Hace unas semanas, y debido a los brotes epidemiológicos de la gripe, se criticaba duramente las precarias condiciones sanitarias de un centro de enseñanza, y un periodista hizo suyas y dio por buenas las palabras del perito contratado para la evaluación pertinente: “En el centro se están dando goteras”. Yo no encontré una explicación lógica y razonable a que en ese colegio se estuvieran dando o repartiendo goteras. Eso de dar goteras me recordó por un instante a las recientes manifestaciones de nuestros agricultores por los bajos precios a los que tienen que vender sus hortalizas, manifestaciones en las que, para hacer más contundentes sus protestas, regalaban a los viandantes bolsas de tomates, patatas y calabacines. Se supone que lo que quería decir era que “estaban apareciendo goteras”, porque lo otro es un disparate de órdago.
Sin ir más lejos, un día de esta semana me desperté con cierto desaliento al escuchar de nuevo por la radio la desagradable noticia del hallazgo de otra víctima por violencia doméstica. Pero el desaliento se mezcló con la estupefacción cuando el periodista ofreció el siguiente titular: “Les hablaremos del asesinato de un marido a su mujer”. Cuando oí esto, no sabía si la víctima era el marido o su esposa, y tuve que esperar unos segundos y escuchar el relato de los hechos para enterarme del galimatías. Porque, claro, el titular habla del “asesinato de un marido”; pero lo de “a su mujer” ya me despistó por completo: ¿acaso, una vez muerto, decidió acabar con la vida de ella? En fin, de lo que el desorientado locutor pretendía hablar era “del asesinato de una mujer por su marido”, pero cayó en uno de los vicios más frecuentes en el lenguaje periodístico: el de creer que una información queda mejor presentada cuanto más enrevesada la transmitas. Y, por ello, en ocasiones se incurre en la incoherencia y el disparate.
Un disparate es un sinsentido, es decir, aquello que se dice o se escribe contrario a la razón; o para ser más exactos: teniendo en cuenta su étimo (del latín disparare `separar´), un disparate es lo que se separa, lo que se aleja de la lógica y de lo razonable. Y, como este absurdo no sólo es flagrante sino desmesurado, se usa también este término con el significado de `muchísimo´ o `barbaridad´, como cuando decimos de alguien que tiene “un disparate de años”, o cuando exclamamos “¡Qué disparate!” para aludir a algo desmedido, inesperado e incluso atroz.
Pero, en sus orígenes, un disparate era una fantasía, una patraña o, incluso, un despropósito que turbaba el sentido y la razón de la persona. Por ello, se solía asociar este término con los sueños, como se lee en estos versos de Hurtado de Mendoza: “Sueños [...], entráis haciendo gran prueba / y salís por disparate”. Otro buen ejemplo lo encontramos cuando Don Quijote (II, cap. 43) aconseja a Sancho para ser un gobernador ejemplar con estos términos: “También, Sancho, no has de mezclar en tus pláticas la muchedumbre de refranes que sueles, que, puesto que los refranes son sentencias breves, muchas veces los traes tan por los cabellos, que más parecen disparates que sentencias”.
En la actualidad, y como hemos comprobado más arriba, sigue habiendo sanchos que, con sus despropósitos y disparates, turban, desgraciadamente, los sentidos y desorientan a los hablantes.