Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 24, 2010

Pécoras (24-9-10)

Recuerdo que un profesor mío de la Universidad aprovechó su explicación sobre la estructura narrativa de la Odisea para comentar que desde los orígenes de la literatura europea se ha plasmado el deseo del hombre de viajar, y que, por tanto, debían considerarse inherentes los conceptos de literatura y viaje, aunque este fuera imaginario. ¿Acaso, cuando abrimos un libro y comenzamos a leerlo, no viajamos al espacio —real o imaginario— en el que el autor desarrolla la acción?

Viajar es mi pasión, y, cuando me han preguntado sobre este placer, he comentado que no lo concibo sin otro que siempre lo acompaña al margen del literario: el gastronómico. Comparto la opinión de que el mantel es un espejo en el que podemos contemplar la idiosincrasia y las costumbres de un pueblo, y no importa que la mesa sea pobre o elegante, que los platos conlleven una preparación sencilla o complicada: saborear un buen plato es una forma extraordinaria de bucear en la historia y en la cultura del lugar, y más si lleva elaborándose durante muchos siglos. Esto es lo que descubrí en Italia con el queso pecorino de la Toscana; dulce, delicado pero con cuerpo, se sigue elaborando artesanalmente como se hacía durante el Imperio Romano y como aparece en la Naturalis Historiae de Plinio el Viejo (libro XI). Una sensación parecida a la de un arqueólogo que descubre un hallazgo en excelente estado de conservación fue la que sentí al paladear ese sabor a pasto verde, a un pasto que viene alimentando a esas ovejas desde hace miles de años.

Oveja, en italiano, se dice y escribe pecora, de ahí lo de queso pecorino, es decir, “de oveja”. El término proviene del latín pecus (`ganado´, `res´), del que han derivado otros y que conservamos, como pecuario (`relativo al ganado´). Como el ganado constituía una gran fuente de riqueza en las sociedades antiguas, se entiende la existencia de palabras derivadas de pecus, como peculio (`dinero, ahorros´), o pecunia (`moneda o dinero´), que era el nombre dado a una moneda que llevaba grabada la imagen de una res o de una oveja. De peculio nació el término peculiar, que, en un principio, se refería a la fortuna de cada persona, y que ahora se aplica a lo que es propio o privativo de alguien.

Pero no nos salgamos del redil y volvamos con las ovejitas. A principios del siglo XIX entró en nuestra lengua una expresión proveniente del italiano, mala pécora, para referirse a una mujer malvada y viciosa, o a una prostituta. La frase, que podríamos traducir como `mala oveja´, convive desde entonces con la española ser la oveja negra, que, aunque no es tan dura como la italiana, tampoco es un plato de gusto para nadie. El negro está asociado desde la antigua Grecia al infortunio; los magistrados públicos se elegían extrayendo un haba de una bolsa cerrada que contenía algunas blancas y otras negras: si el haba era negra, no salía elegido. La expresión tocarle a uno la negra proviene de esta costumbre. Con todo esto se entiende que, antiguamente, el que naciera una oveja negra se considerase como un anuncio de mala suerte, y que fuese vendida o sacrificada lo antes posible.

Ya ven que tampoco es demasiado costoso descubrir que ser la oveja negra no implica ser una mala pécora, entre otras razones porque aquella puede dar una leche de excelente calidad, mientras que esta la suele tener muy mala. Son las consecuencias del mal carácter.

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