Posteado por: josejuanmorcillo | Abril 3, 2009

Abotargado (3-4-09)

La llegada del buen tiempo nos obliga a sacar del armario algo de ropa ligerita y, con ello, descubrimos y exhibimos las miserias y el estropicio que los años y una constante vida sedentaria van señalando en nuestro cuerpo. No es una cifra matemática ni se atiene a un axioma científico el hecho de que, sin saber la razón, llega ese día en el que sintiéndote optimista y eufórico te miras en el espejo para alabar las gracias con las que la naturaleza te ha dotado, pero amargamente te asustas al observar un paraíso marchito, un edificio en ruinas y unos alerones que hacen bueno el dicho de que todo lo que sube tiene que bajar. Y digo que te asustas por la sencilla razón de que no reconoces a ese señor que te mira desde el otro lado de la realidad, a ese señor que más bien parece el resultado clónico de mezclar los genes del muñeco de Michelín y los de Sancho Panza. Ese día tan fatídico en el que la realidad te descorre los visillos de la eterna lozanía llega, y entonces claudicas y reconoces que tu cuerpo está abotargado. Y es a partir de este momento cuando las alarmas de emergencia suenan en tu cabeza, y sin perder demasiado tiempo comienzas a hacer sandeces como darte tal paliza el primer día de gimnasio que el cachitas del entrenador tiene que llamar a tu mujer para que vaya a recoger lo que queda de ti; o elaborar fugaces y huidizos propósitos de enmienda como que dejarás de comer carne y de tomarte las cañitas con los amigos; o quedar por la noche a correr por el parque urbano con tu cuñado, que es más joven que tú, y a las cinco zancadas averiguas que eres ya más lento que el caballo del malo. Pero eso sí, que no se me olvide la bebida energética para que parezca que parezco algo. A propósito, digo energética, que no “energizante”, que es un término de reciente creación por obra y gracia de no sé quién y que resulta innecesario, nada afortunado y tan monstruoso como la imagen decrépita y mortal que Dorian Gray encuentra de sí mismo.

Y como uno no puede ser bueno en todo, me tengo que quedar en casa, ponerme ropa cómoda, sentarme frente a mi ordenador y aporrear el teclado para que ustedes lean semanalmente lo que de manera gustosa les estoy ofreciendo en estos instantes. Y como no quiero defraudarles, sin más dilación les cuento que la palabra abotargado, que también se puede escribir abotagado, proviene de botarga, que, según la RAE, es un calzón ancho y largo usado antiguamente y que puso de moda sobre las tablas el actor renacentista italiano Stefanello Bottarga. Con el paso de los años, esta palabra se emplearía también para designar las vestimentas ridículas y de muchos colores usadas en mojigangas y festividades folclóricas —como las de la Alcarria—, y, por extensión, a la persona que las lleva puestas. Por todo ello, decir que alguien se abotarga es afirmar que su cuerpo se infla y deforma como una botarga a causa de una enfermedad o de la dejadez a la que aquel ha sucumbido.

Claro que me veo abotargado, y por eso creo que, a pesar del sacrificio que me supone enfundarme en un chándal y en unas zapatillas de deporte y renunciar a ciertas viandas, debo hacerlo por mi salud y para sentir con menos padecimiento el doloroso transcurrir de los años.


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