Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 30, 2009

Se acabó la función (30-10-09)

En 1968, uno de nuestros mejores poetas contemporáneos, Jaime Gil de Biedma, publicó su libro Poemas póstumos. En él está incluida la composición “No volveré a ser joven”, y a lo largo de sus cuatro últimos versos, de manera confesional, declara: “Pero ha pasado el tiempo / y la verdad desagradable asoma: / envejecer, morir, / es el único argumento de la obra”.

No fue este escritor el único que se asomó al abismo de la muerte desde la visión de nuestra existencia como una representación teatral; de hecho, estamos ante una imagen que desde los clásicos greco-romanos llegó a nuestra literatura más temprana y se consolidó con autores como Calderón de la Barca. Las razones para referirse a la vida y existencia humanas como una obra dramática son diversas y no entraremos ahora a analizarlas, pero sí resulta altamente llamativo el origen etimológico de los términos difunto y defunción. El primero de ellos proviene del latín defunctus, participio de defungi, que significaba `pagar una deuda´; por ello, los romanos comenzaron a emplear la frase vita defungi (`pagar con la vida´) para morir, fallecer. Resulta estremecedor por su crudeza y hondo realismo el hecho de que los latinos consideraran la muerte como el pago o deuda de los hombres por vivir, por su existencia. Si nos acercamos al vocablo defunción, que está emparentado con el que acabamos de revisar, vemos que proviene de defunctio, formado a partir del latino functio, que significa `cumplimiento o pago de algo´, y de aquí han derivado vocablos en castellano como funcionario (`el que cumple con algo´) o fungible (`que se consume´, `consumible´), y, por supuesto, el que más nos interesa ahora, función. Y aquí cerramos el círculo: una representación teatral es una función, que es cumplir con un público, acaso como una defunción, que es cumplir con la existencia mediante el pago con nuestra vida.

La vida dura, a veces, un suspiro, tan breve como la representación de una obra en la que protagonizamos el papel que nos ha tocado y en la que compartimos función con la gente que nos rodea, también caracterizada en su papel particular. Y, como toda obra, todo es un engaño, es una mera pantomima: la vida es una función hipócrita en la que nos vemos obligados a interpretar nuestro papel, y, en el caso de que no cumplamos con él, seríamos criticados, vilipendiados y apartados de la profesión. Algunos consideran que una buena actuación aquí, en vida, nos asegura una inmortalidad sosegada allí, en la otra. El problema es que no solemos contar con un buen director teatral que nos diga dónde tenemos que situarnos y qué debemos decir en cada situación y en cada escena, y somos muchos los que hemos tenido que aprender de los propios golpes, a base de actuaciones ridículas, irrisorias y funestas. Y no sé si de estos golpes y humillaciones obtendremos los linimentos reconfortantes de esa posible otra vida eterna, pacífica y descansada. De cualquier forma, considero que la única certeza a la que el ser humano se puede aferrar, y más ahora que estamos a unos días del uno de noviembre, es que, al final, la muerte es el único y merecido pago que recibiremos por vivir, por existir y acaso por soñar sobre estas tablas que pisamos.


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