Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 5, 2012

Cíborgs (5-10-12)

El director de la Real Academia Española, José Manuel Blecua, presidió hace unos días en la sede académica la presentación del primer manual práctico de uso del español en internet: Escribir en internet. Guía para los nuevos medios y las redes sociales. La obra recoge recomendaciones de más de casi cincuenta expertos sobre correspondencia electrónica, español global, escritura colectiva, redacción para blogs, mensajería instantánea, redes sociales, emoticonos… y todo lo que hoy se nos antoja imprescindible para escribir con corrección en internet.

Este libro era necesario; responde a una realidad: según cifras que maneja el prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), miramos una pantalla al menos ocho horas al día, y casi el 95% de los adultos comprueban sus correos, guásaps o redes al menos cada quince minutos. Leemos y escribimos diariamente en internet, es cierto. Pero también es verdad que la obsesión por estar conectados a la Red nos vuelve más ansiosos, depresivos y hasta psicóticos, y tanto es así que nuestras mentes sedientas de lo digital funcionan como la de los drogadictos: ante cada pitido o tono que nos avisa de la entrada de un guásap o de un comentario en una red social, nuestro organismo descarga dopamina, es decir, que se comporta como el de un jugador cuando realiza una apuesta. El ordenador o el teléfono móvil son, por tanto, en palabras de Peter Whybrow, director del Instituto de Neurociencia y Comportamiento Humano de la Universidad de California en Los Ángeles, como «cocaína electrónica», que nos genera ciclos de euforia seguidos de bajones depresivos.

El trastorno de adicción a internet ya está incluido en el manual que se consulta para diagnosticar enfermedades en EE. UU.; y sobre todo entre los adolescentes ya se detecta el llamado síndrome de la vibración fantasma, que se manifiesta cuando este siente que su móvil vibra cuando en realidad no está sucediendo nada. Incluso están justificados trastornos múltiples de la personalidad, como se vio en un alumno de una universidad norteamericana, que tenía cuatro avatares y mantenía abiertos en su ordenador los cuatro mundos virtuales. Relacionado con este tema de las enfermedades, lo extraordinario es que nuestro cerebro se está reestructurando: los usuarios habituales de internet muestran alteraciones indudables en el córtex prefrontal prácticamente idénticas a las de los adictos a cualquier tipo de droga, alteraciones que desembocan en la pérdida de memoria y en el deterioro de los procesos del habla y del control emocional y motriz.

Una de las últimas palabras incluidas en el DRAE es cíborg —del inglés cyborg, acrónimo de cybernetic organism—, y que se refiere a un «ser formado por materia viva y dispositivos electrónicos». ¿Acaso nuestra dependencia de móviles y ordenadores no ha supuesto ya el primer paso de los futuros cíborgs? Quién sabe si dentro de un futuro no muy lejano nos implantarán en la piel y en algunos órganos de nuestro cuerpo chips, pantallas y dispositivos que funcionarán con la energía de nuestros organismos. ¿O esto ya es el presente?

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 11, 2012

Mitrofán (11-5-12)

Escribió Jardiel Poncela en sus Máximas mínimas, publicado en 1937, en plena Guerra Civil española, que “la Historia es la mentira encuadernada”. Quién le iba a decir al maestro del humor inteligente, al autor de obras imprescindibles e insustituibles de nuestra literatura como Los ladrones somos gente honrada o Eloísa está debajo de un almendro, que quince años más tarde la Historia española justificaría de nuevo su desapego e indiferencia hacia sus genios de la pluma condenándolo, solo ya y arruinado, a una muerte dolorosa por el cáncer. Sobre su tumba, este epitafio: “Si queréis los mayores elogios, moríos”.

Esta misma Historia nos recuerda que Carlos III practicaba muy frecuentemente la caza por el miedo a sufrir los mismos trastornos mentales de su padre y hermano, y fue tanta su pasión cinegética que no solo comenzó a ennegrecerse su piel por pasar tanto tiempo a la intemperie cobrándose piezas, sino que sus súbditos le ataban animales muertos o domesticados en los árboles para que no fallara el disparo. Esta misma Historia, que a veces viene vestida de leyendas urbanas, nos recuerda que durante la época soviética se invitaba a grandes dignatarios mundiales a cazar en la estepa rusa, y  de todas esas invitaciones sobresale aquella en la que Brezhnev convidó a Fidel Castro a cazar liebres y ordenó a los organizadores de la partida que camuflaran un gato con la piel de una liebre, y que el cubano no daba crédito a sus ojos cuando lo que imaginó que era un conejo, a punto de ser abatido, trepó a la copa de un árbol.

El turismo cinegético ha sido una importante fuente de ingreso para las arcas rusas. En una página de internet especializada en esta actividad, se propone un programa de cacería mayor en Rusia, de 7 días, para la batida de un lince y de un oso en madriguera. Este viaje se realiza durante el invierno, cuando el oso duerme su dulce letargo invernal, y al despertarlo con una jauría perfectamente adiestrada sale aturdido de su guarida para ser así abatido con más facilidad y sin apenas peligro para el cazador. El precio: 8.110,00 €, IVA incluido.

Al parecer, el gobierno ruso ha prohibido por fin esta cruel actividad cinegética, y la Historia, que nuevamente se engalana de leyendas urbanas, nos revela que el actual rey de España, en agosto de 2006, invitado a cazar un oso en Rusia, abatió de un solo disparo a Mitrofán, un úrsido manso y bondadoso que bailaba y ejecutaba números circenses en una aldea cercana, un animal inofensivo al que emborracharon previamente con un cóctel de miel y vodka. La Casa Real ha calificado esta noticia de ridícula, pero lo cierto es que, desde que el monarca anduvo por aquellas tierras, aún siguen buscando por valles y peñas al desdichado Mitrofán.

Sí, la Historia puede que sea la mentira encuadernada, pero forrada en tapas duras, dentro de las cuales encuentras acontecimientos curiosos y sorprendentes que son, no lo neguemos, los que aportan un poco de sabor a tantas páginas grises y asépticas, aunque a veces le den a uno gato por liebre.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 5, 2012

Prado Nuevo (4-5-12)

Por primavera, las ciudades suelen parir habitantes estrafalarios que transitan entre la locura y la desesperación. No es habitual verlos todo el año, conque algo especial debe de tener esta estación para que los despierte de su hibernación y aparezcan, como excéntricas venus, no sobre conchas sino envueltos por un halo de misterio, mofa y exclusión. Ellos hacen de las calles y plazas su particular escenario, y quizás sin proponérselo van forjando ciertas leyendas urbanas que adquieren con el paso de los años categoría de mito. Por el centro de Salamanca, hace ya unos veinte años, se solía ver a un señor de mediana edad, bien vestido, que andaba furibundamente, gritaba tremendas frases lapidarias que pocas veces se comprendían bien y lanzaba, desde su blanquecino y cadavérico rostro sin pelo, cejas ni pestañas, terroríficas miradas que provocaban, sobre todo en los estudiantes distraídos, sustos que desembocaban inmediatamente después en risas de desahogo. Se decía que aquel hombre era catedrático en la Facultad de Químicas y que de un experimento mal medido en una probeta emanaron gases venenosos que inhaló accidentalmente, y que de aquellos humos llegaron esos aires, y creo que, por esta razón, este personaje inspiraba en el ánimo de todos un sentimiento más cercano a la compasión que al rechazo. Alguna vez quise acercarme a él para saludarlo o para que me arrojara algún aspaviento, pero nunca tuve el valor suficiente. Unos tres años después se evaporó tan repentinamente como aquellos gases que lo despertaron.

Un amigo me comentó un día que estas personas son felices dentro de su delirio. Y es posible que lleve razón; los romanos creían que los dioses susurraban al recién nacido unas palabras —las dicta, término del que proviene nuestra dicha `felicidad´— que señalaban el destino de la persona. Y por qué no estos personajes pueden creerse que una divinidad les ha susurrado un mensaje en el oído. Algo parecido a esto es lo que asegura Amparo Cuevas, la vidente de Prado Nuevo, junto a El Escorial; según ella, el 14 de junio de 1981, la Virgen se le apareció y le refirió esta comanda: que se construyese una capilla en su honor para meditar la Pasión de su Hijo y que —reproduzco ahora las supuestas palabras textuales de la Virgen— «si hacen lo que yo digo, habrá curaciones. Este agua curará. Todo el que venga a rezar aquí diariamente el santo rosario será bendecido por mí. Muchos serán marcados con una cruz en la frente. Haced penitencia. Haced oración». Lo que me sorprende de este mensaje es, por un lado, la falta gramatical que comete la Virgen, porque lo correcto es «esta agua» y no «este agua»; quizás es que Amparo no la oyó bien. Y, por otro, que el cardenal y arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco, dé credibilidad a esta vidente y haya aprobado la construcción de esta capillita precisamente ahora que estamos en plena crisis del ladrillo; será por relanzar el sector aspergiendo antífonas y bendiciones.

Desde luego que hay enajenados dichosos a los que el cuento se lo conmutan por una novela fantástica con éxito editorial.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 27, 2012

Memoriales (27-4-12)

No recuerdo el nombre de aquella familia. Sí recuerdo, en cambio, y con total nitidez, que los siete españoles que habíamos llegado aquel caluroso mes de julio de 1989 a Estados Unidos, todos muy jóvenes, de entre 19 y 23 años, estábamos de pie en la explanada de un centro comercial enorme mirando nerviosos a siete parejas que, a su vez, nos examinaban con una sonrisa forzada. De todas ellas, la que más nos gustaba a todos era un matrimonio joven cuyo aspecto le confería a ella un aire de actriz de cine —rubia, delgada, voluptuosa— y a él de jugador universitario —mentón fuerte, sonrisa perfecta, atlético—, esa típica familia norteamericana sana y alegre, de ensueño, y de barbacoa dominical con niños después del partido de béisbol, así que deseábamos secretamente que al pronunciar nuestro nombre se adelantasen ellos en concreto y no otros. Cuando leyeron el mío, dos padres con dos hijos pequeños dieron un paso al frente, y la memoria, gratífica y sanadora, ha querido que haya borrado el contorno exacto de aquellos cuatro personajes que parecían sacados de una de esas películas gore de serie B en las que los actores, inexpresivos y autómatas, destripan a sus víctimas sin apenas mover un músculo de la cara. Yo veía a mis amigos seguir a unas familias encantadoras y montarse entusiasmados en coches que solo había visto en la tele mientras que yo, como la víctima propiciatoria a la que acaban de condenar al sacrificio, me subía a un cacharro destartalado y cochambroso con aquellos cuatro seres que solo habían conseguido articular un mísero y aterrador Hi. Días más tarde nos reunimos los siete españolitos de nuevo para hablar de nuestras familias de acogida, de sus casas y de lo que habíamos hecho, y yo solo les pude contar que aquella gente ayunaba los lunes y los viernes para que se les apareciese una Virgen yugoslava, que mataba las horas muertas leyendo a García Márquez y que la única vez que salí de aquella espantosa casa fue para ver el castillo de fuegos artificiales del 4 de Julio a las afueras de Nueva York, en un descampado, los cuatro juntos y abrazados y yo sentado sobre un pedrusco, con las manos ocultando mi cara enrojecida por el recuerdo de mi familia, de mis amigos y de mi casa.

Por razones evidentes me cambiaron de casa, y con la nueva familia de acogida despejé los miedos y regresó la sonrisa: el padre, bróker en Wall Street, me llevó un día en su mustang hasta Washington y visitamos la Casa Blanca. En la capital hubo un monumento que me impactó: el Memorial a Lincoln, en el que una gigantesca estatua sedente de este presidente, con las manos apoyadas en los brazos de una silla presidencial, tutela ceremoniosa la estancia, y desde su magnitud parece recordarnos que fue él quien dio fin a la Guerra Civil norteamericana y quien abolió la esclavitud.

Y aunque la RAE nos recuerda que la palabra memorial es un anglicismo y que su uso es desaconsejable, no puedo evitar, con estas líneas, erigir mi pequeño homenaje a aquel lejano julio del 89, turbio ya en las escondidas guaridas de mi memoria.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 20, 2012

Erasmo y la mujer (20-4-12)

Erasmo de Rotterdam supuso la culminación del movimiento humanista del Renacimiento europeo y fue, de hecho, el más importante referente intelectual de la Europa del siglo XVI ya que destacó en los campos de la filología, de la filosofía moral, de la política o de la religión, entre otros. Profundo conocedor de la cultura clásica, sus planteamientos teórico-filosóficos se basaban en el relativismo y, sobre todo, en la tolerancia: como buen humanista, creía en la paz entre los pueblos y sabía que esta solo podía llegar si los hombres alcanzaban a tolerarse entre sí independientemente de su religión, de su nacionalidad y de sus creencias. Por ello no es de extrañar que una de las becas universitarias europeas más importantes lleve su nombre. Entre sus obras destaca Elogio a la locura, dedicada a su gran amigo Tomás Moro y publicada unos pocos años antes de que Enrique VIII le cortara a este la cabeza por no abrazar la nueva religión anglicana y seguir siendo fiel al papa. En este libro, Erasmo sostiene que la necedad está presente en el ser humano sea cual sea su posición social o su formación cultural, y que sin ella y sin la mentira no sería posible la vida en sociedad.

Sin embargo, al leer esta obra impacta la inesperada opinión que Erasmo tiene sobre el matrimonio, de cuyo fracaso culpa directamente a la mujer: «¡Oh, dios inmortal, qué divorcios —o cosas peores que divorcios— habría por todos lados si el trato familiar entre marido y mujer no fuese sostenido y alimentado por medio de la adulación, de los escarceos, de indulgencia, de astucia y disimulo! ¡Ah, qué pocos matrimonios se celebrarían si el novio indagase con prudencia a qué juegos había jugado —ya mucho antes de la boda— aquella aparentemente tan tierna y púdica doncellita! ¡Y aún menos matrimonios se mantendrían unidos si, por estupidez o negligencia de los maridos, no quedasen ocultas numerosas acciones de sus esposas! [...] Pero, ¿cuánto más feliz es estar así engañado que consumirse en el tormento de los celos y resolverlo todo con tragedias?».

Esta opinión ya no es tan sorprendente si se revisa, unas páginas antes, la apreciación que Erasmo defiende sobre la mujer: «Como dice el proverbio griego, “la mona siempre es una mona aunque se vista de púrpura”, y, así, la mujer siempre es mujer —es decir, mona— cualquiera que sea la máscara que adopte. [...] Está, en primer lugar, la belleza de sus formas, que ellas anteponen con razón a todo lo demás y por cuyo mérito ejercen su tiranía incluso sobre los propios tiranos. [...] Por otra parte, ¿qué otra cosa pretenden ellas en esta vida sino gustar lo más posible a los hombres? ¿No se encaminan a esto tantos cuidados, tantos afeites, tantos baños, tantos peinados, tantos ungüentos, tantos perfumes, tantos artificios para embellecer, pintar y fingir el rostro, los ojos y el cutis?».

A pesar de que hoy en día existen muchos seguidores de Erasmo, no creo que el más importante referente cultural del Humanismo europeo logre alcanzar dentro de la mentalidad actual la misma aceptación de la que ha gozado en siglos precedentes.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 13, 2012

Umbral, maestro (13-4-12)

Tras el entierro de Dámaso Alonso, Umbral escribió una columna (28-1-90) en la que describió el momento en el que el féretro del poeta era llevado a hombros entre sentidos y callados aplausos hacia su inhumación: «La barca caoba sobre hombros como olas duras y extrañas. Un aplauso triste y vecinal, como una floración que enero quiebra, cuando el furgón se va». De Paco se ha dicho que no era buen escritor porque empezó la escuela a los diez años, a los once lo expulsaron y tuvo que trabajar de botones para ganarse el pan, ese pan bajo el brazo que paseaba casi todas las mañanas con la vista fija, callada y refugiada tras una bufanda y un jersey penelopianos. «La barca caoba sobre hombros como olas duras y extrañas». Pocos son capaces de este lirismo, de esta capacidad metafórica tan solo comparable a la alcanzada por los poetas áureos, a los que tanto leía y admiraba. Tras la muerte, la barca de Caronte nos lleva al ámbito de los muertos, de las almas, por una laguna negra y procelosa de inquietos oleajes. Paco fue un autodidacta, todo lo que sabía —y era mucho— lo aprendió leyendo, y eso hace más sublime su logro literario y su magisterio periodístico. También lo fue Miguel Hernández («poeta bendito», según Umbral), al que su padre, cabrero de profesión, lo sacó de la escuela para pastorear y del que recibió más de una paliza cuando lo pillaba escribiendo versos bajo la sombra rácana y enferma de un árbol agostado. Y Miguel se escondía en la biblioteca de los jesuitas para leer a Quevedo y Cervantes, porque gracias a ellos huía de la realidad. Paco no llegó a conocer la ternura de su madre, su infancia la recordaba como un erial encharcado de frío y de nubarrones, y los libros le dieron el abrigo, la caricia y la ternura que necesitaba. Francisco Umbral apenas pisó la escuela, y tampoco hizo falta en un espíritu tan sediento de imágenes y de sensaciones. Valle-Inclán solía suspender en la escuela la asignatura de Lengua Española, y algunos manuscritos de Azorín, como babateles usados, están salpicados de faltas de ortografía que no saltan por mucho que las laves.

Reacio como era a las entrevistas de investigadores y doctorandos, con Paco conversé en una ocasión en Salamanca para que atendiera a un alumno cuya tesina, que yo dirigía, analizaba los recursos estilísticos y lingüísticos de sus columnas publicadas en El Mundo. Aunque accedió a regañadientes, no pudo ocultar que entre los pliegues de la coraza opaca y hermética que usaba como máscara se filtrasen chispas de amabilidad y de educación exquisita. Tan solo vetó un tema, el de su hijo, porque su muerte, impronunciable para él, le trajo su propia muerte en vida. «Sólo encontré una verdad en la vida, hijo, y eras tú. Sólo encontré una verdad en la vida y la he perdido. Vivo de llorarte en la noche con lágrimas que queman la oscuridad».

Paco fue enterrado junto a su hijo. La barca lleva a cada uno a su sitio. Donde se merece.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 30, 2012

Cabellos (30-3-12)

Confieso que, debido a una imparable caída del cabello que me está dejando la cabeza huérfana de abrigo y de caricias pasionales, he sucumbido a las tentadoras redes de los alquimistas modernos, de estos nuevos buhoneros que te aseguran con su verbo halagador que, empleando cierto champú y algún que otro complemento vitamínico, no solo interrumpes el desmoronamiento capilar sino que incluso reflorecerán antiguas y gloriosas espesuras. Confieso que he caído, que fui derecho a una tienda de animales y compré un champú equino, de esos que se venden incluso ya en los supermercados de barrio, y que lo probé, y que sentí un estremecimiento del cuero cabelludo la primera vez que me lavé el pelo con él, y que lo he seguido usando día tras día, y ahora, tres semanas más tarde, he de confesar que, a pesar de tantas promesas y de tantos esfuerzos, todo sigue igual, que ya no hay estremecimientos capilares, que lo que se tiene que caer se sigue desplomando y que donde hubo no queda más que el rastro del recuerdo.

Este disgusto se me agrava cuando compruebo que salgo perdiendo al recordar la simbología que el cabello ha tenido en el varón a lo largo de la Historia. El pelo largo era marca de distinción y de elevado estatus social, de ahí que a los esclavos y presos se les solía pelar al cero o que los frailes se dejaran la tonsura (del latín tonsum `trasquilar, cortar el pelo´) como gesto de humildad y sometimiento; también simbolizaba la fuerza y la virilidad, y cómo no recordar el rapado que le infligió Dalila a Sansón, que lo dejó manso y dócil, como castrado; y, en otras culturas más exóticas, el cabello largo equivalía a honor y poder, y así lo comprobamos en los samuráis, que cuidaban su pelo con un esmero propio de los mejores estilistas actuales, o en los indios norteamericanos, que no solo hacían ostentación de vedijas cuando cabalgaban a pelo por las extensas llanuras desertizadas de Estados Unidos sino que coleccionaban cabelleras de vaqueros blancos cuando estos les calentaban las narices.

Afortunadamente no me ha tocado vivir en aquella época, porque parecería eso, o un esclavo, o un benedictino o un castrado, pero aún hoy en día se valora estéticamente mejor a un hombre con un pelo abundante, fuerte y sano que a otro con más claros que sombras, por eso que algunos caigamos en la vergonzosa trampa de comprar champú para caballos o que otros se gasten dineradas en implantes de cabello que, en su mayoría y por desgracia, parecen más bien esos cuarenta o cincuenta racimos de ocho o diez pelos de la nanci que tanta grima me causaban de pequeño.

A mí, en fin, ya solo me queda el consuelo de embelesarme con las fotos en las que se me ve con quince años menos, y, aunque nos intentan convencer de que ahora se lleva la cabeza rapada, guardo ahora siempre conmigo, como una reliquia a la que no me canso de adorar, una foto de tamaño carné en la que se me ve en plena adolescencia y con una cresta firme y erguida, orgullosa y valiente, como envalentonada frente al paso del tiempo y a los pesares de la vida.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 23, 2012

Gazapillos (23-3-12)

Un tocayo mío me ha enviado una curiosa y entretenida selección de gazapos. Ya se sabe que, además de ser una cría de conejo, por gazapo entendemos aquel error lingüístico que se comete por torpeza, ignorancia o apatía. Pues bien, de todos los que he recibido, quisiera compartir con ustedes unos pocos, aquellos que he considerado que eran los más llamativos.

Así, un titular reza de esta manera: “El fugado tras una reyerta con un muerto podría estar fuera de Navarra”; y no deja de ser curioso lo desesperado -o trastornado- que tenía que estar el protagonista de la noticia para tener que huir después de haberse peleado con un muerto. Claro que, para extrañezas, imagínense la existencia de objetos inanimados que deambulan por nuestras ciudades, buen material, sin duda, para espacios televisivos como Cuarto milenio; si no, lean el siguiente caso: “La Policía intervino una navaja de once centímetros que merodeaba por el polígono industrial”. En otro medio se escribió este disparate: “La autopsia confirma al 100% la muerte de Steffie”, y digo disparate porque parece ser que las autopsias se realizan ahora para confirmar si uno está vivo o muerto, así que háganme caso y huyan si ven cerca a un forense. Y, para concluir con esta muestra, fíjense en el estado de somnolencia en el que estría sumido el periodista que sentenció esto: “Los ciudadanos exigían que los pasos de cebra no se ubicaran en los pasos de peatones”.

Por la dimensión de los errores que acabamos de leer, más que gazapos tendríamos que hablar de mastodontes. Posiblemente, el término gazapo se aplicó cariñosamente para aminorar la gravedad de estos errores y considerarlos como inocentes e involuntarias meteduras de pata, cuando no lo son. Y si me permiten un inciso, esto del conejito me ha traído a la memoria la palabra músculo, que quiere decir `ratoncito´ (del latín mus `ratón´, y la terminación del diminutivo –culus), y que la acuñaron los antiguos romanos porque el movimiento del bíceps lo comparaban al de un ratón corriendo dentro del brazo; la forma y tamaño animaron también a aquellos a llamar testículos (`cabecitas´) a los genitales masculinos. En fin, todo es cuestión de echarle un poquito de imaginación, como a algunos gazapos.

Para terminar, y ya que hemos viajado a la antigua Roma, nos cuenta José María Iribarren que el origen de la palabra tocayo proviene de la fórmula que empleaban los romanos en cierta celebración matrimonial. En el momento en que la comitiva nupcial llegaba a la casa del novio, este le preguntaba a su futura esposa: “¿Quién eres tú?”. A lo que ella ritualmente respondía: Ubi tu Cayus, ibi ego Caya, que quiere decir: “Allí donde tú te llames Cayo, yo seré llamada Caya”. Esto es: a partir de ahora seremos iguales, y no habrá entre nosotros ninguna diferencia, ni siquiera en el nombre.

Con todo, y sin que yo me llame Cayo ni Caya, agradezco a mi tocayo el que me haya enviado estos gazapos que nos han hecho a todos compartir unas sonrisas.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 16, 2012

Ortografía sencilla (16-3-12)

No es esta la primera vez que surge de las imprentas un intento por plantear a los hispanohablantes, empleando para ello la retórica propia de los buhoneros y de los falsos profetas, una ortografía del español divergente de la oficial cuyos principios teóricos se basan en la simplificación de las reglas establecidas. Esta vez es el lingüista Juan Andrés Gualda Gil quien ha lanzado este canto de sirena bajo el título Propuesta racional para simplificar la ortografía.

Él parte del supuesto de que la ortografía de nuestra lengua es bastante complicada y muy difícil de aprender por el uso de grafías cuya realización fonética es la misma, como ocurre con las letras b y v, que tanto llevan a su confusión gráfica (no se extrañen si no son muchos los que son capaces de escribir correctamente la palabra subversivo cuando la oyen); o con el sonido [s], cuya representación ortográfica para los seseantes, que son el 93% de los hablantes del español, puede ser la s, la c o la z (no es disparatado leer en textos escritos por hispanoamericanos palabras como desisión o sapato); o pensemos en la dificultad que encuentran aquellos hablantes a la hora de recordar si una palabra se escribe o no con h, nuestra bien conocida h muda, a la que tanto denostó García Márquez y para la que el escritor colombiano propuso su eliminación definitiva; o, en fin, para el sonido [x], que se puede representar con la grafía g (mágico) o con la j (garaje), problema que Juan Ramón Jiménez borró de un plumazo cuando decidió escribir todas las palabras que tuvieran este sonido con la letra j (jente, májico,…). Pero la otra gran dificultad a la que se enfrentan los hispanohablantes o los que acceden al español como segunda lengua es el de la acentuación, principalmente en los casos que presentan ambigüedad por la pronunciación (huida, guion, guiais, truhan,…) así como en aquellos en los que hay implícito un cambio semántico (solo/sólo).

Ante el panorama susodicho, este lingüista propone tres medidas que irían encaminadas, según él, a hacer al español una lengua más universal y más fácil de usar. La primera es la de simplificar los prefijos (costante, istante, ostruir,…) y la asimilación regresiva de las consonantes, es decir, que la segunda fagocite a la primera (attual, immoral, ottavo,…), a imitación de la lengua italiana. La segunda, tomando como modelo el idioma inglés, consiste en eliminar la tilde salvo en los casos diacríticos. Y la tercera propone hacer del español una lengua verdaderamente panhispánica llevando a cabo modificaciones ortográficas más cercanas al español de América que al de España siguiendo el ejemplo del portugués, cuyas últimas transformaciones léxicas y ortográficas, como defendía José Saramago, se han decantado más hacia el portugués de Brasil que hacia el de Portugal debido a la diferencia del número de hablantes de uno a otro país.

Pasen y vean, y juzguen también, porque, al paso que vamos, en esta corte de los milagros toda ficción puede transformarse en una verdad axiomática.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 2, 2012

Chuzos (2-3-12)

Hay frases que, cuando las escuchas por primera vez, se te quedan grabadas casi para siempre por su rotundidad, por su expresividad y porque simplemente cantan una verdad que todo el mundo sospecha pero que nadie sabe o desea desvelar. Ayer, sin ir más lejos, oí en un medio de comunicación un reportaje en el que se intentaba poner en tela de juicio algunos aspectos del sistema jurídico español, y de entre ellos se subrayaba la inconsistencia efectiva de la idea de que la justicia española es igual para todos, lo cual, si bien es un derecho que nos ampara, en la práctica no sucede así debido a que la destacada o elevada situación social y económica de un imputado puede ayudarle a ralentizar el juicio, a suavizar notablemente la pena si esta se dictaminase e, incluso, a gozar de privilegios carcelarios en el caso de que el acusado ingresase en prisión. El entrevistado dijo: «La justicia española parece caminar entre dos soluciones: la impunidad de los tiburones y la culpabilidad de las sardinas». Esto es: venía a defender el juez consultado que, partiendo de un mismo delito, si eres sardina, un español anónimo de a pie, trabajador, asalariado, la justicia se te aplica con la dureza y el rigor exigidos; pero si eres tiburón, un rico prohombre con contactos en las altas esferas sociales y que puede permitirse contratar a los mejores abogados, la justicia se te aparecerá tan bondadosa como esquivo el rigor de la ley.

Precisamente al hijo de esto, temiendo un empeoramiento del desprestigio de los profesionales de la justicia, en un periódico hallé escrito: «Muchos abogados se declinan por una rigurosa revisión de la práctica judicial». Acertada decisión, pero gramaticalmente incorrecta: la Real Academia de la Lengua recuerda que declinar significa `rechazar cortésmente una invitación o una responsabilidad´ y que no debe confundirse con verbos como decantarse o inclinarse, usados para mostrar una preferencia. Por ello se tuvo que haber escrito que muchos abogados se inclinan o se decantan por una rigurosa revisión de la práctica judicial.

En el reportaje que mencioné más arriba, un ciudadano al que pidieron su punto de vista sobre este tema judicial vaticinó que, como los españoles siguieran desconfiando tanto del sistema judicial, caerían chuzos de punta sobre todos los jueces y abogados que se dejan untar las manos o que malinterpretan las leyes. Los chuzos, palabra de origen árabe, los define la RAE como palos armados `con un pincho de hierro, que se usa para defenderse y ofender´, de ahí que se emplee este término como sinónimo de carámbano, pedazo de hielo con forma puntiaguda y bastante peligrosa si se desprendiese sobre alguien, y esta es la razón de que la expresión caer chuzos de punta se aplique a situaciones complicadas. No creo que este señor aplicara su declaración a un contexto violento o revolucionario, pero sí, quizás, querría anticipar que vendrían épocas difíciles si no se cambian o revisan pronto muchos aspectos y procedimientos de nuestro actual sistema judicial.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 24, 2012

El DPD (24-2-12)

Está a punto de celebrarse el aniversario de la publicación de una de las obras que más han ayudado a consolidar y a entender nuestra lengua. Se trata del Diccionario panhispánico de dudas, o DPD, y supone, a grandes rasgos, el resultado del empeño demostrado por los directores de todas las Academias de la Lengua Española para ofrecer una panorámica global y unitaria del español y para resolver las dudas lingüísticas que se nos plantean dentro de nuestro idioma, hablado por algo más de cuatrocientos millones de hablantes.

Es, por tanto, una labor de unificación lingüística entre todas las naciones hispanohablantes. Pero los académicos de principios del s. XXI no han sido los primeros. En el s. XIX, cuando ya era un hecho la progresiva independencia de las colonias españolas en América, surgió el pánico entre los lingüistas de ambas orillas del Atlántico por si se repetía con el español lo mismo que le sucedió al latín. Al desaparecer el Imperio Romano, las distintas provincias (Hispania, Galia, etc.) quedaron desgajadas y abandonadas lingüísticamente a su suerte al dejar de existir una cabeza política y administrativa visible. Todas ellas tenían en común, entre otras cosas, el mismo idioma, el latín, pero este comenzó a evolucionar de manera distinta en cada una de las zonas y comarcas que habían formado parte del Imperio. El italiano surgió en Italia; en Francia, varias lenguas, como el provenzal o el retorrománico; y en la antigua Hispania latina fueron formándose el castellano, el catalán, el galaico-portugués —que posteriormente se escindió en dos lenguas casi gemelas, el gallego y el portugués—, el aragonés, el leonés y el desaparecido mozárabe.

El venezolano Andrés Bello, consciente del peligro, escribió a mediados del s. XIX una Gramática española que sirviera de modelo idiomático a todos los hispanoamericanos con el fin de que el español de América no se distanciara demasiado del hablado en España y para que, así, por muchos años que pasasen, nunca llegasen a existir entre ambos diferencias insalvables.

Ahora, bastantes años después, se ha elaborado un magnífico trabajo con el mismo objetivo: fortalecer la unidad lingüística de todos los hablantes del español. Pero se ha prestado una mayor atención sobre el español de América, y es de justicia, porque, frente a los cuarenta millones de hablantes que hay en España, en la otra orilla son casi trescientos cincuenta millones, y esto quiere decir que el peso lingüístico es más intenso de allí para acá que a la inversa. Y, si no, escuchen: es prácticamente seguro que, dentro de muchos años, casi todos los hablantes del español sean seseantes, de la misma forma que por influencia del español de América hoy todos somos yeístas. Con todo, esto no deja de ser mera conjetura ya que la evolución de una lengua es siempre imprevisible, sujeta a condicionamientos sociales, históricos, económicos y culturales que hoy en día no podemos prever.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 17, 2012

Tabernas (17-2-12)

La efervescencia por entrar y conocer de primera mano un gastrobar, ya saben, ese establecimiento mitad bar y mitad restaurante que sirve tapas a precios económicos para acercar la alta cocina a cualquier ciudadano, se ha ido desinflando en Madrid y algunos de sus clientes habituales, cansados posiblemente de tanta innovación, han vuelto a las tabernas castizas de la capital, a esas tabernas que conservan sus mesas y sillas añejas, de madera barnizada por el roce de los años, por el vino y por las palabras, esas tabernas que mantienen la misma decoración de hace décadas —alguna de principio de siglo—, con sus reproducciones baratas de cuadros de Romero de Torres, con sus modestamente enmarcados programas taurinos donde todavía palpitan los nombres de Sánchez Mejías o Marcial Lalanda y con esos viejos toneles de vino que parecen dormitar serenos mostrando impúdicamente a los clientes su buche orondo y báquico, a esas tabernas, en fin, donde todavía se sirven las comidas caseras de siempre, generalmente de puchero, debidamente regadas con un generoso vermú y con un buen vino de la tierra.

La taberna, en sus orígenes clásicos latinos, era una choza o cabaña de madera, bastante tosca, que era utilizada como comercio familiar o, posteriormente, como frugal e insalubre prostíbulo. El nombre ya está presente en los orígenes de nuestra lengua, incluso en los poemas de Berceo en los que relata la vida de santos o los milagros de la Virgen. En la Edad Media, la taberna era, a la vez, mesón, posada y establecimiento de venta al público de vino y alimentos, y era el lugar más frecuentado al margen, claro está, de la iglesia. El Arcipreste de Hita, en su Libro de Buen Amor, nos ofrece el dato de que en las tabernas de su época se solía «sotar con vellaco», es decir, era frecuente escuchar música y bailar con gente de baja calaña. Estas tabernas medievales eran el templo de los goliardos, aquellos monjes que renegaban de su orden y que, tras colgar los hábitos, vagabundeaban por los caminos de toda Europa —sobre todo por el Camino de Santiago— componiendo y recitando sus poemas cantados —los carmina burana— por las tabernas, en las que gastaban su escasa fortuna en el juego, en el vino y en las mujeres. En una de estas composiciones líricas, un goliardo anónimo escribe: «Quiero morir en la taberna, / donde los vinos estén cerca de la boca del moribundo; / luego, los coros de los ángeles bajarán cantando: / “Que Dios sea clemente con este buen bebedor”. / Más ávido de voluptuosidades que de la salvación eterna, / con el alma muerta, sólo me importa la carne».

De la palabra taberna surgió contubernio, que, en su origen, significaba `convivencia en una misma choza´, y, aunque el Diccionario de Autoridades la define como una convivencia amistosa entre dos personas, no tardó en emplearse con el sentido de amancebamiento o cohabitación deshonesta. Y, las vueltas que da la vida, hoy este término se usa más en política, con el sentido de ‘alianza indebida o vituperable’. ¡Cuántas decisiones políticas inmorales no se habrán acordado en el rincón apartado de alguna taberna bulliciosa, discreta y humilde vaciando vasos de vino y viandas humeantes entre risas femeninas y música embriagadora!

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 10, 2012

Harpastum (10-2-12)

Hagamos un viaje en el tiempo. Situémonos hace unos dos mil años en alguna playa del sur de Inglaterra. Un grupo de legionarios romanos están acampados junto a la costa esperando órdenes para levantar el campamento y comenzar la marcha, y, como disponen todavía de tiempo, deciden consumirlo tanteando a los soldados novatos con una de sus pruebas favoritas: ellos la llaman harpastum. Sobre la arena dibujan un espacio rectangular que equivaldría aproximadamente a un tercio de hectárea, y lo dividen por la mitad en dos áreas de dimensiones idénticas: en una se sitúan cuatro o cinco legionarios veteranos y, en la otra, otros tantos novatos. Tras un sorteo con moneda o dado, se coloca en el área elegida un pellejo de animal de forma más o menos esférica, rellenado con paja, lana u otros materiales parecidos, y el objetivo es intentar por todos los medios sobrepasar la última línea del área rival y que el otro equipo no sobrepase con el pellejo la línea que marca el final de tu campo. No hay reglas; todo vale: empujones, golpes, puñetazos, todo con tal de lograr un tanto y que los otros fracasen en esta prueba dura y violenta. Solían ganar los más curtidos, los veteranos, pero cuando ganaban los novatos se les admitía ya con el rango de aquellos. Era, por tanto, una prueba lúdico-bélica —muy lejos de lo que hoy entendemos por deporte—, de bautismo de entrada al grupo de élite de los legionarios más ejercitados.

De esto quedó constancia en Inglaterra durante la Edad Media, sobre todo en la zona de Norfolk, en un juego al que llamaban camping o campball, que era prácticamente similar al harpastum solo que los equipos estaban formados por vecinos de distintos barrios o por aldeas próximas, que tenían que llevar la pelota hasta el campo, zona o aldea rival. A veces, un mismo juego duraba días, y, debido a su violencia, fue abolido. Hubo que esperar hasta el siglo XIX para que este juego resucitara, con normas deportivas y con menos violencia, en el deporte que hoy conocemos como rugby. A finales de ese siglo, unos caballeros decidieron crear una modalidad deportiva distinta del rugby: emplear un balón esférico y no ovalado, no usar las manos salvo el portero y marcar los goles con los pies en la parte baja de la portería del rugby. Acababa de nacer el fútbol.

En programas deportivos que se emiten por los medios de comunicación podemos acceder a espacios dedicados a las jugadas conflictivas en el campo de fútbol. Uno de estos programas se llama “La polémica”. Los antiguos griegos empleaban el término polemikós, que significaba `el arte de la guerra´, en contextos que abarcaban estrategias y técnicas en el campo de batalla; el polimestés o polemista era un `combatiente´ que debía ostentar una formación física y una preparación estratégica envidiables. Y si por un momento miro tanto al pasado como al presente, si observo aquel legionario romano en las playas de Britania y, a su vez, a los futbolistas de élite actuales, parece efectivamente que el tiempo no ha pasado, que se ha detenido en un acotado terreno de juego en el que se enfrentan un grupo de animosos combatientes, un grupo de deportistas.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 3, 2012

Ars amandi (3-2-12)

Hace unos días, durante una entrevista a la televisión autonómica catalana, el arzobispo de Tarragona, Jaume Pujol Balcells, sorprendió a la opinión pública cuando instó a las mujeres a prestar más atención a sus maridos dentro del matrimonio. Sus palabras no tienen desperdicio: “En mi iglesia siempre les digo lo mismo, a quien tienes que cuidar más es a tu marido, que es el hijo más pequeño de la casa”. Eso de que a los maridos hay que cuidarlos más que a los propios hijos se me antoja antediluviano y antinatural, pero lo que ya me cuesta una barbaridad interpretar es que los maridos somos los pequeños de la casa: ¿quiso, quizás, decir que la mujer nos tiene que hacer la comida, nos la tiene que servir, debe tenernos preparadas las zapatillas y el periódico bien doblado al llegar a casa y nunca debe faltarnos ni los mimos ni las palabras suaves y agradables, que debe, en fin, consentirnos todo y jamás regañarnos por nada? ¿Y que puedo llevarme a mis amigotes a casa a ver el fútbol y bebernos la cerveza que queramos entre torres de pizzas por encargo? ¿Y todo este servicio al macho alfa sin pagar un duro? Ni el mismísimo rey Midas habría soñado con algo parecido. Afortunadamente, el arzobispo ha pedido perdón por todo ello.

Como si de un virus se tratara, casi inmediatamente, el arzobispo de Valladolid, Ricardo Blázquez, cuestionó la idoneidad de la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, para ser la pregonera de la Semana Santa de Valladolid de este año al no estar casada por la Iglesia. Ella ha manifestado que ya lo tiene preparado y que a nadie le quepa ninguna duda de que lo leerá. Las dos declaraciones episcopales han levantado ampollas en el ámbito social y político; así, Carme Chacón ha manifestado que “a las mujeres se las respeta, sean del PSOE, sean del PP o sean de los que te dé la gana”. E insistió: “No vamos a permitir que nos vuelvan a imponer a todos su moral, reclamaremos que traten con respeto a las mujeres [...] ¿En qué siglo se creen que viven? ¿En qué país se creen que viven para meterse con una mujer por estar casada por lo civil?”.

Abrumado por tanta clarividencia arzobispal, he ido a mi librería y he consultado un libro del que había oído hablar. Se titula No le tengas miedo al sexo, así que ama y haz lo que quieras. El Kamasutra católico. Lo ha escrito un monje capuchino polaco, Ksawery Knotz, y es conocido como el “Apóstol del kamasutra” porque en esta obra, que ha sido un verdadero éxito de ventas, el fraile indica a los matrimonios católicos cuál es el mejor camino para “reforzar sus vínculos y tener una buena y feliz vida sexual, de acuerdo con los dogmas de la Iglesia”, y, para andar por este sensitivo trayecto, este clérigo, en palabras suyas, aconseja “incluir estimulación manual u oral”. Ahora no me extraña que este fraile imparta clases de educación sexual en el monasterio polaco de Stalowa Wola. No creo que Sáenz de Santamaría se matricule a distancia en este curso.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 27, 2012

Suicidas (27-1-12)

Una de las últimas líneas de investigación sobre personajes históricos que fueron relevantes en el devenir de la humanidad se centra en la figura de Julio César, y concretamente en la idea de que lo que le sucedió a las puertas del senado no fue un asesinato sino un suicidio. Julio César sabía que iba a morir ese día, ya estaba avisado de sobra de que lo iban a asesinar, y él, que sufría una epilepsia incurable, quiso que acabaran con su vida en el mejor momento de su carrera política y militar, y así ganarse una inmortalidad honrosa y honorable. Fue un acto noble por él; consideró que era el mejor momento de morir y fue al encuentro de la muerte. El suicidio, efectivamente, era en la antigua Roma, como en algunas culturas lejanas de la europea, la mejor salida ante una situación desesperada motivada por razones familiares, económicas, laborales, militares o políticas; en la cultura japonesa, por ejemplo, se practicaba el seppuku —consistente en rajarse el vientre— para limpiar la deshonra, y, según consta en algunos documentos históricos, los mayas veneraban a Ixtab, la diosa del suicidio. En Europa, san Agustín, en el s. IV, fue el primero en considerar el suicidio como pecado porque atentaba contra el sexto mandamiento, y, a partir de entonces, sobre todo en la Edad Media, se prohibió enterrar al suicida en campo santo, su alma era enviada al infierno y su cadáver, cabeza abajo, era arrastrado públicamente con una estaca clavada en el pecho para ser golpeado por las gentes; la Iglesia, luego, confiscaba todos sus bienes. Fue a partir del siglo XIX, en Europa, cuando la cultura de la muerte fue liberada y pasó a un ámbito estrictamente privado; grandes escritores e intelectuales decimonónicos —como Larra o Lord Byron— decidieron suicidarse para huir de una existencia asfixiante, hipócrita, aburrida e insignificante.

A pesar de que el suicidio ha estado presente en la historia de la humanidad y en sus costumbres, veo deplorable y una tragedia social el suicidio de un adolescente. Leí hace poco que Gabrielle Joseph, una chica británica de dieciséis años, modelo de profesión, de carácter feliz, extrovertida y adorable según sus familiares y amigos, se quitó la vida lanzándose frente a un tren en marcha al haberse sentido poco deseada por parte del chico que a ella le gustaba porque este le había dado un plantón, y todo ello lo anunció pocos minutos antes en algunas redes sociales, como Facebook o Twitter. Solo pasaron setenta y cinco minutos desde que recibió el mensaje del chico en el que anulaba la cita hasta el momento del suicidio.

Dicen los expertos que el perfil del adolescente suicida responde a un joven crítico, muy perfeccionista, que no tolera el fracaso ni la frustración, que se siente poco querido y sin haber encontrado un lugar propio en el mundo. Los padres de Gabrielle acaban de lanzar una campaña en Gran Bretaña para concienciar a los adolescentes de que el suicidio no es la salida, sino que deben hablar con la gente más cercana a ellos, y que hay solución para todos los problemas existencialistas que padecen. Seguro que lograrán su objetivo: con diálogo y comprensión se podrán evitar tantas muertes inútiles.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 20, 2012

Genios (20-1-12)

La memoria almacena frases célebres, muchas de las cuales corresponden al comienzo de una obra literaria imborrable y eterna, que, al desempolvarlas, podrían dibujarnos a su autor. Varias veces he intentado figurarme el rostro inteligente y lúcido del autor de “Pues sepa, vuestra merced, ante todas cosas que a mí llaman Lázaro de Tormes”, iluminado por la luz de un candil e inclinado sobre un pedazo de papel rugoso y desigual; o he procurado imaginar lo que tenía en su mente don Leopoldo en el instante en el que empezó a escribir las primeras letras de “La heroica ciudad dormía la siesta”; y, en fin, se me antoja un capricho de la fantasía evocar la figura ya madura de don Miguel, enmudeciéndosele los ojos rebosantes de experiencia y de sabiduría en el momento en que los fijó sobre una cuartilla y escribió “En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…”.

Con treinta y ocho años, un joven colombiano se sentó una mañana frente a su máquina de escribir y comenzó a teclear: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Unos cuarenta años más tarde, Gabriel García Márquez recordó ese momento en un discurso leído como agradecimiento al homenaje que recibió en el IV Congreso Internacional de la Lengua Española, celebrado en Cartagena de Indias; al rememorar cuándo escribió aquella primera frase, confesó lo siguiente: “No tenía la menor idea del significado ni del origen de esa frase ni hacia dónde debía conducirme. Lo que hoy sé es que no dejé de escribir durante dieciocho meses hasta que terminé el libro”. Esos dieciocho meses dieron a luz Cien años de soledad, obra maestra de la literatura hispana y universal.

En 1997, en Zacatecas, Gabo también fue protagonista de aquel I Congreso Internacional de la Lengua Española y no por motivos literarios, sino por la polémica que originó con unas declaraciones que le valieron la repulsa de los académicos y la desavenencia de la mayoría de los hablantes del español. Afirmó: “Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lágrima donde diga lagrima ni confundirá revólver con revolver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?”. Tras pasar un cierto tiempo, García Márquez suavizó su postura, quién sabe si porque recordó algún fragmento de algún maestro, como esa “batalla nabal” —que no “naval”— que Quevedo describe al comienzo de su Buscón.

Los genios sufren a veces deslices, resbalones y una extraña osadía circense. Pero se les disculpa el descuido por su gran aportación a la cultura y al progreso y provecho de la humanidad.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 13, 2012

Sibaritas (13-1-12)

No soy muy dado a las series televisivas porque, aunque sus primeros capítulos suelen entretener bastante para atrapar al mayor número posible de espectadores, progresivamente van incorporando contenidos, personajes y acciones que desvirtúan y enflaquecen la tensión argumentativa inicial. Pero sí hubo una serie que me pareció magnífica desde el primero hasta el último de sus capítulos. Es española y lleva por nombre Crematorio. En ella se dibuja de una manera excelentemente realista y exacta, con sus aristas y contornos muy bien trazados, a unos individuos alicantinos vinculados al ámbito empresarial inmobiliario que a lo largo de los años fueron enriqueciéndose a base de especulaciones, cohechos y malversaciones, estrechando incluso, cuando se antojaba necesario, la mano negra de la mafia rusa para extorsionar a gente incómoda y para blanquear dinero sucio. Detrás de estos personajes fríos descubrimos a sus familiares repartidos en tres generaciones: algunos participan del negocio con la misma insensibilidad que la del patriarca empresarial; otros actúan con el desapego y la ingratitud aprendidos en el ámbito doméstico, pero mostrando una fragilidad emocional que estremece; otros, en fin, aparecen como víctimas desengañadas por el desenfreno y la inmoralidad de sus padres o de su cónyuge.

No es algo actual que muchas ciudades mediterráneas supongan un atractivo centro para el trapicheo, el hedonismo y la inmoralidad. Algunas de ellas, como Marbella, Benidorm, Mallorca, Valencia o Alicante, se han hecho tristemente famosas porque en ellas se han destapado casos de corrupción urbanística y empresarial en los que han participado desde ciudadanos anónimos hasta representantes de la política local y nacional o quienes han empleado su nombre o sus vínculos y contactos familiares con las más altas esferas para llenarse los bolsillos con el dinero privado o con el público. Junto al mar Jónico, sobre el golfo de Tarento, se fundó una ciudad griega a la que llamaron Síbaris. No solo fue una ciudad próspera, sino que se convirtió en la más floreciente de todo el mundo civilizado del siglo VIII a. C., con varios centenares de habitantes, gracias a su actividad agrícola con Mileto y Grecia; se llegó a decir que en su ciudad había canales que acercaban el vino del campo a la ciudad y que el trabajo de herreros y carpinteros se había prohibido para evitar a los ciudadanos el molesto ruido que generaban. Eran tantas sus riquezas que, por ejemplo, los cabellos de los niños eran atados con cintas de oro, y los hubo, según se cuenta, que dormían sobre lechos rellenos con pétalos de rosa frescos. Por todo ello, sus habitantes pronto se ganaron la fama de ser muy refinados y de disfrutar de una vida hedonista volcada en el placer; tanto es así que el gentilicio sibarita se empezó a usar como sinónimo de depravado o disoluto, según aparece en alguna edición del DRAE del s. XIX: `Muy dado a regalos y placeres´.
Los sibaritas del s. XXI emplean el ladrillo en lugar del cereal, pero el hedonismo y la inmoralidad gozados por aquellos y por estos son casi similares.

Posteado por: josejuanmorcillo | enero 6, 2012

La señora Chelo (6-1-12)

Los vecinos y el círculo más o menos amplio de amistades la ven como una señora de exquisitos modales que ella misma trata de preservar desde la incólume permanente hasta los andares, de costumbres intachables a las que diariamente saca brillo visitando la iglesia o asistiendo a obras benéficas, de conversación agradable que siempre se encarga de hacerla amena por ser aburridamente repetitiva, con sentido del humor aunque a veces se ría ella sola de sus chuscadas y la compañía se vea en la obligación de dibujar una sonrisa educada y socialmente correcta, y con un concepto algo rancio del abolengo familiar que no disimula desde las altas torres de su arrogancia y de su vanidad.

Pero, de puertas para adentro, la señora Chelo se desenmascara descargando tanta tensión histriónica y tanto fingimiento social con muchos de sus allegados, y principalmente con Bartolomé, su marido, un buen hombre, de espíritu noble y algo flemático, al que ha sabido someter a su voluntad durante algo más de cincuenta años faltándole al respeto casi a diario mediante gritos impertinentes, menosprecios e insultos vejatorios con los que ha conseguido no solo socavar su autoestima sino también minar su salud hasta convertirlo en una apariencia de lo que fue, y no como ahora, amilanado a los pies y a la sombra de su mujer, arrastrando pesadamente las heridas del tiempo y las de la vida por las calles de la ciudad, cabeceando su aflicción como un buey con un yugo insoportable, con el último insulto lacerándole todavía en la mente —otra nueva llaga que tardará en cerrar—, otro latigazo, otro tumbo para ver si se libra del yugo, pero sin fuerzas ya, cerca posiblemente del último surco que le queda por labrar, y la familia callada, sin reprocharle nada a la señora Chelo por no causar más disgustos a Bartolomé, solo diciendo las verdades cuando ella no está, y, mientras, aguantando sus salidas de tono de mujer consentida y mimada desde que era niña, sin permitir que alguien le lleve la contraria o que le levante un poquito la voz, sus palabras impertinentes disparadas desde unos labios con forma de cuenco invertido que dibujan en su cara alargada y fatídica una mueca de insolencia y soberbia, la señora Chelo, la señora presente en los principales actos benéficos de la ciudad, de profundos y cerrados golpes de pecho, compartiendo chismorreos y permanente con otras señoras distinguidas, de gesto afable y sonriente, educadísima en los círculos sociales, ella, la señora Chelo, tan agria y destemplada cuando se embute en su bata desgastada y descansa de su agitada vida pública haciendo añicos la privada, ella, la señora Chelo, a la que creíamos en vías de extinción dentro del ruedo ibérico y de este gran teatro del mundo que no para de sorprendernos, ella sigue procurándose su alta y merecida cátedra celestial sabiendo que seguirá encendiendo crispaciones, atizando comadreos y reavivando asperezas mientras devora fríamente las doce uvas del nuevo año.

Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 23, 2011

Gambetear (23-12-11)

Confesó el prestigioso filósofo español Francisco Javier Sádaba en una entrevista concedida a la televisión que el fútbol era una de sus pasiones más sinceras y afirmó con rotundidad que fue él quien acuñó la reflexión de que jugar al fútbol es pensar con los pies. Hacía tiempo que yo no oía unas palabras tan acertadas, elogiosas y tan reivindicativas de un deporte que, en opinión de sus detractores, es un reflejo del bajo nivel intelectual y formativo de muchos españoles que se sientan frente al televisor con un cerveza en la mano, alienados en ese mundo lúdico-deportivo que se dirime sobre un tapete verde, ensimismados mirando cómo veintidós hombres ricos y en calzones deportivos corren detrás de un balón, arrebatados, en fin, por una decepción o una alegría desmesuradas según si ha vencido o perdido su equipo.

Jugar al fútbol es pensar con los pies, es materializar una estrategia que se adapta constantemente a cada acción del contrario —como si se tratara de una partida de ajedrez—, y jugar bien, triangulando, pasando con exactitud el balón al compañero, golpeando con corrección y precisión al balón con el pie o con la cabeza, ver al portero suspenderse en el aire o lanzándose felinamente al suelo para atrapar el esférico, esto es crear belleza, una belleza en movimiento, en directo, grabada en la retina y paladeada durante años recordando aquel partido perfecto, aquella jugada única e irrepetible, aquella parada imposible con la yema de los dedos, aquel gol que valió un campeonato, una belleza inmortalizada en unas imágenes que podemos ver repetidas y recordarlas cuantas veces queramos.

El futbolero serio y entendido va más allá de unos colores y de unas cervezas; crece y se enriquece admirando la belleza que puede nacer, en un momento dado, de las botas de un futbolista o de la estrategia de un entrenador. Y muchos de estos futboleros serios los encontramos en los medios de comunicación, con sus comentarios y con la interpretación que le dan a un partido, pero también con unos términos, muchas veces creados en la fragua de su teclado o del papel, tan originales y tan hábiles que reflejan su admiración y cariño por este deporte. Leo en una crónica deportiva que «Iniesta gambeteó a su contrario y pasó a Xavi». Nos recuerda el DRAE que una gambeta es un movimiento hecho con las piernas “jugándolas y cruzándolas con aire”, como lo que hacen los caballos con sus corvetas, y que esa es la razón de que en algunos países hispanoamericanos se llamen gambetas a los regates futbolísticos. Magnífico término. Como el de ariete para un delantero (DRAE, `viga larga y muy pesada, uno de cuyos extremos estaba reforzado con una pieza de hierro o bronce, labrada, por lo común, en forma de cabeza de carnero´), o el del verbo percutir con la carga semántica de hacer hueco a través de los jugadores contrarios («El centrocampista intenta percutir por el centro»).

El fútbol es, sin duda, una gambeta de las piernas y del pensamiento, reflejada inequívocamente en el idioma.

Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 2, 2011

Tonterías (2-12-11)

Cansado de la rutina informativa y del torbellino político generado tras las últimas elecciones generales en España y con el ánimo abierto a la sonrisa, busco en la red, selecciono y al fin leo lo que una joven llamada Tatiana Castro, miss Colombia y candidata a miss Universo en el año 1994, respondió aquel año a la pregunta de a quién salvaría en un incendio en un museo, al perro guardián o a los cuadros. Así contestó: “Al perro, porque ellos también son seres vivos”. Si Darwin levantara la cabeza, quizás creería encontrar el eslabón perdido en esta señorita. En ese mismo año —fatídico, como se ve, para la investigación y la docencia—, la señorita Heather Whitestone, que aspiraba a miss Estados Unidos por el Estado de Alabama, se quedó muy hueca y relajadísima cuando descerrajó este monólogo: “No viviría para siempre, porque no deberíamos vivir para siempre, porque si debiéramos vivir para siempre, viviríamos para siempre, pero no podemos vivir para siempre, por lo que no viviré para siempre”. Si esta moza hubiese sido coetánea de Cervantes y este hubiese tenido la fortuna de conocerla, sin duda en ella se habría inspirado cuando en el primer capítulo de la primera parte del Quijote, justificando la locura del hidalgo manchego, escribió don Miguel: “[...] y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafío, donde en muchas partes hallaba escrito: la razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura, y también cuando leía: los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas se fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza. Con estas y semejantes razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas, y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara, ni las entendiera el mismo Aristóteles, si resucitara para sólo ello”.

Yo, desde luego, no quiero acabar como mi paisano literario intentando encontrar el sentido a tales despropósitos y tonterías. No hay un étimo claro para el adjetivo tonto; es uno de los pocos términos que tenemos en la lengua cuya procedencia se desconoce. Lo más seguro es que esta palabra tuviera un origen expresivo, tal como sucedió con otras como lelo, bobo o memo. Fue muy frecuente a lo largo del siglo XVI y muy usada por los principales escritores; así, Santa Teresa de Jesús escribió: “¿Para qué quieren que escriba? Escriban los letrados que han estudiado, que yo soy una tonta y no sabré lo que me digo, pondré un vocablo por otro con que haré daño”. O el albaceteño Pedro Simón Abril, que en su Traducción de la Ética de Aristóteles, de 1577, calificaba con este término a unas determinadas personas: “Pero de los que exceden, el que excede en no temer no tiene nombre (y ya habemos dicho en lo pasado, que muchas cosas hay que no tienen proprio vocablo), mas puédese decir hombre loco y sin sentido, y tonto, el que ninguna cosa teme”.

Es un hecho comprobado que siempre ha habido más tontos que de costumbre habitando entre nosotros; quizás habría que plantearse si esto nos hace más humanos.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 25, 2011

Que es gerundio (25-11-11)

Al dejar el rey Sebastián I de Portugal vacío el trono por la ausencia de descendientes, Felipe II encargó al duque de Alba la invasión del país vecino. Sin encontrar apenas resistencia, las tropas castellanas llegaron a Lisboa y Felipe II fue proclamado rey de Portugal, con lo que no sólo logró la unificación política de la Península Ibérica, sino la anexión a la Corona española de las posesiones lusas en Brasil, África y Asia. Aquel fue el momento de mayor expansión y esplendor de un imperio en el que el sol no se ponía nunca.

Para controlar toda aquella administración económica, territorial, militar y humana, Felipe II determinó contar con la ayuda de un grupo de personas que trabajarían para él. No solo acababa de nacer la burocracia, sino que se había dado el primer paso de lo que siglos más tarde será la figura del funcionario. Desde hace algo menos de doscientos años, el lenguaje administrativo ha ido royendo las fronteras que mantiene con la lengua coloquial y ha logrado inmiscuirse en el habla habitual de los hablantes del español. Pocas, muy pocas, son las influencias positivas que de él hemos recibido; sin embargo, numerosas han sido las aportaciones que han empobrecido la lengua denominada en su día por Nebrija —y nunca antes tan acertadamente— “compañera del Imperio”.

De entre todas ellas, posiblemente la más perniciosa ha sido la del uso incorrecto del gerundio. Sobre él, lo mejor que se puede decir es que cuanto menos se use, mejor; es como esa amistad forzada y necesaria a la que nos vemos obligados a saludar, pero con la que no intimamos porque no nos inspira confianza. Así pues, usémoslo poco, como un acto de cortesía hacia él y nada más. Pero cuando se utilice, debemos recordar que hay que hacerlo cuando su acción y la del verbo principal se efectúen al mismo tiempo. Fijémonos en que no es lo mismo decir “Se acercó a su hija saludándola” que “Se acercó a su hija y la saludó”; en el primer caso, las dos acciones —la de acercarse y la de saludar— se llevan a cabo al mismo tiempo (mientras se acercaba la saludaba); en el segundo, primero se acerca y luego la saluda. Por tanto, es totalmente incorrecto el siguiente titular: “La Bolsa bajó al comienzo de la sesión, recuperándose al final de la jornada”, porque las dos acciones no se realizan al mismo tiempo; diríamos: “La Bolsa bajó al comienzo de la sesión y se recuperó al final de la jornada”. Asimismo, y por la misma razón, es aconsejable usar ciertos conectores discursivos (en resumen, para finalizar o como conclusión, por ejemplo) en vez del correspondiente verbo en gerundio (resumiendo, finalizando o concluyendo).

Casi siempre fijamos nuestra mirada en la historia pasada y la convertimos en un modelo que seguir, pero, a veces, comprobamos abnegadamente que de algunos barros nos sobrevienen otros tantos lodos. Del lenguaje administrativo, de esa retórica funcionaria que se fue forjando a lo largo de los siglos, poco bueno ha llegado como ejemplo al ámbito normativo del idioma.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 18, 2011

Idiotas (18-11-11)

Hace unos días, y con un mes y medio de antelación, en Viena han encendido oficialmente el árbol navideño y han plantado en el centro de la ciudad los puestos en los que se venden los productos típicos de estas fiestas. Ya se sabe que con el alumbrado de las luces en calles y establecimientos da comienzo la campaña navideña, que, para algunos, no es más que un mes comercial, de derroche económico y de diversión, y que, para otros, supone una época entrañable y de unidad familiar marcada por la festividad religiosa. Sea como fuere, lo cierto es que se trata de una temporada que te obliga a sentir emociones extremas, ya que o se vive con mucho gozo y alegría o con profunda amargura: casi no caben las medias tintas.

Mi vecino Felipe, que es un malhumorado y se las gasta muy mal, me comentó que estos días solo los disfrutan los niños y los idiotas. Esta palabra no tenía en su origen un sentido insultante. Los antiguos griegos llamaban idiota (idiotés) al que se apartaba de los asuntos públicos y se ocupaba exclusivamente de los suyos propios; la raíz idio- significa `propio´, y de aquí otros términos como idioma (`lengua propia´) o idiosincrasia (`forma de ser particular´). En la antigua Grecia, el idiota era asimismo el que vivía apartado y huraño, y por este motivo se le consideraba una persona inteligente, un filósofo de la vida al que la gente acudía en busca de consejo y consuelo espiritual. Cuando la palabra pasó al latín, fue adquiriendo poco a poco el sentido actual pues se aplicaba para referirse a la persona que se alejaba del conocimiento común y, por lo tanto, caía en la ignorancia; en la Edad Media, se empleaba idiota para referirse al fraile iletrado y que no sabía latín. Fray Antonio de Guevara, en su Libro áureo de Marco Aurelio —uno de los libros más importantes del XVI español­—, escribe: “Yo antes daría la vida a un búbalo [`búfalo´] simple que a un idiota maliçioso, porque aquel animal vive en utilidad de muchos y sin daño de alguno, y el hombre idiota vive en daño de todos y sin provecho de alguno”.

Nos cuenta Filón de Alejandría que, tras la muerte de Jesús, un grupo de judíos comenzaron a agruparse para vivir aislados de la sociedad y seguir la forma de vida que aquél había sermoneado. Éstos se hacían llamar terapeutas, y vivían de manera muy sencilla, dedicados a comer, filosofar y practicar el culto en comunidad. Tras la comida de la tarde, el proedros o presidente del grupo comentaba las sagradas escrituras y comenzaba a cantar. Imaginándonos esto, no es de extrañar que estos excluidos o idiotas llevasen una vida relajada, feliz y sin estrés, y que su modo de vida sea en la actualidad, y para algunos, un modelo de terapia.

Al despedirnos, le contesté a Felipe que era un exagerado, pero que, de todas formas, tuviese en cuenta un consejo de Freud, que de psicología sabía un rato: “Existen dos maneras de ser feliz en esta vida: una es hacerse el idiota; la otra, serlo”.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 11, 2011

Sabotaje (11-11-11)

Billy Hayes, norteamericano de nacimiento, fue recluido en una cárcel de Turquía por tráfico de drogas en el año 1970 y, tras cinco durísimos años de malos tratos y vejaciones inhumanas en aquella prisión, consiguió escapar en 1975. Al regresar a EE. UU. decidió escribir su autobiografía, que publicó en 1977, y esta inspiró a Alan Parker para rodar un año después, en 1978, El expreso de medianoche, considerada como una de las mejores películas del cine contemporáneo ya que, al margen del óscar ganado por Giorgio Moroder (banda sonora) y por Oliver Stone (mejor guion), logra como pocas describir la desesperación humana con un realismo verdaderamente impactante. Lo que no esperaba Billy Hayes fue la mala propaganda turística que su libro lanzó contra Turquía, un pueblo rico en arte y cultura, orgulloso de su historia y de unas raíces ancladas en el famoso imperio otomano, cuyo momento de mayor expansión lo vivió entre los siglos XV y XVI cuando se había anexionado Grecia, Bulgaria, Rumanía y los Balcanes tras la toma de Constantinopla.

Esta hegemonía a lo largo de tantos años queda reflejada con la presencia de varios vocablos turcos en nuestra lengua, algunos de los cuales resultan sorprendentes pues los usamos diaria y repetidamente. Los turcos llamaban a su calzado šabata, y se popularizó tanto que apareció en lenguas como el árabe (sabbat), el francés (savate), el portugués (sapato) o el español (zapato). En catalán encontramos sabata, y de ahí nombres y apellidos como sabater (`zapatero´). Un caso muy peculiar es el del italiano, en donde pasó a escribirse ciabatta, y que nosotros hemos introducido en español para referirnos a un tipo concreto de pan, la chapata, que precisamente tiene forma aplastada y alargada como la suela de un zapato.

Pero hay más palabras que hemos adoptado del turco. El país otomano puso de moda un preparado lácteo consistente en evaporar a la mitad una cantidad determinada de leche y añadirle después un fermento para su conservación. A este alimento lo denominaron yoğurt, y no tardó en adquirir fama por toda Europa. Los turcos, que eran y siguen siendo unos excelentes orfebres, llaman al oro altln, y de esta palabra ha derivado la castellana latón, que, aunque nada tiene que ver con aquél, sí se parece en el color y brillo. Además de otros términos como turbante o sultán, la lengua turca nos ha prestado dos vocablos muy singulares: al refresco de zumo de frutas con azúcar o hecho con otros ingredientes lo denominan şerbet, y entró en español como sorbete; al igual que el kőşk, que era un pabellón construido en los jardines y que nosotros llamamos kiosko o quiosco.

De vuelta al calzado, los franceses llaman al zueco sabot, y de aquí crearon el verbo saboter, que pasó al español como sabotear. Billy Hayes, para evitar cualquier sospecha de sabotaje turístico contra Turquía, regresó a este país en 2007 para pronunciar una conferencia sobre la democracia y pidió perdón por el sentimiento antiturco que su libro generó tras su publicación; todo acabó en una cerrada y sonora ovación. Qué vida esta.

Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 4, 2011

Apagón (4-11-11)

La semana pasada, debido al llamado “horario de invierno”, nos vimos obligados a retrasar los relojes una hora para contribuir al ahorro energético, medida que, para la mayoría, resulta desde hace ya unos años bastante impopular porque nos altera el descanso y el metabolismo a cambio de lograr un ahorro real verdaderamente irrisorio. Todo esto me recuerda al apagón de electricidad de cinco minutos ideado hace unos años en Francia para concienciar al planeta sobre el imparable cambio climático causado por la utilización de fuentes de energía contaminantes; sin embargo, aunque monumentos y lugares emblemáticos europeos quedaron en tinieblas, la mayoría de los ciudadanos no apagó ni una sola bombilla, lo cual llevó a algunos a bautizar aquel acontecimiento como “el apagoncito”. Además, y para más inri, el corto apagón motivó paradójicamente una subida en los niveles de contaminación al tener que encenderse de nuevo automáticamente las centrales térmicas cuando los europeos pulsaron los interruptores tras los cinco famosos minutos en tinieblas.

Quizás ustedes sepan que los verbos apagar y pagar son hermanos mellizos. En la Edad Media se empleaba apagar con el sentido de `satisfacer o apaciguar a alguien´, justo el mismo significado que tiempo atrás adquirió su hermano mayor pagar, es decir, `satisfacer o contentar a una persona´. Los dos provienen del verbo latino pacare (`pacificar´), que lógicamente tiene la misma carga semántica que su étimo: pax (`paz´). Así que no resulta un trabalenguas ni un acertijo el afirmar que al apagar los interruptores —y pagar, así, menos— estamos doblemente contentos y satisfechos.

Ahora bien, el verbo apagar comenzó a usarse a partir del siglo XVI y de manera generalizada con el sentido de `aplacar´ o `extinguir´ algo. También hoy en día decimos “apagar la sed” o “apagar la ira”, y en ambos casos se emplea como `aplacar´ estas sensaciones; y, lógicamente, al apagar las luces las estamos extinguiendo, las estamos matando, como cuando se apaga un incendio. Posiblemente piensen que he exagerado al emplear el término matar para la luz o el fuego, pero lo he hecho a propósito porque apagar tuvo un duro competidor hace siglos en el verbo amatar. En su Libro de Buen Amor, el Arcipreste de Hita escribe que “mala es de amatar la estopa que arde”; y Santa Teresa de Jesús recomienda en su Libro de la vida que, cuando el sentimiento amoroso es muy intenso, hay que procurar “amatar la llama con lágrimas suaves y no penosas”. Al margen de estos dos ejemplos, en los cuales el sentido empleado es el de extinguir una llama, también eran comúnmente aceptadas en aquellos siglos frases como “amatar las ganas de comer”, esto es, con el significado de aplacarlas.

El apagoncito fue solo un gesto simbólico que no supuso un ahorro de energía ni tampoco contribuyó a reducir las emisiones contaminantes a la atmósfera, pero sí marcó un toque de atención hacia una trágica realidad: que nuestro planeta se está asfixiando y agotando, y que entre todos lo estamos extinguiendo, lo estamos apagando.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 28, 2011

Eufemismos (28-10-11)

Antes de aquel día había oído en las declaraciones de muchos testigos que la explosión les había parecido como la de una bombona de gas, una explosión seca y potente, capaz de hacer añicos los cristales de muchos metros a la redonda y de convertir en una masa informe y grotesca de metal los vehículos más próximos a la detonación. Era viernes por la mañana, a primera hora, y justo cuando cerré la puerta de mi casa para coger el ascensor oí la explosión, no demasiado potente, amortiguada, sin duda, al estar yo rodeado de las paredes del pasillo, dentro de la estructura del edificio, pero sí lo suficientemente destructiva como para destripar la ventana de la cocina y hacer saltar las alarmas de varias viviendas. Todo lo que quedó de la onda expansiva fue una columna de humo negruzco apenas visible desde la cocina y a través de un marco metálico, ya herido y desvencijado, que, con los pocos cristales rotos que apenas se sostenían, parecía la mandíbula maltrecha de un escualo colgada de la pared a modo de trofeo.

Ya abajo, en la calle, la visión era dantesca: un coche destrozado, con sus tripas de metal por fuera, como garras crispadas, y dentro un hombre inconsciente, cuyo rostro estaba difuminado por la negrura de la pólvora quemada y con las piernas desmembradas, deshechas en jirones de carne chamuscada, huesos rotos y sangre cauterizada. Afortunadamente, la bomba lapa no explosionó unos minutos antes, cuando dentro del coche del capitán Aliste aún iban montados sus hijos, peinados y somnolientos, de camino al colegio. El militar sobrevivió, y me emocionó oír su voz días después del atentado decir con entereza que a Eta se vence desde la ley y no desde la venganza, la misma voz que escuché de nuevo hace unos días por la radio manifestando su alegría tras el comunicado de Eta en el que anunciaba el abandono definitivo de la violencia.

Ese mismo viernes del atentado, cuando entré en mi clase de la Facultad, me dirigí a mis alumnos para recordarles que los actos criminales, vengan de donde vengan, hay que nombrarlos directamente, sin rodeos, sin eufemismos. Y puntualicé que los medios informativos se empeñan en hablar de “artefactos explosivos” cuando son bombas; o tratan y comentan sobre el “impuesto revolucionario” cuando estamos ante una extorsión; o se contabilizan “víctimas inocentes” cuando son muertos y asesinados.

Como aquel día, como aquella fría mañana salmantina, hoy también deseo hablar sin rodeos tras el anuncio de alto el fuego definitivo de Eta. Y creo que nos estamos acostumbrando al eufemismo y al uso de términos neutros que no expresan directamente lo que se desea: “alto el fuego permanente” o “camino hacia la democratización en el País Vasco” se me antojan frases huecas; abandono definitivo de las armas y de la violencia, disolución y desaparición de la banda terrorista y convivencia en paz y tolerancia lo significan todo.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 21, 2011

El lenguaje futbolístico (21-10-11)

No cabe duda de que, dentro del campo periodístico, es en el ámbito del deporte donde la lengua española alcanza su mayor actividad creadora, y sobre todo en las crónicas escritas, que atesoran una magnífica colección de figuras retóricas, frente a las orales, más proclives al error lingüístico. Debido a la gran aceptación social que vive el deporte en España, y principalmente el fútbol —el deporte rey—, algunos lingüistas relevantes han subrayado la decisiva influencia que los periodistas deportivos ejercen sobre los oyentes. Tanto es así que el profesor Lázaro Carreter definió la crónica deportiva —tanto oral como escrita— como el más destacado “taller de forja idiomática”.

Pero entremos algo más en materia. Una de las particularidades que define este lenguaje deportivo es el uso hiperbólico o enfático del idioma, ya que todo tiende a sobredimensionarse —un gol, un resultado, un partido, una victoria histórica,…—. Y el mejor ejemplo podemos encontrarlo en la abundancia de términos que pertenecen al campo semántico bélico: se habla de lucha fratricida entre dos equipos locales o regionales; los goles son misiles que traspasan el fuselaje del rival; un entrenador tiene preparada toda su artillería ofensiva; un equipo se atrinchera; un campo de fútbol es un fortín; los goleadores son cañoneros que engatillan su pierna buena para disparar a portería; un equipo visitante se encuentra en territorio enemigo; si se gana con facilidad se habla de paseo militar, pero se dice victoria épica si se ha vencido dejándose la piel en el campo; un goleador de falta directa es un francotirador; un delantero fusila al portero lanzando un obús imparable, pero, cuando no golea, es porque tiene la pólvora mojada

También recoge muchos términos del campo semántico religioso. Hace unos días leí: “El Madrid tenía el mejor demonio posible: Caparrós. Un diablo para exorcizar”. Pero podemos encontrar más ejemplos: a los jugadores que caen en el campo víctimas de una entrada peligrosa se les aplica el agua milagrosa y se ponen de pie en menos que canta un gallo; un equipo que se deja golear hace de buen samaritano, y el que gana continuamente hace su particular peregrinaje al título; cuando un equipo no ha jugado bien nadie se salva de la quema; un jugador que mete su primer gol en Liga recibe su bautismo de gol…

Asimismo hay términos recogidos del mundo del mar: tirar por la borda el trabajo de un mes cuando los jugadores han perdido el rumbo y no hay uno que se convierta en el timonel de la nave y evite el naufragio, el hundimiento; o cuando un futbolista hace agua (que no aguas, que eso es orinar) por la banda es porque está jugando mal y, como una embarcación, comienza a hundirse por el agua que se va filtrando.  Y del lenguaje taurino: un jugador remató la faena tras apuntillar a un equipo difícil de lidiar, y salió por la puerta grande de un estadio en el que se colgó el cartel de no hay billetes. Y, en fin, del lenguaje musical —un jugador da un recital cuando juega muy bien—; del de la política —se le da un voto de confianza a un entrenador—; del circense —un entrenador está en la cuerda floja—; del gastronómico —un equipo se merienda a otro—; etc.

Así pues, hemos comprobado la permeabilidad y heterogeneidad del lenguaje futbolístico al nutrirse de un gran número de términos de otros campos o disciplinas, y es esto, precisamente, lo que hace de él un campo fértil de productividad y lozanía lingüística.

Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 7, 2011

Pícaros (7-10-11)

Cuando me presentaron, hace ahora casi veinte años, a Pepe S., lo primero que me dijeron fue que venía de Hispanoamérica y que era el hermano del embajador de su país en España. Este parentesco unido a unos modales exquisitos, a un verbo ágil y lúcido, a una pronunciación simpática de las sibilantes y a una conversación siempre amena le otorgaban un encanto que sabía explotar muy bien a sus cuarenta años a pesar de no tener un físico extraordinario, pues no era demasiado alto, estaba algo pasado de carnes y lucía una barba espesa que solo dejaba libres de sombra una nariz gordezuela y unos ojos pequeños y picarones. Había venido a nuestro país para hacer las españas, y su hermano, convencido de que no tardaría en asentar la cabeza, le fue pasando una pensión generosa que él se ocupaba y preocupaba en darle el responso tan pronto como la recibía hasta que el hermanísimo tuvo noticia de sus negocios y le cerró el grifo, de tal manera que del embajador solo quedó el recuerdo y unos folios oficiales de la embajada que Pepe sabía aprovechar muy bien para pedir favores, atenciones y alguna que otra entrevista.

Para subsistir colocaba el señuelo entre personas incautas y con dinero. Lo conocí en el Ateneo salmantino, a donde fui invitado para asistir a un concierto-recital de jóvenes escritores y artistas, entre los que se encontraba un japonés que tocaba la guitarra española más mal que bien y que había venido a España a perfeccionar su desfigurado estilo. Pepe, cuando supo que desde Japón le mandaba su padre espuertas de dinero, lo convenció de que, a sus diecinueve años, era un gran artista y, bajo la promesa de actuaciones y entrevistas, lo metió en su estrecho apartamento a cambio de que pagara el alquiler, las facturas, el supermercado y las botellas. Como sabía que idolatraba hasta el paroxismo a Joaquín Rodrigo, aquel verano consiguió unas entradas para el concierto que el maestro dio en El Escorial, y, tras la actuación y empleando sus artimañas, logró llevar al japonés al camerino del gran guitarrista; habría que ver al joven temblándole las piernas, sin parar de hacerle reverencias y diciendo entre lágrimas “maestro” cada vez que doblaba el cuerpo.

Coincidimos en muy pocas ocasiones porque no le era rentable; los favores económicos y académicos que me pedía quedaban huérfanos de padrino y sin bautismo, pero, a pesar de ello, mi compañía le resultaba agradable. La última vez que lo vi fue el día que me invitó a su casa a comer y, aunque insistí en pagar yo el pollo asado que pedimos por teléfono, él fue tajante: “Esto lo paga Hiro Hito”. Así llamaba al pobre japonés, en cuya cara me pareció adivinar aquel día que se estaba cansando de tanto engaño, palabrería hueca y desplantes, masticando lenta y ceremoniosamente la carne, en silencio y sin levantar la mirada, mientras Pepe, entre chascarrillos y risotadas, se limpiaba con el dorso de la mano los pegotes de grasa que quedaban temblando en la barba en una escena que recordaba a la de los pícaros áureos, aquellos que, a cambio de ayudar en las cocinas negras y pringosas de los mesones y ventas, picaban (de ahí su nombre) los escasos restos de comida.

Después supe que a los pocos días el muchacho volvió a Japón sin su guitarra, a la que abandonó triste y desafinada en el aeropuerto, y que Pepe, al quedarse con lo puesto, voló de Salamanca a Madrid en busca de otro nido con polluelos a los que desplumar.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 30, 2011

Washoe (30-9-11)

De las opiniones que se han vertido desde diferentes medios de comunicación acerca de la prohibición de los toros en Cataluña me han interesado sobre todo las de personalidades del mundo de la cultura y de la política, y he de reconocer que algunas me han sorprendido por su dureza, otras por su sentimentalismo aderezado con manifestaciones catastrofistas, y otras por su contundencia axiomática tanto a favor como en contra.

Roger S. Fouts y su esposa Deborah son psicólogos ya jubilados que han ejercido su labor investigadora y docente en la Universidad Central de Washington, concretamente en el Instituto de Comunicación entre Humanos y Chimpancés, y han dedicado gran parte de su vida en demostrar que la idea chomskyana de que el lenguaje es lo que singulariza y diferencia al ser humano del resto de animales está equivocada.

Washoe era una chimpancé que fue utilizada por la NASA en sus experimentos espaciales y que fue cedida a un grupo de investigadores en comunicación una vez que la agencia espacial decidió abandonar sus ensayos. La chimpancé pasó de ser expuesta a espacios no gravitatorios y de dar infinidad de vueltas a gran velocidad en una silla con correas a convertirse en la protagonista de un proyecto que ya ha pasado a la historia como uno de los grandes hallazgos en el ámbito de la comunicación: sería el primer animal en comunicarse empleando un lenguaje de signos similar al de las personas sordomudas. Para ello se tomó la decisión de criar a la chimpancé como una niña sorda, y así, tras años de educación y de comunicación entre Washoe y los humanos, asimiló más de cien signos con los que pedía comida, se disculpaba cuando hacía algo incorrecto, manifestaba que estaba alegre o triste, amonestaba a otro congénere cuando hacía algo mal e, incluso, insultaba. El matrimonio Fouts decidió adoptar otros primates y se sorprendió cuando comprobó que Washoe enseñó su lenguaje de signos a su nueva familia sin intervención humana. Tanto Deborah como Roger fueron grabando la convivencia diaria de los primates y demostraron que interactuaban y hablaban como una familia, que cuando unos discutían otros ponían paz, que para conseguir una caricia o un abrazo podían llegar a tirarse al suelo fingiendo un dolor o una agresión de un semejante, o que reñían a quien no se portaba correctamente. Roger Fouts no tiene ninguna duda de que los chimpancés son capaces de ordenar los signos visuales para conversar, empleando así una sintaxis rudimentaria, y de que con ellos pueden inventar y crear un discurso de manera artística.

En su reciente visita a Barcelona, los Fouts han mostrado su satisfacción por la prohibición de las corridas de toros en Cataluña y su deseo de que este paso sea una realidad en el resto de España. Cuando Washoe murió en 2007, este matrimonio norteamericano, amante de los animales y defensores de la dignidad de todo ser vivo, tuvo que sentirlo como si uno de sus hijos acabara de fallecer, y es por ello comprensible que asistir a un coso y ver a un toro sufriendo puyazos, desangrándose y estoqueado hasta su muerte contusionara la sensibilidad de estos ancianos. Los magníficos resultados de las investigaciones del matrimonio Fouts han sido muy bien recibidos por la comunidad científica española; sus declaraciones antitaurinas, sin embargo, habrán resultado desafortunadas para muchos ciudadanos que ven al toro como un animal vinculado al mito, a la lucha y al sacrificio, al devenir, en fin, de la propia historia y cultura de la humanidad.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 23, 2011

El origen (23-9-11)

Durante milenios, el hombre se ha interesado por descubrir el origen de las lenguas, o, para ser más exactos, averiguar cuál de todas las lenguas habladas en el mundo es la más antigua. Uno de los primeros testimonios de ello nos lo ofrece el historiador griego Heródoto, que relata cómo el faraón Psamético quiso saber qué lengua era la más antigua, la egipcia o la frigia, y para ello aisló a dos recién nacidos, uno de cada país, sin contacto con ningún ser humano, para ver en cuál de las dos lenguas hablarían primero. El experimento, lógicamente, fracasó.

La idea de que un idioma es algo innato, esto es, de que nacemos con la información de una lengua grabada en nuestros genes y en nuestro cerebro por obra de un ser superior y divino, se defendió hasta finales del siglo XVIII. Y esta postura se sostenía sobre bases teológicas: se pensaba que la explicación a la existencia de tantas lenguas repartidas por el mundo se encontraba en el episodio bíblico de la torre de Babel, y, como la lengua en que está escrito el Antiguo Testamento es el hebreo, se afirmaba que ésta fue la primera lengua de la humanidad.

Pero fue en España, concretamente en Cuenca, donde un jesuita, el padre Hervás y Panduro, demostró por primera vez el gran parentesco existente entre un grupo de lenguas aparentemente equidistantes comparando la misma palabra escrita en ellas. Así, pater (latín), padre (español), father (inglés), Vater (alemán),… constatan que tuvo que existir una lengua común muy anterior a ellas y de la cual proceden. Acababa de nacer la Lingüística Comparada y los cimientos de una nueva ciencia: la Filología. Hoy en día, el 99,7% de las lenguas conocidas, y siguiendo criterios de parentesco lingüístico, están reunidas en familias: las indoeuropeas, las semíticas, las caucásicas, las negro-africanas, las andino-ecuatoriales, las altaicas,…

Sin embargo, y a pesar de todos los avances alcanzados en este campo, todavía palpita un misterio que la ciencia no ha llegado a alcanzar: en qué momento y en qué lugar surgió la primera palabra emitida por un ser humano. El profesor Quentin D. Atkinson, biólogo de la Universidad de Auckland (Nueva Zelanda), ha publicado en la revista Science que esos primeros sonidos articulados, esos primeros vocablos emitidos por un ser humano con los que pudo crear un discurso y, por tanto, un código de comunicación, esto es, una lengua, pudieron tener lugar hace unos 70000 años en alguna zona del suroeste de África, y esta tesis ha sido respaldada por otros científicos como el biólogo Mark Pagel, de la Universidad de Reading (Inglaterra).

Sea como fuere, no podemos evitar el encanto de imaginarnos a un homínido evolucionado, capaz de reflexionar sobre la muerte porque conoce el enterramiento, y convertido en un animal social y familiar, emitiendo espontáneamente unos sonidos que ya no serían gruñidos porque por primera vez habrían sido articulados en su boca, pronunciando una palabra que en su mente representaría una idea, un objeto o una necesidad.

Nunca lo sabremos con exactitud. Pero no cabe duda de que, en los albores de la humanidad, con el pensamiento nació la palabra en los labios del hombre, y con ella la comunicación, la cultura y el progreso.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 9, 2011

Burquinis (9-9-11)

Como todos sabemos, el regreso al trabajo tras las vacaciones estivales conlleva varios sacrificios, y casi todos relacionados con el ámbito laboral. Pero, al margen de estos, hay otros que son tan difíciles de sobrellevar como si sufriésemos un insoslayable castigo divino que te condenase a soportar una pesada carga y, como Sísifo, llevarla monte arriba para luego despeñarte y volverla a subir, sentencia hacia la que, a fuerza de costumbre, uno siente una fobia enquistada, intensa y profunda, una penalidad como la que voy a compartir con ustedes, amables y fieles lectores, en el artículo de hoy. Me llamó el otro día un amigo para que nos viésemos al salir del trabajo y tomar una cerveza, que llevamos todo el verano sin vernos, que qué ha sido de ti este tiempo, que adónde has viajado, que ya me contarás. Con el ánimo penitente previendo el correctivo llegué al lugar de encuentro con gesto cambiado y, aunque lo observaba con esa cara de dolor y de sacrificado que a él no le importaba un bledo, no tardó nada en sacar su Tablet PC —que no sé cómo demonios se asentará este aparato lingüísticamente en nuestro idioma— para enseñarme las fotos, los vídeos, las grabaciones del mar en que se bañó, por la mañana, por la tarde y por la noche, porque no suena el mar igual, ¿sabes?, será por las mareas, las grabaciones de su perrito y las de su mujer roncando, así como los montajes audiovisuales de todo lo anterior, por lo que tuve que verlo todo de nuevo para mi castigo, y esta vez a cámara rápida y con música de fondo.

Pero como de todo hay que sacar provecho y enseñanza, me fijé en unas fotos que mi amigo tomó en una playa de Alejandría y que me llamaron la atención porque casi todas las mujeres que había sentadas en la arena o bañándose vestían un traje de neopreno que solo dejaba visibles la cara, las manos y los pies, y que parecían maniquíes articulados. Recordé entonces las imágenes en televisión de unos grandes almacenes de Kuwait en las que los maniquíes de los escaparates aparecían por ley enseñando solo la cara y las manos para que no incitaran al erotismo. ¿Esto no será el famoso burquini? Me dijo que sí, y que también lo llevaban puesto mujeres no musulmanas porque, además de proteger del sol, disimula cartucheras y michelines, que en Londres ha sido una de las prendas más vendidas pero que en Francia lo han prohibido porque lo consideran antihigiénico.

Sea o no así, lo cierto es que las mujeres de la foto que llevaban ese traje ceñido que les realzaba las curvas parecían muy atractivas, algunas estaban incluso maquilladas. Al final habrá que creerse lo que un estudio demuestra: que los maniquíes (del neerlandés manneken, diminutivo de man `hombre´) son una fecunda fuente de inspiración para nuestros deseos y sueños eróticos, y no sé si se habrán basado para tal conclusión en don Ramón Gómez de la Serna, que, tras la infidelidad de su pareja, compró un maniquí femenino en el rastro de Madrid al que lavaba, maquillaba, vestía elegantemente y sentaba en la mesa del salón cuando recibía visitas, y a la que le ofrecía comida y bebida como al resto de los comensales. “Esta seguro que no me engaña”, sentenció en una ocasión don Ramón mientras su lindo maniquí lo observaba desde la oquedad de sus ojos secos.

Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 2, 2011

Desiertos de absenta (2-9-11)

Cuando al caer la tarde contemplas Albi desde la otra orilla del río Tarn, con su puente milenario semejando una mano extendida dando la bienvenida al viajero como un ritual que prometeicamente debe cumplir, y compruebas que el sol, huidizo ya, ha encendido como brasas, de un tono violáceo intenso, los ladrillos arcillosos de su catedral, comprendes por qué a esta localidad francesa se le ha otorgado recientemente la distinción de Ciudad Patrimonio de la Unesco. No creo descabellada la idea de que esta ciudad me haya fascinado por el hecho de que, cuando llegué a ella y la descubrí desde fuera, me recordara a Salamanca —la misma silueta recortando el cielo, ambas bañadas por un río, con puente antiguo, y construidas con un material que, tras ser besado voluptuosamente por el sol, cobra vida—, y ello a pesar de algunas claras diferencias como la gastronómica. En Albi, por ejemplo —esto aún no ha llegado a la ciudad del Tormes—, son frecuentes los puestos ambulantes de ostras, algo parecidas a los ostiones andaluces; y no se crean que estoy escribiendo algo inapropiado: la palabra latina ostrea, al llegar al castellano, perdió la r y se quedó en ostia, pero como resultaba malsonante se empezó a pronunciar de nuevo con r, y quedó en ostra, como la tenemos hoy en día, salvo el caso de los ostiones andaluces, claro.

Albi, además de ser el núcleo en el que se incubó la secta albigense y de donde surgieron los cátaros, es la ciudad natal de Toulouse-Lautrec, que, desde bien pequeño, se impregnó de los colores y fragancias del paisaje local. Una de las pasiones del pintor fue la bebida; inventó el “Terremoto”, añadiendo algo de coñac a su bebida favorita, la absenta, a la que Hemingway definió como “la alquimia líquida que cambia las ideas”, y que aparece en muchos de sus cuadros y cuya ingesta excesiva le llevó al pintor en alguna ocasión al delirio, como aquella en que disparó a las paredes de su habitación creyendo que estaban llenas de arañas.

Otra de sus pasiones fue la gastronomía; él mismo se consideraba un sibarita en el arte culinario, y, de hecho, a él se debe la invención de espolvorear cacao sobre una mus de chocolate. Fue este entusiasmo gastronómico el que le llevó a escribir un libro de recetas que, al margen de ser difícil de encontrar en las librerías, es considerado un tesoro por muchos alquimistas de los fogones por las innovaciones que presenta, algunas de ellas casi imposibles de servir en un restaurante occidental, como los saltamontes salteados —brillante paronomasia rítmica— acompañados con salsa de setas, y por ciertas extravagancias que en él se leen, como que para que la carne del pollo esté más tierna hay que matar al animal disparándole perdigonazos varias veces con una escopeta de aire comprimido. Toulouse-Lautrec se pasaba horas en los fogones de la amplia cocina de su casa, el castillo de Malromé, viendo cómo la cocinera, desde que amanecía, cortaba y desmenuzaba los alimentos en la gran mesa de madera que se situaba en medio de la estancia y cómo los iba añadiendo en una olla desmesurada, cociéndolos durante varias horas con vino tinto y agua y mezclados con las hierbas aromáticas que encontraban en el campo, a fuego lento y suave, como el que empezaba a calentar los rojos ladrillos arcillosos de la catedral allá en su Albi natal, y luego él probaba a elaborarlos cambiando unos ingredientes por otros, al principio torpemente y tirando el potingue resultante, y por fin creando platos suculentos que paladeaba tranquila y serenamente en la mesa del jardín del castillo acompañado casi siempre de su madre, una madre taciturna y resignada que se iba apagando conforme su hijo marchitaba su vida regándola con desiertos de absenta.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 24, 2011

Follones (24-6-11)

Mucho carácter, sin duda, mostraba nuestro hidalgo más universal en las numerosas aventuras y desventuras vividas y padecidas, sobre todo en aquella en la que fue apedreado por unos arrieros mientras velaba sus armas en la venta que él creía castillo. Le disgustó sobremanera no ya que éstos hubiesen arrojado su armadura al suelo para dar de beber a las yeguas y que lo hubiesen maltratado, sino la actitud del ventero —o el señor del castillo—, al que no dudó don Quijote de tildar de “follón y mal nacido caballero, pues de tal manera consentía que se tratasen los andantes caballeros”.

Considero muy interesante el término follón, entre otros motivos porque está presente ya desde los balbuceos de nuestra lengua. Se empleaba con dos significados, `iracundo´ y `cobarde, vil´, y su origen no tiene nada que ver con fuelle ni con su derivado follón (`ventosidad sin ruido´ o `cohete lanzado sin trueno´), sino con el catalán felló, que a su vez proviene del francés felon (`cruel, malvado´). Esta palabra está muy presente en el castellano medieval, principalmente en algunas novelas de caballería, como en el Amadís, donde se dice de Gasquilán “ser de linaje de gigantes y muy follón y soberbio”. Pero, a finales del siglo XVI y principios del XVII, estaba ya anticuada, razón por la cual Cervantes la pone en boca del caballero manchego para ridiculizar su habla y subrayar su locura trasnochada.

Hoy en día empleamos follón con bastante asiduidad, pero este vocablo no tiene nada que ver con aquel. El actual es un aumentativo de folla, que en el siglo XVI se usaba con el significado de `lance de un torneo en que se enfrentan dos cuadrillas desordenadamente´; así, por ejemplo, Lope de Vega, en su novela pastoril La Arcadia, escribe: “Este combate fue el postrero de las fiestas, y así comenzaron a prevenirse para la folla”. Debido al caos y desbarajuste de contendientes en aquellos combates, secundariamente comenzó a emplearse el término con los significados de `desconcierto, mezcla, diversión, confusión´. En su Relación y memoria de la entrada en Toledo del rey y la reina (hacia 1579), Sebastián de Horozco escribe que, tras los acontecimientos del día presenciados por la familia real, “acabose la folla con çierta cohetería qual quemó la tela y los despartió”. Precisamente de aquí, de esta última acepción semántica, proviene la expresión mala folla, muy común en el sureste peninsular (Almería y Albacete; en Granada se dice mala follá), y que no tiene nada que ver con el sexo, sino que posee el significado de `poca gracia´, `mala uva´ o `mala pata´.

Hace unas semanas que salimos de la campaña electoral, y, con tantos mítines, dimes y diretes, mi hijo me dijo en una ocasión: “Qué follón, papá; no entiendo nada”. “Ni falta que hace, hijo”, pensé para mí. Él es todavía un niño, y no me cabe ninguna duda de que aún no entiende que haya algunos políticos “follones” y otros folloneros; ahora bien, hay algo de lo que sí estoy seguro, y es de que se ha dado cuenta de que todos los políticos, sin excepción, tienen muy poca gracia.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 17, 2011

Guay (17-6-11)

Hay palabras que hibernan, que permanecen aletargadas durante muchos años en las calladas celdillas de un idioma y luego, inesperadamente, despiertan y circulan de nuevo, de boca en boca, entre los hablantes de esa lengua. Resulta chocante, pero es así. A lo largo de la historia del castellano, que ya tiene algo más de mil años, los hablantes no solo han ido incorporando términos nuevos —casi siempre por necesidad— sino que también han desechado otros por considerarlos desfasados o poco aconsejables para la moda lingüística del momento. Algunas de estas palabras ya han desaparecido; son técnicamente vocablos muertos, pues no pertenecen al mundo de la lengua viva, del español actual. Es el caso de broslar, muy habitual hace cuatrocientos años, pero que, paulatinamente, los hablantes fueron sustituyendo por bordar, que es el que hoy empleamos; o el término omecillo, que aparece en varias ocasiones en el Quijote, y que no tardó en desaparecer del uso porque lingüísticamente hubo claras preferencias por el cultismo rencor (del latín rancor).

Pero también se han dado los casos de palabras que no han desaparecido, sino que en un momento determinado fueron apartadas de la actividad y del ajetreo lingüísticos y, como hemos dicho anteriormente, se han mantenido guardadas en los cajones imaginarios de nuestra lengua, apaciblemente dormidas, hasta que un día son despertadas y reincorporadas al trajín incansable y caprichoso del idioma.
Eso es lo que le ocurrió a nuestra protagonista de hoy. En el siglo XIII, cuando el castellano comenzaba a afianzarse de la mano de Alfonso X el Sabio, se incorporó del gótico —lengua germánica ya desaparecida— la interjección guay para usarla en contextos que denotaban tristeza, lamento o desesperación, y su uso continuó hasta el siglo XVII. En el capítulo XL de la Segunda Parte del Quijote, la condesa de Trifaldi, en un lamento plañidero, implora al gigante Malambruno para que envíe al gran caballo Clavileño con el fin de que don Quijote y Sancho pongan término al “barbado” encantamiento de la dueña, la cual se lamenta de su suerte exclamando: “¡Guay de nuestra ventura!”. Esta interjección fue muy bien acogida en nuestro idioma, y se puso tan de moda que otras lenguas no dudaron en incorporarla, como fue el caso del portugués o del italiano (Dante la usó con frecuencia). Pero, como casi todo en esta vida, la fama es efímera, y el uso de guay tendió pronto a languidecer y hasta prácticamente desaparecer. Sin embargo, desde hace unos años se ha vuelto a usar este término, sobre todo por los hablantes más jóvenes, pero en contextos semánticamente más alegres, y no sólo como interjección —¡Guay!—, sino también como adjetivo —Es un cantante guay— o como sustantivo —El guay de tu vecino siempre está de botellón—.

Sea o no esta revitalización mérito de los jóvenes y haya sido de manera prevista o casual, el caso es que este acontecimiento no deja de ser una prueba más de que nuestra lengua, hoy más que nunca, palpita con fuerza entre sus algo más de cuatrocientos millones de hablantes.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 10, 2011

Electos sin rúbricas (10-6-11)

Esta semana ha sido muy intensa para muchos: por un lado, para los políticos electos de numerosas poblaciones, que han tenido que recargar sus plumas para rubricar los pactos ya inevitables con el fin de consolidar una cartera con garantías de gobernabilidad; y, por otro, para los alumnos de 2º de Bachillerato que se han enfrentado a la PAEG.

La RAE nos recuerda que el término electo hay que emplearlo para referirse a quien ha sido elegido o nombrado para un cargo pero que aún no ha tomado posesión de él. Así pues, un político electo no es aquel que trabaja en el puesto para el que fue elegido en las urnas, sino quien está a la espera de ocuparlo. Como si de una carrera de relevos se tratase, en este espacio de tiempo, que es de unos veinte días, los políticos en funciones que han desempeñado puestos de alta responsabilidad administrativa habrán facilitado a los electos todos los medios a su alcance para pasarles el testigo de la administración sin sobresaltos ni brusquedades, con normalidad democrática, por el bien de todos los ciudadanos.

Más tranquilidad, si cabe, es la de los jóvenes que están a la espera de sus notas de la PAEG y a las puertas de entrar en la Universidad. Ayer vi y me gustó el reportaje con el que un compañero de un canal de televisión cubrió el inicio de esta prueba. En un momento dado se refirió a los alumnos como “jóvenes rutilantes”, y creo que es un adjetivo que ha sido empleado en este contexto con un acierto magnífico. Me sorprende, además, que se trata de un término que no suele pasar desapercibido en el uso idiomático actual a pesar de ser uno de los cultismos más frecuentes en la literatura del Barroco español y de conservar la misma carga semántica. Proviene del verbo rutilare, que significa `brillar como el oro´, y que, a su vez, procede del adjetivo rutilus (`brillante, resplandeciente´). Así, por ejemplo, en un poema de principios del siglo XVII se narra que Dánae se levantó la falda para recoger la lluvia rutilante en que se había convertido Júpiter para poseerla. Estos jóvenes preuniversitarios, según me pareció interpretar de las palabras del periodista, son rutilantes o brillantes porque sobresalen en talento, y ojalá que así sea porque son los que ocuparán dentro de unos años los puestos de trabajo que irán quedando vacantes.

Pero el adjetivo rutilante también se empleaba para aludir a un color rojo intenso (“centellas rutilantes que escupe la fragua”, escribió Lope de Vega), algo parecido a rubricado (`de color rojizo´, del latín ruber `rojo´), porque, antiguamente, los textos y las firmas solían escribirse con tinta roja; hoy en día, rubricar solo se aplica en el sentido de firmar o de suscribir algo. De esta misma familia léxica es el apellido del gran pintor barroco de la escuela flamenca, Rubens (`bermejo, de vivo color´), y otros términos que tenemos en español como rubor o ruborizarse (`ponerse colorado´).

Esperemos, ya para terminar, que este paso que acaban de dar los políticos electos y los jóvenes de la PAEG sea como una primera rúbrica de un futuro fructífero en lo personal y en lo profesional.

Posteado por: josejuanmorcillo | junio 3, 2011

Agresivos (3-6-11)

Entretener, junto con informar y crear opinión, son las principales funciones sociales de los medios de comunicación. En ocasiones, cuando enciendo el televisor suelo buscar documentales de divulgación científica para intentar no quedarme atrás en los últimos descubrimientos logrados en el campo de la ciencia y de la tecnología. Hace poco, en uno de esos programas se afirmaba que un grupo de investigadores habían demostrado que la inteligencia humana no había avanzado nada desde la Edad de Hierro, y para ilustrarlo pusieron un ejemplo de lo más convincente: si un niño nacido a principios del siglo XXI fuese llevado en un viaje imaginario a través del tiempo hasta la Edad de Hierro, se desarrollaría usando las mismas destrezas lingüísticas y tecnológicas existentes en aquella era; y al contrario: una criatura nacida hace unos cuatro mil años y traída a la época actual podría educarse sin dificultad y llegar a conseguir —de proponérselo— cualquier meta profesional.

Pero si la inteligencia humana no ha avanzado nada en los últimos milenios, qué podríamos decir del comportamiento hacia sus semejantes. En política, en familia, en el trabajo, en la calle, hasta en las aulas se reafirma la teoría darwiniana de que la evolución es un proceso muy lento, de que hacen falta muchos milenios más para que el hombre pierda el cordón umbilical que lo sigue manteniendo unido a sus ancestros menos racionales. Precisamente desde la pantalla del televisor se está poniendo de moda, como si de un deporte nacional y ritual se tratase, la agresión tanto física como verbal. El otro día escuché en las noticias a un trabajador relatar que una compañera, fuera de sí, lo amenazó en la oficina con que le iba a estampar el ordenador en la cabeza; en el Congreso de los Diputados, nuestros representantes, luciendo una chabacanería lingüística impropia de su puesto y de su responsabilidad, empujan a los ciudadanos al desencanto y a la desconfianza; en el ámbito familiar, en fin, no disminuyen, desgraciadamente, los casos de violencia doméstica.

Lo agresivo. Sí. Dice el DRAE que por agresivo se entiende todo hombre o animal —que casi es lo mismo— que tiende a la violencia, o por aquel que ofende, falta al respeto y provoca a los demás. Pero junto con esta definición se nos ha colado en nuestro idioma un anglicismo semántico que no es bienvenido: en inglés, el adjetivo aggressive se suele emplear para definir a una persona dinámica, emprendedora o enérgica en un ámbito determinado, como puede ser su trabajo; en cambio, en español, el vocablo agresivo solo se usa con el significado que hemos señalado anteriormente, registrado en el diccionario académico, y nunca en contextos semánticamente positivos. Por esta razón, puede causar espanto leer los anuncios de varias empresas —algunas, incluso, de reconocido prestigio— que necesitan incorporar “vendedores agresivos”, o bien de otras que hacen gala y ostentación de tener entre sus filas a los mejores “ejecutivos agresivos”. ¿Se imaginan a uno de estos trabajadores obligándonos, bajo amenaza física y extorsión, a que invirtamos en sus productos? Después de cómo va el carro de la economía, esto era lo que nos faltaba.

Dejémonos, pues, de agresividades y violencias, y ocupémonos en transformar los mamporrazos léxicos y físicos en delicadas caricias y educados comentarios.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 27, 2011

Movimiento 15-M (27-5-11)

He estado siguiendo vuestras movilizaciones convocadas por toda España, y también vuestras reivindicaciones y el modo como las habéis planteado. Dejadme deciros que, a pesar de que no sabemos a día de hoy el tiempo que va a durar vuestro/nuestro Movimiento 15-M, era tremendamente necesario este redoble de conciencia. Acabo de decidir que voy a escribir este artículo como si fuera una de las muchas plataformas digitales que en internet actúan de redes sociales; así, digo y afirmo que Me gusta ver al pueblo, a ciudadanos de todas las edades, condición social, credo e ideología acercarse a vosotros para ayudaros con lo que pueden y que necesitéis, aunque os critiquen de oportunistas o de que bajo vuestra bandera de neutralidad política se intuyen orientaciones más encaminadas hacia la izquierda y movimientos antisistema que hacia el centro o la derecha. Me gusta sentir que parte de la juventud española está viva a pesar de que la otra está irremediablemente adormecida por los efectos narcóticos de una sociedad capitalista, hedonista y utilitarista, de una sociedad a la que nosotros mismos, los que tenemos hijos, estamos arrastrados a adorar como a un becerro de oro, bello y atractivo por fuera, pero hueco y sin alma por dentro. Me gusta que defendáis la eliminación de los privilegios de la clase política y la aplicación de la ley penal contra los infractores porque ellos son también trabajadores y con una gran responsabilidad ética, que no es otra que la de poner su máximo empeño para que el Estado funcione con honradez y sin mancha de corrupción. Me gusta que abracéis con fuerza principios constitucionales como el derecho al acceso a una vivienda digna, mediante alquiler o compraventa, y dando una solución por la vía rápida y urgente a los miles de pisos paralizados o cerrados por la especulación. Me gusta que pidáis acceso a la formación y al empleo a un Estado que ha invertido millones de euros en vuestra educación, en la cual, si queremos que sea realmente de calidad, hay que invertir más y mejor. Me gusta que exijáis un control serio y definitivo de la fiscalidad y de las entidades bancarias, que son las que realmente gobiernan y dirigen los países, ridículas marionetas de ojos de felpa movidas por los hilos invisibles de la banca. Me gusta que reivindiquéis la independencia real del Poder Judicial y la implantación de una Ley Electoral más justa y equitativa.

Me gusta, en fin, ver vuestra ilusión y vuestras maneras de defender estas propuestas. Yo participé en el año 1986 en las manifestaciones estudiantiles cuando exigimos un cambio del sistema educativo; lo logramos, aunque ahora comprobamos que la Logse no es más que un triste bálsamo de Fierabrás demasiado estomagante y perjudicial. Lo logramos entonces, sí, a pesar de que empleamos revueltas callejeras que nos costaron algún que otro quebradero de cabeza. Vuestras formas son distintas y mejores; usáis medios pacíficos, estáis muy bien preparados y organizados, y lo estáis llevando a cabo en un país cuya democracia, al margen de sus deficiencias, es sólida y está consolidada. No desfallezcáis, mucho ánimo frente a las adversidades que os vais a encontrar porque el trayecto es largo y dificultoso. No olvidéis que, aunque en la sombra y desde la comodidad de este teclado, somos muchos los ciudadanos que os apoyamos y abrazamos.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 20, 2011

Deber de votar (20-5-11)

Ahora que acaba la campaña electoral y, con ella, casi dos semanas en las que hemos visto a los políticos lanzándose descalificaciones barriobajeras y prometiendo las minas de Potosí, considero que rescatar por un instante la figura de Aristóteles no vendría nada mal ya que inmortalizó una reflexión acerca de la política que en los tiempos que vivimos no nos debe dejar indiferentes. Según él, “la política es un ejercicio que nace de la ética”, de lo que se deduce que, en la antigua Grecia, la política gozaba de una altísima consideración, tanta que el ciudadano que se dedicaba a ella tenía que reunir unas características espirituales tales —nobleza de alma, altruismo, rechazo del enriquecimiento personal,…— que le permitieran ejercer con honor y responsabilidad su cargo público. Para muchos, la democracia ateniense es la más perfecta en la historia de la humanidad porque todos sus representantes eran escogidos desde y por el pueblo, y si alguno de ellos ejercía su función corruptamente era destituido al instante, se le aplicaba un castigo acorde con el delito y se nombraba a otra persona para que ocupara el cargo vacío.

Verbos como deber o poder han estado, de siempre, envueltos por un halo semántico de fuertes connotaciones sociales y políticas, tanto es así que, ya desde los orígenes de nuestra lengua, los vemos convertidos en sustantivos: el deber y el poder. Como verbo, deber puede expresar tres connotaciones semánticas según cómo se use; lo malo es que no suele emplearse correctamente. Si aparece seguido de un infinitivo, manifiesta obligación, como cuando se escribe que un equipo de fútbol “debe ganar el próximo partido si desea mantenerse un año más en 2ª División”, esto es, tiene que ganar para lograr la permanencia. Si, por otro lado, deseamos reflejar una duda o aproximación, usamos este verbo seguido de la preposición de: si, al preguntársele la hora, alguien responde que “deben de ser las ocho”, es porque no sabe con certeza la hora exacta. Por último, si usamos el verbo deber en condicional estamos aconsejando, y nunca va seguido de preposición: así, los dirigentes políticos “deberían serenarse a la hora de hacer públicas sus declaraciones y proclamas electorales”. A un responsable de la administración educativa le oí esta frase dirigida a un auditorio de estudiantes: “Vosotros debéis de estudiar más, y deberíais de seguir los consejos de vuestros profesores”. Mal ejemplo lingüístico impartido por un importante cargo educativo; aquello me sonó a algo parecido a lo que hace el padre que, con un cigarro en la mano, le explica a su hijo que fumar es un hábito canceroso y le exhorta a que no lo haga nunca.

A comienzos de la campaña electoral, la ley recuerda e impone al ciudadano que votar no solo es un derecho sino también un deber, es decir, una obligación, aunque haya algunos que lo duden y otros aconsejen lo contrario. El deber de votar es, sin duda, difícil de acatar, y más cuando observas la lista de candidatos y te percatas de que su única motivación política es ocupar un escaño para ganar prestigio e influencias, llenarse los bolsillos y cumplir las órdenes de partido aunque estas contradigan las promesas lanzadas durante la campaña electoral. La política, hoy en día, a pesar de ser necesaria, es un magnífico campo de maniobras para especializarse en la mentira, en la corrupción y en la inmoralidad. Así nos va a todos.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 13, 2011

Lisonjero y adulador (13-5-11)

He vuelto a ver el cuadro de Francesco del Cossa titulado Triunfo de Venus. Acercarse de nuevo a un cuadro es como releer un libro que te fascina: salen a tu encuentro emociones que tenías olvidadas y te invaden interpretaciones nuevas. En el lienzo, Venus, que simboliza la primavera, la sensualidad y el amor, está sentada en su trono tirado por dos cisnes; a sus pies, Marte, dios de la guerra, está de rodillas y encadenado al trono como gesto de sumisión: es la época del amor y de la paz. A ambos lados de estos personajes, Francesco del Cossa incluye escenas de cortejo amoroso en las que se ve a jóvenes adulándose y agasajándose entre galanterías, arrumacos y algún que otro ejercicio erótico subido de tono.

Estas escenas son una muestra clara de que los requiebros, halagos y adulaciones son más propias de los países latinos y mediterráneos que de otros más septentrionales, fríos y oscuros. Se ha llegado a asegurar, y no sin razón, que el piropear es un arte, pero un arte fino y delicado, tanto que la línea que separa un piropo adecuado y elegante de una grosería es muy fina. A todos nos gusta que nos agasajen con palabras que inflaman nuestra vanidad, y muchos se quejan de que se ha perdido el estilo y la galantería, y no esconden su cansancio por los exabruptos obscenos que tienen que soportar en el trabajo o en la calle. Recuerdo a una tía abuela comentar que a una mujer siempre le gusta que la adulen y piropeen con elegancia y buen gusto, “pero eso era antes, cuando los caballeros se descubrían ante una dama y le lanzaban piropos hasta enrojecerla”. Precisamente de ahí viene lo de piropo, porque, al escucharlo, la mujer sonrojaba como el color rojo intenso de esta piedra fina, el piropo, que es una variedad del granate. “Ahora hasta las mujeres piropean a los hombres. ¡A dónde hemos llegado!”, decía malhumorada y algo apolillada por el desasosiego.

Seguro que se habría puesto de los nervios si hubiese llegado a oír hace unos años a Naomi Campbell lisonjear al que entonces era su queridísimo fiancé, el presidente venezolano Hugo Chávez. En un ataque de arrebato pasional —de sobra son conocidas sus llamaradas incontroladas de celos— aseguró a la prensa que su Huguito “no era en absoluto un gorila, sino un toro”. Qué intensidad de verbo, qué arrebato tan sutilmente revelado; estoy convencido de que un piropazo como este le habrá causado al venezolano un hondo rejoneo, un puyazo certero y definitivo de esos que le hacen a uno crecerse en el castigo.

De púas y malas intenciones saben también mucho las alabanzas. Pedro Simón Abril, del que ya hablaremos en otra ocasión, alertaba del peligro de los aduladores en la traducción que hizo en 1577 de la Ética de Aristóteles marcando la diferencia existente entre los amigos y los lisonjeros: “El amigo conversa encaminando su conversación a lo bueno, y el lisonjero a lo deleitable, y, así, lo del lisonjero es vituperado y lo del amigo es alabado”. Los lisonjeros –apuntó Feliciano de Silva en su Segunda Celestina- “con la lombriz encubren el ançuelo, engañando el gusto hasta que tiran por el sedal y sacan la presa”.

Sin duda: el adulador persigue obtener un beneficio propio ensartando en su anzuelo una lombriz muy apetitosa. Tarde o temprano siempre cae la presa. El halago debilita, y así, cuando las defensas están bajas, el adulador no tarda en arremeter y derribar. Ya lo dijo nuestro don Miguel: “Mucho puede la alabanza en lengua de lisonjero”. Amén.

Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 6, 2011

Basiliscos (6-5-11)

Los cuatro últimos enfrentamientos futbolísticos entre los dos mejores equipos del mundo, Barça y Real Madrid, han transformado nuestras calles, nuestros ámbitos profesionales y de ocio e incluso nuestras casas en terrenos de discordia y de acaloramiento verbal. Con el gesto contrariado y hostil veo a compañeros de trabajo, a familiares y a transeúntes en general actuar como verdaderos basiliscos, hablando en voz alta y con los ojos enardecidos y delirantes mientras defienden a unos futbolistas e insultan a otros. La causa y la culpa de este arrebato general están en las declaraciones de los entrenadores de ambos equipos a los medios de comunicación y, sobre todo, en la actitud violenta y antideportiva que han demostrado algunos jugadores de ambos equipos en el campo.

Los he definido como basiliscos y quizás no haya exagerado mucho. En la Antigüedad, los romanos introdujeron en Europa una leyenda de origen oriental según la cual existía un ser que nacía de un huevo de serpiente fecundado por un sapo. Su cuerpo era pequeño y negro, salpicado de manchas blancas, y terminaba en una cola larga y delgada; lo más siniestro era su cabeza: fina y coronada con tres puntas o cuernos, de la que destacaban dos ojos encendidos en sangre que, al igual que sucedía con las Gorgonas de la mitología clásica, podían matar a un hombre con solo mirarlo. Era tal su ferocidad que su silbido ahuyentaba al resto de las serpientes, lo que convertía a esta criatura en la reina de los ofidios, y de ahí su nombre, basilisco, del griego basiliskos, que quiere decir `reyezuelo, rey de poca entidad´.

Por estas razones, existe en español la frase coloquial ponerse como un basilisco o estar hecho un basilisco para referirse a una persona muy airada y violenta. Una de las primeras documentaciones en las que aparece este uso es en el Quijote, concretamente en el capítulo XIV de la Primera Parte, cuando interviene Marcela para reivindicar que está libre de culpa de la muerte de Grisóstomo, que falleció al no ser correspondido este por el amor de ella. En su alegato ante don Quijote y Ambrosio, ella declara: “Tengo libre condición, y no gusto de sujetarme”; esto es, que su condición de mujer la hace libre y no la obliga a amar a alguien. Y si esta actitud le originase insultos y críticas, a ella no le importaría: “El que me llama fiera y basilisco déjeme como cosa perjudicial y mala”. Es este uno de los primeros casos en nuestra literatura en que encontramos a una mujer que ha decidido actuar al margen de las normas sociales establecidas y que deambula libre de la dominación masculina, a pesar de que esta independencia y soledad le supongan, dentro de la sociedad de aquella época, tales insultos y descalificaciones.

Hace unos días, en un programa de televisión, un padre recriminaba a su hijo sus ataques de violencia verbal por motivos futbolísticos y afirmó que su criaturita “se ponía como un obelisco”. Al oír aquello, fui yo el que se quedó como tal: de piedra, sí, y de una pieza. Lo peor del asunto es que se suele escuchar con frecuencia este desatino, incorrecto por incoherente y absurdo. Lo que podría justificar tamaño dislate es la semejanza fónica entre basilisco y obelisco, y también, probablemente, el patinazo cultural del hablante.

No recuerdo muy bien el nombre del señor que intervino en aquel programa televisivo, pero estoy seguro de que, si la Marcela cervantina lo hubiese escuchado, se habría espantado y luego —quién sabe— se habría tapado los ojos. Por si acaso.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 30, 2011

Vending (29-4-11)

Me propuse estas vacaciones aislarme del trabajo y de cualquier tipo de revisión o escrutinio lingüístico, así que convencí a mi santa para volar a algún lugar bastante alejado y disfrutar de unos plácidos y reconstituyentes días saboreando una intimidad que a lo largo de varios meses había dejado desatendida y maltrecha. Sin embargo, y aunque no fue tarea difícil la de enclaustrarme lejos de responsabilidades, finalmente sucumbí ante ciertos golpes idiomáticos que me dejaron aturdido. Pero quien por desgracia se quedó noqueada fue mi mujer, y en una silla de ruedas, con una doble fractura de peroné cuando pisó mal al bajar por unos escalones de piedra. El susto pasó rápido, pero no el dolor, por lo que fuimos en coche hasta el hospital más cercano. Allí se confirmó la gravedad de la lesión, la escayolaron y el traumatólogo me comentó que debía facilitarme, para poder volar de vuelta a la Península, lo que yo entendí como un “fichuflái”. Le solicité que me lo repitiera o que me explicara qué era ese artilugio, y me aclaró que no se trataba de ningún armatoste, sino de un permiso médico necesario para poder embarcar en el avión y que certifica que la escayola del paciente no es fingida. Tras echar mano de mis recursos con la lengua inglesa, conjeturé que el médico estaría hablando de un fit to fly, y así era. Pero sigo sin comprender por qué, en lugar de decir “Permiso para volar”, se emplea en ámbitos médicos y administrativos un engendro lingüístico derivado del inglés como “fichuflái”. Mueve a risa, sin duda, la sonoridad a la que puede llegar la lengua inglesa en boca de muchos españoles. “Fichuflái” es otro plástico y llamativo ejemplo del landismo lingüístico que cubre, como un hongo contaminante, la mentalidad de cientos de miles de hablantes en esta ibérica piel de toro.

De regreso al hotel paré en una gasolinera para repostar. Mientras llenaba el depósito, observé que en el letrero donde debía decir “Tienda” se leía Vending. ¿Vending? ¿Y qué demonios será eso? Le pregunté al empleado y me contestó con un marcado acento insular: “Una vending es una tienda, caballero, ¿qué va a ser?”. “Claro”, le dije, “en qué estaría pensando”. Ya se figurarán que entre el fichuflái y la vending no sabía en qué país o planeta estaba, y de si tenía que aprender algún idiolecto concreto para poder comunicarme. Yo ya conocía el puenting o esa empresa de vuelo que se hace llamar Vueling, pero tras lo de la vending me planteé asistir a algún cursillo acelerado de leering o de hablaring este código tan curioso. Después de repostar, ensayé con mi mujer algunas frases antes de llegar al hotel: “¿A qué hora es la cening?”; “Mañana por la mañana quisiera el desayuning en la habitación”. El chascarrillo sirvió, al menos, para reírnos un poco y hacer más llevadero el dolor físico y la incomodidad de la férula.

Con todo, les confesaré con la mano en el corazón que pocas veces me he visto en aprietos lingüísticos como aquel. A propósito, se dice con la mano en el corazón, porque si afirmamos algo “con el corazón en la mano” pareceremos o un personaje de una película de canibalismo o un paso semanasantero. Y la Semana Santa ya ha pasado, aunque para algunos con algo más de pasión.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 24, 2011

Biblismos (22-4-11)

La Biblia, por la gran importancia e influencia que durante siglos ha ejercido en el pensamiento, la ciencia, la cultura y las artes, hace honor a su significado etimológico, el `libro de los libros´. Difícilmente podríamos hallar otra obra que tanto haya inspirado a la cultura europea y occidental. Desde el punto de vista lingüístico, nuestra lengua no se ha visto ajena a este influjo y atesora un gran número de palabras y expresiones bíblicas que son, en su mayoría, de uso cotidiano y frecuente, y a las que denominamos biblismos.

En el capítulo 5 del Génesis nos encontramos con una lista de personajes bíblicos extraordinariamente longevos: Mahalalel vivió ochocientos noventa y cinco años; Quenán, novecientos diez; y Yéred, novecientos sesenta y dos. Pero la palma se la lleva Matusalén con novecientos sesenta y nueve años, lo que justifica la existencia de la expresión de que algo o alguien es más viejo que Matusalén.

San Pablo escribió su Epístola a los Efesios (ad Ephesios), y, como fueron pocos los convertidos debido a su tozudez e ignorancia, se ha quedado el término adefesio para designar un despropósito o una extravagancia, y, por extensión, a todo aquel que tenga un aspecto ridículo y estrafalario. Más vale ser un adefesio que un cainita, que es el que llegaría a matar a un semejante por envidia o con el fin de alcanzar sus propósitos.

Hay otros usos lingüísticos no tan frecuentes pero sí ingeniosos. Mi admirado profesor D. Eugenio de Bustos Tovar, con quien compartí docencia en las aulas de la Facultad de CC. de la Información de Salamanca, solía recordar entre sonrisas una expresión que oyó en algunas zonas de Castilla y León y que se dirigía a las chicas que habían conocido varios novios: está más sobada que el tígitur, porque esta página del misal, la que empezaba con las palabras Te igitur, solía estar algo más oscurecida que el resto al ser pasada continuamente con los dedos.

La expresión no saber ni jota o sin faltar una jota está tomada del capítulo 5 del Evangelio de san Mateo, cuando Jesús, durante su Sermón de la Montaña, dice: “El cielo y la tierra pasarán antes que pase una jota o una tilde (iota unum aut unus apex) de la Ley sin que todo suceda”.

Pero veamos más ejemplos. Cantar, bailar, hablar como los ángeles es hacerlo muy bien; cuando alguien goza de sus vacaciones decimos que está en el paraíso, pero es un calvario el tener que soportar las retenciones en el viaje de vuelta o a las visitas gorronas, y, en ese caso, no queda más remedio que tener más paciencia que el santo Job. Si llegamos tarde al trabajo, nuestro jefe pone el grito en el cielo, y, para más inri, nos pide que acabemos el trabajo acumulado en un santiamén, en lo que dura un paternóster; de solo pensar que hay que aguantar en el trabajo por los siglos de los siglos le da a uno ganas de hacer una barrabasada o, por qué no, de llorar como una Magdalena. Y ya tan solo nos queda esperar un milagro, echar la quiniela y que nos venga como llovido del cielo una pequeña fortuna, vamos, un maná para tapar algunos agujericos. Pero hay que ser realistas y debemos disfrutar de la vida que tenemos, porque el séptimo cielo está aquí en la Tierra y no en el Cielo, a pesar de que tengamos que padecer a nuestro alrededor a algún que otro judas que nos puede delatar si cometemos algún descuido. Amén.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 15, 2011

Esemeese (15-4-11)

Algo se había oído sobre la adicción que provocan las nuevas tecnologías, sobre todo los móviles e internet, que han convertido al hombre moderno en esclavo de las redes sociales y de pantallitas de muy pocas pulgadas y generalmente táctiles. Ahora, muchos psicólogos se alegrarán de saber que, en la Universidad del País Vasco, la cátedra de Psicología Clínica, representada por el profesor Enrique Echeburúa, ha denominado a este trastorno como “adicción sin sustancia”, y su diagnóstico suele coincidir con un paciente que está más de cuatro horas enganchado a internet o al móvil, que sufre trastornos del sueño y que se siente solo, deprimido y con un cierto nivel de autorrechazo que lo empuja a las redes sociales y al envío de esemeeses para sentirse escuchado y estimado dentro de ese mundo ficticio en el que interactúa.

En el pueblo de un amigo hay un personaje que representa perfectamente a este grupo de enfermos: Arnoldo Conejo. Solo lo conozco de vista: es flacucho, ligeramente chepudo y casi calvo, y una boca en forma de pico de pájaro que, junto con sus andares nerviosos y escurridizos, le otorgan un aspecto a medio camino entre el de una rata y una mantis. Dice mi amigo Raúl que es el vivo retrato del señor Burns, el personaje de los Simpson, y creo que no le falta razón.

Me inquieté cuando Raúl me llamó esa mañana temprano con la voz muy hundida para que quedásemos sin falta a desayunar y sin querer adelantarme nada por el teléfono. “Ya te contaré”, me contestó. Los cafés con leche nos miraban serenamente desde abajo como espectadores mudos de un drama; las emanaciones de vaho que de ellos se desprendían parecían los bocadillos de una conversación en una lengua solo inteligible para los enamorados de la soledad. “Charo y él llevan varios meses con un rollo que no me gusta nada”. Charo, su mujer, y Arnoldo se conocieron casualmente hace unos años. “En las facturas de teléfono he descubierto que en los últimos meses se han enviado cerca de trescientos mensajes, algunos a altas horas de la noche, otros por la mañana temprano… Imagínate la cara que se me quedó cuando lo vi”. Los cafés, expectantes y tiritando del frío que empezaban a sentir, habían enmudecido. “Lo llevo sabiendo hace tiempo, justo cuando ella empezó a distanciarse de mí. Anoche lo destapé todo y se quedó helada. Aún no se ha levantado. Hoy voy a acabar con esto”.

Dice Raúl que si los móviles hablaran no quedaría una sola pareja unida en el mundo. Está convencido de que la tecnología verdaderamente buena es aquella con la que los humanos no puedan nunca hacerse daño. “La pólvora es muy útil, pero se usa para matar; los móviles son comodísimos por si te quedas perdido en mitad de ningún sitio o para sacar entradas o para algunas cosas más, pero se usan para mentir sobre dónde y con quién estás o cuando mandas mensajitos cómplices y morbosillos a una persona que no es tu pareja”.

Un especialista en adicciones ha asegurado que cada vez que se recibe un esemeese se siente una emoción parecida a los efectos de la adrenalina —se acelera el corazón y se dilatan las pupilas— y que la gente adicta al móvil no sabe ni quiere vivir sin él. Después de hablar con Raúl, vi a Arnoldo por la calle. Él no me vio: iba escribiendo un esemeese sin prestar atención en dónde pisaba y con los ojos entumecidos incrustándose libidinosamente en la pantalla de su móvil.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 8, 2011

Bribones (8-4-11)

En la España de los Austrias, en aquella España de los siglos XVI y XVII, el número de vagabundos y pordioseros (llamados así porque solían decir Por Dios cuando mendigaban y pedían limosna) era tan elevado —debido a la carestía y al hambre— que los monarcas decidieron quitarse de encima este problema aprobando una ley sobre mendicidad según la cual el pueblo estaba obligado a darles limosna cuando la pidiesen, de tal manera que, en el caso de que un pobre acudiese a casa de un ciudadano, este debía facilitarle ropa y alimento si aquel lo necesitaba y lo reclamaba. Con esta medida, los reyes no perdían nada, mientras que el pueblo llano, que ya padecía la tremenda crisis económica, comenzaba a sufrir una carga social excesivamente pesada y asfixiante al tener que alimentar de unos bolsillos casi famélicos tantas bocas hambrientas.

Los mendigos y pobres eran tantos que entre ellos la competencia se iba haciendo cada vez más dura. Pronto se “institucionalizó” el noble arte de la picaresca, y quien lo asimilaba soñaba con ser el más espabilado, agudo y despierto para así alcanzar más caridades, limosnas y manutenciones. Las calles principales de las ciudades, las puertas de las iglesias y las plazas principales aparecían atestadas de tullidos y discapacitados, muchos de ellos falsos, que exhibían sus minusvalías para provocar la lástima entre las gentes del lugar. Y no escatimaban medios para conseguirlo; entre ellos destacaba la habilidad para convencer por medio de la palabra, para engañar con buenas palabras fingiendo pobreza, miseria, discapacidad o hambre para conseguir limosna. A este arte o modo de actuar con bellos y persuasivos discursos se le conocía como bribia, término que no es otra cosa sino una deformación vulgar de Biblia, porque este libro, además de su alcance teológico, religioso y existencial, era considerado un modelo lingüístico, retórico y de sabiduría. Y adquirió esta práctica tanta fama y renombre, que traspasó nuestras fronteras: el inglés adoptó el término bribe con el significado de `soborno´, palabra que también aparece en francés y en otras lenguas europeas.

Así, en el Guzmán de Alfarache, de 1599, Mateo Alemán alude a mendigos, llagados, ciegos rezadores, expresidiarios, soldados y marineros arruinados, músicos y poetas empobrecidos y vagabundos, y de ellos dice que “aunque todos convienen en la mendiguez, la bribia y labia son diferentes”.

A los que conocían y practicaban el arte de la bribia se les llamaba bribiones, palabra que más tarde derivó en bribones. En el magnífico auto sacramental de Calderón de la Barca, El gran teatro del mundo, el labrador le espeta al pobre: “No os andéis hecho bribón: y si os falta qué comer, tomad aqueste azadón con que lo podéis ganar”.

La historia se repite incansablemente desde hace siglos, y, aun en la España de principios del siglo XXI, lo que se lleva por muchos, movidos por la necesidad a la que quedan abocados por la crisis y la carestía generalizadas, es el latrocinio, la bellaquería y la bribonería, el dinero fácil y el engaño.

Posteado por: josejuanmorcillo | abril 1, 2011

Ropa robada (1-4-11)

Se acaba de hacer público que la tasa de criminalidad en España ha descendido un 1,8% en 2010 y se ha situado en el índice más bajo de los últimos diez años. A pesar de lo esperanzador de este dato, que sitúa a España entre los países más seguros de la Unión Europea, las cifras ofrecidas por la Guardia Civil y la Policía Nacional son demoledoras: entre delitos y faltas se registraron 1.745.313 casos, lo que significa que a lo largo del año pasado se cometieron en España de tres a cuatro delitos cada minuto. Si bien descendió la tasa de homicidios y asesinatos, y disminuyeron los delitos contra el patrimonio, el mayor porcentaje de faltas, un 73% de toda la criminalidad consignada, fueron de lesiones y hurtos.

Sea como fuere, lo cierto es que últimamente desayunamos con las noticias de casos cada vez más frecuentes de violencia doméstica; con las imágenes grabadas por cámaras de seguridad en las que se ve a gente de apariencia muy normal, que posiblemente se dirige a su trabajo o vuelve a su casa, que echa gasolina a su vehículo, se monta en él y se marcha sin pagar; almorzamos con la información de la desarticulación de una banda dedicada a desvalijar las mercancías de los camiones, robos realizados, en ocasiones, desde un coche en marcha, o con la de un politicastro de turno que se ha llenado los bolsillos por tráfico de influencias o por desvío ilegal de fondos; escuchamos casi a diario cómo ha caído una organización criminal especializada en el robo de cobre y acero, o de otra que se lucraba con la explotación sexual de mujeres introducidas ilegalmente en España; o cenamos con las imágenes de la detención de una red de pederastas o con las declaraciones de padres desesperados cuyos hijos han sido engañados y secuestrados.

España, históricamente, ha funcionado como escuela de lo que Antonio Machado expresó en su poema El mañana efímero como “al estilo de España especialista / en el vicio al alcance de la mano”; pero también, no lo olvidemos, nuestro país ha sido víctima del pillaje. Las tropas napoleónicas profanaron las tumbas de los reyes hispanos, saquearon las iglesias y conventos y se llevaron joyas bibliográficas y todo lo que tuviera oro, plata y piedras preciosas; incluso intentaron meter en Francia, durante su retirada por el norte de España, los cuadros más importantes que constituían nuestra pinacoteca. Otros que han pasado a la historia como un pueblo de saqueadores fueron los suevos. Cuando entraron en la Península a finales del s. IV y principios del V se les unieron las bandas de ladrones que deambulaban anárquicamente por el territorio hispano; los saqueos fueron tan habituales y violentos, que mucha gente se vio forzada a refugiarse en el sur de Francia. Ulfilas, obispo cristiano de origen godo, escribió: “Los pobres son saqueados, las viudas guardan luto, los huérfanos son pisoteados impunemente hasta el punto de que muchos huyen al enemigo buscando, según supongo, humanidad romana en los bárbaros”. Con la llegada de los visigodos, este caos desapareció; en su lengua, el verbo raubon se usaba para expresar la acción de robar con violencia, y este pasó al latín vulgar bajo la forma de raubare, y de aquí al castellano como robar. Al botín lo llamaban raupa, término que llegó a nuestra lengua como ropa. Curioso este parentesco léxico, quién lo iba a decir; pero no cabe duda de que la relación entre ropa y robar es muy conocida por los amigos de lo ajeno.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 25, 2011

Un cadáver inédito (25-3-11)

Si alguien, de manera accidental o voluntariamente, se acerca a los pies de la tumba de Isaac Newton, en la abadía de Westminster, comprobará que en ella se halla inscrito un largo epitafio escrito en latín —lengua de cultura y de la ciencia hasta hace algo más de un siglo—, en uno de cuyos fragmentos, traducido, se lee: “Dad las gracias, mortales, al que ha existido así, y tan grandemente, como adorno de la raza humana”. Más emotivo, sin embargo, me parece el que le dedicó Alexander Pope: “La Naturaleza y sus leyes estaban ocultas en la noche. Y dijo Dios: ¡Que sea Newton! Y todo fue Luz”.

Newton significó para el avance de la ciencia y de la cultura de la humanidad en el siglo XVII lo que Gutenberg a mediados del siglo XV con la implantación de la imprenta. Hasta la llegada del alemán, los ejemplares que podían circular de un solo libro eran realmente escasos ya que había que copiarlos a mano, y esto acarreaba que la cultura se extendiese en Europa despacio, tarde y tan solo a una pequeña élite de afortunados. La aparición de la imprenta supuso, por tanto, no solo que circularan varios centenares de copias de una misma obra en un muy poco tiempo, sino que cualquiera podía adquirirlas a un precio más o menos asequible, con lo que se logró que los libros —la cultura— llegaran por vez primera más allá de los monasterios, conventos y palacios.

La primera imprenta en nuestro país que arrojó letras de molde inmortalizadas con tinta sobre una base de papel se instaló en Valencia, en 1470. Los llamados incunables (del latín incunabula `pañales´) son los libros impresos desde la aparición de la imprenta hasta el 31 de diciembre de 1500. Si, en España, la imprenta comenzó a funcionar en el último tercio del siglo XV, no es de extrañar que la primera documentación escrita que tengamos en español de la palabra inédito sea de 1524, concretamente en una carta de Hernán Cortés. Si acudimos a nuestros diccionarios, se nos define inédito como aquello que no ha sido publicado o editado, independientemente del formato (papel, digital, vinilo, una foto, etc.), y se puede aplicar este término a una obra o a un autor (un escritor inédito es aquel que, a pesar de escribir, no ha llegado a publicar nada); incluso se puede admitir para inédito la acepción de algo `desconocido o no descubierto hasta el momento´ (el origen de ciertas enfermedades sigue siendo hoy en día algo inédito para la ciencia). De ahí la incredulidad que produce escuchar que, durante un partido, “el marcador ha permanecido *inédito”, en lugar de inalterado; o que, a lo largo de una representación teatral, un actor “ha pasado *inédito”, por inadvertido; o, en fin, que, alabando el triunfo de un opositor, se diga que el haber aprobado con una nota alta “es algo *inédito”, en lugar de asombroso, magnífico… o milagroso, según se mire.

Y ya que comenzamos con un epitafio, terminemos con otro. Se cuenta que un joven romano, al enterrar a su enamorada, mandó inscribir sobre la lápida la leyenda: CARO DATA VERMIBUS (`Carne dada a los gusanos´) dando a entender con ello que lo enterrado no era más que carne. La erosión y los años borraron las últimas letras de cada palabra, y solo quedaron visibles CA DA VER, de ahí el posible origen del término cadáver. A veces, misteriosamente, el azar y el ingenio también enriquecen una lengua.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 18, 2011

El coto y el sintagma (18-3-11)

A usted, amable lector, seguro que alguna vez le habrá sucedido fijar la mirada en ese objeto que un pariente o amigo suyo le regaló casi por compromiso y que no le quedó más remedio que incorporar al decorado de su salón, oficina o vehículo, y que ha ido sobreviviendo a lo largo de los meses, casi de manera parasitaria, hasta que finalmente decidió —a hurtadillas, desde luego— dar con sus restos en el cubo de la basura. Quizás, quién sabe, hizo con ese objeto lo que Gómez de la Serna practicaba cuando impartía sus famosas conferencias-maleta; sacaba de ella unos cuantos bibelots y los destrozaba con un martillo. Yo nunca he llegado a estos extremos destructivos, pero me confieso reincidente y sin posibilidad de curación en el cruel y premeditado acto de mandar a la papelera de reciclado estas insufribles e inútiles bagatelas.

Pues bien, algo parecido es lo que nos acontece con algunas palabras o expresiones de cuyo erróneo uso no nos percatamos hasta que un día fijamos en ellas nuestra sesera y las leemos cabal y serenamente, y decidimos corregirlas o reciclarlas.

Y para muestra, un botón. Como sabemos, el Tribunal Superior de Justicia de Castilla-La Mancha acaba de prohibir la media veda de caza por considerarla una actividad insostenible que pone en peligro el equilibrio de algunas especies, y numerosas escopetas que viajan por las carreteras de nuestra geografía para patear sus amilanados cotos y llenar de piezas sus famélicos morrales se han manifestado en contra de este fallo. En estos días me acuerdo mucho de ellos, sí, de los cazadores, cuando veo grabada en tantos carteles la frase Coto privado de caza. Verán por qué. Si leemos detenidamente el mensaje, la información que nos transmite no es otra que la de un coto que está privado de caza, es decir, que es un coto sin caza, por lo que se debería decir Coto de caza privado, esto es, que el coto de caza en cuestión es particular, de propiedad privada. No es que Coto privado de caza esté mal escrito; es que expresa algo totalmente distinto de lo que quiere anunciar. Si dentro del sintagma coto de caza incluimos algún otro término, nos puede llevar a una distorsión de su significado. Fíjense, si no, en que no es lo mismo una caja de sorpresas forrada que una caja forrada de sorpresas. O, si quieren, es como si, en lugar de parada de autobuses recién pintada, dijéramos parada recién pintada de autobuses; o traje cosido de luces —que en carnaval habría quedado estupendo— en lugar de traje de luces cosido; o, en fin, mando estropeado a distancia —que ya es difícil— en lugar de mando a distancia estropeado. No se extrañarán de que dedique un emotivo recuerdo a los cazadores, que, desde luego, tienen la moral muy alta, y lo digo por lo de ir a cazar a cotos donde no hay caza y aguantar un frío de justicia. Quizás ahora entienda yo eso de que los cazadores mienten más que cazan.

Para muchos, el título de nuestro artículo parecerá el de una fábula de Iriarte, pero convendrán conmigo en que lo que de verdad resulta fabuloso es la imaginación de algunos. No estaría de más escribir al Ministerio para que de una vez subsane tamaño disparate ahora que tan disciplinadamente han cambiado la señales de limitación de velocidad de nuestras autovías y autopistas.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 11, 2011

¿La lengua es machista? (11-3-11)

El género morfológico y el sexo son dos conceptos completamente distintos y que no tienen nada que ver porque el primero es una entidad gramatical y el segundo corretea bajo el amparo de la genética; ahora bien, el género morfológico suele coincidir con el sexo del ser vivo al que se refiere (el tigre / la tigresa). Así pues, el que un término sea masculino o femenino no guarda ninguna relación con ningún tema referente al machismo ni al feminismo: que la palabra árbol sea masculino no se traduce en que los primeros botánicos fueron machistas; y que el término ave sea femenino no significa que la de ornitólogo sea una profesión para mujeres o afeminados.

Una vez aclarado esto, debemos recordar que, en español, el género no marcado es el masculino. Esto quiere decir que con él podemos englobar términos femeninos y masculinos, y esta es la razón de que a este género se le denomina inclusivo. Si digo: “Los ancianos abandonados necesitan una atención constante”, me refiero a los hombres y a las mujeres de la tercera edad que están pasando por esa situación. El género femenino, en cambio, es el exclusivo porque con él solo se hace mención a términos femeninos y quedan fuera, por tanto, los masculinos; al decir: “Las ancianas abandonadas necesitan una atención constante”, se excluye a los varones.

La presencia del género inclusivo es absolutamente necesaria en una lengua por una cuestión de corrección y de economía lingüísticas; si no, imagínense que tuviéramos que decir, siguiendo con el ejemplo anterior: “Los ancianos y las ancianas abandonados y abandonadas necesitan una atención constante”. Este desdoblamiento defendido por sectores que equivocadamente desean abanderar una “igualdad de género” en el ámbito lingüístico sería casi irrealizable en algunos casos como este: “Ellos están enamorados”; ¿qué dirían estos “innovadores lingüísticos” aquí?: ¿”Él y ella están mutuamente enamorado y enamorada”, o quizás “Ella está enamorada de él y él de ella”? Lo que no es posible es el uso de paréntesis —*“Los(as) ancianos(as) abandonados(as) necesitan una atención constante”— y, menos aún, de signos matemáticos como la @: *“Querid@s amig@s”.

La lengua, tengámoslo en cuenta, no es discriminatoria ni promueve actitudes machistas porque el género inclusivo sea el masculino; la discriminación por motivos de sexo es una cuestión de ámbito social, pero no lingüística. Cuando en mi centro de trabajo se convoca a los profesores a una reunión académica, no se excluye a las profesoras porque se haya usado el masculino; ni lógicamente quedan excluidas las mujeres cuando leemos el siguiente titular: “Los españoles serán llamados a las urnas el próximo mes de mayo”. También hay que tener en cuenta que el contexto ofrece significados distintos de un mismo término: “En Libia no se están respetando los derechos fundamentales del hombre” (hombre: `Ser animado racional, varón o mujer´, DRAE); “La mujer debería tener en el hombre un buen apoyo” (hombre: `Varón que ha llegado a la edad adulta´, DRAE). No obstante, y solo cuando haya que romper cualquier tipo de ambigüedad, se usarán ambos géneros: “Todos los policías, tanto hombres como mujeres, deben superar las mismas pruebas físicas”.

No seamos partícipes, pues, del uso partidista y fraudulento que se hace del idioma por parte de ciertos sectores políticos y sociales. Simplemente ocupémonos de hablar y escribir con propiedad, corrección y sentido común.

Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 9, 2011

La mona (4-3-11)

Una de mis aficiones favoritas es la cocina, y a ella me acerco como catador —que gusta a todos— pero también como cocinero. Esto bien lo saben mis amigos y familiares. El otro día estuve consultando un libro de recetas del siglo XVI, el Libro de guisados de Ruperto de Nola, de 1529, y vi un plato que vendría muy bien para estas fechas: “Caldo lardero de puerco salvaje”, es decir, un guisado de jabalí cocido con su tocino y al que se le añaden varias especias y vino tinto. La gracia del plato reside en la grasa del animal, de ahí lo de “caldo lardero”, porque esta última palabra significa `grasoso, mantecoso´, y proviene de la latina lardo (`grasa´).

El Jueves Lardero, el último antes del Miércoles de Ceniza, recibe su nombre desde la Edad Media por ser el día señalado para que las gentes se atiborren de carne, como una festividad que inaugura los días de carnaval. Hay un refrán castellano que dice: “Jueves Lardero, carne en el puchero”. El Libro de Buen Amor (estr. 1373) nos ofrece una valiosa referencia de esta festividad medieval celebrada en algunos lugares de Castilla, y en esas villas los mozos se encargaban de mantear peleles que representaban a personajes eclesiásticos y políticos, escenificaban alguna escena divertida o visitaban al sacerdote para gastarle unas bromas. Las mujeres cocinaban los platos típicos, que consistían en incluir algo de adobo —lomo y chorizo, principalmente—, y, aunque estas recetas variaban dependiendo de la población, en todos los casos se solía preparar una especie de pan o de bollo con algún añadido en el centro. A este alimento lo llaman en algunos lugares coca; en otros, hornazo; en otros, tortilla de Jueves Lardero; y en otros, mona.

Cuando era pequeño no entendía muy bien por qué a este bollo se le llamaba mona. Intentaba encontrarle parecido con alguna parte de la anatomía de un chimpancé o de un simio; incluso, procuraba buscarle algo que delatase algún atractivo femenino, por lo de ser mona. Pero mi imaginación no daba para más; y por mucho empeño que hubiese puesto no lo habría conseguido, porque la palabra mona, con el significado de `hornazo, pan cocinado con viandas´, proviene del latín munda (`refinado, exquisito´). En el Diccionario de Autoridades, de principios del siglo XVIII, se define mona de esta manera: `Llaman en Valencia y Murcia la torta o rosca que se cuece en el horno, con huevos puestos en ella en cáscara, por Pascua de flores, que en otras partes llaman hornazo´. Estas palabras, que fueron escritas hace casi trescientos años, nos sorprenden por su actualidad geográfica y culinaria, y, desde un punto de vista folclórico, se mantiene la costumbre de salir de la ciudad e ir al campo para dar buena cuenta del manjar entre generosos tragos de vino, música y baile y, sobre todo, para demostrar una disposición a pasarlo extraordinariamente bien antes de la llegada de la Cuaresma y de Semana Santa.

Visto esto, hasta parece que sienta mejor comerse la mona sabiendo que es un plato que lleva cocinándose invariablemente desde hace siglos, a pesar de que los tiempos modernos ya no casan demasiado con ciertas imposiciones y costumbres eclesiásticas de antaño, como la de mantener el ayuno y la abstinencia de cualquier tipo de carne durante casi dos meses. Difícil trago, sin duda, para muchos.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 25, 2011

El pueblo linchado (25-2-11)

Estas últimas semanas, el mundo está siendo testigo de las sublevaciones populares en defensa de la libertad y en contra de los regímenes autoritarios y opresores en algunos países norteafricanos. La revuelta estalló y fructificó en Túnez, la onda expansiva llegó a Egipto y ahora la mecha prende en Libia y en otros países musulmanes. Mubarak y Ben Ali, los expresidentes de Egipto y Túnez respectivamente, están ahora agonizantes y en coma en el exilio, como si fuesen presos y víctimas de un virus idéntico originado del latrocinio, del nepotismo y del desprecio a los derechos fundamentales del hombre. A diferencia de estos dos países, las revueltas en Bahréin y, sobre todo, en Libia se están pagando con sangre; día a día crece el número de muertos y, aunque es difícil saber con precisión su cifra, se calcula que son ya miles.

En la antigua Roma se usaba un término para referirse al hecho de expulsar a alguien de un sitio de manera ruidosa, mediante abucheos o cualquier otra desaprobación estridente, pero siempre sin usar ningún tipo de violencia física y lesiva. Era el sustantivo explosio, del que tenemos hoy en día el cultismo explosión, y su carga semántica se explica porque el término provenía del verbo explodere (< plaudere `golpear, aplaudir´), que se empleaba en contextos en los que se empujaba o golpeaba algo para sacarlo de un sitio. Si tenemos esto en cuenta, podemos afirmar sin rodeos que la revolución triunfante en Egipto y en Túnez ha sido consecuencia de la explosión alegre, firme y decidida de un pueblo dispuesto a sacrificar su vida para defender la libertad y el respeto humanos.

Sin embargo, lo que está sufriendo el pueblo libio es muy distinto. No solo no están triunfando, sino que además están siendo brutalmente linchados por Gadafi, un psicópata que dispara a la población desarmada y que bombardea desde el aire barrios de civiles llevándose por delante a insurgentes, a ancianos, a mujeres y a niños. Bonita manera de demostrar su amor y sacrificio a un pueblo que no va a rendirse en sus reivindicaciones pacíficas de cambio. Este fantoche me recuerda mucho al señor William Lynch, un norteamericano que, durante la guerra de independencia de la corona británica, luchó con el grado de capitán y cuya fama la ganó no como militar, sino por ser el autor de un documento que defendía un castigo singular a los delincuentes que deambulaban caóticamente en el nuevo país durante los años en que aún no se había instaurado la justicia norteamericana una vez que se hubo retirado la británica. Este castigo no era otro que el de infligir a los malhechores los castigos corporales que cada uno juzgase proporcional al delito cometido. Esta práctica de ser juez y verdugo del autor de la agresión que uno había sufrido se popularizó tanto que siguió practicándose en EE. UU. muchos años después de consolidarse la justicia norteamericana, principalmente por racistas blancos, y de ello y de su creador nos ha quedado en español el verbo linchar. Por eso, he afirmado antes que Gadafi y Lynch tienen mucho en común: el tomarse la justicia por su mano infligiendo castigos desproporcionados, la práctica del asesinato indiscriminado sin importarles que fueran acusados de genocidas y, por supuesto, el menosprecio de los derechos humanos más fundamentales. Todo esto y una cosa más: que ninguno de los dos conoce las más bellas galerías del alma humana.

Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 18, 2011

La ortografía del guion (y II)

En su último acto como director de la RAE, Víctor García de la Concha recordó que las reglas ortográficas se asientan en tres principios: el fonético, la etimología de las palabras y el uso, que es “soberano”. Los hablantes somos los que marcamos las modas y hábitos lingüísticos, y son los académicos los que van aceptándolos salvo que el uso sea a todas luces inadmisible.

No voy a entrar en la polémica sobre el nombre de las letras porque no hay trascendencia lingüística en dilucidar si a la y hay que llamarla ye o y griega. Me ha parecido interesante el apartado dedicado a las mayúsculas por su exhaustividad y extensión (pp. 442-517) y por algunos puntos que son aún controvertidos. No me parece desacertado que haya que escribir con minúscula inicial las fórmulas de tratamiento y los sustantivos que designan cualquier tipo de cargo y títulos nobiliarios y dignidades. Sin embargo, no termino de ver la razón lingüística para que los tratamientos protocolarios de las más altas dignidades se escriban en minúscula si van acompañados del nombre propio (“Llegó su santidad Benedicto XVI”) y en mayúscula cuando van solos (“La recepción a Su Santidad será mañana”); como también veo contradictorio el que se deba escribir con mayúscula el nombre de un organismo (“Ministerio de Sanidad”), pero en minúscula si va en plural (“Ayer visité los ministerios de Sanidad y de Educación”). Finalmente, la RAE propone que se escriban en minúscula los pronombres personales para deidades (“Reza a Dios, que él te protegerá”).

Por otro lado, es un acierto el impulso que desde la Academia se da a la adaptación gráfica del español de palabras extranjeras. Al igual que ocurrió hace años con fútbol o chófer (hoy nadie escribe ni pronuncia football o chauffeur), se defiende el empleo de güisqui, cruasán, yudo, pirsin o cáterin, por ejemplo, en lugar de whisky, croissant, judo, piercing o catering, cuya pronunciación es muy distinta desde las normas fonéticas del español. Esta nueva normativa también se aplica a los nombres propios (Chaikovski por Tchaikovski) y topónimos (Catar por Qatar).

Aplaudo fervientemente que se aplique de manera unánime y definitiva la norma de que los monosílabos no deben acentuarse, excepto, claro está, en los casos de tilde diacrítica (te/, de/, tu/,…), ya que la Ortografía de 1999, de forma inconcebible, dejaba libertad para acentuar algunos casos según como se pronunciase la palabra. Llevo más de diez años enseñando en las aulas que, al igual que Dios, fui o vio, las palabras guion, hui, truhan o fie no llevan tilde por ser monosílabos. Este es uno de los puntos de la nueva Ortografía que está encontrando más oposición entre los hablantes, como que no se ponga ya tilde en solo (por ser llana y acabar en vocal) ni en los pronombres demostrativos, aunque haya casos de ambigüedad.

Por último, además de que atinadamente ciertas expresiones y lexías aparezcan ahora como una sola palabra (aprisa, contrarreloj, Nochebuena…), observo una última contradicción en la normativa del uso del prefijo ex-. Este debe ir siempre unido a su raíz (expresidente, exmarido, exjugador…) por ser un prefijo, pero ¿qué razón lingüística hay para que vaya separado cuando haya varias palabras (ex capitán general, ex presidente de la Diputación…)? Dejaría de ser un prefijo. Toda obra humana, como dijimos en otro lugar, es imperfecta. Y, para muestra, este botón.

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