Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 15, 2017

¿Flipas?

Asistí hace ya tiempo a la presentación del cómic Demasiada pasión por el suyo, del humorista Raúl Cimas. Su autor improvisó una especie de monólogo en el que explicó la creación y elaboración del libro, cuyos protagonistas son friquis que, en palabras de su creador, «se lo flipan con lo que más les gusta»: los hay que flipan con el tema religioso, otros poniéndose de calimocho hasta las orejas y los hay que flipan sentándose en calzoncillos en el sillón de su casa engullendo horas de telebasura y litros de cerveza.

Los españoles estamos entre los europeos más adictos al televisor, y ahí están los últimos estudios y cifras que lo corroboran. Y miren que es difícil creer que en un país como España, en el que apetece tanto tapear, pasear y alternar, estén sus ciudadanos enganchados a la pantalla hora tras hora. Pero así es, no se puede negar la evidencia, como tampoco que entre los programas más vistos se encuentran los deportivos y los del corazón, además de esos que están agrupados bajo la definición de «telebasura» y que no son otros que los realities que hacen gala de una carencia de los más básicos valores éticos y morales.

Los norteamericanos han tenido el acierto de estudiar y dar nombre a los diversos comportamientos de los televidentes con un mando en la mano. El zapping (zapeo en español) es el cambio a un canal que nos gusta más; si este cambio a otros canales es más frecuente —cada dos minutos— se habla de zipping; en un nivel superior hablaríamos de grazing, que sucede cuando seguimos varios programas a la vez y, por tanto, el salto de canal es constante; y, finalmente, el grado que indica ya una patología preocupante y enfermiza es el denominado flipping, que ocurre cuando el televidente cambia sin parar y sin seguir ningún programa televisivo. Del verbo inglés to flip, que quiere decir `enloquecer´, ha surgido el español flipar, que tiene un uso similar.

Al concluir la presentación le comenté a Raúl que los humoristas no deben callar nunca porque lo que más les escuece a los políticos es la crítica inteligente. Entonces cogió un boli y me dedicó el libro: «Espero que lo flipes mucho». En eso estoy, Raúl.

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Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 8, 2017

Gerona, Orense

Los topónimos, siempre que sea posible, hay que adaptarlos a la lengua que se esté empleando: Catar, Nueva York, Múnich, Lérida, Orense, Gerona o La Coruña son algunos ejemplos de los usados normativamente en español. Cuando se acude a otra lengua para emplear un topónimo, la incoherencia lingüística es evidente: «El pasado fin de semana visité London» resulta tan agramatical como el siguiente ejemplo: «Las playas de A Coruña son galardonadas un año más con la Bandera Azul».

Sin embargo, y aunque nos parezca difícil de creer, hay dos leyes que obligan, insisto, obligan a los hablantes a usar en español los topónimos Ourense, A Coruña, Lleida y Girona en lugar de sus correspondientes Orense, La Coruña, Lérida y Gerona. En la Ley 2/1992 de 28 de febrero, publicada en el BOE el 29 de febrero de 1992, «por la que pasan a denominarse oficialmente Girona y Lleida las provincias de Gerona y Lérida», en su Disposición Adicional Primera, se especifica: «En los libros de texto y material didáctico y en otros usos no oficiales, cuando la lengua que se utilice sea el castellano, el topónimo correspondiente podrá designarse en esta lengua». Era entonces Felipe González el Presidente del Gobierno. Seis años más tarde, durante la legislatura de José María Aznar, se publicó en el BOE la Ley 2/1998, de 3 de marzo, «sobre el cambio de denominación de las provincias de La Coruña y Orense», por la que se obligaba a todos los españoles a usar en español y en cualquier contexto lingüístico A Coruña y Ourense. En esta última ley no existe disposición alguna para que en material didáctico, textos u otros contextos no oficiales puedan emplearse los topónimos en español; es decir: se prohibieron legislativamente La Coruña y Orense.

Es de sentido común y de lógica lingüística que tanto una ley como la otra deberían ser derogadas; el topónimo correcto es aquel que corresponde a la lengua que se usa. Las decisiones políticas han de ser políticas, no lingüísticas, y dejemos, por tanto, la normativa idiomática en manos de los gramáticos, que son quienes garantizan el buen uso de nuestra lengua.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 6, 2017

Conductor

Un programa de televisión no se conduce. Se conduce un vehículo e incluso un negocio, porque el responsable de ellos los endereza hacia la dirección que considera más apropiada. Uno puede conducir el destino de un país o conducirse a sí mismo para mejorar sus líneas de comportamiento, su conducta. Un programa de televisión se dirige, se produce, se modera o se presenta, pero no se conduce.

Leo en una noticia enviada por una agencia: «La presentadora se encargará de conducir este concurso». Si fuese así, si esta chica condujese el concurso televisivo, sería su conductora, no su presentadora. Pero no es así. Y no lo es porque de lo que estamos tratando hoy es de un anglicismo semántico innecesario que lleva años presionando para incorporarse a nuestro léxico. En inglés, conductor es un director de orquesta o un revisor en un transporte público, y, desde hace décadas, los programas de televisión, sobre todo los norteamericanos, son conducted, son presentados. Nuestros conductores, los de territorio hispanohablante, son de vehículos, de empresas, y hay también conductores de electricidad y de calor; nuestros conductores no lo son de programas de televisión, porque estos, como hemos dicho más arriba, son presentados, o moderados si se trata de un debate o de un coloquio. Llevamos muchas décadas no conducidos, sino abducidos por la lengua inglesa; subrepticiamente, sin ser notados, estos anglicismos indeseados se filtran y se parasitan en nuestro idioma, y algunos perviven en su nuevo hábitat.

Esta semana, el cuentakilómetros de mi coche ha superado la cifra de los 300.000. Si estos los sumo a otros tantos que rodé con vehículos anteriores, compruebo que he conducido, en lo que llevo de vida, casi un millón de kilómetros, y todos sin salir de España. No quiero calcular las miles de horas que he pasado sentado frente a un volante dando vueltas interminables por mis calles, por mi ciudad, por mi país. Pero lo cierto es que ahí sigo, yendo y viniendo por las mismas carreteras, tanto las asfaltadas como las idiomáticas.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 25, 2017

Tifo

No me agrada esta palabra. No es cómoda para los sentidos; si tuviera que pintarla, la representaría con cara de mosca, cuerpo pequeño y redondo como el de una garrapata, cubierto de vello negro y urticante, y con seis patas que se moverían con una rapidez asombrosa para huir de mi zapatilla y esconderse en algún rincón sombrío y polvoriento del salón. Será por la combinación de la oclusiva inicial con la fricativa sorda, y por la de la vocal cerrada con la redondez y cavernosidad de la o. Parece estar emparentada con el tifus o con el tufo. Es rara, muy poco usada por los hablantes, como si no la quisiéramos. Definitivamente nunca la elegiría para un verso ni para un relato.

Se la oí hace pocos días a un periodista catalán que, en una televisión pública, anticipaba que por el grada de un campo de fútbol descendería una enorme pancarta en la que se reivindicaba el proceso independentista catalán. Pero no empleó pancarta, sino tifo. En español, eso es una pancarta. Cuando, llegado el momento, los aficionados que asisten a un estadio levantan a la vez un papel cuadrado y coloreado, se crea una imagen a la que llamamos mosaico, formado por esas decenas de miles de teselas que los asistentes acaban de mostrar. En español, esto es un mosaico; en italiano, un tifo. En español, el tifo es el tifus: el tifo asiático es el cólera y el de América es la fiebre amarilla. Definitivamente, no me agrada esta palabra.

Me entristece cuando desde los medios de comunicación se inoculan entradas semánticas extranjeras a palabras españolas. Ni es necesaria ni recomendable esta práctica. Me recuerda el caso de cuando polución perdió su identidad semántica y se infectó con el adeene inglés, y desde entonces, a causa de esta mutación semántica, polución sale a la palestra informativa engallada y fuerte frente a contaminación.

Repitió varias veces el periodista que el tifo del estadio sería grandioso y muy vistoso para que todas las televisiones internacionales acreditadas para el partido tomaran imágenes de él desde cualquier punto del campo. El tifo catalán ya es viral, pero no es contagioso.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 18, 2017

Terroristas

Los movimientos políticos con ínfulas de totalitarismo se embozan en una falsa defensa de los derechos generales de su pueblo y del bien de la nación para destruir el sistema democrático constituido desde el consenso. No es la Justicia de lo que hablan, sino de su justicia; no enarbolan la Libertad compartida por todos los ciudadanos con criterios de paz, de respeto y de fraternidad, sino el ejercicio abusivo de su libertad para coartar a los que apoyan otras ideas políticas y para enfrenar a unos contra otros. Estos políticos que hieren la democracia, que ensucian la libertad y que sajan la armonía de un pueblo son terroristas de Estado, son criminales.

Hace algo menos de cien años, el 23 de octubre de 1921, Unamuno publicó en La Nación un artículo en el que, a raíz de la guerra de Marruecos, defendía la idea de que la violencia terrorista no servía más que «para corroborar la filosofía del carnero y el odio a la inteligencia. Que es el odio a la democracia, a la libertad y a la justicia». En este mismo artículo, Unamuno sentencia: «El terrorismo es, en cierto modo, la antítesis del quijotismo». Don Quijote no solo representa la defensa de causas justas obrando desinteresada, ética y comprometidamente; encarna además el ideal de libertad personal. Los intelectuales que surgieron a raíz del Desastre del 98 se veían en la obligación ética y moral de cambiar España desde abajo, desde los cimientos, y por supuesto desde la libertad, y esta labor la emprendieron aun temiendo que resultara infructuosa. Para esta empresa sublime, el hidalgo manchego, al encarnar los nobles ideales de estos escritores, se erigió en su modelo.

El Caballero de la Triste Figura se nos presenta hoy ante nuestros ojos, y con más fuerza que nunca, como prototipo de esta libertad personal que nos permite condenar lo condenable y defender el respeto a los derechos humanos. Por albergar tantos valores humanos, el general Pinochet prohibió en 1981 la lectura y edición del Quijote, y con ello demostró un apoyo incondicional al terrorismo y un odio radical a la inteligencia. Que es un odio a la democracia, a la libertad y a la justicia.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 11, 2017

Involución

Escribo estas líneas unas horas antes de que el Parlamento de Cataluña, con total seguridad, formalice su declaración de independencia del Estado español. Ustedes las están leyendo ahora, en este momento, cuando todo ha ocurrido. Es el encanto de la prensa escrita: entre ustedes y yo se ha formado un puente temporal de veinticuatro horas que nos une en una realidad física inmediata: mis palabras impresas y su lectura. Y a pesar de nuestra distancia temporal, creo intuir que el desasosiego que sienten ustedes ahora, mientras me leen, es parecido al que estoy sufriendo yo conforme se las voy escribiendo.

El circo de hoy no es más que una declaración ilegal, y solo una declaración, así que tiene la inconsistencia de un castillo de naipes sobre un columpio, pero el camino que comienza a partir de mañana ―o de hoy― es gris, pedregoso, polvoriento, y me temo que ya es tarde para desandar la trocha por la que nos han metido un grupo de insensatos en cuyas manos depositaron millones de votantes las riendas políticas, sociales y económicas de su comunidad. Nuestra Historia más reciente nos muestra que no sentimos una especial inclinación hacia el diálogo, sino hacia la algarabía, la pasión y la vehemencia descontrolada. Los defensores del diálogo no tienen cabida sobre la tarima política; no son de su misma especie. La cabeza, para muchos políticos, hay que usarla para embestir, no para pensar; sin sentido de Estado y sin la responsabilidad ética de un buen dirigente, con toda la comunidad internacional dándoles la espalda y aconsejándoles que den marcha atrás, existe la voluntad de arrastrar al caos y al hundimiento a toda la sociedad que representa este grupo de independentistas malsanos. Es un suicidio en masa, es la decisión del líder de la secta: «Quieren acabar conmigo, pero yo os prometo que estaréis conmigo en el paraíso». Y hacia el paraíso oscuro del abismo irán cayendo todos los que vean en las palabras de su líder la antorcha de la verdad y de la justicia.

Hoy me propuse no escribir sobre el proceso independentista catalán sino sobre la involución física a la que, según los más prestigiosos biólogos, estamos condenados los seres humanos. Afirman estos investigadores que volveremos a andar sobre cuatro patas y que seremos incapaces de sobrevivir en la selva tosca y ruda que nos toque habitar. Insisten en que el proceso ha comenzado ya; y aún peor: no hay marcha atrás.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 4, 2017

Aguas políticas

Las aguas de la política han de estar siempre tranquilas, sosegadas. Las aguas de la política deberían parecerse con exactitud a las de un estanque: aguas inalterables, silenciosas, pacíficas, solo interrumpidas por el suave rumor de la fuente que lo oxigena o de los reposados peces que lo habitan, peces sin prisa, sin tiempo. Si un pedrusco cayera con violencia en su centro, el caos generado rompería el equilibrio, todo se alteraría: las impetuosas ondas que surgirían del impacto llegarían hasta los extremos, se desbordarían y encharcarían los contornos; los sedimentos se levantarían del fondo y enturbiarían la claridad del agua; los peces, en pleno frenesí de huida, querrían saltar fuera del infierno en que se habría convertido su mundo, ya oscurecido, aunque tal escapada supusiese un suicidio consumado.

De niño me gustaba tirar piedras a las fuentes, a los estanques, a los lagos, a las aguas serenas. Mucha gente siente también la necesidad de romper la tranquilidad de las aguas transparentes y calladas de ciertos lugares emblemáticos lanzando contra ellas monedas o amuletos, como si una traviesa voz interior nos impulsara a ello. Nos aburre la monotonía de la paz, la armonía de la tranquilidad, y quebramos el pulcro espejo de la transparencia para deleitarnos en el espectáculo caótico de sus astillas desordenadas y violentas. Pero las aguas de la política han de permanecer limpias y cuidadas porque, cuando las rompemos, cuando las violentamos con un guijarrón arrojado con saña, levantamos el putrefacto limo de los extremismos y de la insensatez, y este se extiende al instante mezclado en las terribles y desbaratadas ondas, ya turbias, para ensuciar todo lo que alcancen.

La sociedad y los poderes del Estado deben actuar con firmeza contra los que perturban irresponsablemente la convivencia pacífica de un pueblo violando la normativa democrática vigente mientras ondean banderas de mentida libertad de expresión. La libertad de expresión de uno termina cuando con ella se insulta, se manipula, se agrede y se incita a la sedición, cuando con las piedras cortantes e incendiarias de sus discursos se hacen añicos las tranquilas aguas de la convivencia.

Ya solo queda esperar, esperar a que, una vez depurados los responsables del pandemonio, la turbiedad se asiente y regrese la calma para el bien y la paz de todos.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 27, 2017

Cataluña en subjuntivo

Es más lo que nos une que lo que nos diferencia, y todos juntos, respetando nuestra diversidad cultural y nuestras identidades territoriales, somos más fuertes. Este proyecto de unificación que comenzó hace más de cinco siglos y que se llamó España fue posible cuando se dieron la mano las coronas de Castilla y de Aragón, y aquella alianza extraordinaria maduró en una nación de naciones cuya trascendencia cultural y política podría compararse con la del Imperio romano. Si no la recuerdo mal, Azorín acuñó esta frase: «La base del patriotismo es la geografía». La geografía, a lo largo de una labor invisible de siglos, pule los contornos etnográficos y lingüísticos de un pueblo; el carácter, la gastronomía y las tradiciones se desarrollan en estrecha vinculación con el entorno físico. Nadie pone en duda que un burgalés y un canario, manteniendo en una conversación sus profundos rasgos dialectales, parecen provenir de países distintos, pero comparten sus variedades en un espacio común. Aún siguen en mí frescas las palabras de una guía turística sevillana, muy joven, mientras entrábamos en los Alcázares: «Más allá de ser andaluces, somos castellanos que hablamos el español de forma distinta».

Y este es uno de los nexos que une a todos los peninsulares. A excepción del vascuence, nuestras lenguas son romances. No me acuerdo de quién dijo que las trifulcas lingüísticas aquí en España son innecesarias porque todos hablamos latín, pero mal. Y no le falta razón. Las lenguas romances, en ese proceso de desconexión con el latín, han ido perdiendo la grandeza gramatical de este. Fíjense en los verbos. Ya hemos perdido tiempos y aspectos verbales que en la lengua de Roma eran habituales, y algunos de los que nos quedan están a punto de desaparecer por falta de uso. Este es el caso del futuro de subjuntivo. Este tiempo lo empleamos para expresar una acción que muy improbablemente suceda en el futuro, y por ello en el ámbito jurídico es muy útil. No es lo mismo decir «Quien matare al Presidente de la República» que «Quien mate al Presidente…». Si en Cataluña se celebrare el Referéndum soberanista, la reacción del Gobierno sería inmediata y se aplicarían con firmeza y autoridad los mecanismos que salvaguardan los principios constitucionales, y en caso de que se nombrare la República de Cataluña no tendría esta ninguna validez política. Es cuestión de emplear bien el tiempo.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 20, 2017

Río Seco

A escasos metros de mi casa pasa un río al que en un momento concreto de su historia llamaron Seco, el río Seco. Su nombre no pasa inadvertido; resulta incluso evocador y sugerente el oxímoron, con sus dos términos contradictorios. Decir que un río es seco es afirmar que no existe, porque si no hay agua no hay río ni hay nada. Un río seco es como un dulce castigo, una amarga libertad, una música callada o una sana envidia, que nunca es sana, porque la envidia es una emoción destructiva, la sirvas como la sirvas, al descubierto o envuelta en papel de regalo.

Pero volvamos al río, a mi río Seco. Hay que reconocer que el nombre no es nada aristocrático; no es un Danubio, un Júcar, un Támesis o un Guadalquivir, es un Seco porque apenas lleva agua salvo cuando a pocos kilómetros, en una zona de monte bajo y de escasa vegetación, llueve, y es entonces cuando el río renace de sus lodos y regresa la vida a sus orillas: juncos, cañas, anfibios, insectos, ofidios, pájaros e incluso aves zancudas (en una ocasión descubrí una pareja de garzas cazando de manera mimetizada) dan música, color y olor donde antes había tierra, sequía y silencio. El periódico local publicó hace poco que en el río, en mi río, se habían descubierto tortugas, peces exóticos y tarántulas —hasta se había capturado una pitón—, y no es porque el Seco tuviera ahora ínfulas de Amazonas, sino porque hay turistas que llegan al Mediterráneo y abandonan sus mascotas —como a un familiar anciano que molesta— donde creen que no van a estar del todo mal, junto a un riachuelo; con ello, con la débil idea de que al menos no los han matado, anestesian su mala conciencia. Recuerda el DLE que, además de un animal doméstico, una mascota es todo aquello, vivo o muerto, que se estima como amuleto; el término, de origen occitano, significaba en su origen `hechizo´, proveniente quizás del germánico masca (`bruja´). Ahora, con tanta rana, serpiente, murciélago y araña, con tanta mascota, en fin, despreciablemente abandonada, va a resultar que mi Seco, mi humilde, verde y tranquilo Seco, es una charca en la que, con alevosía y nocturnidad, se reúnen gorgonas y tarascas, basiliscos y quimeras de todas las edades para consumar sus abandonos nigrománticos, sus fríos aquelarres, precisamente aquí, a escasos metros de donde duermo y a orillas del mar de Ulises y de Eneas.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 18, 2017

Déjate de murgas

Anoche no me dejó dormir la murga que llegaba desde el recinto ferial. Cómo sería la potencia de los altavoces que en mi casa, situada a más de un kilómetro de la zona cero, el sonido entraba con una claridad y volumen semejantes a los que emitiría un grupo musical tocando debajo de mi habitación. La estridencia era insoportable. Para mayor pena de mis oídos, las piezas parecían interpretadas por una de estas verbenas populares tan habituales por estas fechas festivas. A estas alturas de mi vida me sonroja recordar que hace unos veinte años me gustara este pachangueo; miro para atrás y me veo abrazado con mis amigos de entonces, bailando y brincando al ritmo de coplas y de pasodobles antediluvianos, o acodado en la abollada barra de acero inoxidable del chiringuito que instalaban en la plaza del pueblo, con una bebida en una mano y con un cigarrillo en la otra, oteando desde mi distorsionada perspectiva alguien que quisiera bailar conmigo. Luego nos íbamos quedando ahítos de fiesta y huérfanos de fuerzas, y la plaza se vaciaba de gente, y la suciedad de vidrios rotos, de charcos pegajosos de calimocho y de olores nauseabundos intensificaba nuestro bajón anímico. Aquella estampa simbolizaba de manera muy plástica la desolación, y por ello la empleó Unamuno para describir emocionalmente el Madrid hundido, atrasado y decadente que encontró la primera vez que lo visitó, hacia 1880, un Madrid, escribió el vasco, que parecía una pista de baile vacía, sucia y silenciosa.

Afortunadamente, de aquellas murgas verbeneras de la juventud hemos evolucionado hacia gustos y hábitos más elegantes. Leemos en el DLE que una murga (término deformado de la palabra música) es un grupo de músicos malos que en festividades tocan cerca de la casa de uno para obtener un obsequio. De niño, cuando llegaban estas fechas de Feria me ponía muy pesado con mi abuela para que me diese dinero y gastármelo en dulces, en el pimpampum o en petardos. Hasta que no le sacaba las cien pesetas en monedas de cinco duros no paraba. «Toma», me decía al fin, «y déjate de murgas». Y qué contento y orgulloso iba yo, con mis vedijas peinadas, con mis pantalones cortos y recién merendado, entrando por el paseo ferial ―fabuloso concierto de sonidos y de luces― y con la mano sobre el bolsillo asegurándome de que mis veinte duros seguían en su sitio.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 13, 2017

El calor del establo (4-7-08)

Mucho se ha escrito y hablado de la Copa de Europa que la selección española de fútbol acaba de ganar. No se ha puesto en duda en ningún momento la calidad técnica de los jugadores, su juventud y su hambre de triunfo; pero sí circula unánimemente un comentario por todos los medios de comunicación que suscribe la mayoría de los españolitos de a pie: la principal causa de este éxito deportivo ha sido la magnífica sintonía y el ambiente de unión y amistad que se ha palpado entre los futbolistas españoles. Decía mi abuela que todo se pega menos la hermosura, y no le faltaba razón porque el país entero se sentía contagiado por ese mismo espíritu de alegría y de júbilo; todos parecíamos iguales, idénticos, arrastrados por un entusiasmo embriagador y adictivo que nos hizo olvidar por unos días la subida de la gasolina, de la hipoteca y del IPC. Ha sido como regresar a la época en que ciertos emperadores de Roma, como Julio César o Aureliano, para ocultar al pueblo las graves crisis políticas, militares y económicas, regalaban a la intranquila plebe trigo y entradas al circo para asistir a las carreras de cuadrigas, y así hicieron bueno el lema que inmortalizó el poeta Juvenal en una de sus sátiras: Panem et circenses (`Pan y juegos circenses´).

            Hace unos dos años me sorprendió descubrir que, en EE UU, el autor más vendido durante unas semanas fue Baltasar Gracián, y por motivos políticos y electorales. La razón es clara, porque subraya nuestro escritor barroco que para ganarse al pueblo no hay que dirigirse a la minoría intelectual y pensante, sino contentar de algún modo a la mayoría social, a esa masa social compuesta sobre todo de analfabetos y pobres y que padece la presión asfixiante de una mala gestión económica y social por parte del gobierno establecido. La idea fundamental que sobresale es la de tratar al pueblo como un rebaño de ovejas para que no analice demasiado la realidad y ser, así, dirigido y gobernado con docilidad y mansedumbre. La voz latina para rebaño es grex, de donde fueron surgiendo numerosas palabras en nuestra lengua como grey, empleada en el ámbito eclesiástico para aludir al “rebaño” de la Iglesia. Aquellos pastores romanos, que fueron retratados bucólicamente en una Arcadia idílica, hablaban de agregar cuando añadían un animal a su rebaño; si lo separaban por bien de la manada, lo segregaban; si el rebaño se dispersaba, se disgregaba; y cuando lo reunían para volver a la majada, lo congregaban. Estos verbos, que son tan comunes y aplicables entre los hombres, se empleaban para el ganado, y no debemos estar muy lejos de nuestros domesticados pesuñosos, principalmente cuando el hombre se define a sí mismo como gregario por su carácter obligadamente social y comunitario. A la hora de hablar de la irracionalidad del gregarismo humano ejemplificado en el fenómeno hincha, un periodista tuvo el acierto de destacar la definición que sobre ello nos legó Nietzsche. Este despreciaba el hecho de que los humanos se dejasen empujar irracionalmente por un fervor tan apasionado que les hiciese actuar y pensar de manera idéntica y mansa, como un rebaño de ovejas manejado por un perro que cumple las órdenes del pastor; a ese ardor popular, a esa excitación enloquecedora e inevitable la definía el filósofo alemán como el calor del “establo”. A pesar de los años transcurridos, la domesticación de masas sigue siendo una útil herramienta política.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 6, 2017

Desencanto

El desencanto se alza como uno de los peores males que aqueja a la sociedad actual. Hablamos de un desencanto profundo, brutal, que ataca sobre todo a la población activa, aquella que se sitúa aproximadamente entre los veinte y los cincuenta y cinco años, de un desencanto que nace por la distancia entre la realidad y el deseo, entre la sociedad que se sueña y la que hay que ver y vivir a diario. Cuanto mayor vaya siendo la distancia entre ambas realidades, la utópica y la presente, la soñada y la que debemos transformar, más se acrecienta el desengaño, y este inmenso vacío espiritual, este abismo de desesperanza, suele desembocar en comportamientos que discurren desde un típico síndrome depresivo sin una aparente causa justificada hasta actitudes destructivas, como el suicidio o el asesinato.

Los artistas europeos del Romanticismo abanderaron el desencanto y se dejaron inspirar por él a la hora de elaborar sus obras; fueron los apóstoles de la melancolía. Jóvenes y apasionados, lucharon por la libertad; vivieron con intensidad y muy por encima de la moralidad burguesa y religiosa ―el superhombre nietzscheano― para lograr una sociedad más justa, avanzada y libre; bebieron, en fin, de las fuentes del desencanto, y sus aguas, vigorosas al principio, los consumieron lentamente en plena juventud, y terminaron unos dejándose morir por la enfermedad que los debilitaba, y otros suicidándose. Esta actitud tan quijotesca de vivir loco y morir cuerdo, de vivir deprisa y libre para morir derrotado por los molinos del desengaño y de la cruda realidad, la adoptarán, aunque de manera más tenue, los intelectuales que surgieron en España tras la ruina internacional en la que se enterró el país tras el Desastre de 1898. Hoy, más de un siglo después, el desengaño asfixia, como una tela de organza, el espíritu del hombre, pero es este un desencanto adulterado, contaminado, sucio, nacido de la deshumanización en la que estamos cayendo todos: el hombre actual bucea en la pantalla de plasma de sus dispositivos, en su luz azul, para huir del mundo real, de sus congéneres; el europeo de hace dos siglos se revistió de pasión y de libertad para cambiar de raíz la fealdad moral de aquella sociedad. Aquel fue un ejemplo de coraje y de defensa de la cultura y de valores éticos; este, en cambio, airea una degradación intelectual que solo nos acarreará consecuencias funestas.

Posteado por: josejuanmorcillo | agosto 30, 2017

Ropa vieja

Conozco gente que, llegada la noche de San Juan, se acerca con cierta solemnidad hasta las hogueras portando bolsas de ropa demasiado desgastada como para embaularla en un contenedor de Cáritas, y ya frente a las llamas arroja al fuego camisas, vestidos, pantalones y hasta ropa interior con una actitud compungida como la de quien va a incinerar a un ser querido, pues esas ropas ―se entiende― formaron parte de sus vidas durante meses o años, fueron como una segunda piel para sus dueños, constituyeron, en fin, una seña de identidad social e íntima a la vez. Para ellos, incinerar esas prendas simboliza un olvido y una renovación, un pasado que hay que enterrar y un futuro que hay que descubrir. Es un símbolo de la vida: con las cenizas del pasado elaboramos la argamasa de los edificios futuros.

En los últimos veranos, cuando están finalizando las vacaciones, me deshago de ropa vieja. La extendiendo sobre la cama del hotel o la tiro al cubo de la basura de la habitación. No la quemo porque ni debo ni me apetece prender una fogata boyscout en la plaza de una ciudad o junto a los raíles del tranvía, bajo un puente. No es mi estilo. La desgarro en jirones y luego la comprimo en una pelota y la dejo en la papelera, o bien la extiendo sobre las sábanas, ausente ya del cuerpo que la habitó, y la abandono. Hace veinticuatro años completé el Camino de Santiago; llegué a la ciudad compostelana con una mochila muy pesada, con enseres que no me eran necesarios, así que de manera espontánea tomé la decisión de hacerme con una pala para enterrarla a las fueras de la ciudad. Fue entonces, aquel mes de julio de 1993, cuando me di cuenta por primera vez de que nos rodeamos de pertenencias que nos esclavizan y de las que podemos prescindir. Aquel fin de viaje y aquella inhumación de lo que para mí fue imprescindible durante la peregrinación me ayudaron a comprender que nuestras vidas son una suma de etapas que, una vez alcanzadas, nos ayudan a renovar y a fortalecer el ánimo de continuar desde lo aprendido. Viajar es vivir, vivir es viajar: caminar, conocer, sobreponerse a las adversidades, crecer. La ropa vieja que desde aquel verano de 1993 suelo abandonar me ayuda a vivir, a observar mi pasado, un pasado que me permitirá comprender con más claridad mi futuro, mi nueva etapa. Con las cenizas del recuerdo se hace más llevadero el camino, el viaje de nuestra vida.

Posteado por: josejuanmorcillo | agosto 8, 2017

Caminar

El paseo que comienza a escasos metros de mi casa acaricia la orilla del mar a lo largo de seis kilómetros. Por su forma combada, el paseo parece una enorme diadema de cemento y baldosas que retiene la arena de la playa en su intento natural de ganar metros hacia el interior. Salvo estas fechas vacacionales, el paseo se engalana, durante el resto del año, de un silencio y de una soledad que te envuelven en un estado de paz y de meditación; el sonido del mar y los colores del cielo, del agua y de la arena cambian camaleónicamente al ritmo de las estaciones, de tal manera que los tonos ocres del otoño o los grisáceos y oscuros del invierno distan mucho de la intensa luminosidad, casi cegadora, del verano, que lo recubre todo con tonalidades blancas y azules. El mar apenas se oye en verano, ahogado por el estridor de las chicharras y por la albórbola de gargantas que se embadurnan de aceites junto a su orilla; en otoño, en cambio, despierta con aullidos de viento, se vuelve indómito y ensordecedor en invierno, y luego, en primavera, se modera y se amansa, y te susurra cuando caminas junto a él al caer la tarde.

Caminar sin prisa es una actividad reconfortante. Relaja las tensiones, oxigena los músculos, orea los rincones oscuros de nuestro carácter y nos ayuda a pensar y a recordar. Cuando paseo, observo; observo a las personas anónimas con las que me cruzo, observo el movimiento de las olas, los pocos bañistas que se refrescan en el mar, la gaviota que, buscando restos de comida, camina sobre la arena como una barquichuela a punto de zozobrar; observo los brotes de dátiles acunados por la brisa, la parada del tranvía sin viajeros y sin tranvía, los lagrimones de óxido que ensucian la tapia de una vivienda largo tiempo sin encalar; observo mis manos y en ellas siento que estoy viendo las de mi abuela; observo un escarabajo precipitándose hacia la sombra, huyendo de la canícula; observo las pequeñas y frágiles nubes, deshilachadas y moribundas.

María Zambrano, en la línea de su maestro Ortega y Gasset, escribió en uno de sus ensayos: «Quien mira al mundo como enamorado jamás querrá separarse de él, ni cultivar las barreras que le separan ni las distinciones que le distinguen. Solo buscará embeberse más y más». Y así es. Saber mirar es saber entender, y saber entender es saber amar. Y ello está al alcance de nuestra mano; basta con caminar y con observar.

Posteado por: josejuanmorcillo | julio 20, 2017

Iros

«¡Si me queréis, irse!». En un arrebato de angustia y desesperación durante la boda de su hija Lolita, La Faraona inmortalizó con su voz de sangre y de trueno este grito que reflejaba, entre otros motivos, uno de los errores gramaticales más perseguidos por nuestros gramáticos y de los más sancionados en las aulas: el uso del infinitivo como imperativo. Quizás la cantaora no conocía la forma correcta (idos o íos), o quizás sí pero entonces le pareció demasiado sofisticado su uso en un contexto tan campechano y estresante como aquel templo tan chiquito en el que naufragaban en sudor, quién sabe; lo cierto es que, a día de hoy ―viva La Salvaora―, y si no hay una rectificación al respecto, la forma iros como imperativo será correcta en nuestro idioma.

Recuerdo, hace unas décadas, que muchos nos echamos las manos a la cabeza cuando los académicos decidieron incluir en nuestro diccionario normativo vulgarismos como guardilla (frente a buhardilla), términos innecesarios como decimoprimero y decimosegundo o entradas semánticas como la acepción de prácticamente como adverbio de cantidad (equivalente a `casi´). Será la presión social o la de los medios, pero no termino de comprender del todo esta prisa, prisa por aceptar el empleo de iros como imperativo cuando no la vemos en la acepción normativa de términos aún huérfanos de diccionario y que desde hace tiempo deberían estar ya reunidos y estudiados en nuestro léxico. Y permítanme ponerles algunos ejemplos de estos cientos de vocablos que siguen siendo incomprensiblemente olvidados, ignorados o rechazados por la RAE: sororidad, empleado por Unamuno en La tía Tula para referirse a la esencialidad y al carácter que las mujeres de una familia van heredando generación tras generación; yincana, que, contradictoriamente, si lo contempla el DPD; trisquel, símbolo geométrico celta formado por tres piernas o brazos en espiral (tetrasquel si son cuatro); aniaguero, quien recibe la aniaga; taumatropo, juguete óptico inventado en 1824, aunque hay indicios de su existencia en el Paleolítico; interjecciones como tachán (o chachán); o neologismos de uso pleno en nuestro idioma (táper, guásap/guasap, yutúber…). La lista de los olvidados y su análisis diacrónico darían para un libro. Vaticino que no tardaremos en atestiguar la entrada en el DLE de formas como andé por razones similares a las que han empujado a los académicos a aceptar iros como imperativo. Demos esplendor, limpiemos y fijemos nuestra lengua, la segunda más usada en el mundo, y hagámoslo con responsabilidad y altura de miras.

Posteado por: josejuanmorcillo | julio 6, 2017

“La regata”

Desde tierra adentro desemboqué hace unos días, como todos los veranos, en las cálidas aguas del Mediterráneo. Dicen por aquí, y con un humor fino y elegante, que Alicante es la provincia más limpia de España porque en verano limpia La Mancha. Pues sí. En este éxodo voluntario he traído conmigo una maleta con lo imprescindible, si entendemos por imprescindible el aseo, algo de ropa y los cargadores. El resto del espacio lo ocupan mis libros.

Entre ellos siempre está Manuel Vicent. Acabo de leer La regata, su última novela. Con una escritura luminosa y elegante, el novelista vuelve a la Circea de Son de mar para colocar en su puerto y en sus pantalanes un puñado de personajes de la alta sociedad española que se han reunido junto a sus veleros para realizar una regata con salida y llegada a Circea y durante cuya travesía deben cruzar las Islas Baleares y llegar hasta el puerto de El Alguer. Detrás, como un trascoro argumental, un conocido empresario, tras ingerir una generosa dosis de viagra, cae fulminado por un ataque al corazón sobre el cuerpo de su joven amante, una conocida actriz española, a la que, por hacer realidad una fantasía, había atado de pies y manos en una cama de una finca propiedad de aquel. Salvo Ismael y su abuelo Joan, que representan la pureza y la autenticidad de la cultura levantina, desfilan en negro sobre blanco un exministro corrupto del PP perseguido por la Justicia, un afamado cirujano estético con su secretaria-amante, un tiburón de la especulación inmobiliaria o una familia del Opus, personajes-peleles que esperpénticamente despliegan sus dorados e inmorales plumajes de avechuchos y a los que Vicent deja libres en las páginas de su novela para que sus traspiés y graznidos sean blanco de las risas y, a veces, de la conmiseración del lector. Nuestro novelista ha compuesto de esta manera un lúcido sainete mediterráneo barnizado de ácida crítica social, una novela en la que siguen presentes algunos guiños a aquella cultura grecorromana que ha conformado esta realidad mediterránea y europea, una novela, en fin, en la que Vicent inserta fragmentos dramatizados declamados por actores (la ficción dentro de la ficción) además de emplear como pocas veces una prosa preñada de figuras retóricas, de ritmos y de simbolismos que la acercan al ámbito poético. Una obra brillante de un maestro de la narrativa en lengua española.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 21, 2017

Escribir

¿Por qué escribir? Porque esta noche no soporto el peso oscuro de la sombra, ni la música estridente del vecino de abajo, ni los llantos inconsolables del niño del sexto, ni los programas absurdos de la televisión en prime time, ni el silencio de la casa. Porque esta mañana, muy temprano, cuando salí del portal camino del trabajo, vi gente de mi barrio con los ojos hundidos en las baldosas sucias y rotas de la calle engrosando la cola del paro; otros, arrastrando su pereza en dirección al inerte asiento de la oficina; otros, los menos, yendo a recoger a su hijo para llevarlo al colegio; y otros, refugiados en su bar habitual, hojeando el periódico del día y sorbiendo como gorriones su humeante café, acompañados por los habituales de barra, compañeros matutinos de esa ritual y silenciosa cafeína. Porque siempre me cruzo con las mismas personas por las mismas aceras de las mismas calles, calles por las que todos los días coincido, en dirección contraria, con una mujer que me observa disimuladamente y a la que observo disimuladamente, y a los dos, fieles a la discreción social, se nos dibuja una sonrisa de complicidad que grita desde el silencio de las pupilas «hola, qué tal, no sé cómo te llamas, me gustaría saber tu nombre y a qué te dedicas, si tienes pareja y si tienes hijos, algún día quizás me atreva a decirte «hola» por educación, porque estamos aquí todas las mañanas, tú hacia tu trabajo y yo hacia el mío». Porque, esta tarde, el reloj de mi mesita de noche se ha detenido para siempre exactamente a las 19.09. Porque aún veo personas necesitadas de trabajo, de dignidad, de educación y de pan que se sientan en las repugnantes y meadas aceras de la ciudad levantando sus manos y pidiendo una pizca de caridad a viandantes con prisa, ciudadanos de frente angosta y alta que no encuentran alivio para la ansiedad que les provoca su existencia gris, hipócrita y burguesa. Porque esta noche, mientras me fumaba un cigarro en la terraza de mi cocina, he observado la soledad de la fachada norte del ayuntamiento, decadente y desconchada como la piel de un animal sarnoso. Escribir, sí, para dar testimonio de que se ha existido y de que la vida dura quizás lo mismo que este nuevo cigarrillo que me estoy acabando mientras la noche emponzoña a todos los durmientes con su invisible y tóxica organza como un velo de sopor y de luto.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 14, 2017

Un toro es un toro

Los nuevos guardiaciviles que son nombrados suboficiales pueden ejercer de delegado gubernativo en los festejos taurinos que se celebren en muchos pueblos. Para este fin, se les imparten conocimientos en la academia de Úbeda, pero al docente que este lunes explicaba las normas por las que se rige la tauromaquia se le ocurrió, quién sabe si excitado por la emoción, poner en práctica el arte de Cúchares, así que sacó los trastos y exhibió un toreo de salón que despertó los olés, vítores y carcajadas de los incrédulos y amenizados alumnos.

Que los toros forman parte de nuestra cultura es indiscutible. Me quedo con dos pensamientos de dos intelectuales que no son cualesquiera. El de Federico García Lorca, que afirmó que «los toros son la fiesta más culta que hay hoy en el mundo»; y el de Ortega y Gasset, que no dudó en escribir que «la historia del toreo está ligada a la de España, tanto que sin conocer la primera resultará imposible comprender la segunda». En aquellos primeros años del siglo XX, tauromaquia y cultura suponían dos conceptos consustanciales para la élite culta. Ignacio Sánchez Mejías fue un buen escritor y un destacado miembro de la Generación del 27. Juan Belmonte, quien modernizó la tauromaquia con la creación de los cuatro momentos del toreo ―parar, citar, templar y mandar―, era amigo de Hemingway (en Muerte en la tarde y Fiesta aparece el torero) y participaba en tertulias literarias con Pérez de Ayala, Gregorio Marañón, Ortega y Gasset, Gerardo Diego ―que escribió su «Oda a Belmonte»― o Valle Inclán, quien, según leemos en la biografía que sobre Belmonte escribió Chaves Nogales, le dijo un día: «¡Juanito, no te falta más que morir en la plaza!», a lo que respondió el sevillano: «Se hará lo que se pueda, don Ramón».

Pero hoy es distinto. Habla un torero y parece que no ha leído un libro en su torera vida, y los lees en alguna red social y sonrojan sus faltas de ortografía. Talavante respondió así a una cuestión sobre la relación entre el toro y el torero: «Un toro es un toro, y amigo no puede ser porque no habla, y enemigo tampoco porque tampoco habla». Lleva razón el chaval, a veces las palabras están de más. Espero y deseo que, allá en Úbeda, los nuevos suboficiales, una vez terminado el toreo de salón, hayan recibido una correcta formación teórica sobre este arte, hoy más que nunca controvertido.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 7, 2017

Juan Goytisolo

Durante las polvorientas y asfixiantes semanas veraniegas que pasaba en el chalé familiar, rodeado de manzanos, avispas y de un par de hectáreas de tierra de secano, leía, siendo adolescente, lo que caía en mis manos, ya fuera el último premio Planeta, algunos números de Los Cinco o incluso una modesta enciclopedia de apenas siete tomos cuyas páginas hojeaba con la misma asepsia con la que estas habían sido redactadas. Rara vez bajaba a la ciudad y, cuando lo hacía, aprovechaba para sacar prestados algunos libros de la Biblioteca Municipal. Uno de aquellos veranos, a mis dieciséis años, me quedé fascinado con la técnica narrativa que descubrí en Cinco horas con Mario y con la densidad y pulcritud expresiva de Juan Goytisolo en Señas de identidad.

La lectura del libro de Goytisolo no fue sencilla a aquella edad, y tuve que releer algunas páginas, diccionario en mano, para entender no solo términos que desconocía sino la plasticidad que se lograba con su uso. Recuerdo el fogonazo interno que sentí cuando llegué al capítulo tercero. Comienza así: «No se te olvide nunca: en la provincia de Albacete, siguiendo la comarcal 3212, a una docena de kilómetros de Elche de la Sierra, entre el cruce de la carretera de Alcaraz y la bifurcación que conduce al pantano de la Fuensanta, se alza a la derecha del camino, en medio de un paisaje desértico y árido, una cruz de piedra con un zócalo tosco RIP AQUÍ FUERON ASESINADOS POR LA CANALLA ROJA DE YESTE CINCO CABALLEROS ESPAÑOLES. UN RECUERDO Y UNA ORACIÓN POR SUS ALMAS». Pocas veces se habló en mi casa de la Guerra Civil. Creo que o no se sabía o no se quería saber, que era peor. El capítulo tercero de Señas de identidad gira alrededor de la construcción del pantano de la Fuensanta hacia 1934 y de los ajustes de cuentas que el cacique de la comarca tomó contra unos campesinos que, padeciendo hambre y penurias, talaron algunos pinos para vender su madera. En 1936, y antes del estallido de la guerra, fueron fusilados varios de estos aldeanos, y los verdugos luego acabaron en el paredón tres años más tarde, en 1939. Las luminosas páginas que leí entonces de Goytisolo me abrieron una ventana en el tiempo desde la que pude comprender e imaginar cómo era la comarca en la que vivieron mis antepasados paternos. Por ello, al maestro Goytisolo le debo algo más que esta pasión por leer y escribir.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 2, 2017

Egolatría

A pesar de los colosales avances que ha proporcionado el ámbito tecnológico para el desarrollo cultural y para todo tipo de descubrimientos científicos que, en su conjunto, vienen a subrayar la insignificancia de la existencia humana dentro del cosmos, todavía hay quien piensa que somos creación a imagen y semejanza de un dios omnisciente y omnipotente. Este egocentrismo basado en una autoestima alimentada con el suero ideológico de que somos una creación divina no tiene fin. «Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy seguro», sentenció el sabio.

La egolatría humana ha sufrido tres grandes golpes en los últimos cinco siglos. El primero de ellos lo asestó Copérnico con el planteamiento de su teoría heliocéntrica, teoría que fue inmediatamente respaldada, a principios del s. XVI, por la Universidad Complutense y de la mano de Cisneros; hay que esperar un siglo más para que Galileo demostrara axiomáticamente que la Tierra no es más que un planeta que gira alrededor del Sol y de que la Biblia se equivocaba al asegurar que nuestro planeta era el ojito derecho de Dios. El segundo mazazo lo propinó Darwin al probar científicamente que el hombre es el resultado de una evolución de los antiguos primates, es decir, que somos primates evolucionados debido al desarrollo de una inteligencia propiciada por el entorno y por una alimentación rica en proteínas. La Iglesia tardó siglo y medio en dar la razón al científico inglés, y lo hizo por boca de Juan Pablo II. El tercero y definitivo nos lo atizó Freud con su teoría del inconsciente: el hombre ni siquiera es dueño de sí mismo pues hay otro yo, el inconsciente, que se manifiesta cuando descansa el consciente y al que no podemos controlar.

Stephen Hawking, en su libro El gran diseño, publicado en 2010, demuestra con las actuales leyes físicas que no hay ningún dios detrás de la formación del Universo como tampoco lo hay en la creación de los seres vivos, como ya sentenció Darwin. La estupidez humana y nuestro temor ante la irrelevancia de nuestra existencia y ante la nada que nos espera tras la muerte empujan al ser humano débil de pensamiento al paroxismo religioso, y en nombre de un dios se sigue asesinando y cometiendo crímenes atroces que denigran la dignidad humana. «Solo somos una raza avanzada de monos en un planeta menor de una estrella muy normal», escribió Hawking. No hay más.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 24, 2017

Roberto Blanco

Cuenta Neruda en Viaje al corazón de Quevedo que Lorca, en su misión pedagógica de llevar el teatro de nuestros clásicos por los pueblos de España, llegó con La Barraca a Villanueva de los Infantes. Mientras se montaba el escenario, Federico paseó por la calle principal hasta una ermita que se hallaba casi a las afueras del pueblo. Entró en ella y, por casualidad, junto al altar, se percató de que estaba de pie sobre una tumba. Con la mano iba limpiando de arena y suciedad la inscripción de la lápida y comenzó a leer: «Aquí yace don Francisco de Quevedo y Villegas, caballero de la Orden de Santiago…». Neruda recuerda que a Lorca le produjo tan honda desazón el hecho de que el gran poeta español de todos los tiempos estuviera enterrado en una ermita olvidada de un pequeño pueblo bajo el peso del silencio de los siglos que fue incapaz de representar aquel día sobre el escenario de su compañía ambulante.

España no suele ser buena nodriza con sus escritores e intelectuales. Y, si no lo es con los suyos, ocasionalmente reconoce la labor de aquellos que, desde otros países, fomentan nuestra lengua y nuestra literatura. El dramaturgo cubano Roberto Blanco (La Habana, 1936-2002), asesor del Ministerio de Cultura y presidente del Comité Cubano del Instituto Internacional del Teatro ―entre otros cargos―, es uno de esos nombres que hay que escribir con mayúscula en los libros de las artes escénicas. Su magisterio como docente, como director de escena y también como actor fue decisiva en la formación de decenas de dramaturgos y artistas escénicos en Cuba. Como actor destacó por su naturalidad, sin afectación en la interpretación, y por el prodigioso dominio de los personajes que representaba; como director, y de la mano de su compañía Teatro Irrumpe, adaptó, con gran éxito y técnicas innovadoras, obras de Chéjov, Goldoni, Tennessee Williams, Cervantes, Lope de Vega, Valle Inclán y, sobre todo, Lorca. De este, además de Doña Rosita la soltera y de Mariana ―adaptación prodigiosa de Mariana Pineda―, es memorable la puesta en escena de Yerma junto con la Danza Nacional de Cuba, representación con la que demostró una indudable comprensión de la literatura lorquiana al crear un espectáculo total de música, danza y texto.

Roberto Blanco supone un ejemplo de seria profesionalidad y entrega total en el ámbito de las artes escénicas. Ojalá que su nombre y su magisterio no sean borrados por la fría lima del tiempo.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 18, 2017

“Black Mirror”

El título de esta columna coincide con el nombre de una serie británica que me recomendó hace poco un pintor al que estimo como buen amigo y extraordinario conversador. He visto tres temporadas, y sus capítulos pueden seguirse en el orden que uno desee pues la trama y los personajes no están interrelacionados. Sí existe un hilo temático que angustiosamente los ensarta a todos: la brutalidad, la irracionalidad y la autodestrucción a las que nos empujan las redes sociales y medios de comunicación a través de la pantalla de dispositivos móviles y ordenadores. Algunos capítulos se contextualizan en un tiempo futuro, pero que se nos antoja verosímil e incluso real. No es una serie de ciencia ficción, sino de ciencia terror en la que, sin conmiseración, se critica con dureza la obsesiva dependencia de nuestra especie a la tecnología digital hasta el límite de basar las relaciones sociales en unos dispositivos en cuya pantalla negra, luctuosa, nos vemos reflejados cada vez que los apagamos. Acoso cibernético; concursos televisivos cuya audiencia la engrosan gentes hambrientas de carnaza y de escarnio público; tecnología punta que nos hace visibles a todos y que nos priva de nuestra intimidad; empresas de robótica que reproducen fielmente a un ser querido que ha desaparecido, pero sin la calidez ni los valores humanos del fallecido; o aplicaciones con las que se valora nuestra popularidad y de la que dependerá nuestro prestigio social son algunos de los temas que se plantean en sus capítulos.

La ficción, lamentablemente, se hace realidad. Ballena azul es el nombre de un juego virtual, supuestamente creado en Rusia y al que se puede acceder desde redes sociales como Facebook, dirigido a adolescentes con baja autoestima y socialmente excluidos, que consiste en superar cincuenta pruebas de autolesión ―que deben verificar fotografiándolas y colgándolas en la red― hasta llegar a la última y definitiva, que es el suicidio. Por desgracia ya han sido confirmados en Cataluña los casos de cinco estudiantes de Secundaria cuyas lesiones impuestas por este juego virtual los han dejado al borde de la muerte.

¿Qué sociedad heredan nuestros hijos? ¿Qué sociedad es esta, esclavizada a la pantalla negra del móvil y que abomina del placer de la conversación, del paseo y de la lectura? Me aterra imaginar que los acontecimientos narrados en los capítulos de esta serie británica se materialicen dentro de unos años y desemboquen en una deshumanización brutal e irreversible del género humano.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 28, 2017

Libertad de pensamiento

Hace ahora cien años, Petrogrado, la actual San Petersburgo, que pasaba por uno de los inviernos más duros, con temperaturas bajísimas, y que sufría las consecuencias de la I Guerra Mundial ―aún no acabada―, padeció una fatídica hambruna: miles de familias apenas podían llevar a casa un mendrugo de pan y  otros tantos niños y ancianos morían de inanición y frío. Hartos de las ominosas condiciones en las que vivían, cien mil trabajadores fueron a la huelga, y a esta siguieron más. Nicolás II, que se encontraba entonces en el frente, inquieto por las revueltas, ordenó a sus cosacos ―los soldados más fieles al zar― sofocar las revueltas con violencia. La orden era clara: hacer fuego contra la multitud para amedrentar a los sublevados. Fue el 25 de febrero de 1917. Decenas de miles de rusos, entre los cuales había mujeres, ancianos y niños, de pie con pancartas que rezaban «Libertad o muerte», se colocaron frente a los cosacos, armados y a caballo. Pero estos, a pesar de la orden de disparar que se les impuso, no lo hicieron, no pudieron asesinar a balazos a la muchedumbre desarmada, enferma y famélica que pedía más dignidad en sus condiciones de vida porque en esas mujeres y en esos niños veían los cosacos a sus propias madres y hermanos. Cuatro días después, y con la amenaza de un consejo de guerra sobre sus cabezas, algunos soldados ejecutaron la orden y murieron unas cincuenta personas. El resto del ejército se amotinó y se rebeló frente al zar. Este, alarmado, tomó el primer tren para Petrogrado, pero los soldados sublevados le cortaron el acceso a la ciudad, Nicolás II quedó atrapado en su propio tren y fue obligado a abdicar. Acababa de comenzar la Revolución rusa, y una de las primeras medidas que se adoptaron fue la alfabetización de los ciudadanos; el pueblo tenía sed de aprender, tenía hambre de cultura, porque en ella veían el camino para sentirse por fin libres. En cuestión de meses, quizás semanas, lo habitual era ver por las calles de Petrogrado a gente con libros bajo el brazo, leyendo en cualquier rincón de la ciudad.

La lectura, la cultura y el pensamiento libre son las armas más poderosas para hacer frente al abuso, a la tiranía y a la corrupción. Hoy se habla mucho de la libertad de expresión, pero no se menciona apenas el hecho de que el poder establecido está amputando, lenta y silenciosamente, la libertad de pensamiento de millones de ciudadanos.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 26, 2017

Carteros

Ahora que estamos cruzando con dificultad, como si anduviéramos sobre los pedruscos sueltos que unen las dos orillas de un río, esta época de profunda crisis humanística y de deterioro de los más elementales valores humanos, se tiende a alimentar el desencanto, desde muchos medios, con noticias y datos tan pesimistas que incluso rozan el catastrofismo. No me negarán, por ejemplo, que se fomentan las investigaciones sobre todo aquello que esté en riesgo de extinción. Es como si volviésemos al decadentismo que se vivió en Europa hace algo más de un siglo. Pueblos muertos, plantas y animales que desaparecen por obra y gracia del hombre, lenguas que agonizan porque ya no quedan apenas hablantes que la conserven, tradiciones y costumbres folclóricas que perecen y que quedarán fosilizadas en las páginas de alguna tesis doctoral… Ni siquiera el ser humano se libra, pues, de hecho, ya han anticipado algunos sabios actuales que, de seguir en esta línea de superpoblación y de destrucción del entorno, la Tierra será inhabitable dentro de cincuenta años y la supervivencia de nuestra especie solo está garantizada si nos encapsulamos en cohetes y nos vamos a otro planeta a dar la tabarra.

Leí hace poco que también hay profesiones en riesgo de extinción, y me provocó un cierto encogimiento del alma comprobar que la lista la encabezaban los carteros. A mí, y me imagino que a la mayoría de los lectores, su presencia en las calles y en el barrio me genera confianza y, si me lo permiten, familiaridad: ellos saben quién está y quién no, quién se ha mudado y quién está enfermo, escuchan ―poca gente hoy día sabe escuchar― los testimonios y los desahogos de los vecinos. Se decía en este estudio que ya apenas reparten cartas personales ni felicitaciones navideñas; solo notificaciones, envíos publicitarios y recibos del banco. Y que la salvación de este oficio pasaba por reconvertir sus servicios y desempeñar funciones nuevas: informar de desperfectos en vías urbanas, certificar obras o acompañar unos minutos, abriendo y leyendo sus cartas, a ancianos lacerados por la soledad.

Las nuevas tecnologías y las grandes empresas de logística y de envío masivo de paquetes han dado la puntilla a una profesión secular que ―no lo olvidemos― ha sido necesaria en el transcurso y evolución de nuestra Historia y de la cultura universal. Si desapareciese la cartería, se iría con ella un trocito sustancial de nuestra existencia.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 12, 2017

ETA y Trump

Al principio de esta semana, santa para unos y descanso primaveral para los más, a algunos les ha dado por procesionar en ciertas plazas internacionales. Para mayor escarnio a las víctimas del terrorismo etarra, la banda tocó otra pieza desafinada, cuyas notas ya no suenan bien para nadie; escenificaron un «entremés del arrepentido» cuyo argumento es un mal llamado desarme que desvelaba los zulos en los que se pudrían de humedad y de silencio miles de kilos de dinamita y de armamento ligero. Acabó la representación, y, como propina a este buen acto de fe en la paz, sus actores pidieron al público el acercamiento de los presos etarras al País Vasco. Y el público ni aplaudió; se levantó, se marchó y se juró que no volvería a sentarse para ver una chalanería de este calado. Voy a dedicar tan solo unas palabras a la banda y a sus músicos-actores: lo primero que tenéis que hacer es pedir perdón por el dolor causado a tantas familias; después desaparecéis oficialmente como banda, con siglas, hacha y culebrita incluidas; y, finalmente, acompañando a este último gesto, desveláis la localización de los zulos donde guardáis el armamento en buen estado. Y luego ya veremos qué se hace.

Si lo de ETA es un entremés burdo y zafio, lo de Trump es un sainete costumbrista, previsible en alguien que quiere hacer a EE. UU. grande otra vez apretando botones rojos de lanzaderas de misiles all over the world. Trump tenía la cara manchada del tizne del descrédito internacional y, como ya ha ocurrido anteriormente con otro presidente norteamericano, la mejor manera de limpiárselo es montar una cortina de humo lanzando casi sesenta misiles Tomahawk sobre una base aérea siria en respuesta al ataque con gas sarín que ordenó Al-Assad contra una aldea que nadie sabe localizar en un mapa y en la que fallecieron decenas de civiles musulmanes, musulmanes a los que Trump no deja entrar a su país porque no quiere terroristas. Y, ahora, el magnate ha prolongado unos minutos esta representación semanasantera al enviar una flotilla con portaaviones incluido cerca de las aguas de Corea del Norte para ponerse en jarras y hacerse el bravucón. Algunos se han levantado de sus butacas y tímidamente le han aplaudido.

No me gusta este tipo de teatro ínfimo y chabacano. Lo que necesitamos es mejores actores y una eficiente compañía teatral que actúe honradamente en este gran teatro del mundo.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 29, 2017

Miguel Hernández

Hoy florecen las higueras, hoy las abejas alimentan el alma de las voces húmedas de limones, hoy pacen las cabras por las huérfanas peñas de Orihuela; hoy los agricultores, con los pies hundidos en barbechos, suben sus codos por candelas y muestran orgullosos sus amplias sonrisas de largos labradores; hoy el río se amansa, se hace suave y tierno, henchido de rayos, y las abarcas, aún vacías, siguen esperando el calor de sus pies; hoy los compañeros callados, compañeros del alma, hablan desde el fondo de la tierra y reverdecen sus abrazos de hermanos; hoy las cebollas se escarchan de lágrimas y los niños se quedan dormidos entre los brazos de sus madres. Hoy hace setenta y cinco años que murió Miguel Hernández, que se alejó de la tierra y se hizo espuma, que se fue pero que nos dejó su voz y una fría herida de lunas que nadie puede cerrar.

Josefina dijo en una ocasión que Miguel nunca escribía en casa. Salía al campo y a veces se pasaba horas antes de regresar; caminaba y escribía en las huertas sentado sobre la tierra o apoyado en un tronco bajo la sombra de un árbol; salía al campo, a donde él pertenecía y de donde se alimentaban sus versos, versos que generosamente florecían con imágenes sublimes, profundas y sinceras. Josefina sabía que Miguel había escrito algo bueno cuando volvía a casa sonriente y ella lo celebraba oyéndole recitar sus poemas.

Siempre que puedo paseo por las calles de Orihuela o visito la tumba de Miguel en el cementerio de Alicante. Son momentos de callada comunión entre su voz y la mía, de exaltado silencio. Pero, a veces, se me enturbia la garganta de hiel cuando me asalta la execrable evidencia de lo insensible y deshumanizada que puede llegar a ser la sociedad con los grandes escritores, con los genios de la palabra, con los creadores de pensamiento. O los fusilamos, o los encerramos en celdas insalubres hasta la muerte, o los olvidamos en vida, que es el peor de los olvidos. Los escritores son patrimonio de la cultura universal; asesinarlos o acallarlos con el hierro de las prisiones debería considerarse un crimen de lesa humanidad. Hace setenta y cinco años enmudeció en Alicante, con tan solo treinta y un años, agujereado su tórax por cánulas por las que supuraba el pus de los pulmones, una de las más excelsas voces poéticas en la Historia de la literatura en lengua española.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 22, 2017

Dedicatorias

Pocas veces el lector conoce la íntima relación del escritor con aquel al que ha dedicado su libro o alguno de sus poemas. Podemos encontrar datos sobre esa persona que ha pasado a la inmortalidad por figurar al comienzo de una obra literaria, pero sería una labor infructuosa tratar de descubrir los impulsos afectuosos que empujaron al autor a encabezar su poema con el nombre de ese amigo o conocido.

Esta semana me he empapado de la poesía de Lorca. Siempre lo tengo cerca, siempre descansa su obra completa en las baldas más accesibles, cerca de mis manos, al alcance de mi voz. He releído los versos de su Romancero gitano con las manos heridas de penas, sedientas de canciones redondas, hambrientas de soledades, huérfanas de trenzas y de lunas. He acariciado de nuevo el poema «Reyerta», esas navajas de Albacete que lucen de sangre contraria, esos fúnebres ángeles negros que aparecen trágicamente y rodean en duelo al asesinado portando pañuelos y agua de nieve, ángeles «con grandes alas/ de navajas de Albacete», ángeles que vuelan por el aire caliente de esa tarde loca de higueras, ángeles «de largas trenzas/ y corazones de aceite».

Un nombre aparece escrito al comienzo del poema: Rafael Méndez. A él está dedicado. Busco información sobre él y encuentro que este murciano, gran aficionado al flamenco y al mundo gitano, que fue alumno de Ramón y Cajal primero y luego de Juan Negrín, catedrático de Fisiología ―quien marcó su carrera profesional―, vivió unos años en la Residencia de Estudiantes, donde entabló una sincera amistad con Severo Ochoa, con Buñuel y, sobre todo, con Lorca, con el que compartió calabozo tras una noche de juerga y de trifulca en un cabaret de la calle Alcalá. Encuentro que este murciano, que se burlaba en clase del anciano Ramón y Cajal cuando sin darse cuenta se guardaba en su bolsillo del pantalón el trapo de borrar la pizarra, fue durante cuatro años investigador en la Universidad de Harvard y acabó trabajando en el Instituto Nacional de Cardiología de Méjico, donde alcanzó su fama internacional en farmacología cardiovascular. He encontrado una foto suya unos años antes de su fallecimiento; se le ve de perfil, de barbilla recta y frente despejada, y con una mirada larga y honda que parece albergar historias inconfesables y sentimientos inefables. Fue a él a quien dedicó Lorca su «Reyerta».

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 15, 2017

Trump

Me lo propuse con firmeza, me obligué a no escribir ni una línea sobre el actual presidente de los Estados Unidos porque no quería malgastar mi tiempo ni mis fuerzas en hablar de él. Simplemente no merece la pena, no hay nada que se pueda hacer desde esta columna ni desde ninguna para que este personaje cambie de rumbo político, oriente sus acciones hacia el bien general de la sociedad, fomente el respeto y la convivencia entre sus ciudadanos, luche contra la desigualdad social, no alimente el fuego de la discordia ni el de la guerra, emplee sus esfuerzos en el diálogo entre naciones, ayude a los más desfavorecidos y sea un ejemplo de valores humanos para una nación que dio sus primeros pasos hace algo más de dos siglos sobre los cimientos de emigrantes provenientes de todos los rincones del mundo, emigrantes que fueron el motor que lanzó y consolidó a los Estados Unidos como una nación grande, poderosa y ejemplar, y todo ello a pesar de su extremada juventud frente a otros países con una Historia y con una cultura milenarias.

Este hombre tan poderoso debe de leer muy poco; este personaje tan relevante para el devenir de la Historia en el ámbito internacional no es en absoluto un abanderado de la cultura. Sus discursos, ideados con la simplicidad retórica de un escolar, construidos con oraciones simples y machaconamente repetidas, recuerdan a los que escupían los tiranos europeos de la II Guerra Mundial frente a cientos de miles de seguidores que los escuchaban con los ojos encendidos, como ovejas hambrientas y asustadas, como feligreses de una funesta secta redentora. Este hombre hace morritos de niño consentido y ensaya posturas histriónicas cuando firma la construcción de un muro de la discordia desde el que mirar con los ojos engolados al país vecino, cuando aprueba una reforma sanitaria que dejará sin seguro médico a unos veinticuatro millones de estadounidenses para ahorrar más de trescientos mil millones de dólares e invertirlos en armamento, cuando prohíbe a cualquier musulmán la entrada a su país o cuando se gasta unos nueve millones de dólares de los contribuyentes, todos los fines de semana, para irse, con su familia a cuestas, a su mansión de Florida.

Tenemos lo que nos merecemos y acabaremos todos sufriendo las consecuencias que se derivan de decisiones precipitadas, poco meditadas y nada inteligentes.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 8, 2017

Sexo débil o fuerte

Recuerdo que fue hace un año, más o menos, cuando se generó en la opinión pública hispanoamericana un intenso debate sobre la conveniencia de que el DLE eliminase algunas entradas que sonaban racistas y xenófobas. Entre ellas, como un negro, que según el DLE equivale a realizar alguna tarea con mucha intensidad o sobrepasando los límites de la regularidad, es una expresión que, para los colectivos que alentaron aquella campaña, habría que censurar ya que «evoca a un pasado de sometimiento que no debería repetirse para ningún ser humano». Sin embargo, y a pesar de los esfuerzos de estas asociaciones, la entrada no ha sido retirada del diccionario. Haber moros en la costa es una frase hecha con la que se recomienda cautela y precaución antes de realizar una acción o de embarcarse en algún proyecto de riesgo, y también está incluido en nuestro diccionario académico. Decimos de alguien a quien gusta hacer payasadas, o que realiza acciones que pueden volverse contra él, que hace el indio, y cuando consultamos el DLE comprobamos que permanece registrado este uso lingüístico. Ni la Real Academia Española ni el DLE son racistas ni xenófobos; sí los hablantes. Lo que nuestro diccionario académico acomete, por tanto, es una labor de registro de los usos lingüísticos de los hablantes de nuestra lengua, y no es tarea suya sacar la homofobia y el racismo del diccionario porque, de hacerlo, no reflejaría la verdadera realidad lingüística, social y cultural de nuestra comunidad de hablantes. Es la misma sociedad y su responsabilidad educativa dentro de las aulas y en el vínculo familiar quien debe asumir este gran proyecto de sensibilización ética y social que, sin duda, mejoraría nuestra convivencia diaria.

La última campaña para limpiar el diccionario de expresiones y términos homófobos ha surgido en varias redes sociales bajo el lema #Yonosoyelsexodebil y solicita la eliminación del DLE de las entradas sexo débil, definido como `Conjunto de las mujeres´, y sexo fuerte (`Conjunto de los hombres´). Este berenjenal parece más embarrado, pero no son aguas movedizas. No tengo constancia de que se emplee sexo fuerte en la actualidad para aludir a los hombres, pero sigue siendo habitual el uso de sexo débil para referirse, de forma peyorativa, a las mujeres. La RAE ha manifestado su compromiso de revisar el caso. La última palabra es suya.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 1, 2017

Pedales

Padecer cáncer no es una batalla de la que salimos vencedores o vencidos, ni tampoco una guerra durante la cual sufrimos derrotas si hay recaídas ni victorias cuando limpiamos nuestro organismo de células cancerosas. Estoy de acuerdo con la postura que defiende un grupo de psicooncólogos según la cual no es aconsejable utilizar un lenguaje bélico ni militar ―excesivamente estresante― para referirse a la actitud que deberían asumir los enfermos de cáncer porque, en efecto, estos pacientes no son héroes ni soldados, ni son vencedores de una lucha a vida o muerte, sino personas que sobrellevan, día a día, una enfermedad que puede resultarles interminable, agotadora y desmoralizadora.

Siempre me he figurado la larga curación del cáncer como una subida en bicicleta de un puerto de montaña de categoría especial. Los profesionales aseguran que, cuando desde abajo, desde el comienzo de la subida, el ciclista mira la cima y la larga carretera sinuosa, y con angustia calcula la inclinación de los eternos kilómetros que restan, el ánimo y las fuerzas flaquean. Para llegar a la cima hay que fijarse en la carretera, dosificar las fuerzas, pedalear sentado o de pie y a un ritmo suave y sacrificado, pero no extenuante. Así podremos llegar, aunque no todos; un pinchazo, una avería, un accidente o una pájara descomunal nos pueden dejar en la cuneta y fuera de carrera. A mí me tocó subir uno de estos puertos, con veintisiete años; entonces era profesor universitario y estaba a punto de ocupar mi plaza como titular de Lengua y Literatura españolas. Y asumiendo el planteamiento senequista y quevedesco de que todos somos condenados a muerte desde el mismo momento en que nacemos y de que esta, la muerte, es el final común con el que tarde o temprano tropezaremos y de que hay hacerlo con serenidad y resignación, respiré hondo, me levanté sobre el sillín y pedaleé varios meses sin ser consciente de los kilómetros que iba recorriendo ni de los que aún me esperaban. Yo llegué, y desde entonces bajo el puerto dejándome llevar por la inclinación, respirando honda y abundantemente la luz que me rodea y aprendiendo a mirar con unos ojos nuevos la nueva vida que voy encontrando tras la cima que pensé que nunca alcanzaría. No somos héroes, pero recordad que hay que pedalear para avanzar, para llegar a las curvas y trazarlas con los dientes apretados y con la sonrisa que nace de tu confianza y de tu determinación.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 22, 2017

Lardero

El jueves lardero (del latín lardum `grasa animal, tocino´), el último antes del miércoles de ceniza, recibe su nombre desde la Edad Media por ser el día señalado para que las gentes se atiborren de carne y como festividad que inaugura los días de carnaval. Hay un refrán castellano que aconseja: «Jueves lardero, carne en el puchero». El Libro de Buen Amor (estr. 1373) nos ofrece una valiosa referencia de esta festividad medieval celebrada en algunos lugares de Castilla, donde los mozos se encargaban de mantear peleles que representaban a personajes eclesiásticos y políticos, escenificaban alguna escena divertida o visitaban al sacerdote para gastarle unas bromas. Las mujeres cocinaban los platos típicos, que consistían en incluir algo de adobo —lomo y chorizo, principalmente—, y, aunque estas recetas variaban dependiendo de la población, en todos los casos se solía preparar una especie de pan o de bollo con algún añadido en el centro. A este alimento lo llaman en algunos lugares coca; en otros, hornazo; en otros, tortilla de Jueves Lardero; y en otros, mona.

Cuando era pequeño no entendía muy bien por qué a este bollo se le llamaba mona. Intentaba encontrarle parecido con alguna parte de la anatomía de un primate; incluso, me esforzaba en justificar en el hornazo un atractivo femenino, por lo de ser mona. Pero mi imaginación no daba para más; y por mucho empeño que hubiese puesto no lo habría conseguido, porque la palabra mona, con el significado de `hornazo, pan cocinado con viandas´, proviene del latín munda (`refinado, exquisito´). En el Diccionario de Autoridades se define mona de esta manera: `Llaman en Valencia y Murcia la torta o rosca que se cuece en el horno, con huevos puestos en ella en cáscara, por Pascua de flores, que en otras partes llaman hornazo´. Estas palabras, que fueron escritas hace trescientos años, nos sorprenden por su actualidad y por su exactitud geográfica, y más cuando, desde un punto de vista folclórico, se mantiene la costumbre de salir al campo para dar buena cuenta del manjar entre generosos tragos de vino, música y baile.

Visto esto, hasta parece que sienta mejor comerse la mona sabiendo que es un plato que lleva cocinándose desde hace siglos, a pesar de que los tiempos modernos ya no casan demasiado con ciertos dogmas eclesiásticos de antaño, como el de mantener el ayuno y la abstinencia de cualquier tipo de carne durante casi dos meses. Difícil trago, sin duda, para muchos.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 16, 2017

Cáncer

Dos mil años llevamos hablando del cáncer. Fue Galeno, en el siglo II, quien le dio este nombre, en lengua griega: lo llamó karkínos (καρκίνος) ―de ahí términos como carcinoma―, que quiere decir ‘cangrejo’, por el parecido de las venas que circundan un tumor canceroso con las patas de este animal. Galeno fue el gran médico de la Antigüedad clásica y, en la época del emperador Cómodo, trabajó unos años en la escuela de gladiadores estudiando y tratando los golpes y heridas. Él hablaba de ellas como las «ventanas en el cuerpo», y, por este motivo, solo los tumores visibles, sobre la piel, los consideraba cancerosos. Durante muchos siglos se siguió creyendo que esos cangrejos temibles que se dejaban ver bajo la piel se introducían luego hasta las vísceras y las devoraban, lenta e inexorablemente, a veces entre dolores espantosos.

A partir de Galeno, botánicos y médicos europeos propusieron teorías y tratamientos para vencer esta enfermedad. Gordonio, famoso médico francés del siglo XIII, estaba convencido de que el cáncer aparecía cuando ardía dentro del cuerpo la melancolía, el más pernicioso de los humores, el que ascendía desde el estómago hasta la cabeza ennegreciendo el espíritu, el corazón y las vísceras. Muy interesante es la Historia de yerbas y plantas, publicada en 1557 por el botánico español Juan de Jaraba; en él, recomienda el uso de la pimpinela pues «las hojas della sanan todas las fístolas. Es buena para el cáncer y dysentería y contra el fluxo de vientre», y, sobre todo, sugiere beber la humedad que expelen las hojas de la alheña (aligustre), «que es buena contra el cáncer de la garganta y boca». El cáncer era considerado una infección grave y mortal si no era tratado convenientemente; por ello, fray Antonio de Guevara, posiblemente el mejor prosista español de la primera mitad del s. XVI, aconseja en su Menosprecio de corte y alabanza de aldea (1539) salir de la ciudad infesta y contaminada e irse a vivir al campo «pues allí no aportan bubas, no se apega sarna, no saben qué cosa es cáncer».

Comprobamos que llevar una vida sana, respirando aire puro, haciendo ejercicio físico y manteniendo una buena alimentación, se viene considerando desde hace siglos una premisa fundamental para evitar o retardar la aparición del cáncer. Las investigaciones avanzan y las ayudas para ello deben continuar. Quién sabe si entre las páginas de un libro de botánica o de medicina antiguo se halle la senda para lograrlo.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 8, 2017

Activismo

Nuestra sociedad actual está enferma; languidece muy deprisa y, si no se aplican curas urgentes y medidas paliativas, este cáncer silencioso acabará por consumirnos. Las células cancerosas nacen sobre todo de la enorme desigualdad social; cada año aumenta la distancia entre los ricos ―que suman tan solo el uno por ciento de la población― y el resto, y este desajuste inhumano lo sufren con especial virulencia los más desfavorecidos. Ante esto, los Estados no hacen apenas nada, porque la connivencia entre el poder y la riqueza ya es un hecho indiscutible: a los que dirigen el poder, cuyos partidos son amamantados por empresarios y banqueros, les interesa que esta situación no cambie y amedrentan a los ciudadanos, que son los que soportan el inhumano peso de la deuda de bancos y gobiernos, para que se queden en sus casas y no protesten.

¿Cómo evitarlo? ¿Cómo impedir que la sociedad se haga fuerte y proteste? Con tres armas silenciosamente destructivas: convertir a los ciudadanos en consumidores desinformados que compren compulsiva e irracionalmente, bombardeándolos con una publicidad engañosa que les ofrece una imagen del bienestar fundamentado en el despilfarro, en convertirlos en un rebaño descontrolado que emplee su tiempo libre no en actividades culturales, sino en llenar grandes almacenes e imponentes centros comerciales; en segundo lugar, procurando que los ciudadanos nos enfrentemos, nos odiemos cada vez más por motivos ideológicos, culturales, religiosos o sociales, y así lograr la desunión y el descrédito de lo público, fortaleciendo una educación y una sanidad privadas en detrimento de las públicas; finalmente, empleando el arma más poderosa: el miedo. El miedo a protestar y que seas procesado por ello; el miedo a perder tu estabilidad laboral y económica; el miedo al vecino, que puede ser un pederasta, un terrorista o un maltratador; el miedo a los que vienen de otros países, de otras culturas, de otras religiones. El miedo desune, dispersa, destruye la solidaridad y nos lleva a la desconfianza del prójimo y, consecuentemente, al individualismo, a enroscarnos como caracoles en nuestro caparazón con la única compañía de nuestros dispositivos móviles con los que accedemos a grupos sociales y muchas veces bajo identidades falsas.

Solo el activismo y la movilización social pueden cambiar esto: las grandes conquistas sociales se lograron así, mediante la unión de todos contra la injusticia.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 3, 2017

No sé nada

No lo sé. Yo no sé nada. Se sientan en el banquillo, frente al juez, acusados de delitos que se pagan con la cárcel. Pero ellos no saben nada. Nunca supieron lo que estaba ocurriendo. Ni ellos ni sus esposas, que bisoñamente estampaban su nombre en cualquier documento que sus maridos colocaban sobre la mesa de la cocina mientras se tomaban el desayuno. Sus firmas en papeles comprometidos las rubricaron sin tener conciencia de lo que se hallaba escrito, en negro sobre blanco, bien clarito y sin borrones. No saben o no recuerdan estos políticos-empresarios de dónde procedía el dinero negro que ingresaban en sus cuentas en Suiza, ni cuándo cargaron sus coches de billetes y de lingotes de oro, ni los empresarios a los que favorecieron a cambio de comisiones. No lo sé, señoría, no recuerdo nada.

Bunhilda Pomsel tampoco sabía nada. Fue secretaria personal de Goebbles, la mecanógrafa que redactaba los documentos personales del ministro nazi, la que escuchaba conversaciones entre miembros del Gobierno alemán, la que vivió los últimos días de vida y el suicidio de su ministro y de Hitler en el búnker construido bajo la Cancillería, pero ella, antes de morir hace unos días a la edad de ciento seis años, insistió en que no sabía nada de las medidas adoptadas por su partido para exterminar a los judíos, no sabía nada ella ni ―insistía― nadie que vivió en la Alemania del III Reich. Murió tranquilamente en la cama de su habitación de un asilo de Múnich, con la conciencia tranquila de no haber roto el juramento de fidelidad que en su día pronunció al incorporarse al partido nazi y frente a su ministro. Ella no sabía nada; nadie sabía nada.

Está claro que aquí nadie sabe nada, como el niño que se ha comido la tarta que estaba sobre la mesa de la cocina y, con la cara manchada de nata, mira a su madre y le asegura que él no ha sido, que él no sabe nada. Esto es lo que viene siendo habitual en los últimos años: cometer un delito y, si te pillan, enlazar las manos en la espalda y con voz y gestos estudiados asegurar y jurar que no entiendes lo que ha sucedido, que tú no sabías nada. Qué socrática e inteligente se nos ha vuelto el hampa: solo sé que no sé nada, señoría, y si usted me manda a prisión, viviré cuando salga de lo que usted no sabe que tengo yo, porque usted no sabe nada, como yo, señoría.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 20, 2017

Cartularios de Valpuesta

Para los no iniciados, un cartulario, también llamado «libro becerro» o «tumbo», era un códice medieval, escrito en monasterios, en cuyos pergaminos los monjes anotaban la relación de sus privilegios y pertenencias, las dádivas y testamentos que recibían así como las ganancias que obtenían de la venta de los productos que elaboraban o de otros bienes. La iglesia-monasterio de Santa María de Valpuesta se encuentra entre Burgos y Vitoria, muy cerca de Miranda de Ebro, en el nordeste de la provincia burgalesa. Fue sede episcopal desde su fundación (804) hasta el s. XI y centro de aquella primera Castilla que se extendía hacia el Sur no más allá de los montes de Oca, como recuerdan los versos del Poema de Fernán González («Entonces era Castiella un pequeño rincón,/ era de castellanos Montes de Oca mojón»). En aquella época, por tanto, Valpuesta fue para Castilla lo que San Millán para La Rioja o San Juan de la Peña para Aragón, y ello explica que bajo sus piedras fueran enterrados los primeros miembros de familias nobles como los Velasco, los Angulo o los Salazar.

A principios del s. IX, en el norte peninsular se seguía hablando latín, pero un latín distinto, con muchas variantes con respecto al culto y literario; era, por tanto, un latín muy dialectal, y sus rasgos diferenciadores se fueron acentuando progresivamente al ser usado, generación tras generación, por el pueblo, analfabeto, o por gente con escasa formación cultural, como era el caso de algunos monjes. Uno de ellos, que vivía en el monasterio de Santa María de Valpuesta a mediados del s. IX, fue escribiendo en pergaminos la relación de donaciones que recibía la comunidad, y en su latín dialectal, descuidado, escribió kaballos en lugar de caballi, o fresno, piele, cuenca o madera en vez de fraxinum, pellem, conca y matera. Son estas las primeras palabras del castellano, muy anteriores a las encontradas en las glosas emilianenses a finales del s. X y durante la centuria siguiente. Los cartularios de Valpuesta, conservados durante siglos en el Archivo Histórico Nacional y que solo despertaban la curiosidad de paleógrafos e historiadores, atesoran, por tanto, la primera documentación escrita de aquel débil dialecto del latín y que hoy es ya la segunda lengua más hablada en el mundo. Los grandes ríos nacen, a veces, de humildes y discretas fuentes.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 4, 2017

Necroturismo

Ha sido un amigo quien me ha invitado a pasar estos días en su pueblo, el Puerto de Santa María, en la provincia de Cádiz. «Por su puesto que iré», le dije, «y lo primero que haré nada más llegar será entrar en el cementerio y visitar la tumba de Alberti, con la bahía a sus pies». Él no terminó de entender que lo que más me ilusionaba, por encima de los palacios señoriales, del puerto y de los pescaítos, era visitar al poeta gaditano, sentarme junto a su tumba, recitar «Si mi voz muriera en tierra» y conversar brevemente con él. Pero al final acabó por comprender esta pasión que llevo conmigo y a la que muchos ya llaman necroturismo.

Los cementerios que albergan los restos de personajes relevantes para la cultura poseen una fascinación y una atracción singulares. Hace algo más de veinte años viajé a Estados Unidos, y, al llegar a Washington, la ruta turística incluía la visita al cementerio militar de Arlington: bosque casi infinito de cruces blancas, bajo cuyo silencio inviolable de mármol y de eternidad yacía una parte sustancial de nuestra Historia, millones de vidas sacrificadas para salvar a la humanidad del caos y de la barbarie. Quien ha viajado a Egipto ha podido conocer personalmente que aquel poderoso imperio de la Antigüedad estaba impregnado por una riquísima cultura funeraria que giraba alrededor de los faraones y que alcanzaba todas las artes. Sin ir tan lejos, al cementerio de Alicante me acerco casi como un peregrino para limpiar la tumba de Miguel Hernández, llevarle flores y hablar con este extraordinario poeta que hizo de su vida un ejemplo de coherencia ideológica y cultural. Más grave es el silencio que exhuma la lápida de Miguel de Unamuno, en el cementerio de Salamanca, un silencio meditabundo y austero, como el que compartía con Pío Baroja cuando salían a pasear por el parque del Retiro: se saludaban ― «Don Pío». «Don Miguel»― y ya no se dirigían la palabra las dos horas que duraban las caminatas, de las que nacieron muchos párrafos para sus novelas. Visité Soria y la tumba de Leonor; visité Collioure y me embargó la emoción frente a la lápida de don Antonio mientras recitaba alguno de sus poemas. Todo pasa y todo queda, mi querido maestro.

Hay empresarios que han encontrado en el necroturismo un filón de oro; para ellos es ocio de calidad y nada masificado que ayuda a preservar el cuidado de los cementerios. De esta tendencia leí hace poco un eslogan brillante: «Un turismo con un futuro de muerte». De eso no cabe ninguna duda.

Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 28, 2016

Libros fríos

Conservo una imagen vaga de Julián, pero lo suficientemente clara como para recordar que, cuando aquel diciembre llegaba a su fin, quiso recibirme en su despacho. La cara se difumina en la niebla de los años, pero lo sigo viendo alto y delgado, de voz grave y verbo pausado, de pelo negro y gafas madrugadoras, y fumaba con tanta solemnidad que parecía que el humo condensaba y amalgamaba sus pensamientos. Era catedrático, especialista en lenguas clásicas y semíticas, traductor de la Biblia, y gracias a nuestras largas conversaciones me adentré en los dédalos de la cábala, en el inabarcable horizonte de las interpretaciones bíblicas y supe de los errores de traducción que zanganean en la Vulgata y que se han conservado a lo largo de los siglos en las versiones vernáculas. Aquel día abrió la puerta con su sonrisa cordial, y, una vez dentro, me señaló una pila de libros que descansaban sobre su mesa de estudio y me dijo, con unas palabras húmedas de nicotina rancia, que eran míos, que me los regalaba, que había decidido deshacerse de los que ya había leído. Todos los años elegía a un compañero de docencia, y aquel diciembre me escogió a mí. Mi incredulidad lo animó a insistir en que me los llevase todos, pero por discreción solo tomé unos pocos. «Gracias. Los otros ya los tengo, Julián», mentí. Algunos años más tarde supe que aquel profesor vació las baldas de su biblioteca, se deshizo de sus libros como el que va dejando caer al suelo las piedrecitas que mantiene apretadas y calientes en la mano. No le quedaba mucho tiempo de vida y su deseo fue compartir sus libros con la gente más cercana.

Hoy, veinte años más tarde, confieso que aún no los he leído; permanecen en una de las estanterías de mi biblioteca, quietos y callados. No me siento aún con el ánimo de sacarlos de su letargo, de abrirlos y de recorrer las páginas que un día pasaron los dedos amarillos y cansados de ceniza de Julián. Hoy ―y ya que estamos de confesiones― admito que, a veces, regalo algunos libros de mi biblioteca, y no necesariamente a finales de diciembre; lo hago porque siento que ya no son míos, que no forman parte de mi existencia, que estarían más cómodos descansando entre los libros de otra balda de otra biblioteca. Son esos libros para mí como las frías fotos de álbumes que ya no te interesan y que ni siquiera te emocionan. Quizás por ello aún no me atrevo a abrir los libros que tomé regalados de la mesa de estudio de mi compañero.

Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 21, 2016

Navidear

Unos grandes almacenes han ideado una acertadísima campaña publicitaria para estas fiestas navideñas. Ha sido diseñada sobre la base de dos principios: elaborar un mensaje breve, contundente, atractivo y de fácil memorización; y, por otro lado, vigorizar lo que muchos llaman el espíritu de la navidad, que no es más que el hambre consumista que a los ciudadanos ―como perros de Pavlov― les sobreviene cada vez que oyen campanas de trineos, villancicos interpretados en todos los géneros musicales, o cada vez que sus ojos son bombardeados con irritantes lucecitas parpadeantes que duran más que el conejito de Duracell, con interminables anuncios de publicidad en cualquier medio de comunicación o con las soporíferas decoraciones de calles, establecimientos y balcones. Salivamos y nos echamos la mano al bolsillo para comprar, para consumir, para gastar más de lo deberíamos.

El mensaje comercial al que aludía más arriba lo forma una sola palabra, un verbo creado con mucho acierto por el equipo de publicidad: navidear. Insisten en que hay que navidear, y lo aplican en todos los contextos consumistas imaginables. Navideemos «empezando a pensar qué regalar este año» o «poniéndote en forma también en estas fechas»; navidear es comprar «los juguetes que cobran vida», «decorando el árbol hasta que no se vea el árbol» y «mostrando la esencia de la navidad en cada detalle». Una buena idea de navideo es regalando libros, que son «emociones en cada página», o sorprendiendo con un perfume «envolviéndote en un aroma único». La gastronomía es un condimento esencial en el espíritu navideño, y se nos invita a navidear «enviando una felicitación… o, casi mejor, un jamón», «con vino blanco de primero, de segundo tinto, ¡y de postre cava!», «probando todos los dulces de la bandeja» o «preparando con los tuyos el roscón de reyes». Y, para que estas fechas sean perfectas, «navidea empezando el año en un lugar diferente», vamos, que lo mejor, después de haber comprado el árbol y las bolitas, de haberte dejado medio sueldo en inútiles regalos de compromiso y de haberte puesto como un lechón empancinándote hasta explotar, lo mejor, digo, es hacer el petate y salir por patas unos días con tal de perder de vista a ciertos comensales indeseados y, de paso, dejarlos bailando al ritmo de esos villancicos que suenan dentro de los gorros navideños que se venden como churros en los chinos. El neologismo es atinado, pero no me encuentro entre sus feligreses.

Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 16, 2016

Nardos

No es la primera vez que, en el trayecto de casa al trabajo ―sobre todo los días en que me siento ágil y animado―, se me cuela de manera inesperada una canción y ya se me queda en las neuronas varias horas e incluso días. Lo que no deja de sorprenderme no es el insolente hospedaje de la letra y de la música en vaya usted a saber qué alcoba de mi cabeza, sino el dato de que estas piezas suelen ser pasodobles o fragmentos de zarzuelas, géneros musicales que, con todos mis respetos, no son santos de mi devoción. ¡Qué abismos quedan por descubrir en nuestro inconsciente! Llevo un par de días con los nardos de Sarita Montiel echando raíces en mi materia gris: «Lleve usted nardos, caballero, si es que quiere a una mujer. Nardos no cuestan dinero y son lo primero para convencer». Y como los nardos no se me secan por mucho empeño herbicida que le ponga, he decidido mantener la serenidad y hacer de mi enemigo un aliado. Por lo tanto, he emprendido la tarea de seguir el perfume con el que esta flor ha impregnado las páginas de algunos libros.

Antes que nada, no está de más recordar que el nardo, que atesora la propiedad de seguir emanando sus efluvios aromáticos aun dos días después de ser cortado, embriaga con su irresistible perfume las voluntades, lo que explica que durante el Renacimiento fuese una flor prohibida para las jóvenes. Dejo a un lado la simbología fálica y sexual de esta flor en los versos de Lorca («¡Oh mujer potente de ébano y de nardo!/ cuyo aliento tiene blancor de biznagas») y de Miguel Hernández («Una paloma sube a tu cintura,/ baja a la tierra un nardo interminable») y me voy a la Biblia. En el Cantar de los Cantares, la novia, embriagada de amor, confiesa: «Mientras el rey se halla en su diván, mi nardo exhala su fragancia./ Bolsita de mirra es mi amado para mí, que reposa entre mis pechos» (1, 12-13). Y en su evangelio, san Juan recuerda que, cuando Jesús fue a Betania a visitar a Lázaro ―el resucitado―, la hermana de este, María, «tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. Y la casa se llenó del olor del perfume» (12, 3). Ungió sus pies con perfume de nardo y los secó con sus cabellos, y la casa se impregnó de su fragancia. Con las palabras exactas y con un estilo claro y sencillo, cuánta belleza, cuánta dulzura, qué escena más embriagadora. Mis nardos ya no son los de la Montiel.

Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 15, 2016

Quijotes

Oscuros y espesos son los lodos de los tóxicos barros de nuestra política. Políticos ladrones y corruptos han dado un empujoncito macabro a este país para que no consiga salir de las arenas movedizas del estancamiento económico en las que se está fatigando hasta la extenuación. Lo demás es postureo y falsos mensajes para intentar calmar el desasosiego general. Mal momento para celebrar el 38º aniversario de una Constitución que muchos españoles no han leído, que no entusiasma y que, en algunos de sus artículos, necesita una reforma urgente; mal momento para mostrar una impostada mueca de orgullo constitucional. Nos tenemos que tapar la nariz todos los que hacemos esfuerzos ingentes para llegar a fin de mes, todos los que estamos perdiendo poder adquisitivo en los últimos quince años, todos los ancianos sobre cuyas espaldas de pensionistas soportan la manutención de hijos y nietos, todos los que están perdiendo sus hogares y los que aún no lo tienen, todas las familias que deben asumir los cuidados y medicamentos para grandes dependientes, todos los jóvenes que salen de los vomitorios de las universidades y se despiertan en una sociedad que les cierra puertas y que aniquila brutalmente su optimismo, todos los que engrosan largas y vergonzantes colas de paro, todos los que deciden acabar con todo y quitarse la vida ―diez al día: casi cuatro mil españoles se quitaron la vida el año pasado. Qué humillante fracaso social silenciado por el Gobierno―. «Los voté, sí, pero me tapé la nariz cuando metí la papeleta en la urna», dijo uno hace poco. Esta es una fotografía que nos podría retratar a millones de ciudadanos: respirar por la boca para no sentir el hedor de tanta basura.

He releído algunas declaraciones del Expresidente de Uruguay, el señor José Alberto Mujica. Son siempre un bálsamo aromático y revitalizador en medio de este muladar de miserias morales y de eternas vanidades. Quisiera destacar un pensamiento: «Pertenezco a una generación que quiso cambiar el mundo. Fui aplastado, derrotado, pulverizado, pero sigo soñando que vale la pena luchar para que la gente pueda vivir un poco mejor y con un mayor sentido de la igualdad». Ante el panorama actual, solo hay hueco para el esfuerzo y el compromiso guiados por ideales nobles. Ahora que van terminando los fastos por el IV centenario de la muerte de Cervantes, nuestra solución actual es abanderar una actitud quijotesca frente a estos nauseabundos gigantes modernos.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 30, 2016

Soria

Soria era una visita necesaria. Urgente. Es difícil sentir con plenitud la prosa de Bécquer, los versos de Antonio Machado y de Gerardo Diego o las descripciones del Cantar de Mio Cid sin conocer la ciudad y los paisajes sorianos. Si me permiten una comparación, imaginen por un momento el gran vacío emocional que puede sondarse en un enamorado de la cultura clásica greco-latina que no hubiese estado en Atenas o en Roma o en Pompeya. Un íntimo amigo mío ―al que le dedico este artículo― me recomendó que antes y durante la visita leyese el libro Donde la vieja Castilla se acaba: Soria, de Avelino Hernández ―«Un clásico de la literatura castellana y española», en palabras de Julio Llamazares―. Y así hice. Y no me defraudó. Sus páginas están escritas pensando en un libro de viajes, pero lo que hace extraordinaria esta obra es que toda ella está impregnada de Historia, de folclore, de literatura, pero, sobre todo, de esencialidad: conocer lo que nos rodea es amarlo, y amarlo en su esencia es comprenderlo desde dentro.

Hace unos días, por fin, entré en Soria. Crucé su muralla, paseé por sus calles y por su alameda junto al Duero, sentí su silencio de piedra y verso, y disfruté de la apacibilidad de sus gentes. Me impresionó descubrir en las páginas de A. Hernández que Soria fue destruida por el rey de Navarra en 1196, la asolaron los aragoneses en 1224, Alfonso IX la sembró de sal en 1328, don Enrique la devastó treinta años después, los franceses luego la quemaron, y que en 1429 fue reducida a ruinas por los soldados de Aragón. Posteriormente, como una nueva Numancia, férrea e inmutable, volvió a levantar cabeza, pero los Austrias la demolieron para que no gobernasen los Borbones, y con Napoleón fue destruida para echar al invasor galo, y aún hubo de sufrir algún destrozo más a mediados del s. XIX. Ciudad heroica, sin duda; invencible, pero subyugada por tanta herida. Y todo ello es lo que hace de Soria una villa admirable, recoleta y sencilla, en cuyas piedras y agua se perciben el peso de la Historia, el rumor del silencio, la emoción contenida de los escritores que en ella vivieron, amaron y sufrieron. Soria es esencialidad, en ella leemos el lento transcurso de los siglos, la paciente caricia del Duero y el sueño de sus álamos. Regresaré a ella, no sé cuándo, quién sabe si más ligero de equipaje.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 22, 2016

Libros prohibidos

Leo que el Departamento de Justicia Criminal de Texas (EE. UU.) ha publicado una lista en la que se señalan los aproximadamente quince mil libros que están prohibidos en las bibliotecas de sus cárceles. Los impulsores de este moderno «Índice de libros prohibidos» escudan su decisión con el argumento de que, para evitar altercados entre la población reclusa y para acelerar su rehabilitación, se censuran todas aquellas publicaciones con referencias sexuales, en las que se mencionen organizaciones criminales o se detallen tácticas bélicas o de fabricación de armas. Muchos de los censores que han elaborado tal esperpéntica lista negra no han acabado sus estudios secundarios, y tan escasa formación literaria y cultural les ha llevado a prohibir la lectura de libros como Madame Bovary, a autores como William Shakespeare, así  como casi todas las novelas contemporáneas o a escritores norteamericanos como John Grisham. Para culminar este monumento a la insensatez, descubro que otros libros, como Mi lucha de A. Hitler, se han librado de las llamas purificadoras encendidas por tan singulares escrutadores de la cultura universal.

Poco puede sorprendernos ya un país que fundamenta sus señas de identidad cultural en los vaqueros ―los de vestir―, en la comida rápida ―que ya era moda en las principales ciudades del Imperio Romano― y en la conquista del lejano Oeste ―que, por otro lado, ya había sido conquistado por los españoles tres siglos antes de que los yanquis llegaran al Pacífico―; poco se puede esperar de un país que legaliza la tenencia y uso de armas, que mantiene muy abierta y sangrante la llaga del racismo, que sostiene un sistema económico vertiginosamente desigual y socialmente injusto, de un país, en fin, cuyo verdadero dios es el dólar y que permite que un multimillonario histriónico y xenófobo sea su nuevo Presidente. Recuerdo aquellas lejanas lecciones de Historia que aprendimos en el instituto en las que se subrayaba que Hitler ganó en las urnas porque supo tocar la fibra del desencanto ciudadano con promesas de trabajo y estabilidad solo para los auténticos alemanes, con discursos profundamente racistas y xenófobos y con puestas en escena cuidadosamente preparadas para encandilar a una sociedad empobrecida y desencantada. No tardó aquel personaje en arrastrar a su país a la sima del caos ordenando la censura y quema de libros en las plazas públicas, y, con ello, evidenciar su repulsa a la intelectualidad.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 9, 2016

“El beato”

 

Volví este verano a Galicia tras una larga ausencia, y en este regreso redescubrí sus contornos, sus gentes, su cultura, su lengua, y no tardé en impregnarme del silencio adormecido de sus playas, de la melancólica infinitud de su océano. Y quiso la casualidad que me topara con El beato, último libro de Alfredo Conde, galardonado con el LXII Premio Ateneo de Valladolid.

Más allá de la admiración que profeso por el autor de El Grifón, debo confesar que es la sinceridad la que me empuja a considerar El beato una gran novela. Desde la vaporosa existencia de su purgatorio, el alma de fray Julián de Chaguazoso ―personaje real nacido en Galicia en 1502 y proclamado santo en Puebla Nueva de los Ángeles― flota sobre los restos de su tumba y narra su propia vida guiándose de una hagiografía ilustrada que pintó en su día fray Tadeo de la Aguadilla. Manteniéndose fiel a una técnica narrativa muy próxima a la novela picaresca, el protagonista-narrador intenta clarificar los principales episodios de su vida: sus difíciles y humildísimos orígenes; los distintos amos a los que va sirviendo durante su exilio voluntario de su Galicia natal hacia el puerto onubense de Palos, desde donde tomará un barco hacia América ―«Mi vida ha sido una larga huida de mí mismo», afirma el protagonista―; y el afán constante de medro, que le permitirá hacer fortuna en territorio mejicano construyendo carros para el transporte de mercancías entre distintas poblaciones precolombinas.

Alfredo Conde ha escrito una novela que no puede leerse si se prescinde de la cultura y del folclore gallegos. Con frecuencia introduce galleguismos que se ajustan a la realidad galaica (sobreiras, cangas, mulidas, cabezalla, chavella…), a la idiosincrasia de sus gentes ―sostiene el protagonista que la morriña nace del radón que se desprende del granito― y a ciertas supersticiones y creencias populares muy arraigadas en Galicia (meigas,  bruxas o santos como san Andrés de Teixido o san Brandán). Para mayor alegría, se intuyen lejanos acentos: percibo, así, un eco machadiano en el intertexto «como los hijos de la mar», que centellea eterno sobre las tranquilas aguas de la prosa del gallego. Por todo ello, y por la calidad literaria de sus obras, puede entenderse que Alfredo Conde, Premio Nadal y Nacional de Literatura, figure, año tras año, en la nómina de candidatos para el Premio Nobel.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 8, 2016

Cenizas

Que no. Que mi cuerpo, mi edad y mis entrañas ya llevan tiempo inmunes a los planteamientos de fe que regurgitan desde púlpitos y sedes catedralicias tantos purpurados empeñados en vender como ciertas algunas historias que ya solo pueden creerse niños y púberes fácilmente moldeables y ancianos temerosos de la muerte. Desde el Vaticano, a esta sociedad de fieles ―que es cada vez menor― se le ha amenazado con negarle el funeral a quien haya decidido quemar su cadáver y guardar en casa o esparcir luego las cenizas allá donde considere. Para colmo de declaraciones, un tal Gerhard Müller, cuyo cargo es la de prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe ―suaves vocablos para renombrar lo que hasta no hace mucho era la Inquisición―, ha añadido más leña al fuego vaticano asegurando que «los muertos no son propiedad de los familiares, son hijos de Dios, forman parte de Dios y esperan en un campo santo su resurrección». Soy incapaz de comprender la intencionalidad que ha empleado el teutón en estas declaraciones, y como no lo he visto pronunciar estas palabras y no he accedido, por tanto, a descifrar su lenguaje no verbal, no estoy seguro de que haya pronunciado tan singular discurso quién sabe si para hacer mella en la superstición y temor de muchos creyentes, o como demostración de fuerza desde las altas cátedras purpuradas contra los ínfimos e innúmeros taburetes de pleita, o es que tal vez estamos, sin más, ante un caso de manipulación, con sus amenazas y prohibiciones correspondientes, ejercido desde una posición de superioridad jerárquica y moral contra una mayoría que, como un rebaño de indefensas ovejitas, respeta y sigue a su líder sin rechistar temerosos de que el pastor les eche los perros de la condenación eterna y de la inhumación fuera de la húmeda protección purificadora del hisopo de plata.

Que no. Que no tengo el cuerpo para tanto absurdo y para tanta negligencia. Algunos periodistas han creído ver en estas vaticanas declaraciones una razón empresarial para que vuelvan a ocuparse nichos y columbarios de los que la Iglesia recibe prebendas. Con la que está cayendo por todo el mundo y que tengamos que estar escuchando esta colección de entelequias y de fantasmagorías, de cadáveres que resucitarán de sus tumbas y de eminencias de ceniza que saldrán viscosamente de su urna funeraria reamasadas y precocinadas. Váyanse con el cuento a otra parte. Luego se quejan de que se vacían los templos.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 26, 2016

Álamos

Hoy han depositado en mi buzón un folleto informativo sobre convivencia ciudadana que el ayuntamiento ha impreso con el fin de acercar a los ciudadanos la nueva ordenanza cívica. Reconozco que me gustan la maquetación y la calidad de impresión de sus veintiocho páginas, desde la portada, con una yuxtaposición en diagonal de cuatro fotos que muestran el incivismo ciudadano ―grafitis, basuras en aceras…―, hasta la contraportada, una acuarela de técnica impresionista, en colores pastel, que representa una límpida avenida de árboles por la que transitan, felices y bulliciosos, cientos de personas; una pacífica y armoniosa pintura primaveral que sugiere, por tanto, un contrapunto a la portada.

Lo leo. Repaso las normas de conducta que han de cumplir los ciudadanos y el régimen sancionador que debe aplicarse en caso de vulneración de aquellas. Se incide en que nadie debe restar los derechos y libertades de los demás en el uso y disfrute de los espacios públicos, los cuales han de ser usados correctamente y cuya conservación tiene que ser respetada. Así, están prohibidas conductas que deterioren el entorno tales como tirar colillas; arrojar cualquier residuo desde ventanas o balcones; sacudir alfombras o mopas; escupir; defecar y orinar, ya vengan las aguas de animales racionales o irracionales; emitir en horario nocturno ruidos que superen los 30 dB; degradar visualmente el entorno; reunirse para celebrar el rito del botellón; o permitir que los animales de compañía, tanto los racionales como los irracionales, entren en las zonas ajardinadas y en parterres de parques y jardines.

Sin embargo, en toda esta enumeración de prohibiciones resalta una que me ha generado una leve convulsión emocional. No está permitido hacer marcas en los troncos con elementos punzantes. Y viene acompañada de una foto, bella de melancólico silencio, en la que se ve el tronco de un álamo tatuado de nombres y de corazones por aquellos que en su momento, bajo la sombra de sus ramas, quisieron eternizar junto a la persona amada una pasión que entonces creerían imperecedera. Álamos del amor, que, como dijo el poeta, «tienen en sus cortezas/ grabadas iniciales que son nombres/ de enamorados, cifras que son fechas»: íntima esencialidad que el maestro sevillano supo interpretar y transmitir en sus versos. Pero ahora el régimen sancionador prohíbe esto, y los troncos quedarán entonces yermos de suspiros, hambrientos de amapolas, ausentes de voces enamoradas.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 13, 2016

Palomas

Nuestras ciudades están infestadas de palomas. Se reproducen como ratas y sus palominos corroen la piedra de edificios y monumentos con la contundencia de una densa lluvia ácida, viscosa. Empresas expertas en el exterminio de plagas y roedores se han puesto manos a la obra y ahora se están especializando en espantarlas y ahuyentarlas, que no en matarlas porque, al parecer, la zureadora está protegida por la ley y, además, muchas de las que vuelan por nuestros tejados son propiedad de colombicultores que no dudarían en mandar a los tribunales a todo el que se atreviera a ponerles los dedos en el plumón. Precisamente fue un colombicultor quien, en una ocasión, me contó que la paloma se distingue del resto de las aves por la extremada violencia que emplea con sus congéneres; me aseguró que, si al palomar llegaba una que estuviese herida, las compañeras la picoteaban sobre la llaga abierta hasta matarla. Menuda leche se gasta la que es considerada como el pájaro de la paz, como el símbolo de ese espíritu que desde el cielo cae sobre nuestras cabezas como un maná redentor.

A mí me da que este pájaro es de mal agüero. Tanta rama en el pico, tanto espíritu salvador, tanta paloma que se equivocaba creyendo que el trigo era agua, tanto zureo y arrullo amoroso, tantas palomitas y palometas, tanta historia bonita y ahí lo tenéis, gorrino como él solo y más violento que un ultra con dos copas de más. Y, ahora, para mayor desconcierto, dos universidades ―una neozelandesa y otra alemana― han llegado a la conclusión de que las palomas saben ortografía. Y no es broma. Las palomas que protagonizaron tan singular experimento fueron capaces de aprender entre veintiséis y sesenta términos, más incluso que algunos avechuchos televisivos que aún no han pasado de la fase de la berrea, del «tío» y del «mola mogollón». Yo incluso he llegado a plantearme si de ese oficio ancestral de ser mensajeras a larga distancia les habrá quedado a las palomas un algo misterioso e inextricable en la identificación gráfica de palotes que forman una palabra, y que esa habilidad gráfico-léxica se ha impreso en su ADN como una reencarnación perpetua e imperecedera. Hoy he vuelto a mirar al cielo y he visto una bandada de torcaces, y me la he figurado como ese huracán lorquiano de negras palomas que chapotean las aguas podridas del hambre, del miedo, de la violencia, de la muerte.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 6, 2016

Bluetooth

Es fascinante cómo avanza la tecnología. Parece que fue hace dos días cuando se pusieron de moda los teléfonos inalámbricos en los hogares: eso de que te pudieses llevar el auricular a cualquier parte de la casa para no tener que pegarte una carrera suicida por el pasillo para descolgar a tiempo el teléfono supuso lo último en modernidad. A mí esos aparatos me provocaban cefaleas cada vez que los usaba; era como tener la cabeza dentro de un microondas. A mi abuela, por el contrario, el invento le gustaba mucho; muy cómodo para ella, sin duda, debido a su movilidad reducida. «Un día», se me ocurrió decirle mientras merendábamos, «llevaremos el teléfono por la calle, y en el coche, y de viaje». «¡Imposible! Eso sería un truco de magia», me respondió muy convencida mientras mojaba una magdalena en el café con leche.

Jim Kardach ha pasado a la historia como el ingeniero informático que hace veinte años hizo realidad lo que para muchos era imposible y, para su jefe, un deseo: comunicar varios dispositivos de manera inalámbrica. Cuando lo logró, Jim estaba leyendo un libro sobre vikingos, y le fascinó tanto la figura de uno de sus reyes que decidió llamar a su descubrimiento con su nombre. El rey Harald, de apellido Blatand (luego traducido al inglés como Bluetooth), reinó en Dinamarca y Noruega a finales del siglo X, y los libros de Historia lo mencionan sobre todo por el hecho de haber conseguido unificar a todas las tribus danesas y noruegas bajo el techo del cristianismo. Un vikingo bonachón (entiéndanme, muy lejos de los guerreros invasores y asesinos que asolaron el Norte y gran parte de la Europa mediterránea), un vikingo que unificó a gentes dispersas mediante la fuerza inalámbrica de la fe, y Jim quedó fascinado, tanto que el logo de Bluetooth lo ideó de la superposición de dos letras rúnicas, la que representa la «H» y la de la «B», las iniciales del rey.

En la cultura vikinga, sus mujeres eran muy respetadas, principalmente las «völva» o hechiceras. El arte de la magia y de la adivinación era asunto de ellas, no de ellos, y hasta los reyes se dejaban aconsejar por estas, por las «völva» (quién sabe si la marca de coches Volvo fue elegida de aquí). Una de las brujas más famosas se llamaba Heidi. Vaya sorpresa. Seguiré investigando: quién sabe si Pipi Calzaslargas fue otra de esas hechiceras a quien nadie se atrevía a llevar la contraria.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 21, 2016

Entrañas

Los arúspices veían el futuro en las entrañas de los animales ritualmente sacrificados. Atendiendo al tamaño, la forma y el color de las vísceras, estos etruscos sabían leer lo que para todos era invisible. Sea como fuere, y al margen del porcentaje de aciertos y errores ―y de lo sanguinolento del acto profético―, estos adivinos gozaron de tan alta consideración por parte de los romanos que el Senado les consultaba en secreto antes de decidir cómo actuar ante una cuestión de Estado. Algo de extraordinario deben de tener las vísceras para que sobre ellas, o sobre la lectura que se realizaba de ellas, residiese la prosperidad de una nación y una cultura como la romana.

Al hilo de esto, me ha venido a la mente lo que Cervantes escribió en su Quijote en boca del Caballero de la Triste Figura cuando este aconsejaba a Sancho para que fuese ejemplo de buen gobernador de la ínsula Barataria: «Come poco y cena más poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago» (II, 43). «En la oficina», escribe Cervantes. En aquella época, y si consultamos el Diccionario de Autoridades, las oficinas eran las `piezas baxas de las casas, como bóvedas y otras, que sirven para las haciendas de ellas´. Así pues, el autor está comparando el estómago, que está en la parte baja del cuerpo, con la oficina ―la forma abovedad del final de la caja torácica sería su techo―, y deja claro que del buen cuidado de esta oficina depende el buen gobierno de la vivienda, en cuya parte alta se sitúan las habitaciones nobles, donde residen el corazón y la mente. Magistral.

Tranquilidad, nada de estrés y buenos alimentos. Esta es la fórmula de la longevidad y de una vida sana. Hoy en día lo repiten hasta la saciedad en sofocantes dietas milagro y en memes infinitos que recibimos en nuestros dispositivos. Tantos siglos insistiendo en lo mismo. Pero ahora la ciencia ha dado un paso más para rubricar lo acertado de este modus vivendi: se ha descubierto que existen células neuronales en los intestinos. Se sabía de su presencia en el corazón, pero no en las tripas. Mente, corazón y entrañas unidas definitivamente por la praxis de la ciencia, confirmando esa relación que, hace ya un buen puñado de siglos, la literatura, la sabiduría popular y los arúspices aseguraban que existía. Quién sabe si, a consecuencia de ese eterno retorno del que nos hablaba Nietzsche, ahora se destriparán cadáveres en el Congreso para enderezar el rumbo de nuestro país.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 14, 2016

Dialogar

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 13, 2016

Tralará

Ahora que empieza setiembre, vamos a contar mentiras, tralará. Abro varios libros de texto de Secundaria, actualizados con los últimos avances y descubrimientos en los ámbitos científico, tecnológico y humanístico, y mucho de lo que nos enseñaron hace tres décadas ha quedado tachado e inservible bajo la densa pátina de la novedad. Nos contaban aquellos libros ­­―que debíamos subrayar, memorizar y digerir como máquinas― que Colón descubrió América, y ahora sabemos que fueron los vikingos, allá por la Alta Edad Media europea, quienes decidieron navegar hacia el oeste de su Grönland (la `tierra verde´) y llegaron así a las costas de la actual Terranova, a las que llamaron Winland, o `tierra del vino´, por su clima y la feracidad de sus tierras; a Colón le queda el consuelo de ser el primero, cinco siglos más tarde, en llevar la hispanidad o, si se quiere, la europeidad al continente americano. Leíamos en clase de Filosofía y en la de Ciencias que el hombre posee cinco sentidos corporales, de los que dos ―la vista y el oído― son los espirituales y tres ―tacto, gusto y olfato―, materiales; ahora se nos recuerda que son más ―algunos libros hablan incluso de veinte―, entre los que sobresalen el sentido del equilibrio, la termocepción (nuestros sensores de temperatura), la nocicepción (los sensores del dolor) y la propiocepción, que es el sentido que nos permite localizar la ubicación de las diferentes partes de nuestro cuerpo. Insistían aquellos bostezantes catones de casi cuatrocientas páginas en que la vida en la Tierra se dividía en dos reinos, el animal y el vegetal, pero los libros de hoy nos recuerdan que la clasificación está establecida en cinco: animales, plantas, hongos, moneras (bacterias) y protistas (eucariotas). Estudiamos que en el espacio no hay gravedad, pero lo cierto es que, de no haberla, nada se mantendría unido, y que gracias a ella todos los cuerpos celestes experimentan la llamada «interacción gravitatoria», que no es otra cosa sino la aceleración que experimentan en la proximidad de otro objeto astronómico.

Ojeo, en fin, en las páginas de la memoria aquello de que la política es el ejercicio más noble del ser humano pues se basa en asegurar la prosperidad, la justicia y la igualdad de los ciudadanos, y se insiste en que solo las personas cultas y altruistas deberían ser los representantes públicos de la ciudadanía. No quiero abrir ningún libro de texto actual. ¿Para qué? Tralará.

Posteado por: josejuanmorcillo | agosto 31, 2016

Peces amargados

Con su último libro, Patria, Fernando Aramburu retoma el tema de las profundas heridas que a lo largo de las últimas décadas el terrorismo etarra ha infligido a la sociedad vasca y que aún permanecen abiertas, como llagas inmensamente dolorosas, ulceradas, imposibles de olvidar. En esta ocasión, tras el anuncio de ETA del abandono definitivo de las armas, es una mujer quien, ante la tumba de su marido asesinado por los etarras, decide regresar al pueblo donde vivieron y de donde tuvo que salir huyendo. En este valiente regreso, habrá de convivir de nuevo con quienes la acosaron y, sobre todo, con quienes fueron sus amigos íntimos en una sociedad rota, desunida, incapaz de olvidar su historia más reciente.

Este tema no es nuevo en Aramburu. Baste leer Los peces de la amargura, título brillante para una colección de relatos ambientados en uno de los momentos álgidos del terrorismo en tierra vasca: sus personajes deambulan desorientados y atrapados en un País Vasco que imaginamos como una gran pecera donde no es posible la convivencia, cuyas aguas, en las que todos nadan y viven, están contaminadas por la violencia y el odio, y ese ambiente irrespirable conduce a la desconfianza y al miedo, a la venganza y a la deshumanización.

Sin contar sus numerosos artículos de opinión, Aramburu se nos presenta, tanto en estas dos obras como en otras que ahora no cito por falta de espacio, como un patriota vasco, pero no de banderas y desfiles, sino como un patriota desde la esencia intelectual del término, la de un hombre angustiado ante la decrepitud de su sociedad y a la que desea cambiar y mejorar con el arma más efectiva de la que dispone: la palabra. En la línea de Larra, que en sus escritos colocaba un espejo limpio a los lectores para que viesen en sí mismos el reflejo de una España anclada en siglos pretéritos, agazapada en sus defectos y supersticiones y a la que el resto de Europa miraba por encima del hombro pirenaico, Aramburu saca filo a su pluma y pule sus textos para concienciar a los vascos y al resto de la humanidad de que el cáncer de la violencia etarra no debe olvidarse ―su recuerdo, sin duda, es el camino para que el odio no se repita― y de que ahora queda la gran tarea de la reconstrucción con los andamios de la paz y del perdón. La última obra de Aramburu es, de nuevo, una excelente noticia para la cultura española.

Posteado por: josejuanmorcillo | agosto 30, 2016

Perritos

Los consideran un miembro más del núcleo familiar a pesar de que muchos han sido adoptados. Enseguida les dan un nombre y una identificación para que figuren legalmente inscritos y pertenecientes a un hogar. Hay personas que ven en ellos el destino último del cariño que ya no pueden compartir con aquellos familiares que por distintas causas no están o que están pero como si no estuviesen, y, por ello, los tratan y cuidan como verdaderos hijos alimentándolos con mimo, velando por su salud, vistiéndolos, acicalándolos en peluquerías especializadas, llevándoselos de viaje ―ya sea de placer o de negocio―, compartiendo, en fin, horas de ejercicio y de paseo y de alegría y de soledad. En algún cementerio se han levantado panteones majestuosos donde fueron enterrados estos sepultureros del silencio, estos ejemplos de bondad y fidelidad, estos juguetones, ruidosos y abnegados animales capaces de despertar en sus adormilados progenitores legales una sonrisa, un abrazo o un beso. Hubo incluso un caso muy conocido desde la prensa de una anciana millonaria que le legó toda su fortuna a su dulce y fiel ahijado.

Las familias los tratan como uno más, pero cuando tienen que mear o cagar los sacan a desahogarse a las calles y parques públicos, que son de todos. A mi hijo no lo saco al parque del ayuntamiento para que haga sus necesidades, ni a mi abuela ni a la madre que me parió, porque nadie tiene por qué ver la meada o la cagada de nadie. Tienen los perritos sus derechos como seres vivos, como animales que son, y me parece estupendo; pero sigue habiendo un lamentable vacío legal allí donde la libertad de los canes comienza para que se enturbie, moleste y ensucie la mía. Los gatos —no sé si genéticamente— están acostumbrados a ir a su cajón, repleto de arena y tierra y piedrecitas higiénicas, para hacer allí lo que los humanos representamos en el trono, pero sigo sin comprender qué demonios —o qué mierda— de privilegios poseen los perros para que puedan ir meándose sin impunidad en los portales, por las esquinas, farolas y señales de tráfico, en las ruedas de mi coche y en los jardines públicos donde juegan nuestros hijos y que mantenemos todos los ciudadanos de nuestro bolsillo. Y lo que me jode es que a todo esto hay que poner buena cara. Pues mire lo que le digo: o cambiamos las costumbres o habrá que mandar a más de uno a la mismísima…

Posteado por: josejuanmorcillo | agosto 4, 2016

Noticias

El dueño de un conocido restaurante vierte un cubo de líquido abrasivo sobre una camada de gatitos de tan solo seis semanas porque les molestaba, cuatro detenidos por distribuir imágenes y vídeos de extremada violencia en los que se abusaba sexualmente de menores, un yihadista degüella en su iglesia a un sacerdote francés de casi noventa años, un japonés mata a diecinueve discapacitados bajo su cargo porque «no eran útiles a la sociedad», un recién nacido es encontrado muerto en un contenedor, un prejubilado asesina a su mujer y a sus dos hijos, casi dos mil políticos españoles han pisado la cárcel por corrupción, uno de cada tres niños españoles solo tiene acceso a una comida diaria, la biodiversidad funcional ha caído por debajo del límite de seguridad, una madre heroinómana deja que un traficante de drogas viole a su hija de once años a cambio de unas dosis, nuevos casos de pederastia en la Iglesia católica que las víctimas se atreven a denunciar, hallan en su casa el cadáver de un anciano que llevaba cuatro semanas fallecido, encarcelados los padres de un bebé de siete meses que llegó muerto al hospital por fuertes traumatismos en todo el cuerpo, los incendios forestales por imprudencia o intencionados desertifican la España meridional, detenido por abusos el profesor de una escuela de modelos, una mujer de setenta y nueve años mata a su hijo de sesenta y luego se suicida, dos de cada tres menores víctimas de trata son niñas, un salmantino de dieciocho años degüella a su padre tras discutir por sus estudios, el turismo sexual moverá este verano miles de millones de euros…

Estas noticias son reales y de hace unos días. Y son solo unas pocas. Noticias que avergüenzan, noticias que asquean, noticias que, más o menos parecidas, seguirán figurando, para nuestro bochorno, en titulares de medios de comunicación desde el momento en que escriba el punto final a este artículo y lo envíe a redacción. Quizás no haya medios suficientes para limpiar del mundo tanta mierda, pero todos debemos hacer algo para no cagar donde no se debe: desde la escuela, desde la administración, desde los ministerios, desde la calle, desde el barrio, desde la familia, desde todos los sitios. Seguimos siendo la especie más destructiva y deleznable de este planeta, y todo esto, al final, nos pasará factura. Dejémonos de cielos y de infiernos: la maldad está más cerca de nosotros de lo que nos pensamos.

Posteado por: josejuanmorcillo | julio 27, 2016

Carta al poeta

Una estirada hilera de cipreses centenarios, cubiertos de silencio, a ambos lados de las calles del cementerio, recibe al visitante. Gracias a las indicaciones del funcionario, desemboco en una rotonda, y a mi derecha, iluminada por el hiriente sol de la mañana, la lápida blanca, sin adornos, con su nombre, el de su hijo y el de su esposa. Las chicharras despiertan con su zumbido machacón e insoportable, macabro. La tumba termina en dos pequeñas jardineras rectangulares de plástico, para las flores, uno vacío y sucio, que limpio y lleno de agua para depositar las mías. A los pies, uno a cada lado, dos pequeños monolitos de mármol blanco en forma de cubo, idénticos: uno, grabado con unos versos del poeta; otro, un buzón. Dentro cae una carta.

«Compañero:

Creo en la utopía y defenderé su bandera hasta mi último aliento de vida porque ella es la única tabla de salvación que le queda a esta humanidad hundida, naufragada en su eterna pesadilla. La empresa ―tú lo sabes― es penosa, difícil, sin recompensa: nos estampamos una y otra vez contra molinos de viento sin que nadie nos entienda.

Desde tu distancia, desde tu ausencia, te pido que aguantes, que ya queda menos. Mientras siga habiendo personas que luchen contra la irracionalidad, la superstición, la brutalidad y la violencia; mientras haya plumas que sigan mostrando el poder que la libertad y la eternidad concentran en una palabra, siempre latentes y expectantes, la esperanza en una humanidad más justa y feliz no se marchitará.

Querido amigo, mi entrañable compañero. Te leo desde la distancia de nuestros tiempos y hago mías tu soledad, la sed de tus manos y el hambre de tus entrañas. Siente mi abrazo y mis palabras, mi esperanza firme y mi tinta allá donde te encuentres. Si acaso supiese cuál es tu morada, sin dudarlo iría a tu busca para conversarte y alegrarte.

Un abrazo fraternal.»

Posteado por: josejuanmorcillo | julio 21, 2016

Góngora

El 11 de julio se ha cumplido el 450º aniversario del nacimiento de Góngora y, con él, han comenzado los actos para la celebración de la efeméride, entre los que cabe destacar la exposición «Góngora. La estrella inextinguible. Magnitud estética y universo contemporáneo» y la presentación en la Biblioteca Nacional del hallazgo de un manuscrito del cordobés que la hispanista Amelia de Paz halló por casualidad y en el que, movido por alguna rencilla, el poeta acusa al inquisidor Alonso Jiménez de Reynosa ―antiguo amigo y confidente suyo― de llevar una vida amancebada con una tal María de Lara y de malversar dinero público para realizar obras en la casa de la barragana.

La rehabilitación literaria de Góngora comenzó a finales del s. XIX. Los modernistas sienten afinidad hacia el poeta barroco debido a que, para ellos, al elevar a lo más alto la poesía en su vertiente estética y musical, es un ejemplo de voluntad de refinamiento, de selección verbal, de alcance metafórico y de creación de neologismos, rasgos que encajaban a la perfección en los ideales literarios del Modernismo. Quien más se preocupó por conocer la poesía del cordobés fue Juan Ramón Jiménez, que durante algunos años editó su poesía. Al ser este el primer gran mecenas de la Generación del 27, les inculcó el estudio y el interés por la poesía de Góngora, y, como se sabe, la celebración del Tercer Centenario de su muerte en el Ateneo de Sevilla, en 1927, fue el motivo generacional para estos jóvenes poetas. A pesar de ello, Góngora no fue más que un motivo generacional para los del 27, un valor recién descubierto, y no una gran influencia literaria. De hecho, Dámaso Alonso, el gran investigador de la poesía gongorina, en 1928, unos meses después del homenaje, denuncia: «Es lamentable la limitación del sistema gongorino. Nos deja admirados, pero insatisfechos. Góngora no es nuestro poeta, ni menos el poeta. En 1928, acostumbrémonos a prescindir de él». Y surtió efecto, porque cuando unos años más tarde publica Miguel Hernández su extraordinario Perito en lunas, escrito en octavas reales e imitando el estilo gongorino, este no levantó apenas admiración entre la crítica literaria del momento.

«Hijos degenerados de Góngora», así denominaban los del 98 y otros como Ortega y Gasset a los admiradores del cordobés. Pero hoy, el gran poeta barroco reúne en torno a él más admiradores que detractores. Justo final a tan gran esfuerzo.

Posteado por: josejuanmorcillo | julio 13, 2016

“Culex molestus”

El Culex molestus no es un hongo que crezca y se reproduzca vertiginosamente allá donde nuestra espalda perdió el rabo. El latín, a pesar de ser nuestra lengua madre, conserva falsos amigos con el español que a cualquier lego en el ámbito de las lenguas clásicas conducirían a un error de traducción, como aquel Mater tua mala burra est que aprendimos en las clases de latín del Bachillerato prelogse y en el que lo único que no ofrece dudas de interpretación es lo de la madre. Este culex es un mosquito bastante molestus cuyo hábitat es el metro de Londres. Sólo vive allí y solo se puede reproducir con los del metro, no con los de la superficie. Lo extraordinario de este insecto es que se trata del resultado de una mutación en la que ha intervenido indirectamente el hombre. Es un caso de especiación, de aparición de una nueve especie por alteración del curso evolutivo de otra ya existente al crear el hombre un ecosistema nuevo, en este caso el metro de la capital inglesa.

No hay que bucear, sin embargo, en el reino de la entomología para encontrar Culex molestus. En el reino humano, y casi por sorpresa, se registra algún que otro caso de especiación, y principalmente en el hábitat de la dirección y administración. En él, un espécimen muy notorio es el que, en muy raras ocasiones, encontramos en aquellos que ejercen algún cargo de responsabilidad. No son las invitaciones a buenos restaurantes ni las generosas cestas navideñas con que los agasajan aquellos que se han beneficiado de alguna concesión administrativa lo que les ensancha el ego de jefecillos locales, sino el ser palmeados a ritmo de sarao por subordinados o amigotes cuando, con un insolente sentimiento de impunidad, estos despotillas cutres, estos cacicuchos de barrio se pavonean con alguna mamarrachada envuelta en comentarios obscenos, en chistes poligoneros o en posicionamientos antisociales cercanos a la psicopatía. El pavoneo resulta ya esperpéntico si estas piltrafas usan alguna red social, en la que se aseguran de estar rodeados por sus palmeros más fieles para poder dar rienda suelta al escarnio, al insulto y, en fin, a la chabacanería. Los palmeros se lo ríen todo, tanto frases como memes (tanto meme te hace memo), sin caer en la cuenta el caciquín de que estos son los que más se burlan de él. Este culex molestus no sale de su ecosistema; algo bueno debía tener el espécimen: que su hermafroditismo no se contagia.

Posteado por: josejuanmorcillo | julio 10, 2016

Borrachorexia

Cuando mis padres iniciaron los trámites para que yo viniera a este destemplado, pegajoso y contaminado mundo, un grupo llamado Los mismos ―tampoco es que se quemaran mucho las neuronas para dar con el nombre― compusieron una canción titulada El puente, en la que sostenían que sería maravilloso construir un viaducto desde Valencia hasta Mallorca «sin necesidad de tomar el barco o el avión, sólo caminando en bicicleta o autoestop». Aquella época de los estertores de la dictadura y de los albores de la democracia, Mallorca comenzó a ser un destino de descanso para turistas forrados de divisas que provenían principalmente de Alemania e Inglaterra. La tranquilidad y limpieza de sus playas y, sobre todo, el ambiente rústico de muchos de sus pueblos marineros despertaron esa atracción tan característica de los centroeuropeos hacia lo exótico y sin tener que salir de Europa. Muchas mujeres, aburridas del frío nórdico, se derretían con la sonrisa y espontaneidad de los baleares, con el calor de su pecho fuerte, bronceado y velloso, y surgió la figura del picador mallorquín, que luego el cine del destape no tardó en explotar pero en las costas levantinas de Benidorm, donde nació el landismo, escuela de iniciación al ligoteo de la extranjera rubia, esbelta y de lácteo cutis en la que se matricularon miles de españoles deseosos de aprender lo que tenían censurado dentro y fuera de su casa.

Pero el tiempo ha pasado, y aquellos encantadores pueblecitos pesqueros de la costa mallorquina, como Magaluf, son hoy el destino de jovenzuelos británicos con las hormonas embrutecidas que arrastran su desvergüenza y sus libras por las aceras sucias y pegajosas de alcohol y flujos corporales, ciudades sin ley para satisfacer la demanda de alcohol, playa, sexo, libertad y desenfreno que los adolescentes hijos de la Gran Bretaña contratan por internet desde sus grises casas prefabricadas. Magaluf ya no es conocido por su puerto ni por sus playas, sino porque en él nacieron el balconing y el mamading, a los que no voy a dedicar ni un segundo, y ahora, cansados de saltar como monos y de chupar bolis, estos bitongos se han inventado para este verano los booze cruises, o cruceros alcohólicos en alta mar que culminan en orgías descontroladas, y la borrachorexia, que consiste en purgar el cuerpo con laxantes o permanecer en ayunas para que los efectos del alcohol sean más rápidos y las cogorzas más intensas. Menos mal que el famoso puente se quedó sin construir.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 30, 2016

Fantasmas

A pocos kilómetros de Ginebra, en la Villa Diodati, junto al lago Lemán, a mediados de junio de 1816, hace ahora doscientos años, coincidieron cinco jóvenes. La alquiló Lord Byron, junto a John W. Polidori, su secretario, e invitó a ella al poeta Percy Shelley, a su pareja Mary y a la hermanastra de esta, Clara Clairmont, la verdadera ideóloga del encuentro por el deseo de conocer a Lord Byron, a quien no tardó en convertir en su amante. Posiblemente porque, unos meses antes, el volcán indonesio Tambora explotó en una erupción apocalíptica, aquel verano europeo fue oscuro, gris y frío, y aquellas veladas que compartieron en la Villa Diodati fueron especialmente desapacibles. Una noche, animado por el clima más bien otoñal, entre rayos y tormentas, el joven doctor Polidori leyó de un libro que había llevado para ese encuentro, Phantasmagoriana, varias leyendas de espíritus, fantasmas y apariciones, y les propuso que para el día siguiente escribieran un cuento de terror para ser leído a los demás. Aquella noche, con el recuerdo de la historia verídica de un tal doctor Dippel que, en su castillo llamado Frankenstein, se dedicó a la reanimación infructuosa de cadáveres, Mary tuvo una pesadilla terrible en la que un joven doctor creaba un ser cosiendo los miembros de varios cadáveres y al que después le daba vida; Polidori, por su parte, escribió un cuento que tituló El vampiro, cuyo protagonista empleaba su seducción para chupar la sangre de sus víctimas. Lo de Mary fueron las primeras líneas de Frankenstein o el nuevo Prometeo, publicada el año siguiente; el relato de Polidori supuso el gran precedente de la novela Drácula, escrita ochenta años más tarde por Bram Stocker y de la que Oscar Wilde dijo que era «la novela más hermosa jamás escrita». De aquel encuentro de estos jóvenes escritores nacieron algunas de las grandes pesadillas que han alimentado, desde entonces, el miedo de gran parte de la humanidad.

El miedo, ligado al instinto de supervivencia, es un sentimiento primigenio de nuestra especie. Por ello, alimentarlo ha sido una de las armas más poderosas que las religiones, los Estados y los dirigentes políticos han empleado y siguen empleando para dominar a la masa supersticiosa e inculta bajo el lema «Pero, si me seguís, yo os salvaré». Hoy, desde arriba, se sigue regando al pueblo con fantasmas, y este, irreflexivo, no es capaz de abrir el paraguas de la lucidez.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 25, 2016

Cocón

Estornudé mientras escribía y me golpeé con la mesa en la frente. Parece divertido, quizás ridículo, que con la edad que va teniendo uno ya no sea capaz de controlar los movimientos del cuerpo cuando me alivio, pero así fue, así ocurrió, y aquello, a pesar del dolor y del moratón que ha ido apareciendo como recuerdo del cocón, me produjo una breve pero amarga risilla.

Esta mañana, después de levantarme, entré al baño y me miré en el espejo. Ahora es lo primero que hago. Pasé los dedos por el cardenal con cierta suavidad porque el dolor persistía. A veces, cuando a uno le duelen hasta las pestañas, apetece quedarse dormido varios días porque el estado de somnolencia amortigua y casi borra la sensación de malestar. Comprobé el cambio de color: de un rojo tamizado ha pasado a un granate violento. Recordé entonces que, siendo niño, y emulando a Tarzán, que era mi ídolo veraniego, me subí a lo alto de la balsa y, sin pensar en los riesgos ni en mi menuda capacidad muscular, me lancé para agarrar uno de los hierros traveseros —fino, circular y pintado de verde— que formaban el andamiaje por el que se extendía una tupida parra. Tan pronto como mis reducidas manos llegaron al tubo, se desprendieron y caí desde una altura de casi dos metros en posición horizontal, con tan mala fortuna que mi cabeza rebotó como un balón de nivea y me dejé allí, sobre el hormigón del suelo, parte de mis incisivos superiores. De aquel torpe beso se me hincharon los morros como si me hubieran inyectado varias ampollas de silicona y me fue saliendo un bulto en medio de la frente con forma de huevo y a punto de estallar, como si de él fuera a nacer un ojo ciclópeo. Cuando el magnífico moratón bajó a los ojos, y con los labios todavía entumecidos, parecía un boxeador al que le hubieran dado la mayor paliza de su vida.

Frente al espejo, y mientras recordaba esto, sonreí, y entre mis labios, serenos y encallados de años y de besos, desde la oscura humedad de mi boca, se dejaron ver, como dos blancas larvas condenadas eternamente a saciar su voracidad, los piños mutilados de mi infancia, exactamente iguales, con el mismo color y la misma fuerza de entonces, y me di cuenta de que en ocasiones el tiempo pasa de largo y no ensucia ni marchita algunas partes del cuerpo. Cerré entonces la boca y volví a sonreír, pero mirándome fijamente a los ojos, sin parpadear.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 15, 2016

Una madre

A María Horrach              

Sin salir de Europa, el cabello es, sin duda, uno de los símbolos básicos de nuestra cultura. Una cabellera fuerte y frondosa ofrece en el hombre una imagen de salud, de fortaleza, de virilidad; en una mujer, el cabello largo, ligeramente recogido con unas cintas, ese cabello «que el viento mueve, esparce y desordena», simboliza belleza, lozanía, alegría. Un pelo negro y undoso transmite pasión, sensualidad: cuando los leí, se me quedaron grabados los versos del poema «Cabellera negra» que escribió Vicente Aleixandre en octubre de 1943 y que publicó en Sombra del paraíso en 1944: «Cabello negro, luto donde entierro mi boca,/ oleaje doloroso donde mueren mis besos,/ orilla en fin donde mi voz al cabo se extingue y moja/ tu majestad, oh cabellera que en una almohada derramada reinas». Ese pelo extendido sobre la almohada, mientras ella duerme, y al que su boca se acerca como un náufrago sediento de pasión, ese pelo que él acaricia, siente y besa.

Para muchas mujeres, el cabello es la parte del cuerpo que más estiman, la que cuidan con más mimo. En su largo cabello reflejan su feminidad y, antes, su virginidad. En la posguerra, miles de mujeres con urgentes necesidades de subsistencia, algunas de las cuales eran madres solteras, se vieron obligadas a llevar a cabo uno de los más intensos gestos de dolor y de humillación: vender su cabello. Cabello triste y vencido sobre ricas cabezas vencedoras. Sin embargo, que una mujer cortase parte de su cabello y se lo regalase a la persona amada —costumbre casi desaparecida— se consideraba una gran manifestación de amor. Pocas veces he leído tanta pasión amorosa como en estos cuatro versos de una seguidilla gitana: «El día que muera/ te pido un encargo:/ que con las trenzas de tu pelo negro/ me amarres las manos». Trenzas, trenzas por el suelo, de la cocina a la alcoba.

María era su apoyo más importante. Iba allá donde viajaba su hijo, y se emocionaba con sus triunfos y sufría en silencio por sus derrotas. Sus manos, aquellas que jugaban cariñosas con el cabello de su madre, no pudieron controlar la moto cuando pisó un bache en una curva y lanzó a Luis hacia la tragedia. En su velatorio, ella, con la cabeza rapada, deshilachada en lágrimas y en vértigos de dolor, entrelazó sus mechones de pelo undoso en los dedos de su hijo. Su último regalo. «Para que puedas seguir jugando con ellos». Una madre.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 10, 2016

Samugo

Tengo un vecino que es un samugo. No le gusta conversar cuando coincide con alguien en el rellano del portal o en el ascensor, y ni saluda cuando se cruza con nosotros en una calle o en un comercio del barrio. Afortunadamente no asiste ya a las reuniones de la comunidad porque cada vez que se presentaba era para oponerse a todo; llegaba incluso a vocear e insultar. Qué tensión y qué mal cuerpo nos provocaba este hombre. Como solemos decir, a hacer puñetas, que bastante tenemos con lo que tenemos.

Al parecer, su médico le ha aconsejado, a pesar de su avanzada edad, que se ponga a nadar para paliar unos dolores lumbares que lo traen por el camino de la amargura. Eso me contó en el ascensor cuando subíamos hasta casa. Debe de ser que yo no le caigo del todo mal porque abrió y mantuvo esta conversación durante los segundos que tardamos en subir hasta nuestro piso. Así que, el otro día y quizás porque ha coincidido con el tiempo veraniego que acaba de llegar, se puso un bañador de la época de cuando Fraga se bañó en Palomares —uno de esos de talla XXXXL que podrían tapar mis sobaquillos— y bajó a la piscina. Desde el balcón del salón de nuestras viviendas disfrutamos de una vista total de la zona recreativa, incluida, claro está, la piscina. El buen hombre juntó los pies en el borde de la piscina, se arrebujó como una cochinilla, juntó las palmas de las manos sobre su cabeza como las colocan las bailarinas hindúes cuando mueven sus cabezas de un lado a otro del cuello y, como si se lanzase un fardo desde una altura media, simplemente se dejó caer con tan malas artes y disciplina que planchó el rostro y el estómago sobre la superficie del agua. Me dolió hasta a mí. Al cabo de unos segundos inciertos en los que el hombre no lograba salir a la superficie y en los que estuve a punto de bajar para salvarlo, emergió como un manguito y, sin sacar la cabeza del agua, movió convulsamente los brazos de tal manera que, en lugar de avanzar, rulaba como una croqueta. Cuando la cabeza afloró y pudo finalmente respirar, movió brazos y pies como un perrito asustado y, tras unos pocos segundos, consiguió alcanzar la escalera. Creo que la terapia estuvo muy lejos de lo que le aconsejó su osteópata o su traumatólogo, pero no hay duda de que a varios vecinos se nos fueron los males ante el espectáculo lúdico-acuático al que asistimos.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 8, 2016

Gabriel

Sucedió esta mañana. Bajó a la cala pedregosa que está frente a su casa, abrió la silla y la colocó en el lugar que más le gustaba. Desplegó sobre ella la toalla para no manchar el asiento ni el respaldo con el protector solar. Se descalzó, se quitó la camiseta y se sentó. Cerró los ojos. No había nadie en la cala. Solo él. El cielo lo cubría una fina lámina de nubes, como una gasa transparente, como una masa de hojaldre que el rodillo del viento hubiese dilatado hasta lo físicamente posible. Cielo sucio, así lo llaman. A través de él, no obstante, el Sol iluminaba y calentaba con fuerza. Él sentía su calor, suavizado por la brisa del mar que alcanzaba la orilla. Echó mano a su cajetilla, sacó un cigarro y lo encendió. Dio una primera y profunda calada, dejó el codo derecho descansando inerte sobre el brazo de la silla y volvió a cerrar los ojos. El mar estaba en calma, como un lago dormido en plena época estival. Sentía entonces el rumor del agua cuando alcanzaba en suaves oleadas la orilla, el agua cuando se dejaba caer sobre las piedras, sobre los guijarros calcáreos, algunos de los cuales tan horadados que parecían esponjas, y otros con marcas de fósiles sobre su superficie parecidas a las laceraciones que sobre la piel de las ballenas tatúan calamares y otras especies en su lucha por la supervivencia. Conoce de sobra el rumor del mar sobre los cantos rodados de la orilla, es incluso capaz de entenderlo: la duración de cada ola hasta que se desvanece, la cadencia del oleaje, la fuerza de llegada y la caricia final del agua mientras regresa al mar. Es un lenguaje que él sabe entender sólo cuando tiene los ojos cerrados, se relaja y abre los oídos para escuchar. Un golpe de brisa arrebató la ceniza sobrante del cigarrillo, que no cayó al pedregal, sino que se mantuvo suspendida en el aire, entre la brisa, aleteando unos segundos, para después caer sobre la orilla y ser disuelta por el mar. Durante aquellos instantes se dio cuenta de que se tenía que desdoblar para poder contar todo lo que abrigaba dentro, y en esa convicción definitiva al fin surgí yo. Ahora estoy detrás de él, y él lo sabe. Una noche, en sueños, me puso por nombre Gabriel Moncada, y así me llamaré. Ahora caminaré siempre a su lado, como un Aarón, corporeizando sus pensamientos, sus arrebatos y sus ensoñaciones. Soy el otro yo que siempre quiso tener, y que finalmente ha nacido.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 25, 2016

¡Equilicuá, petricor!

Hay palabras que están incluidas en nuestro diccionario normativo y que languidecen porque casi no se usan. Son términos que, llegado el momento, se difuminarán de nuestro lexicón y quedará de ellos tan solo el recuerdo en los corpus que la Real Academia mantiene abiertos para registrar su historia, su uso, su presencia en textos escritos. Las palabras que ya no se aprovechan son como hojas agostadas, débilmente sujetas en su rama, a punto de caer a la tierra que les dio la vida. Con equilicuá sucede esto. Del italiano eccoli qua (‘helos aquí’), es un adverbio que, en palabras de la Academia, «se usa para expresar asentimiento o conformidad», y añade el diccionario como ejemplo «¡Equilicuá, tú lo has dicho!». No he oído a nadie emplear este adverbio, no lo he visto escrito en ningún libro actual o clásico de nuestra literatura; es más: tan solo se registra una entrada en el CREA (Corpus de Referencia del Español Actual): en la novela La gaznápira, escrita en 1984 por Andrés Berlanga; y apenas cinco en el CORPES XXI (Corpus del Español del Siglo XXI). Nunca lo he manejado y no creo que lo haga; el uso lingüístico ha de ser espontáneo, natural, nada forzado, y no me sale emplear equilicuá en ningún contexto comunicativo oral ni escrito. A pesar de ello aquí quedan estas líneas, como maniobras de reanimación cardiovascular que tal vez aviven a este paciente sin apenas constantes vitales.

Hay palabras que acaban de nacer. Algunas de una belleza extraordinaria, pero tan jóvenes que la RAE no se atreve a incluirlas en el diccionario. Hace apenas cincuenta años brotó el neologismo petricor para dar forma lingüística a la fragancia que exudan ciertas plantas en época de sequía. En español lo usamos para referirnos al olor de humedad cuando caen las primeras gotas de lluvia sobre la tierra seca, ese aroma a oxígeno, a vida, al que abrimos nuestras ventanas para que se impregne en nuestra ropa, en nuestros muebles, en nuestra casa. De los términos griegos petros (`piedra´) e ikhor (`la esencia que corre por las venas de los dioses´), el alcance sugestivo es admirable: viendo que el campo se seca, los dioses sajan sus carnes para que las gotas de su esencia caigan desde los cielos y renazca de la tierra la vida. Palabras que mueren y otras que nacen: el ciclo eterno de la muerte y de la vida también en nuestra lengua.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 24, 2016

Urdangarín

Hace semanas que no se sabe nada de Urdangarín. La verdad es que me da igual. Movido por mi curiosidad lingüística —que es lo único que me interesa de este personaje— abrí mi diccionario bilingüe vasco-castellano, una vieja edición publicada por Ediciones Vascas (Zarauz) en 1982, el mismo año en que se publicó la «Ley 10/1982, Básica de normalización de uso del Euskera». Aún conserva el precio (375 pesetas) y en su contraportada se lee que este «diccionario vasco de bolsillo contiene todo lo referente al euskara actual con sus 26.000 voces, y es recomendable tanto para centros docentes en general como ikastolas; igualmente para grupos de aprendizaje de euskara para adultos, como gau-eskolas». Lo he transcrito tal cual, con sus errores de puntuación y de sintaxis. Esto era común entre algunos nacionalistas vascos y catalanes de los primeros años de nuestra democracia: hablar mal aposta el español para enfatizar su desapego con el Sur y su veneración por su región, nación, país o como lo quisieran llamar. Aprendí gallego y ahora estoy con el catalán; y confieso que algún día me zambulliré en la lengua de Unamuno, a la que amó y cuidó el bilbaíno con tanta o más pasión que al castellano (su tesis doctoral en la Universidad de Madrid fue sobre el vascuence). Fundamental fue en sus primeros años de efervescencia nacionalista vasca su amistad con Sabino Arana, y ambos publicaron en vascuence numerosos escritos y obras literarias, pero cuando este comenzó con sus historias de las singularidades y del «origen de la raza vasca», a Unamuno se le calentaron las barbas, hizo las maletas y se marchó a Madrid. «En vascuence no se puede pensar con universalidad», sentenció Unamuno. Con ella no podía expresar sus ideas abstractas, así que la abandonó como lengua de expresión literaria y filosófica.

Abrí, por tanto, el diccionario y busqué el término urdanga. Su traducción es `desvergonzada´, mujer de mala educación y de peor reputación. Salvo unas pocas palabras, yo desconozco por completo la lengua vasca, pero supongo que los que sí la conocen, los que voluntaria o espontáneamente la emplean en la docencia, en la administración, en los medios de comunicación o en cualquier situación comunicativa habitual, deben sentir por dentro algo así como una sonrisa traviesa cuando ven al exduque de Palma entrar en los Juzgados y oyen al periodista pronunciar su nombre: Urdangarín.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 11, 2016

Cuello blanco

De cuello blanco. Así es como llaman a los políticos y banqueros españoles que están en la cárcel por habernos robado a los declarantes millones de euros. Es como decir que son presos vip, presos top, presos de primera división. ¿Qué son entonces, ladrones de guante blanco y luego presos de cuello blanco? Leo asombrado que, en la cárcel de Soto del Real, se han registrado altercados personales entre cuellos blancos denunciantes con cuellos blancos denunciados por aquellos, y que, como si de un vodevil cutre se tratara, tuvieron que separarlos en distintos módulos para que no se arrancaran los pelos a mamporrazos; al final, y viendo los funcionarios que los cuellos blancos aprovechaban la mínima oportunidad para encontrarse, se tomó la decisión de trasladar a algunos de ellos a otras prisiones. Ladrones y poligoneros. Vaya ejemplo para los jóvenes, vaya modelo para la ciudadanía; y nosotros, en los centros educativos, cultivando los valores éticos y morales que fundamentan una sociedad civilizada, educada y culta. Y luego nos critican a los profesores, y nos vapulean y nos faltan al respeto… Si no estuviéramos nosotros, cuánta porquería acumulada, cuánto sinvergüenza de guante verde o gris o marrón convertido en preso de cuello verde o gris o marrón.

En celdas individuales y con televisor. Ladrones de guante blanco y presos de cuello más blanco que el corderito de Norit, ese que blanquea la ropa y la deja limpia de lamparones, de barro y de mierda. Lobos con piel de cordero, incapaces de disimular su voz rota y cazallera cuando balan frente a cámaras y micrófonos procurando ofrecer una imagen limpia, blanca e inmaculada; ladrones de cuello blanco a los que se les permite, una vez dentro del trullo, ser presos de cuello blanco.

Los modernistas consideraban al cisne un bello y decadente símbolo estético y literario. Su largo y curvado cuello blanco, que culminaba en su estilizado pico negro, les recordaba un signo de interrogación, y era para aquellos intelectuales un trasunto del gran interrogante de la existencia humana: de dónde venimos y a dónde vamos. Cuando el Modernismo dejó de ser tendencia literaria, el poeta mejicano Enrique González Martínez, en 1911, lo sentenció en un soneto cuyo primer verso reza: «Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje». Así es. El cuello blanco dejó de ser moda en España hace más de un siglo.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 4, 2016

El ascensor

Quisiera conocer la razón clínica, científica o quién sabe si misteriosa que empuja al ser humano a grafitear en lugares cerrados y con poca luz. Y me explico. Una empresa de reformas está transformando el piso quincuagenario de una vecina en una vivienda moderna y actualizada a las necesidades y expectativas de hoy. Dos meses les llevará el cambio de imagen. Para evitar rozaduras y posibles desperfectos en el mobiliario de la comunidad, han tapizado el suelo del portal con una tela roja, parecida a esas que pisan los actores famosos antes de entrar a un teatro para la entrega anual de premios, idéntica a la que colocan en la puerta de la iglesia y que conduce a los novios, como una alfombra mágica, a la sacristía para que rubriquen su santo y bendito enlace. Las paredes, además, han sido cubiertas con cartones, cortados milimétricamente para no tapar los interruptores de la luz y para cantonear las esquinas. Lo extraordinario, sin embargo, es el ascensor: salvo el techo, todo el habitáculo ha sido revestido con planchas de madera aglomerada que han fijado a las paredes con cinta de carrocero. Se percibe, al entrar, el olor a madera, el sonido amortiguándose entre las virutas encoladas a presión, el recogimiento que ofrece la sensación de estar en un bosque o, dejando volar la imaginación, en el interior del tronco de un árbol.

A los pocos días de su instalación aparecieron sobre la madera los primeros garabatos escritos con yeso y rotulador; al principio se trataba de palabras inocentes, como un «Hola» que quedaba sin respuesta, huérfano y solo entre tanto espacio orgánico, o de dibujitos tímidos como esos rostros que esbozábamos en la escuela juntando un 4 y un 6; pero, pronto, el grafitero suplantó su timidez por una temeridad y una desenvoltura inusitadas pintarrajeando, con alevosía y nocturnidad, mensajes dilógicos que rozaban la vulgaridad («Busco perra con correa»), blasfemias que no reproduzco para no herir la sensibilidad de nadie y símbolos satánicos de dudosa calidad. Cada vez que entro en mi ascensor y reveo los grafitis, tanto los antiguos como los inesperados, pienso en los homínidos que vivían en cuevas y que utilizaban las frías y ennegrecidas paredes como lienzos para recordar las estaciones y los ciclos de caza, o, movidos por un prurito estético, para representar el firmamento o el mundo que los rodeaba. Compruebo, en fin, que el homínido de hoy tiene mucho que aprender del de ayer.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 27, 2016

Inédito

Inéditos. Así quedaron Morante de la Puebla, Diego Urdiales y López Simón. Esto reza en la entradilla de la crónica taurina que firmó Antonio Lorca en El País Digital el pasado 13 de abril bajo el título «¿Qué comen y beben los toros inválidos?». Los tres espadas «quedaron inéditos ante la falta de fuerza de la corrida de Jandilla». Los toros, parados y sin fuerzas: no creo que la inmovilidad de los astados residiese en su invalidez; yo me habría quedado igual si tuviese delante de mí a un inédito. Un inédito. ¿Qué forma adopta un inédito? Tendría que releer los Sueños de Quevedo para conseguir algo de inspiración; alguien inédito quizás se presente como una nebulosa, un ente flotante de rasgos humanos pero difuminados, un espíritu errabundo en busca de editor o de autor. Pirandello, Unamuno, qué cercanos os siento ahora.

Es raro el término «inédito» en los tiempos actuales. Cualquiera puede publicar un libro: basta con rellenar unos folios, los entregas a una editorial de estas que publican lo que haga falta sin previa revisión, y por unos 1500€ te entregan trescientos ejemplares y te crees un escritor. Recuerdo el caso de un señor de Salamanca al que todos conocían como Roy. Era un caballerito de mediana edad, de litúrgicos golpes en el pecho y palmaditas en la faltriquera, caballito de poca monta pero con muchos faralaes. Notoria era entre todos los vecinos su escasa predisposición para la cultura, sobre todo cuando en una ocasión le quisieron prestar un libro y él contestó, con el gesto contrariado como si hubiese visto al mismísimo Satanás, que tanta letra junta lo mareaba. Gustaba de crencha y cigarrito fino, y vestía mocasines y ropa con olor a asilo; de rostro tosco y verbo rústico, despreciaba las relaciones íntimas —nunca se le conoció pareja, ni aun un triste y fugaz amor platónico—, y era su caso como el del ricote erudito de Iriarte: todo fachada y título, pero vacío y huero. Era un espécimen que amaba la mentira y que nunca logró mantener buenas relaciones con la ortografía ni con la retórica; representaba, en fin, ya entrado el siglo XXI, esa España caduca, atrasada, vetusta y analfabeta que hoy creeríamos extinguida, inimaginable en algún país del Norte y centro de Europa, donde la discreción y la prudencia se asimilan desde la escuela para evitar situaciones de ridículo social. Era aquel badulaque una imagen deformada sobre el espejo cóncavo de nuestra sociedad actual. Un inédito.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 20, 2016

Don Miguel

Me uno a la semana de celebración del cuarto centenario de la muerte de Cervantes recordando su figura y su obra una vez más, desde aquí, desde estas humildes líneas, desde este rincón en el que solo algunos fieles entran y del que otros tantos despistados apresuradamente salen subyugados por la inercia de pasar las páginas del periódico a una velocidad y tiempo que coincidan con los que se tarda en consumir un café con tostada o en dar correcta sepultura a una cerveza con tapa. Este centenario es un filón de oro para esos escritores irrelevantes y de escasa calidad que, sin conocer la obra cervantina, aprovechan que el Pisuerga pasa por Valladolid, recargan la tinta de sus impresoras y escriben una historia novelada sobre don Miguel y ambientada en la España de entonces, libro que pronto será olvidado y cuyo último destino será el oscuro y aséptico almacén que la Biblioteca Nacional tiene destinado a tantos ejemplares sin fuste, sin categoría y sin trascendencia que solo han servido para aliviar la economía de una editorial y sofocar la vanidad de alguien que cree pertenecer al parnaso de los elegidos. No recuerdo ahora quién dijo que solo hay que escribir de lo que realmente se conoce y se domina; de lo contrario, el resultado sería mera sandez, un ejercicio de la estupidez, un desatino difícilmente disimulable.

Poco nuevo se puede añadir a lo que ya sabemos, desde hace siglos, de Cervantes y de su obra. Cuán interminables son las interpretaciones que se han planteado sobre sus libros, qué numerosas las investigaciones que se han completado sobre el escritor, cuántos estudios acumulados en los anaqueles de miles de bibliotecas repartidas por el mundo. Yo quisiera, en este breve espacio que me queda, compartir con quien lea esto un apunte: la imagen de un señor que roza la ancianidad, inteligente, con un fino y elegante sentido del humor, gran observador de la sociedad, de una cultura vastísima adquirida a lo largo de una vida atropellada e intensa, de un señor con escasos recursos económicos —los pocos que le quedan de las exiguas ganancias obtenidas por sus libros— que toma la decisión de experimentar algo nuevo, algo que nunca nadie había escrito antes, de escribir con una libertad absoluta al margen de los preceptos literarios, de disfrutar —quizás como no lo había hecho jamás— relatando las aventuras de un anónimo hidalgo sobre el que decidió proyectar su propia imagen, su pensamiento más íntimo y su voz.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 13, 2016

Cervantes y la DGT

La DGT habla en endecasílabos. Y lo hace en los paneles informativos instalados por decenas en autovías y autopistas, esos paneles que aspiran a puentes pero que se han quedado en tristes andamios de acero ennegrecidos por el dióxido de carbono bajo los cuales los vehículos transitan insomnes y a la vez recelosos de algún radar oculto que los pueda fotografiar si superan la velocidad permitida. Paneles tristes, aguantando a duras penas hielos y recalentamientos tan rigurosos que provocan averías en sus conexiones que llegan a inutilizar por completo la pantalla, o a mostrar criptogramas ininteligibles, o a iluminar letras amputadas cuya disformidad no impide que se entienda el mensaje. Mensajes que —queda dicho— se redactan en endecasílabos. Y lo descubrí por casualidad el día en que, atrapado en un atasco, leí en la pantalla de un panel «Tráfico denso en acceso a autovía»; y no niego que movido por el aburrimiento analicé el cómputo silábico, sus cuatro golpes tónicos que le confieren un ritmo ágil y continuo, y la rima interna entre «denso» y «acceso» que dota de mayor musicalidad ese texto en apariencia aséptico y despersonalizado. La belleza puedes encontrarla donde menos te lo imaginas. Pensé en quién lo habría redactado, cuál sería su formación literaria, si el verso fue fruto de la casualidad o tal vez nació de su voluntad de componerlo así. Desde entonces reconozco que me fijo en todos los mensajes de los paneles, y no dejo de sorprenderme cuando compruebo que casi todos son endecasílabos: : «Vigilancia especial en secundarias», «Velocidad controlada en radar», «Campaña de velocidad y drogas», «Campaña de control de alcoholemia». Magnífico.

Ni el mismísimo Cervantes escapó de la seducción de este verso cuando tituló su obra con un endecasílabo, El ingenioso hidalgo Don Quijote, pero el impresor decidió cambiarlo añadiéndole «de La Mancha». Cervantes, que le vendió los derechos de autor de la obra, nada pudo hacer por impedirlo, a pesar de lo cual, quizás movido por la nostalgia, el alcalaíno siempre nombraba a su obra como «mi Don Quijote», su Quijote, el ingenioso, adjetivo que en la época de Cervantes se empleaba para aludir a una persona dotada de sutilidad, de habilidad, de inteligencia, esa inteligencia que le permitía al Caballero de la Triste Figura observar la vida como nadie era capaz de imaginarla. «No son paneles, sino planchas poéticas», tal vez habría exclamado él.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 6, 2016

Cibercondría

Todo empezó hace más o menos unos diez años cuando por televisión, una tranquila y modorra noche de teleseries, se anunció la venta de El médico en casa, una obra que, según la voz en off, era imprescindible en cualquier hogar ya que se trataba de un manual de referencia para consultar cualquier duda sobre la salud o diagnosticar enfermedades sin necesidad de acudir al médico. Escrita de manera amena y muy comprensible para cualquier ciudadano que al menos hubiese acabado la ESO, la obrita, elaborada por médicos especialistas, tenía como objetivos «prevenir las enfermedades más frecuentes, reconocer los principales síntomas, distinguir un problema de salud que tiene que ser tratado por un especialista o estar informado como usuario de los avances en la investigación médica». Aquella empresa fue una mina de oro para los ideólogos y una insufrible pesadilla para los miles de médicos de familia y de urgencias que comenzaron a recibir pacientes que además de las dolencias habituales presentaban síntomas de intoxicación por haberse medicado de manera equivocada, imprudente e incluso obsesiva. Si no recuerdo mal, el vademécum dejó de anunciarse a los pocos días de su lanzamiento, y creo que desde aquella tormenta no se han vuelto a oír truenos parecidos.

Pero la era digital está invadiendo lenta e inexorablemente, como un terrible desbordamiento predecible, el ámbito donde desde hace siglos campaba a sus anchas el papel impreso, y, en esta nueva realidad, los hipocondríacos, que no han de dejado de nacer, crecer y reproducirse, han sabido adaptarse a las mil maravillas. Internet es para ellos un auténtico paraíso virtual repleto de miles de páginas web, de aplicaciones para móviles, de blogs, de foros y de revistas digitales en los que poder calmar la ansiedad mórbida que se les origina cuando creen tener una enfermedad mortal e incurable allí donde solo hay una faringitis o una aerofagia crónica. El término cibercondría acaba de crearse en nuestra lengua «para referirse a la preocupación obsesiva por la salud que lleva a consultar internet continuamente para confirmar enfermedades que se cree o se teme padecer, por lo general graves, o en busca de síntomas, efectos o posibles tratamientos», en palabras de la Fundéu (Fundación del Español Urgente). El mundo de las letras sigue mostrándose vigoroso y tomándole el pulso a esta sociedad en ocasiones convulsa, inquieta e insomne.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 30, 2016

El rostro de Cervantes

No se conoce el rostro de Cervantes. El cuadro que se conserva en la Real Academia, atribuido a Juan de Jáuregui, el que suele aparecer en los libros de texto o en cualquier motor de búsqueda en internet, no parece ser un reflejo exacto del insigne escritor. Jáuregui, recordémoslo, era también poeta, y para la posteridad literaria de nuestra lengua han quedado sus aceradas críticas contra la poesía de Góngora y Quevedo, su estrecha amistad con Lope de Vega y el elogio que por boca de don Quijote inmortalizó Cervantes de la traducción que hizo al español de la Aminta de Torquato Tasso («[…] y el otro don Juan de Jáurigui, en su Aminta, donde felizmente ponen en duda cuál es la tradución (sic) o cuál el original», II, 62). Sí sabemos que Jáuregui pintó su retrato, el que aparecería en la portada de la edición de las Novelas ejemplares de Cervantes, pero el cuadro está perdido. Y con su ausencia comienza la leyenda sobre el verdadero rostro del manco más famoso de la literatura universal, aunque, como sabemos, manco no era, conservó la mano, pero la metralla que recibió en Lepanto le inutilizó la movilidad del brazo por completo.

Cervantes y El Greco gozaban de una muy buena amistad. Fueron varios sus encuentros en Toledo y, al parecer, de los viajes que juntos compartieron por tierras manchegas uno de ellos desembocó en El Bonillo —quién sabe si en este pueblo se pudo haber inspirado el escritor para ambientar el episodio de las bodas de Camacho—. Con todo, uno de los retratos más sublimes del cretense, y al que no puso título, nombre ni identificación alguna, fue el que Pío Baroja bautizó como «El caballero de la mano en el pecho», cuya mirada, que sugiere virtudes como la nobleza, la serenidad, la fidelidad o la austeridad, tanto inspiró a los escritores del 98. Al margen de la maestría empleada para su elaboración, lo fascinante del retrato de El Greco es la asimetría de los hombros, ya que, si nos fijamos, el izquierdo está vencido por una malformación o atrofia, y esta casualidad ha dado pie a conjeturar con la posibilidad nada remota de que el caballero retratado sea el propio Cervantes. Yo creo —aunque esto da para otro artículo— que el retrato más fiel del escritor fue el que él dio de sí mismo en la descripción de su don Quijote, al que tanto amó y al que finalmente decidió dar muerte viendo tan próxima la suya propia.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 24, 2016

Con patatas

Con patatas te lo vas a comer. Siempre se dice esto cuando se advierte a alguien de que es posible que se tenga que tragar sus palabras. Con patatas. Y con lo ricas que están las sirvan como las sirvan. Las patatas, que tienen sello español y copyright andino. Dicen algunos investigadores muy aburridos y de escasas ideas que la patata frita la inventó Santa Teresa de Jesús como recurso proteínico para las anémicas novicias que decidieron seguir la descabellada reforma de la abulense, para aquellas famélicas y ateridas jovencitas castellanas que, imitando las estrecheces de Jesús durante su pasión y calvario, aceptaron vestirse con tosco sayal y calzado descubierto y alimentarse de lo que la naturaleza tendría a bien ofrecerles en los duros meses invernales; y consciente la madre superiora de que sus hijas no sobrevivirían en aquellas condiciones decidió sofreír el triste y grisáceo tubérculo indiano en la grasa porcina que conseguía del tocino que algunas familias pudientes y generosas les regalaban. Con patatas les aprovechó el que sin duda fue para ellas el mejor manjar del mundo, ligeramente salteadas, con el delicioso color y el dulce aroma de la fritura. Los franceses, que de expolios y de expropiaciones indebidas están las páginas de su Historia muchas veces salpicadas, hicieron del invento español marca propia, pero el tiempo, señor y regidor de las crónicas de los pueblos, ha convenido en recolocar lo hispano en tierra hispana y dejar en la Galia lo que sus gallos cantasen.

En estos días de cirios procesionales y de calvarios de automovilistas en lenta y desesperante procesión hacia el Levante, las playas se llenan de turistas propios y lejanos. Muchos de estos son franceses, y entre su equipaje traen a sus perros. Las costas españolas se llenan de perros, de perros maleducados que orinan y defecan por donde sus dueños consideran que deben aliviarse y cuyas deposiciones quedan a la flor del berro y a la espera de que los dibujos estriados de la suela de un peatón se lleve parte de ellas como suvenir pascual. «¿Por qué no te lo comes con patatas?» (Per què no te´l menges amb cruïlles?), reza el mensaje del ayuntamiento de Alicante dirigido a los que no quieren recoger el zurullo de su can. Es un mensaje directo, sin rodeos, con palabras precisas e impactantes, desagradables para los sentidos, pero sobradamente comprensibles para todos los que no hacen del civismo una norma de convivencia.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 16, 2016

Lubricantes

El lubricante forma parte de la historia de nuestra especie. No podríamos ser lo que ahora somos sin él. Pienso en los millones de kilos de grasa y de aceite con los que nuestros antepasados impregnaron ejes y poleas para mover y elevar aquellos sillares tan pesados con los que construyeron edificios, catedrales, pirámides y puentes. Y, claro, conscientes de lo útil que resultaba el lubricante, se pensó —en un algún momento que los historiadores quizás determinen algún día— por qué no aplicarlo en los engranajes que articulan una sociedad. Y de aquellos barros estos lodos.

Lubricantes sociales hay muchos y los empleamos con un fanatismo faraónico. El cañeo, el tapeo, el tardeo y todos los «eos» que son de la misma estirpe, incluido el tonteo, nos ayudan a sobrellevar con su reconfortante pátina la monotonía diaria, el cansancio laboral y la pesada carga de nuestra existencia. Muchos se hiperlubrican combinando el copeo con un partido de fútbol; algún día se estudiará en profundidad el efecto placebo y lubricador que el deporte rey genera en la salud de millones de personas que padecen de desidia, de continencia verbal y de prudencia para no decirle al jefe o al compañero lo que desde dentro les bulle como una lengua de lava. Los hay también que lubrican su deseo de evasión o de autolesión con el tabaco y otras drogas, resbaladizas quimeras que te precipitan al abismo. Aunque son sin duda las redes sociales y la televisión los más populares, a pesar de que tras el efecto calor, que suele ser fugaz, sobreviene la sensación helada del silencio, de la soledad y de la incomunicación.

Sin la lubricación qué lacrimosa sería nuestra vida. El ayuntamiento de Sevilla la considera tan beneficiosa que sacó a licitación hace unos meses un contrato para comprar 7.000 dosis de lubricante vaginal y anal destinadas a los institutos de Secundaria de esta capital para que los adolescentes consigan «reconocer sus derechos sexuales y reproductivos, tomar decisiones de manera libre, saber pedir, decir no, atender a sus deseos, disfrutar de las relaciones eróticas, cuidarse, quererse, protegerse, afrontar dificultades». No creo que el área de Bienestar Social del consistorio sevillano haya acertado con esta grasienta decisión. La lectura, en cambio, es el mejor de los lubricantes sociales porque sosiega el pensamiento, dispensa libertad, educa la mente, libera los ánimos y dignifica nuestra existencia.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 9, 2016

Pedantes

El DRAE ha pasado a la historia como ya sucedió en su día con el Diccionario de Autoridades. Ahora se llama DLE, sigla del Diccionario de la Lengua Española, porque así resulta más integrador: denominar a nuestro diccionario normativo como el de la Real Academia Española suponía excluir al resto de Academias de nuestra lengua que están constituidas en varios países americanos y en Filipinas y que conforman la ASALE (Asociación de Academias de la Lengua Española). La aplicación del DLE ya la tengo descargada en mi móvil, y cuando la abres para una consulta se te muestra aleatoriamente una palabra y su configuración semántica. El otro día, la aplicación se abrió con pedante.

Los profesores de lengua y gramática más estimados hace siglos eran los que iban a las casas de las familias para enseñar a sus hijos. Su labor era escrupulosa y respondía a una formación académica de muy alto nivel, y como consecuencia de ello se tenía muy en cuenta la opinión que ofrecían sobre el uso lingüístico de escritores y cronistas. A estos docentes se les llamaba «pedantes». Actuaban con un celo profesional admirable, y por ello eran muy temidos desde el mundo literario. En una carta dirigida al cronista de Felipe III, Góngora le escribe «suplicándole a vuesa merced me tenga muy en su gracia, me honre, me enseñe y, enseñado, me defienda de tanto crítico, de tanto pedante como ha dejado la inundación gramática en este Egipto moderno». El cordobés no emplea «pedante» con la carga peyorativa de hoy; de hecho, en el Diccionario de Autoridades (1726-39) solo aparece la entrada de «maestro que enseña a los niños la gramática por las casas».

Para mejorar la protección jurídica del menor, todos los docentes tienen que firmar ya un certificado de penales con el que demostrar —para tranquilidad de las familias— que no son pederastas. La medida me parece magnífica, pero no considero correcto que se centre solo en este ámbito laboral ya que hay otras profesiones que se desempeñan con menores a su cargo —monitores de actividades extraescolares, pediatras o pastores espirituales y religiosos, por citar unos cuantos— y que se libran de esta medida. Es como sugerir que los pederastas más habituales son los educadores; es como poner en la misma saca a pedantes, pederastas y pedagogos, que, aunque coinciden en el lexema, no comparten la misma carga semántica y, por supuesto, deambulan por derroteros completamente distintos.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 1, 2016

Aullidos

Escribió Lorca en una ocasión que se percibía «algo ultrafuneral que nos llena de pavor en el aullido del perro», y estaba el poeta fascinado con la idea de que «la Muerte llega y ordena a los perros cantar su canción». El aullido es la canción que cantan los perros cuando perciben la presencia de la muerte. Posiblemente sea así. De pequeño, en una casa de campo a las afueras de la ciudad y rodeada de bancales, polvo y silencio, crecí con perros. Para sentirse más segura y protegida en las largas, oscuras e inquietantemente silenciosas tardes de invierno, en las que se encontraba sola con tres niños pequeños, mi madre ordenó que hubiera muchos; hasta siete llegamos a tener, y en cuanto ladraban o aullaban nos ordenaba mi madre que entráramos en la casa. Solo cuando los aullidos se eternizaban durante la noche, cargaba mi madre la escopeta con dos cartuchos y la dejaba encima de la mesa del salón por lo que pudiera pasar. Me fascinaban los aullidos de los perros. En alguna ocasión en que salía con ellos a pasear y me sentaba a descansar en una piedra y servilmente se sentaban a mi alrededor, solos entre tanta extensión de tierra, comenzaba yo a aullar, y alguno cerraba los ojos, otro apoyaba la cabeza sobre sus patas delanteras, otro elevaba sus orejas y se impacientaba, otros aullaban conmigo. Me veía como un bardo entonando a mis devotos los arcanos de la vida, los misterios de la otra existencia en un lenguaje tan arcaico como los primeros balbuceos de la humanidad.

La idea anterior entronca con una simbología muy antigua en la cultura occidental según la cual el perro es el acompañante del muerto en su «viaje nocturno por el mar», es el guía que parece acompañarnos con sus aullidos, esos aullidos interminables que nos empujan a seguir viviendo, día tras día, sin posibilidad de volver atrás, como le escribió José Agustín Goytisolo a su hija Julia, a la que llamó igual que a la madre perdida, muerta en un bombardeo franquista en Barcelona. Hay algo ultrafuneral en el aullido del perro, dijo Lorca; hay algo insondable en los aullidos lastimeros que gimen los perros cuando huelen la presencia de tumores cancerosos en el cuerpo aún vivo de sus dueños; hay algo misterioso en los aullidos fríos y huecos que solloza un perro junto a la tumba de su amigo. Hace mucho tiempo que no oigo aullar a los perros; quizás la ciudad sepulta sus lamentos con lazos de desafecto.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 24, 2016

Fotogramas

No paran de llegarme imágenes de familias sirias apretujadas sobre vallas fronterizas infestadas de concertinas, padres e hijos como corderos asustados huyendo del genocidio que extermina su país, suplicantes ante las cámaras de vídeo y los flases de fotos de periodistas internacionales que contemplan este dolor humano con la misma impasibilidad profesional que la de un cámara de animales grabando la lenta agonía de una cría de elefante que no puede sostenerse en pie ni alimentarse de la leche materna, rodeada de hienas hambrientas; periodistas que no interactúan, que solo graban y fotografían «escenas de la cruda realidad» que envían a los pocos segundos por internet a las redacciones de las principales agencias de noticias y de medios de comunicación mientras ellos, las víctimas, que serán protagonistas internacionales durante unos segundos en los telediarios del mediodía, se siguen consumiendo de hambre, de llanto y de dolor por la patria perdida, por el hogar devastado y por el angustioso futuro que les espera a sus hijos, los más débiles, los que aparecen ahogados sobre las arenas de las islas griegas, esa arena que vio florecer hace miles de años la cultura y la civilización europeas.

Puñados de rebaños humanos llenando los barcos del hambre que salían de los puertos españoles, italianos, irlandeses o alemanes, hace algo más de un siglo, en dirección a América, los barcos de la ignominia, los del destierro voluntario y forzoso, en busca del pan y de un techo para los hijos. Trenes de la posguerra abarrotados de emigrantes españoles que atravesaban Europa para diseminarlos como mano de obra barata, muy barata. Filas de republicanos en la frontera con Francia, bajo las negras, heladoras y lluviosas noches invernales del Pirineo, tiritando de miedo y de angustia, mirando hacia atrás para ver por última vez la amada patria, consumida por las bombas y el odio, un hombre mayor que ayuda a su anciana madre, los dos, acompañados por Tomás Navarro Tomás y Corpus Barga, juntos, que acaban de cruzar a Francia y pasan la primera noche en un vagón abandonado en la estación de Cerbère, aquí, don Antonio, tápense bien usted y su señora madre, mañana estaremos en Colliure y vendrán a recogernos, pero nadie fue a por ellos, víctimas del olvido y de la ingratitud, hace ahora 77 años, un 22 de febrero, cuando falleció don Antonio, y tres días después, de pena, su madre. Las mismas imágenes que no paran de llegar.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 10, 2016

Tiro al plato

El tiro al plato es un deporte que consiste en disparar a un objeto redondo, de arcilla, no mayor que un plato de postre, lanzado con gran potencia. Hay que hacerlo añicos, hay que destrozarlo para que contabilice como válido; rozarlo o hacerle una muesca no es suficiente. Según los expertos, el momento más apropiado para acertar de pleno no es al principio, cuando el plato sale proyectado desde la máquina de lanzamiento y no se sabe qué trayectoria puede seguir, ni al final, cuando desciende y está demasiado lejos porque los plomos ya van muy dispersos y con menos fuerza, sino en los instantes en que el plato alcanza el punto más alto de su parábola, esos pocos segundos en los que da la sensación de que el objeto queda suspendido, como detenido, en el aire: es entonces cuando se disparan los dos cartuchos para dar de lleno.

El tiro al plato, en España, es el deporte nacional. No se confundan: no es el fútbol, ni el baloncesto ni los toros. Es el tiro al plato. Hay miles de tiradores expertos en nuestro país que esperan el momento en que una persona relevante alcanza el cenit de su prestigio para quitarle el seguro a la escopeta, respirar hondo, apuntar bien y disparar los dos cartuchos para despedazarlo. Luego se apuntan el tanto y lo celebran en la soledad sórdida de su casa o entre aquellos que le han limpiado la escopeta, se la han engrasado y le han comprado los mejores cartuchos. Ese es el objetivo: hundir al que destaca, al que brilla, al que sobresale porque no aceptamos, no toleramos la brillantez, nos da náuseas la originalidad, nos roe la envidia por dentro como un gusano parásito que nos infecta con su saliva contaminada. Este carácter destructivo de los hispanos se hizo costra hace cinco siglos cuando España comenzó a encerrarse en su caparazón católico frente a la amenaza luterana y la Inquisición se convirtió en el más temible aparato político-represivo de los Austrias primero y de los Borbones después; Europa progresaba y nosotros acusábamos de herejes y mandábamos a la hoguera a los que sobresalían en algún campo científico o intelectual y en el momento en que sacaban la cabeza por encima de la superficie de la ortodoxia católica. La delación, la opresión y las amenazas no eran el ambiente más indicado para la ciencia ni para la investigación. Los tiradores de hoy son los inquisidores de antaño, con la misma puntería y con la misma efectividad. Con la misma pólvora.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 3, 2016

Tiempo

Acabo de llegar a casa de viaje. Es tarde y he encendido el ordenador para escribir estas líneas. He recorrido en coche la meseta manchega, desde Ciudad Real hasta Albacete, sin prisa, sin tráfico, sin estrés, y eso me ha permitido levantar los ojos y percatarme de una de las más espectaculares bellezas que nos da el Universo en las noches sin luna y sin contaminación lumínica: sobre el negro tapete del cielo, miles de cristales heterogéneos, caprichosamente dispuestos, latiendo de luz, como pequeños corazones vítreos. He detenido el coche, lo he parado y, sin salir de él, he contemplado la visión. Resulta extraordinario que la luz que yo estaba recibiendo de esos remotísimos soles llegaba a mí después de miles de años de viaje y que ese resplandor que he visto esta noche se originaría cuando se creó la escritura o cuando se construyó la primera pirámide egipcia; observaba esta noche una prueba viva del pasado milenario de nuestro planeta. Si hoy una de esas estrellas desapareciese o hubiese una colisión entre planetas o asteroides de tal magnitud que su luz cegara la Tierra, lo sabríamos dentro de decenas de siglos, y para entonces quizás el ser humano ya no exista. El presente de allí no es el presente de aquí; el concepto que nosotros tenemos del tiempo es tan menguado que nos creemos que vivimos en un año al que hemos numerado 2016, y bidimensionalmente concebimos la existencia partiendo de un pasado y esperando un futuro cuando seríamos incapaces de saber en qué momento de la creación estamos nosotros ahora. Por ello, el tiempo mecánico que nos hemos fabricado y que contabilizamos con relojes de la más avanzada tecnología no existe, es una invención del hombre para racionalizar de algún modo nuestra presencia en el mundo. Cualquier ser vivo, animal o vegetal, vive existiendo por sí y en resiliencia —qué término más admirable— con su entorno, sin la absurda racionalización de calcular si ha transcurrido una hora, un día o una semana de su vida.

He vuelto a arrancar el coche y a encender sus luces, unas luces tenues y mortecinas cuyo resplandor se difumina unos cientos de metros más allá de donde estoy. Luego he visto el reloj y me he dado cuenta de que se estaba haciendo tarde. Me he incorporado a la carretera con precaución y he continuado mi regreso a casa. Los árboles de la cuneta, a oscuras, dormitaban su negro sueño ancestral.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 27, 2016

Por la gracia de Dios

Por la gracia de Dios. Por esa gracia divina, dice Francisco Rivera Paquirri, es torero, y por esa misma gracia —que de graciosa tiene muy poco— tomó a su bebé de cinco meses en un brazo, salió a un coso ganadero, se armó el otro brazo con un capote y bregó con suavidad y largueza a una vaquilla brava que, a tenor de las fotos, por la forma de meter la cabeza y beber del trapo, debía de ser noble. Por la gracia de Dios no se tropezó, ni resbaló, ni le perdió la cara al animal, y por esa misma gracia no hizo ningún movimiento brusco ni violento que hubiese podido dañar las frágiles cervicales de la criatura. Por desgracia, vaya usted a saber si aquí intervino o no la divinidad, al maestro Bienvenida, en la finca de Amelia Pérez Tabernero, lo mató una vaquilla cuando, desprevenido, lo embistió por detrás y le fracturó varias vértebras. Tenía entonces Antonio cincuenta y tres años, y fue Paquirri (padre) uno de los diestros que pasearon a hombros el féretro por la plaza de toros de Las Ventas, esos hombros sobre los que, coincidencias de la vida, alguna vez colocó imprudentemente a sus hijos Francisco y Cayetano cuando tentaba vacas. Sobre los hombros lleva el torero el peso de la vida y el de la muerte. En varios tuits sembrados de incorrecciones gramaticales, que transcribo literalmente, escribe Fran Rivera: «Jamás a estado mi hija más segura, soy torero por la gracia de Dios, vivo para esto y le dedico 365 días al año ni por un segundo corrió el mínimo peligro. Hay muchas más cosas peligrosas que no voy a entrar en ellas que están llenas de niños. Respetar nuestras tradiciones por favor».

Por la gracia de Dios, el papa Pío V redactó en 1567 una bula en la que calificaba a las fiestas taurinas de «sangrientos y vergonzosos espectáculos, dignos de los demonios y no de los hombres» y con la que excomulgaba a todos los que, incluidos gobernantes, «consintiesen las corridas de toros y […] se solazasen con ellas». Pocos años duró la prohibición, entre otros motivos porque la Universidad de Salamanca, encabezada por Fray Luis de León, se negó a obedecer. Así que, fíjense: suerte ha tenido Fran Rivera y todos los de su profesión de que Fray Luis defendiese hace cinco siglos una fiesta cuyas señas de identidad, por la gracia de Dios y para desgracia de muchos, se basan en el coqueteo con la muerte, esa muerte que llevamos encima y penosamente arrastramos.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 20, 2016

Vulgaridad (20-1-16)

«¿Hay algo más extraordinario que la lectura de un buen libro? Su relectura transcurrido un tiempo: cambia su interior y tú mismo con él». El entrecomillado es un tuit, y a veces da gusto leer algunos por su brillantez y rotundidad: no es fácil redondear en apenas ciento cuarenta caracteres, espacios incluidos, una idea, una reflexión, una crítica o una inquietud. Me gusta este tuit; cuando relees un buen libro tras varios años, descubres sensaciones distintas, afloran interpretaciones a las que antes no habías llegado y te das cuenta de que tú también has cambiado, de que ves la vida de una manera diferente. Reabrí hace unas semanas César o nada, de Pío Baroja, y mientras lo releía me fascinó como no lo había hecho años antes su personaje principal, César Moncada, su predisposición crítica y activa, un hombre de lucha y de acción, dispuesto él solo a cambiar la sociedad frente a todos los obstáculos, un don Quijote de principios del siglo XX quizás insuficientemente apreciado por la crítica y los lectores.

En las primeras páginas del libro, Baroja escribe: «Una democracia refinada sería la que, prescindiendo de los azares del nacimiento, igualara en lo posible los medios de ganar, de aprender y hasta de vivir, y dejara en libertad las inteligencias, las voluntades y las conciencias para que se destacaran unas sobre otras. La democracia moderna, por el contrario, tiende a aplanar los espíritus e impedir el predominio de las capacidades, esfumándolo todo en un ambiente de vulgaridad. En cambio, ayuda a destacarse unos intereses sobre otros». Un poco más arriba, el escritor vasco puntualiza que «lo individual constituye la originalidad, y la originalidad es siempre un elemento perturbador y revolucionario».

No recuerdo dónde lo leí, quién fue el autor que escribió «activismo de sofá» para describir esta nueva actitud social que ha nacido con las nuevas tecnologías y las redes sociales y que se fundamenta en promover cambios estructurales desde la comodidad e indolencia de un teclado, no desde la calle y con más rotundidad. Desde arriba se sigue alimentando al ciudadano con pan y circo, y con publicidad, con mucha publicidad. De lo que se trata es de que no piense el pueblo; que abra la boca y por ella meterle kilos de bazofia para que engorde su conformismo y se rebaje su rebeldía con el bromuro de la mediocridad. Esta es la vulgaridad de la democracia.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 15, 2016

Botín

No sé cuál es el fundamento teórico-jurídico de la doctrina Botín y tampoco es que me importe mucho —para qué andarnos con milongas— cuando de lo que se trata es de que una española, por razones de trascendencia social o de faltriquera o de los argumentos que se barajen, pueda eludir el banquillo de los acusados y quede archivado su proceso por delito fiscal y para el que la acusación popular pide más de un millón de euros y nueve años de prisión. Me parece, en cambio, pertinente comentar lo de «doctrina», porque, no nos engañemos, yo entiendo por «doctrina» un paradigma, una norma científica, en fin, un conjunto de ideas de cualquier ámbito cultural que son tomadas como válidas y defendidas por una persona o un grupo de fieles; una doctrina es también una enseñanza que se emplea para la formación de alguien, y, claro, llamar así a esta medida exculpatoria es revestirla de ínfulas desproporcionadas, algo parecido a llamar a un simple ratero «autor intelectual» de un robo. Lo de Botín es harina de otro costal, muy interesante, porque este «adoctrinamiento» lleva nombre de banquero, de uno de los banqueros más ricos del mundo, para el que la Asociación para la Defensa de Inversores y Clientes (ADIC) pidió 180 años de cárcel por la cesión de unos créditos que permitieron al banco eludir el pago de las retenciones a Hacienda, pero cuyo caso fue archivado por el Tribunal Supremo. ¡Odiendo! Un botín es también un tipo de zapato, mira tú, lo suficientemente alto para encubrir el pie por completo y parte de la pierna, ese tipo de calzado que hemos visto en tantas películas de forajidos y bandidos en el que solían esconder armas o joyas robadas y que seguro que no tiene nada que ver con los botines que llevaba el torito guapo de El Fari, ese torito que no iba descalzo y que a saber por qué misterio iba tan bonico.

Lo de los botines —habría que investigarlo— posiblemente sea un símbolo cultural de nuestra idiosincrasia: los botines que se obtienen de un atraco, de un robo o de una estafa; las armas decomisadas a un ejército vencedor; los botines de guerra, concedidos a los soldados como premio a una victoria militar, incluidos mujeres y niños; los botines que nos calzamos para aparentar que somos más altos y más guapos; los botines que se obtienen por corrupción, connivencia o tráfico de influencias. Es como si nuestra piel de toro nunca hubiese ido descalza. ¡Odiendo!

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 5, 2016

Indignación

Dos semanas después de las elecciones generales seguimos pendientes de un pacto de gobernación. En las urnas, al margen de lo que votó cada ciudadano, todos coincidimos en un aspecto: hemos enterrado el bipartidismo, y para gobernar, hoy más que nunca, en la situación de crisis económica y de corrupción generalizada, hemos exigido a nuestros políticos que se sienten, que dialoguen y que brille el consenso, un consenso que se parezca algo a aquel que hubo tras la muerte de Franco y que se alcanzó entre fuerzas políticas tan distantes y crispadas como la de los comunistas y la de la derecha más conservadora. Si entonces, hace casi cuarenta años, fue posible, ahora, con una democracia en mayoría de edad, se antoja pertinente porque así lo hemos expresado en las urnas.

Hemos colocado a nuestros políticos en una prueba crucial e histórica: estar a la altura de las circunstancias y demostrar una madurez necesaria para que velen por los intereses generales y no por los individuales y partidistas, para que se reúnan y gobiernen conjuntamente, con acuerdos necesarios para lograr una sociedad más justa, menos desequilibrada, con pactos definitivos en materia de educación, sanidad y bienestar social, y para acabar con lacras sociales como el desempleo y la corrupción institucional y política. Esto es lo que hay que poner sobre la mesa ya, urgentemente; el resto es secundario y puede posponerse. Pero, como adolescentes caprichosos e inmaduros, estos políticos no dejan de mirarse el ombligo y, con el ceño fruncido, cruzan enrabietados los brazos esperando que el otro ceda y no él. Qué lástima de representantes. Me duele esta España que ha vuelto a caer del pedestal sobre el que la coloqué para idolatrarla como una nación madura, seria y responsable; me duele el espectáculo que están dando estos responsables de puertas para adentro y frente a la escena internacional; me apena este grupo de próceres sin altura de miras pero de barbilla alta, tan alta que parecen no ver ya a los ciudadanos que malviven para llegar a fin de mes ni a los casi tres millones de niños españoles que solo tienen una comida al día, a esos ciudadanos que fueron a las urnas con la poca fe que les quedaba para pedir que entre todos construyamos una España mejor. Los ideales nobles son envilecidos cuando pasan por el tamiz de la vulgaridad y de la mezquindad. Hay mieles demasiado exquisitas para paladares tan mediocres.

Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 30, 2015

La partícula de Dios

Suelo coincidir con mi vecino Antonio para tomar café. Él es inspector de trabajo jubilado y puedo decir orgullosamente que tengo la fortuna de disfrutar de un contertulio fabuloso, una gran suerte, sin duda, porque las conversaciones habituales quedarían mudas y se caerían marchitas si quitásemos los temas de la política, la comida, el tiempo, la fiesta o el fútbol. En nuestra última conversación, ahora que estamos a unas horas de enterrar al efímero 2015, hablamos del bosón de Higgs, al que se le llama la «partícula de Dios» porque está en la base de la existencia de masa en las partículas elementales, es decir, que sería como el ADN de cualquier ser vivo o como el plancton de los océanos, pero de un tamaño bastante más reducido y mucho más inestable pues se desintegra rápidamente al cabo de un zeptosegundo, que es la miltrillonésima parte de un segundo (¿sabían que en un segundo hay mil trillones de zeptosegundos? Apasionante). La Física de Partículas está convencida de que el bosón podría ser la clave para comprender casi el 96% del universo, ese universo que aún permanece oculto y en el que no existe el mismo concepto espacio-tiempo como el que empleamos en este planeta nosotros, simples existencias insignificantes que vivimos alrededor de uno de los miles de millones de soles de una minúscula y apartada galaxia del tamaño de la mitad de un píxel situado en un extremo de la pantalla de nuestro ordenador.

Los mismos investigadores que trabajaron en su descubrimiento, anunciado el 4 de julio de 2012, han convertido los datos de este bosón en partitura musical y saber así cómo sonarían las partículas elementales de nuestro universo, cómo sería la música celestial. A la pieza experimental grabada la han llamado «LHChamber Music», y es obra del físico y compositor Domenico Vicinanza. Se puede escuchar completa en YouTube, y oyéndola podemos aproximarnos a entender lo cerca que han estado algunos compositores de reflejar en partituras la armonía del universo, la paz que hay en el mismo caos, la serenidad y la belleza matemática que nos rodea, qué certero, en suma, estuvo Fray Luis cuando le escribió al maestro Salinas, catedrático de música de la Universidad de Salamanca, aquello de « El aire se serena /y viste de hermosura y luz no usada, /Salinas, cuando suena /la música extremada, /por vuestra sabia mano gobernada». El verso hecho partitura.

Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 27, 2015

Huerto de las Cruces (9-12-15)

No recuerdo ahora quién ha sido, pero me suena haber leído de él una respuesta en la que recomendaba que lo mejor que podíamos hacer todos es tomarnos un año sabático sin televisión y volver a salir a la calle y saludar a la gente y a los vecinos, y asistir a una obra de teatro, e ir al cine y, sobre todo, leer, leer tanto como si no fuera a haber un mañana. A ese año sabático le añadiría la desconexión a internet de nuestro móvil y que solo estuviera encendido en caso de llamadas personales o de trabajo, y así, solo así, estoy convencido de que estaríamos más relajados y de que regresaríamos a una especie de paz interna que hace ya más de diez años que no sentimos. Las emisiones televisivas no merecen la pena ni comentarlas, no instruyen ni forman, más bien debilitan nuestros sentidos intelectivos y nos hacen más dóciles y estúpidos, como si un gran hermano nos hipnotizara a través de los rayos catódicos y borreguizara nuestros gustos y costumbres. Y esta domesticación de estúpidos se intensifica con los cientos —y creo que no exagero— de fotos y vídeos sonsos y barriobajeros con los que contaminamos nuestros inalámbricos.

Ayer visité con mi familia un pueblo del interior de la provincia de Alicante. Nuestro destino era otro, pero una indicación junto a la carretera recordaba que en esa población se encontraba la casa museo de Gabriel Miró. Desde lejos, las casas parecían nacer de la roca y, entre ellas, la torre de la iglesia se erigía incólume y seria, con su tronco de sillares bien labrados, oteando vigilante las tierras del valle de Guadalest. Por esas calles estrechas y silenciosas —cómo suena el silencio en este pueblo alicantino—, ligeramente serpenteantes, se asciende hasta un estrecho y abandonado cementerio construido sobre las ruinas del antiguo castillo almohade hasta el que subía el escritor, desde donde, con la vista del mar al fondo y de la sierra a un lado, encontraría la tranquilidad y el reposo suficientes para escribir. Lo llamó Huerto de las Cruces, y a este cementerio literario invitó a amigos como Pedro Salinas, y en él seguro que el poeta llegó a percibir cómo las campanadas de la torre de la iglesia de san Pedro, desprendidas ya de su útero de metal, marcaban los ritmos cadenciosos del silencio, las pausas trémulas de la tranquilidad y de la belleza, el latido inacabable de la paz.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 5, 2012

Cíborgs (5-10-12)

El director de la Real Academia Española, José Manuel Blecua, presidió hace unos días en la sede académica la presentación del primer manual práctico de uso del español en internet: Escribir en internet. Guía para los nuevos medios y las redes sociales. La obra recoge recomendaciones de más de casi cincuenta expertos sobre correspondencia electrónica, español global, escritura colectiva, redacción para blogs, mensajería instantánea, redes sociales, emoticonos… y todo lo que hoy se nos antoja imprescindible para escribir con corrección en internet.

Este libro era necesario; responde a una realidad: según cifras que maneja el prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), miramos una pantalla al menos ocho horas al día, y casi el 95% de los adultos comprueban sus correos, guásaps o redes al menos cada quince minutos. Leemos y escribimos diariamente en internet, es cierto. Pero también es verdad que la obsesión por estar conectados a la Red nos vuelve más ansiosos, depresivos y hasta psicóticos, y tanto es así que nuestras mentes sedientas de lo digital funcionan como la de los drogadictos: ante cada pitido o tono que nos avisa de la entrada de un guásap o de un comentario en una red social, nuestro organismo descarga dopamina, es decir, que se comporta como el de un jugador cuando realiza una apuesta. El ordenador o el teléfono móvil son, por tanto, en palabras de Peter Whybrow, director del Instituto de Neurociencia y Comportamiento Humano de la Universidad de California en Los Ángeles, como «cocaína electrónica», que nos genera ciclos de euforia seguidos de bajones depresivos.

El trastorno de adicción a internet ya está incluido en el manual que se consulta para diagnosticar enfermedades en EE. UU.; y sobre todo entre los adolescentes ya se detecta el llamado síndrome de la vibración fantasma, que se manifiesta cuando este siente que su móvil vibra cuando en realidad no está sucediendo nada. Incluso están justificados trastornos múltiples de la personalidad, como se vio en un alumno de una universidad norteamericana, que tenía cuatro avatares y mantenía abiertos en su ordenador los cuatro mundos virtuales. Relacionado con este tema de las enfermedades, lo extraordinario es que nuestro cerebro se está reestructurando: los usuarios habituales de internet muestran alteraciones indudables en el córtex prefrontal prácticamente idénticas a las de los adictos a cualquier tipo de droga, alteraciones que desembocan en la pérdida de memoria y en el deterioro de los procesos del habla y del control emocional y motriz.

Una de las últimas palabras incluidas en el DRAE es cíborg —del inglés cyborg, acrónimo de cybernetic organism—, y que se refiere a un «ser formado por materia viva y dispositivos electrónicos». ¿Acaso nuestra dependencia de móviles y ordenadores no ha supuesto ya el primer paso de los futuros cíborgs? Quién sabe si dentro de un futuro no muy lejano nos implantarán en la piel y en algunos órganos de nuestro cuerpo chips, pantallas y dispositivos que funcionarán con la energía de nuestros organismos. ¿O esto ya es el presente?

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 11, 2012

Mitrofán (11-5-12)

Escribió Jardiel Poncela en sus Máximas mínimas, publicado en 1937, en plena Guerra Civil española, que “la Historia es la mentira encuadernada”. Quién le iba a decir al maestro del humor inteligente, al autor de obras imprescindibles e insustituibles de nuestra literatura como Los ladrones somos gente honrada o Eloísa está debajo de un almendro, que quince años más tarde la Historia española justificaría de nuevo su desapego e indiferencia hacia sus genios de la pluma condenándolo, solo ya y arruinado, a una muerte dolorosa por el cáncer. Sobre su tumba, este epitafio: “Si queréis los mayores elogios, moríos”.

Esta misma Historia nos recuerda que Carlos III practicaba muy frecuentemente la caza por el miedo a sufrir los mismos trastornos mentales de su padre y hermano, y fue tanta su pasión cinegética que no solo comenzó a ennegrecerse su piel por pasar tanto tiempo a la intemperie cobrándose piezas, sino que sus súbditos le ataban animales muertos o domesticados en los árboles para que no fallara el disparo. Esta misma Historia, que a veces viene vestida de leyendas urbanas, nos recuerda que durante la época soviética se invitaba a grandes dignatarios mundiales a cazar en la estepa rusa, y  de todas esas invitaciones sobresale aquella en la que Brezhnev convidó a Fidel Castro a cazar liebres y ordenó a los organizadores de la partida que camuflaran un gato con la piel de una liebre, y que el cubano no daba crédito a sus ojos cuando lo que imaginó que era un conejo, a punto de ser abatido, trepó a la copa de un árbol.

El turismo cinegético ha sido una importante fuente de ingreso para las arcas rusas. En una página de internet especializada en esta actividad, se propone un programa de cacería mayor en Rusia, de 7 días, para la batida de un lince y de un oso en madriguera. Este viaje se realiza durante el invierno, cuando el oso duerme su dulce letargo invernal, y al despertarlo con una jauría perfectamente adiestrada sale aturdido de su guarida para ser así abatido con más facilidad y sin apenas peligro para el cazador. El precio: 8.110,00 €, IVA incluido.

Al parecer, el gobierno ruso ha prohibido por fin esta cruel actividad cinegética, y la Historia, que nuevamente se engalana de leyendas urbanas, nos revela que el actual rey de España, en agosto de 2006, invitado a cazar un oso en Rusia, abatió de un solo disparo a Mitrofán, un úrsido manso y bondadoso que bailaba y ejecutaba números circenses en una aldea cercana, un animal inofensivo al que emborracharon previamente con un cóctel de miel y vodka. La Casa Real ha calificado esta noticia de ridícula, pero lo cierto es que, desde que el monarca anduvo por aquellas tierras, aún siguen buscando por valles y peñas al desdichado Mitrofán.

Sí, la Historia puede que sea la mentira encuadernada, pero forrada en tapas duras, dentro de las cuales encuentras acontecimientos curiosos y sorprendentes que son, no lo neguemos, los que aportan un poco de sabor a tantas páginas grises y asépticas, aunque a veces le den a uno gato por liebre.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 5, 2012

Prado Nuevo (4-5-12)

Por primavera, las ciudades suelen parir habitantes estrafalarios que transitan entre la locura y la desesperación. No es habitual verlos todo el año, conque algo especial debe de tener esta estación para que los despierte de su hibernación y aparezcan, como excéntricas venus, no sobre conchas sino envueltos por un halo de misterio, mofa y exclusión. Ellos hacen de las calles y plazas su particular escenario, y quizás sin proponérselo van forjando ciertas leyendas urbanas que adquieren con el paso de los años categoría de mito. Por el centro de Salamanca, hace ya unos veinte años, se solía ver a un señor de mediana edad, bien vestido, que andaba furibundamente, gritaba tremendas frases lapidarias que pocas veces se comprendían bien y lanzaba, desde su blanquecino y cadavérico rostro sin pelo, cejas ni pestañas, terroríficas miradas que provocaban, sobre todo en los estudiantes distraídos, sustos que desembocaban inmediatamente después en risas de desahogo. Se decía que aquel hombre era catedrático en la Facultad de Químicas y que de un experimento mal medido en una probeta emanaron gases venenosos que inhaló accidentalmente, y que de aquellos humos llegaron esos aires, y creo que, por esta razón, este personaje inspiraba en el ánimo de todos un sentimiento más cercano a la compasión que al rechazo. Alguna vez quise acercarme a él para saludarlo o para que me arrojara algún aspaviento, pero nunca tuve el valor suficiente. Unos tres años después se evaporó tan repentinamente como aquellos gases que lo despertaron.

Un amigo me comentó un día que estas personas son felices dentro de su delirio. Y es posible que lleve razón; los romanos creían que los dioses susurraban al recién nacido unas palabras —las dicta, término del que proviene nuestra dicha `felicidad´— que señalaban el destino de la persona. Y por qué no estos personajes pueden creerse que una divinidad les ha susurrado un mensaje en el oído. Algo parecido a esto es lo que asegura Amparo Cuevas, la vidente de Prado Nuevo, junto a El Escorial; según ella, el 14 de junio de 1981, la Virgen se le apareció y le refirió esta comanda: que se construyese una capilla en su honor para meditar la Pasión de su Hijo y que —reproduzco ahora las supuestas palabras textuales de la Virgen— «si hacen lo que yo digo, habrá curaciones. Este agua curará. Todo el que venga a rezar aquí diariamente el santo rosario será bendecido por mí. Muchos serán marcados con una cruz en la frente. Haced penitencia. Haced oración». Lo que me sorprende de este mensaje es, por un lado, la falta gramatical que comete la Virgen, porque lo correcto es «esta agua» y no «este agua»; quizás es que Amparo no la oyó bien. Y, por otro, que el cardenal y arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco, dé credibilidad a esta vidente y haya aprobado la construcción de esta capillita precisamente ahora que estamos en plena crisis del ladrillo; será por relanzar el sector aspergiendo antífonas y bendiciones.

Desde luego que hay enajenados dichosos a los que el cuento se lo conmutan por una novela fantástica con éxito editorial.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 27, 2012

Memoriales (27-4-12)

No recuerdo el nombre de aquella familia. Sí recuerdo, en cambio, y con total nitidez, que los siete españoles que habíamos llegado aquel caluroso mes de julio de 1989 a Estados Unidos, todos muy jóvenes, de entre 19 y 23 años, estábamos de pie en la explanada de un centro comercial enorme mirando nerviosos a siete parejas que, a su vez, nos examinaban con una sonrisa forzada. De todas ellas, la que más nos gustaba a todos era un matrimonio joven cuyo aspecto le confería a ella un aire de actriz de cine —rubia, delgada, voluptuosa— y a él de jugador universitario —mentón fuerte, sonrisa perfecta, atlético—, esa típica familia norteamericana sana y alegre, de ensueño, y de barbacoa dominical con niños después del partido de béisbol, así que deseábamos secretamente que al pronunciar nuestro nombre se adelantasen ellos en concreto y no otros. Cuando leyeron el mío, dos padres con dos hijos pequeños dieron un paso al frente, y la memoria, gratífica y sanadora, ha querido que haya borrado el contorno exacto de aquellos cuatro personajes que parecían sacados de una de esas películas gore de serie B en las que los actores, inexpresivos y autómatas, destripan a sus víctimas sin apenas mover un músculo de la cara. Yo veía a mis amigos seguir a unas familias encantadoras y montarse entusiasmados en coches que solo había visto en la tele mientras que yo, como la víctima propiciatoria a la que acaban de condenar al sacrificio, me subía a un cacharro destartalado y cochambroso con aquellos cuatro seres que solo habían conseguido articular un mísero y aterrador Hi. Días más tarde nos reunimos los siete españolitos de nuevo para hablar de nuestras familias de acogida, de sus casas y de lo que habíamos hecho, y yo solo les pude contar que aquella gente ayunaba los lunes y los viernes para que se les apareciese una Virgen yugoslava, que mataba las horas muertas leyendo a García Márquez y que la única vez que salí de aquella espantosa casa fue para ver el castillo de fuegos artificiales del 4 de Julio a las afueras de Nueva York, en un descampado, los cuatro juntos y abrazados y yo sentado sobre un pedrusco, con las manos ocultando mi cara enrojecida por el recuerdo de mi familia, de mis amigos y de mi casa.

Por razones evidentes me cambiaron de casa, y con la nueva familia de acogida despejé los miedos y regresó la sonrisa: el padre, bróker en Wall Street, me llevó un día en su mustang hasta Washington y visitamos la Casa Blanca. En la capital hubo un monumento que me impactó: el Memorial a Lincoln, en el que una gigantesca estatua sedente de este presidente, con las manos apoyadas en los brazos de una silla presidencial, tutela ceremoniosa la estancia, y desde su magnitud parece recordarnos que fue él quien dio fin a la Guerra Civil norteamericana y quien abolió la esclavitud.

Y aunque la RAE nos recuerda que la palabra memorial es un anglicismo y que su uso es desaconsejable, no puedo evitar, con estas líneas, erigir mi pequeño homenaje a aquel lejano julio del 89, turbio ya en las escondidas guaridas de mi memoria.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 20, 2012

Erasmo y la mujer (20-4-12)

Erasmo de Rotterdam supuso la culminación del movimiento humanista del Renacimiento europeo y fue, de hecho, el más importante referente intelectual de la Europa del siglo XVI ya que destacó en los campos de la filología, de la filosofía moral, de la política o de la religión, entre otros. Profundo conocedor de la cultura clásica, sus planteamientos teórico-filosóficos se basaban en el relativismo y, sobre todo, en la tolerancia: como buen humanista, creía en la paz entre los pueblos y sabía que esta solo podía llegar si los hombres alcanzaban a tolerarse entre sí independientemente de su religión, de su nacionalidad y de sus creencias. Por ello no es de extrañar que una de las becas universitarias europeas más importantes lleve su nombre. Entre sus obras destaca Elogio a la locura, dedicada a su gran amigo Tomás Moro y publicada unos pocos años antes de que Enrique VIII le cortara a este la cabeza por no abrazar la nueva religión anglicana y seguir siendo fiel al papa. En este libro, Erasmo sostiene que la necedad está presente en el ser humano sea cual sea su posición social o su formación cultural, y que sin ella y sin la mentira no sería posible la vida en sociedad.

Sin embargo, al leer esta obra impacta la inesperada opinión que Erasmo tiene sobre el matrimonio, de cuyo fracaso culpa directamente a la mujer: «¡Oh, dios inmortal, qué divorcios —o cosas peores que divorcios— habría por todos lados si el trato familiar entre marido y mujer no fuese sostenido y alimentado por medio de la adulación, de los escarceos, de indulgencia, de astucia y disimulo! ¡Ah, qué pocos matrimonios se celebrarían si el novio indagase con prudencia a qué juegos había jugado —ya mucho antes de la boda— aquella aparentemente tan tierna y púdica doncellita! ¡Y aún menos matrimonios se mantendrían unidos si, por estupidez o negligencia de los maridos, no quedasen ocultas numerosas acciones de sus esposas! […] Pero, ¿cuánto más feliz es estar así engañado que consumirse en el tormento de los celos y resolverlo todo con tragedias?».

Esta opinión ya no es tan sorprendente si se revisa, unas páginas antes, la apreciación que Erasmo defiende sobre la mujer: «Como dice el proverbio griego, “la mona siempre es una mona aunque se vista de púrpura”, y, así, la mujer siempre es mujer —es decir, mona— cualquiera que sea la máscara que adopte. […] Está, en primer lugar, la belleza de sus formas, que ellas anteponen con razón a todo lo demás y por cuyo mérito ejercen su tiranía incluso sobre los propios tiranos. […] Por otra parte, ¿qué otra cosa pretenden ellas en esta vida sino gustar lo más posible a los hombres? ¿No se encaminan a esto tantos cuidados, tantos afeites, tantos baños, tantos peinados, tantos ungüentos, tantos perfumes, tantos artificios para embellecer, pintar y fingir el rostro, los ojos y el cutis?».

A pesar de que hoy en día existen muchos seguidores de Erasmo, no creo que el más importante referente cultural del Humanismo europeo logre alcanzar dentro de la mentalidad actual la misma aceptación de la que ha gozado en siglos precedentes.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 13, 2012

Umbral, maestro (13-4-12)

Tras el entierro de Dámaso Alonso, Umbral escribió una columna (28-1-90) en la que describió el momento en el que el féretro del poeta era llevado a hombros entre sentidos y callados aplausos hacia su inhumación: «La barca caoba sobre hombros como olas duras y extrañas. Un aplauso triste y vecinal, como una floración que enero quiebra, cuando el furgón se va». De Paco se ha dicho que no era buen escritor porque empezó la escuela a los diez años, a los once lo expulsaron y tuvo que trabajar de botones para ganarse el pan, ese pan bajo el brazo que paseaba casi todas las mañanas con la vista fija, callada y refugiada tras una bufanda y un jersey penelopianos. «La barca caoba sobre hombros como olas duras y extrañas». Pocos son capaces de este lirismo, de esta capacidad metafórica tan solo comparable a la alcanzada por los poetas áureos, a los que tanto leía y admiraba. Tras la muerte, la barca de Caronte nos lleva al ámbito de los muertos, de las almas, por una laguna negra y procelosa de inquietos oleajes. Paco fue un autodidacta, todo lo que sabía —y era mucho— lo aprendió leyendo, y eso hace más sublime su logro literario y su magisterio periodístico. También lo fue Miguel Hernández («poeta bendito», según Umbral), al que su padre, cabrero de profesión, lo sacó de la escuela para pastorear y del que recibió más de una paliza cuando lo pillaba escribiendo versos bajo la sombra rácana y enferma de un árbol agostado. Y Miguel se escondía en la biblioteca de los jesuitas para leer a Quevedo y Cervantes, porque gracias a ellos huía de la realidad. Paco no llegó a conocer la ternura de su madre, su infancia la recordaba como un erial encharcado de frío y de nubarrones, y los libros le dieron el abrigo, la caricia y la ternura que necesitaba. Francisco Umbral apenas pisó la escuela, y tampoco hizo falta en un espíritu tan sediento de imágenes y de sensaciones. Valle-Inclán solía suspender en la escuela la asignatura de Lengua Española, y algunos manuscritos de Azorín, como babateles usados, están salpicados de faltas de ortografía que no saltan por mucho que las laves.

Reacio como era a las entrevistas de investigadores y doctorandos, con Paco conversé en una ocasión en Salamanca para que atendiera a un alumno cuya tesina, que yo dirigía, analizaba los recursos estilísticos y lingüísticos de sus columnas publicadas en El Mundo. Aunque accedió a regañadientes, no pudo ocultar que entre los pliegues de la coraza opaca y hermética que usaba como máscara se filtrasen chispas de amabilidad y de educación exquisita. Tan solo vetó un tema, el de su hijo, porque su muerte, impronunciable para él, le trajo su propia muerte en vida. «Sólo encontré una verdad en la vida, hijo, y eras tú. Sólo encontré una verdad en la vida y la he perdido. Vivo de llorarte en la noche con lágrimas que queman la oscuridad».

Paco fue enterrado junto a su hijo. La barca lleva a cada uno a su sitio. Donde se merece.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 30, 2012

Cabellos (30-3-12)

Confieso que, debido a una imparable caída del cabello que me está dejando la cabeza huérfana de abrigo y de caricias pasionales, he sucumbido a las tentadoras redes de los alquimistas modernos, de estos nuevos buhoneros que te aseguran con su verbo halagador que, empleando cierto champú y algún que otro complemento vitamínico, no solo interrumpes el desmoronamiento capilar sino que incluso reflorecerán antiguas y gloriosas espesuras. Confieso que he caído, que fui derecho a una tienda de animales y compré un champú equino, de esos que se venden incluso ya en los supermercados de barrio, y que lo probé, y que sentí un estremecimiento del cuero cabelludo la primera vez que me lavé el pelo con él, y que lo he seguido usando día tras día, y ahora, tres semanas más tarde, he de confesar que, a pesar de tantas promesas y de tantos esfuerzos, todo sigue igual, que ya no hay estremecimientos capilares, que lo que se tiene que caer se sigue desplomando y que donde hubo no queda más que el rastro del recuerdo.

Este disgusto se me agrava cuando compruebo que salgo perdiendo al recordar la simbología que el cabello ha tenido en el varón a lo largo de la Historia. El pelo largo era marca de distinción y de elevado estatus social, de ahí que a los esclavos y presos se les solía pelar al cero o que los frailes se dejaran la tonsura (del latín tonsum `trasquilar, cortar el pelo´) como gesto de humildad y sometimiento; también simbolizaba la fuerza y la virilidad, y cómo no recordar el rapado que le infligió Dalila a Sansón, que lo dejó manso y dócil, como castrado; y, en otras culturas más exóticas, el cabello largo equivalía a honor y poder, y así lo comprobamos en los samuráis, que cuidaban su pelo con un esmero propio de los mejores estilistas actuales, o en los indios norteamericanos, que no solo hacían ostentación de vedijas cuando cabalgaban a pelo por las extensas llanuras desertizadas de Estados Unidos sino que coleccionaban cabelleras de vaqueros blancos cuando estos les calentaban las narices.

Afortunadamente no me ha tocado vivir en aquella época, porque parecería eso, o un esclavo, o un benedictino o un castrado, pero aún hoy en día se valora estéticamente mejor a un hombre con un pelo abundante, fuerte y sano que a otro con más claros que sombras, por eso que algunos caigamos en la vergonzosa trampa de comprar champú para caballos o que otros se gasten dineradas en implantes de cabello que, en su mayoría y por desgracia, parecen más bien esos cuarenta o cincuenta racimos de ocho o diez pelos de la nanci que tanta grima me causaban de pequeño.

A mí, en fin, ya solo me queda el consuelo de embelesarme con las fotos en las que se me ve con quince años menos, y, aunque nos intentan convencer de que ahora se lleva la cabeza rapada, guardo ahora siempre conmigo, como una reliquia a la que no me canso de adorar, una foto de tamaño carné en la que se me ve en plena adolescencia y con una cresta firme y erguida, orgullosa y valiente, como envalentonada frente al paso del tiempo y a los pesares de la vida.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 23, 2012

Gazapillos (23-3-12)

Un tocayo mío me ha enviado una curiosa y entretenida selección de gazapos. Ya se sabe que, además de ser una cría de conejo, por gazapo entendemos aquel error lingüístico que se comete por torpeza, ignorancia o apatía. Pues bien, de todos los que he recibido, quisiera compartir con ustedes unos pocos, aquellos que he considerado que eran los más llamativos.

Así, un titular reza de esta manera: “El fugado tras una reyerta con un muerto podría estar fuera de Navarra”; y no deja de ser curioso lo desesperado -o trastornado- que tenía que estar el protagonista de la noticia para tener que huir después de haberse peleado con un muerto. Claro que, para extrañezas, imagínense la existencia de objetos inanimados que deambulan por nuestras ciudades, buen material, sin duda, para espacios televisivos como Cuarto milenio; si no, lean el siguiente caso: “La Policía intervino una navaja de once centímetros que merodeaba por el polígono industrial”. En otro medio se escribió este disparate: “La autopsia confirma al 100% la muerte de Steffie”, y digo disparate porque parece ser que las autopsias se realizan ahora para confirmar si uno está vivo o muerto, así que háganme caso y huyan si ven cerca a un forense. Y, para concluir con esta muestra, fíjense en el estado de somnolencia en el que estría sumido el periodista que sentenció esto: “Los ciudadanos exigían que los pasos de cebra no se ubicaran en los pasos de peatones”.

Por la dimensión de los errores que acabamos de leer, más que gazapos tendríamos que hablar de mastodontes. Posiblemente, el término gazapo se aplicó cariñosamente para aminorar la gravedad de estos errores y considerarlos como inocentes e involuntarias meteduras de pata, cuando no lo son. Y si me permiten un inciso, esto del conejito me ha traído a la memoria la palabra músculo, que quiere decir `ratoncito´ (del latín mus `ratón´, y la terminación del diminutivo –culus), y que la acuñaron los antiguos romanos porque el movimiento del bíceps lo comparaban al de un ratón corriendo dentro del brazo; la forma y tamaño animaron también a aquellos a llamar testículos (`cabecitas´) a los genitales masculinos. En fin, todo es cuestión de echarle un poquito de imaginación, como a algunos gazapos.

Para terminar, y ya que hemos viajado a la antigua Roma, nos cuenta José María Iribarren que el origen de la palabra tocayo proviene de la fórmula que empleaban los romanos en cierta celebración matrimonial. En el momento en que la comitiva nupcial llegaba a la casa del novio, este le preguntaba a su futura esposa: “¿Quién eres tú?”. A lo que ella ritualmente respondía: Ubi tu Cayus, ibi ego Caya, que quiere decir: “Allí donde tú te llames Cayo, yo seré llamada Caya”. Esto es: a partir de ahora seremos iguales, y no habrá entre nosotros ninguna diferencia, ni siquiera en el nombre.

Con todo, y sin que yo me llame Cayo ni Caya, agradezco a mi tocayo el que me haya enviado estos gazapos que nos han hecho a todos compartir unas sonrisas.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 16, 2012

Ortografía sencilla (16-3-12)

No es esta la primera vez que surge de las imprentas un intento por plantear a los hispanohablantes, empleando para ello la retórica propia de los buhoneros y de los falsos profetas, una ortografía del español divergente de la oficial cuyos principios teóricos se basan en la simplificación de las reglas establecidas. Esta vez es el lingüista Juan Andrés Gualda Gil quien ha lanzado este canto de sirena bajo el título Propuesta racional para simplificar la ortografía.

Él parte del supuesto de que la ortografía de nuestra lengua es bastante complicada y muy difícil de aprender por el uso de grafías cuya realización fonética es la misma, como ocurre con las letras b y v, que tanto llevan a su confusión gráfica (no se extrañen si no son muchos los que son capaces de escribir correctamente la palabra subversivo cuando la oyen); o con el sonido [s], cuya representación ortográfica para los seseantes, que son el 93% de los hablantes del español, puede ser la s, la c o la z (no es disparatado leer en textos escritos por hispanoamericanos palabras como desisión o sapato); o pensemos en la dificultad que encuentran aquellos hablantes a la hora de recordar si una palabra se escribe o no con h, nuestra bien conocida h muda, a la que tanto denostó García Márquez y para la que el escritor colombiano propuso su eliminación definitiva; o, en fin, para el sonido [x], que se puede representar con la grafía g (mágico) o con la j (garaje), problema que Juan Ramón Jiménez borró de un plumazo cuando decidió escribir todas las palabras que tuvieran este sonido con la letra j (jente, májico,…). Pero la otra gran dificultad a la que se enfrentan los hispanohablantes o los que acceden al español como segunda lengua es el de la acentuación, principalmente en los casos que presentan ambigüedad por la pronunciación (huida, guion, guiais, truhan,…) así como en aquellos en los que hay implícito un cambio semántico (solo/sólo).

Ante el panorama susodicho, este lingüista propone tres medidas que irían encaminadas, según él, a hacer al español una lengua más universal y más fácil de usar. La primera es la de simplificar los prefijos (costante, istante, ostruir,…) y la asimilación regresiva de las consonantes, es decir, que la segunda fagocite a la primera (attual, immoral, ottavo,…), a imitación de la lengua italiana. La segunda, tomando como modelo el idioma inglés, consiste en eliminar la tilde salvo en los casos diacríticos. Y la tercera propone hacer del español una lengua verdaderamente panhispánica llevando a cabo modificaciones ortográficas más cercanas al español de América que al de España siguiendo el ejemplo del portugués, cuyas últimas transformaciones léxicas y ortográficas, como defendía José Saramago, se han decantado más hacia el portugués de Brasil que hacia el de Portugal debido a la diferencia del número de hablantes de uno a otro país.

Pasen y vean, y juzguen también, porque, al paso que vamos, en esta corte de los milagros toda ficción puede transformarse en una verdad axiomática.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 2, 2012

Chuzos (2-3-12)

Hay frases que, cuando las escuchas por primera vez, se te quedan grabadas casi para siempre por su rotundidad, por su expresividad y porque simplemente cantan una verdad que todo el mundo sospecha pero que nadie sabe o desea desvelar. Ayer, sin ir más lejos, oí en un medio de comunicación un reportaje en el que se intentaba poner en tela de juicio algunos aspectos del sistema jurídico español, y de entre ellos se subrayaba la inconsistencia efectiva de la idea de que la justicia española es igual para todos, lo cual, si bien es un derecho que nos ampara, en la práctica no sucede así debido a que la destacada o elevada situación social y económica de un imputado puede ayudarle a ralentizar el juicio, a suavizar notablemente la pena si esta se dictaminase e, incluso, a gozar de privilegios carcelarios en el caso de que el acusado ingresase en prisión. El entrevistado dijo: «La justicia española parece caminar entre dos soluciones: la impunidad de los tiburones y la culpabilidad de las sardinas». Esto es: venía a defender el juez consultado que, partiendo de un mismo delito, si eres sardina, un español anónimo de a pie, trabajador, asalariado, la justicia se te aplica con la dureza y el rigor exigidos; pero si eres tiburón, un rico prohombre con contactos en las altas esferas sociales y que puede permitirse contratar a los mejores abogados, la justicia se te aparecerá tan bondadosa como esquivo el rigor de la ley.

Precisamente al hijo de esto, temiendo un empeoramiento del desprestigio de los profesionales de la justicia, en un periódico hallé escrito: «Muchos abogados se declinan por una rigurosa revisión de la práctica judicial». Acertada decisión, pero gramaticalmente incorrecta: la Real Academia de la Lengua recuerda que declinar significa `rechazar cortésmente una invitación o una responsabilidad´ y que no debe confundirse con verbos como decantarse o inclinarse, usados para mostrar una preferencia. Por ello se tuvo que haber escrito que muchos abogados se inclinan o se decantan por una rigurosa revisión de la práctica judicial.

En el reportaje que mencioné más arriba, un ciudadano al que pidieron su punto de vista sobre este tema judicial vaticinó que, como los españoles siguieran desconfiando tanto del sistema judicial, caerían chuzos de punta sobre todos los jueces y abogados que se dejan untar las manos o que malinterpretan las leyes. Los chuzos, palabra de origen árabe, los define la RAE como palos armados `con un pincho de hierro, que se usa para defenderse y ofender´, de ahí que se emplee este término como sinónimo de carámbano, pedazo de hielo con forma puntiaguda y bastante peligrosa si se desprendiese sobre alguien, y esta es la razón de que la expresión caer chuzos de punta se aplique a situaciones complicadas. No creo que este señor aplicara su declaración a un contexto violento o revolucionario, pero sí, quizás, querría anticipar que vendrían épocas difíciles si no se cambian o revisan pronto muchos aspectos y procedimientos de nuestro actual sistema judicial.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 24, 2012

El DPD (24-2-12)

Está a punto de celebrarse el aniversario de la publicación de una de las obras que más han ayudado a consolidar y a entender nuestra lengua. Se trata del Diccionario panhispánico de dudas, o DPD, y supone, a grandes rasgos, el resultado del empeño demostrado por los directores de todas las Academias de la Lengua Española para ofrecer una panorámica global y unitaria del español y para resolver las dudas lingüísticas que se nos plantean dentro de nuestro idioma, hablado por algo más de cuatrocientos millones de hablantes.

Es, por tanto, una labor de unificación lingüística entre todas las naciones hispanohablantes. Pero los académicos de principios del s. XXI no han sido los primeros. En el s. XIX, cuando ya era un hecho la progresiva independencia de las colonias españolas en América, surgió el pánico entre los lingüistas de ambas orillas del Atlántico por si se repetía con el español lo mismo que le sucedió al latín. Al desaparecer el Imperio Romano, las distintas provincias (Hispania, Galia, etc.) quedaron desgajadas y abandonadas lingüísticamente a su suerte al dejar de existir una cabeza política y administrativa visible. Todas ellas tenían en común, entre otras cosas, el mismo idioma, el latín, pero este comenzó a evolucionar de manera distinta en cada una de las zonas y comarcas que habían formado parte del Imperio. El italiano surgió en Italia; en Francia, varias lenguas, como el provenzal o el retorrománico; y en la antigua Hispania latina fueron formándose el castellano, el catalán, el galaico-portugués —que posteriormente se escindió en dos lenguas casi gemelas, el gallego y el portugués—, el aragonés, el leonés y el desaparecido mozárabe.

El venezolano Andrés Bello, consciente del peligro, escribió a mediados del s. XIX una Gramática española que sirviera de modelo idiomático a todos los hispanoamericanos con el fin de que el español de América no se distanciara demasiado del hablado en España y para que, así, por muchos años que pasasen, nunca llegasen a existir entre ambos diferencias insalvables.

Ahora, bastantes años después, se ha elaborado un magnífico trabajo con el mismo objetivo: fortalecer la unidad lingüística de todos los hablantes del español. Pero se ha prestado una mayor atención sobre el español de América, y es de justicia, porque, frente a los cuarenta millones de hablantes que hay en España, en la otra orilla son casi trescientos cincuenta millones, y esto quiere decir que el peso lingüístico es más intenso de allí para acá que a la inversa. Y, si no, escuchen: es prácticamente seguro que, dentro de muchos años, casi todos los hablantes del español sean seseantes, de la misma forma que por influencia del español de América hoy todos somos yeístas. Con todo, esto no deja de ser mera conjetura ya que la evolución de una lengua es siempre imprevisible, sujeta a condicionamientos sociales, históricos, económicos y culturales que hoy en día no podemos prever.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 17, 2012

Tabernas (17-2-12)

La efervescencia por entrar y conocer de primera mano un gastrobar, ya saben, ese establecimiento mitad bar y mitad restaurante que sirve tapas a precios económicos para acercar la alta cocina a cualquier ciudadano, se ha ido desinflando en Madrid y algunos de sus clientes habituales, cansados posiblemente de tanta innovación, han vuelto a las tabernas castizas de la capital, a esas tabernas que conservan sus mesas y sillas añejas, de madera barnizada por el roce de los años, por el vino y por las palabras, esas tabernas que mantienen la misma decoración de hace décadas —alguna de principio de siglo—, con sus reproducciones baratas de cuadros de Romero de Torres, con sus modestamente enmarcados programas taurinos donde todavía palpitan los nombres de Sánchez Mejías o Marcial Lalanda y con esos viejos toneles de vino que parecen dormitar serenos mostrando impúdicamente a los clientes su buche orondo y báquico, a esas tabernas, en fin, donde todavía se sirven las comidas caseras de siempre, generalmente de puchero, debidamente regadas con un generoso vermú y con un buen vino de la tierra.

La taberna, en sus orígenes clásicos latinos, era una choza o cabaña de madera, bastante tosca, que era utilizada como comercio familiar o, posteriormente, como frugal e insalubre prostíbulo. El nombre ya está presente en los orígenes de nuestra lengua, incluso en los poemas de Berceo en los que relata la vida de santos o los milagros de la Virgen. En la Edad Media, la taberna era, a la vez, mesón, posada y establecimiento de venta al público de vino y alimentos, y era el lugar más frecuentado al margen, claro está, de la iglesia. El Arcipreste de Hita, en su Libro de Buen Amor, nos ofrece el dato de que en las tabernas de su época se solía «sotar con vellaco», es decir, era frecuente escuchar música y bailar con gente de baja calaña. Estas tabernas medievales eran el templo de los goliardos, aquellos monjes que renegaban de su orden y que, tras colgar los hábitos, vagabundeaban por los caminos de toda Europa —sobre todo por el Camino de Santiago— componiendo y recitando sus poemas cantados —los carmina burana— por las tabernas, en las que gastaban su escasa fortuna en el juego, en el vino y en las mujeres. En una de estas composiciones líricas, un goliardo anónimo escribe: «Quiero morir en la taberna, / donde los vinos estén cerca de la boca del moribundo; / luego, los coros de los ángeles bajarán cantando: / “Que Dios sea clemente con este buen bebedor”. / Más ávido de voluptuosidades que de la salvación eterna, / con el alma muerta, sólo me importa la carne».

De la palabra taberna surgió contubernio, que, en su origen, significaba `convivencia en una misma choza´, y, aunque el Diccionario de Autoridades la define como una convivencia amistosa entre dos personas, no tardó en emplearse con el sentido de amancebamiento o cohabitación deshonesta. Y, las vueltas que da la vida, hoy este término se usa más en política, con el sentido de ‘alianza indebida o vituperable’. ¡Cuántas decisiones políticas inmorales no se habrán acordado en el rincón apartado de alguna taberna bulliciosa, discreta y humilde vaciando vasos de vino y viandas humeantes entre risas femeninas y música embriagadora!

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 10, 2012

Harpastum (10-2-12)

Hagamos un viaje en el tiempo. Situémonos hace unos dos mil años en alguna playa del sur de Inglaterra. Un grupo de legionarios romanos están acampados junto a la costa esperando órdenes para levantar el campamento y comenzar la marcha, y, como disponen todavía de tiempo, deciden consumirlo tanteando a los soldados novatos con una de sus pruebas favoritas: ellos la llaman harpastum. Sobre la arena dibujan un espacio rectangular que equivaldría aproximadamente a un tercio de hectárea, y lo dividen por la mitad en dos áreas de dimensiones idénticas: en una se sitúan cuatro o cinco legionarios veteranos y, en la otra, otros tantos novatos. Tras un sorteo con moneda o dado, se coloca en el área elegida un pellejo de animal de forma más o menos esférica, rellenado con paja, lana u otros materiales parecidos, y el objetivo es intentar por todos los medios sobrepasar la última línea del área rival y que el otro equipo no sobrepase con el pellejo la línea que marca el final de tu campo. No hay reglas; todo vale: empujones, golpes, puñetazos, todo con tal de lograr un tanto y que los otros fracasen en esta prueba dura y violenta. Solían ganar los más curtidos, los veteranos, pero cuando ganaban los novatos se les admitía ya con el rango de aquellos. Era, por tanto, una prueba lúdico-bélica —muy lejos de lo que hoy entendemos por deporte—, de bautismo de entrada al grupo de élite de los legionarios más ejercitados.

De esto quedó constancia en Inglaterra durante la Edad Media, sobre todo en la zona de Norfolk, en un juego al que llamaban camping o campball, que era prácticamente similar al harpastum solo que los equipos estaban formados por vecinos de distintos barrios o por aldeas próximas, que tenían que llevar la pelota hasta el campo, zona o aldea rival. A veces, un mismo juego duraba días, y, debido a su violencia, fue abolido. Hubo que esperar hasta el siglo XIX para que este juego resucitara, con normas deportivas y con menos violencia, en el deporte que hoy conocemos como rugby. A finales de ese siglo, unos caballeros decidieron crear una modalidad deportiva distinta del rugby: emplear un balón esférico y no ovalado, no usar las manos salvo el portero y marcar los goles con los pies en la parte baja de la portería del rugby. Acababa de nacer el fútbol.

En programas deportivos que se emiten por los medios de comunicación podemos acceder a espacios dedicados a las jugadas conflictivas en el campo de fútbol. Uno de estos programas se llama “La polémica”. Los antiguos griegos empleaban el término polemikós, que significaba `el arte de la guerra´, en contextos que abarcaban estrategias y técnicas en el campo de batalla; el polimestés o polemista era un `combatiente´ que debía ostentar una formación física y una preparación estratégica envidiables. Y si por un momento miro tanto al pasado como al presente, si observo aquel legionario romano en las playas de Britania y, a su vez, a los futbolistas de élite actuales, parece efectivamente que el tiempo no ha pasado, que se ha detenido en un acotado terreno de juego en el que se enfrentan un grupo de animosos combatientes, un grupo de deportistas.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 3, 2012

Ars amandi (3-2-12)

Hace unos días, durante una entrevista a la televisión autonómica catalana, el arzobispo de Tarragona, Jaume Pujol Balcells, sorprendió a la opinión pública cuando instó a las mujeres a prestar más atención a sus maridos dentro del matrimonio. Sus palabras no tienen desperdicio: “En mi iglesia siempre les digo lo mismo, a quien tienes que cuidar más es a tu marido, que es el hijo más pequeño de la casa”. Eso de que a los maridos hay que cuidarlos más que a los propios hijos se me antoja antediluviano y antinatural, pero lo que ya me cuesta una barbaridad interpretar es que los maridos somos los pequeños de la casa: ¿quiso, quizás, decir que la mujer nos tiene que hacer la comida, nos la tiene que servir, debe tenernos preparadas las zapatillas y el periódico bien doblado al llegar a casa y nunca debe faltarnos ni los mimos ni las palabras suaves y agradables, que debe, en fin, consentirnos todo y jamás regañarnos por nada? ¿Y que puedo llevarme a mis amigotes a casa a ver el fútbol y bebernos la cerveza que queramos entre torres de pizzas por encargo? ¿Y todo este servicio al macho alfa sin pagar un duro? Ni el mismísimo rey Midas habría soñado con algo parecido. Afortunadamente, el arzobispo ha pedido perdón por todo ello.

Como si de un virus se tratara, casi inmediatamente, el arzobispo de Valladolid, Ricardo Blázquez, cuestionó la idoneidad de la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, para ser la pregonera de la Semana Santa de Valladolid de este año al no estar casada por la Iglesia. Ella ha manifestado que ya lo tiene preparado y que a nadie le quepa ninguna duda de que lo leerá. Las dos declaraciones episcopales han levantado ampollas en el ámbito social y político; así, Carme Chacón ha manifestado que “a las mujeres se las respeta, sean del PSOE, sean del PP o sean de los que te dé la gana”. E insistió: “No vamos a permitir que nos vuelvan a imponer a todos su moral, reclamaremos que traten con respeto a las mujeres […] ¿En qué siglo se creen que viven? ¿En qué país se creen que viven para meterse con una mujer por estar casada por lo civil?”.

Abrumado por tanta clarividencia arzobispal, he ido a mi librería y he consultado un libro del que había oído hablar. Se titula No le tengas miedo al sexo, así que ama y haz lo que quieras. El Kamasutra católico. Lo ha escrito un monje capuchino polaco, Ksawery Knotz, y es conocido como el “Apóstol del kamasutra” porque en esta obra, que ha sido un verdadero éxito de ventas, el fraile indica a los matrimonios católicos cuál es el mejor camino para “reforzar sus vínculos y tener una buena y feliz vida sexual, de acuerdo con los dogmas de la Iglesia”, y, para andar por este sensitivo trayecto, este clérigo, en palabras suyas, aconseja “incluir estimulación manual u oral”. Ahora no me extraña que este fraile imparta clases de educación sexual en el monasterio polaco de Stalowa Wola. No creo que Sáenz de Santamaría se matricule a distancia en este curso.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 27, 2012

Suicidas (27-1-12)

Una de las últimas líneas de investigación sobre personajes históricos que fueron relevantes en el devenir de la humanidad se centra en la figura de Julio César, y concretamente en la idea de que lo que le sucedió a las puertas del senado no fue un asesinato sino un suicidio. Julio César sabía que iba a morir ese día, ya estaba avisado de sobra de que lo iban a asesinar, y él, que sufría una epilepsia incurable, quiso que acabaran con su vida en el mejor momento de su carrera política y militar, y así ganarse una inmortalidad honrosa y honorable. Fue un acto noble por él; consideró que era el mejor momento de morir y fue al encuentro de la muerte. El suicidio, efectivamente, era en la antigua Roma, como en algunas culturas lejanas de la europea, la mejor salida ante una situación desesperada motivada por razones familiares, económicas, laborales, militares o políticas; en la cultura japonesa, por ejemplo, se practicaba el seppuku —consistente en rajarse el vientre— para limpiar la deshonra, y, según consta en algunos documentos históricos, los mayas veneraban a Ixtab, la diosa del suicidio. En Europa, san Agustín, en el s. IV, fue el primero en considerar el suicidio como pecado porque atentaba contra el sexto mandamiento, y, a partir de entonces, sobre todo en la Edad Media, se prohibió enterrar al suicida en campo santo, su alma era enviada al infierno y su cadáver, cabeza abajo, era arrastrado públicamente con una estaca clavada en el pecho para ser golpeado por las gentes; la Iglesia, luego, confiscaba todos sus bienes. Fue a partir del siglo XIX, en Europa, cuando la cultura de la muerte fue liberada y pasó a un ámbito estrictamente privado; grandes escritores e intelectuales decimonónicos —como Larra o Lord Byron— decidieron suicidarse para huir de una existencia asfixiante, hipócrita, aburrida e insignificante.

A pesar de que el suicidio ha estado presente en la historia de la humanidad y en sus costumbres, veo deplorable y una tragedia social el suicidio de un adolescente. Leí hace poco que Gabrielle Joseph, una chica británica de dieciséis años, modelo de profesión, de carácter feliz, extrovertida y adorable según sus familiares y amigos, se quitó la vida lanzándose frente a un tren en marcha al haberse sentido poco deseada por parte del chico que a ella le gustaba porque este le había dado un plantón, y todo ello lo anunció pocos minutos antes en algunas redes sociales, como Facebook o Twitter. Solo pasaron setenta y cinco minutos desde que recibió el mensaje del chico en el que anulaba la cita hasta el momento del suicidio.

Dicen los expertos que el perfil del adolescente suicida responde a un joven crítico, muy perfeccionista, que no tolera el fracaso ni la frustración, que se siente poco querido y sin haber encontrado un lugar propio en el mundo. Los padres de Gabrielle acaban de lanzar una campaña en Gran Bretaña para concienciar a los adolescentes de que el suicidio no es la salida, sino que deben hablar con la gente más cercana a ellos, y que hay solución para todos los problemas existencialistas que padecen. Seguro que lograrán su objetivo: con diálogo y comprensión se podrán evitar tantas muertes inútiles.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 20, 2012

Genios (20-1-12)

La memoria almacena frases célebres, muchas de las cuales corresponden al comienzo de una obra literaria imborrable y eterna, que, al desempolvarlas, podrían dibujarnos a su autor. Varias veces he intentado figurarme el rostro inteligente y lúcido del autor de “Pues sepa, vuestra merced, ante todas cosas que a mí llaman Lázaro de Tormes”, iluminado por la luz de un candil e inclinado sobre un pedazo de papel rugoso y desigual; o he procurado imaginar lo que tenía en su mente don Leopoldo en el instante en el que empezó a escribir las primeras letras de “La heroica ciudad dormía la siesta”; y, en fin, se me antoja un capricho de la fantasía evocar la figura ya madura de don Miguel, enmudeciéndosele los ojos rebosantes de experiencia y de sabiduría en el momento en que los fijó sobre una cuartilla y escribió “En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…”.

Con treinta y ocho años, un joven colombiano se sentó una mañana frente a su máquina de escribir y comenzó a teclear: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Unos cuarenta años más tarde, Gabriel García Márquez recordó ese momento en un discurso leído como agradecimiento al homenaje que recibió en el IV Congreso Internacional de la Lengua Española, celebrado en Cartagena de Indias; al rememorar cuándo escribió aquella primera frase, confesó lo siguiente: “No tenía la menor idea del significado ni del origen de esa frase ni hacia dónde debía conducirme. Lo que hoy sé es que no dejé de escribir durante dieciocho meses hasta que terminé el libro”. Esos dieciocho meses dieron a luz Cien años de soledad, obra maestra de la literatura hispana y universal.

En 1997, en Zacatecas, Gabo también fue protagonista de aquel I Congreso Internacional de la Lengua Española y no por motivos literarios, sino por la polémica que originó con unas declaraciones que le valieron la repulsa de los académicos y la desavenencia de la mayoría de los hablantes del español. Afirmó: “Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lágrima donde diga lagrima ni confundirá revólver con revolver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?”. Tras pasar un cierto tiempo, García Márquez suavizó su postura, quién sabe si porque recordó algún fragmento de algún maestro, como esa “batalla nabal” —que no “naval”— que Quevedo describe al comienzo de su Buscón.

Los genios sufren a veces deslices, resbalones y una extraña osadía circense. Pero se les disculpa el descuido por su gran aportación a la cultura y al progreso y provecho de la humanidad.

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