Posteado por: josejuanmorcillo | Julio 3, 2009

Fuegos (3-7-09)

Se sabe que, cuando el invierno ha sido lluvioso y el verano se presenta seco, el riesgo de incendio es bastante alto. Por ello, y en previsión del desastre, se desbrozan los montes cuando comienza la primavera, se intensifica la vigilancia para localizar de manera inmediata un foco de incendio y se endurecen las penas que hay que aplicar a los pirómanos. Este riesgo es oficial sobre todo a partir del solsticio de verano. Fueron los romanos los que dieron este nombre (solstitium), que es un compuesto que está formado por las palabras sol y stare (`estar parado´) porque, para ellos, durante este día parecía como que el sol no se iba a poner nunca.

No podemos negar que una hoguera tiene algo de hipnótico, y quizás se deba al carácter atávico y misterioso que encierra el hecho de que el fuego ha estado acompañando a la humanidad desde que es tal. En todas las civilizaciones del planeta, desaparecidas o no, la simbología del fuego y su adoración es, curiosamente, muy parecida. En los jeroglíficos egipcios, el fuego aparece asociado a la idea de vida y salud porque lo relacionaban con el calor del cuerpo; siglos más tarde, Heráclito consideraba al fuego como un agente de transformación, ya que todo nace del fuego y a él vuelve; y es más: es capaz de asimilarse al agua, por lo que, además de transformar, regenera, lo cual explica que muchos ritos que se conservan hoy en día, como las hogueras de San Juan, se lleven a cabo por una finalidad purificadora y para asegurarse, a través de la ceniza y las ascuas, el bienestar del hombre y el crecimiento de las cosechas. El médico Paracelso, del que hablaremos en otra ocasión, estimaba que el fuego y la vida eran dos fenómenos idénticos, ya que, para alimentarse, necesitan consumir materia ajena, y esta idea influyó notablemente en el pensamiento existencialista de algunos de los grandes filósofos de finales del siglo XIX y principios del XX, como Kierkagaard o Schopenhauer.

La palabra fuego proviene del latín focus, cuyo significado era `hogar, casa´. De hecho, hace siglos, se podía encontrar el uso culto del término fuego con el sentido de `casa´ o `vecino´, y, así, podemos leer en el Arte de la lengua española, escrito por Gonzalo Correas en 1625, lo siguiente: “Salamanca tiene más de veinte pilas [`parroquias´] y más de cinco mil fuegos”. O el gran escritor renacentista fray Antonio de Guevara, en su Marco Antonio, de 1528, escribe: “Cuando Thebas estaba en su prosperidad, dicen que llegó a tener doscientos mil fuegos”. Relacionado con focus existían el adjetivo focaris, del que derivó el actual hogar, y el sustantivo focacia (`panecillo cocido bajo la ceniza´), que ha evolucionado al castellano como hogaza.

No quiero fatigarles más, pero sí al menos déjenme recordarles que el verano manchego es como fuego derramado desde arriba y que, por muy acostumbrados que estemos a él, crispa, agota y desespera. Cervantes, acostumbrado a viajar mucho por La Mancha, conocía los efectos aplastantes de este sol veraniego y, por ello, desempolvó en una ocasión el siguiente refrán: “Responder al airado es echar leña en el fuego”. Casa, agua y calma son los mejores antídotos contra el fuego que nos llueve del cielo.


Dejar una respuesta

Su respuesta:

Categorías