Todavía hoy seguimos sobrecogiéndonos al recordar el seísmo acontecido hace unos días en el centro de Italia y cuyo epicentro se situó en la ciudad medieval de L´Aquila. Impresiona el número de muertos hallados entre las ruinas y estremece la cantidad de desaparecidos que, con toda seguridad, siguen bajo los escombros; entristece asimismo observar las imágenes tomadas desde el aire en las que se comprueba que todos los edificios históricos de la ciudad, que forman parte del rico patrimonio cultural y artístico de Italia y del mundo, han sufrido en mayor o menor medida las consecuencias del terremoto. Quise captar imágenes y datos de la tragedia, así que entré en un buscador de internet y hallé varias páginas de la agencia Reuters en América Latina. Entre un baile de cifras y de fuentes, lo primero que me saltó a la vista fue un uso lingüístico que marca y define la realidad del español entre los países hispanoamericanos y España: el término seísmo, que es un cultismo del griego seismós (`sacudida´), es el preferido en tierras españolas, mientras que en territorio americano se decantan por la palabra sismo, resultado de la evolución del cultismo anterior. Aunque esta segunda es más coloquial que la primera, es, sin embargo, la más usada, y más si tenemos en cuenta que los derivados que se han ido creando provienen de ella y no del cultismo: sísmico, sismógrafo, sismología o sismómetro, por poner algunos ejemplos.
Los antiguos romanos empleaban el verbo stupere para referirse a alguien que se quedaba paralizado o inmovilizado por una noticia o una visión impactantes. De ahí la palabra estupefacto. Con todo, el estado de atontamiento en que quedaba esa persona víctima o testigo de un acontecimiento desagradable explica el nacimiento de términos derivados de este verbo como estúpido, y posteriormente, ya en tiempos modernos, el de estupefaciente, que es la sustancia que deja al individuo alelado, como si hubiese perdido la razón. Sin embargo, los escritores latinos comenzaron a emplear metafóricamente el verbo escrito más arriba con un sentido de admiración y elogio, ya que cuando alguien admira algo puede experimentar también algo parecido a un entorpecimiento de la razón, y esto explica el nacimiento del término estupendo. Sorprende que dos palabras semánticamente tan diferentes, como son estúpido y estupendo, sean hermanas.
El otro día, mientras tomaba café, oía una conversación entre dos ciudadanos que compartían tertulia en una mesa próxima a la mía. Uno de ellos parecía muy afectado por la catástrofe y mostraba abiertamente su estupefacción porque, según confesaba, había viajado a esa parte de Italia hacía poco tiempo y recordaba la ciudad, sus calles y sus monumentos artísticos. Sostenía que un desastre de esta magnitud resultaba más impactante y catastrófico que los ocurridos en países asiáticos o tercermundistas porque, al margen de las víctimas, no eran comparables los daños sufridos en el tesoro artístico de un país de la talla de Italia con la destrucción de unas cuantas casas de adobe y cáñamo de un país subdesarrollado. Su compañero de mesa y café, al igual que yo, no salía de su asombro, y no dudó en recriminarle su falta de sensibilidad, su hipocresía y su inhumanidad. Lo estúpido y lo estupendo nuevamente juntos, pero no de la mano. Afortunadamente.