Hay anglicismos que llegan a implantarse en nuestra lengua en tan poco tiempo y con un poder de convicción y aceptabilidad tal que nos llevan a plantear si este hecho se debe al magnífico tirón de lo foráneo en nuestros gustos y preferencias o, quizás, a la moda idiomática de adoptar un extranjerismo inútil e innecesario. Y precisamente de modas y de extranjerismos lingüísticos sabe mucho el diseñador español Miguel Adrover, que, como muchos de ustedes sabrán, se ha convertido en los últimos años en la nueva estrella de la moda en Nueva York por llevar a las pasarelas prendas de segunda mano retocadas a gusto del usuario. La popularidad de esta postura estética se basa en que ha sido la tabla de salvación para muchas personas que deseaban renovar su vestuario gastándose poco dinero, y no me dirán que no es ingenioso, porque reciclas, creas y personalizas tu armario. Por ello, a esta tendencia Miguel Adrover le puso el nombre de customizar, del verbo inglés customize, que quiere decir `personalizar, hacer al gusto del consumidor´. Si el alcance y la influencia de este estilo han sido y siguen siendo profundos en el ámbito social, no iba a ser menos en el lingüístico, porque no han tardado en aparecer palabras derivadas como customización o customizador.
El padre de esta moda no se imaginó al principio la gran repercusión que iba a ejercer incluso fuera de las fronteras de la industria textil. Es sorprendente cómo este vocablo ha llegado lenta e inexorablemente, como una marea, a campos, disciplinas y profesiones muy dispares. Lo he visto en tiendas de telefonía móvil (“Te enseñamos a customizar tu iPhone”) y se está empleando mucho en el mundo de la informática (son numerosos los mensajes en los que se nos aconseja “customizar” nuestro navegador o nuestra propia cuenta de correo electrónico). Los coches ya no se tunean, se customizan, y no hace mucho he llegado a ver este término en una empresa dedicada a la fabricación de mobiliario infantil y juvenil que promocionan “un sistema de customización de mobiliario que te permite elegir la imagen para el frontal de tus muebles”. En una agencia de viajes se fomenta el turismo personalizado con el eslogan “¿Sabes cómo customizar tus vacaciones? Entra y lo verás”, y, como regalo, una multinacional de productos de cosmética ha publicitado sus perfumes de la siguiente manera: “Diesel y Fuel for Life te regalan un perfume customizado on line”. Con todo, el premio se lo lleva una reconocida pastelería de Madrid; hace unos días viajamos a la capital para ver a unos amigos y, mientras paseábamos por una calle algo alejada del tumulto y de la fiebre compradora, vi el establecimiento. Me paré para contemplar las magníficas viandas, y frente a mí, de bruces, un letrero: “Customiza tu roscón de reyes”. Entré y pregunté, y me explicaron que el roscón podía tener los regalos, la forma, el contenido y el grosor que uno quisiera, incluso se le podría añadir una foto familiar de caramelo y chocolate. No personalizaban el roscón, lo customizaban. Les di las gracias y pagué mi empanadilla, neutra, triste y vulgar como el resto que había sobre la bandeja.
Cuando hoy me he conectado a internet, súbitamente y de sorpresa ha aparecido en mi pantalla una ventana publicitaria que rezaba en letras bien grandes: “A customizar se ha dicho”. No supe si esa voz callada provenía del más allá o de mi conciencia, pero sí sé que me intimidó y que lo único que se me ocurrió hacer cuando apagué el aparato fue, por si acaso, sacar del cajón de la mesita de noche mis bóxers y pintarlos con corazoncitos y pirañas. Creo que ahora me quedan mejor. Aplíquense el cuento.