En el artículo anterior tratamos algunos aspectos sobre el lenguaje de los jóvenes, y, tras abordar algunas cuestiones, finalizamos con la idea de que la causa de su empobrecimiento lingüístico residía, según nuestros criterios, en que hoy en día se lee menos que antes. No estaría mal comenzar estas líneas enlazando con esta reflexión, cuando además estamos finalizando los actos de la celebración del Día del Libro. Ya lo hemos comentado, pero es cierto que nuestros hijos están absorbidos por la Era de la digitalización, de la globalización en las comunicaciones y por las más avanzadas tecnologías en el campo de la imagen y del sonido; es una época, en fin, en la que prima la forma y lo superficial, y no lo profundo y esencial, de tal forma que muchos jóvenes ven el acto de abrir un libro y leerlo como algo de otra época, un gesto arcaico y aburrido que no les da una satisfacción rápida, inmediata y contundente que apague su sed de emociones “fuertes”.
Esto conlleva que, según los últimos estudios, nuestros estudiantes no usan más que unas cien palabras en cualquier conversación diaria. Parece difícil creerlo, pero es así. Y podemos comprobarlo en nuestros hijos y alumnos. Su pobreza léxica es tan extraordinaria que su mundo comunicativo e intelectual se reduce a una parcela mínima de comprensión, y de ahí las dificultades que presentan en actos tan cotidianos como entender el mensaje de cualquier texto, ya sea literario o divulgativo. He conocido a estudiantes preuniversitarios, con calificaciones aceptables, incapaces de comprender desde un anuncio publicitario hasta términos como buhardilla o vehemente. La solución a esto no es sencilla; desde la Administración se ha animado a implantar el Plan de Lectura en todos los Centros educativos, y, aunque la medida es plausible, no deja de ser una gota de agua lanzada a una hoguera.
Pero no todo es tan negro como lo estamos pintando aquí y no debemos caer en el catastrofismo fácil. A los jóvenes les hemos criticado el uso de algunos términos y expresiones que calificamos de desafortunadas y poco correctas; sin embargo, algunos de ellos son tan válidos como bellos. En la Segunda Parte de El Quijote, oímos a Sancho quejarse amargamente de los terribles dolores físicos que padecía tras haber sufrido una paliza, tanto que “desde la punta del espinazo hasta la nuca del cerebro le dolía de manera que le sacaba el sentido”; y en un momento de su queja llega a confesar que se encontraba “hecho polvo”. Esta misma expresión, tan usada por nuestros jóvenes, también la empleó Santa Teresa de Jesús en su Libro de fundaciones. Por otro lado, San Juan de la Cruz, en la prisión de Toledo, sufrió las vejaciones y envidias de sus compañeros por su empeño de reformar la orden carmelita, pero en un alarde de humildad escribió: “Paso de ellos”. Curioso, sobre todo cuando decimos de la juventud que es pasota. Permítanme un último ejemplo, y también de El Quijote: la condesa de Trifaldi, en un lamento plañidero, implora al gigante Malambruno para que envíe al gran caballo Clavileño con el fin de que don Quijote y Sancho pongan término al encantamiento que ella padece –una barba espantosa-, y en un momento se lamenta de su suerte exclamando: “¡Guay de nuestra ventura!”.
En fin, no sé si este artículo les habrá parecido desafortunado o guay, pero sí espero que en algunos aspectos haya resultado esclarecedor.