Posteado por: josejuanmorcillo | junio 3, 2020

De lutos

Desde el 27 de mayo estamos en luto oficial de diez días por los casi 30.000 fallecidos por Covid-19, según datos oficiales. Ya comenté en mi Diario (día 25) que no entendía por qué el Estado no había decretado ya el luto oficial, un luto sine die ante la tragedia humana sin precedentes que estaba sufriendo nuestro país. Pero el Real Decreto 538/2020 de 26 de mayo se publicó en el aséptico BOE al día siguiente de su firma; tarde, pero se ha firmado. Y cuando leí su escueto texto me sorprendió el estilo literario con el que había sido redactado, empleando, entre otras, dos figuras de repetición para otorgar mayor énfasis y emotividad: la anáfora en porque y el paralelismo sintáctico («porque es bueno…», «porque es digno…», «porque es justo…», «porque es necesario…», «porque es proporcionado…»).

Entre el estilo literario y el empleo de adjetivos como «justo» y «necesario», el RD parecía un sermón fúnebre según los cánones de la oratoria sagrada. Me recordaba mientras lo leía el comienzo de Oficio de difuntos de Úslar Pietri, cuando el padre Solana prepara su sermón de difuntos ante el cadáver del general venezolano Aparicio Peláez (trasunto de Juan Vicente Gómez) buscando la inspiración entre las páginas de las Oraciones de Bossuet, un manual muy recurrente en el siglo XX, sembrado de reflexiones vacías de sincera emotividad. El cura lee algunas de ellas: «No, después de lo que acabamos de ver, la salud no es sino un nombre, la vida sino un sueño, […] todo es vano en nosotros». O bien: «La historia de los pueblos es el eco de sus dolores y de sus esperanzas». Confiesa el padre Solana que estas oracioncitas eran «palabras de teatro dichas en uno de los más suntuosos y extravagantes teatros».

«O poeta é un fingidor», recordó Pessoa. El lenguaje literario es artificioso, y la artificiosidad coquetea con la ficción. El BOE no es teatro para flirteos retóricos; la escritura de este Real Decreto «por el que se declara luto oficial por los fallecidos como consecuencia de la pandemia COVID-19» debió seguir los modelos de redacción administrativos, que no los literarios.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 27, 2020

Panoli

Aseguran que vienen malos tiempos para todos y que están ya muy próximos. Las tormentas más destructivas suelen anticiparse con nubarrones y discretos chubascos; uno se teme un gran aguacero, pero la devastación es siempre imprevisible. La otra noche tuve una pesadilla: un ensordecedor fucilazo de aullidos metálicos despertaba y exhumaba un macabro ejército hambriento de sangre y de oro, y veía a lo lejos, aproximándose a mí, la inmensa nube de polvo de su galopada. Sentía el relámpago de la destrucción y, en lo profundo de mis ojos, la aridez que siembra el miedo.

Vienen malos tiempos, muy malos. Desde pequeño, en la familia, he oído varias veces estas palabras como un oráculo funesto. No las entendía pero las temía. Yo me fijaba mucho en mis abuelos. Ellos habían pasado una guerra y décadas de mucha necesidad. Su vida fue un ejemplo de austeridad y de sacrificio. Ahorraban como podían unos duros al mes para sacarlos del cajón solo cuando vinieran malos tiempos; mi abuela me contaba que la mantequilla era un artículo de lujo a mediados de los cincuenta. Ahora recuerdo que, siendo yo muy niño, en la casa del pueblo de mis abuelos, junto al váter, colgaban tiras de papel de prensa, amputadas sin sutileza de un periódico y clavadas en un gancho carnicero, mientras que en casa usábamos el único papel higiénico que había, tan áspero como una lija, que rastrillaba lo que encontraba y que te dejaba como rúbrica un escozor al que al final acababas acostumbrándote. El miedo cargaba los coches con kilos de papel higiénico cuando comenzó el confinamiento; algunos panolis los almacenaron en las terrazas de sus viviendas, a la vista de todos.

A mi abuelo le encantaba el caldico final de la ensalada, ese aceite de oliva con algunas pepitas de tomate y algo del agua de la lechuga. Tomaba el plato con las dos manos y bebía con una elegancia eucarística. En casa hago lo mismo y después lambuceo el plato con un trozo de pan. Del valenciano pa en oli (`pan con aceite´) tenemos en español panoli, una persona simple e inocente. La grandeza de un simple trozo de pan bañado en aceite, la inexperta austeridad que acataron nuestros abuelos. Vienen malos tiempos, y no debemos olvidar.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 20, 2020

Diario de un confinado (y XVIII)

Día 64. Ayer, Pedro Sánchez, el Presidente del Gobierno, anunció que solicitará al Congreso de los Diputados una quinta prórroga del estado de alarma, esta de un mes de duración, y que espera que sea la última para que las fases de la desescalada culminen con éxito antes de julio. A ver cómo vamos saliendo del pozo. Hoy no me conectaré a internet, pasearé y releeré a Ignacio Aldecoa.

Día 65. Con el comienzo de la Fase 1, es el final del confinamiento. Saldré a tomarme un café en una terraza, me compraré un libro y entraré en la biblioteca municipal solo por el placer de sentarme y de leerlo en un sitio que no será ni mi salón ni mi despacho. Pero la alegría inicial que estoy sintiendo mientras escribo estas palabras me ha empujado a un hecho tristemente irreversible: estas serán las últimas de este diario.

Estoy emocionalmente encadenado a ti. Es así. Has sido la libertad de mi prisión y el consuelo de mis incertidumbres durante estos dos meses de convivencia, por eso me cuesta un mundo llegar a este momento en el que he de poner el punto final. Hacerlo me duele tan hondo como si firmara tu sentencia de muerte, que es como si fuera la mía. Qué terrible la figura del creador cuando debe decidir el final de su obra. Quién sabe si, después de escribir tu último trazo, alguna noche, en sueños me hablarás y te recrearás recordándome que soy débil y caduco como una brizna de hierba arrastrada a capricho del viento, que cuando yo muera nadie me soñará ni me resucitará, mientras que tú, en cambio, permanecerás vigoroso y joven cada vez que te lean. Y es cierto: tú, diario, me sobrevivirás; la creación, hecha con mis palabras y con mi aliento, alcanzará una eternidad a la que yo, vano mortal, podré acercarme ligeramente en sueños.

La eternidad es tuya, te la he concedido, pero en ella llevas también un poco de mí porque has sido el yo que creía solo mío y que ahora no tiene sentido sin ti. En ti estoy yo, en mí estás tú. Quien te lea no debe encontrarme a mí, sino a los dos: yo, la carne y el músculo de ti, mi voz callada, mi locuaz silencio, mi alma sin garganta, mi yo.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 17, 2020

Diario de un confinado (XVII)

Día 62. Brotes tiernos de hierba nacen entre los huecos de las baldosas rotas de las calles, germinan victoriosos entre las grietas del asfalto de calles y carreteras, asoman por parterres públicos y privados. Cuando he vuelto de comprar el pan, un funcionario del ayuntamiento encharcaba con herbicida estos frágiles latidos de vida. «Son hierbas malas», me ha respondido con voz de carozo y sin mirarme, oculto en su blanco traje protector, con sus manos y pies enlutados de plástico, sin parar de sembrar veneno. Llevo horas sin quitarme de la cabeza esas palabras —«hierbas malas»— como si se me estuvieran enredando en el cerebro y clavando sus raíces en mis venas. Hay palabras que parasitan.

Por fin se ha anunciado que entramos en la Fase 1. Final del confinamiento nueve semanas después. Nadie ha salido a celebrarlo como si nada hubiera ocurrido, nadie ha salido a romper la tibia armonía del crepúsculo. Hasta el viento se ha callado.

Noche sosegada y tranquila, arrebatadora como un murmullo. Los grillos la mecen hasta dejarla dormida.

Día 63. La mañana ha sido muy activa. A primera hora, Paco ha venido a casa a recoger lo que me pidió: aceite, leche, cereales para el desayuno, pañales, arroz, legumbres, conservas y artículos de higiene personal. No sé cómo es su cara; lo conocí con mascarilla y con pantalla protectora. Si me lo cruzara por la calle creo que no nos reconoceríamos porque él también me ha visto a mí siempre con el rostro cubierto. La próxima semana, cuando vuelva, le propondré quedar un día para tomar un café y charlar. Él está en la primera línea de lucha contra el hambre y la exclusión social. Me encantaría escucharle; él ha visto lo que los medios informan con estadísticas e imágenes sesgadas. Posiblemente no le apetezca remover el solaje de la pobreza ante un desconocido. Parece un buen hombre.

Cuando se ha ido, me he acercado al mercado ambulante. No había apenas gente. Tan solo seis o siete puestos de venta de alimentos bajo toldos de arpillera sujetos con varillas de hierro. Muy pocos clientes; algunos parecían funambulistas a la hora de pagar y de llevarse la compra, con una pierna al vuelo y las dos manos ocupadas, la una con el dinero y la otra recogiendo la bolsa. He conocido a Manuel, panadero, un hombre sencillo y trabajador que está a punto de jubilarse. «Todo es casero. Llévese lo que quiera por dos euros la bolsa». Como no había prisa, me ha hablado de sus hijos, que afortunadamente ya los tiene colocados, y sobre su negocio está convencido de que aguantará hasta donde se pueda, porque si me quedo sin esto y me paro, ya solo me quedará morirme, así, como el que no quiere la cosa, porque llevo desde los trece años en esto y es mi vida, que he sacado a mi familia adelante trabajando incluso los domingos, y fíjese usted la competencia que nos hacen los supermercados, que es muy fuerte, que no podemos mejorar sus precios… pero la gente allá que se va a comprar sus panes y sus cruasanes que no saben a casa, que es todo químico, pero claro, es más barato y nosotros aquí con el agua al cuello. «A ver si después de esto nos damos cuenta de que hay que invertir más en pequeños empresarios y en negocios familiares como el de usted». Me he traído a casa bollería y dulces para toda la semana.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 15, 2020

Diario de un confinado (XVI)

Día 58. Me he despertado muy temprano, a las cinco y media de la madrugada. Me he preparado un café y me lo he llevado a la terraza. El techo de la noche va revelándose sin prisa en una mañana húmeda.

Rumor de marea.

Silencio de bruma.

No tardan en encenderse las perezosas luces de las habitaciones y de las cocinas de los edificios de mi urbanización. Dos meses de confinamiento; me imagino a mis vecinos levantándose ahora de la cama con pesadez anímica, corriéndoles por la sangre un humor viscoso de digestión no terminada. Hastío de confinamiento. Seguimos en la Fase 0.

Acabo de ducharme y de prepararme otro café. De nuevo en la terraza. El tranvía, los vehículos, la estridencia metálica de una grúa cercana, los que han salido a pasear… Igual que ayer, que anteayer, que mañana. El sol, tras la organza de la niebla, parece una mancha de pintura pálida de un decorado en un teatro escolar. Todo sugiere que el día palpita con una arritmia lenta y melancólica. He cerrado los ojos y me he quedado un rato dormido.

Día 59. Hay un perro insoportable en el Bajo A. Ladra demasiado, todo el día. Ladridos secos y roncos, agotados por la ansiedad y la desazón. No lo sacan a pasear. Husmea cada baldosa, cada rincón, cada mancha de su triste, sucia y abandonada terraza, yendo de allá para acá, de acá para allá, ladrando a todo lo que se mueve o se acerca a él, incluso a los restos de basura levantados por el viento, como suplicándoles que lo liberen de ahí. Se ve que ahora, con las salidas permitidas por la mañana y por la tarde, ya no les es útil para sus dueños. El pobre animal no tiene culpa de su inesperado confinamiento, pero sus ladridos son desesperantes y me rompen en añicos la concentración y la serenidad. Lo he observado un rato desde mi ventana, yendo y viniendo con la cabeza baja y las orejas marchitas, pobre, y he sentido compasión por él.

Día 61. Se oyen rumores de que el lunes entraremos en la Fase 1 de la desescalada, lo que supondrá el final del confinamiento. El porcentaje de habitantes con anticuerpos del coronavirus es aún muy bajo, tan solo un 5 % de media cuando lo ideal sería un 30 %. Se teme, por tanto, un rebote de contagios. Todo en el aire: la vuelta al trabajo y a la normalidad, el reencuentro de toda la familia, la semana de vacaciones en Cantabria para la segunda quincena de agosto…

Lo peor no es esto; lo terrible son las miles de empresas que ya han cerrado y los millones de ciudadanos que pasan hambre. Colas interminables de cuerpos derrotados y sin rostro, sin recursos para alimentar a su familia durante un mes, a las puertas de oenegés que reparten comida y artículos de primera necesidad. Estas colas son las mismas de épocas no tan lejanas, colas que creíamos ya inhumadas. Si todos ayudáramos un poco en algo, podríamos proteger la integridad y la respetabilidad de estas personas. Es un deber ético, y su puesta en práctica nos elevaría y nos fortalecería como pueblo y como nación. La pobreza y el hambre desgarran en jirones la dignidad y visten a su víctima con los andrajos del repudio. No podemos mantenernos indiferentes ante esta tragedia humana que se vive a tan solo unos metros de nuestros hogares.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 13, 2020

Diario de un confinado (XV)

Día 56. Como otras zonas sanitarias, seguimos en Fase 0.

He ido al supermercado. Solo yo llevaba mascarilla. Me dice la cajera que a partir del 18 será obligatoria. ¿Por qué esperar tanto? ¿Por qué no se impuso su uso hace dos semanas, cuando se normalizó su adquisición?

Graciosa confusión. He descubierto que alguien me observaba desde dentro de una ventana frente a mi casa. No me he atrevido a salir porque era evidente que me espiaba: siempre de pie, sin cambiar la postura, con sus ojos abiertos y fijos como los de una rapaz que acabara de encontrar su presa. Escondido yo entre las cortinas del salón comprobaba que el sujeto no apartaba sus ojos de mi terraza. Finalmente me he decidido a salir, me he acodado en la barandilla y me he enfrentado a él, mirándolo sin pestañear, retándolo, como cuando de pequeños jugábamos a quién aguantaba más sin reírse. Al cabo de unos pocos minutos me he dado cuenta de que es el póster de un famoso chincheteado en la parte interna de la puerta de un armario ropero. Bochorno. ¿Me habrán visto los inquilinos golismeando en la intimidad de su casa?

Día 57. Me han despertado tremendos truenos, aterradores, furiosos y profundos, que han conmovido las ventanas de mi habitación y mi estómago. Formidables tambores de guerra. Me he levantado al instante, sin saber qué hora era, para bajar los toldos y proteger los muebles. La tormenta caía con furia atrasada, intimidándonos para que no saliéramos de casa, para que siguiéramos confinados esta mañana de domingo. Sentado en mi terraza, tomando el café, solo se oía la lluvia y el canto de un mirlo, la presencia de la Naturaleza. La lluvia ha silenciado el ruido de motores y la estridencia inarmónica de la vida moderna y nos ha regresado al confinamiento íntimo de hace semanas. Todo el cielo y todo el mar, en su homérica inmensidad, eran del mismo gris intenso, sin discordancias cromáticas. Dos mares acorralando la vida terrena dentro de sus casas, de sus madrigueras, entre las ramas de los árboles. El mirlo sigue cantando, ahora más fuerte, como un zahorí horadando —de nuevo— el buche de las nubes.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 9, 2020

Diario de un confinado (XIV)

Día 51. Lunes. Primer día de la desescalada. Primer día de la Fase 0.

Ocho de la mañana. Nuevo paseo por la arena de la playa. Apenas hay gente. Al cabo de unos minutos veo a un hombre metido en el mar hasta las rodillas. Su bañador, de un azulón de mercería, era un trapo mal cosido que tapaba lo que había que ocultar. Frisaría los cincuenta años: no muy alto, enjuto de carnes, cabello y barba con jirones de canas, cráneo limpio y liso en las alturas. Miraba hacia la orilla, no sé a quién, con ojos muy abiertos y sorprendidos como si acabara de ver una aparición. En una mano llevaba un cigarro que contendría algo más que tabaco y con la otra, mojada de mar, se atusaba los cabellos. Cuando sintió que me aproximaba a él, y sin mirarme en ningún momento, empezó a dibujar con los brazos círculos y figuras en el aire y a doblar las rodillas alternativamente dejando la otra pierna estirada bien para un lado, bien para adelante. Cuántas cabriolas descoordinadas improvisó aquel buen hombre mientras yo, bajito y panzudo, era testigo de ellas. Solo cuando pasé de largo, él se detuvo y regresó al cigarro, a la meditación y a recomponerse los cabellos.

Durante el día ha sido evidente el incremento de la actividad laboral en el ir y venir de personas y de vehículos. Salvo excepciones, la gente se está mentalizando en el uso obligado de mascarillas en transportes públicos y en sitios cerrados; aconsejable en espacios abiertos. Algunos han hecho de las mascarillas un complemento de vestir más. Las personalizan, las eligen a juego con la ropa que se van a poner, las lavan y planchan, las desinfectan todos los días, tras su uso, con una disolución de alcohol y agua. Creo que hay una gran dosis de exotismo y de encanto en el uso de la mascarilla, como si todos asistiéramos disfrazados a un baile de carnaval. Esta máscara de tela y gasa acentúa la belleza de las personas porque oculta imperfecciones y las huellas del paso del tiempo y muestra lo más atractivo del rostro: la mirada.

Ocho de la tarde: solo dos vecinos han salido a aplaudir. La caricia de la libertad relaja los músculos de los brazos. Tampoco se oyen ya por las calles las sirenas que las ambulancias y la Policía Local hacían sonar para animar a los ciudadanos en su confinamiento.

Al caer el día he regresado a los ojos luminosos y visionarios del penitente sin dama de esta mañana.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 6, 2020

Diario de un confinado (XIII)

Día 50. Anuncio de prórroga del Estado de Alarma pendiente de aprobación. La desescalada será en cuatro Fases, de la 0 a la 3. Con la 4, a principios de julio, nos han prometido la libertad total. Me temo que pocos aguantarán; este mediodía, por ejemplo, un vecino brexitano ha invitado a unos amigos de la misma nacionalidad y han celebrado una fiesta hasta las seis de la tarde en la que no han faltado el alcohol ni la mala educación. Nadie ha querido avisar a la Policía.

Por el momento, dispondremos de una hora por la mañana y de otra por la tarde para salir a estirar las canillas o practicar deporte al aire libre. Los perros siguen gozando de mayores privilegios que sus amos. Me gustan estos golpes de humildad en el estómago de nuestra arrogancia.

A primera hora he salido a pasear por la orilla del mar. Menos aglomeraciones, más distancia, mayor responsabilidad. La primera ola de agua salada en mis pies me ha despertado los sentidos.

(«Mar de la mañana. Sosegado y silencioso. Aguas limpias y transparentes como las de un manantial. Miles de luminarias frías y brillantes flotan mar adentro y se juntan en el horizonte formando una colonia de plata. Mar tranquilo y durmiente, eterno latido. En ti he visto las llanuras de Castilla en primavera, cubiertas de alcacer verde y vigoroso, acariciado por el viento: oleaje que será segado por la guadaña del verano. Marea de tallos caduca, pero renacida cada primavera; eterna en esencia, no en presencia»)

Con el anuncio de la desescalada, el aire se ha enturbiado de disonancias de motores y de rumores lejanos que parecen no tocar suelo, igual que hasta hace dos meses. Apenas se oye ya el silencio, el pulso de la Naturaleza… igual que hasta hace dos meses. Vuelta al pasado, a la otra realidad que me resisto a admitir como la verdadera. Dentro de unos días me someterán de nuevo con las grises y pesadas cadenas del tráfago, del ruido, de las prisas, me someterán a la tiranía absurda del reloj, y recordaré entonces los días sin tiempo, de paz y de armonía con la existencia. Me costará volver a la prisión de la cotidianeidad.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 4, 2020

Diario de un confinado (XII)

Día 48. Un día magnífico, como si el verano se hubiera anticipado. Apetece salir a pasear, hacer deporte, charlar con amigos, bañarse en el mar, descubrir una ruta senderista… pero no se puede. Aún queda un día, solo un día. Somos Tántalos en este confinamiento, con la libertad al alcance de la mano, una libertad, a la vez, huidiza y caprichosa cuanto más la deseamos. De momento, siguen siendo los niños y los perros los que sacan a pasear a los adultos.

Día Internacional del Trabajador según el calendario. Y aún habrá ingenuos que lo celebren telemáticamente. ¿Celebrar qué? ¿Los cientos de miles de parados, los miles de negocios que ya no abrirán, los hogares amputados que no han podido despedirse ni enterrar dignamente a un familiar, las familias a las que hay que llevar cajas de comida a su lugar de confinamiento para que subsistan otros cinco días más? Hoy habría que celebrar el Día Internacional de los Médicos, Sanitarios y Auxiliares de Enfermería, o el Día Internacional del Voluntariado Anónimo, o el Día Internacional por las Víctimas del Coronavirus, o el Día Internacional de la Compasión. Cualquiera menos el sórdido e inconveniente Día del Trabajador.

Día 49. Siete semanas desde que comenzó el Estado de Alarma. Siete. Cuarenta y nueve días. Permitido hacer deporte y salir a pasear durante una hora. Nadie puede controlar el tiempo de miles de personas que hacen ejercicio al aire libre salvo ellas mismas. Esta mañana, después del desayuno, he salido a correr. Marea humana. El calor aumentaba la sensación de agobio. Cientos de personas en el mismo paseo sin guardar la distancia de seguridad, casi todas sin mascarilla, agitadas por un frenesí de hormiguero atacado. Caos, irresponsabilidad. Me he angustiado y he regresado a casa.

Después de comer, la primavera ha entrado por la terraza y se ha paseado por mi mano. Al principio trepó por el anular, se deslizó luego hasta la palma y finalmente ascendió a la muñeca. Le he sacado una foto, pero se ha incomodado y ha salido volando por donde entró. Es la esencia fugitiva y huidiza de la belleza física; la otra, la trascendente, aún cosquillea mi mano.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 3, 2020

Diario de un confinado (XI)

Día 45: El confinamiento ha resultado más llevadero para los países nórdicos, acostumbrados al encierro forzoso de semanas e incluso meses en sus hogares cuando les caen encima las copiosas nevadas y las tormentas glaciales. Su desconfinamiento será el habitual de todos los años. Nosotros, en cambio, no estamos hechos de estos mimbres. Es traumático para un mediterráneo vivir preso en su casa, lejos del café y de la caña del bar con amigos y familia, exiliado de paseos y de fiestas patronales, privado del sol y de la brisa. Nuestra desescalada será tan necesaria como un sorbo de agua para un hidrópico.

Día 46. Me han mandado un vídeo de un minuto de duración tomado de un programa alemán del canal de televisión FTL. Quizás fue grabado hace varios años, tras la crisis de 2008. El entrevistador, Wolfgang Maier, un bromista de mala baba y con sonrisa sarcástica que hablaba un español correcto pero con acento teutón, estaba apostado a la entrada del Ministerio de Sanidad, en Madrid. Su objetivo era comprobar que los funcionarios que entraban al Ministerio para comenzar su horario de trabajo llegaban una media de cuarenta y cinco minutos tarde. Solo hay registrados cuatro testimonios, al final de los cuales, con descaro y burla hacia nuestra cultura, el pollo del micrófono habla a la cámara sin abandonar el cinismo: «Y este es el país que debemos rescatar. ¿Serán igual de eficaces devolviéndonos el dinero?».

Llevamos siglos soportando que países europeos como este nos infravaloren y nos denigren como «científicamente atrasados», «irresponsables» y «fiesteros». Sé de ciudadanos que sin escrúpulos han otorgado su beneplácito al vídeo de Herr Maier, que se han dado golpes en el pecho y han manifestado públicamente un mea culpa condenatorio de nuestras «costumbres patrias». Y ahí reside nuestro error, el cáncer que consume nuestra autoestima como nación. Afirmo que, en los tiempos actuales, es imperdonable nuestro complejo de inferioridad frente a otros países europeos, imperdonable porque no hemos aprendido a curárnoslo y porque ominosamente seguimos transmitiéndolo a nuestros hijos. No somos perfectos, como no lo es nadie, pero somos un gran país, con magníficos profesionales e investigadores, con un estilo de vida envidiable que inútilmente intentan copiar fuera de nuestras fronteras. En España tenemos muy olvidado a Larra.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 1, 2020

Diario de un confinado (X)

Día 43. Ha vuelto la vida a las calles. Los menores de edad han salido para dar un paseo de no más de una hora acompañados de un adulto. Esta mañana he visto a niños que lloraban confundidos o asustados tras seis semanas encerrados en sus casas, pero los más se divertían jugando con un balón, patinando o haciendo castillos en la arena de la playa. Al regresar de comprar el periódico, casi se choca conmigo una niña de apenas dos años que daba cortos y apresurados pasitos cuando ha visto el mar; su sonrisa rebosaba de alivio y de una emoción incontenible que nos contagió a su madre y a mí.

De todo lo visto esta mañana, algo me ha sorprendido muy gratamente: la prudencia de estas criaturas cuando se divertían junto con sus padres. Ha sido ejemplar ver cómo mantenían distancia de seguridad con los demás niños, cómo no se separaban de sus progenitores, cómo contenían el impulso de salir corriendo para desahogar sus músculos y sus nervios. Los niños, cuando son educados en la burbuja del respeto y de la urbanidad, suelen ser mejores ciudadanos que los adultos. Cuando crecen, el espejo deteriorado de la sociedad corrupta, violenta e injusta les mancha los ojos y les distorsiona la conciencia.

Día 44. Hoy me he acordado de la peluquería de David, a la que suelo ir. Me he acordado de ella no por mis vedijas, sino por sus espejos. La peluquería, con medio siglo de vida, fue diseñada a la antigua: sillones de barbero de cuero beis limados por el tiempo a juego con un confortable sofá, armario de madera empotrado donde colgar los abrigos, música suave, fragancia de pomada para el cabello mezclada con polvos de talco, variedad de bálsamos y cremas de afeitar y dos grandes espejos, uno frente al otro, que ocupan, de extremo a extremo, las dos paredes principales. Mientras me corta el cabello, me entretengo contemplando nuestras figuras multiplicándose y exponencialmente empequeñeciéndose como fractales hacia un infinito invisible. Muy rococó, muy teatral: una ilusión de la vista y de la imaginación. El habitáculo es un diminuto salón de baile versallesco reconvertido en una cómoda, discreta y bella barbería.

Los días del confinamiento son idénticos a esas imágenes repetidas hasta el vértigo en los espejos de la peluquería de David. Estos días han sido mera ilusión, un sueño de cuya cárcel saldremos dentro de unos días, y a partir de entonces, cuando el sol nos cubra de cálidos lametazos, tendremos la oportunidad de ver por primera vez otra realidad, la misma pero con distintos ojos cuando valoremos lo que las prisas y la deshumanización nos habían ocultado con sus vendas.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 29, 2020

Diario de un confinado (IX)

Día 40. En las calles no se observa tanto control policial. El desconfinamiento está a la vista y la presión se ha relajado. Hoy es 23 de abril y hemos celebrado el Día del Libro a través de videoconferencia y colgando en la red audiolibros, recitados de poemas y montajes audiovisuales para que puedan ser visitados por la comunidad educativa.

El tiempo, decía Ovidio, es el destructor de las cosas (edax rerum); con la lectura nos burlamos de él y acariciamos la eternidad. Miro hacia atrás y recuerdo el primer día de confinamiento, reparo en que estos cuarenta días me han sido leves e incluso fugaces gracias a la lectura y a la escritura. Alguna mañana, cuando me he despertado, he tenido la impresión de que habían pasado muy pocas horas desde el despertar del día anterior. El tiempo objetivo es absurdo, es superficial, es falso; nos esclavizamos a él para controlar el momento en que debemos ir a trabajar, recoger a los niños, acudir a una cita. Dalí derretía los relojes. En cambio, el tiempo subjetivo, el personal, sobrepasa los límites mecánicos de las horas porque se mide por la intensidad emocional con la que vivimos el instante: hay días que cabalgan desbocados y sin bridas; otros, en cambio, se ralentizan y se estancan, presos en las cadenas de la indolencia y del desánimo.

He vuelto a La Regenta. Con esta novela me sucede lo mismo que con el Quijote: cada relectura me regala un hallazgo sorprendente. Clarín es cervantista quijotesco en los diálogos, en la claridad y llaneza de su prosa, en la profundización psicológica de los vetustenses y en el humor, y goyesco en la deformación caricaturesca de los personajes y en la pintura de sombras y de seres nocturnos para acentuar la irracionalidad, la crueldad y la pasión incontrolada. Algunas escenas y cuadros de la novela de Clarín se reencarnan en el esperpento valleinclanesco, en versos de Antonio Machado («El pasado efímero») o en la Bernarda Alba de Lorca.

Día 42. El principio del fin del confinamiento. Dentro de una semana podremos salir a pasear y practicar deporte al aire libre. Hoy, el sol no tiene prisa y se demora derretido por fachadas, balcones y ventanas. Silencio.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 27, 2020

Diario de un confinado (VIII)

Día 34. Raro es ver a alguien en la calle o en un comercio sin protección facial. Siempre miré con distanciamiento y frialdad las imágenes televisivas de japoneses embozados en mascarillas higiénicas, solos entre la multitud, con la vista fija en sus tamagochis y en sus móviles. Dos décadas después me estremece contemplar las mismas escenas en mi país, pero no creo que acabemos convertidos en ciudadanos esquivos y recelosos, de ojos ausentes.

Día 35. Por fin, el Gobierno anuncia que, dentro de una semana, podrán salir a la calle los menores de edad acompañados por un adulto. Subrayo «por fin». Sigo sin comprender por qué al perro se le saca cuatro o cinco veces al día para que se alivie en la vía pública y los padres no pueden ir a comprar el pan acompañados de su hijo de ocho o de doce años —por poner una franja de edad— llevándolo cogido de la mano y protegido convenientemente.

Una triste realidad: muchos jóvenes no han aprovechado estos días de reclusión para encontrar la paz interior, para dialogar consigo mismos. Estos chavales criados en la prisa y en la inmediatez, en la impaciencia, se pasan el día enganchados a varias redes sociales, a una serie, a un videojuego. Culpo de esto a la sociedad, a la escasa inversión de los Gobiernos en la prevención de estas adicciones y a los padres, para los que les es más cómodo darles a sus hijos una pantalla para que no molesten que educarlos con diálogo, paciencia, comprensión y cariño familiar. Estos jóvenes de los que hablo apenas ejercitan la lectura pausada y silenciosa que les abre las puertas hacia la madurez intelectual, hacia el pensamiento crítico, hacia la libertad, hacia la Belleza. Todo esto es un ejemplo visible de la infelicidad. La gran mayoría de nuestros jóvenes son infelices. El estudio, el interés por aprender e investigar y el cultivo de la virtud parecen olvidados. No quiero mostrarme como un moralista exaltado; procuro exponer con objetividad en estas líneas lo que veo. Me consuela, al menos, comprobar que quedan jóvenes que huyen de este modus vivendi.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 22, 2020

Diario de un confinado VII

Día 28. Para informarme leo la prensa. Compro periódicos cuyo posicionamiento ideológico es opuesto al que airean los rotativos afines al Gobierno. Las madres no abandonan a sus hijos por muy mal que se hayan portado; hay que enjuiciar la supuesta fechoría del niño y analizar el comportamiento de la madre desde fuera y sopesando la información que llega de un lado y de otro.

Charla amena con dos empleados de la librería; conversación distendida, amable, educada, sin reloj. Hay ganas de socializar, de intimar incluso con personas que no conocemos; hay hambre de palabras y de sonrisas.

Todas las semanas me comunican el fallecimiento de algún amigo o conocido. No son sus muertes lo que me cuesta asumir, sino que sean tantas y tan seguidas.

Curiosa contradicción: al comienzo del Estado de Alarma me aterraba el largo e indefinido confinamiento; ahora que me he acostumbrado a la paz, al silencio, al sosiego y a mi otro yo, lo que me asusta es volver a la cotidianidad del tráfago, del ruido, de la contaminación, de las prisas y de la distorsión íntima.

Día 31. Una alumna, E. B., ha escrito dos greguerías brillantes para un trabajo de clase. Una de ellas encierra una concepción del tiempo anclada en el Πάντα ῥεῖ (`Todo fluye´) heraclitano: «Ya no hay días; solo mañana, tarde y noche». Brillante. La otra exhibe un existencialismo vitalista magnífico: «Las salidas ya no son las puertas». Creo que nuestros jóvenes están infravalorados e hipomotivados. Cuánto podríamos aprender de ellos empleando metodologías menos academicistas, menos «asignaturistas», en palabras de Emilio Lledó.

Día 33. Con las últimas lluvias de abril y el sol de primavera, la Naturaleza se ensancha pletórica y fuerte liberada de la esclavitud del consumismo. Por unas semanas, ella enseñorea la Tierra, aún herida con nuestras afrentas. No recuerdo desde la niñez un aire tan transparente ni una flora tan rediviva.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 15, 2020

Diario de un confinado (VI)

Día 25: Por fin he salido de la crisálida de ansiedad y de enclaustramiento oscuro. Siento de nuevo la luz correr por las venas de mis ojos y mi mente descongestionarse como si decenas de esclusas se hubiesen abierto para liberar presión.

Es muy diferente hacer de la prisión hogar que del hogar prisión. En una prisión, la celda y el resto de las dependencias no ofrecen las mismas comodidades que las de tu casa, pero el cuerpo se adapta con rapidez a ese nuevo lugar extraño y se mentaliza de que ha de vivir con estrecheces y respetando un nuevo horario, nuevos espacios y nuevas personas. Pienso en los confinados en zulos, sin ver la luz del sol y sin moverse, y recuerdo a algunos de ellos salir el día de su liberación desorientados y desnutridos. Pienso en San Juan de la Cruz, preso casi un año en el convento de los Carmelitas de Toledo en un agujero de piedra tan estrecho que no podía dormir con los pies extendidos. Torturas, frío y mala alimentación. Ocho meses enjaulado en esa celda de piedra en la que solo había un poyo tallado de la roca y desde el que escribió algunos poemillas y las primeras treinta y un liras del Cántico espiritual, la más alta expresión del lenguaje poético. Puso música a sus versos y los cantaba con voz de agua seca para hallar sosiego y alivio en su cautividad.

Hacer del hogar prisión, en cambio, consiste en transformar tu ámbito de libertad, tu patria más íntima, en jaula de hormigón, en pintar de incomodidad la comodidad de tu espacio vital. Por ello, la mente se resiste a aceptar la transgresión. Sospecho que los primeros días después del confinamiento viviremos en nuestras casas de una manera distinta, con una sensación paradójica entre la necesidad de seguir viviendo en ellas y desear estar el menor tiempo posible entre sus paredes.

Con tantos muertos acumulados, muchos de ellos incinerados o inhumados en el frío vacío del abandono, todas las banderas de edificios oficiales del país deberían ondear a media asta.

Esta mañana, decenas de vencejos han vuelto. Todo el día trisando de gozo. Celebran la vuelta a casa.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 8, 2020

Diario de un confinado (V)

Día 19: Tedio. Espesura de horas. Los minutos aplastan, los días confunden. Casi tres semanas metido en esta jaula de hormigón. He perdido la sensación del tiempo: no recuerdo si fue esta mañana o la mañana de ayer cuando leí este párrafo o aquel; por la tarde no logro acordarme de lo que he comido a mediodía.

Todo se ha ralentizado. Mi mente no está tan fresca y ágil. Cuando escribo o leo parece que voy caminando por barros cenagosos, por miasmas de segundos estancados. Apenas resisto un par de horas concentrado; luego, el cuerpo me arrastra a un pozo de quietud del que me cuesta mucho salir. Por videoconferencia me muestro espeso y articulo mal las palabras. El televisor solo despierta cuando quiero ver una película o escuchar música. Estoy calladamente aislado del exterior.

Mi cuerpo rechaza la comida como si hubiese entrado en un letargo de angustia y de ansiedad. Con el plato delante, las tripas responden con tímidas arcadas, pero debo comer para no entrar en un bucle autodestructivo. Los primeros bocados son lentos, masticados con lentitud, deglutidos con suavidad para abrir la boca del estómago. Hago bien la digestión.

Buena noticia. Acabo de enterarme de que un periódico es producto de primera necesidad. Ya podré salir todos los días a comprarlo, con mis guantes y mi mascarilla casera. Aprovecharé para traerme lo que me haga falta.

No salgo a aplaudir cuando llegan las ocho de la tarde, pero me acuerdo todos los días de los médicos y enfermeros que están dejándose la salud y la vida salvando las de otros. Y de los investigadores que han conseguido en tan solo un mes secuenciar al completo el genoma del Covid-19. Y de los agentes y militares que velan por nuestra seguridad. Y de los enfermos que sufren. Y de los ancianos, solos o abandonados, tan vulnerables, resignados ante lo que pueda llegar. No salgo a aplaudir a las ocho de la tarde, pero el recuerdo de todos ellos y el aplauso de mis vecinos me ponen en pie y me emocionan. Somos un gran pueblo de millones de héroes anónimos. Un orgullo formar parte de él.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 1, 2020

Diario de un confinado (IV)

Día 11: Las cifras oficiales de infectados no coinciden con la realidad. Algunos amigos médicos me comentan que hay decenas de miles en sus casas que están soportando desde el anonimato o el abandono los efectos de la enfermedad. Solo si es muy grave y ven que es irreversible, llaman a la ambulancia para que trasladen al enfermo a la UCI.

De algo estoy muy seguro. Esta pandemia equivaldrá a una limpieza generacional en la que solo sobrevivirán los que presenten una magnífica salud y un sólido sistema inmunológico. Este holocausto, cuyas gravísimas consecuencias conoceremos dentro de varios meses, sanará, paradójicamente, la economía mundial y se reavivará de una manera lenta pero poderosa como se recupera la salud de un paciente que ha salido del coma.

El ascensor lleva todo el día funcionando. Que si bajan la basura, que si sacan al perro tres o cuatro veces para que se desahogue el uno y estire las piernas el otro, que si tienen que comprar el pan, que si van a la farmacia, que si cogen el coche para ir a la oficina, que si… Los aplausos de las 8 son menos numerosos, menos ruidosos, más desencantados; algunos aprovechan para tirar petardos desde las ventanas… qué más da, si las calles están vacías.

Yo sigo confinado con mi soledad. Un carguero surge en el horizonte: parece que se desliza sobre el mar como un caracol, a ritmo lento, dejando tras de sí un rastro de espuma. Los días se dejan vencer con la misma parsimonia, con una laxitud similar, como el eco de un lejano latido.

Por la tarde, los cielos se han abierto y ha salido el sol. La limpieza del aire favorece que el mar deslumbre con unas tonalidades vivísimas, desde el azul oscuro del horizonte hasta el verde esmeralda de la orilla. Todo continúa dentro de una calma a la que se han acostumbrado mis oídos. Cuando regresemos a la actividad diaria y bulliciosa, a la vida social, espero que todos vivamos como si hubiésemos despertado de un mal sueño del que solo haya quedado una incómoda pero ligera resaca. Con el sol siento que vuelve la vida.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 29, 2020

Diario de un confinado (III)

Día 8: Esta mañana ha caído la primera lluvia de la primavera. Una lluvia generosa y pacífica, abundante y silenciosa, cálida, sin vientos ni tormentas. Tan solo llovía: agua escanciada de las heridas abiertas de las nubes.

Nada parecido a la borrasca de anoche. Un militar que forma parte del Equipo Técnico del comité de gestión del Gobierno para la crisis afirmó que estamos en guerra, que todos los días son lunes, que estemos en alerta porque el enemigo es silencioso y letal, y que todos juntos, desde las trincheras de nuestros hogares, vamos a vencerlo, que «el espíritu de servicio no es exclusivo de los militares» y que el Estado espera de nosotros que «nos comportemos como soldados». Todas las noches abro la terraza después de los aplausos de las ocho y ayer no fue una excepción. Escucho a los vecinos en sus tertulias. Uno sostenía que a los ciudadanos hay que hablarles como tales no como soldados, que qué es eso de dirigir discursos marciales a la población civil. «O sea, que estás con la patria o contra ella: si sales sin guantes ni mascarilla eres un traidor y mereces la reprobación general». Otro apoyaba esta argumentación afirmando que el objetivo del Gobierno no es otro que crear pánico, que la gente no salga para que no haya más contagios y no se colapsen los hospitales. «Ahí está la razón de todo: no colapsar el sistema sanitario, y para ello todo el mundo en casita, y, claro, si todo el mundo está en casita la economía se estanca. El número de fallecidos es un asunto grave, pero, para el Estado, lo prioritario es frenar los contagios». De una ventana abierta se despeñaban varios «Viva España» y ese famoso pasodoble de Manolo Escobar que le compusieron dos belgas. Sin venir a cuento me vino el estribillo de una canción de Olé Olé, y se me quedó pegado en la boca varios minutos: «Soldados sin batalla/ (Los dos) manteniendo guardia/ (Tú y yo) Protegiéndonos/ (Los dos) Soldados del Amor».

Hoy, en los bordes de una trocha que serpentea desde mi casa, la hierba reverdece con fuerza gracias a la lluvia. Los brotes de las margaritas empujan por abrirse. No los veo desde mi ventana, pero siento su latido de vida. La primavera viene con fuerza.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 25, 2020

Diario de un confinado (II)

Día 5: Llevo dos días sin salir de casa. Sigo con disciplina las tareas diarias. No tengo el ánimo para vestirme, salir a comprar algo de comida y volverme con el espíritu entristecido después de ver las calles y el paseo huérfanos de vida humana. Mañana, de todas formas, tengo que comprar pan, verdura y algo de droguería. Llevo dos días sin enchufar el televisor porque me he dado cuenta de que las interminables y apocalípticas noticias sobre el virus enturbian la mente y la sumen en una niebla de desesperación y de angustia. No quiero seguir contando infectados ni muertos, no quiero que me repitan que esto va para largo y que lo peor está por venir. Ya lo sabemos todos.

Ayer, una señora se sentó en un banco de la urbanización para leer. Estaba sola y no molestaba a nadie. Alguien, desde una ventana, le gritó «Asesina, métete en casa». Se levantó asustada y al instante entró en su portal. El pánico incontrolado arrastra a la gente a la desesperación, y la desesperación a la violencia, a la delación y a cometer actos inmorales. Me cuentan que una señora que ayuda en un refugio de animales y que lleva años acogiendo en su casa perros abandonados está alquilando sus canes a 10 € la hora para que los paseen quienes no soportan el confinamiento. Cuando pasen cinco días más, no quiero imaginarme hasta dónde pueden llegar algunos.

La suerte que tenemos los lectores es que podemos salir de esta realidad inmediata y pasear con el autor por los ambientes que ha creado mientras nos va presentando a sus personajes, a los que, desde la quietud de nuestro sillón, observamos y analizamos en sus comportamientos, costumbres y diálogos. La lectura ahora no es solo placer; es necesidad. Descongestiona el espíritu, fortalece el ánimo, se burla del tiempo. Estoy releyendo ­Años y leguas, de Gabriel Miró, que para Azorín «no solo es una obra capital en nuestras letras, sino que marca una época en nuestro pensamiento literario». Con Sigüenza paseo de nuevo por las calles de Polop y por los campos de La Marina en esta destemplada tarde de marzo que se apaga, silenciosa y enferma, enroscada en las patas de mi sillón.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 19, 2020

Diario de un confinado (I)

Día 1: Me he levantado temprano. Casi ocho horas de sueño. Paz. El mundo no se movía: ni ruido de motores, ni voces, ni tráfago de personas; la Naturaleza, sí: mirlos cantando como un día más, como un día cualquiera. Ellos no saben de calendarios ni de horarios ni de fiestas de guardar ni de aislamientos. Unos cuantos perros nerviosos ladran por pisar la calle. El mar se oye como si lo tuviera en casa.

He desayunado acompañado de un silencio aislado y mudo, sin voluntad de hacerme compañía. Cuando se vive una situación como esta, de pánico general y de confinamiento domiciliario forzoso, hasta el silencio parece no formar parte de uno; está desprendido de ti, como un cromo que pierde adherencia por la humedad.

Hace un día primaveral, suave. Debo salir para comprar pan y algo de comida. Por si me para la Policía, dentro de la bolsa he puesto el envoltorio de un medicamento para justificar que voy a la farmacia. No es obsesión, pero he sentido el aire de la calle más limpio que nunca. Creo que he andado mucho, casi dos horas.

La tarde se hace espesa y lenta; se derriten los minutos y se pegan en la ropa como manchas de aceite. No los puedo limpiar. Dejo de leer y enciendo el televisor. Los contertulios hablan muy juntos y felices, sin mascarillas ni guantes, como si la fiesta no fuese con ellos. El tiempo se me hace pesado e insoportable. Me voy a dormir.

Día 2: Nublado y húmedo. Poco viento. He salido a comprar otra vez: cosas que no necesito hoy pero quizás mañana me hagan falta. Poca gente en la calle. Policías preguntando a los peatones. A uno, que va protegido, debo enseñarle el interior de la bolsa. «Circule». No me mira cuando me habla, nadie mira a nadie en la panadería, en el supermercado, en la farmacia.

Debo seguir un plan de organización y cumplirlo con disciplina germánica. Ducharme, desayunar y algunas horas de estudio y trabajo. Limpiar la casa, hacer la comida, comer y siesta. Lectura y estudio, algo de ejercicio, pijama, cenar y a la cama. A ver mañana.

Día 3: Más de 11.000 contagiados y casi 500 fallecidos. España cierra sus fronteras terrestres.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 11, 2020

“Fucking machist”

A mí me enseñaron a dirigirme con educación a un adulto fueran cuales fueran su trabajo y su estatus social. Era una norma socialmente admitida que había que ceder la derecha de la acera a los ancianos y a las señoras. Y que había que levantarse de la silla para saludar a quien llegaba hasta tu mesa, y apartarte sujetando la puerta para que pasasen quienes venían detrás de ti. No soy machista, pero he de admitir que había bastante educación en aquella sociedad patriarcal de hace décadas y que uno se sentía mejor persona cuando ejercía esas reglas de urbanidad.

Fue en St. Andrews, Escocia, en abril de 1992. Unos compañeros de Universidad y yo estábamos en el Students´ Union, el pub estudiantil, tomando unas cervezas. Recuerdo, a pesar de los años que han transcurrido, que charlamos de fútbol, de los profesores y de lo mal que se comía por esas latitudes. Marchamos un poco antes de que cerrasen. Quedaba poca gente en el local. Iba yo delante, así que abrí la puerta, la sujeté y me aparté para que pasasen primero mis compañeros. Me di cuenta, cuando ya iba a salir yo a la calle, de que dos chicas estaban a punto de abandonar el pub. Dos chicas vestidas al estilo punk que tanto se llevaba entonces. Así que volví a apartarme y, con la puerta aún sujeta, les sonreí mientras esperaba a que saliesen. Pero una de ellas se detuvo justo enfrente de mí, me miró con violencia y me dio tal bofetón que a buen seguro se escuchó en algún rinconcito de España. La agresión terminó cuando me escupió dos palabras con las que firmó su despedida: «Fucking machist». No miento si digo que me dolió más la ira con que me insultó que la fuerza con que me abofeteó. Mis amigos se acercaron y me preguntaron qué les había hecho. «Nada, que yo sepa», les dije con los ojos humedecidos de una incomprensible culpabilidad, «solo las dejé pasar».

Casi treinta años después, ese virus se ha instalado aquí y nos ha convertido en peores personas, en ciudadanos asociales. Ya no cedemos el paso por miedo a, ni besamos al saludar por miedo a, ni bromeamos por miedo a, ni opinamos por miedo a.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 4, 2020

El traje

Paco es un buen parroquiano. Tiene varios hijos y dos nietos. A pesar de la edad, mantiene una salud y un humor inquebrantables. Es el campo, dice siempre, es la tierra, y el aire y el agua. Y te enseña las manos, poderosas y atávicas, y con ellas se golpea la cara, marcada en surcos casi paralelos. Y sonríe mirándote sin pestañear como mira la tierra mientras hunde en ella la azada. Cuando entra en el bar de Antonio y acoda en la barra sus casi dos metros de agricultor, los demás parroquianos nos aproximamos a él para saludarlo como hacen los perros con el cazador. Nunca habla hasta que ha bebido el primer sorbo de café.

El otro día vino con chaqueta de traje y sin corbata. Una chaqueta antigua pero nueva, que se le había quedado estrecha. La llevaba abierta. Pidió café, sorbió el primer trago y comentó que venía de una reunión que habían mantenido otros representantes del campo con negociadores políticos para pedir mejoras económicas para el sector agrario. La tierra que trabajo era de mi padre, y él la heredó del suyo, y yo se la voy a dejar a mis hijos y a mis nietos para que también la trabajen, aunque no ganen dinero con ella, pero la tierra hay que trabajarla, todos los días, y hundir en ella tus pies, mis hijos ya lo saben muy bien; la tierra no hay que venderla como quieren que hagamos estos; cuando se ha labrado tanto y has mojado tu tierra con tu sudor y con tu sangre, esa tierra ya no se vende, porque ella ya es parte de ti y tú eres parte de ella, y esa tierra se trabaja hasta que te mueras y entierren tus cenizas en ella.

Entró al poco otro parroquiano y se extrañó de ver a Paco con chaqueta. «¿Qué celebras?», le preguntó por detrás mientras le palmeaba la espalda, dura como caliza. Él se volvió, lo miró sin sonreír y le dijo con su voz grave y oscura: «Este traje solo me lo he puesto dos veces: para casar a mi hija y para enterrar a mi padre». Y hubo un silencio de platos y de cucharillas que pronto se rompió cuando el último en llegar invitó a la siguiente ronda.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 26, 2020

Mi bombilla

Cuando se funden, voy cambiando todas las bombillas viejas de mi casa por un led. Dicen que, a la larga, este tipo de bombilla es más económico y ayuda a bajar la contaminación del planeta. La que más ha aguantado ha sido la que más quería, la de la lámpara de la mesa cuadrada del salón, encajada como una pieza de Lego entre los dos brazos de mis sofás, bajo cuya luz cálida he acunado a mi hijo, he abrazado a mi mujer, he leído tantos libros y me he quedado dormido tantas y tantas noches. Ayer, al encenderla, mi bombilla parpadeó una luz anaranjada y mortecina, una luz sin fuerza; parpadeó con sufrimiento y finalmente se apagó para siempre. Estaba tan acostumbrado a ella que no terminé de creerme que se hubiese fundido así, sin más, sin avisar, sin despedirse. Incluso di varias veces al interruptor por si el apagón se debía a un fallo en el paso de la energía, pero no. La desenrosqué con cuidado, la coloqué sobre la palma de mi mano para examinarla por última vez y bajé a la tienda de Fernando para que la inhumara en el contenedor de reciclaje de bombillas muertas. Le compré una nueva. Un led, le dije, con una luz blanca y alegre que ilumine con potencia el salón. «Toma este; es algo más caro pero te va a durar muchos años y apenas consume. Casi todo el mundo se lo lleva».

En la caja, como si fuera su currículum, se me aseguraba que tenía una vida de 15.000 horas, así que, tras hacer mis cuentas calculadora en mano, comprobé que viviría unos diez años, tanto como mi bombilla de siempre, que ahora estaría amontonada en aquella fosa común de cristales y casquillos, fría e inerte, abandonada. Enrosqué el led y el salón se iluminó al momento con una luz joven y fuerte, impulsiva y vanidosa, una luz que se hizo dueña de todos los ámbitos de mi salón, limpiándolo de sombras.

Me senté junto a la mesa para acostumbrarme a la nueva luz, aséptica e hiriente como la de las lámparas quirúrgicas. Pensé con desdén que, en los próximos años, los dos contemplaríamos cómo envejece el otro, cómo se le va fundiendo la luz al otro y, por último, quién sobrevive a quién.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 19, 2020

“Sfumato”

Me han cambiado las gafas. El optometrista ha certificado que mi presbicia aumenta exponencialmente y que es tan irreversible como el deshielo de los polos. Además, ha insistido en que este aumento sería más lento si pusiese de mi parte porque mis gafas son ocupacionales y debo quitármelas cuando no esté leyendo o me encuentre fuera de casa o del edificio donde trabajo. Le pregunté por qué las llamaba así, «ocupacionales», y me respondió con una sonrisa ocupacional que porque solo hay que usarlas al leer o en el ámbito de trabajo. Llamar a unas gafas «ocupacionales» no deja de ser sarcástico, y más cuando quien las lleva puede estar cobrando el subsidio de desempleo. Desde esta premisa tan absurda, los zapatos que llevo puestos cuando entro en clase también son ocupacionales, y el bolígrafo azul que me regaló mi aseguradora, y la mochila que llevo a cuestas todos los días como un Sísifo sin montaña, o el ordenador con el que estoy escribiendo ahora estas líneas, y también son ocupacionales las palabras que pronuncio en clase cuando les explico que, a pesar de su expansión por el mundo, la lengua española es un dialecto cada vez más corrompido de ese latín que se hablaba hace siglos en esta isla de conejos.

Pues sí. Obedezco al optometrista y me quito las gafas cuando salgo de trabajar, cuando voy a la esquina de enfrente a comprar el pan o cuando me monto en el coche para pasar el fin de semana lejos de estas calles por las que paseo todos los días con mi mochila, mi bolígrafo, mi ordenador y mis zapatos ocupacionales. Y es entonces, al quitármelas, cuando el mundo adquiere otra dimensión: el sfumato. Da Vinci pintaba así, difuminando las imágenes y los paisajes porque aumentaba la sensación de realidad y la de profundidad. Sin las gafas, los contornos de la vida se desvanecen en una neblina irreal que me provocan una sensación de bienestar. No me mareo ni me caigo. Distingo a las gentes cuando se aproximan a mí, no en la lejanía. Todo adquiere una dimensión creíble, tan real que quizás sea la que de verdad es y no la que veo cada vez que me pongo mis gafas ocupacionales.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 12, 2020

Morceguillos

Los españoles somos remilgados a la hora de comer. No me refiero a que sabemos alimentarnos bien y a que nos gusta disfrutar de buenas viandas; no van por ahí los tiros. Ese refrán castellano, más viejo que un bancal, de que «todo lo que corre, nada o vuela, a la cazuela» nacería en una época en la que habría demasiada hambre por las aldeas y pueblos de nuestra geografía, y estaría hermanado con ese otro que reza que «lo que no mata engorda». Pero seamos sinceros: no nos comemos todo lo que corre, ni todo lo que nada ni, menos aún, todo lo que vuela. A mí me da que la genética de este aforismo no es de la cepa hispana, sino de la asiática.

Estuve en China hace unos años. En un mercado callejero de Pekín se vendía todo lo que podía cocinarse. Bicho que veían, bicho que se comían. Recuerdo los pinchos morunos de alacranes, los muslos de rata fritos, los gusanos de seda podridos salteados con especias, rodajas de serpiente en salsa, los excrementos de oruga usados como infusión para favorecer el tránsito intestinal —no me extraña su eficacia—, anfibios, babosas, todo tipo de pájaros y hasta morceguillos en caldo. Morceguillos, sí. En mi tierra solemos usar morceguillos en lugar de murciélagos aunque la RAE siga sin incluir el vocablo en nuestro diccionario. A mí me gusta más que murciélago: se ajusta más a su étimo murciégalo y suena más agradable en los contextos lingüísticos en que se emplea, tiznados de connotaciones negativas: «Tienes más mala leche que un morceguillo»,«Veo menos que un morceguillo», «Míralo, todo el día haciendo el morceguillo» (`sin hacer nada´).

El caso es que el coronavirus de Wuhan se contrajo en un mercado callejero. Los morceguillos —qué mala leche— le transmitieron el virus al pangolín y este, aunque tiene cerca del ano unas glándulas que segregan un ácido fétido, tampoco se libra del hambre de los chinos, que consideran su carne una exquisitez. El pangolín es en China lo que el cordero lechal en España.

El final viene servido: estas son las consecuencias de seguir dietas temerarias y algunos refranes equivocados: a veces, lo que engorda mata.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 7, 2020

Gloria

Los estragos medioambientales de Gloria aún son visibles a lo largo de la costa del Mediterráneo. La devastación del delta del Ebro y de miles de hogares cercanos a la línea del mar conlleva consecuencias irreparables que van más allá de las económicas. Hartas de las continuas inundaciones y de los nulos medios que las autoridades responsables aplican para desviar el curso de las vaguadas, muchas familias han puesto en venta sus casas, los hogares de sus padres y abuelos, a un precio irrisorio para trasladarse tierra adentro. El mar, como la muerte, es una invencible emperatriz, altiva y caprichosa, que absorbe consigo, hasta el agujero negro de sus entrañas, todo rastro de vida y de presencia humana.

Como un castigo de los cielos, Gloria convulsionó los cimientos cenagosos del Mediterráneo, los catapultó hacia la superficie y los vomitó en las turísticas arenas de nuestro litoral. Olas que superaban los siete metros escupían a la tierra peces y restos de plásticos y de envases de difícil digestión. La soberbia humana, la vanidad de creernos que somos los dueños de este planeta, la insensatez de no vivir en armonía con la Naturaleza, la estupidez al ignorar que somos una forma de vida ni más ni menos importantes que las demás… todas ellas, nuestras faltas capitales, humilladas durante unos días por una DANA. Yo escuché el mensaje cuando salí hace tres días a pasear por la orilla del mar y me encontré en la arena, entre jirones de algas, con un envase de yogur de hace treinta y cinco años, igual que el que tomaba cuando era un muchacho. Miré el envase, apenas deteriorado, con el papel aún pegado, con la tinta de las palabras algo borrada. Lo reconocí enseguida y me estremecí hasta lo más profundo de mis recuerdos.

¿Qué estamos haciendo? ¿Dónde está la armonía de nuestra especie con la Naturaleza? ¿Alguien, dentro de unas décadas o siglos, podrá justificar y perdonar nuestra falta de humanismo? Entré, penitente y apenado, en el mar y me sumergí en su esencia de tiempo; al salir, recogí el envase y lo llevé a mi casa, apagada y fría. Esa noche, sin duda, mi hogar se iluminó.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 29, 2020

Reservas

Cuando llamaba a un restaurante para reservar una mesa, tomaban nota de mis datos a la pregunta «¿A nombre de quién?». Aunque insistían en que bastaba con el nombre propio, siempre les facilitaba el primer apellido. Cierto es que no somos muchos los que nos llamamos «José Juan», pero haberlos haylos y cada vez más, y solía rumiarme la intranquilidad de que otro que se llamara igual que yo se me hubiera adelantado, hubiera aprovechado la confusión y estuviera ocupando mi mesa al llegar yo acompañado de mis familiares o amigos.

Así que, como nadie del restaurante te pide el DNI para comprobar tu identidad, decidí hace unos meses emplear el nombre de escritores o de personajes literarios de cierta relevancia, conocidos por cualquier lector de buen gusto. El primer intento tuvo tanto éxito que, desde entonces, no he abandonado la «reserva literaria». Fue en un restaurante mejicano. «Perfecto. Una mesa para tres. ¿A nombre de quién?». «Miguel de Unamuno». «¿Una qué?». Con genio y con un tono de voz algo agriado, desconocidos hasta ese momento en mí, le respondí: «U-na-mu-no, así como suena, señorita, y sin hache inicial». Y llegué y me senté y comí como Miguel de Unamuno.

He de reconocer que la técnica la depuré estas últimas semanas: el nombre escogido dependía de mi estado de ánimo o del autor que estuviera leyendo. Si me sentía flamenco, cenaba como Antonio Torres Heredia; si tiraba hacia la melancolía, como Augusto Pérez. Fuimos a comer a un restaurante indio dos días después de enterrar a un conocido y reservé la mesa como Andrés Hurtado. Últimamente recurría con frecuencia a algunos poetas del 27. Cerca de Orihuela comí en un restaurante de ambiente taurino con el nombre de Gerardo Diego, y el de Luis Cernuda me daba mucho juego en los de comida mediterránea (italianos, griegos, árabes…).

Un día me saludaron por el paseo marítimo: «Buenos días, señor Cernuda». «Disculpe», le respondí con una sonrisa amable, «se ha confundido de persona». Y el muchacho, disipada la confusión inicial, siguió su camino. El mes que viene me paso a la literatura hispanoamericana.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 22, 2020

Triste lunes

Ya se fue el lunes triste, el lunes más triste del año, el tercer lunes de enero según los expertos. Desde 2005 vienen insistiendo unos psicólogos británicos en que este día, al que ellos llaman Blue Monday, nos hundimos en la miseria más profunda porque esta fecha coincide con la cumbre de la cuesta de enero, justo cuando nos vienen los cargos de la tarjeta de crédito, que nos dejan más tiesos que las desnudas ramas de los tristes árboles de los inhabitados parques. Están convencidos estos profesionales de la Psicología de que es este día y no otro cuando el cuerpo sufre un choque anafiláctico al percatarse de que queda todo un año por delante, todo un año cargado con las mismas estupideces de todos los años: los mismos discursos, las mismas promesas, las mismas mentiras, las mismas corrupciones, las mismas fiestas de guardar y de olvidar. Lo mismo. Siempre lo mismo. Y dicen también estos hijos de la Gran Bretaña, expertos, como digo, en analizar las mentes, que este lunes suele haber una bajada generalizada de las temperaturas y apetece quedarse en casa, con una indolente tacita de café caliente entre las manos y una mantita sobre las canillas, escuchando Chopin, leyendo un libro o viendo Sálvame Limón, Sálvame Naranja, Sálvame Banana y, para rematar, sálvese quien pueda. Deberían especificar los brexitanos que lo del frío polar será por esos barrios, porque por Canarias, Argentina y Brasil están, en pleno mes de enero, disfrutando de un Happy Monday, embadurnados hasta las orejas de protector solar, con un mojito entre las piernas y tumbados en toallas de playa. Ya se ve que la alegría va por barrios.

No nos engañemos: lo que se pretende —según otros psicólogos expertos— es convencernos de que hay que consumir más, que aflojando la billetera se nos va la tristeza. Qué curioso este invento capitalista de relacionar color-día de la semana: Blue Monday, Black Friday. Quizás esté al caer del arcoíris inglés un ecológico Green Thursday.

El lunes, pobrecito, está triste, ¿qué tendrá el lunes? Que sus suspiros melancólicos lleven tanta gloria como paz dejan.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 15, 2020

Niños

En ocasiones veo niños, niños que están donde no deberían estar. Es como si se me despertara un sexto sentido: veo adultos comportarse como niños y niños comportándose como adultos. Veo adultos enzarzándose desde la tribuna de oradores en vergonzosas peleas de patio, adultos escupiéndose insultos y descalificaciones en redes sociales como alumnos sin educación, adultos inmaduros incapaces de controlar sus estados de ánimo, de disimular su nerviosismo gritándose en cualquier sitio, delante de quien sea. Son como niños maleducados a los que se les ha olvidado o no se les ha enseñado normas básicas de respeto y de convivencia. Es un mundo puesto del revés, bocabajo, con la cabeza en los pies y los pies sobre los hombros, un mundo caótico y decadente, sin sentido, angustioso, aterrador, abocado al caos y a la violencia.

Y también veo niños vestidos de adultos. Veo niños acompañando a políticos pedofrastas en sus campañas electorales para despertar la ternura en los votantes; niños en anuncios de televisión que ayudan, sin ser conscientes de ello, a la economía familiar; niños desnutridos, al borde de la inanición y de la muerte, criaturas de ese tercer mundo al que nunca querremos ir, en campañas publicitarias que nos invitan a ingresar dinero en la cuenta corriente de la oenegé de turno; niños hiperactivos e impertinentes participando en concursos televisivos de cocina, de canto, de interpretación, de lo que sea; niños endiosados, idolatrados por millones de personas, recorriendo el planeta con mensajes de paz y de salvación climática, en loor de multitudes.

En ocasiones veo niños que están donde no deberían estar, niños que tendrían que llevar una vida de niños, en los parques, en sus casas, en las escuelas, jugando con sus familiares y amigos, con sus mascotas, paseando por las calles de la mano de sus padres, aprendiendo lo que debe aprender un niño al ritmo de un niño, protegidos de las garras de este mundo violento, cruel y engañoso, niños que descubran, por ejemplo, la belleza de unas palabras pescadas en las profundas aguas de papel de un buen libro.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 8, 2020

Galdós

Se cumple un siglo de la muerte de Galdós y no quería desaprovechar la ocasión para escribir unas líneas sobre él dentro de las cuatro paredes de esta columna sin techo entre las que ya llevo unos años haciendo cabriolas para que se asomen desde arriba y me lean. No trataré cuestiones filológicas ni técnicas narrativas del escritor canario. No es el lugar. Pero sí compartiré con ustedes unas cuantas razones por las que hay que leer a este autor.

Galdós es atemporal. Encasillado en el Realismo, late en sus novelas una preocupación patriótica —que tanto inspiró a los del 98— de reflotar el hundimiento espiritual y cultural en el que España había encallado desde 1868 y que tan bien entendemos desde la perspectiva actual. Ello se ve en su crítica a la hipócrita moral burguesa, con su desapego de la cultura y de las duras condiciones sociales y laborales que sufrían las clases sociales más desfavorecidas, una burguesía urbana y rural infectada por la laceria y obsesionada con la apariencia y con el hedonismo. Su pluma disecciona a la Iglesia para mostrar a los lectores que hay sacerdotes sin vocación y corruptos, una institución religiosa en connivencia con la inmoralidad burguesa y, temerosa de perder sus privilegios y su protagonismo social secularmente heredados, actuando en los instrumentos de la política y de la educación.

Pero Galdós también es quijotesco porque en novelas como Fortunata y Jacinta, Marianela, Tormento, Nazarín, Misericordia o Tristana, el autor trata con suma ternura y con amargo pesimismo a los dos grupos sociales más vulnerables: por un lado, los niños, tanto los pobres (maltratados, analfabetos y malnutridos) como los ricos (egoístas, malcriados y crueles), niños que serán la siguiente generación infectada con las mismas inmoralidades. Y, por otro, la mujer, víctima de maltratos y de vejaciones, relegada al ámbito del hogar y amordazada por la Iglesia y la sociedad. Felipe, Nazarín, Tristana o Tormento son algunos de los supervivientes que nadarán, no sin esfuerzo, hasta la costa de su liberación social y personal.

Hay que leer a Galdós: sus obras son espejos pulidos que reflejan la vida tal como es, sin veladuras ni maquillajes.

Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 18, 2019

El décimo

A veces, cuando me apetece desconectar, callejeo sin rumbo fijo por las afueras de la ciudad y suelo entrar en lugares que no conozco por el único placer de pasar inadvertido. Esta costumbre se me vuelve más habitual en estas fechas en las que las calles principales las hiperiluminan con motivos navideños y cientos de ciudadanos las patean arrastrados por una ansiedad de consumismo y de despilfarro. El caso es que el pasado sábado anduve más de lo que tenía previsto y me entró hambre. Vi abierto un bar de barrio, austero hasta en el nombre, y entré a pesar de que desde la entrada me golpeó un olor a cocina rancia y aceitosa. Seguro que así olerían las covachuelas de comidas descritas por Galdós y Larra.

En la barra y en algunas mesas habría una docena de parroquianos, casi todos currantes de obra y de calle, que hablaban en voz alta y entre carcajadas. Me hice un hueco y pedí una cerveza. El televisor tenía el volumen alto y puede escuchar que la Cumbre del Clima de Madrid había resultado un fracaso estrepitoso, que, después de dos semanas viviendo en la capital a tutiplén, los miles de representantes mundiales no habían alcanzado un mínimo acuerdo para reducir la emisión de gases contaminantes. Lo de siempre: dos semanas de vacaciones en un país extranjero a costa de los impuestos de los demás.

Junto a la cafetera quedaban varios décimos para el sorteo de Navidad. Pedí uno, pero, antes de dármelo, el dueño me advirtió de que llevaba un recargo de tres euros. «¿Recargo para qué? ¿Para alguna asociación?». «Mire, si no lo quiere no se lo lleve. Esto es un negocio y los servicios se cobran», me contestó con desprecio. Dos cucarachas salían de unos trozos de pan y se paseaban urgentes por la mugrienta pared de gotelé. Cuando me dio la espalda, observé que los dos insectos se escondían bajo el embellecedor de formica. Y pensé entonces, cuando volví la atención al televisor, que la falta de honestidad, el robo y el engaño no entienden de clases sociales y que es muy estrecha la distancia que nos separa a los hombres de algunos animales.

Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 11, 2019

La “pucelle” sueca

Quién no recuerda sus alocados quince años, dulce locura de enamoramientos imposibles que te herían los ojos, del primer pitillo, de las primeras salidas nocturnas, de las tardes lentas de invierno escuchando tu música y abandonando los deberes del instituto mientras se apagaba el domingo. Locuras, a veces, temerarias; locuras de aquellos que corrían demasiado deprisa y sin el traje adecuado tras una madurez que no les correspondía y a los que la imprudencia les castigó, años más tarde, con la enfermedad y la muerte. Antes de ser caballo se es potro, y para aplacar un potro se necesitan mucho músculo neuronal y espuertas de paciencia. Los adolescentes se impulsan por su pensamiento emocional sin medir las consecuencias de sus actos; son potros que ansían descincharse y correr a toda brida.

A principios del s. XV, Juana de Arco, La Pucelle d´Orléans (`la doncella, la virgen de Orleans´) estaba segura de que Dios la había escogido para liderar la victoria de los franceses frente a los ingleses, y fue tan convincente que cristianos de otros países la ayudaron en su cruzada, entre ellos unos caballeros vallisoletanos a los que, al parecer, se les otorgó el título de pucellans (`pucelanos´). A los 19 años murió en la hoguera acusada de hereje.

Seis siglos después, la sueca Greta Thunberg, de 16 años, tiene al mundo rendido a sus pies y pendiente de cada uno de sus actos en su particular cruzada ecologista para «salvar» nuestro planeta. Con su adolescente voz de contralto y con un tono violento y desafiante, esta nueva pucelle se encara con las grandes potencias económicas y militares, lee ante auditorios enardecidos un manifiesto que pronostica el apocalipsis climático y, en sus ruedas de prensa, anima al mundo entero a que se rebele para evitarlo. Bajo consentimiento paterno, ha dejado sus estudios, su casa y sus amigos para cruzar el Atlántico en un catamarán acompañada de una familia italiana y ha desembarcado, como un nuevo Colón, en nuestra Península para traernos el rayo de su verbo incontaminado. Bienvenida, querida niña, y que Dios te guarde y proteja de los peligros del mundo.

Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 4, 2019

Teselas

Tenemos la costumbre de caminar cabizbajos, observando el suelo que pisamos no ya por precaución; andamos con el semblante castigado, como si la vida nos hubiera asestado un pescozón por haber cometido un traspié. Deambulamos sonámbulos, con los ojos despegados de sus cuencas, colganderos y sin alma, ojos opacos de marioneta que, al menor descuido, saltan de sus órbitas y quedan bailando en el vacío, columpiándose en todas direcciones, sujetos por su muelle metálico de nervios y venas. Nos atrae la tierra como una querencia de muerte, como las tablas al toro moribundo. No podemos evitar su terroso canto de sirena y nuestros ojos siguen el rastro de su melodía.

Ayer, al despertarme, me incorporé de la cama y me dirigí al baño instintivamente, sin encender la luz, sin levantar la cabeza, con los párpados resueltos a levantarse como la persiana vieja y oxidada de un negocio. En el parqué del pasillo, a pesar de las sombras de la madrugada, encontré unas palabras viejas que enseguida identifiqué como mías. No sé el tiempo que llevarían allí tiradas. Parecían teselas de algún mosaico antiguo, rotas y con la pintura descolorida, roídas por la desidia y por el paso del tiempo. Las supe mías con la misma certeza con la que te reencuentras, al abrir un cajón, con un libro de tu infancia: el lomo desprendido por la parte superior, la cubierta con dobleces de tanto abrirlo, la inexperta firma de niño de la primera página para que nadie me lo robase. Me detuve junto a ellas observándolas, apelotonadas junto al rodapié. En un principio no supe reaccionar. Giré la cabeza hacia el dormitorio y luego al aseo, y bajé la mirada otra vez hacia el suelo para asegurarme de que no estaba soñando. Allí seguían. Al fin decidí agacharme para tocarlas, para reconocerlas con el tacto como lo haría un ciego. Y entonces sentí que sus susurros, cálidos como labios, entraban por mi piel y ellas recobraban el tiempo perdido conforme las iba nombrando una a una, con mis ojos ya abiertos, despiertos, rejuvenecidos. Mientras, la mañana iba dibujando su primer bostezo de luz.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 27, 2019

Cabras

Se paraban en un cruce de calles. Yo era muy niño y me asustaba al verlos: de tez muy morena, casi siempre con sombrero de ala y chupa de cuero negra, a veces con bigote y perilla. Si se daban cuenta de que llevaba un tiempo observándolos, me devolvían la mirada con altivez y dureza, y yo me escondía acobardado detrás de las piernas de mi abuelo. Uno montaba el órgano y dejaba encima la gorrilla mientras el otro abría la escalera de tijera y limpiaba la boquilla de la trompeta. La cabra, resignada, mostraba en su postura y en sus ojos una mansedumbre lograda seguramente a golpes de vara. Me entristecía la docilidad del animal. No miraba a nadie de los que nos íbamos congregando alrededor del espectáculo improvisado que todos conocíamos sobradamente. Ella nos veía, pero no nos miraba. A veces quería llamar su atención con muecas, gestos o chascando la lengua, pero ningún miembro de su cuerpo se movía: se mantenía entumecida, disecada, con la mirada opaca y vidriosa en la que nos reflejábamos, deformes, los asistentes. «Niño, no molestes a la cabra», te recriminaban con su voz rota, profunda y cazallera cuando te ponías muy pesado con el animal.

Sonaba entonces la música y la cabra ascendía despacio por los peldaños hasta que alcanzaba la bandeja superior. Giraba dos o tres veces alrededor del estrecho poyo cilíndrico y, una a una, iba apoyando sobre él sus pezuñas y se mantenía un buen rato como flotando en el aire hasta que sonaban los aplausos, aplausos que la gente no sabía a quién o a qué los dirigía: si a la habilidad de la cabra, o al esfuerzo domador de los dueños, o al espectáculo en general. Yo aplaudía a la cabra, sin apartar la vista de ella, porque me solidarizaba con la obediencia y la sumisión del pobre animal. Rumiaba luego con cierta amargura, cuando el chiringuito se desmontaba y todos volvíamos a nuestras casas, en dónde viviría ella y en si la cuidarían como merecía.

Felizmente, hoy ya no hay por las calles cabras arrastradas por figuras siniestras de voz cavernosa, de tez oscura y de sombrero de fieltro negro, figuras en sombra de una España de grisalla.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 20, 2019

Me quedo contigo

Programa de televisión en franja horaria de final de tarde. Adolescentes y menores en casa. Programa basura. A la orden de «¡Soltero, muéstrate de cuerpo entero!», el presentador anuncia la entrada del candidato ­—veinteañero, narcisista y superficial­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­― y suena una canción discotequera. Veinte madres metidas en años comienzan a bailar contagiadas por el frenesí mientras ven descender de un ascensor tubular a un muchacho hipervitaminado que adopta ínfulas de macho alfa en cuanto llega al escenario y va saludando, una a una, a todas las hembras maduritas que, sin parar de menearse, lo observan y disfrutan como si acabara de presentarse un estríper en una fiesta de mujeres privada, un estríper que podría ser su hijo. Arriba del escenario, detrás del presentador, en un habitáculo que se llama «Pisito de solteras», veinte jovencitas, cada una hija de sendas madres, han entrado en éxtasis hormonal viendo al cachitas saltar, bailar y contonearse en el plató. Objetivo del programa: las madres deciden si es un buen espécimen para su niña, el candidato escoge como máximo dos madres y, cuando bajan las hijas, el macho elige su hembra y, una vez emparejados ambos, entran en un rincón claustrofóbico para decidir si vuelan juntos o si cada mochuelo regresa a su olivo.

Menos mal que el formato es este; sería imposible imaginarlo si son veinte padres maduritos que deben valorar si una veinteañera es apta para su hijo, que espera, con la testosterona por las nubes, en su «Pisito de solteros» a ser el elegido. Pero la sexualización de una persona o la doble moral hipócrita en materia de género no son los temas de esta columna.

Afirma Chomsky que una técnica de manipulación mediática de la sociedad para controlarla con más facilidad es idiotizarla con programas televisivos en los que se la acostumbra a la sensación de que lo estúpido y lo vulgar es la moda. Al Estado le incomodan ciudadanos cultos y con pensamiento crítico; los idiotas, por el contrario, son sometidos y dirigidos con menor esfuerzo. No lo duden: no enciendan el televisor y paseen o escuchen música o lean un buen libro. Su calidad de vida y la de su familia mejorará.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 13, 2019

Pachorra

La pachorra es una filosofía de vida. Sus seguidores son indolentes, desconocen la prisa, pertenecen a la tribu social del «mañana lo haré». Observan los acontecimientos diarios con ojos de vacuno y proceden a sus obligaciones con la calma de un galápago, sin importarles las obligaciones que han quedado a medio y que cumplen con retraso. Los médicos aseguran que los pachorrudos viven más años que el resto de los mortales porque su organismo está libre del virus más letal de la actualidad: el estrés. Y creo que no les falta razón.

No conservo un recuerdo exacto de los acontecimientos porque yo era muy pequeño, pero estoy convencido de que nací pachorrudo. Mis padres me recriminaban mi lentitud a la hora de comer, mi escaso interés por la actividad física y mi indolencia cuando me mandaban a un recado o me pedían que echara una mano en alguna tarea de jardinería. Vivíamos en el campo y aislados. Agotaba las horas leyendo y terminando las tareas del colegio ―aún recuerdo la monótona teoría de los ríos de España―, y mi biorritmo se ralentizaba en invierno, sentado a la mesa camilla del salón, con el brasero encendido. Pero a golpe de regañinas y de improperios cambié. «¡Tienes sangre de nabo!»; «¡Así no vas a llegar a ninguna parte!»; «¡No serás nadie!». Un par de cachetes y otro par de voces, así día a día, y lo consiguieron, porque me transformé en hiperactivo, pero un hiperactivo de libro, un ACNEE: comía casi sin masticar, tartamudeaba, no atendía en clase, madrugaba todos los días y hasta me hice futbolista, un futbolista nervioso y violento, claro. La conversión fue de tal magnitud que me resultaba odioso convivir con un pachorrudo, cuya pereza y lasitud aborrecía hasta el paroxismo; su pachorra, sencillamente, me asqueaba.

Pero las aguas vuelven siempre a su cauce y noto que, por fin, voy calmándome: vivo menos estresado, más pasota en asuntos que enervan a la sociedad. Soy ahora más feliz. Incluso agradezco la presencia y la conversación con un pachorrudo, a quien ya no considero un apestado sino un feligrés más de un estilo de vida saludable que está al alcance de muy pocos.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 6, 2019

Holístico

Anoche soñé que mi cuerpo se desmembraba. Sin dolor, sin sangre, con la naturalidad con la que una hoja otoñal se desprende de su rama y se queda sola, al albur de los meteoros. Mi cuerpo se independizaba por partes y estas quedaban desacopladas como las de un muñeco roto. Me recordaba a lo que de pequeño, por venganza de alguna disputa o por simple riña familiar, les hacía a las barbis de mi hermana: les arrancaba los brazos, las piernas y la cabeza como quien pela una gamba. Creo que ahí descubrí la falacia de los juguetes, esa realidad de plástico duro, de bocas inmutables y de ojos opacos, objetos de consumo por los que nos obsesionábamos todas las navidades. Ella rompía a llorar a moco tendido y luego, tras los cachetes de mi madre, me veía en la obligación de devolver a su sitio, como un doctor Frankenstein, cada uno de los miembros amputados y darles la apariencia primera, la que mi hermana vio cuando desenvolvió el paquete traído por los Reyes. Pero la operación nunca resultaba exitosa porque, una vez rota la armadura de fabricación industrial, un brazo quedaba desvencijado para siempre o la cabeza basculaba hacia todos los puntos cardinales sin musculatura, sin nervios, sin vida.

Lo cierto es que anoche soñé con esto, con que mis miembros se dislocaban voluntariamente y sin presión, y cada uno de ellos, independientes ya, cobraban vida como rabos de lagartija. Veía a mi brazo derecho paseando y dialogando con mi pierna izquierda mientras iban cogidos de la mano-pie, y a mi brazo izquierdo sujetando sobre su mano mi sonriente cabeza, que, a su vez, charlaba desenfadadamente con mi pierna derecha, más nerviosa que la izquierda. Todo muy onírico, cierto; todo muy irracional. El holismo defiende que el todo está formado por partes distintas, a veces muy diferenciadas, pero que en esencia se interrelacionan.

Me desperté con una sensación muy positiva. Mi cuerpo estaba muy relajado a pesar de la desmembración nocturna. Me sentí tan sosegado que incluso pensé en abrazar la nueva filosofía, en ser holístico, porque quizás sea esta la única vía de solucionar el sindiós político en el que vive nuestro país.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 16, 2019

Exoplanetas

La luz tiene tiempo. Un tiempo que no es el que conocemos, que no es el que sentimos sobre la piel mientras tomamos el café o leemos un libro. No es el tiempo que deja su firma de polvo sobre los muebles ni el que cincela el cuerpo con arrugas e imperfecciones. La luz tiene un tiempo sin tiempo.

Pocos placeres pueden igualarse al de contemplar de noche el cielo goteado de estrellas y de planetas, la inmensidad del universo que alcanza nuestra vista iluminado por un silencio sonoro. Casi todas son estrellas, miles de millones de soles alrededor de los cuales orbitan planetas. Y todos dentro de nuestra Vía Láctea, una pequeña galaxia, alejada y apartada del centro de un Universo del que solo conocemos un cinco por ciento. Esa luz estelar ha tardado milenios en llegar a nosotros la noche que la contemplamos; es luz antigua que hacemos presente; el cielo, de noche, es un trampantojo de luces que quizás ya no existan o cuya intensidad lumínica varió hace unos siglos y aún no lo sabemos.

La intrascendencia de los humanos se ahoga en el eterno océano de galaxias, nebulosas y agujeros negros. Pero nuestra sed por conocer ese océano, por entenderlo mejor no se apaga. Fue Peebles quien dio el primer paso hace unas décadas al detectar la radiación residual del Big Bang y datarlo en unos 14.000 millones de años, y esta investigación animó a Mayor y Queloz a demostrar que alrededor de otros soles parecidos al nuestro orbitan planetas semejantes a la Tierra que, con total seguridad, albergan vida. Son los exoplanetas. Al más cercano lo bautizaron «51 Pegasi b» y su luz tarda cincuenta años en llegar a nuestras retinas. Este año se les ha concedido a estos tres sabios el Premio Nobel de Física.

Un cuarto de siglo después de su descubrimiento, los exoplanetas no han entrado en la galaxia de la Real Academia Española; el término exoplaneta sigue sin orbitar alrededor de nuestro diccionario normativo. Quizás se deba a que los académicos creen que el vocablo se encuentra a veinticinco años luz y no a un cuarto de siglo terrestre, a veinticinco años de auroras, de lluvias, de risas, de muertes, de polvo.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 9, 2019

Medio siglo

Esta mañana me he levantado con una sensación desalentadora: sentía la luz templada del sol, la luz de otoño que tiñe de una fragancia peculiar las calles de mi ciudad. Un amigo me contó una vez que, aunque él no supiese el destino, sabía que había llegado a su país en el momento en que salía del avión y respiraba el aire. «Ya estoy en casa», me asegura que dice siempre que desembarca y llena sus pulmones del efluvio patrio. La ausencia de lo amado fortalece los vínculos cuando acontece el reencuentro. Así somos. Gozamos de lo que amamos cuando de nuevo lo abrazamos tras una distancia de meses o de años. La costumbre, por desgracia, debilita nuestra percepción, adormece nuestra pasión, nubla nuestra vista. Gozo con plenitud del mar, de su brisa y del sonido de sus olas y del color de sus aguas, cuando regreso a él tras un exilio forzoso de semanas, pero, cuando la costumbre se impone, camino por su orilla con la mirada ausente y los sentidos somnolientos.

A veces, como me ha sucedido esta mañana, me he dado cuenta de que no me fijo en las calles ni siento las impresiones diarias porque ya estoy acostumbrado a ello. No me percato de algún detalle que haya variado en una esquina o en una fachada o en la acera sobre la que camino todos los días de los últimos años porque deambulo mecánicamente, ausente de la realidad, despierto pero dormido. Medio siglo llevo dando vueltas alrededor del Sol, girando a su vez sobre mí mismo como un derviche, con los ojos cerrados, sin sentir la náusea de los giros, del paso del tiempo, buscando en cada vuelta un sentido a tanto giro, a tanto latido, a tantas idas y venidas, a tantas respiraciones, a tanta mañana como esta en la que me he despertado y he visto con otros ojos la luz de siempre, esta luz de otoño que me viste desde hace cincuenta años y que un día no me encontrará. Medio siglo que es nada entre tanta eternidad, que es apenas una mota de polvo flotando y girando, perdida, en la luz de esta mañana otoñal que seguirá derramándose, cuando ya no esté yo, por los edificios y calles de mi ciudad.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 2, 2019

Yo no soy yo

Gente normal, a la que no he visto en mi vida, suele confundirme con otra persona. Hace poco una chica, por la calle, vio en mí a un tal Javier, y quedó convencida de que era yo el que en verdad no era cuando me giré con una sonrisa para devolver el saludo. Devolvemos saludos equivocados por educación, por acto reflejo o por evitar dar explicaciones porque llegas tarde al trabajo o porque tienes que sacar a pasear al perro. Desde ese momento adquirimos una identidad nueva en el gran escenario de la vida pública, identidad que por fortuna se borra al cabo de unos instantes, pero queda en ti siempre un rastro imaginario de ese otro que no eres tú, esa conjetura íntima, nunca revelada, sobre los rasgos de la fisonomía o de los gestos del otro que son coincidentes con los tuyos.

En el AVE me confundieron con el director de un periódico. El trato fue fabuloso: desayuné dos veces, me pasaron la bandeja de los chocolates en tres ocasiones, y mientras leía mi periódico ―mi periódico, porque era yo su director― las camareras, cordiales y solícitas, se acercaban en turnos de diez minutos hasta mi asiento. Al llegar al destino, antes de apearme, le agradecí al revisor sus atenciones y me preguntó servilmente si había viajado a gusto, señor tal, porque usted es el señor tal, el director del periódico cual, y le dije que sí, que nunca había viajado en tren rodeado de tantas atenciones, pero que no, que no era ese señor. Pues se parecen mucho los dos, me respondió con el gesto más opaco y la voz más apagada. Ahí acabaron la conversación y las sonrisas.

Al poco tiempo llamé al periódico para hablar con mi otro yo y contarle lo sucedido. Cuando le expliqué el motivo de mi llamada, su secretaria no quería pasarme porque pensaría que era un trastornado. Las fotos de mi otro yo que encontré en Google me regalaban un cierto aire de parentesco. Días más tarde insistí y finalmente hablé con él. El timbre de su voz era parecido al mío y lo noté incómodo, y yo me sentía un imbécil mientras le contaba la confusión en el tren. Desde entonces tengo claro que no volveré a ponerme en contacto con el otro yo que no es mi yo. Es absurdo.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 25, 2019

200 millones

Las cuentas son oficiales y no están equivocadas. 200 millones es lo que nos va a costar a todos los españoles el proceso de elecciones generales de este año. 200 millones sumando las elecciones de hace unos meses, el sueldo de estos excelentísimos diputados, las dietas de estos excelentísimos diputados, los dispositivos móviles de estos excelentísimos diputados y el circo que nos espera hasta noviembre puesto en escena por estos excelentísimos diputados.

Estos excelentísimos zangolotinos han adeudado nuestras famélicas arcas con 200 millones de euros más que han tirado por el váter de sus ilustrísimas letrinas. 200 millones de euros para nada. 200 millones de hambre que pasa el 25 % de los niños españoles que solo pueden meterse en las tripas una comida al día; 200 millones de impotencia de las familias que han sido desahuciadas por grandes empresas que han decidido con una firma cercenar la dignidad de estas personas para especular con sus viviendas; 200 millones de ayuda a ciudadanos dependientes que aún no les ha llegado; 200 millones de vergüenza ajena en los insultos e improperios que hemos tenido que soportar todos durante las últimas semanas de boca de estos moharrachos del «y tú más»; 200 millones de malestar nacional y de enfrentamiento social contagiados desde el vano púlpito al que suben con prepotencia de niño rico sus excelentísimos diputados, aireando algunos de ellos, con mediocridad, un más que dudoso currículum universitario patente en los bochornosos errores gramaticales que cometen cuando hablan sin hablar, cuando leen sus discursos con los ojos iluminados de dietas, de sueldos, de desvergüenza. Váyanse todos. Ya lo dijo Labordeta en el Congreso: «Váyanse a la mierda». Ya está bien. Necesitamos representantes que estén a la altura que exige nuestro país, culto y libre, un país que ha madurado y que está harto.

Pero la culpa es nuestra. Tenemos lo que nos merecemos. Estos buhoneros de casa y de traje caros no se van porque lo hemos decidido con una papeleta. España necesita políticos de Estado y no políticos de siglas, inmaduros e incompetentes. 200 millones. Suma y sigue.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 18, 2019

Barras

Hay arte en las barras. En las barras verticales y en las horizontales. Del arte de las verticales no entiendo mucho a pesar de que está considerado un deporte y de que España va a mandar el mes que viene, a Canadá, a quince representantes que defenderán nuestra bandera en el Mundial de «Pole Sport». No encuentro una traducción exacta para el anglicismo. Podría valer «Barra vertical», así, sin más, o quizás ―este lo veo más aproximado― «Baile de tubo» porque el gimnasta, siguiendo al pie de la nota el ritmo de la música que está sonando, sube a pulso por la barra como hacíamos en la mili, se enrosca a ella como una hiedra pero boca abajo y, con gran elasticidad y pulso firme, gira el cuerpo y lo voltea en todas las posiciones posibles e imaginables, bailando ―insisto― a pulso y sin tocar el suelo. Yo no soy feligrés de esta parroquia porque, por mucho arte que haya en estas cabriolas suspendidas en el aire, me marea tanto giro interminable y tanto subir y bajar por la barra como una lagartija y porque me angustia pensar que al atleta le van a fallar los apoyaderos y se va romper los piños contra el suelo.

A mí me va más el arte de la barra horizontal, sobre la que te sirven un café bien calentito o unas tapas recién cocinadas. Hay un código no lingüístico de espacio y tiempo, de saber escoger el sitio más adecuado y de dedicarle los minutos convenientes a la vianda mientras lees el periódico o revisas en tu móvil las últimas noticias; hay mucha realidad social por analizar e interpretar en algunas conversaciones que te llegan lejanas como ecos a pesar de estar sus protagonistas tan cerca de ti, conversaciones y protagonistas que muy bien podrían inspirar a un escritor o a un pintor, como tantas veces ha sucedido desde hace siglos; hay, en fin, mucho ingenio inesperado en los giros lingüísticos y en los juegos de palabras que de repente te arrancan de la lectura, o en una entretenida conversación sobre Fray Luis de León y Unamuno surgida con el dueño mientras este pasa un paño húmedo por la barra horizontal de su bar.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 11, 2019

Urgencias

Si a un pintor español del siglo XVII se le encargara hoy que retratase en un lienzo una escena que reflejase la variada realidad social de la España de la primera mitad del XXI, ¿cuál elegiría? ¿A dónde iría con su caballete, con sus pinceles y pinturas? No lo tendría fácil. Una calle céntrica de una ciudad bulliciosa podría valer, pero siempre faltaría alguien o quedaría olvidado algún detalle en apariencia superficial. Un comedor social donde un grupo de voluntarios jóvenes y pensionistas sirven el desayuno a más de doscientas personas, sentadas a mesas con la formica despegada, doscientas cabezas hundidas en su tazón de café con leche y galletas, doscientas almas entre inmigrantes sin papeles ni techo, drogadictos, desahuciados y pobres de solemnidad que protegen su dignidad mirando al suelo para no ser reconocidos, sería una escena más impactante que la de la calle, pero creo que seguiría faltando algo. Cierto que la pobreza y el hambre nos igualan a todos; ambas, cuando visitan al rico y al pobre, los visten con los mismos ropajes de miseria. Pero no hay ricos en los comedores sociales.

Hay, sin embargo, otro factor que nos iguala a todos, además de la muerte: la enfermedad. Este verano he tenido que visitar en un par de ocasiones ―y por motivos que no vienen al caso― la sala de espera de Urgencias de un hospital público y permanecer varias horas hasta ser atendida la persona a quien acompañaba. Observé desde el primer minuto que era una sala triste, deteriorada, sin luz natural, sin decoración; hay tanatorios más alegres que aquella sala de Urgencias. Toda clase de personas, de todos los niveles sociales miraban la pantalla esperando que apareciese su número: la anciana sola con la frente apoyada en su bastón, el niño pijo en silla de ruedas y escoltado por dos policías, familias de varias etnias y culturas, burgueses, ricos y currantes. Todos sin nombre pero con un número con el que se identificaban, todos esperando su turno en una sala que para mí simbolizaba la cara real y sórdida ―que los medios suelen ocultarnos― de la menoscabada sociedad española del primer tercio del s. XXI. Ahí hay un cuadro.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 4, 2019

Almazuela

La puerta de mi frigorífico  está cubierta de imanes que hemos ido comprando en nuestros viajes y visitas a museos. Antes era costumbre traer como recuerdo de las vacaciones bibelots: flamencas sorianas, toritos marbellíes con las banderillas en todo lo alto, ceniceros con un «Estuve en Benidorm y me acordé de ti», figuras en miniatura de la Torre Eiffel o de la Estatua de la Libertad. Bibelots de corta vida porque, con la limpieza general que se hace en la casa todos los años, raro era que alguno de ellos no acabara su arrinconada existencia en el cubo de la basura.

Pero ahora son imanes. Son más cómodos, más elegantes y, sobre todo, más decorativos porque transforman el lienzo blanco de tu frigorífico, que parece un triste y frío sudario, en un vestido multicolor confeccionado con retazos de muchos lugares. A esta técnica textil basada en unir retales de distintas telas para obtener cualquier prenda de vestir o para el hogar la llaman los hispanohablantes anglófilos patchwork, término que no es necesario en nuestra lengua porque, desde hace siglos, en español, se usa almazuela, voz de origen árabe, todavía usada en muchas zonas, pero que, sorprendentemente, aunque figura en el Fichero General de la RAE, aún no ha entrado en el Diccionario de la Lengua Española. Ya tienen faena nuestros académicos para que la incluyan cuanto antes.

Pues sí. La puerta de mi frigorífico es una almazuela de imanes. Calculo que hay unos doscientos. Dan mucho colorido y vida a la cocina a pesar de estar colocados de manera caótica, porque la piedrecita del muro de Berlín sostiene al Caballero de la mano en el pecho de El Greco para que no se despeñe, y un derviche que trajimos de Turquía baila junto al retrato de la duquesa de Alba de Goya, y el busto de Nefertiti le está dando la espalda con altivez a una sonriente y tranquila Dama de Elche, y la estatua ecuestre del Cid a la entrada de Burgos cabalga sin fijarse en la Marilyn de Warhol ni en un vestido ceñidísimo de cintura que trajimos del Museo Balenciaga. Pero qué importa: ahí reside la belleza de la almazuela, en la mezcolanza.

Posteado por: josejuanmorcillo | agosto 28, 2019

Cachas

Unas décadas atrás, la violencia contra los perros era algo habitual y asumido por la sociedad. Cuando entraba un cachorrito en casa y se meaba en el suelo, se le agarraba por el cuello, con dureza se le frotaba el hocico sobre la meada, se le gritaba varias veces «¡NO!» para que entendiese la infracción y el castigo concluía dándole un par de azotes mientras el animalico, entre aullidos desconsolados, se zafaba y huía; si tu perro te gruñía o no te obedecía o se cagaba donde no debía, se le atizaba con un palo en el lomo para que aprendiese; unos compañeros míos del colegio comentaron un día entre carcajadas que habían apedreado a un perro cuando estaba todavía agarrado a la perra a la que montaba. Si un perro cruzaba la calle u otra vía cuando conducías, nadie paraba: era preferible matarlo a tener un accidente, así que las carreteras y las cunetas se infestaban de cadáveres de perros atropellados. El hedor era nauseabundo.

Hoy, afortunadamente, esta violencia es inadmisible y está penada como delito. Cachas, un terrier blanco West Highland, ha sido el protagonista en un aplaudido caso de amparo jurídico de estos animales. Hace unos meses, en el mes de mayo, sus dueños se separaron y llevaron a juicio la tenencia de su mascota. En un fallo inapelable y que ha creado jurisprudencia, el Juzgado de Primera Instancia número 9 de Valladolid sentenció que el animal es «un ser sensible» y que la custodia ha de ser compartida, lo que supone que el perro pasará seis meses en Valladolid con su dueña y otros seis en Alicante con él.

Lo que me ha dejado perplejo de todo esto es que, a día de hoy y pendiente aún de su reforma, nuestro Código Civil «cosifica» a las mascotas. Resulta desconcertante, violento e irracional. Me retrotrae a la época medieval, cuando la mujer no tenía capacidad jurídica, era un objeto más de la casa que se colocaba, se usaba, se golpeaba o se destruía a capricho y voluntad del hombre del que dependía. Pero seguimos avanzando, y ahora gracias a la sensibilidad y al sentido común del juez de este caso. Respetar y cuidar a los animales es un paso más hacia la convivencia y la educación de la sociedad.

Posteado por: josejuanmorcillo | agosto 27, 2019

Viajar

Viajar es un ejercicio del espíritu. Séneca aconsejaba no moverse de la patria de uno, de su ciudad, si no existía una predisposición positiva para la partida porque, de lo contrario, el viaje no se disfrutaría, el ánimo estaría a disgusto con la aventura. Y como es un ejercicio del espíritu lo es también del silencio. Nos desplazamos de nuestros hogares para descansar, para renovar nuestra paz interior; viajar solo o con la compañía adecuada es un regalo para nuestra serenidad. Se requiere que haya una comunión con el paisaje y con la cultura que vayas a visitar. No importa si el destino es más o menos distinguido, da igual si es una capital europea o una aldea apartada: hay que llegar a él con el deseo de reforzar el ánimo debilitado por el ruido de la ciudad y del trabajo, por el estrés cotidiano, por la vida alienante a la que nos vemos sometidos en el mundo occidentalizado. Si viajamos como obligación y convencidos de que será una experiencia estresante por el calor que hará, por el ruido que no nos dejará descansar o por las personas que nos acompañan, en lugar de un encuentro con la anhelada tranquilidad será un descenso a los infiernos. Quizás por eso se dispara el número de separaciones y de divorcios durante el periodo de vacaciones. Es preferible quedarse en casa a tener que sufrir una situación odiosa y dantesca.

Desde hace algunos años, valoro más un viaje tranquilo en un lugar apartado y poco masificado, donde no me despierten el ritmo vertiginoso de una gran ciudad ni un plan marcial de visitas turísticas, a donde haya que llegar sin prisas, sin masificaciones y sin la incertidumbre de la cancelación del vuelo. Prefiero un desayuno relajante endulzado con un paseo por el entorno, solo o con alguien que comparta ese silencio, con un libro en el bolsillo, con un cuaderno, con un lápiz. Dialogar con la naturaleza que me rodea, con los sillares y las piedras que aún vencen el paso del tiempo, con el silencio envolvente de la vida callada de las gentes de una aldea, con el tiempo indolente y lento de unas nubes efímeras. Viajar debe suponer una escapada hacia nuestro interior y un enriquecimiento de nuestro espíritu.

Posteado por: josejuanmorcillo | agosto 14, 2019

Antes

Antes se fumaba más ―incluso los médicos, en la consulta, mientras te atendían― y se corría menos; se corría menos pero nos movíamos más, nuestra vida era menos sedentaria que la de hoy. En una capital de provincia, el coche, si recuerdan los nacidos en el año en que, según dicen, se pisó la Luna por primera vez, solo se sacaba del garaje para el gran viaje de las vacaciones del verano. Íbamos andando al trabajo, a la panadería, de rebajas, al zapatero remendón, en fin, siempre a pata, lloviese, hiciese sol o cayesen chuzos de punta. Y ya que ha salido el tema de la Luna, no puedo morderme la lengua: ¿todavía los hay que creen que solo tardamos una semana en despegar, alunizar, darnos un paseo lunar de varias horas, despegar de la Luna, acoplarnos milimétricamente en un solo intento a la nave que nos llevaría de vuelta a la Tierra, sin error en el combustible, con retransmisión en directo de radio y televisión y todo con una tecnología rudimentaria idéntica a la de los móviles de hace veinte años?

Pero vuelvo a lo de antes. Ahora se sigue fumando, pero se corre más. Ahora las calles y los paseos urbanos se masifican de filípedes que corren como si se les hubiera olvidado apagar las lentejas y luego vuelven a su vida sedentaria frente a una pantalla y sacan el coche para visitar a la suegra. Antes se saludaba al entrar en un transporte público, se charlaba y hasta se compartía la comida que llevábamos envuelta en papel de periódico o dentro de una merendera; esta semana dio un buenasdías una señora cuando subió al tranvía y solo le respondí yo; los otros dos tenían la cabeza inclinada hacia el móvil, como dos narcisos con los ojos sucios de luz azul. Antes éramos más naturales y libres porque hacíamos humor de todo sin voluntad de hacer daño a nadie; nos reíamos también de nosotros mismos. Ahora te cuelgan el sambenito si empleas una palabra políticamente incorrecta o si haces un comentario jocoso sobre cualquier tema incómodo porque ahora no es bienvenido el humor mordaz, inteligente y libre. Antes salíamos de una dictadura y ahora estamos entrando en otra. Ay, luna, luna, luna.

Posteado por: josejuanmorcillo | agosto 8, 2019

Cicatrices

Las cicatrices son los tatuajes que te graba la vida. Todas tienen su historia, su nombre, su lugar. La peritonitis aguda que sufriste a los veinte años, en mitad de una película, con una fiebre alta y con un dolor abdominal insoportable; la caída en el patio del colegio, aquella en la que te golpeaste la cabeza en el asfalto y salió rebotada como si fuera un balón; el corte limpio y profundo en tu mano izquierda mientras cortabas el jamón la tarde de Nochebuena; el accidente de moto, al salir de una curva, de hace una semana.

Las cicatrices, vistas desde una perspectiva taurina, son como las cornadas; al verlas, el torero recuerda el nombre del toro, la fecha de la cogida, la plaza y la hora en que ocurrió. Casi todos tienen incluso marcada en su memoria la cara del animal, recuerdan cómo entraba por la derecha y por la izquierda, cómo olía, cómo mugía, cómo miraba, cómo buscaba las querencias, cuál fue el error que se cometió y que le mostró al astado la taleguilla. Las cicatrices, en fin, son como las imágenes de un álbum abierto que solo sabe interpretar sin margen de error el que las ha sufrido porque solo él es capaz de volver a sentir la punzada y el dolor de la herida abierta.

Pero, también, detrás de todas ellas siempre hay un ángel. El amigo que te sacó del cine y se apresuró a llamar un taxi para llevarte al hospital, y el médico que te salvó la vida a tiempo; el maestro que te cogió en brazos, con la frente abierta y sin conocimiento, y el practicante de la Casa de Socorro que, sin anestesia, fue limpiando y cosiendo la herida al niño que, entre dolores y llantos, iba recobrando la consciencia; tu tío, que te puso un paño de cocina limpio y presionó sobre el corte que te seccionó el tendón hasta que llegamos al hospital; Ángel, el ciclista que se detuvo en aquella curva en la que se me fue la moto y que me paró la hemorragia del brazo con unos cuantos clines sujetos con gomas a modo de torniquete.

Las cicatrices son tatuajes indelebles y de cuyos contornos surge, por un instante, cuando los observas y lo recuerdas todo, el rostro de un ángel.

Posteado por: josejuanmorcillo | julio 31, 2019

Hundimiento político

Miren que me cuesta articular la palabra fracaso, les aseguro que me incomoda teclear en mi ordenador este término porque ni creo en él ni lo abandero. No hablo de fracaso cuando una pequeña empresa debe echar el cierre, sino de mala suerte y de un diseño equivocado del plan de lanzamiento y de mejora del negocio; nunca hay que decirle a un alumno repetidor que su año académico ha sido un fracaso, sino que tiene la oportunidad de centrarse más y mejor, de estar tranquilo y concentrado porque los errores son la base del conocimiento, sin ellos no habríamos progresado como seres humanos; un divorcio no es un proyecto de familia fracasado sino una puerta abierta a otras opciones que se nos presentarán en la vida, puerta que debe franquearse con serenidad y con esperanza. Un negocio, un curso académico o una pareja que no salen adelante nunca hay que entenderlos, pues, como fracasos.

Pero nos han enseñado a temer al fracaso. Nuestra cultura, capitalista y competitiva, nos transmite un culto obsesivo a la perfección en la imagen, en las relaciones personales, en el trabajo, en el deporte… Ese terrible miedo a ser un fracasado ha sido catalogada ya por los expertos como atiquifobia (del griego atiji, `sin suerte´).

Usado en el ámbito marítimo, el verbo fracasar es relativamente moderno —Cervantes fue uno de los primeros en usarlo— y nos viene del italiano fracassare (`romper o quebrarse una nave por el medio, hundirse´). Cuando don Quijote (I, 25) decide retirarse a hacer penitencia en una peña, le confiesa a Sancho que eso del retiro penitente es más fácil para él que «hender gigantes, descabezar serpientes, matar endriagos, desbaratar ejércitos, fracasar armadas y deshacer encantamientos».

Nuestros políticos, barquichuelas deterioradas que solo navegan juntas cuando deciden subirse el sueldo o asestar un pelotazo inmobiliario, no padecen atiquifobia a pesar de que el Congreso hace agua hasta por la mesana. No han cumplido los diputados con el mandato de las urnas: dialogar y formar Gobierno. Veremos dentro de unos meses si el hundimiento es grave o salvable, pero están tardando en achicar.

Posteado por: josejuanmorcillo | julio 24, 2019

Mi biblioteca

Esta mañana he vuelto a entrar en la biblioteca de mi infancia. Está en uno de los extremos del parque de mi ciudad. El parque es como un bosque, cerrado y umbrío, y tan grande que en él se construyeron el museo municipal y un colegio. En sus bancos se sentó alguna vez Azorín para escribir y leer, por sus recogidos vericuetos paseó Lorca agarrado como un lirio de noche del brazo de su gran amor. Ahora en verano, adormecidos por la música de sus pétreas fuentes modernistas y de los surtidores de sus estanques, descansan sus paseos de arena del bullicio infantil y de los precipitados horarios. Esta mañana he pasado por casualidad por la biblioteca de mi infancia y estaba abierta.

Es la misma de hace cuarenta años. Es tan pequeñita que en vez de biblioteca parece un refugio para la lluvia. Es blanca, de planta hexagonal, de unos 12 m2. Ahí dentro, rodeado de tres estanterías colmadas de libros, transcurrieron muchos días de mis veranos infantiles, días entonces lentos como las páginas de mis libros pero que ahora los percibo vertiginosos y efímeros como el fogonazo de un sueño. Por fuera la cercan en un abrazo de décadas dos ailantos y dos sóforas, que parecen mirar por las ventanas para vigilar los libros o para oír las palabras de los niños cuando leen.

Recuerdo a la bibliotecaria de entonces. Una señora encantadora, de voz suave y de mirada tranquila. No quería interrumpir mi lectura, pero a veces, cuando nos quedábamos solos, se interesaba por el libro que leía y me aconsejaba otros de temática parecida. Esta mañana, cuarenta años después, he vuelto a entrar en mi biblioteca. Todavía con las persianas bajadas, me ha parecido más pequeña que como la percibía de niño, pero conservaba el mismo olor y la misma calidez. La nueva bibliotecaria, más joven, estaba sacando mesas y sillas para los lectores y ha respondido apática y distante a mi saludo cuando me ha visto con intenciones de pasar, como si me avisara de que este ya no era mi sitio, de que ya no era mi biblioteca, dormida aún cuando he llegado a su puerta. Pero he entrado de nuevo y la he despertado.

Posteado por: josejuanmorcillo | julio 17, 2019

Ruido

Estamos envueltos en ruido. Desde que despertamos hasta que nos dormimos; incluso, durante el sueño, nos golpea el ruido y nos desvela. Todo es ruido. Nos hemos acostumbrado a él: el televisor encendido casi todo el día, el aire acondicionado, los vecinos que no saben hablar en voz baja, el ordenador, el móvil, el claxon disfónico de los vehículos, los gritos de los niños en la piscina, los ladridos furiosos de los perros, los motores ―malditos motores― de coches y motos y máquinas, el estridor de las chicharras, las sirenas de las ambulancias y de la Policía, la música alta e indeseable que se filtra como agua sucia por las juntas de las ventanas, el trajín nervioso e hipnótico de las gentes. Todo es ruido, y el ruido es alienante. Nos impide descansar, relajarnos, encontrar ese habitáculo interior que llevamos años sin visitar. El ruido es la antítesis de la felicidad y de la cultura humanista. Los que hemos nacido en este último siglo y medio somos seres afligidos, castigados por la modernidad y el capitalismo tecnológico, deshumanizados, cargados de basura ruidosa. Estamos tan envueltos en ruido que el silencio nos molesta. Nos molesta porque lo desconocemos; la presencia del silencio es ajena a nuestra vida y, cuando alcanzamos a sentirlo, nos incordia como un silbido agudo, como un ultrasonido insoportable.

Me vine al mar a reencontrarme con el silencio, pero conmigo han llegado miles de turistas con sus maletas cargadas de ruido. El ruido de sus ciudades ha desembocado ahora aquí, en la playa, junto al mar, que es el morir. A veces nado mar adentro para encontrar el silencio, la paz; desde allí se oyen lejanos los gritos de los bañistas, los motores de los coches, el estridor de apareamiento de las chicharras. Entonces me sumerjo y me dejo hundir hasta el fondo: siento el movimiento callado del agua, escucho la arena moverse bajo mis pies, palpo el silencio de la existencia como si estuviera flotando en el líquido amniótico de un útero inmenso. Pero fatalmente regreso a la superficie y abro los ojos, como expulsado de un parto cruel e irremisible, de un parto prometeico que de nuevo me ensucia de ruido.

Posteado por: josejuanmorcillo | julio 10, 2019

IQ+

Una vez acabados los fastos conmemorativos del orgullo gay, me doy cuenta de lo extensa que es la bandera arcoíris. Mientras conducía, desde una emisora nacional se explicó el significado de las últimas letras y del símbolo matemático de la sigla Lgtbiq+. Hasta la B no hay dificultad de interpretación, pero reconozco que los tres últimos se me quedaban cogidos con pinzas. Por resumir, y sin querer frivolizar sobre un asunto que afecta íntimamente a tantas personas, en estos están incluidos («incluidoas», según las últimas normas morfológicas de igualdad de género) quienes aún no saben qué les gusta, si los caracoles o las ostras ―como dijo Marco Aurelio en la película Espartaco en un diálogo censurado por el franquismo―. También aquellas personas que saben qué les gusta pero no lo tienen tan claro porque un día, sin esperarlo, comienzan a sentir mariposas en el estómago cuando contemplan a alguien del sexo contrario del de su pareja (esta creo que es la Q). Y finalmente, dentro del símbolo de adición incluiríamos a todos aquellos (perdón, «todoas aquelloas») que llevan un buen tiempo sin quiquear con su pareja porque las llamas de la pasión se han apagado, porque no hay cerillas para avivar las rescoldos de tanto fuego pasado, porque ha llovido tanto que lo único que sale de los troncos es humo o vaya usted a saber por qué. El hecho es que, a mi entender, según se explicó el entrevistado y cuyas palabras escuchaba con suma atención mientras conducía por la autovía de Levante, en el «+» meteríamos, por ejemplo, a cualquier pareja heterosexual ―incluidos los ancianos― que ya han perdido el apetito por las siestas, por las cenas afrodisíacas y por los desayunos sorpresa.

Así pues, haciéndome yo las cuentas de la abuela, así, a ojo de buen cubero, vengo a concluir que casi toda la población mundial pertenece al colectivo Lgtbiq+, y, para que nadie se sienta «discriminadoa», podríamos añadir a la sigla un «―» para meter al resto. Esto sí que es globalización, a gran escala y sin miramientos. Pues nada, el año que viene se hacen las maletas y to el mundo pa Madriz.

Posteado por: josejuanmorcillo | julio 4, 2019

Gafas

A veces, de repente, se ensucian las lentes de mis gafas. No es vaho ni dejadez en su limpieza, ni tampoco un proceso lento que uno va percibiendo al principio como un ligero empañamiento y que al final acaba enturbiándose en la mancha que te impide ver con claridad. Más que manchas son tres marcas verticales y paralelas, casi siempre en la lente derecha, como las que trazamos al pasar la yema del dedo por un cristal. Cuando me quito las gafas para observar las señales, da la sensación efectivamente de que alguien ha acariciado mi lente con los tres dedos centrales de su mano con la rapidez de un parpadeo y el sigilo de una brizna de polvo.

Al principio me desconcertaba todo esto, pero ahora lo asumo con tranquilidad interpretándolo como un aviso o como un deseo de comunicación desde un espacio que es invisible a mis ojos corporales y que debo descubrir con la intuición, que es una magnífica vía de conocimiento. La intuición se encarga de tomar de la mano a la razón, de sentarla en una silla cómoda y de colocarle sobre la mesa los libros y papeles que ha de investigar. Sin la intuición estaríamos todavía subidos a los árboles, recolectando sus frutos o huyendo de los depredadores, y durmiendo en cuevas al abrigo de un fuego.

El caso es que este suceso de las lentes lo llevo bajo vigilancia. De esta manera he descubierto que aparecen cuando me hallo concentrado en algo trascendente y, sobre todo, mientras leo un buen libro cuya lectura me atrapa con sus mordazas de niebla durante un espacio de tiempo subjetivo que no coincide con el objetivo, con el del reloj. Levanto entonces la mirada del papel, miro el reloj para saber cuántos minutos u horas he estado leyendo y compruebo que en la lente están señaladas, como un juego o una caricia o una súplica de ayuda, las marcas de tres yemas de unos dedos pequeños que se han deslizado desde arriba hasta la parte inferior de la montura. Me queda mucho por verificar, pero sí he alcanzado a reconocer un dato que me perturba: las marcas solo aparecen cuando, de alguna manera, me he sentido íntimamente identificado con el contenido de la lectura.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 26, 2019

Progres

Ahora que el curso académico termina recibo en mi despacho nuevas ediciones de libros de aula que dicen lo mismo de siempre pero cambiando algún texto literario, añadiendo ejemplos de análisis morfológico o incluyendo alguna palabreja sintáctica que se ha inventado un catedrático obligado por el sueldo a publicar una investigación o luminaria mental. Estos libros suelen ir acompañados de cartas en las que te explican pormenorizadamente sus ofertas educativas y, sobre todo, decenas de aplicaciones y de nuevas técnicas que te venden como imprescindibles. Las cartas de papel las tiro al contenedor del reciclaje y los correos electrónicos ―sin abrirlos― van directos a la papelera que mi sistema informático llama junk, que en inglés quiere decir `chatarra´ y que es un término al menos más elegante que «basura» o «mierda», aunque angustie pensar que una máquina convierta cualquier palabra escrita en chatarra; quién sabe si algún día nuestras bibliotecas, nuestros libros de papel y nuestros cuerpos serán transformados en chatarra digital, en polvisquera de latón, en sombra internauta, en nada si alguien o algo pulsa la tecla correspondiente.

Me aventuré, en fin, con un correo al azar y lo leí: «Con nuestro nuevo position paper, nuestro Expert Panel te ayudará a aprovechar el poder del feedback efectivo para mejorar los resultados de aprendizaje de tus alumnos». Ningún extranjerismo estaba marcado en cursiva para dar a entender que son términos muy habituales y aceptados en nuestra lengua; es una forma de decirte por lo bajini que si no lo entiendes eres un imbécil o un mal profesor que sigue sin actualizarse ―outdated dirían estos―. No entendí el texto, lo reconozco, pero es que no lo quiero entender, así que no perdí más segundos y lo convertí en junk.

La excelencia docente y el éxito educativo no se basan en estos procedimientos progres, sino en unos pilares que llevan siglos triunfando: exquisita formación académica del docente ―dominar muy bien tu materia―, pasión profesional ―saber transmitir y compartir tus conocimientos con los alumnos― y la escritura manual sobre papel. Lo demás es app o junk.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 19, 2019

Animales enfermos

Aseguran algunos expertos que los altos niveles de contaminación dañan la salud de la fauna urbana con la misma agresividad con la que la sufren los humanos. Nuestras mascotas, las aves que nacen, viven y se reproducen en las ciudades padecen nuestras mismas enfermedades cancerosas y respiratorias derivadas de la inhalación de los humos de calefacciones, de empresas y de vehículos.

Todos los años se publica la cifra de los españoles que mueren por haber respirado el ácido y sucio aire de las ciudades. Cifra que se queda en eso, en cifra que ni huele ni duele, en cifra que deja indiferentes a tantas alcaldías que poco o nada hacen por reducir la emisión de gases contaminantes, cifra que no quita el sueño a las grandes multinacionales enriquecidas del petróleo que chupan de las entrañas de la Tierra. Es una cifra que publican los medios y que a todos se nos olvida al día siguiente, cuando salimos de casa para ir andando al trabajo o para hacer la compra en el supermercado que está a la vuelta de la esquina, o cuando la pereza nos incita a montarnos en el coche para desplazarnos unos cientos de metros. Pero es una cifra que tiene rostro para los moribundos que se consumen en las camas de los hospitales y para los familiares que sufren la agonía del enfermo, moribundos que son los cuerpos ocultos que se convulsionan entre esos cinco dígitos que todos los años publica mecánica y asépticamente el Ministerio de Salud.

Los pájaros urbanos respiran el mismo aire que el nuestro, pero además beben de las aguas no potables de fuentes y charcos y se alimentan de los enlodados restos de comida abandonados en los patios y aceras. Esta semana vi en una calle una paloma moribunda. No se asustó ni hizo por volar cuando me acerqué a ella; estaba acurrucada en sí misma, como una pelota de plumas, esperando con resignación y sin aspavientos la llegada de lo inevitable. Mancha blanca sobre el negro asfalto. De esta fauna no hay cifras porque estos pequeños seres de entrañas contaminadas son mucho más invisibles que los humanos. Siguen sin interesar a nadie a pesar de que respiran nuestro mismo aire.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 12, 2019

Villa de Noheda

Cuando comencé mis estudios de Bachillerato ―lo que antes era BUP― a comienzos de los ochenta, nos trasladamos del campo a la ciudad. La nueva casa estaba recién construida y en una calle que todavía conservaba el nombre del fundador de las JONS, un nombre muy orondo que no me decía nada. Aquella calle, que era de tierra y por la que apenas pasaban coches, era mi zona de juego; después de la merienda pasaba mucho tiempo, solo o con mi hermano, sobre ese nuevo paraíso dándole patadas a un balón o disputándoles a otros chavales del barrio sus canicas. La calle pronto pasó a llamarse «Antonio Machado» y fue asfaltada, y aunque yo seguí bajando algunas semanas más a jugar en mi paraíso ―ya negro y con olor a petróleo―, aquel alquitrán que se me quedaba adherido a las manos, a la ropa y al alma acabó por inhumar mi primera adolescencia, sepultó una parte de mi historia y también una etapa de la historia de mi ciudad. No sé si aquello me marcó de joven, pero, cuando paseo por las calles pavimentadas de pueblos y ciudades, a veces pienso en las personas que anduvieron hace siglos por el mismo sitio por el que voy, en las vivencias y en los acontecimientos enterrados bajo mis pies y que nunca se conocerán porque el tiempo ha ido cubriéndolos con sus mantos de polvo y piedra, con sus capas de alquitrán.

Hace unos años, el arado de un tractorista de Villar de Domingo García, un pueblo de Cuenca, tropezó con el pasado. Pensó que era otro sillar de piedra, pero lo que acababa de exhumar era una parte de lo que hoy conocemos como la Villa de Noheda, una propiedad inmensa (10 hectáreas) que atesora el más extenso conjunto escultórico en mármol de la Hispania romana y el mayor mosaico figurativo del Imperio. Se cree ―dicen los expertos― que esta villa supera en restos arqueológicos a la del Casale, en Sicilia. Esos mosaicos y toda la villa, con las conversaciones, las costumbres y la cotidianeidad de sus moradores, antes inhumados, cubiertos por la tierra y la ruina de los siglos, resucitan ahora en un presente que sigue siendo pasado y que desafía a la eternidad.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 5, 2019

Visión nocturna

Medianoche en el Parque del Buen Retiro. La poca gente que queda se apresura a salir antes de que cierren sus puertas. Las casetas de la Feria del Libro han bajado sus párpados de metal y hacen su digestión de papel y tinta mientras cae sobre ellas un sueño de décadas, de siglos. Murciélagos y silencio. Un diablillo cojo y mordaz levanta las techumbres de las casetas al tiempo que un perro se detiene en una de ellas, sube la pata y orina mientras contempla, no lejos de allí, a dos hombres sentados junto a una mesa. Ropajes antiguos, de villanos dignos. «Te digo, Barrildo, que he visto tantos libros inútiles en Salamanca que nada aportan al entendimiento, que con certeza puedo afirmarte que mueven más a confusión y a vana espuma que a breve suma e ingenio». «Pero no me negarás, Leonelo, que la imprenta es importante invento». Se levanta airado de su silla, se endereza y golpea la mesa con el puño: «Barrildo, sin la imprenta grandes sabios hubo y aún no ha nacido uno que iguale a nuestros clásicos».

No lejos de esta polémica pasean del brazo Jardiel Poncela y Fernán Gómez; a sus pies, Bobby lame desde el hondo pozo de sus ojos las palabras de su amo: «Todo el mundo se expresa mejor siempre por escrito… si se exceptúa, naturalmente, a la mayor parte de los escritores». Don Fernando asiente con la cabeza; afirma con el silencio nocturno de los árboles que este mundo es un teatro de la vanidad humana alimentada con galletas de tinta y celulosa.

Luz de luna. Lechuza goyesca. Don Quijote ensaya cabriolas en el embarcadero; junto al estanque, Nazarín y Cervantes lanzan libros al agua. «Estos libros, don Miguel, son como adoquines o polvo de los caminos. Tanto se publica, que la Humanidad, ahogada por el monstruo de la imprenta, se verá en la obligación de suprimir todo lo pasado». «Y nosotros con ellos, querido amigo. Así está escrito». Quevedo y don Ramón, uno cojo y otro manco, se regalan claveles y rosas. Al poco, la noche huye destemplada y los fantasmas regresan exhaustos a sus tumbas de papel. Las techumbres, conchas de lata, se cierran lentas sobre las casetas.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 29, 2019

Muerte social

Suelo salir a andar por la playa. Los fines de semana liamos el petate y nos marchamos a la costa para desconectar y para descansar, que es lo mismo. Y andar me ayuda a pensar, a recordar y, a veces, a evadirme. No me importa el tiempo que haga; aunque caigan chuzos de punta, me pongo la ropa de deporte y los cascos y comienzo mi marcheta. Le oí a un amigo ―catedrático de Biomedicina― que las células son ciegas y sordas, y que se comunican mediante el contacto y el olor; cuando se hace ejercicio, la dopamina favorece esta comunicación celular y ayuda a que el cuerpo entre en una fase de tonificación y de armonía generales. El hecho de que nuestras células se comuniquen mediante el contacto me lleva a reflexionar sobre nuestro comportamiento social; la deshumanización general a la que nos estamos precipitando nos empuja a que evitemos el contacto físico. Cuanto menor sea este, menor será la empatía humana, la caridad y la comprensión hacia el prójimo; necesitamos tocarnos y sentirnos físicamente desde el mismo instante en que nacemos para crecer emocionalmente.

Salgo a andar temprano, en cuanto me levanto. Para acceder al paseo marítimo debo bajar por una calle muy empinada y estrecha en la que hay una residencia para la tercera edad, un asilo, una inclusa de ancianos, digámoslo sin eufemismos. A la hora en que paso por su puerta, los ancianos suelen despertarse y a veces, cuando las ventanas están abiertas, los oigo: algunos gritan, otros se quejan lastimosamente; en una ocasión oí a un señor llamar a su mamá llorando, con la voz rota, como un niño pequeño que se acaba de despertar de una pesadilla y que necesita el abrazo de su madre.

Cuando los oigo, cierro los ojos y bajo la cabeza con amargura deseando no verme nunca como ellos; cuando los oigo, siento deseos de entrar en su habitación y hablarles para que se calmen, para limpiarles al menos las migajas de su soledad; cuando los oigo, oigo también las voces ciegas y sordas de miles de ancianos olvidados en sus hogares, inexistentes para la sociedad, apagándose en el cieno del abandono.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 22, 2019

La venda

Yo fui uno de los millones de españoles que el sábado por la noche cenaron frente al televisor para continuar con la tradición familiar de seguir en directo el festival de Eurovisión. Reconozco que me gustaba más el de la OTI, pero nos lo quitaron, aunque lo cierto es que de pequeño tenía el corazón partido entre los dos: por el primero, por el europeo, porque quería que España ganase a aquellos países que tanta ventaja nos llevaban en lo económico, en lo social y en lo futbolístico: presenciar esa victoria en blanco y negro era motivo de orgullo nacional, significaba para nosotros quitarles la venda a esos países que nos veían por encima del hombro como un destino turístico exótico o como el hermano pobre del continente que les enviaba a sus analfabetos y famélicos emigrantes para que estos enviaran dinero a casa y, con suerte, lograran amasar una pequeña fortuna. En cambio, por el otro, por el iberoamericano, la sensación era muy distinta porque participábamos regodeándonos en la vanidad de que éramos la madre patria y hasta nos atrevíamos a ser nosotros quienes mirábamos desde arriba a esos países cuyos representantes cantaban en muchas ocasiones con ponchos, plumas y hasta descalzos a pesar de que eran ellos los que siempre nos quitaban la venda de la soberbia y de la prepotencia.

La cuestión es que este año la venda se cayó de nuevo y de nuevo se calló la ilusión de ganar un concurso que es más casposo que un anuncio de coñac. El español no lo hizo mal; cantó bien y al chaval se le vio con ganas y muy ágil en el escenario. Dicen ―porque a mí me cuesta mucho seguir la letra de las canciones― que la del español era de crítica social, que iba sobre la venda de prejuicios que nos atamos los europeos para no ver lacras como la homofobia o la desigualdad, lacras que son más antiguas en Europa que el festival de Eurovisión y el de la OTI juntos. Así que quizás, a las puertas de las elecciones europeas, a pocos les gustó que la venda se cayera, y sobre todo en un país experto en abatir con balas a críos con tirachinas. A ver qué tal se nos da el año que viene.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 15, 2019

El infierno

Es necesario traspasar el infierno para conocerlo, hundirte en sus abismos sociales para contemplar con dolor sus crueldades, sus depravaciones morales. Es fácil hablar del infierno cuando no se ha estado allí; es fácil imaginar lo que no se conoce, lo que se intuye de lejos, y permanecer ahí, fuera y muy lejos de él por miedo o por asco, por prurito burgués y egoísta, lejos, muy lejos del infierno y contar lo que otros cuentan, sin padecer las bubas de sus miasmas, el hambre y la violencia de gargantas marchitas por el vicio.

Hay que traspasar la puerta del infierno para conocer la realidad completa de una sociedad, pero no es necesario descender a un infierno dantesco ni a un inframundo estigio. Lo tenemos junto a nosotros todos los días, en nuestro barrio, en nuestra ciudad, quizás ―quién sabe― en el piso de arriba o en la casa que se ve frente a nuestro salón, al cruzar la calle. Ese infierno es el que viven muchas personas de aspecto normal pero que sufren una inconfesable adicción a las drogas que carcome su estabilidad emocional y laboral, su convivencia familiar. El infierno va por dentro, como la procesión, por dentro de tantos jóvenes que padecen la incomunicación y que quieren encontrarla en una botella de ron y en unos canutos de maría; por dentro de unas paredes donde miles de ancianos invisibles y abandonados esperan, sentados en su sillón, a que algo ocurra mientras mastican la amargura de su soledad; por dentro de la piel de los parados, de los que han tenido que cruzar un mar para poder comer, de las que han sido engañadas y atadas a la prostitución, de los que padecen los malos tratos, el abuso y la explotación.

Los políticos pasean sus vaqueros de marca y sus camisas remangadas por calles soleadas y bulliciosas y a veces hablan del infierno sin saber realmente cómo es su aspecto, a qué huele, cómo es su voz. No quieren traspasar ningún infierno aunque digan sonrientes al micro que los infiernos desaparecerán, sí, y, mientras los escuchan, los condenados notan con angustia que se hunden un poco más en el fango movedizo de su sórdida existencia.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 8, 2019

Vencejos

Los albatros son los «reyes del espacio azulado», en palabras de Baudelaire. Su envergadura les permite recorrer cientos de kilómetros y cruzar la enorme extensión oceánica sin detenerse ni alimentarse. Son elegantes en el vuelo pero vulgares en la tierra. En su famoso poema, el autor francés recuerda que algunos marineros los cazaban para alimentarse; cuando caían en cubierta ya no podían levantar el vuelo, y aquellos aprovechaban la torpeza del ave para apalearlos y comérselos. El poeta, concluye Baudelaire, es como el albatros, «gran señor de las nubes»; su reino es el de las alturas, el ámbito de la metáfora y del símbolo, porque en tierra, «entre el vil griterío», es un incomprendido y «no le dejan andar».

En las ciudades no hay albatros, pero sí vencejos. Su envergadura es mucho menor, pero pueden pasarse meses sin posarse en tierra, alimentándose, durmiendo y hasta copulando en vuelo; solo toman tierra para nidificar. En el pueblo, cuando llegaba la primavera, los vencejos anunciaban su llegada trisando sobre los tejados. Recuerdo, siendo niño, que su aparición era motivo de alegría porque con ellos venían el calor y la cercanía de las vacaciones; recuerdo también que algunos chavales con pocos escrúpulos cazaban aviones ―así los llamábamos― en la plaza de la iglesia lanzando hacia arriba cartones circulares con forma de diana. El vencejo que chocaba con uno quedaba atrapado en él y caía en tierra aterrado; los heridos servían de alimento para los gatos.

Cuando la tarde se apagaba, los vencejos se marchaban. Yo veía que tomaban altura y desaparecían en el cielo ya oscurecido, pero nadie supo decirme entonces lo que ahora ya se sabe: que ascienden hasta unos 2000 metros y duermen mientras vuelan. De noche, ahí arriba, son los centinelas de nuestro sueño, de nuestro descanso. Baudelaire no se inspiró en ellos, en estos pequeños albatros de tierra adentro, pero sí El Bosco en su Jardín de las delicias cuando pintó en el Paraíso algo más de doscientos vencejos tomando altura en bandada y desapareciendo en la pureza celeste del azul, en su reino de nubes y de silencio.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 1, 2019

La comunidad

Para dentro de unos días se ha convocado una reunión de vecinos. Como no tenemos local propio, nos juntamos en la antigua casa del portero, en la planta baja del edificio. La tenemos en alquiler pero nadie quiere entrar a vivir ahí. Es de sentido común: más que vivienda parece covacha, sin muebles, con paredes desconchadas y atezadas por la mugre, sin apenas ventilación y donde la luz entra subrepticiamente como una alimaña sucia buscando su escondrijo. Algunas viejas y podridas vigas de hierro son visibles como los huesos de un cadáver y las pocas puertas que quedan ni cierran ni abren: son fósiles de madera en los que conviven la carcoma y la humedad. Tan solo una desnuda bombilla de las de antes cuelga del techo y a veces da la sensación de que se balancea con la cadencia de un ahorcado cuando la encendemos al comienzo de la reunión.

Somos unos cuarenta vecinos, muchos de ellos ancianos, y solo cuando las circunstancias personales son favorables y si el tiempo no lo impide nos juntamos entre ocho o diez almas, almas en pena diría yo, porque la macilenta luz de la bombilla ilumina a medias nuestros rostros y cualquiera que pase en ese momento y nos vea saldría asustado de ver tanta santa compaña junta. Somos pocos y todos hablan a la vez; somos pocos y los hay que aprovechan una distracción del administrador para comentarle al de al lado, en voz alta porque no oyen bien, algún chismorreo de barrio o lo caras que se han puesto las patatas. De tal manera que, entre tantos dimes y diretes y entre tantas idas y vueltas, lo que podría solucionarse en apenas treinta o cuarenta minutos se alarga varias horas, horas largas, tristes y sombrías como el cable negro y comido por la desidia del que cuelga la callada y amarillenta bombilla.

No voy a asistir a la próxima reunión de vecinos ni a ninguna más. Lo tengo decidido porque no quiero volver a entrar en esa covachuela de Zaratustra, porque no quiero ahogarme en la neblina húmeda y terrosa de su decadencia ni verme desdibujado en un ser abichado, lúgubre e indolente, desvaneciéndome sin aire, sin sol, sin tumba.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 24, 2019

El primer hombre

Si un libro no te engancha, no te conquista, ciérralo. Es una cuestión de gustos o de rigor literario. Yo cierro libros, a veces muchos, y no porque el tema me parezca aburrido o porque el ritmo sea lento; los cierro porque no están bien escritos. No malinterpreten estas palabras ni vean en ellas una merma de humildad o un exceso de vanidad; creo que, salvo algunos contados casos, no se está escribiendo literatura de quilates, obras que marquen un punto generacional o que sirvan como modelo para otros escritores. En los tiempos que corren es preferible la relectura de una obra maestra que arriesgar tu dinero en el último premio otorgado en un certamen internacional.

Recuerdo las palabras de un importante escritor actual. Las leí en un libro suyo. Apoyaba la idea de que no se escribe bien porque el cuerpo está hipertrofiado de calorías; sostenía que la generación del siglo XXI es la de la imagen, la del móvil, la del sillón, la de la superficialidad. Esta generación lee menos a los principales autores contemporáneos, los del último siglo y medio, y casi nada a los verdaderos maestros, a los clásicos grecolatinos, que conforman el pilar de nuestra literatura y de nuestro pensamiento; se lee menos literatura de calidad y cuando se hace no se profundiza en ella. Se lee menos y se escribe peor porque esta sociedad acomodaticia tiene los ojos henchidos de pan y de luz azul. Con el estómago lleno se atrofia la voluntad; se bosteza y se ronca.

Acabo de leer El primer hombre, de Camus, obra póstuma de un escritor que nació en una familia indigente, que accedió a la educación primaria y secundaria a duras penas y que logró el Nobel de Literatura cuando cumplió 44 años. Lo brillante de esta novela autobiográfica, muy bien trazada y con una prosa ágil y elegante, es que es un borrador; el manuscrito se encontró en su cartera, en el coche en el que falleció en un accidente de circulación. Camus sufrió la miseria y fue testigo de una guerra mundial, pero su obra es un grito de esperanza para el hombre, para la humanidad. Es para muchos de nosotros un maestro contemporáneo.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 17, 2019

Yamnayas

Nadie se acuerda de los yamnayas, nuestros antepasados en la Península Ibérica. Aquellos descendientes de las tribus de las estepas del este de Europa llegaron hace cinco mil años a nuestros campos con sus caballos, con sus carretas con ruedas, con su hambre de conquista, y pasaron por cuchillo a los pobres y pacíficos pastores ibéricos hasta exterminarlos. De ellos no quedó ni el nombre. Los yamnayas impusieron su ADN y su lengua indoeuropea en esta parte de Europa. La carga genética de los yamnayas y su idioma y dialectos son ahora los nuestros. Pero nadie se acuerda de ellos.

He oído a algún político, públicamente y con una fe que movía las finas telas de la emoción, agradecer a la Virgen del Rocío su intervención en el éxito de la disminución del paro, e incluso los he visto imponiendo bandas al mérito civil a la del Pilar, en la Basílica de Zaragoza, por la encomiable ayuda prestada a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado. Hace unos días, un político con barba califal comenzó su campaña electoral en una cueva, en aquella donde se apareció la de Covadonga, para solicitarle a la predicha amparo, fuerza y protección en la nueva reconquista espiritual y moral de esta nunca mejor llamada «Isla de conejos».

Pero nadie se acuerda de los yamnayas a pesar de que en yacimientos como el de La Bastida, en Murcia, se han exhumado restos que dan muestra del enorme valor cultural y tecnológico que nuestros antepasados impusieron en esta península europea y que evidencian una nueva era en el Neolítico temprano. Por ello, yo reivindico su memoria; desde aquí, ahora que estamos en plena campaña electoral y nuestros políticos insisten en hacer que el pasado se haga tan nítido como el presente más inmediato, rompo mi lanza por los yamnayas, por nuestros verdaderos abuelos, aquellos que nos trajeron a los campos deshabitados de la «Isla de conejos» la rueda, el caballo y el carro, que sembraron con un ADN fuerte e ibérico los fértiles cuerpos de las jóvenes yamnayas, aquellos, en fin, que trajeron hasta los confines del mundo conocido su lengua y su cultura, que es la nuestra.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 15, 2019

“Easeamine”

Hace quinientos años, cuando Magallanes y Elcano circunnavegaban la Tierra y la teoría heliocéntrica de Copérnico comenzaba a explicarse en algunas universidades europeas, Paracelso, el médico más importante del Renacimiento, se entusiasmaba mezclando e infusionando hierbas y plantas que crecían en los campos de Centroeuropa. Estos conocimientos botánicos no los había adquirido en la Universidad, sino de cientos de mujeres que vivían solas en las landas y sierras y cuyas madres y abuelas, de generación en generación, les habían transmitido. Aprendió tanto de ellas que aseguró que, siguiendo una dieta estricta basada en ciertas plantas, podría vivir hasta doscientos años. Esas mujeres analfabetas curaban enfermedades y sanaban infecciones que los más doctos médicos intentaban infructuosamente remediar con sangrías e inútiles emplastos. Esas mujeres sin formación académica pronto fueron víctimas del recelo de la Iglesia, que veía en esos saberes adquiridos de la Naturaleza una intervención del diablo. Se les llamó brujas, invocadoras de Satanás, esclavas del Maligno. Cuando comenzó en Europa la caza de brujas, Paracelso, en un ataque de furia, rompió todas sus redomas y desapareció de la ciudad. Nunca se le volvió a ver.

Cinco siglos después, el joven carmelita teresiano Dennis Wyrzykowski ha fundado los laboratorios Carmel con fines benéficos, y en ellos, con la ayuda de la Escuela de Medicina de la Universidad de Massachusetts, ha creado una crema antienvejecimiento de eficacia probada a la que ha llamado «Easeamine» y en la que interviene un agente biológico, la adenosina, que aplicado antes de dormir confiere elasticidad a la piel de la cara y de los ojos. Los pingües beneficios los destina el carmelita a los grupos sociales de Boston más castigados por la pobreza y la marginalidad con el fin de erradicar la miseria, ofrecer a los excluidos una educación de calidad y rehabilitar a los condenados por algún delito.

A pocos años de enviar a los primeros terrícolas a Marte, el humanismo renacentista sigue vivo, no envejece, encarnado ahora en este carmelita teresiano.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 3, 2019

Gasones

Cuando era niño, todos pegaban. Este es uno de los recuerdos más vivos que me vienen de aquella edad. Pegaban los maestros, pegaban los padres, se pegaban los compañeros del colegio. Todos pegaban porque a los que pegaban les habían educado de esta misma manera, pegando. Yo, que era el mayor, tenía que pegar a mis hermanos cuando se portaban mal porque así me lo ordenaban mis padres. Nos educaron entre golpes y desde la exclusión. En mi clase de 8º de EGB nadie hablaba con un chico porque era homosexual. Él nunca lo dijo pero todos lo sabíamos por su forma de correr, de hablar, de golpear la pelota con la mano cuando jugaba al frontón con un compañero, su único amigo. Recuerdo a un niño de 7º que siempre jugaba solo porque había nacido con un mechón de pelo blanco y nadie quería acercarse a él por raro. Éramos violentos y enfermos. De todos los juegos, el que más nos fascinaba era la guerra de gasones. Nos dividíamos en dos bandos, nos escondíamos entre escombros de arena, nos dábamos unos minutos para llenar el arsenal con los mejores gasones y entonces comenzaba la lluvia de proyectiles. Ningún animal se atrevía a acercarse, y si lo hacía practicábamos puntería con él. Recuerdo que para Reyes pedíamos pistolas y rifles y con ellos nos sentíamos más hombres, como cuando fumábamos un ducados a escondidas.

La Constitución y la libertad engendraron muchos derechos ciudadanos, y esas agresiones, esos desprecios y juegos violentos fueron desapareciendo, pero a algunos adolescentes les dio por lanzar cócteles molotov, quemar contenedores, asesinar a civiles y militares y estallar bombas donde sus enfermas mentes sabían que harían más daño. Todo esto también ha desaparecido.

Ahora, las agresiones ―los gasones― son digitales. Algunos políticos usan las redes sociales para lanzarse insultos y vídeos ofensivos, para faltarse al respeto, para herir al otro. Estos políticos enfermos son aquellos niños educados en la violencia y en la exclusión, y seguro que también jugarían tirándose gasones desde esas trincheras de escombro y de basura de las que aún no han salido.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 28, 2019

Alcorques

Los alcorques de mi ciudad son tristes. Son tristes y sucios. Algunos, viudos de árboles. Suelo observarlos siempre que vuelvo del trabajo o salgo a pasear, cuando la tarde desgasta la luz del día; es este el momento en el que se intensifican sus tonos apagados y terrosos, en el que se acentúa su decrepitud en los detritos no recogidos por los dueños de mascotas, en la rota y descolocada rejilla que los cubre, en la sequedad de su tierra, en la basura que se tira junto a la base del tronco y que queda ahí, huérfana y despedazada, esperando a que un funcionario de limpieza se fije en ella y la recoja con indolencia y desinterés.

Estos alcorques de aguas podridas y de troncos macilentos fueron cavados y plantados para dar un toque de vida y de color al alquitrán y al aire contaminado de las ciudades, de estas ciudades que han robado a la Naturaleza su espacio para cubrirlo de cemento y baldosas. Pero los alcorques y lo que en ellos a duras penas crece apenas tienen vida ni dan color; son como esas plantas de plástico discretamente colocadas en una rinconera de nuestra casa que solo decoran, que no incordian porque no hay que regarlas ni replantarlas, solo limpiarles de sus artificiales y apagadas hojas el polvo acumulado de semanas o meses. Qué contraste cuando voy al pueblo de mis abuelos. Allí admiro la naturalidad con la que una vecina riega con una palangana un árbol de su calle y la sencillez con la que otras sacan al portal, cuando cae la tarde, los cuidados tiestos de geranios y alhábega para perfumar y alegrar las tertulias. Son gentes que viven tranquilas porque respetan y preservan el entorno del que sienten que forman parte.

Yo veo en los alcorques de mi ciudad un reflejo de cómo somos los urbanitas. Nuestro carácter destemplado y egoísta, nuestro espíritu estresado y gris se dibujan en las plantas rotas de los parterres de parques y paseos, en el pavimento suelto y sucio de las calles, en el cieno acumulado en las bocas de las alcantarillas, y sí, en la basura y en los detritos que lentamente se descomponen sobre la tierra apagada y seca de los alcorques.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 20, 2019

Huelga climática

Amansar la opinión pública, dirigirla hacia trochas escogidas con los medios de comunicación como mastín, se alza como objetivo prioritario de los representantes políticos y de instituciones gubernamentales. Son varias las técnicas empleadas desde hace siglos para lograr esta domesticación. Basta, por ejemplo, con meter miedo con todo, meter miedo con lo que comes, con lo que dices, con lo que escribes, con la gente que entra en tu país, con el vecino raro que saca la basura a deshoras. Una sociedad temerosa es un rebaño manejable.

Otra táctica muy antigua pero efectiva es la que se está practicando desde hace unos años en relación con el cambio climático. Consiste en responsabilizar a la sociedad de una situación de crisis y de alarma social. La culpa de la excesiva contaminación del aire y de los océanos ―dicen― es de los ciudadanos, que no reciclamos lo suficiente, que usamos vehículos impulsados por gasolina o diésel y que metemos todo en bolsas de plástico. Pero esto no es así. Los primeros y principales promotores de la contaminación del planeta son los gobiernos que siguen obteniendo beneficio con las multimillonarias empresas que se dedican a la extracción del petróleo y a impulsar la fabricación de los hijos bastardos de este, como el plástico. Esas cumbres internacionales para frenar el cambio climático no sirven para nada; son un efímero trampantojo para calmar la irritabilidad de los ciudadanos. Dejen de extraer petróleo, dejen de fabricar plástico, y comenzará entonces el año cero de una nueva era libre de contaminación. Pero no hay nada que hacer: el oro negro, cuando lo manejas, te ensucia el alma.

Greta Thunberg, de 15 años, hastiada de la inacción de países y empresas, decidió hacer una huelga de hambre, y este gesto se ha extendido como un huracán de luz y de aire puro por todo el mundo. Una adolescente anónima contra los países más industrializados y contra empresas contaminantes. Extraordinario. Estas huelgas juveniles contra el clima quizás sean de las últimas tablas de salvación que nos quedan, pero parecen sólidas y valientes. Que sigan a flote.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 14, 2019

Niños o perros

Leo que en Logroño están censados más perros que niños, según datos de 2018. Es decir, que el año pasado, en la capital riojana, el número de perritos comprados o adoptados superó al de niños venidos a este mundo de dios. Recuerdo que en la Facultad de Periodismo se explicaba que si un perro mordía a una persona no había noticia, pero sí la había si era la persona la que mordía al perro. Es indudable que tenemos noticia en lo que aconteció el año pasado en Logroño, pero he de confesarles que tampoco me causa demasiada extrañeza. Piensen que un perrito no se pasa el maldito día llorando como si lo estuviesen matando, ni nos despierta por las noches para darle teta o limpiarle la mierda; a un perrito no hay que llevarle un control de vacunas durante quince años, ni sufre fiebres tan altas como para meterlo en un coche a la hora que sea y llevártelo a urgencias para que lo curen o para que lo ingresen; a un perrito no hay que costearle ni carreras ni másteres, ni hay que gastarse un pastón para comprarle ropa, para las clases particulares de inglés y de piano y para los libros y todo el material de la escuela; a un perrito no tienes que lavarle la ropa todos los santos días porque todos los puñeteros días se la ensucia por tener el pañal mal ajustado o por escupirse encima la comida cuando tienes que abrirle la boca para que se la coma; un perrito nunca te contestará mal, ni nunca tendrá la edad del pavo, ni aparecerá por casa con unas pintas infames pidiéndote dinero para el botellón, ni te traerá un bombo indeseable, ni te angustiará cuando es muy tarde y aún no ha llegado a casa.

Un perrito, no lo neguemos, es más cómodo que un niño. Para muchos dueños rellena el hueco dejado por alguien que ya no está y que con toda seguridad no volverá; para otros tantos es la solución física para limpiarse la conciencia por no haber sabido amar ni atender a un hijo como merecía. Un perrito llena el silencio comunicativo que infecta cientos de miles de hogares. El perrito, y por eso hay tantos, es la terapia más eficaz para superar las peores enfermedades del hombre de este siglo: la soledad y el desamor.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 6, 2019

Asqueroso

Esto está asqueroso, mamá; no lo quiero. Pero nuestras madres, entre gritos y desesperaciones, nos tapaban la nariz, nos ordenaban que abriésemos la boca y nos metían la cuchara con colmo de puré de verduras de sobre. Y así eran las cosas: o comías por las buenas o por las malas, y si optabas por esta última te ibas además calentito a la cama. No había margen para la negociación ni para la opinión: esto es lo que hay de comer y te lo vas a comer.

Ayer me escribió un amigo y charlamos un rato sobre el clima político. Me contaba que llevaba toda la tarde viendo la televisión y que solo se hablaba de política, que estaba harto de unos y de otros. «Nos quedan dos meses asquerosos». Tecleó estas palabras con la misma convicción con la que las suscribo yo. Dos meses asquerosos. Dos meses en los que los políticos volverán a la demagogia para sentarse en mayo en un sillón confortable de un elegante escenario político. Y una vez nombrados y amilanados en su recinto cerrado y protegido de ruidos, fuera de ahí nuestro país seguirá asistiendo al bochornoso espectáculo de la realidad, de esa realidad que ni unos ni otros, ni aquellos ni estos han solucionado ni van a solucionar. La realidad del precariado ―término que sigue sin aparecer en el DLE―, trabajadores de cualquier ámbito profesional, entre los que se incluyen investigadores de sólida formación académica, con un sueldo que no les da para vivir dignamente; la realidad de ser el tercer país europeo con mayor pobreza infantil, con casi 2.600.000 niños españoles que solo tienen un plato de comida al día, y, de estos, unos 60.000 apenas pueden alimentarse, y, que no se le olvide a nadie, este daño conlleva dificultades en el desarrollo cognitivo y físico del niño, le arrastra a la exclusión social, al fracaso escolar y a sufrir violencia familiar. Estas criaturas, una cuarta parte de nuestros niños, los futuros adultos españoles, ¿cómo serán y de qué vivirán dentro de diez años?

Votaré, sí, pero con la nariz tapada porque esta realidad es asquerosa, apesta, pero tenemos que tragárnosla a las buenas o a las malas. No queda otra.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 27, 2019

Mi bar

Yo nací en un barrio humilde y obrero, muy alejado del centro de la ciudad. Los barrios obreros y humildes suelen ser periféricos porque las urbes quieren dejar claro dónde deben vivir los ricos y dónde los currantes de bocata de sardinas envuelto en papel de periódico. Cuestión de castas. De pequeño comía mucha comida enlatada y, casi todos los días, filetes de hígado a la plancha. Para más inri, el bocadillo que me llevaba al colegio era de fuagrás de tapa negra, vamos, hígado de cerdo enlatado y enlutado. Entenderán por qué llevo muchos años sin probar las vísceras de mamíferos y pasando de largo por los pasillos del supermercado que exhiben patés y conservas.

El médico me ha recomendado que baje siete kilos. «Ande usted todos los días al menos una hora», bisbiseó asépticamente mientras me tendía la mano para despedirme. Los médicos ahora te atienden con prisas porque son pocos y muchos los pacientes. Le estoy obedeciendo. Me pongo los cascos y pateo las calles, parques y paseos de mi ciudad. Siempre cambio de ruta para no aburrirme. El otro día salí tarde y se me hizo de noche, y, como la música me ayuda a pensar y a no fijarme en lo que pasa a mi alrededor, acabé sin saber cómo ni por qué en el barrio donde nací, en el portal de la que fue mi primera casa.

Vivíamos en un primero y sin ascensor. Observé que salía luz del salón y me imaginé que ahora estaría la casa ocupada por un matrimonio mayor, por eso de las escaleras. Debajo, en el chaflán, seguía abierto el bar que inauguró mi padre, pero con otro nombre y más moderno. Entré y me pedí una caña. Mientras me servían me vinieron las imágenes mías, siendo muy niño, correteando entre las mesas y los taburetes de la barra. Y, al igual que entonces, vi que los parroquianos que me acompañaban también eran gente obrera y humilde, también cabizbajos y con la mirada seria y reconcentrada en la bebida. Fue como si el pasado tendiera un puente hacia mi presente, sentí que había vuelto a mis orígenes, que había regresado a mi casa. Pero nadie me reconocía. Solo era un espectro invisible y de mirada perdida con una caña entre las manos.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 20, 2019

Amo el español

Llevamos décadas, desde que comenzó la democracia, avergonzados o culpables de decir que hablamos español. La presión de partidos nacionalistas condujo a la Administración central a imponer «castellano» porque lo de español les parecía a aquellos ofensivo e imperialista. La asignatura que imparto pasó a llamarse «Lengua castellana y Literatura», no sé si por cortesía o por bajada de pantalones. Para un filólogo, y dejando a un lado connotaciones políticas ―que ahora no vienen a cuento―, llamar en la actualidad a nuestro idioma «castellano» es algo parecido a si en Italia denominasen al suyo como «lengua toscana». Una memez. Hablamos de castellano para aludir a los orígenes de nuestro idioma, en el reino de Castilla, hasta la Edad Moderna. Aunque les moleste a los nacionalistas catalanes, vascos o los que sean, nuestro diccionario académico es el Diccionario de la Lengua Española, no castellana, y nuestra gramática normativa es la Nueva gramática de la lengua española, no castellana. Qué le vamos a hacer. Son cuestiones lingüísticas, filológicas, y no políticas.

Pero el nacionalismo político y cultural de tendencia antiespañola no quiere asumirlo. Resulta tan sorprendente oír a un político hablar de «lengua española» que cuando lo hace pensamos que se ha confundido o que no le ha sentado bien el Choleck del desayuno. Por ello, me resultó desconcertante la declaración del acusado Oriol Junqueras ante los jueces del Tribunal Supremo: «Lo he dicho en muchas ocasiones: amo a España y a las gentes de España y a la lengua española. Lo he dicho un millón de veces porque es verdad». Cómo tendría las tripas y los esfínteres el exvicepresidente de la Generalitat, al que le podría caer un buen saco de años por rebelión independentista, para declarar con tanta fe ciega y apasionada un amor tan discutible hacia la cultura y la lengua españolas, que no castellanas. Me sobrecogió ―he de reconocerlo― no su falso patriotismo español, sino lo acertado que anduvo cuando subrayó lo de «lengua española». El miedo, señor Junqueras, levanta en ocasiones la niebla que desorienta al entendimiento.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 13, 2019

“Voxeo”

El voxeo es un deporte que ha vuelto a ponerse de moda en España; de hecho, ahí están las cifras: las licencias se han quintuplicado este último año. Se practicaba mucho durante el franquismo; incluso, aquella España de blanco y negro llegó a jactarse de haber ganado alguna copa europea o mundial, no lo sé, ni tampoco me interesa. Mi padre era muy aficionado a este deporte, y se apoltronaba hasta altas horas de la noche viéndolo por la televisión. Nunca quiso que me quedase con él, en aquel salón con chimenea en la que no terminaban de consumirse los rescoldos de la leña carbonizada. Me decía que no era para niños, pero yo salía de puntillas de mi habitación porque quería compartir con mi padre esos ratos de embelesamiento deportivo. Mi madre, que siempre me oía o que nunca dormía hasta que mi padre volvía a la alcoba, se levantaba de la cama, me alcanzaba en el pasillo y entre empellones y azotazos me metía en la cama destemplada e incómoda sobre la que dormíamos los niños de los años setenta, esos años grises, en blanco y negro, y de pocas explicaciones.

Dicen los entendidos que el voxeo es extraordinario en todos los sentidos. Fomenta el compañerismo y la convivencia, y además te enriquece en valores. En valores deportivos y sociales, dicen, aunque sigo sin entenderlo. Golpear el saco durante un tiempo relaja tensiones y ayuda a la concentración. Quemas toxinas, quemas calorías, quemas malos rollos, quemas bazofia. Mucha bazofia interna que te ensucia las venas y que no te deja dormir en paz, que no te deja conciliar el sueño, como quizás le pasaba a mi padre.

Ahora que tengo mi salón, mi calefacción y mi televisor, alguna vez he seguido un combate de voxeo español, desde el primer asalto hasta el último. Se golpean para debilitar al contrario y siempre buscando el punto más débil y desprotegido para herir, para hacer sangre, y ya abierta la herida arremeten con fuerza sobre ella para que la hemorragia obligue a la anulación del combate por nocaut. Se quemarán toxinas y mucha mala leche, pero le he cogido manía, ustedes me entienden. Prefiero el diálogo, el consenso y el respeto.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 6, 2019

Yo también voto

A Jesús Vidal

Pocas veces, un discurso de agradecimiento se está viendo tanto por las redes sociales y es tan merecedor de los mejores elogios. Las palabras serenas y emotivas que pronunció Jesús Vidal tras recoger el premio Goya al mejor actor revelación removieron conciencias y zarandearon las entrañas secas y agrietadas de muchos españoles. El premiado, filólogo y con un máster en Periodismo, derribó muchos miedos a las personas que sufren algún tipo de discapacidad física o psíquica. «¡No sabéis lo que habéis hecho al dar este premio a una persona como yo!». Un amigo médico que trabaja en una unidad de atención a pacientes con discapacidad me confesó que hay cada vez menos discapacitados; los padres, cuando se enteran de que su hijo sufre alguna alteración física o cromosómica, deciden abortar. No lo quieren; lo ven como una carga para toda la vida. Quieren hijos inteligentes, guapos y con buena salud, que les den nietos sanos y perfectos. «Queridos padres, a mí sí me gustaría tener un hijo como yo porque tengo unos padres como vosotros». Cuántos padres morirán sin oír ni una sola vez estas palabras de sus «capacitados» hijos. ¿No son acaso la minusvalía emocional y la falta de empatía casos serios de discapacidad social y familiar?

«Inclusión, diversidad, visibilidad». Esta fue la petición de Jesús Vidal en un momento de su discurso. Mayor inclusión social y laboral, mayor aceptación ciudadana y estar más presentes en todos los ámbitos de acción social. Un país que luche por lograrlo es un ejemplo para el resto, un modelo de sociedad madura y avanzada. España está en esta línea de integración laboral, educativa y social. Hace unos meses, el Congreso aprobó por unanimidad la reforma de la Ley Orgánica de Régimen Electoral General que permitirá votar a personas que padezcan enfermedad mental, discapacidad intelectual o deterioro cognitivo. Un gran paso, sin duda. «Lo más importante es no ponerse barreras, que el mundo ya te dirá hasta dónde llegas». Palabras sabias de una persona rica en valores humanos. Yo votaría a una persona como esta.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 30, 2019

Pinquis

Mi abuelo, cuando llegaban los fríos, me insistía en que llevara bien tapados los pies y la cabeza. Nunca supo explicarme que la razón residía en el hecho de que casi todo el calor corporal lo perdemos por los extremos, pero mi abuelo, que era de gramática parda, que perdió su infancia entre balas y chuscos endurecidos y no entre libros, libretas y pizarras, sabía lo que sabían su padre y su abuelo, y él me lo transmitió con la misma espontaneidad con la que un profesor explica el teorema de Pitágoras: cuando haga frío, calcetines y gorro de lana. Así que, en previsión de que los hielos no nos abandonan, me he comprado unos calcetines de algodón con dibujitos de tiburones y otras especies marinas, y largos, muy largos, como esos que nuestras nerviosas y malhumoradas madres nos embutían cuando nos vestían para llevarnos al colegio. Llegué a casa y me los probé. Me miré al espejo, y ahí estaba yo: a mi edad y en la decadencia con la que me están castigando los años, con la camisa del pijama, los gayumbos de medio muslo y los calcetines a la altura de las rodillas. Ese adefesio vestido de colegial pero con cara de padre entrado en años era yo. Menos mal que no veía nadie, que no me verá nadie.

Pero la moda de ahora no es la mía. Me lo dijeron y no me lo creí hasta que lo he ido comprobando. Consiste en llevar los pantalones cortos y usar pinquis en lugar de calcetines para mostrar a todos tus sinuosos tobillos. Da igual que nieve, que te arrastre un airuzo polar o que caigan los chuzos de punta. Hay que enseñar los tobillos. Llevo días observando con detenimiento cuántos ciudadanos llevan al aire los maléolos, y, aunque este exhaustivo trabajo de campo me obliga a caminar con la cabeza gacha como un friqui con problemas de autoestima y de comunicación social, casi puedo afirmar que tanto jóvenes como adultos siguen esta moda pinqui-tobillera. Y cuando veo con espanto las ampollas y las rozaduras sangrantes que algunos sufren en la zona del talón, me siento aún más confortable dentro de mis largos, larguísimos calcetines de algodón que me abrigan hasta la corva. Qué alivio.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 23, 2019

El ático

El pasado fin de semana me escapé a Madrid. Mis retiros a la capital son escasos, pero sustanciosos: procuro disfrutarlos en temporada baja, cuando la temperatura es llevadera, la ciudad no se masifica y la oferta cultural es atractiva. Muy poco me importa que la ciudad esté invadida por multinacionales y por franquicias de comida basura; pasear por Madrid desde el anonimato que me procuran mi gorra, mi bufanda y mi abrigo es una bocanada de libertad para mí, que vivo en una capital de provincias, controlado por vecinos y conocidos, acostumbrado a saludar siempre que salgo a comprar, a despachar algún recado, a trabajar o a tomarme un café en el bar de la esquina. Pasear sin ser mirado, gozar de la invisibilidad rodeado de tanta gente, tomarte una infusión con poco azúcar y mucho tiempo en La Central mientras leo las páginas de un libro, desayunar a primera hora en la churrería de San Ginés o en el jardín del Museo del Romanticismo, deambular por el Barrio de las Letras son placeres tan gratificantes que solo se disfrutan con plenitud si se viven muy de tarde en tarde.

En esta ocasión reservé habitación en un hotel de la Plaza Santa Ana, a pocos metros de las casas de Lope de Vega y Cervantes y al lado del Teatro Español, donde Lorca alcanzó el mayor de sus éxitos como dramaturgo con el estreno de Yerma, el 29 de diciembre de 1934. El domingo por la mañana llegué al número 29 de la Gran Vía porque quería contemplar el edificio antes de que sea remodelado en un hotel de lujo. En la novena planta tenía su despacho Ortega y Gasset, y desde él dirigió el filósofo las publicaciones de la Revista de Occidente desde 1923 hasta 1936. Desde ese despacho de la novena planta se fraguó la modernización cultural de España, con una clara visión europeísta, y en él nació en 1937 la Colección Austral. Esa novena planta es ahora propiedad del futbolista Cristiano Ronaldo y hará de ella un ático de lujo, pero desabrigado de libros y de galeradas. Desde allí, cuando él vaya, gozará de las vistas de un Madrid febril y capitalista, de un Madrid muy distinto de este en el que yo me recreo cada vez que lo paseo y lo vivo.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 16, 2019

El olvido

He sido siempre un olvidadizo y siempre lo he aceptado como una peculiaridad innata. Nací olvidadizo y así moriré; qué le vamos a hacer. Y si bien se mira, no es malo conocerse a sí mismo y tolerarse las taras con las que nos han traído al mundo. Cuando tengo la mente ocupada en asuntos serios y que requieren responsabilidad, objetos cotidianos corren en mis manos el peligro de quedarse expósitos, a merced de quien quiera ampararlos. Sería incapaz de numerar con exactitud los paraguas que han quedado cerrados y silenciosos esperando en quién sabe qué paragüero público a que fuera a recogerlos, los sacara con prontitud y los paseara bien abiertos y orgullosos de proteger a su dueño de las inclemencias climáticas. De ellos ya solo me queda la esperanza de que hayan sido adoptados por alguien que los cuidara mejor que yo.

Pero puestas aparte estas cuestiones, ahora que ya voy entrando de puntillas ―pero entrando― en los arrabales de una edad más próxima al atardecer que al mediodía, me voy dando cuenta de que el olvido es un remedio muy eficaz para curar las laceraciones que, en el pasado, infligieron las injusticias y las injurias en mi cuerpo y en mi espíritu. La vida es un camino pedregoso e inseguro, pero no lo sabemos hasta que caemos en la cuenta de que no llevamos el calzado adecuado o al correr a destiempo cuando ya está demasiado cerca un peligro que nos acechaba. Cada vez que rebusco en los cajones de la memoria para encontrar las imágenes en orden cronológico de un acontecimiento ominoso, fatal o trágico que sufrí hace muchos años, descubro con alivio que ya no están. La memoria borra en el momento oportuno los pormenores de acontecimientos pasados que en el presente dañarían nuestra salud espiritual y, en consecuencia, también la corporal. La madurez dorada, este arrabal en el que ya estoy entrando, es la vuelta a un tipo de infancia, el regreso a una edad en la que solo debe movernos una motivación vital: ser felices. Felices con la sabiduría que hemos adquirido en terribles batallas ya lejanas y de las que solo quedan las cicatrices.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 9, 2019

Sentinel

A flechazos y con lanzas siguen recibiendo los aborígenes de la isla india de Sentinel del Norte a todo el que ose perturbar la apacibilidad de sus viviendas. Pensaba que era un montaje audiovisual, pero no. La noticia mostraba las imágenes de un sonriente misionero estadounidense a escasos metros de una playa poco antes de lanzarse al mar y nadar confiado hacia esta ínsula extraña para evangelizar a sus amenazadores habitantes. En cuanto puso pie en la orilla, crucifijo en mano, lo dejaron como un san Sebastián. Cuenta la hagiografía que descuartizaron el cadáver y lo devoraron para no desaprovechar tanta proteína.

Sin electricidad, sin fuego y con una tecnología que no ha evolucionado en los últimos 60.000 años, los sentineleses defienden con una determinación heroica la supervivencia de su cultura ante la desforestación de las islas cercanas y después de que algunos miembros de sus familias fuesen esclavizados por colonos violentos. Aislados de todo y de todos, quieren permanecer inmunes a toda esa legión de virus que traen las enfermedades del mundo moderno: inmunes al virus de la globalización, que asesina silenciosamente las culturas y las tradiciones minoritarias; al virus de la tecnología digital, que debilita el contacto humano y la comunicación personal hasta deshumanizar al individuo y transformarlo en un ser consumido por la soledad; al virus del dinero, que parasita la ética de los pueblos y los convierte en enemigos; al virus del progreso, que infecta los mares de plásticos, el aire de humos contaminantes y la tierra de pesticidas y alquitrán; inmunes, en fin, al letal virus del estrés, y al del ruido de máquinas, y al de la comida basura, y al de la corrupción, y al de la explotación del débil y del indefenso.

El sunami de 2014 redujo la población de la isla a 150 indígenas. Aunque el Gobierno indio ha prohibido que sean molestados para garantizar su supervivencia y su aislamiento del resto del mundo, mucho me temo que la letal mandíbula del capitalismo acabará devorando este reducto de la humanidad. Ojalá me confunda.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 2, 2019

Tiempos

Desde mi ventana, mientras enciendo un cigarrillo y contemplo consumirse los últimos minutos del año, me doy cuenta de que nuestro tiempo no es el del resto de los seres vivos. Abajo, en las calles, la vida es frenética, bulliciosa; las personas van y vienen esperando inquietas la entrada del nuevo año, sabiendo las horas que quedan para la cena, para las uvas y para el festejo.

Hoy la tarde es tranquila y apacible, y el arrebol de las nubes anuncia la llegada de la noche. Los estorninos y las palomas vuelan hacia las ramas yermas de los árboles. Ellos, los árboles y las aves, no saben de meses, de años ni de siglos. Su noción del tiempo no es la nuestra. Su existencia se basa en el día a día, sin proyectos de futuro, sin mirar al pasado. Nosotros nos confundimos: vivimos infelices y angustiados recordando el tiempo pasado que hemos desaprovechado y conjeturando con los años que aún nos quedan por vivir. Pero ni el uno ni el otro nos pertenecen, y, en lugar de vivir todos los días sintiéndonos plenos y henchidos de vida, nos hundimos en el piélago del pesimismo. Séneca escribió: «No pierdas hora alguna, recógelas todas. Asegura bien el contenido del día de hoy, y así será como dependerás menos del mañana. Mientras aplazamos las cosas, la vida transcurre». Hay que aprovechar cada instante de nuestra existencia con serenidad y templanza, huyendo de lo que nos mata y envilece, siendo conscientes de que la felicidad plena no la encontraremos en la duración de nuestra vida sino en cómo la hemos aprovechado en bien propio y en el de los demás.

El hombre sabio almacena experiencias y conocimientos que le permiten iluminar su interior y sabe convertirlos en acciones virtuosas y plenas. Este es el arte de la vida, y lograremos saborearla desterrando de nuestros actos el odio y el miedo, aceptando a las personas como uno se acepta a sí mismo, con sus imperfecciones y respetando su dignidad y su libertad.

Ya la noche ha descendido sobre los tejados con su manto de niebla. Es bella, como la tarde. Merece la pena nuestra existencia; gocémosla en simpatía con la humanidad y con nuestro planeta.

Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 26, 2018

Amor de celofán

Qué poco dura la alegría en la casa del pobre. Eso decía mi abuela que se decía en el pueblo, y con quien hables te dirá que eso se dice en todas partes. Cuando la pobreza entra por la puerta de tu casa, el amor salta por la ventana. La pobreza y la enfermedad. Cuando a la escasez y a la enfermedad les abres la puerta de tu casa, el amor hace la maleta y se marcha con lo puesto y con lo poco que ha metido en el equipaje. ¿La causa? Nos soportamos cada vez menos; este yihadismo megahedonista al que quieren convertirnos los de arriba desea convencernos de que debemos cuidarnos a nosotros mismos y a nadie más. Estamos cada vez más solos aunque vivamos en sociedad. Este aislamiento nos hace menos humanos; si se trata a una persona como una cosa, no esperes que luego te traten mejor. El familiar enfermo, el amigo sin recursos, el inmigrante que huye de la miseria son esas molestias de las que nos queremos deshacer cuanto antes, como charcos en los que se han metido nuestros zapatos y que limpiamos con rapidez al llegar a nuestra casa. «Joder, mira que tocarme a mí».

Sin trabajo ni dinero para alimentar decentemente a tus hijos, y si los problemas de salud te aplastan como un muro derribado, no hay fuerzas que puedan sobrellevar tanta penuria. La desesperación abre sendas que conducen al desmoronamiento moral y a la tragedia. No deseo en estas fechas oraciones ni bendiciones, ni misas de gallos ni vigilias. Ojalá ―y este sí que es mi deseo― que los máximos responsables del funcionamiento de nuestra sociedad muestren una categoría humana y ética a la altura de sus cargos, y que consigamos entre todos revertir este estado de decrepitud moral que nos arrastra a una globalización de la indiferencia y venzamos la desigualdad social. El hombre es la única salvación del hombre; la «simpatía», que es ponerse en el lugar del otro, es el salvavidas de la humanidad. Qué poco dura la alegría en la casa del pobre, decía mi abuela que se decía en el pueblo, pero que es algo que se dice en todas partes. Cuidemos la salud y que no falte el trabajo porque de ellos, viendo esta sociedad, nace el amor de celofán.

Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 19, 2018

Veleia

Hay lugares que surgen humildemente y la Historia termina por coronarlos en el trono de la magnificencia. A escasos kilómetros de Vitoria, en el yacimiento de Iruña-Veleia, se han hallado unos grafitos que adelantan hasta el siglo III la primera datación escrita de la lengua vasca. Diseminadas sobre huesos, vidrios y ladrillos se pueden leer palabras sueltas, como zuri (`blanco´), urdin (`azul´) o gorri (`rojo´), y algunos verbos de uso habitual como edan (`beber´), ian (`comer´) y lo (`dormir´). Los que conozcan esta lengua comprobarán que estas palabras apenas han variado en los últimos dos mil años, rasgo que le confiere una gran estabilidad como idioma, pero además es necesario recordar que el vascuence es una lengua antiquísima, que ya se hablaba en la Península Ibérica cuando llegaron los romanos en 218 a. C. y que posiblemente ya existiera antes de que surgiera el griego antiguo. Una lengua, en fin, a la que le debe mucho el español ―el más hablado en el mundo después del inglés―, ya que, gracias al contacto lingüístico que hubo entre aquella y un castellano aún en pañales, las primeras palabras de la lengua de Cervantes se consolidaron suprimiendo la «F-» inicial latina y fijando nuestro sistema fonético en tan solo cinco vocales, frente a las diez de la lengua de Roma.

Los grafitos de Veleia guardan una sorpresa. Se ha encontrado un texto cristiano que se leería como parte de una oración o que escribiría algún miembro de la familia para bendecir su casa: Iesus, Ioshe ata ta Mirian ama (`Jesús, José padre y María madre´). La bellísima sencillez del texto atesora siglos de historia y de tradición; es, por qué no decirlo en las fechas en las que estamos, un belén hecho con palabras, con la humildad de unos trazos pobres e inexpertos, palabras que iluminan el hogar de una familia vasca y cristiana de hace dos mil años, en un rincón ignorado de un gran Imperio que ya había establecido el cristianismo como su religión oficial. Incluso, el topónimo ―Veleia― guarda similitudes fónicas con aquel Belén donde nació Jesús, rodeado de sus padres, José y María.

Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 12, 2018

Neopolitano

Me ha dado por pertenecer a una tribu urbana, sí, a mi edad, que no es que sea lozana pero tampoco faraónica. En casa dicen que ya estoy con las dichosas crisis de identidad, y que lo mejor que debo hacer es dejarme de payasadas, ponerme el pijama, sentarme en el sofá con la bandeja de la cena y empezar a seguir una serie de televisión de esas que son más largas que un día sin pan. Pero yo me he rebelado, como buen hijo de los movimientos jipi y jevi, y he comenzado a rastrear por la telaraña digital para encontrar ese grupo de coleguillas con el que pueda sentirme identificado.

Los primeros intentos han sido desalentadores. Tengo muy claro que no me veo un bakala ni un maquinero porque esa música no me pone y mucho menos su jerga, que tendría que aprenderla, claro, con su perreo, sus guirlas y fronteos, y lo que es peor, usarla en el contexto adecuado y con el tono correcto. Y para eso se requiere una inmersión lingüística a la que no estoy dispuesto. Tampoco me veo dentro del rollo friqui; debería ver todo lo que se ha grabado de Star Trek y hacerme seguidor acérrimo de varios yutúbers. Va a ser que no. Descarto los góticos porque no quiero agujerear ninguna zona de mi cuerpo, ni ponerme lentillas de zombi ni pintarme los morros de violeta-muerte; hípster no puedo ser porque con mi barba, ya desforestada, sería, junto con los que lucen esas pelambres levíticas y mesiánicas, un triste y eterno aprendiz. Panki no lo seré más porque ahora sí que estimo la salud de mis oídos y la de mi estómago.

En fin, después de tanto paseo virtual, llego al Ministerio para la Transición Ecológica ―ahora me entero de su existencia― y desde una de sus páginas se me invita a ser neopolitano. Es mi última alternativa. Leo: los neopolitanos son la nueva ciudadanía, no importa edad ni orientación política; solo debes ser tuitero y consumir de manera responsable, ética y justa, sin contaminar y yendo en bici, remendando tu ropa, no comprando comida envuelta en celofán, usando marcas de ropa sostenibles y no probar apenas la carne y el pescado. No tiene mala pinta, no. Pero el bocata de morcilla y el coche no me los quita nadie.

Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 5, 2018

Tamboradas

Suenan tambores en la política española. No suena la paz ni el diálogo, sino la confrontación y el «ahorametocaamí». Los tambores, dicen, son tan antiguos como la Humanidad. Alejandro Magno quedó impresionado cuando el ejército persa los empleaba para amedrentar a los macedonios, así que decidió incorporarlos como instrumento de guerra y de comunicación. Retumbaba la tierra―aseguran los historiadores― cuando Alejandro ordenaba aporrear miles de tambores antes de entrar en batalla. Hoy, los tambores de guerra son las torpes y verduleras soflamas que suenan a través de los altavoces de nuestras radios y de nuestros televisores, y no hacen retumbar la tierra, aunque quieran con ellas meternos el miedo en el cuerpo.

Dicen que, durante la Alta Edad Media, los musulmanes que habitaban los pueblos y ciudades más importantes de lo que hoy es Aragón entraban con sus tambores al barrio cristiano durante la celebración de la Semana Santa para fastidiar ―dicho suavemente― el silencio y el recogimiento de los que estaban reunidos en sus casas rememorando la muerte de Jesús. Los conflictos religiosos han sido siempre muy ruidosos, de esto no hay duda, y casi todos han sido impulsados por intereses políticos y económicos. Las guerras de anexión territorial se ordenaban tras la bendición de un jerarca religioso. Algunos políticos de ahora aporrean sus tamboriles para hacernos saber que «la cultura occidental, de firme identidad cristiana, está en peligro porque nos están invadiendo los inmigrantes», y que ha llegado la hora de «reconquistar los valores que nos identifican como españoles».

Jaime I reconquistó gran parte de la franja oriental de Al-Ándalus, y los cristianos que fueron repoblando las tierras aragonesas, manchegas y parte de las andaluzas decidieron tocar los tambores en Semana Santa como recuerdo de lo que los musulmanes les hicieron a sus antepasados. Es otro «ahorametocaamí» que lleva siglos retumbando. La Unesco acaba de conceder a estas Tamboradas la distinción de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, así que la tierra seguirá temblando otros siglos más bajo el estruendo de miles de tambores rugiendo a la vez.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 28, 2018

Convalecencia

El sufrimiento nos vuelve más humanos, ilumina nuestra realidad de seres mortales. Quizás por ello lo rechazamos. El silencio es un aliado del sufrimiento; dos socios a los que desde siempre les ha ido bien. Sufrir en silencio, sentir desde el anonimato las punzadas internas de un proceso vírico o las terribles púas de una ofensa infligida por alguien a quien se quiere nos reconcilia con la vida, nos despierta del muermo existencial en el que creemos que flotamos cándidamente, como en un líquido amniótico del que nunca saldremos. Pero sí. Despertamos y salimos. Siempre salimos; empujamos con desesperación y angustia para mudarnos a una placenta más grande, pero lo que hacemos es salir a un entorno arañado por el tiempo; salimos llorando y destemplados, heridos por la luz, con un dolor y una impotencia que a nadie interesan. Y tardamos tiempo en comprender que el sufrimiento hay que vivirlo en intimidad, que es consustancial a nuestra existencia, y que el silencio y la paciencia nos ayudan a sobrellevar la aspereza y la fatiga del camino.

Recuerdo a Cela hablando de su experiencia como enfermo. Enumeraba cronológicamente las enfermedades que superó, como el torero que repasa las cornadas de su cuerpo y reconoce en cada una de ellas el nombre del toro, la plaza donde fue corneado y la fecha y lugar de la operación. Más que la enfermedad y el dolor, Cela priorizaba el proceso de la convalecencia: un estado de debilidad que despierta la sensibilidad artística. Habría que repasar a fondo muchas obras maestras de la literatura y de las demás artes que nacieron durante un proceso de convalecencia. Nos sorprendería. Da vértigo escrutar cuántos libros magistrales se han escrito desde una silenciosa e iluminada mesa sobre la que trabajaron los ojos dolientes y las manos febriles de su autor, sintiendo la presencia de la muerte. Es entonces, cuando llegue el minuto final de nuestra vida ―aconsejaba Cela―, cuando hay que actuar con serenidad y resignación, sin aspavientos circenses. En silencio, dejándose acariciar por la fría mano del barquero.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 26, 2018

Trascendencia

Ya no cuidamos las palabras como deberíamos. Algunas, por su poco uso, las vamos relegando al final de la cola de nuestro léxico, y ahí se quedan largo tiempo, calladas y ausentes, abandonadas. Las palabras comunican todo sobre nuestra cultura, son el cincel con el que pulimos la realidad a la que nos referimos, son el lienzo en el que queda impreso el bagaje cultural que nos sostiene. Pero las estamos abandonando. No las usamos ni las cuidamos como habría que hacerlo. Quizás podríamos argumentar que nadie nos ha enseñado a valorar un buen texto con esmero y prurito lingüístico o que ya apenas se escriben obras de gran calidad que nos ayuden a ordenar y a expresar nuestros pensamientos con claridad y precisión. Es posible.

Este escaso interés por el uso de la palabra precisa en el contexto adecuado está quizás reflejado en el ámbito ortográfico. Creo que las palabras, también, están perdiendo su trascendencia ortográfica. Las estamos desnudando de letras que ―dicen― no nos sirven porque no las pronunciamos o porque las articulamos de una manera casi imperceptible para el oído. La propia palabra que da título a esta columna ha perdido la n con la que formaba el grupo consonántico culto ―nsc―; al constipado le quedan cuatro días para que su n se desprenda de su sílaba y caiga, como una hoja seca, al barro del olvido; a otubre le han vuelto a robar la c porque poca gente la pronuncia (de momento, se salvan octavo, octogenario, octosílabo…); setiembre es el mes al que le han sustraído su p latina. Y aún no termino de comprender que una guardilla sea una buhardilla mal escrita, trasladando a la ortografía el vulgarismo fonético.

Estamos, en efecto, despojando a las palabras de su transcendencia ortográfica y semántica. Su mal uso nos lleva a encontrárnoslas así, desconchadas y heridas, empleadas abusivamente o fuera de contexto, y por tanto desnaturalizadas, a veces huecas. Y esta práctica es, sin duda, una reacción lingüística a la cultura general que nos rodea, que es la que nos vende lo intrascendente, así, sin n, como lo transcendente, así, con n.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 14, 2018

Los tóxicos

A la salida del cine, una pareja discutía en voz baja pero de forma acalorada. Cuando pasé por su lado, solo conseguí captar unas palabras que él le lanzó a ella con tanta claridad que no hizo sino enfurecerla más: «Eres muy tóxica». Se puede descalificar a una persona de muchas maneras, pero llamarla «tóxica» me sugiere un amplio abanico semántico relacionado con el envenenamiento moral y con la aniquilación de la autoestima mediante pequeñas dosis aparentemente inocuas pero letales a largo plazo, sedimentos que van contaminando nuestro optimismo, nuestra energía vital.

Los tóxicos son manipuladores, envidiosos, expertos en convencer de que la culpa no es suya sino del otro, maestros en el maldecir y en el malmeter. Les encanta herir y disfrutan contemplando la destrucción anímica del herido. Alimentan su narcisismo y su convicción de superioridad infravalorando a los que les rodean. No son personas optimistas; al contrario: siembran pesimismo incluso poniéndose como víctimas de una situación calamitosa y terrible para todos. Emocionalmente inestables, disfrazan su escasa empatía social con una falsa dependencia que despierta en la víctima una sensación altruista de ayuda y de comprensión que la empuja a no separarse del manipulador. Son parásitos que contagian su enfermedad, y con ella destruyen la armonía del grupo, la vitalidad de la pareja y, sobre todo, la voluntad, la voluntad de convivir en paz, de sentirse a gusto en el entorno familiar y laboral y de colaborar como buen ciudadano en el desarrollo social.

La política española es tóxica. Nuestros políticos son tóxicos. No los soporto. No soporto a ninguno de ellos. No quiero seguir oyendo sus ofensas ni sus mentiras; me embrutece anímicamente cada escándalo de corrupción que desde la pantalla del televisor me salta a la cara como un escupitajo. Siembran discordia, malestar, pesimismo, y con ello alimentan el miedo en los ciudadanos. Queman nuestra convivencia social, nuestras ganas de dialogar y de revertir una situación de injusticia. Nos hacen, en suma, peores personas. Son ellos los tóxicos, los culpables de nuestra enfermedad moral.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 7, 2018

Gugleo y guasapeo

Hace años que no feisbuqueo, y no lo hago desde que vi un documental televisivo en el que un padre, preocupado por el empeño de su hijo menor de darse de alta en esta plataforma, decidió investigar por su cuenta la seguridad y la privacidad que ofrecía la compañía. Y para esta investigación, el buen señor se creó una cuenta con una identidad y unos datos falsos, en los que se presentaba ante el mundo como un joven guapo, emprendedor, deportista y poseedor de varios títulos universitarios que tenía colgados en un piso localizado en uno de los barrios más pijos de la ciudad. El primer día llegó a acumular unos seiscientos seguidores ―casi todos chicas― que querían ser amigos digitales y algo más. ¿Cómo vas a querer ser amigo de alguien que solo conoces por unas imágenes y por unos datos falsos?, se angustiaba el padre. Así que tomó la decisión de hablar con un técnico informático, con hechuras de pirata, y le preguntó si podría extraer su verdadera identidad y sus datos privados desde su cuenta falsa. Al cabo de media hora, le entregó seis folios escritos por las dos caras en los que venían impresos los nombres de toda la familia; el número de sus tarjetas bancarias, de sus cuentas y de sus planes de pensiones; antecedentes delictivos; pertenencia a asociaciones políticas o sindicales; restaurantes más visitados e incluso el nombre de su perro.

No feisbuqueo pero sí gugleo. Y digo «gugleo» y no «busco información en Google» por la misma razón que digo «desayunar» y no «tomar el desayuno», que ambas opciones son válidas, pero los alargamientos innecesarios nunca han sido plato de mi gusto. Hay políticos que «proceden al acto de inauguración», y los hay, más austeros, que simplemente «inauguran». Pues, como les decía, gugleo todos los días en busca de información, tuiteo mis columnas y consideraciones lingüísticas y guasapeo con mis compañeros de trabajo y con mis amigos. Y me gustan estos neologismos, estos epónimos por los que algunos se mesan las barbas y por los que otros celebramos que nuestra lengua se enriquece de términos habituales y necesarios.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 31, 2018

Muertes

Pepe es un pescador alicantino que lleva echando las redes desde que era un niño. Sus manos y su rostro septuagenarios están endurecidos por la sal, por el viento y por el sol. Cuando converso con él, su mirada y su voz describen el alma de un hombre bueno acostumbrado a leer los secretos del mar y a vivir en la soledad y en el silencio de un espacio tan amplio como profundo. «Los peces se dejan pescar cuando ellos quieren, no cuando tú quieras», me dijo hace poco junto a la orilla, con su caña ya lanzada, él sentado en su banqueta y yo de pie, acompañándolo, escuchándolo. Ese día íbamos a salir juntos a pescar en su barca, con redes, y habíamos planeado comer de lo que pescáramos, cocinado en caldero, con arroz y verduras, pero una borrasca nos lo impidió.

En la orilla, donde las olas se consumen, Pepe había clavado una boga por los ojos con una varita de hierro. «El olor de la boga atrae a las caraveletas, y luego las uso como cebo para pescar doradas». Las caraveletas son unos pequeñitos cangrejos blancos de arena muy comunes en el Mediterráneo. La escena me impactó por la novedad pero sobre todo por lo macabro de ver a un pez clavado por los ojos para que sirviera de cebo a otros animales, y por un momento pensé en la cadena alimenticia creada alrededor de la muerte y con un ritual de lo más natural, con un ritual que las leyes de la supervivencia nos han marcado desde que existimos: la boga sacrificada para alimentar a unos crustáceos que luego serían devorados por un pez mayor que acabará en el estómago hambriento de un hombre. Ha de haber muerte para que haya vida. Aquello me recordó la filosofía de Schopenhauer, su pesimismo vital, su planteamiento de que la vida es un sufrimiento constante. «La vida es solo la muerte aplazada», escribió el alemán.

«Cuando muera», me dijo de repente Pepe con mucha serenidad y convicción, «me gustaría que fuera junto al mar y que después tiren mis cenizas aquí, junto a estas piedras de la orilla». No le dije nada. A unos metros de nosotros, la boga acompañaba el vaivén de las olas.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 24, 2018

Marcianitos

De pequeño jugaba a los marcianitos con mis amigos y mis vecinos. Nos regalaban unos cascos con visera azulada y unas pistolas de plástico verdinaranjas, con gatillo negro y corvo como un colmillo de vampiro, que escupían varitas puntiagudas que no se parecían ni de lejos a los rayos láser que veíamos en las películas. Yo crecí con estas películas de ciencia ficción y de serie B en las que la Tierra se veía amenazada por la invasión de los marcianos, y en nuestros patios y parques representábamos de una manera muy cutre las batallas que solo eran reales en nuestra imaginación. Una noche, mirando al cielo, me enseñaron dónde estaba Marte. Seguía siendo un niño y no me gustó la idea de que ese planeta de color anaranjado estuviese tan cerca de la Tierra porque al instante se me pasó por la cabeza que las diabólicas criaturas grabadas en el celuloide podrían plantarse en mi ciudad en un abrir y cerrar de ojos.

Ahora nos dicen desde la NASA que dentro de cinco años irán al planeta rojo los primeros mil humanos para habitarlo. Será un viaje solo de ida, en el que llegas y te dejan allí, y ya no podrás regresar a darte un bañito a Benidorm aunque no te gusten tus vecinos, la ridícula casa prefabricada en la que vas a pasar el resto de tu vida, el jardincito en el que plantarás tus patatas y tus tomates y el airuzo que debe rascar por esas latitudes. Vivirán, al parecer, sobre un lago subterráneo de agua dulce que ocupa una extensión de veinte kilómetros cuadrados, así que a los terrícolas convertidos entonces al marcianismo no les va a quedar otra que hacer agujeros por un tubo, con un tubo hidráulico, espero. A estos mil seguirán otros tantos y si el ritmo no decae imagino que la Tierra se irá quedando más vacía de chicos sanos y listos y más llena de vejestorios y de enfermos a la espera de que Bennu, que es como ha bautizado la NASA a un asteroide de medio kilómetro de diámetro, impacte sobre la Tierra el 21 de septiembre de 2135 y destruya toda forma de vida.

No sé cómo estará mi planeta dentro de ciento veinte años, pero espero que los futuros marcianos salven el patrimonio cultural de los terrícolas. Algo bueno hemos hecho.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 10, 2018

Barberías

Mi peluquería es de las de antes. Sillón de cuero reclinable, corte de tijera y bálsamo tras el afeitado de nuca y patillas. He de reconocer que siempre que voy a mi peluquería, en el centro de la ciudad, muy cerca de donde Lorca vivió unos días pocos meses antes de su fusilamiento, me acuerdo de Antonio Machado. Un día, ya moribunda la República, cuando don Antonio entró en su barbería en el centro de Madrid, el peluquero que siempre lo trataba, viendo su aliño descuidado y poco moderno, se atrevió a comentarle: «Don Antonio, con lo que es usté, con su nombre y con su posición, ¿por qué no se compra un traje nuevo?». Machado llevaba siempre el mismo terno, lavado y planchado sin descanso; las coderas, puños y rodilleras lucían apagadamente raídas. A don Antonio no le importaba su torpe aliño indumentario. Y le respondió a su peluquero: «¿Y por qué he de cambiarlo si aún me hace uso?». Miguel de Unamuno, que tanto admiraba al escritor sevillano, lo describió con estas palabras: «Yo vengo a saludar al hombre más descuidado de cuerpo y más limpio de alma de cuantos conozco: don Antonio Machado».

Cuando me siento en el viejo sillón reclinable de cuero beis de mi peluquería me acuerdo siempre de Antonio Machado. Intento imaginarme su rostro bonachón reflejado en el espejo de su barbería, procuro intuir el tono de su voz y su conversación con el barbero y con los clientes del local. Un hombre de una excelencia inhabitual viviendo como un hombre de lo más común. Machado y Lorca se admiraban. Lorca, Machado y Albacete van cogidos de la mano. Cuando don Antonio, meses después de escribir la elegía a Lorca tras ser fusilado, tuvo que cruzar la frontera en el invierno del 39, lo acompañaban su madre, Corpus Barga y el filólogo albaceteño Tomás Navarro Tomás. Fueron ambos los que los cuidaron hasta Colliure. «Seguid, amigos, hasta París. Yo quedo aquí con mi madre hasta que se recupere». Así habló Machado, con greñas y sin afeitar, cuando sintiendo cerca los huesos y flautas de la muerte escribió: «Estos días azules/ y este sol de la infancia». Desde entonces, maestro, los días son grises y mudas las barberías.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 3, 2018

Rastreo

Salía yo del supermercado cuando oí a una chica que con una sonrisa de alivio le decía a otra que lo mejor del guásap y del tuíter es que llegaron cuando ellas habían dejado atrás la adolescencia y la insensatez.

―Si estuviesen colgados los vídeos y las fotografías de lo que yo hice, o ciertos comentarios, estaría muerta de vergüenza, tía.

Muchas empresas han contratado a expertos informáticos vestidos con ínfulas de detective para que rastreen las imágenes y las memeces que los aspirantes al puesto ofertado hayan podido colgar en la red en algún momento de exaltación etílica o de paranoia política. Es la nueva moda corporativa: bucear en tu privacidad para sacarte los calzoncillos que hace unos años se te olvidó poner en el cesto de la ropa sucia. Si te los encuentran, te quedas sin el puesto, por guarro. Decía García Márquez―antes de que existiese internet y su pegajosa red de grupos sociales― que todos tenemos tres vidas como tres cajitas independientes, y lo que haya en una no puede volcarse en las otras: una vida pública, visible para la mayoría, la del mundo laboral y social, en la que son analizados tus gestos, palabras y movimientos; hay otra privada, cuyas fronteras son las del ámbito familiar y las de los amigos más allegados, y dentro de las cuales no debe entrar nadie salvo ellos. Nunca debe llegar al ámbito público lo que en privado cuidas y proteges. Y la tercera vida es la íntima, la cajita más pequeña y la más valiosa pues solo tú eres quien sabe qué guardas en ella: si alguien mostrara el secreto de su intimidad al ámbito privado o público, perdería la llama de su identidad y quedaría desnudo y vulnerable ante las miradas de todos.

Las redes sociales son el berbiquí que agujerea la privacidad y la intimidad de nuestras vidas; no nos conducen al fortalecimiento de la personalidad, sino a ser una cabeza visible más dentro de este saturado y asfixiante ganado que es la globalización. Enseñar a los más jóvenes a construir las cajitas de su privacidad y de su intimidad es una asignatura pendiente de familias y docentes.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 26, 2018

Preotoñal

Tengo necesidad de escribir pero no encuentro un tema concreto. Puedo contarles que estoy sentado en el sofá y pulsando el teclado alfabético de mi portátil en una tarde preotoñal en la que las sombras se han vuelto más frías y espesas. Puedo decirles que percibo el transcurso del tiempo mientras oigo los sonidos de la calle, allá abajo, tenuemente, sí, como un borborigmo urbano, entre los que distingo, sonando a la vez, el motor de un coche, el de una moto, el estridor de una sierra eléctrica y las risas agitadas de unos adolescentes. La vida, por no hacer mudanza en su costumbre, sigue.

Puedo contarles que hace poco releí la novela El mundo, de Juan José Millás. Me gusta releer buena literatura más que arriesgarme a descubrir nuevas promesas que te dejan insatisfecho y sin quince euros en el bolsillo. Con Millás hablé en una Feria del Libro en Madrid. Cuando me presenté quise ocultar mi admiración por su prosa tan diáfana y ágil, tan aparentemente sencilla, y lo hice porque consideré que no le habría agradado escuchar otra vez el mismo halago; habría sido una mala carta de presentación, nunca mejor dicho. Solo le dije que me llamaba José Juan y que era profesor de Lengua y de Literatura. «Nuestros nombres se complementan», me dijo con una sonrisa. Y tras firmar la dedicatoria, me miró y me preguntó si yo pensaba que la literatura impresa desaparecería algún día. Le dije que no. La relectura de El mundo me ha fascinado, y tanto el último capítulo ―«La academia»― como el epílogo me han estremecido, me han hundido en un piélago de recuerdos entre los que hay también alguna tarde lluviosa, siendo yo un niño, y me cobijaba, ya empapado, en un portal antiguo con zaguán, y tiritaba de frío y de lágrimas sin ganas de ir a casa ni de volver a un colegio en el que te golpeaban y te humillaban por haber hecho nada, tardes grises y lejanas, tardes desabridas de mesa camilla con brasero, tardes tristes de silencios, de conversaciones apagadas.

Puedo contarles algunas cosas de más o de menos, pero el espacio de la columna me obliga a callar en esta tarde vestida de otoño.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 19, 2018

Tesis

Qué hartazón de tesis, de la tesis de uno, de la del otro y de la de la otra. ¿Acaso aún no sabemos en qué ha acabado el nivel docente e investigador de nuestras universidades? Yo dejé la docencia universitaria porque no aguantaba la dejadez de los alumnos y el escaso nivel investigador que ofrecía mi Facultad. Me resultaba insostenible que en un año académico solo aprobase el 13 % de mis alumnos, y puedo asegurar que la dificultad no residía en la asignatura ni en los contenidos ofertados ni en el docente: la causa se hallaba, sin más, en un grupo de gandules que se pasaba el día en la cantina, clavados en los móviles, sin bagaje lector, con una preocupante apatía cultural y cuya única movilización se llevaba a cabo en las reuniones estudiantiles para protestar por cualquier cosa: protestar porque algunas clases se impartían por la tarde, porque algún profesor había mandado cinco libros de lectura obligatoria, porque los horarios no se adaptaban a sus exigencias, porque pagaban demasiadas tasas. Me resultaba inadmisible que la única actividad investigadora fuera de las aulas se limitase a exposiciones fotográficas o a mesas redondas de media hora de duración ―algunos de cuyos ponentes mostraban escasa preparación en el tema propuesto― y en la que no intervenían los alumnos asistentes porque o estaban más atentos a los mensajes colgados en sus grupos sociales o porque no se les ocurría ninguna pregunta «hábil» o «interesante» relacionada con lo debatido.

Nos merecemos lo que hemos ido permitiendo en los últimos veinte años a cambio de quince euros el crédito: profesores que firman tesis y trabajos de fin de máster en los que no se investiga nada, que no van más allá de una recopilación de datos y en los que se comete el delito de hacer propias las palabras escritas por otros autores. Dejé la docencia universitaria asqueado de corregir tesis y TFM de copia y pega, de soportar las estupideces de profesores bisoños y de explicar el anticientificismo de los noventayochistas a veinteañeros ocultos tras la carcasa de sus portátiles, entretenidos con las memeces de un yutúber. Hay ríos que uno no puede nadar a contracorriente y solo.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 12, 2018

Cursos

Con septiembre comienza el curso, dicen muchos. Todos los cursos, desde el académico hasta el político. Pero los cursos no comienzan, continúan. La vida regala engañosos parones, como las balsas apacibles de los ríos; pero aun esa agua está en movimiento, fluye lentamente dejándose vencer por la caída natural del terreno, un agua que es siempre la misma, siempre dentro del eterno ciclo de la evaporación, condensación y precipitación desde las nubes. Bebemos la misma agua de nuestros antepasados, nos lavamos con la misma agua con la que hace siglos se sacaba de los pozos de una humilde venta para abrevar las bestias, nos bañamos en las mismas aguas con las que saciaron su sed los primeros pobladores de nuestro planeta.

Nada comienza, pues, ya que todo es una sucesión y una repetición de lo anterior. Los mismos políticos pero con distinto nombre pregonando con palabras hueras promesas que contradicen a las que en su momento defendieron días antes de unas elecciones; reportajes zonzos, sin calidad periodística, en gasolineras y puertas de hotel, sobre los miles de ciudadanos que terminan sus vacaciones y regresan al trabajo tras llenar los maleteros y los depósitos de sus vehículos; las mismas fiestas populares, con sus absurdas tomatinas, sus polvorientos encierros taurinos, sus botellones infinitos y sus aburridísimas cabalgatas; la vuelta al cole, la vuelta al trabajo, la vuelta a las calles ennegrecidas de contaminación, la vuelta a los besos de cortesía a vecinos y amistades, la vuelta a repetir cuarenta veces que tus vacaciones han sido como siempre, ya sabes, en la playita y descansando; ancianos moribundos de soledad y sin recursos económicos que se suicidan tras haber asesinado a su mujer encamada y en fase terminal; emigrantes famélicos y con la dignidad hundida, muchos de ellos niños, ahogándose un año más en el Mediterráneo, en las mismas aguas de las que bebieron nuestros abuelos, mientras Europa mira hacia otro lado, sentada en su butacón parlamentario, indolente y dispéptica.

Todo, en fin, es un curso cíclico de lo anterior.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 5, 2018

“Beatus”

 

Ninguna mañana me despierta ya el crispante zumbido del despertador, sino un concierto de aves: el arrullo suave y meloso de las palomas; el alegre y agitado trino de los gorriones; no muy lejos de mi habitación debe de anidar una pareja de ruiseñores, que apaciblemente gorjean antes de que amanezca; un verdillo canta al tiempo que mueve la cola; y, al fin, los vencejos, ágiles y hambrientos, han salido del hueco de las ventanas de las casas no ocupadas y trisan con bullicio mientras vuelan en círculo, como murciélagos diurnos, para alimentarse («Despiértenme las aves/ con su cantar suave no aprendido»). Una ligera brisa, aún fresca y salina de mar, perfumada con el aroma de las flores agrestes del monte bajo, me invita a seguir un poco más en la cama, y enterrados quedan ya, por el rebenque del olvido, el estridor de coches y el humo contaminado de la urbe («El aire el huerto orea,/ y ofrece mil olores al sentido,/ los árboles menea/ con un manso ruido»).

Antonio administra un puesto de frutas, verduras y hortalizas que él llama ecológicas porque las planta con su propia mano y las riega con el agua de su casa («Del monte en la ladera/ por mi mano plantado tengo un huerto»). Se levanta aún de noche para recoger de las plantas el género que va a vender ese día; luego riega, se cambia y va a la tienda. En una parte de su casa, en lo alto de una colina, cría también unas pocas gallinas y conejos que de vez en cuando vende vivos o bien limpios y eviscerados a aquellos que suben hasta allá con este propósito. «Llévese esta sobrasada y este salchichón caseros que hace una familia de Tibi», me dice. El género que vende Antonio sabe a campo, sabe a una naturaleza real, no fingida, que yo no gozaba desde la niñez.

Lejos de la ciudad, lejos de las preocupaciones, libre de recelos, soberbias y crispaciones, qué vida más auténtica y descansada «la del que huye el mundanal ruido/ y sigue la escondida/ senda por donde han ido/ los pocos sabios que en el mundo han sido». Beatus ille, feliz aquel quien, aunque solo sea temporalmente, puede disfrutar con austeridad de la tranquilidad y de la autenticidad de la vida.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 27, 2018

A manadas

Manus manum lavat. Una mano lava a la otra. Muchos siglos tiene ya este refrán latino y parece no envejecer. Está escrito en el Satiricón, obra atribuida a Petronio y considerada el germen de la novela picaresca porque a través de los dos protagonistas, de baja condición social, se critica a una sociedad romana hipócrita y con poca ética y a una juventud sin principios ni moralidad.

Una mano lava a la otra. Tú me haces un favor y yo te lo devuelvo, y esto queda entre nosotros. Decía Umbral, posiblemente recordando al Valle de los esperpentos, que robar es un arte al alcance de casi todos y que es inherente a la cepa hispana. España es el país de los pícaros. Se roba a manos llenas y se delinque sin que hubiera un mañana, y, cuando son varios los que comparten el delito, el individuo se convierte en manada. Quizás ahora se entienda con más exactitud que manada provenga de la palabra mano.

A manadas entran en la cárcel los políticos que se han llenado los bolsillos del dinero de los contribuyentes mientras el 32 % de los niños españoles apenas puede llevarse una comida completa al estómago. A manadas se favorece a los más ricos y se carga todo el peso de la fiscalidad sobre los derrumbados hombros de los currantes; ellos, los de arriba, los que continúan malagarrando las riendas políticas y legislativas de nuestro país, son los denigrantes modelos sociales que gañen todos los días desde la pantalla de plasma, y nuestra sociedad copia lo que ve, imita lo que se hace, una mano lava a la otra, con una cojo y con otra guardo, tú me ayudas y yo te doy tu parte.

A manadas se hiere al débil. A manadas salen por la noche grupos de psicópatas para golpear a los sintecho, para agredir sexualmente a jóvenes que han perdido el sentido de la orientación y de la realidad, para chantajear desde los foros a adolescentes que creen que los paraísos artificiales son la verdadera tierra prometida. A manadas ni se lee ni se adquiere madurez ciudadana; a manadas se dejan arrastrar por la incultura impuesta desde las pantallas. A manadas.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 6, 2018

Multiverso

Defendía Hawking en su última hipótesis, la Teoría del Multiverso, la existencia de universos paralelos. El nuestro, que ya se nos antoja extenso y largo como un día sin pan, aún no lo conocemos, y habría que construir alguna especie de trampolín espacio-tiempo no para viajar a otro sistema solar, que vendría a ser como desplazarse del salón a la cocina de tu casa, sino para subir al piso de arriba donde vive un vecino que aún no conoces pero que notas que está ahí, como una presencia, como los otros de Amenábar. No creo que el cuerpo me dé para cuando comiencen estos saltos espaciales, pero, si me diere, solo aguantará para echarme una siesta en el sillón de mi casa después de haberme tomado el café viendo Saber y ganar. Que salten otros y que conquisten planetas henchidos de océanos y de verdura para intentar salvar a nuestra especie de la extinción terrenal; algunos nos quedamos aquí, con nuestro bocata de morcilla y un generoso cuartico de vino, a ver si podemos poner en orden el desaguisado en el que hemos convertido el nuestro.

He de reconocer, desde mi ignorancia, que la primera vez que escuché lo de multiverso creí que hablaban de poesía, que quizás se había inventado un sistema nuevo de componer versos y de rimarlos basándose en algún principio fractal. Pero lo que bullía en el sistema neuronal de Hawking era una visión muy real de lo que, tal vez, habría leído en alguna utopía o distopía literaria, o habría sentido viendo una película de ciencia-ficción. Quién sabe. No sería la primera vez que la Literatura y la Física se cogen de la mano, que la literatura, con su irracionalidad y sus posibilidades metafóricas, inspira a su compañera de paseo a tomar una trocha inexplorada que conduce a un paraje virgen y salvaje.

Y, ahora que lo pienso, no estaría mal descubrir ya algún universo paralelo para limpiar el nuestro porque hasta allá, y para que no puedan regresar, podríamos mandar a mucho mangante y sinvergüenza que sobra por aquí, como en su día hicieron los españoles al descubrir América o los ingleses al llegar a Australia. Qué descanso dejarían.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 5, 2018

Odre

No es un cálculo matemático ni se atiene a un axioma científico el hecho de que, sin saber la razón, llega ese día en el que sintiéndote optimista y eufórico te miras en el espejo para alabar las gracias con las que la naturaleza te ha dotado, pero lo que tristemente observas es un paraíso marchito, un edificio en ruinas, un papel arrugado. Se descorren las cortinas de la fantasía, y entonces claudicas y reconoces que tu cuerpo está abotargado. Y ya da igual que comiences a darte palizas en el gimnasio o que te comprometas a cumplir propósitos de enmienda como que dejarás de tomarte las cañitas con los amigos y las sustituirás por agua y bebidas energéticas: el tiempo lacera y debilita de manera inexorable lo que en su momento fue firme e inquebrantable.

Y como uno no puede ser bueno en todo, me tengo que quedar en casa, ponerme ropa cómoda, sentarme frente a mi ordenador y aporrear el teclado para que ustedes lean estas líneas. Y así, sin más dilación, les cuento que la palabra abotargado, que también se puede escribir abotagado, proviene de botarga, que, según la RAE, es un calzón ancho y largo usado antiguamente y que puso de moda sobre las tablas el actor renacentista italiano Stefanello Bottarga. Con el paso de los años, esta palabra se emplearía también para designar las vestimentas ridículas y de muchos colores usadas en mojigangas y festividades folclóricas —como las de la Alcarria—, y, por extensión, a la persona que las lleva puestas. Por todo ello, decir que alguien se abotarga es afirmar que su cuerpo se infla y deforma como una botarga a causa de una enfermedad o de la dejadez a la que aquel ha sucumbido.

Sin duda que me veo abotargado cuando frente al espejo compruebo que lo que antes fue bota curtida de vino de Jerez ahora es odre de vino peleón, y por eso creo que, a pesar del sacrificio que me supone enfundarme en un chándal y en unas zapatillas de deporte y renunciar a ciertas viandas, debo hacerlo por mi salud y para sentir con menos padecimiento el doloroso transcurrir de los años.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 30, 2018

Purgar

Una casa queda purgada cuando se acomete en ella una reforma integral. Antes de la reforma hay que empaquetar todo lo que forma parte de tu vida: libros, ropa, cuadros, vajilla, fotos, mantelería, electrodomésticos… Todo ello pasa a ocupar el enclaustrado y asfixiante espacio de una caja de cartón, y en este proceso parte de tu existencia queda encarcelada también, durante los dos meses en los que quedan en custodia en un contenedor de madera de 12 m3 de la agencia de mudanzas.

Cuando comienza el empaquetado, salen a la luz, tras décadas de oscuridad y ostracismo, muchas pertenencias que creías perdidas y que sin duda ya estaban olvidadas. Quizás el propio olvido que has impuesto sobre ellas ayudado por la mano polvorienta y seca del tiempo hayan sido los factores que han agudizado sus marcas de decrepitud. Surgen desgastados folios garabateados hace treinta años con la firmeza de que formarían parte de un proyecto; aparecen libros escritos en otras lenguas y de muy baja calidad literaria que compraste ya no sabes dónde ni con qué intención, tal vez te los regalaron por compromiso y con desgana; al abrir algunos cajones y entrar por fin la luz, se desperezan en su interior bibelots irreconocibles, tristes fundas de cedé vacías, borrosas fotos en blanco y negro donde se afanan por volver a la vida rostros que eres incapaz de identificar, asépticas palmatorias de madera para varillas de incienso, llaves huérfanas de cerradura, anticuadas revistas de viajes que nunca realizarás porque son destinos que ya no te interesan, mecheros sin gas ni luz propia, cargadores y cables desconectados para siempre de la agitada vida a la que en su día estuvieron esclavizados, móviles fabricados hace años sin conexión a internet y que ahora son incapaces de encenderse para realizar, al menos, una llamada de socorro.

Todos estos objetos inútiles y olvidados, decrépitos y desgastados por mi olvido, que en su día fueron mis pertenencias, no los he metido en las cajas de cartón que enviaré al ciclópeo contenedor de madera de la agencia de mudanzas. Serán, por fin, purgados.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 29, 2018

Confiamos en vosotros

A mis alumnos, que han sacado adelante su periódico “La Tribuna del 3”

Me gusta esta generación de jóvenes, esta generación que vio la luz cuando amaneció el siglo XXI. Si me apuran, me gusta más que la mía. Yo nací el año en que el hombre llegó a la Luna, en el que al anciano dictador comenzaba a temblarle el pulso cuando firmaba las órdenes de fusilamiento antes de ponerse el pijama y de arrodillarse ante la mano incorrupta de Santa Teresa de Jesús ―la mano izquierda, qué cosas― para pedir por su alma y por la de todos los hombres de bien. Nací en un sistema educativo en el que la letra entraba con sangre, con discriminación y con engaños, sin recursos ni fuentes donde contrastar lo que se nos exponía de manera axiomática en soporíferas clases magistrales. Crecí entre convulsos movimientos sociales que consiguieron una sociedad más justa, más libre, menos discriminatoria. Participé, como tantos jóvenes de los 80 ―éramos la Generación de la Movida―, en infinidad de actividades culturales, en huelgas masivas, en aquella «Primavera del 86» con la que logramos cambiar todo el sistema educativo anterior (el de la EGB, el BUP y el COU) por otro mejor pero, por desgracia, imperfecto. Todos los de mi generación hemos luchado, en fin, para dar a estos jóvenes de hoy en día una sociedad menos injusta, menos discriminatoria y menos violenta.

Y me siento feliz. Me siento feliz y orgulloso de esta nueva juventud porque son mejores que nosotros. Como dijo Azorín de los novecentistas, «dejémosles paso», porque están más informados, mejor preparados, más concienciados con los desastres y con los abusos que aplastan los sentimientos más nobles del ser humano. Dejémosles paso con la confianza que se merecen porque ellos serán los próximos docentes, médicos, investigadores, los profesionales de nuestra sociedad, de una sociedad que ya solo puede entenderse desde el progreso ético e intelectual.

Sé que solo es una muestra, pero este ejemplar de ocho páginas que tienen los lectores bien debería entenderse como un ejercicio de honestidad y de compromiso de esta generación que dio sus primeros pasos en un siglo que es de ellos. Pasad. Confiamos en vosotros.

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