el miedo en el cuerpo.

Dicen que, durante la Alta Edad Media, los musulmanes que habitaban los pueblos y ciudades más importantes de lo que hoy es Aragón entraban con sus tambores al barrio cristiano durante la celebración de la Semana Santa para fastidiar ―dicho suavemente― el silencio y el recogimiento de los que estaban reunidos en sus casas rememorando la muerte de Jesús. Los conflictos religiosos han sido siempre muy ruidosos, de esto no hay duda, y casi todos han sido impulsados por intereses políticos y económicos. Las guerras de anexión territorial se ordenaban tras la bendición de un jerarca religioso. Algunos políticos de ahora aporrean sus tamboriles para hacernos saber que «la cultura occidental, de firme identidad cristiana, está en peligro porque nos están invadiendo los inmigrantes», y que ha llegado la hora de «reconquistar los valores que nos identifican como españoles».

Jaime I reconquistó gran parte de la franja oriental de Al-Ándalus, y los cristianos que fueron repoblando las tierras aragonesas, manchegas y parte de las andaluzas decidieron tocar los tambores en Semana Santa como recuerdo de lo que los musulmanes les hicieron a sus antepasados. Es otro «ahorametocaamí» que lleva siglos retumbando. La Unesco acaba de conceder a estas Tamboradas la distinción de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, así que la tierra seguirá temblando otros siglos más bajo el estruendo de miles de tambores rugiendo a la vez.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 28, 2018

Convalecencia

El sufrimiento nos vuelve más humanos, ilumina nuestra realidad de seres mortales. Quizás por ello lo rechazamos. El silencio es un aliado del sufrimiento; dos socios a los que desde siempre les ha ido bien. Sufrir en silencio, sentir desde el anonimato las punzadas internas de un proceso vírico o las terribles púas de una ofensa infligida por alguien a quien se quiere nos reconcilia con la vida, nos despierta del muermo existencial en el que creemos que flotamos cándidamente, como en un líquido amniótico del que nunca saldremos. Pero sí. Despertamos y salimos. Siempre salimos; empujamos con desesperación y angustia para mudarnos a una placenta más grande, pero lo que hacemos es salir a un entorno arañado por el tiempo; salimos llorando y destemplados, heridos por la luz, con un dolor y una impotencia que a nadie interesan. Y tardamos tiempo en comprender que el sufrimiento hay que vivirlo en intimidad, que es consustancial a nuestra existencia, y que el silencio y la paciencia nos ayudan a sobrellevar la aspereza y la fatiga del camino.

Recuerdo a Cela hablando de su experiencia como enfermo. Enumeraba cronológicamente las enfermedades que superó, como el torero que repasa las cornadas de su cuerpo y reconoce en cada una de ellas el nombre del toro, la plaza donde fue corneado y la fecha y lugar de la operación. Más que la enfermedad y el dolor, Cela priorizaba el proceso de la convalecencia: un estado de debilidad que despierta la sensibilidad artística. Habría que repasar a fondo muchas obras maestras de la literatura y de las demás artes que nacieron durante un proceso de convalecencia. Nos sorprendería. Da vértigo escrutar cuántos libros magistrales se han escrito desde una silenciosa e iluminada mesa sobre la que trabajaron los ojos dolientes y las manos febriles de su autor, sintiendo la presencia de la muerte. Es entonces, cuando llegue el minuto final de nuestra vida ―aconsejaba Cela―, cuando hay que actuar con serenidad y resignación, sin aspavientos circenses. En silencio, dejándose acariciar por la fría mano del barquero.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 26, 2018

Trascendencia

Ya no cuidamos las palabras como deberíamos. Algunas, por su poco uso, las vamos relegando al final de la cola de nuestro léxico, y ahí se quedan largo tiempo, calladas y ausentes, abandonadas. Las palabras comunican todo sobre nuestra cultura, son el cincel con el que pulimos la realidad a la que nos referimos, son el lienzo en el que queda impreso el bagaje cultural que nos sostiene. Pero las estamos abandonando. No las usamos ni las cuidamos como habría que hacerlo. Quizás podríamos argumentar que nadie nos ha enseñado a valorar un buen texto con esmero y prurito lingüístico o que ya apenas se escriben obras de gran calidad que nos ayuden a ordenar y a expresar nuestros pensamientos con claridad y precisión. Es posible.

Este escaso interés por el uso de la palabra precisa en el contexto adecuado está quizás reflejado en el ámbito ortográfico. Creo que las palabras, también, están perdiendo su trascendencia ortográfica. Las estamos desnudando de letras que ―dicen― no nos sirven porque no las pronunciamos o porque las articulamos de una manera casi imperceptible para el oído. La propia palabra que da título a esta columna ha perdido la n con la que formaba el grupo consonántico culto ―nsc―; al constipado le quedan cuatro días para que su n se desprenda de su sílaba y caiga, como una hoja seca, al barro del olvido; a otubre le han vuelto a robar la c porque poca gente la pronuncia (de momento, se salvan octavo, octogenario, octosílabo…); setiembre es el mes al que le han sustraído su p latina. Y aún no termino de comprender que una guardilla sea una buhardilla mal escrita, trasladando a la ortografía el vulgarismo fonético.

Estamos, en efecto, despojando a las palabras de su transcendencia ortográfica y semántica. Su mal uso nos lleva a encontrárnoslas así, desconchadas y heridas, empleadas abusivamente o fuera de contexto, y por tanto desnaturalizadas, a veces huecas. Y esta práctica es, sin duda, una reacción lingüística a la cultura general que nos rodea, que es la que nos vende lo intrascendente, así, sin n, como lo transcendente, así, con n.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 14, 2018

Los tóxicos

A la salida del cine, una pareja discutía en voz baja pero de forma acalorada. Cuando pasé por su lado, solo conseguí captar unas palabras que él le lanzó a ella con tanta claridad que no hizo sino enfurecerla más: «Eres muy tóxica». Se puede descalificar a una persona de muchas maneras, pero llamarla «tóxica» me sugiere un amplio abanico semántico relacionado con el envenenamiento moral y con la aniquilación de la autoestima mediante pequeñas dosis aparentemente inocuas pero letales a largo plazo, sedimentos que van contaminando nuestro optimismo, nuestra energía vital.

Los tóxicos son manipuladores, envidiosos, expertos en convencer de que la culpa no es suya sino del otro, maestros en el maldecir y en el malmeter. Les encanta herir y disfrutan contemplando la destrucción anímica del herido. Alimentan su narcisismo y su convicción de superioridad infravalorando a los que les rodean. No son personas optimistas; al contrario: siembran pesimismo incluso poniéndose como víctimas de una situación calamitosa y terrible para todos. Emocionalmente inestables, disfrazan su escasa empatía social con una falsa dependencia que despierta en la víctima una sensación altruista de ayuda y de comprensión que la empuja a no separarse del manipulador. Son parásitos que contagian su enfermedad, y con ella destruyen la armonía del grupo, la vitalidad de la pareja y, sobre todo, la voluntad, la voluntad de convivir en paz, de sentirse a gusto en el entorno familiar y laboral y de colaborar como buen ciudadano en el desarrollo social.

La política española es tóxica. Nuestros políticos son tóxicos. No los soporto. No soporto a ninguno de ellos. No quiero seguir oyendo sus ofensas ni sus mentiras; me embrutece anímicamente cada escándalo de corrupción que desde la pantalla del televisor me salta a la cara como un escupitajo. Siembran discordia, malestar, pesimismo, y con ello alimentan el miedo en los ciudadanos. Queman nuestra convivencia social, nuestras ganas de dialogar y de revertir una situación de injusticia. Nos hacen, en suma, peores personas. Son ellos los tóxicos, los culpables de nuestra enfermedad moral.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 7, 2018

Gugleo y guasapeo

Hace años que no feisbuqueo, y no lo hago desde que vi un documental televisivo en el que un padre, preocupado por el empeño de su hijo menor de darse de alta en esta plataforma, decidió investigar por su cuenta la seguridad y la privacidad que ofrecía la compañía. Y para esta investigación, el buen señor se creó una cuenta con una identidad y unos datos falsos, en los que se presentaba ante el mundo como un joven guapo, emprendedor, deportista y poseedor de varios títulos universitarios que tenía colgados en un piso localizado en uno de los barrios más pijos de la ciudad. El primer día llegó a acumular unos seiscientos seguidores ―casi todos chicas― que querían ser amigos digitales y algo más. ¿Cómo vas a querer ser amigo de alguien que solo conoces por unas imágenes y por unos datos falsos?, se angustiaba el padre. Así que tomó la decisión de hablar con un técnico informático, con hechuras de pirata, y le preguntó si podría extraer su verdadera identidad y sus datos privados desde su cuenta falsa. Al cabo de media hora, le entregó seis folios escritos por las dos caras en los que venían impresos los nombres de toda la familia; el número de sus tarjetas bancarias, de sus cuentas y de sus planes de pensiones; antecedentes delictivos; pertenencia a asociaciones políticas o sindicales; restaurantes más visitados e incluso el nombre de su perro.

No feisbuqueo pero sí gugleo. Y digo «gugleo» y no «busco información en Google» por la misma razón que digo «desayunar» y no «tomar el desayuno», que ambas opciones son válidas, pero los alargamientos innecesarios nunca han sido plato de mi gusto. Hay políticos que «proceden al acto de inauguración», y los hay, más austeros, que simplemente «inauguran». Pues, como les decía, gugleo todos los días en busca de información, tuiteo mis columnas y consideraciones lingüísticas y guasapeo con mis compañeros de trabajo y con mis amigos. Y me gustan estos neologismos, estos epónimos por los que algunos se mesan las barbas y por los que otros celebramos que nuestra lengua se enriquece de términos habituales y necesarios.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 31, 2018

Muertes

Pepe es un pescador alicantino que lleva echando las redes desde que era un niño. Sus manos y su rostro septuagenarios están endurecidos por la sal, por el viento y por el sol. Cuando converso con él, su mirada y su voz describen el alma de un hombre bueno acostumbrado a leer los secretos del mar y a vivir en la soledad y en el silencio de un espacio tan amplio como profundo. «Los peces se dejan pescar cuando ellos quieren, no cuando tú quieras», me dijo hace poco junto a la orilla, con su caña ya lanzada, él sentado en su banqueta y yo de pie, acompañándolo, escuchándolo. Ese día íbamos a salir juntos a pescar en su barca, con redes, y habíamos planeado comer de lo que pescáramos, cocinado en caldero, con arroz y verduras, pero una borrasca nos lo impidió.

En la orilla, donde las olas se consumen, Pepe había clavado una boga por los ojos con una varita de hierro. «El olor de la boga atrae a las caraveletas, y luego las uso como cebo para pescar doradas». Las caraveletas son unos pequeñitos cangrejos blancos de arena muy comunes en el Mediterráneo. La escena me impactó por la novedad pero sobre todo por lo macabro de ver a un pez clavado por los ojos para que sirviera de cebo a otros animales, y por un momento pensé en la cadena alimenticia creada alrededor de la muerte y con un ritual de lo más natural, con un ritual que las leyes de la supervivencia nos han marcado desde que existimos: la boga sacrificada para alimentar a unos crustáceos que luego serían devorados por un pez mayor que acabará en el estómago hambriento de un hombre. Ha de haber muerte para que haya vida. Aquello me recordó la filosofía de Schopenhauer, su pesimismo vital, su planteamiento de que la vida es un sufrimiento constante. «La vida es solo la muerte aplazada», escribió el alemán.

«Cuando muera», me dijo de repente Pepe con mucha serenidad y convicción, «me gustaría que fuera junto al mar y que después tiren mis cenizas aquí, junto a estas piedras de la orilla». No le dije nada. A unos metros de nosotros, la boga acompañaba el vaivén de las olas.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 24, 2018

Marcianitos

De pequeño jugaba a los marcianitos con mis amigos y mis vecinos. Nos regalaban unos cascos con visera azulada y unas pistolas de plástico verdinaranjas, con gatillo negro y corvo como un colmillo de vampiro, que escupían varitas puntiagudas que no se parecían ni de lejos a los rayos láser que veíamos en las películas. Yo crecí con estas películas de ciencia ficción y de serie B en las que la Tierra se veía amenazada por la invasión de los marcianos, y en nuestros patios y parques representábamos de una manera muy cutre las batallas que solo eran reales en nuestra imaginación. Una noche, mirando al cielo, me enseñaron dónde estaba Marte. Seguía siendo un niño y no me gustó la idea de que ese planeta de color anaranjado estuviese tan cerca de la Tierra porque al instante se me pasó por la cabeza que las diabólicas criaturas grabadas en el celuloide podrían plantarse en mi ciudad en un abrir y cerrar de ojos.

Ahora nos dicen desde la NASA que dentro de cinco años irán al planeta rojo los primeros mil humanos para habitarlo. Será un viaje solo de ida, en el que llegas y te dejan allí, y ya no podrás regresar a darte un bañito a Benidorm aunque no te gusten tus vecinos, la ridícula casa prefabricada en la que vas a pasar el resto de tu vida, el jardincito en el que plantarás tus patatas y tus tomates y el airuzo que debe rascar por esas latitudes. Vivirán, al parecer, sobre un lago subterráneo de agua dulce que ocupa una extensión de veinte kilómetros cuadrados, así que a los terrícolas convertidos entonces al marcianismo no les va a quedar otra que hacer agujeros por un tubo, con un tubo hidráulico, espero. A estos mil seguirán otros tantos y si el ritmo no decae imagino que la Tierra se irá quedando más vacía de chicos sanos y listos y más llena de vejestorios y de enfermos a la espera de que Bennu, que es como ha bautizado la NASA a un asteroide de medio kilómetro de diámetro, impacte sobre la Tierra el 21 de septiembre de 2135 y destruya toda forma de vida.

No sé cómo estará mi planeta dentro de ciento veinte años, pero espero que los futuros marcianos salven el patrimonio cultural de los terrícolas. Algo bueno hemos hecho.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 10, 2018

Barberías

Mi peluquería es de las de antes. Sillón de cuero reclinable, corte de tijera y bálsamo tras el afeitado de nuca y patillas. He de reconocer que siempre que voy a mi peluquería, en el centro de la ciudad, muy cerca de donde Lorca vivió unos días pocos meses antes de su fusilamiento, me acuerdo de Antonio Machado. Un día, ya moribunda la República, cuando don Antonio entró en su barbería en el centro de Madrid, el peluquero que siempre lo trataba, viendo su aliño descuidado y poco moderno, se atrevió a comentarle: «Don Antonio, con lo que es usté, con su nombre y con su posición, ¿por qué no se compra un traje nuevo?». Machado llevaba siempre el mismo terno, lavado y planchado sin descanso; las coderas, puños y rodilleras lucían apagadamente raídas. A don Antonio no le importaba su torpe aliño indumentario. Y le respondió a su peluquero: «¿Y por qué he de cambiarlo si aún me hace uso?». Miguel de Unamuno, que tanto admiraba al escritor sevillano, lo describió con estas palabras: «Yo vengo a saludar al hombre más descuidado de cuerpo y más limpio de alma de cuantos conozco: don Antonio Machado».

Cuando me siento en el viejo sillón reclinable de cuero beis de mi peluquería me acuerdo siempre de Antonio Machado. Intento imaginarme su rostro bonachón reflejado en el espejo de su barbería, procuro intuir el tono de su voz y su conversación con el barbero y con los clientes del local. Un hombre de una excelencia inhabitual viviendo como un hombre de lo más común. Machado y Lorca se admiraban. Lorca, Machado y Albacete van cogidos de la mano. Cuando don Antonio, meses después de escribir la elegía a Lorca tras ser fusilado, tuvo que cruzar la frontera en el invierno del 39, lo acompañaban su madre, Corpus Barga y el filólogo albaceteño Tomás Navarro Tomás. Fueron ambos los que los cuidaron hasta Colliure. «Seguid, amigos, hasta París. Yo quedo aquí con mi madre hasta que se recupere». Así habló Machado, con greñas y sin afeitar, cuando sintiendo cerca los huesos y flautas de la muerte escribió: «Estos días azules/ y este sol de la infancia». Desde entonces, maestro, los días son grises y mudas las barberías.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 3, 2018

Rastreo

Salía yo del supermercado cuando oí a una chica que con una sonrisa de alivio le decía a otra que lo mejor del guásap y del tuíter es que llegaron cuando ellas habían dejado atrás la adolescencia y la insensatez.

―Si estuviesen colgados los vídeos y las fotografías de lo que yo hice, o ciertos comentarios, estaría muerta de vergüenza, tía.

Muchas empresas han contratado a expertos informáticos vestidos con ínfulas de detective para que rastreen las imágenes y las memeces que los aspirantes al puesto ofertado hayan podido colgar en la red en algún momento de exaltación etílica o de paranoia política. Es la nueva moda corporativa: bucear en tu privacidad para sacarte los calzoncillos que hace unos años se te olvidó poner en el cesto de la ropa sucia. Si te los encuentran, te quedas sin el puesto, por guarro. Decía García Márquez―antes de que existiese internet y su pegajosa red de grupos sociales― que todos tenemos tres vidas como tres cajitas independientes, y lo que haya en una no puede volcarse en las otras: una vida pública, visible para la mayoría, la del mundo laboral y social, en la que son analizados tus gestos, palabras y movimientos; hay otra privada, cuyas fronteras son las del ámbito familiar y las de los amigos más allegados, y dentro de las cuales no debe entrar nadie salvo ellos. Nunca debe llegar al ámbito público lo que en privado cuidas y proteges. Y la tercera vida es la íntima, la cajita más pequeña y la más valiosa pues solo tú eres quien sabe qué guardas en ella: si alguien mostrara el secreto de su intimidad al ámbito privado o público, perdería la llama de su identidad y quedaría desnudo y vulnerable ante las miradas de todos.

Las redes sociales son el berbiquí que agujerea la privacidad y la intimidad de nuestras vidas; no nos conducen al fortalecimiento de la personalidad, sino a ser una cabeza visible más dentro de este saturado y asfixiante ganado que es la globalización. Enseñar a los más jóvenes a construir las cajitas de su privacidad y de su intimidad es una asignatura pendiente de familias y docentes.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 26, 2018

Preotoñal

Tengo necesidad de escribir pero no encuentro un tema concreto. Puedo contarles que estoy sentado en el sofá y pulsando el teclado alfabético de mi portátil en una tarde preotoñal en la que las sombras se han vuelto más frías y espesas. Puedo decirles que percibo el transcurso del tiempo mientras oigo los sonidos de la calle, allá abajo, tenuemente, sí, como un borborigmo urbano, entre los que distingo, sonando a la vez, el motor de un coche, el de una moto, el estridor de una sierra eléctrica y las risas agitadas de unos adolescentes. La vida, por no hacer mudanza en su costumbre, sigue.

Puedo contarles que hace poco releí la novela El mundo, de Juan José Millás. Me gusta releer buena literatura más que arriesgarme a descubrir nuevas promesas que te dejan insatisfecho y sin quince euros en el bolsillo. Con Millás hablé en una Feria del Libro en Madrid. Cuando me presenté quise ocultar mi admiración por su prosa tan diáfana y ágil, tan aparentemente sencilla, y lo hice porque consideré que no le habría agradado escuchar otra vez el mismo halago; habría sido una mala carta de presentación, nunca mejor dicho. Solo le dije que me llamaba José Juan y que era profesor de Lengua y de Literatura. «Nuestros nombres se complementan», me dijo con una sonrisa. Y tras firmar la dedicatoria, me miró y me preguntó si yo pensaba que la literatura impresa desaparecería algún día. Le dije que no. La relectura de El mundo me ha fascinado, y tanto el último capítulo ―«La academia»― como el epílogo me han estremecido, me han hundido en un piélago de recuerdos entre los que hay también alguna tarde lluviosa, siendo yo un niño, y me cobijaba, ya empapado, en un portal antiguo con zaguán, y tiritaba de frío y de lágrimas sin ganas de ir a casa ni de volver a un colegio en el que te golpeaban y te humillaban por haber hecho nada, tardes grises y lejanas, tardes desabridas de mesa camilla con brasero, tardes tristes de silencios, de conversaciones apagadas.

Puedo contarles algunas cosas de más o de menos, pero el espacio de la columna me obliga a callar en esta tarde vestida de otoño.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 19, 2018

Tesis

Qué hartazón de tesis, de la tesis de uno, de la del otro y de la de la otra. ¿Acaso aún no sabemos en qué ha acabado el nivel docente e investigador de nuestras universidades? Yo dejé la docencia universitaria porque no aguantaba la dejadez de los alumnos y el escaso nivel investigador que ofrecía mi Facultad. Me resultaba insostenible que en un año académico solo aprobase el 13 % de mis alumnos, y puedo asegurar que la dificultad no residía en la asignatura ni en los contenidos ofertados ni en el docente: la causa se hallaba, sin más, en un grupo de gandules que se pasaba el día en la cantina, clavados en los móviles, sin bagaje lector, con una preocupante apatía cultural y cuya única movilización se llevaba a cabo en las reuniones estudiantiles para protestar por cualquier cosa: protestar porque algunas clases se impartían por la tarde, porque algún profesor había mandado cinco libros de lectura obligatoria, porque los horarios no se adaptaban a sus exigencias, porque pagaban demasiadas tasas. Me resultaba inadmisible que la única actividad investigadora fuera de las aulas se limitase a exposiciones fotográficas o a mesas redondas de media hora de duración ―algunos de cuyos ponentes mostraban escasa preparación en el tema propuesto― y en la que no intervenían los alumnos asistentes porque o estaban más atentos a los mensajes colgados en sus grupos sociales o porque no se les ocurría ninguna pregunta «hábil» o «interesante» relacionada con lo debatido.

Nos merecemos lo que hemos ido permitiendo en los últimos veinte años a cambio de quince euros el crédito: profesores que firman tesis y trabajos de fin de máster en los que no se investiga nada, que no van más allá de una recopilación de datos y en los que se comete el delito de hacer propias las palabras escritas por otros autores. Dejé la docencia universitaria asqueado de corregir tesis y TFM de copia y pega, de soportar las estupideces de profesores bisoños y de explicar el anticientificismo de los noventayochistas a veinteañeros ocultos tras la carcasa de sus portátiles, entretenidos con las memeces de un yutúber. Hay ríos que uno no puede nadar a contracorriente y solo.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 12, 2018

Cursos

Con septiembre comienza el curso, dicen muchos. Todos los cursos, desde el académico hasta el político. Pero los cursos no comienzan, continúan. La vida regala engañosos parones, como las balsas apacibles de los ríos; pero aun esa agua está en movimiento, fluye lentamente dejándose vencer por la caída natural del terreno, un agua que es siempre la misma, siempre dentro del eterno ciclo de la evaporación, condensación y precipitación desde las nubes. Bebemos la misma agua de nuestros antepasados, nos lavamos con la misma agua con la que hace siglos se sacaba de los pozos de una humilde venta para abrevar las bestias, nos bañamos en las mismas aguas con las que saciaron su sed los primeros pobladores de nuestro planeta.

Nada comienza, pues, ya que todo es una sucesión y una repetición de lo anterior. Los mismos políticos pero con distinto nombre pregonando con palabras hueras promesas que contradicen a las que en su momento defendieron días antes de unas elecciones; reportajes zonzos, sin calidad periodística, en gasolineras y puertas de hotel, sobre los miles de ciudadanos que terminan sus vacaciones y regresan al trabajo tras llenar los maleteros y los depósitos de sus vehículos; las mismas fiestas populares, con sus absurdas tomatinas, sus polvorientos encierros taurinos, sus botellones infinitos y sus aburridísimas cabalgatas; la vuelta al cole, la vuelta al trabajo, la vuelta a las calles ennegrecidas de contaminación, la vuelta a los besos de cortesía a vecinos y amistades, la vuelta a repetir cuarenta veces que tus vacaciones han sido como siempre, ya sabes, en la playita y descansando; ancianos moribundos de soledad y sin recursos económicos que se suicidan tras haber asesinado a su mujer encamada y en fase terminal; emigrantes famélicos y con la dignidad hundida, muchos de ellos niños, ahogándose un año más en el Mediterráneo, en las mismas aguas de las que bebieron nuestros abuelos, mientras Europa mira hacia otro lado, sentada en su butacón parlamentario, indolente y dispéptica.

Todo, en fin, es un curso cíclico de lo anterior.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 5, 2018

“Beatus”

 

Ninguna mañana me despierta ya el crispante zumbido del despertador, sino un concierto de aves: el arrullo suave y meloso de las palomas; el alegre y agitado trino de los gorriones; no muy lejos de mi habitación debe de anidar una pareja de ruiseñores, que apaciblemente gorjean antes de que amanezca; un verdillo canta al tiempo que mueve la cola; y, al fin, los vencejos, ágiles y hambrientos, han salido del hueco de las ventanas de las casas no ocupadas y trisan con bullicio mientras vuelan en círculo, como murciélagos diurnos, para alimentarse («Despiértenme las aves/ con su cantar suave no aprendido»). Una ligera brisa, aún fresca y salina de mar, perfumada con el aroma de las flores agrestes del monte bajo, me invita a seguir un poco más en la cama, y enterrados quedan ya, por el rebenque del olvido, el estridor de coches y el humo contaminado de la urbe («El aire el huerto orea,/ y ofrece mil olores al sentido,/ los árboles menea/ con un manso ruido»).

Antonio administra un puesto de frutas, verduras y hortalizas que él llama ecológicas porque las planta con su propia mano y las riega con el agua de su casa («Del monte en la ladera/ por mi mano plantado tengo un huerto»). Se levanta aún de noche para recoger de las plantas el género que va a vender ese día; luego riega, se cambia y va a la tienda. En una parte de su casa, en lo alto de una colina, cría también unas pocas gallinas y conejos que de vez en cuando vende vivos o bien limpios y eviscerados a aquellos que suben hasta allá con este propósito. «Llévese esta sobrasada y este salchichón caseros que hace una familia de Tibi», me dice. El género que vende Antonio sabe a campo, sabe a una naturaleza real, no fingida, que yo no gozaba desde la niñez.

Lejos de la ciudad, lejos de las preocupaciones, libre de recelos, soberbias y crispaciones, qué vida más auténtica y descansada «la del que huye el mundanal ruido/ y sigue la escondida/ senda por donde han ido/ los pocos sabios que en el mundo han sido». Beatus ille, feliz aquel quien, aunque solo sea temporalmente, puede disfrutar con austeridad de la tranquilidad y de la autenticidad de la vida.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 27, 2018

A manadas

Manus manum lavat. Una mano lava a la otra. Muchos siglos tiene ya este refrán latino y parece no envejecer. Está escrito en el Satiricón, obra atribuida a Petronio y considerada el germen de la novela picaresca porque a través de los dos protagonistas, de baja condición social, se critica a una sociedad romana hipócrita y con poca ética y a una juventud sin principios ni moralidad.

Una mano lava a la otra. Tú me haces un favor y yo te lo devuelvo, y esto queda entre nosotros. Decía Umbral, posiblemente recordando al Valle de los esperpentos, que robar es un arte al alcance de casi todos y que es inherente a la cepa hispana. España es el país de los pícaros. Se roba a manos llenas y se delinque sin que hubiera un mañana, y, cuando son varios los que comparten el delito, el individuo se convierte en manada. Quizás ahora se entienda con más exactitud que manada provenga de la palabra mano.

A manadas entran en la cárcel los políticos que se han llenado los bolsillos del dinero de los contribuyentes mientras el 32 % de los niños españoles apenas puede llevarse una comida completa al estómago. A manadas se favorece a los más ricos y se carga todo el peso de la fiscalidad sobre los derrumbados hombros de los currantes; ellos, los de arriba, los que continúan malagarrando las riendas políticas y legislativas de nuestro país, son los denigrantes modelos sociales que gañen todos los días desde la pantalla de plasma, y nuestra sociedad copia lo que ve, imita lo que se hace, una mano lava a la otra, con una cojo y con otra guardo, tú me ayudas y yo te doy tu parte.

A manadas se hiere al débil. A manadas salen por la noche grupos de psicópatas para golpear a los sintecho, para agredir sexualmente a jóvenes que han perdido el sentido de la orientación y de la realidad, para chantajear desde los foros a adolescentes que creen que los paraísos artificiales son la verdadera tierra prometida. A manadas ni se lee ni se adquiere madurez ciudadana; a manadas se dejan arrastrar por la incultura impuesta desde las pantallas. A manadas.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 6, 2018

Multiverso

Defendía Hawking en su última hipótesis, la Teoría del Multiverso, la existencia de universos paralelos. El nuestro, que ya se nos antoja extenso y largo como un día sin pan, aún no lo conocemos, y habría que construir alguna especie de trampolín espacio-tiempo no para viajar a otro sistema solar, que vendría a ser como desplazarse del salón a la cocina de tu casa, sino para subir al piso de arriba donde vive un vecino que aún no conoces pero que notas que está ahí, como una presencia, como los otros de Amenábar. No creo que el cuerpo me dé para cuando comiencen estos saltos espaciales, pero, si me diere, solo aguantará para echarme una siesta en el sillón de mi casa después de haberme tomado el café viendo Saber y ganar. Que salten otros y que conquisten planetas henchidos de océanos y de verdura para intentar salvar a nuestra especie de la extinción terrenal; algunos nos quedamos aquí, con nuestro bocata de morcilla y un generoso cuartico de vino, a ver si podemos poner en orden el desaguisado en el que hemos convertido el nuestro.

He de reconocer, desde mi ignorancia, que la primera vez que escuché lo de multiverso creí que hablaban de poesía, que quizás se había inventado un sistema nuevo de componer versos y de rimarlos basándose en algún principio fractal. Pero lo que bullía en el sistema neuronal de Hawking era una visión muy real de lo que, tal vez, habría leído en alguna utopía o distopía literaria, o habría sentido viendo una película de ciencia-ficción. Quién sabe. No sería la primera vez que la Literatura y la Física se cogen de la mano, que la literatura, con su irracionalidad y sus posibilidades metafóricas, inspira a su compañera de paseo a tomar una trocha inexplorada que conduce a un paraje virgen y salvaje.

Y, ahora que lo pienso, no estaría mal descubrir ya algún universo paralelo para limpiar el nuestro porque hasta allá, y para que no puedan regresar, podríamos mandar a mucho mangante y sinvergüenza que sobra por aquí, como en su día hicieron los españoles al descubrir América o los ingleses al llegar a Australia. Qué descanso dejarían.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 5, 2018

Odre

No es un cálculo matemático ni se atiene a un axioma científico el hecho de que, sin saber la razón, llega ese día en el que sintiéndote optimista y eufórico te miras en el espejo para alabar las gracias con las que la naturaleza te ha dotado, pero lo que tristemente observas es un paraíso marchito, un edificio en ruinas, un papel arrugado. Se descorren las cortinas de la fantasía, y entonces claudicas y reconoces que tu cuerpo está abotargado. Y ya da igual que comiences a darte palizas en el gimnasio o que te comprometas a cumplir propósitos de enmienda como que dejarás de tomarte las cañitas con los amigos y las sustituirás por agua y bebidas energéticas: el tiempo lacera y debilita de manera inexorable lo que en su momento fue firme e inquebrantable.

Y como uno no puede ser bueno en todo, me tengo que quedar en casa, ponerme ropa cómoda, sentarme frente a mi ordenador y aporrear el teclado para que ustedes lean estas líneas. Y así, sin más dilación, les cuento que la palabra abotargado, que también se puede escribir abotagado, proviene de botarga, que, según la RAE, es un calzón ancho y largo usado antiguamente y que puso de moda sobre las tablas el actor renacentista italiano Stefanello Bottarga. Con el paso de los años, esta palabra se emplearía también para designar las vestimentas ridículas y de muchos colores usadas en mojigangas y festividades folclóricas —como las de la Alcarria—, y, por extensión, a la persona que las lleva puestas. Por todo ello, decir que alguien se abotarga es afirmar que su cuerpo se infla y deforma como una botarga a causa de una enfermedad o de la dejadez a la que aquel ha sucumbido.

Sin duda que me veo abotargado cuando frente al espejo compruebo que lo que antes fue bota curtida de vino de Jerez ahora es odre de vino peleón, y por eso creo que, a pesar del sacrificio que me supone enfundarme en un chándal y en unas zapatillas de deporte y renunciar a ciertas viandas, debo hacerlo por mi salud y para sentir con menos padecimiento el doloroso transcurrir de los años.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 30, 2018

Purgar

Una casa queda purgada cuando se acomete en ella una reforma integral. Antes de la reforma hay que empaquetar todo lo que forma parte de tu vida: libros, ropa, cuadros, vajilla, fotos, mantelería, electrodomésticos… Todo ello pasa a ocupar el enclaustrado y asfixiante espacio de una caja de cartón, y en este proceso parte de tu existencia queda encarcelada también, durante los dos meses en los que quedan en custodia en un contenedor de madera de 12 m3 de la agencia de mudanzas.

Cuando comienza el empaquetado, salen a la luz, tras décadas de oscuridad y ostracismo, muchas pertenencias que creías perdidas y que sin duda ya estaban olvidadas. Quizás el propio olvido que has impuesto sobre ellas ayudado por la mano polvorienta y seca del tiempo hayan sido los factores que han agudizado sus marcas de decrepitud. Surgen desgastados folios garabateados hace treinta años con la firmeza de que formarían parte de un proyecto; aparecen libros escritos en otras lenguas y de muy baja calidad literaria que compraste ya no sabes dónde ni con qué intención, tal vez te los regalaron por compromiso y con desgana; al abrir algunos cajones y entrar por fin la luz, se desperezan en su interior bibelots irreconocibles, tristes fundas de cedé vacías, borrosas fotos en blanco y negro donde se afanan por volver a la vida rostros que eres incapaz de identificar, asépticas palmatorias de madera para varillas de incienso, llaves huérfanas de cerradura, anticuadas revistas de viajes que nunca realizarás porque son destinos que ya no te interesan, mecheros sin gas ni luz propia, cargadores y cables desconectados para siempre de la agitada vida a la que en su día estuvieron esclavizados, móviles fabricados hace años sin conexión a internet y que ahora son incapaces de encenderse para realizar, al menos, una llamada de socorro.

Todos estos objetos inútiles y olvidados, decrépitos y desgastados por mi olvido, que en su día fueron mis pertenencias, no los he metido en las cajas de cartón que enviaré al ciclópeo contenedor de madera de la agencia de mudanzas. Serán, por fin, purgados.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 29, 2018

Confiamos en vosotros

A mis alumnos, que han sacado adelante su periódico “La Tribuna del 3”

Me gusta esta generación de jóvenes, esta generación que vio la luz cuando amaneció el siglo XXI. Si me apuran, me gusta más que la mía. Yo nací el año en que el hombre llegó a la Luna, en el que al anciano dictador comenzaba a temblarle el pulso cuando firmaba las órdenes de fusilamiento antes de ponerse el pijama y de arrodillarse ante la mano incorrupta de Santa Teresa de Jesús ―la mano izquierda, qué cosas― para pedir por su alma y por la de todos los hombres de bien. Nací en un sistema educativo en el que la letra entraba con sangre, con discriminación y con engaños, sin recursos ni fuentes donde contrastar lo que se nos exponía de manera axiomática en soporíferas clases magistrales. Crecí entre convulsos movimientos sociales que consiguieron una sociedad más justa, más libre, menos discriminatoria. Participé, como tantos jóvenes de los 80 ―éramos la Generación de la Movida―, en infinidad de actividades culturales, en huelgas masivas, en aquella «Primavera del 86» con la que logramos cambiar todo el sistema educativo anterior (el de la EGB, el BUP y el COU) por otro mejor pero, por desgracia, imperfecto. Todos los de mi generación hemos luchado, en fin, para dar a estos jóvenes de hoy en día una sociedad menos injusta, menos discriminatoria y menos violenta.

Y me siento feliz. Me siento feliz y orgulloso de esta nueva juventud porque son mejores que nosotros. Como dijo Azorín de los novecentistas, «dejémosles paso», porque están más informados, mejor preparados, más concienciados con los desastres y con los abusos que aplastan los sentimientos más nobles del ser humano. Dejémosles paso con la confianza que se merecen porque ellos serán los próximos docentes, médicos, investigadores, los profesionales de nuestra sociedad, de una sociedad que ya solo puede entenderse desde el progreso ético e intelectual.

Sé que solo es una muestra, pero este ejemplar de ocho páginas que tienen los lectores bien debería entenderse como un ejercicio de honestidad y de compromiso de esta generación que dio sus primeros pasos en un siglo que es de ellos. Pasad. Confiamos en vosotros.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 16, 2018

Sin educación

En palabras de George Orwell, el Pacto de Estado Social y Político por la Educación «se ha vaporizado», se ha extinguido como si nunca hubiera existido. Tras quince meses de trabajo, la comisión compuesta por miembros del Gobierno del PP, PSOE, Unidos Podemos, ERC, PNV y PDeCAT no ha logrado llegar a un acuerdo nacional para mejorar nuestro sistema educativo ante el proceso de derogación de la Ley Orgánica de Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE) iniciado por la oposición en el Congreso de los Diputados. En total, ochenta «expertos» ―permítanme que escriba el término entre comillas― que por cuestiones burocráticas han dejado nuestro panorama legislativo en el ámbito educativo asfixiado en una nebulosa sin norte, sin solución, sin futuro.

Ha coincidido esta vergonzosa noticia con la publicación de unos escritos del ya Presidente de la Comunidad catalana, el señor Quim Torra, que no tienen desperdicio. El «molt honorable» afirma en uno de ellos que «el coeficiente de inteligencia de un español y un catalán, según las estadísticas publicadas por el Ministerio de Educación y Ciencia español, da una clara ventaja a los catalanes», y enfatiza esta cretinez asegurando que «la progresiva degradación racial española puede contagiarse a los catalanes debido a la fuerte inmigración», que «el carácter trabajador y europeo del catalán es un factor anímico bien contrario al gandul y proafricano español» y concluye considerando que «la configuración racial catalana es más puramente blanca que la española y, por tanto, el catalán es superior al español en el aspecto racial».

A uno no se le queda el cuerpo tranquilo cuando comprueba que las riendas políticas de una parte de España están en manos de un zonzo de carozo huero. Con qué energía se erige Ortega y Gasset en los tiempos actuales cuando, al releerlo, argumenta que solo la élite intelectual y ética es quien tiene que dirigir el destino de una nación. Pero la solución para evitar a mangurrianes como Torra reside en mejorar nuestro sistema educativo; hasta que logremos el objetivo, hay que seguir sufriendo los lodos de la estupidez.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 9, 2018

Árboles desheredados

Hay árboles que han nacido con estrella, con la bendición de los astros y con la de los hombres. Hay árboles cuyo nombre figura en negrita en los libros de Historia y en manuales didácticos de colegios e institutos. Sabemos de la simbología del árbol de Guernica, admiramos la magnificencia de las secuoyas americanas, nos emocionamos al recordar esas hojas verdes que le han brotado al olmo viejo y moribundo del Duero gracias a las lluvias de abril y el sol de mayo. Los jerónimos del monasterio de El Parral en Segovia conservan en su huerto una encina cuya edad ronda los dos mil años, y una tarde fría y húmeda de febrero se me escurrió de las manos mientras sentía toda la vida acumulada en la rugosa corteza de su tronco.

También hay árboles sin historia, sin protagonismo, sin lustre. Son los plantados en las aceras de las calles principales, troncos finos y débiles, de hojas tristes y derrumbadas, brutalmente doblados por la impericia y nula sensibilidad de conductores, árboles jóvenes prematuramente enfermos por la basura y los detritos que abandonan en la escasa y macilenta tierra que les sirve de alimento. Árboles sin historia y sin nombre, como los nacidos espontáneamente en bosques y espesuras, y que suelen ser calcinados por los desoladores incendios que desertifican nuestro país.

Pero también hay árboles que son víctimas de la corrupción, del blanqueo de dinero, de la inhumanidad de algunos políticos. Jesús Sepúlveda, exalcalde del madrileño pueblo de Pozuelo, imputado ahora en la Gürtel, compró en Bélgica, en el año 2006, un centenario roble americano por 104.000 € ―cinco veces más de su valor real― y lo plantó en el parque de las Cárcavas, urbanización que ejemplifica el despilfarro. El roble, extraño e inadaptado entre carreteras de asfalto y moles de hormigón, comenzó a enfermar sin posibilidad de curación, y hace unos meses, moribundo y sin brotes, fue sacrificado.

Hay árboles que, como el hombre, nacen con la bendición de los astros; pero, de un modo abyecto, casi todos son víctimas de la crueldad, del abandono y del menosprecio.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 2, 2018

“Yo, también”

Alejado del caótico ruido de sables, de másteres y de correas, y con el televisor en posición de letargo, he vuelto estos días de descanso a gozar de los largos paseos junto al mar, a escuchar música y a reencontrarme con antiguos contertulios, como Baroja y Azorín. Al caer el sol, releí desde mi terraza un texto del de Monóvar que reproduzco: «Tiene alma cuanto nos rodea, cuanto vive a nuestro lado […]. Tienen alma las cosas, y los grandes artistas suelen verla y trasladarla a sus versos o a su prosa». Azorín enlazaba con los principales poetas del Simbolismo francés cuando Verlaine o Baudelaire, desde sus versos, invitaban a los lectores a descubrir el panteísmo que está vivo en cuanto nos rodea y que solo puede verse con los discretos y silenciosos ojos del alma.

Cuando Azorín escribió estas palabras y las publicó en 1898 en el diario El Progreso, no le pasó por su imaginación la trascendencia cultural que el cine desempeñaría veinte años más tarde en la sociedad europea. No solo un novelista, o un poeta, o un pintor o un músico sublimes son capaces de plasmar el alma de lo que nos rodea; un director de cine, también. Y esto es lo que consiguió el albaceteño Antonio Naharro con su largometraje Yo, también, película en la que juntó a Pablo Pineda y Lola Dueñas (galardonada ese año con el Goya a la mejor interpretación femenina protagonista) para contarnos la historia de Daniel (Pablo Pineda), primer europeo con síndrome de Down que obtiene un título universitario, que entra a trabajar en unas oficinas de la Administración y donde conoce a Laura (Lola Dueñas), de la que se enamora. A lo largo de los minutos, Laura va desprendiéndose de la dura y alienante corteza de los convencionalismos sociales, y la fina tela de sus ojos se vuelve transparente y con ellos redescubre a Daniel. Muy cervantina (conversión del personaje, lo excelente es invisible para muchos, la vida es una lucha contra gigantes y debemos levantarnos siempre para subir sobre nuestro Rocinante…), recomiendo que se vea antes del último éxito en pantalla, Campeones, dirigida por Javier Fesser. Cine de alma para una sociedad necesitada de alma.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 25, 2018

Pipicanes

El pipicán es un espacio habilitado por los ayuntamientos para que las mascotas meen y caguen con los otros perros del barrio y así evitar que se desahoguen por esquinas, aceras, farolas, en jardines públicos donde juegan los niños o en la rueda de mi coche. A los académicos parece no convencerles el término porque aún no ha entrado en el DLE, pero tampoco esto extraña demasiado si comprobamos que siguen en la cola de espera, de pie y pacientes, vocablos como yincana, quelícero, pedipalpo, anemocoria, aniaguero, taumatropo o el unamuniano sororidad, por nombrar unos pocos.

No solo los académicos ―a su manera, claro está― no aceptan estas zonas de sábulo y matorrales que tanto sanearían nuestras calles; muchos ayuntamientos del mediodía español han decidido dejar de construir pipicanes y cerrar los ya existentes porque son ineficaces. Será que los cuzcos no aguantan los minutos que les lleva alcanzar las cánidas letrinas o será que a los cerdos de sus dueños les resulta más rápido pasear por la meada manzana de su barrio para que sus lazarillos continúen desahogando sus aguas y manchen de palominos las baldosas que tanto nos cuesta pagar a los contribuyentes. Qué importa. Lo cierto es que los pipicanes son ineficaces porque no se utilizan, es decir, porque a los cachorros les falta mucho sentido de la urbanidad, del decoro y de la educación.

En esto veo un trasunto de nuestra sociedad. Ensuciamos lo que no debemos. Asumimos los ciudadanos que las calles son ceniceros en las que apagar nuestras colillas, escupideros adonde va a parar nuestra mala baba, papeleras donde acumular rebujos de basura y de materia orgánica. Ayer por la mañana, sin ir más lejos, amonesté desde la calle a una vecina que sacudía su alfombra desde el balcón, y los peatones, a los que les iba cayendo las migajas de porquería y pelos, tuvieron que cambiarse de acera entre insultos y maldiciones.

Nos gusta ensuciar con incivismo, con mala leche, en plan paleto. Somos ciudadana y políticamente incorrectos. Y la única forma de educar a los que nos preceden es con el ejemplo. De poco sirven las palabras.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 18, 2018

Aurelia y Agustín

El Papa denunció hace un tiempo, y con evidente preocupación, lo que él denominó «la globalización de la indiferencia». No soy hombre que acepta con los ojos cerrados las opiniones de alguien por el cargo que este desempeñe o por la posición social en la que se sitúe. Me gusta esta reflexión del Papa, y por eso la comparto con mis lectores, no porque él sea la cabeza de la Iglesia católica, sino porque lo afirmado rebosa verdad e invita a una lenta reflexión. La indiferencia ante el débil, ante el pobre, ante el desamparado, ante el enfermo, ante el discapacitado, ante el excluido, la indiferencia ante el necesitado de justicia y de caridad se ha contagiado mortalmente por todas las sociedades a las que llamamos «civilizadas», se ha globalizado amparada desde la comodidad de nuestro salón y del bienestar de nuestras existencias. Bastante tengo con lo mío para ir preocupándome por los demás, defienden en silencio nuestras conciencias.

No importan el lugar ni la fecha. Agustín, de sesenta y siete años, cuidaba de su madre nonagenaria, enferma de alzhéimer. Vivían solos, sin familiares cercanos, en un barrio humilde. Él la cuidaba con la misma dedicación como ella hizo en su día con él, como una madre cuida de su hijo. La sacaba a pasear, la llevaba al médico, le hacía la comida, la aseaba. A pesar del servicio de asistencia en el hogar que estas familias tienen asignado para ayudarlas en la limpieza y para que sean atendidas inmediatamente en caso de emergencia, nada se pudo hacer cuando Agustín falleció de manera fulminante en su casa por una insuficiencia respiratoria y su madre, por inanición, tres días después. Murieron solos y en silencio, bajo el silencio de la indiferencia. Días más tarde, los vecinos avisaron a las autoridades policiales porque percibían un olor extraño y desagradable. Cuando forzaron la puerta de entrada encontró la Policía los dos cadáveres en el suelo del comedor.

La indiferencia contra el prójimo nos aleja de la civilización y nos acerca a la barbarie. Nos deshumaniza, nos embrutece. La indiferencia es un ejercicio de violencia silenciosa y criminal.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 11, 2018

TFM

Mientras por encontrar su TFM a algunos les está dando por rebuscar en el carro de Manolo Escobar por si estuviera allí, los ciudadanos somos espectadores privilegiados, desde el ergonómico sillón de nuestro salón, de otro sainete de la política española, con sus chulapas y chisperos. La trama de este, que se titula El máster de la Cifu, resulta harto atractiva porque en su disparatado ir y venir de personajes se entremezclan profesores jóvenes que son corrompidos por la lepra del euro y del medro académico en un campus infestado de moscardones y poco viento; un rector con más traza de político que de científico y que, vestido con su toga azul cielo y estampado de palominos, se siente gigante e invulnerable sobre la proa de su universidad; alumnos que callan y que se hacen los despistados pero que finalmente se levantan, al estilo de Fuenteovejuna, contra la tiranía establecida; algunos periodistas especializados en deambular por las negras y malolientes alcantarillas de nuestro sistema político y en sacar a la luz, a la luz de las calles y de los medios, las pruebas del crimen cometido con alevosía y connivencia; y, claro, nuestra protagonista, la Cifu, a la que sus asesores le han enseñado a sonreír mientras procura justificar lo indefendible frente a los micrófonos de la prensa y de la televisión, a sonreír mientras pasea por los aledaños de la sede parlamentaria regional, porque los dientes y una suave y calmada sonrisa ayudan a vender una imagen de inocencia, de inocencia jurídica y de alma, una sonrisa de calmada tempestad que contemplan millones de españoles avergonzados una vez más de sus políticos, miles de familias cansadas de que vuelvan a tratarlas de idiotas y que ya han dictaminado su veredicto bajando el pulgar frente a la negra pantalla de plasma, la Cifu, ahí la tienen, enredándose y asfixiándose en su propio montaje, en su espiral de disparatadas mentiras, en lugar de haber pedido perdón y de abandonar a continuación su escaño y de irse, por último, a su casa a dormir el sueño del remordimiento y de la rectificación moral.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 4, 2018

Pulgares

El pulgar es un dedo especial, distinto, poderoso. Tiene mucha personalidad frente a los otros cuatro, tan derechos, delgados y formales; él mira para otro lado, va a su aire, como si pretendiera alcanzar algo que a todos pasa inadvertido. Algunos lo identifican con el poder ya que, según quede orientado hacia el cielo o hacia el suelo, dictamina ―o dictaminaba, que uno ya no sabe en qué siglo vive― la vida y la muerte de millones de personas, se firman y desestiman acuerdos empresariales o emitimos un veredicto de satisfacción y de disgusto del lugar o de la situación en la que estemos. Otros muchos ven en él el dedo de la identidad pues, no en balde, con sus huellas hemos firmado, nos tienen fichados y con él desbloqueamos nuestro móvil, nuestra alarma doméstica y quién sabe cuántos dispositivos más que están por ahí o que quedan por venir. Quizás por todo ello es el primer dedo que nos chupamos y es con el que, ya adultos, mandamos a paseo a más de uno.

Mi profesor de Ciencias Naturales del instituto ―qué lejanos quedan ya algunos océanos― nos explicó con especial pasión que la capacidad prensil del pulgar fue determinante en nuestra separación evolutiva de aquel primate peludo y de poca masa encefálica que los de hoy en día nos resistimos a reconocer como un familiar lejano, muy lejano, sin nombre ni identidad, pero que vivía en el mismo país que el nuestro, que se alimentaba de lo que recogía o cazaba y que articuló los primeros sonidos lingüísticos de unas palabras que nunca conoceremos y que constituyeron los cimientos de nuestra primerísima lengua humana.

El pulgar ahora está cambiando, se encuentra en pleno proceso evolutivo. Es, con mucho, el dedo que más trabaja, el más estresado. Sobre las dos manos se apoyan nuestros móviles y son los pulgares los que no paran de moverse sobre la pantalla táctil, percutiendo sobre ella como los quelíceros de una tarántula, para escribir, enviar, seleccionar, en fin, para materializar nuestros deseos y nuestros pensamientos. Con el pulgar nos seguimos comunicando, pero ahora desde el silencio y la soledad de nuestras cavernas digitales.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 14, 2018

La quema

El TEDH, que es la sigla del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, ha contradicho desde Estrasburgo el dictamen de los tribunales españoles esgrimiendo que quemar la foto del rey de España no es delito ni una agitación que promueva ni incite a la violencia, sino, y cito textualmente, un acto que «entra dentro de la esfera de la crítica política o la disidencia», que «corresponde a la expresión de rechazo de la monarquía como institución». Por tanto, España, al condenar a los pirómanos Enric Stern y Jaume Roura a una multa de 2.700 euros por barba si querían eludir los quince meses de prisión, no ha dado ejemplo —según el dictamen europeo— ni de tolerancia ni de pluralismo en aras de alcanzar una sociedad plenamente democrática.

Habría que recordarles a los señores magistrados del Tribunal Europeo que la libertad de expresión de la que ha de gozar cualquier ser humano termina cuando este la emplea para insultar, para atentar contra el honor o para amenazar a otro congénere. No es necesario ser magistrado europeo para entender que quemar públicamente la foto de una persona no es una tradición cultural española ahora que estamos a una semana de las Fallas; recuerda a posturas fascistoides de las que creíamos habernos librado y que los totalitarismos de cualquier rincón del mundo han ejecutado para amedrentar y para condenar a muerte, de manera simbólica e incendiaria, al que era consumido por las llamas entre la algarabía pública. Habría que recordar también a los susodichos jueces que en Cataluña, y en otros lugares de nuestra pacífica nación, solemos encontrar grafitis en los que pueden leerse lindezas como «El Borbón al paredón», y que esta leyenda, que es un ejercicio de libertad de expresión, se encuentra muy lejos de los límites del «mensaje crítico desde el ángulo de la libertad de expresión» y sí dentro, y muy dentro, de los de la amenaza de muerte.

El dictamen de Estrasburgo ha sido unánime, sin discrepancias ni controversias entre los togados: la quema pública, entre insultos y amenazas, de objetos simbólicos del poder no es una incitación a la violencia, sino un ejercicio de libertad de expresión. La mecha ya está encendida.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 7, 2018

Machoexplicación

No soporto la actitud paternalista. Me resulta insoportable aguantar a un compañero, a un vecino o a un hortera mientras te explica, como si uno fuese imbécil, el funcionamiento de un enchufe o las teclas que debes pulsar en el ordenador para subirle el volumen. La fobia que padezco siempre que me hablan en tono paternalista es solo comparable a la que sufro cuando alguien, tras mostrarme unas indicaciones básicas de cualquier asunto básico en un contexto comunicativo básico, termina su intervención con un «¿Me entiendes?», y es entonces cuando mi cuerpo se enciende de rabia y debo apagarlo con la prudencia, porque se me ocurren tantas respuestas a la maldita muletilla y tan dilógicas, paradójicas y capciosas que, con casi plena seguridad, sería la otra persona quien no me entendiese a mí.

No nos gusta que nos hablen como si hubiésemos nacido ayer. Es, al fin y al cabo, una falta de educación que solemos sufrir todos, tanto hombres como mujeres, dentro y fuera de nuestro ámbito familiar y del laboral. Esta actitud no es un acto de machismo ni de feminismo; es una carencia de competencia comunicativa por parte de quien lo comete, quien, además, evidencia trazas de mala educación.

A pesar de que, durante los últimos meses, en los países de habla inglesa se emplea el término mansplaining para encasillar este fenómeno como un acto de machismo y de que la Fundéu se ha precipitado a traducirlo al español con el sorprendente y poco afortunado machoexplicación, habría que recordar que existe un verbo inglés muy preciso para este caso y que no es necesario traducir ni adaptar al español pues ya disponemos de varios. Este verbo es patronize, y se usa cuando alguien le habla o se comporta con otra persona como si esta fuera estúpida o insignificante, al margen de la identidad sexual del infractor (Stop patronizing me se traduciría como: `Deja de hablarme como si fuera imbécil´). Considero que el DLE debería revisar la entrada de paternalismo; debería mantener el pulso actual del cambio semántico y no soltarse de la mano joven y vital de nuestra realidad social.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 28, 2018

“Ana, te quiero”

Su corazón es enorme, el más grande de todos los seres vivos; no he visto ninguna imagen, ningún vídeo ni, por supuesto, jamás he tenido uno delante, pero he leído que alcanza el tamaño de un coche y que puede llegar a pesar más de quinientos kilos. Dicen los expertos que, como nosotros, su vida alcanza los ochenta años, y que, pese a estar en peligro de extinción, los vive casi en soledad, surcando los grandes océanos, desde el Atlántico Norte hasta el Antártico para llegar luego al Pacífico, en continuos viajes de ida y vuelta marcados por los cambios de temperatura del agua, siguiendo los bancos de kril, respirando cada diez minutos.

En esta soledad sonora vive la ballena azul, y sus ojos de mamífero marino observan diariamente un mundo desconocido para el ser humano, el mundo de las profundidades del océano, el mundo de los abismos y de seres que aún desconocemos. Pero ese mundo lo estamos invirtiendo: el cambio climático, que desbarata las corrientes de agua fría y las cálidas, provoca alteraciones en su migración, y los bajos niveles de salinidad que acarrea el deshielo conlleva una disminución de kril en todos los océanos, es decir, una merma considerable del alimento básico de este cetáceo.

Hace unos días, en una playa argentina, apareció muerto un ejemplar de apenas dos años, un adolescente si tenemos en cuenta que la madurez sexual la alcanza a los cinco años de vida. Había muerto por inanición. Por la zona pasaron unos chavales que, por su vestimenta y la redondez de sus jetas, serían hijos de papá bien y de mamá guay, y no se le ocurrió otra idea mejor a uno de ellos que subir a su novia hasta la cabeza del rorcual, sentarla a horcajadas en el espiráculo, grabar con un objeto punzante sobre la piel muerta del animal «Ana, te quiero» e inmortalizar la galantería con una foto que hicieron circular por todo el planeta, desde el océano Atlántico hasta el Pacífico pasando por el Antártico. Soberbia, desprecio, cinismo y desvergüenza: marcas que nos hacen inferiores frente a los demás seres de la Tierra.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 21, 2018

Bisnes

La primavera se presiente. No es como el invierno, que aparece de sorpresa un día o una noche anunciado por el cierzo y la helada y que nos obliga a taparnos y a encender la calefacción. La primavera, en cambio, se intuye semanas antes de llegar cuando la luz del día se despereza sin prisa con la indolencia de los minutos robados a la noche, cuando el aire se hace tibio y la sangre se acalora, hasta que, por fin, ya en abril, la vida bulle y explota en un efluvio sin medida con el que los sentidos se embriagan de fragancias, de sonidos y de todo tipo de tonalidades cromáticas. De aquellas primaveras luminosas de mi infancia, aún recuerdo los paseos por el parque sobre un suelo nevado de las semillas blancas de los chopos cuando iba camino del colegio; corría sobre ese manto de espuma de algodón, con la mochila colgando de los hombros, y me entretenía recogiendo en la cuenca de mis manos una buena cantidad de semillas para observarlas más de cerca y comprobar que eran cálidas y secas, y no frías y húmedas. A veces, el céfiro las desprendía de las ramas y, a su vez, levantaba las del suelo, y luego las juntaba y jugaba con su levedad formando una espesa cortina de copos blancos de semillas que, como en una nevada, se te enredaban entre el pelo y la ropa, se adherían a los calcetines y se introducían entre los libros y cuadernos de la mochila. En Botánica, esta dispersión por el viento de los propágulos y que da una sensación de nevada se conoce con el nombre de anemocoria. El término, se mire desde donde se mire, es de una gran belleza; incluso la combinación de sus vocales y consonantes acentúa, como una onomatopeya, esa sensación de levedad de las semillas blancas en brazos del viento suave de una tarde primaveral.

Lo he buscado en el DLE, pero no está registrado. Me deja perplejo. Decido luego hojear distraídamente las páginas del diccionario y entro en la jurisdicción de la letra B. Y, de repente, salta de su página y me golpea con toda su fuerza semántica la palabra bisnes (`Negocio´, del ing. business). Vaya revés. Cierro el libro y me rindo entonces a este aire cálido de finales de febrero que anticipa, al fin, la llegada de la primavera.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 7, 2018

Muerte editorial

La muerte editorial es el acta de defunción de un escritor. Si una editorial, que es una empresa, valora que un autor ha dejado de ser económicamente rentable, el protocolo de la firma indica que aquellos libros suyos que no se venderán y que permanecen apilados sobre los burdos palés de una anónima nave industrial deben ser incinerados. No importa que el escritor siga vivo: las peseteras llamas de los crematorios reducirán sus páginas a ceniza. Qué fúnebre parece eso de trabajar para una editorial y que un día te ordenen que te montes en un toro, metas las pinzas bajo un palé de libros y los lleves en alto unos cuantos metros para lanzarlos sobre una pira. Quemar libros supone, sin más, un acto de incultura, un ejercicio de misantropía.

En Alejandría, los más de veinte mil papiros de su biblioteca, que eran obras fundamentales del saber antiguo y que ya nunca conoceremos, se emplearon para encender el fuego que calentaba el agua de los baños públicos. El cura y el barbero cervantinos quemaron casi toda la biblioteca del hidalgo manchego, y con ello el escritor se burló de la Inquisición y de sus autos de fe, en los que las llamas purificadoras consumían todos aquellos impresos que eran señalados en sus Índices. Monarquías y dictaduras en Europa, Asia y América han copiado la hecatombe cultural de los antiguos: el cielo de Berlín se cubrió de celulosa carbonizada la noche del 10 de mayo de 1933, y, al inhalarla, los nazis se contagiaron de un delirio de exterminio.

Pero no hay que irse tan lejos: diez años después de su muerte, la editorial Planeta ha incinerado miles de libros de Francisco Umbral ―galardonado con el Cervantes y el Nadal, entre otros― porque ya no son rentables, porque no se venden. No los ha donado a bibliotecas; los ha quemado. La Fundación que lleva el nombre del autor solo ha podido salvar de las llamas el Diario de un noctámbulo, y no ha tardado en pedirle a la editorial los derechos de autor de algunas de sus obras con el fin de evitar males mayores. Terrible. La muerte editorial es un crimen cultural.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 31, 2018

Tres anuncios

La desconfianza en el prójimo es comprensible. Los acontecimientos que vemos y oímos día tras día nos arrastran irremediablemente al aislamiento de los demás, a enroscarnos dentro de nuestro frío y deshumanizado caparazón. Las redes sociales y los medios de comunicación nos embuten el escalofrío de que la sociedad es violenta, de que nuestros hijos están en constante peligro, de que hay países que amenazan la paz internacional, de que hay asesinos donde menos te lo esperas, de que hay monstruos en internet disfrazados de piel de cordero, de que hemos abandonado a nuestro planeta en un estado de deterioro ya irreversible, de que la clase política es una mafia de sinvergüenzas, de que las Fuerzas de Seguridad son más Fuerza y menos Seguridad, de que esta vida, esta mierda de vida, no merece la pena compartirla ni vivirla. Y entonces, como gasterópodos asustados, nos encogemos y nos encerramos en nuestros metros cuadrados de hormigón y cristal para ver una serie de televisión, para empancinarnos de comida envasada o para hacer el idiota por las redes sociales.

Nuestro aislamiento de los demás nos provoca temor, y este nos genera ira, venganza, violencia y frío, mucho frío interno. Decía Eugeni D´Ors, antes de autoexiliarse de Cataluña ―ya sin apenas fuerzas para soportar el menosprecio al que lo sometían los independentistas catalanes―, que «Grecia descubría la ciudad; y precisamente porque descubría la ciudad descubría al hombre». Y comparto plenamente esta idea. La salvación de nuestra especie pasa por reaprender a vivir en sociedad, es decir, a comunicarnos cara a cara, a escuchar a nuestro vecino, a sondear en profundidad el alcance del término respeto, a pensar un poco más en los demás y un poco menos en nosotros y, cómo no, a no perder nunca la fe en un ser que sigue teniendo hambre de Verdad, ansia de Bondad y deseo de Belleza.

Este domingo fui al cine y vi Tres anuncios en las afueras. Entré con la mirada seca y aburrida y salí con el alma embriagada de esperanza; salí, sí, convencido de que la ira solo genera ira y de que incluso en un infierno siempre se encuentra un oasis de fraternidad.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 24, 2018

Monsieur Trahamundo

Cuentan que Abderramán, aquel que Alá bendijo cuando nació en Damasco y que fue emir de Córdoba tras huir de Siria, trajo consigo a España la palmera para acordarse de su país natal; cuentan que Abderramán ordenó que la cultivasen por todo Al-Ándalus y que, un día, a la sombra de sus hojas y de sus dátiles, exclamó con la voz humedecida: «Oh, tú también, en esta tierra, eres extranjera».

Cuentan que Abderramán llegó a Galicia con su ejército, y que en la isla de Tambo, que se encuentra en la ría de Pontevedra ―antaño bella y felizmente habitada; hoy, sucia y olvidada― se encaprichó de una novicia del convento de San Martín llamada Trahamunda, la secuestró y se la llevó a Córdoba. Cuentan que ella se negó a formar parte del harén del emir y que, por ello, fue encerrada durante años en una prisión insalubre y que sufrió malnutrición y enfermedades. Cuentan que el día antes de la festividad de san Juan rogó a Dios tan encarecidamente encontrarse de nuevo en Poyo, su pueblo natal, que el deseo le fue concedido, y así, el 24 de junio apareció inopinadamente ante los suyos con una palma de Córdoba en su mano que un ángel le había dado como prueba de su procedencia y de su milagroso viaje de regreso. Ahora, ella es santa y, además, patrona de la morriña.

Cuentan que el «molt honorable» Monsieur Puigdemont salió de España hace unas semanas con alevosía y nocturnidad y apareció al día siguiente paseando por las calles de Bruselas, hablando con los paisanos en un francés muy franco y con una butifarra en la mano para que todos los belgas lo reconocieran. Cuentan que contó que tuvo que huir de un país opresor y antidemocrático que quería meterlo en chirona porque pretendía presidir su propio país al que él y los suyos habían bautizado con el nombre de República de Cataluña, o algo así. Cuentan que se cansó del chocolate belga y que el mismo día se le vio en Bruselas y en Copenhague, pero regresó a Bélgica porque los daneses no lo querían, y aseguran que desde allí volverá, como las oscuras golondrinas, a su chirona gerundense ―ya sin la butifarra― para que le impongan una barretina y se crea que ya es presidente, santo, mártir y hasta emir de su propio descaro.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 17, 2018

Machicidio

Víctor es un antiguo compañero de instituto. Trabaja en Inglaterra, pero siempre vuelve a casa por Navidad, como el turrón. Un día quedamos a comer. Charlamos durante y después de la comida sobre todo tipo de temas, y la tarde fue haciéndose lenta y cálida como un regato de arena. Le pregunté cómo veía España, si desde la distancia y el tiempo comprobaba cambios importantes de tipo social y cultural. Me contestó entonces que una de las diferencias más bruscas que ha visto en nuestro país es el de «una sociedad timorata marcada por un feminismo yihadista cuyo fin último era el machicidio, ya sabes, la eliminación en el hombre de cualquier actitud que denote masculinidad». Argumentaba sus palabras desde la propia experiencia: «Ahora debo vigilar mi tono de voz; me miran mal si me siento con las piernas abiertas o si miro sin voluntad de ofenderla a una mujer cuando voy por la calle. En España, hoy, piropear es un delito. El piropo elegante es cortesía; el grosero, ofensa». Él no paraba de hablar; yo le escuchaba, y conforme lo hacía me daba cuenta de que, en mi caso, por ejemplo, había abandonado la costumbre ―que en su día me enseñaron como norma de educación― de sujetar la puerta y cederle el paso a una mujer; o recordaba a una amiga nuestra, que ejerce como jueza, cuando me aseguró que hay hombres inocentes en la cárcel porque no han tenido un buen abogado que los defendiera ante las acusaciones falsas o desmesuradas de sus exparejas.

Yo le dije a Víctor que en España ya no se mira para otro lado cuando acontecen casos de violencia de género, que son muchos los hombres que denuncian a otros que saben que están acosando o maltratando a una mujer. «Sí, es cierto», me respondió, «pero también lo es que aquí no sois capaces de denunciar en voz alta la violencia que este paroxismo feminista os está causando porque teméis ser tachados de machistas, de que os cuelguen del cuello el sambenito y os azoten con el rebenque del descrédito público. Aquí estáis silenciados; es una castración social». Pensé luego en sus palabras. Los extremos, que nunca son buenos, nos han conducido acaso a esta situación.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 10, 2018

Gary Cooper, albaceteño

La literatura y el cine mantienen una relación cercana. En varias ocasiones, obras maestras de la gran pantalla han nacido de la iniciativa de su director por adaptar una novela, una obra de teatro o la vida atormentada y bohemia de un poeta; o al contrario: hay centenares de versos, se han escrito miles de párrafos desde la inspiración de una película brillantemente dirigida y montada, o de una escena que puede durar apenas unos segundos o de la magnífica interpretación de un actor. Literatura y cine pasean cogidos del brazo, como grandes amigos, como conversadores entrañables, pero manteniendo distancias sentimentales: cuántas veces habremos sentido que una película, a pesar de ser muy buena, ha quedado muy lejos de la grandeza artística de la novela en la que se apoya; o qué imposible resulta adaptar a las imágenes de un largometraje ciertas obras literarias o sensaciones y sentimientos descritos y evocados con maestría en unos párrafos.

Los últimos años de su vida los pasó Azorín viendo películas ―casi cuatrocientas en tres años―. Quedó tan fascinado por el cine que llegó a asegurar que la literatura había cedido parte de su trascendencia cultural al séptimo arte. Un largometraje que le emocionó de manera especial fue Solo ante el peligro. Sobre su protagonista escribió: «Gary Cooper ha nacido en Albacete o en Villarrobledo; netamente manchego. Su figura es esta: alto, cenceño ―sin escualidez―, la cara alongada, expresiva la boca, largas las finas manos. Va vestido de negro, con ancho sombrero, bajo de copa. Con cuello de camisa doblado, y una cintita negra y larga por corbata. Su gesto habitual ―sobre todo en sus gestos, en sus dudas, en sus abatimientos― es pasarse la mano por lo bajo de la cara, como esperando disipar […] su íntima perplejidad, su íntimo desconsuelo […]. Y aquí el manchego Gary Cooper, el gran manchego, que por su pergeño nos trae a la memoria al otro gran manchego desfacedor de entuertos».

Literatura y cine conciliados: los ecos íntimos de unas palabras, la emoción inefable de unas imágenes.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 3, 2018

Tabarnia

Juan Carlos Onetti nació en Montevideo y con veinte años se instaló en Buenos Aires para trabajar en algunos medios de comunicación ―entre ellos, la Agencia Reuters― a cambio de un salario muy discreto. Con frecuencia cruzaba en barco el Río de la Plata hasta su ciudad natal con el fin de visitar a su familia, pero la dictadura peronista canceló este trayecto naval, por lo que el escritor, dolorosamente, se vio obligado a realizar ese mismo viaje en carretera, bordeando el río hasta el interior de Argentina y, una vez cruzada la frontera, descenderlo por la orilla opuesta hasta llegar a Montevideo. Los escasos ingresos y el tiempo que le llevaba el viaje de ida y vuelta entre ambas ciudades obligaron a Onetti a permanecer más tiempo del deseado en Buenos Aires y a comunicarse con su familia por carta o teléfono. Del deseo de viajar más a su ciudad natal y de la imposibilidad de realizarlo nació Santa María, trasunto de Montevideo. Gracias a Santa María, el autor se desplazaba imaginariamente, a través de sus personajes de La vida breve, El astillero o Juntacadáveres, a sus raíces familiares.

Las geografías literarias florecen en la imaginación de los escritores como puente que salve el abismo entre realidad y deseo, entre la realidad en la que se desenvuelven a diario y el deseo de vivir en otro espacio más justo y habitable; o simplemente surgen como «espacios subjetivos» que, más allá de su posible ubicación geográfica, se alzan como territorios imaginarios y metafóricos abiertos a la interpretación del lector. La Macondo de García Márquez, la Vetusta de Clarín, la Oleza de Miró, la Región de Juan Benet o la Santa María de Onetti son ya para nosotros tan «reales» como lo fueron para los conquistadores españoles la Florida o la California del Nuevo Continente.

Tabarnia (formado de Tarragona y de Barcelona) circula por las redes y por algunos discursos políticos como espacio geográfico imaginario en el que habitaría esa parte de Cataluña que no desea la independencia del Estado español. No creo que esta fantasía se realice, pero quizás esta realidad simbólica cruce algún día a la otra orilla, al ámbito literario.

Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 27, 2017

Andrés Iniesta

Cuando presencio un buen partido de fútbol, recuerdo la reflexión del filósofo Francisco Javier Sádaba: jugar bien al fútbol es pensar con los pies. Y si un jugador, como es el caso de Andrés Iniesta, es capaz de transmitir ese pensamiento, esa estética, de manera elegante, medida, marcando los ritmos, entonces nacen el arte y la belleza, y con ellos la emoción. No es fácil materializar una estrategia que se adapte constantemente a cada acción del contrario —como si se tratara de una partida de ajedrez—; ni tampoco lo es jugar bien, triangulando, pasando con exactitud el balón al compañero, golpeando con corrección al balón ―tanto con el pie como con la cabeza― para dejarlo desmayado en los pies de un compañero. No, esto no es sencillo. Pero cuando surge, estalla una belleza en movimiento, en directo, una belleza que queda grabada en la retina y paladeada durante años, recordando aquel partido perfecto o aquella jugada única e irrepetible, quizás también aquel gol que valió un campeonato; una belleza inmortalizada en unas imágenes que podemos recordar cuantas veces queramos.

Decían nuestros clásicos que los escritores «abeja» ―así los llamaban― eran extraordinarios porque sabían escoger el «polen» excelente de los mejores escritores pasados y con ella elaborar su propia «miel», su obra, que era irrepetible y creaba escuela. No soy el primero ni seré el último en admirar la maestría que nace de las botas de Andrés Iniesta, ni tampoco soy el mejor en analizar su escuela futbolística, una escuela única y muy personal nacida de los aromas de dos o tres jugadores que le han marcado profundamente y a los que ha mencionado más de una vez. No son buenos los halagos porque, como dijo Cervantes, «debilitan». Pero sí es necesario ―sobre todo en nuestro país― ejercer el noble ejercicio del reconocimiento; por ello, desde aquí deseo compartir con todos los lectores mi admiración hacia un hombre que como pocos emociona con su arte y elegancia, y que sigue siendo un modelo social por los valores personales y deportivos que siempre ha defendido. Mi admiración hacia un maestro de la belleza.

Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 20, 2017

Pronóstico reservado

Para muchos, la Navidad acaba el 22 de diciembre a mediodía, mientras comen y ven por la televisión a los afortunados del Gordo descorchando botellas y abrazándose bajo lágrimas de alegría. Como otro año más, lo que toca es recoger la mesa y fregar los platos; como otro año más, lo que toca es trabajar salvo los días festivos, cenar con quien no te apetece compartir mesa y prepararse para la cuesta de enero y para las que tengan que venir.

Escuché hace poco en un bar a un señor que aseguró que una noche tuvo un sueño profético. Contaba que en él vio con mucha claridad, como las imágenes nítidas de una película, una calle de Alcalá de Henares, con soportales de columnas, y a mucha gente celebrando que les había tocado el Gordo de la Navidad. Al despertar del no-sueño, le dijo a su mujer que la invitaba un fin de semana a esta ciudad. «¿Y eso?». «Por nada, tengo ganas de conocerla». Así que marcharon hacia el pueblo natal de Cervantes y el hombre ―contaba― quedó impactado cuando comprobó que la calle principal de este municipio era exactamente la misma que la de su sueño. Fue entonces cuando el profeta le reveló a su esposa el motivo del viaje. «Nena, esta calle es la misma que soñé». «¿Y qué número apareció en el sueño?». «Ninguno. No llegué a ver el número premiado». Había en la calle, según él, tres administraciones de Lotería y en cada una compró un décimo. Ese año, el Gordo tocó en Alcalá de Henares, pero el desafortunado y exotérico profeta tuvo que conformarse con ver por la televisión la calle principal de la ciudad cervantina, con sus soportales de columnas renacentistas, y a decenas de afortunados mostrando a la cámara su décimo premiado.

A los españoles nos encanta vaticinar, que no pronosticar. Nos apasiona vaticinar el tiempo que hará dentro de una semana, el resultado del próximo partido de fútbol o dónde caerá este año el Gordo de Navidad. En el vaticinio intervienen elementos esotéricos como la adivinación, el pálpito o la profecía; los pronósticos, en cambio, se fundamentan en indicios. Pero hay pronósticos que son reservados, esotéricos, porque a veces varían y acarrean confusión.

Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 13, 2017

Medicán

Esto es «o la gran sequía o la gran remojá», como se dice por mi tierra. O no nos llueve o nos calamos hasta las cejas. Por Galicia ha entrado Ana, y no ha mostrado buen carácter. Ana, dicen, es una ciclogénesis explosiva, que así, por el nombre, al sonar tan apocalíptico, me recuerda al de uno de esos grupos punkis de mi generación, de la época de la movida; es como un Siniestro Total pero más pijo. Lo cierto es que Ana, como suelen hacer las madres de carácter con los hijos desaseados, nos ha quitado las legañas con su manto ventoso, húmedo y frío, nos ha dado una buena refriega como la que queda cuando pasamos la bayeta de cocina bien escurrida sobre la encimera para limpiarla. Ya hacía falta, para qué vamos a negarlo, un poco de agua que oxigenara el aire, desintoxicara el ambiente y, de paso, aliviara nuestros fantasmales embalses a pesar del frío, del viento y de las nevadas que hemos padecido.

Nuestro país es ahora la cuna de estos fenómenos climáticos, inusuales en estas latitudes. Antes no se hablaba por los medios de las ciclogénesis explosivas, pero ahora, con los espacios de media hora larga que ceden las cadenas televisivas para la información del tiempo, los espectadores, como alumnos de un máster en climatología, recibimos todos los días clases magistrales sobre isobaras, meteoros, borrascas y presiones altas o bajas, que mezcladas con las rachas de aire de las capas altas de la atmósfera dan como resultado la formación… En fin, que no hay mal que por bien no venga. Hace unas semanas sufrimos en el Mediterráneo un fenómeno que en inglés se ha bautizado como medicane, acrónimo formado de las palabras Mediterranean hurricane, esto es, un huracán en medio del mar de Ulises. Del anglicismo ha nacido en español un neologismo necesario: un medicán, que es como lo pronuncian los climatólogos de habla hispana. El término me gusta; exhala aromas clásicos, de epopeyas griegas. ¿Cómo habría llamado Homero a la ciclogénesis explosiva? Nunca lo sabremos, pero intuyo que el término habría sido más poético, más sugerente; quizás el nombre de una diosa.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 29, 2017

Ojo de halcón

Decía mi abuelo que en la vida y en el trato con ciertas personas hay que tener más ojos que una cuba de sardinas. Ojos vigilantes para prevenir el daño que algún desalmado pretenda infligir a tu familia o a ti mismo; ojos abiertos y alertas que adivinan los contornos del peligro aun estando este escondido o difuminado entre la niebla de la muchedumbre; ojos despiertos que detectan el fraude, el engaño, el latrocinio, la corrupción moral. Más ojos que una cuba de sardinas. Buen consejo.

Pero no es la sardina la especie que sobresale en el mundo animal por su agudeza visual, sino las rapaces. Y entre ellas el halcón. Esta ave es prodigiosa, pues en ella se aúnan la precisión asombrosa con la que pueden detectar una presa desde cientos de metros de distancia y una velocidad en picado de hasta 300 km/h, lo que la convierte en el animal más veloz del planeta. Esto explica que, al margen de su domesticación para la caza, el halcón esté presente, desde hace milenios, en la Historia de la humanidad y siempre desde una perspectiva positiva: los egipcios lo consideraban la representación visual del alma, y un símbolo para los cristianos del triunfo de la virtud sobre la lascivia y el pecado (en el monasterio de Silos aún se conserva un bajorrelieve en el que un halcón está devorando un conejo, asociado este desde el mundo clásico con Venus, con la pasión y con la lujuria por su procacidad reproductiva).

Los últimos días se está filtrando por los medios de comunicación la necesidad de autorizar en los campos de fútbol españoles el uso de una tecnología a la que llaman ojo de halcón y que consiste en la instalación de siete cámaras de vídeo en cada portería del estadio que detectarían de manera inmediata si el balón ha traspasado la línea de meta. Este neologismo sintagmático, aún no admitido por el DLE, es tan válido como otro que, seguramente, pronto se incorporará a nuestro léxico: videoarbitraje. El ámbito deportivo, como ya indicó en su día Lázaro Carreter, es el principal escenario de creación de neologismos, y aquí tenemos dos buenos ejemplos. Bienvenidos ambos a nuestra lengua.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 22, 2017

Nevocultor

Ahora ha sido en Bonn: una nueva «Cumbre del Clima» que ha durado varios días y a la que han acudido unos doscientos países para revisar los flecos que quedaron sueltos en el Acuerdo de París. Otra Cumbre más, así, con mayúscula ―traducción del inglés Summit―, sobre cumbres de montañas sin nieve, cumbres de montañas devastadas por el fuego, cumbres de montañas con árboles talados, cumbres inanimadas, cumbres contaminadas, cumbres vacías. En esta última Cumbre con mayúscula se pide a algunos países que ofrezcan a la comunidad internacional un calendario de cierre de sus minas de carbón al ser este mineral la principal causa de la contaminación de nuestro planeta (pobre planeta de cumbres desnudas) y del origen de numerosas enfermedades humanas. Esta última, la de Bonn, servirá de base para la próxima Cumbre, así, con mayúscula, la que se celebrará en la ciudad polaca de Katowice, y para entonces seguirán huérfanas de vida y de nieve las cumbres del mundo, cumbres así, en minúscula.

El cambio climático es axiomático. Negar esta evidencia es caer en la sandez. Incluso los entomólogos advierten de que la acción contaminante del hombre ha empujado a la desaparición en nuestro país de insectos que hace pocas décadas pintaban nuestras apacibles primaveras. Llueve poco, suben las temperaturas y no llega la nieve necesaria. Ayer escuché la entrevista a un nevocultor (extraordinario neologismo, no recogido en el DLE) que trabaja en una estación invernal de los Alpes franceses. Un nevocultor es quien se encarga de crear nieve artificial y de distribuirla por las estaciones de esquí, y, aunque es reciente, no se trata de una profesión sencilla: hay que medir la humedad, la temperatura y escoger muy bien el tipo de agua de la que saldrá una nieve idónea para el esquí. Nieve de fabricación, nieve artificial, nieve de bote con la que pintar de blanco, temporalmente, las lejanas y huérfanas cumbres de nuestro planeta. Estamos modificando nuestro entorno y él hará lo propio con nosotros. Para evitarlo ya solo nos quedan las Cumbres, así, en mayúscula.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 15, 2017

¿Flipas?

Asistí hace ya tiempo a la presentación del cómic Demasiada pasión por el suyo, del humorista Raúl Cimas. Su autor improvisó una especie de monólogo en el que explicó la creación y elaboración del libro, cuyos protagonistas son friquis que, en palabras de su creador, «se lo flipan con lo que más les gusta»: los hay que flipan con el tema religioso, otros poniéndose de calimocho hasta las orejas y los hay que flipan sentándose en calzoncillos en el sillón de su casa engullendo horas de telebasura y litros de cerveza.

Los españoles estamos entre los europeos más adictos al televisor, y ahí están los últimos estudios y cifras que lo corroboran. Y miren que es difícil creer que en un país como España, en el que apetece tanto tapear, pasear y alternar, estén sus ciudadanos enganchados a la pantalla hora tras hora. Pero así es, no se puede negar la evidencia, como tampoco que entre los programas más vistos se encuentran los deportivos y los del corazón, además de esos que están agrupados bajo la definición de «telebasura» y que no son otros que los realities que hacen gala de una carencia de los más básicos valores éticos y morales.

Los norteamericanos han tenido el acierto de estudiar y dar nombre a los diversos comportamientos de los televidentes con un mando en la mano. El zapping (zapeo en español) es el cambio a un canal que nos gusta más; si este cambio a otros canales es más frecuente —cada dos minutos— se habla de zipping; en un nivel superior hablaríamos de grazing, que sucede cuando seguimos varios programas a la vez y, por tanto, el salto de canal es constante; y, finalmente, el grado que indica ya una patología preocupante y enfermiza es el denominado flipping, que ocurre cuando el televidente cambia sin parar y sin seguir ningún programa televisivo. Del verbo inglés to flip, que quiere decir `enloquecer´, ha surgido el español flipar, que tiene un uso similar.

Al concluir la presentación le comenté a Raúl que los humoristas no deben callar nunca porque lo que más les escuece a los políticos es la crítica inteligente. Entonces cogió un boli y me dedicó el libro: «Espero que lo flipes mucho». En eso estoy, Raúl.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 8, 2017

Gerona, Orense

Los topónimos, siempre que sea posible, hay que adaptarlos a la lengua que se esté empleando: Catar, Nueva York, Múnich, Lérida, Orense, Gerona o La Coruña son algunos ejemplos de los usados normativamente en español. Cuando se acude a otra lengua para emplear un topónimo, la incoherencia lingüística es evidente: «El pasado fin de semana visité London» resulta tan agramatical como el siguiente ejemplo: «Las playas de A Coruña son galardonadas un año más con la Bandera Azul».

Sin embargo, y aunque nos parezca difícil de creer, hay dos leyes que obligan, insisto, obligan a los hablantes a usar en español los topónimos Ourense, A Coruña, Lleida y Girona en lugar de sus correspondientes Orense, La Coruña, Lérida y Gerona. En la Ley 2/1992 de 28 de febrero, publicada en el BOE el 29 de febrero de 1992, «por la que pasan a denominarse oficialmente Girona y Lleida las provincias de Gerona y Lérida», en su Disposición Adicional Primera, se especifica: «En los libros de texto y material didáctico y en otros usos no oficiales, cuando la lengua que se utilice sea el castellano, el topónimo correspondiente podrá designarse en esta lengua». Era entonces Felipe González el Presidente del Gobierno. Seis años más tarde, durante la legislatura de José María Aznar, se publicó en el BOE la Ley 2/1998, de 3 de marzo, «sobre el cambio de denominación de las provincias de La Coruña y Orense», por la que se obligaba a todos los españoles a usar en español y en cualquier contexto lingüístico A Coruña y Ourense. En esta última ley no existe disposición alguna para que en material didáctico, textos u otros contextos no oficiales puedan emplearse los topónimos en español; es decir: se prohibieron legislativamente La Coruña y Orense.

Es de sentido común y de lógica lingüística que tanto una ley como la otra deberían ser derogadas; el topónimo correcto es aquel que corresponde a la lengua que se usa. Las decisiones políticas han de ser políticas, no lingüísticas, y dejemos, por tanto, la normativa idiomática en manos de los gramáticos, que son quienes garantizan el buen uso de nuestra lengua.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 6, 2017

Conductor

Un programa de televisión no se conduce. Se conduce un vehículo e incluso un negocio, porque el responsable de ellos los endereza hacia la dirección que considera más apropiada. Uno puede conducir el destino de un país o conducirse a sí mismo para mejorar sus líneas de comportamiento, su conducta. Un programa de televisión se dirige, se produce, se modera o se presenta, pero no se conduce.

Leo en una noticia enviada por una agencia: «La presentadora se encargará de conducir este concurso». Si fuese así, si esta chica condujese el concurso televisivo, sería su conductora, no su presentadora. Pero no es así. Y no lo es porque de lo que estamos tratando hoy es de un anglicismo semántico innecesario que lleva años presionando para incorporarse a nuestro léxico. En inglés, conductor es un director de orquesta o un revisor en un transporte público, y, desde hace décadas, los programas de televisión, sobre todo los norteamericanos, son conducted, son presentados. Nuestros conductores, los de territorio hispanohablante, son de vehículos, de empresas, y hay también conductores de electricidad y de calor; nuestros conductores no lo son de programas de televisión, porque estos, como hemos dicho más arriba, son presentados, o moderados si se trata de un debate o de un coloquio. Llevamos muchas décadas no conducidos, sino abducidos por la lengua inglesa; subrepticiamente, sin ser notados, estos anglicismos indeseados se filtran y se parasitan en nuestro idioma, y algunos perviven en su nuevo hábitat.

Esta semana, el cuentakilómetros de mi coche ha superado la cifra de los 300.000. Si estos los sumo a otros tantos que rodé con vehículos anteriores, compruebo que he conducido, en lo que llevo de vida, casi un millón de kilómetros, y todos sin salir de España. No quiero calcular las miles de horas que he pasado sentado frente a un volante dando vueltas interminables por mis calles, por mi ciudad, por mi país. Pero lo cierto es que ahí sigo, yendo y viniendo por las mismas carreteras, tanto las asfaltadas como las idiomáticas.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 25, 2017

Tifo

No me agrada esta palabra. No es cómoda para los sentidos; si tuviera que pintarla, la representaría con cara de mosca, cuerpo pequeño y redondo como el de una garrapata, cubierto de vello negro y urticante, y con seis patas que se moverían con una rapidez asombrosa para huir de mi zapatilla y esconderse en algún rincón sombrío y polvoriento del salón. Será por la combinación de la oclusiva inicial con la fricativa sorda, y por la de la vocal cerrada con la redondez y cavernosidad de la o. Parece estar emparentada con el tifus o con el tufo. Es rara, muy poco usada por los hablantes, como si no la quisiéramos. Definitivamente nunca la elegiría para un verso ni para un relato.

Se la oí hace pocos días a un periodista catalán que, en una televisión pública, anticipaba que por el grada de un campo de fútbol descendería una enorme pancarta en la que se reivindicaba el proceso independentista catalán. Pero no empleó pancarta, sino tifo. En español, eso es una pancarta. Cuando, llegado el momento, los aficionados que asisten a un estadio levantan a la vez un papel cuadrado y coloreado, se crea una imagen a la que llamamos mosaico, formado por esas decenas de miles de teselas que los asistentes acaban de mostrar. En español, esto es un mosaico; en italiano, un tifo. En español, el tifo es el tifus: el tifo asiático es el cólera y el de América es la fiebre amarilla. Definitivamente, no me agrada esta palabra.

Me entristece cuando desde los medios de comunicación se inoculan entradas semánticas extranjeras a palabras españolas. Ni es necesaria ni recomendable esta práctica. Me recuerda el caso de cuando polución perdió su identidad semántica y se infectó con el adeene inglés, y desde entonces, a causa de esta mutación semántica, polución sale a la palestra informativa engallada y fuerte frente a contaminación.

Repitió varias veces el periodista que el tifo del estadio sería grandioso y muy vistoso para que todas las televisiones internacionales acreditadas para el partido tomaran imágenes de él desde cualquier punto del campo. El tifo catalán ya es viral, pero no es contagioso.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 18, 2017

Terroristas

Los movimientos políticos con ínfulas de totalitarismo se embozan en una falsa defensa de los derechos generales de su pueblo y del bien de la nación para destruir el sistema democrático constituido desde el consenso. No es la Justicia de lo que hablan, sino de su justicia; no enarbolan la Libertad compartida por todos los ciudadanos con criterios de paz, de respeto y de fraternidad, sino el ejercicio abusivo de su libertad para coartar a los que apoyan otras ideas políticas y para enfrenar a unos contra otros. Estos políticos que hieren la democracia, que ensucian la libertad y que sajan la armonía de un pueblo son terroristas de Estado, son criminales.

Hace algo menos de cien años, el 23 de octubre de 1921, Unamuno publicó en La Nación un artículo en el que, a raíz de la guerra de Marruecos, defendía la idea de que la violencia terrorista no servía más que «para corroborar la filosofía del carnero y el odio a la inteligencia. Que es el odio a la democracia, a la libertad y a la justicia». En este mismo artículo, Unamuno sentencia: «El terrorismo es, en cierto modo, la antítesis del quijotismo». Don Quijote no solo representa la defensa de causas justas obrando desinteresada, ética y comprometidamente; encarna además el ideal de libertad personal. Los intelectuales que surgieron a raíz del Desastre del 98 se veían en la obligación ética y moral de cambiar España desde abajo, desde los cimientos, y por supuesto desde la libertad, y esta labor la emprendieron aun temiendo que resultara infructuosa. Para esta empresa sublime, el hidalgo manchego, al encarnar los nobles ideales de estos escritores, se erigió en su modelo.

El Caballero de la Triste Figura se nos presenta hoy ante nuestros ojos, y con más fuerza que nunca, como prototipo de esta libertad personal que nos permite condenar lo condenable y defender el respeto a los derechos humanos. Por albergar tantos valores humanos, el general Pinochet prohibió en 1981 la lectura y edición del Quijote, y con ello demostró un apoyo incondicional al terrorismo y un odio radical a la inteligencia. Que es un odio a la democracia, a la libertad y a la justicia.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 11, 2017

Involución

Escribo estas líneas unas horas antes de que el Parlamento de Cataluña, con total seguridad, formalice su declaración de independencia del Estado español. Ustedes las están leyendo ahora, en este momento, cuando todo ha ocurrido. Es el encanto de la prensa escrita: entre ustedes y yo se ha formado un puente temporal de veinticuatro horas que nos une en una realidad física inmediata: mis palabras impresas y su lectura. Y a pesar de nuestra distancia temporal, creo intuir que el desasosiego que sienten ustedes ahora, mientras me leen, es parecido al que estoy sufriendo yo conforme se las voy escribiendo.

El circo de hoy no es más que una declaración ilegal, y solo una declaración, así que tiene la inconsistencia de un castillo de naipes sobre un columpio, pero el camino que comienza a partir de mañana ―o de hoy― es gris, pedregoso, polvoriento, y me temo que ya es tarde para desandar la trocha por la que nos han metido un grupo de insensatos en cuyas manos depositaron millones de votantes las riendas políticas, sociales y económicas de su comunidad. Nuestra Historia más reciente nos muestra que no sentimos una especial inclinación hacia el diálogo, sino hacia la algarabía, la pasión y la vehemencia descontrolada. Los defensores del diálogo no tienen cabida sobre la tarima política; no son de su misma especie. La cabeza, para muchos políticos, hay que usarla para embestir, no para pensar; sin sentido de Estado y sin la responsabilidad ética de un buen dirigente, con toda la comunidad internacional dándoles la espalda y aconsejándoles que den marcha atrás, existe la voluntad de arrastrar al caos y al hundimiento a toda la sociedad que representa este grupo de independentistas malsanos. Es un suicidio en masa, es la decisión del líder de la secta: «Quieren acabar conmigo, pero yo os prometo que estaréis conmigo en el paraíso». Y hacia el paraíso oscuro del abismo irán cayendo todos los que vean en las palabras de su líder la antorcha de la verdad y de la justicia.

Hoy me propuse no escribir sobre el proceso independentista catalán sino sobre la involución física a la que, según los más prestigiosos biólogos, estamos condenados los seres humanos. Afirman estos investigadores que volveremos a andar sobre cuatro patas y que seremos incapaces de sobrevivir en la selva tosca y ruda que nos toque habitar. Insisten en que el proceso ha comenzado ya; y aún peor: no hay marcha atrás.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 4, 2017

Aguas políticas

Las aguas de la política han de estar siempre tranquilas, sosegadas. Las aguas de la política deberían parecerse con exactitud a las de un estanque: aguas inalterables, silenciosas, pacíficas, solo interrumpidas por el suave rumor de la fuente que lo oxigena o de los reposados peces que lo habitan, peces sin prisa, sin tiempo. Si un pedrusco cayera con violencia en su centro, el caos generado rompería el equilibrio, todo se alteraría: las impetuosas ondas que surgirían del impacto llegarían hasta los extremos, se desbordarían y encharcarían los contornos; los sedimentos se levantarían del fondo y enturbiarían la claridad del agua; los peces, en pleno frenesí de huida, querrían saltar fuera del infierno en que se habría convertido su mundo, ya oscurecido, aunque tal escapada supusiese un suicidio consumado.

De niño me gustaba tirar piedras a las fuentes, a los estanques, a los lagos, a las aguas serenas. Mucha gente siente también la necesidad de romper la tranquilidad de las aguas transparentes y calladas de ciertos lugares emblemáticos lanzando contra ellas monedas o amuletos, como si una traviesa voz interior nos impulsara a ello. Nos aburre la monotonía de la paz, la armonía de la tranquilidad, y quebramos el pulcro espejo de la transparencia para deleitarnos en el espectáculo caótico de sus astillas desordenadas y violentas. Pero las aguas de la política han de permanecer limpias y cuidadas porque, cuando las rompemos, cuando las violentamos con un guijarrón arrojado con saña, levantamos el putrefacto limo de los extremismos y de la insensatez, y este se extiende al instante mezclado en las terribles y desbaratadas ondas, ya turbias, para ensuciar todo lo que alcancen.

La sociedad y los poderes del Estado deben actuar con firmeza contra los que perturban irresponsablemente la convivencia pacífica de un pueblo violando la normativa democrática vigente mientras ondean banderas de mentida libertad de expresión. La libertad de expresión de uno termina cuando con ella se insulta, se manipula, se agrede y se incita a la sedición, cuando con las piedras cortantes e incendiarias de sus discursos se hacen añicos las tranquilas aguas de la convivencia.

Ya solo queda esperar, esperar a que, una vez depurados los responsables del pandemonio, la turbiedad se asiente y regrese la calma para el bien y la paz de todos.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 27, 2017

Cataluña en subjuntivo

Es más lo que nos une que lo que nos diferencia, y todos juntos, respetando nuestra diversidad cultural y nuestras identidades territoriales, somos más fuertes. Este proyecto de unificación que comenzó hace más de cinco siglos y que se llamó España fue posible cuando se dieron la mano las coronas de Castilla y de Aragón, y aquella alianza extraordinaria maduró en una nación de naciones cuya trascendencia cultural y política podría compararse con la del Imperio romano. Si no la recuerdo mal, Azorín acuñó esta frase: «La base del patriotismo es la geografía». La geografía, a lo largo de una labor invisible de siglos, pule los contornos etnográficos y lingüísticos de un pueblo; el carácter, la gastronomía y las tradiciones se desarrollan en estrecha vinculación con el entorno físico. Nadie pone en duda que un burgalés y un canario, manteniendo en una conversación sus profundos rasgos dialectales, parecen provenir de países distintos, pero comparten sus variedades en un espacio común. Aún siguen en mí frescas las palabras de una guía turística sevillana, muy joven, mientras entrábamos en los Alcázares: «Más allá de ser andaluces, somos castellanos que hablamos el español de forma distinta».

Y este es uno de los nexos que une a todos los peninsulares. A excepción del vascuence, nuestras lenguas son romances. No me acuerdo de quién dijo que las trifulcas lingüísticas aquí en España son innecesarias porque todos hablamos latín, pero mal. Y no le falta razón. Las lenguas romances, en ese proceso de desconexión con el latín, han ido perdiendo la grandeza gramatical de este. Fíjense en los verbos. Ya hemos perdido tiempos y aspectos verbales que en la lengua de Roma eran habituales, y algunos de los que nos quedan están a punto de desaparecer por falta de uso. Este es el caso del futuro de subjuntivo. Este tiempo lo empleamos para expresar una acción que muy improbablemente suceda en el futuro, y por ello en el ámbito jurídico es muy útil. No es lo mismo decir «Quien matare al Presidente de la República» que «Quien mate al Presidente…». Si en Cataluña se celebrare el Referéndum soberanista, la reacción del Gobierno sería inmediata y se aplicarían con firmeza y autoridad los mecanismos que salvaguardan los principios constitucionales, y en caso de que se nombrare la República de Cataluña no tendría esta ninguna validez política. Es cuestión de emplear bien el tiempo.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 20, 2017

Río Seco

A escasos metros de mi casa pasa un río al que en un momento concreto de su historia llamaron Seco, el río Seco. Su nombre no pasa inadvertido; resulta incluso evocador y sugerente el oxímoron, con sus dos términos contradictorios. Decir que un río es seco es afirmar que no existe, porque si no hay agua no hay río ni hay nada. Un río seco es como un dulce castigo, una amarga libertad, una música callada o una sana envidia, que nunca es sana, porque la envidia es una emoción destructiva, la sirvas como la sirvas, al descubierto o envuelta en papel de regalo.

Pero volvamos al río, a mi río Seco. Hay que reconocer que el nombre no es nada aristocrático; no es un Danubio, un Júcar, un Támesis o un Guadalquivir, es un Seco porque apenas lleva agua salvo cuando a pocos kilómetros, en una zona de monte bajo y de escasa vegetación, llueve, y es entonces cuando el río renace de sus lodos y regresa la vida a sus orillas: juncos, cañas, anfibios, insectos, ofidios, pájaros e incluso aves zancudas (en una ocasión descubrí una pareja de garzas cazando de manera mimetizada) dan música, color y olor donde antes había tierra, sequía y silencio. El periódico local publicó hace poco que en el río, en mi río, se habían descubierto tortugas, peces exóticos y tarántulas —hasta se había capturado una pitón—, y no es porque el Seco tuviera ahora ínfulas de Amazonas, sino porque hay turistas que llegan al Mediterráneo y abandonan sus mascotas —como a un familiar anciano que molesta— donde creen que no van a estar del todo mal, junto a un riachuelo; con ello, con la débil idea de que al menos no los han matado, anestesian su mala conciencia. Recuerda el DLE que, además de un animal doméstico, una mascota es todo aquello, vivo o muerto, que se estima como amuleto; el término, de origen occitano, significaba en su origen `hechizo´, proveniente quizás del germánico masca (`bruja´). Ahora, con tanta rana, serpiente, murciélago y araña, con tanta mascota, en fin, despreciablemente abandonada, va a resultar que mi Seco, mi humilde, verde y tranquilo Seco, es una charca en la que, con alevosía y nocturnidad, se reúnen gorgonas y tarascas, basiliscos y quimeras de todas las edades para consumar sus abandonos nigrománticos, sus fríos aquelarres, precisamente aquí, a escasos metros de donde duermo y a orillas del mar de Ulises y de Eneas.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 18, 2017

Déjate de murgas

Anoche no me dejó dormir la murga que llegaba desde el recinto ferial. Cómo sería la potencia de los altavoces que en mi casa, situada a más de un kilómetro de la zona cero, el sonido entraba con una claridad y volumen semejantes a los que emitiría un grupo musical tocando debajo de mi habitación. La estridencia era insoportable. Para mayor pena de mis oídos, las piezas parecían interpretadas por una de estas verbenas populares tan habituales por estas fechas festivas. A estas alturas de mi vida me sonroja recordar que hace unos veinte años me gustara este pachangueo; miro para atrás y me veo abrazado con mis amigos de entonces, bailando y brincando al ritmo de coplas y de pasodobles antediluvianos, o acodado en la abollada barra de acero inoxidable del chiringuito que instalaban en la plaza del pueblo, con una bebida en una mano y con un cigarrillo en la otra, oteando desde mi distorsionada perspectiva alguien que quisiera bailar conmigo. Luego nos íbamos quedando ahítos de fiesta y huérfanos de fuerzas, y la plaza se vaciaba de gente, y la suciedad de vidrios rotos, de charcos pegajosos de calimocho y de olores nauseabundos intensificaba nuestro bajón anímico. Aquella estampa simbolizaba de manera muy plástica la desolación, y por ello la empleó Unamuno para describir emocionalmente el Madrid hundido, atrasado y decadente que encontró la primera vez que lo visitó, hacia 1880, un Madrid, escribió el vasco, que parecía una pista de baile vacía, sucia y silenciosa.

Afortunadamente, de aquellas murgas verbeneras de la juventud hemos evolucionado hacia gustos y hábitos más elegantes. Leemos en el DLE que una murga (término deformado de la palabra música) es un grupo de músicos malos que en festividades tocan cerca de la casa de uno para obtener un obsequio. De niño, cuando llegaban estas fechas de Feria me ponía muy pesado con mi abuela para que me diese dinero y gastármelo en dulces, en el pimpampum o en petardos. Hasta que no le sacaba las cien pesetas en monedas de cinco duros no paraba. «Toma», me decía al fin, «y déjate de murgas». Y qué contento y orgulloso iba yo, con mis vedijas peinadas, con mis pantalones cortos y recién merendado, entrando por el paseo ferial ―fabuloso concierto de sonidos y de luces― y con la mano sobre el bolsillo asegurándome de que mis veinte duros seguían en su sitio.

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