En algún momento de ese proceso que los psicólogos llaman enamoramiento acontece una idealización de la persona amada, y esa idealización pasa por considerarla el ser más bello y perfecto de la creación. Es aconsejable que este ensimismamiento dure poco porque nos impide ver y valorar realmente a la persona a la que queremos, pero algunos, para su desgracia, consiguen idealizar tanto al ser amado y durante tanto tiempo que no se percatan del hastío y aburrimiento de este ni de que no son amados con la misma intensidad. Su alto grado de irrealidad les lleva, incluso, a considerar el desdén del otro como un gesto de amor.
Cientos de páginas de nuestra literatura están llenas de descripciones idealizadas de la amada, sobre todo a partir de la aparición de Petrarca, que implantó un modelo de descripción que será seguido por cientos de poetas en toda Europa. Su piel debía ser blanquísima, de pelo rubio y largo, de ojos claros, y sus labios rojos y mejillas sonrosadas contrastaban con la blanca pureza de su rostro. Y para realzar esta perfección, se comparaba cada una de estas descripciones con materiales nobles, piedras preciosas y flores de extrema belleza. Así, el cuello era de alabastro, las manos de marfil, los dientes eran perlas, el cabello de oro y los ojos brillaban como el sol; los labios eran claveles o corales, y las mejillas sonrosadas semejaban a las rosas sobre el rostro blanco como la azucena. Pero a las puertas del siglo XVII este modelo descriptivo empezó a cansar. Seguro que recordarán cómo describe Sancho Panza a Aldonza Lorenzo cuando supo que esta aldeana, ruda y tosca, era la sin par Dulcinea del Toboso: más cortesana que princesa, era de complexión robusta, de pelo en pecho, con un vozarrón varonil y su piel estaba fea y ajada por el sol.
El poeta barroco Cepeda y Guzmán es autor de un soneto que, para mí, supone la culminación de este proceso de desmitificación de la belleza idealizada de la amada. Con un estilo claro y directo, empleando términos que pueden resultar cacofónicos y aun soeces para muchos, compone un poema cuyo estilo se aproxima bastante a lo que hoy en día calificamos como “realismo sucio”. Sus versos son los siguientes: “Piojos cría el cabello más dorado / y legañas el ojo más precioso, / y en la nariz del rostro más hermoso / el verde o negro moco está encerrado. / La boca del clavel más encarnado / tal vez regüelda ahíto o asqueroso, / y la mano más blanca es muy forzoso / que al culo de su dueña haya llegado. / El mejor excelencia deste mundo mea, / y los dedos de aquéste habita y mora / el culo, y cuanto caga es mierda pura. / A la hermosa le baja, y a la fea; / veis aquí el muladar que se enamora. / Cágome en el amor y en su hermosura”. Despiadada, sin duda, la postura del poeta barroco, sobre todo el último verso, agrio, desagradable y desbordante de acidez y misoginia.
Hemos visto ejemplos que van desde la idealización superficial e impersonal de la persona amada hasta una descripción cruda y rigurosamente real, desde un absoluto optimismo hasta un pesimismo atroz y cruel. Es curioso comprobar que aún quedan hoy en día donquijotes soñadores y misóginos cepedas, pero, como en todo, en el término medio está la virtud, y creo que es ahí donde debemos quedarnos.
es marivillosa este articulo
Por: safyera el marzo 13, 2009
a las 1:50 am
Muchas gracias. Me alegro de que le haya gustado.
Por: José Juan el marzo 13, 2009
a las 7:17 am