Posteado por: josejuanmorcillo | Diciembre 11, 2008

Onomástica (12-12-08)

A mis manos ha caído esta semana un libro que narra la vida de algunas estrellas de Hollywood, y la primera biografía que he leído ha sido la de Humphrey Bogart. De él, de sus películas, además de una admirable interpretación, recordaremos algunas frases y diálogos como el que mantuvo con Ingrid Bergman al final de Casablanca, justo en el momento en el que él dice: “Si ese avión deja el suelo y tú no estás en él, te arrepentirás. Quizá no hoy, quizá no mañana, pero pronto y por el resto de tu vida”. Ella, entonces, ahogada en lágrimas, desesperación y, posiblemente, en un sincero y profundo amor, le pregunta: “¿Pero qué pasará con nosotros?”. Y él responde aquel “Siempre nos quedará París” que para siempre ha quedado grabado en la retina de los nostálgicos.

Después de unos minutos navegando por la red para encontrar información sobre el actor, me he dado de bruces con un artículo publicado en El País hace unos meses y firmado por la Agencia EFE en el que se recordaba el quincuagésimo aniversario de la muerte de “Bogie” y se recogían las declaraciones de Lauren Bacall, su gran amor. El periodista hacía hincapié en las palabras de la actriz, las cuales eran un reflejo –según el escribiente- de “la triste onomástica” del actor. Triste borrón y peor torpeza idiomática, porque la onomástica (del griego onoma `nombre´) es la disciplina que se encarga del estudio del significado y origen de los nombres propios, y, por ende, se emplea este término como sinónimo del día en el que una persona celebra su santo (en América se usa más la forma masculina, onomástico). No se debe emplear, por tanto, onomástica con el sentido de aniversario, y todavía menos como cumpleaños. Hace unos días se celebró el cumpleaños de la Reina, algo polémico, como todos sabemos, porque el apagado de las setenta velas de su tarta coincidió con unas controvertidas declaraciones de la soberana publicadas en un libro autorizado y supervisado por la Casa Real y firmado por la periodista Pilar Urbano. He llegado a leer titulares tan desafortunados como “La Reina ha hecho unas declaraciones con motivo de su onomástica”, cuando lo que celebraba era su cumpleaños, no su santo; y en algunos foros monárquicos se apresuraron a dar el parabién a doña Sofía con la siguiente enhorabuena que para nada está bien: “¡Felicidades, Majestad, por Vuestra septuagésima onomástica!”.

Son muchos los vocablos que se han formado partiendo de la palabra griega onoma, y la gran mayoría se emplea en contextos lingüísticos. Así, y por citar algunos, todos recordaremos de nuestra época estudiantil lo que es un sinónimo, un antónimo, un topónimo, una onomatopeya o una metonimia. Con el prefijo antí- (`en lugar de´) se formó antonomasia; con an- (`no´), anónimo; y con pseudo- (`falso, lo que no es´), seudónimo. Con todo, también hay términos mucho menos frecuentes, como evónimo, que es un arbusto decorativo y ornamental de origen asiático y que está presente en la poesía de Antonio Machado, de Juan Ramón Jiménez y en la prosa de Azorín; u onomancia, que, según el DRAE, es el “arte que pretende adivinar por el nombre de una persona la dicha o desgracia que le ha de suceder”. Muchos onomantes fueron enviados a la hoguera por la Inquisición; hoy gustosamente condenaríamos a las llamas páginas repletas de dislates. Ardua tarea la del corrector. Pero siempre nos quedará el entusiasmo.


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