La temporada futbolística de este año ha llegado a su fin con la disputa de la final de la Copa de Europa entre el Barcelona y el Manchester. Y la magnífica victoria del Barça, con mi paisano, Andrés Iniesta. Histórico. Muchos respirarán aliviados de verse libres de tantas horas futboleras transmitidas por radio y televisión, pero a mí me interesa bastante todo lo referente al deporte porque no cabe duda de que, dentro del campo periodístico, es en este ámbito donde la lengua española alcanza su mayor actividad creadora, y sobre todo en las crónicas escritas, que atesoran una magnífica colección de figuras retóricas, frente a las orales, más proclives al error lingüístico. Debido a la gran aceptación social que vive el deporte en España, y principalmente el fútbol -el deporte rey-, algunos lingüistas relevantes han subrayado la decisiva influencia que los periodistas deportivos ejercen sobre los oyentes. Tanto es así, que el académico Lázaro Carreter definió la crónica deportiva –tanto oral como escrita- como el más destacado “taller de forja idiomática”.
Pero el lenguaje deportivo también tiene sus detractores. Y, así, se le achaca, y no sin razón, el hecho de introducir excesivos e innecesarios extranjerismos (sponsor, míster, doping, manager, etc.), de usar numerosas frases hechas, tópicos y construcciones vacías de contenido (El fútbol es así, Juegan once contra once, etc.), y de poner de moda usos lingüísticos agramaticales.
De cualquier manera, y pese a quien le pese, la trascendencia social del periodismo deportivo queda reflejada en las siguientes cifras: los cuatro diarios deportivos de tirada nacional (Marca, As, Sport, Mundo Deportivo) son leídos diariamente por casi cuatro millones de personas, y, desde hace más de diez años, Marca es el periódico que más lectores tiene en España. El enorme consumo de información deportiva, así como la presencia de este fenómeno social en la vida normal de los españoles, no hacen más que corroborar que la identificación de la población con el deporte alcanza cotas inimaginables hace tan sólo unas décadas.
Pero el término deporte no siempre se utilizó con el significado de hoy en día. A principios del siglo XIII apareció en nuestra lengua el verbo deportarse, y que quería decir `divertirse, descansar´, y de él surgió la palabra deporte para referirse a cualquier tipo de entretenimiento, ya fuera dentro de una casa o al aire libre. Son muchos los ejemplos que podríamos traer ahora aquí, pero recuerdo uno que aparece en la novela de caballería Tirante el Blanco. En uno de sus capítulos, la reina sorprende a su hija acostada con Tirante, y, en lugar de reprenderla, da media vuelta guardando para sí una pícara y melancólica sonrisa. Martorell, el autor, escribe a continuación: “E assí pasaron los dos enamorados toda la noche en su deseado deporte, como suelen hazer los que mucho se quieren”.
Seguro que algunos de nuestros lectores estarán pensando que esto sí que es un deporte y no correr tras una pelota. Tampoco los médicos actuales van muy desencaminados cuando aconsejan que, para prevenir enfermedades cardiovasculares, es el apareamiento el mejor recreo… o deporte, como ustedes prefieran.