Posteado por: josejuanmorcillo | abril 17, 2019

Yamnayas

Nadie se acuerda de los yamnayas, nuestros antepasados en la Península Ibérica. Aquellos descendientes de las tribus de las estepas del este de Europa llegaron hace cinco mil años a nuestros campos con sus caballos, con sus carretas con ruedas, con su hambre de conquista, y pasaron por cuchillo a los pobres y pacíficos pastores ibéricos hasta exterminarlos. De ellos no quedó ni el nombre. Los yamnayas impusieron su ADN y su lengua indoeuropea en esta parte de Europa. La carga genética de los yamnayas y su idioma y dialectos son ahora los nuestros. Pero nadie se acuerda de ellos.

He oído a algún político, públicamente y con una fe que movía las finas telas de la emoción, agradecer a la Virgen del Rocío su intervención en el éxito de la disminución del paro, e incluso los he visto imponiendo bandas al mérito civil a la del Pilar, en la Basílica de Zaragoza, por la encomiable ayuda prestada a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado. Hace unos días, un político con barba califal comenzó su campaña electoral en una cueva, en aquella donde se apareció la de Covadonga, para solicitarle a la predicha amparo, fuerza y protección en la nueva reconquista espiritual y moral de esta nunca mejor llamada «Isla de conejos».

Pero nadie se acuerda de los yamnayas a pesar de que en yacimientos como el de La Bastida, en Murcia, se han exhumado restos que dan muestra del enorme valor cultural y tecnológico que nuestros antepasados impusieron en esta península europea y que evidencian una nueva era en el Neolítico temprano. Por ello, yo reivindico su memoria; desde aquí, ahora que estamos en plena campaña electoral y nuestros políticos insisten en hacer que el pasado se haga tan nítido como el presente más inmediato, rompo mi lanza por los yamnayas, por nuestros verdaderos abuelos, aquellos que nos trajeron a los campos deshabitados de la «Isla de conejos» la rueda, el caballo y el carro, que sembraron con un ADN fuerte e ibérico los fértiles cuerpos de las jóvenes yamnayas, aquellos, en fin, que trajeron hasta los confines del mundo conocido su lengua y su cultura, que es la nuestra.

Anuncios
Posteado por: josejuanmorcillo | abril 15, 2019

“Easeamine”

Hace quinientos años, cuando Magallanes y Elcano circunnavegaban la Tierra y la teoría heliocéntrica de Copérnico comenzaba a explicarse en algunas universidades europeas, Paracelso, el médico más importante del Renacimiento, se entusiasmaba mezclando e infusionando hierbas y plantas que crecían en los campos de Centroeuropa. Estos conocimientos botánicos no los había adquirido en la Universidad, sino de cientos de mujeres que vivían solas en las landas y sierras y cuyas madres y abuelas, de generación en generación, les habían transmitido. Aprendió tanto de ellas que aseguró que, siguiendo una dieta estricta basada en ciertas plantas, podría vivir hasta doscientos años. Esas mujeres analfabetas curaban enfermedades y sanaban infecciones que los más doctos médicos intentaban infructuosamente remediar con sangrías e inútiles emplastos. Esas mujeres sin formación académica pronto fueron víctimas del recelo de la Iglesia, que veía en esos saberes adquiridos de la Naturaleza una intervención del diablo. Se les llamó brujas, invocadoras de Satanás, esclavas del Maligno. Cuando comenzó en Europa la caza de brujas, Paracelso, en un ataque de furia, rompió todas sus redomas y desapareció de la ciudad. Nunca se le volvió a ver.

Cinco siglos después, el joven carmelita teresiano Dennis Wyrzykowski ha fundado los laboratorios Carmel con fines benéficos, y en ellos, con la ayuda de la Escuela de Medicina de la Universidad de Massachusetts, ha creado una crema antienvejecimiento de eficacia probada a la que ha llamado «Easeamine» y en la que interviene un agente biológico, la adenosina, que aplicado antes de dormir confiere elasticidad a la piel de la cara y de los ojos. Los pingües beneficios los destina el carmelita a los grupos sociales de Boston más castigados por la pobreza y la marginalidad con el fin de erradicar la miseria, ofrecer a los excluidos una educación de calidad y rehabilitar a los condenados por algún delito.

A pocos años de enviar a los primeros terrícolas a Marte, el humanismo renacentista sigue vivo, no envejece, encarnado ahora en este carmelita teresiano.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 3, 2019

Gasones

Cuando era niño, todos pegaban. Este es uno de los recuerdos más vivos que me vienen de aquella edad. Pegaban los maestros, pegaban los padres, se pegaban los compañeros del colegio. Todos pegaban porque a los que pegaban les habían educado de esta misma manera, pegando. Yo, que era el mayor, tenía que pegar a mis hermanos cuando se portaban mal porque así me lo ordenaban mis padres. Nos educaron entre golpes y desde la exclusión. En mi clase de 8º de EGB nadie hablaba con un chico porque era homosexual. Él nunca lo dijo pero todos lo sabíamos por su forma de correr, de hablar, de golpear la pelota con la mano cuando jugaba al frontón con un compañero, su único amigo. Recuerdo a un niño de 7º que siempre jugaba solo porque había nacido con un mechón de pelo blanco y nadie quería acercarse a él por raro. Éramos violentos y enfermos. De todos los juegos, el que más nos fascinaba era la guerra de gasones. Nos dividíamos en dos bandos, nos escondíamos entre escombros de arena, nos dábamos unos minutos para llenar el arsenal con los mejores gasones y entonces comenzaba la lluvia de proyectiles. Ningún animal se atrevía a acercarse, y si lo hacía practicábamos puntería con él. Recuerdo que para Reyes pedíamos pistolas y rifles y con ellos nos sentíamos más hombres, como cuando fumábamos un ducados a escondidas.

La Constitución y la libertad engendraron muchos derechos ciudadanos, y esas agresiones, esos desprecios y juegos violentos fueron desapareciendo, pero a algunos adolescentes les dio por lanzar cócteles molotov, quemar contenedores, asesinar a civiles y militares y estallar bombas donde sus enfermas mentes sabían que harían más daño. Todo esto también ha desaparecido.

Ahora, las agresiones ―los gasones― son digitales. Algunos políticos usan las redes sociales para lanzarse insultos y vídeos ofensivos, para faltarse al respeto, para herir al otro. Estos políticos enfermos son aquellos niños educados en la violencia y en la exclusión, y seguro que también jugarían tirándose gasones desde esas trincheras de escombro y de basura de las que aún no han salido.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 28, 2019

Alcorques

Los alcorques de mi ciudad son tristes. Son tristes y sucios. Algunos, viudos de árboles. Suelo observarlos siempre que vuelvo del trabajo o salgo a pasear, cuando la tarde desgasta la luz del día; es este el momento en el que se intensifican sus tonos apagados y terrosos, en el que se acentúa su decrepitud en los detritos no recogidos por los dueños de mascotas, en la rota y descolocada rejilla que los cubre, en la sequedad de su tierra, en la basura que se tira junto a la base del tronco y que queda ahí, huérfana y despedazada, esperando a que un funcionario de limpieza se fije en ella y la recoja con indolencia y desinterés.

Estos alcorques de aguas podridas y de troncos macilentos fueron cavados y plantados para dar un toque de vida y de color al alquitrán y al aire contaminado de las ciudades, de estas ciudades que han robado a la Naturaleza su espacio para cubrirlo de cemento y baldosas. Pero los alcorques y lo que en ellos a duras penas crece apenas tienen vida ni dan color; son como esas plantas de plástico discretamente colocadas en una rinconera de nuestra casa que solo decoran, que no incordian porque no hay que regarlas ni replantarlas, solo limpiarles de sus artificiales y apagadas hojas el polvo acumulado de semanas o meses. Qué contraste cuando voy al pueblo de mis abuelos. Allí admiro la naturalidad con la que una vecina riega con una palangana un árbol de su calle y la sencillez con la que otras sacan al portal, cuando cae la tarde, los cuidados tiestos de geranios y alhábega para perfumar y alegrar las tertulias. Son gentes que viven tranquilas porque respetan y preservan el entorno del que sienten que forman parte.

Yo veo en los alcorques de mi ciudad un reflejo de cómo somos los urbanitas. Nuestro carácter destemplado y egoísta, nuestro espíritu estresado y gris se dibujan en las plantas rotas de los parterres de parques y paseos, en el pavimento suelto y sucio de las calles, en el cieno acumulado en las bocas de las alcantarillas, y sí, en la basura y en los detritos que lentamente se descomponen sobre la tierra apagada y seca de los alcorques.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 20, 2019

Huelga climática

Amansar la opinión pública, dirigirla hacia trochas escogidas con los medios de comunicación como mastín, se alza como objetivo prioritario de los representantes políticos y de instituciones gubernamentales. Son varias las técnicas empleadas desde hace siglos para lograr esta domesticación. Basta, por ejemplo, con meter miedo con todo, meter miedo con lo que comes, con lo que dices, con lo que escribes, con la gente que entra en tu país, con el vecino raro que saca la basura a deshoras. Una sociedad temerosa es un rebaño manejable.

Otra táctica muy antigua pero efectiva es la que se está practicando desde hace unos años en relación con el cambio climático. Consiste en responsabilizar a la sociedad de una situación de crisis y de alarma social. La culpa de la excesiva contaminación del aire y de los océanos ―dicen― es de los ciudadanos, que no reciclamos lo suficiente, que usamos vehículos impulsados por gasolina o diésel y que metemos todo en bolsas de plástico. Pero esto no es así. Los primeros y principales promotores de la contaminación del planeta son los gobiernos que siguen obteniendo beneficio con las multimillonarias empresas que se dedican a la extracción del petróleo y a impulsar la fabricación de los hijos bastardos de este, como el plástico. Esas cumbres internacionales para frenar el cambio climático no sirven para nada; son un efímero trampantojo para calmar la irritabilidad de los ciudadanos. Dejen de extraer petróleo, dejen de fabricar plástico, y comenzará entonces el año cero de una nueva era libre de contaminación. Pero no hay nada que hacer: el oro negro, cuando lo manejas, te ensucia el alma.

Greta Thunberg, de 15 años, hastiada de la inacción de países y empresas, decidió hacer una huelga de hambre, y este gesto se ha extendido como un huracán de luz y de aire puro por todo el mundo. Una adolescente anónima contra los países más industrializados y contra empresas contaminantes. Extraordinario. Estas huelgas juveniles contra el clima quizás sean de las últimas tablas de salvación que nos quedan, pero parecen sólidas y valientes. Que sigan a flote.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 14, 2019

Niños o perros

Leo que en Logroño están censados más perros que niños, según datos de 2018. Es decir, que el año pasado, en la capital riojana, el número de perritos comprados o adoptados superó al de niños venidos a este mundo de dios. Recuerdo que en la Facultad de Periodismo se explicaba que si un perro mordía a una persona no había noticia, pero sí la había si era la persona la que mordía al perro. Es indudable que tenemos noticia en lo que aconteció el año pasado en Logroño, pero he de confesarles que tampoco me causa demasiada extrañeza. Piensen que un perrito no se pasa el maldito día llorando como si lo estuviesen matando, ni nos despierta por las noches para darle teta o limpiarle la mierda; a un perrito no hay que llevarle un control de vacunas durante quince años, ni sufre fiebres tan altas como para meterlo en un coche a la hora que sea y llevártelo a urgencias para que lo curen o para que lo ingresen; a un perrito no hay que costearle ni carreras ni másteres, ni hay que gastarse un pastón para comprarle ropa, para las clases particulares de inglés y de piano y para los libros y todo el material de la escuela; a un perrito no tienes que lavarle la ropa todos los santos días porque todos los puñeteros días se la ensucia por tener el pañal mal ajustado o por escupirse encima la comida cuando tienes que abrirle la boca para que se la coma; un perrito nunca te contestará mal, ni nunca tendrá la edad del pavo, ni aparecerá por casa con unas pintas infames pidiéndote dinero para el botellón, ni te traerá un bombo indeseable, ni te angustiará cuando es muy tarde y aún no ha llegado a casa.

Un perrito, no lo neguemos, es más cómodo que un niño. Para muchos dueños rellena el hueco dejado por alguien que ya no está y que con toda seguridad no volverá; para otros tantos es la solución física para limpiarse la conciencia por no haber sabido amar ni atender a un hijo como merecía. Un perrito llena el silencio comunicativo que infecta cientos de miles de hogares. El perrito, y por eso hay tantos, es la terapia más eficaz para superar las peores enfermedades del hombre de este siglo: la soledad y el desamor.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 6, 2019

Asqueroso

Esto está asqueroso, mamá; no lo quiero. Pero nuestras madres, entre gritos y desesperaciones, nos tapaban la nariz, nos ordenaban que abriésemos la boca y nos metían la cuchara con colmo de puré de verduras de sobre. Y así eran las cosas: o comías por las buenas o por las malas, y si optabas por esta última te ibas además calentito a la cama. No había margen para la negociación ni para la opinión: esto es lo que hay de comer y te lo vas a comer.

Ayer me escribió un amigo y charlamos un rato sobre el clima político. Me contaba que llevaba toda la tarde viendo la televisión y que solo se hablaba de política, que estaba harto de unos y de otros. «Nos quedan dos meses asquerosos». Tecleó estas palabras con la misma convicción con la que las suscribo yo. Dos meses asquerosos. Dos meses en los que los políticos volverán a la demagogia para sentarse en mayo en un sillón confortable de un elegante escenario político. Y una vez nombrados y amilanados en su recinto cerrado y protegido de ruidos, fuera de ahí nuestro país seguirá asistiendo al bochornoso espectáculo de la realidad, de esa realidad que ni unos ni otros, ni aquellos ni estos han solucionado ni van a solucionar. La realidad del precariado ―término que sigue sin aparecer en el DLE―, trabajadores de cualquier ámbito profesional, entre los que se incluyen investigadores de sólida formación académica, con un sueldo que no les da para vivir dignamente; la realidad de ser el tercer país europeo con mayor pobreza infantil, con casi 2.600.000 niños españoles que solo tienen un plato de comida al día, y, de estos, unos 60.000 apenas pueden alimentarse, y, que no se le olvide a nadie, este daño conlleva dificultades en el desarrollo cognitivo y físico del niño, le arrastra a la exclusión social, al fracaso escolar y a sufrir violencia familiar. Estas criaturas, una cuarta parte de nuestros niños, los futuros adultos españoles, ¿cómo serán y de qué vivirán dentro de diez años?

Votaré, sí, pero con la nariz tapada porque esta realidad es asquerosa, apesta, pero tenemos que tragárnosla a las buenas o a las malas. No queda otra.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 27, 2019

Mi bar

Yo nací en un barrio humilde y obrero, muy alejado del centro de la ciudad. Los barrios obreros y humildes suelen ser periféricos porque las urbes quieren dejar claro dónde deben vivir los ricos y dónde los currantes de bocata de sardinas envuelto en papel de periódico. Cuestión de castas. De pequeño comía mucha comida enlatada y, casi todos los días, filetes de hígado a la plancha. Para más inri, el bocadillo que me llevaba al colegio era de fuagrás de tapa negra, vamos, hígado de cerdo enlatado y enlutado. Entenderán por qué llevo muchos años sin probar las vísceras de mamíferos y pasando de largo por los pasillos del supermercado que exhiben patés y conservas.

El médico me ha recomendado que baje siete kilos. «Ande usted todos los días al menos una hora», bisbiseó asépticamente mientras me tendía la mano para despedirme. Los médicos ahora te atienden con prisas porque son pocos y muchos los pacientes. Le estoy obedeciendo. Me pongo los cascos y pateo las calles, parques y paseos de mi ciudad. Siempre cambio de ruta para no aburrirme. El otro día salí tarde y se me hizo de noche, y, como la música me ayuda a pensar y a no fijarme en lo que pasa a mi alrededor, acabé sin saber cómo ni por qué en el barrio donde nací, en el portal de la que fue mi primera casa.

Vivíamos en un primero y sin ascensor. Observé que salía luz del salón y me imaginé que ahora estaría la casa ocupada por un matrimonio mayor, por eso de las escaleras. Debajo, en el chaflán, seguía abierto el bar que inauguró mi padre, pero con otro nombre y más moderno. Entré y me pedí una caña. Mientras me servían me vinieron las imágenes mías, siendo muy niño, correteando entre las mesas y los taburetes de la barra. Y, al igual que entonces, vi que los parroquianos que me acompañaban también eran gente obrera y humilde, también cabizbajos y con la mirada seria y reconcentrada en la bebida. Fue como si el pasado tendiera un puente hacia mi presente, sentí que había vuelto a mis orígenes, que había regresado a mi casa. Pero nadie me reconocía. Solo era un espectro invisible y de mirada perdida con una caña entre las manos.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 20, 2019

Amo el español

Llevamos décadas, desde que comenzó la democracia, avergonzados o culpables de decir que hablamos español. La presión de partidos nacionalistas condujo a la Administración central a imponer «castellano» porque lo de español les parecía a aquellos ofensivo e imperialista. La asignatura que imparto pasó a llamarse «Lengua castellana y Literatura», no sé si por cortesía o por bajada de pantalones. Para un filólogo, y dejando a un lado connotaciones políticas ―que ahora no vienen a cuento―, llamar en la actualidad a nuestro idioma «castellano» es algo parecido a si en Italia denominasen al suyo como «lengua toscana». Una memez. Hablamos de castellano para aludir a los orígenes de nuestro idioma, en el reino de Castilla, hasta la Edad Moderna. Aunque les moleste a los nacionalistas catalanes, vascos o los que sean, nuestro diccionario académico es el Diccionario de la Lengua Española, no castellana, y nuestra gramática normativa es la Nueva gramática de la lengua española, no castellana. Qué le vamos a hacer. Son cuestiones lingüísticas, filológicas, y no políticas.

Pero el nacionalismo político y cultural de tendencia antiespañola no quiere asumirlo. Resulta tan sorprendente oír a un político hablar de «lengua española» que cuando lo hace pensamos que se ha confundido o que no le ha sentado bien el Choleck del desayuno. Por ello, me resultó desconcertante la declaración del acusado Oriol Junqueras ante los jueces del Tribunal Supremo: «Lo he dicho en muchas ocasiones: amo a España y a las gentes de España y a la lengua española. Lo he dicho un millón de veces porque es verdad». Cómo tendría las tripas y los esfínteres el exvicepresidente de la Generalitat, al que le podría caer un buen saco de años por rebelión independentista, para declarar con tanta fe ciega y apasionada un amor tan discutible hacia la cultura y la lengua españolas, que no castellanas. Me sobrecogió ―he de reconocerlo― no su falso patriotismo español, sino lo acertado que anduvo cuando subrayó lo de «lengua española». El miedo, señor Junqueras, levanta en ocasiones la niebla que desorienta al entendimiento.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 13, 2019

“Voxeo”

El voxeo es un deporte que ha vuelto a ponerse de moda en España; de hecho, ahí están las cifras: las licencias se han quintuplicado este último año. Se practicaba mucho durante el franquismo; incluso, aquella España de blanco y negro llegó a jactarse de haber ganado alguna copa europea o mundial, no lo sé, ni tampoco me interesa. Mi padre era muy aficionado a este deporte, y se apoltronaba hasta altas horas de la noche viéndolo por la televisión. Nunca quiso que me quedase con él, en aquel salón con chimenea en la que no terminaban de consumirse los rescoldos de la leña carbonizada. Me decía que no era para niños, pero yo salía de puntillas de mi habitación porque quería compartir con mi padre esos ratos de embelesamiento deportivo. Mi madre, que siempre me oía o que nunca dormía hasta que mi padre volvía a la alcoba, se levantaba de la cama, me alcanzaba en el pasillo y entre empellones y azotazos me metía en la cama destemplada e incómoda sobre la que dormíamos los niños de los años setenta, esos años grises, en blanco y negro, y de pocas explicaciones.

Dicen los entendidos que el voxeo es extraordinario en todos los sentidos. Fomenta el compañerismo y la convivencia, y además te enriquece en valores. En valores deportivos y sociales, dicen, aunque sigo sin entenderlo. Golpear el saco durante un tiempo relaja tensiones y ayuda a la concentración. Quemas toxinas, quemas calorías, quemas malos rollos, quemas bazofia. Mucha bazofia interna que te ensucia las venas y que no te deja dormir en paz, que no te deja conciliar el sueño, como quizás le pasaba a mi padre.

Ahora que tengo mi salón, mi calefacción y mi televisor, alguna vez he seguido un combate de voxeo español, desde el primer asalto hasta el último. Se golpean para debilitar al contrario y siempre buscando el punto más débil y desprotegido para herir, para hacer sangre, y ya abierta la herida arremeten con fuerza sobre ella para que la hemorragia obligue a la anulación del combate por nocaut. Se quemarán toxinas y mucha mala leche, pero le he cogido manía, ustedes me entienden. Prefiero el diálogo, el consenso y el respeto.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 6, 2019

Yo también voto

A Jesús Vidal

Pocas veces, un discurso de agradecimiento se está viendo tanto por las redes sociales y es tan merecedor de los mejores elogios. Las palabras serenas y emotivas que pronunció Jesús Vidal tras recoger el premio Goya al mejor actor revelación removieron conciencias y zarandearon las entrañas secas y agrietadas de muchos españoles. El premiado, filólogo y con un máster en Periodismo, derribó muchos miedos a las personas que sufren algún tipo de discapacidad física o psíquica. «¡No sabéis lo que habéis hecho al dar este premio a una persona como yo!». Un amigo médico que trabaja en una unidad de atención a pacientes con discapacidad me confesó que hay cada vez menos discapacitados; los padres, cuando se enteran de que su hijo sufre alguna alteración física o cromosómica, deciden abortar. No lo quieren; lo ven como una carga para toda la vida. Quieren hijos inteligentes, guapos y con buena salud, que les den nietos sanos y perfectos. «Queridos padres, a mí sí me gustaría tener un hijo como yo porque tengo unos padres como vosotros». Cuántos padres morirán sin oír ni una sola vez estas palabras de sus «capacitados» hijos. ¿No son acaso la minusvalía emocional y la falta de empatía casos serios de discapacidad social y familiar?

«Inclusión, diversidad, visibilidad». Esta fue la petición de Jesús Vidal en un momento de su discurso. Mayor inclusión social y laboral, mayor aceptación ciudadana y estar más presentes en todos los ámbitos de acción social. Un país que luche por lograrlo es un ejemplo para el resto, un modelo de sociedad madura y avanzada. España está en esta línea de integración laboral, educativa y social. Hace unos meses, el Congreso aprobó por unanimidad la reforma de la Ley Orgánica de Régimen Electoral General que permitirá votar a personas que padezcan enfermedad mental, discapacidad intelectual o deterioro cognitivo. Un gran paso, sin duda. «Lo más importante es no ponerse barreras, que el mundo ya te dirá hasta dónde llegas». Palabras sabias de una persona rica en valores humanos. Yo votaría a una persona como esta.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 30, 2019

Pinquis

Mi abuelo, cuando llegaban los fríos, me insistía en que llevara bien tapados los pies y la cabeza. Nunca supo explicarme que la razón residía en el hecho de que casi todo el calor corporal lo perdemos por los extremos, pero mi abuelo, que era de gramática parda, que perdió su infancia entre balas y chuscos endurecidos y no entre libros, libretas y pizarras, sabía lo que sabían su padre y su abuelo, y él me lo transmitió con la misma espontaneidad con la que un profesor explica el teorema de Pitágoras: cuando haga frío, calcetines y gorro de lana. Así que, en previsión de que los hielos no nos abandonan, me he comprado unos calcetines de algodón con dibujitos de tiburones y otras especies marinas, y largos, muy largos, como esos que nuestras nerviosas y malhumoradas madres nos embutían cuando nos vestían para llevarnos al colegio. Llegué a casa y me los probé. Me miré al espejo, y ahí estaba yo: a mi edad y en la decadencia con la que me están castigando los años, con la camisa del pijama, los gayumbos de medio muslo y los calcetines a la altura de las rodillas. Ese adefesio vestido de colegial pero con cara de padre entrado en años era yo. Menos mal que no veía nadie, que no me verá nadie.

Pero la moda de ahora no es la mía. Me lo dijeron y no me lo creí hasta que lo he ido comprobando. Consiste en llevar los pantalones cortos y usar pinquis en lugar de calcetines para mostrar a todos tus sinuosos tobillos. Da igual que nieve, que te arrastre un airuzo polar o que caigan los chuzos de punta. Hay que enseñar los tobillos. Llevo días observando con detenimiento cuántos ciudadanos llevan al aire los maléolos, y, aunque este exhaustivo trabajo de campo me obliga a caminar con la cabeza gacha como un friqui con problemas de autoestima y de comunicación social, casi puedo afirmar que tanto jóvenes como adultos siguen esta moda pinqui-tobillera. Y cuando veo con espanto las ampollas y las rozaduras sangrantes que algunos sufren en la zona del talón, me siento aún más confortable dentro de mis largos, larguísimos calcetines de algodón que me abrigan hasta la corva. Qué alivio.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 23, 2019

El ático

El pasado fin de semana me escapé a Madrid. Mis retiros a la capital son escasos, pero sustanciosos: procuro disfrutarlos en temporada baja, cuando la temperatura es llevadera, la ciudad no se masifica y la oferta cultural es atractiva. Muy poco me importa que la ciudad esté invadida por multinacionales y por franquicias de comida basura; pasear por Madrid desde el anonimato que me procuran mi gorra, mi bufanda y mi abrigo es una bocanada de libertad para mí, que vivo en una capital de provincias, controlado por vecinos y conocidos, acostumbrado a saludar siempre que salgo a comprar, a despachar algún recado, a trabajar o a tomarme un café en el bar de la esquina. Pasear sin ser mirado, gozar de la invisibilidad rodeado de tanta gente, tomarte una infusión con poco azúcar y mucho tiempo en La Central mientras leo las páginas de un libro, desayunar a primera hora en la churrería de San Ginés o en el jardín del Museo del Romanticismo, deambular por el Barrio de las Letras son placeres tan gratificantes que solo se disfrutan con plenitud si se viven muy de tarde en tarde.

En esta ocasión reservé habitación en un hotel de la Plaza Santa Ana, a pocos metros de las casas de Lope de Vega y Cervantes y al lado del Teatro Español, donde Lorca alcanzó el mayor de sus éxitos como dramaturgo con el estreno de Yerma, el 29 de diciembre de 1934. El domingo por la mañana llegué al número 29 de la Gran Vía porque quería contemplar el edificio antes de que sea remodelado en un hotel de lujo. En la novena planta tenía su despacho Ortega y Gasset, y desde él dirigió el filósofo las publicaciones de la Revista de Occidente desde 1923 hasta 1936. Desde ese despacho de la novena planta se fraguó la modernización cultural de España, con una clara visión europeísta, y en él nació en 1937 la Colección Austral. Esa novena planta es ahora propiedad del futbolista Cristiano Ronaldo y hará de ella un ático de lujo, pero desabrigado de libros y de galeradas. Desde allí, cuando él vaya, gozará de las vistas de un Madrid febril y capitalista, de un Madrid muy distinto de este en el que yo me recreo cada vez que lo paseo y lo vivo.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 16, 2019

El olvido

He sido siempre un olvidadizo y siempre lo he aceptado como una peculiaridad innata. Nací olvidadizo y así moriré; qué le vamos a hacer. Y si bien se mira, no es malo conocerse a sí mismo y tolerarse las taras con las que nos han traído al mundo. Cuando tengo la mente ocupada en asuntos serios y que requieren responsabilidad, objetos cotidianos corren en mis manos el peligro de quedarse expósitos, a merced de quien quiera ampararlos. Sería incapaz de numerar con exactitud los paraguas que han quedado cerrados y silenciosos esperando en quién sabe qué paragüero público a que fuera a recogerlos, los sacara con prontitud y los paseara bien abiertos y orgullosos de proteger a su dueño de las inclemencias climáticas. De ellos ya solo me queda la esperanza de que hayan sido adoptados por alguien que los cuidara mejor que yo.

Pero puestas aparte estas cuestiones, ahora que ya voy entrando de puntillas ―pero entrando― en los arrabales de una edad más próxima al atardecer que al mediodía, me voy dando cuenta de que el olvido es un remedio muy eficaz para curar las laceraciones que, en el pasado, infligieron las injusticias y las injurias en mi cuerpo y en mi espíritu. La vida es un camino pedregoso e inseguro, pero no lo sabemos hasta que caemos en la cuenta de que no llevamos el calzado adecuado o al correr a destiempo cuando ya está demasiado cerca un peligro que nos acechaba. Cada vez que rebusco en los cajones de la memoria para encontrar las imágenes en orden cronológico de un acontecimiento ominoso, fatal o trágico que sufrí hace muchos años, descubro con alivio que ya no están. La memoria borra en el momento oportuno los pormenores de acontecimientos pasados que en el presente dañarían nuestra salud espiritual y, en consecuencia, también la corporal. La madurez dorada, este arrabal en el que ya estoy entrando, es la vuelta a un tipo de infancia, el regreso a una edad en la que solo debe movernos una motivación vital: ser felices. Felices con la sabiduría que hemos adquirido en terribles batallas ya lejanas y de las que solo quedan las cicatrices.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 9, 2019

Sentinel

A flechazos y con lanzas siguen recibiendo los aborígenes de la isla india de Sentinel del Norte a todo el que ose perturbar la apacibilidad de sus viviendas. Pensaba que era un montaje audiovisual, pero no. La noticia mostraba las imágenes de un sonriente misionero estadounidense a escasos metros de una playa poco antes de lanzarse al mar y nadar confiado hacia esta ínsula extraña para evangelizar a sus amenazadores habitantes. En cuanto puso pie en la orilla, crucifijo en mano, lo dejaron como un san Sebastián. Cuenta la hagiografía que descuartizaron el cadáver y lo devoraron para no desaprovechar tanta proteína.

Sin electricidad, sin fuego y con una tecnología que no ha evolucionado en los últimos 60.000 años, los sentineleses defienden con una determinación heroica la supervivencia de su cultura ante la desforestación de las islas cercanas y después de que algunos miembros de sus familias fuesen esclavizados por colonos violentos. Aislados de todo y de todos, quieren permanecer inmunes a toda esa legión de virus que traen las enfermedades del mundo moderno: inmunes al virus de la globalización, que asesina silenciosamente las culturas y las tradiciones minoritarias; al virus de la tecnología digital, que debilita el contacto humano y la comunicación personal hasta deshumanizar al individuo y transformarlo en un ser consumido por la soledad; al virus del dinero, que parasita la ética de los pueblos y los convierte en enemigos; al virus del progreso, que infecta los mares de plásticos, el aire de humos contaminantes y la tierra de pesticidas y alquitrán; inmunes, en fin, al letal virus del estrés, y al del ruido de máquinas, y al de la comida basura, y al de la corrupción, y al de la explotación del débil y del indefenso.

El sunami de 2014 redujo la población de la isla a 150 indígenas. Aunque el Gobierno indio ha prohibido que sean molestados para garantizar su supervivencia y su aislamiento del resto del mundo, mucho me temo que la letal mandíbula del capitalismo acabará devorando este reducto de la humanidad. Ojalá me confunda.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 2, 2019

Tiempos

Desde mi ventana, mientras enciendo un cigarrillo y contemplo consumirse los últimos minutos del año, me doy cuenta de que nuestro tiempo no es el del resto de los seres vivos. Abajo, en las calles, la vida es frenética, bulliciosa; las personas van y vienen esperando inquietas la entrada del nuevo año, sabiendo las horas que quedan para la cena, para las uvas y para el festejo.

Hoy la tarde es tranquila y apacible, y el arrebol de las nubes anuncia la llegada de la noche. Los estorninos y las palomas vuelan hacia las ramas yermas de los árboles. Ellos, los árboles y las aves, no saben de meses, de años ni de siglos. Su noción del tiempo no es la nuestra. Su existencia se basa en el día a día, sin proyectos de futuro, sin mirar al pasado. Nosotros nos confundimos: vivimos infelices y angustiados recordando el tiempo pasado que hemos desaprovechado y conjeturando con los años que aún nos quedan por vivir. Pero ni el uno ni el otro nos pertenecen, y, en lugar de vivir todos los días sintiéndonos plenos y henchidos de vida, nos hundimos en el piélago del pesimismo. Séneca escribió: «No pierdas hora alguna, recógelas todas. Asegura bien el contenido del día de hoy, y así será como dependerás menos del mañana. Mientras aplazamos las cosas, la vida transcurre». Hay que aprovechar cada instante de nuestra existencia con serenidad y templanza, huyendo de lo que nos mata y envilece, siendo conscientes de que la felicidad plena no la encontraremos en la duración de nuestra vida sino en cómo la hemos aprovechado en bien propio y en el de los demás.

El hombre sabio almacena experiencias y conocimientos que le permiten iluminar su interior y sabe convertirlos en acciones virtuosas y plenas. Este es el arte de la vida, y lograremos saborearla desterrando de nuestros actos el odio y el miedo, aceptando a las personas como uno se acepta a sí mismo, con sus imperfecciones y respetando su dignidad y su libertad.

Ya la noche ha descendido sobre los tejados con su manto de niebla. Es bella, como la tarde. Merece la pena nuestra existencia; gocémosla en simpatía con la humanidad y con nuestro planeta.

Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 26, 2018

Amor de celofán

Qué poco dura la alegría en la casa del pobre. Eso decía mi abuela que se decía en el pueblo, y con quien hables te dirá que eso se dice en todas partes. Cuando la pobreza entra por la puerta de tu casa, el amor salta por la ventana. La pobreza y la enfermedad. Cuando a la escasez y a la enfermedad les abres la puerta de tu casa, el amor hace la maleta y se marcha con lo puesto y con lo poco que ha metido en el equipaje. ¿La causa? Nos soportamos cada vez menos; este yihadismo megahedonista al que quieren convertirnos los de arriba desea convencernos de que debemos cuidarnos a nosotros mismos y a nadie más. Estamos cada vez más solos aunque vivamos en sociedad. Este aislamiento nos hace menos humanos; si se trata a una persona como una cosa, no esperes que luego te traten mejor. El familiar enfermo, el amigo sin recursos, el inmigrante que huye de la miseria son esas molestias de las que nos queremos deshacer cuanto antes, como charcos en los que se han metido nuestros zapatos y que limpiamos con rapidez al llegar a nuestra casa. «Joder, mira que tocarme a mí».

Sin trabajo ni dinero para alimentar decentemente a tus hijos, y si los problemas de salud te aplastan como un muro derribado, no hay fuerzas que puedan sobrellevar tanta penuria. La desesperación abre sendas que conducen al desmoronamiento moral y a la tragedia. No deseo en estas fechas oraciones ni bendiciones, ni misas de gallos ni vigilias. Ojalá ―y este sí que es mi deseo― que los máximos responsables del funcionamiento de nuestra sociedad muestren una categoría humana y ética a la altura de sus cargos, y que consigamos entre todos revertir este estado de decrepitud moral que nos arrastra a una globalización de la indiferencia y venzamos la desigualdad social. El hombre es la única salvación del hombre; la «simpatía», que es ponerse en el lugar del otro, es el salvavidas de la humanidad. Qué poco dura la alegría en la casa del pobre, decía mi abuela que se decía en el pueblo, pero que es algo que se dice en todas partes. Cuidemos la salud y que no falte el trabajo porque de ellos, viendo esta sociedad, nace el amor de celofán.

Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 19, 2018

Veleia

Hay lugares que surgen humildemente y la Historia termina por coronarlos en el trono de la magnificencia. A escasos kilómetros de Vitoria, en el yacimiento de Iruña-Veleia, se han hallado unos grafitos que adelantan hasta el siglo III la primera datación escrita de la lengua vasca. Diseminadas sobre huesos, vidrios y ladrillos se pueden leer palabras sueltas, como zuri (`blanco´), urdin (`azul´) o gorri (`rojo´), y algunos verbos de uso habitual como edan (`beber´), ian (`comer´) y lo (`dormir´). Los que conozcan esta lengua comprobarán que estas palabras apenas han variado en los últimos dos mil años, rasgo que le confiere una gran estabilidad como idioma, pero además es necesario recordar que el vascuence es una lengua antiquísima, que ya se hablaba en la Península Ibérica cuando llegaron los romanos en 218 a. C. y que posiblemente ya existiera antes de que surgiera el griego antiguo. Una lengua, en fin, a la que le debe mucho el español ―el más hablado en el mundo después del inglés―, ya que, gracias al contacto lingüístico que hubo entre aquella y un castellano aún en pañales, las primeras palabras de la lengua de Cervantes se consolidaron suprimiendo la «F-» inicial latina y fijando nuestro sistema fonético en tan solo cinco vocales, frente a las diez de la lengua de Roma.

Los grafitos de Veleia guardan una sorpresa. Se ha encontrado un texto cristiano que se leería como parte de una oración o que escribiría algún miembro de la familia para bendecir su casa: Iesus, Ioshe ata ta Mirian ama (`Jesús, José padre y María madre´). La bellísima sencillez del texto atesora siglos de historia y de tradición; es, por qué no decirlo en las fechas en las que estamos, un belén hecho con palabras, con la humildad de unos trazos pobres e inexpertos, palabras que iluminan el hogar de una familia vasca y cristiana de hace dos mil años, en un rincón ignorado de un gran Imperio que ya había establecido el cristianismo como su religión oficial. Incluso, el topónimo ―Veleia― guarda similitudes fónicas con aquel Belén donde nació Jesús, rodeado de sus padres, José y María.

Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 12, 2018

Neopolitano

Me ha dado por pertenecer a una tribu urbana, sí, a mi edad, que no es que sea lozana pero tampoco faraónica. En casa dicen que ya estoy con las dichosas crisis de identidad, y que lo mejor que debo hacer es dejarme de payasadas, ponerme el pijama, sentarme en el sofá con la bandeja de la cena y empezar a seguir una serie de televisión de esas que son más largas que un día sin pan. Pero yo me he rebelado, como buen hijo de los movimientos jipi y jevi, y he comenzado a rastrear por la telaraña digital para encontrar ese grupo de coleguillas con el que pueda sentirme identificado.

Los primeros intentos han sido desalentadores. Tengo muy claro que no me veo un bakala ni un maquinero porque esa música no me pone y mucho menos su jerga, que tendría que aprenderla, claro, con su perreo, sus guirlas y fronteos, y lo que es peor, usarla en el contexto adecuado y con el tono correcto. Y para eso se requiere una inmersión lingüística a la que no estoy dispuesto. Tampoco me veo dentro del rollo friqui; debería ver todo lo que se ha grabado de Star Trek y hacerme seguidor acérrimo de varios yutúbers. Va a ser que no. Descarto los góticos porque no quiero agujerear ninguna zona de mi cuerpo, ni ponerme lentillas de zombi ni pintarme los morros de violeta-muerte; hípster no puedo ser porque con mi barba, ya desforestada, sería, junto con los que lucen esas pelambres levíticas y mesiánicas, un triste y eterno aprendiz. Panki no lo seré más porque ahora sí que estimo la salud de mis oídos y la de mi estómago.

En fin, después de tanto paseo virtual, llego al Ministerio para la Transición Ecológica ―ahora me entero de su existencia― y desde una de sus páginas se me invita a ser neopolitano. Es mi última alternativa. Leo: los neopolitanos son la nueva ciudadanía, no importa edad ni orientación política; solo debes ser tuitero y consumir de manera responsable, ética y justa, sin contaminar y yendo en bici, remendando tu ropa, no comprando comida envuelta en celofán, usando marcas de ropa sostenibles y no probar apenas la carne y el pescado. No tiene mala pinta, no. Pero el bocata de morcilla y el coche no me los quita nadie.

Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 5, 2018

Tamboradas

Suenan tambores en la política española. No suena la paz ni el diálogo, sino la confrontación y el «ahorametocaamí». Los tambores, dicen, son tan antiguos como la Humanidad. Alejandro Magno quedó impresionado cuando el ejército persa los empleaba para amedrentar a los macedonios, así que decidió incorporarlos como instrumento de guerra y de comunicación. Retumbaba la tierra―aseguran los historiadores― cuando Alejandro ordenaba aporrear miles de tambores antes de entrar en batalla. Hoy, los tambores de guerra son las torpes y verduleras soflamas que suenan a través de los altavoces de nuestras radios y de nuestros televisores, y no hacen retumbar la tierra, aunque quieran con ellas meternos el miedo en el cuerpo.

Dicen que, durante la Alta Edad Media, los musulmanes que habitaban los pueblos y ciudades más importantes de lo que hoy es Aragón entraban con sus tambores al barrio cristiano durante la celebración de la Semana Santa para fastidiar ―dicho suavemente― el silencio y el recogimiento de los que estaban reunidos en sus casas rememorando la muerte de Jesús. Los conflictos religiosos han sido siempre muy ruidosos, de esto no hay duda, y casi todos han sido impulsados por intereses políticos y económicos. Las guerras de anexión territorial se ordenaban tras la bendición de un jerarca religioso. Algunos políticos de ahora aporrean sus tamboriles para hacernos saber que «la cultura occidental, de firme identidad cristiana, está en peligro porque nos están invadiendo los inmigrantes», y que ha llegado la hora de «reconquistar los valores que nos identifican como españoles».

Jaime I reconquistó gran parte de la franja oriental de Al-Ándalus, y los cristianos que fueron repoblando las tierras aragonesas, manchegas y parte de las andaluzas decidieron tocar los tambores en Semana Santa como recuerdo de lo que los musulmanes les hicieron a sus antepasados. Es otro «ahorametocaamí» que lleva siglos retumbando. La Unesco acaba de conceder a estas Tamboradas la distinción de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, así que la tierra seguirá temblando otros siglos más bajo el estruendo de miles de tambores rugiendo a la vez.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 28, 2018

Convalecencia

El sufrimiento nos vuelve más humanos, ilumina nuestra realidad de seres mortales. Quizás por ello lo rechazamos. El silencio es un aliado del sufrimiento; dos socios a los que desde siempre les ha ido bien. Sufrir en silencio, sentir desde el anonimato las punzadas internas de un proceso vírico o las terribles púas de una ofensa infligida por alguien a quien se quiere nos reconcilia con la vida, nos despierta del muermo existencial en el que creemos que flotamos cándidamente, como en un líquido amniótico del que nunca saldremos. Pero sí. Despertamos y salimos. Siempre salimos; empujamos con desesperación y angustia para mudarnos a una placenta más grande, pero lo que hacemos es salir a un entorno arañado por el tiempo; salimos llorando y destemplados, heridos por la luz, con un dolor y una impotencia que a nadie interesan. Y tardamos tiempo en comprender que el sufrimiento hay que vivirlo en intimidad, que es consustancial a nuestra existencia, y que el silencio y la paciencia nos ayudan a sobrellevar la aspereza y la fatiga del camino.

Recuerdo a Cela hablando de su experiencia como enfermo. Enumeraba cronológicamente las enfermedades que superó, como el torero que repasa las cornadas de su cuerpo y reconoce en cada una de ellas el nombre del toro, la plaza donde fue corneado y la fecha y lugar de la operación. Más que la enfermedad y el dolor, Cela priorizaba el proceso de la convalecencia: un estado de debilidad que despierta la sensibilidad artística. Habría que repasar a fondo muchas obras maestras de la literatura y de las demás artes que nacieron durante un proceso de convalecencia. Nos sorprendería. Da vértigo escrutar cuántos libros magistrales se han escrito desde una silenciosa e iluminada mesa sobre la que trabajaron los ojos dolientes y las manos febriles de su autor, sintiendo la presencia de la muerte. Es entonces, cuando llegue el minuto final de nuestra vida ―aconsejaba Cela―, cuando hay que actuar con serenidad y resignación, sin aspavientos circenses. En silencio, dejándose acariciar por la fría mano del barquero.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 26, 2018

Trascendencia

Ya no cuidamos las palabras como deberíamos. Algunas, por su poco uso, las vamos relegando al final de la cola de nuestro léxico, y ahí se quedan largo tiempo, calladas y ausentes, abandonadas. Las palabras comunican todo sobre nuestra cultura, son el cincel con el que pulimos la realidad a la que nos referimos, son el lienzo en el que queda impreso el bagaje cultural que nos sostiene. Pero las estamos abandonando. No las usamos ni las cuidamos como habría que hacerlo. Quizás podríamos argumentar que nadie nos ha enseñado a valorar un buen texto con esmero y prurito lingüístico o que ya apenas se escriben obras de gran calidad que nos ayuden a ordenar y a expresar nuestros pensamientos con claridad y precisión. Es posible.

Este escaso interés por el uso de la palabra precisa en el contexto adecuado está quizás reflejado en el ámbito ortográfico. Creo que las palabras, también, están perdiendo su trascendencia ortográfica. Las estamos desnudando de letras que ―dicen― no nos sirven porque no las pronunciamos o porque las articulamos de una manera casi imperceptible para el oído. La propia palabra que da título a esta columna ha perdido la n con la que formaba el grupo consonántico culto ―nsc―; al constipado le quedan cuatro días para que su n se desprenda de su sílaba y caiga, como una hoja seca, al barro del olvido; a otubre le han vuelto a robar la c porque poca gente la pronuncia (de momento, se salvan octavo, octogenario, octosílabo…); setiembre es el mes al que le han sustraído su p latina. Y aún no termino de comprender que una guardilla sea una buhardilla mal escrita, trasladando a la ortografía el vulgarismo fonético.

Estamos, en efecto, despojando a las palabras de su transcendencia ortográfica y semántica. Su mal uso nos lleva a encontrárnoslas así, desconchadas y heridas, empleadas abusivamente o fuera de contexto, y por tanto desnaturalizadas, a veces huecas. Y esta práctica es, sin duda, una reacción lingüística a la cultura general que nos rodea, que es la que nos vende lo intrascendente, así, sin n, como lo transcendente, así, con n.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 14, 2018

Los tóxicos

A la salida del cine, una pareja discutía en voz baja pero de forma acalorada. Cuando pasé por su lado, solo conseguí captar unas palabras que él le lanzó a ella con tanta claridad que no hizo sino enfurecerla más: «Eres muy tóxica». Se puede descalificar a una persona de muchas maneras, pero llamarla «tóxica» me sugiere un amplio abanico semántico relacionado con el envenenamiento moral y con la aniquilación de la autoestima mediante pequeñas dosis aparentemente inocuas pero letales a largo plazo, sedimentos que van contaminando nuestro optimismo, nuestra energía vital.

Los tóxicos son manipuladores, envidiosos, expertos en convencer de que la culpa no es suya sino del otro, maestros en el maldecir y en el malmeter. Les encanta herir y disfrutan contemplando la destrucción anímica del herido. Alimentan su narcisismo y su convicción de superioridad infravalorando a los que les rodean. No son personas optimistas; al contrario: siembran pesimismo incluso poniéndose como víctimas de una situación calamitosa y terrible para todos. Emocionalmente inestables, disfrazan su escasa empatía social con una falsa dependencia que despierta en la víctima una sensación altruista de ayuda y de comprensión que la empuja a no separarse del manipulador. Son parásitos que contagian su enfermedad, y con ella destruyen la armonía del grupo, la vitalidad de la pareja y, sobre todo, la voluntad, la voluntad de convivir en paz, de sentirse a gusto en el entorno familiar y laboral y de colaborar como buen ciudadano en el desarrollo social.

La política española es tóxica. Nuestros políticos son tóxicos. No los soporto. No soporto a ninguno de ellos. No quiero seguir oyendo sus ofensas ni sus mentiras; me embrutece anímicamente cada escándalo de corrupción que desde la pantalla del televisor me salta a la cara como un escupitajo. Siembran discordia, malestar, pesimismo, y con ello alimentan el miedo en los ciudadanos. Queman nuestra convivencia social, nuestras ganas de dialogar y de revertir una situación de injusticia. Nos hacen, en suma, peores personas. Son ellos los tóxicos, los culpables de nuestra enfermedad moral.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 7, 2018

Gugleo y guasapeo

Hace años que no feisbuqueo, y no lo hago desde que vi un documental televisivo en el que un padre, preocupado por el empeño de su hijo menor de darse de alta en esta plataforma, decidió investigar por su cuenta la seguridad y la privacidad que ofrecía la compañía. Y para esta investigación, el buen señor se creó una cuenta con una identidad y unos datos falsos, en los que se presentaba ante el mundo como un joven guapo, emprendedor, deportista y poseedor de varios títulos universitarios que tenía colgados en un piso localizado en uno de los barrios más pijos de la ciudad. El primer día llegó a acumular unos seiscientos seguidores ―casi todos chicas― que querían ser amigos digitales y algo más. ¿Cómo vas a querer ser amigo de alguien que solo conoces por unas imágenes y por unos datos falsos?, se angustiaba el padre. Así que tomó la decisión de hablar con un técnico informático, con hechuras de pirata, y le preguntó si podría extraer su verdadera identidad y sus datos privados desde su cuenta falsa. Al cabo de media hora, le entregó seis folios escritos por las dos caras en los que venían impresos los nombres de toda la familia; el número de sus tarjetas bancarias, de sus cuentas y de sus planes de pensiones; antecedentes delictivos; pertenencia a asociaciones políticas o sindicales; restaurantes más visitados e incluso el nombre de su perro.

No feisbuqueo pero sí gugleo. Y digo «gugleo» y no «busco información en Google» por la misma razón que digo «desayunar» y no «tomar el desayuno», que ambas opciones son válidas, pero los alargamientos innecesarios nunca han sido plato de mi gusto. Hay políticos que «proceden al acto de inauguración», y los hay, más austeros, que simplemente «inauguran». Pues, como les decía, gugleo todos los días en busca de información, tuiteo mis columnas y consideraciones lingüísticas y guasapeo con mis compañeros de trabajo y con mis amigos. Y me gustan estos neologismos, estos epónimos por los que algunos se mesan las barbas y por los que otros celebramos que nuestra lengua se enriquece de términos habituales y necesarios.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 31, 2018

Muertes

Pepe es un pescador alicantino que lleva echando las redes desde que era un niño. Sus manos y su rostro septuagenarios están endurecidos por la sal, por el viento y por el sol. Cuando converso con él, su mirada y su voz describen el alma de un hombre bueno acostumbrado a leer los secretos del mar y a vivir en la soledad y en el silencio de un espacio tan amplio como profundo. «Los peces se dejan pescar cuando ellos quieren, no cuando tú quieras», me dijo hace poco junto a la orilla, con su caña ya lanzada, él sentado en su banqueta y yo de pie, acompañándolo, escuchándolo. Ese día íbamos a salir juntos a pescar en su barca, con redes, y habíamos planeado comer de lo que pescáramos, cocinado en caldero, con arroz y verduras, pero una borrasca nos lo impidió.

En la orilla, donde las olas se consumen, Pepe había clavado una boga por los ojos con una varita de hierro. «El olor de la boga atrae a las caraveletas, y luego las uso como cebo para pescar doradas». Las caraveletas son unos pequeñitos cangrejos blancos de arena muy comunes en el Mediterráneo. La escena me impactó por la novedad pero sobre todo por lo macabro de ver a un pez clavado por los ojos para que sirviera de cebo a otros animales, y por un momento pensé en la cadena alimenticia creada alrededor de la muerte y con un ritual de lo más natural, con un ritual que las leyes de la supervivencia nos han marcado desde que existimos: la boga sacrificada para alimentar a unos crustáceos que luego serían devorados por un pez mayor que acabará en el estómago hambriento de un hombre. Ha de haber muerte para que haya vida. Aquello me recordó la filosofía de Schopenhauer, su pesimismo vital, su planteamiento de que la vida es un sufrimiento constante. «La vida es solo la muerte aplazada», escribió el alemán.

«Cuando muera», me dijo de repente Pepe con mucha serenidad y convicción, «me gustaría que fuera junto al mar y que después tiren mis cenizas aquí, junto a estas piedras de la orilla». No le dije nada. A unos metros de nosotros, la boga acompañaba el vaivén de las olas.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 24, 2018

Marcianitos

De pequeño jugaba a los marcianitos con mis amigos y mis vecinos. Nos regalaban unos cascos con visera azulada y unas pistolas de plástico verdinaranjas, con gatillo negro y corvo como un colmillo de vampiro, que escupían varitas puntiagudas que no se parecían ni de lejos a los rayos láser que veíamos en las películas. Yo crecí con estas películas de ciencia ficción y de serie B en las que la Tierra se veía amenazada por la invasión de los marcianos, y en nuestros patios y parques representábamos de una manera muy cutre las batallas que solo eran reales en nuestra imaginación. Una noche, mirando al cielo, me enseñaron dónde estaba Marte. Seguía siendo un niño y no me gustó la idea de que ese planeta de color anaranjado estuviese tan cerca de la Tierra porque al instante se me pasó por la cabeza que las diabólicas criaturas grabadas en el celuloide podrían plantarse en mi ciudad en un abrir y cerrar de ojos.

Ahora nos dicen desde la NASA que dentro de cinco años irán al planeta rojo los primeros mil humanos para habitarlo. Será un viaje solo de ida, en el que llegas y te dejan allí, y ya no podrás regresar a darte un bañito a Benidorm aunque no te gusten tus vecinos, la ridícula casa prefabricada en la que vas a pasar el resto de tu vida, el jardincito en el que plantarás tus patatas y tus tomates y el airuzo que debe rascar por esas latitudes. Vivirán, al parecer, sobre un lago subterráneo de agua dulce que ocupa una extensión de veinte kilómetros cuadrados, así que a los terrícolas convertidos entonces al marcianismo no les va a quedar otra que hacer agujeros por un tubo, con un tubo hidráulico, espero. A estos mil seguirán otros tantos y si el ritmo no decae imagino que la Tierra se irá quedando más vacía de chicos sanos y listos y más llena de vejestorios y de enfermos a la espera de que Bennu, que es como ha bautizado la NASA a un asteroide de medio kilómetro de diámetro, impacte sobre la Tierra el 21 de septiembre de 2135 y destruya toda forma de vida.

No sé cómo estará mi planeta dentro de ciento veinte años, pero espero que los futuros marcianos salven el patrimonio cultural de los terrícolas. Algo bueno hemos hecho.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 10, 2018

Barberías

Mi peluquería es de las de antes. Sillón de cuero reclinable, corte de tijera y bálsamo tras el afeitado de nuca y patillas. He de reconocer que siempre que voy a mi peluquería, en el centro de la ciudad, muy cerca de donde Lorca vivió unos días pocos meses antes de su fusilamiento, me acuerdo de Antonio Machado. Un día, ya moribunda la República, cuando don Antonio entró en su barbería en el centro de Madrid, el peluquero que siempre lo trataba, viendo su aliño descuidado y poco moderno, se atrevió a comentarle: «Don Antonio, con lo que es usté, con su nombre y con su posición, ¿por qué no se compra un traje nuevo?». Machado llevaba siempre el mismo terno, lavado y planchado sin descanso; las coderas, puños y rodilleras lucían apagadamente raídas. A don Antonio no le importaba su torpe aliño indumentario. Y le respondió a su peluquero: «¿Y por qué he de cambiarlo si aún me hace uso?». Miguel de Unamuno, que tanto admiraba al escritor sevillano, lo describió con estas palabras: «Yo vengo a saludar al hombre más descuidado de cuerpo y más limpio de alma de cuantos conozco: don Antonio Machado».

Cuando me siento en el viejo sillón reclinable de cuero beis de mi peluquería me acuerdo siempre de Antonio Machado. Intento imaginarme su rostro bonachón reflejado en el espejo de su barbería, procuro intuir el tono de su voz y su conversación con el barbero y con los clientes del local. Un hombre de una excelencia inhabitual viviendo como un hombre de lo más común. Machado y Lorca se admiraban. Lorca, Machado y Albacete van cogidos de la mano. Cuando don Antonio, meses después de escribir la elegía a Lorca tras ser fusilado, tuvo que cruzar la frontera en el invierno del 39, lo acompañaban su madre, Corpus Barga y el filólogo albaceteño Tomás Navarro Tomás. Fueron ambos los que los cuidaron hasta Colliure. «Seguid, amigos, hasta París. Yo quedo aquí con mi madre hasta que se recupere». Así habló Machado, con greñas y sin afeitar, cuando sintiendo cerca los huesos y flautas de la muerte escribió: «Estos días azules/ y este sol de la infancia». Desde entonces, maestro, los días son grises y mudas las barberías.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 3, 2018

Rastreo

Salía yo del supermercado cuando oí a una chica que con una sonrisa de alivio le decía a otra que lo mejor del guásap y del tuíter es que llegaron cuando ellas habían dejado atrás la adolescencia y la insensatez.

―Si estuviesen colgados los vídeos y las fotografías de lo que yo hice, o ciertos comentarios, estaría muerta de vergüenza, tía.

Muchas empresas han contratado a expertos informáticos vestidos con ínfulas de detective para que rastreen las imágenes y las memeces que los aspirantes al puesto ofertado hayan podido colgar en la red en algún momento de exaltación etílica o de paranoia política. Es la nueva moda corporativa: bucear en tu privacidad para sacarte los calzoncillos que hace unos años se te olvidó poner en el cesto de la ropa sucia. Si te los encuentran, te quedas sin el puesto, por guarro. Decía García Márquez―antes de que existiese internet y su pegajosa red de grupos sociales― que todos tenemos tres vidas como tres cajitas independientes, y lo que haya en una no puede volcarse en las otras: una vida pública, visible para la mayoría, la del mundo laboral y social, en la que son analizados tus gestos, palabras y movimientos; hay otra privada, cuyas fronteras son las del ámbito familiar y las de los amigos más allegados, y dentro de las cuales no debe entrar nadie salvo ellos. Nunca debe llegar al ámbito público lo que en privado cuidas y proteges. Y la tercera vida es la íntima, la cajita más pequeña y la más valiosa pues solo tú eres quien sabe qué guardas en ella: si alguien mostrara el secreto de su intimidad al ámbito privado o público, perdería la llama de su identidad y quedaría desnudo y vulnerable ante las miradas de todos.

Las redes sociales son el berbiquí que agujerea la privacidad y la intimidad de nuestras vidas; no nos conducen al fortalecimiento de la personalidad, sino a ser una cabeza visible más dentro de este saturado y asfixiante ganado que es la globalización. Enseñar a los más jóvenes a construir las cajitas de su privacidad y de su intimidad es una asignatura pendiente de familias y docentes.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 26, 2018

Preotoñal

Tengo necesidad de escribir pero no encuentro un tema concreto. Puedo contarles que estoy sentado en el sofá y pulsando el teclado alfabético de mi portátil en una tarde preotoñal en la que las sombras se han vuelto más frías y espesas. Puedo decirles que percibo el transcurso del tiempo mientras oigo los sonidos de la calle, allá abajo, tenuemente, sí, como un borborigmo urbano, entre los que distingo, sonando a la vez, el motor de un coche, el de una moto, el estridor de una sierra eléctrica y las risas agitadas de unos adolescentes. La vida, por no hacer mudanza en su costumbre, sigue.

Puedo contarles que hace poco releí la novela El mundo, de Juan José Millás. Me gusta releer buena literatura más que arriesgarme a descubrir nuevas promesas que te dejan insatisfecho y sin quince euros en el bolsillo. Con Millás hablé en una Feria del Libro en Madrid. Cuando me presenté quise ocultar mi admiración por su prosa tan diáfana y ágil, tan aparentemente sencilla, y lo hice porque consideré que no le habría agradado escuchar otra vez el mismo halago; habría sido una mala carta de presentación, nunca mejor dicho. Solo le dije que me llamaba José Juan y que era profesor de Lengua y de Literatura. «Nuestros nombres se complementan», me dijo con una sonrisa. Y tras firmar la dedicatoria, me miró y me preguntó si yo pensaba que la literatura impresa desaparecería algún día. Le dije que no. La relectura de El mundo me ha fascinado, y tanto el último capítulo ―«La academia»― como el epílogo me han estremecido, me han hundido en un piélago de recuerdos entre los que hay también alguna tarde lluviosa, siendo yo un niño, y me cobijaba, ya empapado, en un portal antiguo con zaguán, y tiritaba de frío y de lágrimas sin ganas de ir a casa ni de volver a un colegio en el que te golpeaban y te humillaban por haber hecho nada, tardes grises y lejanas, tardes desabridas de mesa camilla con brasero, tardes tristes de silencios, de conversaciones apagadas.

Puedo contarles algunas cosas de más o de menos, pero el espacio de la columna me obliga a callar en esta tarde vestida de otoño.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 19, 2018

Tesis

Qué hartazón de tesis, de la tesis de uno, de la del otro y de la de la otra. ¿Acaso aún no sabemos en qué ha acabado el nivel docente e investigador de nuestras universidades? Yo dejé la docencia universitaria porque no aguantaba la dejadez de los alumnos y el escaso nivel investigador que ofrecía mi Facultad. Me resultaba insostenible que en un año académico solo aprobase el 13 % de mis alumnos, y puedo asegurar que la dificultad no residía en la asignatura ni en los contenidos ofertados ni en el docente: la causa se hallaba, sin más, en un grupo de gandules que se pasaba el día en la cantina, clavados en los móviles, sin bagaje lector, con una preocupante apatía cultural y cuya única movilización se llevaba a cabo en las reuniones estudiantiles para protestar por cualquier cosa: protestar porque algunas clases se impartían por la tarde, porque algún profesor había mandado cinco libros de lectura obligatoria, porque los horarios no se adaptaban a sus exigencias, porque pagaban demasiadas tasas. Me resultaba inadmisible que la única actividad investigadora fuera de las aulas se limitase a exposiciones fotográficas o a mesas redondas de media hora de duración ―algunos de cuyos ponentes mostraban escasa preparación en el tema propuesto― y en la que no intervenían los alumnos asistentes porque o estaban más atentos a los mensajes colgados en sus grupos sociales o porque no se les ocurría ninguna pregunta «hábil» o «interesante» relacionada con lo debatido.

Nos merecemos lo que hemos ido permitiendo en los últimos veinte años a cambio de quince euros el crédito: profesores que firman tesis y trabajos de fin de máster en los que no se investiga nada, que no van más allá de una recopilación de datos y en los que se comete el delito de hacer propias las palabras escritas por otros autores. Dejé la docencia universitaria asqueado de corregir tesis y TFM de copia y pega, de soportar las estupideces de profesores bisoños y de explicar el anticientificismo de los noventayochistas a veinteañeros ocultos tras la carcasa de sus portátiles, entretenidos con las memeces de un yutúber. Hay ríos que uno no puede nadar a contracorriente y solo.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 12, 2018

Cursos

Con septiembre comienza el curso, dicen muchos. Todos los cursos, desde el académico hasta el político. Pero los cursos no comienzan, continúan. La vida regala engañosos parones, como las balsas apacibles de los ríos; pero aun esa agua está en movimiento, fluye lentamente dejándose vencer por la caída natural del terreno, un agua que es siempre la misma, siempre dentro del eterno ciclo de la evaporación, condensación y precipitación desde las nubes. Bebemos la misma agua de nuestros antepasados, nos lavamos con la misma agua con la que hace siglos se sacaba de los pozos de una humilde venta para abrevar las bestias, nos bañamos en las mismas aguas con las que saciaron su sed los primeros pobladores de nuestro planeta.

Nada comienza, pues, ya que todo es una sucesión y una repetición de lo anterior. Los mismos políticos pero con distinto nombre pregonando con palabras hueras promesas que contradicen a las que en su momento defendieron días antes de unas elecciones; reportajes zonzos, sin calidad periodística, en gasolineras y puertas de hotel, sobre los miles de ciudadanos que terminan sus vacaciones y regresan al trabajo tras llenar los maleteros y los depósitos de sus vehículos; las mismas fiestas populares, con sus absurdas tomatinas, sus polvorientos encierros taurinos, sus botellones infinitos y sus aburridísimas cabalgatas; la vuelta al cole, la vuelta al trabajo, la vuelta a las calles ennegrecidas de contaminación, la vuelta a los besos de cortesía a vecinos y amistades, la vuelta a repetir cuarenta veces que tus vacaciones han sido como siempre, ya sabes, en la playita y descansando; ancianos moribundos de soledad y sin recursos económicos que se suicidan tras haber asesinado a su mujer encamada y en fase terminal; emigrantes famélicos y con la dignidad hundida, muchos de ellos niños, ahogándose un año más en el Mediterráneo, en las mismas aguas de las que bebieron nuestros abuelos, mientras Europa mira hacia otro lado, sentada en su butacón parlamentario, indolente y dispéptica.

Todo, en fin, es un curso cíclico de lo anterior.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 5, 2018

“Beatus”

 

Ninguna mañana me despierta ya el crispante zumbido del despertador, sino un concierto de aves: el arrullo suave y meloso de las palomas; el alegre y agitado trino de los gorriones; no muy lejos de mi habitación debe de anidar una pareja de ruiseñores, que apaciblemente gorjean antes de que amanezca; un verdillo canta al tiempo que mueve la cola; y, al fin, los vencejos, ágiles y hambrientos, han salido del hueco de las ventanas de las casas no ocupadas y trisan con bullicio mientras vuelan en círculo, como murciélagos diurnos, para alimentarse («Despiértenme las aves/ con su cantar suave no aprendido»). Una ligera brisa, aún fresca y salina de mar, perfumada con el aroma de las flores agrestes del monte bajo, me invita a seguir un poco más en la cama, y enterrados quedan ya, por el rebenque del olvido, el estridor de coches y el humo contaminado de la urbe («El aire el huerto orea,/ y ofrece mil olores al sentido,/ los árboles menea/ con un manso ruido»).

Antonio administra un puesto de frutas, verduras y hortalizas que él llama ecológicas porque las planta con su propia mano y las riega con el agua de su casa («Del monte en la ladera/ por mi mano plantado tengo un huerto»). Se levanta aún de noche para recoger de las plantas el género que va a vender ese día; luego riega, se cambia y va a la tienda. En una parte de su casa, en lo alto de una colina, cría también unas pocas gallinas y conejos que de vez en cuando vende vivos o bien limpios y eviscerados a aquellos que suben hasta allá con este propósito. «Llévese esta sobrasada y este salchichón caseros que hace una familia de Tibi», me dice. El género que vende Antonio sabe a campo, sabe a una naturaleza real, no fingida, que yo no gozaba desde la niñez.

Lejos de la ciudad, lejos de las preocupaciones, libre de recelos, soberbias y crispaciones, qué vida más auténtica y descansada «la del que huye el mundanal ruido/ y sigue la escondida/ senda por donde han ido/ los pocos sabios que en el mundo han sido». Beatus ille, feliz aquel quien, aunque solo sea temporalmente, puede disfrutar con austeridad de la tranquilidad y de la autenticidad de la vida.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 27, 2018

A manadas

Manus manum lavat. Una mano lava a la otra. Muchos siglos tiene ya este refrán latino y parece no envejecer. Está escrito en el Satiricón, obra atribuida a Petronio y considerada el germen de la novela picaresca porque a través de los dos protagonistas, de baja condición social, se critica a una sociedad romana hipócrita y con poca ética y a una juventud sin principios ni moralidad.

Una mano lava a la otra. Tú me haces un favor y yo te lo devuelvo, y esto queda entre nosotros. Decía Umbral, posiblemente recordando al Valle de los esperpentos, que robar es un arte al alcance de casi todos y que es inherente a la cepa hispana. España es el país de los pícaros. Se roba a manos llenas y se delinque sin que hubiera un mañana, y, cuando son varios los que comparten el delito, el individuo se convierte en manada. Quizás ahora se entienda con más exactitud que manada provenga de la palabra mano.

A manadas entran en la cárcel los políticos que se han llenado los bolsillos del dinero de los contribuyentes mientras el 32 % de los niños españoles apenas puede llevarse una comida completa al estómago. A manadas se favorece a los más ricos y se carga todo el peso de la fiscalidad sobre los derrumbados hombros de los currantes; ellos, los de arriba, los que continúan malagarrando las riendas políticas y legislativas de nuestro país, son los denigrantes modelos sociales que gañen todos los días desde la pantalla de plasma, y nuestra sociedad copia lo que ve, imita lo que se hace, una mano lava a la otra, con una cojo y con otra guardo, tú me ayudas y yo te doy tu parte.

A manadas se hiere al débil. A manadas salen por la noche grupos de psicópatas para golpear a los sintecho, para agredir sexualmente a jóvenes que han perdido el sentido de la orientación y de la realidad, para chantajear desde los foros a adolescentes que creen que los paraísos artificiales son la verdadera tierra prometida. A manadas ni se lee ni se adquiere madurez ciudadana; a manadas se dejan arrastrar por la incultura impuesta desde las pantallas. A manadas.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 6, 2018

Multiverso

Defendía Hawking en su última hipótesis, la Teoría del Multiverso, la existencia de universos paralelos. El nuestro, que ya se nos antoja extenso y largo como un día sin pan, aún no lo conocemos, y habría que construir alguna especie de trampolín espacio-tiempo no para viajar a otro sistema solar, que vendría a ser como desplazarse del salón a la cocina de tu casa, sino para subir al piso de arriba donde vive un vecino que aún no conoces pero que notas que está ahí, como una presencia, como los otros de Amenábar. No creo que el cuerpo me dé para cuando comiencen estos saltos espaciales, pero, si me diere, solo aguantará para echarme una siesta en el sillón de mi casa después de haberme tomado el café viendo Saber y ganar. Que salten otros y que conquisten planetas henchidos de océanos y de verdura para intentar salvar a nuestra especie de la extinción terrenal; algunos nos quedamos aquí, con nuestro bocata de morcilla y un generoso cuartico de vino, a ver si podemos poner en orden el desaguisado en el que hemos convertido el nuestro.

He de reconocer, desde mi ignorancia, que la primera vez que escuché lo de multiverso creí que hablaban de poesía, que quizás se había inventado un sistema nuevo de componer versos y de rimarlos basándose en algún principio fractal. Pero lo que bullía en el sistema neuronal de Hawking era una visión muy real de lo que, tal vez, habría leído en alguna utopía o distopía literaria, o habría sentido viendo una película de ciencia-ficción. Quién sabe. No sería la primera vez que la Literatura y la Física se cogen de la mano, que la literatura, con su irracionalidad y sus posibilidades metafóricas, inspira a su compañera de paseo a tomar una trocha inexplorada que conduce a un paraje virgen y salvaje.

Y, ahora que lo pienso, no estaría mal descubrir ya algún universo paralelo para limpiar el nuestro porque hasta allá, y para que no puedan regresar, podríamos mandar a mucho mangante y sinvergüenza que sobra por aquí, como en su día hicieron los españoles al descubrir América o los ingleses al llegar a Australia. Qué descanso dejarían.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 5, 2018

Odre

No es un cálculo matemático ni se atiene a un axioma científico el hecho de que, sin saber la razón, llega ese día en el que sintiéndote optimista y eufórico te miras en el espejo para alabar las gracias con las que la naturaleza te ha dotado, pero lo que tristemente observas es un paraíso marchito, un edificio en ruinas, un papel arrugado. Se descorren las cortinas de la fantasía, y entonces claudicas y reconoces que tu cuerpo está abotargado. Y ya da igual que comiences a darte palizas en el gimnasio o que te comprometas a cumplir propósitos de enmienda como que dejarás de tomarte las cañitas con los amigos y las sustituirás por agua y bebidas energéticas: el tiempo lacera y debilita de manera inexorable lo que en su momento fue firme e inquebrantable.

Y como uno no puede ser bueno en todo, me tengo que quedar en casa, ponerme ropa cómoda, sentarme frente a mi ordenador y aporrear el teclado para que ustedes lean estas líneas. Y así, sin más dilación, les cuento que la palabra abotargado, que también se puede escribir abotagado, proviene de botarga, que, según la RAE, es un calzón ancho y largo usado antiguamente y que puso de moda sobre las tablas el actor renacentista italiano Stefanello Bottarga. Con el paso de los años, esta palabra se emplearía también para designar las vestimentas ridículas y de muchos colores usadas en mojigangas y festividades folclóricas —como las de la Alcarria—, y, por extensión, a la persona que las lleva puestas. Por todo ello, decir que alguien se abotarga es afirmar que su cuerpo se infla y deforma como una botarga a causa de una enfermedad o de la dejadez a la que aquel ha sucumbido.

Sin duda que me veo abotargado cuando frente al espejo compruebo que lo que antes fue bota curtida de vino de Jerez ahora es odre de vino peleón, y por eso creo que, a pesar del sacrificio que me supone enfundarme en un chándal y en unas zapatillas de deporte y renunciar a ciertas viandas, debo hacerlo por mi salud y para sentir con menos padecimiento el doloroso transcurrir de los años.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 30, 2018

Purgar

Una casa queda purgada cuando se acomete en ella una reforma integral. Antes de la reforma hay que empaquetar todo lo que forma parte de tu vida: libros, ropa, cuadros, vajilla, fotos, mantelería, electrodomésticos… Todo ello pasa a ocupar el enclaustrado y asfixiante espacio de una caja de cartón, y en este proceso parte de tu existencia queda encarcelada también, durante los dos meses en los que quedan en custodia en un contenedor de madera de 12 m3 de la agencia de mudanzas.

Cuando comienza el empaquetado, salen a la luz, tras décadas de oscuridad y ostracismo, muchas pertenencias que creías perdidas y que sin duda ya estaban olvidadas. Quizás el propio olvido que has impuesto sobre ellas ayudado por la mano polvorienta y seca del tiempo hayan sido los factores que han agudizado sus marcas de decrepitud. Surgen desgastados folios garabateados hace treinta años con la firmeza de que formarían parte de un proyecto; aparecen libros escritos en otras lenguas y de muy baja calidad literaria que compraste ya no sabes dónde ni con qué intención, tal vez te los regalaron por compromiso y con desgana; al abrir algunos cajones y entrar por fin la luz, se desperezan en su interior bibelots irreconocibles, tristes fundas de cedé vacías, borrosas fotos en blanco y negro donde se afanan por volver a la vida rostros que eres incapaz de identificar, asépticas palmatorias de madera para varillas de incienso, llaves huérfanas de cerradura, anticuadas revistas de viajes que nunca realizarás porque son destinos que ya no te interesan, mecheros sin gas ni luz propia, cargadores y cables desconectados para siempre de la agitada vida a la que en su día estuvieron esclavizados, móviles fabricados hace años sin conexión a internet y que ahora son incapaces de encenderse para realizar, al menos, una llamada de socorro.

Todos estos objetos inútiles y olvidados, decrépitos y desgastados por mi olvido, que en su día fueron mis pertenencias, no los he metido en las cajas de cartón que enviaré al ciclópeo contenedor de madera de la agencia de mudanzas. Serán, por fin, purgados.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 29, 2018

Confiamos en vosotros

A mis alumnos, que han sacado adelante su periódico “La Tribuna del 3”

Me gusta esta generación de jóvenes, esta generación que vio la luz cuando amaneció el siglo XXI. Si me apuran, me gusta más que la mía. Yo nací el año en que el hombre llegó a la Luna, en el que al anciano dictador comenzaba a temblarle el pulso cuando firmaba las órdenes de fusilamiento antes de ponerse el pijama y de arrodillarse ante la mano incorrupta de Santa Teresa de Jesús ―la mano izquierda, qué cosas― para pedir por su alma y por la de todos los hombres de bien. Nací en un sistema educativo en el que la letra entraba con sangre, con discriminación y con engaños, sin recursos ni fuentes donde contrastar lo que se nos exponía de manera axiomática en soporíferas clases magistrales. Crecí entre convulsos movimientos sociales que consiguieron una sociedad más justa, más libre, menos discriminatoria. Participé, como tantos jóvenes de los 80 ―éramos la Generación de la Movida―, en infinidad de actividades culturales, en huelgas masivas, en aquella «Primavera del 86» con la que logramos cambiar todo el sistema educativo anterior (el de la EGB, el BUP y el COU) por otro mejor pero, por desgracia, imperfecto. Todos los de mi generación hemos luchado, en fin, para dar a estos jóvenes de hoy en día una sociedad menos injusta, menos discriminatoria y menos violenta.

Y me siento feliz. Me siento feliz y orgulloso de esta nueva juventud porque son mejores que nosotros. Como dijo Azorín de los novecentistas, «dejémosles paso», porque están más informados, mejor preparados, más concienciados con los desastres y con los abusos que aplastan los sentimientos más nobles del ser humano. Dejémosles paso con la confianza que se merecen porque ellos serán los próximos docentes, médicos, investigadores, los profesionales de nuestra sociedad, de una sociedad que ya solo puede entenderse desde el progreso ético e intelectual.

Sé que solo es una muestra, pero este ejemplar de ocho páginas que tienen los lectores bien debería entenderse como un ejercicio de honestidad y de compromiso de esta generación que dio sus primeros pasos en un siglo que es de ellos. Pasad. Confiamos en vosotros.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 16, 2018

Sin educación

En palabras de George Orwell, el Pacto de Estado Social y Político por la Educación «se ha vaporizado», se ha extinguido como si nunca hubiera existido. Tras quince meses de trabajo, la comisión compuesta por miembros del Gobierno del PP, PSOE, Unidos Podemos, ERC, PNV y PDeCAT no ha logrado llegar a un acuerdo nacional para mejorar nuestro sistema educativo ante el proceso de derogación de la Ley Orgánica de Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE) iniciado por la oposición en el Congreso de los Diputados. En total, ochenta «expertos» ―permítanme que escriba el término entre comillas― que por cuestiones burocráticas han dejado nuestro panorama legislativo en el ámbito educativo asfixiado en una nebulosa sin norte, sin solución, sin futuro.

Ha coincidido esta vergonzosa noticia con la publicación de unos escritos del ya Presidente de la Comunidad catalana, el señor Quim Torra, que no tienen desperdicio. El «molt honorable» afirma en uno de ellos que «el coeficiente de inteligencia de un español y un catalán, según las estadísticas publicadas por el Ministerio de Educación y Ciencia español, da una clara ventaja a los catalanes», y enfatiza esta cretinez asegurando que «la progresiva degradación racial española puede contagiarse a los catalanes debido a la fuerte inmigración», que «el carácter trabajador y europeo del catalán es un factor anímico bien contrario al gandul y proafricano español» y concluye considerando que «la configuración racial catalana es más puramente blanca que la española y, por tanto, el catalán es superior al español en el aspecto racial».

A uno no se le queda el cuerpo tranquilo cuando comprueba que las riendas políticas de una parte de España están en manos de un zonzo de carozo huero. Con qué energía se erige Ortega y Gasset en los tiempos actuales cuando, al releerlo, argumenta que solo la élite intelectual y ética es quien tiene que dirigir el destino de una nación. Pero la solución para evitar a mangurrianes como Torra reside en mejorar nuestro sistema educativo; hasta que logremos el objetivo, hay que seguir sufriendo los lodos de la estupidez.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 9, 2018

Árboles desheredados

Hay árboles que han nacido con estrella, con la bendición de los astros y con la de los hombres. Hay árboles cuyo nombre figura en negrita en los libros de Historia y en manuales didácticos de colegios e institutos. Sabemos de la simbología del árbol de Guernica, admiramos la magnificencia de las secuoyas americanas, nos emocionamos al recordar esas hojas verdes que le han brotado al olmo viejo y moribundo del Duero gracias a las lluvias de abril y el sol de mayo. Los jerónimos del monasterio de El Parral en Segovia conservan en su huerto una encina cuya edad ronda los dos mil años, y una tarde fría y húmeda de febrero se me escurrió de las manos mientras sentía toda la vida acumulada en la rugosa corteza de su tronco.

También hay árboles sin historia, sin protagonismo, sin lustre. Son los plantados en las aceras de las calles principales, troncos finos y débiles, de hojas tristes y derrumbadas, brutalmente doblados por la impericia y nula sensibilidad de conductores, árboles jóvenes prematuramente enfermos por la basura y los detritos que abandonan en la escasa y macilenta tierra que les sirve de alimento. Árboles sin historia y sin nombre, como los nacidos espontáneamente en bosques y espesuras, y que suelen ser calcinados por los desoladores incendios que desertifican nuestro país.

Pero también hay árboles que son víctimas de la corrupción, del blanqueo de dinero, de la inhumanidad de algunos políticos. Jesús Sepúlveda, exalcalde del madrileño pueblo de Pozuelo, imputado ahora en la Gürtel, compró en Bélgica, en el año 2006, un centenario roble americano por 104.000 € ―cinco veces más de su valor real― y lo plantó en el parque de las Cárcavas, urbanización que ejemplifica el despilfarro. El roble, extraño e inadaptado entre carreteras de asfalto y moles de hormigón, comenzó a enfermar sin posibilidad de curación, y hace unos meses, moribundo y sin brotes, fue sacrificado.

Hay árboles que, como el hombre, nacen con la bendición de los astros; pero, de un modo abyecto, casi todos son víctimas de la crueldad, del abandono y del menosprecio.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 2, 2018

“Yo, también”

Alejado del caótico ruido de sables, de másteres y de correas, y con el televisor en posición de letargo, he vuelto estos días de descanso a gozar de los largos paseos junto al mar, a escuchar música y a reencontrarme con antiguos contertulios, como Baroja y Azorín. Al caer el sol, releí desde mi terraza un texto del de Monóvar que reproduzco: «Tiene alma cuanto nos rodea, cuanto vive a nuestro lado […]. Tienen alma las cosas, y los grandes artistas suelen verla y trasladarla a sus versos o a su prosa». Azorín enlazaba con los principales poetas del Simbolismo francés cuando Verlaine o Baudelaire, desde sus versos, invitaban a los lectores a descubrir el panteísmo que está vivo en cuanto nos rodea y que solo puede verse con los discretos y silenciosos ojos del alma.

Cuando Azorín escribió estas palabras y las publicó en 1898 en el diario El Progreso, no le pasó por su imaginación la trascendencia cultural que el cine desempeñaría veinte años más tarde en la sociedad europea. No solo un novelista, o un poeta, o un pintor o un músico sublimes son capaces de plasmar el alma de lo que nos rodea; un director de cine, también. Y esto es lo que consiguió el albaceteño Antonio Naharro con su largometraje Yo, también, película en la que juntó a Pablo Pineda y Lola Dueñas (galardonada ese año con el Goya a la mejor interpretación femenina protagonista) para contarnos la historia de Daniel (Pablo Pineda), primer europeo con síndrome de Down que obtiene un título universitario, que entra a trabajar en unas oficinas de la Administración y donde conoce a Laura (Lola Dueñas), de la que se enamora. A lo largo de los minutos, Laura va desprendiéndose de la dura y alienante corteza de los convencionalismos sociales, y la fina tela de sus ojos se vuelve transparente y con ellos redescubre a Daniel. Muy cervantina (conversión del personaje, lo excelente es invisible para muchos, la vida es una lucha contra gigantes y debemos levantarnos siempre para subir sobre nuestro Rocinante…), recomiendo que se vea antes del último éxito en pantalla, Campeones, dirigida por Javier Fesser. Cine de alma para una sociedad necesitada de alma.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 25, 2018

Pipicanes

El pipicán es un espacio habilitado por los ayuntamientos para que las mascotas meen y caguen con los otros perros del barrio y así evitar que se desahoguen por esquinas, aceras, farolas, en jardines públicos donde juegan los niños o en la rueda de mi coche. A los académicos parece no convencerles el término porque aún no ha entrado en el DLE, pero tampoco esto extraña demasiado si comprobamos que siguen en la cola de espera, de pie y pacientes, vocablos como yincana, quelícero, pedipalpo, anemocoria, aniaguero, taumatropo o el unamuniano sororidad, por nombrar unos pocos.

No solo los académicos ―a su manera, claro está― no aceptan estas zonas de sábulo y matorrales que tanto sanearían nuestras calles; muchos ayuntamientos del mediodía español han decidido dejar de construir pipicanes y cerrar los ya existentes porque son ineficaces. Será que los cuzcos no aguantan los minutos que les lleva alcanzar las cánidas letrinas o será que a los cerdos de sus dueños les resulta más rápido pasear por la meada manzana de su barrio para que sus lazarillos continúen desahogando sus aguas y manchen de palominos las baldosas que tanto nos cuesta pagar a los contribuyentes. Qué importa. Lo cierto es que los pipicanes son ineficaces porque no se utilizan, es decir, porque a los cachorros les falta mucho sentido de la urbanidad, del decoro y de la educación.

En esto veo un trasunto de nuestra sociedad. Ensuciamos lo que no debemos. Asumimos los ciudadanos que las calles son ceniceros en las que apagar nuestras colillas, escupideros adonde va a parar nuestra mala baba, papeleras donde acumular rebujos de basura y de materia orgánica. Ayer por la mañana, sin ir más lejos, amonesté desde la calle a una vecina que sacudía su alfombra desde el balcón, y los peatones, a los que les iba cayendo las migajas de porquería y pelos, tuvieron que cambiarse de acera entre insultos y maldiciones.

Nos gusta ensuciar con incivismo, con mala leche, en plan paleto. Somos ciudadana y políticamente incorrectos. Y la única forma de educar a los que nos preceden es con el ejemplo. De poco sirven las palabras.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 18, 2018

Aurelia y Agustín

El Papa denunció hace un tiempo, y con evidente preocupación, lo que él denominó «la globalización de la indiferencia». No soy hombre que acepta con los ojos cerrados las opiniones de alguien por el cargo que este desempeñe o por la posición social en la que se sitúe. Me gusta esta reflexión del Papa, y por eso la comparto con mis lectores, no porque él sea la cabeza de la Iglesia católica, sino porque lo afirmado rebosa verdad e invita a una lenta reflexión. La indiferencia ante el débil, ante el pobre, ante el desamparado, ante el enfermo, ante el discapacitado, ante el excluido, la indiferencia ante el necesitado de justicia y de caridad se ha contagiado mortalmente por todas las sociedades a las que llamamos «civilizadas», se ha globalizado amparada desde la comodidad de nuestro salón y del bienestar de nuestras existencias. Bastante tengo con lo mío para ir preocupándome por los demás, defienden en silencio nuestras conciencias.

No importan el lugar ni la fecha. Agustín, de sesenta y siete años, cuidaba de su madre nonagenaria, enferma de alzhéimer. Vivían solos, sin familiares cercanos, en un barrio humilde. Él la cuidaba con la misma dedicación como ella hizo en su día con él, como una madre cuida de su hijo. La sacaba a pasear, la llevaba al médico, le hacía la comida, la aseaba. A pesar del servicio de asistencia en el hogar que estas familias tienen asignado para ayudarlas en la limpieza y para que sean atendidas inmediatamente en caso de emergencia, nada se pudo hacer cuando Agustín falleció de manera fulminante en su casa por una insuficiencia respiratoria y su madre, por inanición, tres días después. Murieron solos y en silencio, bajo el silencio de la indiferencia. Días más tarde, los vecinos avisaron a las autoridades policiales porque percibían un olor extraño y desagradable. Cuando forzaron la puerta de entrada encontró la Policía los dos cadáveres en el suelo del comedor.

La indiferencia contra el prójimo nos aleja de la civilización y nos acerca a la barbarie. Nos deshumaniza, nos embrutece. La indiferencia es un ejercicio de violencia silenciosa y criminal.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 11, 2018

TFM

Mientras por encontrar su TFM a algunos les está dando por rebuscar en el carro de Manolo Escobar por si estuviera allí, los ciudadanos somos espectadores privilegiados, desde el ergonómico sillón de nuestro salón, de otro sainete de la política española, con sus chulapas y chisperos. La trama de este, que se titula El máster de la Cifu, resulta harto atractiva porque en su disparatado ir y venir de personajes se entremezclan profesores jóvenes que son corrompidos por la lepra del euro y del medro académico en un campus infestado de moscardones y poco viento; un rector con más traza de político que de científico y que, vestido con su toga azul cielo y estampado de palominos, se siente gigante e invulnerable sobre la proa de su universidad; alumnos que callan y que se hacen los despistados pero que finalmente se levantan, al estilo de Fuenteovejuna, contra la tiranía establecida; algunos periodistas especializados en deambular por las negras y malolientes alcantarillas de nuestro sistema político y en sacar a la luz, a la luz de las calles y de los medios, las pruebas del crimen cometido con alevosía y connivencia; y, claro, nuestra protagonista, la Cifu, a la que sus asesores le han enseñado a sonreír mientras procura justificar lo indefendible frente a los micrófonos de la prensa y de la televisión, a sonreír mientras pasea por los aledaños de la sede parlamentaria regional, porque los dientes y una suave y calmada sonrisa ayudan a vender una imagen de inocencia, de inocencia jurídica y de alma, una sonrisa de calmada tempestad que contemplan millones de españoles avergonzados una vez más de sus políticos, miles de familias cansadas de que vuelvan a tratarlas de idiotas y que ya han dictaminado su veredicto bajando el pulgar frente a la negra pantalla de plasma, la Cifu, ahí la tienen, enredándose y asfixiándose en su propio montaje, en su espiral de disparatadas mentiras, en lugar de haber pedido perdón y de abandonar a continuación su escaño y de irse, por último, a su casa a dormir el sueño del remordimiento y de la rectificación moral.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 4, 2018

Pulgares

El pulgar es un dedo especial, distinto, poderoso. Tiene mucha personalidad frente a los otros cuatro, tan derechos, delgados y formales; él mira para otro lado, va a su aire, como si pretendiera alcanzar algo que a todos pasa inadvertido. Algunos lo identifican con el poder ya que, según quede orientado hacia el cielo o hacia el suelo, dictamina ―o dictaminaba, que uno ya no sabe en qué siglo vive― la vida y la muerte de millones de personas, se firman y desestiman acuerdos empresariales o emitimos un veredicto de satisfacción y de disgusto del lugar o de la situación en la que estemos. Otros muchos ven en él el dedo de la identidad pues, no en balde, con sus huellas hemos firmado, nos tienen fichados y con él desbloqueamos nuestro móvil, nuestra alarma doméstica y quién sabe cuántos dispositivos más que están por ahí o que quedan por venir. Quizás por todo ello es el primer dedo que nos chupamos y es con el que, ya adultos, mandamos a paseo a más de uno.

Mi profesor de Ciencias Naturales del instituto ―qué lejanos quedan ya algunos océanos― nos explicó con especial pasión que la capacidad prensil del pulgar fue determinante en nuestra separación evolutiva de aquel primate peludo y de poca masa encefálica que los de hoy en día nos resistimos a reconocer como un familiar lejano, muy lejano, sin nombre ni identidad, pero que vivía en el mismo país que el nuestro, que se alimentaba de lo que recogía o cazaba y que articuló los primeros sonidos lingüísticos de unas palabras que nunca conoceremos y que constituyeron los cimientos de nuestra primerísima lengua humana.

El pulgar ahora está cambiando, se encuentra en pleno proceso evolutivo. Es, con mucho, el dedo que más trabaja, el más estresado. Sobre las dos manos se apoyan nuestros móviles y son los pulgares los que no paran de moverse sobre la pantalla táctil, percutiendo sobre ella como los quelíceros de una tarántula, para escribir, enviar, seleccionar, en fin, para materializar nuestros deseos y nuestros pensamientos. Con el pulgar nos seguimos comunicando, pero ahora desde el silencio y la soledad de nuestras cavernas digitales.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 14, 2018

La quema

El TEDH, que es la sigla del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, ha contradicho desde Estrasburgo el dictamen de los tribunales españoles esgrimiendo que quemar la foto del rey de España no es delito ni una agitación que promueva ni incite a la violencia, sino, y cito textualmente, un acto que «entra dentro de la esfera de la crítica política o la disidencia», que «corresponde a la expresión de rechazo de la monarquía como institución». Por tanto, España, al condenar a los pirómanos Enric Stern y Jaume Roura a una multa de 2.700 euros por barba si querían eludir los quince meses de prisión, no ha dado ejemplo —según el dictamen europeo— ni de tolerancia ni de pluralismo en aras de alcanzar una sociedad plenamente democrática.

Habría que recordarles a los señores magistrados del Tribunal Europeo que la libertad de expresión de la que ha de gozar cualquier ser humano termina cuando este la emplea para insultar, para atentar contra el honor o para amenazar a otro congénere. No es necesario ser magistrado europeo para entender que quemar públicamente la foto de una persona no es una tradición cultural española ahora que estamos a una semana de las Fallas; recuerda a posturas fascistoides de las que creíamos habernos librado y que los totalitarismos de cualquier rincón del mundo han ejecutado para amedrentar y para condenar a muerte, de manera simbólica e incendiaria, al que era consumido por las llamas entre la algarabía pública. Habría que recordar también a los susodichos jueces que en Cataluña, y en otros lugares de nuestra pacífica nación, solemos encontrar grafitis en los que pueden leerse lindezas como «El Borbón al paredón», y que esta leyenda, que es un ejercicio de libertad de expresión, se encuentra muy lejos de los límites del «mensaje crítico desde el ángulo de la libertad de expresión» y sí dentro, y muy dentro, de los de la amenaza de muerte.

El dictamen de Estrasburgo ha sido unánime, sin discrepancias ni controversias entre los togados: la quema pública, entre insultos y amenazas, de objetos simbólicos del poder no es una incitación a la violencia, sino un ejercicio de libertad de expresión. La mecha ya está encendida.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 7, 2018

Machoexplicación

No soporto la actitud paternalista. Me resulta insoportable aguantar a un compañero, a un vecino o a un hortera mientras te explica, como si uno fuese imbécil, el funcionamiento de un enchufe o las teclas que debes pulsar en el ordenador para subirle el volumen. La fobia que padezco siempre que me hablan en tono paternalista es solo comparable a la que sufro cuando alguien, tras mostrarme unas indicaciones básicas de cualquier asunto básico en un contexto comunicativo básico, termina su intervención con un «¿Me entiendes?», y es entonces cuando mi cuerpo se enciende de rabia y debo apagarlo con la prudencia, porque se me ocurren tantas respuestas a la maldita muletilla y tan dilógicas, paradójicas y capciosas que, con casi plena seguridad, sería la otra persona quien no me entendiese a mí.

No nos gusta que nos hablen como si hubiésemos nacido ayer. Es, al fin y al cabo, una falta de educación que solemos sufrir todos, tanto hombres como mujeres, dentro y fuera de nuestro ámbito familiar y del laboral. Esta actitud no es un acto de machismo ni de feminismo; es una carencia de competencia comunicativa por parte de quien lo comete, quien, además, evidencia trazas de mala educación.

A pesar de que, durante los últimos meses, en los países de habla inglesa se emplea el término mansplaining para encasillar este fenómeno como un acto de machismo y de que la Fundéu se ha precipitado a traducirlo al español con el sorprendente y poco afortunado machoexplicación, habría que recordar que existe un verbo inglés muy preciso para este caso y que no es necesario traducir ni adaptar al español pues ya disponemos de varios. Este verbo es patronize, y se usa cuando alguien le habla o se comporta con otra persona como si esta fuera estúpida o insignificante, al margen de la identidad sexual del infractor (Stop patronizing me se traduciría como: `Deja de hablarme como si fuera imbécil´). Considero que el DLE debería revisar la entrada de paternalismo; debería mantener el pulso actual del cambio semántico y no soltarse de la mano joven y vital de nuestra realidad social.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 28, 2018

“Ana, te quiero”

Su corazón es enorme, el más grande de todos los seres vivos; no he visto ninguna imagen, ningún vídeo ni, por supuesto, jamás he tenido uno delante, pero he leído que alcanza el tamaño de un coche y que puede llegar a pesar más de quinientos kilos. Dicen los expertos que, como nosotros, su vida alcanza los ochenta años, y que, pese a estar en peligro de extinción, los vive casi en soledad, surcando los grandes océanos, desde el Atlántico Norte hasta el Antártico para llegar luego al Pacífico, en continuos viajes de ida y vuelta marcados por los cambios de temperatura del agua, siguiendo los bancos de kril, respirando cada diez minutos.

En esta soledad sonora vive la ballena azul, y sus ojos de mamífero marino observan diariamente un mundo desconocido para el ser humano, el mundo de las profundidades del océano, el mundo de los abismos y de seres que aún desconocemos. Pero ese mundo lo estamos invirtiendo: el cambio climático, que desbarata las corrientes de agua fría y las cálidas, provoca alteraciones en su migración, y los bajos niveles de salinidad que acarrea el deshielo conlleva una disminución de kril en todos los océanos, es decir, una merma considerable del alimento básico de este cetáceo.

Hace unos días, en una playa argentina, apareció muerto un ejemplar de apenas dos años, un adolescente si tenemos en cuenta que la madurez sexual la alcanza a los cinco años de vida. Había muerto por inanición. Por la zona pasaron unos chavales que, por su vestimenta y la redondez de sus jetas, serían hijos de papá bien y de mamá guay, y no se le ocurrió otra idea mejor a uno de ellos que subir a su novia hasta la cabeza del rorcual, sentarla a horcajadas en el espiráculo, grabar con un objeto punzante sobre la piel muerta del animal «Ana, te quiero» e inmortalizar la galantería con una foto que hicieron circular por todo el planeta, desde el océano Atlántico hasta el Pacífico pasando por el Antártico. Soberbia, desprecio, cinismo y desvergüenza: marcas que nos hacen inferiores frente a los demás seres de la Tierra.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 21, 2018

Bisnes

La primavera se presiente. No es como el invierno, que aparece de sorpresa un día o una noche anunciado por el cierzo y la helada y que nos obliga a taparnos y a encender la calefacción. La primavera, en cambio, se intuye semanas antes de llegar cuando la luz del día se despereza sin prisa con la indolencia de los minutos robados a la noche, cuando el aire se hace tibio y la sangre se acalora, hasta que, por fin, ya en abril, la vida bulle y explota en un efluvio sin medida con el que los sentidos se embriagan de fragancias, de sonidos y de todo tipo de tonalidades cromáticas. De aquellas primaveras luminosas de mi infancia, aún recuerdo los paseos por el parque sobre un suelo nevado de las semillas blancas de los chopos cuando iba camino del colegio; corría sobre ese manto de espuma de algodón, con la mochila colgando de los hombros, y me entretenía recogiendo en la cuenca de mis manos una buena cantidad de semillas para observarlas más de cerca y comprobar que eran cálidas y secas, y no frías y húmedas. A veces, el céfiro las desprendía de las ramas y, a su vez, levantaba las del suelo, y luego las juntaba y jugaba con su levedad formando una espesa cortina de copos blancos de semillas que, como en una nevada, se te enredaban entre el pelo y la ropa, se adherían a los calcetines y se introducían entre los libros y cuadernos de la mochila. En Botánica, esta dispersión por el viento de los propágulos y que da una sensación de nevada se conoce con el nombre de anemocoria. El término, se mire desde donde se mire, es de una gran belleza; incluso la combinación de sus vocales y consonantes acentúa, como una onomatopeya, esa sensación de levedad de las semillas blancas en brazos del viento suave de una tarde primaveral.

Lo he buscado en el DLE, pero no está registrado. Me deja perplejo. Decido luego hojear distraídamente las páginas del diccionario y entro en la jurisdicción de la letra B. Y, de repente, salta de su página y me golpea con toda su fuerza semántica la palabra bisnes (`Negocio´, del ing. business). Vaya revés. Cierro el libro y me rindo entonces a este aire cálido de finales de febrero que anticipa, al fin, la llegada de la primavera.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 7, 2018

Muerte editorial

La muerte editorial es el acta de defunción de un escritor. Si una editorial, que es una empresa, valora que un autor ha dejado de ser económicamente rentable, el protocolo de la firma indica que aquellos libros suyos que no se venderán y que permanecen apilados sobre los burdos palés de una anónima nave industrial deben ser incinerados. No importa que el escritor siga vivo: las peseteras llamas de los crematorios reducirán sus páginas a ceniza. Qué fúnebre parece eso de trabajar para una editorial y que un día te ordenen que te montes en un toro, metas las pinzas bajo un palé de libros y los lleves en alto unos cuantos metros para lanzarlos sobre una pira. Quemar libros supone, sin más, un acto de incultura, un ejercicio de misantropía.

En Alejandría, los más de veinte mil papiros de su biblioteca, que eran obras fundamentales del saber antiguo y que ya nunca conoceremos, se emplearon para encender el fuego que calentaba el agua de los baños públicos. El cura y el barbero cervantinos quemaron casi toda la biblioteca del hidalgo manchego, y con ello el escritor se burló de la Inquisición y de sus autos de fe, en los que las llamas purificadoras consumían todos aquellos impresos que eran señalados en sus Índices. Monarquías y dictaduras en Europa, Asia y América han copiado la hecatombe cultural de los antiguos: el cielo de Berlín se cubrió de celulosa carbonizada la noche del 10 de mayo de 1933, y, al inhalarla, los nazis se contagiaron de un delirio de exterminio.

Pero no hay que irse tan lejos: diez años después de su muerte, la editorial Planeta ha incinerado miles de libros de Francisco Umbral ―galardonado con el Cervantes y el Nadal, entre otros― porque ya no son rentables, porque no se venden. No los ha donado a bibliotecas; los ha quemado. La Fundación que lleva el nombre del autor solo ha podido salvar de las llamas el Diario de un noctámbulo, y no ha tardado en pedirle a la editorial los derechos de autor de algunas de sus obras con el fin de evitar males mayores. Terrible. La muerte editorial es un crimen cultural.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 31, 2018

Tres anuncios

La desconfianza en el prójimo es comprensible. Los acontecimientos que vemos y oímos día tras día nos arrastran irremediablemente al aislamiento de los demás, a enroscarnos dentro de nuestro frío y deshumanizado caparazón. Las redes sociales y los medios de comunicación nos embuten el escalofrío de que la sociedad es violenta, de que nuestros hijos están en constante peligro, de que hay países que amenazan la paz internacional, de que hay asesinos donde menos te lo esperas, de que hay monstruos en internet disfrazados de piel de cordero, de que hemos abandonado a nuestro planeta en un estado de deterioro ya irreversible, de que la clase política es una mafia de sinvergüenzas, de que las Fuerzas de Seguridad son más Fuerza y menos Seguridad, de que esta vida, esta mierda de vida, no merece la pena compartirla ni vivirla. Y entonces, como gasterópodos asustados, nos encogemos y nos encerramos en nuestros metros cuadrados de hormigón y cristal para ver una serie de televisión, para empancinarnos de comida envasada o para hacer el idiota por las redes sociales.

Nuestro aislamiento de los demás nos provoca temor, y este nos genera ira, venganza, violencia y frío, mucho frío interno. Decía Eugeni D´Ors, antes de autoexiliarse de Cataluña ―ya sin apenas fuerzas para soportar el menosprecio al que lo sometían los independentistas catalanes―, que «Grecia descubría la ciudad; y precisamente porque descubría la ciudad descubría al hombre». Y comparto plenamente esta idea. La salvación de nuestra especie pasa por reaprender a vivir en sociedad, es decir, a comunicarnos cara a cara, a escuchar a nuestro vecino, a sondear en profundidad el alcance del término respeto, a pensar un poco más en los demás y un poco menos en nosotros y, cómo no, a no perder nunca la fe en un ser que sigue teniendo hambre de Verdad, ansia de Bondad y deseo de Belleza.

Este domingo fui al cine y vi Tres anuncios en las afueras. Entré con la mirada seca y aburrida y salí con el alma embriagada de esperanza; salí, sí, convencido de que la ira solo genera ira y de que incluso en un infierno siempre se encuentra un oasis de fraternidad.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 24, 2018

Monsieur Trahamundo

Cuentan que Abderramán, aquel que Alá bendijo cuando nació en Damasco y que fue emir de Córdoba tras huir de Siria, trajo consigo a España la palmera para acordarse de su país natal; cuentan que Abderramán ordenó que la cultivasen por todo Al-Ándalus y que, un día, a la sombra de sus hojas y de sus dátiles, exclamó con la voz humedecida: «Oh, tú también, en esta tierra, eres extranjera».

Cuentan que Abderramán llegó a Galicia con su ejército, y que en la isla de Tambo, que se encuentra en la ría de Pontevedra ―antaño bella y felizmente habitada; hoy, sucia y olvidada― se encaprichó de una novicia del convento de San Martín llamada Trahamunda, la secuestró y se la llevó a Córdoba. Cuentan que ella se negó a formar parte del harén del emir y que, por ello, fue encerrada durante años en una prisión insalubre y que sufrió malnutrición y enfermedades. Cuentan que el día antes de la festividad de san Juan rogó a Dios tan encarecidamente encontrarse de nuevo en Poyo, su pueblo natal, que el deseo le fue concedido, y así, el 24 de junio apareció inopinadamente ante los suyos con una palma de Córdoba en su mano que un ángel le había dado como prueba de su procedencia y de su milagroso viaje de regreso. Ahora, ella es santa y, además, patrona de la morriña.

Cuentan que el «molt honorable» Monsieur Puigdemont salió de España hace unas semanas con alevosía y nocturnidad y apareció al día siguiente paseando por las calles de Bruselas, hablando con los paisanos en un francés muy franco y con una butifarra en la mano para que todos los belgas lo reconocieran. Cuentan que contó que tuvo que huir de un país opresor y antidemocrático que quería meterlo en chirona porque pretendía presidir su propio país al que él y los suyos habían bautizado con el nombre de República de Cataluña, o algo así. Cuentan que se cansó del chocolate belga y que el mismo día se le vio en Bruselas y en Copenhague, pero regresó a Bélgica porque los daneses no lo querían, y aseguran que desde allí volverá, como las oscuras golondrinas, a su chirona gerundense ―ya sin la butifarra― para que le impongan una barretina y se crea que ya es presidente, santo, mártir y hasta emir de su propio descaro.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 17, 2018

Machicidio

Víctor es un antiguo compañero de instituto. Trabaja en Inglaterra, pero siempre vuelve a casa por Navidad, como el turrón. Un día quedamos a comer. Charlamos durante y después de la comida sobre todo tipo de temas, y la tarde fue haciéndose lenta y cálida como un regato de arena. Le pregunté cómo veía España, si desde la distancia y el tiempo comprobaba cambios importantes de tipo social y cultural. Me contestó entonces que una de las diferencias más bruscas que ha visto en nuestro país es el de «una sociedad timorata marcada por un feminismo yihadista cuyo fin último era el machicidio, ya sabes, la eliminación en el hombre de cualquier actitud que denote masculinidad». Argumentaba sus palabras desde la propia experiencia: «Ahora debo vigilar mi tono de voz; me miran mal si me siento con las piernas abiertas o si miro sin voluntad de ofenderla a una mujer cuando voy por la calle. En España, hoy, piropear es un delito. El piropo elegante es cortesía; el grosero, ofensa». Él no paraba de hablar; yo le escuchaba, y conforme lo hacía me daba cuenta de que, en mi caso, por ejemplo, había abandonado la costumbre ―que en su día me enseñaron como norma de educación― de sujetar la puerta y cederle el paso a una mujer; o recordaba a una amiga nuestra, que ejerce como jueza, cuando me aseguró que hay hombres inocentes en la cárcel porque no han tenido un buen abogado que los defendiera ante las acusaciones falsas o desmesuradas de sus exparejas.

Yo le dije a Víctor que en España ya no se mira para otro lado cuando acontecen casos de violencia de género, que son muchos los hombres que denuncian a otros que saben que están acosando o maltratando a una mujer. «Sí, es cierto», me respondió, «pero también lo es que aquí no sois capaces de denunciar en voz alta la violencia que este paroxismo feminista os está causando porque teméis ser tachados de machistas, de que os cuelguen del cuello el sambenito y os azoten con el rebenque del descrédito público. Aquí estáis silenciados; es una castración social». Pensé luego en sus palabras. Los extremos, que nunca son buenos, nos han conducido acaso a esta situación.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 10, 2018

Gary Cooper, albaceteño

La literatura y el cine mantienen una relación cercana. En varias ocasiones, obras maestras de la gran pantalla han nacido de la iniciativa de su director por adaptar una novela, una obra de teatro o la vida atormentada y bohemia de un poeta; o al contrario: hay centenares de versos, se han escrito miles de párrafos desde la inspiración de una película brillantemente dirigida y montada, o de una escena que puede durar apenas unos segundos o de la magnífica interpretación de un actor. Literatura y cine pasean cogidos del brazo, como grandes amigos, como conversadores entrañables, pero manteniendo distancias sentimentales: cuántas veces habremos sentido que una película, a pesar de ser muy buena, ha quedado muy lejos de la grandeza artística de la novela en la que se apoya; o qué imposible resulta adaptar a las imágenes de un largometraje ciertas obras literarias o sensaciones y sentimientos descritos y evocados con maestría en unos párrafos.

Los últimos años de su vida los pasó Azorín viendo películas ―casi cuatrocientas en tres años―. Quedó tan fascinado por el cine que llegó a asegurar que la literatura había cedido parte de su trascendencia cultural al séptimo arte. Un largometraje que le emocionó de manera especial fue Solo ante el peligro. Sobre su protagonista escribió: «Gary Cooper ha nacido en Albacete o en Villarrobledo; netamente manchego. Su figura es esta: alto, cenceño ―sin escualidez―, la cara alongada, expresiva la boca, largas las finas manos. Va vestido de negro, con ancho sombrero, bajo de copa. Con cuello de camisa doblado, y una cintita negra y larga por corbata. Su gesto habitual ―sobre todo en sus gestos, en sus dudas, en sus abatimientos― es pasarse la mano por lo bajo de la cara, como esperando disipar […] su íntima perplejidad, su íntimo desconsuelo […]. Y aquí el manchego Gary Cooper, el gran manchego, que por su pergeño nos trae a la memoria al otro gran manchego desfacedor de entuertos».

Literatura y cine conciliados: los ecos íntimos de unas palabras, la emoción inefable de unas imágenes.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 3, 2018

Tabarnia

Juan Carlos Onetti nació en Montevideo y con veinte años se instaló en Buenos Aires para trabajar en algunos medios de comunicación ―entre ellos, la Agencia Reuters― a cambio de un salario muy discreto. Con frecuencia cruzaba en barco el Río de la Plata hasta su ciudad natal con el fin de visitar a su familia, pero la dictadura peronista canceló este trayecto naval, por lo que el escritor, dolorosamente, se vio obligado a realizar ese mismo viaje en carretera, bordeando el río hasta el interior de Argentina y, una vez cruzada la frontera, descenderlo por la orilla opuesta hasta llegar a Montevideo. Los escasos ingresos y el tiempo que le llevaba el viaje de ida y vuelta entre ambas ciudades obligaron a Onetti a permanecer más tiempo del deseado en Buenos Aires y a comunicarse con su familia por carta o teléfono. Del deseo de viajar más a su ciudad natal y de la imposibilidad de realizarlo nació Santa María, trasunto de Montevideo. Gracias a Santa María, el autor se desplazaba imaginariamente, a través de sus personajes de La vida breve, El astillero o Juntacadáveres, a sus raíces familiares.

Las geografías literarias florecen en la imaginación de los escritores como puente que salve el abismo entre realidad y deseo, entre la realidad en la que se desenvuelven a diario y el deseo de vivir en otro espacio más justo y habitable; o simplemente surgen como «espacios subjetivos» que, más allá de su posible ubicación geográfica, se alzan como territorios imaginarios y metafóricos abiertos a la interpretación del lector. La Macondo de García Márquez, la Vetusta de Clarín, la Oleza de Miró, la Región de Juan Benet o la Santa María de Onetti son ya para nosotros tan «reales» como lo fueron para los conquistadores españoles la Florida o la California del Nuevo Continente.

Tabarnia (formado de Tarragona y de Barcelona) circula por las redes y por algunos discursos políticos como espacio geográfico imaginario en el que habitaría esa parte de Cataluña que no desea la independencia del Estado español. No creo que esta fantasía se realice, pero quizás esta realidad simbólica cruce algún día a la otra orilla, al ámbito literario.

Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 27, 2017

Andrés Iniesta

Cuando presencio un buen partido de fútbol, recuerdo la reflexión del filósofo Francisco Javier Sádaba: jugar bien al fútbol es pensar con los pies. Y si un jugador, como es el caso de Andrés Iniesta, es capaz de transmitir ese pensamiento, esa estética, de manera elegante, medida, marcando los ritmos, entonces nacen el arte y la belleza, y con ellos la emoción. No es fácil materializar una estrategia que se adapte constantemente a cada acción del contrario —como si se tratara de una partida de ajedrez—; ni tampoco lo es jugar bien, triangulando, pasando con exactitud el balón al compañero, golpeando con corrección al balón ―tanto con el pie como con la cabeza― para dejarlo desmayado en los pies de un compañero. No, esto no es sencillo. Pero cuando surge, estalla una belleza en movimiento, en directo, una belleza que queda grabada en la retina y paladeada durante años, recordando aquel partido perfecto o aquella jugada única e irrepetible, quizás también aquel gol que valió un campeonato; una belleza inmortalizada en unas imágenes que podemos recordar cuantas veces queramos.

Decían nuestros clásicos que los escritores «abeja» ―así los llamaban― eran extraordinarios porque sabían escoger el «polen» excelente de los mejores escritores pasados y con ella elaborar su propia «miel», su obra, que era irrepetible y creaba escuela. No soy el primero ni seré el último en admirar la maestría que nace de las botas de Andrés Iniesta, ni tampoco soy el mejor en analizar su escuela futbolística, una escuela única y muy personal nacida de los aromas de dos o tres jugadores que le han marcado profundamente y a los que ha mencionado más de una vez. No son buenos los halagos porque, como dijo Cervantes, «debilitan». Pero sí es necesario ―sobre todo en nuestro país― ejercer el noble ejercicio del reconocimiento; por ello, desde aquí deseo compartir con todos los lectores mi admiración hacia un hombre que como pocos emociona con su arte y elegancia, y que sigue siendo un modelo social por los valores personales y deportivos que siempre ha defendido. Mi admiración hacia un maestro de la belleza.

Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 20, 2017

Pronóstico reservado

Para muchos, la Navidad acaba el 22 de diciembre a mediodía, mientras comen y ven por la televisión a los afortunados del Gordo descorchando botellas y abrazándose bajo lágrimas de alegría. Como otro año más, lo que toca es recoger la mesa y fregar los platos; como otro año más, lo que toca es trabajar salvo los días festivos, cenar con quien no te apetece compartir mesa y prepararse para la cuesta de enero y para las que tengan que venir.

Escuché hace poco en un bar a un señor que aseguró que una noche tuvo un sueño profético. Contaba que en él vio con mucha claridad, como las imágenes nítidas de una película, una calle de Alcalá de Henares, con soportales de columnas, y a mucha gente celebrando que les había tocado el Gordo de la Navidad. Al despertar del no-sueño, le dijo a su mujer que la invitaba un fin de semana a esta ciudad. «¿Y eso?». «Por nada, tengo ganas de conocerla». Así que marcharon hacia el pueblo natal de Cervantes y el hombre ―contaba― quedó impactado cuando comprobó que la calle principal de este municipio era exactamente la misma que la de su sueño. Fue entonces cuando el profeta le reveló a su esposa el motivo del viaje. «Nena, esta calle es la misma que soñé». «¿Y qué número apareció en el sueño?». «Ninguno. No llegué a ver el número premiado». Había en la calle, según él, tres administraciones de Lotería y en cada una compró un décimo. Ese año, el Gordo tocó en Alcalá de Henares, pero el desafortunado y exotérico profeta tuvo que conformarse con ver por la televisión la calle principal de la ciudad cervantina, con sus soportales de columnas renacentistas, y a decenas de afortunados mostrando a la cámara su décimo premiado.

A los españoles nos encanta vaticinar, que no pronosticar. Nos apasiona vaticinar el tiempo que hará dentro de una semana, el resultado del próximo partido de fútbol o dónde caerá este año el Gordo de Navidad. En el vaticinio intervienen elementos esotéricos como la adivinación, el pálpito o la profecía; los pronósticos, en cambio, se fundamentan en indicios. Pero hay pronósticos que son reservados, esotéricos, porque a veces varían y acarrean confusión.

Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 13, 2017

Medicán

Esto es «o la gran sequía o la gran remojá», como se dice por mi tierra. O no nos llueve o nos calamos hasta las cejas. Por Galicia ha entrado Ana, y no ha mostrado buen carácter. Ana, dicen, es una ciclogénesis explosiva, que así, por el nombre, al sonar tan apocalíptico, me recuerda al de uno de esos grupos punkis de mi generación, de la época de la movida; es como un Siniestro Total pero más pijo. Lo cierto es que Ana, como suelen hacer las madres de carácter con los hijos desaseados, nos ha quitado las legañas con su manto ventoso, húmedo y frío, nos ha dado una buena refriega como la que queda cuando pasamos la bayeta de cocina bien escurrida sobre la encimera para limpiarla. Ya hacía falta, para qué vamos a negarlo, un poco de agua que oxigenara el aire, desintoxicara el ambiente y, de paso, aliviara nuestros fantasmales embalses a pesar del frío, del viento y de las nevadas que hemos padecido.

Nuestro país es ahora la cuna de estos fenómenos climáticos, inusuales en estas latitudes. Antes no se hablaba por los medios de las ciclogénesis explosivas, pero ahora, con los espacios de media hora larga que ceden las cadenas televisivas para la información del tiempo, los espectadores, como alumnos de un máster en climatología, recibimos todos los días clases magistrales sobre isobaras, meteoros, borrascas y presiones altas o bajas, que mezcladas con las rachas de aire de las capas altas de la atmósfera dan como resultado la formación… En fin, que no hay mal que por bien no venga. Hace unas semanas sufrimos en el Mediterráneo un fenómeno que en inglés se ha bautizado como medicane, acrónimo formado de las palabras Mediterranean hurricane, esto es, un huracán en medio del mar de Ulises. Del anglicismo ha nacido en español un neologismo necesario: un medicán, que es como lo pronuncian los climatólogos de habla hispana. El término me gusta; exhala aromas clásicos, de epopeyas griegas. ¿Cómo habría llamado Homero a la ciclogénesis explosiva? Nunca lo sabremos, pero intuyo que el término habría sido más poético, más sugerente; quizás el nombre de una diosa.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 29, 2017

Ojo de halcón

Decía mi abuelo que en la vida y en el trato con ciertas personas hay que tener más ojos que una cuba de sardinas. Ojos vigilantes para prevenir el daño que algún desalmado pretenda infligir a tu familia o a ti mismo; ojos abiertos y alertas que adivinan los contornos del peligro aun estando este escondido o difuminado entre la niebla de la muchedumbre; ojos despiertos que detectan el fraude, el engaño, el latrocinio, la corrupción moral. Más ojos que una cuba de sardinas. Buen consejo.

Pero no es la sardina la especie que sobresale en el mundo animal por su agudeza visual, sino las rapaces. Y entre ellas el halcón. Esta ave es prodigiosa, pues en ella se aúnan la precisión asombrosa con la que pueden detectar una presa desde cientos de metros de distancia y una velocidad en picado de hasta 300 km/h, lo que la convierte en el animal más veloz del planeta. Esto explica que, al margen de su domesticación para la caza, el halcón esté presente, desde hace milenios, en la Historia de la humanidad y siempre desde una perspectiva positiva: los egipcios lo consideraban la representación visual del alma, y un símbolo para los cristianos del triunfo de la virtud sobre la lascivia y el pecado (en el monasterio de Silos aún se conserva un bajorrelieve en el que un halcón está devorando un conejo, asociado este desde el mundo clásico con Venus, con la pasión y con la lujuria por su procacidad reproductiva).

Los últimos días se está filtrando por los medios de comunicación la necesidad de autorizar en los campos de fútbol españoles el uso de una tecnología a la que llaman ojo de halcón y que consiste en la instalación de siete cámaras de vídeo en cada portería del estadio que detectarían de manera inmediata si el balón ha traspasado la línea de meta. Este neologismo sintagmático, aún no admitido por el DLE, es tan válido como otro que, seguramente, pronto se incorporará a nuestro léxico: videoarbitraje. El ámbito deportivo, como ya indicó en su día Lázaro Carreter, es el principal escenario de creación de neologismos, y aquí tenemos dos buenos ejemplos. Bienvenidos ambos a nuestra lengua.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 22, 2017

Nevocultor

Ahora ha sido en Bonn: una nueva «Cumbre del Clima» que ha durado varios días y a la que han acudido unos doscientos países para revisar los flecos que quedaron sueltos en el Acuerdo de París. Otra Cumbre más, así, con mayúscula ―traducción del inglés Summit―, sobre cumbres de montañas sin nieve, cumbres de montañas devastadas por el fuego, cumbres de montañas con árboles talados, cumbres inanimadas, cumbres contaminadas, cumbres vacías. En esta última Cumbre con mayúscula se pide a algunos países que ofrezcan a la comunidad internacional un calendario de cierre de sus minas de carbón al ser este mineral la principal causa de la contaminación de nuestro planeta (pobre planeta de cumbres desnudas) y del origen de numerosas enfermedades humanas. Esta última, la de Bonn, servirá de base para la próxima Cumbre, así, con mayúscula, la que se celebrará en la ciudad polaca de Katowice, y para entonces seguirán huérfanas de vida y de nieve las cumbres del mundo, cumbres así, en minúscula.

El cambio climático es axiomático. Negar esta evidencia es caer en la sandez. Incluso los entomólogos advierten de que la acción contaminante del hombre ha empujado a la desaparición en nuestro país de insectos que hace pocas décadas pintaban nuestras apacibles primaveras. Llueve poco, suben las temperaturas y no llega la nieve necesaria. Ayer escuché la entrevista a un nevocultor (extraordinario neologismo, no recogido en el DLE) que trabaja en una estación invernal de los Alpes franceses. Un nevocultor es quien se encarga de crear nieve artificial y de distribuirla por las estaciones de esquí, y, aunque es reciente, no se trata de una profesión sencilla: hay que medir la humedad, la temperatura y escoger muy bien el tipo de agua de la que saldrá una nieve idónea para el esquí. Nieve de fabricación, nieve artificial, nieve de bote con la que pintar de blanco, temporalmente, las lejanas y huérfanas cumbres de nuestro planeta. Estamos modificando nuestro entorno y él hará lo propio con nosotros. Para evitarlo ya solo nos quedan las Cumbres, así, en mayúscula.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 15, 2017

¿Flipas?

Asistí hace ya tiempo a la presentación del cómic Demasiada pasión por el suyo, del humorista Raúl Cimas. Su autor improvisó una especie de monólogo en el que explicó la creación y elaboración del libro, cuyos protagonistas son friquis que, en palabras de su creador, «se lo flipan con lo que más les gusta»: los hay que flipan con el tema religioso, otros poniéndose de calimocho hasta las orejas y los hay que flipan sentándose en calzoncillos en el sillón de su casa engullendo horas de telebasura y litros de cerveza.

Los españoles estamos entre los europeos más adictos al televisor, y ahí están los últimos estudios y cifras que lo corroboran. Y miren que es difícil creer que en un país como España, en el que apetece tanto tapear, pasear y alternar, estén sus ciudadanos enganchados a la pantalla hora tras hora. Pero así es, no se puede negar la evidencia, como tampoco que entre los programas más vistos se encuentran los deportivos y los del corazón, además de esos que están agrupados bajo la definición de «telebasura» y que no son otros que los realities que hacen gala de una carencia de los más básicos valores éticos y morales.

Los norteamericanos han tenido el acierto de estudiar y dar nombre a los diversos comportamientos de los televidentes con un mando en la mano. El zapping (zapeo en español) es el cambio a un canal que nos gusta más; si este cambio a otros canales es más frecuente —cada dos minutos— se habla de zipping; en un nivel superior hablaríamos de grazing, que sucede cuando seguimos varios programas a la vez y, por tanto, el salto de canal es constante; y, finalmente, el grado que indica ya una patología preocupante y enfermiza es el denominado flipping, que ocurre cuando el televidente cambia sin parar y sin seguir ningún programa televisivo. Del verbo inglés to flip, que quiere decir `enloquecer´, ha surgido el español flipar, que tiene un uso similar.

Al concluir la presentación le comenté a Raúl que los humoristas no deben callar nunca porque lo que más les escuece a los políticos es la crítica inteligente. Entonces cogió un boli y me dedicó el libro: «Espero que lo flipes mucho». En eso estoy, Raúl.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 8, 2017

Gerona, Orense

Los topónimos, siempre que sea posible, hay que adaptarlos a la lengua que se esté empleando: Catar, Nueva York, Múnich, Lérida, Orense, Gerona o La Coruña son algunos ejemplos de los usados normativamente en español. Cuando se acude a otra lengua para emplear un topónimo, la incoherencia lingüística es evidente: «El pasado fin de semana visité London» resulta tan agramatical como el siguiente ejemplo: «Las playas de A Coruña son galardonadas un año más con la Bandera Azul».

Sin embargo, y aunque nos parezca difícil de creer, hay dos leyes que obligan, insisto, obligan a los hablantes a usar en español los topónimos Ourense, A Coruña, Lleida y Girona en lugar de sus correspondientes Orense, La Coruña, Lérida y Gerona. En la Ley 2/1992 de 28 de febrero, publicada en el BOE el 29 de febrero de 1992, «por la que pasan a denominarse oficialmente Girona y Lleida las provincias de Gerona y Lérida», en su Disposición Adicional Primera, se especifica: «En los libros de texto y material didáctico y en otros usos no oficiales, cuando la lengua que se utilice sea el castellano, el topónimo correspondiente podrá designarse en esta lengua». Era entonces Felipe González el Presidente del Gobierno. Seis años más tarde, durante la legislatura de José María Aznar, se publicó en el BOE la Ley 2/1998, de 3 de marzo, «sobre el cambio de denominación de las provincias de La Coruña y Orense», por la que se obligaba a todos los españoles a usar en español y en cualquier contexto lingüístico A Coruña y Ourense. En esta última ley no existe disposición alguna para que en material didáctico, textos u otros contextos no oficiales puedan emplearse los topónimos en español; es decir: se prohibieron legislativamente La Coruña y Orense.

Es de sentido común y de lógica lingüística que tanto una ley como la otra deberían ser derogadas; el topónimo correcto es aquel que corresponde a la lengua que se usa. Las decisiones políticas han de ser políticas, no lingüísticas, y dejemos, por tanto, la normativa idiomática en manos de los gramáticos, que son quienes garantizan el buen uso de nuestra lengua.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 6, 2017

Conductor

Un programa de televisión no se conduce. Se conduce un vehículo e incluso un negocio, porque el responsable de ellos los endereza hacia la dirección que considera más apropiada. Uno puede conducir el destino de un país o conducirse a sí mismo para mejorar sus líneas de comportamiento, su conducta. Un programa de televisión se dirige, se produce, se modera o se presenta, pero no se conduce.

Leo en una noticia enviada por una agencia: «La presentadora se encargará de conducir este concurso». Si fuese así, si esta chica condujese el concurso televisivo, sería su conductora, no su presentadora. Pero no es así. Y no lo es porque de lo que estamos tratando hoy es de un anglicismo semántico innecesario que lleva años presionando para incorporarse a nuestro léxico. En inglés, conductor es un director de orquesta o un revisor en un transporte público, y, desde hace décadas, los programas de televisión, sobre todo los norteamericanos, son conducted, son presentados. Nuestros conductores, los de territorio hispanohablante, son de vehículos, de empresas, y hay también conductores de electricidad y de calor; nuestros conductores no lo son de programas de televisión, porque estos, como hemos dicho más arriba, son presentados, o moderados si se trata de un debate o de un coloquio. Llevamos muchas décadas no conducidos, sino abducidos por la lengua inglesa; subrepticiamente, sin ser notados, estos anglicismos indeseados se filtran y se parasitan en nuestro idioma, y algunos perviven en su nuevo hábitat.

Esta semana, el cuentakilómetros de mi coche ha superado la cifra de los 300.000. Si estos los sumo a otros tantos que rodé con vehículos anteriores, compruebo que he conducido, en lo que llevo de vida, casi un millón de kilómetros, y todos sin salir de España. No quiero calcular las miles de horas que he pasado sentado frente a un volante dando vueltas interminables por mis calles, por mi ciudad, por mi país. Pero lo cierto es que ahí sigo, yendo y viniendo por las mismas carreteras, tanto las asfaltadas como las idiomáticas.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 25, 2017

Tifo

No me agrada esta palabra. No es cómoda para los sentidos; si tuviera que pintarla, la representaría con cara de mosca, cuerpo pequeño y redondo como el de una garrapata, cubierto de vello negro y urticante, y con seis patas que se moverían con una rapidez asombrosa para huir de mi zapatilla y esconderse en algún rincón sombrío y polvoriento del salón. Será por la combinación de la oclusiva inicial con la fricativa sorda, y por la de la vocal cerrada con la redondez y cavernosidad de la o. Parece estar emparentada con el tifus o con el tufo. Es rara, muy poco usada por los hablantes, como si no la quisiéramos. Definitivamente nunca la elegiría para un verso ni para un relato.

Se la oí hace pocos días a un periodista catalán que, en una televisión pública, anticipaba que por el grada de un campo de fútbol descendería una enorme pancarta en la que se reivindicaba el proceso independentista catalán. Pero no empleó pancarta, sino tifo. En español, eso es una pancarta. Cuando, llegado el momento, los aficionados que asisten a un estadio levantan a la vez un papel cuadrado y coloreado, se crea una imagen a la que llamamos mosaico, formado por esas decenas de miles de teselas que los asistentes acaban de mostrar. En español, esto es un mosaico; en italiano, un tifo. En español, el tifo es el tifus: el tifo asiático es el cólera y el de América es la fiebre amarilla. Definitivamente, no me agrada esta palabra.

Me entristece cuando desde los medios de comunicación se inoculan entradas semánticas extranjeras a palabras españolas. Ni es necesaria ni recomendable esta práctica. Me recuerda el caso de cuando polución perdió su identidad semántica y se infectó con el adeene inglés, y desde entonces, a causa de esta mutación semántica, polución sale a la palestra informativa engallada y fuerte frente a contaminación.

Repitió varias veces el periodista que el tifo del estadio sería grandioso y muy vistoso para que todas las televisiones internacionales acreditadas para el partido tomaran imágenes de él desde cualquier punto del campo. El tifo catalán ya es viral, pero no es contagioso.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 18, 2017

Terroristas

Los movimientos políticos con ínfulas de totalitarismo se embozan en una falsa defensa de los derechos generales de su pueblo y del bien de la nación para destruir el sistema democrático constituido desde el consenso. No es la Justicia de lo que hablan, sino de su justicia; no enarbolan la Libertad compartida por todos los ciudadanos con criterios de paz, de respeto y de fraternidad, sino el ejercicio abusivo de su libertad para coartar a los que apoyan otras ideas políticas y para enfrenar a unos contra otros. Estos políticos que hieren la democracia, que ensucian la libertad y que sajan la armonía de un pueblo son terroristas de Estado, son criminales.

Hace algo menos de cien años, el 23 de octubre de 1921, Unamuno publicó en La Nación un artículo en el que, a raíz de la guerra de Marruecos, defendía la idea de que la violencia terrorista no servía más que «para corroborar la filosofía del carnero y el odio a la inteligencia. Que es el odio a la democracia, a la libertad y a la justicia». En este mismo artículo, Unamuno sentencia: «El terrorismo es, en cierto modo, la antítesis del quijotismo». Don Quijote no solo representa la defensa de causas justas obrando desinteresada, ética y comprometidamente; encarna además el ideal de libertad personal. Los intelectuales que surgieron a raíz del Desastre del 98 se veían en la obligación ética y moral de cambiar España desde abajo, desde los cimientos, y por supuesto desde la libertad, y esta labor la emprendieron aun temiendo que resultara infructuosa. Para esta empresa sublime, el hidalgo manchego, al encarnar los nobles ideales de estos escritores, se erigió en su modelo.

El Caballero de la Triste Figura se nos presenta hoy ante nuestros ojos, y con más fuerza que nunca, como prototipo de esta libertad personal que nos permite condenar lo condenable y defender el respeto a los derechos humanos. Por albergar tantos valores humanos, el general Pinochet prohibió en 1981 la lectura y edición del Quijote, y con ello demostró un apoyo incondicional al terrorismo y un odio radical a la inteligencia. Que es un odio a la democracia, a la libertad y a la justicia.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 11, 2017

Involución

Escribo estas líneas unas horas antes de que el Parlamento de Cataluña, con total seguridad, formalice su declaración de independencia del Estado español. Ustedes las están leyendo ahora, en este momento, cuando todo ha ocurrido. Es el encanto de la prensa escrita: entre ustedes y yo se ha formado un puente temporal de veinticuatro horas que nos une en una realidad física inmediata: mis palabras impresas y su lectura. Y a pesar de nuestra distancia temporal, creo intuir que el desasosiego que sienten ustedes ahora, mientras me leen, es parecido al que estoy sufriendo yo conforme se las voy escribiendo.

El circo de hoy no es más que una declaración ilegal, y solo una declaración, así que tiene la inconsistencia de un castillo de naipes sobre un columpio, pero el camino que comienza a partir de mañana ―o de hoy― es gris, pedregoso, polvoriento, y me temo que ya es tarde para desandar la trocha por la que nos han metido un grupo de insensatos en cuyas manos depositaron millones de votantes las riendas políticas, sociales y económicas de su comunidad. Nuestra Historia más reciente nos muestra que no sentimos una especial inclinación hacia el diálogo, sino hacia la algarabía, la pasión y la vehemencia descontrolada. Los defensores del diálogo no tienen cabida sobre la tarima política; no son de su misma especie. La cabeza, para muchos políticos, hay que usarla para embestir, no para pensar; sin sentido de Estado y sin la responsabilidad ética de un buen dirigente, con toda la comunidad internacional dándoles la espalda y aconsejándoles que den marcha atrás, existe la voluntad de arrastrar al caos y al hundimiento a toda la sociedad que representa este grupo de independentistas malsanos. Es un suicidio en masa, es la decisión del líder de la secta: «Quieren acabar conmigo, pero yo os prometo que estaréis conmigo en el paraíso». Y hacia el paraíso oscuro del abismo irán cayendo todos los que vean en las palabras de su líder la antorcha de la verdad y de la justicia.

Hoy me propuse no escribir sobre el proceso independentista catalán sino sobre la involución física a la que, según los más prestigiosos biólogos, estamos condenados los seres humanos. Afirman estos investigadores que volveremos a andar sobre cuatro patas y que seremos incapaces de sobrevivir en la selva tosca y ruda que nos toque habitar. Insisten en que el proceso ha comenzado ya; y aún peor: no hay marcha atrás.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 4, 2017

Aguas políticas

Las aguas de la política han de estar siempre tranquilas, sosegadas. Las aguas de la política deberían parecerse con exactitud a las de un estanque: aguas inalterables, silenciosas, pacíficas, solo interrumpidas por el suave rumor de la fuente que lo oxigena o de los reposados peces que lo habitan, peces sin prisa, sin tiempo. Si un pedrusco cayera con violencia en su centro, el caos generado rompería el equilibrio, todo se alteraría: las impetuosas ondas que surgirían del impacto llegarían hasta los extremos, se desbordarían y encharcarían los contornos; los sedimentos se levantarían del fondo y enturbiarían la claridad del agua; los peces, en pleno frenesí de huida, querrían saltar fuera del infierno en que se habría convertido su mundo, ya oscurecido, aunque tal escapada supusiese un suicidio consumado.

De niño me gustaba tirar piedras a las fuentes, a los estanques, a los lagos, a las aguas serenas. Mucha gente siente también la necesidad de romper la tranquilidad de las aguas transparentes y calladas de ciertos lugares emblemáticos lanzando contra ellas monedas o amuletos, como si una traviesa voz interior nos impulsara a ello. Nos aburre la monotonía de la paz, la armonía de la tranquilidad, y quebramos el pulcro espejo de la transparencia para deleitarnos en el espectáculo caótico de sus astillas desordenadas y violentas. Pero las aguas de la política han de permanecer limpias y cuidadas porque, cuando las rompemos, cuando las violentamos con un guijarrón arrojado con saña, levantamos el putrefacto limo de los extremismos y de la insensatez, y este se extiende al instante mezclado en las terribles y desbaratadas ondas, ya turbias, para ensuciar todo lo que alcancen.

La sociedad y los poderes del Estado deben actuar con firmeza contra los que perturban irresponsablemente la convivencia pacífica de un pueblo violando la normativa democrática vigente mientras ondean banderas de mentida libertad de expresión. La libertad de expresión de uno termina cuando con ella se insulta, se manipula, se agrede y se incita a la sedición, cuando con las piedras cortantes e incendiarias de sus discursos se hacen añicos las tranquilas aguas de la convivencia.

Ya solo queda esperar, esperar a que, una vez depurados los responsables del pandemonio, la turbiedad se asiente y regrese la calma para el bien y la paz de todos.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 27, 2017

Cataluña en subjuntivo

Es más lo que nos une que lo que nos diferencia, y todos juntos, respetando nuestra diversidad cultural y nuestras identidades territoriales, somos más fuertes. Este proyecto de unificación que comenzó hace más de cinco siglos y que se llamó España fue posible cuando se dieron la mano las coronas de Castilla y de Aragón, y aquella alianza extraordinaria maduró en una nación de naciones cuya trascendencia cultural y política podría compararse con la del Imperio romano. Si no la recuerdo mal, Azorín acuñó esta frase: «La base del patriotismo es la geografía». La geografía, a lo largo de una labor invisible de siglos, pule los contornos etnográficos y lingüísticos de un pueblo; el carácter, la gastronomía y las tradiciones se desarrollan en estrecha vinculación con el entorno físico. Nadie pone en duda que un burgalés y un canario, manteniendo en una conversación sus profundos rasgos dialectales, parecen provenir de países distintos, pero comparten sus variedades en un espacio común. Aún siguen en mí frescas las palabras de una guía turística sevillana, muy joven, mientras entrábamos en los Alcázares: «Más allá de ser andaluces, somos castellanos que hablamos el español de forma distinta».

Y este es uno de los nexos que une a todos los peninsulares. A excepción del vascuence, nuestras lenguas son romances. No me acuerdo de quién dijo que las trifulcas lingüísticas aquí en España son innecesarias porque todos hablamos latín, pero mal. Y no le falta razón. Las lenguas romances, en ese proceso de desconexión con el latín, han ido perdiendo la grandeza gramatical de este. Fíjense en los verbos. Ya hemos perdido tiempos y aspectos verbales que en la lengua de Roma eran habituales, y algunos de los que nos quedan están a punto de desaparecer por falta de uso. Este es el caso del futuro de subjuntivo. Este tiempo lo empleamos para expresar una acción que muy improbablemente suceda en el futuro, y por ello en el ámbito jurídico es muy útil. No es lo mismo decir «Quien matare al Presidente de la República» que «Quien mate al Presidente…». Si en Cataluña se celebrare el Referéndum soberanista, la reacción del Gobierno sería inmediata y se aplicarían con firmeza y autoridad los mecanismos que salvaguardan los principios constitucionales, y en caso de que se nombrare la República de Cataluña no tendría esta ninguna validez política. Es cuestión de emplear bien el tiempo.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 20, 2017

Río Seco

A escasos metros de mi casa pasa un río al que en un momento concreto de su historia llamaron Seco, el río Seco. Su nombre no pasa inadvertido; resulta incluso evocador y sugerente el oxímoron, con sus dos términos contradictorios. Decir que un río es seco es afirmar que no existe, porque si no hay agua no hay río ni hay nada. Un río seco es como un dulce castigo, una amarga libertad, una música callada o una sana envidia, que nunca es sana, porque la envidia es una emoción destructiva, la sirvas como la sirvas, al descubierto o envuelta en papel de regalo.

Pero volvamos al río, a mi río Seco. Hay que reconocer que el nombre no es nada aristocrático; no es un Danubio, un Júcar, un Támesis o un Guadalquivir, es un Seco porque apenas lleva agua salvo cuando a pocos kilómetros, en una zona de monte bajo y de escasa vegetación, llueve, y es entonces cuando el río renace de sus lodos y regresa la vida a sus orillas: juncos, cañas, anfibios, insectos, ofidios, pájaros e incluso aves zancudas (en una ocasión descubrí una pareja de garzas cazando de manera mimetizada) dan música, color y olor donde antes había tierra, sequía y silencio. El periódico local publicó hace poco que en el río, en mi río, se habían descubierto tortugas, peces exóticos y tarántulas —hasta se había capturado una pitón—, y no es porque el Seco tuviera ahora ínfulas de Amazonas, sino porque hay turistas que llegan al Mediterráneo y abandonan sus mascotas —como a un familiar anciano que molesta— donde creen que no van a estar del todo mal, junto a un riachuelo; con ello, con la débil idea de que al menos no los han matado, anestesian su mala conciencia. Recuerda el DLE que, además de un animal doméstico, una mascota es todo aquello, vivo o muerto, que se estima como amuleto; el término, de origen occitano, significaba en su origen `hechizo´, proveniente quizás del germánico masca (`bruja´). Ahora, con tanta rana, serpiente, murciélago y araña, con tanta mascota, en fin, despreciablemente abandonada, va a resultar que mi Seco, mi humilde, verde y tranquilo Seco, es una charca en la que, con alevosía y nocturnidad, se reúnen gorgonas y tarascas, basiliscos y quimeras de todas las edades para consumar sus abandonos nigrománticos, sus fríos aquelarres, precisamente aquí, a escasos metros de donde duermo y a orillas del mar de Ulises y de Eneas.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 18, 2017

Déjate de murgas

Anoche no me dejó dormir la murga que llegaba desde el recinto ferial. Cómo sería la potencia de los altavoces que en mi casa, situada a más de un kilómetro de la zona cero, el sonido entraba con una claridad y volumen semejantes a los que emitiría un grupo musical tocando debajo de mi habitación. La estridencia era insoportable. Para mayor pena de mis oídos, las piezas parecían interpretadas por una de estas verbenas populares tan habituales por estas fechas festivas. A estas alturas de mi vida me sonroja recordar que hace unos veinte años me gustara este pachangueo; miro para atrás y me veo abrazado con mis amigos de entonces, bailando y brincando al ritmo de coplas y de pasodobles antediluvianos, o acodado en la abollada barra de acero inoxidable del chiringuito que instalaban en la plaza del pueblo, con una bebida en una mano y con un cigarrillo en la otra, oteando desde mi distorsionada perspectiva alguien que quisiera bailar conmigo. Luego nos íbamos quedando ahítos de fiesta y huérfanos de fuerzas, y la plaza se vaciaba de gente, y la suciedad de vidrios rotos, de charcos pegajosos de calimocho y de olores nauseabundos intensificaba nuestro bajón anímico. Aquella estampa simbolizaba de manera muy plástica la desolación, y por ello la empleó Unamuno para describir emocionalmente el Madrid hundido, atrasado y decadente que encontró la primera vez que lo visitó, hacia 1880, un Madrid, escribió el vasco, que parecía una pista de baile vacía, sucia y silenciosa.

Afortunadamente, de aquellas murgas verbeneras de la juventud hemos evolucionado hacia gustos y hábitos más elegantes. Leemos en el DLE que una murga (término deformado de la palabra música) es un grupo de músicos malos que en festividades tocan cerca de la casa de uno para obtener un obsequio. De niño, cuando llegaban estas fechas de Feria me ponía muy pesado con mi abuela para que me diese dinero y gastármelo en dulces, en el pimpampum o en petardos. Hasta que no le sacaba las cien pesetas en monedas de cinco duros no paraba. «Toma», me decía al fin, «y déjate de murgas». Y qué contento y orgulloso iba yo, con mis vedijas peinadas, con mis pantalones cortos y recién merendado, entrando por el paseo ferial ―fabuloso concierto de sonidos y de luces― y con la mano sobre el bolsillo asegurándome de que mis veinte duros seguían en su sitio.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 13, 2017

El calor del establo (4-7-08)

Mucho se ha escrito y hablado de la Copa de Europa que la selección española de fútbol acaba de ganar. No se ha puesto en duda en ningún momento la calidad técnica de los jugadores, su juventud y su hambre de triunfo; pero sí circula unánimemente un comentario por todos los medios de comunicación que suscribe la mayoría de los españolitos de a pie: la principal causa de este éxito deportivo ha sido la magnífica sintonía y el ambiente de unión y amistad que se ha palpado entre los futbolistas españoles. Decía mi abuela que todo se pega menos la hermosura, y no le faltaba razón porque el país entero se sentía contagiado por ese mismo espíritu de alegría y de júbilo; todos parecíamos iguales, idénticos, arrastrados por un entusiasmo embriagador y adictivo que nos hizo olvidar por unos días la subida de la gasolina, de la hipoteca y del IPC. Ha sido como regresar a la época en que ciertos emperadores de Roma, como Julio César o Aureliano, para ocultar al pueblo las graves crisis políticas, militares y económicas, regalaban a la intranquila plebe trigo y entradas al circo para asistir a las carreras de cuadrigas, y así hicieron bueno el lema que inmortalizó el poeta Juvenal en una de sus sátiras: Panem et circenses (`Pan y juegos circenses´).

            Hace unos dos años me sorprendió descubrir que, en EE UU, el autor más vendido durante unas semanas fue Baltasar Gracián, y por motivos políticos y electorales. La razón es clara, porque subraya nuestro escritor barroco que para ganarse al pueblo no hay que dirigirse a la minoría intelectual y pensante, sino contentar de algún modo a la mayoría social, a esa masa social compuesta sobre todo de analfabetos y pobres y que padece la presión asfixiante de una mala gestión económica y social por parte del gobierno establecido. La idea fundamental que sobresale es la de tratar al pueblo como un rebaño de ovejas para que no analice demasiado la realidad y ser, así, dirigido y gobernado con docilidad y mansedumbre. La voz latina para rebaño es grex, de donde fueron surgiendo numerosas palabras en nuestra lengua como grey, empleada en el ámbito eclesiástico para aludir al “rebaño” de la Iglesia. Aquellos pastores romanos, que fueron retratados bucólicamente en una Arcadia idílica, hablaban de agregar cuando añadían un animal a su rebaño; si lo separaban por bien de la manada, lo segregaban; si el rebaño se dispersaba, se disgregaba; y cuando lo reunían para volver a la majada, lo congregaban. Estos verbos, que son tan comunes y aplicables entre los hombres, se empleaban para el ganado, y no debemos estar muy lejos de nuestros domesticados pesuñosos, principalmente cuando el hombre se define a sí mismo como gregario por su carácter obligadamente social y comunitario. A la hora de hablar de la irracionalidad del gregarismo humano ejemplificado en el fenómeno hincha, un periodista tuvo el acierto de destacar la definición que sobre ello nos legó Nietzsche. Este despreciaba el hecho de que los humanos se dejasen empujar irracionalmente por un fervor tan apasionado que les hiciese actuar y pensar de manera idéntica y mansa, como un rebaño de ovejas manejado por un perro que cumple las órdenes del pastor; a ese ardor popular, a esa excitación enloquecedora e inevitable la definía el filósofo alemán como el calor del “establo”. A pesar de los años transcurridos, la domesticación de masas sigue siendo una útil herramienta política.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 6, 2017

Desencanto

El desencanto se alza como uno de los peores males que aqueja a la sociedad actual. Hablamos de un desencanto profundo, brutal, que ataca sobre todo a la población activa, aquella que se sitúa aproximadamente entre los veinte y los cincuenta y cinco años, de un desencanto que nace por la distancia entre la realidad y el deseo, entre la sociedad que se sueña y la que hay que ver y vivir a diario. Cuanto mayor vaya siendo la distancia entre ambas realidades, la utópica y la presente, la soñada y la que debemos transformar, más se acrecienta el desengaño, y este inmenso vacío espiritual, este abismo de desesperanza, suele desembocar en comportamientos que discurren desde un típico síndrome depresivo sin una aparente causa justificada hasta actitudes destructivas, como el suicidio o el asesinato.

Los artistas europeos del Romanticismo abanderaron el desencanto y se dejaron inspirar por él a la hora de elaborar sus obras; fueron los apóstoles de la melancolía. Jóvenes y apasionados, lucharon por la libertad; vivieron con intensidad y muy por encima de la moralidad burguesa y religiosa ―el superhombre nietzscheano― para lograr una sociedad más justa, avanzada y libre; bebieron, en fin, de las fuentes del desencanto, y sus aguas, vigorosas al principio, los consumieron lentamente en plena juventud, y terminaron unos dejándose morir por la enfermedad que los debilitaba, y otros suicidándose. Esta actitud tan quijotesca de vivir loco y morir cuerdo, de vivir deprisa y libre para morir derrotado por los molinos del desengaño y de la cruda realidad, la adoptarán, aunque de manera más tenue, los intelectuales que surgieron en España tras la ruina internacional en la que se enterró el país tras el Desastre de 1898. Hoy, más de un siglo después, el desengaño asfixia, como una tela de organza, el espíritu del hombre, pero es este un desencanto adulterado, contaminado, sucio, nacido de la deshumanización en la que estamos cayendo todos: el hombre actual bucea en la pantalla de plasma de sus dispositivos, en su luz azul, para huir del mundo real, de sus congéneres; el europeo de hace dos siglos se revistió de pasión y de libertad para cambiar de raíz la fealdad moral de aquella sociedad. Aquel fue un ejemplo de coraje y de defensa de la cultura y de valores éticos; este, en cambio, airea una degradación intelectual que solo nos acarreará consecuencias funestas.

Posteado por: josejuanmorcillo | agosto 30, 2017

Ropa vieja

Conozco gente que, llegada la noche de San Juan, se acerca con cierta solemnidad hasta las hogueras portando bolsas de ropa demasiado desgastada como para embaularla en un contenedor de Cáritas, y ya frente a las llamas arroja al fuego camisas, vestidos, pantalones y hasta ropa interior con una actitud compungida como la de quien va a incinerar a un ser querido, pues esas ropas ―se entiende― formaron parte de sus vidas durante meses o años, fueron como una segunda piel para sus dueños, constituyeron, en fin, una seña de identidad social e íntima a la vez. Para ellos, incinerar esas prendas simboliza un olvido y una renovación, un pasado que hay que enterrar y un futuro que hay que descubrir. Es un símbolo de la vida: con las cenizas del pasado elaboramos la argamasa de los edificios futuros.

En los últimos veranos, cuando están finalizando las vacaciones, me deshago de ropa vieja. La extendiendo sobre la cama del hotel o la tiro al cubo de la basura de la habitación. No la quemo porque ni debo ni me apetece prender una fogata boyscout en la plaza de una ciudad o junto a los raíles del tranvía, bajo un puente. No es mi estilo. La desgarro en jirones y luego la comprimo en una pelota y la dejo en la papelera, o bien la extiendo sobre las sábanas, ausente ya del cuerpo que la habitó, y la abandono. Hace veinticuatro años completé el Camino de Santiago; llegué a la ciudad compostelana con una mochila muy pesada, con enseres que no me eran necesarios, así que de manera espontánea tomé la decisión de hacerme con una pala para enterrarla a las fueras de la ciudad. Fue entonces, aquel mes de julio de 1993, cuando me di cuenta por primera vez de que nos rodeamos de pertenencias que nos esclavizan y de las que podemos prescindir. Aquel fin de viaje y aquella inhumación de lo que para mí fue imprescindible durante la peregrinación me ayudaron a comprender que nuestras vidas son una suma de etapas que, una vez alcanzadas, nos ayudan a renovar y a fortalecer el ánimo de continuar desde lo aprendido. Viajar es vivir, vivir es viajar: caminar, conocer, sobreponerse a las adversidades, crecer. La ropa vieja que desde aquel verano de 1993 suelo abandonar me ayuda a vivir, a observar mi pasado, un pasado que me permitirá comprender con más claridad mi futuro, mi nueva etapa. Con las cenizas del recuerdo se hace más llevadero el camino, el viaje de nuestra vida.

Posteado por: josejuanmorcillo | agosto 8, 2017

Caminar

El paseo que comienza a escasos metros de mi casa acaricia la orilla del mar a lo largo de seis kilómetros. Por su forma combada, el paseo parece una enorme diadema de cemento y baldosas que retiene la arena de la playa en su intento natural de ganar metros hacia el interior. Salvo estas fechas vacacionales, el paseo se engalana, durante el resto del año, de un silencio y de una soledad que te envuelven en un estado de paz y de meditación; el sonido del mar y los colores del cielo, del agua y de la arena cambian camaleónicamente al ritmo de las estaciones, de tal manera que los tonos ocres del otoño o los grisáceos y oscuros del invierno distan mucho de la intensa luminosidad, casi cegadora, del verano, que lo recubre todo con tonalidades blancas y azules. El mar apenas se oye en verano, ahogado por el estridor de las chicharras y por la albórbola de gargantas que se embadurnan de aceites junto a su orilla; en otoño, en cambio, despierta con aullidos de viento, se vuelve indómito y ensordecedor en invierno, y luego, en primavera, se modera y se amansa, y te susurra cuando caminas junto a él al caer la tarde.

Caminar sin prisa es una actividad reconfortante. Relaja las tensiones, oxigena los músculos, orea los rincones oscuros de nuestro carácter y nos ayuda a pensar y a recordar. Cuando paseo, observo; observo a las personas anónimas con las que me cruzo, observo el movimiento de las olas, los pocos bañistas que se refrescan en el mar, la gaviota que, buscando restos de comida, camina sobre la arena como una barquichuela a punto de zozobrar; observo los brotes de dátiles acunados por la brisa, la parada del tranvía sin viajeros y sin tranvía, los lagrimones de óxido que ensucian la tapia de una vivienda largo tiempo sin encalar; observo mis manos y en ellas siento que estoy viendo las de mi abuela; observo un escarabajo precipitándose hacia la sombra, huyendo de la canícula; observo las pequeñas y frágiles nubes, deshilachadas y moribundas.

María Zambrano, en la línea de su maestro Ortega y Gasset, escribió en uno de sus ensayos: «Quien mira al mundo como enamorado jamás querrá separarse de él, ni cultivar las barreras que le separan ni las distinciones que le distinguen. Solo buscará embeberse más y más». Y así es. Saber mirar es saber entender, y saber entender es saber amar. Y ello está al alcance de nuestra mano; basta con caminar y con observar.

Posteado por: josejuanmorcillo | julio 20, 2017

Iros

«¡Si me queréis, irse!». En un arrebato de angustia y desesperación durante la boda de su hija Lolita, La Faraona inmortalizó con su voz de sangre y de trueno este grito que reflejaba, entre otros motivos, uno de los errores gramaticales más perseguidos por nuestros gramáticos y de los más sancionados en las aulas: el uso del infinitivo como imperativo. Quizás la cantaora no conocía la forma correcta (idos o íos), o quizás sí pero entonces le pareció demasiado sofisticado su uso en un contexto tan campechano y estresante como aquel templo tan chiquito en el que naufragaban en sudor, quién sabe; lo cierto es que, a día de hoy ―viva La Salvaora―, y si no hay una rectificación al respecto, la forma iros como imperativo será correcta en nuestro idioma.

Recuerdo, hace unas décadas, que muchos nos echamos las manos a la cabeza cuando los académicos decidieron incluir en nuestro diccionario normativo vulgarismos como guardilla (frente a buhardilla), términos innecesarios como decimoprimero y decimosegundo o entradas semánticas como la acepción de prácticamente como adverbio de cantidad (equivalente a `casi´). Será la presión social o la de los medios, pero no termino de comprender del todo esta prisa, prisa por aceptar el empleo de iros como imperativo cuando no la vemos en la acepción normativa de términos aún huérfanos de diccionario y que desde hace tiempo deberían estar ya reunidos y estudiados en nuestro léxico. Y permítanme ponerles algunos ejemplos de estos cientos de vocablos que siguen siendo incomprensiblemente olvidados, ignorados o rechazados por la RAE: sororidad, empleado por Unamuno en La tía Tula para referirse a la esencialidad y al carácter que las mujeres de una familia van heredando generación tras generación; yincana, que, contradictoriamente, si lo contempla el DPD; trisquel, símbolo geométrico celta formado por tres piernas o brazos en espiral (tetrasquel si son cuatro); aniaguero, quien recibe la aniaga; taumatropo, juguete óptico inventado en 1824, aunque hay indicios de su existencia en el Paleolítico; interjecciones como tachán (o chachán); o neologismos de uso pleno en nuestro idioma (táper, guásap/guasap, yutúber…). La lista de los olvidados y su análisis diacrónico darían para un libro. Vaticino que no tardaremos en atestiguar la entrada en el DLE de formas como andé por razones similares a las que han empujado a los académicos a aceptar iros como imperativo. Demos esplendor, limpiemos y fijemos nuestra lengua, la segunda más usada en el mundo, y hagámoslo con responsabilidad y altura de miras.

Posteado por: josejuanmorcillo | julio 6, 2017

“La regata”

Desde tierra adentro desemboqué hace unos días, como todos los veranos, en las cálidas aguas del Mediterráneo. Dicen por aquí, y con un humor fino y elegante, que Alicante es la provincia más limpia de España porque en verano limpia La Mancha. Pues sí. En este éxodo voluntario he traído conmigo una maleta con lo imprescindible, si entendemos por imprescindible el aseo, algo de ropa y los cargadores. El resto del espacio lo ocupan mis libros.

Entre ellos siempre está Manuel Vicent. Acabo de leer La regata, su última novela. Con una escritura luminosa y elegante, el novelista vuelve a la Circea de Son de mar para colocar en su puerto y en sus pantalanes un puñado de personajes de la alta sociedad española que se han reunido junto a sus veleros para realizar una regata con salida y llegada a Circea y durante cuya travesía deben cruzar las Islas Baleares y llegar hasta el puerto de El Alguer. Detrás, como un trascoro argumental, un conocido empresario, tras ingerir una generosa dosis de viagra, cae fulminado por un ataque al corazón sobre el cuerpo de su joven amante, una conocida actriz española, a la que, por hacer realidad una fantasía, había atado de pies y manos en una cama de una finca propiedad de aquel. Salvo Ismael y su abuelo Joan, que representan la pureza y la autenticidad de la cultura levantina, desfilan en negro sobre blanco un exministro corrupto del PP perseguido por la Justicia, un afamado cirujano estético con su secretaria-amante, un tiburón de la especulación inmobiliaria o una familia del Opus, personajes-peleles que esperpénticamente despliegan sus dorados e inmorales plumajes de avechuchos y a los que Vicent deja libres en las páginas de su novela para que sus traspiés y graznidos sean blanco de las risas y, a veces, de la conmiseración del lector. Nuestro novelista ha compuesto de esta manera un lúcido sainete mediterráneo barnizado de ácida crítica social, una novela en la que siguen presentes algunos guiños a aquella cultura grecorromana que ha conformado esta realidad mediterránea y europea, una novela, en fin, en la que Vicent inserta fragmentos dramatizados declamados por actores (la ficción dentro de la ficción) además de emplear como pocas veces una prosa preñada de figuras retóricas, de ritmos y de simbolismos que la acercan al ámbito poético. Una obra brillante de un maestro de la narrativa en lengua española.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 21, 2017

Escribir

¿Por qué escribir? Porque esta noche no soporto el peso oscuro de la sombra, ni la música estridente del vecino de abajo, ni los llantos inconsolables del niño del sexto, ni los programas absurdos de la televisión en prime time, ni el silencio de la casa. Porque esta mañana, muy temprano, cuando salí del portal camino del trabajo, vi gente de mi barrio con los ojos hundidos en las baldosas sucias y rotas de la calle engrosando la cola del paro; otros, arrastrando su pereza en dirección al inerte asiento de la oficina; otros, los menos, yendo a recoger a su hijo para llevarlo al colegio; y otros, refugiados en su bar habitual, hojeando el periódico del día y sorbiendo como gorriones su humeante café, acompañados por los habituales de barra, compañeros matutinos de esa ritual y silenciosa cafeína. Porque siempre me cruzo con las mismas personas por las mismas aceras de las mismas calles, calles por las que todos los días coincido, en dirección contraria, con una mujer que me observa disimuladamente y a la que observo disimuladamente, y a los dos, fieles a la discreción social, se nos dibuja una sonrisa de complicidad que grita desde el silencio de las pupilas «hola, qué tal, no sé cómo te llamas, me gustaría saber tu nombre y a qué te dedicas, si tienes pareja y si tienes hijos, algún día quizás me atreva a decirte «hola» por educación, porque estamos aquí todas las mañanas, tú hacia tu trabajo y yo hacia el mío». Porque, esta tarde, el reloj de mi mesita de noche se ha detenido para siempre exactamente a las 19.09. Porque aún veo personas necesitadas de trabajo, de dignidad, de educación y de pan que se sientan en las repugnantes y meadas aceras de la ciudad levantando sus manos y pidiendo una pizca de caridad a viandantes con prisa, ciudadanos de frente angosta y alta que no encuentran alivio para la ansiedad que les provoca su existencia gris, hipócrita y burguesa. Porque esta noche, mientras me fumaba un cigarro en la terraza de mi cocina, he observado la soledad de la fachada norte del ayuntamiento, decadente y desconchada como la piel de un animal sarnoso. Escribir, sí, para dar testimonio de que se ha existido y de que la vida dura quizás lo mismo que este nuevo cigarrillo que me estoy acabando mientras la noche emponzoña a todos los durmientes con su invisible y tóxica organza como un velo de sopor y de luto.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 14, 2017

Un toro es un toro

Los nuevos guardiaciviles que son nombrados suboficiales pueden ejercer de delegado gubernativo en los festejos taurinos que se celebren en muchos pueblos. Para este fin, se les imparten conocimientos en la academia de Úbeda, pero al docente que este lunes explicaba las normas por las que se rige la tauromaquia se le ocurrió, quién sabe si excitado por la emoción, poner en práctica el arte de Cúchares, así que sacó los trastos y exhibió un toreo de salón que despertó los olés, vítores y carcajadas de los incrédulos y amenizados alumnos.

Que los toros forman parte de nuestra cultura es indiscutible. Me quedo con dos pensamientos de dos intelectuales que no son cualesquiera. El de Federico García Lorca, que afirmó que «los toros son la fiesta más culta que hay hoy en el mundo»; y el de Ortega y Gasset, que no dudó en escribir que «la historia del toreo está ligada a la de España, tanto que sin conocer la primera resultará imposible comprender la segunda». En aquellos primeros años del siglo XX, tauromaquia y cultura suponían dos conceptos consustanciales para la élite culta. Ignacio Sánchez Mejías fue un buen escritor y un destacado miembro de la Generación del 27. Juan Belmonte, quien modernizó la tauromaquia con la creación de los cuatro momentos del toreo ―parar, citar, templar y mandar―, era amigo de Hemingway (en Muerte en la tarde y Fiesta aparece el torero) y participaba en tertulias literarias con Pérez de Ayala, Gregorio Marañón, Ortega y Gasset, Gerardo Diego ―que escribió su «Oda a Belmonte»― o Valle Inclán, quien, según leemos en la biografía que sobre Belmonte escribió Chaves Nogales, le dijo un día: «¡Juanito, no te falta más que morir en la plaza!», a lo que respondió el sevillano: «Se hará lo que se pueda, don Ramón».

Pero hoy es distinto. Habla un torero y parece que no ha leído un libro en su torera vida, y los lees en alguna red social y sonrojan sus faltas de ortografía. Talavante respondió así a una cuestión sobre la relación entre el toro y el torero: «Un toro es un toro, y amigo no puede ser porque no habla, y enemigo tampoco porque tampoco habla». Lleva razón el chaval, a veces las palabras están de más. Espero y deseo que, allá en Úbeda, los nuevos suboficiales, una vez terminado el toreo de salón, hayan recibido una correcta formación teórica sobre este arte, hoy más que nunca controvertido.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 7, 2017

Juan Goytisolo

Durante las polvorientas y asfixiantes semanas veraniegas que pasaba en el chalé familiar, rodeado de manzanos, avispas y de un par de hectáreas de tierra de secano, leía, siendo adolescente, lo que caía en mis manos, ya fuera el último premio Planeta, algunos números de Los Cinco o incluso una modesta enciclopedia de apenas siete tomos cuyas páginas hojeaba con la misma asepsia con la que estas habían sido redactadas. Rara vez bajaba a la ciudad y, cuando lo hacía, aprovechaba para sacar prestados algunos libros de la Biblioteca Municipal. Uno de aquellos veranos, a mis dieciséis años, me quedé fascinado con la técnica narrativa que descubrí en Cinco horas con Mario y con la densidad y pulcritud expresiva de Juan Goytisolo en Señas de identidad.

La lectura del libro de Goytisolo no fue sencilla a aquella edad, y tuve que releer algunas páginas, diccionario en mano, para entender no solo términos que desconocía sino la plasticidad que se lograba con su uso. Recuerdo el fogonazo interno que sentí cuando llegué al capítulo tercero. Comienza así: «No se te olvide nunca: en la provincia de Albacete, siguiendo la comarcal 3212, a una docena de kilómetros de Elche de la Sierra, entre el cruce de la carretera de Alcaraz y la bifurcación que conduce al pantano de la Fuensanta, se alza a la derecha del camino, en medio de un paisaje desértico y árido, una cruz de piedra con un zócalo tosco RIP AQUÍ FUERON ASESINADOS POR LA CANALLA ROJA DE YESTE CINCO CABALLEROS ESPAÑOLES. UN RECUERDO Y UNA ORACIÓN POR SUS ALMAS». Pocas veces se habló en mi casa de la Guerra Civil. Creo que o no se sabía o no se quería saber, que era peor. El capítulo tercero de Señas de identidad gira alrededor de la construcción del pantano de la Fuensanta hacia 1934 y de los ajustes de cuentas que el cacique de la comarca tomó contra unos campesinos que, padeciendo hambre y penurias, talaron algunos pinos para vender su madera. En 1936, y antes del estallido de la guerra, fueron fusilados varios de estos aldeanos, y los verdugos luego acabaron en el paredón tres años más tarde, en 1939. Las luminosas páginas que leí entonces de Goytisolo me abrieron una ventana en el tiempo desde la que pude comprender e imaginar cómo era la comarca en la que vivieron mis antepasados paternos. Por ello, al maestro Goytisolo le debo algo más que esta pasión por leer y escribir.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 2, 2017

Egolatría

A pesar de los colosales avances que ha proporcionado el ámbito tecnológico para el desarrollo cultural y para todo tipo de descubrimientos científicos que, en su conjunto, vienen a subrayar la insignificancia de la existencia humana dentro del cosmos, todavía hay quien piensa que somos creación a imagen y semejanza de un dios omnisciente y omnipotente. Este egocentrismo basado en una autoestima alimentada con el suero ideológico de que somos una creación divina no tiene fin. «Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy seguro», sentenció el sabio.

La egolatría humana ha sufrido tres grandes golpes en los últimos cinco siglos. El primero de ellos lo asestó Copérnico con el planteamiento de su teoría heliocéntrica, teoría que fue inmediatamente respaldada, a principios del s. XVI, por la Universidad Complutense y de la mano de Cisneros; hay que esperar un siglo más para que Galileo demostrara axiomáticamente que la Tierra no es más que un planeta que gira alrededor del Sol y de que la Biblia se equivocaba al asegurar que nuestro planeta era el ojito derecho de Dios. El segundo mazazo lo propinó Darwin al probar científicamente que el hombre es el resultado de una evolución de los antiguos primates, es decir, que somos primates evolucionados debido al desarrollo de una inteligencia propiciada por el entorno y por una alimentación rica en proteínas. La Iglesia tardó siglo y medio en dar la razón al científico inglés, y lo hizo por boca de Juan Pablo II. El tercero y definitivo nos lo atizó Freud con su teoría del inconsciente: el hombre ni siquiera es dueño de sí mismo pues hay otro yo, el inconsciente, que se manifiesta cuando descansa el consciente y al que no podemos controlar.

Stephen Hawking, en su libro El gran diseño, publicado en 2010, demuestra con las actuales leyes físicas que no hay ningún dios detrás de la formación del Universo como tampoco lo hay en la creación de los seres vivos, como ya sentenció Darwin. La estupidez humana y nuestro temor ante la irrelevancia de nuestra existencia y ante la nada que nos espera tras la muerte empujan al ser humano débil de pensamiento al paroxismo religioso, y en nombre de un dios se sigue asesinando y cometiendo crímenes atroces que denigran la dignidad humana. «Solo somos una raza avanzada de monos en un planeta menor de una estrella muy normal», escribió Hawking. No hay más.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 24, 2017

Roberto Blanco

Cuenta Neruda en Viaje al corazón de Quevedo que Lorca, en su misión pedagógica de llevar el teatro de nuestros clásicos por los pueblos de España, llegó con La Barraca a Villanueva de los Infantes. Mientras se montaba el escenario, Federico paseó por la calle principal hasta una ermita que se hallaba casi a las afueras del pueblo. Entró en ella y, por casualidad, junto al altar, se percató de que estaba de pie sobre una tumba. Con la mano iba limpiando de arena y suciedad la inscripción de la lápida y comenzó a leer: «Aquí yace don Francisco de Quevedo y Villegas, caballero de la Orden de Santiago…». Neruda recuerda que a Lorca le produjo tan honda desazón el hecho de que el gran poeta español de todos los tiempos estuviera enterrado en una ermita olvidada de un pequeño pueblo bajo el peso del silencio de los siglos que fue incapaz de representar aquel día sobre el escenario de su compañía ambulante.

España no suele ser buena nodriza con sus escritores e intelectuales. Y, si no lo es con los suyos, ocasionalmente reconoce la labor de aquellos que, desde otros países, fomentan nuestra lengua y nuestra literatura. El dramaturgo cubano Roberto Blanco (La Habana, 1936-2002), asesor del Ministerio de Cultura y presidente del Comité Cubano del Instituto Internacional del Teatro ―entre otros cargos―, es uno de esos nombres que hay que escribir con mayúscula en los libros de las artes escénicas. Su magisterio como docente, como director de escena y también como actor fue decisiva en la formación de decenas de dramaturgos y artistas escénicos en Cuba. Como actor destacó por su naturalidad, sin afectación en la interpretación, y por el prodigioso dominio de los personajes que representaba; como director, y de la mano de su compañía Teatro Irrumpe, adaptó, con gran éxito y técnicas innovadoras, obras de Chéjov, Goldoni, Tennessee Williams, Cervantes, Lope de Vega, Valle Inclán y, sobre todo, Lorca. De este, además de Doña Rosita la soltera y de Mariana ―adaptación prodigiosa de Mariana Pineda―, es memorable la puesta en escena de Yerma junto con la Danza Nacional de Cuba, representación con la que demostró una indudable comprensión de la literatura lorquiana al crear un espectáculo total de música, danza y texto.

Roberto Blanco supone un ejemplo de seria profesionalidad y entrega total en el ámbito de las artes escénicas. Ojalá que su nombre y su magisterio no sean borrados por la fría lima del tiempo.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 18, 2017

“Black Mirror”

El título de esta columna coincide con el nombre de una serie británica que me recomendó hace poco un pintor al que estimo como buen amigo y extraordinario conversador. He visto tres temporadas, y sus capítulos pueden seguirse en el orden que uno desee pues la trama y los personajes no están interrelacionados. Sí existe un hilo temático que angustiosamente los ensarta a todos: la brutalidad, la irracionalidad y la autodestrucción a las que nos empujan las redes sociales y medios de comunicación a través de la pantalla de dispositivos móviles y ordenadores. Algunos capítulos se contextualizan en un tiempo futuro, pero que se nos antoja verosímil e incluso real. No es una serie de ciencia ficción, sino de ciencia terror en la que, sin conmiseración, se critica con dureza la obsesiva dependencia de nuestra especie a la tecnología digital hasta el límite de basar las relaciones sociales en unos dispositivos en cuya pantalla negra, luctuosa, nos vemos reflejados cada vez que los apagamos. Acoso cibernético; concursos televisivos cuya audiencia la engrosan gentes hambrientas de carnaza y de escarnio público; tecnología punta que nos hace visibles a todos y que nos priva de nuestra intimidad; empresas de robótica que reproducen fielmente a un ser querido que ha desaparecido, pero sin la calidez ni los valores humanos del fallecido; o aplicaciones con las que se valora nuestra popularidad y de la que dependerá nuestro prestigio social son algunos de los temas que se plantean en sus capítulos.

La ficción, lamentablemente, se hace realidad. Ballena azul es el nombre de un juego virtual, supuestamente creado en Rusia y al que se puede acceder desde redes sociales como Facebook, dirigido a adolescentes con baja autoestima y socialmente excluidos, que consiste en superar cincuenta pruebas de autolesión ―que deben verificar fotografiándolas y colgándolas en la red― hasta llegar a la última y definitiva, que es el suicidio. Por desgracia ya han sido confirmados en Cataluña los casos de cinco estudiantes de Secundaria cuyas lesiones impuestas por este juego virtual los han dejado al borde de la muerte.

¿Qué sociedad heredan nuestros hijos? ¿Qué sociedad es esta, esclavizada a la pantalla negra del móvil y que abomina del placer de la conversación, del paseo y de la lectura? Me aterra imaginar que los acontecimientos narrados en los capítulos de esta serie británica se materialicen dentro de unos años y desemboquen en una deshumanización brutal e irreversible del género humano.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 28, 2017

Libertad de pensamiento

Hace ahora cien años, Petrogrado, la actual San Petersburgo, que pasaba por uno de los inviernos más duros, con temperaturas bajísimas, y que sufría las consecuencias de la I Guerra Mundial ―aún no acabada―, padeció una fatídica hambruna: miles de familias apenas podían llevar a casa un mendrugo de pan y  otros tantos niños y ancianos morían de inanición y frío. Hartos de las ominosas condiciones en las que vivían, cien mil trabajadores fueron a la huelga, y a esta siguieron más. Nicolás II, que se encontraba entonces en el frente, inquieto por las revueltas, ordenó a sus cosacos ―los soldados más fieles al zar― sofocar las revueltas con violencia. La orden era clara: hacer fuego contra la multitud para amedrentar a los sublevados. Fue el 25 de febrero de 1917. Decenas de miles de rusos, entre los cuales había mujeres, ancianos y niños, de pie con pancartas que rezaban «Libertad o muerte», se colocaron frente a los cosacos, armados y a caballo. Pero estos, a pesar de la orden de disparar que se les impuso, no lo hicieron, no pudieron asesinar a balazos a la muchedumbre desarmada, enferma y famélica que pedía más dignidad en sus condiciones de vida porque en esas mujeres y en esos niños veían los cosacos a sus propias madres y hermanos. Cuatro días después, y con la amenaza de un consejo de guerra sobre sus cabezas, algunos soldados ejecutaron la orden y murieron unas cincuenta personas. El resto del ejército se amotinó y se rebeló frente al zar. Este, alarmado, tomó el primer tren para Petrogrado, pero los soldados sublevados le cortaron el acceso a la ciudad, Nicolás II quedó atrapado en su propio tren y fue obligado a abdicar. Acababa de comenzar la Revolución rusa, y una de las primeras medidas que se adoptaron fue la alfabetización de los ciudadanos; el pueblo tenía sed de aprender, tenía hambre de cultura, porque en ella veían el camino para sentirse por fin libres. En cuestión de meses, quizás semanas, lo habitual era ver por las calles de Petrogrado a gente con libros bajo el brazo, leyendo en cualquier rincón de la ciudad.

La lectura, la cultura y el pensamiento libre son las armas más poderosas para hacer frente al abuso, a la tiranía y a la corrupción. Hoy se habla mucho de la libertad de expresión, pero no se menciona apenas el hecho de que el poder establecido está amputando, lenta y silenciosamente, la libertad de pensamiento de millones de ciudadanos.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 26, 2017

Carteros

Ahora que estamos cruzando con dificultad, como si anduviéramos sobre los pedruscos sueltos que unen las dos orillas de un río, esta época de profunda crisis humanística y de deterioro de los más elementales valores humanos, se tiende a alimentar el desencanto, desde muchos medios, con noticias y datos tan pesimistas que incluso rozan el catastrofismo. No me negarán, por ejemplo, que se fomentan las investigaciones sobre todo aquello que esté en riesgo de extinción. Es como si volviésemos al decadentismo que se vivió en Europa hace algo más de un siglo. Pueblos muertos, plantas y animales que desaparecen por obra y gracia del hombre, lenguas que agonizan porque ya no quedan apenas hablantes que la conserven, tradiciones y costumbres folclóricas que perecen y que quedarán fosilizadas en las páginas de alguna tesis doctoral… Ni siquiera el ser humano se libra, pues, de hecho, ya han anticipado algunos sabios actuales que, de seguir en esta línea de superpoblación y de destrucción del entorno, la Tierra será inhabitable dentro de cincuenta años y la supervivencia de nuestra especie solo está garantizada si nos encapsulamos en cohetes y nos vamos a otro planeta a dar la tabarra.

Leí hace poco que también hay profesiones en riesgo de extinción, y me provocó un cierto encogimiento del alma comprobar que la lista la encabezaban los carteros. A mí, y me imagino que a la mayoría de los lectores, su presencia en las calles y en el barrio me genera confianza y, si me lo permiten, familiaridad: ellos saben quién está y quién no, quién se ha mudado y quién está enfermo, escuchan ―poca gente hoy día sabe escuchar― los testimonios y los desahogos de los vecinos. Se decía en este estudio que ya apenas reparten cartas personales ni felicitaciones navideñas; solo notificaciones, envíos publicitarios y recibos del banco. Y que la salvación de este oficio pasaba por reconvertir sus servicios y desempeñar funciones nuevas: informar de desperfectos en vías urbanas, certificar obras o acompañar unos minutos, abriendo y leyendo sus cartas, a ancianos lacerados por la soledad.

Las nuevas tecnologías y las grandes empresas de logística y de envío masivo de paquetes han dado la puntilla a una profesión secular que ―no lo olvidemos― ha sido necesaria en el transcurso y evolución de nuestra Historia y de la cultura universal. Si desapareciese la cartería, se iría con ella un trocito sustancial de nuestra existencia.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 12, 2017

ETA y Trump

Al principio de esta semana, santa para unos y descanso primaveral para los más, a algunos les ha dado por procesionar en ciertas plazas internacionales. Para mayor escarnio a las víctimas del terrorismo etarra, la banda tocó otra pieza desafinada, cuyas notas ya no suenan bien para nadie; escenificaron un «entremés del arrepentido» cuyo argumento es un mal llamado desarme que desvelaba los zulos en los que se pudrían de humedad y de silencio miles de kilos de dinamita y de armamento ligero. Acabó la representación, y, como propina a este buen acto de fe en la paz, sus actores pidieron al público el acercamiento de los presos etarras al País Vasco. Y el público ni aplaudió; se levantó, se marchó y se juró que no volvería a sentarse para ver una chalanería de este calado. Voy a dedicar tan solo unas palabras a la banda y a sus músicos-actores: lo primero que tenéis que hacer es pedir perdón por el dolor causado a tantas familias; después desaparecéis oficialmente como banda, con siglas, hacha y culebrita incluidas; y, finalmente, acompañando a este último gesto, desveláis la localización de los zulos donde guardáis el armamento en buen estado. Y luego ya veremos qué se hace.

Si lo de ETA es un entremés burdo y zafio, lo de Trump es un sainete costumbrista, previsible en alguien que quiere hacer a EE. UU. grande otra vez apretando botones rojos de lanzaderas de misiles all over the world. Trump tenía la cara manchada del tizne del descrédito internacional y, como ya ha ocurrido anteriormente con otro presidente norteamericano, la mejor manera de limpiárselo es montar una cortina de humo lanzando casi sesenta misiles Tomahawk sobre una base aérea siria en respuesta al ataque con gas sarín que ordenó Al-Assad contra una aldea que nadie sabe localizar en un mapa y en la que fallecieron decenas de civiles musulmanes, musulmanes a los que Trump no deja entrar a su país porque no quiere terroristas. Y, ahora, el magnate ha prolongado unos minutos esta representación semanasantera al enviar una flotilla con portaaviones incluido cerca de las aguas de Corea del Norte para ponerse en jarras y hacerse el bravucón. Algunos se han levantado de sus butacas y tímidamente le han aplaudido.

No me gusta este tipo de teatro ínfimo y chabacano. Lo que necesitamos es mejores actores y una eficiente compañía teatral que actúe honradamente en este gran teatro del mundo.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 29, 2017

Miguel Hernández

Hoy florecen las higueras, hoy las abejas alimentan el alma de las voces húmedas de limones, hoy pacen las cabras por las huérfanas peñas de Orihuela; hoy los agricultores, con los pies hundidos en barbechos, suben sus codos por candelas y muestran orgullosos sus amplias sonrisas de largos labradores; hoy el río se amansa, se hace suave y tierno, henchido de rayos, y las abarcas, aún vacías, siguen esperando el calor de sus pies; hoy los compañeros callados, compañeros del alma, hablan desde el fondo de la tierra y reverdecen sus abrazos de hermanos; hoy las cebollas se escarchan de lágrimas y los niños se quedan dormidos entre los brazos de sus madres. Hoy hace setenta y cinco años que murió Miguel Hernández, que se alejó de la tierra y se hizo espuma, que se fue pero que nos dejó su voz y una fría herida de lunas que nadie puede cerrar.

Josefina dijo en una ocasión que Miguel nunca escribía en casa. Salía al campo y a veces se pasaba horas antes de regresar; caminaba y escribía en las huertas sentado sobre la tierra o apoyado en un tronco bajo la sombra de un árbol; salía al campo, a donde él pertenecía y de donde se alimentaban sus versos, versos que generosamente florecían con imágenes sublimes, profundas y sinceras. Josefina sabía que Miguel había escrito algo bueno cuando volvía a casa sonriente y ella lo celebraba oyéndole recitar sus poemas.

Siempre que puedo paseo por las calles de Orihuela o visito la tumba de Miguel en el cementerio de Alicante. Son momentos de callada comunión entre su voz y la mía, de exaltado silencio. Pero, a veces, se me enturbia la garganta de hiel cuando me asalta la execrable evidencia de lo insensible y deshumanizada que puede llegar a ser la sociedad con los grandes escritores, con los genios de la palabra, con los creadores de pensamiento. O los fusilamos, o los encerramos en celdas insalubres hasta la muerte, o los olvidamos en vida, que es el peor de los olvidos. Los escritores son patrimonio de la cultura universal; asesinarlos o acallarlos con el hierro de las prisiones debería considerarse un crimen de lesa humanidad. Hace setenta y cinco años enmudeció en Alicante, con tan solo treinta y un años, agujereado su tórax por cánulas por las que supuraba el pus de los pulmones, una de las más excelsas voces poéticas en la Historia de la literatura en lengua española.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 22, 2017

Dedicatorias

Pocas veces el lector conoce la íntima relación del escritor con aquel al que ha dedicado su libro o alguno de sus poemas. Podemos encontrar datos sobre esa persona que ha pasado a la inmortalidad por figurar al comienzo de una obra literaria, pero sería una labor infructuosa tratar de descubrir los impulsos afectuosos que empujaron al autor a encabezar su poema con el nombre de ese amigo o conocido.

Esta semana me he empapado de la poesía de Lorca. Siempre lo tengo cerca, siempre descansa su obra completa en las baldas más accesibles, cerca de mis manos, al alcance de mi voz. He releído los versos de su Romancero gitano con las manos heridas de penas, sedientas de canciones redondas, hambrientas de soledades, huérfanas de trenzas y de lunas. He acariciado de nuevo el poema «Reyerta», esas navajas de Albacete que lucen de sangre contraria, esos fúnebres ángeles negros que aparecen trágicamente y rodean en duelo al asesinado portando pañuelos y agua de nieve, ángeles «con grandes alas/ de navajas de Albacete», ángeles que vuelan por el aire caliente de esa tarde loca de higueras, ángeles «de largas trenzas/ y corazones de aceite».

Un nombre aparece escrito al comienzo del poema: Rafael Méndez. A él está dedicado. Busco información sobre él y encuentro que este murciano, gran aficionado al flamenco y al mundo gitano, que fue alumno de Ramón y Cajal primero y luego de Juan Negrín, catedrático de Fisiología ―quien marcó su carrera profesional―, vivió unos años en la Residencia de Estudiantes, donde entabló una sincera amistad con Severo Ochoa, con Buñuel y, sobre todo, con Lorca, con el que compartió calabozo tras una noche de juerga y de trifulca en un cabaret de la calle Alcalá. Encuentro que este murciano, que se burlaba en clase del anciano Ramón y Cajal cuando sin darse cuenta se guardaba en su bolsillo del pantalón el trapo de borrar la pizarra, fue durante cuatro años investigador en la Universidad de Harvard y acabó trabajando en el Instituto Nacional de Cardiología de Méjico, donde alcanzó su fama internacional en farmacología cardiovascular. He encontrado una foto suya unos años antes de su fallecimiento; se le ve de perfil, de barbilla recta y frente despejada, y con una mirada larga y honda que parece albergar historias inconfesables y sentimientos inefables. Fue a él a quien dedicó Lorca su «Reyerta».

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 15, 2017

Trump

Me lo propuse con firmeza, me obligué a no escribir ni una línea sobre el actual presidente de los Estados Unidos porque no quería malgastar mi tiempo ni mis fuerzas en hablar de él. Simplemente no merece la pena, no hay nada que se pueda hacer desde esta columna ni desde ninguna para que este personaje cambie de rumbo político, oriente sus acciones hacia el bien general de la sociedad, fomente el respeto y la convivencia entre sus ciudadanos, luche contra la desigualdad social, no alimente el fuego de la discordia ni el de la guerra, emplee sus esfuerzos en el diálogo entre naciones, ayude a los más desfavorecidos y sea un ejemplo de valores humanos para una nación que dio sus primeros pasos hace algo más de dos siglos sobre los cimientos de emigrantes provenientes de todos los rincones del mundo, emigrantes que fueron el motor que lanzó y consolidó a los Estados Unidos como una nación grande, poderosa y ejemplar, y todo ello a pesar de su extremada juventud frente a otros países con una Historia y con una cultura milenarias.

Este hombre tan poderoso debe de leer muy poco; este personaje tan relevante para el devenir de la Historia en el ámbito internacional no es en absoluto un abanderado de la cultura. Sus discursos, ideados con la simplicidad retórica de un escolar, construidos con oraciones simples y machaconamente repetidas, recuerdan a los que escupían los tiranos europeos de la II Guerra Mundial frente a cientos de miles de seguidores que los escuchaban con los ojos encendidos, como ovejas hambrientas y asustadas, como feligreses de una funesta secta redentora. Este hombre hace morritos de niño consentido y ensaya posturas histriónicas cuando firma la construcción de un muro de la discordia desde el que mirar con los ojos engolados al país vecino, cuando aprueba una reforma sanitaria que dejará sin seguro médico a unos veinticuatro millones de estadounidenses para ahorrar más de trescientos mil millones de dólares e invertirlos en armamento, cuando prohíbe a cualquier musulmán la entrada a su país o cuando se gasta unos nueve millones de dólares de los contribuyentes, todos los fines de semana, para irse, con su familia a cuestas, a su mansión de Florida.

Tenemos lo que nos merecemos y acabaremos todos sufriendo las consecuencias que se derivan de decisiones precipitadas, poco meditadas y nada inteligentes.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 8, 2017

Sexo débil o fuerte

Recuerdo que fue hace un año, más o menos, cuando se generó en la opinión pública hispanoamericana un intenso debate sobre la conveniencia de que el DLE eliminase algunas entradas que sonaban racistas y xenófobas. Entre ellas, como un negro, que según el DLE equivale a realizar alguna tarea con mucha intensidad o sobrepasando los límites de la regularidad, es una expresión que, para los colectivos que alentaron aquella campaña, habría que censurar ya que «evoca a un pasado de sometimiento que no debería repetirse para ningún ser humano». Sin embargo, y a pesar de los esfuerzos de estas asociaciones, la entrada no ha sido retirada del diccionario. Haber moros en la costa es una frase hecha con la que se recomienda cautela y precaución antes de realizar una acción o de embarcarse en algún proyecto de riesgo, y también está incluido en nuestro diccionario académico. Decimos de alguien a quien gusta hacer payasadas, o que realiza acciones que pueden volverse contra él, que hace el indio, y cuando consultamos el DLE comprobamos que permanece registrado este uso lingüístico. Ni la Real Academia Española ni el DLE son racistas ni xenófobos; sí los hablantes. Lo que nuestro diccionario académico acomete, por tanto, es una labor de registro de los usos lingüísticos de los hablantes de nuestra lengua, y no es tarea suya sacar la homofobia y el racismo del diccionario porque, de hacerlo, no reflejaría la verdadera realidad lingüística, social y cultural de nuestra comunidad de hablantes. Es la misma sociedad y su responsabilidad educativa dentro de las aulas y en el vínculo familiar quien debe asumir este gran proyecto de sensibilización ética y social que, sin duda, mejoraría nuestra convivencia diaria.

La última campaña para limpiar el diccionario de expresiones y términos homófobos ha surgido en varias redes sociales bajo el lema #Yonosoyelsexodebil y solicita la eliminación del DLE de las entradas sexo débil, definido como `Conjunto de las mujeres´, y sexo fuerte (`Conjunto de los hombres´). Este berenjenal parece más embarrado, pero no son aguas movedizas. No tengo constancia de que se emplee sexo fuerte en la actualidad para aludir a los hombres, pero sigue siendo habitual el uso de sexo débil para referirse, de forma peyorativa, a las mujeres. La RAE ha manifestado su compromiso de revisar el caso. La última palabra es suya.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 1, 2017

Pedales

Padecer cáncer no es una batalla de la que salimos vencedores o vencidos, ni tampoco una guerra durante la cual sufrimos derrotas si hay recaídas ni victorias cuando limpiamos nuestro organismo de células cancerosas. Estoy de acuerdo con la postura que defiende un grupo de psicooncólogos según la cual no es aconsejable utilizar un lenguaje bélico ni militar ―excesivamente estresante― para referirse a la actitud que deberían asumir los enfermos de cáncer porque, en efecto, estos pacientes no son héroes ni soldados, ni son vencedores de una lucha a vida o muerte, sino personas que sobrellevan, día a día, una enfermedad que puede resultarles interminable, agotadora y desmoralizadora.

Siempre me he figurado la larga curación del cáncer como una subida en bicicleta de un puerto de montaña de categoría especial. Los profesionales aseguran que, cuando desde abajo, desde el comienzo de la subida, el ciclista mira la cima y la larga carretera sinuosa, y con angustia calcula la inclinación de los eternos kilómetros que restan, el ánimo y las fuerzas flaquean. Para llegar a la cima hay que fijarse en la carretera, dosificar las fuerzas, pedalear sentado o de pie y a un ritmo suave y sacrificado, pero no extenuante. Así podremos llegar, aunque no todos; un pinchazo, una avería, un accidente o una pájara descomunal nos pueden dejar en la cuneta y fuera de carrera. A mí me tocó subir uno de estos puertos, con veintisiete años; entonces era profesor universitario y estaba a punto de ocupar mi plaza como titular de Lengua y Literatura españolas. Y asumiendo el planteamiento senequista y quevedesco de que todos somos condenados a muerte desde el mismo momento en que nacemos y de que esta, la muerte, es el final común con el que tarde o temprano tropezaremos y de que hay hacerlo con serenidad y resignación, respiré hondo, me levanté sobre el sillín y pedaleé varios meses sin ser consciente de los kilómetros que iba recorriendo ni de los que aún me esperaban. Yo llegué, y desde entonces bajo el puerto dejándome llevar por la inclinación, respirando honda y abundantemente la luz que me rodea y aprendiendo a mirar con unos ojos nuevos la nueva vida que voy encontrando tras la cima que pensé que nunca alcanzaría. No somos héroes, pero recordad que hay que pedalear para avanzar, para llegar a las curvas y trazarlas con los dientes apretados y con la sonrisa que nace de tu confianza y de tu determinación.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 22, 2017

Lardero

El jueves lardero (del latín lardum `grasa animal, tocino´), el último antes del miércoles de ceniza, recibe su nombre desde la Edad Media por ser el día señalado para que las gentes se atiborren de carne y como festividad que inaugura los días de carnaval. Hay un refrán castellano que aconseja: «Jueves lardero, carne en el puchero». El Libro de Buen Amor (estr. 1373) nos ofrece una valiosa referencia de esta festividad medieval celebrada en algunos lugares de Castilla, donde los mozos se encargaban de mantear peleles que representaban a personajes eclesiásticos y políticos, escenificaban alguna escena divertida o visitaban al sacerdote para gastarle unas bromas. Las mujeres cocinaban los platos típicos, que consistían en incluir algo de adobo —lomo y chorizo, principalmente—, y, aunque estas recetas variaban dependiendo de la población, en todos los casos se solía preparar una especie de pan o de bollo con algún añadido en el centro. A este alimento lo llaman en algunos lugares coca; en otros, hornazo; en otros, tortilla de Jueves Lardero; y en otros, mona.

Cuando era pequeño no entendía muy bien por qué a este bollo se le llamaba mona. Intentaba encontrarle parecido con alguna parte de la anatomía de un primate; incluso, me esforzaba en justificar en el hornazo un atractivo femenino, por lo de ser mona. Pero mi imaginación no daba para más; y por mucho empeño que hubiese puesto no lo habría conseguido, porque la palabra mona, con el significado de `hornazo, pan cocinado con viandas´, proviene del latín munda (`refinado, exquisito´). En el Diccionario de Autoridades se define mona de esta manera: `Llaman en Valencia y Murcia la torta o rosca que se cuece en el horno, con huevos puestos en ella en cáscara, por Pascua de flores, que en otras partes llaman hornazo´. Estas palabras, que fueron escritas hace trescientos años, nos sorprenden por su actualidad y por su exactitud geográfica, y más cuando, desde un punto de vista folclórico, se mantiene la costumbre de salir al campo para dar buena cuenta del manjar entre generosos tragos de vino, música y baile.

Visto esto, hasta parece que sienta mejor comerse la mona sabiendo que es un plato que lleva cocinándose desde hace siglos, a pesar de que los tiempos modernos ya no casan demasiado con ciertos dogmas eclesiásticos de antaño, como el de mantener el ayuno y la abstinencia de cualquier tipo de carne durante casi dos meses. Difícil trago, sin duda, para muchos.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 16, 2017

Cáncer

Dos mil años llevamos hablando del cáncer. Fue Galeno, en el siglo II, quien le dio este nombre, en lengua griega: lo llamó karkínos (καρκίνος) ―de ahí términos como carcinoma―, que quiere decir ‘cangrejo’, por el parecido de las venas que circundan un tumor canceroso con las patas de este animal. Galeno fue el gran médico de la Antigüedad clásica y, en la época del emperador Cómodo, trabajó unos años en la escuela de gladiadores estudiando y tratando los golpes y heridas. Él hablaba de ellas como las «ventanas en el cuerpo», y, por este motivo, solo los tumores visibles, sobre la piel, los consideraba cancerosos. Durante muchos siglos se siguió creyendo que esos cangrejos temibles que se dejaban ver bajo la piel se introducían luego hasta las vísceras y las devoraban, lenta e inexorablemente, a veces entre dolores espantosos.

A partir de Galeno, botánicos y médicos europeos propusieron teorías y tratamientos para vencer esta enfermedad. Gordonio, famoso médico francés del siglo XIII, estaba convencido de que el cáncer aparecía cuando ardía dentro del cuerpo la melancolía, el más pernicioso de los humores, el que ascendía desde el estómago hasta la cabeza ennegreciendo el espíritu, el corazón y las vísceras. Muy interesante es la Historia de yerbas y plantas, publicada en 1557 por el botánico español Juan de Jaraba; en él, recomienda el uso de la pimpinela pues «las hojas della sanan todas las fístolas. Es buena para el cáncer y dysentería y contra el fluxo de vientre», y, sobre todo, sugiere beber la humedad que expelen las hojas de la alheña (aligustre), «que es buena contra el cáncer de la garganta y boca». El cáncer era considerado una infección grave y mortal si no era tratado convenientemente; por ello, fray Antonio de Guevara, posiblemente el mejor prosista español de la primera mitad del s. XVI, aconseja en su Menosprecio de corte y alabanza de aldea (1539) salir de la ciudad infesta y contaminada e irse a vivir al campo «pues allí no aportan bubas, no se apega sarna, no saben qué cosa es cáncer».

Comprobamos que llevar una vida sana, respirando aire puro, haciendo ejercicio físico y manteniendo una buena alimentación, se viene considerando desde hace siglos una premisa fundamental para evitar o retardar la aparición del cáncer. Las investigaciones avanzan y las ayudas para ello deben continuar. Quién sabe si entre las páginas de un libro de botánica o de medicina antiguo se halle la senda para lograrlo.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 8, 2017

Activismo

Nuestra sociedad actual está enferma; languidece muy deprisa y, si no se aplican curas urgentes y medidas paliativas, este cáncer silencioso acabará por consumirnos. Las células cancerosas nacen sobre todo de la enorme desigualdad social; cada año aumenta la distancia entre los ricos ―que suman tan solo el uno por ciento de la población― y el resto, y este desajuste inhumano lo sufren con especial virulencia los más desfavorecidos. Ante esto, los Estados no hacen apenas nada, porque la connivencia entre el poder y la riqueza ya es un hecho indiscutible: a los que dirigen el poder, cuyos partidos son amamantados por empresarios y banqueros, les interesa que esta situación no cambie y amedrentan a los ciudadanos, que son los que soportan el inhumano peso de la deuda de bancos y gobiernos, para que se queden en sus casas y no protesten.

¿Cómo evitarlo? ¿Cómo impedir que la sociedad se haga fuerte y proteste? Con tres armas silenciosamente destructivas: convertir a los ciudadanos en consumidores desinformados que compren compulsiva e irracionalmente, bombardeándolos con una publicidad engañosa que les ofrece una imagen del bienestar fundamentado en el despilfarro, en convertirlos en un rebaño descontrolado que emplee su tiempo libre no en actividades culturales, sino en llenar grandes almacenes e imponentes centros comerciales; en segundo lugar, procurando que los ciudadanos nos enfrentemos, nos odiemos cada vez más por motivos ideológicos, culturales, religiosos o sociales, y así lograr la desunión y el descrédito de lo público, fortaleciendo una educación y una sanidad privadas en detrimento de las públicas; finalmente, empleando el arma más poderosa: el miedo. El miedo a protestar y que seas procesado por ello; el miedo a perder tu estabilidad laboral y económica; el miedo al vecino, que puede ser un pederasta, un terrorista o un maltratador; el miedo a los que vienen de otros países, de otras culturas, de otras religiones. El miedo desune, dispersa, destruye la solidaridad y nos lleva a la desconfianza del prójimo y, consecuentemente, al individualismo, a enroscarnos como caracoles en nuestro caparazón con la única compañía de nuestros dispositivos móviles con los que accedemos a grupos sociales y muchas veces bajo identidades falsas.

Solo el activismo y la movilización social pueden cambiar esto: las grandes conquistas sociales se lograron así, mediante la unión de todos contra la injusticia.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 3, 2017

No sé nada

No lo sé. Yo no sé nada. Se sientan en el banquillo, frente al juez, acusados de delitos que se pagan con la cárcel. Pero ellos no saben nada. Nunca supieron lo que estaba ocurriendo. Ni ellos ni sus esposas, que bisoñamente estampaban su nombre en cualquier documento que sus maridos colocaban sobre la mesa de la cocina mientras se tomaban el desayuno. Sus firmas en papeles comprometidos las rubricaron sin tener conciencia de lo que se hallaba escrito, en negro sobre blanco, bien clarito y sin borrones. No saben o no recuerdan estos políticos-empresarios de dónde procedía el dinero negro que ingresaban en sus cuentas en Suiza, ni cuándo cargaron sus coches de billetes y de lingotes de oro, ni los empresarios a los que favorecieron a cambio de comisiones. No lo sé, señoría, no recuerdo nada.

Bunhilda Pomsel tampoco sabía nada. Fue secretaria personal de Goebbles, la mecanógrafa que redactaba los documentos personales del ministro nazi, la que escuchaba conversaciones entre miembros del Gobierno alemán, la que vivió los últimos días de vida y el suicidio de su ministro y de Hitler en el búnker construido bajo la Cancillería, pero ella, antes de morir hace unos días a la edad de ciento seis años, insistió en que no sabía nada de las medidas adoptadas por su partido para exterminar a los judíos, no sabía nada ella ni ―insistía― nadie que vivió en la Alemania del III Reich. Murió tranquilamente en la cama de su habitación de un asilo de Múnich, con la conciencia tranquila de no haber roto el juramento de fidelidad que en su día pronunció al incorporarse al partido nazi y frente a su ministro. Ella no sabía nada; nadie sabía nada.

Está claro que aquí nadie sabe nada, como el niño que se ha comido la tarta que estaba sobre la mesa de la cocina y, con la cara manchada de nata, mira a su madre y le asegura que él no ha sido, que él no sabe nada. Esto es lo que viene siendo habitual en los últimos años: cometer un delito y, si te pillan, enlazar las manos en la espalda y con voz y gestos estudiados asegurar y jurar que no entiendes lo que ha sucedido, que tú no sabías nada. Qué socrática e inteligente se nos ha vuelto el hampa: solo sé que no sé nada, señoría, y si usted me manda a prisión, viviré cuando salga de lo que usted no sabe que tengo yo, porque usted no sabe nada, como yo, señoría.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 20, 2017

Cartularios de Valpuesta

Para los no iniciados, un cartulario, también llamado «libro becerro» o «tumbo», era un códice medieval, escrito en monasterios, en cuyos pergaminos los monjes anotaban la relación de sus privilegios y pertenencias, las dádivas y testamentos que recibían así como las ganancias que obtenían de la venta de los productos que elaboraban o de otros bienes. La iglesia-monasterio de Santa María de Valpuesta se encuentra entre Burgos y Vitoria, muy cerca de Miranda de Ebro, en el nordeste de la provincia burgalesa. Fue sede episcopal desde su fundación (804) hasta el s. XI y centro de aquella primera Castilla que se extendía hacia el Sur no más allá de los montes de Oca, como recuerdan los versos del Poema de Fernán González («Entonces era Castiella un pequeño rincón,/ era de castellanos Montes de Oca mojón»). En aquella época, por tanto, Valpuesta fue para Castilla lo que San Millán para La Rioja o San Juan de la Peña para Aragón, y ello explica que bajo sus piedras fueran enterrados los primeros miembros de familias nobles como los Velasco, los Angulo o los Salazar.

A principios del s. IX, en el norte peninsular se seguía hablando latín, pero un latín distinto, con muchas variantes con respecto al culto y literario; era, por tanto, un latín muy dialectal, y sus rasgos diferenciadores se fueron acentuando progresivamente al ser usado, generación tras generación, por el pueblo, analfabeto, o por gente con escasa formación cultural, como era el caso de algunos monjes. Uno de ellos, que vivía en el monasterio de Santa María de Valpuesta a mediados del s. IX, fue escribiendo en pergaminos la relación de donaciones que recibía la comunidad, y en su latín dialectal, descuidado, escribió kaballos en lugar de caballi, o fresno, piele, cuenca o madera en vez de fraxinum, pellem, conca y matera. Son estas las primeras palabras del castellano, muy anteriores a las encontradas en las glosas emilianenses a finales del s. X y durante la centuria siguiente. Los cartularios de Valpuesta, conservados durante siglos en el Archivo Histórico Nacional y que solo despertaban la curiosidad de paleógrafos e historiadores, atesoran, por tanto, la primera documentación escrita de aquel débil dialecto del latín y que hoy es ya la segunda lengua más hablada en el mundo. Los grandes ríos nacen, a veces, de humildes y discretas fuentes.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 4, 2017

Necroturismo

Ha sido un amigo quien me ha invitado a pasar estos días en su pueblo, el Puerto de Santa María, en la provincia de Cádiz. «Por su puesto que iré», le dije, «y lo primero que haré nada más llegar será entrar en el cementerio y visitar la tumba de Alberti, con la bahía a sus pies». Él no terminó de entender que lo que más me ilusionaba, por encima de los palacios señoriales, del puerto y de los pescaítos, era visitar al poeta gaditano, sentarme junto a su tumba, recitar «Si mi voz muriera en tierra» y conversar brevemente con él. Pero al final acabó por comprender esta pasión que llevo conmigo y a la que muchos ya llaman necroturismo.

Los cementerios que albergan los restos de personajes relevantes para la cultura poseen una fascinación y una atracción singulares. Hace algo más de veinte años viajé a Estados Unidos, y, al llegar a Washington, la ruta turística incluía la visita al cementerio militar de Arlington: bosque casi infinito de cruces blancas, bajo cuyo silencio inviolable de mármol y de eternidad yacía una parte sustancial de nuestra Historia, millones de vidas sacrificadas para salvar a la humanidad del caos y de la barbarie. Quien ha viajado a Egipto ha podido conocer personalmente que aquel poderoso imperio de la Antigüedad estaba impregnado por una riquísima cultura funeraria que giraba alrededor de los faraones y que alcanzaba todas las artes. Sin ir tan lejos, al cementerio de Alicante me acerco casi como un peregrino para limpiar la tumba de Miguel Hernández, llevarle flores y hablar con este extraordinario poeta que hizo de su vida un ejemplo de coherencia ideológica y cultural. Más grave es el silencio que exhuma la lápida de Miguel de Unamuno, en el cementerio de Salamanca, un silencio meditabundo y austero, como el que compartía con Pío Baroja cuando salían a pasear por el parque del Retiro: se saludaban ― «Don Pío». «Don Miguel»― y ya no se dirigían la palabra las dos horas que duraban las caminatas, de las que nacieron muchos párrafos para sus novelas. Visité Soria y la tumba de Leonor; visité Collioure y me embargó la emoción frente a la lápida de don Antonio mientras recitaba alguno de sus poemas. Todo pasa y todo queda, mi querido maestro.

Hay empresarios que han encontrado en el necroturismo un filón de oro; para ellos es ocio de calidad y nada masificado que ayuda a preservar el cuidado de los cementerios. De esta tendencia leí hace poco un eslogan brillante: «Un turismo con un futuro de muerte». De eso no cabe ninguna duda.

Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 28, 2016

Libros fríos

Conservo una imagen vaga de Julián, pero lo suficientemente clara como para recordar que, cuando aquel diciembre llegaba a su fin, quiso recibirme en su despacho. La cara se difumina en la niebla de los años, pero lo sigo viendo alto y delgado, de voz grave y verbo pausado, de pelo negro y gafas madrugadoras, y fumaba con tanta solemnidad que parecía que el humo condensaba y amalgamaba sus pensamientos. Era catedrático, especialista en lenguas clásicas y semíticas, traductor de la Biblia, y gracias a nuestras largas conversaciones me adentré en los dédalos de la cábala, en el inabarcable horizonte de las interpretaciones bíblicas y supe de los errores de traducción que zanganean en la Vulgata y que se han conservado a lo largo de los siglos en las versiones vernáculas. Aquel día abrió la puerta con su sonrisa cordial, y, una vez dentro, me señaló una pila de libros que descansaban sobre su mesa de estudio y me dijo, con unas palabras húmedas de nicotina rancia, que eran míos, que me los regalaba, que había decidido deshacerse de los que ya había leído. Todos los años elegía a un compañero de docencia, y aquel diciembre me escogió a mí. Mi incredulidad lo animó a insistir en que me los llevase todos, pero por discreción solo tomé unos pocos. «Gracias. Los otros ya los tengo, Julián», mentí. Algunos años más tarde supe que aquel profesor vació las baldas de su biblioteca, se deshizo de sus libros como el que va dejando caer al suelo las piedrecitas que mantiene apretadas y calientes en la mano. No le quedaba mucho tiempo de vida y su deseo fue compartir sus libros con la gente más cercana.

Hoy, veinte años más tarde, confieso que aún no los he leído; permanecen en una de las estanterías de mi biblioteca, quietos y callados. No me siento aún con el ánimo de sacarlos de su letargo, de abrirlos y de recorrer las páginas que un día pasaron los dedos amarillos y cansados de ceniza de Julián. Hoy ―y ya que estamos de confesiones― admito que, a veces, regalo algunos libros de mi biblioteca, y no necesariamente a finales de diciembre; lo hago porque siento que ya no son míos, que no forman parte de mi existencia, que estarían más cómodos descansando entre los libros de otra balda de otra biblioteca. Son esos libros para mí como las frías fotos de álbumes que ya no te interesan y que ni siquiera te emocionan. Quizás por ello aún no me atrevo a abrir los libros que tomé regalados de la mesa de estudio de mi compañero.

Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 21, 2016

Navidear

Unos grandes almacenes han ideado una acertadísima campaña publicitaria para estas fiestas navideñas. Ha sido diseñada sobre la base de dos principios: elaborar un mensaje breve, contundente, atractivo y de fácil memorización; y, por otro lado, vigorizar lo que muchos llaman el espíritu de la navidad, que no es más que el hambre consumista que a los ciudadanos ―como perros de Pavlov― les sobreviene cada vez que oyen campanas de trineos, villancicos interpretados en todos los géneros musicales, o cada vez que sus ojos son bombardeados con irritantes lucecitas parpadeantes que duran más que el conejito de Duracell, con interminables anuncios de publicidad en cualquier medio de comunicación o con las soporíferas decoraciones de calles, establecimientos y balcones. Salivamos y nos echamos la mano al bolsillo para comprar, para consumir, para gastar más de lo deberíamos.

El mensaje comercial al que aludía más arriba lo forma una sola palabra, un verbo creado con mucho acierto por el equipo de publicidad: navidear. Insisten en que hay que navidear, y lo aplican en todos los contextos consumistas imaginables. Navideemos «empezando a pensar qué regalar este año» o «poniéndote en forma también en estas fechas»; navidear es comprar «los juguetes que cobran vida», «decorando el árbol hasta que no se vea el árbol» y «mostrando la esencia de la navidad en cada detalle». Una buena idea de navideo es regalando libros, que son «emociones en cada página», o sorprendiendo con un perfume «envolviéndote en un aroma único». La gastronomía es un condimento esencial en el espíritu navideño, y se nos invita a navidear «enviando una felicitación… o, casi mejor, un jamón», «con vino blanco de primero, de segundo tinto, ¡y de postre cava!», «probando todos los dulces de la bandeja» o «preparando con los tuyos el roscón de reyes». Y, para que estas fechas sean perfectas, «navidea empezando el año en un lugar diferente», vamos, que lo mejor, después de haber comprado el árbol y las bolitas, de haberte dejado medio sueldo en inútiles regalos de compromiso y de haberte puesto como un lechón empancinándote hasta explotar, lo mejor, digo, es hacer el petate y salir por patas unos días con tal de perder de vista a ciertos comensales indeseados y, de paso, dejarlos bailando al ritmo de esos villancicos que suenan dentro de los gorros navideños que se venden como churros en los chinos. El neologismo es atinado, pero no me encuentro entre sus feligreses.

Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 16, 2016

Nardos

No es la primera vez que, en el trayecto de casa al trabajo ―sobre todo los días en que me siento ágil y animado―, se me cuela de manera inesperada una canción y ya se me queda en las neuronas varias horas e incluso días. Lo que no deja de sorprenderme no es el insolente hospedaje de la letra y de la música en vaya usted a saber qué alcoba de mi cabeza, sino el dato de que estas piezas suelen ser pasodobles o fragmentos de zarzuelas, géneros musicales que, con todos mis respetos, no son santos de mi devoción. ¡Qué abismos quedan por descubrir en nuestro inconsciente! Llevo un par de días con los nardos de Sarita Montiel echando raíces en mi materia gris: «Lleve usted nardos, caballero, si es que quiere a una mujer. Nardos no cuestan dinero y son lo primero para convencer». Y como los nardos no se me secan por mucho empeño herbicida que le ponga, he decidido mantener la serenidad y hacer de mi enemigo un aliado. Por lo tanto, he emprendido la tarea de seguir el perfume con el que esta flor ha impregnado las páginas de algunos libros.

Antes que nada, no está de más recordar que el nardo, que atesora la propiedad de seguir emanando sus efluvios aromáticos aun dos días después de ser cortado, embriaga con su irresistible perfume las voluntades, lo que explica que durante el Renacimiento fuese una flor prohibida para las jóvenes. Dejo a un lado la simbología fálica y sexual de esta flor en los versos de Lorca («¡Oh mujer potente de ébano y de nardo!/ cuyo aliento tiene blancor de biznagas») y de Miguel Hernández («Una paloma sube a tu cintura,/ baja a la tierra un nardo interminable») y me voy a la Biblia. En el Cantar de los Cantares, la novia, embriagada de amor, confiesa: «Mientras el rey se halla en su diván, mi nardo exhala su fragancia./ Bolsita de mirra es mi amado para mí, que reposa entre mis pechos» (1, 12-13). Y en su evangelio, san Juan recuerda que, cuando Jesús fue a Betania a visitar a Lázaro ―el resucitado―, la hermana de este, María, «tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. Y la casa se llenó del olor del perfume» (12, 3). Ungió sus pies con perfume de nardo y los secó con sus cabellos, y la casa se impregnó de su fragancia. Con las palabras exactas y con un estilo claro y sencillo, cuánta belleza, cuánta dulzura, qué escena más embriagadora. Mis nardos ya no son los de la Montiel.

Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 15, 2016

Quijotes

Oscuros y espesos son los lodos de los tóxicos barros de nuestra política. Políticos ladrones y corruptos han dado un empujoncito macabro a este país para que no consiga salir de las arenas movedizas del estancamiento económico en las que se está fatigando hasta la extenuación. Lo demás es postureo y falsos mensajes para intentar calmar el desasosiego general. Mal momento para celebrar el 38º aniversario de una Constitución que muchos españoles no han leído, que no entusiasma y que, en algunos de sus artículos, necesita una reforma urgente; mal momento para mostrar una impostada mueca de orgullo constitucional. Nos tenemos que tapar la nariz todos los que hacemos esfuerzos ingentes para llegar a fin de mes, todos los que estamos perdiendo poder adquisitivo en los últimos quince años, todos los ancianos sobre cuyas espaldas de pensionistas soportan la manutención de hijos y nietos, todos los que están perdiendo sus hogares y los que aún no lo tienen, todas las familias que deben asumir los cuidados y medicamentos para grandes dependientes, todos los jóvenes que salen de los vomitorios de las universidades y se despiertan en una sociedad que les cierra puertas y que aniquila brutalmente su optimismo, todos los que engrosan largas y vergonzantes colas de paro, todos los que deciden acabar con todo y quitarse la vida ―diez al día: casi cuatro mil españoles se quitaron la vida el año pasado. Qué humillante fracaso social silenciado por el Gobierno―. «Los voté, sí, pero me tapé la nariz cuando metí la papeleta en la urna», dijo uno hace poco. Esta es una fotografía que nos podría retratar a millones de ciudadanos: respirar por la boca para no sentir el hedor de tanta basura.

He releído algunas declaraciones del Expresidente de Uruguay, el señor José Alberto Mujica. Son siempre un bálsamo aromático y revitalizador en medio de este muladar de miserias morales y de eternas vanidades. Quisiera destacar un pensamiento: «Pertenezco a una generación que quiso cambiar el mundo. Fui aplastado, derrotado, pulverizado, pero sigo soñando que vale la pena luchar para que la gente pueda vivir un poco mejor y con un mayor sentido de la igualdad». Ante el panorama actual, solo hay hueco para el esfuerzo y el compromiso guiados por ideales nobles. Ahora que van terminando los fastos por el IV centenario de la muerte de Cervantes, nuestra solución actual es abanderar una actitud quijotesca frente a estos nauseabundos gigantes modernos.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 30, 2016

Soria

Soria era una visita necesaria. Urgente. Es difícil sentir con plenitud la prosa de Bécquer, los versos de Antonio Machado y de Gerardo Diego o las descripciones del Cantar de Mio Cid sin conocer la ciudad y los paisajes sorianos. Si me permiten una comparación, imaginen por un momento el gran vacío emocional que puede sondarse en un enamorado de la cultura clásica greco-latina que no hubiese estado en Atenas o en Roma o en Pompeya. Un íntimo amigo mío ―al que le dedico este artículo― me recomendó que antes y durante la visita leyese el libro Donde la vieja Castilla se acaba: Soria, de Avelino Hernández ―«Un clásico de la literatura castellana y española», en palabras de Julio Llamazares―. Y así hice. Y no me defraudó. Sus páginas están escritas pensando en un libro de viajes, pero lo que hace extraordinaria esta obra es que toda ella está impregnada de Historia, de folclore, de literatura, pero, sobre todo, de esencialidad: conocer lo que nos rodea es amarlo, y amarlo en su esencia es comprenderlo desde dentro.

Hace unos días, por fin, entré en Soria. Crucé su muralla, paseé por sus calles y por su alameda junto al Duero, sentí su silencio de piedra y verso, y disfruté de la apacibilidad de sus gentes. Me impresionó descubrir en las páginas de A. Hernández que Soria fue destruida por el rey de Navarra en 1196, la asolaron los aragoneses en 1224, Alfonso IX la sembró de sal en 1328, don Enrique la devastó treinta años después, los franceses luego la quemaron, y que en 1429 fue reducida a ruinas por los soldados de Aragón. Posteriormente, como una nueva Numancia, férrea e inmutable, volvió a levantar cabeza, pero los Austrias la demolieron para que no gobernasen los Borbones, y con Napoleón fue destruida para echar al invasor galo, y aún hubo de sufrir algún destrozo más a mediados del s. XIX. Ciudad heroica, sin duda; invencible, pero subyugada por tanta herida. Y todo ello es lo que hace de Soria una villa admirable, recoleta y sencilla, en cuyas piedras y agua se perciben el peso de la Historia, el rumor del silencio, la emoción contenida de los escritores que en ella vivieron, amaron y sufrieron. Soria es esencialidad, en ella leemos el lento transcurso de los siglos, la paciente caricia del Duero y el sueño de sus álamos. Regresaré a ella, no sé cuándo, quién sabe si más ligero de equipaje.

Older Posts »

Categorías