Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 5, 2012

Cíborgs (5-10-12)

El director de la Real Academia Española, José Manuel Blecua, presidió hace unos días en la sede académica la presentación del primer manual práctico de uso del español en internet: Escribir en internet. Guía para los nuevos medios y las redes sociales. La obra recoge recomendaciones de más de casi cincuenta expertos sobre correspondencia electrónica, español global, escritura colectiva, redacción para blogs, mensajería instantánea, redes sociales, emoticonos… y todo lo que hoy se nos antoja imprescindible para escribir con corrección en internet.

Este libro era necesario; responde a una realidad: según cifras que maneja el prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), miramos una pantalla al menos ocho horas al día, y casi el 95% de los adultos comprueban sus correos, guásaps o redes al menos cada quince minutos. Leemos y escribimos diariamente en internet, es cierto. Pero también es verdad que la obsesión por estar conectados a la Red nos vuelve más ansiosos, depresivos y hasta psicóticos, y tanto es así que nuestras mentes sedientas de lo digital funcionan como la de los drogadictos: ante cada pitido o tono que nos avisa de la entrada de un guásap o de un comentario en una red social, nuestro organismo descarga dopamina, es decir, que se comporta como el de un jugador cuando realiza una apuesta. El ordenador o el teléfono móvil son, por tanto, en palabras de Peter Whybrow, director del Instituto de Neurociencia y Comportamiento Humano de la Universidad de California en Los Ángeles, como «cocaína electrónica», que nos genera ciclos de euforia seguidos de bajones depresivos.

El trastorno de adicción a internet ya está incluido en el manual que se consulta para diagnosticar enfermedades en EE. UU.; y sobre todo entre los adolescentes ya se detecta el llamado síndrome de la vibración fantasma, que se manifiesta cuando este siente que su móvil vibra cuando en realidad no está sucediendo nada. Incluso están justificados trastornos múltiples de la personalidad, como se vio en un alumno de una universidad norteamericana, que tenía cuatro avatares y mantenía abiertos en su ordenador los cuatro mundos virtuales. Relacionado con este tema de las enfermedades, lo extraordinario es que nuestro cerebro se está reestructurando: los usuarios habituales de internet muestran alteraciones indudables en el córtex prefrontal prácticamente idénticas a las de los adictos a cualquier tipo de droga, alteraciones que desembocan en la pérdida de memoria y en el deterioro de los procesos del habla y del control emocional y motriz.

Una de las últimas palabras incluidas en el DRAE es cíborg —del inglés cyborg, acrónimo de cybernetic organism—, y que se refiere a un «ser formado por materia viva y dispositivos electrónicos». ¿Acaso nuestra dependencia de móviles y ordenadores no ha supuesto ya el primer paso de los futuros cíborgs? Quién sabe si dentro de un futuro no muy lejano nos implantarán en la piel y en algunos órganos de nuestro cuerpo chips, pantallas y dispositivos que funcionarán con la energía de nuestros organismos. ¿O esto ya es el presente?

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 11, 2012

Mitrofán (11-5-12)

Escribió Jardiel Poncela en sus Máximas mínimas, publicado en 1937, en plena Guerra Civil española, que “la Historia es la mentira encuadernada”. Quién le iba a decir al maestro del humor inteligente, al autor de obras imprescindibles e insustituibles de nuestra literatura como Los ladrones somos gente honrada o Eloísa está debajo de un almendro, que quince años más tarde la Historia española justificaría de nuevo su desapego e indiferencia hacia sus genios de la pluma condenándolo, solo ya y arruinado, a una muerte dolorosa por el cáncer. Sobre su tumba, este epitafio: “Si queréis los mayores elogios, moríos”.

Esta misma Historia nos recuerda que Carlos III practicaba muy frecuentemente la caza por el miedo a sufrir los mismos trastornos mentales de su padre y hermano, y fue tanta su pasión cinegética que no solo comenzó a ennegrecerse su piel por pasar tanto tiempo a la intemperie cobrándose piezas, sino que sus súbditos le ataban animales muertos o domesticados en los árboles para que no fallara el disparo. Esta misma Historia, que a veces viene vestida de leyendas urbanas, nos recuerda que durante la época soviética se invitaba a grandes dignatarios mundiales a cazar en la estepa rusa, y  de todas esas invitaciones sobresale aquella en la que Brezhnev convidó a Fidel Castro a cazar liebres y ordenó a los organizadores de la partida que camuflaran un gato con la piel de una liebre, y que el cubano no daba crédito a sus ojos cuando lo que imaginó que era un conejo, a punto de ser abatido, trepó a la copa de un árbol.

El turismo cinegético ha sido una importante fuente de ingreso para las arcas rusas. En una página de internet especializada en esta actividad, se propone un programa de cacería mayor en Rusia, de 7 días, para la batida de un lince y de un oso en madriguera. Este viaje se realiza durante el invierno, cuando el oso duerme su dulce letargo invernal, y al despertarlo con una jauría perfectamente adiestrada sale aturdido de su guarida para ser así abatido con más facilidad y sin apenas peligro para el cazador. El precio: 8.110,00 €, IVA incluido.

Al parecer, el gobierno ruso ha prohibido por fin esta cruel actividad cinegética, y la Historia, que nuevamente se engalana de leyendas urbanas, nos revela que el actual rey de España, en agosto de 2006, invitado a cazar un oso en Rusia, abatió de un solo disparo a Mitrofán, un úrsido manso y bondadoso que bailaba y ejecutaba números circenses en una aldea cercana, un animal inofensivo al que emborracharon previamente con un cóctel de miel y vodka. La Casa Real ha calificado esta noticia de ridícula, pero lo cierto es que, desde que el monarca anduvo por aquellas tierras, aún siguen buscando por valles y peñas al desdichado Mitrofán.

Sí, la Historia puede que sea la mentira encuadernada, pero forrada en tapas duras, dentro de las cuales encuentras acontecimientos curiosos y sorprendentes que son, no lo neguemos, los que aportan un poco de sabor a tantas páginas grises y asépticas, aunque a veces le den a uno gato por liebre.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 5, 2012

Prado Nuevo (4-5-12)

Por primavera, las ciudades suelen parir habitantes estrafalarios que transitan entre la locura y la desesperación. No es habitual verlos todo el año, conque algo especial debe de tener esta estación para que los despierte de su hibernación y aparezcan, como excéntricas venus, no sobre conchas sino envueltos por un halo de misterio, mofa y exclusión. Ellos hacen de las calles y plazas su particular escenario, y quizás sin proponérselo van forjando ciertas leyendas urbanas que adquieren con el paso de los años categoría de mito. Por el centro de Salamanca, hace ya unos veinte años, se solía ver a un señor de mediana edad, bien vestido, que andaba furibundamente, gritaba tremendas frases lapidarias que pocas veces se comprendían bien y lanzaba, desde su blanquecino y cadavérico rostro sin pelo, cejas ni pestañas, terroríficas miradas que provocaban, sobre todo en los estudiantes distraídos, sustos que desembocaban inmediatamente después en risas de desahogo. Se decía que aquel hombre era catedrático en la Facultad de Químicas y que de un experimento mal medido en una probeta emanaron gases venenosos que inhaló accidentalmente, y que de aquellos humos llegaron esos aires, y creo que, por esta razón, este personaje inspiraba en el ánimo de todos un sentimiento más cercano a la compasión que al rechazo. Alguna vez quise acercarme a él para saludarlo o para que me arrojara algún aspaviento, pero nunca tuve el valor suficiente. Unos tres años después se evaporó tan repentinamente como aquellos gases que lo despertaron.

Un amigo me comentó un día que estas personas son felices dentro de su delirio. Y es posible que lleve razón; los romanos creían que los dioses susurraban al recién nacido unas palabras —las dicta, término del que proviene nuestra dicha `felicidad´— que señalaban el destino de la persona. Y por qué no estos personajes pueden creerse que una divinidad les ha susurrado un mensaje en el oído. Algo parecido a esto es lo que asegura Amparo Cuevas, la vidente de Prado Nuevo, junto a El Escorial; según ella, el 14 de junio de 1981, la Virgen se le apareció y le refirió esta comanda: que se construyese una capilla en su honor para meditar la Pasión de su Hijo y que —reproduzco ahora las supuestas palabras textuales de la Virgen— «si hacen lo que yo digo, habrá curaciones. Este agua curará. Todo el que venga a rezar aquí diariamente el santo rosario será bendecido por mí. Muchos serán marcados con una cruz en la frente. Haced penitencia. Haced oración». Lo que me sorprende de este mensaje es, por un lado, la falta gramatical que comete la Virgen, porque lo correcto es «esta agua» y no «este agua»; quizás es que Amparo no la oyó bien. Y, por otro, que el cardenal y arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco, dé credibilidad a esta vidente y haya aprobado la construcción de esta capillita precisamente ahora que estamos en plena crisis del ladrillo; será por relanzar el sector aspergiendo antífonas y bendiciones.

Desde luego que hay enajenados dichosos a los que el cuento se lo conmutan por una novela fantástica con éxito editorial.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 27, 2012

Memoriales (27-4-12)

No recuerdo el nombre de aquella familia. Sí recuerdo, en cambio, y con total nitidez, que los siete españoles que habíamos llegado aquel caluroso mes de julio de 1989 a Estados Unidos, todos muy jóvenes, de entre 19 y 23 años, estábamos de pie en la explanada de un centro comercial enorme mirando nerviosos a siete parejas que, a su vez, nos examinaban con una sonrisa forzada. De todas ellas, la que más nos gustaba a todos era un matrimonio joven cuyo aspecto le confería a ella un aire de actriz de cine —rubia, delgada, voluptuosa— y a él de jugador universitario —mentón fuerte, sonrisa perfecta, atlético—, esa típica familia norteamericana sana y alegre, de ensueño, y de barbacoa dominical con niños después del partido de béisbol, así que deseábamos secretamente que al pronunciar nuestro nombre se adelantasen ellos en concreto y no otros. Cuando leyeron el mío, dos padres con dos hijos pequeños dieron un paso al frente, y la memoria, gratífica y sanadora, ha querido que haya borrado el contorno exacto de aquellos cuatro personajes que parecían sacados de una de esas películas gore de serie B en las que los actores, inexpresivos y autómatas, destripan a sus víctimas sin apenas mover un músculo de la cara. Yo veía a mis amigos seguir a unas familias encantadoras y montarse entusiasmados en coches que solo había visto en la tele mientras que yo, como la víctima propiciatoria a la que acaban de condenar al sacrificio, me subía a un cacharro destartalado y cochambroso con aquellos cuatro seres que solo habían conseguido articular un mísero y aterrador Hi. Días más tarde nos reunimos los siete españolitos de nuevo para hablar de nuestras familias de acogida, de sus casas y de lo que habíamos hecho, y yo solo les pude contar que aquella gente ayunaba los lunes y los viernes para que se les apareciese una Virgen yugoslava, que mataba las horas muertas leyendo a García Márquez y que la única vez que salí de aquella espantosa casa fue para ver el castillo de fuegos artificiales del 4 de Julio a las afueras de Nueva York, en un descampado, los cuatro juntos y abrazados y yo sentado sobre un pedrusco, con las manos ocultando mi cara enrojecida por el recuerdo de mi familia, de mis amigos y de mi casa.

Por razones evidentes me cambiaron de casa, y con la nueva familia de acogida despejé los miedos y regresó la sonrisa: el padre, bróker en Wall Street, me llevó un día en su mustang hasta Washington y visitamos la Casa Blanca. En la capital hubo un monumento que me impactó: el Memorial a Lincoln, en el que una gigantesca estatua sedente de este presidente, con las manos apoyadas en los brazos de una silla presidencial, tutela ceremoniosa la estancia, y desde su magnitud parece recordarnos que fue él quien dio fin a la Guerra Civil norteamericana y quien abolió la esclavitud.

Y aunque la RAE nos recuerda que la palabra memorial es un anglicismo y que su uso es desaconsejable, no puedo evitar, con estas líneas, erigir mi pequeño homenaje a aquel lejano julio del 89, turbio ya en las escondidas guaridas de mi memoria.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 20, 2012

Erasmo y la mujer (20-4-12)

Erasmo de Rotterdam supuso la culminación del movimiento humanista del Renacimiento europeo y fue, de hecho, el más importante referente intelectual de la Europa del siglo XVI ya que destacó en los campos de la filología, de la filosofía moral, de la política o de la religión, entre otros. Profundo conocedor de la cultura clásica, sus planteamientos teórico-filosóficos se basaban en el relativismo y, sobre todo, en la tolerancia: como buen humanista, creía en la paz entre los pueblos y sabía que esta solo podía llegar si los hombres alcanzaban a tolerarse entre sí independientemente de su religión, de su nacionalidad y de sus creencias. Por ello no es de extrañar que una de las becas universitarias europeas más importantes lleve su nombre. Entre sus obras destaca Elogio a la locura, dedicada a su gran amigo Tomás Moro y publicada unos pocos años antes de que Enrique VIII le cortara a este la cabeza por no abrazar la nueva religión anglicana y seguir siendo fiel al papa. En este libro, Erasmo sostiene que la necedad está presente en el ser humano sea cual sea su posición social o su formación cultural, y que sin ella y sin la mentira no sería posible la vida en sociedad.

Sin embargo, al leer esta obra impacta la inesperada opinión que Erasmo tiene sobre el matrimonio, de cuyo fracaso culpa directamente a la mujer: «¡Oh, dios inmortal, qué divorcios —o cosas peores que divorcios— habría por todos lados si el trato familiar entre marido y mujer no fuese sostenido y alimentado por medio de la adulación, de los escarceos, de indulgencia, de astucia y disimulo! ¡Ah, qué pocos matrimonios se celebrarían si el novio indagase con prudencia a qué juegos había jugado —ya mucho antes de la boda— aquella aparentemente tan tierna y púdica doncellita! ¡Y aún menos matrimonios se mantendrían unidos si, por estupidez o negligencia de los maridos, no quedasen ocultas numerosas acciones de sus esposas! […] Pero, ¿cuánto más feliz es estar así engañado que consumirse en el tormento de los celos y resolverlo todo con tragedias?».

Esta opinión ya no es tan sorprendente si se revisa, unas páginas antes, la apreciación que Erasmo defiende sobre la mujer: «Como dice el proverbio griego, “la mona siempre es una mona aunque se vista de púrpura”, y, así, la mujer siempre es mujer —es decir, mona— cualquiera que sea la máscara que adopte. […] Está, en primer lugar, la belleza de sus formas, que ellas anteponen con razón a todo lo demás y por cuyo mérito ejercen su tiranía incluso sobre los propios tiranos. […] Por otra parte, ¿qué otra cosa pretenden ellas en esta vida sino gustar lo más posible a los hombres? ¿No se encaminan a esto tantos cuidados, tantos afeites, tantos baños, tantos peinados, tantos ungüentos, tantos perfumes, tantos artificios para embellecer, pintar y fingir el rostro, los ojos y el cutis?».

A pesar de que hoy en día existen muchos seguidores de Erasmo, no creo que el más importante referente cultural del Humanismo europeo logre alcanzar dentro de la mentalidad actual la misma aceptación de la que ha gozado en siglos precedentes.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 13, 2012

Umbral, maestro (13-4-12)

Tras el entierro de Dámaso Alonso, Umbral escribió una columna (28-1-90) en la que describió el momento en el que el féretro del poeta era llevado a hombros entre sentidos y callados aplausos hacia su inhumación: «La barca caoba sobre hombros como olas duras y extrañas. Un aplauso triste y vecinal, como una floración que enero quiebra, cuando el furgón se va». De Paco se ha dicho que no era buen escritor porque empezó la escuela a los diez años, a los once lo expulsaron y tuvo que trabajar de botones para ganarse el pan, ese pan bajo el brazo que paseaba casi todas las mañanas con la vista fija, callada y refugiada tras una bufanda y un jersey penelopianos. «La barca caoba sobre hombros como olas duras y extrañas». Pocos son capaces de este lirismo, de esta capacidad metafórica tan solo comparable a la alcanzada por los poetas áureos, a los que tanto leía y admiraba. Tras la muerte, la barca de Caronte nos lleva al ámbito de los muertos, de las almas, por una laguna negra y procelosa de inquietos oleajes. Paco fue un autodidacta, todo lo que sabía —y era mucho— lo aprendió leyendo, y eso hace más sublime su logro literario y su magisterio periodístico. También lo fue Miguel Hernández («poeta bendito», según Umbral), al que su padre, cabrero de profesión, lo sacó de la escuela para pastorear y del que recibió más de una paliza cuando lo pillaba escribiendo versos bajo la sombra rácana y enferma de un árbol agostado. Y Miguel se escondía en la biblioteca de los jesuitas para leer a Quevedo y Cervantes, porque gracias a ellos huía de la realidad. Paco no llegó a conocer la ternura de su madre, su infancia la recordaba como un erial encharcado de frío y de nubarrones, y los libros le dieron el abrigo, la caricia y la ternura que necesitaba. Francisco Umbral apenas pisó la escuela, y tampoco hizo falta en un espíritu tan sediento de imágenes y de sensaciones. Valle-Inclán solía suspender en la escuela la asignatura de Lengua Española, y algunos manuscritos de Azorín, como babateles usados, están salpicados de faltas de ortografía que no saltan por mucho que las laves.

Reacio como era a las entrevistas de investigadores y doctorandos, con Paco conversé en una ocasión en Salamanca para que atendiera a un alumno cuya tesina, que yo dirigía, analizaba los recursos estilísticos y lingüísticos de sus columnas publicadas en El Mundo. Aunque accedió a regañadientes, no pudo ocultar que entre los pliegues de la coraza opaca y hermética que usaba como máscara se filtrasen chispas de amabilidad y de educación exquisita. Tan solo vetó un tema, el de su hijo, porque su muerte, impronunciable para él, le trajo su propia muerte en vida. «Sólo encontré una verdad en la vida, hijo, y eras tú. Sólo encontré una verdad en la vida y la he perdido. Vivo de llorarte en la noche con lágrimas que queman la oscuridad».

Paco fue enterrado junto a su hijo. La barca lleva a cada uno a su sitio. Donde se merece.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 30, 2012

Cabellos (30-3-12)

Confieso que, debido a una imparable caída del cabello que me está dejando la cabeza huérfana de abrigo y de caricias pasionales, he sucumbido a las tentadoras redes de los alquimistas modernos, de estos nuevos buhoneros que te aseguran con su verbo halagador que, empleando cierto champú y algún que otro complemento vitamínico, no solo interrumpes el desmoronamiento capilar sino que incluso reflorecerán antiguas y gloriosas espesuras. Confieso que he caído, que fui derecho a una tienda de animales y compré un champú equino, de esos que se venden incluso ya en los supermercados de barrio, y que lo probé, y que sentí un estremecimiento del cuero cabelludo la primera vez que me lavé el pelo con él, y que lo he seguido usando día tras día, y ahora, tres semanas más tarde, he de confesar que, a pesar de tantas promesas y de tantos esfuerzos, todo sigue igual, que ya no hay estremecimientos capilares, que lo que se tiene que caer se sigue desplomando y que donde hubo no queda más que el rastro del recuerdo.

Este disgusto se me agrava cuando compruebo que salgo perdiendo al recordar la simbología que el cabello ha tenido en el varón a lo largo de la Historia. El pelo largo era marca de distinción y de elevado estatus social, de ahí que a los esclavos y presos se les solía pelar al cero o que los frailes se dejaran la tonsura (del latín tonsum `trasquilar, cortar el pelo´) como gesto de humildad y sometimiento; también simbolizaba la fuerza y la virilidad, y cómo no recordar el rapado que le infligió Dalila a Sansón, que lo dejó manso y dócil, como castrado; y, en otras culturas más exóticas, el cabello largo equivalía a honor y poder, y así lo comprobamos en los samuráis, que cuidaban su pelo con un esmero propio de los mejores estilistas actuales, o en los indios norteamericanos, que no solo hacían ostentación de vedijas cuando cabalgaban a pelo por las extensas llanuras desertizadas de Estados Unidos sino que coleccionaban cabelleras de vaqueros blancos cuando estos les calentaban las narices.

Afortunadamente no me ha tocado vivir en aquella época, porque parecería eso, o un esclavo, o un benedictino o un castrado, pero aún hoy en día se valora estéticamente mejor a un hombre con un pelo abundante, fuerte y sano que a otro con más claros que sombras, por eso que algunos caigamos en la vergonzosa trampa de comprar champú para caballos o que otros se gasten dineradas en implantes de cabello que, en su mayoría y por desgracia, parecen más bien esos cuarenta o cincuenta racimos de ocho o diez pelos de la nanci que tanta grima me causaban de pequeño.

A mí, en fin, ya solo me queda el consuelo de embelesarme con las fotos en las que se me ve con quince años menos, y, aunque nos intentan convencer de que ahora se lleva la cabeza rapada, guardo ahora siempre conmigo, como una reliquia a la que no me canso de adorar, una foto de tamaño carné en la que se me ve en plena adolescencia y con una cresta firme y erguida, orgullosa y valiente, como envalentonada frente al paso del tiempo y a los pesares de la vida.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 23, 2012

Gazapillos (23-3-12)

Un tocayo mío me ha enviado una curiosa y entretenida selección de gazapos. Ya se sabe que, además de ser una cría de conejo, por gazapo entendemos aquel error lingüístico que se comete por torpeza, ignorancia o apatía. Pues bien, de todos los que he recibido, quisiera compartir con ustedes unos pocos, aquellos que he considerado que eran los más llamativos.

Así, un titular reza de esta manera: “El fugado tras una reyerta con un muerto podría estar fuera de Navarra”; y no deja de ser curioso lo desesperado -o trastornado- que tenía que estar el protagonista de la noticia para tener que huir después de haberse peleado con un muerto. Claro que, para extrañezas, imagínense la existencia de objetos inanimados que deambulan por nuestras ciudades, buen material, sin duda, para espacios televisivos como Cuarto milenio; si no, lean el siguiente caso: “La Policía intervino una navaja de once centímetros que merodeaba por el polígono industrial”. En otro medio se escribió este disparate: “La autopsia confirma al 100% la muerte de Steffie”, y digo disparate porque parece ser que las autopsias se realizan ahora para confirmar si uno está vivo o muerto, así que háganme caso y huyan si ven cerca a un forense. Y, para concluir con esta muestra, fíjense en el estado de somnolencia en el que estría sumido el periodista que sentenció esto: “Los ciudadanos exigían que los pasos de cebra no se ubicaran en los pasos de peatones”.

Por la dimensión de los errores que acabamos de leer, más que gazapos tendríamos que hablar de mastodontes. Posiblemente, el término gazapo se aplicó cariñosamente para aminorar la gravedad de estos errores y considerarlos como inocentes e involuntarias meteduras de pata, cuando no lo son. Y si me permiten un inciso, esto del conejito me ha traído a la memoria la palabra músculo, que quiere decir `ratoncito´ (del latín mus `ratón´, y la terminación del diminutivo –culus), y que la acuñaron los antiguos romanos porque el movimiento del bíceps lo comparaban al de un ratón corriendo dentro del brazo; la forma y tamaño animaron también a aquellos a llamar testículos (`cabecitas´) a los genitales masculinos. En fin, todo es cuestión de echarle un poquito de imaginación, como a algunos gazapos.

Para terminar, y ya que hemos viajado a la antigua Roma, nos cuenta José María Iribarren que el origen de la palabra tocayo proviene de la fórmula que empleaban los romanos en cierta celebración matrimonial. En el momento en que la comitiva nupcial llegaba a la casa del novio, este le preguntaba a su futura esposa: “¿Quién eres tú?”. A lo que ella ritualmente respondía: Ubi tu Cayus, ibi ego Caya, que quiere decir: “Allí donde tú te llames Cayo, yo seré llamada Caya”. Esto es: a partir de ahora seremos iguales, y no habrá entre nosotros ninguna diferencia, ni siquiera en el nombre.

Con todo, y sin que yo me llame Cayo ni Caya, agradezco a mi tocayo el que me haya enviado estos gazapos que nos han hecho a todos compartir unas sonrisas.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 16, 2012

Ortografía sencilla (16-3-12)

No es esta la primera vez que surge de las imprentas un intento por plantear a los hispanohablantes, empleando para ello la retórica propia de los buhoneros y de los falsos profetas, una ortografía del español divergente de la oficial cuyos principios teóricos se basan en la simplificación de las reglas establecidas. Esta vez es el lingüista Juan Andrés Gualda Gil quien ha lanzado este canto de sirena bajo el título Propuesta racional para simplificar la ortografía.

Él parte del supuesto de que la ortografía de nuestra lengua es bastante complicada y muy difícil de aprender por el uso de grafías cuya realización fonética es la misma, como ocurre con las letras b y v, que tanto llevan a su confusión gráfica (no se extrañen si no son muchos los que son capaces de escribir correctamente la palabra subversivo cuando la oyen); o con el sonido [s], cuya representación ortográfica para los seseantes, que son el 93% de los hablantes del español, puede ser la s, la c o la z (no es disparatado leer en textos escritos por hispanoamericanos palabras como desisión o sapato); o pensemos en la dificultad que encuentran aquellos hablantes a la hora de recordar si una palabra se escribe o no con h, nuestra bien conocida h muda, a la que tanto denostó García Márquez y para la que el escritor colombiano propuso su eliminación definitiva; o, en fin, para el sonido [x], que se puede representar con la grafía g (mágico) o con la j (garaje), problema que Juan Ramón Jiménez borró de un plumazo cuando decidió escribir todas las palabras que tuvieran este sonido con la letra j (jente, májico,…). Pero la otra gran dificultad a la que se enfrentan los hispanohablantes o los que acceden al español como segunda lengua es el de la acentuación, principalmente en los casos que presentan ambigüedad por la pronunciación (huida, guion, guiais, truhan,…) así como en aquellos en los que hay implícito un cambio semántico (solo/sólo).

Ante el panorama susodicho, este lingüista propone tres medidas que irían encaminadas, según él, a hacer al español una lengua más universal y más fácil de usar. La primera es la de simplificar los prefijos (costante, istante, ostruir,…) y la asimilación regresiva de las consonantes, es decir, que la segunda fagocite a la primera (attual, immoral, ottavo,…), a imitación de la lengua italiana. La segunda, tomando como modelo el idioma inglés, consiste en eliminar la tilde salvo en los casos diacríticos. Y la tercera propone hacer del español una lengua verdaderamente panhispánica llevando a cabo modificaciones ortográficas más cercanas al español de América que al de España siguiendo el ejemplo del portugués, cuyas últimas transformaciones léxicas y ortográficas, como defendía José Saramago, se han decantado más hacia el portugués de Brasil que hacia el de Portugal debido a la diferencia del número de hablantes de uno a otro país.

Pasen y vean, y juzguen también, porque, al paso que vamos, en esta corte de los milagros toda ficción puede transformarse en una verdad axiomática.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 2, 2012

Chuzos (2-3-12)

Hay frases que, cuando las escuchas por primera vez, se te quedan grabadas casi para siempre por su rotundidad, por su expresividad y porque simplemente cantan una verdad que todo el mundo sospecha pero que nadie sabe o desea desvelar. Ayer, sin ir más lejos, oí en un medio de comunicación un reportaje en el que se intentaba poner en tela de juicio algunos aspectos del sistema jurídico español, y de entre ellos se subrayaba la inconsistencia efectiva de la idea de que la justicia española es igual para todos, lo cual, si bien es un derecho que nos ampara, en la práctica no sucede así debido a que la destacada o elevada situación social y económica de un imputado puede ayudarle a ralentizar el juicio, a suavizar notablemente la pena si esta se dictaminase e, incluso, a gozar de privilegios carcelarios en el caso de que el acusado ingresase en prisión. El entrevistado dijo: «La justicia española parece caminar entre dos soluciones: la impunidad de los tiburones y la culpabilidad de las sardinas». Esto es: venía a defender el juez consultado que, partiendo de un mismo delito, si eres sardina, un español anónimo de a pie, trabajador, asalariado, la justicia se te aplica con la dureza y el rigor exigidos; pero si eres tiburón, un rico prohombre con contactos en las altas esferas sociales y que puede permitirse contratar a los mejores abogados, la justicia se te aparecerá tan bondadosa como esquivo el rigor de la ley.

Precisamente al hijo de esto, temiendo un empeoramiento del desprestigio de los profesionales de la justicia, en un periódico hallé escrito: «Muchos abogados se declinan por una rigurosa revisión de la práctica judicial». Acertada decisión, pero gramaticalmente incorrecta: la Real Academia de la Lengua recuerda que declinar significa `rechazar cortésmente una invitación o una responsabilidad´ y que no debe confundirse con verbos como decantarse o inclinarse, usados para mostrar una preferencia. Por ello se tuvo que haber escrito que muchos abogados se inclinan o se decantan por una rigurosa revisión de la práctica judicial.

En el reportaje que mencioné más arriba, un ciudadano al que pidieron su punto de vista sobre este tema judicial vaticinó que, como los españoles siguieran desconfiando tanto del sistema judicial, caerían chuzos de punta sobre todos los jueces y abogados que se dejan untar las manos o que malinterpretan las leyes. Los chuzos, palabra de origen árabe, los define la RAE como palos armados `con un pincho de hierro, que se usa para defenderse y ofender´, de ahí que se emplee este término como sinónimo de carámbano, pedazo de hielo con forma puntiaguda y bastante peligrosa si se desprendiese sobre alguien, y esta es la razón de que la expresión caer chuzos de punta se aplique a situaciones complicadas. No creo que este señor aplicara su declaración a un contexto violento o revolucionario, pero sí, quizás, querría anticipar que vendrían épocas difíciles si no se cambian o revisan pronto muchos aspectos y procedimientos de nuestro actual sistema judicial.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 24, 2012

El DPD (24-2-12)

Está a punto de celebrarse el aniversario de la publicación de una de las obras que más han ayudado a consolidar y a entender nuestra lengua. Se trata del Diccionario panhispánico de dudas, o DPD, y supone, a grandes rasgos, el resultado del empeño demostrado por los directores de todas las Academias de la Lengua Española para ofrecer una panorámica global y unitaria del español y para resolver las dudas lingüísticas que se nos plantean dentro de nuestro idioma, hablado por algo más de cuatrocientos millones de hablantes.

Es, por tanto, una labor de unificación lingüística entre todas las naciones hispanohablantes. Pero los académicos de principios del s. XXI no han sido los primeros. En el s. XIX, cuando ya era un hecho la progresiva independencia de las colonias españolas en América, surgió el pánico entre los lingüistas de ambas orillas del Atlántico por si se repetía con el español lo mismo que le sucedió al latín. Al desaparecer el Imperio Romano, las distintas provincias (Hispania, Galia, etc.) quedaron desgajadas y abandonadas lingüísticamente a su suerte al dejar de existir una cabeza política y administrativa visible. Todas ellas tenían en común, entre otras cosas, el mismo idioma, el latín, pero este comenzó a evolucionar de manera distinta en cada una de las zonas y comarcas que habían formado parte del Imperio. El italiano surgió en Italia; en Francia, varias lenguas, como el provenzal o el retorrománico; y en la antigua Hispania latina fueron formándose el castellano, el catalán, el galaico-portugués —que posteriormente se escindió en dos lenguas casi gemelas, el gallego y el portugués—, el aragonés, el leonés y el desaparecido mozárabe.

El venezolano Andrés Bello, consciente del peligro, escribió a mediados del s. XIX una Gramática española que sirviera de modelo idiomático a todos los hispanoamericanos con el fin de que el español de América no se distanciara demasiado del hablado en España y para que, así, por muchos años que pasasen, nunca llegasen a existir entre ambos diferencias insalvables.

Ahora, bastantes años después, se ha elaborado un magnífico trabajo con el mismo objetivo: fortalecer la unidad lingüística de todos los hablantes del español. Pero se ha prestado una mayor atención sobre el español de América, y es de justicia, porque, frente a los cuarenta millones de hablantes que hay en España, en la otra orilla son casi trescientos cincuenta millones, y esto quiere decir que el peso lingüístico es más intenso de allí para acá que a la inversa. Y, si no, escuchen: es prácticamente seguro que, dentro de muchos años, casi todos los hablantes del español sean seseantes, de la misma forma que por influencia del español de América hoy todos somos yeístas. Con todo, esto no deja de ser mera conjetura ya que la evolución de una lengua es siempre imprevisible, sujeta a condicionamientos sociales, históricos, económicos y culturales que hoy en día no podemos prever.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 17, 2012

Tabernas (17-2-12)

La efervescencia por entrar y conocer de primera mano un gastrobar, ya saben, ese establecimiento mitad bar y mitad restaurante que sirve tapas a precios económicos para acercar la alta cocina a cualquier ciudadano, se ha ido desinflando en Madrid y algunos de sus clientes habituales, cansados posiblemente de tanta innovación, han vuelto a las tabernas castizas de la capital, a esas tabernas que conservan sus mesas y sillas añejas, de madera barnizada por el roce de los años, por el vino y por las palabras, esas tabernas que mantienen la misma decoración de hace décadas —alguna de principio de siglo—, con sus reproducciones baratas de cuadros de Romero de Torres, con sus modestamente enmarcados programas taurinos donde todavía palpitan los nombres de Sánchez Mejías o Marcial Lalanda y con esos viejos toneles de vino que parecen dormitar serenos mostrando impúdicamente a los clientes su buche orondo y báquico, a esas tabernas, en fin, donde todavía se sirven las comidas caseras de siempre, generalmente de puchero, debidamente regadas con un generoso vermú y con un buen vino de la tierra.

La taberna, en sus orígenes clásicos latinos, era una choza o cabaña de madera, bastante tosca, que era utilizada como comercio familiar o, posteriormente, como frugal e insalubre prostíbulo. El nombre ya está presente en los orígenes de nuestra lengua, incluso en los poemas de Berceo en los que relata la vida de santos o los milagros de la Virgen. En la Edad Media, la taberna era, a la vez, mesón, posada y establecimiento de venta al público de vino y alimentos, y era el lugar más frecuentado al margen, claro está, de la iglesia. El Arcipreste de Hita, en su Libro de Buen Amor, nos ofrece el dato de que en las tabernas de su época se solía «sotar con vellaco», es decir, era frecuente escuchar música y bailar con gente de baja calaña. Estas tabernas medievales eran el templo de los goliardos, aquellos monjes que renegaban de su orden y que, tras colgar los hábitos, vagabundeaban por los caminos de toda Europa —sobre todo por el Camino de Santiago— componiendo y recitando sus poemas cantados —los carmina burana— por las tabernas, en las que gastaban su escasa fortuna en el juego, en el vino y en las mujeres. En una de estas composiciones líricas, un goliardo anónimo escribe: «Quiero morir en la taberna, / donde los vinos estén cerca de la boca del moribundo; / luego, los coros de los ángeles bajarán cantando: / “Que Dios sea clemente con este buen bebedor”. / Más ávido de voluptuosidades que de la salvación eterna, / con el alma muerta, sólo me importa la carne».

De la palabra taberna surgió contubernio, que, en su origen, significaba `convivencia en una misma choza´, y, aunque el Diccionario de Autoridades la define como una convivencia amistosa entre dos personas, no tardó en emplearse con el sentido de amancebamiento o cohabitación deshonesta. Y, las vueltas que da la vida, hoy este término se usa más en política, con el sentido de ‘alianza indebida o vituperable’. ¡Cuántas decisiones políticas inmorales no se habrán acordado en el rincón apartado de alguna taberna bulliciosa, discreta y humilde vaciando vasos de vino y viandas humeantes entre risas femeninas y música embriagadora!

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 10, 2012

Harpastum (10-2-12)

Hagamos un viaje en el tiempo. Situémonos hace unos dos mil años en alguna playa del sur de Inglaterra. Un grupo de legionarios romanos están acampados junto a la costa esperando órdenes para levantar el campamento y comenzar la marcha, y, como disponen todavía de tiempo, deciden consumirlo tanteando a los soldados novatos con una de sus pruebas favoritas: ellos la llaman harpastum. Sobre la arena dibujan un espacio rectangular que equivaldría aproximadamente a un tercio de hectárea, y lo dividen por la mitad en dos áreas de dimensiones idénticas: en una se sitúan cuatro o cinco legionarios veteranos y, en la otra, otros tantos novatos. Tras un sorteo con moneda o dado, se coloca en el área elegida un pellejo de animal de forma más o menos esférica, rellenado con paja, lana u otros materiales parecidos, y el objetivo es intentar por todos los medios sobrepasar la última línea del área rival y que el otro equipo no sobrepase con el pellejo la línea que marca el final de tu campo. No hay reglas; todo vale: empujones, golpes, puñetazos, todo con tal de lograr un tanto y que los otros fracasen en esta prueba dura y violenta. Solían ganar los más curtidos, los veteranos, pero cuando ganaban los novatos se les admitía ya con el rango de aquellos. Era, por tanto, una prueba lúdico-bélica —muy lejos de lo que hoy entendemos por deporte—, de bautismo de entrada al grupo de élite de los legionarios más ejercitados.

De esto quedó constancia en Inglaterra durante la Edad Media, sobre todo en la zona de Norfolk, en un juego al que llamaban camping o campball, que era prácticamente similar al harpastum solo que los equipos estaban formados por vecinos de distintos barrios o por aldeas próximas, que tenían que llevar la pelota hasta el campo, zona o aldea rival. A veces, un mismo juego duraba días, y, debido a su violencia, fue abolido. Hubo que esperar hasta el siglo XIX para que este juego resucitara, con normas deportivas y con menos violencia, en el deporte que hoy conocemos como rugby. A finales de ese siglo, unos caballeros decidieron crear una modalidad deportiva distinta del rugby: emplear un balón esférico y no ovalado, no usar las manos salvo el portero y marcar los goles con los pies en la parte baja de la portería del rugby. Acababa de nacer el fútbol.

En programas deportivos que se emiten por los medios de comunicación podemos acceder a espacios dedicados a las jugadas conflictivas en el campo de fútbol. Uno de estos programas se llama “La polémica”. Los antiguos griegos empleaban el término polemikós, que significaba `el arte de la guerra´, en contextos que abarcaban estrategias y técnicas en el campo de batalla; el polimestés o polemista era un `combatiente´ que debía ostentar una formación física y una preparación estratégica envidiables. Y si por un momento miro tanto al pasado como al presente, si observo aquel legionario romano en las playas de Britania y, a su vez, a los futbolistas de élite actuales, parece efectivamente que el tiempo no ha pasado, que se ha detenido en un acotado terreno de juego en el que se enfrentan un grupo de animosos combatientes, un grupo de deportistas.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 3, 2012

Ars amandi (3-2-12)

Hace unos días, durante una entrevista a la televisión autonómica catalana, el arzobispo de Tarragona, Jaume Pujol Balcells, sorprendió a la opinión pública cuando instó a las mujeres a prestar más atención a sus maridos dentro del matrimonio. Sus palabras no tienen desperdicio: “En mi iglesia siempre les digo lo mismo, a quien tienes que cuidar más es a tu marido, que es el hijo más pequeño de la casa”. Eso de que a los maridos hay que cuidarlos más que a los propios hijos se me antoja antediluviano y antinatural, pero lo que ya me cuesta una barbaridad interpretar es que los maridos somos los pequeños de la casa: ¿quiso, quizás, decir que la mujer nos tiene que hacer la comida, nos la tiene que servir, debe tenernos preparadas las zapatillas y el periódico bien doblado al llegar a casa y nunca debe faltarnos ni los mimos ni las palabras suaves y agradables, que debe, en fin, consentirnos todo y jamás regañarnos por nada? ¿Y que puedo llevarme a mis amigotes a casa a ver el fútbol y bebernos la cerveza que queramos entre torres de pizzas por encargo? ¿Y todo este servicio al macho alfa sin pagar un duro? Ni el mismísimo rey Midas habría soñado con algo parecido. Afortunadamente, el arzobispo ha pedido perdón por todo ello.

Como si de un virus se tratara, casi inmediatamente, el arzobispo de Valladolid, Ricardo Blázquez, cuestionó la idoneidad de la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, para ser la pregonera de la Semana Santa de Valladolid de este año al no estar casada por la Iglesia. Ella ha manifestado que ya lo tiene preparado y que a nadie le quepa ninguna duda de que lo leerá. Las dos declaraciones episcopales han levantado ampollas en el ámbito social y político; así, Carme Chacón ha manifestado que “a las mujeres se las respeta, sean del PSOE, sean del PP o sean de los que te dé la gana”. E insistió: “No vamos a permitir que nos vuelvan a imponer a todos su moral, reclamaremos que traten con respeto a las mujeres […] ¿En qué siglo se creen que viven? ¿En qué país se creen que viven para meterse con una mujer por estar casada por lo civil?”.

Abrumado por tanta clarividencia arzobispal, he ido a mi librería y he consultado un libro del que había oído hablar. Se titula No le tengas miedo al sexo, así que ama y haz lo que quieras. El Kamasutra católico. Lo ha escrito un monje capuchino polaco, Ksawery Knotz, y es conocido como el “Apóstol del kamasutra” porque en esta obra, que ha sido un verdadero éxito de ventas, el fraile indica a los matrimonios católicos cuál es el mejor camino para “reforzar sus vínculos y tener una buena y feliz vida sexual, de acuerdo con los dogmas de la Iglesia”, y, para andar por este sensitivo trayecto, este clérigo, en palabras suyas, aconseja “incluir estimulación manual u oral”. Ahora no me extraña que este fraile imparta clases de educación sexual en el monasterio polaco de Stalowa Wola. No creo que Sáenz de Santamaría se matricule a distancia en este curso.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 27, 2012

Suicidas (27-1-12)

Una de las últimas líneas de investigación sobre personajes históricos que fueron relevantes en el devenir de la humanidad se centra en la figura de Julio César, y concretamente en la idea de que lo que le sucedió a las puertas del senado no fue un asesinato sino un suicidio. Julio César sabía que iba a morir ese día, ya estaba avisado de sobra de que lo iban a asesinar, y él, que sufría una epilepsia incurable, quiso que acabaran con su vida en el mejor momento de su carrera política y militar, y así ganarse una inmortalidad honrosa y honorable. Fue un acto noble por él; consideró que era el mejor momento de morir y fue al encuentro de la muerte. El suicidio, efectivamente, era en la antigua Roma, como en algunas culturas lejanas de la europea, la mejor salida ante una situación desesperada motivada por razones familiares, económicas, laborales, militares o políticas; en la cultura japonesa, por ejemplo, se practicaba el seppuku —consistente en rajarse el vientre— para limpiar la deshonra, y, según consta en algunos documentos históricos, los mayas veneraban a Ixtab, la diosa del suicidio. En Europa, san Agustín, en el s. IV, fue el primero en considerar el suicidio como pecado porque atentaba contra el sexto mandamiento, y, a partir de entonces, sobre todo en la Edad Media, se prohibió enterrar al suicida en campo santo, su alma era enviada al infierno y su cadáver, cabeza abajo, era arrastrado públicamente con una estaca clavada en el pecho para ser golpeado por las gentes; la Iglesia, luego, confiscaba todos sus bienes. Fue a partir del siglo XIX, en Europa, cuando la cultura de la muerte fue liberada y pasó a un ámbito estrictamente privado; grandes escritores e intelectuales decimonónicos —como Larra o Lord Byron— decidieron suicidarse para huir de una existencia asfixiante, hipócrita, aburrida e insignificante.

A pesar de que el suicidio ha estado presente en la historia de la humanidad y en sus costumbres, veo deplorable y una tragedia social el suicidio de un adolescente. Leí hace poco que Gabrielle Joseph, una chica británica de dieciséis años, modelo de profesión, de carácter feliz, extrovertida y adorable según sus familiares y amigos, se quitó la vida lanzándose frente a un tren en marcha al haberse sentido poco deseada por parte del chico que a ella le gustaba porque este le había dado un plantón, y todo ello lo anunció pocos minutos antes en algunas redes sociales, como Facebook o Twitter. Solo pasaron setenta y cinco minutos desde que recibió el mensaje del chico en el que anulaba la cita hasta el momento del suicidio.

Dicen los expertos que el perfil del adolescente suicida responde a un joven crítico, muy perfeccionista, que no tolera el fracaso ni la frustración, que se siente poco querido y sin haber encontrado un lugar propio en el mundo. Los padres de Gabrielle acaban de lanzar una campaña en Gran Bretaña para concienciar a los adolescentes de que el suicidio no es la salida, sino que deben hablar con la gente más cercana a ellos, y que hay solución para todos los problemas existencialistas que padecen. Seguro que lograrán su objetivo: con diálogo y comprensión se podrán evitar tantas muertes inútiles.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 20, 2012

Genios (20-1-12)

La memoria almacena frases célebres, muchas de las cuales corresponden al comienzo de una obra literaria imborrable y eterna, que, al desempolvarlas, podrían dibujarnos a su autor. Varias veces he intentado figurarme el rostro inteligente y lúcido del autor de “Pues sepa, vuestra merced, ante todas cosas que a mí llaman Lázaro de Tormes”, iluminado por la luz de un candil e inclinado sobre un pedazo de papel rugoso y desigual; o he procurado imaginar lo que tenía en su mente don Leopoldo en el instante en el que empezó a escribir las primeras letras de “La heroica ciudad dormía la siesta”; y, en fin, se me antoja un capricho de la fantasía evocar la figura ya madura de don Miguel, enmudeciéndosele los ojos rebosantes de experiencia y de sabiduría en el momento en que los fijó sobre una cuartilla y escribió “En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…”.

Con treinta y ocho años, un joven colombiano se sentó una mañana frente a su máquina de escribir y comenzó a teclear: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Unos cuarenta años más tarde, Gabriel García Márquez recordó ese momento en un discurso leído como agradecimiento al homenaje que recibió en el IV Congreso Internacional de la Lengua Española, celebrado en Cartagena de Indias; al rememorar cuándo escribió aquella primera frase, confesó lo siguiente: “No tenía la menor idea del significado ni del origen de esa frase ni hacia dónde debía conducirme. Lo que hoy sé es que no dejé de escribir durante dieciocho meses hasta que terminé el libro”. Esos dieciocho meses dieron a luz Cien años de soledad, obra maestra de la literatura hispana y universal.

En 1997, en Zacatecas, Gabo también fue protagonista de aquel I Congreso Internacional de la Lengua Española y no por motivos literarios, sino por la polémica que originó con unas declaraciones que le valieron la repulsa de los académicos y la desavenencia de la mayoría de los hablantes del español. Afirmó: “Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lágrima donde diga lagrima ni confundirá revólver con revolver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?”. Tras pasar un cierto tiempo, García Márquez suavizó su postura, quién sabe si porque recordó algún fragmento de algún maestro, como esa “batalla nabal” —que no “naval”— que Quevedo describe al comienzo de su Buscón.

Los genios sufren a veces deslices, resbalones y una extraña osadía circense. Pero se les disculpa el descuido por su gran aportación a la cultura y al progreso y provecho de la humanidad.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 13, 2012

Sibaritas (13-1-12)

No soy muy dado a las series televisivas porque, aunque sus primeros capítulos suelen entretener bastante para atrapar al mayor número posible de espectadores, progresivamente van incorporando contenidos, personajes y acciones que desvirtúan y enflaquecen la tensión argumentativa inicial. Pero sí hubo una serie que me pareció magnífica desde el primero hasta el último de sus capítulos. Es española y lleva por nombre Crematorio. En ella se dibuja de una manera excelentemente realista y exacta, con sus aristas y contornos muy bien trazados, a unos individuos alicantinos vinculados al ámbito empresarial inmobiliario que a lo largo de los años fueron enriqueciéndose a base de especulaciones, cohechos y malversaciones, estrechando incluso, cuando se antojaba necesario, la mano negra de la mafia rusa para extorsionar a gente incómoda y para blanquear dinero sucio. Detrás de estos personajes fríos descubrimos a sus familiares repartidos en tres generaciones: algunos participan del negocio con la misma insensibilidad que la del patriarca empresarial; otros actúan con el desapego y la ingratitud aprendidos en el ámbito doméstico, pero mostrando una fragilidad emocional que estremece; otros, en fin, aparecen como víctimas desengañadas por el desenfreno y la inmoralidad de sus padres o de su cónyuge.

No es algo actual que muchas ciudades mediterráneas supongan un atractivo centro para el trapicheo, el hedonismo y la inmoralidad. Algunas de ellas, como Marbella, Benidorm, Mallorca, Valencia o Alicante, se han hecho tristemente famosas porque en ellas se han destapado casos de corrupción urbanística y empresarial en los que han participado desde ciudadanos anónimos hasta representantes de la política local y nacional o quienes han empleado su nombre o sus vínculos y contactos familiares con las más altas esferas para llenarse los bolsillos con el dinero privado o con el público. Junto al mar Jónico, sobre el golfo de Tarento, se fundó una ciudad griega a la que llamaron Síbaris. No solo fue una ciudad próspera, sino que se convirtió en la más floreciente de todo el mundo civilizado del siglo VIII a. C., con varios centenares de habitantes, gracias a su actividad agrícola con Mileto y Grecia; se llegó a decir que en su ciudad había canales que acercaban el vino del campo a la ciudad y que el trabajo de herreros y carpinteros se había prohibido para evitar a los ciudadanos el molesto ruido que generaban. Eran tantas sus riquezas que, por ejemplo, los cabellos de los niños eran atados con cintas de oro, y los hubo, según se cuenta, que dormían sobre lechos rellenos con pétalos de rosa frescos. Por todo ello, sus habitantes pronto se ganaron la fama de ser muy refinados y de disfrutar de una vida hedonista volcada en el placer; tanto es así que el gentilicio sibarita se empezó a usar como sinónimo de depravado o disoluto, según aparece en alguna edición del DRAE del s. XIX: `Muy dado a regalos y placeres´.
Los sibaritas del s. XXI emplean el ladrillo en lugar del cereal, pero el hedonismo y la inmoralidad gozados por aquellos y por estos son casi similares.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 6, 2012

La señora Chelo (6-1-12)

Los vecinos y el círculo más o menos amplio de amistades la ven como una señora de exquisitos modales que ella misma trata de preservar desde la incólume permanente hasta los andares, de costumbres intachables a las que diariamente saca brillo visitando la iglesia o asistiendo a obras benéficas, de conversación agradable que siempre se encarga de hacerla amena por ser aburridamente repetitiva, con sentido del humor aunque a veces se ría ella sola de sus chuscadas y la compañía se vea en la obligación de dibujar una sonrisa educada y socialmente correcta, y con un concepto algo rancio del abolengo familiar que no disimula desde las altas torres de su arrogancia y de su vanidad.

Pero, de puertas para adentro, la señora Chelo se desenmascara descargando tanta tensión histriónica y tanto fingimiento social con muchos de sus allegados, y principalmente con Bartolomé, su marido, un buen hombre, de espíritu noble y algo flemático, al que ha sabido someter a su voluntad durante algo más de cincuenta años faltándole al respeto casi a diario mediante gritos impertinentes, menosprecios e insultos vejatorios con los que ha conseguido no solo socavar su autoestima sino también minar su salud hasta convertirlo en una apariencia de lo que fue, y no como ahora, amilanado a los pies y a la sombra de su mujer, arrastrando pesadamente las heridas del tiempo y las de la vida por las calles de la ciudad, cabeceando su aflicción como un buey con un yugo insoportable, con el último insulto lacerándole todavía en la mente —otra nueva llaga que tardará en cerrar—, otro latigazo, otro tumbo para ver si se libra del yugo, pero sin fuerzas ya, cerca posiblemente del último surco que le queda por labrar, y la familia callada, sin reprocharle nada a la señora Chelo por no causar más disgustos a Bartolomé, solo diciendo las verdades cuando ella no está, y, mientras, aguantando sus salidas de tono de mujer consentida y mimada desde que era niña, sin permitir que alguien le lleve la contraria o que le levante un poquito la voz, sus palabras impertinentes disparadas desde unos labios con forma de cuenco invertido que dibujan en su cara alargada y fatídica una mueca de insolencia y soberbia, la señora Chelo, la señora presente en los principales actos benéficos de la ciudad, de profundos y cerrados golpes de pecho, compartiendo chismorreos y permanente con otras señoras distinguidas, de gesto afable y sonriente, educadísima en los círculos sociales, ella, la señora Chelo, tan agria y destemplada cuando se embute en su bata desgastada y descansa de su agitada vida pública haciendo añicos la privada, ella, la señora Chelo, a la que creíamos en vías de extinción dentro del ruedo ibérico y de este gran teatro del mundo que no para de sorprendernos, ella sigue procurándose su alta y merecida cátedra celestial sabiendo que seguirá encendiendo crispaciones, atizando comadreos y reavivando asperezas mientras devora fríamente las doce uvas del nuevo año.

Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 23, 2011

Gambetear (23-12-11)

Confesó el prestigioso filósofo español Francisco Javier Sádaba en una entrevista concedida a la televisión que el fútbol era una de sus pasiones más sinceras y afirmó con rotundidad que fue él quien acuñó la reflexión de que jugar al fútbol es pensar con los pies. Hacía tiempo que yo no oía unas palabras tan acertadas, elogiosas y tan reivindicativas de un deporte que, en opinión de sus detractores, es un reflejo del bajo nivel intelectual y formativo de muchos españoles que se sientan frente al televisor con un cerveza en la mano, alienados en ese mundo lúdico-deportivo que se dirime sobre un tapete verde, ensimismados mirando cómo veintidós hombres ricos y en calzones deportivos corren detrás de un balón, arrebatados, en fin, por una decepción o una alegría desmesuradas según si ha vencido o perdido su equipo.

Jugar al fútbol es pensar con los pies, es materializar una estrategia que se adapta constantemente a cada acción del contrario —como si se tratara de una partida de ajedrez—, y jugar bien, triangulando, pasando con exactitud el balón al compañero, golpeando con corrección y precisión al balón con el pie o con la cabeza, ver al portero suspenderse en el aire o lanzándose felinamente al suelo para atrapar el esférico, esto es crear belleza, una belleza en movimiento, en directo, grabada en la retina y paladeada durante años recordando aquel partido perfecto, aquella jugada única e irrepetible, aquella parada imposible con la yema de los dedos, aquel gol que valió un campeonato, una belleza inmortalizada en unas imágenes que podemos ver repetidas y recordarlas cuantas veces queramos.

El futbolero serio y entendido va más allá de unos colores y de unas cervezas; crece y se enriquece admirando la belleza que puede nacer, en un momento dado, de las botas de un futbolista o de la estrategia de un entrenador. Y muchos de estos futboleros serios los encontramos en los medios de comunicación, con sus comentarios y con la interpretación que le dan a un partido, pero también con unos términos, muchas veces creados en la fragua de su teclado o del papel, tan originales y tan hábiles que reflejan su admiración y cariño por este deporte. Leo en una crónica deportiva que «Iniesta gambeteó a su contrario y pasó a Xavi». Nos recuerda el DRAE que una gambeta es un movimiento hecho con las piernas “jugándolas y cruzándolas con aire”, como lo que hacen los caballos con sus corvetas, y que esa es la razón de que en algunos países hispanoamericanos se llamen gambetas a los regates futbolísticos. Magnífico término. Como el de ariete para un delantero (DRAE, `viga larga y muy pesada, uno de cuyos extremos estaba reforzado con una pieza de hierro o bronce, labrada, por lo común, en forma de cabeza de carnero´), o el del verbo percutir con la carga semántica de hacer hueco a través de los jugadores contrarios («El centrocampista intenta percutir por el centro»).

El fútbol es, sin duda, una gambeta de las piernas y del pensamiento, reflejada inequívocamente en el idioma.

Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 2, 2011

Tonterías (2-12-11)

Cansado de la rutina informativa y del torbellino político generado tras las últimas elecciones generales en España y con el ánimo abierto a la sonrisa, busco en la red, selecciono y al fin leo lo que una joven llamada Tatiana Castro, miss Colombia y candidata a miss Universo en el año 1994, respondió aquel año a la pregunta de a quién salvaría en un incendio en un museo, al perro guardián o a los cuadros. Así contestó: “Al perro, porque ellos también son seres vivos”. Si Darwin levantara la cabeza, quizás creería encontrar el eslabón perdido en esta señorita. En ese mismo año —fatídico, como se ve, para la investigación y la docencia—, la señorita Heather Whitestone, que aspiraba a miss Estados Unidos por el Estado de Alabama, se quedó muy hueca y relajadísima cuando descerrajó este monólogo: “No viviría para siempre, porque no deberíamos vivir para siempre, porque si debiéramos vivir para siempre, viviríamos para siempre, pero no podemos vivir para siempre, por lo que no viviré para siempre”. Si esta moza hubiese sido coetánea de Cervantes y este hubiese tenido la fortuna de conocerla, sin duda en ella se habría inspirado cuando en el primer capítulo de la primera parte del Quijote, justificando la locura del hidalgo manchego, escribió don Miguel: “[…] y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafío, donde en muchas partes hallaba escrito: la razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura, y también cuando leía: los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas se fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza. Con estas y semejantes razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas, y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara, ni las entendiera el mismo Aristóteles, si resucitara para sólo ello”.

Yo, desde luego, no quiero acabar como mi paisano literario intentando encontrar el sentido a tales despropósitos y tonterías. No hay un étimo claro para el adjetivo tonto; es uno de los pocos términos que tenemos en la lengua cuya procedencia se desconoce. Lo más seguro es que esta palabra tuviera un origen expresivo, tal como sucedió con otras como lelo, bobo o memo. Fue muy frecuente a lo largo del siglo XVI y muy usada por los principales escritores; así, Santa Teresa de Jesús escribió: “¿Para qué quieren que escriba? Escriban los letrados que han estudiado, que yo soy una tonta y no sabré lo que me digo, pondré un vocablo por otro con que haré daño”. O el albaceteño Pedro Simón Abril, que en su Traducción de la Ética de Aristóteles, de 1577, calificaba con este término a unas determinadas personas: “Pero de los que exceden, el que excede en no temer no tiene nombre (y ya habemos dicho en lo pasado, que muchas cosas hay que no tienen proprio vocablo), mas puédese decir hombre loco y sin sentido, y tonto, el que ninguna cosa teme”.

Es un hecho comprobado que siempre ha habido más tontos que de costumbre habitando entre nosotros; quizás habría que plantearse si esto nos hace más humanos.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 25, 2011

Que es gerundio (25-11-11)

Al dejar el rey Sebastián I de Portugal vacío el trono por la ausencia de descendientes, Felipe II encargó al duque de Alba la invasión del país vecino. Sin encontrar apenas resistencia, las tropas castellanas llegaron a Lisboa y Felipe II fue proclamado rey de Portugal, con lo que no sólo logró la unificación política de la Península Ibérica, sino la anexión a la Corona española de las posesiones lusas en Brasil, África y Asia. Aquel fue el momento de mayor expansión y esplendor de un imperio en el que el sol no se ponía nunca.

Para controlar toda aquella administración económica, territorial, militar y humana, Felipe II determinó contar con la ayuda de un grupo de personas que trabajarían para él. No solo acababa de nacer la burocracia, sino que se había dado el primer paso de lo que siglos más tarde será la figura del funcionario. Desde hace algo menos de doscientos años, el lenguaje administrativo ha ido royendo las fronteras que mantiene con la lengua coloquial y ha logrado inmiscuirse en el habla habitual de los hablantes del español. Pocas, muy pocas, son las influencias positivas que de él hemos recibido; sin embargo, numerosas han sido las aportaciones que han empobrecido la lengua denominada en su día por Nebrija —y nunca antes tan acertadamente— “compañera del Imperio”.

De entre todas ellas, posiblemente la más perniciosa ha sido la del uso incorrecto del gerundio. Sobre él, lo mejor que se puede decir es que cuanto menos se use, mejor; es como esa amistad forzada y necesaria a la que nos vemos obligados a saludar, pero con la que no intimamos porque no nos inspira confianza. Así pues, usémoslo poco, como un acto de cortesía hacia él y nada más. Pero cuando se utilice, debemos recordar que hay que hacerlo cuando su acción y la del verbo principal se efectúen al mismo tiempo. Fijémonos en que no es lo mismo decir “Se acercó a su hija saludándola” que “Se acercó a su hija y la saludó”; en el primer caso, las dos acciones —la de acercarse y la de saludar— se llevan a cabo al mismo tiempo (mientras se acercaba la saludaba); en el segundo, primero se acerca y luego la saluda. Por tanto, es totalmente incorrecto el siguiente titular: “La Bolsa bajó al comienzo de la sesión, recuperándose al final de la jornada”, porque las dos acciones no se realizan al mismo tiempo; diríamos: “La Bolsa bajó al comienzo de la sesión y se recuperó al final de la jornada”. Asimismo, y por la misma razón, es aconsejable usar ciertos conectores discursivos (en resumen, para finalizar o como conclusión, por ejemplo) en vez del correspondiente verbo en gerundio (resumiendo, finalizando o concluyendo).

Casi siempre fijamos nuestra mirada en la historia pasada y la convertimos en un modelo que seguir, pero, a veces, comprobamos abnegadamente que de algunos barros nos sobrevienen otros tantos lodos. Del lenguaje administrativo, de esa retórica funcionaria que se fue forjando a lo largo de los siglos, poco bueno ha llegado como ejemplo al ámbito normativo del idioma.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 18, 2011

Idiotas (18-11-11)

Hace unos días, y con un mes y medio de antelación, en Viena han encendido oficialmente el árbol navideño y han plantado en el centro de la ciudad los puestos en los que se venden los productos típicos de estas fiestas. Ya se sabe que con el alumbrado de las luces en calles y establecimientos da comienzo la campaña navideña, que, para algunos, no es más que un mes comercial, de derroche económico y de diversión, y que, para otros, supone una época entrañable y de unidad familiar marcada por la festividad religiosa. Sea como fuere, lo cierto es que se trata de una temporada que te obliga a sentir emociones extremas, ya que o se vive con mucho gozo y alegría o con profunda amargura: casi no caben las medias tintas.

Mi vecino Felipe, que es un malhumorado y se las gasta muy mal, me comentó que estos días solo los disfrutan los niños y los idiotas. Esta palabra no tenía en su origen un sentido insultante. Los antiguos griegos llamaban idiota (idiotés) al que se apartaba de los asuntos públicos y se ocupaba exclusivamente de los suyos propios; la raíz idio– significa `propio´, y de aquí otros términos como idioma (`lengua propia´) o idiosincrasia (`forma de ser particular´). En la antigua Grecia, el idiota era asimismo el que vivía apartado y huraño, y por este motivo se le consideraba una persona inteligente, un filósofo de la vida al que la gente acudía en busca de consejo y consuelo espiritual. Cuando la palabra pasó al latín, fue adquiriendo poco a poco el sentido actual pues se aplicaba para referirse a la persona que se alejaba del conocimiento común y, por lo tanto, caía en la ignorancia; en la Edad Media, se empleaba idiota para referirse al fraile iletrado y que no sabía latín. Fray Antonio de Guevara, en su Libro áureo de Marco Aurelio —uno de los libros más importantes del XVI español­—, escribe: “Yo antes daría la vida a un búbalo [`búfalo´] simple que a un idiota maliçioso, porque aquel animal vive en utilidad de muchos y sin daño de alguno, y el hombre idiota vive en daño de todos y sin provecho de alguno”.

Nos cuenta Filón de Alejandría que, tras la muerte de Jesús, un grupo de judíos comenzaron a agruparse para vivir aislados de la sociedad y seguir la forma de vida que aquél había sermoneado. Éstos se hacían llamar terapeutas, y vivían de manera muy sencilla, dedicados a comer, filosofar y practicar el culto en comunidad. Tras la comida de la tarde, el proedros o presidente del grupo comentaba las sagradas escrituras y comenzaba a cantar. Imaginándonos esto, no es de extrañar que estos excluidos o idiotas llevasen una vida relajada, feliz y sin estrés, y que su modo de vida sea en la actualidad, y para algunos, un modelo de terapia.

Al despedirnos, le contesté a Felipe que era un exagerado, pero que, de todas formas, tuviese en cuenta un consejo de Freud, que de psicología sabía un rato: “Existen dos maneras de ser feliz en esta vida: una es hacerse el idiota; la otra, serlo”.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 11, 2011

Sabotaje (11-11-11)

Billy Hayes, norteamericano de nacimiento, fue recluido en una cárcel de Turquía por tráfico de drogas en el año 1970 y, tras cinco durísimos años de malos tratos y vejaciones inhumanas en aquella prisión, consiguió escapar en 1975. Al regresar a EE. UU. decidió escribir su autobiografía, que publicó en 1977, y esta inspiró a Alan Parker para rodar un año después, en 1978, El expreso de medianoche, considerada como una de las mejores películas del cine contemporáneo ya que, al margen del óscar ganado por Giorgio Moroder (banda sonora) y por Oliver Stone (mejor guion), logra como pocas describir la desesperación humana con un realismo verdaderamente impactante. Lo que no esperaba Billy Hayes fue la mala propaganda turística que su libro lanzó contra Turquía, un pueblo rico en arte y cultura, orgulloso de su historia y de unas raíces ancladas en el famoso imperio otomano, cuyo momento de mayor expansión lo vivió entre los siglos XV y XVI cuando se había anexionado Grecia, Bulgaria, Rumanía y los Balcanes tras la toma de Constantinopla.

Esta hegemonía a lo largo de tantos años queda reflejada con la presencia de varios vocablos turcos en nuestra lengua, algunos de los cuales resultan sorprendentes pues los usamos diaria y repetidamente. Los turcos llamaban a su calzado šabata, y se popularizó tanto que apareció en lenguas como el árabe (sabbat), el francés (savate), el portugués (sapato) o el español (zapato). En catalán encontramos sabata, y de ahí nombres y apellidos como sabater (`zapatero´). Un caso muy peculiar es el del italiano, en donde pasó a escribirse ciabatta, y que nosotros hemos introducido en español para referirnos a un tipo concreto de pan, la chapata, que precisamente tiene forma aplastada y alargada como la suela de un zapato.

Pero hay más palabras que hemos adoptado del turco. El país otomano puso de moda un preparado lácteo consistente en evaporar a la mitad una cantidad determinada de leche y añadirle después un fermento para su conservación. A este alimento lo denominaron yoğurt, y no tardó en adquirir fama por toda Europa. Los turcos, que eran y siguen siendo unos excelentes orfebres, llaman al oro altln, y de esta palabra ha derivado la castellana latón, que, aunque nada tiene que ver con aquél, sí se parece en el color y brillo. Además de otros términos como turbante o sultán, la lengua turca nos ha prestado dos vocablos muy singulares: al refresco de zumo de frutas con azúcar o hecho con otros ingredientes lo denominan şerbet, y entró en español como sorbete; al igual que el kőşk, que era un pabellón construido en los jardines y que nosotros llamamos kiosko o quiosco.

De vuelta al calzado, los franceses llaman al zueco sabot, y de aquí crearon el verbo saboter, que pasó al español como sabotear. Billy Hayes, para evitar cualquier sospecha de sabotaje turístico contra Turquía, regresó a este país en 2007 para pronunciar una conferencia sobre la democracia y pidió perdón por el sentimiento antiturco que su libro generó tras su publicación; todo acabó en una cerrada y sonora ovación. Qué vida esta.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 4, 2011

Apagón (4-11-11)

La semana pasada, debido al llamado “horario de invierno”, nos vimos obligados a retrasar los relojes una hora para contribuir al ahorro energético, medida que, para la mayoría, resulta desde hace ya unos años bastante impopular porque nos altera el descanso y el metabolismo a cambio de lograr un ahorro real verdaderamente irrisorio. Todo esto me recuerda al apagón de electricidad de cinco minutos ideado hace unos años en Francia para concienciar al planeta sobre el imparable cambio climático causado por la utilización de fuentes de energía contaminantes; sin embargo, aunque monumentos y lugares emblemáticos europeos quedaron en tinieblas, la mayoría de los ciudadanos no apagó ni una sola bombilla, lo cual llevó a algunos a bautizar aquel acontecimiento como “el apagoncito”. Además, y para más inri, el corto apagón motivó paradójicamente una subida en los niveles de contaminación al tener que encenderse de nuevo automáticamente las centrales térmicas cuando los europeos pulsaron los interruptores tras los cinco famosos minutos en tinieblas.

Quizás ustedes sepan que los verbos apagar y pagar son hermanos mellizos. En la Edad Media se empleaba apagar con el sentido de `satisfacer o apaciguar a alguien´, justo el mismo significado que tiempo atrás adquirió su hermano mayor pagar, es decir, `satisfacer o contentar a una persona´. Los dos provienen del verbo latino pacare (`pacificar´), que lógicamente tiene la misma carga semántica que su étimo: pax (`paz´). Así que no resulta un trabalenguas ni un acertijo el afirmar que al apagar los interruptores —y pagar, así, menos— estamos doblemente contentos y satisfechos.

Ahora bien, el verbo apagar comenzó a usarse a partir del siglo XVI y de manera generalizada con el sentido de `aplacar´ o `extinguir´ algo. También hoy en día decimos “apagar la sed” o “apagar la ira”, y en ambos casos se emplea como `aplacar´ estas sensaciones; y, lógicamente, al apagar las luces las estamos extinguiendo, las estamos matando, como cuando se apaga un incendio. Posiblemente piensen que he exagerado al emplear el término matar para la luz o el fuego, pero lo he hecho a propósito porque apagar tuvo un duro competidor hace siglos en el verbo amatar. En su Libro de Buen Amor, el Arcipreste de Hita escribe que “mala es de amatar la estopa que arde”; y Santa Teresa de Jesús recomienda en su Libro de la vida que, cuando el sentimiento amoroso es muy intenso, hay que procurar “amatar la llama con lágrimas suaves y no penosas”. Al margen de estos dos ejemplos, en los cuales el sentido empleado es el de extinguir una llama, también eran comúnmente aceptadas en aquellos siglos frases como “amatar las ganas de comer”, esto es, con el significado de aplacarlas.

El apagoncito fue solo un gesto simbólico que no supuso un ahorro de energía ni tampoco contribuyó a reducir las emisiones contaminantes a la atmósfera, pero sí marcó un toque de atención hacia una trágica realidad: que nuestro planeta se está asfixiando y agotando, y que entre todos lo estamos extinguiendo, lo estamos apagando.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 28, 2011

Eufemismos (28-10-11)

Antes de aquel día había oído en las declaraciones de muchos testigos que la explosión les había parecido como la de una bombona de gas, una explosión seca y potente, capaz de hacer añicos los cristales de muchos metros a la redonda y de convertir en una masa informe y grotesca de metal los vehículos más próximos a la detonación. Era viernes por la mañana, a primera hora, y justo cuando cerré la puerta de mi casa para coger el ascensor oí la explosión, no demasiado potente, amortiguada, sin duda, al estar yo rodeado de las paredes del pasillo, dentro de la estructura del edificio, pero sí lo suficientemente destructiva como para destripar la ventana de la cocina y hacer saltar las alarmas de varias viviendas. Todo lo que quedó de la onda expansiva fue una columna de humo negruzco apenas visible desde la cocina y a través de un marco metálico, ya herido y desvencijado, que, con los pocos cristales rotos que apenas se sostenían, parecía la mandíbula maltrecha de un escualo colgada de la pared a modo de trofeo.

Ya abajo, en la calle, la visión era dantesca: un coche destrozado, con sus tripas de metal por fuera, como garras crispadas, y dentro un hombre inconsciente, cuyo rostro estaba difuminado por la negrura de la pólvora quemada y con las piernas desmembradas, deshechas en jirones de carne chamuscada, huesos rotos y sangre cauterizada. Afortunadamente, la bomba lapa no explosionó unos minutos antes, cuando dentro del coche del capitán Aliste aún iban montados sus hijos, peinados y somnolientos, de camino al colegio. El militar sobrevivió, y me emocionó oír su voz días después del atentado decir con entereza que a Eta se vence desde la ley y no desde la venganza, la misma voz que escuché de nuevo hace unos días por la radio manifestando su alegría tras el comunicado de Eta en el que anunciaba el abandono definitivo de la violencia.

Ese mismo viernes del atentado, cuando entré en mi clase de la Facultad, me dirigí a mis alumnos para recordarles que los actos criminales, vengan de donde vengan, hay que nombrarlos directamente, sin rodeos, sin eufemismos. Y puntualicé que los medios informativos se empeñan en hablar de “artefactos explosivos” cuando son bombas; o tratan y comentan sobre el “impuesto revolucionario” cuando estamos ante una extorsión; o se contabilizan “víctimas inocentes” cuando son muertos y asesinados.

Como aquel día, como aquella fría mañana salmantina, hoy también deseo hablar sin rodeos tras el anuncio de alto el fuego definitivo de Eta. Y creo que nos estamos acostumbrando al eufemismo y al uso de términos neutros que no expresan directamente lo que se desea: “alto el fuego permanente” o “camino hacia la democratización en el País Vasco” se me antojan frases huecas; abandono definitivo de las armas y de la violencia, disolución y desaparición de la banda terrorista y convivencia en paz y tolerancia lo significan todo.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 21, 2011

El lenguaje futbolístico (21-10-11)

No cabe duda de que, dentro del campo periodístico, es en el ámbito del deporte donde la lengua española alcanza su mayor actividad creadora, y sobre todo en las crónicas escritas, que atesoran una magnífica colección de figuras retóricas, frente a las orales, más proclives al error lingüístico. Debido a la gran aceptación social que vive el deporte en España, y principalmente el fútbol —el deporte rey—, algunos lingüistas relevantes han subrayado la decisiva influencia que los periodistas deportivos ejercen sobre los oyentes. Tanto es así que el profesor Lázaro Carreter definió la crónica deportiva —tanto oral como escrita— como el más destacado “taller de forja idiomática”.

Pero entremos algo más en materia. Una de las particularidades que define este lenguaje deportivo es el uso hiperbólico o enfático del idioma, ya que todo tiende a sobredimensionarse —un gol, un resultado, un partido, una victoria histórica,…—. Y el mejor ejemplo podemos encontrarlo en la abundancia de términos que pertenecen al campo semántico bélico: se habla de lucha fratricida entre dos equipos locales o regionales; los goles son misiles que traspasan el fuselaje del rival; un entrenador tiene preparada toda su artillería ofensiva; un equipo se atrinchera; un campo de fútbol es un fortín; los goleadores son cañoneros que engatillan su pierna buena para disparar a portería; un equipo visitante se encuentra en territorio enemigo; si se gana con facilidad se habla de paseo militar, pero se dice victoria épica si se ha vencido dejándose la piel en el campo; un goleador de falta directa es un francotirador; un delantero fusila al portero lanzando un obús imparable, pero, cuando no golea, es porque tiene la pólvora mojada

También recoge muchos términos del campo semántico religioso. Hace unos días leí: “El Madrid tenía el mejor demonio posible: Caparrós. Un diablo para exorcizar”. Pero podemos encontrar más ejemplos: a los jugadores que caen en el campo víctimas de una entrada peligrosa se les aplica el agua milagrosa y se ponen de pie en menos que canta un gallo; un equipo que se deja golear hace de buen samaritano, y el que gana continuamente hace su particular peregrinaje al título; cuando un equipo no ha jugado bien nadie se salva de la quema; un jugador que mete su primer gol en Liga recibe su bautismo de gol…

Asimismo hay términos recogidos del mundo del mar: tirar por la borda el trabajo de un mes cuando los jugadores han perdido el rumbo y no hay uno que se convierta en el timonel de la nave y evite el naufragio, el hundimiento; o cuando un futbolista hace agua (que no aguas, que eso es orinar) por la banda es porque está jugando mal y, como una embarcación, comienza a hundirse por el agua que se va filtrando.  Y del lenguaje taurino: un jugador remató la faena tras apuntillar a un equipo difícil de lidiar, y salió por la puerta grande de un estadio en el que se colgó el cartel de no hay billetes. Y, en fin, del lenguaje musical —un jugador da un recital cuando juega muy bien—; del de la política —se le da un voto de confianza a un entrenador—; del circense —un entrenador está en la cuerda floja—; del gastronómico —un equipo se merienda a otro—; etc.

Así pues, hemos comprobado la permeabilidad y heterogeneidad del lenguaje futbolístico al nutrirse de un gran número de términos de otros campos o disciplinas, y es esto, precisamente, lo que hace de él un campo fértil de productividad y lozanía lingüística.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 7, 2011

Pícaros (7-10-11)

Cuando me presentaron, hace ahora casi veinte años, a Pepe S., lo primero que me dijeron fue que venía de Hispanoamérica y que era el hermano del embajador de su país en España. Este parentesco unido a unos modales exquisitos, a un verbo ágil y lúcido, a una pronunciación simpática de las sibilantes y a una conversación siempre amena le otorgaban un encanto que sabía explotar muy bien a sus cuarenta años a pesar de no tener un físico extraordinario, pues no era demasiado alto, estaba algo pasado de carnes y lucía una barba espesa que solo dejaba libres de sombra una nariz gordezuela y unos ojos pequeños y picarones. Había venido a nuestro país para hacer las españas, y su hermano, convencido de que no tardaría en asentar la cabeza, le fue pasando una pensión generosa que él se ocupaba y preocupaba en darle el responso tan pronto como la recibía hasta que el hermanísimo tuvo noticia de sus negocios y le cerró el grifo, de tal manera que del embajador solo quedó el recuerdo y unos folios oficiales de la embajada que Pepe sabía aprovechar muy bien para pedir favores, atenciones y alguna que otra entrevista.

Para subsistir colocaba el señuelo entre personas incautas y con dinero. Lo conocí en el Ateneo salmantino, a donde fui invitado para asistir a un concierto-recital de jóvenes escritores y artistas, entre los que se encontraba un japonés que tocaba la guitarra española más mal que bien y que había venido a España a perfeccionar su desfigurado estilo. Pepe, cuando supo que desde Japón le mandaba su padre espuertas de dinero, lo convenció de que, a sus diecinueve años, era un gran artista y, bajo la promesa de actuaciones y entrevistas, lo metió en su estrecho apartamento a cambio de que pagara el alquiler, las facturas, el supermercado y las botellas. Como sabía que idolatraba hasta el paroxismo a Joaquín Rodrigo, aquel verano consiguió unas entradas para el concierto que el maestro dio en El Escorial, y, tras la actuación y empleando sus artimañas, logró llevar al japonés al camerino del gran guitarrista; habría que ver al joven temblándole las piernas, sin parar de hacerle reverencias y diciendo entre lágrimas “maestro” cada vez que doblaba el cuerpo.

Coincidimos en muy pocas ocasiones porque no le era rentable; los favores económicos y académicos que me pedía quedaban huérfanos de padrino y sin bautismo, pero, a pesar de ello, mi compañía le resultaba agradable. La última vez que lo vi fue el día que me invitó a su casa a comer y, aunque insistí en pagar yo el pollo asado que pedimos por teléfono, él fue tajante: “Esto lo paga Hiro Hito”. Así llamaba al pobre japonés, en cuya cara me pareció adivinar aquel día que se estaba cansando de tanto engaño, palabrería hueca y desplantes, masticando lenta y ceremoniosamente la carne, en silencio y sin levantar la mirada, mientras Pepe, entre chascarrillos y risotadas, se limpiaba con el dorso de la mano los pegotes de grasa que quedaban temblando en la barba en una escena que recordaba a la de los pícaros áureos, aquellos que, a cambio de ayudar en las cocinas negras y pringosas de los mesones y ventas, picaban (de ahí su nombre) los escasos restos de comida.

Después supe que a los pocos días el muchacho volvió a Japón sin su guitarra, a la que abandonó triste y desafinada en el aeropuerto, y que Pepe, al quedarse con lo puesto, voló de Salamanca a Madrid en busca de otro nido con polluelos a los que desplumar.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 30, 2011

Washoe (30-9-11)

De las opiniones que se han vertido desde diferentes medios de comunicación acerca de la prohibición de los toros en Cataluña me han interesado sobre todo las de personalidades del mundo de la cultura y de la política, y he de reconocer que algunas me han sorprendido por su dureza, otras por su sentimentalismo aderezado con manifestaciones catastrofistas, y otras por su contundencia axiomática tanto a favor como en contra.

Roger S. Fouts y su esposa Deborah son psicólogos ya jubilados que han ejercido su labor investigadora y docente en la Universidad Central de Washington, concretamente en el Instituto de Comunicación entre Humanos y Chimpancés, y han dedicado gran parte de su vida en demostrar que la idea chomskyana de que el lenguaje es lo que singulariza y diferencia al ser humano del resto de animales está equivocada.

Washoe era una chimpancé que fue utilizada por la NASA en sus experimentos espaciales y que fue cedida a un grupo de investigadores en comunicación una vez que la agencia espacial decidió abandonar sus ensayos. La chimpancé pasó de ser expuesta a espacios no gravitatorios y de dar infinidad de vueltas a gran velocidad en una silla con correas a convertirse en la protagonista de un proyecto que ya ha pasado a la historia como uno de los grandes hallazgos en el ámbito de la comunicación: sería el primer animal en comunicarse empleando un lenguaje de signos similar al de las personas sordomudas. Para ello se tomó la decisión de criar a la chimpancé como una niña sorda, y así, tras años de educación y de comunicación entre Washoe y los humanos, asimiló más de cien signos con los que pedía comida, se disculpaba cuando hacía algo incorrecto, manifestaba que estaba alegre o triste, amonestaba a otro congénere cuando hacía algo mal e, incluso, insultaba. El matrimonio Fouts decidió adoptar otros primates y se sorprendió cuando comprobó que Washoe enseñó su lenguaje de signos a su nueva familia sin intervención humana. Tanto Deborah como Roger fueron grabando la convivencia diaria de los primates y demostraron que interactuaban y hablaban como una familia, que cuando unos discutían otros ponían paz, que para conseguir una caricia o un abrazo podían llegar a tirarse al suelo fingiendo un dolor o una agresión de un semejante, o que reñían a quien no se portaba correctamente. Roger Fouts no tiene ninguna duda de que los chimpancés son capaces de ordenar los signos visuales para conversar, empleando así una sintaxis rudimentaria, y de que con ellos pueden inventar y crear un discurso de manera artística.

En su reciente visita a Barcelona, los Fouts han mostrado su satisfacción por la prohibición de las corridas de toros en Cataluña y su deseo de que este paso sea una realidad en el resto de España. Cuando Washoe murió en 2007, este matrimonio norteamericano, amante de los animales y defensores de la dignidad de todo ser vivo, tuvo que sentirlo como si uno de sus hijos acabara de fallecer, y es por ello comprensible que asistir a un coso y ver a un toro sufriendo puyazos, desangrándose y estoqueado hasta su muerte contusionara la sensibilidad de estos ancianos. Los magníficos resultados de las investigaciones del matrimonio Fouts han sido muy bien recibidos por la comunidad científica española; sus declaraciones antitaurinas, sin embargo, habrán resultado desafortunadas para muchos ciudadanos que ven al toro como un animal vinculado al mito, a la lucha y al sacrificio, al devenir, en fin, de la propia historia y cultura de la humanidad.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 23, 2011

El origen (23-9-11)

Durante milenios, el hombre se ha interesado por descubrir el origen de las lenguas, o, para ser más exactos, averiguar cuál de todas las lenguas habladas en el mundo es la más antigua. Uno de los primeros testimonios de ello nos lo ofrece el historiador griego Heródoto, que relata cómo el faraón Psamético quiso saber qué lengua era la más antigua, la egipcia o la frigia, y para ello aisló a dos recién nacidos, uno de cada país, sin contacto con ningún ser humano, para ver en cuál de las dos lenguas hablarían primero. El experimento, lógicamente, fracasó.

La idea de que un idioma es algo innato, esto es, de que nacemos con la información de una lengua grabada en nuestros genes y en nuestro cerebro por obra de un ser superior y divino, se defendió hasta finales del siglo XVIII. Y esta postura se sostenía sobre bases teológicas: se pensaba que la explicación a la existencia de tantas lenguas repartidas por el mundo se encontraba en el episodio bíblico de la torre de Babel, y, como la lengua en que está escrito el Antiguo Testamento es el hebreo, se afirmaba que ésta fue la primera lengua de la humanidad.

Pero fue en España, concretamente en Cuenca, donde un jesuita, el padre Hervás y Panduro, demostró por primera vez el gran parentesco existente entre un grupo de lenguas aparentemente equidistantes comparando la misma palabra escrita en ellas. Así, pater (latín), padre (español), father (inglés), Vater (alemán),… constatan que tuvo que existir una lengua común muy anterior a ellas y de la cual proceden. Acababa de nacer la Lingüística Comparada y los cimientos de una nueva ciencia: la Filología. Hoy en día, el 99,7% de las lenguas conocidas, y siguiendo criterios de parentesco lingüístico, están reunidas en familias: las indoeuropeas, las semíticas, las caucásicas, las negro-africanas, las andino-ecuatoriales, las altaicas,…

Sin embargo, y a pesar de todos los avances alcanzados en este campo, todavía palpita un misterio que la ciencia no ha llegado a alcanzar: en qué momento y en qué lugar surgió la primera palabra emitida por un ser humano. El profesor Quentin D. Atkinson, biólogo de la Universidad de Auckland (Nueva Zelanda), ha publicado en la revista Science que esos primeros sonidos articulados, esos primeros vocablos emitidos por un ser humano con los que pudo crear un discurso y, por tanto, un código de comunicación, esto es, una lengua, pudieron tener lugar hace unos 70000 años en alguna zona del suroeste de África, y esta tesis ha sido respaldada por otros científicos como el biólogo Mark Pagel, de la Universidad de Reading (Inglaterra).

Sea como fuere, no podemos evitar el encanto de imaginarnos a un homínido evolucionado, capaz de reflexionar sobre la muerte porque conoce el enterramiento, y convertido en un animal social y familiar, emitiendo espontáneamente unos sonidos que ya no serían gruñidos porque por primera vez habrían sido articulados en su boca, pronunciando una palabra que en su mente representaría una idea, un objeto o una necesidad.

Nunca lo sabremos con exactitud. Pero no cabe duda de que, en los albores de la humanidad, con el pensamiento nació la palabra en los labios del hombre, y con ella la comunicación, la cultura y el progreso.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 9, 2011

Burquinis (9-9-11)

Como todos sabemos, el regreso al trabajo tras las vacaciones estivales conlleva varios sacrificios, y casi todos relacionados con el ámbito laboral. Pero, al margen de estos, hay otros que son tan difíciles de sobrellevar como si sufriésemos un insoslayable castigo divino que te condenase a soportar una pesada carga y, como Sísifo, llevarla monte arriba para luego despeñarte y volverla a subir, sentencia hacia la que, a fuerza de costumbre, uno siente una fobia enquistada, intensa y profunda, una penalidad como la que voy a compartir con ustedes, amables y fieles lectores, en el artículo de hoy. Me llamó el otro día un amigo para que nos viésemos al salir del trabajo y tomar una cerveza, que llevamos todo el verano sin vernos, que qué ha sido de ti este tiempo, que adónde has viajado, que ya me contarás. Con el ánimo penitente previendo el correctivo llegué al lugar de encuentro con gesto cambiado y, aunque lo observaba con esa cara de dolor y de sacrificado que a él no le importaba un bledo, no tardó nada en sacar su Tablet PC —que no sé cómo demonios se asentará este aparato lingüísticamente en nuestro idioma— para enseñarme las fotos, los vídeos, las grabaciones del mar en que se bañó, por la mañana, por la tarde y por la noche, porque no suena el mar igual, ¿sabes?, será por las mareas, las grabaciones de su perrito y las de su mujer roncando, así como los montajes audiovisuales de todo lo anterior, por lo que tuve que verlo todo de nuevo para mi castigo, y esta vez a cámara rápida y con música de fondo.

Pero como de todo hay que sacar provecho y enseñanza, me fijé en unas fotos que mi amigo tomó en una playa de Alejandría y que me llamaron la atención porque casi todas las mujeres que había sentadas en la arena o bañándose vestían un traje de neopreno que solo dejaba visibles la cara, las manos y los pies, y que parecían maniquíes articulados. Recordé entonces las imágenes en televisión de unos grandes almacenes de Kuwait en las que los maniquíes de los escaparates aparecían por ley enseñando solo la cara y las manos para que no incitaran al erotismo. ¿Esto no será el famoso burquini? Me dijo que sí, y que también lo llevaban puesto mujeres no musulmanas porque, además de proteger del sol, disimula cartucheras y michelines, que en Londres ha sido una de las prendas más vendidas pero que en Francia lo han prohibido porque lo consideran antihigiénico.

Sea o no así, lo cierto es que las mujeres de la foto que llevaban ese traje ceñido que les realzaba las curvas parecían muy atractivas, algunas estaban incluso maquilladas. Al final habrá que creerse lo que un estudio demuestra: que los maniquíes (del neerlandés manneken, diminutivo de man `hombre´) son una fecunda fuente de inspiración para nuestros deseos y sueños eróticos, y no sé si se habrán basado para tal conclusión en don Ramón Gómez de la Serna, que, tras la infidelidad de su pareja, compró un maniquí femenino en el rastro de Madrid al que lavaba, maquillaba, vestía elegantemente y sentaba en la mesa del salón cuando recibía visitas, y a la que le ofrecía comida y bebida como al resto de los comensales. “Esta seguro que no me engaña”, sentenció en una ocasión don Ramón mientras su lindo maniquí lo observaba desde la oquedad de sus ojos secos.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 2, 2011

Desiertos de absenta (2-9-11)

Cuando al caer la tarde contemplas Albi desde la otra orilla del río Tarn, con su puente milenario semejando una mano extendida dando la bienvenida al viajero como un ritual que prometeicamente debe cumplir, y compruebas que el sol, huidizo ya, ha encendido como brasas, de un tono violáceo intenso, los ladrillos arcillosos de su catedral, comprendes por qué a esta localidad francesa se le ha otorgado recientemente la distinción de Ciudad Patrimonio de la Unesco. No creo descabellada la idea de que esta ciudad me haya fascinado por el hecho de que, cuando llegué a ella y la descubrí desde fuera, me recordara a Salamanca —la misma silueta recortando el cielo, ambas bañadas por un río, con puente antiguo, y construidas con un material que, tras ser besado voluptuosamente por el sol, cobra vida—, y ello a pesar de algunas claras diferencias como la gastronómica. En Albi, por ejemplo —esto aún no ha llegado a la ciudad del Tormes—, son frecuentes los puestos ambulantes de ostras, algo parecidas a los ostiones andaluces; y no se crean que estoy escribiendo algo inapropiado: la palabra latina ostrea, al llegar al castellano, perdió la r y se quedó en ostia, pero como resultaba malsonante se empezó a pronunciar de nuevo con r, y quedó en ostra, como la tenemos hoy en día, salvo el caso de los ostiones andaluces, claro.

Albi, además de ser el núcleo en el que se incubó la secta albigense y de donde surgieron los cátaros, es la ciudad natal de Toulouse-Lautrec, que, desde bien pequeño, se impregnó de los colores y fragancias del paisaje local. Una de las pasiones del pintor fue la bebida; inventó el “Terremoto”, añadiendo algo de coñac a su bebida favorita, la absenta, a la que Hemingway definió como “la alquimia líquida que cambia las ideas”, y que aparece en muchos de sus cuadros y cuya ingesta excesiva le llevó al pintor en alguna ocasión al delirio, como aquella en que disparó a las paredes de su habitación creyendo que estaban llenas de arañas.

Otra de sus pasiones fue la gastronomía; él mismo se consideraba un sibarita en el arte culinario, y, de hecho, a él se debe la invención de espolvorear cacao sobre una mus de chocolate. Fue este entusiasmo gastronómico el que le llevó a escribir un libro de recetas que, al margen de ser difícil de encontrar en las librerías, es considerado un tesoro por muchos alquimistas de los fogones por las innovaciones que presenta, algunas de ellas casi imposibles de servir en un restaurante occidental, como los saltamontes salteados —brillante paronomasia rítmica— acompañados con salsa de setas, y por ciertas extravagancias que en él se leen, como que para que la carne del pollo esté más tierna hay que matar al animal disparándole perdigonazos varias veces con una escopeta de aire comprimido. Toulouse-Lautrec se pasaba horas en los fogones de la amplia cocina de su casa, el castillo de Malromé, viendo cómo la cocinera, desde que amanecía, cortaba y desmenuzaba los alimentos en la gran mesa de madera que se situaba en medio de la estancia y cómo los iba añadiendo en una olla desmesurada, cociéndolos durante varias horas con vino tinto y agua y mezclados con las hierbas aromáticas que encontraban en el campo, a fuego lento y suave, como el que empezaba a calentar los rojos ladrillos arcillosos de la catedral allá en su Albi natal, y luego él probaba a elaborarlos cambiando unos ingredientes por otros, al principio torpemente y tirando el potingue resultante, y por fin creando platos suculentos que paladeaba tranquila y serenamente en la mesa del jardín del castillo acompañado casi siempre de su madre, una madre taciturna y resignada que se iba apagando conforme su hijo marchitaba su vida regándola con desiertos de absenta.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 24, 2011

Follones (24-6-11)

Mucho carácter, sin duda, mostraba nuestro hidalgo más universal en las numerosas aventuras y desventuras vividas y padecidas, sobre todo en aquella en la que fue apedreado por unos arrieros mientras velaba sus armas en la venta que él creía castillo. Le disgustó sobremanera no ya que éstos hubiesen arrojado su armadura al suelo para dar de beber a las yeguas y que lo hubiesen maltratado, sino la actitud del ventero —o el señor del castillo—, al que no dudó don Quijote de tildar de “follón y mal nacido caballero, pues de tal manera consentía que se tratasen los andantes caballeros”.

Considero muy interesante el término follón, entre otros motivos porque está presente ya desde los balbuceos de nuestra lengua. Se empleaba con dos significados, `iracundo´ y `cobarde, vil´, y su origen no tiene nada que ver con fuelle ni con su derivado follón (`ventosidad sin ruido´ o `cohete lanzado sin trueno´), sino con el catalán felló, que a su vez proviene del francés felon (`cruel, malvado´). Esta palabra está muy presente en el castellano medieval, principalmente en algunas novelas de caballería, como en el Amadís, donde se dice de Gasquilán “ser de linaje de gigantes y muy follón y soberbio”. Pero, a finales del siglo XVI y principios del XVII, estaba ya anticuada, razón por la cual Cervantes la pone en boca del caballero manchego para ridiculizar su habla y subrayar su locura trasnochada.

Hoy en día empleamos follón con bastante asiduidad, pero este vocablo no tiene nada que ver con aquel. El actual es un aumentativo de folla, que en el siglo XVI se usaba con el significado de `lance de un torneo en que se enfrentan dos cuadrillas desordenadamente´; así, por ejemplo, Lope de Vega, en su novela pastoril La Arcadia, escribe: “Este combate fue el postrero de las fiestas, y así comenzaron a prevenirse para la folla”. Debido al caos y desbarajuste de contendientes en aquellos combates, secundariamente comenzó a emplearse el término con los significados de `desconcierto, mezcla, diversión, confusión´. En su Relación y memoria de la entrada en Toledo del rey y la reina (hacia 1579), Sebastián de Horozco escribe que, tras los acontecimientos del día presenciados por la familia real, “acabose la folla con çierta cohetería qual quemó la tela y los despartió”. Precisamente de aquí, de esta última acepción semántica, proviene la expresión mala folla, muy común en el sureste peninsular (Almería y Albacete; en Granada se dice mala follá), y que no tiene nada que ver con el sexo, sino que posee el significado de `poca gracia´, `mala uva´ o `mala pata´.

Hace unas semanas que salimos de la campaña electoral, y, con tantos mítines, dimes y diretes, mi hijo me dijo en una ocasión: “Qué follón, papá; no entiendo nada”. “Ni falta que hace, hijo”, pensé para mí. Él es todavía un niño, y no me cabe ninguna duda de que aún no entiende que haya algunos políticos “follones” y otros folloneros; ahora bien, hay algo de lo que sí estoy seguro, y es de que se ha dado cuenta de que todos los políticos, sin excepción, tienen muy poca gracia.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 17, 2011

Guay (17-6-11)

Hay palabras que hibernan, que permanecen aletargadas durante muchos años en las calladas celdillas de un idioma y luego, inesperadamente, despiertan y circulan de nuevo, de boca en boca, entre los hablantes de esa lengua. Resulta chocante, pero es así. A lo largo de la historia del castellano, que ya tiene algo más de mil años, los hablantes no solo han ido incorporando términos nuevos —casi siempre por necesidad— sino que también han desechado otros por considerarlos desfasados o poco aconsejables para la moda lingüística del momento. Algunas de estas palabras ya han desaparecido; son técnicamente vocablos muertos, pues no pertenecen al mundo de la lengua viva, del español actual. Es el caso de broslar, muy habitual hace cuatrocientos años, pero que, paulatinamente, los hablantes fueron sustituyendo por bordar, que es el que hoy empleamos; o el término omecillo, que aparece en varias ocasiones en el Quijote, y que no tardó en desaparecer del uso porque lingüísticamente hubo claras preferencias por el cultismo rencor (del latín rancor).

Pero también se han dado los casos de palabras que no han desaparecido, sino que en un momento determinado fueron apartadas de la actividad y del ajetreo lingüísticos y, como hemos dicho anteriormente, se han mantenido guardadas en los cajones imaginarios de nuestra lengua, apaciblemente dormidas, hasta que un día son despertadas y reincorporadas al trajín incansable y caprichoso del idioma.
Eso es lo que le ocurrió a nuestra protagonista de hoy. En el siglo XIII, cuando el castellano comenzaba a afianzarse de la mano de Alfonso X el Sabio, se incorporó del gótico —lengua germánica ya desaparecida— la interjección guay para usarla en contextos que denotaban tristeza, lamento o desesperación, y su uso continuó hasta el siglo XVII. En el capítulo XL de la Segunda Parte del Quijote, la condesa de Trifaldi, en un lamento plañidero, implora al gigante Malambruno para que envíe al gran caballo Clavileño con el fin de que don Quijote y Sancho pongan término al “barbado” encantamiento de la dueña, la cual se lamenta de su suerte exclamando: “¡Guay de nuestra ventura!”. Esta interjección fue muy bien acogida en nuestro idioma, y se puso tan de moda que otras lenguas no dudaron en incorporarla, como fue el caso del portugués o del italiano (Dante la usó con frecuencia). Pero, como casi todo en esta vida, la fama es efímera, y el uso de guay tendió pronto a languidecer y hasta prácticamente desaparecer. Sin embargo, desde hace unos años se ha vuelto a usar este término, sobre todo por los hablantes más jóvenes, pero en contextos semánticamente más alegres, y no sólo como interjección —¡Guay!—, sino también como adjetivo —Es un cantante guay— o como sustantivo —El guay de tu vecino siempre está de botellón—.

Sea o no esta revitalización mérito de los jóvenes y haya sido de manera prevista o casual, el caso es que este acontecimiento no deja de ser una prueba más de que nuestra lengua, hoy más que nunca, palpita con fuerza entre sus algo más de cuatrocientos millones de hablantes.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 10, 2011

Electos sin rúbricas (10-6-11)

Esta semana ha sido muy intensa para muchos: por un lado, para los políticos electos de numerosas poblaciones, que han tenido que recargar sus plumas para rubricar los pactos ya inevitables con el fin de consolidar una cartera con garantías de gobernabilidad; y, por otro, para los alumnos de 2º de Bachillerato que se han enfrentado a la PAEG.

La RAE nos recuerda que el término electo hay que emplearlo para referirse a quien ha sido elegido o nombrado para un cargo pero que aún no ha tomado posesión de él. Así pues, un político electo no es aquel que trabaja en el puesto para el que fue elegido en las urnas, sino quien está a la espera de ocuparlo. Como si de una carrera de relevos se tratase, en este espacio de tiempo, que es de unos veinte días, los políticos en funciones que han desempeñado puestos de alta responsabilidad administrativa habrán facilitado a los electos todos los medios a su alcance para pasarles el testigo de la administración sin sobresaltos ni brusquedades, con normalidad democrática, por el bien de todos los ciudadanos.

Más tranquilidad, si cabe, es la de los jóvenes que están a la espera de sus notas de la PAEG y a las puertas de entrar en la Universidad. Ayer vi y me gustó el reportaje con el que un compañero de un canal de televisión cubrió el inicio de esta prueba. En un momento dado se refirió a los alumnos como “jóvenes rutilantes”, y creo que es un adjetivo que ha sido empleado en este contexto con un acierto magnífico. Me sorprende, además, que se trata de un término que no suele pasar desapercibido en el uso idiomático actual a pesar de ser uno de los cultismos más frecuentes en la literatura del Barroco español y de conservar la misma carga semántica. Proviene del verbo rutilare, que significa `brillar como el oro´, y que, a su vez, procede del adjetivo rutilus (`brillante, resplandeciente´). Así, por ejemplo, en un poema de principios del siglo XVII se narra que Dánae se levantó la falda para recoger la lluvia rutilante en que se había convertido Júpiter para poseerla. Estos jóvenes preuniversitarios, según me pareció interpretar de las palabras del periodista, son rutilantes o brillantes porque sobresalen en talento, y ojalá que así sea porque son los que ocuparán dentro de unos años los puestos de trabajo que irán quedando vacantes.

Pero el adjetivo rutilante también se empleaba para aludir a un color rojo intenso (“centellas rutilantes que escupe la fragua”, escribió Lope de Vega), algo parecido a rubricado (`de color rojizo´, del latín ruber `rojo´), porque, antiguamente, los textos y las firmas solían escribirse con tinta roja; hoy en día, rubricar solo se aplica en el sentido de firmar o de suscribir algo. De esta misma familia léxica es el apellido del gran pintor barroco de la escuela flamenca, Rubens (`bermejo, de vivo color´), y otros términos que tenemos en español como rubor o ruborizarse (`ponerse colorado´).

Esperemos, ya para terminar, que este paso que acaban de dar los políticos electos y los jóvenes de la PAEG sea como una primera rúbrica de un futuro fructífero en lo personal y en lo profesional.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 3, 2011

Agresivos (3-6-11)

Entretener, junto con informar y crear opinión, son las principales funciones sociales de los medios de comunicación. En ocasiones, cuando enciendo el televisor suelo buscar documentales de divulgación científica para intentar no quedarme atrás en los últimos descubrimientos logrados en el campo de la ciencia y de la tecnología. Hace poco, en uno de esos programas se afirmaba que un grupo de investigadores habían demostrado que la inteligencia humana no había avanzado nada desde la Edad de Hierro, y para ilustrarlo pusieron un ejemplo de lo más convincente: si un niño nacido a principios del siglo XXI fuese llevado en un viaje imaginario a través del tiempo hasta la Edad de Hierro, se desarrollaría usando las mismas destrezas lingüísticas y tecnológicas existentes en aquella era; y al contrario: una criatura nacida hace unos cuatro mil años y traída a la época actual podría educarse sin dificultad y llegar a conseguir —de proponérselo— cualquier meta profesional.

Pero si la inteligencia humana no ha avanzado nada en los últimos milenios, qué podríamos decir del comportamiento hacia sus semejantes. En política, en familia, en el trabajo, en la calle, hasta en las aulas se reafirma la teoría darwiniana de que la evolución es un proceso muy lento, de que hacen falta muchos milenios más para que el hombre pierda el cordón umbilical que lo sigue manteniendo unido a sus ancestros menos racionales. Precisamente desde la pantalla del televisor se está poniendo de moda, como si de un deporte nacional y ritual se tratase, la agresión tanto física como verbal. El otro día escuché en las noticias a un trabajador relatar que una compañera, fuera de sí, lo amenazó en la oficina con que le iba a estampar el ordenador en la cabeza; en el Congreso de los Diputados, nuestros representantes, luciendo una chabacanería lingüística impropia de su puesto y de su responsabilidad, empujan a los ciudadanos al desencanto y a la desconfianza; en el ámbito familiar, en fin, no disminuyen, desgraciadamente, los casos de violencia doméstica.

Lo agresivo. Sí. Dice el DRAE que por agresivo se entiende todo hombre o animal —que casi es lo mismo— que tiende a la violencia, o por aquel que ofende, falta al respeto y provoca a los demás. Pero junto con esta definición se nos ha colado en nuestro idioma un anglicismo semántico que no es bienvenido: en inglés, el adjetivo aggressive se suele emplear para definir a una persona dinámica, emprendedora o enérgica en un ámbito determinado, como puede ser su trabajo; en cambio, en español, el vocablo agresivo solo se usa con el significado que hemos señalado anteriormente, registrado en el diccionario académico, y nunca en contextos semánticamente positivos. Por esta razón, puede causar espanto leer los anuncios de varias empresas —algunas, incluso, de reconocido prestigio— que necesitan incorporar “vendedores agresivos”, o bien de otras que hacen gala y ostentación de tener entre sus filas a los mejores “ejecutivos agresivos”. ¿Se imaginan a uno de estos trabajadores obligándonos, bajo amenaza física y extorsión, a que invirtamos en sus productos? Después de cómo va el carro de la economía, esto era lo que nos faltaba.

Dejémonos, pues, de agresividades y violencias, y ocupémonos en transformar los mamporrazos léxicos y físicos en delicadas caricias y educados comentarios.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 27, 2011

Movimiento 15-M (27-5-11)

He estado siguiendo vuestras movilizaciones convocadas por toda España, y también vuestras reivindicaciones y el modo como las habéis planteado. Dejadme deciros que, a pesar de que no sabemos a día de hoy el tiempo que va a durar vuestro/nuestro Movimiento 15-M, era tremendamente necesario este redoble de conciencia. Acabo de decidir que voy a escribir este artículo como si fuera una de las muchas plataformas digitales que en internet actúan de redes sociales; así, digo y afirmo que Me gusta ver al pueblo, a ciudadanos de todas las edades, condición social, credo e ideología acercarse a vosotros para ayudaros con lo que pueden y que necesitéis, aunque os critiquen de oportunistas o de que bajo vuestra bandera de neutralidad política se intuyen orientaciones más encaminadas hacia la izquierda y movimientos antisistema que hacia el centro o la derecha. Me gusta sentir que parte de la juventud española está viva a pesar de que la otra está irremediablemente adormecida por los efectos narcóticos de una sociedad capitalista, hedonista y utilitarista, de una sociedad a la que nosotros mismos, los que tenemos hijos, estamos arrastrados a adorar como a un becerro de oro, bello y atractivo por fuera, pero hueco y sin alma por dentro. Me gusta que defendáis la eliminación de los privilegios de la clase política y la aplicación de la ley penal contra los infractores porque ellos son también trabajadores y con una gran responsabilidad ética, que no es otra que la de poner su máximo empeño para que el Estado funcione con honradez y sin mancha de corrupción. Me gusta que abracéis con fuerza principios constitucionales como el derecho al acceso a una vivienda digna, mediante alquiler o compraventa, y dando una solución por la vía rápida y urgente a los miles de pisos paralizados o cerrados por la especulación. Me gusta que pidáis acceso a la formación y al empleo a un Estado que ha invertido millones de euros en vuestra educación, en la cual, si queremos que sea realmente de calidad, hay que invertir más y mejor. Me gusta que exijáis un control serio y definitivo de la fiscalidad y de las entidades bancarias, que son las que realmente gobiernan y dirigen los países, ridículas marionetas de ojos de felpa movidas por los hilos invisibles de la banca. Me gusta que reivindiquéis la independencia real del Poder Judicial y la implantación de una Ley Electoral más justa y equitativa.

Me gusta, en fin, ver vuestra ilusión y vuestras maneras de defender estas propuestas. Yo participé en el año 1986 en las manifestaciones estudiantiles cuando exigimos un cambio del sistema educativo; lo logramos, aunque ahora comprobamos que la Logse no es más que un triste bálsamo de Fierabrás demasiado estomagante y perjudicial. Lo logramos entonces, sí, a pesar de que empleamos revueltas callejeras que nos costaron algún que otro quebradero de cabeza. Vuestras formas son distintas y mejores; usáis medios pacíficos, estáis muy bien preparados y organizados, y lo estáis llevando a cabo en un país cuya democracia, al margen de sus deficiencias, es sólida y está consolidada. No desfallezcáis, mucho ánimo frente a las adversidades que os vais a encontrar porque el trayecto es largo y dificultoso. No olvidéis que, aunque en la sombra y desde la comodidad de este teclado, somos muchos los ciudadanos que os apoyamos y abrazamos.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 20, 2011

Deber de votar (20-5-11)

Ahora que acaba la campaña electoral y, con ella, casi dos semanas en las que hemos visto a los políticos lanzándose descalificaciones barriobajeras y prometiendo las minas de Potosí, considero que rescatar por un instante la figura de Aristóteles no vendría nada mal ya que inmortalizó una reflexión acerca de la política que en los tiempos que vivimos no nos debe dejar indiferentes. Según él, “la política es un ejercicio que nace de la ética”, de lo que se deduce que, en la antigua Grecia, la política gozaba de una altísima consideración, tanta que el ciudadano que se dedicaba a ella tenía que reunir unas características espirituales tales —nobleza de alma, altruismo, rechazo del enriquecimiento personal,…— que le permitieran ejercer con honor y responsabilidad su cargo público. Para muchos, la democracia ateniense es la más perfecta en la historia de la humanidad porque todos sus representantes eran escogidos desde y por el pueblo, y si alguno de ellos ejercía su función corruptamente era destituido al instante, se le aplicaba un castigo acorde con el delito y se nombraba a otra persona para que ocupara el cargo vacío.

Verbos como deber o poder han estado, de siempre, envueltos por un halo semántico de fuertes connotaciones sociales y políticas, tanto es así que, ya desde los orígenes de nuestra lengua, los vemos convertidos en sustantivos: el deber y el poder. Como verbo, deber puede expresar tres connotaciones semánticas según cómo se use; lo malo es que no suele emplearse correctamente. Si aparece seguido de un infinitivo, manifiesta obligación, como cuando se escribe que un equipo de fútbol “debe ganar el próximo partido si desea mantenerse un año más en 2ª División”, esto es, tiene que ganar para lograr la permanencia. Si, por otro lado, deseamos reflejar una duda o aproximación, usamos este verbo seguido de la preposición de: si, al preguntársele la hora, alguien responde que “deben de ser las ocho”, es porque no sabe con certeza la hora exacta. Por último, si usamos el verbo deber en condicional estamos aconsejando, y nunca va seguido de preposición: así, los dirigentes políticos “deberían serenarse a la hora de hacer públicas sus declaraciones y proclamas electorales”. A un responsable de la administración educativa le oí esta frase dirigida a un auditorio de estudiantes: “Vosotros debéis de estudiar más, y deberíais de seguir los consejos de vuestros profesores”. Mal ejemplo lingüístico impartido por un importante cargo educativo; aquello me sonó a algo parecido a lo que hace el padre que, con un cigarro en la mano, le explica a su hijo que fumar es un hábito canceroso y le exhorta a que no lo haga nunca.

A comienzos de la campaña electoral, la ley recuerda e impone al ciudadano que votar no solo es un derecho sino también un deber, es decir, una obligación, aunque haya algunos que lo duden y otros aconsejen lo contrario. El deber de votar es, sin duda, difícil de acatar, y más cuando observas la lista de candidatos y te percatas de que su única motivación política es ocupar un escaño para ganar prestigio e influencias, llenarse los bolsillos y cumplir las órdenes de partido aunque estas contradigan las promesas lanzadas durante la campaña electoral. La política, hoy en día, a pesar de ser necesaria, es un magnífico campo de maniobras para especializarse en la mentira, en la corrupción y en la inmoralidad. Así nos va a todos.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 13, 2011

Lisonjero y adulador (13-5-11)

He vuelto a ver el cuadro de Francesco del Cossa titulado Triunfo de Venus. Acercarse de nuevo a un cuadro es como releer un libro que te fascina: salen a tu encuentro emociones que tenías olvidadas y te invaden interpretaciones nuevas. En el lienzo, Venus, que simboliza la primavera, la sensualidad y el amor, está sentada en su trono tirado por dos cisnes; a sus pies, Marte, dios de la guerra, está de rodillas y encadenado al trono como gesto de sumisión: es la época del amor y de la paz. A ambos lados de estos personajes, Francesco del Cossa incluye escenas de cortejo amoroso en las que se ve a jóvenes adulándose y agasajándose entre galanterías, arrumacos y algún que otro ejercicio erótico subido de tono.

Estas escenas son una muestra clara de que los requiebros, halagos y adulaciones son más propias de los países latinos y mediterráneos que de otros más septentrionales, fríos y oscuros. Se ha llegado a asegurar, y no sin razón, que el piropear es un arte, pero un arte fino y delicado, tanto que la línea que separa un piropo adecuado y elegante de una grosería es muy fina. A todos nos gusta que nos agasajen con palabras que inflaman nuestra vanidad, y muchos se quejan de que se ha perdido el estilo y la galantería, y no esconden su cansancio por los exabruptos obscenos que tienen que soportar en el trabajo o en la calle. Recuerdo a una tía abuela comentar que a una mujer siempre le gusta que la adulen y piropeen con elegancia y buen gusto, “pero eso era antes, cuando los caballeros se descubrían ante una dama y le lanzaban piropos hasta enrojecerla”. Precisamente de ahí viene lo de piropo, porque, al escucharlo, la mujer sonrojaba como el color rojo intenso de esta piedra fina, el piropo, que es una variedad del granate. “Ahora hasta las mujeres piropean a los hombres. ¡A dónde hemos llegado!”, decía malhumorada y algo apolillada por el desasosiego.

Seguro que se habría puesto de los nervios si hubiese llegado a oír hace unos años a Naomi Campbell lisonjear al que entonces era su queridísimo fiancé, el presidente venezolano Hugo Chávez. En un ataque de arrebato pasional —de sobra son conocidas sus llamaradas incontroladas de celos— aseguró a la prensa que su Huguito “no era en absoluto un gorila, sino un toro”. Qué intensidad de verbo, qué arrebato tan sutilmente revelado; estoy convencido de que un piropazo como este le habrá causado al venezolano un hondo rejoneo, un puyazo certero y definitivo de esos que le hacen a uno crecerse en el castigo.

De púas y malas intenciones saben también mucho las alabanzas. Pedro Simón Abril, del que ya hablaremos en otra ocasión, alertaba del peligro de los aduladores en la traducción que hizo en 1577 de la Ética de Aristóteles marcando la diferencia existente entre los amigos y los lisonjeros: “El amigo conversa encaminando su conversación a lo bueno, y el lisonjero a lo deleitable, y, así, lo del lisonjero es vituperado y lo del amigo es alabado”. Los lisonjeros –apuntó Feliciano de Silva en su Segunda Celestina– “con la lombriz encubren el ançuelo, engañando el gusto hasta que tiran por el sedal y sacan la presa”.

Sin duda: el adulador persigue obtener un beneficio propio ensartando en su anzuelo una lombriz muy apetitosa. Tarde o temprano siempre cae la presa. El halago debilita, y así, cuando las defensas están bajas, el adulador no tarda en arremeter y derribar. Ya lo dijo nuestro don Miguel: “Mucho puede la alabanza en lengua de lisonjero”. Amén.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 6, 2011

Basiliscos (6-5-11)

Los cuatro últimos enfrentamientos futbolísticos entre los dos mejores equipos del mundo, Barça y Real Madrid, han transformado nuestras calles, nuestros ámbitos profesionales y de ocio e incluso nuestras casas en terrenos de discordia y de acaloramiento verbal. Con el gesto contrariado y hostil veo a compañeros de trabajo, a familiares y a transeúntes en general actuar como verdaderos basiliscos, hablando en voz alta y con los ojos enardecidos y delirantes mientras defienden a unos futbolistas e insultan a otros. La causa y la culpa de este arrebato general están en las declaraciones de los entrenadores de ambos equipos a los medios de comunicación y, sobre todo, en la actitud violenta y antideportiva que han demostrado algunos jugadores de ambos equipos en el campo.

Los he definido como basiliscos y quizás no haya exagerado mucho. En la Antigüedad, los romanos introdujeron en Europa una leyenda de origen oriental según la cual existía un ser que nacía de un huevo de serpiente fecundado por un sapo. Su cuerpo era pequeño y negro, salpicado de manchas blancas, y terminaba en una cola larga y delgada; lo más siniestro era su cabeza: fina y coronada con tres puntas o cuernos, de la que destacaban dos ojos encendidos en sangre que, al igual que sucedía con las Gorgonas de la mitología clásica, podían matar a un hombre con solo mirarlo. Era tal su ferocidad que su silbido ahuyentaba al resto de las serpientes, lo que convertía a esta criatura en la reina de los ofidios, y de ahí su nombre, basilisco, del griego basiliskos, que quiere decir `reyezuelo, rey de poca entidad´.

Por estas razones, existe en español la frase coloquial ponerse como un basilisco o estar hecho un basilisco para referirse a una persona muy airada y violenta. Una de las primeras documentaciones en las que aparece este uso es en el Quijote, concretamente en el capítulo XIV de la Primera Parte, cuando interviene Marcela para reivindicar que está libre de culpa de la muerte de Grisóstomo, que falleció al no ser correspondido este por el amor de ella. En su alegato ante don Quijote y Ambrosio, ella declara: “Tengo libre condición, y no gusto de sujetarme”; esto es, que su condición de mujer la hace libre y no la obliga a amar a alguien. Y si esta actitud le originase insultos y críticas, a ella no le importaría: “El que me llama fiera y basilisco déjeme como cosa perjudicial y mala”. Es este uno de los primeros casos en nuestra literatura en que encontramos a una mujer que ha decidido actuar al margen de las normas sociales establecidas y que deambula libre de la dominación masculina, a pesar de que esta independencia y soledad le supongan, dentro de la sociedad de aquella época, tales insultos y descalificaciones.

Hace unos días, en un programa de televisión, un padre recriminaba a su hijo sus ataques de violencia verbal por motivos futbolísticos y afirmó que su criaturita “se ponía como un obelisco”. Al oír aquello, fui yo el que se quedó como tal: de piedra, sí, y de una pieza. Lo peor del asunto es que se suele escuchar con frecuencia este desatino, incorrecto por incoherente y absurdo. Lo que podría justificar tamaño dislate es la semejanza fónica entre basilisco y obelisco, y también, probablemente, el patinazo cultural del hablante.

No recuerdo muy bien el nombre del señor que intervino en aquel programa televisivo, pero estoy seguro de que, si la Marcela cervantina lo hubiese escuchado, se habría espantado y luego —quién sabe— se habría tapado los ojos. Por si acaso.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 30, 2011

Vending (29-4-11)

Me propuse estas vacaciones aislarme del trabajo y de cualquier tipo de revisión o escrutinio lingüístico, así que convencí a mi santa para volar a algún lugar bastante alejado y disfrutar de unos plácidos y reconstituyentes días saboreando una intimidad que a lo largo de varios meses había dejado desatendida y maltrecha. Sin embargo, y aunque no fue tarea difícil la de enclaustrarme lejos de responsabilidades, finalmente sucumbí ante ciertos golpes idiomáticos que me dejaron aturdido. Pero quien por desgracia se quedó noqueada fue mi mujer, y en una silla de ruedas, con una doble fractura de peroné cuando pisó mal al bajar por unos escalones de piedra. El susto pasó rápido, pero no el dolor, por lo que fuimos en coche hasta el hospital más cercano. Allí se confirmó la gravedad de la lesión, la escayolaron y el traumatólogo me comentó que debía facilitarme, para poder volar de vuelta a la Península, lo que yo entendí como un “fichuflái”. Le solicité que me lo repitiera o que me explicara qué era ese artilugio, y me aclaró que no se trataba de ningún armatoste, sino de un permiso médico necesario para poder embarcar en el avión y que certifica que la escayola del paciente no es fingida. Tras echar mano de mis recursos con la lengua inglesa, conjeturé que el médico estaría hablando de un fit to fly, y así era. Pero sigo sin comprender por qué, en lugar de decir “Permiso para volar”, se emplea en ámbitos médicos y administrativos un engendro lingüístico derivado del inglés como “fichuflái”. Mueve a risa, sin duda, la sonoridad a la que puede llegar la lengua inglesa en boca de muchos españoles. “Fichuflái” es otro plástico y llamativo ejemplo del landismo lingüístico que cubre, como un hongo contaminante, la mentalidad de cientos de miles de hablantes en esta ibérica piel de toro.

De regreso al hotel paré en una gasolinera para repostar. Mientras llenaba el depósito, observé que en el letrero donde debía decir “Tienda” se leía Vending. ¿Vending? ¿Y qué demonios será eso? Le pregunté al empleado y me contestó con un marcado acento insular: “Una vending es una tienda, caballero, ¿qué va a ser?”. “Claro”, le dije, “en qué estaría pensando”. Ya se figurarán que entre el fichuflái y la vending no sabía en qué país o planeta estaba, y de si tenía que aprender algún idiolecto concreto para poder comunicarme. Yo ya conocía el puenting o esa empresa de vuelo que se hace llamar Vueling, pero tras lo de la vending me planteé asistir a algún cursillo acelerado de leering o de hablaring este código tan curioso. Después de repostar, ensayé con mi mujer algunas frases antes de llegar al hotel: “¿A qué hora es la cening?”; “Mañana por la mañana quisiera el desayuning en la habitación”. El chascarrillo sirvió, al menos, para reírnos un poco y hacer más llevadero el dolor físico y la incomodidad de la férula.

Con todo, les confesaré con la mano en el corazón que pocas veces me he visto en aprietos lingüísticos como aquel. A propósito, se dice con la mano en el corazón, porque si afirmamos algo “con el corazón en la mano” pareceremos o un personaje de una película de canibalismo o un paso semanasantero. Y la Semana Santa ya ha pasado, aunque para algunos con algo más de pasión.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 24, 2011

Biblismos (22-4-11)

La Biblia, por la gran importancia e influencia que durante siglos ha ejercido en el pensamiento, la ciencia, la cultura y las artes, hace honor a su significado etimológico, el `libro de los libros´. Difícilmente podríamos hallar otra obra que tanto haya inspirado a la cultura europea y occidental. Desde el punto de vista lingüístico, nuestra lengua no se ha visto ajena a este influjo y atesora un gran número de palabras y expresiones bíblicas que son, en su mayoría, de uso cotidiano y frecuente, y a las que denominamos biblismos.

En el capítulo 5 del Génesis nos encontramos con una lista de personajes bíblicos extraordinariamente longevos: Mahalalel vivió ochocientos noventa y cinco años; Quenán, novecientos diez; y Yéred, novecientos sesenta y dos. Pero la palma se la lleva Matusalén con novecientos sesenta y nueve años, lo que justifica la existencia de la expresión de que algo o alguien es más viejo que Matusalén.

San Pablo escribió su Epístola a los Efesios (ad Ephesios), y, como fueron pocos los convertidos debido a su tozudez e ignorancia, se ha quedado el término adefesio para designar un despropósito o una extravagancia, y, por extensión, a todo aquel que tenga un aspecto ridículo y estrafalario. Más vale ser un adefesio que un cainita, que es el que llegaría a matar a un semejante por envidia o con el fin de alcanzar sus propósitos.

Hay otros usos lingüísticos no tan frecuentes pero sí ingeniosos. Mi admirado profesor D. Eugenio de Bustos Tovar, con quien compartí docencia en las aulas de la Facultad de CC. de la Información de Salamanca, solía recordar entre sonrisas una expresión que oyó en algunas zonas de Castilla y León y que se dirigía a las chicas que habían conocido varios novios: está más sobada que el tígitur, porque esta página del misal, la que empezaba con las palabras Te igitur, solía estar algo más oscurecida que el resto al ser pasada continuamente con los dedos.

La expresión no saber ni jota o sin faltar una jota está tomada del capítulo 5 del Evangelio de san Mateo, cuando Jesús, durante su Sermón de la Montaña, dice: “El cielo y la tierra pasarán antes que pase una jota o una tilde (iota unum aut unus apex) de la Ley sin que todo suceda”.

Pero veamos más ejemplos. Cantar, bailar, hablar como los ángeles es hacerlo muy bien; cuando alguien goza de sus vacaciones decimos que está en el paraíso, pero es un calvario el tener que soportar las retenciones en el viaje de vuelta o a las visitas gorronas, y, en ese caso, no queda más remedio que tener más paciencia que el santo Job. Si llegamos tarde al trabajo, nuestro jefe pone el grito en el cielo, y, para más inri, nos pide que acabemos el trabajo acumulado en un santiamén, en lo que dura un paternóster; de solo pensar que hay que aguantar en el trabajo por los siglos de los siglos le da a uno ganas de hacer una barrabasada o, por qué no, de llorar como una Magdalena. Y ya tan solo nos queda esperar un milagro, echar la quiniela y que nos venga como llovido del cielo una pequeña fortuna, vamos, un maná para tapar algunos agujericos. Pero hay que ser realistas y debemos disfrutar de la vida que tenemos, porque el séptimo cielo está aquí en la Tierra y no en el Cielo, a pesar de que tengamos que padecer a nuestro alrededor a algún que otro judas que nos puede delatar si cometemos algún descuido. Amén.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 15, 2011

Esemeese (15-4-11)

Algo se había oído sobre la adicción que provocan las nuevas tecnologías, sobre todo los móviles e internet, que han convertido al hombre moderno en esclavo de las redes sociales y de pantallitas de muy pocas pulgadas y generalmente táctiles. Ahora, muchos psicólogos se alegrarán de saber que, en la Universidad del País Vasco, la cátedra de Psicología Clínica, representada por el profesor Enrique Echeburúa, ha denominado a este trastorno como “adicción sin sustancia”, y su diagnóstico suele coincidir con un paciente que está más de cuatro horas enganchado a internet o al móvil, que sufre trastornos del sueño y que se siente solo, deprimido y con un cierto nivel de autorrechazo que lo empuja a las redes sociales y al envío de esemeeses para sentirse escuchado y estimado dentro de ese mundo ficticio en el que interactúa.

En el pueblo de un amigo hay un personaje que representa perfectamente a este grupo de enfermos: Arnoldo Conejo. Solo lo conozco de vista: es flacucho, ligeramente chepudo y casi calvo, y una boca en forma de pico de pájaro que, junto con sus andares nerviosos y escurridizos, le otorgan un aspecto a medio camino entre el de una rata y una mantis. Dice mi amigo Raúl que es el vivo retrato del señor Burns, el personaje de los Simpson, y creo que no le falta razón.

Me inquieté cuando Raúl me llamó esa mañana temprano con la voz muy hundida para que quedásemos sin falta a desayunar y sin querer adelantarme nada por el teléfono. “Ya te contaré”, me contestó. Los cafés con leche nos miraban serenamente desde abajo como espectadores mudos de un drama; las emanaciones de vaho que de ellos se desprendían parecían los bocadillos de una conversación en una lengua solo inteligible para los enamorados de la soledad. “Charo y él llevan varios meses con un rollo que no me gusta nada”. Charo, su mujer, y Arnoldo se conocieron casualmente hace unos años. “En las facturas de teléfono he descubierto que en los últimos meses se han enviado cerca de trescientos mensajes, algunos a altas horas de la noche, otros por la mañana temprano… Imagínate la cara que se me quedó cuando lo vi”. Los cafés, expectantes y tiritando del frío que empezaban a sentir, habían enmudecido. “Lo llevo sabiendo hace tiempo, justo cuando ella empezó a distanciarse de mí. Anoche lo destapé todo y se quedó helada. Aún no se ha levantado. Hoy voy a acabar con esto”.

Dice Raúl que si los móviles hablaran no quedaría una sola pareja unida en el mundo. Está convencido de que la tecnología verdaderamente buena es aquella con la que los humanos no puedan nunca hacerse daño. “La pólvora es muy útil, pero se usa para matar; los móviles son comodísimos por si te quedas perdido en mitad de ningún sitio o para sacar entradas o para algunas cosas más, pero se usan para mentir sobre dónde y con quién estás o cuando mandas mensajitos cómplices y morbosillos a una persona que no es tu pareja”.

Un especialista en adicciones ha asegurado que cada vez que se recibe un esemeese se siente una emoción parecida a los efectos de la adrenalina —se acelera el corazón y se dilatan las pupilas— y que la gente adicta al móvil no sabe ni quiere vivir sin él. Después de hablar con Raúl, vi a Arnoldo por la calle. Él no me vio: iba escribiendo un esemeese sin prestar atención en dónde pisaba y con los ojos entumecidos incrustándose libidinosamente en la pantalla de su móvil.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 8, 2011

Bribones (8-4-11)

En la España de los Austrias, en aquella España de los siglos XVI y XVII, el número de vagabundos y pordioseros (llamados así porque solían decir Por Dios cuando mendigaban y pedían limosna) era tan elevado —debido a la carestía y al hambre— que los monarcas decidieron quitarse de encima este problema aprobando una ley sobre mendicidad según la cual el pueblo estaba obligado a darles limosna cuando la pidiesen, de tal manera que, en el caso de que un pobre acudiese a casa de un ciudadano, este debía facilitarle ropa y alimento si aquel lo necesitaba y lo reclamaba. Con esta medida, los reyes no perdían nada, mientras que el pueblo llano, que ya padecía la tremenda crisis económica, comenzaba a sufrir una carga social excesivamente pesada y asfixiante al tener que alimentar de unos bolsillos casi famélicos tantas bocas hambrientas.

Los mendigos y pobres eran tantos que entre ellos la competencia se iba haciendo cada vez más dura. Pronto se “institucionalizó” el noble arte de la picaresca, y quien lo asimilaba soñaba con ser el más espabilado, agudo y despierto para así alcanzar más caridades, limosnas y manutenciones. Las calles principales de las ciudades, las puertas de las iglesias y las plazas principales aparecían atestadas de tullidos y discapacitados, muchos de ellos falsos, que exhibían sus minusvalías para provocar la lástima entre las gentes del lugar. Y no escatimaban medios para conseguirlo; entre ellos destacaba la habilidad para convencer por medio de la palabra, para engañar con buenas palabras fingiendo pobreza, miseria, discapacidad o hambre para conseguir limosna. A este arte o modo de actuar con bellos y persuasivos discursos se le conocía como bribia, término que no es otra cosa sino una deformación vulgar de Biblia, porque este libro, además de su alcance teológico, religioso y existencial, era considerado un modelo lingüístico, retórico y de sabiduría. Y adquirió esta práctica tanta fama y renombre, que traspasó nuestras fronteras: el inglés adoptó el término bribe con el significado de `soborno´, palabra que también aparece en francés y en otras lenguas europeas.

Así, en el Guzmán de Alfarache, de 1599, Mateo Alemán alude a mendigos, llagados, ciegos rezadores, expresidiarios, soldados y marineros arruinados, músicos y poetas empobrecidos y vagabundos, y de ellos dice que “aunque todos convienen en la mendiguez, la bribia y labia son diferentes”.

A los que conocían y practicaban el arte de la bribia se les llamaba bribiones, palabra que más tarde derivó en bribones. En el magnífico auto sacramental de Calderón de la Barca, El gran teatro del mundo, el labrador le espeta al pobre: “No os andéis hecho bribón: y si os falta qué comer, tomad aqueste azadón con que lo podéis ganar”.

La historia se repite incansablemente desde hace siglos, y, aun en la España de principios del siglo XXI, lo que se lleva por muchos, movidos por la necesidad a la que quedan abocados por la crisis y la carestía generalizadas, es el latrocinio, la bellaquería y la bribonería, el dinero fácil y el engaño.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 1, 2011

Ropa robada (1-4-11)

Se acaba de hacer público que la tasa de criminalidad en España ha descendido un 1,8% en 2010 y se ha situado en el índice más bajo de los últimos diez años. A pesar de lo esperanzador de este dato, que sitúa a España entre los países más seguros de la Unión Europea, las cifras ofrecidas por la Guardia Civil y la Policía Nacional son demoledoras: entre delitos y faltas se registraron 1.745.313 casos, lo que significa que a lo largo del año pasado se cometieron en España de tres a cuatro delitos cada minuto. Si bien descendió la tasa de homicidios y asesinatos, y disminuyeron los delitos contra el patrimonio, el mayor porcentaje de faltas, un 73% de toda la criminalidad consignada, fueron de lesiones y hurtos.

Sea como fuere, lo cierto es que últimamente desayunamos con las noticias de casos cada vez más frecuentes de violencia doméstica; con las imágenes grabadas por cámaras de seguridad en las que se ve a gente de apariencia muy normal, que posiblemente se dirige a su trabajo o vuelve a su casa, que echa gasolina a su vehículo, se monta en él y se marcha sin pagar; almorzamos con la información de la desarticulación de una banda dedicada a desvalijar las mercancías de los camiones, robos realizados, en ocasiones, desde un coche en marcha, o con la de un politicastro de turno que se ha llenado los bolsillos por tráfico de influencias o por desvío ilegal de fondos; escuchamos casi a diario cómo ha caído una organización criminal especializada en el robo de cobre y acero, o de otra que se lucraba con la explotación sexual de mujeres introducidas ilegalmente en España; o cenamos con las imágenes de la detención de una red de pederastas o con las declaraciones de padres desesperados cuyos hijos han sido engañados y secuestrados.

España, históricamente, ha funcionado como escuela de lo que Antonio Machado expresó en su poema El mañana efímero como “al estilo de España especialista / en el vicio al alcance de la mano”; pero también, no lo olvidemos, nuestro país ha sido víctima del pillaje. Las tropas napoleónicas profanaron las tumbas de los reyes hispanos, saquearon las iglesias y conventos y se llevaron joyas bibliográficas y todo lo que tuviera oro, plata y piedras preciosas; incluso intentaron meter en Francia, durante su retirada por el norte de España, los cuadros más importantes que constituían nuestra pinacoteca. Otros que han pasado a la historia como un pueblo de saqueadores fueron los suevos. Cuando entraron en la Península a finales del s. IV y principios del V se les unieron las bandas de ladrones que deambulaban anárquicamente por el territorio hispano; los saqueos fueron tan habituales y violentos, que mucha gente se vio forzada a refugiarse en el sur de Francia. Ulfilas, obispo cristiano de origen godo, escribió: “Los pobres son saqueados, las viudas guardan luto, los huérfanos son pisoteados impunemente hasta el punto de que muchos huyen al enemigo buscando, según supongo, humanidad romana en los bárbaros”. Con la llegada de los visigodos, este caos desapareció; en su lengua, el verbo raubon se usaba para expresar la acción de robar con violencia, y este pasó al latín vulgar bajo la forma de raubare, y de aquí al castellano como robar. Al botín lo llamaban raupa, término que llegó a nuestra lengua como ropa. Curioso este parentesco léxico, quién lo iba a decir; pero no cabe duda de que la relación entre ropa y robar es muy conocida por los amigos de lo ajeno.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 25, 2011

Un cadáver inédito (25-3-11)

Si alguien, de manera accidental o voluntariamente, se acerca a los pies de la tumba de Isaac Newton, en la abadía de Westminster, comprobará que en ella se halla inscrito un largo epitafio escrito en latín —lengua de cultura y de la ciencia hasta hace algo más de un siglo—, en uno de cuyos fragmentos, traducido, se lee: “Dad las gracias, mortales, al que ha existido así, y tan grandemente, como adorno de la raza humana”. Más emotivo, sin embargo, me parece el que le dedicó Alexander Pope: “La Naturaleza y sus leyes estaban ocultas en la noche. Y dijo Dios: ¡Que sea Newton! Y todo fue Luz”.

Newton significó para el avance de la ciencia y de la cultura de la humanidad en el siglo XVII lo que Gutenberg a mediados del siglo XV con la implantación de la imprenta. Hasta la llegada del alemán, los ejemplares que podían circular de un solo libro eran realmente escasos ya que había que copiarlos a mano, y esto acarreaba que la cultura se extendiese en Europa despacio, tarde y tan solo a una pequeña élite de afortunados. La aparición de la imprenta supuso, por tanto, no solo que circularan varios centenares de copias de una misma obra en un muy poco tiempo, sino que cualquiera podía adquirirlas a un precio más o menos asequible, con lo que se logró que los libros —la cultura— llegaran por vez primera más allá de los monasterios, conventos y palacios.

La primera imprenta en nuestro país que arrojó letras de molde inmortalizadas con tinta sobre una base de papel se instaló en Valencia, en 1470. Los llamados incunables (del latín incunabula `pañales´) son los libros impresos desde la aparición de la imprenta hasta el 31 de diciembre de 1500. Si, en España, la imprenta comenzó a funcionar en el último tercio del siglo XV, no es de extrañar que la primera documentación escrita que tengamos en español de la palabra inédito sea de 1524, concretamente en una carta de Hernán Cortés. Si acudimos a nuestros diccionarios, se nos define inédito como aquello que no ha sido publicado o editado, independientemente del formato (papel, digital, vinilo, una foto, etc.), y se puede aplicar este término a una obra o a un autor (un escritor inédito es aquel que, a pesar de escribir, no ha llegado a publicar nada); incluso se puede admitir para inédito la acepción de algo `desconocido o no descubierto hasta el momento´ (el origen de ciertas enfermedades sigue siendo hoy en día algo inédito para la ciencia). De ahí la incredulidad que produce escuchar que, durante un partido, “el marcador ha permanecido *inédito”, en lugar de inalterado; o que, a lo largo de una representación teatral, un actor “ha pasado *inédito”, por inadvertido; o, en fin, que, alabando el triunfo de un opositor, se diga que el haber aprobado con una nota alta “es algo *inédito”, en lugar de asombroso, magnífico… o milagroso, según se mire.

Y ya que comenzamos con un epitafio, terminemos con otro. Se cuenta que un joven romano, al enterrar a su enamorada, mandó inscribir sobre la lápida la leyenda: CARO DATA VERMIBUS (`Carne dada a los gusanos´) dando a entender con ello que lo enterrado no era más que carne. La erosión y los años borraron las últimas letras de cada palabra, y solo quedaron visibles CA DA VER, de ahí el posible origen del término cadáver. A veces, misteriosamente, el azar y el ingenio también enriquecen una lengua.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 18, 2011

El coto y el sintagma (18-3-11)

A usted, amable lector, seguro que alguna vez le habrá sucedido fijar la mirada en ese objeto que un pariente o amigo suyo le regaló casi por compromiso y que no le quedó más remedio que incorporar al decorado de su salón, oficina o vehículo, y que ha ido sobreviviendo a lo largo de los meses, casi de manera parasitaria, hasta que finalmente decidió —a hurtadillas, desde luego— dar con sus restos en el cubo de la basura. Quizás, quién sabe, hizo con ese objeto lo que Gómez de la Serna practicaba cuando impartía sus famosas conferencias-maleta; sacaba de ella unos cuantos bibelots y los destrozaba con un martillo. Yo nunca he llegado a estos extremos destructivos, pero me confieso reincidente y sin posibilidad de curación en el cruel y premeditado acto de mandar a la papelera de reciclado estas insufribles e inútiles bagatelas.

Pues bien, algo parecido es lo que nos acontece con algunas palabras o expresiones de cuyo erróneo uso no nos percatamos hasta que un día fijamos en ellas nuestra sesera y las leemos cabal y serenamente, y decidimos corregirlas o reciclarlas.

Y para muestra, un botón. Como sabemos, el Tribunal Superior de Justicia de Castilla-La Mancha acaba de prohibir la media veda de caza por considerarla una actividad insostenible que pone en peligro el equilibrio de algunas especies, y numerosas escopetas que viajan por las carreteras de nuestra geografía para patear sus amilanados cotos y llenar de piezas sus famélicos morrales se han manifestado en contra de este fallo. En estos días me acuerdo mucho de ellos, sí, de los cazadores, cuando veo grabada en tantos carteles la frase Coto privado de caza. Verán por qué. Si leemos detenidamente el mensaje, la información que nos transmite no es otra que la de un coto que está privado de caza, es decir, que es un coto sin caza, por lo que se debería decir Coto de caza privado, esto es, que el coto de caza en cuestión es particular, de propiedad privada. No es que Coto privado de caza esté mal escrito; es que expresa algo totalmente distinto de lo que quiere anunciar. Si dentro del sintagma coto de caza incluimos algún otro término, nos puede llevar a una distorsión de su significado. Fíjense, si no, en que no es lo mismo una caja de sorpresas forrada que una caja forrada de sorpresas. O, si quieren, es como si, en lugar de parada de autobuses recién pintada, dijéramos parada recién pintada de autobuses; o traje cosido de luces —que en carnaval habría quedado estupendo— en lugar de traje de luces cosido; o, en fin, mando estropeado a distancia —que ya es difícil— en lugar de mando a distancia estropeado. No se extrañarán de que dedique un emotivo recuerdo a los cazadores, que, desde luego, tienen la moral muy alta, y lo digo por lo de ir a cazar a cotos donde no hay caza y aguantar un frío de justicia. Quizás ahora entienda yo eso de que los cazadores mienten más que cazan.

Para muchos, el título de nuestro artículo parecerá el de una fábula de Iriarte, pero convendrán conmigo en que lo que de verdad resulta fabuloso es la imaginación de algunos. No estaría de más escribir al Ministerio para que de una vez subsane tamaño disparate ahora que tan disciplinadamente han cambiado la señales de limitación de velocidad de nuestras autovías y autopistas.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 11, 2011

¿La lengua es machista? (11-3-11)

El género morfológico y el sexo son dos conceptos completamente distintos y que no tienen nada que ver porque el primero es una entidad gramatical y el segundo corretea bajo el amparo de la genética; ahora bien, el género morfológico suele coincidir con el sexo del ser vivo al que se refiere (el tigre / la tigresa). Así pues, el que un término sea masculino o femenino no guarda ninguna relación con ningún tema referente al machismo ni al feminismo: que la palabra árbol sea masculino no se traduce en que los primeros botánicos fueron machistas; y que el término ave sea femenino no significa que la de ornitólogo sea una profesión para mujeres o afeminados.

Una vez aclarado esto, debemos recordar que, en español, el género no marcado es el masculino. Esto quiere decir que con él podemos englobar términos femeninos y masculinos, y esta es la razón de que a este género se le denomina inclusivo. Si digo: “Los ancianos abandonados necesitan una atención constante”, me refiero a los hombres y a las mujeres de la tercera edad que están pasando por esa situación. El género femenino, en cambio, es el exclusivo porque con él solo se hace mención a términos femeninos y quedan fuera, por tanto, los masculinos; al decir: “Las ancianas abandonadas necesitan una atención constante”, se excluye a los varones.

La presencia del género inclusivo es absolutamente necesaria en una lengua por una cuestión de corrección y de economía lingüísticas; si no, imagínense que tuviéramos que decir, siguiendo con el ejemplo anterior: “Los ancianos y las ancianas abandonados y abandonadas necesitan una atención constante”. Este desdoblamiento defendido por sectores que equivocadamente desean abanderar una “igualdad de género” en el ámbito lingüístico sería casi irrealizable en algunos casos como este: “Ellos están enamorados”; ¿qué dirían estos “innovadores lingüísticos” aquí?: ¿”Él y ella están mutuamente enamorado y enamorada”, o quizás “Ella está enamorada de él y él de ella”? Lo que no es posible es el uso de paréntesis —*“Los(as) ancianos(as) abandonados(as) necesitan una atención constante”— y, menos aún, de signos matemáticos como la @: *“Querid@s amig@s”.

La lengua, tengámoslo en cuenta, no es discriminatoria ni promueve actitudes machistas porque el género inclusivo sea el masculino; la discriminación por motivos de sexo es una cuestión de ámbito social, pero no lingüística. Cuando en mi centro de trabajo se convoca a los profesores a una reunión académica, no se excluye a las profesoras porque se haya usado el masculino; ni lógicamente quedan excluidas las mujeres cuando leemos el siguiente titular: “Los españoles serán llamados a las urnas el próximo mes de mayo”. También hay que tener en cuenta que el contexto ofrece significados distintos de un mismo término: “En Libia no se están respetando los derechos fundamentales del hombre” (hombre: `Ser animado racional, varón o mujer´, DRAE); “La mujer debería tener en el hombre un buen apoyo” (hombre: `Varón que ha llegado a la edad adulta´, DRAE). No obstante, y solo cuando haya que romper cualquier tipo de ambigüedad, se usarán ambos géneros: “Todos los policías, tanto hombres como mujeres, deben superar las mismas pruebas físicas”.

No seamos partícipes, pues, del uso partidista y fraudulento que se hace del idioma por parte de ciertos sectores políticos y sociales. Simplemente ocupémonos de hablar y escribir con propiedad, corrección y sentido común.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 9, 2011

La mona (4-3-11)

Una de mis aficiones favoritas es la cocina, y a ella me acerco como catador —que gusta a todos— pero también como cocinero. Esto bien lo saben mis amigos y familiares. El otro día estuve consultando un libro de recetas del siglo XVI, el Libro de guisados de Ruperto de Nola, de 1529, y vi un plato que vendría muy bien para estas fechas: “Caldo lardero de puerco salvaje”, es decir, un guisado de jabalí cocido con su tocino y al que se le añaden varias especias y vino tinto. La gracia del plato reside en la grasa del animal, de ahí lo de “caldo lardero”, porque esta última palabra significa `grasoso, mantecoso´, y proviene de la latina lardo (`grasa´).

El Jueves Lardero, el último antes del Miércoles de Ceniza, recibe su nombre desde la Edad Media por ser el día señalado para que las gentes se atiborren de carne, como una festividad que inaugura los días de carnaval. Hay un refrán castellano que dice: “Jueves Lardero, carne en el puchero”. El Libro de Buen Amor (estr. 1373) nos ofrece una valiosa referencia de esta festividad medieval celebrada en algunos lugares de Castilla, y en esas villas los mozos se encargaban de mantear peleles que representaban a personajes eclesiásticos y políticos, escenificaban alguna escena divertida o visitaban al sacerdote para gastarle unas bromas. Las mujeres cocinaban los platos típicos, que consistían en incluir algo de adobo —lomo y chorizo, principalmente—, y, aunque estas recetas variaban dependiendo de la población, en todos los casos se solía preparar una especie de pan o de bollo con algún añadido en el centro. A este alimento lo llaman en algunos lugares coca; en otros, hornazo; en otros, tortilla de Jueves Lardero; y en otros, mona.

Cuando era pequeño no entendía muy bien por qué a este bollo se le llamaba mona. Intentaba encontrarle parecido con alguna parte de la anatomía de un chimpancé o de un simio; incluso, procuraba buscarle algo que delatase algún atractivo femenino, por lo de ser mona. Pero mi imaginación no daba para más; y por mucho empeño que hubiese puesto no lo habría conseguido, porque la palabra mona, con el significado de `hornazo, pan cocinado con viandas´, proviene del latín munda (`refinado, exquisito´). En el Diccionario de Autoridades, de principios del siglo XVIII, se define mona de esta manera: `Llaman en Valencia y Murcia la torta o rosca que se cuece en el horno, con huevos puestos en ella en cáscara, por Pascua de flores, que en otras partes llaman hornazo´. Estas palabras, que fueron escritas hace casi trescientos años, nos sorprenden por su actualidad geográfica y culinaria, y, desde un punto de vista folclórico, se mantiene la costumbre de salir de la ciudad e ir al campo para dar buena cuenta del manjar entre generosos tragos de vino, música y baile y, sobre todo, para demostrar una disposición a pasarlo extraordinariamente bien antes de la llegada de la Cuaresma y de Semana Santa.

Visto esto, hasta parece que sienta mejor comerse la mona sabiendo que es un plato que lleva cocinándose invariablemente desde hace siglos, a pesar de que los tiempos modernos ya no casan demasiado con ciertas imposiciones y costumbres eclesiásticas de antaño, como la de mantener el ayuno y la abstinencia de cualquier tipo de carne durante casi dos meses. Difícil trago, sin duda, para muchos.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 25, 2011

El pueblo linchado (25-2-11)

Estas últimas semanas, el mundo está siendo testigo de las sublevaciones populares en defensa de la libertad y en contra de los regímenes autoritarios y opresores en algunos países norteafricanos. La revuelta estalló y fructificó en Túnez, la onda expansiva llegó a Egipto y ahora la mecha prende en Libia y en otros países musulmanes. Mubarak y Ben Ali, los expresidentes de Egipto y Túnez respectivamente, están ahora agonizantes y en coma en el exilio, como si fuesen presos y víctimas de un virus idéntico originado del latrocinio, del nepotismo y del desprecio a los derechos fundamentales del hombre. A diferencia de estos dos países, las revueltas en Bahréin y, sobre todo, en Libia se están pagando con sangre; día a día crece el número de muertos y, aunque es difícil saber con precisión su cifra, se calcula que son ya miles.

En la antigua Roma se usaba un término para referirse al hecho de expulsar a alguien de un sitio de manera ruidosa, mediante abucheos o cualquier otra desaprobación estridente, pero siempre sin usar ningún tipo de violencia física y lesiva. Era el sustantivo explosio, del que tenemos hoy en día el cultismo explosión, y su carga semántica se explica porque el término provenía del verbo explodere (< plaudere `golpear, aplaudir´), que se empleaba en contextos en los que se empujaba o golpeaba algo para sacarlo de un sitio. Si tenemos esto en cuenta, podemos afirmar sin rodeos que la revolución triunfante en Egipto y en Túnez ha sido consecuencia de la explosión alegre, firme y decidida de un pueblo dispuesto a sacrificar su vida para defender la libertad y el respeto humanos.

Sin embargo, lo que está sufriendo el pueblo libio es muy distinto. No solo no están triunfando, sino que además están siendo brutalmente linchados por Gadafi, un psicópata que dispara a la población desarmada y que bombardea desde el aire barrios de civiles llevándose por delante a insurgentes, a ancianos, a mujeres y a niños. Bonita manera de demostrar su amor y sacrificio a un pueblo que no va a rendirse en sus reivindicaciones pacíficas de cambio. Este fantoche me recuerda mucho al señor William Lynch, un norteamericano que, durante la guerra de independencia de la corona británica, luchó con el grado de capitán y cuya fama la ganó no como militar, sino por ser el autor de un documento que defendía un castigo singular a los delincuentes que deambulaban caóticamente en el nuevo país durante los años en que aún no se había instaurado la justicia norteamericana una vez que se hubo retirado la británica. Este castigo no era otro que el de infligir a los malhechores los castigos corporales que cada uno juzgase proporcional al delito cometido. Esta práctica de ser juez y verdugo del autor de la agresión que uno había sufrido se popularizó tanto que siguió practicándose en EE. UU. muchos años después de consolidarse la justicia norteamericana, principalmente por racistas blancos, y de ello y de su creador nos ha quedado en español el verbo linchar. Por eso, he afirmado antes que Gadafi y Lynch tienen mucho en común: el tomarse la justicia por su mano infligiendo castigos desproporcionados, la práctica del asesinato indiscriminado sin importarles que fueran acusados de genocidas y, por supuesto, el menosprecio de los derechos humanos más fundamentales. Todo esto y una cosa más: que ninguno de los dos conoce las más bellas galerías del alma humana.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 18, 2011

La ortografía del guion (y II)

En su último acto como director de la RAE, Víctor García de la Concha recordó que las reglas ortográficas se asientan en tres principios: el fonético, la etimología de las palabras y el uso, que es “soberano”. Los hablantes somos los que marcamos las modas y hábitos lingüísticos, y son los académicos los que van aceptándolos salvo que el uso sea a todas luces inadmisible.

No voy a entrar en la polémica sobre el nombre de las letras porque no hay trascendencia lingüística en dilucidar si a la y hay que llamarla ye o y griega. Me ha parecido interesante el apartado dedicado a las mayúsculas por su exhaustividad y extensión (pp. 442-517) y por algunos puntos que son aún controvertidos. No me parece desacertado que haya que escribir con minúscula inicial las fórmulas de tratamiento y los sustantivos que designan cualquier tipo de cargo y títulos nobiliarios y dignidades. Sin embargo, no termino de ver la razón lingüística para que los tratamientos protocolarios de las más altas dignidades se escriban en minúscula si van acompañados del nombre propio (“Llegó su santidad Benedicto XVI”) y en mayúscula cuando van solos (“La recepción a Su Santidad será mañana”); como también veo contradictorio el que se deba escribir con mayúscula el nombre de un organismo (“Ministerio de Sanidad”), pero en minúscula si va en plural (“Ayer visité los ministerios de Sanidad y de Educación”). Finalmente, la RAE propone que se escriban en minúscula los pronombres personales para deidades (“Reza a Dios, que él te protegerá”).

Por otro lado, es un acierto el impulso que desde la Academia se da a la adaptación gráfica del español de palabras extranjeras. Al igual que ocurrió hace años con fútbol o chófer (hoy nadie escribe ni pronuncia football o chauffeur), se defiende el empleo de güisqui, cruasán, yudo, pirsin o cáterin, por ejemplo, en lugar de whisky, croissant, judo, piercing o catering, cuya pronunciación es muy distinta desde las normas fonéticas del español. Esta nueva normativa también se aplica a los nombres propios (Chaikovski por Tchaikovski) y topónimos (Catar por Qatar).

Aplaudo fervientemente que se aplique de manera unánime y definitiva la norma de que los monosílabos no deben acentuarse, excepto, claro está, en los casos de tilde diacrítica (te/, de/, tu/,…), ya que la Ortografía de 1999, de forma inconcebible, dejaba libertad para acentuar algunos casos según como se pronunciase la palabra. Llevo más de diez años enseñando en las aulas que, al igual que Dios, fui o vio, las palabras guion, hui, truhan o fie no llevan tilde por ser monosílabos. Este es uno de los puntos de la nueva Ortografía que está encontrando más oposición entre los hablantes, como que no se ponga ya tilde en solo (por ser llana y acabar en vocal) ni en los pronombres demostrativos, aunque haya casos de ambigüedad.

Por último, además de que atinadamente ciertas expresiones y lexías aparezcan ahora como una sola palabra (aprisa, contrarreloj, Nochebuena…), observo una última contradicción en la normativa del uso del prefijo ex-. Este debe ir siempre unido a su raíz (expresidente, exmarido, exjugador…) por ser un prefijo, pero ¿qué razón lingüística hay para que vaya separado cuando haya varias palabras (ex capitán general, ex presidente de la Diputación…)? Dejaría de ser un prefijo. Toda obra humana, como dijimos en otro lugar, es imperfecta. Y, para muestra, este botón.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 11, 2011

La ortografía del guion

La nueva ortografía que la Real Academia Española publicó en diciembre de 2010 no deja de despertar opiniones encontradas, divergentes y, a veces, desatinadas entre filólogos, lingüistas y hablantes en general. Como han sido pocas las veces que a lo largo de la historia normativa y académica de nuestra ortografía se ha dado esta circunstancia, la polémica entre detractores y defensores del nuevo texto ha cobrado una dimensión especial, avivada por el papel promocional que ejercen en numerosas ocasiones los medios de comunicación y por la rapidez e inmediatez de internet. Son muchas las declaraciones discordantes que podríamos traer aquí y ahora, pero me quedo con dos que fueron publicadas recientemente el mismo día y por el mismo medio. Por un lado, Salvador Gutiérrez Ordóñez apoya la nueva Ortografía y subraya “el enorme esfuerzo de reflexión realizado para construir, desde la unidad y para la unidad, una obra rigurosa, cercana y comprensible” (El País, 6-2-11, pág. 33); Javier Marías, por su parte, está convencido de que la nueva normativa ortográfica perjudica más que enriquece el idioma y no tiene pelos en la lengua al considerar que “nuestra lengua es ahora un poco menos elegante y menos clara” (El País Semanal, nº 1.793, 6-2-11, pág. 98). Preocupantes me parecen estas palabras al ser escritas por uno de los grandes escritores actuales en lengua española.

No cabe duda de que la nueva Ortografía, como toda obra humana, es imperfecta pues, de hecho, arrastra algunos flecos que no han sido anudados convenientemente; sin embargo, creo que habría que valorar el enorme mérito lingüístico que tiene el intentar, al menos, aunar los mismos criterios ortográficos para una lengua que es materna para casi quinientos millones de hablantes diseminados por América, África, Europa y Asia. Para empezar, a las escasas 155 páginas del texto de 1999 se le han añadido seiscientas más en el de 2010 ampliando considerablemente los aspectos gráficos y fonéticos de las letras, del uso de la tilde y de los signos de puntuación, y añadiendo al principio de la obra una valiosa introducción en la que se abordan temas diacrónicos y sincrónicos relativos a la representación gráfica del lenguaje y al origen, evolución y situación actual del sistema ortográfico del español. Posiblemente, el amable lector se habrá dado cuenta de que he escrito español y no castellano, y es muy seguro que sepa ya que la obra lleva por título Ortografía de la lengua española y no Ortografía de la lengua castellana, con lo cual la Academia deja clara su postura —y que, a propósito, llevo defendiendo algunos años— de emplear castellano para aludir a nuestra lengua desde un punto histórico, diacrónico, a esa lengua que nació hace algo más de mil años en un pequeño reino cristiano al que se le llamó Castilla (de ahí su nombre) y que fue creciendo y fortaleciéndose a lo largo de los siglos gracias a la pluma de los grandes escritores medievales y prerrenacentistas; y empleamos español para referirnos a nuestra lengua desde una perspectiva más reciente, más actual, a una lengua hablada, como dijimos antes, por millones de personas en casi los cinco continentes, y a una lengua que se convirtió en la oficial de un Estado que nació a partir de finales del siglo XV y que pronto llamarán España. Por ello, desde un punto de vista estrictamente lingüístico y filológico, decir hoy que un gaditano o un colombiano hablan castellano es un disparate.

Por falta de espacio, la semana próxima analizaremos los puntos más polémicos de nuestra nueva Ortografía. Hasta entonces.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 4, 2011

Batiscafo (4-2-11)

Recuerdo que, hace unos pocos años, el mundo se estremeció cuando se informó de que unos soldados rusos estaban atrapados en el fondo del mar al liarse las hélices de su batiscafo en unas redes de pesca. No tenían salida: la presión a la que estaba sometida la embarcación a esas profundidades y el oxígeno limitado que quedaba los condenaba a una muerte segura. Afortunadamente fueron salvados a tiempo, y los medios de comunicación, que no dejaron de informar de lo que sucedía minuto a minuto —a pesar de la censura a la que se vieron sometidos por parte del Gobierno ruso—, los convirtieron en héroes mediáticos. Afortunadamente, no hicieron con ellos lo mismo que les está ocurriendo a los “33 de Atacama”, los famosos mineros chilenos rescatados del pozo de S. José; van a rodar una película porno cuya protagonista baja a las profundidades de una mina para consolar a un puñado de hombres fogosos e incontinentes por semanas de aislamiento. Insólita manera de alcanzar la inmortalidad periodística.

Como ya sabemos, un batiscafo es una especie de minisubmarino capaz de resistir grandes presiones y, por ello, destinado a explorar los fondos marinos. No obstante, lo que resulta curioso de este artilugio es que, aunque este avance de la tecnología naval fue inventado hace unas décadas, la idea no es nueva ya que aparece en una de las obras más importantes de nuestra literatura medieval: el Libro de Alexandre, del siglo XIII. En él se narra la vida de Alejandro Magno, al que el autor ensalza como “tesoro de proeza, arca de sapiençia, exemplo de nobleza” (estrofa 1557). Pues bien, hacia el final de la obra se lee que el ansia de conocimiento del rey macedonio le lleva a construir una caja de cristal sumergible “por saber qué fazién los pescados” (estr. 2306). Se podría afirmar, por tanto, que el autor anónimo del Libro de Alexandre, con altas dosis de fantasía e imaginación, se convirtió involuntariamente en el inventor del primer batiscafo de la humanidad.

Batiscafo está formado por dos palabras de origen griego: bací (`profundo´) y escafos (`barco´), para aludir a que es una embarcación que llega a lo más profundo del mar. Si bien el término lo hemos importado directamente del francés (bathyscaphe), la primera documentación escrita que tenemos de él en español es del año 1981, en la novela Lo que es del César, de Juan Pedro Aparicio, lo que nos señala la modernidad del invento.

Relacionado con el campo semántico submarino encontramos otro término, escafandra (`Traje de buzo y casco con orificios y tubos para renovar el aire´), creado también no hace muchos años uniendo dos palabras de origen griego: escafe (`esquife, barco pequeño que hay en los navíos para bajar a tierra u otros usos´) y andrós (`hombre, varón´). Este compuesto se documenta por primera vez en español a principios del siglo XX, en 1912, en una obra de ingeniería naval titulada Los modernos barcos submarinos al alcance de todos, cuyo autor es Enrique de Montero y Torres.

Finalmente, y por sorprendente que parezca, sabemos que uno de los huesos de nuestras manos y pies se llama precisamente escafoides, también formada con la misma palabra (escafe, `esquife, bote´) más otra griega: eidós (`aspecto´). Lo cierto es que el huesecito más que un bote parece una carabela. A veces, las comparaciones, en lugar de odiosas, son extrañas. O, si no, que se lo digan a los desconcertados mineros chilenos.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 28, 2011

Un café (28-1-11)

Me tranquiliza saber que tomar tres o cuatro tazas de café al día resulta beneficioso para la salud porque ayuda a aliviar las cefaleas y estimula la producción de saliva y de jugos gástricos, lo que favorece que se haga una digestión correcta y sin ardores. Se ha demostrado, además, que la cafeína, que es contraproducente y muy peligrosa para el feto, reduce, sin embargo, el riesgo de cáncer de ovario.

Soy, como pueden imaginar, un cafeinómano, moderado a veces, compulsivo otras. Y por este último comportamiento adictivo y sin control que manifiesto en alguna ocasión me siento profundamente preocupado ya que unos investigadores de la Universidad de Durham, en Inglaterra, han publicado un estudio en la revista Personality and Individual Differences en el que revelan que el consumo excesivo de cafeína —unas siete tazas al día— puede llevar al adicto a sufrir alucinaciones, como escuchar voces que nadie oye o ver cosas que no existen. Yo conocía que la cafeína es una droga, posiblemente la más consumida en la sociedad actual, que actúa a los pocos minutos de ingerirla aliviando el sueño y la sensación de cansancio, y que en algunas personas aparecen cuadros de irritabilidad y ansiedad cuando no la consumen. Pero esto me ha pillado de sorpresa. El profesor Simon Jones, director de la investigación, sostiene que las alucinaciones por la ingesta excesiva de cafeína están directamente relacionadas con la presencia en el organismo de cortisol, que es la hormona que se libera como respuesta al estrés. La cafeína libera esta hormona, y, si encima estás estresado, más cortisol aún, por lo que en un día duro de trabajo y con varios cafés encima puedes ponerte a cazar moscas que solo ves tú o a oír voces o ruidos que solo están en tu imaginación.

Se cuenta que Alá, viendo que Mahoma estaba apenado por la apatía y la indiferencia de los hombres, le envió a través del arcángel Gabriel un regalo oscuro como la piedra negra de la Kaaba. Mahoma lo llamó Qahwa, que significa `que da energía o excitación´. Más tarde, los turcos tostaron la semilla y, una vez molida, la mezclaron con agua caliente: a esta bebida la llamaron kahve, y de este término derivó el actual café. No obstante no hay que olvidar que el origen del cafeto, que es el nombre del árbol, es el mismo que el de la propia humanidad; las plantas de café silvestre más antiguas se han encontrado en el este de África, cerca de Etiopía, lo que explica que sea el cafeto una de las primeras plantas cultivadas y consumidas por el hombre; además, su presencia en algunos países africanos está íntimamente vinculada con su folclore, por lo que el café es bebido o masticado únicamente en algunas celebraciones muy señaladas. Existe, por ejemplo, una leyenda africana que sostiene que las dos semillas idénticas que salen de su fruto son dos hermanos gemelos nacidos del mismo tallo, y, por ello, hay tribus que llevan a cabo pactos de paz y de hermandad untando las dos semillas con sangre y, una vez intercambiadas, las mastican ceremoniosamente.

Pero poca gente es conocedora de los efectos afrodisíacos del café. Un amigo de mi tío me aseguró no hace mucho que la cafeína es igual de efectiva o incluso más que la viagra. Basta con tomarse un cortado bien cargado antes de la cita. Y si es con churros, mejor. Tomo nota.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 21, 2011

Plastinados (21-1-11)

Las cifras revelan que el cantante que más dinero ha ingresado en sus arcas durante 2010 ha sido Michael Jackson. Estos ingresos ayudarán quizás a paliar las enormes deudas que al parecer tenía el cantante antes de fallecer, deudas contraídas, en su mayor parte, por caprichos excéntricos y bastante costosos. Uno de ellos guarda relación con su muerte.

Son muchos los devotos del cantante que opinan que sigue vivo, porque, entre otros motivos, afirman que nunca fue enterrado al no existir ninguna imagen del sepelio ni de la capilla ardiente; lo que inhumaron, según ellos, fue una caja vacía. Con este hábil despiste, Jacko conseguiría solucionar sus deudas, limpiar su imagen de supuesto pedófilo, ocultarse del mundo y, principalmente, entrar en la leyenda de los artistas eternos.

El profesor alemán Gunther von Hagens probablemente tenga mucha información al respecto y pueda ayudar bastante a esclarecer dónde y cómo está Michael Jackson. Médico de profesión, colaboró como científico con el Instituto de Anatomía de Heidelberg, y aquí llevó a cabo una investigación de carácter químico y biológico que le condujo a crear un proceso que él mismo ha bautizado como plastinación. Para hacerlo muy breve y no cansar en exceso a los lectores, diré que la plastinación consiste en extraer el agua del cuerpo mediante acetona fría e introducirle después un compuesto plástico que endurece toda la materia no ósea del cuerpo. De esta manera, el cadáver logra permanecer incorrupto durante bastante tiempo y puede ser utilizado para todo tipo de estudios anatómicos. Sin embargo, la polémica ha surgido cuando este médico ha empleado estos cuerpos plastinados para exponerlos en galerías de arte; unos, los más conservadores, creen que es una abominación y una ofensa a la moral y al buen gusto exponer como obras de arte cadáveres químicamente tratados; otros, entre los que se encuentran algunos científicos, consideran que es un gran avance para acercar la realidad interna del cuerpo humano a una mayoría de ciudadanos mediante una presentación y una puesta en escena artísticas. Se cree que más de veinticinco millones de personas han visitado ya su exposición, a la que ha llamado Body Worlds, y la fama se ha extendido tanto que seguramente la cantante Lady Gaga contará con él para utilizar algunas de sus “obras” como decorado en sus conciertos.

Lo cierto es que, según publicó en marzo de 2009 el periódico alemán Bild, el señor von Hagens estaba interesado en plastinar el cadáver de Michael Jackson tras su muerte, y, de hecho, el cantante mostró antes de su fallecimiento un enorme interés por la obra del médico alemán y se puso en contacto con él para que le diese la inmortalidad corpórea. En la entrevista dada al rotativo alemán, von Hagens afirmó que le encantaría juntar el cadáver de Jacko con un chimpancé y una jirafa también plastinados pues al artista le gustaba rodearse de animales exóticos en su casa de Neverland.

Esté o no plastinado el cadáver de Michael Jackson, el éxito científico de von Hagens y su repercusión mediática han llevado a más de diez mil personas a inscribir su nombre en un fichero de donantes voluntarios. Quién sabe cómo acabará esto; quizá dentro de unos años luciremos en algún rincón discreto de nuestras casas a la suegra plastinada observando con sus ojos plastificados de infinito cómo nos comemos las pipas o le damos un beso de buenas noches a nuestra pareja.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 14, 2011

Escuálidas (14-1-11)

Ahora que acaban de pasar las fechas navideñas, y con ellas la sobredosis de calorías, es cuando todos empezamos a preocuparnos por los dañinos y poco estéticos kilos de más. Nos miramos al espejo y nos lamentamos de los excesos gastronómicos; y, mientras, los gerentes y trabajadores de gimnasios se frotan las manos a la espera de la ya segura avalancha de clientes angustiados por su sinuosa y malsana silueta. Ahora bien, nuestro interés por la estética corporal no es algo que tengamos que calificar de reciente; todas las épocas han impuesto unos determinados cánones de belleza que eran respetados y seguidos a rajatabla por muchas personas —principalmente mujeres— que, en ocasiones, cometían auténticas barbaridades para no salirse de la moda socialmente impuesta.

En el Renacimiento, por ejemplo, el modelo de belleza lo representaba la mujer angelical, de aspecto cándido y virtuoso: pelo largo y rubio, ojos claros, una silueta más bien delgada pero no demasiado, bien proporcionada en sus medidas y, sobre todo, con la piel muy blanca. El ansia por conseguir la blancura extrema en la piel llevaba a las adolescentes a comer albayalde —una especie de yeso con el que se maquillaban— acompañado de generosos tragos de vinagre; algunas de ellas morían por severos atascos y perforaciones intestinales. Las altas esferas políticas y religiosas de la sociedad española del XVI veían con buenos ojos la costumbre que practicaban las familias más pudientes de comprar un esclavo negro para pasearlo por las calles de la ciudad cerca de la dama para que el contraste cromático acentuara aún más la blancura de piel de la señora. Francisco de Vitoria, profesor de la Universidad de Salamanca a principios del XVI y considerado el padre del Derecho Internacional por su defensa de los indígenas americanos, no alzó su voz contra la indiscriminada y vejatoria trata de negros. Vaya paradoja.

Hoy en día, lo que se lleva es la delgadez, tanto por recomendación médica como por motivos estéticos. Ahora bien, una delgadez normal, no exagerada. Vemos desfilar casi a diario a unas modelos famélicas empeñadas en mantener una cinturilla imposible, irreal. Coincidirán conmigo en que, al ver esos brazos y esas caras rotas por la hambruna, da ganas de darles un generoso plato de gazpachos para que recuperen el color y la sonrisa.

Por todo ello, y con toda justicia lingüística, podríamos definir a estas criaturas hambrientas de escuálidas. El término les va como anillo al dedo, ya que proviene del latín squalidus, que quiere decir `tosco, sucio´, como los tiburones (o escualos, del latín squalus), que se alimentan de lo que encuentran, incluida la carroña. Así pues, escuálido se aplica no sólo a una persona tosca y de aspecto descuidado, sino también a la que está exageradamente flaca, lo que no deja de ser repulsivo y desagradable para la vista.

Claro que también las podríamos describir como escuchimizadas. Por su origen incierto, esta palabra resulta curiosa y, a la vez, interesante por las teorías que circulan acerca de su nacimiento. La más extendida es la que plantea Corominas en su Diccionario, donde defiende que el término puede ser el resultado de un cruce entre escurrido, es decir, `estrecho de caderas, enjuto de carnes´, y chamizado, que quiere decir `lo que tiene aspecto de tugurio sórdido´.

Por tanto, concluimos que no es precisamente un elogio llamar a alguien escuálido o escuchimizado, a no ser que “tugurio sórdido”, “repulsivo” o “tosco” sean ahora, y por cuestión de moda, unos cariñosos y amistosos piropos.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 5, 2011

Náufragos (7-1-11)

Convendrán conmigo en el descanso que nuestras mentes y cuerpos disfrutan ahora que ya ha pasado la festividad de los Reyes Magos. Invadidos por cientos de anuncios publicitarios que nos asfixiaban empleando imágenes y sonidos a lo largo de minutos interminables en televisión, de ventanitas en páginas web, de inútiles páginas impresas en periódicos y revistas, de sintonías aburridamente reiterativas escupidas desde la radio, de vallas publicitarias que amenazaban a los urbanitas con aplastarnos, salíamos a la calle como náufragos que sacan la cabeza del agua para respirar y nos zambullíamos sin proponérnoslo en el océano tenebroso de comercios que villanciquean sus productos, de compradores compulsivos que se arrastran entre las calles hipnotizados por los cantos de sirena lanzados desde escaparates y carteles parpadeantes, en un océano, en fin, de autómatas de ojos ausentes y rostros desencajados por la prisa y la avaricia, penosamente enlatados en los grandes almacenes periurbanos.

Todo tiene un precio; todo vale si puede ser vendido bajo el disfraz de la normalidad y de la moda. Hace unas semanas, con astuta previsión comercial, una empresa española promocionó su producto dirigido a niños de entre tres y seis años; no se trataba de un juego de ingenio ni tampoco de un aparato electrónico que desarrollase sus destrezas lingüísticas y comunicativas, sino de una casita de jardín diseñada por un arquitecto según los deseos del chavalín. Puede ser un modelo exclusivo o bien otro inspirado en edificios y monumentos famosos; de cualquier forma, la casita —y digo casita porque solo sería de unos 16 m2, un auténtico apartamento de soltero para que viva en ella el crío— dispondría de aire acondicionado, luz, calefacción, tejado de tela asfáltica, suelo de tarima flotante y paredes dobles para ocultar el cableado y evitar, así, accidentes. Además de estar preparadas para soportar cualquier inclemencia climática, a esta lista de calidades de construcción se podrían sumar todos los extras que solicitase el cliente. Su precio: entre seis y diez mil euros. Un edificante caprichito.

Hace ya un tiempo que se fundó en Beverly Hills (California) la empresa de perfumería My DNA Fragance, cuya particularidad radica en crear un perfume totalmente único, diferente y propio basándose en el ADN del cliente, extraído de un cabello o de una muestra de saliva. Este producto no contiene alcohol, sino aloe vera para cuidar mejor la piel y para que, al no evaporarse, su esencia perdure todo el día. En su página web ofrecen al consumidor no solo la opción de encargar tu propia fragancia genéticamente gemela, sino que, por unos 100 euros, puedes adquirir el perfume elaborado del código genético de Marilyn Monroe. Carlton Enoch, presidente de la empresa, confiesa que ya tiene la “Fragancia M”, engendrada del ADN de Michael Jackson, y que producirá el perfume de Elvis, de Einstein y de Napoleón Bonaparte gracias a la ayuda de John Reznikoff, que posee la mayor colección de cabellos de personajes famosos. Una balsámica excentricidad.

Lo que me angustia de todo esto es pensar en lo que todavía nos queda por ver y escuchar en los años venideros, o imaginar tan solo por un momento en las rarezas, trastornos y anormalidades que el mundo mórbidamente consumista es capaz de engendrar cuando millones de seres humanos no pueden acceder a las más básicas e indispensables condiciones de subsistencia. Seguiremos siendo, sin duda, oscuros insomnes ahogándose en el océano de lo banal.

Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 31, 2010

Supersticiosos (31-12-10)

Corría el año 999 y en casi toda Europa se respiraba el terror porque se pensaba que, al llegar la noche del 31 de diciembre, el mundo iba a desaparecer. Basándose en extraños sortilegios, en enrevesadas profecías y en estúpidas supersticiones, se extendió por casi todo el viejo continente la certeza de que Dios castigaría a un mundo que durante mil años lo había abandonado. Unos meses antes, Gerberto de Aurillac había sido nombrado papa con el nombre de Silvestre II; sus contemporáneos lo describieron como una persona muy sabia, al extremo de que lo consideraban casi un mago. De sus visitas a Barcelona y Córdoba, conoció e introdujo en toda Europa el sistema decimal y el astrolabio, ambos de origen árabe. El papa Juan Pablo II dijo de él: “La amplitud de sus conocimientos, sus cualidades pedagógicas, su erudición sin par, su rectitud moral y su sentido espiritual lo convirtieron en un auténtico maestro. Los emperadores y los papas recurrieron a él. Gerberto, humanista sabio y filósofo erudito, verdadero promotor de la cultura, puso su inteligencia al servicio del hombre. […]. Todo le interesaba; si ignoraba, aprendía; si sabía, transmitía”. Algo de razón llevarán estas palabras ya que consiguió calmar con sus palabras, leídas desde los púlpitos de media Europa, a toda aquella caterva de fieles asustadizos, y evitó, así, el caos y los suicidios en masa. La Iglesia, en recuerdo de aquello, fijó para el último día del año la festividad de san Silvestre.

Nos recuerda el Diccionario del español actual que una superstición es una “creencia irracional según la cual determinados hechos o circunstancias llevan consigo automáticamente consecuencias gratas o nefastas”. Y podríamos añadir que estas creencias están sujetas a una tradición o, a veces, pertenecen a la idiosincrasia de un pueblo o cultura; de hecho, el propio término, que proviene del latín superstitio, significa `lo que sobrevive´, `lo que permanece´.

Las supersticiones, a las que son tan devotos un buen número de españolitos, se hacen evidentes en días tan señalados como el de hoy, en Nochevieja. No es que se piense que el mundo va a desaparecer, aunque algunos creyeron la profecía de Paco Rabanne, en 1999, de que, coincidiendo con un eclipse solar, la estación espacial Mir caería sobre los parisinos; pero sí los hay que sostienen que es preciso llevar alguna prenda íntima de color rojo para tener buena suerte durante el año entrante, o que al brindar hay que introducir algo de oro en la copa y así asegurarnos un año de prosperidad económica. Lo de las uvas es caso aparte; hay que comérselas todas —seis blancas y seis negras— y siguiendo la cadencia de las campanadas para apartar el mal fario de nuestras vidas. Pero pocos saben que esta costumbre nació en 1909: en aquel año hubo una excelente cosecha para los vinateros de Alicante, y, ante el excedente de uva que permanecía almacenada y para sacarle un rendimiento económico, decidieron inventar la superchería de que consumir doce uvas daría buena suerte para el nuevo año. Vaciaron los lagares, se llenaron los bolsillos e hicieron creer a todos en una mandanga que, al menos, nos hace pasar un buen rato.

Incluso todavía quedan los que mantienen la tradición de los antiguos romanos de recibir el nuevo año apoyado sobre el pie izquierdo para entrar en el siguiente con buen pie —el derecho—. Alguna vez me he imaginado al sabio y humanista Silvestre II recibir así el año 1000.

Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 24, 2010

Pisos patera (24-12-10)

Las imágenes que un canal de televisión emitió hace poco ilustraban una realidad inmobiliaria y social muy frecuente en la España del último decenio: pisos que permanecen vacíos principalmente a causa de la especulación, y otros que, habitados en su mayoría por inmigrantes, acogen a un número de inquilinos tan desmesurado que hace casi imposible la habitabilidad y la higiene. O vacíos y fríos, o desbordados y pestilentes. Para erradicar este desequilibrio, algunas Comunidades han puesto en marcha una ley por la que se obliga a los dueños de estas viviendas cerradas a ponerlas en alquiler, y, en caso de no acatarla, sería la propia Comunidad Autónoma la que se encargaría de esta gestión.

Esas imágenes fueron emitidas en hora de máxima audiencia para llegar a un mayor número de espectadores y para lograr una impresión más impactante al coincidir, precisamente, con la comida y la cena; esas imágenes mostraban las condiciones inhumanas en las que doce personas tenían que sobrevivir en un apartamento de cuarenta metros cuadrados; esas imágenes, en fin, no dejaban dudas de que estamos creando, voluntaria o involuntariamente, y por la actual crisis económica, un nuevo grupo social, los ciudadanos de tercera clase, que se ven abocados a una vida que en muchos casos se codea con la esclavitud.

El periodista describió muy acertadamente a este tipo de casa como piso patera. Conocíamos la existencia de pisos piloto, de pisos francos o, incluso, de pisos oficina, que es una de las últimas modas; ahora, la nueva realidad son estas viviendas que, como pateras en el dique seco, se pudren encalladas en medio de las urbes, como misteriosos buques fantasma en cuyo interior laten la desesperación y el olvido.

Por desgracia, también hay otras viviendas corroídas por el desamparo y la desidia; son aquellas en las que malviven personas mayores cuyos familiares ignominiosa y fríamente los han abandonado para acelerar su decrepitud y muerte, o por ancianos que sufren el síndrome de Diógenes, enfermedad que les lleva a acumular tanta basura y desperdicios que provoca que en poco tiempo los insectos y roedores invadan la casa. Aún no se ha inventado un término para designarlas, pero no habrá que esperar mucho; quizás la imaginación lleve a los comunicadores a acuñar “piso basura” o “piso Diógenes”, o cualquier otro que vaya por el mismo derrotero.

En el Nueva York de la década de los 50, y debido al exorbitante precio del suelo, se puso en práctica la costumbre de comprar viejos y cochambrosos garajes y almacenes en desuso para habilitarlos como vivienda; al principio fueron adquiridos por estudiantes y artistas bohemios, pero luego la moda elevó a estos inmuebles al rango de pisos de alto nivel de tal manera que ser dueño hoy en día de un loft, que es su nombre actual, es signo de prestigio y de elevada posición social. Son amplios, muy luminosos, minimalistas y funcionales en la decoración, y con magníficas vistas. El anglicismo ha entrado con fuerza y no tardará en asentarse en nuestro léxico; hasta que llegue ese momento, hay quien se ha aventurado a llamarlos pisos yate. Es fácil de entender: los hay que pueden viajar en primera clase.

Hoy, a los que malviven por falta de recursos económicos, a los que se sienten abandonados por la indiferencia cruel de sus familiares y a los que no han podido salir a flote entre toneladas de basura y olvido van dedicadas estas líneas.

Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 17, 2010

Setas con jeta (17-12-10)

Estos días son los últimos para celebrar las tradicionales comidas de empresa. A veces se juntan varios compromisos —con los compañeros de antaño y con los de hogaño—, y a uno no le queda otra alternativa que escoger por el bien del bolsillo y por el cuidado del estómago. Este año me he quedado sin cena porque el dueño del restaurante en el que nos íbamos a juntar los amigos casi fallece al entrar en un pozo mura para rescatar a su perro.

Él ha tenido mucha suerte porque viene ya siendo trágicamente habitual la noticia de personas que mueren al introducirse en una fosa séptica para limpiarla o para recuperar algún objeto o cuerpo. Estas fosas, que son auténticas trampas mortales si uno no va protegido adecuadamente, son las que de siempre se han conocido como pozos negros, es decir, aquellos a los que van a parar los desechos de una pequeña comunidad. Como han comprobado en mis palabras escritas más arriba, movido quizás por el deseo de hacer patria chica, me he inclinado por el empleo de pozo mura, porque mura es un acortamiento o apócope de la palabra muradal, que luego derivó a la actual muladar, que es el lugar donde desembocan el estiércol y detritos de las casas.

Sin embargo, lejos de pozos negros y de pozos mura, ahora se prefiere decir fosa séptica, que, a pesar de que es más frío, no deja de ser un cultismo: fosa, del latín fossa, que significa lo mismo, `hoyo, agujero, excavación´; y séptica, del griego septikós, que quiere decir `lo que produce putrefacción´. Con esta última raíz tenemos en español algunos casos como aséptico, que, dicho de un lugar, alude a que está libre de infección, pero que si se refiere a una persona la estamos describiendo como un ser frío y desapasionado; o antiséptico, aplicado a todo método o procedimiento que se usa para prevenir infecciones, como puede ser la esterilización de material médico.

Ahora bien, que no les extrañe si les digo que, parándonos a examinar detenidamente el origen del término séptico, descubrimos, más que un hedor, una especialidad culinaria ya que proviene, quién lo diría, de la palabra seta. Ésta, a su vez, surgió seguramente del término griego septá, que quiere decir `lo que está podrido´, y habría entrado en el castellano durante la Edad Media como un tecnicismo de médicos y botánicos con el significado de `moho´, para después adoptar el de `hongo´ a mediados del siglo XV. Pero este alimento tan selecto y sabroso no deja de sorprendernos, pues de él deriva la palabra jeta, que en algunas partes de Andalucía se usa en lugar de seta. No obstante, sabemos que jeta es también una variante coloquial de la palabra cara; y, si consultamos el DRAE, nos dice, en su primera acepción, que la jeta es una “boca saliente por su configuración o por tener los labios muy abultados”. Generalmente, la jeta es el hocico del cerdo, que a la brasa o en puchero con unas fabes no desmerece nada frente a cualquier especialidad de la nueva cocina. Y con tantas setas y jetas se me ha abierto el apetito tan desesperadamente como se me ha esfumado la alegría de compartir una cena navideña con los compañeros. La dejaremos para Reyes. De cualquier forma, leído lo visto, cuidado con decirle a alguien lo de ¡Vaya jeta!, porque, además de gorrón, le estamos llamando de todo menos bonito —por el tamaño de la boca, se entiende—.

Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 10, 2010

Turismo de muerte (10-12-10)

Siendo yo pequeño oí a una persona afirmar que el mejor negocio que podía emprender alguien era el de la muerte. Yo entonces no entendí completa y profundamente aquellas palabras; con mi mente atiborrada de indios y vaqueros muriendo a balazos o asaetados, de series de policías de élite que dejaban fritos a los criminales más violentos y de películas protagonizadas por Harry el Sucio, me imaginaba que aquel hombre aconsejaba que, para atesorar una fortuna, había que hacerse policía, montar una empresa de detectives o convertirse en director de películas del oeste.

Afortunadamente, la recomendación de aquel personaje –cuyo rostro no recuerdo en absoluto, difuminado como en una neblina fantasmagórica-, no alimentó en mí ningún tipo de necrolatría ni, menos aún, despertó en modo alguno filias extrañas o patológicas hacia la muerte. Con el paso de los años, uno va comprendiendo que el negocio está en ofrecer los mejores servicios en aquello que al ser humano le supone indispensable. Y más ahora en el campo de la muerte: como el oficio de las funerarias está ligeramente saturado, se acaba de idear el sacar dinero de una actividad que la humanidad viene practicando desde siempre: la visita a los cementerios. A este nuevo filón empresarial se le ha puesto el nombre de necroturismo.

No me cabe duda de que los cementerios poseen una fascinación y una atracción singulares. Hace algo más de veinte años viajé a Estados Unidos, y, al llegar a Washington, la ruta turística incluía la visita al cementerio militar de Arlington; cuando llegué allí acerté a comprender que, bajo ese bosque casi infinito de cruces blancas, bajo ese silencio inviolable de mármol y de eternidad, yacía una parte sustancial de nuestra Historia materializada en millones de vidas sacrificadas para salvar a la humanidad del caos y de la barbarie. Quien ha viajado a Egipto ha podido conocer personalmente que aquel poderoso imperio de la Antigüedad, en todos sus ámbitos sociales, estaba impregnado por una magnífica y riquísima cultura funeraria que giraba alrededor de los faraones y que alcanzaba todas las artes: arquitectura, pintura, escritura,… Hay gente, por último, que visita un cementerio por observar la última morada de algún personaje ilustre; de hecho, los camposantos de cientos de ciudades europeas acogen los restos de escritores, músicos, pintores, políticos, filósofos,… en lápidas humildes o en eximios mausoleos. Un amigo de la Universidad me confesó que una vez al mes visitaba cumplidamente la tumba de Unamuno y que, en alguna ocasión, se le pasaron las horas en respetuoso silencio. Y más de uno ha viajado al humilde pueblecito de Colliure para llevar flores y versos al maestro, o al cementerio municipal de Alicante para depositar en un pequeño buzón de mármol que está junto a la lápida de Miguel Hernández una carta, cumpliendo así el deseo del poeta, inscrito como epitafio: “Aunque bajo la tierra mi amante cuerpo esté, escríbeme a la tierra que yo te escribiré”.

Aunque no faltan detractores que opinan que el necroturismo no solo rompe la tranquilidad de los camposantos sino que puede alterar su conservación, los entusiastas de este negocio creen firmemente que es un turismo de calidad y nada masificado que ayuda a preservar el cuidado de los cementerios. De estos ha nacido el magnífico eslogan que leí hace poco para lanzar el necroturismo: “Un turismo con un futuro de muerte”. Levántate y anda, añadiría yo.

Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 3, 2010

Escrutinio (3-12-10)

Tras la resaca de las elecciones catalanas, los votantes y, sobre todo, los políticos extraen ya sus conclusiones basándose en la participación del electorado y en el porcentaje de votos. No pretendo desde estas líneas entrar en ninguna valoración política seria, créanme; más bien al contrario: ahora que los ciudadanos apenas confían en los políticos porque, entre otras cosas, creen que son el mejor ejemplo de ese españolito que Antonio Machado censuró y calificó como “especialista / en el vicio al alcance de la mano”, quisiera traer hasta aquí alguna anécdota extravagante, y mejor si roza lo grotesco. No he tardado en encontrarla. UPyD, el partido de Rosa Díez, ha quedado fuera del Parlamento catalán y ha sido superado por el grupo CORI, liderado por un personaje esperpéntico e irrisorio, Carmen de Mairena, quien, invitado por la prestigiosa Universidad Pompeu Fabra, aprovechó para transmitir, trastabillándose a causa de la paralización botulínica de la cara y de la silicona de los belfos, algunas de sus promesas electorales más relevantes, entre las que sobresalieron por aclamación estudiantil la instalación de ventiladores gigantes sobre Lérida para disipar su niebla, la construcción de un aeropuerto para los ovnis que deseen acercarse a Cataluña y el envío de una nave a Marte repleta de productos catalanes. El discurso alcanzó su punto álgido cuando el personaje se levantó la camisa y mostró al respetable y entre aclamaciones sus dos platillos volantes, perfectamente alineados. El escrutinio final de las papeletas no engañó: 6912 votos, el 0,22% del total. Solo haría falta que a Carmen de Mairena la inmortalicen como caganer. Visca Catalunya.

¿Escrutinio o recuento? ¿O ambas? Si los votos hay que contarlos más de una vez, hablamos de recuento; pero si solo tienen que ser computados en una ocasión, porque no es necesario repasarlos y porque así lo consideran los interventores y presidentes de mesa, entonces habrá un escrutinio. Por lo tanto, se antoja redundante, además de una incorrección semántica, el uso del término recuento cuando sólo ha habido un cómputo.

Resulta curioso comprobar que la carga semántica de reconocimiento y cómputo de votos secretos en una elección que encierra el término escrutinio no es nada reciente; ya en el siglo XV se empleaba esta palabra a la hora de contar los votos secretos en las elecciones canónicas o en las oposiciones de canonicatos de oficio en catedrales u otras comunidades eclesiásticas, y poco más tarde pasó a aplicarse a cualquier tipo de votación civil o militar. Por escrutinio también entendemos, como nos dice el DRAE, el análisis y examen que hacemos de algo para emitir un juicio sobre él y actuar en consecuencia. Y esta acepción a muchos nos remite al capítulo VI de la primera parte de El Quijote, y que se titula: “Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo”. No solo examinaron a conciencia los fondos bibliográficos del trasnochado hidalgo, sino que lanzaron muchos de ellos a las llamas purificadoras.

Desconozco qué se hizo con los casi siete mil votos que consiguió doña Carmen, si fueron a la incineradora o a la recicladora de papel. A lo mejor, la política española es perniciosa para el espíritu porque nos hace creer en cosas que sólo existen en nuestra imaginación; quién sabe si aún quedan personajes cervantinos animados a lanzar por la ventana tantos textos livianos e inservibles.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 26, 2010

Flamenco (26-11-10)

El flamenco ya es Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la Unesco. Mucho tiempo ha transcurrido desde aquellos años de finales del siglo XIX y principios del XX en que un grupo de escritores y folcloristas sobresalientes se acercaron al flamenco para investigarlo y difundirlo. Fue el caso de Demófilo, el padre de Antonio Machado, que perteneció a la Sociedad Antropológica Sevillana y que formó parte en la constitución de otra sociedad, El Folclore Andaluz, precisamente el mismo año (1881) cuando saca a la luz su Colección de cantes flamencos, primera obra seria de recopilación y estudio de las distintas manifestaciones del cante jondo. Unos años más tarde, Lorca fue publicando tres libros de poesía (Suites, Poema del Cante Jondo y Romancero gitano) que giraban alrededor de este arte y de su creador, el pueblo gitano, pero Lorca trascendió el ámbito de lo costumbrista y localista andaluz y elevó esta expresión literaria y musical a una esfera intelectual y universalista. Esta empresa de sacar al flamenco de la oscuridad y del ostracismo se vio recompensada en 1922, cuando el poeta de Fuentevaqueros organizó con éxito, apoyado por Falla, el Primer Concurso de Cante Jondo, que tenía como objetivos principales, no solo premiar a los artistas noveles, sino también delimitar el concepto del flamenco desde los orígenes mismos de este arte, y alejar el cante jondo de todo experimento modernófilo que adulterase su esencia primigenia. Ese mismo año, en 1922, Lorca leía su primera conferencia en Granada; se titulaba: Importancia histórica y artística del primitivo canto andaluz llamado “cante jondo”.

¿Qué tiene de especial el flamenco, el cante jondo, para que sea tan admirado y valorado por tantos intelectuales y para que sea declarado por la Unesco como Patrimonio Cultural de la Humanidad? Tendríamos que hacer un viaje al pasado, muchos siglos atrás, y bucear en el origen y en la posterior presencia de un pueblo que, a partir del siglo XVI, pasó a denominarse gitano. Esta etnia es originaria de La India. Hace siglos salió de su país y, divididos en clanes, emigraron a varias zonas de Europa central y oriental. Uno de ellos, los Rom, llegaron al actual Egipto y, tras muchos años de asentamiento pacífico allí, embarcaron con rumbo al sur de Francia. Desde aquí, y ya a pie, a mediados del siglo XV se les permitió la entrada a la Península por el reino de Aragón. Una crónica de entonces los llamó egiptanos por provenir de Egipto; de este nombre proviene el actual gitanos. Desde el norte llegaron al sur, a la actual Andalucía, donde encontraron una tierra con un folclore riquísimo -mozárabe, árabe-andalusí, judío, cristiano- que no tardaron en adoptar y fusionarlo con los ritmos que habían heredado de sus antepasados indios y del norte de África. Pero la chispa que provocó el nacimiento del cante jondo fue el edicto que los Reyes Católicos firmaron en Medina del Campo en 1499, por el que se ordenaba la persecución de los gitanos por no ser cristianos. Desde entonces, el pueblo perseguido, esclavizado y humillado encontró en la música el medio más apropiado para expresar su dolor, su tragedia, su pena negra, a través del quejido largo y cavernoso de un martinete, de una seguiriya, de una taranta, de una soleá. Con esto se entiende la frase que pronunció La Piriñaca y que ha quedado inmortalizada en la historia del flamenco, del cante jondo, que es la historia del pueblo gitano: “Cuando canto a gusto, me sabe la boca a sangre”.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 19, 2010

Pasmado (19-11-10)

Leí hace unos días acerca de la presentación del último libro de Vargas Llosa, El sueño del celta. El autor comentó que con este libro ha pretendido reivindicar el papel histórico de su protagonista, Roger Casement, pero también denunciar una vez más las funestas consecuencias que acarrea un sistema político basado en la corrupción, en el terror y en el desprecio de la dignidad del ser humano. Como cabía esperar, el acto fue muy ameno e instructivo, tanto que, según palabras del periodista que cubrió la noticia, “el discurso del escritor convulsionó al público de tal manera que lo agradeció con un sentido y prolongado aplauso”. Les confieso que la lectura de estas palabras me empezó a causar una angustia parecida a la que uno siente cuando ve una de esas películas de terror psicológico, porque, claro, una convulsión viene a ser una contracción violenta de los músculos del cuerpo, y además involuntaria. ¿Se imaginan ustedes que, durante la intervención del escritor, todo el auditorio fuese presa de unos incontrolados espasmos musculares acompañados, quizás, de espumajos? Y, luego, a uno se le torna la angustia en perplejidad cuando se imagina al respetable, después de la sesión espasmódica, agradeciéndoselo con una sonora ovación. Yo entiendo cada vez menos ciertas cosas, y, cuando digo que en ocasiones se me ponen los pelos como escarpias, comprenderán que no es para menos.

Lógicamente, el periodista, como se refería a un acontecimiento deleitable para los sentidos, debió usar un verbo con una carga semántica positiva, y así escribir que “el discurso del escritor embelesó / cautivó / sedujo / fascinó al público de tal manera que lo agradeció con un sentido y prolongado aplauso”.

Y ya que estamos con las contracciones y convulsiones, recordemos que la palabra pasmo proviene de la culta spasmus (`espasmo´), y que viene a ser una especie de rigidez en los músculos causada por un enfriamiento, o una ausencia de la razón motivada por una emoción extremada. De ahí que algo pasmoso es lo que causa admiración y asombro, o también una parálisis muscular por una exposición prolongada a un frío extremo. Más posibilidades semánticas hallamos con el término pasmado: un pasmado es aquel que ha sufrido un pasmo, como el actor Silvester Stallone, que de un enfriamiento se le quedó paralizada parte de la cara; o decimos de alguien que “se ha quedado pasmado” cuando algo le ha impresionado extraordinariamente; y también, en ocasiones, un pasmado es una persona de pocas luces, corta y alelada; para este, sin embargo, se suele usar con asiduidad la palabra pasmón, o pasmarote, que es más frecuente.

Mención aparte merece el término pasma, que se popularizó en la época de la Transición española para referirse a la Policía secreta de entonces, y que luego se generalizó a todo el Cuerpo Policial. Este argot pudo aparecer para calificar a los agentes como una tropa de pasmados, o, quizá, porque el pasmo, la paralización del cuerpo, lo sufría el propio perseguido al ver aparecer a la Policía para llevárselo detenido. Según el color de su uniforme, los policías eran al principio los grises; luego, los maderos; y ahora, los pitufos. Parece que el tiempo dulcifica los ánimos y, con ello, los términos.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 12, 2010

Sensibles (12-11-10)

Ha llovido, pero poco, y, según las últimas estimaciones, haría falta una lluvia continua de varios meses para paliar la incipiente sequía que estamos sufriendo tanto nosotros como los animales, sobre todo aquellos cuyo hábitat se encuentra próximo a las cuencas fluviales. He oído a gente del campo decir que estas lluvias son como lágrimas de alegría: mojan, pero no empapan; alivian y no hacen daño.

Los medios de comunicación se han hecho eco de la situación, aunque algunos con más fortuna que otros. Escuché en la radio a un periodista que dijo lo que a continuación les voy a transcribir: “Del bajo Júcar se están trasladando los peces que peligran su supervivencia, y todo ello debido a que la lluvia no hace acto de presencia y los índices de sequía son ya muy sensibles”. Pocas veces he visto reunidas tantas impropiedades, tantos solecismos en tan poco espacio textual.

Lo primero que nos desconcierta es “los peces que peligran su supervivencia”. Es difícil encontrarle el sentido, salta a la vista, pero responde a un error desgraciadamente muy frecuente, conocido como quesuismo, y que consiste en el empleo del relativo que y del posesivo su en lugar de las partículas cuyo, cuya, cuyos o cuyas. Con insistencia llegan a nuestro oído frases del tipo “Esa es la chica que su padre tiene una farmacia”, cuando debería decirse: “Esa es la chica cuyo padre tiene una farmacia”. Por tanto, y si recordamos las palabras del periodista, corregiríamos la estridencia de esta manera: “Del bajo Júcar se están trasladando los peces cuya supervivencia peligra”.

Hacer acto de presencia consiste en que una persona, no una cosa ni un fenómeno meteorológico, voluntaria y decididamente se presenta en un lugar. Una hoja arrastrada por el viento no puede hacer acto de presencia en la terraza de un restaurante; la lluvia cae o no cae, aparece o desaparece, pero no hace acto de presencia. Se podría argumentar un uso metafórico, por lo que, así, su empleo no sería del todo descabellado; pero este no es el caso.

Finalmente se dice que “los índices de sequía son ya muy sensibles”. Y miren que esto sí que me ha llegado al corazón, y más en estas fechas otoñales tan indicadas para la melancolía. Sensible es aquel capaz de sentir emocional o físicamente, o es todo aquello que puede ser conocido a través de los sentidos, o, en fin, lo que mueve sentimientos de pena o de dolor; yo no sabía –fíjense ustedes por dónde- que los índices de sequía fuesen capaces de sentir alegría, llanto o congoja. Unos índices son alarmantes o esperanzadores, pero no sensibles, que es un disparate. El error radica en emplear el adjetivo sensible con el significado de `preocupantes´ o `de gran tamaño o trascendencia´. Así, y por poner otro ejemplo, sería un dislate argumentar que “las pérdidas de una empresa son sensiblemente mayores con respecto a un ejercicio anterior”: aconsejamos utilizar algún otro adverbio como considerablemente, cuantiosamente o notablemente.

Al hilo de esto, y al margen ya de disquisiciones lingüísticas, creo que sigue siendo una asignatura pendiente de nuestra sociedad actual la educación de la sensibilidad, y más en los tiempos que corren, en los que aún hay gente que opina que llorar, sobre todo en las despedidas, es de ser un “perfecto mierda”. No le vendría mal al autor de estas palabras una relectura de Quevedo, para quien las lágrimas eran “alma en líquido fuego transformada”.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 4, 2010

Cromo (5-11-10)

En países hispanoamericanos como Argentina son tabúes términos como concha o coger porque el uso lingüístico allí los ha configurado, los ha revestido de una pátina semántica que nada tiene que ver con el significado que atesoran en el español estándar o peninsular. Nos veremos en un sonrojante aprieto si en Argentina le consultamos a un rioplatense cuál es el sitio más cercano para “coger un taxi” o si, como recuerdo de España, le regalamos a nuestro anfitrión bonaerense una “concha de peregrino” por eso de que allá todos los españoles somos gallegos.

Pero fíjense que tampoco es necesario cruzar el charco para llevarnos una desagradable experiencia lingüística causada por escoger, sin ninguna intención ofensiva ni cacofónica, el término equivocado. Si bien ahora la edad ha hecho mella y trinchera en mi cuerpo, afeándolo, ensanchándolo y achicándolo, mi abuela me aseguraba siempre de pequeño que era “un cromo de niño”. Y como, entonces, no había tesoro más valioso que mi colección de cromos de fútbol, que celosamente defendía ante los compañeros más pícaros y que astutamente intercambiaba con los más despistados, no podía existir mejor piropo para mis oídos que este y que mi abuela, con la boca inflada de orgullo, defendía ante el vecindario y el resto de la familia. La palabra cromo es de origen griego y significa `color´, y el DRAE registra la expresión estar hecho un cromo con el sentido de `ir muy arreglado y compuesto´.

Hasta aquí todo bien. Sin embargo, una situación lingüística muy desagradable me ocurrió muchos años más tarde, en Salamanca, en casa de un compañero de trabajo que me invitó una noche a cenar. Cuando me abrió la puerta, llevaba a su hijo de dos años a coscoletas, un niño alegre, rubiete y hermoso como un querubín. Tras quedarnos un rato en el salón haciéndole carantoñas al niño y una vez que sus padres lo acostaron, nos sentamos a la mesa a degustar un exquisito filete de morucho a la plancha bañado con un vino de Toro. Hablamos del trabajo, de la gastronomía charra y, cómo no, de su hijo; y como el estómago se sentía ya asentado y fortalecido, la voz se engoló, y con cierto aire sentencioso y con la relajación que te brinda una copiosa digestión sentencié un poco antes del postre: “De lo que no cabe ninguna duda es de que tenéis un cromo de niño”. Los padres dejaron de sonreír y con un gesto seco y confundido se miraron; ella se levantó y él la acompañó a la cocina para hacer el café, y yo me quedé unos segundos allí sentado, sin entender nada, y con ganas de que me tragase la tierra mientras el morucho me corneaba las tripas. Cuando volvieron a la mesa les pedí que me explicasen qué había sucedido y, como se percataron de la inocuidad de mis palabras, y ya con una actitud más distendida, me aclararon que, en esa zona, decirle a alguien que es un cromo es como llamarlo repulsivo o asqueroso.

Menos mal que no dije lo de llevar el niño a coscoletas porque no sé qué habría entendido al ser esta una expresión solo usada en las comunidades de Aragón, Cataluña, Valencia, Murcia y sureste de Castilla-La Mancha, donde se identifica coscoletas con cóscoles (`caracoles´), porque llevas a alguien sobre la espalda como un caparazón. Quizás no estaría hoy aquí contándoles mis batallitas.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 29, 2010

Sambenitos (29-10-10)

En esta España que ya no lo es tanto de charanga y pandereta, y sí mucho de la difamación y de la envidia, se sigue poniendo en práctica el innoble arte de ir colocando sambenitos a todo hijo de vecino hacia el que no se procese sentimientos de amor o fraternidad; es más: se sigue practicando el insano y atávico deporte basado en esperar el momento en que una persona resbale o se equivoque para arremeter contra ella a sus espaldas e hincarle el diente. La gente que hace uso de esta violencia está enferma, moral y espiritualmente enferma. Ya lo dijo Unamuno: “La envidia es mil veces peor que el hambre porque es hambre espiritual”.

Esta España europeizada, que se balancea constantemente entre los vaivenes ideológicos del progreso y de la tradición, y que se encuentra entre los países más ricos del planeta —al menos así está escrito en letras de molde—, no recuerda que, en ella, hasta hace apenas ciento cuarenta años, seguía imponiendo la Inquisición sus criterios de intolerancia, exclusión, odio, confrontación y violencia contra una población timorata, atrasada y acallada bajo el peso de los siglos. Era costumbre de esta institución eclesiástica la de ataviar el pecho y la espalda del penitente con un capotillo amarillo en el que se representaba una cruz roja en forma de aspa, que era la insignia de este Tribunal; al término de esta humillante penitencia pública, el reconciliado, tras habérsele retirado tal indumentaria o sambenito, era readmitido por el resto de los fieles. Algunas iglesias solían colgar en sus puertas el nombre y castigo de los penitentes, y a este letrero también se le denominaba sambenito. Hoy en día, este término se aplica para aludir al descrédito o infamia que alguien o algo recibe por una acción determinada.

Y ya que estamos a las puertas no del Cielo sino de la festividad de los Santos, y si me permiten cambiar el tono de la narración, creo que no estaría de más recordar algunos términos y expresiones que usamos hoy en día y que están relacionados con la santidad. Además de los festivos sanfermines y sanjuanadas, y de los esperados sanmartines que les llega a los desconsolados gorrinos, me viene a las mientes —y espero que no se me vaya el santo al cielo— el nombre de algunos insectos que se nombraban en mi pueblo, como la santanica (que proviene de “Santa Ana”) o la santateresa. Allí vivía doña Engracia, que, en un santiamén, y tan pronto como aparecían los primeros fríos, te cocinaba unos buñuelos esponjosos como panes. Su mayor pesar era su hija, demasiado apocada —decía la madre—, y que si no se espabilaba se quedaría para vestir santos. Cierto es que no todo el mundo tiene el santo de cara, pero los hay que es llegar y besar el santo, como le sucedió a Paco, el carnicero, que no era santo de mi devoción —todo hay que decirlo—, y que se encontró con una herencia inesperada y que la guardaba, como en un sanctasanctórum, bajo los ladrillos de su salón.

Aunque no sé a santo de qué les cuento estas historias, sí es cierto que el espacio me obliga a despedirme. Así que, si me lo permiten les mando un dulcificado sanseacabó y que pasen un buen día.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 22, 2010

Terrorismo (22-10-10)

Según las últimas encuestas del CIS, el terrorismo es, junto con el desempleo, el asunto que más preocupa a la población española. Y este resultado se debe en gran medida a la reciente amenaza seria y desproporcionada que ha lanzado Al-Qaeda en algunos medios de información árabes y con la que los terroristas han asegurado que centrarán sus objetivos yihadistas en las principales ciudades europeas. Por ello, y según informaron los correspondientes Ministerios de Interior, España, Francia, Alemania o Inglaterra no tardaron en elevar la alerta antiterrorista desde el grado de baja a alta intensidad.

La actividad terrorista es muy antigua, pero ¿cuándo apareció por primera vez esta palabra en español y en qué contexto? Pues bien, nos tenemos que remontar al año 1799 para ver la primera documentación impresa de este término, exactamente en la novela Cornelia Bororquia, del periodista y exfraile Luis Gutiérrez, que tuvo que exiliarse a Francia y fue ajusticiado en 1808 por la Junta Central. Al margen de sus escasos méritos literarios, esta obra es un panfleto contra el Tribunal de la Inquisición y, sobre todo, un hermoso alegato por el pensamiento, la libertad y la tolerancia. Sobre la mitad de la novela, el autor define a la Inquisición como un “sistema de terrorismo”. He aquí el primer vestigio que conservamos del vocablo, y, aun así, sorprende que hoy en día apenas haya variado su aplicación ya que, en su última edición, el DRAE define terrorismo de la siguiente manera: `Dominación por el terror. Sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror´.

Dentro de esta línea, no puedo dejar de recordar que muchos años más tarde, concretamente el 23 de octubre de 1921, Unamuno publicó en La Nación un artículo en el que, a raíz de la guerra de Marruecos, defendía la idea de que la violencia terrorista no servía más que “para corroborar la filosofía del carnero y el odio a la inteligencia. Que es el odio a la democracia, a la libertad y a la justicia”. En este mismo artículo, Unamuno sentencia: “El terrorismo es, en cierto modo, la antítesis del quijotismo”. Don Quijote no solo representa la defensa de causas justas obrando desinteresada, ética y comprometidamente, sino también encarna el ideal de libertad personal. Los intelectuales que surgieron a raíz del desastre del 98 se veían en la obligación ética y moral de cambiar España desde abajo, desde los cimientos, y desde la libertad, aun sabiendo que se trataba de una tarea infructuosa, y el hidalgo manchego, al encarnar estos nobles ideales, se convirtió en su modelo.

Hace unos años, con la celebración del Cuarto Centenario de la aparición de la obra maestra de Cervantes, el Caballero de la Triste Figura se nos presentó ante nuestros ojos, y con más fuerza que nunca por los pasados atentados terroristas, como prototipo de esta libertad personal que nos permite condenar lo condenable y defender el respeto a los derechos humanos. Por todo ello no es de extrañar que, en 1981, el general Pinochet prohibiera en Chile El Quijote. Y con ello demostró un apoyo incondicional al terrorismo y un odio radical a la inteligencia. Que es un odio a la democracia, a la libertad y a la justicia.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 15, 2010

Picos pardos (15-10-10)

Aunque el curso académico universitario empezó a principios de septiembre, tradicionalmente he relacionado estas fechas de mediados de octubre con el comienzo de las clases en la siempre bien llamada alma mater, y digo “bien llamada” porque la Universidad, esa madre académica que acoge y arropa a los estudiantes, supone para la mayoría de ellos la etapa más bella e intensa de su vida académica. Asocio estas fechas con algunas tradiciones estudiantiles que han sido reflejadas en no pocas obras literarias. Una de ellas son las novatadas, que, aunque ahora se quieren erradicar mediante fuertes sanciones, seguro que serían bien recibidas si se hiciesen con educación y respeto. Otra es la distracción para salir del tedio de los estudios, en cafés para charlar o intercambiar apuntes, o disfrutando de la movida nocturna, curiosa coincidencia con el ambiente universitario en la España del Renacimiento, cuando los únicos entretenimientos de los jóvenes de entonces eran la taberna y la actividad prostibularia (“Por san Lucas habrá putas”, se decía en la Salamanca del XVI).

Aunque encontremos algunas semejanzas entre el ambiente universitario de entonces y el de hoy, pensemos que mucho ha llovido desde aquellos años y que los torrentes originados han ido modificando la sociedad española a lo largo de los siglos. En aquella España de la Contrarreforma, las desigualdades sociales y económicas saltaban a la vista cuando los más adinerados llegaban a la ciudad universitaria a lomos de su propia caballeriza, mientras que la mayoría sólo disponía de sus pies y de su fuerza de voluntad; entonces, al mismo llegar a la universidad, debían inscribirse y comprar –a veces con gran esfuerzo- el hábito y el birrete negros obligatorios para todos los estudiantes; y también entonces, y para dar fe del dicho de la época de que “Con latín, rocín y florín andarás el mundo hasta el confín”, antes de comenzar los estudios propiamente universitarios todos los recién llegados debían demostrar sólidos conocimientos del latín al ser esta la lengua oficial de enseñanza en toda Europa.

Las universidades españolas del siglo XVI, como la de Salamanca, estaban supervisadas por la Iglesia y sus estudios se impartían principalmente a eclesiásticos. Por ello, las calles se transformaban, a comienzos del curso, en un tapiz multicolor compuesto por las tonalidades cromáticas de los hábitos de las distintas órdenes religiosas, y esto dio pie a denominarlas empleando la terminología ornitológica: los dominicos, por su hábito albinegro, eran los golondrinos; los franciscanos, los pardales; los jerónimos, tordos; los bernardos, grullos; etc.

Más arriba mencioné la actividad prostibularia. En efecto, las ciudades universitarias españolas del XVI, por el mes de octubre, se llenaban de cientos de chicas expulsadas del seno familiar por deshonestas, frívolas o por escasez de recursos, y veían en estos lugares el lugar apropiado donde conseguir recursos económicos para al menos subsistir. La situación llegó a desbordarse de tal manera que Felipe II, y para que no fueran confundidas con las damas honestas, ordenó que tales mujeres se vistieran con un mantón o jubón con picos pardos. Y de ahí ha quedado el dicho de irse de picos pardos con el sentido de `irse de mujeres´ o, simplemente, `de juerga, de borrachera´.

Los picos pardos que persiguen los jóvenes universitarios de hoy en día tienen forma de botella, de macrodiscoteca y de pastilla de diseño. Nadie duda de que ha llovido mucho desde la España de Cervantes y de Quevedo.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 8, 2010

El lenguaje taurino (8-10-10)

Si uno mira desde fuera un coso taurino posiblemente le recuerde a los anfiteatros romanos, en los que los gladiadores luchaban entre sí o contra fieras salvajes e indomables. Pan y circo para el pueblo, se decía entonces, para tenerlos ociosos y se olvidasen de sus problemas económicos; sangre y espectáculo, dirían ahora, para saciar la sed de violencia de una sociedad demasiado enclaustrada y asfixiada en interminables normas y deberes sociales. Una plaza de toros es un coliseo que ha ido encogiendo con el paso de los siglos, diría posiblemente el bueno de Gómez de la Serna.

Alrededor de la fiesta de los toros —hoy más que nunca— va creciendo lenta y calladamente un buen número de detractores que se empeña en prohibirla a lo largo y ancho del territorio nacional siguiendo el ejemplo de Canarias y Cataluña, pero, frente a ellos, se sitúan sus férreos e inamovibles defensores; si aquellos sostienen que se trata de una práctica cruel, sangrienta, innecesaria y anacrónica que atenta contra el buen gusto y contra la dignidad del animal, los otros se apoyan en la tradición, la cultura y en la esencia de lo patrio. Sea como fuere, es indudable que, desde hace siglos, la tauromaquia forma parte de nuestra idiosincrasia cultural, y buena muestra de ello es la impronta que ha ido depositando en nuestra lengua.

El español, efectivamente, está impregnado de expresiones y términos taurinos que usamos casi a diario y en el habla coloquial. Un teatro con su aforo completo está lleno hasta la bandera, y, tras varias horas de concierto, es muy posible que los músicos estén para el arrastre, aunque la puntilla seguro que la dan los asistentes que piden una pieza más de propina. Junto a los aficionados a la música hay otros a los que les gustan más los deportes, y disfrutan viendo jugar, de poder a poder o mano a mano, a dos grandes equipos; pero siempre podemos encontrarnos con el hincha exaltado que entra al trapo ante cualquier provocación, y con el que es mejor tener mucha mano izquierda y así evitar una discusión innecesaria. Por cambiar de tercio, les contaré que el otro día saludé a un amigo que acababa de tener su cuarto hijo y que me aseguró que definitivamente se había cortado la coleta, que con cuatro bastaba porque no sabía muy bien cómo alimentar tantas bocas, que con la difícil situación económica de ahora las cuentas no le salían, y que la mejor forma de capear el aprieto era la paciencia y la serenidad. Le contesté que sí, que llevaba razón, pero que ya podía atarse los machos porque hoy en día, y según están los precios, no es nada fácil soportar tantos gastos. Claro que, como yo sólo tengo un vástago, desde la barrera todo se ve muy bien, y reconozco que, con una familia numerosa a tus espaldas, cada factura que te mandan a casa te cae como un puyazo, y en todo lo alto, sí, precisamente ahí, donde más duele. A pesar de todo considero que esta vida es de valientes y de decididos, y que hay que lanzarse a la arena y tener los hijos que a uno le apetezca.

Y no les canso más, vaya, que, como hasta el rabo todo es toro, no quiero hablar de más y espero que hayan aguantado todo el artículo hasta aquí, hasta el final, o hasta la bola.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 2, 2010

Jicho (1-10-10)

Hugo Chávez, actual Presidente de Venezuela, no ha digerido muy bien el haber perdido la mayoría absoluta en las últimas elecciones generales que se acaban de celebrar en este país hispanoamericano porque ha culpado de este descalabro electoral a los medios de comunicación internacionales, y muy especialmente a los españoles, a los que ha calificado de poco profesionales y de manipuladores de la verdad. Da la sensación de que para el dictador venezolano no fue suficiente aquella amonestación —ya en los anales de las frases más célebres de la Historia— que el rey Juan Carlos I le espetó en la Cumbre Iberoamericana celebrada hace unos años en Chile. Aquel “¿Por qué no te callas?” fue la chispa que encendió la pólvora de muchos comentarios nada laudatorios que se han ido lanzando contra el venezolano. “Menudo jicho está hecho el de Venezuela”, decía un malhumorado peatón a punto de cruzar por un paso de cebra. Me resultó curioso y hasta me alegró oír ese término porque hacía tiempo que no lo escuchaba y me hizo recordar otros que hace unas décadas eran muy frecuentes y que se empleaban también para referirse a un gañán, a una persona sin educación y sin principios. De entre esas palabras destacaría aquí la de vedijas, que ya apenas se utiliza. En el campo, entre los ganaderos, las vedijas son los mechones de lana que sobresalen de la oveja o que quedan enredados en cualquier sitio; hace no mucho tiempo era casi una norma social el que los chicos fueran con el pelo corto, y, claro, si alguno se atrevía a dejárselo más largo de lo habitual daba una imagen de suciedad y hasta de delincuente. Decirle entonces a alguien vedijas era poco más que un insulto, casi como dejarle claro que además de greñudo era un guarro y un maleante. Conforme pasaron los años, el término fue perdiendo esa connotación negativa y ha terminado por emplearse para recordarle a alguien que debe pasar por la peluquería o para mentar a un chaval algo travieso y descuidado.

Lo de jicho es harina de otro costal. No piensen que es un término tan amplio y extendido como el de vedijas, que se conoce en toda nuestra geografía; de hecho, y si me apuran, podría asegurarles que sólo se emplea en pocas zonas de Castilla-La Mancha y alguna otra del norte de Castilla y León. De jicho desconocemos su origen léxico —algunos apuntan equivocadamente hacia el swahili— y también su significado, y se nos antoja una tarea complicada porque ni el Diccionario de la Real Academia lo recoge. Parece ser que los jichos eran los pistoleros de esas películas norteamericanas de indios y vaqueros que veíamos en aquellas largas tardes de sobremesa de los fines de semana, esos pistoleros desaliñados, sucios, auténticos bandidos y criminales fácilmente reconocibles por sus cicatrices imposibles que les cruzaban la cara, y de ahí quedó lo de jicho para referirse al tipo chuleta que va de matón y que es capaz de cualquier fechoría.

La historia ha dado jichos para dar y tomar que se han dado a conocer bajo cualquier apariencia, desde vagabundos desconocidos pasando por cazarrecompensas melenudos y sin escrúpulos para llegar a dirigentes que, aunque carezcan de vedijas, no dejan de ser borregos.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 24, 2010

Pécoras (24-9-10)

Recuerdo que un profesor mío de la Universidad aprovechó su explicación sobre la estructura narrativa de la Odisea para comentar que desde los orígenes de la literatura europea se ha plasmado el deseo del hombre de viajar, y que, por tanto, debían considerarse inherentes los conceptos de literatura y viaje, aunque este fuera imaginario. ¿Acaso, cuando abrimos un libro y comenzamos a leerlo, no viajamos al espacio —real o imaginario— en el que el autor desarrolla la acción?

Viajar es mi pasión, y, cuando me han preguntado sobre este placer, he comentado que no lo concibo sin otro que siempre lo acompaña al margen del literario: el gastronómico. Comparto la opinión de que el mantel es un espejo en el que podemos contemplar la idiosincrasia y las costumbres de un pueblo, y no importa que la mesa sea pobre o elegante, que los platos conlleven una preparación sencilla o complicada: saborear un buen plato es una forma extraordinaria de bucear en la historia y en la cultura del lugar, y más si lleva elaborándose durante muchos siglos. Esto es lo que descubrí en Italia con el queso pecorino de la Toscana; dulce, delicado pero con cuerpo, se sigue elaborando artesanalmente como se hacía durante el Imperio Romano y como aparece en la Naturalis Historiae de Plinio el Viejo (libro XI). Una sensación parecida a la de un arqueólogo que descubre un hallazgo en excelente estado de conservación fue la que sentí al paladear ese sabor a pasto verde, a un pasto que viene alimentando a esas ovejas desde hace miles de años.

Oveja, en italiano, se dice y escribe pecora, de ahí lo de queso pecorino, es decir, “de oveja”. El término proviene del latín pecus (`ganado´, `res´), del que han derivado otros y que conservamos, como pecuario (`relativo al ganado´). Como el ganado constituía una gran fuente de riqueza en las sociedades antiguas, se entiende la existencia de palabras derivadas de pecus, como peculio (`dinero, ahorros´), o pecunia (`moneda o dinero´), que era el nombre dado a una moneda que llevaba grabada la imagen de una res o de una oveja. De peculio nació el término peculiar, que, en un principio, se refería a la fortuna de cada persona, y que ahora se aplica a lo que es propio o privativo de alguien.

Pero no nos salgamos del redil y volvamos con las ovejitas. A principios del siglo XIX entró en nuestra lengua una expresión proveniente del italiano, mala pécora, para referirse a una mujer malvada y viciosa, o a una prostituta. La frase, que podríamos traducir como `mala oveja´, convive desde entonces con la española ser la oveja negra, que, aunque no es tan dura como la italiana, tampoco es un plato de gusto para nadie. El negro está asociado desde la antigua Grecia al infortunio; los magistrados públicos se elegían extrayendo un haba de una bolsa cerrada que contenía algunas blancas y otras negras: si el haba era negra, no salía elegido. La expresión tocarle a uno la negra proviene de esta costumbre. Con todo esto se entiende que, antiguamente, el que naciera una oveja negra se considerase como un anuncio de mala suerte, y que fuese vendida o sacrificada lo antes posible.

Ya ven que tampoco es demasiado costoso descubrir que ser la oveja negra no implica ser una mala pécora, entre otras razones porque aquella puede dar una leche de excelente calidad, mientras que esta la suele tener muy mala. Son las consecuencias del mal carácter.

Posteado por: josejuanmorcillo | agosto 27, 2010

Haberlas las hay (27-8-10)

Para mi amiga Nuria

Agosto se nos ha ido rápido, de puntillas y algo cabizbajo, como sintiéndose culpable de anunciarnos el final del descanso y el comienzo de la rutina y del trasiego. Pero como suele decirse, y con razón, que el mal que menos se siente es el que da menos pesar, nos contentamos relamiendo el sabor que aún conservamos de nuestras vacaciones y gozando del ambiente que ya anuncia nuestra Feria.

Me ha llamado un amigo que está terminando sus vacaciones en el país galo para preguntarme por las mías y, de paso, quería conocer el estado de la huelga de los controladores y las previsiones de la Dirección General de Tráfico para la operación retorno de este año porque decidió no llevarse ningún ordenador o aparatito que estuviera relacionado con el trabajo y, así, poder desconectarse de la realidad. En una conversación rápida y breve me ha resumido que durante dos semanas por tierras de Francia está recorriendo parte de su historia a través de los castillos situados junto al río Loira. Y él, que es tan dado a ensalzar el patrimonio patrio, me ha reconocido que, frente a la belleza austera de nuestras fortalezas castellanas, le han deslumbrado la magnificencia y el decoro de las galas.

Le dije que por los controladores no se preocupase, que ya se había desconvocado la huelga, pero que sobre las previsiones del tráfico en la operación retorno de fin de agosto aún no sabía nada, y que hiciera el favor de relajarse los dos días que le quedaban de vacaciones, que ya lo llamaría en cuanto supiese algo. Al colgar me conecté a la página web de la DGT, pero no había nada relevante que pudiera satisfacer a mi amigo, salvo un vídeo en el que se entrevistaba a un alto cargo de la Dirección General de Tráfico. Pinché en él y le escuché comparar las retenciones sufridas por los conductores de este año en el mes de julio con las del pasado. En un momento de su intervención señaló que, en la A-31 y a la altura de La Roda, el verano anterior “hubieron diez kilómetros de retención”. Lógicamente me sobresaltó, no la noticia, pues ya estamos de sobra acostumbrados a este contratiempo, sino el desliz lingüístico, ese patinazo impropio en un personaje público de gran responsabilidad política y administrativa.

No se puede decir hubieron porque es una oración impersonal, y por ello solo es posible el uso del verbo haber en singular, y así tuvo que haber dicho que “hubo diez kilómetros de retención”. Como sabemos, en contextos impersonales no puede existir el sujeto, aun en los casos en los que se intuye su existencia; así, en otro ejemplo como Se alquila pisos, no puede incluirse un sujeto a pesar de que se supone que “alguien” se encarga del alquiler de esas viviendas.

Pensé que posiblemente este alto cargo de la Administración Pública era de origen catalán o nacido en una zona de influencia lingüística catalana, ya que en este idioma es correcto usar el verbo haber también en plural en un contexto de impersonalidad. Pero el susto nadie me lo quitó.

Cerré el ordenador, y luego, esa misma tarde, lo llamé. Se puso Nuria, su mujer, gallega de Orense, y me dijo que estaban en el castillo de Chambord. “Este castillo es como mágico, pero aquí no hay meigas”. “¿Y cómo sabes eso?”, le pregunté intrigado. Y me respondió: “¡Pero bueno!, porque haberlas, solo las hay en Galicia”. Y confieso que me sedujo el tono con el que subrayó ese hay impersonal, tan dulcemente empapado de morriña y de magia.

Posteado por: josejuanmorcillo | agosto 20, 2010

Infinitivo chihuahua (20-8-10)

Hoy me he levantado con el espíritu pesaroso. Y creo que la causa viene de estos días estivales, en los que el calor te aplasta el ánimo con la misma firmeza como cuando, por descuido o por asco, se pisa un insecto. El sopor abre ocasionalmente la puerta a la nostalgia, por ello hoy me ha dado por recordar los veranos de mi adolescencia en los que diariamente te bañabas en la piscina, y salías con la pandilla en bici imitando aquella de Verano azul, y merendabas alternativamente en el chalé de tus amigos, y jugabas aquellos pequeños campeonatos de fútbol entre urbanizaciones, y sentías palpitaciones nuevas y desconocidas al besar a esa chica en la intimidad de un refugio y bajo el silencioso manto de las sombras. Luego las comidas con gazpacho y tortilla, y después la siesta, tan necesaria. El día de la semana más completo era para mí el sábado, porque a lo anterior se añadía la película de la sobremesa; el verla suponía casi una liturgia familiar. Nos reuníamos todos frente al televisor, con los ojos cargados de cansancio, esperando que comenzase la “Sesión de tarde”. De todas las que emitían, he de reconocer que me apasionaban las películas del Oeste —entonces no se había popularizado aún con fuerza el anglicismo western—, y eran los indios los personajes que conseguían que no cayera rendido en brazos del sueño. No me importaba que fueran apaches, sioux o chihuahuas, ni que siempre salieran perdiendo, ni que fueran más lentos que el Séptimo de Caballería; todos me fascinaban: su forma de montar a caballo, su valentía a la hora de luchar, su destreza con el arco y hasta su manera de hablar, como cuando decían: “Yo ser Toro Sentado y tú fumar pipa de la paz”.

Pero, en fin, al margen de la nostalgia, tengo que confesar que en estos últimos días se ha adueñado de mí una cierta preocupación, por no decir angustia. Y es que, verán, no sé si es por el calor excesivo o por la morriña de aquellas películas de sobremesa, pero lo cierto es que últimamente veo muchos indios. No con plumas, ni taparrabos, ni con su arco y aljaba colgados del hombro, pero sí los oigo hablar todos los días en los medios de comunicación. Un presentador de las noticias concluía: “Por último, decir…”; un alcalde de una ciudad populosa exclamaba: “En este sentido, comentar…”; un escritor español de fama internacional sentenciaba: “Y, desde este punto de vista, subrayar…”. Los ejemplos son tristemente muy numerosos.

El infinitivo en español debe cumplir una función sintáctica (p. ej.: Ganar es importante, donde ganar hace la función de sujeto) o bien pertenecer a una estructura verbal más compleja (como las perífrasis: Finalmente, he de decir…; Por último, debemos comentar…). En caso contrario, el infinitivo hay que conjugarlo (Por último, diré / diremos…), porque, si no, parecemos indios hablando; es como si yo ahora dijese: “Hoy hacer mucho calor y todos beber mucha agua”. Sólo me faltaría gritar: “¡Jau!”. Con todo, sólo hay un caso en el que el infinitivo puede aparecer correctamente sin conjugar y sin cumplir una función sintáctica, y es cuando se dan instrucciones, como en los prospectos: “Agitar antes de usar”; “Tomar dos cucharadas al día”, etc.

Así pues, dejémonos de historias y de películas y no hagamos más el indio, que ya somos mayorcitos. Y yo, si me lo permiten, voy a refrescarme a ver si me quito el sopor.

Posteado por: josejuanmorcillo | agosto 13, 2010

Pelillos a la mar (13-8-10)

La sensación de frescor de la brisa del mar cuando anochece es un placer muy difícil de igualar. Y más cuando es compartido con buena compañía y amena conversación. Todos los veranos busco un hueco de unos días para disfrutar de ello, de los paseos junto al mar y de asistir al momento en que los pescadores descargan sus capturas para ser subastadas en la lonja. Pero ahora todo esto es recuerdo de unas vacaciones que me han venido estupendamente para recuperar las fuerzas perdidas. En uno de esos paseos le contaba a mi hijo que la imagen que tenemos del mar y de los marineros no siempre ha sido tan placentera ni tan poética. Estos se han caracterizado por ser unos tipos valientes, arrojados, curtidos en decenas de situaciones desesperadas y capaces de sobrevivir en caso de tormentas o hundimiento en alta mar. También le conté que hace unos siglos era costumbre entre algunos viejos lobos de mar llevar el pelo largo y en melena, recogido en una coleta; cuando a principios del siglo XIX, concretamente en 1809, se ordenó a la Marina que todos sus miembros debían cortarse los cabellos por una cuestión de imagen y de presencia, se armó un buen motín porque aquellos que se dejaban crecer el pelo era porque no sabían nadar, y, así, en caso de caer al mar, sus compañeros podían salvarlo agarrándolo por las vedijas. Se debía, por lo tanto, a una razón de supervivencia, no de estética ni tampoco, como es lógico, de hombría. Fue tal el revuelo y el pánico que esa orden levantó entre los marineros, que meses más tarde tuvo que ser revocada. De aquella socorrista costumbre marinera nos ha quedado hoy día la expresión salvarse por los pelos.

Pero no es la única. Si decimos que alguien está en el dique seco es porque no está realizando una actividad u ocupación que en él es habitual. Cuando una persona toca fondo ha llegado a una situación límite, y se hunde sin remedio a no ser que tenga la voluntad suficiente para salir a flote. El derrotero es la dirección que ha de seguirse durante un viaje por mar, y, cuando fulano cambia el tema de una conversación porque no le interesa, se está desviando, está yendo por otro derrotero.

El mar, la mar, parafraseando al poeta gaditano, goza de varias interpretaciones desde los comienzos de nuestra literatura. Desde épocas remotas, cuando se pensaba que la Tierra era plana y que el océano se perdía en inmensas cataratas hacia el universo, es un símbolo de la eternidad, de la infinitud, pero también de la muerte, del acabamiento de la existencia, al igual que un río desemboca junto a las olas. En nuestro país, y quizás a causa de su presencia a lo largo de miles de kilómetros de costa, el mar ha influido constantemente en nuestra idiosincrasia y en nuestro idioma, como hemos visto más arriba. Era costumbre, por ejemplo, que cuando dos personas se reconciliaban se arrancaban mutuamente algunos cabellos y los lanzaban al mar para que las rencillas murieran, desaparecieran con él. De ahí el dicho pelillos a la mar. Y visto así no es un mal ejercicio para poner en práctica, aunque desde aquí, desde tierra adentro, no tengamos salida al mar y nuestra llanura sea como un océano, un inmenso y silencioso remanso de tierra que, como a los místicos castellanos, se nos antoja inabarcable, infinito y eterno.

Posteado por: josejuanmorcillo | agosto 6, 2010

Cachondeo, el justo (6-8-10)

Se acaba de publicar hace unos días que, durante el verano, y de entre todos los destinos de playa de nuestro país, Ibiza es especialmente ideal para la fiesta y el cachondeo: allí viajan jóvenes de toda Europa y parte del extranjero para desinhibirse; allí no hay sitio para el estrés ni para la moderación; allí, las únicas limitaciones son las que se marca uno. Quizás esto venga a corroborar que España es el país de la juerga y el cachondeo. Eso sí, un cachondeo sano, con alguna desmesura, pero tampoco con excesos. Algo de cierto habrá en ello cuando, aun en algunas celebraciones religiosas, el fervor y la fiesta son inseparables en nuestra secular —y no sé si algo amojamada— piel de toro. Recuerdo un Jueves Santo en Zamora: silencio, recogimiento, piedad fervorosa, y un Miserere de fondo que te elevaba a lo más alto. Y después de la celebración… debías descender de ese estado de ensimismamiento hasta lo más terrenal porque había que emborracharse, y pobre de ti si no lo hacías. A esta celebración báquico-religiosa se le llama, como en Cuenca, la “Procesión de los borrachos”.

Que los españoles somos, en general, unos cachondos es una verdad universal que tenemos a mucha honra, pero cachondos en sentido actual, es decir, alegres, juerguistas y burlones, porque, hasta hace unas décadas, por cachondo se entendía única y exclusivamente el que se dejaba arrastrar por los impulsos venéreos. La palabra cachondo es hermana de cachorro, y las dos provienen de cacho, que quiere decir `perro joven´. Por ello, desde la Edad Media, y debido al apetito sexual de este animal, el término cachondo se ha venido empleando en este sentido. En 1250, Abraham de Toledo escribió su Libro de los animales que cazan, y, hablando de las perras cazadoras, aconsejó: “Déxenlas folgar algunos días e non caçen ni corran fasta que sean cachondas, e, después que foren cachondas, déxenlas folgar diez días e después échenles los canes”. Y, por citar otro ejemplo, algunos siglos más tarde recoge Sebastián de Horozco en su Cancionero estos versos escritos contra una vieja que se ha casado con un jovenzuelo de veinte años: “Pues agora a tu vejez / tomaste un barbiponiente, / que con sus dos vezes diez / te mate la cachondez”.

Pero miren ustedes por dónde que, a veces, esta palabrita puede ser ambigua y no sabemos muy bien hacia qué dirección mira. Un compañero accedió por casualidad a la página web que las Dominicas de la Presentación de Barcelona han creado para buscar vocaciones entre las jóvenes españolas y me llamó para que entrara en ella, que no tenía desperdicio. Y allá que fui. En ella, lanzan como gancho a las indecisas españolas —empleando, eso sí, palabras más bien propias de los adolescentes— preguntas directas como “¿Te gustan los hombres, la disco y las pelas? […] ¿Borrachina? ¿Marchosa? ¿Enamoradiza?”; pero lo que me fascinó fue leer lo que habían escrito al final de la página, quizás a la desesperada: “Bien. Tal vez seas la monja perfecta. […] Y no serás la primera: Santa María Magdalena, sin ir más lejos, también fue una cachonda como tú”. No sé si es que han cambiado mucho las cosas, pero creo que decirle a una chica hoy que es una cachonda como María Magdalena es de todo menos acertado. De cualquier manera, ya se sabe lo que dice el refrán: “De cenas y de magdalenas están las sepulturas llenas”. Esto es: por la noche, y si quieres dormir como un bendito, cachondeo, el justo.

Posteado por: josejuanmorcillo | julio 30, 2010

Tamaños y diminutivos

Hoy voy a empezar a hablarles de un perro, y lo haré por varios motivos, aunque, de todos ellos, el de más peso es, sin duda, que entre el dichoso perrito y el insoportable calor llevo casi seis días sin pegar ojo. El cánido es de Toni, mi vecino, un prejubilado de banca aficionado a la caza, a cualquier tipo de caza, tanto de pelo y de pluma como la caza mayor y la menor: para él, la cuestión es cazar lo que sea. Toni llevaba ya unos meses hablándome de su perrito Yanko, y ya por el nombre no me imaginaba un chihuahua o un pequinés, sino un dogo, un mastín o una especie de oso ibérico domesticado. Y estas sospechas se hacían más fuertes cuando oía aquellos ladridos a medio camino entre una afonía áspera y desagradable y los gruñidos de la diabólica niña del exorcista. Con todo, Toni siempre relata a sus vecinos lo cariñoso y dulce que es su perrito, las habilidades que le ha enseñado a su perrito, y lo obediente que ha llegado a ser su maravilloso “perrito”. Y ya se imaginan la manía que le he cogido al perrazo, un animalito cuyo tamaño roza lo monstruoso.

El uso de los diminutivos confiere a nuestra lengua un riquísimo abanico de matices semánticos. El valor cuantitativo de estos sufijos ha quedado reducido a la mínima expresión; es decir: los diminutivos, per se, pocas veces indican una connotación de tamaño; si alguien nos dice que se ha comprado una “casita” en la playa, difícilmente nos imaginaríamos un estudio de treinta metros cuadrados. Casi siempre nos vemos obligados a añadir un adjetivo que enfatice el reducido tamaño de aquello a que nos referimos: “una casita pequeña”, “un viajecito rápido”,…

Desde hace siglos, los diminutivos se vienen empleando para expresar estados de ánimo y emociones. Pueden reflejar cariño y aprecio: cuando mi vecino habla de su “perrito” no alude precisamente a un cachorro. También los solemos usar para restar importancia a un asunto que sí la tiene: imaginémonos la típica escena familiar en la que el hijo, con voz sumisa y apagada, se acerca al padre y le dice: “Papá, quería contarte una cosilla”. Pueden connotar ironía, si, por ejemplo, le recuerdo a mi vecino las “nochecitas” que me está haciendo pasar. E, incluso, se utilizan con demasiada frecuencia para crear lástima, como cuando un vagabundo pide a un transeúnte “una monedita”.

Nos dice el DRAE que diminutivo, al provenir de diminuto, es todo aquello “que tiene cualidad de disminuir o reducir a menos algo”, aunque, como hemos visto, no siempre ocurre así. Esta palabra deriva, a su vez, de minuto, que es un cultismo proveniente del verbo minuare (`menguar´); por ello, los minutos menguan, reducen el tiempo cada vez que pasan. De minuto tenemos el término castellano menudo (`pequeño, reducido´), del que han surgido otros como menudillos, menudencias, etc. Una menudencia es el sentido de humor que tiene mi vecino cuando me habla de su mascota, pero tener que soportar la misma faenita todas las noches ya pasa de castaño a oscuro, se lo aseguro.

Ya ven que el tamaño, a veces, sí que importa.

Posteado por: josejuanmorcillo | julio 23, 2010

A la bartola (23-7-10)

Un amigo me ha llamado hace poco desde la tranquilidad de una hamaca en la playa. Con el sedoso romper de las olas de fondo me confesaba que pocas veces se había sentido tan relajado y despreocupado, tan lejos de los avatares laborales y familiares que tanto le habían atosigado durante todo un año. Mientras me hablaba recordé unos de aquellos versos que en el colegio nos obligaban a aprender; pertenecen a una fábula de Iriarte y, si me aceptan mis disculpas por la ingrata memoria, creo que decían algo así: “No hay en esta vida miserable gusto como tenderse a la bartola, roncar bien y dejar rodar la bola”. Lo de la bola siempre me pareció muy divertido porque yo, entonces, era –modestia aparte- un muy buen jugador de canicas; sin embargo, dejar rodar la bola es una frase hecha, muy antigua en castellano, y que viene a significar `olvidarse de las responsabilidades, holgazanear´. También, como sabemos, podemos escurrir la bola cuando huimos y escapamos de algo o de alguien, o la sacamos para marcar bíceps, o, sin ir más lejos, vamos a nuestra bola cuando solo nos ocupamos de lo nuestro.

Pero el símbolo de la relajación y de la despreocupación es, sin lugar a dudas, la bartola, esto es, la barriga. Ahora no se oye mucho, pero hasta hace unos años era frecuente la frase llenar la bartola por `comer, alimentarse´. El término proviene del nombre Bartolo, que tradicionalmente ha sido asociado a personajes perezosos y cachazudos. De entre ellos, el que se me viene a la mente es el labrador Bartolo, personaje principal del Entremés famoso de los romances. Esta obrita fue muy famosa y representada en la España del siglo XVI y pudo servir de inspiración a Cervantes ya que el susodicho labrador enloqueció leyendo romances y salió de su casa en busca de aventuras acompañado de un escudero pobre e inculto; el entremés finaliza cuando el pobre labriego fue encontrado entre unos montes, fue devuelto a su casa y acostado para que relajadamente fuese recuperando la salud y la cordura. He aquí una posible explicación al dicho de tenderse o tumbarse a la bartola.

En la historia de Europa hubo otro personaje muy reconocido y de enorme peso cultural. Este tal fue un jurista boloñés del siglo XIV, de nombre Bártolo, y su fama se debió por ser el autor de unos libros que se convirtieron en textos de estudio y de consulta fundamentales para todos los estudiantes de Derecho. Estas obras pronto fueron conocidas por el nombre de su creador, bártolos, y de ahí pasaron a denominarse en español bártulos. Gonzalo Correas, en su Vocabulario de refranes y frases proverbiales, de 1627, define bártulos como `libros´, y recoge la expresión arrimar los bártulos con el significado de `dejar el estudio´. Hoy en día usamos este término para referirnos a cualquier tipo de enseres, generalmente personales o relacionados con una profesión, que nos vemos obligados a trasladar de un lado para otro.

Casi al final de nuestra conversación, me regaló orgulloso las medidas de su ya voluminosa barriga, resultado de la inactividad y del buen comer. Le seguí la corriente y, por no amargarle lo poco que le quedaba de vacaciones, no le nombré la oficina ni la proximidad de tener que empezar a liar los bártulos.

Posteado por: josejuanmorcillo | julio 16, 2010

La Furia española

Veinte años antes, España había confirmado su acta de defunción entre los países europeos más avanzados; veinte años antes, en 1898, con la pérdida de las últimas posesiones coloniales, esa España todopoderosa e imperial quedó reducida a una sombra de nación, y los intelectuales a los que les tocó vivir esa época se vieron en la obligación ética y patriótica de salvar el país y reincorporarlo al pulso vivificador de la Europa del progreso, de la tecnología y de la idea. Pero en 1920, en la Olimpiada de Amberes, veinte años más tarde del Desastre del 98, España demostró a toda Europa y al mundo entero que se estaba levantando de su caída, que estaba creciendo y fortaleciéndose tras la ruina; en aquella olimpiada, y contra pronóstico, España logró ser la Subcampeona Mundial de Fútbol –diez años antes de celebrarse en Uruguay la 1ª edición de la Copa del Mundo- haciendo gala de una envidiable frescura, potencia, técnica y, sobre todo, con las armas de la rabia y la ambición. La prensa europea, con el fin de la I Guerra Mundial muy reciente, se inclinó ante España y ante tal demostración de coraje y de fe en sí misma, y no dudó en calificar aquella gesta como fruto de “La Furia Española”.

Ahora, en 2010, lo conseguido por los futbolistas de la selección española en Sudáfrica ha superado lo logrado por aquellos valientes de la Olimpiada de Amberes de hace ya casi un siglo. El título de Campeones del Mundo se ha materializado uniendo en su juego el trabajo en equipo, la humildad, la profesionalidad, la técnica, el esfuerzo, la audacia, la fe en uno mismo, y todo ello aderezado con la rabia y la ambición que siempre nos ha caracterizado sobre un campo de fútbol.

El DRAE define furia como: `Ira exaltada, acceso de demencia o persona muy irritada y colérica´, pero este término también se utiliza para referirse a una manera intensa o vehemente de realizar cualquier acción. En la Antigüedad clásica, los romanos llamaban Furias a tres divinidades infernales que atormentaban a las almas condenadas y que personificaban, por tanto, pasiones como la venganza, por lo que estos entes femeninos se representaban alados, con serpientes en lugar de cabellos y blandiendo látigos y otras armas. Las Furias que se vieron el pasado 11 de julio en el estadio Soccer City de Johannesburgo no eran grecorromanas sino holandesas, y tampoco llevaban látigos ni serpientes en la cabeza, pero sí unos tacos en sus botas con los que se empeñaron en doblar tobillos, romper huesos y partir pechos. La Furia española supo vencer a aquellas con la determinación y las armas de un campeón.

De cualquier forma, lo cierto es que algo muy especial moverá este deporte para que por unos días, y después de ver el magnífico juego de nuestra selección, todos los españoles nos sintamos más unidos, más alegres y vitales, olvidemos nuestras rencillas y diferencias, y nos sintamos orgullosos de una bandera, de un escudo y de unos colores. Lo que no ha conseguido la política lo logra el deporte: que sus señorías tomen ejemplo.

Ya lo ven; abiertamente reconozco una admiración desbordada por los cachorros de Vicente del Bosque después de haber ganado la Copa del Mundo, unos jugadores en parte parecidos a los futbolistas de la selección española de 1920, aquella de la potencia, frescura, técnica y ambición, a la que se le añadía el descaro y una puntería bien afinada.

Posteado por: josejuanmorcillo | julio 9, 2010

Aires africanos (9-7-10)

Hace un calor sofocante, tórrido y bochornoso para todos y especialmente asfixiante para niños y ancianos. Un buen ejemplo de ello es el de Doña Rosa, vecina de mi barrio y contertulia ocasional en las esquinas abrasadoras donde caza a sus víctimas con la habilidad propia de la mantis. Está especialmente nerviosa. Lo noté el otro día por la impaciencia que denotaban sus ojos al observarme furtivamente cuando bajaba las escaleras de mi portal. Yo hice como que no la vi, y, aunque disimuladamente tomé las de Villadiego, ella me asaltó en plena calle, con premeditación, alevosía y diurnidad. Al acercarse a mí, ese cierto estado de crispación también lo percibí en que su pintalabios había tomado un pequeño atajo para llegar a la comisura de unos labios atormentados esa mañana por un tic insistente y porque lanzaba a diestro y siniestro la bolsa de plástico que llevaba en su mano derecha conforme articulaba las palabras.

Le transmití mi preocupación por su estado de ánimo -o de salud o de lo que fuese- sin caer en la cuenta de que, con ello, había firmado una pequeña condena de cinco minutos que se me hicieron más largos que un día sin pan.

– No te puedes hacer una idea de la mala noche que he pasado, ¿eh? Con el ruido de la calle y con este calor… ¡Qué calor! Y ahora dicen que el calorcito este es por los aires africanos, que vete tú a saber la polvisquera y los virus que traerá. Claro, así estoy yo, sin dormir y con los nervios que fíjate qué nervios, que parece que llevo el baile de San Vito.

– Usted relájese, doña Rosa, que le va a dar algo serio si no se calma. Cuando se vaya a acostar, abra las ventanas para que haya corriente, y no se angustie con lo de los aires africanos, que es solo una bolsa de aire muy caliente que ha subido desde el desierto del Sáhara y que ha llegado hasta aquí, pero sin virus ni nada.

Se quedó paralizada y torció la cabeza para mirarme soslayada y desconfiadamente, con los labios encogidos por la incredulidad.

– A mí no me cuentes historias de bolsas que vienen del desierto, que en mi casa y en la de todo el mundo un aire es una enfermedad, o si no fíjate lo que le pasó a Antonio, un pastor de mi aldea, que fue al campo y le dio un mal aire que ahí se quedó, que dicen que, cuando lo encontraron, las alimañas lo habían dejado ya irreconocible, que de la cara sólo quedó…

El recuerdo y el relato detallado –quizás demasiado detallado- de aquella historia la calmaron al menos lo suficiente para darme la oportunidad de tender una excusa y marcharme. Mientras caminaba pensaba en doña Rosa, en su soledad y en su desesperación, en su angustia callada ante la proximidad de la muerte y en el miedo que debe sufrir al pensar que cualquier noche, mientras duerme, un mal aire se le cuele en su habitación por las ventanas que dejó abiertas para no ahogarse.

Posteado por: josejuanmorcillo | julio 2, 2010

De juerga con la huelga (2-7-10)

La huelga de las empresas de transporte público –aéreo y ferroviario principalmente- se ha convertido en una práctica habitual en nuestro país todos los veranos porque es en esta época cuando sus reivindicaciones llegan a tener mayor eco y cuando pueden hacer más daño tanto a los sufridos viajeros como a la propia empresa. Estos últimos días, con la huelga que han secundado los trabajadores del metro de Madrid, el caos circulatorio ha llegado a tales dimensiones que la Policía tuvo que escoltar a algunos empleados y abrir a la fuerza la línea que une el centro de la ciudad con el aeropuerto de Barajas. Entre tanto desorden, este año ha aparecido un término nuevo que se ha adosado al de huelga, y, como se trata de un eufemismo, no molesta a nadie y hasta suena bien. Los sindicatos, conscientes de que sus quejas no eran lo suficientemente férreas y defendibles, han acuñado lo de “huelga preventiva”, que se supone que es una huelga sin motivos que hay que convocar para evitar que los trabajadores sufran alguna merma en sus condiciones laborales y se tuviera que convocar otra pero con razón. A mí esto me recordó aquello de la “guerra preventiva” contra Irak que creó y defendió hasta sus últimas consecuencias la administración Bush: por si acaso se les ocurre atacar, ataco yo primero, sin fundamento y con premeditación y alevosía. No hay duda de que hay sindicatos que ven demasiadas pelis yanquis.

Lo de la huelga es tan antiguo como la propia palabra. Los romanos usaban el verbo follicare con el significado principal de `jadear´ ya que derivaba del sustantivo follis (`fuelle´). De aquel verbo evolucionó el castellano antiguo folgar, y de este el actual holgar. Como sabemos, este término significa `descansar, divertirse, alegrarse, estar ocioso´, aunque también se suele emplear con el sentido de `sobrar, ser inútil´ en contextos como “huelgan comentarios”. De este verbo derivan sustantivos como holgado, holgura u holgazán, del que se creó el verbo –quizá innecesario- holgazanear.

Junto a estos, quisiera detenerme un momento en dos términos no menos interesantes. El Diccionario de Autoridades define holgorio como “regocijo, fiesta, voluntaria cessación del trabajo”; hoy en día lo conocemos como jolgorio, y, aunque merodea por el mismo campo semántico que el del bullicio y de la fiesta, ha perdido la entrada semántica de `abandono voluntario del trabajo como protesta de algo´ y lo ha incorporado el término huelga. La aspiración de la h– y la confusión de las consonantes ly r, rasgos fonéticos característicos del andaluz, trajo consigo la aparición de una nueva palabra salida de huelga: juerga. Por esta razón, podemos decir que los nombres huelga y juerga son tan gemelos como huelguista y juerguista.

Si visitan Burgos, deberían acercarse al Monasterio de Santa María la Real de Huelgas, pero por el nombre no se imaginen que las monjitas les recibirán con piquetes informativos y servicios mínimos. Esta huelga significa `huerta a la orilla de un río´; la palabra proviene de la gala olca (`campo fértil´), y no tiene nada que ver, por tanto, con la latina follicare. ¡Hasta ahí podían llegar las religiosas cistercienses! A propósito, no dejen de probar sus pastelitos de patata. Una tentación… una juerga para los sentidos, vaya.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 24, 2010

Necesidad de hacer aguas (25-6-10)

En el capítulo XLVIII de la Primera Parte de El Quijote, Sancho va manteniendo una conversación sobre encantamientos con un Don Quijote triste y derrotado que es llevado enjaulado hacia su pueblo. Es esta una de las pocas veces en las que puede observarse una estampa tan desgarradora y que tanta compasión genere en el lector hacia nuestro universal caballero. Cervantes culmina la escena deslizando su pluma de esta manera: “Don Quijote iba sentado en la jaula, las manos atadas, tendidos los pies y arrimado a las verjas, con tanto silencio y tanta paciencia como si no fuera hombre de carne, sino estatua de piedra”.

En un momento de la conversación, Sancho, angustiado y preocupado de ver a su amo de esa guisa, se interesa por él y le pregunta si “le ha venido gana y voluntad de hacer aguas mayores o menores”. Don Quijote le pide que se aclare, a lo que Sancho responde: “¿Es posible que no entiende vuestra merced de hacer aguas menores o mayores? […] Pues sepa que quiero decir si le ha venido gana de hacer lo que no se excusa”. A pesar de los años transcurridos y de los sanchos y quijotes que ha dado nuestro idioma, en la actualidad se siguen usando indistintamente las expresiones hacer aguas y hacer uno sus necesidades. Lo malo y lo desagradable de este pastel es que hay un número cada vez mayor de hablantes y de periodistas incapaces de distinguir el trecho que separa una necesidad tan imperante en los seres vivos, como es la de hacer aguas, y un accidente -con destrozo del mobiliario incluido-, como es el de hacer agua.

Hace unos días, sentado frente al televisor –lingüísticamente nuestra actual caja de Pandora-, oía a un seudoperiodista televisivo, de cuyo nombre no quiero acordarme, transmitir con comentarios anodinos y farragosos un partido de fútbol. No sabría decirles qué me aburría más: el espectáculo deportivo o el locutivo. Pero hete aquí que, sin comerlo ni beberlo, escuché algo que me despertó de mi somnolencia. Decía algo así como: “Silva hace aguas por su banda”. Como pueden imaginarse, me incorporé del sofá y con cierto morbo escatológico quise comprobar que, al menos, se trataba de aguas menores y no mayores, excuso decirles la razón. Lo que este personaje televisivo quería decir era que el tal jugador hacía agua por su banda, ya que esta locución significa, dentro del campo semántico marítimo, que una embarcación es invadida por el agua a través de alguna grieta o abertura, y, por lo tanto, es de aplaudir su aplicación metafórica a un jugador que se está “hundiendo” por su mal juego.

Así pues, no es lo mismo hacer agua que hacer aguas, como tampoco es igual la vergüenza que las vergüenzas.

Ya al final del capítulo XLVIII, don Miguel vuelve a humanizar de una manera admirable a su personaje cuando Don Quijote, que ya sabe a qué se refiere Sancho, le pide que abra la jaula para desahogarse, y le ruega: “¡Sácame de este peligro, que no anda todo limpio!”. Muchas veces he sentido las mismas ganas de huir para desahogar a gusto tanto disparate y tanta torpeza en el muladar del olvido.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 18, 2010

Abundancia de cuernos (18-6-10)

Recuerdo que, siendo yo niño, solía acompañar a un cabrero cuando sacaba el rebaño a pastar, y él me recompensaba con un buen trago de leche que yo tomaba, tumbado boca arriba, directamente de las ubres de la cabra. Y recuerdo también la frase que dejó caer un día cuando yo admiraba la cornamenta del cabrón: “Guárdate bien de los cuernos, José, que son el peor mal que le puede caer al hombre”.

Sabemos que el tema de la infidelidad y de la imagen del cornudo han sido de los más atractivos para escritores, artistas e intelectuales hasta no hace mucho. La sociedad machista imponía al hombre el papel de dominante y a la mujer el de sumisa, obediente, fiel y ama de su casa, y esa misma sociedad denostaba despiadadamente al cornudo por ser “poco hombre” y dejarse engañar por su mujer. En esta línea, una de las mejores definiciones que hay del cornúpeta racional es la que dio Quevedo en uno de sus poemas satíricos: “Es hombre y es venado y es jumento, / porque de todos tres tiene tomado / las armas, la razón y el sufrimiento”. Y sin piedad arremete en otros versos de esta guisa: “Cuando tu madre te parió cornudo, / fue tu planeta un cuerno de la luna; / de madera de cuernos fue tu cuna, / y el castillejo [`un andador´] un cuerno muy agudo”.

Sin embargo, en todas las tradiciones primitivas los cuernos han simbolizado poder y fuerza, y, de hecho, adornaban con ellos sus pieles, los yelmos de guerra e incluso sus cascos. Baste recordar a los vikingos, por ejemplo. Además, el cuerno se usaba como un instrumento musical profundamente respetado, y al que se veneraba porque servía para llamar al espíritu para la guerra santa. Sonaban como esas vuvuzelas infernales que se oyen en los partidos del Mundial de Fútbol de Sudáfrica, que, de hecho, pretenden imitar el barrito de los elefantes cuando se ven amenazados y desean atacar.

Así pues, lo de los cuernos no es tan malo como parece. O, si no, vayamos a la Antigüedad clásica. En la mitología romana se nos cuenta que la diosa Cibeles, esposa de Saturno, no podía seguir aguantando que su marido devorase a sus hijos, así que decidió sustituir a Júpiter, que acababa de nacer, por una piedra envuelta en pañales, y Saturno se la tragó sin notar el engaño. Cibeles envió a su hijo al monte Ida, en la isla de Creta, para que estuviese a salvo, y allí fue alimentado por la cabra Amaltea. Nos cuenta Ovidio en sus Metamorfosis que un día a la cabra se le rompió un cuerno, y Júpiter lo usó para alimentarse llenándolo continuamente de flores, frutos y de la propia leche de Amaltea. En agradecimiento, el dios convirtió al animal en constelación (la de Capricornio). De esta leyenda proviene la expresión “tener el cuerno de la abundancia”, para referirnos a una persona que disfruta de una más que holgada y creciente situación económica.

De estos afortunados que viven de rentas y con un buen colchón económico, con los tiempos que corren, van quedando pocos, y al que posea semejante trofeo caprino seguro que le importará un cuerno si el despertador suena más tarde o más temprano, porque no tendrá que partirse los cuernos todos los días para pagar la hipoteca y el recibo de la luz. Ya lo ven: al final todo va a ser cuestión de eso, de cuernos.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 11, 2010

Energúmenos (11-6-10)

En una ocasión definió Lope de Vega a los energúmenos como “hombres atormentados por el demonio”. Quizás nos resulte algo exagerada esta definición en los tiempos en que vivimos, pero el término, tomado del latín aunque con raíces griegas (<gr. energúmenos `poseído´), tuvo en su creación este sentido. Fue Nebrija quien le dio entrada oficial en nuestra lengua al incluirlo en su Vocabulario español latino con el significado de `endiablado, endemoniado´, y es el que hemos ido usando hasta la actualidad, salvo alguna excepción como la de Cadalso, que empleó energumenado en lugar del ya conocido energúmeno.

Es cierto que hoy usamos esta palabra para contextos que nada tienen que ver con el ámbito religioso ni menos aún con exorcistas. Pero déjenme que les cuente lo que me sucedió el otro día mientras hacía cola en la caja del supermercado. Se colocó detrás de mí una madre que empujaba el carrito en el que iba embutido un niño de unos tres años. Miré a la criatura y le sonreí; parecía un ser tan bueno que me dio por hacerle una carantoña, pero él fijó aterradoramente su mirada en mí. Me di la vuelta tras fingir una sonrisa cariñosa y seguí esperando hasta que me tocara el turno de pagar, y no pasó apenas un minuto cuando noté que el niño cobraba vida: al principio tímidamente, tirándome del pantalón, dándome patadas y lanzándome gusanitos ensalivados; poco después, como la madre no lo amonestaba y yo tampoco le prestaba atención, se irritó y empezó el espectáculo: emitiendo sonidos guturales y laringales como berridos, agitaba los brazos y las piernas con tanta violencia que iba tirando los objetos de los expositores; consiguió zafarse de la correa, se escapó del carrito y le dio por arrastrarse por el suelo al tiempo que golpeaba con su puño a los pies de los sufridos clientes. Lo extraordinario era que la madre actuaba como si aquello no fuera con ella, como si considerase que aquello era normal y que había que dejar sola a la criaturita para evitar que creciera coaccionado por la autoridad materna. Al final pagué y logré huir del espectáculo. A principios del siglo XVII y en plena Contrarreforma, se escribió en un tratado sobre espiritualidad que se aconsejaba el uso constante de la oración pues era “capaz de sanar los espumantes energúmenos”; yo les aseguro que ese niño necesitaba algo más que letanías, antífonas y salmos responsoriales.

Le comenté a un compañero de trabajo lo sucedido, y coincidíamos en que éramos luego nosotros, los docentes, los que teníamos que encargarnos del pastel, los que debíamos tragarnos la mala educación de algunos alumnos consentidos, malcriados y violentos. ¿No querías caldo? Pues toma tres tazas. “Pero esto es así, es algo que va con el sueldo; es como el médico que tiene que hacer un tacto rectal o al que le tosen o vomitan encima”, me dijo. “Claro”, pensé, “pero no nos vendría mal un cursillo de formación urgente en relajación o en exorcización”. Y todo ello sumado al recorte de sueldo que ya hemos empezado a sufrir los funcionarios. Vade retro.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 4, 2010

En bandeja de plata (4-6-10)

Azafata y camarera son dos de las pocas profesiones actuales que pueden presumir de haber estado a lo largo de la historia entre las más cotizadas y deseadas. Aunque la de camarera no es hoy en día de las más solicitadas, son muchas –y ahora ya muchos- los jóvenes interesados en trabajar como azafatos –lo que en Hispanoamérica se denomina aeromozos-, y, para ello, realizan cursos de postgrado con el fin de especializarse en lo que ahora se viene a llamar “asistente de vuelo” o TCP (Tripulante de Cabina de Pasajeros).

De las dos profesiones citadas antes, históricamente la de mayor importancia ha sido la de camarera, pues a ella se le encargaban las tareas de servir, de vestir y de peinar y componer el cabello de la dama. Todo esto se llevaba a cabo dentro de la cámara o habitación privada de su señora, y de ahí su nombre, camarera, `la que sirve dentro de la cámara´. Al pasar tanto tiempo solas, la camarera era la criada de más estimación, y tanto era así que, frecuentemente, esta se convertía en la tesorera de los secretos de la dama. Dentro de palacio ocupaba un lugar preferente la Camarera Mayor, la que servía a la reina, y entre sus privilegios se hallaban el de poder ocupar algún asiento a la izquierda de la soberana y el de preceder y mandar a todas las otras criadas de los reyes. El primer documento escrito que tenemos de esta palabra lo encontramos en el Fuero de Cuenca, escrito hacia 1290. En él, en su artículo VII, que habla sobre la fidelidad que deben tener los trabajadores y sirvientes a su señor, se ordena que “non aya departimiento ninguno con su muger del señor, nin con la fija, nin con la nodriza, nin con la camarera”.

La azafata estaba a las órdenes de la Camarera Mayor. Solía ser una viuda de rancio abolengo, y se le encomendaban las tareas de despertar a la reina todas las mañanas y de guardar y proteger sus alhajas y vestidos. El nombre de azafata viene del de azafate, que era una especie de canastillo de mimbre, aplastado y alargado a modo de bandeja, sobre el que la azafata ofrecía a la reina el vestido y demás atuendos que debía ponerse, con la ayuda de la Camarera, claro. Así, en los Inventarios reales de bienes muebles que pertenecieron a Felipe II, redactados hacia el año 1600, se deja constancia de unos utensilios de plata dados por el monarca fallecido “para serviçio de la Infanta doña Ana, y entregados a su azafata, doña Estefanía Romero de Villaquiván”.

El término azafate se dejó de usar en castellano a finales del siglo XVI porque se puso de moda –y finalmente se impuso- un extranjerismo que entró del portugués: bandeja. Y fíjense que ahora, a comienzos del s. XXI, nuestras azafatas y camareras vuelven a coincidir, no dentro de una cámara real, sino portando el mismo objeto que les obliga su profesión: una bandeja. Eso sí, no me negarán que a partir de ahora nos sentiremos a cuerpo de rey cada vez que una camarera nos traiga la consumición o una azafata nos ayude a colocarnos el cinturón de seguridad. Hay profesiones que nunca pasarán de moda.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 28, 2010

Flipante (28-5-10)

Se sabe que los españoles estamos entre los europeos más adictos al televisor, y ahí están los últimos estudios y las cifras más recientes que lo corroboran. Y miren que es difícil creer que en un país como España, en el que apetece tanto tapear, pasear y alternar, donde el sol, la alegría y la juerga son nuestros mayores reclamos turísticos, estén sus ciudadanos enganchados a la pantalla hora tras hora. Pero así es, no se puede negar la evidencia, como tampoco que entre los programas más vistos se encuentran los deportivos –con el fútbol como protagonista- y los del corazón, además de esos que están agrupados bajo la definición de “telebasura” y que no son otros que las series y los realities que hacen gala de una triste ausencia de los más básicos valores éticos y morales.

Lo del deporte nos viene ya de muy lejos, aunque no con el significado de `actividad física´. En una crónica de mediados del siglo XVI se habla de El Pardo como “la casa de deporte de los Reyes de Castilla”, y no piensen que en este escrito encontramos la primera documentación de un polideportivo; por aquella época, el término deporte era sinónimo de `ocio, diversión, tiempo libre´. Precisamente también, y por aquellos años, las damas de la alta sociedad tenían por uno de sus “deportes” preferidos el leer literatura pastoril, sobre todo poesía. Eran novelas y poemas bucólicos que narraban los amoríos secretos e infieles entre pastores cultos, recatadísimos y sin rebaño que en nada se parecían a los de verdad, a esos pobres de carne y hueso que aparecen representados en El Quijote, sin estudios, curtidos por el hambre y el duro clima de La Mancha. El atractivo que esta literatura despertaba entre las aristócratas españolas era que esos protagonistas representaban situaciones y personajes reales de la alta sociedad, y, así, la poesía y las novelas pastoriles desempeñaban la misma función social que cualquier medio de comunicación actual que se dedica a la prensa rosa, al cotilleo.

Pero no nos alejemos del primer punto que hemos tratado al comienzo, y que no es otro que el de la adicción casi preocupante que sufrimos los españolitos de a pie frente a la tele. Los norteamericanos, que fueron los inventores del aparato, han tenido el detalle de estudiar y dar nombre a los diversos comportamientos observados en los televidentes con el mando en la mano. El zapping (zapeo en español) es el cambio a un canal que nos gusta más; si este cambio a otros canales es más frecuente –cada dos minutos- se habla de zipping; en un nivel superior hablaríamos de grazing, que sucede cuando seguimos varios programas a la vez y, por tanto, el salto de canal es constante; y, finalmente, el grado que indica ya una patología preocupante y enfermiza es el denominado flipping, que ocurre cuando el televidente cambia sin parar y sin seguir ningún programa televisivo. Del verbo inglés to flip, que quiere decir `enloquecer´, ha surgido el español flipar, que tiene un uso similar.

Lo impactante del estudio norteamericano no son los términos, sino que muchos pueden flipar al sentirse identificados con alguno de ellos.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 21, 2010

Popurrí (21-5-10)

El potencial económico, político y militar de España en la Europa del Renacimiento fue arrollador, y su influencia en los principales países europeos del siglo XVI fue tan decisiva que se puso de moda todo lo español: se estudiaba castellano en casi todas las universidades europeas, se vestía y se actuaba socialmente a la manera española, e incluso algunas recetas hispanas fueron incorporadas por los menús europeos. Esto fue lo que sucedió con la olla podrida.

Este plato era como el cocido nuestro actual pero mucho más sustancioso y nutritivo, pues a los garbanzos y verdura se añadían carnes muy diversas: carnero, vaca, jamón, tocino y aves de caza y de corral. Era tan completo en sus ingredientes, que la olla rebosaba, de ahí lo de “podrida”, que quiere decir `colmada, llena´; hoy en día seguimos empleando esta acepción cuando, por ejemplo, decimos de alguien que está “podrido de dinero”, es decir, que atesora una gran fortuna.

La olla podrida, por ser un plato económicamente poco alcanzable para muchos españoles de entonces, de los siglos XVI y XVII, se solía cocinar sólo en ciertas festividades y ceremonias como bodas, bautizos, … Y una clara muestra de lo que acabamos de comentar la encontramos en El Quijote. El sustento de nuestro ilustre hidalgo se basaba en lentejas, huevos con chorizo o tocino, cocidos hechos con algo de vaca y con cuyas sobras se elaboraban otras recetas, y, como plato especial, los domingos un palomino. Ahora bien, cuando Sancho Panza toma posesión del gobierno de una ínsula ficticia (II, cap. 47), una de las cosas que quiere hacer es darse una buena comilona, y ante él, como gobernador, se le presentan los más suculentos platos -platos que, como sabemos, no le dejarán catar para así seguir con la burla-. Junto a perdices asadas, conejos guisados y ternera en adobo, Sancho descubre el que para él era el mejor manjar: olla podrida. Pero el médico se lo prohíbe con estas palabras: “Allá las ollas podridas para los canónigos o para los rectores de colegios o para las bodas labradorescas”.

Uno de los personajes que dio renombre a este plato fue el emperador Carlos I, que siempre llevaba su ollita de garbanzos y carne en sus desplazamientos dentro y fuera de España. Y, así, nuestra receta se hizo especialmente famosa y popular en la Francia del siglo XVI, donde la tradujeron literalmente: pot (`olla´) pourri (`podrida´). Lo llamativo es que, con el paso del tiempo, y ya en el siglo XIX, este galicismo entró en el español pero ya castellanizado –popurrí– para referirse a las obras musicales que son fruto de haber mezclado varias piezas, y, por extensión, a todo aquello que sea una mezcolanza de cosas diversas. Otro caso similar en el que lingüísticamente se unen lo musical y lo gastronómico lo encontramos en tierras charras, donde es famoso un manjar –ya muy popular entre los estudiantes del XVI y XVII- muy rico en calorías que se elaboraba con una mezcla arbitraria de vísceras (riñones, hígado, corazón, estómago…) y que lo llamaban chanfaina, término que proviene de sinfonía, precisamente por la variedad “sinfónica” de sus ingredientes.

Así que, ya lo han visto, un popurrí musical parisino y un cocido español bien completo comparten un parentesco lingüístico, pero no gastronómico, claro.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 14, 2010

Tragedia humana (14-5-10)

Embarcaciones procedentes de África atestadas de personas que huyen de la guerra, de la injusticia y del hambre han vuelto a llegar a las costas canarias. En los medios de comunicación se insiste en ofrecer las cifras alarmantes de ocupantes que llegan ateridos y desnutridos sobre estas barcazas que, dicho sea de paso, ya no son aquellas viejas pateras y podridos cayucos, aquellos botes pequeños, sin quilla y sin motor que solo podían ser gobernados mediante remos; ya no: ahora vemos botes más grandes e impulsados por hélice, lanchas mayores que gabarras con un número de tripulantes que amenaza su flotabilidad.

Hace unas semanas, con la entrada del buen tiempo, llegó una de estas embarcaciones a una playa turística. Un periodista que se encontraba allí narraba y describía todo lo que estaba contemplando y dijo que “lo que estoy viendo delante mío es una verdadera tragedia humanitaria”. Quizás arrastrado por la tensión del momento no se dio cuenta de los dos patinazos que había cometido. En español mantenemos un buen número de locuciones preposicionales –una locución es una frase hecha que puede tener un valor adverbial, preposicional, verbal, etc.-: debajo de, enfrente de, encima de, detrás de, al lado de, por encima de… Y estas locuciones no pueden romperse ni transformarse, por lo que la preposición de debe mantenerse invariable e inmutable dentro de la locución. Por ello, lo correcto es decir debajo de nosotros, encima de mí, enfrente de ella, detrás de nosotros, … Y no: *debajo mío (de mí), *encima nuestro (de nosotros), *enfrente vuestro (de vosotros), *detrás suyo (de él, de ellos…)… Hay hablantes, por tanto, que crean un “falso posesivo” que es incoherente, que no tiene sentido: cuando alguien dice *delante mío está expresando que ese delante es suyo, que le pertenece, como si lo hubiera comprado. ¿Acaso no parece ridículo?

Por otro lado, debemos tener cuidado de no juntar palabras que son semánticamente incompatibles. Así, una empresa no pude “lograr un déficit”, porque el déficit es el peor enemigo de una empresa, y cuando se logra algo es porque se ha hecho esfuerzo y méritos para conseguirlo; diríamos que “ha sufrido un déficit” o que “ha logrado un superávit”, según sea el resultado económico. Algo similar acontece con la palabra humanitario. El DRAE la define como todo aquello `que mira o se refiere al bien del género humano´, o, en caso de una confrontación militar, lo que `tiene como finalidad aliviar los efectos que causan la guerra u otras calamidades en las personas que las padecen´; por ello, estamos ante un término semánticamente positivo: hablamos de “ayuda humanitaria” para las víctimas de una guerra, de “esfuerzos humanitarios” para repartir alimentos en un país tercermundista, o de “gesto humanitario” cuando damos de comer o de vestir a quien lo necesita, pero es incorrecta la locución “tragedia humanitaria”.

Lo que aquel periodista presenció fue una tragedia humana; lo humanitario estaba en el corazón de aquellos turistas que alimentaron, asistieron y arroparon con sus toallas a decenas de desfallecidos inmigrantes.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 7, 2010

Atónitos (7-5-10)

La violencia se siente todos los días; se huele en las noticias con imágenes truculentas e innecesarias; se palpa en la calle con las miradas de desprecio e intolerancia contra ciudadanos que son diferentes de la mayoría; se aspira en los hogares con los insultos y comentarios xenófobos que los hijos copian por creer que es lo más correcto; se observa en las aulas cuando los alumnos excluyen y maltratan física y psicológicamente a otros a los que consideran sencillamente distintos y más débiles; se oye en tertulias, en videojuegos, en conversaciones telefónicas, en boca de políticos, en el ascensor o en el bar, en la esquina del barrio o en la cola del supermercado. Me acuerdo de la matanza en la Universidad norteamericana de Virginia, hace unos años, y la recuerdo como el resultado de esta realidad, de esta ausencia de humanidad que, como un cáncer, corroe las entrañas de los países más ricos e industrializados, y especialmente a Estados Unidos. Y a muchos, ya habituados al ojo por ojo y diente por diente, a sorber la sopa frente a imágenes de cadáveres y a admitir la violencia gratuita contra animales y seres humanos, seguro que esta matanza les produjo la misma impresión que la que les hubiera podido ocasionar la situación de peligro de extinción por la que pasa en estos momentos el pato crestudo de Argentina.

A otros, en cambio, la noticia nos dejó estupefactos, atónitos, pero especialmente espantados por la posibilidad de que se convierta en moda en otros lugares. Que un joven de veintitrés años, cansado de burlas, humillaciones, con problemas psiquiátricos y de sociabilidad decida colocarse un atuendo paramilitar y acabar con todo de aquella forma pone a uno los pelos como escarpias. En la Antigüedad, los romanos empleaban el verbo attonare para expresar una sensación de aturdimiento y de estupor tal que podía compararse a la impresión que dejaba el impacto de un rayo, ya que, de hecho, este verbo provenía, a su vez, de tonare (`tronar´). De esta familia léxica nos ha quedado el adjetivo atónito, que aplicamos al que se ha quedado petrificado, como partido por un rayo, al ver algo inesperado o escuchar una noticia sorprendente. Y, curiosamente, de atónito derivó el término atuendo, pues se aplicaba al principio a la pompa “estruendosa” del rey para, finalmente, acabar por designar los ropajes modestos de cualquier persona.

Pero no sólo atónitos, sino cariacontecidos, desconcertados y pasmados nos quedamos ante las declaraciones de algunos ciudadanos norteamericanos ante crímenes tan monstruosos como aquel. Según ellos, estas matanzas indiscriminadas se podrían evitar si los alumnos, al igual que casi todos los ciudadanos, llevasen siempre consigo, a mano, armas para defenderse, y que la panacea para evitar futuros crímenes de este tipo sería, por tanto, que se pusieran a la venta más armas de fuego. No está mal. Esto es como si, para acabar con la droga que se vende por la noche en los lugares de ocio de nuestros hijos, se permitiese que paseasen más camellos por las calles vendiendo los estupefacientes más duros y mortíferos del mercado. ¡Que me parta un rayo si entiendo algo de todo esto!

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 23, 2010

Expósitos (23-4-10)

Uno de los apartados más apasionantes para un lingüista es el estudio del origen y evolución de los nombres propios de personas y, sobre todo, de los patronímicos, es decir, de los apellidos que antiguamente daban los padres a sus hijos. Por esta razón, al bucear en el origen de estas palabras nos adentramos en la historia de nuestro país y de nuestros más lejanos antecesores.

En la Edad Media, y en plena Reconquista, los cristianos castellanos apellidaban a sus hijos con el nombre del progenitor añadiéndole la terminación –ez, que significa `hijo de´. De esta manera, quien se apellidaba Martínez era porque su padre se llamaba Martín; Jiménez quiere decir `hijo de Jimeno´; Díez o Díaz, `hijo de Diego´; Pérez, `hijo de Pero (Pedro)´; López, `hijo de Lope´; González, `hijo de Gonzalo´; el padre de un Fernández o Hernández se llamaría Fernando o Hernando; o el primer Sánchez, Sáenz o Saiz tendría como progenitor a alguien llamado Sancho. Más tarde, los apellidos fueron pasando de generación en generación independientemente del nombre de los padres.

Ahora bien, en la España de finales de la Edad Media se iba imponiendo una realidad social y religiosa: los conversos, esto es, los judíos o los musulmanes que renegaban de su religión y se acogían al cristianismo. A la hora del bautismo debían escoger un nombre y un apellido: para el primero no tenían ningún problema, pero sí para el segundo. ¿Qué apellido cristiano iban a adoptar si no podían tomarlo de sus progenitores? Optaron, principalmente, por dos alternativas: tomar el nombre de su profesión o bien el de su ciudad o pueblo de nacimiento. Y así, encontramos apellidos como Pastor, Panadero, Herrero o Ferrero, Escribano, Ballestero, Mercader, Escudero, Zapatero, Carnicero, Tendero, Carretero, Molinero, Guerrero,…; y otros como Zafra, Cuenca, Zamora, Iniesta, Sevilla, Alarcón, Honrubia, Albacete, Paterna, Alcaraz, Jaén, Osuna, Nájera, Gallego, Navarro, Valenciano, Catalán,… Pero también se apellidaban usando algún apodo o característica física (Valiente, Gallardo, Delgado, Lozano, Moreno, Rubio, Negrillo, Seisdedos, etc.) o elementos cotidianos sacados generalmente de la naturaleza (Peña, Fuentes, Pinar, Torres, Castillo, Selva, Egido, Manzanares, Campillo,…).

Cuando, hasta no hace mucho, un bebé era abandonado en las puertas de una iglesia o convento, se le ponía como apellido el nombre al que estaba consagrado el templo (Sampedro, Santamaría, San José, Santacruz, San Juan, Santos, Sangil, Sanromán, San Llorente,…) o fríamente se le imponía el de Expósito, que significa `expuesto, abandonado´ (lat. ex positus, `puesto fuera´), un apellido más brusco y, a la vez, más traumático para la persona. En Roma, al pater familiae, dueño absoluto de los hijos, el derecho le reconocía como un elemento más de la potestas patria el ius exponendi, es decir, el derecho de sacar fuera de la casa al hijo no deseado, y dejarlo ahí para que se muriera o para que alguien lo recogiera movido por la lástima. Era un expósito.

Todos nosotros, al fin y al cabo, podríamos llegar a sentirnos como expósitos al leer nuestros apellidos, ya que en ellos hallaríamos con total seguridad alguna sorpresa genealógica: deberíamos verlos como una magnífica lección de historia y de tolerancia.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 15, 2010

Campuseros (16-4-10)

Durante esta semana se está celebrando en Madrid una nueva edición de la llamada Campus Party, a la que acuden jóvenes de toda España aficionados a la informática que pueden navegar a una velocidad muy superior a la que podemos disfrutar desde casa. Sin embargo, y coincidiendo con la Presidencia europea de España, la Campus Party de este año se ha abierto a todos los jóvenes europeos, especialistas en internet y que aporten iniciativas y proyectos relacionados con las TIC y encaminados a mejorar el bienestar de todos, principalmente de los más desfavorecidos por alguna incapacidad o por exclusión social. Auspiciado por el Ministerio de Ciencia e Innovación de España, el evento reunirá ochocientos proyectos de veintisiete países de la Unión Europea, y los cuatro mejores recibirán un Premio a la Innovación.

En los medios de comunicación se hacía referencia a estos jóvenes con el término campuseros, que, aunque en un principio puede chirriar debido a su carácter novedoso, no deja de ser un neologismo gramaticalmente correcto. No es el primero ni será el último vocablo que dentro de un ámbito juvenil o jergal es creado con el sufijo –ero/a: la lista podría ser casi interminable, y, así, ya son muy frecuentes y están totalmente aceptados en nuestra lengua términos como roquero, grafitero, mitinero, marrullero, porrero, boceras, futbolero, guaperas, discotequero, barriobajero, chuleras, etc.

Además de este, podríamos recordar otros sufijos con los que se han ido creando palabras nuevas que configuran el argot juvenil. Con la terminación –ote/a hay términos como pasota; con –ata encontramos algunos como bocata o drogata; con –ón/ona se han creado litrona, encerrona, vomitona, comilona o botellón; con –azas podríamos destacar bocazas, manazas, bragazas; de –orro/a se han formado fiestorra, calentorro, pedorro, vidorra, tintorro; y de otras lenguas peninsulares se han incorporado al español sufijos, como el vasco –rra en palabras como etarra o bandarra.

Uno de los internautas –o cibernautas- participante en la Campus Party confesó en una entrevista su afición desbordada hacia los “deportes electrónicos”, que es como se llaman ahora a los juegos informáticos. Eso de que se llame deporte a estar sentado frente a una consola suena raro, aunque quizás no sea tan extraño si recordamos que el ajedrez es considerado un deporte de mesa. De cualquier forma, este joven declaró lo siguiente cuando se le preguntó acerca del nivel de concentración exigido para tales deportes: “Es difícil que puedas concentrarte para jugar contra un rival que, además de ganarte, te apaliza”. Debo reconocer que hasta hoy nunca había oído el verbo apalizar, y, de hecho, ni siquiera viene registrado en el Diccionario de la Real Academia; en cambio, en el Diccionario del español actual sí aparece y con el significado de `Dar una paliza a alguien´. La primera documentación del término paliza –que deriva de palo– la tenemos en El Quijote, concretamente en el capítulo en el que Cervantes habla de la paliza que los arrieros propinaron con palos y estacas a Rocinante cuando “le vino en deseo de refocilarse” con las yeguas. De palo proviene también la palabra palique y su verbo paliquear; peyorativamente, una persona que le da al palique es la que habla de manera trivial e insustancial y generalmente para criticar y hacer daño a otras; en fin, una persona aficionada al relajante deporte de dar la paliza.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 9, 2010

Morbo (9-4-10)

Algunos sostienen que los hombres somos más chismosos que las mujeres, que sentimos más interés que ellas hacia la anécdota o el cotilleo. Y quizá no anden demasiado equivocados quienes afirman esto, porque he de reconocer que en muchas ocasiones se me despierta un genético interés auditivo hacia las conversaciones ajenas. El otro día, sin ir más lejos, mientras paseaba por una calle céntrica de mi ciudad, escuchaba atentamente la conversación que una joven mantenía con su resignado novio, y, en ella, la chica justificaba su desmedido interés hacia un cantante de moda por el morbo que tenía. Cuando oí eso del morbo no supe muy bien a qué hacía referencia, y más cuando la Real Academia lo define en su Diccionario como un `interés malsano por personas o cosas´ e, incluso, como una `atracción hacia acontecimientos desagradables´. Y, claro, no creo que la muchacha sintiese tanta rareza hacia alguien que debía de ser un portento de la naturaleza, a tenor de la descripción tan apolínea que le ofrecía a su chico.

Pero Manuel Seco, en su Diccionario de español actual, nos lo define como el `atractivo propio de lo prohibido, inconfesable o truculento´, o simplemente como `atractivo o encanto´. Y estas definiciones sí que encajan en el contexto conversacional de la pareja de novios. Hace unos días, en un programa de cuchicheos y chismorreos, escuché las confesiones de una popular actriz, casada, que se lio con un compañero de profesión, también casado, que le prometió que dejaría a su mujer cuando ella abandonara a su marido; ella lo creyó, pero él mintió, así que la desconsolada infiel se quedó sin uno y sin otro, y, entre sollozos y a golpe de talón, confesaba que su aventurita fue más por morbo que por auténtico amor.

De vuelta al idioma, no debemos olvidar que el término morbo es un cultismo, del latín morbus (`enfermedad´), y de ahí que, durante siglos, se hablara del “morbo comicial” para referirse a la epilepsia, del “morbo gálico” para la sífilis, o del “morbo regio” para la ictericia. Hoy en día, quizás, no estaría del todo mal hablar del “morbo musical” para definir el neurótico fenómeno fan, o del “morbo por lo ajeno”, que fue lo que sufrió la desdichada famosa de antes.

En esta línea, resulta interesante comprobar que de morbus deriva también la palabra muermo. El muermo es una enfermedad de las caballerías, contagiosa para el hombre, cuyos síntomas son la tos y la falta de respiración por congestión nasal. Este mal provoca también, tanto en los animales como en los humanos, un estado de apatía y decaimiento, lo cual explica que cuando se dice de alguien que es un muermo se le está describiendo como un ser aburrido, tedioso, y cuya conversación causa en el sufrido acompañante una insoportable sensación de sopor.

Por Castilla-La Mancha he escuchado un término verdaderamente deslumbrante y que les voy a transcribir. Se usa cuando alguien sufre una fuerte congestión nasal motivada por un resfriado de caballo –y nunca mejor dicho-. A esa congestión se le denomina amormadero, y, si bien no es muy frecuente, todavía es usada sobre todo por los más mayores, y más si provienen de ámbitos rurales.

En fin, que, visto lo leído, al final resultará que los muermos y los amormaderos son, sin más, una cuestión de morbo.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 2, 2010

Vidas de perros (2-4-10)

Me ha sorprendido que todavía por estas fechas haya puntos de nuestra geografía en los que siga nevando y cayendo chuzos de punta. Pero más sorprendente ha sido la noticia que cayó en mis manos no hace mucho, y les aseguro que es cierta, que no les engaño. Desconozco la fecha del suceso, pero he leído que, al parecer, en la ciudad de Visby, en Suecia, una mujer murió al ser golpeada por las heces de un perro. El cachorrito, un sambernardo, se desahogaba desde la azotea del edificio y las deposiciones se congelaron mientras caían directas a la cabeza de la malograda. El caso de esta desafortunada señora no es para tomárselo a guasa, pero no neguemos que la mezcla de lo escatológico y lo trágico produce en no poca gente un cierto aroma a humor negro. Y me viene ahora a la memoria –y por eso se lo transcribo- que en algunos países hispanoamericanos, como es el caso de Cuba, se usa la expresión estar meado por los perros para referirse a alguien que tiene muy mala suerte; cómo se nota que en aquellas latitudes no se sabe lo que es estar a 30º bajo cero.

Igual de verídica es la conversación que escuché una mañana entre dos ancianas. Era muy temprano, y yo, que estaba recién salido de una extracción de sangre, andaba en ayunas y con hambre canina. Delante de mí, una señora de avanzada edad y de gesto abatido y resignado paseaba un perrito de raza desconocida con el que compartía evidentes señales de artrosis y dejación: al verlos, parecía como si entre los dos seres hubiese nacido un sentimiento de resistencia por ver quién sobreviviría a quién. Tras cruzar la calle, se encontró con una amiga, a la que no tardó en comentarle lo insufrible que se le hacía ya el tener que pasear al animalito todos los días para que hiciese sus necesidades. Y ésta, con una agudeza y un ingenio admirables –tanto que hizo olvidarme del mal trago de la analítica-, le respondió: “Bueno, pues ahora dime tú quién es el perro: él o tú”. Ese diálogo parecía estar sacado de El coloquio de los perros, novela en la que Cervantes da voz a dos canes para ridiculizar al género humano y atacar sus vicios y crueldades, y, por qué no, seguro que merecería figurar en un tratado sobre el esperpento.

En arte, la representación gráfica de un perro simboliza la fidelidad, y de nuestro fiel compañero se suele decir que es el mejor amigo del hombre. Sin embargo, esto choca frontalmente con la realidad lingüística de nuestro idioma, porque llevar una vida de perros no significa gozar de una existencia feliz, o llamarle a uno perro no es precisamente alabar sus virtudes y bondades; y no digamos nada del apelativo perra lanzado a una desprevenida joven.

Y ya que estamos concluyendo y que idiomáticamente tratamos tan mal a nuestro fiel servidor, se me antoja que viene muy al caso una frase de dudable autoría, pero con muchos años de antigüedad, muy aguda, mordaz y cierta, y que me gustaría compartir con ustedes. Seguro que la habrán escuchado: “Cuanto más conozco a los hombres, más admiro a los perros”. Que cada uno mueva la cola como mejor sepa.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 25, 2010

Mugidos (26-3-10)

Aún colea la polémica generada en algunas Comunidades Autonómicas a raíz del debate sobre si las corridas de toros deben ser prohibidas por la violencia y la saña infligidas al animal. Se está hablando de que esta no es la fiesta nacional porque son cada vez menos los que comparten esta afición; se están argumentando posiciones culturales para evitar que sea abolida, y, de hecho, en algún caso ya ha sido declarada la fiesta de los toros como patrimonio cultural. La fiesta de los toros no, pero es indudable que la cultura del toro es milenaria en los países mediterráneos. Pero hoy quisiera hablar aquí de su consorte, la vaca, por razones bien distintas y porque su proyección cultural es, si cabe, más universal. Para algunas de las grandes civilizaciones orientales de la Antigüedad, como la egipcia o la hindú, la vaca está asociada a la tierra y a la luna; es, por tanto, un ser celestial. En La India es un animal sagrado; es Vach, la encarnación femenina de Brahma. En algunos papiros del antiguo Egipto se representa a la vaca con grandes cuernos, y, bajo ella, protegido, se ve al pueblo ordeñándola, como la gran diosa madre que da continuamente alimento y calor vital. En el Génesis, el faraón le pide a José que le interprete un sueño en el que aparecían siete vacas lustrosas que eran comidas por otras siete macilentas; y la interpretación fue que las siete vacas buenas anunciaban siete años de abundancia, mientras que las flacas simbolizaban otros siete de penuria y escasez. De este episodio bíblico tenemos hoy día la expresión “de vacas flacas” para referirnos a una época de escasez y de estrechez económica, o “de vacas gordas” para todo lo contrario.

No hace mucho, en la Universidad de Londres, John Wells, profesor de fonética, ha descubierto una cualidad más de este sorprendente animal. Al parecer, este fonetista y su grupo de colaboradores han llegado a la conclusión de que las vacas inglesas mugen con un acento distinto en función de su localización geográfica, y, según se cree, esto se puede deber a la estrecha relación que existe entre los granjeros y estos bóvidos. Sostienen, incluso, que este hecho tiene su origen en el contacto de este animal con el resto de vacas de su comunidad, y que el mismo fenómeno está también demostrado en los pájaros. Pero en Liechtenstein afirman que la cuestión dialectal de las vacas depende de su alimentación, que sus vacas mugen con más suavidad, relajación y tranquilidad porque se alimentan de cáñamo, la planta de la familia del cannabis.

Sea como fuere, la noticia no deja de ser un motivo de alegría para los espíritus más nacionalistas. La lengua, que en algunas regiones ha sido transformada y rebautizada como poderosa arma política, ahora lo va a ser más. No nos sorprendería que, dentro de unos meses, aparecieran estudios fonéticos dialectales de las vacas catalanas o vascas frente a las madrileñas o gaditanas, ni que grabaran sus mugidos como documento sonoro y de patrimonio cultural como una reivindicación más de la singularidad y exclusión territorial.

Los hindúes, quizás algo menos alborotadores, revisten a su vaca sagrada con dos atribuciones: “vaca de la abundancia”, por su función de mantener al mundo; y “vaca melodiosa”, por la idea de que el mundo fue creado por el sonido. Curiosa coincidencia, ¿no creen?

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 20, 2010

Astenia (19-3-10)

Los médicos insisten en que no debemos preocuparnos, que los síntomas son sólo pasajeros y que no se trata de ninguna patología. Pero todas las primaveras, y cuando las lluvias dejan paso al sol y a las altas temperaturas, muchos tienen que padecer las incomodidades de la alergia por un lado, y, por otro, las molestias que nos causa la astenia primaveral: fatiga constante, apatía, trastorno del sueño y, a veces, tendencia a la depresión. Y este año se verán especialmente acentuados estos síntomas por la cantidad de lluvia y nieve que el invierno nos ha dejado y por el escaso número de días que hemos pasado sin apenas ver el sol.

Muchos habremos oído distintas versiones lingüísticas del término astenia. El otro día, sin ir más lejos, escuché a un taxista que me aseguraba, con cierto tono de resignación, que ya estaba “con la abstemia”. Y, claro, yo no sabía a qué abstemia se refería, si a la abstemia de su consorte o vaya usted a saber cuál, porque una abstemia es una mujer que no ingiere bebidas alcohólicas porque o no le gustan o bien porque el médico se las ha prohibido para evitar otra posible adicción o recaída.

Me contaba un médico que hay pacientes, en apariencia con una buena preparación cultural, que confunden términos muy similares en la forma, y que en más de una ocasión ha oído disparates como “enema pulmonar” o le han pedido consejo sobre cómo “aplicar el edema por el ano y que duela menos”. Lo último le ocurrió hace unos días cuando una señora remilgada, de voz engolada y porte decimonónico fue a verle a la consulta afectada de algo de cansancio y apatía, y a la vista saltaba que la sensación de agotamiento que padecía era tan intensa como su mucha arrogancia y engreimiento. Lo fascinante ocurrió cuando la señora aseguró que estaba convencida de que sus males se debían a “la tenia primaveral”. “¿A qué tenia se refiere usted, señora?”, le preguntó intrigado. “Pues a cuál va a ser, a la de la primavera”. Recuerdo que de pequeño, en aquellas noches calurosas de agosto en el patio de la casa del pueblo, las mujeres contaban historias que se me antojaban fantásticas, algunas terroríficas, de auténtico pánico. Una de esas historias narraba lo ocurrido a una vecina que fue perdiendo peso de una manera tan alarmante que, al cabo de unas pocas semanas, ni su propio marido era capaz de reconocerla. Un curandero que vivía no muy lejos de allí fue a visitarla cuando la pobre ya no tenía ni fuerzas para levantarse, y, al mismo verla, no tuvo duda de lo que le sucedía. Inmediatamente pidió un vaso de leche y lo colocó junto a la boca abierta de la enferma. Contaban aquellas mujeres que, al cabo de unos minutos, una tenia comenzó a salir de su boca y, tras tirar de ella suavemente, salió casi tres metros de gusano.

El único parecido que tienen los términos tenia y astenia es que son de origen griego: el primero proviene de tainía (`cinta´, por la forma del gusano), y el segundo de asceneia (`falta o ausencia de fuerza´). El resto es confusión y cansancio, disparate y apatía, pero no hay nada que no tenga remedio.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 12, 2010

Caricaturesco (12-3-10)

A mi amigo Chema y su “Fe de ratas”

En una entrevista emitida por una cadena televisiva nacional a una catedrática española de Filología Árabe se le preguntó qué consideraba más grave: el atentado del 11-S o las caricaturas de Mahoma publicadas en el periódico danés Jyllands-Posten. Ella, que confesó abrazar la religión musulmana, contestó relajadamente que ambos actos eran igual de graves y lesivos, en ámbitos distintos, aclaraba, pero con unos daños similares.

La caricatura, ya sea gráfica o lingüística, consiste en deformar una realidad, y su finalidad es exclusivamente crítica y siempre desde la risa, desde el sentido del humor. Lo malo es que a muchos la caricatura les suena a insulto o falta de respeto, y quizás se deba a que desconocen una gran virtud, ya muy valorada desde Aristóteles: la de ser uno capaz de reírse hasta de su propia sombra. Los pueblos mediterráneos somos más dados al humor caricaturesco; de hecho, fue en la antigua Grecia donde surgió esta práctica, que, más tarde, se generalizó por todo el Imperio romano: en algunos muros de Pompeya se conservan milagrosamente grafitis que representan de manera burlesca a gente de reconocida posición social y pública; y en menor escala, las meretrices romanas solían dibujar suelas de sandalia cara que se encaminaban a la entrada del lupanar y, junto a ellas, la leyenda Vade mecum (`Ven conmigo´). Viendo estos orígenes, no extraña que la palabra caricatura sea un préstamo del italiano, y proviene, a su vez, del término caricato, que es un bajo cantante que solía representar en las óperas –sobre todo las de los siglos XVIII y XIX- los papeles de bufo.

Pero volvamos a lo dicho al principio. Apuntamos antes que la caricatura se basa en la deformación de un individuo o de un grupo social, y esto se consigue atribuyéndole rasgos propios de los animales (animalización) o de las cosas (cosificación). Los mejores ejemplos podemos encontrarlos a lo largo de nuestra cultura artística y literaria, y en cuatro momentos históricos. El inicio de la caricatura literaria lo hallamos en la descripción de la serrana en el Libro de Buen Amor, donde el Arcipreste nos la retrata con unas orejas “mayores que de añal burrico”, con un pelo pequeño y negro como de corneja, y con unos dedos gordos y bastos como “viga de lagar”. Un segundo momento o de continuación aparece con Quevedo, y sobre todo en El Buscón, donde, por ejemplo, se describe al licenciado Cabra como “un clérigo cerbatana […]; el gaznate, largo como de avestruz […]; las manos, como un manojo de sarmientos cada una”. Con los Caprichos de Goya se llega a la maduración caricaturesca, ya que en ellos se critica con dureza a la sociedad española retratándola monstruosamente deformada. Y, finalmente, la deformación y la caricatura alcanzan su perfección en el esperpento de Valle-Inclán.

Después de este recorrido, no estaría de más recordar que la crítica que emana desde la caricatura ha de ser sutil, no demasiado ofensiva, aunque sí sarcástica e incisiva, porque, de lo contrario, no sería crítica. Y, lo más importante, se debe tomar con sentido del humor, que para eso se hacen las caricaturas, para que esbocemos una sonrisa. Un país que sabe reírse hasta de sí mismo es un pueblo que goza de una excelente salud histórica.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 5, 2010

Un buen piropo (5-3-10)

Es lo que nos faltaba. Según indica un estudio realizado por la Universidad Estatal de Ohio (EE. UU.) y publicado en el Journal Intelligence, la inteligencia no tiene nada que ver con el dinero, y, según este hallazgo, las personas con un coeficiente intelectual por debajo de la media atesoran tanto dinero como las más inteligentes. Nosotros ya sabíamos por otras investigaciones que la inteligencia humana no había aumentado prácticamente nada desde la Edad de Bronce, y que si pudiésemos traer al presente un niño alumbrado hace unos cuantos milenios podría desarrollarse con las mismas posibilidades que otro nacido ayer. Esto no deja de ser un golpe de gracia a la consideración altísima que del intelecto teníamos todos los mortales.

Lo cierto es que la inteligencia humana es minusvalorada en los tiempos actuales, incluso desde el ámbito lingüístico. Ya lo comentó el profesor Lázaro Carreter –mi estimado maestro- cuando censuró el empleo de autor intelectual para referirse al planeador o inductor de un crimen ya que –y son sus palabras- “coloca al intelecto bajo sospecha”. Un hallazgo o un descubrimiento científicos, la escritura de un ensayo o de una buena obra literaria, la composición de una partitura o de cualquier creación artística son logros de la inteligencia humana, pero una fechoría no.

Con todo, he de reconocer que la noticia no me ha pillado de nuevas, ni tampoco me ha sorprendido la conclusión a la que ha llegado la doctora Zagorsky, la científica autora del estudio: “Las personas no se enriquecen porque son inteligentes”. Sería interminable la lista de genios, artistas e intelectuales que murieron pobres, y algunos en condiciones infrahumanas, como fue el caso de Góngora, que no fue dueño ni del jergón mugriento y mohoso sobre el que murió. Y seguro que casi todos ellos se estarían dando cabezazos si viesen el precio desorbitante al que el mercado actual está tasando sus obras.

Así y todo, abrigo la certeza de que muchos lectores reconsiderarán a partir de hoy lo de utilizar el término inteligente como un piropo. Y ya que estamos en harina, la palabra griega pyropus, que significa `color rojo fuego´, era empleada por los romanos para clasificar piedras preciosas de color rojo como el rubí, y los hombres que no tenían suficiente dinero para regalar estas piedras gratificaban a sus mujeres con lindas palabras con las que elogiaban su belleza y encendían sus mejillas de un color rojo fuego, como piropos. Hoy en día, y en un país como el nuestro, el piropeo es un arte que sólo está al alcance de muy pocos, pues el buen piropo ha de ser elegante, audaz y directo. Digo que en un país como el nuestro, porque en otros es delito: hace unos meses, dos jóvenes saudíes fueron condenados a ciento veinte latigazos cada uno por piropear a una mujer en un centro comercial de Yeda, en el oeste de Arabia Saudí. Para acercarse y pedirles fuego a las saudíes.

Mi abuela solía decirme con sus ojos cargados de cariño: “Vales más que las pesetas”. Sé que con aquel piropo no se refería a una riqueza material, sino a otra bien distinta y que ahora, desde tan lejos, de nuevo reconozco. El enriquecimiento espiritual siempre prevalece sobre el económico.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 26, 2010

Lagunas y charcos (26-2-10)

Durante las últimas semanas no se habla de otra cosa: no para de caer agua del cielo. Agua y frío. Y aunque de todo se cansa uno, por muy bueno y beneficioso que sea, ya nos han vaticinado que esta tendencia de bajas presiones continuará unas semanas más. Ya son muchas las voces que han manifestado que todo esto es la consecuencia del cambio climático: subida de las temperaturas, deshielo de los polos y un aumento del nivel de los mares con millones de litros de agua dulce. De un cambio climático que, con toda seguridad, desembocará en una nueva glaciación global.

De cualquier forma, toda esta agua es maná caído del cielo, y, por poner un caso, el aspecto actual de los embalses no se parece en nada al de unos años atrás: ahora atesoran una reserva de cerca de un sesenta por ciento de agua; entonces eran lo más parecido a una charca sucia y fangosa.

Antiguamente, una balsa era un charco grande de agua no apta para el consumo humano, y se usaba el verbo embalsar exclusivamente para el ganado, cuando era introducido en estas balsas o charcos de agua pantanosa para que se refrescase. Siglos más tarde, comenzó a denominarse balsa a una cantidad de agua considerable, almacenada natural o artificialmente, destinada para riego, para animales o para el disfrute humano. Todavía se ven parcelas y chales a las afueras de alguna ciudad con balsas en las que se baña la gente. El término embalse no surgirá hasta mediados del siglo XIX, pero antiguo sí es el verbo rebalsar, que significaba `desbordar, rebosar´, y que, con el paso de los siglos, pasó a escribirse y pronunciarse rebasar y con el significado de `exceder cierto límite´.

Dentro de esta línea, fue Alfonso X, en su General Estoria, el primero en registrar en castellano la palabra piscina, pero entonces disfrutaba esta de una aplicación muy diferente de la actual. Piscina es un cultismo latino, que proviene de piscis (`pez´), y significa `vivero de peces´. Cuando el rey Sabio habla de ella, la define como “el lugar donde hay pescado, o porque lo tienen o porque lo lavan”. Estas piscinas o viveros de peces eran habituales en los monasterios, y, cuando el calor apretaba, los monjes no dudaban en darse un remojón en ellas; con el tiempo, los branquíferos desaparecieron y las piscinas fueron ocupadas por acalorados y sudorosos bañistas. Hasta hoy en día, lógicamente.

En latín, la palabra palus significaba `pantano de agua estancada y pestilente´, y la utilizaban para referirse a la laguna Estigia, la que separaba el reino de los vivos del de los muertos. De este vocablo proviene el término paludismo, que, como sabemos, es una enfermedad transmitida al hombre por un mosquito que vive en aguas estancadas. También en la toponimia quedan rastros de este palus: el Cabo de Palos recibe su nombre por el mar Menor, que es como una laguna de mar salado.

No cabe duda de que nuestros pantanos están acumulando una cantidad de agua considerable de la que podremos disponer durante muchos meses. Nada que ver con el aspecto de hace un tiempo, cuando más bien parecían cenagales de aguas podridas, decenas de Palos de la España meridional, como lagunas Estigia entre la España húmeda y la seca.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 19, 2010

Ni un pelo de tonto (19-2-10)

Esta semana me ha comentado una persona muy allegada a mí y a la que estimo mucho que soy demasiado bueno, demasiado paciente y demasiado permisivo, y me recordó que de bueno a tonto no hay más que un paso. Le agradecí sus palabras, y añadí que, afortunadamente, de tonto no tengo un pelo, aunque en muchas ocasiones tenga que hacérmelo. Lo que me consuela es que aparentar no enterarte de nada está al alcance de muy pocos. Y ya que va de pelos el asunto de hoy, acabo de recordar que unos científicos han logrado hace unos meses recuperar genéticamente el pelo tras inyectar a unos ratones que nacieron calvos un gen y comprobar que al poco tiempo, y para jolgorio de los roedores -supongo-, les iba creciendo una cálida manta pilosa. Este hallazgo va a suponer, por fin, la desaparición de la alopecia, y les he de confesar que era algo que llevaba deseando mucho tiempo. Al fin y al cabo, de la alopecia no me gusta ni el nombre, porque esta palabra proviene de la latina alopecia, la cual, a su vez, deriva de la griega alópejon, que quiere decir `zorra´, ya que este es un animal que pierde el pelo con frecuencia. Y no me iba gustando nada la comparación, para qué les voy a engañar.

Pues bien, ahora que no tenemos pelos en la lengua, y como así nos luce el pelo, me viene a la mente la expresión estar en pelota, que quiere decir `estar con el pelo al descubierto´, es decir, desnudos, como nuestra madre nos trajo al mundo, y esta expresión no debe confundirse con la otra, estar en pelotas, que es exclusiva de los que tienen pelo en pecho, esto es, del género masculino, y por razones que bien pueden saltar a la vista.

Plinio, en su Historia Natural, nos cuenta con pelos y señales que un soldado llamado Mesenio tenía una merecida fama de despiadado ya que llegó a matar a sangre fría a unos trescientos contrarios. Al morir este personaje, abrieron su cadáver y descubrieron que su corazón estaba cubierto de pelo, de ahí que cuando se dice de alguien que tiene pelos en el corazón se le esté definiendo como una persona no solo temeraria, sino también cruel.

Pero echemos pelillos a la mar y hablemos de asuntos menos violentos. Y creo que, por el tema que estamos tratando, viene al pelo dedicar unas líneas a los peluqueros y hablar, por qué no, de san Martín de Porres, que fue nombrado patrón de este gremio porque, en su juventud, adquirió conocimientos de Medicina y aprendió el oficio de barbero-cirujano, que luego, al ingresar en su Orden, ejerció ampliamente en favor de los pobres. Nos cuenta el hagiógrafo que fray Martín, repudiado por ser mulato, entabló una estrecha amistad con los animales del convento, y principalmente con unos ratones que se dedicaban a roer las escasas y pobres vestimentas de los religiosos. San Martín habló con ellos para reprenderles y recordarles que se les iba a caer el pelo si alguien los veía; así que les pidió que se marchasen, y a los ratoncitos asustados nunca más se les volvió a ver el pelo.

Me da que esta hagiografía sobre ratones que obedecen la voz humana se nos antoja ya anticuada, como también debe serlo para esos calvos y desamparados roedores de laboratorio.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 12, 2010

Historia con eco (12-2-10)

Me imagino que será por la proximidad del día de los enamorados, no sé, pero les he contado a mis alumnos una historia que tiene de casi todo: amor profundo, dolor por no conquistar al ser amado, celos, desdén, infidelidad. Vamos, como la vida misma. Quizás haya sido por eso por lo que les ha gustado tanto.

Leemos en la mitología que Eco se hallaba entre las ninfas más bellas y estimadas por los dioses en el Olimpo a pesar de un grave defecto suyo: era tremendamente charlatana. Precisamente por su verborrea incontenible, Zeus la escogió como su ninfa preferida pensando que entretendría a su esposa Hera con interminables conversaciones mientras él se entregaba a los brazos de otras diosas o ninfas. Pero Hera no tardó en percatarse de lo sucedido y no escatimó fuerzas para castigar a la cruel cómplice de las infidelidades de su marido. Decidió, así, desterrarla al mundo de los mortales, entre bosques y fuentes, y, además, la condenó a que solo pudiera repetir las últimas palabras que escuchara y, de esta manera, no tuviera nunca más la voz cantante.

Durante días anduvo por los montes entristecida y dolida por el castigo infligido. Cerca de allí se encontraba cazando Narciso, un joven cuya belleza despertaba el amor en todos, tanto en mujeres como en hombres, pero su alma era fría e insensible como el mármol, por lo que encendía tantos corazones como rompía. Cuando Eco accidentalmente se lo encontró, se enamoró perdidamente de él. Ella, sin dudarlo, se presentó delante del joven pero no podía hablar hasta que lo hiciera él. “¿Quién eres?”. “Eres”, respondió Eco. “¿Que quién eres tú?”, insistió Narciso. “Tú”, contestó entre lágrimas Eco por no poder hablar. Finalmente, y como era costumbre en él, despreció a la pretendiente y siguió adelante para dedicarse a la caza.

La joven ninfa, destrozada y hundida, sola y sin cariño, dejó de comer y adelgazó tanto que su belleza se marchitó. Murió por inanición y sus huesos se fundieron con las rocas de las montañas; por eso, cuando subimos a lo alto de un monte y decimos en voz alta cualquier cosa, es Eco la que nos está respondiendo. Para muchos este es el primer caso de anorexia en la historia de la literatura occidental, y no deja de ser una de las muchas leyendas mitológicas que los antiguos griegos y romanos crearon para ofrecer una explicación a toda clase de fenómenos, ya fuesen atmosféricos, botánicos, físicos o astrológicos.

El final de la historia de Eco, sin embargo, no podía terminar así, y la diosa Némesis, la que se encargaba del cumplimiento de las leyes que regían el orden celestial, quiso castigar a Narciso. Un día, el joven sentía mucha sed tras un duro día de caza y fue conducido hasta un lago de aguas cristalinas. Cuando se agachó para beber, vio su rostro por primera vez, y por primera vez se enamoró, pero de sí mismo. Desesperado por no poder tocar el ser amado, fue languideciendo hasta convertirse en flor. El narciso suele estar inclinado hacia abajo, mirando al suelo, y para el psicoanálisis un narcisista es el que se gusta mucho y no deja de admirarse frente al espejo.

Seguro que todos conoceremos algún Zeus, o una Eco, o una Hera o un Narciso. Es una leyenda, sí, pero tan real como la vida misma.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 5, 2010

Autenticar (5-2-10)

Un amigo me aconsejó no hace mucho que me fuese actualizando en el campo de la informática porque, según él, si no cogía a tiempo el tren de la tecnología digital luego me costaría bastante poder alcanzarlo y subirme a él. A mí no me hace mucha gracia esto de tener que estar constantemente a la última en ordenadores -como hace mucha gente, que cambia de ordenador con la misma naturalidad que emplea para hacerlo de calcetines-, porque basta que transcurran seis meses desde tu compra para que el portátil o el ordenador de sobremesa sean más útiles en un museo arqueológico que sobre la mesa de tu despacho. Pero o te renuevas o te marchitas, así que me dirigí a una tienda, tiré de la tarjeta y me llevé a casa un portátil de gama media.

Cuando encendí el ordenador y aparecieron las primeras imágenes, temí ser bombardeado por cientos de anglicismos de difícil interpretación; pero mi sorpresa fue que, entre las palabras que iban surgiendo, me topé con una que, en nuestro idioma, no es muy usual y que –pensaba- estaba en desuso: la máquina me pidió una “autenticación” del usuario, y me explicaba los pasos que debía dar para “autenticar” mis datos. La palabra auténtico es de origen griego (< aucentikós), y en esta lengua significaba `dueño absoluto´; así, por ejemplo, una authentica era la constitución o ley emanada de un emperador. Del adjetivo se creó el verbo, y la primera documentación que obtenemos de autenticar es del siglo XIII en uno de los Fueros de Aragón, en el cual se explicita que el rey debía “confirmar e autenticar” con carta sellada sus decisiones. Sin embargo, será a partir de la década de los ochenta del siglo XX cuando se empiece a registrar en nuestro idioma la aparición de autentificar, que, todo sea dicho de paso, no era en absoluto necesario debido a la existencia ya de un verbo. Pero como los asuntos lingüísticos vienen a ser muchas veces cuestión de moda, se implantó con tal fuerza el neologismo que ha llegado a suplantar al originario, de tal manera que hoy es bastante más frecuente oír el verbo autentificar o el sustantivo autentificación que autenticar o autenticación.

El desatino de crear palabras nuevas, innecesarias y algo más alargadas hay que atribuírselo a los profesionales que están al frente de los medios de comunicación, y que lo hacen para revestir sus palabras y frases de un retoricismo indigesto y casposo. Por poner varios ejemplos, hoy se prefiere emplear el absurdo concretizar en lugar de concretar, o un inconveniente potencializar en vez del ya existente potenciar. A veces se intenta sacar algún tipo de beneficio lingüístico de estos “términos de probeta” redefiniéndolos, es decir, asignándoles otras tareas distintas. Este es el caso del verbo explosionar, creado artificialmente del sustantivo explosión, y que llegó a utilizarse indistintamente con el clásico explotar; para no desfavorecer a ninguno, se aconseja emplear el primero como verbo transitivo (“Juan explosionó la traca”) y el segundo, como intransitivo (“La bomba explotó esta mañana en el centro de la ciudad”).

Si por un instante nos paramos a reflexionar, el hombre actúa muchas veces movido por fines dudosamente lingüísticos cuando, jugando a ser un doctor Frankenstein, crea términos artificiales, inútiles e innecesarios. A veces, esos pequeños engendros idiomáticos son idolatrados por millones de hablantes como si fueran cánones de la belleza y de la corrección. Es la nueva moda: la cultura de lo grotesco.

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