Posteado por: josejuanmorcillo | Junio 26, 2009

Cantimploras (26-6-09)

Si tuviésemos que escoger un objeto con el que podamos identificar al ciudadano moderno de este siglo XXI, y si para ello descartásemos todos aquellos que pertenecen al ámbito de la tecnología de la comunicación, creo que me quedaría con el botellín de agua. Sorprendente respuesta, dirán ustedes, inesperada también, por qué no, pero fíjense cómo está presente este humilde y deseado recipiente en la vida cotidiana de todos nosotros. Ya sea en el trabajo, en el coche o practicando cualquier deporte; ya sea paseando, corriendo o haciendo arrumacos a su amor bajo la sombra de un árbol, todos, ya sean niños, adultos o ancianos, suelen llevar en una mano el botellín de agua de plástico. Y, como bien sabemos, esto no solo ocurre cuando aprieta el calor. Para la costumbre de acarrear esta singular botellita también ha influido la opinión de dietistas, médicos y endocrinos, apoyada por la publicidad, de que ingerir una determinada cantidad de agua es necesario y saludable para nuestro organismo. Tomar agua, aun cuando no haya sed, ayuda a eliminar grasa y toxinas de nuestro cuerpo. Ahora bien, este mensaje mesiánico está llevando a muchos al paroxismo de beber al día más agua de la que el organismo puede tolerar, y esto acarrea una pérdida letal de magnesio y del potasio de los riñones, lo que conduce a una disfunción letal. A este nuevo trastorno del comportamiento y de la salud lo han llamado potomanía, término formado de la palabra griega potos (`agua´), de la que existen otros como hipopótamo (`caballo de río´) o Mesopotamia (`en medio de los ríos´, la civilización que se desarrolló entre los ríos Tigris y Éufrates).

El uso de este entrañable recipiente no es una costumbre moderna. A finales del siglo XV se popularizó en los hogares españoles un utensilio que llegó a ser tan revolucionario como siglos más tarde lo sería la lavadora o el microondas. Era una vasija, generalmente de estaño o cobre, de cuello largo, reluciente y más ancha que una garrafa, y que servía para enfriar el agua. El recipiente no tenía nombre, y en Cataluña le dieron el de canta i plora (`canta y llora´) porque durante el proceso de almacenamiento del agua se oía un continuo y melódico goteo. En Castilla, en el último tercio del siglo XV, aparece documentado por primera vez el catalanismo como cantimplora. En algunos de los mejores escritores áureos, como es el caso de Cervantes, podemos leer este término, que pronto se aplicó a recipientes más pequeños. Así, en el capítulo en el que se narra que Sancho Panza toma posesión de la ínsula Barataria, el escritor escribe dirigiéndose al sol: “¡Oh perpetuo descubridor de los antípodas, hacha del mundo, ojo del cielo, meneo dulce de las cantimploras, [...]!”. Años más tarde, un autor fue más allá: en El burlador de Sevilla, pieza en la que Tirso de Molina creó e inmortalizó el personaje de Don Juan, hay una escena en la que éste debe conquistar a una joven pasándose por otro; y a la chica la definen como mujer cantimplora al ser “rosada y fría”, es decir, hermosa y desdeñosa.

Hoy sigue habiendo mujeres cantimploras, pero no podríamos llamarlas así. El otro día recordó alguien que hay botellines que se fabrican imitando las finas curvas femeninas para subrayar el efecto beneficioso que la ingesta de agua produce en la dieta. Y menos mal, porque si los envases tuviesen forma de cantimplora seguro que no venderían tantos.


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