Posteado por: josejuanmorcillo | Diciembre 4, 2008

Tuertos (5-12-08)

De pequeño, me imagino que como a casi todos los niños de mi edad, me fascinaban las novelas y las películas cuyos protagonistas se rebelaban contra la sociedad y actuaban fuera de la ley, y creo que esto sucedía porque, en el fondo, dentro de cada chaval late un espíritu aventurero y rebelde en la línea de los románticos decimonónicos. Estaban los forajidos, vaqueros y cazarrecompensas del lejano oeste, y me quedaba pasmado de su determinación y frialdad al cabalgar sin rumbo, sin familia, sin amigos, y viviendo deprisa para morir deprisa; no me olvido de los bandoleros, con su trabuco y su pelliza de cabrero, que se escondían en la sierra y salían para defender al oprimido y asaltar al opresor. Pero, de todos aquellos antihéroes, el ídolo que abordaba mis sueños y al que adoraba sumisamente era el pirata. Dueño de un barco casi invencible, recorriendo los mares y atracando en tierras exóticas, su fisonomía inquebrantable y su vestimenta excéntrica eran un reflejo y casi un mapa de batallas y aventuras. Algunos eran cojos, otros mancos y otros tuertos, y no era la pata de palo de pino (permítanme este pequeño guiño a Cela) ni su macabro garfio lo que más me seducía, sino el parche, porque siempre pensé que en realidad no eran tuertos, sino que veían mejor que un azor y que se lo ponían para infundir más pánico.

Posiblemente por este motivo, y en contra de ciertas supersticiones, nunca he encontrado fealdad ni malos presagios en el rostro de un tuerto. Recuerdo el soneto de Quevedo dedicado “A una dama tuerta”, en cuyo segundo cuarteto declara el poeta que la belleza que encuentra en ese rostro con un solo ojo se compara a la de un cielo con su sol (“Imitáis, pues, aquella arquitectura / de la vista del cielo hermosa y clara;”), frente a otros que, conservando ambos ojos, no reflejan ni esplendor ni hermosura, como el cielo de la noche, en el que, a pesar de haber tantas estrellas, y por avaricia, ninguna brilla intensamente (“que muchos ojos, y de luz avara, / sola la noche los ostenta oscura”). El significado original de tuerto es `torcido´; por ello, antiguamente, un tuerto era un bizco, alguien con la vista torcida, aunque más tarde pasó a designar a todo animal o persona con un solo ojo. Esto explica la etimología de tortícolis (`cuello torcido´), cuando las contracturas de los músculos de la nuca obligan a torcer el cuello e impiden girar la cabeza. Emparentadas con el adjetivo tuerto están las palabras tortura, en la que siempre te retuercen algo, o retortijón, que alguna vez hemos sufrido todos y que, por desgracia, sabemos muy bien en qué consiste. También, antiguamente, y sin torcerse demasiado de este campo semántico, un tuerto, o un entuerto, era una injusticia, un agravio, y seguro que, en este punto, habrán recordado al más insigne “desfazedor de entuertos”, a nuestro don Quijote de La Mancha.

Podríamos enumerar decenas de ejemplos populares y cultos en los que aparece la figura del tuerto, como la fábula de la cierva imprudente en la que Esopo advierte de que estemos siempre alerta porque el peligro puede sobrevenirnos en cualquier momento y de cualquier parte, o como el refrán que dispone que en el país de los ciegos el tuerto es el rey. Con todo, y recordando de nuevo a esos piratas con parche que yo me figuraba con los dos ojos muy sanos, acaso sea cierto aquello de que no hay peor ciego que el que no quiere ver.


Dejar una respuesta

Su respuesta:

Categorías