Posteado por: josejuanmorcillo | Noviembre 25, 2007

Melancolía (25-11-07)

Melancolía, sí, melancolía de tiempo otoñal, de lluvia en los cristales, de paisaje gris y hojas secas, melancolía en el espíritu, melancolía…

En los estudios sobre Medicina que se impartían en las universidades europeas del siglo XVI, época en la que se investigó por primera vez a fondo el funcionamiento del cuerpo humano, se señalaba que nuestro organismo estaba formado por cuatro humores que entre sí chocaban, y que tales incompatibilidades evidenciaban el origen de muchas enfermedades. Aquellos cuatro humores eran, por un lado, la cólera y la flema, y, por otro, la sangre y la melancolía, y todos ellos estaban perfectamente localizados y entraban en funcionamiento después de las comidas: al comer y beber, el hígado se activaba y formaba la sangre; en la vesícula se originaba la cólera; en los pulmones, la flema; y en el bazo, la melancolía. Y, así, si lo ingerido resultaba desproporcionado o estaba en mal estado, los humores podían dispararse y provocar cualquier enfermedad. Es más: los caracteres de cada persona venían marcados por su predisposición a un humor determinado, de tal manera que los sanguíneos eran alegres; los coléricos, airados; los flemáticos, sufridos; y los melancólicos, tristes.

El humor más perjudicial era la melancolía, porque de ella nacían los peores e incurables males. La palabra significa `humor negro´ porque proviene del griego jolí (`humor´) y mélanos (`negro´), de donde tenemos otros vocablos como melanoma, melanuria o melenas, que nada tiene que ver con el cabello y que son deposiciones negras a causa de alguna hemorragia interna. La fama de la melancolía era tan desfavorable que se creía entonces que las cuartanas, o fiebres de cuatro días, eran causadas por ella, y que aun la licantropía se originaba por este humor porque lanzaba sus vapores y humores negros a la cabeza, la perturbaban y le hacían perder el juicio, de tal manera que volvía loco y furioso al enfermo.

Sin embargo, a pesar del cariz ominoso que poseía este humor -y aunque resulte paradójico-, presumía de un aspecto muy positivo porque se creía que hacía al hombre sabio; ya Aristóteles enfatizaba la frialdad y sequedad de la melancolía y defendía que los escritores más señalados siempre fueron melancólicos.

Sea o no cierto, en días como éstos, uno se recrea en el agridulce encogimiento del alma, como expresó el poeta en estos versos: “¡Qué frío el de la muerte presentida! ¡Qué amargo / frío, contra el que es inútil todo el llanto! / …El corazón se encoge, como un niño, temblando…; / las hojas secas caen…, todo está solitario…”.

…melancolía de otoño, ardiente y querida tristeza, sólo tú, melancolía.


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