La llegada del buen tiempo permite que en numerosas poblaciones de nuestra geografía se celebren mercados medievales. A pesar de las decoraciones que engalanan las calles y de los trajes de época con los que se atavían algunos saltimbanquis, actores y los vendedores de artesanía popular y los de productos gastronómicos, la esencia medieval brilla por su ausencia, al menos en aquellos mercados que he visitado. Hace unos días estuve con mi cuñado Miguel y con los niños visitando uno que se instaló a los pies de la catedral, y, en uno de los puestos, un señor ataviado con turbante, camisa deshilachada y calzones roídos vendía al público chupitos y mojitos a precios populares. Mi cuñado y yo sonreímos por lo modernos que se nos habían vuelto estos bodegueros medievales.
Pero, en fin, nadie hace daño a nadie y pasas un rato ameno. A donde afortunadamente no fui, a pesar de la invitación que me ofrecieron, fue a un pueblo castellano donde se celebraban unas fiestas romanas. Hubo críticas porque los legionarios que desfilaban por las calles lucían unas deportivas de última generación, pero casi todas las reprobaciones surgieron por el mal gusto que tuvieron los organizadores de escenificar de manera demasiado realista una subasta de esclavos en unos actos que deben sobresalir más por aspectos lúdico-festivos y no por mostrar los matices depravados y vergonzosos de una sociedad y de una época ya pasadas. Menos mal que no les dieron por representar una orgía báquica. Es justo y casi obligado aprender la historia de Roma, la cultura y las leyes del que llegó a ser uno de los más poderosos imperios de la Antigüedad. Pero aquella sociedad que impusieron como modélica tenía algunas imperfecciones, y una de ellas era la trata de esclavos. La sociedad romana fue esencialmente esclavista, y su economía, como su sociedad, dependían del trabajo de esclavos, que eran fundamentales en los latifundios, minas e industrias. Los esclavos eran propiedad absoluta de su dueño, por lo que carecían de personalidad jurídica, de propiedad y hasta de familia propia: sus hijos eran también propiedad del amo. Como los enseres de una casa, podían hacer lo que quisieran con estas gentes: desde darles la libertad hasta prostituirlos, azotarlos o matarlos si no eran lo eficientes y leales que debían ser. La forma más normal de adquirirlos era mediante subasta pública en el Foro. Siempre que se subastaba cualquier mercancía (bienes decomisados, alimentos, esclavos,…) se clavaba una lanza en el suelo, y la acción jurídica de aquello se llamaba Ex auctionibus hastae. Y la orden era clara: sub hasta vendere (vender lo que esté señalado por la lanza). De esta expresión surgió en latín el verbo subhastare, y de aquí nuestro actual subastar. Durante la Guerra de las Galias se subastaron aproximadamente un millón de esclavos.
Sobre el año 500 a. C., en Babilonia, las esposas se subastaban por ley. Era ilegal conseguir cónyuge fuera de este proceso de compra. La operación, que era anual, comenzaba con la subasta de la mujer más bella y luego se procedía una a una con las demás. Las menos agraciadas físicamente tenían, incluso, que pagar una cantidad de dinero para que fueran aceptadas en la subasta. Y miren por dónde que dos mil quinientos años más tarde, en una discoteca de Granada, y tras pasar pruebas como bailar y desfilar sobre el escenario, se ha llevado a cabo una subasta de chicas solteras en un horario reservado a menores de dieciocho años. El chico que ganara la puja disponía de un espacio reservado en la sala para estar con la chica subastada. Bochornoso. Yo ya no sé qué nos queda por ver.