A Pancho, por su compañía y conversación
No es costumbre en mí acompañar a mi mujer al pueblo donde trabaja, pero el otro día así lo hice porque en cuanto terminase nos íbamos a Madrid a pasar un fin de semana tranquilo y relajante. Ante mí, como una alfombra, se desplegaban cuatro horas que decidí emplear en pasear, leer la prensa, tomar un café y conocer algo más el pueblo. Pero mucha prisa tuve que darme porque me sobró una, así que decidí buscar un zapatero remendón para que me pegara unas tapas y unas suelas a los zapatos nuevos que estrenaba ese día. Pregunté a un vecino, y me dio las señas del único que aún mantenía vivo el oficio. “Se llama Pancho”, me dijo despidiéndose ya.
Cuando llegué, él se dirigía a la zapatería –supuse que habría salido a tomar algo-. Me acerqué tras confirmarme que era él y descubrí a un señor de casi setenta años, de pelo cano, bonachón y algo orondo, con la mirada aún muy joven, y que arrastra con cierta elegancia una cojera que se me antojó antigua. Entramos en el taller. Me esperaba el típico local moderno en el que además de arreglar zapatos te hacen copias de todo tipo de llaves y te venden cualquier producto relacionado con el mantenimiento y cuidado del calzado, y en el que te encuentras lo más parecido a una barra de bar que separa al cliente del profesional. Pero afortunadamente no fue así. La zapatería es un chiribitil de unos seis metros cuadrados que da a la calle Charco. En el centro, oculta entre interminables restos de cuero y goma, una vieja mesilla sostenía la lezna, el martillo, unas tenacillas, cepillos, tijeras, una lata con betún, una lima y una cuchilla de acero con la que desvirar las suelas; al lado, una banqueta con distintas hormas y la bola para batir las suelas. Se colgó su mandil de cuero, se sentó en su silla de anea y yo hice lo propio en otra que estaba frente a él. Le di los zapatos y me acercó un taco de madera para no apoyar los pies descalzos en el suelo. Y los dos, sentados alrededor de la mesilla, mantuvimos una larga conversación en la que tratamos temas muy dispares pero muy bien ensartados: con una lucidez extraordinaria analizó la actual situación política y económica del país y la posición de la Iglesia, arremetió contra las supersticiones y acabó recordando la heroica postura que mantuvieron frente a la Inquisición personajes como Miguel Servet y Galileo Galilei.
Cuenta Plinio el Viejo en su Historia Natural que Apeles, uno de los mejores pintores de la Grecia clásica, colocó una pintura suya en la plaza pública y se escondió tras ella para oír las críticas de los que por allí paseasen. Acertó a pasar un zapatero y censuró que una de las sandalias del cuadro estaba mal pintada. Apeles oyó de buen grado la crítica y arregló el error, pero cuando el zapatero vio al día siguiente que se le había hecho caso se creció y se atrevió a sacar más defectos de la obra. Apeles, malhumorado por la osadía, salió de detrás de la pintura y le gritó, traducido al latín: “Ne sutor ultra crepidam”, y que en español ha quedado en el dicho “Zapatero, a tus zapatos”.
Pancho no es el zapatero de la leyenda de Plinio; es, recordando a Azorín, un académico de la Manchuela, de conversación lúcida e inteligente, de los pocos que van quedando. Lástima que sigamos dejando en el olvido y en el silencio a gente tan extraordinaria.
Estimado José Juan,
Soy la sobrina del zapatero de la historia. Me ha pedido que te dé las gracias en su nombre por tu artículo, pues todavía no controla los medios informáticos.
El artículo nos ha gustado mucho y sobre todo, nos ha puesto muy contentos lo bien que hablas de él.
Muchas gracias de nuevo y recibe un cordial saludo.
Por: Ramona María Muñoz Gómez el Marzo 3, 2009
a las 2:29 pm
Gracias a vosotros, y principalmente a Pancho. Dile que cuando regrese a Casas Ibáñez, y espero no tardar porque la familia de mi abuela materna es de Fuentealbilla, pasaré a saludarlo.
Un abrazo para todos.
Por: José Juan el Marzo 10, 2009
a las 5:42 pm