Posteado por: josejuanmorcillo | Marzo 13, 2009

Didáctica para la muerte

No sé si será por los últimos asesinatos violentos perpetrados por jóvenes menores de edad, por esos crímenes horrendos que lamentablemente han salpicado nuestras conciencias y las han ensuciado, pero lo cierto es que tengo la sensación de que, en los últimos años, se ha gangrenado en la mente de muchos adolescentes una cultura de la violencia y de la muerte que resulta ya peligrosamente alarmante. Las causas de este comportamiento son fáciles de encontrar: una deficiente educación moral y ética, padres que se desentienden de sus hijos, jóvenes que solo entienden el “todo vale porque me da la gana”, niños que pasan demasiadas horas frente al televisor y el ordenador viendo tal cantidad de imágenes inapropiadas que llegan a considerarlas como normales y habituales, muchachos criados en la violencia y en el desprecio, una sociedad en la que gradualmente van ensanchándose la inhumanidad y la incomunicación.

Empujados por esta realidad están levantando sus voces muchos especialistas y aportando algo de luz en este largo y oscuro túnel en el que hemos metido a nuestra juventud. Entre ellos, me ha sorprendido el trabajo de Agustín de la Herrán Gascón y Mar Cortina Selva, esta última presidenta de la Sociedad Española de Tanatología, los cuales, convencidos de que debería existir una pedagogía de la muerte, han publicado en la editorial Universitas un manual para alumnos de Primaria y Secundaria titulado La muerte y su didáctica. Es muy improbable que llegue a ser una asignatura, pero ya hay quienes opinan que, para solucionar este grave problema social, todo aquello que se refiera al concepto y circunstancias de la muerte deberían aprenderlo los alumnos en el colegio o en el instituto y no en imágenes violentas de televisión, de videojuegos o en historias hagiográficas. A bote pronto, esta iniciativa puede resultar disparatada, pero si recapacitamos por un momento comprobamos que nuestros alumnos suelen tener presentes los conceptos de “vida” y “muerte” en algunas de sus asignaturas. Pensemos, por ejemplo, en las clases de Religión, en las que se enseña que uno de los dogmas de fe del cristianismo es la muerte y resurrección de Jesús y que la Semana Santa se celebra para recordar este acontecimiento. O, si lo prefieren, vayamos a una clase de Literatura: ahí se explica el contenido de las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique, quizás la más hermosa elegía escrita en castellano; o la angustia por la finitud de la vida expresada por los barrocos; y cómo no hacer comprender el “muero porque no muero” de los místicos, o la consideración altísima que de la muerte tenían los escritores del XIX –pensemos en las Noches lúgubres de Cadalso, en las Leyendas de Bécquer o en el porqué del suicidio de Larra-; o, en fin, cómo no mencionar el asesinato de Lorca, o el triste fin de Antonio Machado y de su madre en Collioure, o que la agonía no impidió a Miguel Hernández escribir algunos de sus poemas más bellos, o la melancolía que mató a Juan Ramón Jiménez tras el fallecimiento de su esposa, la que dio sentido a su vida y a su obra.

A pesar de todos los esfuerzos educativos que se puedan llevar a cabo para solucionar este cáncer social, el impulso definitivo y más importante hay que darlo en el hogar, protegiendo a nuestros hijos, dialogando con ellos y educándolos en valores éticos y morales. Esa es nuestra responsabilidad.


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