No nos engañemos. No se trata de mi vecino del cuarto, ni de mí, ni de un concejal de un ayuntamiento pequeño, sino de una figura mediática de primer orden. Un personaje de este peso informativo puede pronunciar una palabra nueva, sacarse de la chistera un término nunca antes empleado y, con él, provocar un maremoto en los medios de comunicación parecido al de un meteorito al chocar contra un océano. Esto es lo que ha sucedido con Joan Laporta, el presidente del Fútbol Club Barcelona, cuando, al contestar si estaba nervioso por los últimos fichajes de su eterno rival, el Real Madrid, ha respondido que se encontraba “tritranquilo”. Pudo haber empleado otros prefijos como súper-, mega-, archi- o híper-, o haber dicho que se sentía “doblemente tranquilo” o “bastante tranquilo”, o “mazo tranquilo”, como es moda hoy en día entre la juventud, pero escogió tri- y dijo eso de “tritranquilo”, que gramaticalmente es correcto, pero que nos costó digerirlo como si nos hubiésemos bebido una docena de trinaranjus. El presidente está tritranquilo, de eso no hay duda, y seguro que para llegar a ese nirvana deportivo ha influido y mucho el triplete logrado por el Barça esta temporada. Por este triunfo, y quizás también por algo de pelusilla al ver los negocios del vecino merengue, dejó caer lo de “tritranquilo”.
Puede resultar curioso o incluso chocante, pero la palabra muchos no existe en todos los idiomas, lo cual ha acarreado confusiones inesperadas y malentendidos inconscientes a la hora de interpretar algunos escritos. Así, por ejemplo, en arameo, lengua semítica que aún se habla en algunas zonas de Siria y que fue la lengua materna de Jesús, se emplea la palabra cuarenta para decir muchos, de tal forma que la frase aramea por cuarenta días equivale a por muchos días. Como el arameo es una de las lenguas bíblicas, entendemos que los cuarenta días del diluvio universal no fueron exactamente esos, sino muchos; y cuando leemos en el Nuevo Testamento que Jesús ayunó en el desierto durante cuarenta días, debemos pensar también que, sin saber el número exacto, pasó una larga temporada sufriendo hambre, sed y calor; o cuando san Pablo confiesa que recibió de los judíos cuarenta azotes menos uno, da a entender que le dieron una buena tunda, pero que no fue muy exagerada. Con todo, no es necesario que acudamos única y exclusivamente a la Biblia; en la tradición literaria de origen árabe también podemos hallar este uso lingüístico: así, en Las mil y una noches se nos cuenta la historia de Alí Babá y los cuarenta ladrones, que está basada en la historia de este rey sudanés, que decidió sellar todas sus minas de oro para no compartir el botín, lo que le costó la derrota militar a manos del ejército de Bagdad. Los ladrones de Alí Babá –como ya podemos imaginarnos- formarían una tropa de aúpa, no exactamente de cuarenta angelitos, pero seguro que habría muchos.
Esta mañana he coincidido con un vecino en el ascensor. Muy simpático, todo hay que decirlo, pero al percatarse de que las canas ya están campando a sus anchas por mi cabeza me ha preguntado la edad. “Cuarenta años, Juan”, le he respondido. “Y eso ya es mucho”, pensé, mientras abría la puerta de mi casa con cierta tritranquilidad.