En los últimos años se ha detectado un error semántico cuyo origen y foco de transmisión se halla en los medios de comunicación. Se trata del uso incorrecto que se hace del verbo magnificar. Efectivamente, esta palabra se viene empleando indebidamente con el sentido de agravar o exagerar algo. Recuerdo un titular que rezaba: “La oposición se empeña en magnificar la crisis”; y en la radio, en relación con el estallido de una guerra civil en un país subsahariano, se dijo: “Según pasan los días, la catástrofe humana se magnifica”. Como muestra de lo que estamos diciendo, el periódico El País, en su diccionario electrónico, se afana en defender esta acepción semántica, y para ello se pone el siguiente ejemplo: “La prensa magnificó la importancia del acuerdo”. Sin embargo, el DRAE nos recuerda que, cuando se magnifica algo o a alguien, se le alaba, ensalza y engrandece, pero no se le agrava ni exagera. Por ello, una forma correcta de escribir las frases anteriores podría ser: “La oposición se empeña en agravar la crisis”, “Según pasan los días, se recrudece la catástrofe humana” y “La prensa exageró la importancia del acuerdo”.
Y ya que estamos en harina, un libro que no para de sorprendernos gratamente y al que no nos cansamos de alabar, ensalzar y magnificar es el Quijote. Acabo de leer en la prensa que una psicoanalista francesa, François Davoine, ha escrito un libro titulado Don Quijote para combatir la melancolía con el que justifica que Cervantes, con esta obra, se nos presenta como un terapeuta capaz de ayudar a superar depresiones y a librar a las personas de experiencias traumáticas. La autora señala que, para sus terapias, lee a los pacientes los fragmentos que narran las desventuras del hidalgo para que se percaten de que no son víctimas aisladas y de que, como don Quijote, deben saber superarlas. Por eso es un libro tan sumamente positivo, porque el personaje, a pesar de sus desgracias y de la incomprensión y burla que recibe de los demás, sabe levantarse —“rebotar” en palabras de la psicoanalista— y renunciar a la tristeza, y en ello cumple un papel fundamental su escudero Sancho, no sólo por su compañía y fidelidad inquebrantable, sino por los diálogos que se establecen entre los dos, que son, según la autora, auténticas estrategias psicológicas para superar los malos momentos de la vida.
Ahora bien, no debemos olvidar al autor, a Cervantes, que escribió este libro ya en la ancianidad, después de una vida sembrada de desgracias y contratiempos. Recordemos que se enroló en el ejército para buscar fama y fortuna, y, tras varios años, regresó a España manco y después de sufrir un duro cautiverio en Argel; su matrimonio con Catalina de Salazar fue estéril y un fracaso; no llegó a triunfar como escritor sino al final de su vida, y no en la poesía y en el teatro, sus grandes pasiones, sino en prosa; y siendo recaudador de impuestos fue encarcelado en Sevilla acusado de quedarse con dinero. Y fue aquí, según parece, en la Cárcel Real de Sevilla, viejo y desahuciado, donde nació la idea de escribir una obra protagonizada por un viejo hidalgo que perdió el sentido de la realidad por leer demasiado y descansar poco, que se llegó a creer un caballero andante con anhelos nobles y altruistas y que, a pesar de ser víctima de las burlas y de la inhumanidad de las gentes, siempre se mantuvo firme y seguro en sus ideales. ¿Acaso no fue esta la mejor terapia para Cervantes?