Posteado por: josejuanmorcillo | Julio 10, 2009

Semidioses (10-7-09)

Desde que el hombre comenzó a mirar al cielo sondeando y preguntándose qué había más allá de donde alcanzaba la vista, en algún instante que no recogen los libros de Historia decidió responderse que sólo un ser superior habría sido capaz de crear tanta inmensidad, tanta belleza y tanta armonía. A partir de entonces, el deseo de ver y estar en presencia de ese ser superior, ya fuera en cuerpo o en alma, ha marcado el devenir de la humanidad y fallidamente se ha procurado, una y otra vez, justificar la existencia y la presencia de esa divinidad aun cuando se nos ha recordado, como en la historia de Ícaro, que el sol siempre derretirá las alas de la ciencia y de la vanidad humana. Quizás por todo esto, uno de los fragmentos literarios que aún hoy me sigue cautivando es el que se encuentra en el versículo 5 del tercer capítulo del Génesis, que corresponde al momento en el que la serpiente persuade a la mujer de que tome la manzana con el siguiente ofrecimiento: “Eritis sicut Deus, scientes bonum et malum” (`Seréis como el mismo Dios, conocedores del bien y del mal´). Una promesa demasiado tentadora para ser rechazada.

La vanidad del hombre, que ha sido y sigue siendo tan ilimitada como impertinente, le ha llevado en ocasiones a verse como hijo de un dios. Recordemos a Alejandro Magno, que se autoproclamó “Hijo de Dios”, o pensemos en los faraones, que se consideraban la reencarnación de la mismísima divinidad. Y si no queremos mirar a un pasado tan remoto, a lo largo de estos dos últimos milenios no son pocos los reyes y dictadores que han gobernado “por la gracia de Dios”, es decir, por mediación divina.

Ahora no dejo de sorprenderme con ciertos famosos que están convencidos de que han sido tocados y escogidos por el destino o por el cielo para ser lo que son y llegar hasta donde han llegado. Suelen ser cantantes y deportistas de primer orden capaces de mover una masa de fieles devotos que los ha convertido en modelos de vida y por los que profesa una adoración semejante a la que puede sentirse por un guía espiritual de una confesión mayoritaria. La humanidad está necesitada de creer, pero, hoy en día, esta necesidad se orienta a adorar a alguien de carne y hueso, sentirlo real y vivo, poder llegar a tocarlo, poder escucharlo, poder verlo llorar y reír, comprobar que, a pesar de ser un mito vivo o un semidiós, es tan humano como cualquier mortal. Acercarse y poder rozar a uno de estos héroes modernos se convierte en una experiencia plena, y, para la mayoría, un simple autógrafo o algún objeto tocado por su ídolo merece tanta adoración como la que reciben por parte de los fieles las reliquias que exhiben muchas iglesias. Ciertos dirigentes y los medios de comunicación, conocedores de esta marea ideológica, se encargan muy frecuentemente de encumbrar a estos mortales hasta el olimpo de los acariciados por la gracia e inspiración de un más allá que no está tan lejos empleando para ello un lenguaje mesiánico. Florentino Pérez, en la presentación de Kaká, dijo: “Kaká ya está entre nosotros, y tenemos el honor y la gloria de que juegue en el Bernabéu”. Y un periodista escribió este titular un día después de la presentación de Cristiano Ronaldo: “Cristiano se hizo blanco y habitó entre nosotros”. Los convertimos en dioses, y luego hacemos leña de ellos cuando caen a la tierra con las alas derretidas y consumidos por la indiferencia.

Posteado por: josejuanmorcillo | Julio 3, 2009

Fuegos (3-7-09)

Se sabe que, cuando el invierno ha sido lluvioso y el verano se presenta seco, el riesgo de incendio es bastante alto. Por ello, y en previsión del desastre, se desbrozan los montes cuando comienza la primavera, se intensifica la vigilancia para localizar de manera inmediata un foco de incendio y se endurecen las penas que hay que aplicar a los pirómanos. Este riesgo es oficial sobre todo a partir del solsticio de verano. Fueron los romanos los que dieron este nombre (solstitium), que es un compuesto que está formado por las palabras sol y stare (`estar parado´) porque, para ellos, durante este día parecía como que el sol no se iba a poner nunca.

No podemos negar que una hoguera tiene algo de hipnótico, y quizás se deba al carácter atávico y misterioso que encierra el hecho de que el fuego ha estado acompañando a la humanidad desde que es tal. En todas las civilizaciones del planeta, desaparecidas o no, la simbología del fuego y su adoración es, curiosamente, muy parecida. En los jeroglíficos egipcios, el fuego aparece asociado a la idea de vida y salud porque lo relacionaban con el calor del cuerpo; siglos más tarde, Heráclito consideraba al fuego como un agente de transformación, ya que todo nace del fuego y a él vuelve; y es más: es capaz de asimilarse al agua, por lo que, además de transformar, regenera, lo cual explica que muchos ritos que se conservan hoy en día, como las hogueras de San Juan, se lleven a cabo por una finalidad purificadora y para asegurarse, a través de la ceniza y las ascuas, el bienestar del hombre y el crecimiento de las cosechas. El médico Paracelso, del que hablaremos en otra ocasión, estimaba que el fuego y la vida eran dos fenómenos idénticos, ya que, para alimentarse, necesitan consumir materia ajena, y esta idea influyó notablemente en el pensamiento existencialista de algunos de los grandes filósofos de finales del siglo XIX y principios del XX, como Kierkagaard o Schopenhauer.

La palabra fuego proviene del latín focus, cuyo significado era `hogar, casa´. De hecho, hace siglos, se podía encontrar el uso culto del término fuego con el sentido de `casa´ o `vecino´, y, así, podemos leer en el Arte de la lengua española, escrito por Gonzalo Correas en 1625, lo siguiente: “Salamanca tiene más de veinte pilas [`parroquias´] y más de cinco mil fuegos”. O el gran escritor renacentista fray Antonio de Guevara, en su Marco Antonio, de 1528, escribe: “Cuando Thebas estaba en su prosperidad, dicen que llegó a tener doscientos mil fuegos”. Relacionado con focus existían el adjetivo focaris, del que derivó el actual hogar, y el sustantivo focacia (`panecillo cocido bajo la ceniza´), que ha evolucionado al castellano como hogaza.

No quiero fatigarles más, pero sí al menos déjenme recordarles que el verano manchego es como fuego derramado desde arriba y que, por muy acostumbrados que estemos a él, crispa, agota y desespera. Cervantes, acostumbrado a viajar mucho por La Mancha, conocía los efectos aplastantes de este sol veraniego y, por ello, desempolvó en una ocasión el siguiente refrán: “Responder al airado es echar leña en el fuego”. Casa, agua y calma son los mejores antídotos contra el fuego que nos llueve del cielo.

Posteado por: josejuanmorcillo | Junio 26, 2009

Cantimploras (26-6-09)

Si tuviésemos que escoger un objeto con el que podamos identificar al ciudadano moderno de este siglo XXI, y si para ello descartásemos todos aquellos que pertenecen al ámbito de la tecnología de la comunicación, creo que me quedaría con el botellín de agua. Sorprendente respuesta, dirán ustedes, inesperada también, por qué no, pero fíjense cómo está presente este humilde y deseado recipiente en la vida cotidiana de todos nosotros. Ya sea en el trabajo, en el coche o practicando cualquier deporte; ya sea paseando, corriendo o haciendo arrumacos a su amor bajo la sombra de un árbol, todos, ya sean niños, adultos o ancianos, suelen llevar en una mano el botellín de agua de plástico. Y, como bien sabemos, esto no solo ocurre cuando aprieta el calor. Para la costumbre de acarrear esta singular botellita también ha influido la opinión de dietistas, médicos y endocrinos, apoyada por la publicidad, de que ingerir una determinada cantidad de agua es necesario y saludable para nuestro organismo. Tomar agua, aun cuando no haya sed, ayuda a eliminar grasa y toxinas de nuestro cuerpo. Ahora bien, este mensaje mesiánico está llevando a muchos al paroxismo de beber al día más agua de la que el organismo puede tolerar, y esto acarrea una pérdida letal de magnesio y del potasio de los riñones, lo que conduce a una disfunción letal. A este nuevo trastorno del comportamiento y de la salud lo han llamado potomanía, término formado de la palabra griega potos (`agua´), de la que existen otros como hipopótamo (`caballo de río´) o Mesopotamia (`en medio de los ríos´, la civilización que se desarrolló entre los ríos Tigris y Éufrates).

El uso de este entrañable recipiente no es una costumbre moderna. A finales del siglo XV se popularizó en los hogares españoles un utensilio que llegó a ser tan revolucionario como siglos más tarde lo sería la lavadora o el microondas. Era una vasija, generalmente de estaño o cobre, de cuello largo, reluciente y más ancha que una garrafa, y que servía para enfriar el agua. El recipiente no tenía nombre, y en Cataluña le dieron el de canta i plora (`canta y llora´) porque durante el proceso de almacenamiento del agua se oía un continuo y melódico goteo. En Castilla, en el último tercio del siglo XV, aparece documentado por primera vez el catalanismo como cantimplora. En algunos de los mejores escritores áureos, como es el caso de Cervantes, podemos leer este término, que pronto se aplicó a recipientes más pequeños. Así, en el capítulo en el que se narra que Sancho Panza toma posesión de la ínsula Barataria, el escritor escribe dirigiéndose al sol: “¡Oh perpetuo descubridor de los antípodas, hacha del mundo, ojo del cielo, meneo dulce de las cantimploras, [...]!”. Años más tarde, un autor fue más allá: en El burlador de Sevilla, pieza en la que Tirso de Molina creó e inmortalizó el personaje de Don Juan, hay una escena en la que éste debe conquistar a una joven pasándose por otro; y a la chica la definen como mujer cantimplora al ser “rosada y fría”, es decir, hermosa y desdeñosa.

Hoy sigue habiendo mujeres cantimploras, pero no podríamos llamarlas así. El otro día recordó alguien que hay botellines que se fabrican imitando las finas curvas femeninas para subrayar el efecto beneficioso que la ingesta de agua produce en la dieta. Y menos mal, porque si los envases tuviesen forma de cantimplora seguro que no venderían tantos.

Posteado por: josejuanmorcillo | Junio 19, 2009

Redundante (19-6-09)

La ciudad lleva ya varios meses sin el servicio municipal de préstamo de bicicletas. Y esto es así no por el déficit presupuestario ni por falta de infraestructuras para que las bicis puedan circular libremente por las calles, sino porque poco a poco, y una a una, los vándalos las han ido robando hasta acabar con todas. No tengo ni idea de qué habrán hecho con ellas porque por la ciudad no se ven; quién sabe si las habrán tuneado y estén circulando delante de nuestras narices con el aspecto de una motocicleta de los años cincuenta o si las habrán transformado en algo parecido a una modesta y sencilla bicicleta holandesa. Considero que no es una buena política el poner como ejemplo lo que hace el vecino ya que los trapos sucios se tienen que lavar en casa y como buenamente puedas, pero en casos de incivismo como este siempre recuerdo la Viena que conocí a principios de los años ochenta durante el viaje de fin de curso del instituto. Junto a la monumentalidad de sus palacios, museos e iglesias, me fascinó el civismo de los vieneses en la limpieza del espacio urbano y en detalles como la existencia en mitad de las calles de puntos de venta de periódicos en los que no había quiosquero, sino un taburete en el que reposaban los periódicos y una caja en la que había que introducir la cuantía de la venta y que estaba abierta para recoger el cambio si no se disponía del importe exacto. Esto es absolutamente impensable en una población en la que impera el incivismo.

Leí el otro día que el Ayuntamiento “ha vuelto a reabrir” el proceso para la adjudicación del servicio municipal de préstamo de bicicletas. De momento no hay ninguna empresa que se anime en tan noble y quijotesco cometido, lo cual no me extraña, como tampoco el empeño redundante de relanzar un asunto que tiene todos los visos de fracasar. Redundante también es el empleo por parte del periodista de esta locución verbal reiterativa, “ha vuelto a reabrir”, porque con decir “ha reabierto” sería suficiente, o, si se quiere, “ha vuelto a abrir”. Las redundancias son repeticiones lingüísticas innecesarias que empobrecen el discurso y debilitan los argumentos, y son, por desgracia, muy numerosas y hartamente empleadas aun por hablantes con una sólida formación cultural. Entre estas repeticiones o redundancias podríamos traer a colación unas cuantas, acaso las más habituales. Así, no es necesario decir pero sin embargo, porque los dos nexos son idénticos, y tanto vale uno como el otro, pero los dos juntos no. El otro día oí a un político afirmar del partido contrario que alcanzar la alcaldía de determinada población era una “utopía inalcanzable” (¿acaso una utopía no es eso, algo inalcanzable, porque no existe?); o también, por ejemplo, he escuchado comentar que la sociedad española “progresa hacia adelante” (claro, no va a progresar hacia atrás). Incuestionable es la afirmación de un padre que, orgulloso de los resultados académicos de su hijo, aireó que su vástago hablaba “tres idiomas diferentes”, y eso espero, porque hablar tres idiomas idénticos es harto complicado. Y, en fin, redundantes resultan “prever con antelación”, “demencia cerebral”, “proyecto de futuro”, “pisar encima”, “participación activa”, “chico joven”, “introducirse dentro”, etc.

Así que, ya ven, hay gente a la que le encanta repetirse como el ajo, y en ser torpemente redundantes, tanto con el idioma como con la política.

Posteado por: josejuanmorcillo | Junio 12, 2009

Tritranquilo (12-6-09)

No nos engañemos. No se trata de mi vecino del cuarto, ni de mí, ni de un concejal de un ayuntamiento pequeño, sino de una figura mediática de primer orden. Un personaje de este peso informativo puede pronunciar una palabra nueva, sacarse de la chistera un término nunca antes empleado y, con él, provocar un maremoto en los medios de comunicación parecido al de un meteorito al chocar contra un océano. Esto es lo que ha sucedido con Joan Laporta, el presidente del Fútbol Club Barcelona, cuando, al contestar si estaba nervioso por los últimos fichajes de su eterno rival, el Real Madrid, ha respondido que se encontraba “tritranquilo”. Pudo haber empleado otros prefijos como súper-, mega-, archi- o híper-, o haber dicho que se sentía “doblemente tranquilo” o “bastante tranquilo”, o “mazo tranquilo”, como es moda hoy en día entre la juventud, pero escogió tri- y dijo eso de “tritranquilo”, que gramaticalmente es correcto, pero que nos costó digerirlo como si nos hubiésemos bebido una docena de trinaranjus. El presidente está tritranquilo, de eso no hay duda, y seguro que para llegar a ese nirvana deportivo ha influido y mucho el triplete logrado por el Barça esta temporada. Por este triunfo, y quizás también por algo de pelusilla al ver los negocios del vecino merengue, dejó caer lo de “tritranquilo”.

Puede resultar curioso o incluso chocante, pero la palabra muchos no existe en todos los idiomas, lo cual ha acarreado confusiones inesperadas y malentendidos inconscientes a la hora de interpretar algunos escritos. Así, por ejemplo, en arameo, lengua semítica que aún se habla en algunas zonas de Siria y que fue la lengua materna de Jesús, se emplea la palabra cuarenta para decir muchos, de tal forma que la frase aramea por cuarenta días equivale a por muchos días. Como el arameo es una de las lenguas bíblicas, entendemos que los cuarenta días del diluvio universal no fueron exactamente esos, sino muchos; y cuando leemos en el Nuevo Testamento que Jesús ayunó en el desierto durante cuarenta días, debemos pensar también que, sin saber el número exacto, pasó una larga temporada sufriendo hambre, sed y calor; o cuando san Pablo confiesa que recibió de los judíos cuarenta azotes menos uno, da a entender que le dieron una buena tunda, pero que no fue muy exagerada. Con todo, no es necesario que acudamos única y exclusivamente a la Biblia; en la tradición literaria de origen árabe también podemos hallar este uso lingüístico: así, en Las mil y una noches se nos cuenta la historia de Alí Babá y los cuarenta ladrones, que está basada en la historia de este rey sudanés, que decidió sellar todas sus minas de oro para no compartir el botín, lo que le costó la derrota militar a manos del ejército de Bagdad. Los ladrones de Alí Babá –como ya podemos imaginarnos- formarían una tropa de aúpa, no exactamente de cuarenta angelitos, pero seguro que habría muchos.

Esta mañana he coincidido con un vecino en el ascensor. Muy simpático, todo hay que decirlo, pero al percatarse de que las canas ya están campando a sus anchas por mi cabeza me ha preguntado la edad. “Cuarenta años, Juan”, le he respondido. “Y eso ya es mucho”, pensé, mientras abría la puerta de mi casa con cierta tritranquilidad.

Posteado por: josejuanmorcillo | Junio 5, 2009

Santo cosmético (5-6-09)

El verano ha irrumpido con hambre atrasada, con esa ansia propia de quien saca la cabeza del agua para poder respirar. El verano ha explotado como una bomba de hidrógeno, con un calor aplastante que ha asfixiado definitivamente el largo y duro invierno. Pero, al margen de estos ascensos bruscos del mercurio, el buen tiempo me ha animado a apuntarme a la nueva moda masculina de lucir palmito. Reconozco que aún soy un neófito en esto de la estética para el hombre, pero me animé y ahí fui, valiente y resuelto, a probar suerte en una perfumería. Lo primero que llamó mi atención fue que la sección de cosmética masculina era unas cinco veces más reducida que la femenina, lo cual ya dejaba claro que no llegaba demasiado tarde para engancharme al vagón esteticista. Aunque mi mujer afirma socarronamente que esto se debe a la crisis de los cuarenta, sin su ayuda me habría visto perdido entre tantas cremas: las hay hidratantes para el rostro, manos, pies y cuerpo entero; para desescamar la piel de la cara; antiarrugas y antiedad; para reafirmar ojos, abdomen y algo más que la discreción me impide nombrar; hay emulsiones para antes, durante y después del afeitado que te prometen la imagen más apolínea; una amplia gama de geles hidra-revitalizantes y champús reconstituyentes, así como unas toallitas activas antifatiga con efecto tensor inmediato antiestrés. Y yo, miren, me vi tan desbordado ante tanta información y potingues, que al final no me aventuré ante tanto caos perfumado.

La primera vez que en español se documenta el término cosmético es en una carta fechada en 1825 que Leandro Fernández de Moratín escribió a una señora, y en la que le decía: “Viva usted contenta, engorde, crezca, y no permita que los años estraguen su florida juventud; para eso hay cosméticos que se adquieren por una friolera”. No me negarán que suena a anuncio publicitario.

Con todo, y pese al mal rato padecido en aquella tienda, he de reconocer que la cosmética tiene muy poco de caótico. Sabemos que un cosmético es todo aquello que se usa para el aseo o belleza del cuerpo, principalmente de la cara, y este significado no es de extrañar si vemos que el término deriva del griego kosmetikós, y éste a su vez del verbo kosmeo, que quiere decir `adornar, ordenar, disponer´, de ahí la palabra cosmos (< kosmos), que significa `orden, disciplina´ y también `el orden, la organización del universo´.

Emparentado con esta raíz está el nombre de Cosme. Cuenta la tradición que san Cosme y su hermano gemelo san Damián eran médicos y trabajaban altruistamente -sin cobrar, se entiende- cuando atendían a enfermos pobres, pero, a pesar de sus buenas acciones, fueron decapitados por no renegar de su fe. Sin duda, los dos hermanos pueden ser considerados como los pioneros de organizaciones humanitarias actuales como Medicus mundi, y con razón son los patrones, junto con san Lucas, de médicos y cirujanos. Pero quisiera ser más preciso con san Cosme, porque, para hacer gala del significado de su nombre (`el adornado, bien presentado´), acaso podríamos considerarlo como el representante o patrón de los cirujanos plásticos. No es nada disparatado, ¿no creen?; sólo es cuestión de proponerlo a las autoridades competentes.

Posteado por: josejuanmorcillo | Mayo 29, 2009

Deporte (29-5-09)

La temporada futbolística de este año ha llegado a su fin con la disputa de la final de la Copa de Europa entre el Barcelona y el Manchester. Y la magnífica victoria del Barça, con mi paisano, Andrés Iniesta. Histórico. Muchos respirarán aliviados de verse libres de tantas horas futboleras transmitidas por radio y televisión, pero a mí me interesa bastante todo lo referente al deporte porque no cabe duda de que, dentro del campo periodístico, es en este ámbito donde la lengua española alcanza su mayor actividad creadora, y sobre todo en las crónicas escritas, que atesoran una magnífica colección de figuras retóricas, frente a las orales, más proclives al error lingüístico. Debido a la gran aceptación social que vive el deporte en España, y principalmente el fútbol -el deporte rey-, algunos lingüistas relevantes han subrayado la decisiva influencia que los periodistas deportivos ejercen sobre los oyentes. Tanto es así, que el académico Lázaro Carreter definió la crónica deportiva –tanto oral como escrita- como el más destacado “taller de forja idiomática”.

Pero el lenguaje deportivo también tiene sus detractores. Y, así, se le achaca, y no sin razón, el hecho de introducir excesivos e innecesarios extranjerismos (sponsor, míster, doping, manager, etc.), de usar numerosas frases hechas, tópicos y construcciones vacías de contenido (El fútbol es así, Juegan once contra once, etc.), y de poner de moda usos lingüísticos agramaticales.

De cualquier manera, y pese a quien le pese, la trascendencia social del periodismo deportivo queda reflejada en las siguientes cifras: los cuatro diarios deportivos de tirada nacional (Marca, As, Sport, Mundo Deportivo) son leídos diariamente por casi cuatro millones de personas, y, desde hace más de diez años, Marca es el periódico que más lectores tiene en España. El enorme consumo de información deportiva, así como la presencia de este fenómeno social en la vida normal de los españoles, no hacen más que corroborar que la identificación de la población con el deporte alcanza cotas inimaginables hace tan sólo unas décadas.

Pero el término deporte no siempre se utilizó con el significado de hoy en día. A principios del siglo XIII apareció en nuestra lengua el verbo deportarse, y que quería decir `divertirse, descansar´, y de él surgió la palabra deporte para referirse a cualquier tipo de entretenimiento, ya fuera dentro de una casa o al aire libre. Son muchos los ejemplos que podríamos traer ahora aquí, pero recuerdo uno que aparece en la novela de caballería Tirante el Blanco. En uno de sus capítulos, la reina sorprende a su hija acostada con Tirante, y, en lugar de reprenderla, da media vuelta guardando para sí una pícara y melancólica sonrisa. Martorell, el autor, escribe a continuación: “E assí pasaron los dos enamorados toda la noche en su deseado deporte, como suelen hazer los que mucho se quieren”.

Seguro que algunos de nuestros lectores estarán pensando que esto sí que es un deporte y no correr tras una pelota. Tampoco los médicos actuales van muy desencaminados cuando aconsejan que, para prevenir enfermedades cardiovasculares, es el apareamiento el mejor recreo… o deporte, como ustedes prefieran.

Posteado por: josejuanmorcillo | Mayo 22, 2009

Alirón (22-5-09)

Para la gran mayoría de demócratas, y al margen de su ideología política, la sonora pitada que muchos aficionados vascos y catalanes lanzaron contra el rey y contra los acordes del himno español al comienzo de la final de la Copa del Rey de fútbol de este año fue la demostración de una desmedida falta de respeto. Aquello fue lamentable, sin duda, como también lo es el empeño de cubrir la cultura y el deporte con la pátina de la ideología política. No tenemos más que leer algunos versos del himno actual del Athletic de Bilbao traducidos del vasco: “Juventud rojiblanca / en verde campo / ejemplo de Euskalerria /[…] ¡Adelante juventud nuestra! / Bilbao y toda Vizcaya / sean enaltecidos en todo el mundo. / ¡Arriba muchachos! / ¡Arriba siempre Euskalerria!”. Pero al margen de pataletas políticas, de aquel evento me quedo con el magnífico espectáculo deportivo que ofrecieron el Barça y el Athletic y, si me lo permiten, con el alirón de los culés.

Según la RAE, la palabra alirón es una interjección que se usa “para celebrar la victoria en una competición deportiva” y que se puede emplear como sustantivo con los verbos cantar o entonar (“Cantar, entonar el alirón”). Lo discutible es si esta palabra proviene del árabe hispánico ali´lán (`proclamación´), como señala la Academia, porque hasta finales del siglo XIX y principios del XX no hay rastro del uso de esta interjección. Este dato, junto al hecho de que como sustantivo solo se pueda emplear con los dos verbos que hemos anotado más arriba, me hace pensar que este término tiene un origen bien distinto. La comarca de Gallarta y de los montes de Triano, junto a Bilbao, ha sido conocida desde la Antigüedad por sus magníficos yacimientos de hierro. Ya Plinio el Viejo habló de “una gran montaña de hierro” en la costa cantábrica, y, durante siglos, la metalurgia vizcaína ganó tanta fama que durante un tiempo en inglés se usó la palabra bilbo como sinónimo de algunos utensilios de hierro, como se ve en esta cita de Shakespeare en Hamlet: “I lay worse than the mutines in the bilboes” (“Me sentía peor que los amotinados entre cepos”). A finales del siglo XIX, numerosas empresas inglesas invirtieron millones de libras en las extracciones de los montes de Triano con la contratación de 12.000 obreros. Fue la mayor explotación de hierro del mundo. Pero el mineral no siempre tenía la calidad que los patrones exigían. Las mezclas del mineral eran mal pagadas, por lo que los días en que el hierro era de gran pureza el ingeniero inglés escribía en la entrada de la mina: “All Iron” (“hierro puro”). La paga entonces era doble, y los trabajadores, que padecían condiciones de vida realmente miserables, pasaban la noticia gritando y cantando, desbordados de alegría: “¡All iron!”, de donde surgió nuestra interjección alirón, y que empezó a emplearse en un nuevo deporte que, por esas mismas fechas, causaba furor entre los ingleses y los trabajadores de las minas vizcaínas: el fútbol. Desde entonces, en Bilbao, los títulos de su club, el Athletic, se celebran cantando el alirón, y así aparece en el himno que se escribió en 1913: “En España entera triunfa / la canción del ¡Alirón! / […] ¡Alirón! ¡Alirón! / Athletic es campeón. / [...] Y lo mismo en Indochina / que en Italia y el Japón / todos cantan las proezas / del Athletic campeón. / ¡Alirón! ¡Alirón! / Athletic es campeón”.

Deporte, educación y civismo son tres conceptos que hoy más que nunca no podemos ni debemos desunir.

Posteado por: josejuanmorcillo | Mayo 15, 2009

Subasta (15-5-09)

La llegada del buen tiempo permite que en numerosas poblaciones de nuestra geografía se celebren mercados medievales. A pesar de las decoraciones que engalanan las calles y de los trajes de época con los que se atavían algunos saltimbanquis, actores y los vendedores de artesanía popular y los de productos gastronómicos, la esencia medieval brilla por su ausencia, al menos en aquellos mercados que he visitado. Hace unos días estuve con mi cuñado Miguel y con los niños visitando uno que se instaló a los pies de la catedral, y, en uno de los puestos, un señor ataviado con turbante, camisa deshilachada y calzones roídos vendía al público chupitos y mojitos a precios populares. Mi cuñado y yo sonreímos por lo modernos que se nos habían vuelto estos bodegueros medievales.

Pero, en fin, nadie hace daño a nadie y pasas un rato ameno. A donde afortunadamente no fui, a pesar de la invitación que me ofrecieron, fue a un pueblo castellano donde se celebraban unas fiestas romanas. Hubo críticas porque los legionarios que desfilaban por las calles lucían unas deportivas de última generación, pero casi todas las reprobaciones surgieron por el mal gusto que tuvieron los organizadores de escenificar de manera demasiado realista una subasta de esclavos en unos actos que deben sobresalir más por aspectos lúdico-festivos y no por mostrar los matices depravados y vergonzosos de una sociedad y de una época ya pasadas. Menos mal que no les dieron por representar una orgía báquica. Es justo y casi obligado aprender la historia de Roma, la cultura y las leyes del que llegó a ser uno de los más poderosos imperios de la Antigüedad. Pero aquella sociedad que impusieron como modélica tenía algunas imperfecciones, y una de ellas era la trata de esclavos. La sociedad romana fue esencialmente esclavista, y su economía, como su sociedad, dependían del trabajo de esclavos, que eran fundamentales en los latifundios, minas e industrias. Los esclavos eran propiedad absoluta de su dueño, por lo que carecían de personalidad jurídica, de propiedad y hasta de familia propia: sus hijos eran también propiedad del amo. Como los enseres de una casa, podían hacer lo que quisieran con estas gentes: desde darles la libertad hasta prostituirlos, azotarlos o matarlos si no eran lo eficientes y leales que debían ser. La forma más normal de adquirirlos era mediante subasta pública en el Foro. Siempre que se subastaba cualquier mercancía (bienes decomisados, alimentos, esclavos,…) se clavaba una lanza en el suelo, y la acción jurídica de aquello se llamaba Ex auctionibus hastae. Y la orden era clara: sub hasta vendere (vender lo que esté señalado por la lanza). De esta expresión surgió en latín el verbo subhastare, y de aquí nuestro actual subastar. Durante la Guerra de las Galias se subastaron aproximadamente un millón de esclavos.

Sobre el año 500 a. C., en Babilonia, las esposas se subastaban por ley. Era ilegal conseguir cónyuge fuera de este proceso de compra. La operación, que era anual, comenzaba con la subasta de la mujer más bella y luego se procedía una a una con las demás. Las menos agraciadas físicamente tenían, incluso, que pagar una cantidad de dinero para que fueran aceptadas en la subasta. Y miren por dónde que dos mil quinientos años más tarde, en una discoteca de Granada, y tras pasar pruebas como bailar y desfilar sobre el escenario, se ha llevado a cabo una subasta de chicas solteras en un horario reservado a menores de dieciocho años. El chico que ganara la puja disponía de un espacio reservado en la sala para estar con la chica subastada. Bochornoso. Yo ya no sé qué nos queda por ver.

Posteado por: josejuanmorcillo | Mayo 8, 2009

Tafefobia (8-5-09)

La crisis económica ofrece muchas caras y algunas de ellas no dejan de sorprendernos. Debido al desplome en el sector inmobiliario, un grupo de jóvenes en paro, en su mayoría diseñadores e interioristas, han decidido abandonar el mundanal ruido de la ciudad y trabajar en el campo como pastores. Pero no lo van a tener fácil, porque el anterior MAPA (Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación) aprobó una resolución por la que se les obliga a matricularse en una Escuela de Pastores para que adquieran una adecuada formación teórica y práctica y puedan conseguir el correspondiente título oficial. Desde el Gobierno se apunta que el objetivo es dignificar y profesionalizar el oficio de pastor y garantizar el relevo generacional de las explotaciones ganaderas, la gestión sostenible de las fincas y la dinamización del sector para hacerlo viable económicamente. En la formación teórica, los alumnos aprenderán todo lo referente al mundo del pastoreo: el manejo del rebaño, el adiestramiento del perro pastor, la alimentación, educación medio ambiental,… Pero también deben saber aplicar medidas comerciales, analizar inversiones o incorporar nuevas tecnologías a la producción, además de un período de prácticas en alguna alquería. Está claro que quien quiera salir de la crisis debe volver a los pupitres. O no, porque otra forma de sobrellevar el bache económico es gastando unos ahorrillos en afeites, y no digo disparates, ya que, según cifras oficiales, ha aumentado en un 26% la venta de cosméticos, principalmente de pintalabios. Ya se ve que en nuestro país es bueno el dicho de que al mal tiempo, buena cara.

Mala cara, pero que muy mala, fue la que se les tuvo que quedar a los familiares de Yerenia Lández, una joven nicaragüense que fue declarada muerta, cuando vieron que, dentro de su ataúd, empezó a mover las manos y respirar con dificultad durante el velatorio. La chica padece una enfermedad cerebral congénita, y hace unas semanas los padres llevaron a su hija a un hospital público al observar que había dejado de moverse en su silla de ruedas. Allí certificaron su muerte, por lo que, cuando la vieron regresar viva tras el despertar, los médicos se quedaron alucinados con la aparición. Los pastores y campesinos de la comarca creen que lo que aconteció fue un milagro de Dios.

Hay gente que siente pánico de las alturas, de los sitios cerrados, de las arañas o de tener que volar, pero se comprueba que son cada vez más los que padecen un miedo irracional, no a morir, sino a la idea de ser enterrados vivos. Lo cierto es que, si nos paramos a pensarlo, debe ser espantoso despertar y comprobar que estás en un ataúd y dentro de un nicho o a varios metros bajo tierra. A este sufrimiento, a este pavor, se le llama tafefobia (del griego tafos `tumba, sepulcro´), y para vencerlo los hay que ya han diseñado su propio nicho con todo tipo de comodidades. Este es el caso de un pastor. Asegura que varias veces ha oído gritos que salían de los muros del cementerio cuando llevaba las ovejas a pastar, y es tal el pánico que ha cogido que gastará sus ahorros en construir un modesto panteón. Por si se despertara, instalará una conexión telefónica para avisar, y también un televisor y un frigorífico con comida para hacer más llevadera la espera mientras llega el sepulturero y tira abajo el mausoleo. Qué tipo más extraordinario. Yo lo nombraría Doctor Honoris Causa en la principal Escuela de Pastores de nuestro país.

Posteado por: josejuanmorcillo | Mayo 1, 2009

La mala influenza (1-5-09)

Desde que se anunció la aparición del brote de gripe porcina en México y su propagación a otros países como España, las alarmas no han parado de sonar. De todas formas, y debido a la rápida expansión de esta enfermedad entre las personas, la OMS (Organización Mundial de la Salud) ya ha elevado, a fecha de hoy, a 5 el nivel de alerta pandémica sobre una escala de 6 ya que aún no se puede predecir su evolución. El director general adjunto para seguridad sanitaria de la OMS, Keiji Fukuda, ha enfatizado que nunca se había registrado este virus, el A/H1N1, y que se comporta como un virus de gripe humana, es decir, que se contagia de persona a persona y no desde los animales, como sucedió con la gripe aviar, de la que se infectaban los humanos por contacto directo con las aves.

A la busca de datos y de información de última hora doy con el periódico mexicano Reforma, de tirada nacional, y leo este titular: “Golpea influenza al DF”. A un lector español no acostumbrado al español de América le costaría entender que lo que quiere decir es que la gripe golpea a la capital de México. Para saber la razón de esta diferencia de uso nos tenemos que remontar a finales del siglo XIX, que fue el momento en el que se dio nombre a esta enfermedad tan contagiosa. Fue en el Manual de Patología de Ecequiel Martín de Pedro, publicado en 1876, e indistintamente se usan ahí por primera vez dos términos extranjeros: influenza, del italiano, y grippe, del francés. Será a principios del XX cuando en España se generalizó el uso de gripe, y la grafía francesa, esto es, con las dos pes, se mantuvo hasta finales del primer tercio —Pedro Salinas, por ejemplo, en una carta escrita en 1934, sigue escribiendo grippe—. Mientras, en países hispanoamericanos como México se prefirió el término italiano, quién sabe si por la presencia de inmigrantes transalpinos o porque esta fue también la preferencia del inglés (flu). La palabra francesa grippe proviene de la germana grüpen, que quiere decir `acurrucarse, encontrarse enfermo, temblar´. Pero también conserva la gripe el significado de `ronquera, agarrotamiento, estertor´, de ahí que se diga que un motor está gripado cuando sus piezas están agarrotadas y hacen un ruido semejante al ronquido.

Desde numerosos sectores sociales y gubernamentales se pide cautela, previsión y tranquilidad porque con un simple antiviral los síntomas de la gripe porcina desaparecen. Sin embargo, esta no ha sido la línea de actuación de algunos medios de comunicación. En las noticias del mediodía, un canal televisivo ha comparado la actual pandemia con la funesta “gripe española”, que azotó el mundo entre 1918 y 1920 y cuya cifra final de fallecidos pudo ascender a más de 50 millones -entre un 3% y un 5% de la población de la Tierra en aquel momento- debido a la modernización de los transportes y a los desplazamientos incesantes de las tropas que participaron en la I Guerra Mundial. La llamaron “gripe española” porque el país que le dio mayor cobertura informativa en la prensa fue España al permanecer neutral en la Gran Guerra y no tener que censurar la información. El poeta francés Apollinaire o el economista alemán Max Weber fueron algunas de las víctimas más famosas de este brote; también Jacinta y Francisco, los dos hermanos pastorcitos que aseguraron haber visto a la Virgen en Fátima.

Sin embargo, y a pesar de la preocupación reinante, lo de ahora no es lo de entonces, y mantener la calma y la fe en los actuales avances médicos y tecnológicos dan la tranquilidad suficiente para sobrellevar este mal trago.

Posteado por: josejuanmorcillo | Abril 24, 2009

Charlatán (24-4-09)

La otra noche fue una de esas en las que sin saber la razón no puedes dormir, una de esas noches en que las horas que tardas en atrapar el sueño son desesperantes: en la cama no puedes estar porque no paras de dar vueltas y crees que estás perdiendo el tiempo; entonces te levantas e intentas trabajar en el despacho, pero el simple ejercicio de la lectura se convierte en una labor agotadora. La otra noche fue una de esas, y acabé rindiéndome ante la evidencia de que cualquier intento de conciliar el sueño sería en vano. Así que fui al salón y encendí el televisor. Salvo algún canal que emitía contenidos interesantes, la mayoría de ellos exhibían películas eróticas de dudosa calidad y teléfonos de contactos para conocer gente, a la que me imaginé también frente a su televisor, inmóviles y sin pestañear, como un rebaño de insomnes: calculé que habría rostros grises y aburridos rumiando su soledad, colgados que se enganchan a estos canales mientras la familia duerme y desesperados como yo sin poder dormir. Pero mi interés no se centró en estos canales, sino en uno en el que te vendían de todo. Durante más de media hora consiguieron asfixiarme con bayetas superabsorbentes que retienen treinta veces más líquido que una convencional, sujetadores que aumentan el pecho varias tallas y sin pasar por el quirófano, quitamanchas potentísimos que ni descoloran ni destiñen, ungüentos que eliminan las arrugas de la cara o que acaban con los michelines, y crecepelos que convierten un desolado páramo en una selva subtropical. No solo fue el desfile de efectos “milagrosos” lo que me retuvo tantos minutos frente a la pantalla, sino la oratoria empleada, basada en la repetición constante del mensaje, en la alabanza hiperbólica de las propiedades del producto y en la garantía de devolver el dinero si el comprador no quedaba satisfecho.

Estos charlatanes mediáticos, a los que añado videntes, astrólogos, profetas y curanderos, son casi idénticos a los que circulaban por Europa hace varios siglos. La diferencia es que aquellos se promocionaban en las plazas y mercados y empleaban una sombrilla como distintivo y reclamo. Pero exhibían sobre una mesa cubierta de llamativas telas una hilera de recipientes que contenían bebedizos, elixires, pócimas y filtros mientras procuraban venderlos de una manera muy convincente a un público divertido o incrédulo que se acercaba a ellos con curiosidad. Había, incluso, charlatanes que tocaban algún instrumento musical y montaban un pequeño espectáculo visual y cómico para hacer más atractiva la venta. Muy parecido a lo que hacen los de hoy en día. El pueblo italiano de Cerrato, en la Umbría, era conocido siglos atrás, entre otras cosas, por haber alumbrado el mayor número de curanderos y vendedores de bálsamos y medicamentos. De la palabra italiana ciarlare (`charlar´) y cerratano, que es el oriundo de esta población, surgió ciarlatano, que llegó al español en la forma que conocemos hoy, charlatán.

El DRAE define al charlatán como un vendedor ambulante que “anuncia a voces su mercancía”, pero también como un hablador indiscreto y como un embaucador. Una vez oí que somos esclavos de lo que decimos y señores de lo que callamos, por lo que se deduce que es mejor callar que decir disparates o cometer errores. No es un mal consejo recordar lo que avisa el refrán: “Por charlatán y pedante se destaca el ignorante”.

Posteado por: josejuanmorcillo | Abril 17, 2009

Seísmo (17-4-09)

Todavía hoy seguimos sobrecogiéndonos al recordar el seísmo acontecido hace unos días en el centro de Italia y cuyo epicentro se situó en la ciudad medieval de L´Aquila. Impresiona el número de muertos hallados entre las ruinas y estremece la cantidad de desaparecidos que, con toda seguridad, siguen bajo los escombros; entristece asimismo observar las imágenes tomadas desde el aire en las que se comprueba que todos los edificios históricos de la ciudad, que forman parte del rico patrimonio cultural y artístico de Italia y del mundo, han sufrido en mayor o menor medida las consecuencias del terremoto. Quise captar imágenes y datos de la tragedia, así que entré en un buscador de internet y hallé varias páginas de la agencia Reuters en América Latina. Entre un baile de cifras y de fuentes, lo primero que me saltó a la vista fue un uso lingüístico que marca y define la realidad del español entre los países hispanoamericanos y España: el término seísmo, que es un cultismo del griego seismós (`sacudida´), es el preferido en tierras españolas, mientras que en territorio americano se decantan por la palabra sismo, resultado de la evolución del cultismo anterior. Aunque esta segunda es más coloquial que la primera, es, sin embargo, la más usada, y más si tenemos en cuenta que los derivados que se han ido creando provienen de ella y no del cultismo: sísmico, sismógrafo, sismología o sismómetro, por poner algunos ejemplos.

Los antiguos romanos empleaban el verbo stupere para referirse a alguien que se quedaba paralizado o inmovilizado por una noticia o una visión impactantes. De ahí la palabra estupefacto. Con todo, el estado de atontamiento en que quedaba esa persona víctima o testigo de un acontecimiento desagradable explica el nacimiento de términos derivados de este verbo como estúpido, y posteriormente, ya en tiempos modernos, el de estupefaciente, que es la sustancia que deja al individuo alelado, como si hubiese perdido la razón. Sin embargo, los escritores latinos comenzaron a emplear metafóricamente el verbo escrito más arriba con un sentido de admiración y elogio, ya que cuando alguien admira algo puede experimentar también algo parecido a un entorpecimiento de la razón, y esto explica el nacimiento del término estupendo. Sorprende que dos palabras semánticamente tan diferentes, como son estúpido y estupendo, sean hermanas.

El otro día, mientras tomaba café, oía una conversación entre dos ciudadanos que compartían tertulia en una mesa próxima a la mía. Uno de ellos parecía muy afectado por la catástrofe y mostraba abiertamente su estupefacción porque, según confesaba, había viajado a esa parte de Italia hacía poco tiempo y recordaba la ciudad, sus calles y sus monumentos artísticos. Sostenía que un desastre de esta magnitud resultaba más impactante y catastrófico que los ocurridos en países asiáticos o tercermundistas porque, al margen de las víctimas, no eran comparables los daños sufridos en el tesoro artístico de un país de la talla de Italia con la destrucción de unas cuantas casas de adobe y cáñamo de un país subdesarrollado. Su compañero de mesa y café, al igual que yo, no salía de su asombro, y no dudó en recriminarle su falta de sensibilidad, su hipocresía y su inhumanidad. Lo estúpido y lo estupendo nuevamente juntos, pero no de la mano. Afortunadamente.

Posteado por: josejuanmorcillo | Abril 8, 2009

Tambores épicos (10-4-09)

Esta semana pude asistir por primera vez en mi vida a una demostración de cornetas y tambores en la localidad albaceteña de Tobarra, y debo admitir que la experiencia ha sido verdaderamente atractiva. Desde fuera, desde el punto de vista de alguien que no vive en pueblos como Tobarra o Hellín, la idea de presenciar el toque y el repique de los tambores le sonará a estruendo y a dolor de cabeza, incluso le parecerá una costumbre algo absurda e infantil. Les puedo asegurar que no es así. El hecho de escuchar decenas de tambores sonando como uno y marcando un ritmo y un repique en ocasiones dificilísimo te transporta a una época que desde luego no es la actual; y es más: casi aseguraría que el corazón se acelera y se desacelera acompañando así la tamborada. Ese retumbe contagia, sin duda, energía vital; es como una imitación del pulso de la tierra, que te hipnotiza, que te impulsa a mantener silencio —curiosa paradoja— como si participaras en un ritual solemne, antiguo, respetuoso. En Japón, por ejemplo, el respeto que se le tributa a este instrumento es tan profundo que desde hace más de mil años se viene empleando en ceremonias folclóricas y religiosas —por influencia del budismo— para que el ser humano se comunique con el latido de la existencia terrenal y universal; en la actualidad ya se pueden presenciar la majestuosidad y gran tamaño de los tambores japoneses en espectáculos culturales.

Y si he viajado brevemente desde la llanura manchega al Lejano Oriente es porque, de hecho, el tambor tiene un origen oriental. Los antiguos persas utilizaban este instrumento, al que llamaban tabir y que solía ser de bronce, principalmente en las batallas porque, al sonar centenares de ellos al unísono, proporcionaban, en el momento culminante de la contienda, el coraje y la valentía de la que solían carecer muchos soldados.

Siglos más tarde, los musulmanes comenzaron a usarlo; lo llamaban tanbur y lo empleaban también con una finalidad bélica. Hay muchos textos medievales, como las crónicas de las Cruzadas, el Poema de Mío Cid o la Chanson de Roland, en los que se alude a la sensación casi aterradora que causaba el ruido bélico de cientos de tambores —o tanbures— sonando a la vez antes de comenzar la batalla. Visto lo leído, no extraña que los mejores ejércitos del mundo, como el napoleónico (los franceses lo llamaban tabour, de ahí la palabra taburete, porque tiene una forma parecida a la del tambor), lo hayan usado en las confrontaciones bélicas. Se cree que la tradición del tambor en la Semana Santa tiene su origen durante la dominación islámica de la Península, cuando los musulmanes tocaban este instrumento los cuatro días de la Semana Santa para romper el silencio de la oración y molestar así a los cristianos. Y se piensa también que, con la Reconquista, esta costumbre llegó desde Aragón y se implantó en algunos pueblos de la región manchega.

Un amigo tobarreño me dejó su tambor para que lo tocase. Cuando lo tuve colgado del cuello, y antes de empezar a golpearlo con los palillos, se derrumbó ante mí otra idea errónea que tenía acerca de él: no se trata de un instrumento simplón y sencillo; desprende armonía, perfección, complejidad, y, por su pasado e historia, impone un profundo respeto. Les animo, pues, a que conozcan de cerca esta tradición y que se acerquen a sentir la belleza atronadora y sublime de su sonido.

Posteado por: josejuanmorcillo | Abril 3, 2009

Abotargado (3-4-09)

La llegada del buen tiempo nos obliga a sacar del armario algo de ropa ligerita y, con ello, descubrimos y exhibimos las miserias y el estropicio que los años y una constante vida sedentaria van señalando en nuestro cuerpo. No es una cifra matemática ni se atiene a un axioma científico el hecho de que, sin saber la razón, llega ese día en el que sintiéndote optimista y eufórico te miras en el espejo para alabar las gracias con las que la naturaleza te ha dotado, pero amargamente te asustas al observar un paraíso marchito, un edificio en ruinas y unos alerones que hacen bueno el dicho de que todo lo que sube tiene que bajar. Y digo que te asustas por la sencilla razón de que no reconoces a ese señor que te mira desde el otro lado de la realidad, a ese señor que más bien parece el resultado clónico de mezclar los genes del muñeco de Michelín y los de Sancho Panza. Ese día tan fatídico en el que la realidad te descorre los visillos de la eterna lozanía llega, y entonces claudicas y reconoces que tu cuerpo está abotargado. Y es a partir de este momento cuando las alarmas de emergencia suenan en tu cabeza, y sin perder demasiado tiempo comienzas a hacer sandeces como darte tal paliza el primer día de gimnasio que el cachitas del entrenador tiene que llamar a tu mujer para que vaya a recoger lo que queda de ti; o elaborar fugaces y huidizos propósitos de enmienda como que dejarás de comer carne y de tomarte las cañitas con los amigos; o quedar por la noche a correr por el parque urbano con tu cuñado, que es más joven que tú, y a las cinco zancadas averiguas que eres ya más lento que el caballo del malo. Pero eso sí, que no se me olvide la bebida energética para que parezca que parezco algo. A propósito, digo energética, que no “energizante”, que es un término de reciente creación por obra y gracia de no sé quién y que resulta innecesario, nada afortunado y tan monstruoso como la imagen decrépita y mortal que Dorian Gray encuentra de sí mismo.

Y como uno no puede ser bueno en todo, me tengo que quedar en casa, ponerme ropa cómoda, sentarme frente a mi ordenador y aporrear el teclado para que ustedes lean semanalmente lo que de manera gustosa les estoy ofreciendo en estos instantes. Y como no quiero defraudarles, sin más dilación les cuento que la palabra abotargado, que también se puede escribir abotagado, proviene de botarga, que, según la RAE, es un calzón ancho y largo usado antiguamente y que puso de moda sobre las tablas el actor renacentista italiano Stefanello Bottarga. Con el paso de los años, esta palabra se emplearía también para designar las vestimentas ridículas y de muchos colores usadas en mojigangas y festividades folclóricas —como las de la Alcarria—, y, por extensión, a la persona que las lleva puestas. Por todo ello, decir que alguien se abotarga es afirmar que su cuerpo se infla y deforma como una botarga a causa de una enfermedad o de la dejadez a la que aquel ha sucumbido.

Claro que me veo abotargado, y por eso creo que, a pesar del sacrificio que me supone enfundarme en un chándal y en unas zapatillas de deporte y renunciar a ciertas viandas, debo hacerlo por mi salud y para sentir con menos padecimiento el doloroso transcurrir de los años.

Posteado por: josejuanmorcillo | Marzo 27, 2009

Magnífico (27-3-09)

En los últimos años se ha detectado un error semántico cuyo origen y foco de transmisión se halla en los medios de comunicación. Se trata del uso incorrecto que se hace del verbo magnificar. Efectivamente, esta palabra se viene empleando indebidamente con el sentido de agravar o exagerar algo. Recuerdo un titular que rezaba: “La oposición se empeña en magnificar la crisis”; y en la radio, en relación con el estallido de una guerra civil en un país subsahariano, se dijo: “Según pasan los días, la catástrofe humana se magnifica”. Como muestra de lo que estamos diciendo, el periódico El País, en su diccionario electrónico, se afana en defender esta acepción semántica, y para ello se pone el siguiente ejemplo: “La prensa magnificó la importancia del acuerdo”. Sin embargo, el DRAE nos recuerda que, cuando se magnifica algo o a alguien, se le alaba, ensalza y engrandece, pero no se le agrava ni exagera. Por ello, una forma correcta de escribir las frases anteriores podría ser: “La oposición se empeña en agravar la crisis”, “Según pasan los días, se recrudece la catástrofe humana” y “La prensa exageró la importancia del acuerdo”.

Y ya que estamos en harina, un libro que no para de sorprendernos gratamente y al que no nos cansamos de alabar, ensalzar y magnificar es el Quijote. Acabo de leer en la prensa que una psicoanalista francesa, François Davoine, ha escrito un libro titulado Don Quijote para combatir la melancolía con el que justifica que Cervantes, con esta obra, se nos presenta como un terapeuta capaz de ayudar a superar depresiones y a librar a las personas de experiencias traumáticas. La autora señala que, para sus terapias, lee a los pacientes los fragmentos que narran las desventuras del hidalgo para que se percaten de que no son víctimas aisladas y de que, como don Quijote, deben saber superarlas. Por eso es un libro tan sumamente positivo, porque el personaje, a pesar de sus desgracias y de la incomprensión y burla que recibe de los demás, sabe levantarse —“rebotar” en palabras de la psicoanalista— y renunciar a la tristeza, y en ello cumple un papel fundamental su escudero Sancho, no sólo por su compañía y fidelidad inquebrantable, sino por los diálogos que se establecen entre los dos, que son, según la autora, auténticas estrategias psicológicas para superar los malos momentos de la vida.

Ahora bien, no debemos olvidar al autor, a Cervantes, que escribió este libro ya en la ancianidad, después de una vida sembrada de desgracias y contratiempos. Recordemos que se enroló en el ejército para buscar fama y fortuna, y, tras varios años, regresó a España manco y después de sufrir un duro cautiverio en Argel; su matrimonio con Catalina de Salazar fue estéril y un fracaso; no llegó a triunfar como escritor sino al final de su vida, y no en la poesía y en el teatro, sus grandes pasiones, sino en prosa; y siendo recaudador de impuestos fue encarcelado en Sevilla acusado de quedarse con dinero. Y fue aquí, según parece, en la Cárcel Real de Sevilla, viejo y desahuciado, donde nació la idea de escribir una obra protagonizada por un viejo hidalgo que perdió el sentido de la realidad por leer demasiado y descansar poco, que se llegó a creer un caballero andante con anhelos nobles y altruistas y que, a pesar de ser víctima de las burlas y de la inhumanidad de las gentes, siempre se mantuvo firme y seguro en sus ideales. ¿Acaso no fue esta la mejor terapia para Cervantes?

Posteado por: josejuanmorcillo | Marzo 20, 2009

Priapismo mediático (20-3-09)

Durante uno de esos eternos y soporíferos intermedios publicitarios que emiten las televisiones, me impactó uno en particular. En él, un gorila gigante que enseguida nos recuerda al mítico King Kong está subido en lo alto de un edificio y lleva en su mano izquierda a una joven. Las imágenes logran un efecto muy realista pues parecen estar tomadas por un videoaficionado desde un despacho situado enfrente de donde tiene lugar la acción. Al gorila se le ve especialmente nervioso debido al acoso de unos cazas que quieren acabar con él; se percata de la presencia de los que están grabando la escena y les lanza un objeto que golpea junto a la ventana, y, en pleno paroxismo y olvidándose de la muchacha, se tamborilea el pecho repetidamente como gesto de excitación pero con tal violencia que la mata. Cuando el simio se percata de lo que ha ocurrido, lanza el cadáver de la joven al vacío sin sentir ninguna compasión. Esta escena que les acabo de describir, en la que se pretende desmitificar la bondad y la ternura que sentía por la chica rubia aquel King Kong que todos conocemos por el cine, sirve para anunciar una bebida energética con menor cantidad de cafeína y, por lo tanto, más suave. Esto, al fin y al cabo, viene a constatar la nueva tendencia entre los creativos publicitarios de dar un paso más allá, más impactante, empleando en sus anuncios el humor negro, como es este el caso, o el escatológico, como ese en el que un señor al que le costaba “digerir” sus pagos vomitaba copiosamente sobre una factura. Creo que afortunadamente ya lo han retirado porque, para que el efecto fuese aún mayor, lo emitían a la hora de comer.

Pero cambiemos de tono y permítanme comentarles una noticia que acabo de recordar a raíz del anuncio del King Kong desquiciado. Un neoyorquino de veintinueve años demandó a la empresa suiza Novartis, que produce una bebida energética que responde al nombre de Boost Plus, porque la ingesta del líquido le ocasionó una erección duradera y muy dolorosa que obligó a que fuera intervenido quirúrgicamente para drenar la sangre de los cuerpos cavernosos. La tortura preoperatoria por la que tuvo que pasar este joven y el trauma postoperatorio que vino después no tenían nada que ver con el texto publicitario de la bebida, que rezaba: “Buen sabor, altas calorías y suplementos nutricionales para personas que requieren energía extra y proteínas en un volumen limitado”. Lo que no sabía el desdichado era la energía extra que le iba a proporcionar el bálsamo ni adónde llegaría el límite del “volumen” proteínico, así que, por eso de la doble lectura, quizás no sea buena idea la de demandar a la empresa por publicidad engañosa, pero sí por exceso de nutrientes. A este mal, a esta erección permanente y sin excitación sexual, se le conoce como priapismo, y el nombre proviene del dios griego Príapo, que simbolizaba la fuerza fecundadora de la naturaleza y al que se le representaba luciendo un desproporcionado erguimiento.

Hoy comienza la primavera, la estación en la que la tierra y sus criaturas exhiben abiertamente su potencial reproductor. Pero vistos ciertos efectos secundarios y para que no se me altere la sangre, comprenderán mi decisión de no beber más que agua durante unas semanitas, al menos hasta que se calmen las aguas.

Posteado por: josejuanmorcillo | Marzo 13, 2009

Didáctica para la muerte

No sé si será por los últimos asesinatos violentos perpetrados por jóvenes menores de edad, por esos crímenes horrendos que lamentablemente han salpicado nuestras conciencias y las han ensuciado, pero lo cierto es que tengo la sensación de que, en los últimos años, se ha gangrenado en la mente de muchos adolescentes una cultura de la violencia y de la muerte que resulta ya peligrosamente alarmante. Las causas de este comportamiento son fáciles de encontrar: una deficiente educación moral y ética, padres que se desentienden de sus hijos, jóvenes que solo entienden el “todo vale porque me da la gana”, niños que pasan demasiadas horas frente al televisor y el ordenador viendo tal cantidad de imágenes inapropiadas que llegan a considerarlas como normales y habituales, muchachos criados en la violencia y en el desprecio, una sociedad en la que gradualmente van ensanchándose la inhumanidad y la incomunicación.

Empujados por esta realidad están levantando sus voces muchos especialistas y aportando algo de luz en este largo y oscuro túnel en el que hemos metido a nuestra juventud. Entre ellos, me ha sorprendido el trabajo de Agustín de la Herrán Gascón y Mar Cortina Selva, esta última presidenta de la Sociedad Española de Tanatología, los cuales, convencidos de que debería existir una pedagogía de la muerte, han publicado en la editorial Universitas un manual para alumnos de Primaria y Secundaria titulado La muerte y su didáctica. Es muy improbable que llegue a ser una asignatura, pero ya hay quienes opinan que, para solucionar este grave problema social, todo aquello que se refiera al concepto y circunstancias de la muerte deberían aprenderlo los alumnos en el colegio o en el instituto y no en imágenes violentas de televisión, de videojuegos o en historias hagiográficas. A bote pronto, esta iniciativa puede resultar disparatada, pero si recapacitamos por un momento comprobamos que nuestros alumnos suelen tener presentes los conceptos de “vida” y “muerte” en algunas de sus asignaturas. Pensemos, por ejemplo, en las clases de Religión, en las que se enseña que uno de los dogmas de fe del cristianismo es la muerte y resurrección de Jesús y que la Semana Santa se celebra para recordar este acontecimiento. O, si lo prefieren, vayamos a una clase de Literatura: ahí se explica el contenido de las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique, quizás la más hermosa elegía escrita en castellano; o la angustia por la finitud de la vida expresada por los barrocos; y cómo no hacer comprender el “muero porque no muero” de los místicos, o la consideración altísima que de la muerte tenían los escritores del XIX –pensemos en las Noches lúgubres de Cadalso, en las Leyendas de Bécquer o en el porqué del suicidio de Larra-; o, en fin, cómo no mencionar el asesinato de Lorca, o el triste fin de Antonio Machado y de su madre en Collioure, o que la agonía no impidió a Miguel Hernández escribir algunos de sus poemas más bellos, o la melancolía que mató a Juan Ramón Jiménez tras el fallecimiento de su esposa, la que dio sentido a su vida y a su obra.

A pesar de todos los esfuerzos educativos que se puedan llevar a cabo para solucionar este cáncer social, el impulso definitivo y más importante hay que darlo en el hogar, protegiendo a nuestros hijos, dialogando con ellos y educándolos en valores éticos y morales. Esa es nuestra responsabilidad.

Posteado por: josejuanmorcillo | Marzo 5, 2009

Así se las ponían (6-3-09)

Hay pocos hablantes que se pongan de acuerdo en el nombre del rey español que corresponde al dicho Así se las ponían a…; de hecho, me atrevería a afirmar que la imprudencia popular y, por qué no decirlo, la ignorancia han sido la causa de que casi todos los monarcas españoles de los últimos siglos hayan desfilado al final de esta locución, que, como sabemos, se emplea para referirse a las facilidades que alguien suele encontrar para conseguir un propósito. Diría incluso que ciertas elecciones se transmiten fielmente de generación en generación como si se tratara de un código genético-lingüístico inquebrantable e indisoluble. Esto sucedió en mi familia. Fue a mi abuelo al primero que oí el dicho Así se las ponían a Felipe II, y no me supo responder cuando le pedí que me explicara qué cosas le ponían al tal Felipe y qué hizo o dejó de hacer para que los de su camarilla fuesen tan pelotas con él. Durante mi juventud y adolescencia, hasta que me corrigieron el error, puse al Austria en letras de oro y molde al final del dicho, y ante los demás defendía esta opción no solo porque todos mis familiares así lo hacían, sino porque llegué a estar convencido de que aquel era el rey más real de todos pues bajo su mandato se logró acumular la mayor cantidad de posesiones territoriales jamás imaginadas. Cosas de críos.

Hay hablantes a los que les va más el rollo Borbón. En Madrid he escuchado Así se las ponían a Carlos IV, y un joven historiador me aseguró que el monarca del dicho era realmente este y me lo explicó con la teoría de que era tan desmedida su pasión por la caza y tan discreta su puntería que, cuando iba a la sierra madrileña a cazar, los de su corte le colocaban en los troncos de los árboles piezas ya cazadas. Según parece, en un solo año llegó a abatir más de tres mil piezas, incluido algún que otro súbdito que sacrificó su vida en tan noble labor.

Pero no es este el monarca. Aunque no han ido muy lejos, porque el único protagonista y origen de este dicho fue Fernando VII. A este Borbón le apodaron unos el Deseado y otros el Felón. Sea como fuere, lo cierto es que fue un rey introvertido, cobarde y aficionado a dobleces y falacias, con un sentido del humor algo desagradable y que delegaba a sus ministros los asuntos de Estado. Le apasionaba la gente, el bullicio, el pueblo llano. No fue un hombre atractivo, y castigaba su cuerpo obeso atiborrándolo de carne y fumando como un carretero; además, padecía una macrosomía genital, esto es, un gigantismo fálico, por lo que tuvieron que fabricarle una almohadilla con un agujero central para que, durante el acto sexual, el miembro real no penetrara demasiado e hiciera daño a la reina. Quizás para contrarrestar las carencias estéticas fue un hombre cultivado: leía mucho, le encantaban el teatro y la música, fue mecenas de artistas como Goya y mandó construir el Museo del Prado. Pero su gran pasión, además de los toros, era el billar, que practicaba con los de Palacio; éstos, para agradar al rey, solían fallar los golpes y colocaban las bolas en una situación óptima para que el soberano consiguiese hacer carambola. Y de ahí el dicho Así se las ponían a Fernando VII. Ya ven: en otras cosas no, pero en lo referente a tacos y bolas el monarca despachaba a gusto.

Posteado por: josejuanmorcillo | Febrero 27, 2009

Ladrillazos (27-2-09)

La arqueología, a veces, se viste de gala y nos ofrece hallazgos curiosos y sorprendentes. El último ha aparecido durante las excavaciones que la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía dirige en el teatro romano de Cádiz, considerado el segundo más grande de Hispania, y se trata de una placa en la que se conserva un grafiti perfectamente legible -“Latro BE”- y que significa `Balbo, ladrón´. Ese tal al que se le acusa de ladrón fue Lucio Balbo el Menor, el promotor de la construcción del teatro allá por el siglo I antes de Cristo, y se sospecha que el autor del mensaje fue un obrero contratado para la obra al que no se le pagó o al que no le debía caer demasiado bien el señor Balbo. Si cambiásemos algunos nombres y fechas que acaban de leer por otros recientes y actuales –que un promotor de principios del siglo XXI deje de pagar a sus albañiles durante la ejecución de una obra-, veríamos que la historia de la humanidad, como una marea, nos trae a la orilla acontecimientos pasados y se convierten en presentes y reales.

La palabra latina latro es el origen del término castellano ladrón y de los cultismos latrocinio y latrocinar, este último ya muy poco usado. Aunque en el latín clásico se empleaba latro para referirse a un forajido o a un ladrón de cuadrilla, y que nos ha llegado hasta hoy con el significado de ladrón en general, se mantuvo durante un tiempo la acepción primitiva de `servidor, sirviente´ procedente de su étimo griego latría y que, por tanto, no era nada peyorativa; y es más: esta acepción aún se conserva en algunos apellidos españoles (Ladrón de Guevara se entendería como “Servidor” de Guevara). En el lenguaje de las germanías, esto es, en la jerga que usaban los pícaros y criminales, un ladrillo era un ladrón, pero no nos confundamos: el término ladrillo como material de construcción es el diminutivo del antiguo ladre, procedente del latín later.

De cualquier forma, fíjense cómo sin apenas proponérnoslo hemos unido de nuevo, y en épocas clásicas, el ladrillo con el ladrón. Pero si quieren que hagamos esta historia más cercana, les recordaré el caso de un empresario español de la construcción que, desesperado por la crisis, decidió pagar las deudas que le aguijoneaban atracando bancos. Pero como no tenía experiencia previa, decidió entrar en internet y conocer el modus operandi de El Solitario, aquel experto atracador de bancos que finalmente fue atrapado en Portugal. Ya con la lección aprendida, y parece ser que muy bien porque, al igual que su mentor, actuaba siempre solo y con tal meticulosidad que lograba despistar a los investigadores, este constructor de cincuenta y dos años cometió cuatro atracos y se hizo con un botín de 80.000 euros, pero en el quinto fue detenido por la Policía. Se declaró culpable y reconoció que lo hizo por la situación precaria de su empresa y para poder pagar a sus trabajadores y a los acreedores. Este caco-constructor no es como el promotor del teatro romano de Cádiz, ni mucho menos, e incluso lo vemos con cierta conmiseración por el aroma robinhoodiano de robar a los ricos que no quieren prestarte dinero para dárselo a los pobres, que no tienen para pagar los zapatos de sus hijos. Otra vez la historia se repite.

Posteado por: josejuanmorcillo | Febrero 20, 2009

Un zapatero y sus zapatos (20-2-09)

A Pancho, por su compañía y conversación

No es costumbre en mí acompañar a mi mujer al pueblo donde trabaja, pero el otro día así lo hice porque en cuanto terminase nos íbamos a Madrid a pasar un fin de semana tranquilo y relajante. Ante mí, como una alfombra, se desplegaban cuatro horas que decidí emplear en pasear, leer la prensa, tomar un café y conocer algo más el pueblo. Pero mucha prisa tuve que darme porque me sobró una, así que decidí buscar un zapatero remendón para que me pegara unas tapas y unas suelas a los zapatos nuevos que estrenaba ese día. Pregunté a un vecino, y me dio las señas del único que aún mantenía vivo el oficio. “Se llama Pancho”, me dijo despidiéndose ya.

Cuando llegué, él se dirigía a la zapatería –supuse que habría salido a tomar algo-. Me acerqué tras confirmarme que era él y descubrí a un señor de casi setenta años, de pelo cano, bonachón y algo orondo, con la mirada aún muy joven, y que arrastra con cierta elegancia una cojera que se me antojó antigua. Entramos en el taller. Me esperaba el típico local moderno en el que además de arreglar zapatos te hacen copias de todo tipo de llaves y te venden cualquier producto relacionado con el mantenimiento y cuidado del calzado, y en el que te encuentras lo más parecido a una barra de bar que separa al cliente del profesional. Pero afortunadamente no fue así. La zapatería es un chiribitil de unos seis metros cuadrados que da a la calle Charco. En el centro, oculta entre interminables restos de cuero y goma, una vieja mesilla sostenía la lezna, el martillo, unas tenacillas, cepillos, tijeras, una lata con betún, una lima y una cuchilla de acero con la que desvirar las suelas; al lado, una banqueta con distintas hormas y la bola para batir las suelas. Se colgó su mandil de cuero, se sentó en su silla de anea y yo hice lo propio en otra que estaba frente a él. Le di los zapatos y me acercó un taco de madera para no apoyar los pies descalzos en el suelo. Y los dos, sentados alrededor de la mesilla, mantuvimos una larga conversación en la que tratamos temas muy dispares pero muy bien ensartados: con una lucidez extraordinaria analizó la actual situación política y económica del país y la posición de la Iglesia, arremetió contra las supersticiones y acabó recordando la heroica postura que mantuvieron frente a la Inquisición personajes como Miguel Servet y Galileo Galilei.

Cuenta Plinio el Viejo en su Historia Natural que Apeles, uno de los mejores pintores de la Grecia clásica, colocó una pintura suya en la plaza pública y se escondió tras ella para oír las críticas de los que por allí paseasen. Acertó a pasar un zapatero y censuró que una de las sandalias del cuadro estaba mal pintada. Apeles oyó de buen grado la crítica y arregló el error, pero cuando el zapatero vio al día siguiente que se le había hecho caso se creció y se atrevió a sacar más defectos de la obra. Apeles, malhumorado por la osadía, salió de detrás de la pintura y le gritó, traducido al latín: “Ne sutor ultra crepidam”, y que en español ha quedado en el dicho “Zapatero, a tus zapatos”.

Pancho no es el zapatero de la leyenda de Plinio; es, recordando a Azorín, un académico de la Manchuela, de conversación lúcida e inteligente, de los pocos que van quedando. Lástima que sigamos dejando en el olvido y en el silencio a gente tan extraordinaria.

Posteado por: josejuanmorcillo | Febrero 12, 2009

¿Amor real o idealizado? (13-2-09)

En algún momento de ese proceso que los psicólogos llaman enamoramiento acontece una idealización de la persona amada, y esa idealización pasa por considerarla el ser más bello y perfecto de la creación. Es aconsejable que este ensimismamiento dure poco porque nos impide ver y valorar realmente a la persona a la que queremos, pero algunos, para su desgracia, consiguen idealizar tanto al ser amado y durante tanto tiempo que no se percatan del hastío y aburrimiento de este ni de que no son amados con la misma intensidad. Su alto grado de irrealidad les lleva, incluso, a considerar el desdén del otro como un gesto de amor.

Cientos de páginas de nuestra literatura están llenas de descripciones idealizadas de la amada, sobre todo a partir de la aparición de Petrarca, que implantó un modelo de descripción que será seguido por cientos de poetas en toda Europa. Su piel debía ser blanquísima, de pelo rubio y largo, de ojos claros, y sus labios rojos y mejillas sonrosadas contrastaban con la blanca pureza de su rostro. Y para realzar esta perfección, se comparaba cada una de estas descripciones con materiales nobles, piedras preciosas y flores de extrema belleza. Así, el cuello era de alabastro, las manos de marfil, los dientes eran perlas, el cabello de oro y los ojos brillaban como el sol; los labios eran claveles o corales, y las mejillas sonrosadas semejaban a las rosas sobre el rostro blanco como la azucena. Pero a las puertas del siglo XVII este modelo descriptivo empezó a cansar. Seguro que recordarán cómo describe Sancho Panza a Aldonza Lorenzo cuando supo que esta aldeana, ruda y tosca, era la sin par Dulcinea del Toboso: más cortesana que princesa, era de complexión robusta, de pelo en pecho, con un vozarrón varonil y su piel estaba fea y ajada por el sol.

El poeta barroco Cepeda y Guzmán es autor de un soneto que, para mí, supone la culminación de este proceso de desmitificación de la belleza idealizada de la amada. Con un estilo claro y directo, empleando términos que pueden resultar cacofónicos y aun soeces para muchos, compone un poema cuyo estilo se aproxima bastante a lo que hoy en día calificamos como “realismo sucio”. Sus versos son los siguientes: “Piojos cría el cabello más dorado / y legañas el ojo más precioso, / y en la nariz del rostro más hermoso / el verde o negro moco está encerrado. / La boca del clavel más encarnado / tal vez regüelda ahíto o asqueroso, / y la mano más blanca es muy forzoso / que al culo de su dueña haya llegado. / El mejor excelencia deste mundo mea, / y los dedos de aquéste habita y mora / el culo, y cuanto caga es mierda pura. / A la hermosa le baja, y a la fea; / veis aquí el muladar que se enamora. / Cágome en el amor y en su hermosura”. Despiadada, sin duda, la postura del poeta barroco, sobre todo el último verso, agrio, desagradable y desbordante de acidez y misoginia.

Hemos visto ejemplos que van desde la idealización superficial e impersonal de la persona amada hasta una descripción cruda y rigurosamente real, desde un absoluto optimismo hasta un pesimismo atroz y cruel. Es curioso comprobar que aún quedan hoy en día donquijotes soñadores y misóginos cepedas, pero, como en todo, en el término medio está la virtud, y creo que es ahí donde debemos quedarnos.

Posteado por: josejuanmorcillo | Febrero 6, 2009

Don Quijote y el spanglish (6-2-09)

El spanglish, nacido de la mezcla del inglés y del español en territorio norteamericano, ya no puede ser calificado como una simple jerga. Sus aproximadamente cuarenta y cinco millones de hablantes y el hecho de que miles de ellos lo aprenden desde la cuna lo han transformado en un pidgin, que es el estadio previo a la consideración de lengua. Son ya muchos los lingüistas que se han acercado a esta realidad idiomática, y, posiblemente, el más destacado de ellos es el escritor mejicano Ian Stavans, lexicógrafo y catedrático de spanglish en el prestigioso Amherst College de Massachussets. Él sostiene que el spanglish no para de extenderse y que ahora está pasando por un momento de transición y de formación buscando la creación de una cultura propia a través del lenguaje escrito. Se ha enfrentado abierta y directamente a la Real Academia por advertir ésta de los peligros lingüísticos que acarrea, y ha llegado a tildarla de colonialista e innecesaria. Sin embargo, y más allá de polémicas y de que ha elaborado un diccionario de spanglish con más de seis mil voces registradas, su fama reside en haberse atrevido a traducir a este pidgin los primeros capítulos de El Quijote. Yo les voy a transcribir las primeras líneas, y, si tienen cerca la obra de Cervantes, les animo a que cotejen el original con la traducción:

“In un placete de La Mancha of which nombre no quiero remembrearme, vivía, not so long ago, uno de esos gentlemen who always tienen una lanza in the rack, una buckler antigua, a skinny caballo y un grayhound para el chase. A cazuela with más beef than mutón, carne choppeada para la dinner, un omelet pa´ los sábados, lentil pa´ los viernes, y algún pigeon como delicacy especial pa´ los domingos, consumían tres cuarers de su income. El resto lo employaba en una coat de broadcloth y en soketes de velvetín pa´ los holidays, with sus slippers pa´ combinar, while los otros días de la semana él cut a figura de los más finos cloths. Livin with él eran una housekeeper en sus forties, una sobrina not yet twenty y un ladino del field y la marketa que le saddleaba el caballo al gentleman y wieldeaba un hookete pa´ podear. El gentleman andaba por allí por los fifty. Era de complexión robusta pero un poco fresco en los bones y una cara leaneada y guanteada. La gente sabía that él era un early riser y que gustaba mucho huntear”.

No sé qué pensarán ustedes, pero, en principio, no me parece disparatado este intento si tenemos en cuenta que una de las lenguas a la que está traducido El Quijote es el esperanto, que es una lengua de probeta y artificial y que no usa casi nadie. Pero es un atrevimiento, sin duda, ya que una traducción correcta de un texto del siglo XVII es imposible al ser el spanglish un híbrido demasiado joven, demasiado inmaduro. Con todo, y a pesar de que el texto que les he adjuntado parece estar escrito a cachondeo, lo cierto es que esta seudolengua –sin cohesión gramatical aún, todo hay que decirlo- ya lleva un largo y serio trecho para alcanzar una identidad cultural al margen del español y del inglés. El tiempo dará la razón a unos y se la quitará a otros; pero de algo sí que estoy seguro: si hubiese existido el spanglish en la época de Cervantes, éste la habría incluido en boca de algún personaje de El Quijote para ridiculizarla.

Posteado por: josejuanmorcillo | Enero 30, 2009

La herida judía e israelí (30-1-09)

Ahora que las bombas han dejado de oírse en Gaza –aunque me temo que temporalmente-, quería traer hoy a la palestra una cuestión lingüística que desorienta a muchos hablantes, y no es otra que la distinción entre cuatro términos: israelí, judío, hebreo e israelita. La Real Academia nos recuerda que los tres últimos –judío, hebreo e israelita- pueden emplearse como sinónimos dentro del sentido histórico que hace referencia al antiguo pueblo de Israel, no al moderno Estado que lleva este mismo nombre, y también desde un sentido confesional cuando aludimos a las personas que profesan la religión judía y a sus ritos y costumbres. De estos tres, empleamos en español la palabra hebreo cuando mencionamos la lengua semítica que habla este pueblo y su producción literaria. Sin embargo, israelí designa a la persona que vive en el actual Estado de Israel -al margen de la religión que profese- y a las instituciones de este país; es cierto que, en su mayoría, los israelíes son judíos, pero también los hay que son cristianos e incluso musulmanes. Por ello, llamar a un israelí “judío” es como confundir “español” y “católico”, por poner un caso. En televisión escuché hace poco: “El gobierno judío ha movilizado a miles de reservistas”; debió decirse “israelí”. Y durante estos últimos días he comprobado en los medios de comunicación una confusión similar con la palabra hebreo. He leído titulares como: “Los tanques hebreos han bombardeado edificios civiles de Gaza”, cuando debió escribirse “israelíes”. Finalmente, israelita es un gentilicio que alude a “los hijos de Israel” del Antiguo Testamento, por lo que el ejército israelita sería aquel de los míticos reyes David y Salomón; así pues, y valga como ejemplo, decir que el ejército israelita ha ocupado Gaza sería como afirmar que la ministra Chacón ha modernizado las imperiales tropas castellanas.

Y ahora que las bombas han dejado de oírse en Gaza, como escribimos al comienzo de este artículo, otra detonación ha conmocionado a la opinión pública mundial. El Papa decidió hace unos días revocar la excomunión de cuatro obispos lefebvristas -el español Alfonso de Galarreta, el suizo Bernard Fellay, el francés Tissier de Mallerais y el británico Richard Williamson- a pesar de defender posturas ideológicas que atentan contra la dignidad humana. Concretamente, el británico negó el Holocausto judío de la Segunda Guerra Mundial y la existencia de cámaras de gas, e incluso afirmó que no fueron seis millones los judíos asesinados por orden de Hitler, sino trescientos mil, y ninguno gaseado, y justificó este genocidio como consecuencias propias de una guerra. Esta decisión papal no solo ha reabierto la brecha entre católicos y judíos, sino también entre muchos católicos que, indignados, no entienden cómo la Iglesia ampara a prelados ultratradicionalistas que siempre se han opuesto a cualquier gesto aperturista, desde la renovación litúrgica hasta el respeto hacia la confesión judía y el pueblo israelí.

Todo esto nos recuerda a la Organización ODESSA (Organisation der ehemaligen SS-Angehörigen, “Organización de ex-miembros de las SS”), y que se encargaba, con la ayuda de algunos obispos católicos como el austriaco Alois Hudal, de ayudar a escapar a buscados criminales de guerra nazis, entre los que se encontraban el temido Franz Stangl, comandante del campo de concentración de Treblinka, y Adolf Eichmann, que fue el encargado de la organización de la logística de transportes del Holocausto. Triste historia la que algunos deben soportar, y lamentable presente el que todos estamos presenciando.

Posteado por: josejuanmorcillo | Enero 23, 2009

Cocina molecular (23-1-09)

Ya por el título habrán sospechado de qué vamos a hablar hoy. Y yo encantado de hacerlo, porque la gastronomía es una de las aficiones por las que siento pasión, devoción y profundo respeto, y no sólo como comensal, que en esto somos casi todos, sino también como cocinero. No en vano se suele hablar de la gastronomía como un arte, porque se elaboran platos suculentos y a veces magistrales partiendo de materias primas toscas y crudas, pero también porque es la única disciplina artística en la que intervienen activamente los cinco sentidos: se juega con el gusto y con el olor, claro está, pero también con la vista –piensen en un plato bien presentado-, con el tacto –en el simple hecho de partir un trozo de pan tierno y crujiente- y con el oído –el borboteo de un estofado va cambiando gradualmente hasta el final, cuando ya se espesa-. Y si a esto añaden que el mejor secreto de la cocina es el cariño llegamos a la conclusión de que es un arte intenso, completo y profundo. El buen cocinero piensa en sus comensales y disfruta viéndoles gozar con sus platos; por ello hay mucho de altruismo en este oficio, y, en este sentido, lo suelo comparar con el de escritor –un buen libro es el que logra conectar con un público- y con el de docente, ya que es extraordinaria la sensación que se siente al salir de un aula sabiendo que tus alumnos han aprendido y disfrutado con lo que les has enseñado.

Posiblemente, la sensación gastronómica más apasionante que he vivido me sucedió a los diez años. Mi abuela estaba en la cocina abriendo un pollo que acababa de desplumar, y, por sorpresa, me pidió que saliera de la cocina porque me iba a preparar un piscolabis y no quería que viera cómo lo iba a cocinar. Cuando volví a entrar, encontré en un plato tres o cuatro salchichillas, pero muy finas, torcidas y crujientes por lo fritas que estaban. Aquello fue una exquisitez: si olía bien sabía mejor. Cuando terminé, mi abuela me dijo que eran las tripas del pollo.

Sobre esto, hallar y crear platos sabrosos y nutritivos usando productos de desecho, y que es una de las grandezas de la gastronomía, se ha hablado en la séptima edición de Madrid Fusión, la cumbre gastronómica en la que los mejores cocineros presentan las elaboraciones culinarias más innovadoras. Así, por ejemplo, han dado a conocer unas conservas de hígado de rape, pero también han planteado una apuesta definitiva por unir los fogones con la ciencia y crear platos como salidos de una probeta o de un tubo de ensayo. Los asistentes han probado un pan azul, han saboreado sal de caviar y se han podido degustar platos tan extraños como “Espuma de Coca-Cola con nitrógeno” o “Flores con sabor a pila alcalina”. Es la cocina llevada al límite, a la experimentación y al hallazgo de nuevos caminos, lo que significa que hay mucho de lúdico; estamos, por tanto, ante una vanguardia artística más, como lo es el surrealismo: es, parafraseando a Ortega y Gasset, una deshumanización del arte gastronómico. A esta tendencia la han bautizado “Cocina molecular”, pero esta denominación se ha encontrado con numerosos detractores que inciden en que, junto a los conocimientos de química, también hay que saber de biología, psicología, sociología y hasta de ecología, por citar algunos. De cualquier forma, es un hecho que estamos asistiendo a una revolución artística de primer orden y que cocineros como Adriá son los Picassos de la nueva escena culinaria. Merece la pena intentar conocerla.

Posteado por: josejuanmorcillo | Enero 16, 2009

Taquicardia (16-1-09)

Cuando me convencí de que todo estaba bien me sentí aliviado, muy aliviado, porque entré en urgencias con síntomas similares a los de un infarto y salía ya por mi propio pie y medio flotando por los efectos de un tranquilizante que me pusieron bajo la lengua. La tensión emocional fue la causante de mi taquicardia, y aquellos que no han pasado por algo similar no se imaginan la impotencia que surge cuando te percatas de que eres incapaz de controlar, de dominar un órgano tan vital como es el corazón. Durante un breve instante lo sientes latir desacompasadamente, como si te amonestara por acarrear un ritmo de vida nada saludable y por no saber sortear los obstáculos que van apareciendo por sorpresa en tu camino; y luego, tras una calma fugaz, sobrevienen las molestias en el pecho y el desvanecimiento del brazo izquierdo. Es una sensación que no se la deseo a nadie. Muchos sabrán que el término taquicardia proviene de las palabras griegas tajís (`veloz´) y cardía (`corazón´), y que con el primer cultismo se han creado otros vocablos como tacómetro, que es un aparato que mide el número de revoluciones de un eje y en el que están especializados muchos agentes de la Guardia Civil, y taquigrafía, sistema de escritura rápida ideado para apuntar a la misma velocidad del discurso y cuyo más antiguo inventor fue, posiblemente, Jenofonte.

Con todo, cuando estaba tumbado en la camilla esperando el resultado de las pruebas, me acordé del Fray Luis inspirado en los epodos horacianos, del conquense deseoso de vivir “a solas, sin testigo, / libre de amor, de celo, / de odio, de esperanzas, de recelo” y convencido de que la mejor vida la encuentra el “que huye del mundanal ruido”; y recordé también una frase que Fray Antonio de Guevara escribió en su Menosprecio de corte y alabanza de aldea con la que justificó por qué la ciudad es hostil, “donde con la gran confusión de negocios y con andar siempre amontonados ni nunca traen consigo alegría ni sienten en su casa cuándo es la fiesta”. Con este recuerdo decidí retirarme unos días a un lugar en el que estuviera en contacto con la naturaleza, y con los fríos de enero me decanté por la playa. Me recomendaron Benidorm, porque, al parecer, por su situación geográfica privilegiada allí se goza de un clima suave en invierno, así que no me lo pensé dos veces, llené una maleta de urgencia y me monté en el autocar que me dejaría a unos cincuenta metros del hotel.

Por las calles de esta localidad costera transitan, cansados y mastodónticos, cientos de turistas británicos de edad no inferior a los cincuenta años a los que les sale más económico bajarse al sol español que un tratamiento con aguas termales en su propio país. Muchos de ellos, en pleno mes de enero, visten camisetas y pantalones cortos de esos de “pague dos y llévese cinco y abrimos una botella de champán para celebrarlo” y que dejan al descubierto brazos con tatuajes popeyescos y piernas hinchadas y varicosas. Creerán que con darles el sol levantino se curan de sus dolencias, porque se les suele ver, no andando ni haciendo ejercicio, sino desplazándose en un escúter con batería recargable mientras ponen a buen recaudo una cerveza y una hamburguesa de firma estadounidense. Aquella Lourdes inglesa no era, ciertamente, un paisaje bucólico pero me lo pasé muy bien, y eso me sentó mejor, porque ya se sabe que el humor rejuvenece el corazón. Vayan y vean.

Posteado por: josejuanmorcillo | Enero 8, 2009

A customizar se ha dicho (9-1-09)

Hay anglicismos que llegan a implantarse en nuestra lengua en tan poco tiempo y con un poder de convicción y aceptabilidad tal que nos llevan a plantear si este hecho se debe al magnífico tirón de lo foráneo en nuestros gustos y preferencias o, quizás, a la moda idiomática de adoptar un extranjerismo inútil e innecesario. Y precisamente de modas y de extranjerismos lingüísticos sabe mucho el diseñador español Miguel Adrover, que, como muchos de ustedes sabrán, se ha convertido en los últimos años en la nueva estrella de la moda en Nueva York por llevar a las pasarelas prendas de segunda mano retocadas a gusto del usuario. La popularidad de esta postura estética se basa en que ha sido la tabla de salvación para muchas personas que deseaban renovar su vestuario gastándose poco dinero, y no me dirán que no es ingenioso, porque reciclas, creas y personalizas tu armario. Por ello, a esta tendencia Miguel Adrover le puso el nombre de customizar, del verbo inglés customize, que quiere decir `personalizar, hacer al gusto del consumidor´. Si el alcance y la influencia de este estilo han sido y siguen siendo profundos en el ámbito social, no iba a ser menos en el lingüístico, porque no han tardado en aparecer palabras derivadas como customización o customizador.

El padre de esta moda no se imaginó al principio la gran repercusión que iba a ejercer incluso fuera de las fronteras de la industria textil. Es sorprendente cómo este vocablo ha llegado lenta e inexorablemente, como una marea, a campos, disciplinas y profesiones muy dispares. Lo he visto en tiendas de telefonía móvil (“Te enseñamos a customizar tu iPhone”) y se está empleando mucho en el mundo de la informática (son numerosos los mensajes en los que se nos aconseja “customizar” nuestro navegador o nuestra propia cuenta de correo electrónico). Los coches ya no se tunean, se customizan, y no hace mucho he llegado a ver este término en una empresa dedicada a la fabricación de mobiliario infantil y juvenil que promocionan “un sistema de customización de mobiliario que te permite elegir la imagen para el frontal de tus muebles”. En una agencia de viajes se fomenta el turismo personalizado con el eslogan “¿Sabes cómo customizar tus vacaciones? Entra y lo verás”, y, como regalo, una multinacional de productos de cosmética ha publicitado sus perfumes de la siguiente manera: “Diesel y Fuel for Life te regalan un perfume customizado on line”. Con todo, el premio se lo lleva una reconocida pastelería de Madrid; hace unos días viajamos a la capital para ver a unos amigos y, mientras paseábamos por una calle algo alejada del tumulto y de la fiebre compradora, vi el establecimiento. Me paré para contemplar las magníficas viandas, y frente a mí, de bruces, un letrero: “Customiza tu roscón de reyes”. Entré y pregunté, y me explicaron que el roscón podía tener los regalos, la forma, el contenido y el grosor que uno quisiera, incluso se le podría añadir una foto familiar de caramelo y chocolate. No personalizaban el roscón, lo customizaban. Les di las gracias y pagué mi empanadilla, neutra, triste y vulgar como el resto que había sobre la bandeja.

Cuando hoy me he conectado a internet, súbitamente y de sorpresa ha aparecido en mi pantalla una ventana publicitaria que rezaba en letras bien grandes: “A customizar se ha dicho”. No supe si esa voz callada provenía del más allá o de mi conciencia, pero sí sé que me intimidó y que lo único que se me ocurrió hacer cuando apagué el aparato fue, por si acaso, sacar del cajón de la mesita de noche mis bóxers y pintarlos con corazoncitos y pirañas. Creo que ahora me quedan mejor. Aplíquense el cuento.

Posteado por: josejuanmorcillo | Enero 2, 2009

¿Bianual o bienal? (2-1-09)

No piensen que para este primer artículo del año me voy a rebozar en los típicos tópicos de año nuevo y en las manoseadas palabras y felicitaciones de siempre. Porque no. Porque no quiero. Porque me cansan, porque creo que la celebración de la Nochevieja es una anestesia brevísima para olvidar la realidad a la que uno se enfrenta a partir de hoy mismo, una realidad pesada de crisis económicas, de fríos y mecánicos despertadores, de angustias y peleas, de crueldades y traiciones, de guerras y violencia familiar, de fútbol de domingo y de paseo social, tradicional y casposo, por las calles más céntricas y concurridas. Y esto aburre, como cualquier actividad repetitiva, como cualquier costumbre social y familiar, pero hemos de habituarnos a ello, como burros atados a la noria de nuestra existencia. Los que pueden romper las bridas lo hacen, y los que no, nos subimos a los lomos de estas festividades para cocear libremente.

No nos engañemos. Para la inmensa mayoría, el dicho de “Año nuevo, vida nueva” no es cierto, y lo sabemos. Sabemos que este año nuevo nos traerá una vida idéntica a la del anterior, con sorpresas y disgustos que superaremos, pero básicamente similar. A mí me gusta entrar en el nuevo año cumpliendo con dos ritos personales: comiendo cordero para hacer bueno, así, el refrán que reza “Cabrito el de marzo, cordero el de enero”, y entrar, además, con dos caras. Sí, reconozco que entro con la cara alegre y festiva celebrando no sé qué demonios, y a los pocos minutos me quito el disfraz y me enfundo el otro, el de todos los días, el que nos ponemos todos. Los antiguos romanos eran conscientes de ello, y adoraban al dios Jano, el bicéfalo de dos rostros opuestos, incluso más que a Júpiter porque a aquel lo consideraban el origen de todo, el portero del cielo (del latín ianua `puerta´); era la divinidad del umbral, de la entrada a otra vida, con dos caras distintas, la que ves al entrar y la que ves al salir, como las de una puerta, y, por ello, dedicaron el primer mes del año a esta divinidad (ianuarius `perteneciente a Jano´ > enero).

Ya han pasado muchos siglos desde aquello, y lo que muchos se encuentran en estos momentos delante de ellos no es una vida nueva sino un año que más parece una etapa ciclista de alta montaña por las cuestas que hay que subir. Antes, las cuestas eran bianuales (la de enero y la de setiembre); ahora son bienales, se prolongan a lo largo de dos años. No confundan términos: el DRAE nos recuerda que algo bianual es lo que se produce dos veces al año, y que lo bienal es lo que dura dos años o lo que acontece cada dos años. Los hay que celebran fiestas bianuales y los que se hunden en celebraciones bienales –que son los pocos-; ya no quedan besos bienales ni mucho menos eternos, lo que se lleva ahora son los bianuales y suelen coincidir con su fiesta correspondiente; los jóvenes han tomado por costumbre estudiar bianualmente, y bienalmente repiten curso, pero pasan al siguiente nivel de dificultad; con mucha fortuna, y sin contar la prensa del corazón ni los diarios deportivos, hoy la lectura no es más que un triste acontecimiento bianual, y gracias.

Se dice y con razón que casa con dos puertas mala es de guardar; la mía solo tiene una y sus dos caras son distintas aunque lustrosas, porque bianualmente me encargo de barnizarlas. Hay muchos que ni siquiera reconocen la suya.

Posteado por: josejuanmorcillo | Diciembre 26, 2008

Casting navideño (26-12-08)

La lotería, como todos los años, ha vuelto a pasar de largo por casi todos los hogares españoles, y a todos los no premiados, como siempre, se nos ha dibujado de nuevo la cara de pasmarotes absurdos, como expresando un “casi me ha tocado, qué poco ha faltado, hasta el año que viene”. Esto no tiene tintes tan trágicos, al fin y al cabo es una representación más del circo esperpéntico que monta el ser humano en cada una de sus actuaciones; sí, en cambio, es preocupante comprobar que cientos de miles de ciudadanos han puesto sus esperanzas en un décimo de 20 euros para salir a flote de la crisis económica por la que pasan, y digo que es preocupante porque quizás fuera la única salida que les quedaba ya para respirar algo más, conscientes del escaso y enrarecido oxígeno que les resta.

Pero al mal tiempo buena cara, y para trabajar y llevar unos duros a casa todo vale, bueno, casi todo. Ya saben qué es un belén viviente, con personas y animalitos de verdad; hay pueblos de nuestra geografía cuyos habitantes se pelean por representar durante unas horas y unos días al Niño, a la Virgen y a san José, a los pastores, a los panaderos, a los herreros y a los angelitos. Pero en algunas regiones como Cataluña y Valencia hay una figurita más que no aparece en el resto de nuestro país y que va más allá de la lavandera, del molinero con el saco de trigo al hombro o de los soldados de Herodes. Se trata del caganet, que, por el nombre, ya se imaginan que lo que no hace son tortas de manteca o cucharas de palo. En Lérida decidieron hace unos días convocar un “Casting para caganet”. Yo no soy muy amigo de la palabra casting, porque no es necesaria en nuestra lengua ya que podemos emplear otras como selección, concurso o elección. Pero, en fin, al parecer, la convocatoria para cubrir tan singular puesto de trabajo temporal (y menos mal que es temporal) ha desbordado al ayuntamiento leridano, y no le ha quedado más remedio al concejal de Festejos que marcar unos duros y exhaustivos criterios de selección. Sinceramente no los conozco, pero me figuro que tendrán en cuenta la elasticidad del aspirante por eso de tener que pasarse varias horas en cuclillas y con cara de hacer fuerza, y junto con tal virtuosa cualidad física deberá añadirse la de la resistencia al frío y a otras inclemencias más allá de las meteorológicas, como los comentarios que le pueden llover al sufrido personaje cargados de improperios, de chiflas y quién sabe si de algún que otro piropo. Además, ¿se imaginan quiénes compondrán el jurado? ¿Y qué se exigirá de tan noble y apuesto cabo: la suavidad de formas, la abundancia o escasez de vello, la dureza y tersura del tramo, o una tierna y delicada blandura? Porque, claro, piensen que tal voluptuosa extremidad estará a la vista de todos y a la tentación de algunos.

Que no les extrañe si les digo que no me voy a presentar a ese proceso selectivo, y no se imaginen que es por falta de cualidades, que no van por ahí los tiros; es que estos fríos son ya muy peligrosos para mi salud. Por si acaso, salgo ahora a comprar un décimo para el sorteo de “El Niño” aunque se me quede la misma cara de atontado de siempre cuando vaya pasando el dedo por la lista de números premiados y compruebe que el mío no está. Suerte si juegan y feliz año.

Posteado por: josejuanmorcillo | Diciembre 19, 2008

A mansalva (19-12-08)

Una de las palabras que hace gala de una mayor y fructífera producción léxico-genésica es mano; les invito a que abran el DRAE y comprueben la cantidad de locuciones, expresiones y acepciones semánticas que atesora este término. Y no están todas. Pues bien, hoy hablaremos de algunos casos singulares que están relacionados con este vocablo y que merecen nuestra atención.

En un titular de prensa, y a raíz del último enfrentamiento futbolístico entre el Barcelona y el Real Madrid, leo: “Víctor Valdés evitó la caída del Barça en dos mano a mano”. Mano a mano es una locución adverbial que se usa en contextos en los que dos contrincantes compiten, y el campo de aplicación preferente es el de la tauromaquia. Esta locución, por el uso, se ha sustantivado (“Los aficionados esperan el mano a mano entre Ponce y Francisco Rivera”), pero las dudas surgen cuando hay que usar el plural. Una solución es mantenerlo invariable, como acabamos de leer en el titular (“dos mano a mano”), pero resulta artificial y forzado. La otra, que es la que recomiendo, responde a un procedimiento muy frecuente en nuestra lengua, la lexicalización, es decir, convertir la locución en una palabra (“manoamano”), por lo que no habría duda en el plural: “dos manoamanos”.

También he observado, y no sin dificultad, la confusión entre dos locuciones muy parecidas en la forma pero muy distintas en el significado: en manos de y a manos de. A manos de alguien se emplea cuando esa persona ha agredido a otra, y, por ello, suele aparecer con el verbo morir o algún sinónimo; recojo en un titular: “Al menos trece milicianos mueren a manos de las fuerzas afganas, la coalición de EEUU y civiles”. Por el contrario, se aplica en manos de alguien cuando algo está bajo el control o responsabilidad de esa persona; leo en otro titular: “Garzón deja en manos de los juzgados territoriales la causa sobre el franquismo”. Por todo esto son incorrectos estos dos: “El petróleo a manos de los ecuatorianos” (debió decirse “en manos de los ecuatorianos”) y “Cuatro víctimas mortales en manos de ETA en lo que va de año” (debió decirse “a manos de ETA”).

La locución A mansalva (de mano y salva), usada en nuestro idioma desde el siglo XVI, la define el DRAE como: `Sin ningún peligro, sobre seguro´. Cervantes, en su novela El coloquio de los perros, escribe: “Prendiole mi amo la siguiente noche, desnudo en la cama: que si vestido estuviera, yo vi en su talle que no se dejara prender tan a mansalva”. Pero esta locución también se emplea con la acepción de `En gran cantidad´, que, de hecho, es la elegida desde el siglo XIX y la única utilizada hoy en día. Así, Galdós, en su novela Doña Perfecta, pone en boca de Pepe, uno de los personajes principales, esta queja contra Doña Perfecta , la madre de Rosario: “Usted ha lanzado contra mí en la oscuridad y a mansalva un enjambre de pleitos”. No me negarán lo tarde que está llegando la Academia para admitirla ya.

Y para finalizar, y como anécdota, recuerdo a nuestros lectores que la expresión correcta es “Con la mano en el corazón”, porque al decir “Con el corazón en la mano” se nos representaría, por ejemplo, la imagen de un cirujano durante un trasplante o la de un azteca destazando a su víctima y alzando este órgano, aún palpitante, en honor del dios Tenochtitlán. Que los dioses nos amparen.

Posteado por: josejuanmorcillo | Diciembre 11, 2008

Onomástica (12-12-08)

A mis manos ha caído esta semana un libro que narra la vida de algunas estrellas de Hollywood, y la primera biografía que he leído ha sido la de Humphrey Bogart. De él, de sus películas, además de una admirable interpretación, recordaremos algunas frases y diálogos como el que mantuvo con Ingrid Bergman al final de Casablanca, justo en el momento en el que él dice: “Si ese avión deja el suelo y tú no estás en él, te arrepentirás. Quizá no hoy, quizá no mañana, pero pronto y por el resto de tu vida”. Ella, entonces, ahogada en lágrimas, desesperación y, posiblemente, en un sincero y profundo amor, le pregunta: “¿Pero qué pasará con nosotros?”. Y él responde aquel “Siempre nos quedará París” que para siempre ha quedado grabado en la retina de los nostálgicos.

Después de unos minutos navegando por la red para encontrar información sobre el actor, me he dado de bruces con un artículo publicado en El País hace unos meses y firmado por la Agencia EFE en el que se recordaba el quincuagésimo aniversario de la muerte de “Bogie” y se recogían las declaraciones de Lauren Bacall, su gran amor. El periodista hacía hincapié en las palabras de la actriz, las cuales eran un reflejo –según el escribiente- de “la triste onomástica” del actor. Triste borrón y peor torpeza idiomática, porque la onomástica (del griego onoma `nombre´) es la disciplina que se encarga del estudio del significado y origen de los nombres propios, y, por ende, se emplea este término como sinónimo del día en el que una persona celebra su santo (en América se usa más la forma masculina, onomástico). No se debe emplear, por tanto, onomástica con el sentido de aniversario, y todavía menos como cumpleaños. Hace unos días se celebró el cumpleaños de la Reina, algo polémico, como todos sabemos, porque el apagado de las setenta velas de su tarta coincidió con unas controvertidas declaraciones de la soberana publicadas en un libro autorizado y supervisado por la Casa Real y firmado por la periodista Pilar Urbano. He llegado a leer titulares tan desafortunados como “La Reina ha hecho unas declaraciones con motivo de su onomástica”, cuando lo que celebraba era su cumpleaños, no su santo; y en algunos foros monárquicos se apresuraron a dar el parabién a doña Sofía con la siguiente enhorabuena que para nada está bien: “¡Felicidades, Majestad, por Vuestra septuagésima onomástica!”.

Son muchos los vocablos que se han formado partiendo de la palabra griega onoma, y la gran mayoría se emplea en contextos lingüísticos. Así, y por citar algunos, todos recordaremos de nuestra época estudiantil lo que es un sinónimo, un antónimo, un topónimo, una onomatopeya o una metonimia. Con el prefijo antí- (`en lugar de´) se formó antonomasia; con an- (`no´), anónimo; y con pseudo- (`falso, lo que no es´), seudónimo. Con todo, también hay términos mucho menos frecuentes, como evónimo, que es un arbusto decorativo y ornamental de origen asiático y que está presente en la poesía de Antonio Machado, de Juan Ramón Jiménez y en la prosa de Azorín; u onomancia, que, según el DRAE, es el “arte que pretende adivinar por el nombre de una persona la dicha o desgracia que le ha de suceder”. Muchos onomantes fueron enviados a la hoguera por la Inquisición; hoy gustosamente condenaríamos a las llamas páginas repletas de dislates. Ardua tarea la del corrector. Pero siempre nos quedará el entusiasmo.

Posteado por: josejuanmorcillo | Diciembre 4, 2008

Tuertos (5-12-08)

De pequeño, me imagino que como a casi todos los niños de mi edad, me fascinaban las novelas y las películas cuyos protagonistas se rebelaban contra la sociedad y actuaban fuera de la ley, y creo que esto sucedía porque, en el fondo, dentro de cada chaval late un espíritu aventurero y rebelde en la línea de los románticos decimonónicos. Estaban los forajidos, vaqueros y cazarrecompensas del lejano oeste, y me quedaba pasmado de su determinación y frialdad al cabalgar sin rumbo, sin familia, sin amigos, y viviendo deprisa para morir deprisa; no me olvido de los bandoleros, con su trabuco y su pelliza de cabrero, que se escondían en la sierra y salían para defender al oprimido y asaltar al opresor. Pero, de todos aquellos antihéroes, el ídolo que abordaba mis sueños y al que adoraba sumisamente era el pirata. Dueño de un barco casi invencible, recorriendo los mares y atracando en tierras exóticas, su fisonomía inquebrantable y su vestimenta excéntrica eran un reflejo y casi un mapa de batallas y aventuras. Algunos eran cojos, otros mancos y otros tuertos, y no era la pata de palo de pino (permítanme este pequeño guiño a Cela) ni su macabro garfio lo que más me seducía, sino el parche, porque siempre pensé que en realidad no eran tuertos, sino que veían mejor que un azor y que se lo ponían para infundir más pánico.

Posiblemente por este motivo, y en contra de ciertas supersticiones, nunca he encontrado fealdad ni malos presagios en el rostro de un tuerto. Recuerdo el soneto de Quevedo dedicado “A una dama tuerta”, en cuyo segundo cuarteto declara el poeta que la belleza que encuentra en ese rostro con un solo ojo se compara a la de un cielo con su sol (“Imitáis, pues, aquella arquitectura / de la vista del cielo hermosa y clara;”), frente a otros que, conservando ambos ojos, no reflejan ni esplendor ni hermosura, como el cielo de la noche, en el que, a pesar de haber tantas estrellas, y por avaricia, ninguna brilla intensamente (“que muchos ojos, y de luz avara, / sola la noche los ostenta oscura”). El significado original de tuerto es `torcido´; por ello, antiguamente, un tuerto era un bizco, alguien con la vista torcida, aunque más tarde pasó a designar a todo animal o persona con un solo ojo. Esto explica la etimología de tortícolis (`cuello torcido´), cuando las contracturas de los músculos de la nuca obligan a torcer el cuello e impiden girar la cabeza. Emparentadas con el adjetivo tuerto están las palabras tortura, en la que siempre te retuercen algo, o retortijón, que alguna vez hemos sufrido todos y que, por desgracia, sabemos muy bien en qué consiste. También, antiguamente, y sin torcerse demasiado de este campo semántico, un tuerto, o un entuerto, era una injusticia, un agravio, y seguro que, en este punto, habrán recordado al más insigne “desfazedor de entuertos”, a nuestro don Quijote de La Mancha.

Podríamos enumerar decenas de ejemplos populares y cultos en los que aparece la figura del tuerto, como la fábula de la cierva imprudente en la que Esopo advierte de que estemos siempre alerta porque el peligro puede sobrevenirnos en cualquier momento y de cualquier parte, o como el refrán que dispone que en el país de los ciegos el tuerto es el rey. Con todo, y recordando de nuevo a esos piratas con parche que yo me figuraba con los dos ojos muy sanos, acaso sea cierto aquello de que no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Posteado por: josejuanmorcillo | Noviembre 27, 2008

Violencia de género (28-11-08)

Esta semana se ha celebrado el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Afortunadamente, mucho han cambiado las leyes en España desde que en 1962 se tipificó aquella que condenaba al destierro y no a prisión al marido que, tras descubrir a su mujer en adulterio con otra persona, mataba o causaba lesiones graves a cualquiera de los dos; de no existir muerte, la adúltera podía ser condenada con penas de hasta seis años de cárcel, mientras que el marido quedaba impune del delito de adulterio siempre y cuando no tuviera a la amante dentro de la casa conyugal o en un indiscreto nidito de amor. Esto se puede traducir en que el marido poseía sobre la mujer el derecho de propiedad y, lo que es más grave, el derecho de vida, de tal manera que la expresión “La maté porque era mía” estaba amparada por la ley y la sociedad españolas de hace tan solo treinta años. En 1979 quedó derogado este disparate legislativo, pero hubo que esperar hasta 1989 para que fueran penalizados los malos tratos en el ámbito familiar. Quizás por esto, por centrarse en los malos tratos dentro del hogar, la primera denominación que se utilizó fue la de violencia doméstica, a la que después se le añadió o por razón de sexo para incluir aquellos casos de violencia contra la mujer acontecidos fuera del ámbito familiar. Por este motivo, no tardaron en aparecer otras fórmulas como violencia sexista o violencia machista.

Con todo, la expresión lingüística que actualmente está cobrando más fuerza es la de violencia de género (traducción de la inglesa gender violence, difundida a raíz del Congreso sobre la Mujer celebrado en Pekín en 1993), y esto se debe a que, lenta pero decididamente, están saliendo a la luz pública casos de maltratos contra el hombre y, así, con esta denominación se incluyen todos los delitos de violencia ya sea contra miembros del género masculino o del femenino, al margen de su orientación sexual. Me parece trágica y lamentable la realidad social del número creciente de mujeres asesinadas o maltratadas por sus parejas; son datos más propios de un país incivilizado, tercermundista y subdesarrollado a pesar de la legislación vigente. Pero sería un acto de justicia e igualdad que se castigara con la misma dureza esta violencia ejercida contra una persona al margen de su sexo. No hace mucho fue condenada una mujer que amenazaba a su marido con un cuchillo de cocina cada vez que se enfadaba con él, y grabó los maltratos con cámara oculta para que no cupiera duda alguna. Otro marido, convaleciente de un cáncer, despreciado por su familia y con minusvalía, ha conseguido llevar a los tribunales el maltrato psicológico que le infligía su mujer a base de insultos, de menosprecios e injurias graves, de amenazas de abandonarlo y quedarse con todo, y, por si fuera poco, la susodicha aderezaba el cotarro con coqueteos con un compañero de oficina. Sin embargo, hay muchos hombres que no se atreven a denunciar por no ser blanco de burlas y porque la ley no les ampara como a la mujer en lo que se refiere a bienes y a la custodia de los hijos.

Si realmente deseamos ser un país moderno y abanderado de la justicia y de la igualdad, nuestras leyes deben ser aplicadas con el mismo rasero e independientemente de su sexo a todos aquellos que cometan violencia de género, que es, hoy por hoy, uno de los últimos cánceres sociales que quedan por erradicar.

Posteado por: josejuanmorcillo | Noviembre 21, 2008

Verborrea (21-11-08)

Ayer me contaron unos amigos que estaban preocupados porque su hijo no había empezado a hablar aún a pesar de que está a punto de cumplir los dos años. Los tranquilicé –o al menos eso creo- poniéndoles el ejemplo de Einstein, que dijo su primera palabra con tres años, y recordándoles que la adquisición del lenguaje es la tarea intelectual más complicada que desarrolla el ser humano a lo largo de su existencia. Hay niños que prefieren callar por timidez o por pánico, otros balbucean incansablemente, y también los hay que experimentan muy tempranamente articulando sílabas sencillas y palabras básicas (como “agua”, “pan”, papá” o “mamá”). Y luego, como suele ocurrir, a muchas de esas criaturas, ya creciditas y hermosotas, les salen las palabras por los codos y hay que pedirles que se callen. Yo aún no salgo de mi asombro por lo que le sucedió a una mujer de la ciudad alemana de Espira. Un amigo fue a visitarla para explicarle sus problemas personales, y al principio todo era normal; la señora lo escuchaba, apoyaba y aconsejaba. Pero pronto se dio cuenta de que el hombre no paraba de hablar; ella no dudó en servirle bebidas alcohólicas para que le entrase el sueño, pero ni por esas. Tras treinta interminables horas de verborrea, la desesperada mujer decidió llamar a los servicios de emergencia para que la rescataran; mandaron a una ambulancia, pero los sanitarios se negaron a llevarse a su amigo porque no encontraron patología alguna para trasladarlo a un hospital, así que la sufrida oyente telefoneó a la policía y los agentes se llevaron al pesado amigo y lo dejaron en su domicilio. Seguro que la próxima vez se pensará muy bien a quién abre la puerta de su casa. Razón lleva el refranero español cuando recuerda que la confianza da asco.

Tras rebuscar en distintos corpus compruebo que el término verborrea es muy reciente. La primera documentación la encontramos en Unamuno, en una carta que escribió en 1910 al poeta sevillano Felipe Cortines Murube y en la que define la poesía española de entonces como “difusa y poco concentrada” y caracterizada por una “fofa verborrea zorrilesca”. La terminación –r(r)ea significa `flujo, acción de manar´, y proviene del verbo griego rhein (`manar´). Siempre se emplea en contextos negativos, generalmente médicos para nombrar ciertas patologías o trastornos relacionados con la salud. Por ello, se habla de seborrea (del latín sebum `grasa, sebo´) cuando el enfermo padece una secreción excesiva de las glándulas sebáceas de la piel; del griego menós (`mes´) se creó la palabra menorrea, que es la menstruación excesiva que sufren muchas mujeres. En el Libro que trata de la enfermedad de las bubas, escrito por Pedro de Torres y publicado en 1600, se habla por vez primera de la gonorrea (del griego gonis `semen´), enfermedad de transmisión sexual que hoy es también llamada blenorrea (del griego blenos `mucosidad´).

El DRAE define escuetamente la verborrea como una `verbosidad excesiva´. No está tipificado como enfermedad, incluso para los jóvenes es una técnica de ligoteo, pero en psiquiatría se usa cuando los pacientes mentales emplean la palabrería para evitar o salir de las preguntas que les realiza el médico. Lo que yo creo es que no todo verborreísta tiene que ser paciente de un hospital psiquiátrico; los hay también que son expertos en convencer a un auditorio articulando durante cierto tiempo palabras campanudas y huecas.

Posteado por: josejuanmorcillo | Noviembre 14, 2008

Gen escandaloso (14-11-08)

Hace pocas semanas, el mundo científico nos despertó con la noticia de que la tendencia a la infidelidad en los hombres se debe, en la mayoría de los casos, a una predisposición genética que distorsiona su comportamiento afectivo. Para llegar a esta conclusión, un equipo de investigadores suecos y estadounidenses hallaron un gen que es similar en humanos y ratas, llamado AVPR1A, según el cual las ratas de pradera son monógamas y forman lazos afectivos de por vida con sus parejas, mientras que las de montaña se aparean promiscuamente. Suena a cachondeo, pero parece ser que este es el mismo gen que afecta a los hombres en su habilidad para comunicarse y empatizar y que les conduce a ser más propensos a estropear sus relaciones afectivas con sus parejas y a tener matrimonios infelices; incluso, para corroborarlo axiomática y definitivamente, los investigadores estudiaron a quinientas cincuenta y dos parejas de mellizos suecos de clase media y a sus cónyuges, todos nacidos entre 1944 y 1971. Por supuesto que el hallazgo es de una gran trascendencia porque ofrece una explicación pragmática a una costumbre que es tan antigua como la humanidad, y seguro que más de uno se subirá a este tren para justificar que sus correrías son más fruto de la genética que de un capricho concupiscente. No duden que de aquí a poco tiempo se empezarán a oír en muchos hogares excusas como la de “Cariño, ha sido el gen. Debes entenderlo”. Pero les confieso que me produce una cierta melancolía el imaginarme que miles de páginas de la historia, del folclore y de la literatura universales en las que se relatan infidelidades que han marcado la idiosincrasia de la humanidad se vean ahora recubiertas por la fría y aséptica pátina de la ciencia.

De todas formas, de esta cuestión hay un asunto que me tiene en ascuas, al margen de que las sufridas ratas de laboratorio nos estén sacando las vergüenzas a base de pinchazos y apareamientos. Se supone que este gen sólo aparece en los hombres; entonces, ¿qué justifica la infidelidad femenina? ¿Es posible que algún día se explique también científicamente la promiscuidad de Messalina, de Lucrecia Borgia o de Catalina II la Grande, por citar algunos ejemplos? Y es más: si existiese un gen de la infidelidad femenina, ¿con qué animal lo compartiría?, porque está claro que con la rata no. Ayer una vecina me confesó que estaba muy angustiada por el comportamiento de una sobrina suya. Me contó que sus flirteos en el trabajo son ya de dominio público, y casi todos, menos su marido, saben sus correrías y lo que se trae entre mano y mano. “Un escándalo, esto es un escándalo para todos”, me dijo entre enérgicos aspavientos. Los griegos usaban el término skándalon para referirse al obstáculo o zancadilla que se le ponía a alguien para que cayese, lo cual no dejaba de ser una faena, y, sin salirse de este campo semántico, los romanos lo adoptaron pero con el sentido de oprobio o daño moral y que es el que hemos mantenido hasta hoy.

Hoy no son muchos los que se atreverían a calificar de escandalosa una infidelidad puesto que son más frecuentes que las apariciones de la Esteban en televisión y porque lo que para unos supone un error imperdonable para otros es un simple resbalón. Y menos en los tiempos que corren, en los que queda demostrado que son los genes los que controlan los hilos de nuestros actos.

Posteado por: josejuanmorcillo | Noviembre 6, 2008

Rosigón (7-10-08)

Doña Rosa permanece quieta sentada en su sofá. Las manos reposan solemnes sobre su regazo sosteniendo apenas el ganchillo, y su cabeza, ligeramente ladeada, descansa en el respaldo. Sus ojos cerrados parecen ajenos al tictac del tiempo, un tiempo que se ha instalado vanidosamente en el salón de su casa con un ritmo espeso y lento, casi soñoliento, tan tranquilo e indolente que incluso el aire se ha detenido y condensado sobre muebles y cuadros. Para no despertarla, le pongo cuidadosamente por encima su toquilla de algodón y me dirijo a la cocina para ponerla en orden y asegurarme de que no falta de nada. Allí, en la despensa, compruebo que sólo le quedan unos trozos de pan duro, así que con sigilo salgo de la casa y bajo a la panadería a comprarle una chapata. Al subir y entrar de nuevo en la cocina, noto que ya está despierta.

- Doña Rosa, he bajado a comprarle un poco de pan. El que tenía ya estaba duro. Ahora mismo le llevo un café con leche.

Se lo sirvo y me lo agradece con una sonrisa primaveral. Ha vuelto de nuevo al ganchillo y con un ritmo y una vitalidad que parece reírse de sus setenta y nueve años y del tiempo, terco y empeñado en ralentizar el ritmo habitual y lógico de la casa, agazapado siempre en las paredes y bajo los muebles.

- ¿No me habrás tirado el pan que ha sobrado? Me gusta moler los rosigones para pan rallado y espesar la sopa.

Y de repente, como una ventana que se abre desde el presente a un espacio pretérito y angosto, escucho de nuevo esa palabra, rosigón, y los recuerdos de mi niñez me atrapan y me arrastran a un pasado vulnerable y casi perdido en el que no se tiraba nada porque no existía el consumismo de ahora y porque no había mucho, y reutilizábamos la comida sobrante para otros platos o para alimentar a los animales, como con el pan duro, que partíamos en trozos más pequeños o rosigones y que rallábamos para empanar carne y para espesar los guisos, o que humedecíamos hasta convertirlos en un amasado para las gallinas. A través de la memoria de aquello siento un vértigo suave y un temor de que palabras como esta se olviden y de que el barro de los años la sepulten. Es un término que los aragoneses, tras la Reconquista, trajeron al sureste manchego y Murcia, y está documentado hace siglos desde que del verbo latino rosicare surgiera el actual rosigar (`roer, mordisquear con los dientes algo duro´), y de éste nuestro rosigón.

Doña Rosa sigue cosiendo, en silencio, y el cojín sobre el que está sentada sobresale por los bordes del sillón como una loncha de queso fundido, o como esos relojes derretidos que pintó Dalí y que están detenidos en el tiempo, en un tiempo objetivo y matemático que el artista rechazaba. Se acomoda de nuevo y levanta la cara. “Quédate a comer”. El reloj de la salita interrumpe dando la hora, con insolencia. Y yo lo observo desde mi presente, y acepto encantado la invitación.

Posteado por: josejuanmorcillo | Octubre 30, 2008

Usuarios (31-10-08)

Haciendo caso al dicho que reza eso de renovarse o morir decidí cambiar la cocina. Las obras ya han terminado, los muebles han sido montados y los electrodomésticos finalmente se han instalado. Y ahora vivo en calma, agotado y recomponiendo mi tensión arterial, pero, eso sí, con la tranquilidad que te da el saber que no volverás a ver desfilar por el pasillo de tu casa ni albañiles, ni electricistas, ni fontaneros, ni nadie que lleve un mono de trabajo o una caja de herramientas. Después de la limpieza obligada de toda la casa me ha tocado familiarizarme con los electrodomésticos, y tras leer y releer las respectivas instrucciones de funcionamiento se me ha vuelto a dibujar en el rostro un rictus de desesperación y de ansiedad como el que pasea el aspirante a exfumador con mono de cuatro días. Ya no recuerdo los grados que hay que poner cuando vas a tostar los macarrones con la parrilla del horno, ni el programa del lavavajillas que hay que elegir cuando los platos están medio sucios y es media carga, ni las bandejas del frigorífico que corresponden al pescado fresco, a la mantequilla o a las anguriñas…; de la lavadora, mejor me callo. Ahora bien, de todos estos manuales el que más me ha entretenido ha sido el del microondas porque sus “Advertencias para el usuario” parecen estar redactadas para un panoli o un skinhead. La primera recuerda que hay que enchufar el aparato –qué raro que no enseña dónde-, pero la siguiente dice textualmente: “No pueden introducirse animales vivos”. Debe ser que algún insensato encajó a su mascota en el microondas para calentarlo o secarlo y terminó como los gremlins de Spielberg. Qué mundo este, leche, qué mundo.

Lo del uso lingüístico es de otro planeta. Me imagino que algunos traductores al español de estas marcas japonesas, alemanas o italianas no han leído en su vida un puñetero libro en la lengua de Cervantes; y otros cantan por su origen hispanoamericano y la influencia que sobre ellos ejerce el inglés. Ello explica que en casi todos los libros de instrucciones se hable del “Soporte técnico” en lugar de la “Asistencia técnica” o del “Servicio técnico”; o del “Soporte al cliente”, que parece decirnos que a los clientes o usuarios no nos ayudan, sino que nos soportan. Curiosa palabra es esta que acabo de citar, usuario, porque, si nos paramos a pensarlo por un momento, hoy en día somos, en esencia y por imposición, usuarios de algo; ya no somos pacientes, clientes, lectores o viajeros, sino usuarios de hospitales, de bancos, de libros o usuarios del AVE. Y esto no me lo he inventado. La Biblioteca Nacional posee una página de “Formación de usuarios”, existe una Asociación de Usuarios de Bancos y otra Asociación Cicloturista de Usuarios de la Bicicleta. Ahora se habla de usuarios universitarios y de usuarios de la comunicación; he llegado a leer que los conductores ya son usuarios de furgonetas, y hasta se ha creado la Unidad Sindical de Usuarios del Júcar. Hace poco se inauguró una tienda que vende juegos para el “usuario infantil”; incluso los niños han perdido su identidad. Y un periódico digital abría sección con un titular en el que a los bañistas se les llamaba “usuarios de playas”. Y como esta moda se vulgarice al máximo, espérense si ya no seremos personas, sino usuarios de cama y váter. Y yo con esta tensión. Creo que me voy a descansar. Hasta mañana.

Posteado por: josejuanmorcillo | Octubre 23, 2008

La culpa (24-10-08)

El sentimiento de culpa puede ser tan doloroso, tan hiriente, que solemos soslayar nuestra culpabilidad negándola pronunciando un “no” tajante y escueto o con un simple y resbaladizo encogimiento de hombros. De nuestra vida podemos extraer, como de un álbum, imágenes de trastadas, travesuras y, seguro, de alguna que otra maldad. Muchas de ellas, posiblemente, pueden ser contadas, y de hecho las sacamos a la luz en las acostumbradas reuniones de familiares y amigos; pero otras, generalmente las pocas, las tenemos guardadas en nuestro pequeño baúl personal cuya contraseña sólo conocemos nosotros. En una ocasión dijo García Márquez, en respuesta a la indudable huella autobiográfica en sus obras, que todo ser humano posee tres vidas: una pública, la social, la que es visible a todos, la imagen que mostramos ante la sociedad, en el trabajo, paseando por la calle o cenando en un restaurante; otra privada y familiar, la que compartimos con las personas más allegadas a nosotros, con nuestros familiares y con esos amigos que pueden realmente llamarse así y que solemos contar con los dedos de una mano –y aún es posible que nos sobre alguno-; y otra íntima, que sólo es nuestra, de cada uno de nosotros y de nadie más, y que es ese espacio secreto y subterráneo al que sólo accedemos nosotros y en el que conservamos, como en una bodega, recipientes de diversos tamaños y colores que contienen esencias selectas y mortales venenos. Pues bien, en esta vida íntima y secreta hibernan esas maldades que antes mencioné y de las que en su momento salimos airosos.

El DRAE define la culpa como la `imputación a alguien de una determinada acción como consecuencia de su conducta´. Y subrayo lo de “alguien” porque es casi exclusivo del ser humano el que sea acusado de algo debido a una conducta determinada; en cambio, los seres inanimados no llevan a cabo ningún comportamiento por el que deban ser inculpados. Y me explico. Oímos con bastante frecuencia la locución por culpa de en contextos que apuntan a la causa que ha desembocado en una consecuencia: “Varios pueblos han quedado incomunicados por culpa de las últimas lluvias torrenciales”. La lluvia no tiene ni siente la noción de culpa, no se ha comportado de manera inapropiada, es ridículo; más bien, es la causa que ha originado un desastre humano. Por ello, es preferible en estos casos emplear la locución a causa de: “Varios pueblos han quedado incomunicados a causa de las últimas lluvias torrenciales”. Sí sería más apropiado el uso de la primera locución en casos como este: “Por culpa de mi abogado no he recibido una indemnización más alta”. Con todo, y debido al uso tan generalizado por parte de los hispanohablantes, los académicos han optado por aceptar el uso de ambas locuciones indistintamente, aunque se aconseja lo que aquí hemos expuesto.

Freud pensaba que la culpa servía para regular de una forma efectiva el comportamiento social. Si la gente no se sentía culpable, decía, no se preocuparían mucho a la hora de lastimar a otros, ya sea emocionalmente o dañando su propiedad. Últimamente se está investigando a fondo este sentimiento y se tiende a afirmar que la culpa, por un lado, actúa como castigo al yo y, por otro, ayuda a corregir el daño que hemos hecho. Y por esta razón valoramos tan positivamente la disculpa, un don que no muchos tienen la fortuna de poseer.

Posteado por: josejuanmorcillo | Octubre 16, 2008

El pelo de Himeneo (17-10-08)

La mitología clásica grecorromana está abarrotada de sorprendentes historias. Junto a los dioses principales, los griegos adoraban a otros secundarios que, generalmente, eran domésticos. Uno de ellos era Himeneo, el dios del matrimonio. Se le tributaba tanta veneración que se suponía que, si no asistía a una celebración nupcial, el matrimonio resultaría desastroso, por lo que los griegos corrían por calles y plazas gritando su nombre antes del enlace. Del nombre Himeneo provienen dos términos: himen e himno, que era la canción que se componía por inspiración del dios. A este se le representaba como un joven alado, con una antorcha en una mano y una guirnalda en su cabeza; su deslumbrante y excepcional belleza estaba avalada por dos cualidades físicas: una piel tersa y eternamente joven, y un cabello largo y rizado que le daba un aspecto lujurioso.

De todo lo comentado hasta el momento quisiera quedarme con lo del cabello, porque hasta no hace muchos años, y aunque pueda parecer sorprendente, este rasgo físico era símbolo de doncellez, de juventud “intacta”. El cabello de la joven debía ser largo e intonso, limpio y sano, un cabello que, en palabras de Garcilaso, “el viento mueve, esparce y desordena”. Siempre que leo este verso garcilasiano me imagino a una chica de perfil, rubia y nada bronceada, con sus melenas ingrávidas, y bromeo con mis alumnos comentándoles que es, posiblemente, el antecedente más plástico de los actuales anuncios de champú. La trenza simbolizaba el recato y cuidado de la joven en conservar su virginidad. Seguro que recuerdan el cuento que nos narraban de pequeños en el que una princesa, desde su balcón, lanzaba su larga trenza para que ascendiera por ella su amado; no quisiera romperles el encanto de la historia, pero no duden de que la bisoñez del relato esconde un final jubiloso y extático entre las suaves sábanas de la cama de la princesa. En la actualidad, algunas etnias como la gitana mantienen la relación entre virginidad femenina y el cabello largo; así lo expresa Lorca en su “Romance de la pena negra”, poema incluido en su Romancero gitano, cuando, en boca de una gitana, escribe: “¡Qué pena tan grande! Corro / mi casa como una loca, / mis dos trenzas por el suelo, / de la cocina a la alcoba”. En un festival de música flamenca escuché una seguidilla cuyos versos, en el contexto de lo que estamos exponiendo, encerraban una intensidad y expresividad líricas verdaderamente impresionantes, unos versos capaces de retener, al menos por un instante, la respiración de quien los oye: “El día que muera / te pido un encargo: / que con las trenzas de tu pelo negro / me amarres las manos”.

Hoy en día no queda apenas nada de esto. A nadie en su sano juicio se le ocurre asociar las prácticas amatorias de una muchacha por la longitud de sus vedijas. Sí, en cambio, consideramos como un canon de belleza tanto femenina como masculina un cabello cuidado y estilizado, y para muchos supone un quebradero de cabeza comprobar que el árbol frondoso que conocieron un día ya no es más que un triste y mustio arbusto. Algunos famosos han optado por colocarse extensiones o por un implante capilar de última generación, y hasta es posible que rejuvenezcan y que mejoren sus relaciones sociales y de pareja. No deja de ser curioso cómo para estos la sombra de Himeneo sigue siendo alargada.

Posteado por: josejuanmorcillo | Octubre 9, 2008

A flote (10-10-08)

Ya no hay duda de que el hundimiento económico es global y de que lo peor está por venir a nuestro país dentro de unos meses. Los que gobiernan este barco hacen cábalas sobre la singladura más conveniente que hay que tomar para que las consecuencias de la catástrofe sean lo menos lesivas posible. Quizás se apunten a lo esotérico, como esos dos jugadores de fútbol de los Emiratos Árabes que han practicado vudú para perjudicar a dos compañeros; aunque seamos algo escépticos en el asunto, lo cierto es que consiguieron que enfermasen tras varias sesiones de conjuros, sacrificios de animales y automutilación.

De cualquier forma, no veo al gabinete de Solbes practicando la magia negra y amputándose algún miembro inútil o inservible para que los españolitos podamos llegar a final de mes. En lo que sí me he fijado es en la simbología marítima que se está empleando en las últimas semanas para advertir de los peligros venideros. De manera muy plástica, el otro día me decía un amigo economista que en estos momentos estamos de pie en una playa viendo a lo lejos un gran sunami aproximarse a gran velocidad; algunos han empezado a correr y a escalar algún cerro para no ahogarse, pero otros, la mayoría, aún siguen quietos pensando que la gran ola se desvanecerá. Más arriba empleé a propósito la imagen de los patrones que deben gobernar y enderezar un barco porque está claro que el nuestro, como un gran Titanic, ya ha chocado con el iceberg; el golpe no ha sido brutal, pero sí ha hecho el daño suficiente para empezar a hacer agua (que no hacer aguas, que, como expliqué en otro artículo, tiene un significado escatológico y mucho más excusado). En los camarotes más bajos ya hay gente con el agua al cuello, y en los más altos todavía los hay que están descorchando botellas de cava y practicando bailes de salón. A lo largo y ancho de las cubiertas de nuestro barco, y frente al sálvese quien pueda, comienzan a oírse numerosas expresiones náuticas. Se rumorea, efectivamente, que por “haber nadado entre dos aguas” y hacer las cosas “contra viento y marea”, son muchos los que “van a la deriva”, y algunos de ellos ya “se han ido a pique”, “al garete”; ahora hay que “capear el temporal” como sea, “salir a flote”, “plegar velas” e “ir con la corriente”, y, si fuera necesario, “romper amarras” como medida extrema. Además, entre esta “marejada”, se ha discutido mucho sobre la medida que han tomado algunos países de “echar un cable” a algunos bancos y empresas aseguradoras porque esto, al fin y al cabo, “será una rémora” en el desarrollo económico global y en el poder adquisitivo de los ciudadanos. A pesar de que otras medidas están fracasando estrepitosamente, y suceda lo que suceda dentro de unos meses, los máximos responsables políticos deben concienciarse del peligro que conlleva la globalización y de que la economía mundial debe “cambiar de rumbo” cuanto antes, y, aunque tengamos que “ir a remolque” durante un tiempo, podamos “soltar el trapo” y navegar “con viento de popa”.

No es de extrañar que en época de crisis se empleen con tanta asiduidad tantos términos y expresiones que pertenecen al campo semántico del mar ya que este, por su inmensidad y por sus aguas tenebrosas, ha simbolizado, desde hace siglos, la muerte. No en vano, sus fondos están cubiertos de barcos hundidos que no pudieron mantenerse a flote.

Posteado por: josejuanmorcillo | Octubre 3, 2008

Cosechando trilogías (3-10-08)

Desde que terminó la temporada de ciclismo me encuentro raro, distinto, algo más solo y triste, y las horas a veces se me hacen más largas que un día sin pan. Me gustan todos los deportes de ruedas, y creo que porque en los principales siempre hemos cosechado éxitos: en ralis, en motociclismo y ahora en Fórmula 1. Pero el que más me apasiona es el de la bicicleta, y no por los cinco Tours seguidos que ganó esa máquina perfecta llamada Miguel Induráin. Lo mío viene de mucho antes, y no se les ocurra pensar que es por “Verano Azul”, aquella serie en la que una pandillita de amigos hacía casi de todo sobre sus bicicletas, y no va de broma, porque comían, cantaban, lloraban, se hacían novios y hasta iban de entierro. Yo me apasioné por mi abuelo. Recuerdo el día que se presentó en mi casa con una bicicleta de carreras de un solo plato y cinco piñones, muy básica y pesada, de esas que una Caja de Ahorros regalaba al ingresar una determinada cantidad de dinero. Él se hizo con otra, y los dos salíamos los domingos a rodar por unas carreteras mucho menos peligrosas y más libres de tráfico que las de ahora. Al principio recorríamos pequeñas distancias, pero poco a poco las íbamos ampliando, y hubo mañanas que logramos completar hasta setenta kilómetros. Mi abuelo hablaba poco, así que cuando cubríamos aquellas rutas apenas conversábamos, pero aquello tenía la ventaja de que uno disfrutaba más del paisaje y de que te permitía pensar y meditar en paz. Ahora ya no salgo por prescripción conyugal y desde que me quedé tirado y sin conocimiento en la cuneta de una carretera comarcal; así que sólo me queda el consuelo de disfrutar del ciclismo por televisión o en pequeñas y suaves escapadas, pero a hurtadillas, claro.

Este año hemos disfrutado los aficionados con los éxitos de varios ciclistas españoles, pero sobre todo con Alberto Contador, que ha logrado vencer, en sólo dos temporadas, las tres grandes pruebas en ruta: la Vuelta, el Tour y el Giro. Ningún español lo había conseguido antes. Hace unos días se le tributó un merecido homenaje, y el periodista de una conocida cadena televisiva condecoró el acto con el siguiente titular: “Contador completa su trilogía”. La pájara que sufrió este profesional de los medios de comunicación no fue por la insuficiente ingesta de calorías e hidratos de carbono, sino por un desconocimiento del idioma. Habría que recordarle que una trilogía, según el DRAE, es un `conjunto de tres obras literarias de un autor que constituyen una unidad´, y no dudo de las capacidades físicas y mentales de Contador, pero no me lo veo escribiendo una obra mientras asciende al Tourmalet o termina una crono. Ahora se está imponiendo un término que nos podría valer para este contexto y que posiblemente no tardará en ser admitido en nuestro diccionario académico, que es triplete. También debemos tener cuidado con el verbo cosechar, que lo empleamos cuando alguien ha conseguido una serie de éxitos o fracasos, pero siempre que exista una pluralidad. Es incorrecto, por tanto, decir que un deportista “ha cosechado un nuevo triunfo”, y sí es correcto, en cambio, afirmar que un equipo “ha cosechado varios éxitos esta temporada”.

Yo, de momento, sigo aquí, sobre mi sillín mediático y recorriendo los tortuosos caminos idiomáticos por los que transitan nuestros periodistas. Nos vemos en la próxima etapa.

Posteado por: josejuanmorcillo | Septiembre 26, 2008

Terapia bilingüe (26-9-08)

Tanto el Consejo de Europa como la Comisión Europea determinaron en 2001 fijar el 26 de septiembre como fecha para celebrar el Día Europeo de las Lenguas. Los objetivos son varios, pero fundamentalmente se pretende rendir homenaje a la rica realidad plurilingüe de Europa y concienciar a los ciudadanos de que al aprender nuevas lenguas se multiplican las oportunidades de acceder a un trabajo, de conocer otras culturas y de enriquecerse social e intelectualmente.

Así pues, hoy estamos de celebración. Y no quiero dejar pasar esta oportunidad para hacerme eco de un hecho corroborado ya por las más prestigiosas universidades del mundo. Ser bilingüe o trilingüe es un ejercicio muy saludable para nuestro cerebro porque no sólo mejora la capacidad de atención, sino que incluso puede retrasar hasta cuatro años la aparición de enfermedades degenerativas como el alzhéimer. Por tanto, aprender idiomas resulta práctico desde el punto de vista laboral y social, y además es saludable tanto para los niños como para los ancianos; aprender y practicar un idioma viene a equipararse con el ejercicio físico diario -obligatorio para tonificar y potenciar los músculos- porque se ponen en marcha muchas regiones del cerebro, desde las propias del lenguaje hasta las que engloban el control cognitivo (atención, memoria, percepción,…), tan importante para la configuración de la personalidad. Con todo, los más jóvenes son los grandes beneficiarios; se ha verificado que los niños bilingües, es decir, los que se manejan sin dificultad en dos idiomas, controlan mejor el comportamiento, lo que les lleva a seleccionar más hábilmente las respuestas y a llevar a cabo varias tareas simultáneamente. Y es más: se señala que lo más aconsejable es que los niños aprendan otra lengua cuanto antes, y sin temor por parte de los progenitores de que exista contaminación lingüística, esto es, de que se mezclen palabras o estructuras sintácticas de ambos idiomas. Sin embargo, hay que señalar que la predisposición genética también influye. Hay niños que no muestran interés ni habilidad para la adquisición de una segunda lengua, y emocionalmente es muy desaconsejable forzarlos a que la aprendan porque pueden rechazarla para siempre.

Lo trágico es cuando a una criatura se le niega el acceso a una segunda lengua por capricho paterno o por razones políticas y culturales. De Cataluña, por ejemplo, nos llueven noticias casi diarias de que al español lo están relegando a una lengua de segunda al apartarlo de la burocracia y de la vida cultural y docente; para muchos catalanes, hablar de la lengua de Cervantes es como hacerlo del inglés o del francés, y a veces ni eso. Vamos a dejar aparte lo inconstitucional de esta práctica; la cuestión que nos atañe ahora mismo es que se está mutilando lingüística y culturalmente a niños que han tenido la gran fortuna de nacer en una comunidad autónoma bilingüe. Más allá de la negligencia política de las instituciones catalanas se sitúa la responsabilidad moral y ética de los padres, que son los que deciden, al fin y al cabo, la educación que deben recibir sus hijos. El cinismo es mayúsculo cuando sabemos que todos ellos, padres y burócratas, son bilingües en catalán y español.

Quién sabe si la mayoría de centros educativos de Cataluña celebrará hoy el Día Europeo de las Lenguas; al menos sí es una buena ocasión para dedicar el día a la reflexión y a hacer terapia, terapia bilingüe.

Posteado por: josejuanmorcillo | Septiembre 18, 2008

Hoy (19-9-08)

Tal día como hoy, como todos los años, y desde algún rincón oscuro de mi mente o de mi alma, quién sabe dónde, vuelvo a oír una frase que astutamente ha sabido mantenerse en silencio durante unas cincuenta y dos semanas, y ahora, como decía, un año justo después, se incorpora de su sarcófago y sale hasta la luz de mi conciencia para que la recuerde. Hoy la siento, la estoy oyendo a cada rato, y esta noche, mientras duerma, volverá a la piedra donde yace, y yo despertaré mañana con un sabor a tierra mojada. La asimilé de Quevedo hace ya muchos años, y desde entonces se ha parasitado por las buenas y por las malas en mi código genético, y ella sola muta cada 19 de septiembre. Aquí vuelve, ya la oigo: “Hoy cuento yo treinta nueve años, y en ellos cuento otros tantos entierros míos”. Quevedo, en la línea de Séneca, establecía que la existencia humana era una condena a muerte impuesta por nuestros progenitores; una vez que nacemos firmamos el día de nuestra ejecución, y a unos les toca antes y a otros después. De la cuna a la sepultura, de los pañales a la mortaja, a veces dista un breve paso, un tímido suspiro.

Pero este pesimismo existencial sólo detenta el reinado de un día, el de hoy, y yo se lo permito. Sin embargo, y como no quiero compartir con ustedes por más tiempo este sabor a ceniza, cambiaré de ánimo y, para ello, podría proponerles el humano ejercicio de empinar el codo, sin pasarnos, entiéndanme, pero sí tomarnos un trago porque parece ser que es algo tan antiguo como nuestra civilización. Si no, lean este titular: “El hombre se hizo agricultor para emborracharse”. Y en la entradilla se especifica: “Las primeras cosechas estaban destinadas a producir cerveza y no a servir de alimento”. Salta a la vista que los del Neolítico no conocían a Quevedo. Este titular tiene algo de fascinante, de revolución copernicana, y creo que lo de las noticias impactantes y demoledoras, con aval científico y publicaciones por medio, se está convirtiendo en una moda que agrada y entretiene al lector posiblemente porque no le queda más remedio que creérselo. Aunque hay algunas que suenan a cachondeo. Sostiene el Grupo Intergubernamental de Expertos de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático que reducir la carne en nuestra dieta evita el calentamiento global. Yo me he considerado siempre un buen ciudadano ecológico, tanto que hasta reciclo los palillos que uso después de comer, pero de ahí a que ahora me dé remordimiento de conciencia cada vez que me coma unas chuleticas de cordero a la brasa va un trecho. Por otro lado, en la Universidad de Bristol se ha demostrado que cepillarse los dientes y mantener una adecuada salud bucodental es bueno para el corazón y evita los infartos; parece ser que a través de las encías sangrantes pueden entrar unas bacterias que se adhieren a las plaquetas, lo que llevaría a una coagulación de la sangre y a la obstrucción de los vasos sanguíneos. Fíjense por dónde que ahora, a la obesidad, al tabaco y al sedentarismo hay que añadir el no cepillarse los dientes por la noche como causa más frecuente de infarto.

Y de todo esto, ¿con qué nos quedamos? Yo con los neolíticos. Aquellos no estaban acongojados con titulares catastrofistas, ni agobiados con los cumpleaños o entierros que les podían quedar; ellos se hicieron sedentarios para cultivar grano, fermentarlo y emborracharse de cerveza. Así se hacen las cosas. Hoy brindaré por ellos.

Posteado por: josejuanmorcillo | Septiembre 14, 2008

Meter la gamba (12-9-08)

El Financial Times, que hace gala de ser un referente mundial en el ámbito de la economía por su seriedad y veracidad, publicó hace unos días un artículo titulado “Cerdos en la mugre”, en el que, empleando el acróstico P.I.G.S. (`cerdos´), citaba a los cuatro países (Portugal, Italia, Grecia y España) cuyas economías daban muestra de debilidad. Se subrayaba, además, y escribo literalmente, que hace unos años “los cerdos llegaron realmente a volar. Sus economías se dispararon después de unirse a la eurozona. (…) Ahora los cerdos están cayendo de nuevo a tierra”. Desde nuestro país se ha tachado lo publicado por el rotativo británico de “despectivo y denigrante”, y se ha insistido en que de ninguna forma se puede considerar este despropósito como una broma de mal gusto ni como un simple juego de palabras porque se ha atentado contra la dignidad de unos ciudadanos. Habría que recordarles a los hijos de la Gran Bretaña que España es la octava economía del mundo y que no deben sentirse entre la mugre cuando nuestro país es, desde hace décadas, su destino favorito para disfrutar de sus vacaciones o gozar de una tranquila y saludable jubilación.

Los romanos, en la época en que conquistaron Britania y llevaron allí los principios de la cultura y del ordenamiento jurídico europeos, usaban la palabra petulantia para aludir a un comportamiento exagerado, atrevido e insolente; el petulante era, para ellos, una persona propensa a atacar y herir, a demandar constantemente a la gente y a sentirse superior al resto. La petulancia, hoy en día, la define el DRAE como `Vana y exagerada presunción´, y creo que este término, por su historia y por su presente, retrata fielmente la actitud mostrada desde las páginas del periódico inglés.

Aquellos soldados romanos que llegaron a la isla británica, así como todos los que se hallaban en el resto de las provincias romanas, basaban su alimentación en víveres de fácil conservación y transporte como cereales, con los que elaboraban cerveza, galletas y pan, el panis militaris, pan integral; vegetales y legumbres como lentejas y habas; y lo que ellos llamaban el laridum, que era carne y tocino de cerdo salado. De esta costumbre culinaria nos ha quedado a los españoles una íntima propensión a la crianza y consumo del cerdo, y entre este animal y nosotros se ha creado una relación marcada por sentimientos tan opuestos como la devoción, el mimo y cuidado extremados y el deseo del sacrificio. Con orgullo hacemos gala de esta cultura gastronómica, y es tal nuestro fervor chacinero que incluso a algunas partes de nuestro cuerpo las hemos denominado con el nombre del animal, y así llamamos pelo a lo que debería ser cabello o pierna a lo que se tuvo que haber llamado camba o gamba (de ahí el nombre de este crustáceo, porque una vez pelado parece una pierna desde la parte más gruesa hasta la cola; y de ahí también la expresión Meter la gamba, que equivale a Meter la pata).

Algo de lo que también nos sentimos orgullosos es de nuestro sentido del humor, y ya, desde algún rincón de nuestra piel de toro, se ha dicho que algunos hijos de la Gran Bretaña son unos S.O.E.C.E.S., vamos, unos Sosos, unos Obscenos, unos Estirados, unos Cochinos, unos Endogámicos y, por tanto, unos Salvajes. Y cuidado, que hasta el rabo todo es toro.

Posteado por: josejuanmorcillo | Septiembre 5, 2008

De colección (5-9-08)

La idea no me agradó, pero doña Rosa insistió en que la acompañara al quiosco para comprar uno de esos coleccionables que salen a la venta por estas fechas. Algunos se hacen más eternos que un día sin pan, y, cuando tras varios meses de fidelidad inquebrantable estás a punto de rendirte y de dejar la colección a medias, te corroe un remordimiento tan poderoso que sucumbes ante esta adicción insólita, extraña y no tipificada en ningún libro de Medicina, que yo sepa. Yo la miraba con el rabillo del ojo; estuve, incluso, a punto de tentarla con un irresistible piscolabis de limón granizado y tortilla de cebolla con tal de alejarla del puesto de periódicos, pero iba tan ilusionada y contenta cogida de mi brazo que finalmente no quise persuadirla. Conforme nos acercábamos, recordé el día en que me enseñó dos álbumes que consiguió completar cuando tan solo tenía catorce años. Eran de la casa Nestlé, de los primeros años de la posguerra, y uno estaba dedicado a las flores y el otro a las principales capitales del mundo con su monumento más representativo. Aquel hallazgo me cautivó, porque, a pesar de la fragilidad de sus hojas y grabados de no muy buena calidad por la época de carestía en que fueron impresos, percibía el cariño, la devoción y la pulcritud invertidos en aquellos cromos perfectamente encuadrados, limpios y sin babas de pegamento. Los dos álbumes eran ricos y variados, casi me atrevería a decir que exhaustivos, y si ya a mí me engancharon desde el instante en que empecé a hojearlos, no tuve ninguna duda de que fascinarían a aquella adolescente que tuvo que crecer en una sociedad cerrada, gris y en ruinas.

El primer álbum tal y como lo conocemos en la actualidad fue francés, pues en el país galo, en el siglo XVIII, se puso de moda el recoger y conservar los autógrafos de amigos y conocidos en unos cuadernos de hojas blancas que llamaron album amicorum. Sin embargo, su origen lo encontramos muchos siglos antes, en la antigua Roma, ya que las resoluciones jurídicas y políticas se escribían sobre una superficie encerada que se hallaba junto al Capitolio y que por su color blanco se denominaba album.

Desde lejos, el quiosco de la plaza, desbordado de publicaciones y coleccionables, semejaba un pavo real con las alas desplegadas para atraer la atención de los viandantes. Como un cuadro impresionista, lo que de lejos era bello, de cerca resultaba caótico. Al llegar, la ilusión de doña Rosa se tornó desconcierto cuando sus ojos se perdieron en el maremágnum de cartones que colgaban a derecha e izquierda y que se apilaban de pie uno detrás de otro. Quise ayudarla, pero no sabía qué aconsejarle: si las especies más raras de los cinco continentes, o las películas de Cantinflas, o lo mejor de Plácido Domingo, o un coleccionable sobre la energía de las piedras. Descarté sin dudarlo unos cuantos: el de las insignias de Policía de todos los EE UU, las naves espaciales de “Star Wars”, un curso de pilates, los rosarios papales, la serie televisiva “V” y la vajilla de Disney. Y ya cuando estaba entre el de relojes de bolsillo y el de “Las lecturas de cuando éramos niñas”, doña Rosa me señaló el elegido: “Aprende inglés con las 3 Mellizas”. ¿Es que quiere aprender inglés, doña Rosa? No es por el inglés, me contestó; es que esas crías parecen muy simpáticas y risueñas, como muy felices… así era yo de chiquilla.

Posteado por: josejuanmorcillo | Agosto 30, 2008

Adicciones estivales (29-8-08)

Me gusta la playa, se lo confieso. Y no porque me apasione revolcarme en dos metros cuadrados, vuelta y vuelta, empanado de arena y bronceador. Me gusta la playa por el escenario que se abre ante mis ojos. Posiblemente ahora estén leyendo estas líneas tumbados sobre una toalla y a escasos metros del mar. Les invito a que miren por un instante a su alrededor. No me nieguen que no es fascinante que con lo asociales e incomunicativos que nos hemos vuelto haya tantas personas que se desconocen y que se convierten por unas horas en ocasionales y afables vecinos, con escasa ropa y sacando a la luz costumbres y hábitos íntimos y privados. Fíjense, si no, las veces que habremos prestado el balón para que jueguen los niños de al lado, o recogido la pelota de frontón que te ha golpeado en la pierna y pasado amablemente a sus dueños, o habremos dicho la hora con una sonrisa a quien te la he pedido; podemos ver cómo duerme la gente, cuáles son sus gustos de lectura, sus preferencias gastronómicas,… Incluso, si prestamos un poco más de atención, podemos adivinar sus adicciones.

Está el adicto al chiringuito. Me comentaron en una ocasión que la palabra chiringuito es cubana, y que en esta isla caribeña se emplea para pedir lo que en España denominamos un “lingotazo”. Pero, en fin, el chiringuitero es un espécimen de esos que sobreviven a cualquier catástrofe natural o económica, que siempre está ahí a lo largo y ancho de nuestras costas haga el tiempo que haga. Con un lacónico “Ahora vuelvo. ¿Quieres algo?”, abandona la compañía de sus familiares y regresa al cabo de un buen rato sin refresco, sin ganas de hablar y con deseo de tumbarse a la bartola.

Encontramos, lógicamente, los adictos al sol. Su obsesión por alcanzar el broceado perfecto e indeleble es tal que la comunidad médica internacional la ha tipificado ya como una neurosis y la ha denominado tanorexia (del inglés tan `broncearse´ y del griego orexia `hambre, deseo´). Los tanoréxicos solo adoptan dos posturas, bocarriba y bocabajo, y se mueven tan poco que confieso que a veces me he asustado. También beben, pero sólo agua.

Está el adicto al trabajo, el que se lleva a la playa el portátil, el suplemento de Economía, los folios y los libros para preparar una conferencia, y el móvil, claro, y de última generación. Este suele estar a la sombra y tumbado en hamacas, que son menos incómodas que las toallas; como el tanoréxico, apenas se relaciona, y sólo se alimenta de refrescos con pajita.

Luego están los adictos a exhibir el cuerpo que durante meses han esculpido en gimnasios. Suelen ser varones, y en ocasiones los miro con cierta conmiseración de sólo pensar lo que habrán sufrido en esas largas y penosas horas de pesas y depilación integral. Tienen por costumbre el paseo por la orilla, en grupos de dos o tres, y ni beben ni comen. También junto a la orilla, mojándose los pies o tumbados de lado sobre su toalla, están los mirones, los adictos a todo lo que se mueva y que sea del sexo opuesto; sus cuerpos han perdido el esplendor que quizás atesoraron en otra época. Acostumbran a llevar gorra y gafas de sol como si quisieran pasar desapercibidos, y en brazos y espalda quedan los rastros blancos de la crema mal extendida. Suelen comer y beber, pero a escondidas, claro.

Miren a su alrededor, echen un vistazo. No me negarán que no es fascinante. No sé, quizás esta sea mi adicción, pero al fin y al cabo también estoy en la playa.

Posteado por: josejuanmorcillo | Agosto 29, 2008

Polución (22-8-08)

Recientemente, desde Ecologistas en Acción nos han recordado que la contaminación atmosférica mata. En su estudio “Informe del aire en el Estado Español” se subraya que, por esta causa, se registran al año una media de 16.000 muertes prematuras en España y 370.000 en la Unión Europea. Los datos, lógicamente, son alarmantes; es como si un pueblo grande, como Llanes, Níjar, Tarancón o La Roda, desapareciese cada año. Se ha incidido, incluso, en que uno de cada dos españoles respira un aire tan contaminado que, a veces, supera los límites legales que marca la Organización Mundial de la Salud, y en que esa contaminación proviene en los núcleos urbanos principalmente de los tubos de escape de los coches. Además del dióxido de carbono que emiten los vehículos, existen unas partículas en suspensión, denominadas PM10, que provocan graves daños en el sistema respiratorio y en los pulmones, y esta basura atmosférica conforma un cóctel explosivo y nauseabundo que hace disminuir nuestra esperanza de vida de tres meses a dos años. Las grandes ciudades (Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Bilbao, Zaragoza,…) son las más perjudicadas, pero nadie escapa de esa nube tóxica, invisible y prácticamente inodora, que a diario llevamos engomada en el tracto respiratorio.

A la luz de estos datos no nos quedan más que dos salidas: o la catastrofista, y nos convertimos en activistas ecológicos defensores de un espacio sin ningún tipo de humo y nos enterramos vivos en un búnquer pagado a escote por la comunidad de vecinos, o la resignación, y nos plantamos una mascarilla al estilo japonés y salimos pitando a vivir al pueblo, pequeño, eso sí, y con pocos coches. Yo voy a tirar por el camino de en medio, y les voy a contar que de todo este asunto tan grisáceo y asqueroso no me gusta ni el nombre. Y ahora verán por qué. Nosotros siempre hemos empleado la palabra contaminación (pollution en inglés) para referirnos al acto de infectar una cosa o un medio con procedimientos físicos o químicos; pero en los últimos cuarenta años se ha instalado en nuestra lengua el anglicismo arriba escrito. El problema reside en que el término polución ya existía en español pero con otro significado, el que ha tenido desde el siglo XV. Del latín polluere (`manchar´) y su participio pollutus (en español poluto e impoluto), proviene a su vez de lutum, que en español ha dado lodo; dentro del mismo campo semántico, polución ha significado siempre `efusión del semen´. En un libro anónimo de Medicina, publicado en 1495 y titulado Traducción del Libro de las pronósticas de Gordonio, se habla de las distintas edades del varón y las enfermedades o trastornos que suelen aparecer en cada una de ellas. Al llegar a la cuarta edad o etapa escribe el autor: “La quarta edad es de la polución, que los moços comiençan a saber de mujer”. Cinco siglos más tarde, en 1966, uno de nuestros más reconocidos psiquiatras, López Ibor, escribió: “Las poluciones son frecuentes, pero más frecuente es aún la elaboración hipocondríaca del problema. No tanto porque el enfermo se haga autorreproches -más frecuentes en la masturbación-, sino porque tiene la convicción de que cada polución es una pérdida irreparable de vitalidad”.

Ustedes comprenderán ahora que se me pongan los ojos como argollas cuando leo titulares como este: “La polución china irrita la garganta de los atletas olímpicos”. ¡Con lo poco que cuesta ponerse una mascarilla! Impoluta, claro.

Posteado por: josejuanmorcillo | Agosto 14, 2008

Turismo (15-8-08)

Quedan ya muy lejos, afortunadamente, los días en que viajar era un placer sólo al alcance de jóvenes aristócratas y de los que pertenecían a las élites sociales. Para volver a ese momento tendríamos que remontarnos al siglo XVIII, época en la que el turismo, como lo entendemos hoy en día, era algo tan inconcebible como la telefonía o los sistemas informáticos; era el Siglo de las Luces, el de la Ilustración, los años en que triunfó de nuevo la razón y el espíritu humanista, en los que se empezó a extraer de la Naturaleza leyes universales, en los que el lenguaje, con pretensiones de exactitud, la arquitectura o el arte volvían sus ojos a la cultura clásica de Grecia y Roma. Debido a que muchos ilustrados y jóvenes universitarios de Europa sentían que la formación académica, dentro de las aulas, no era suficiente, consideraron casi como una obligación moral la de empaparse de saber saliendo de su país. El viaje, que hasta entonces estaba reservado a la milicia y por motivos bélicos, se transformó en el principal vehículo de conocimiento; había que recorrer los caminos ya andados para comprobar las verdades dichas y desechar lo falso. El viaje no era ocio o divertimento, sino experimentación y conocimiento: todo, desde las costumbres, prácticas sociales o creencias, los monumentos y ruinas arqueológicas, los datos geográficos y climáticos, era descrito y analizado por la mirada ilustrada. Viajar era, para ellos, mejorar lo propio a través del ejemplo ajeno; el viaje, así, se había transformado en ciencia.

El libro de viajes, en el que se anotaba como un diario la ruta que se iba siguiendo y se describía, incluso con dibujos, lo más destacado de un lugar, trajo como consecuencia la aparición del género del diario de viajes, y llegó a ser tan popular que algunos de estos libros fueron éxitos editoriales. El protagonista de estas obras era un intelectual, un naturalista, y, por tanto un antihéroe; era un individuo culto y pacífico, y, como pago por su afán de conocimiento, debía sortear los obstáculos e inconvenientes con los que topaba en sociedades y ambientes muy distintos de los suyos.

Las primeras personas que viajaron en grupo por placer fueron unos ciudadanos británicos, y eligieron un destino altamente recomendable: los castillos del Loira. La ciudad francesa de Tours es su capital, y de aquí proviene la palabra inglesa tourism, que en español apareció como turismo algo más tarde, primero en Hispanoamérica a finales del siglo XIX y después en España a principios del XX. Con todo, una de las instituciones culturales más significativas de mediados y fines del siglo XVIII fue el Grand Tour, que organizaba los viajes que frecuentemente hacían por Europa los hijos de los personajes más ricos de Inglaterra para completar su educación. Alcanzó tal éxito que se convirtió en una práctica rápidamente imitada en otros países europeos y en ciertos sectores europeizados de América, y, sin duda, fue el precursor del turismo actual.

Hoy, viajar está al alcance de todos los bolsillos. Incluso se puede escoger entre un abanico muy amplio: el turismo de sol y playa, de montaña, el rural; existe el turismo cinegético, el de aventura, el ecológico, el de inmersión lingüística; para una luna de miel o un aniversario; y, por supuesto, el cultural. Pero se elija el que se elija no olviden seguir este consejo, tan antiguo como el viajar y que pusieron en práctica los viajeros del Grand Tour: donde fueres haz lo que vieres.

Posteado por: josejuanmorcillo | Agosto 7, 2008

Olimpiadas (8-8-08)

Ocho del ocho de dos mil ocho, a las ocho de la tarde. Suena a cifra apocalíptica, sugiere una fecha profética que se antoja redonda, cerrada y perfecta, una coincidencia numérica que sucede solo una vez en la inmensidad de la existencia. Tradicionalmente, el ocho es el número que simboliza el eterno movimiento de la espiral de los cielos, y quizás por ello, a mediados del siglo XVII, el matemático John Wallis lo escogió, tumbándolo, para representar al infinito. Pero para la gran mayoría de las principales culturas humanas, y desde hace siglos, es el número que encarna la idea de la regeneración, de la muerte burlada una y otra vez, de la inmortalidad lograda en la existencia terrena. Los chinos le atribuyen el poder de la fortuna y de la buena suerte, y por esta razón han escogido esta fecha y esta hora para que den comienzo los Juegos de la XXIX Olimpiada de la era moderna.

No pretendemos esquematizar la evolución de los Juegos Olímpicos desde su aparición en la antigua ciudad griega de Élide hasta hoy en día. Pero sí aprovecharemos para aclarar, en la medida de lo posible, algunas cuestiones lingüísticas que en algún momento, y con toda seguridad, nos habremos planteado. Al igual que sucede con palabras como periodo y período, o ibero e íbero, se admiten dos posibles acentuaciones en olimpiada (o-lim-pia-da) y olimpíada (o-lim-pí-a-da), y es el hablante el que escoge la opción que más le guste, como también puede elegir entre usar esta palabra en singular o en plural: si lo más normal es el uso en singular (“La Olimpiada de Pekín”), se admite el plural (“Las Olimpiadas de Pekín”) por analogía con “Juegos Olímpicos”.

Los primeros Juegos, que se celebraron en el año 776 a. C., fueron los más cortos porque solo hubo una prueba, una carrera de unos 190 metros. Pero posteriormente se fueron añadiendo otras que se relacionaban estrechamente con la actividad bélica, como luchas, boxeo, carreras de carros y el pentatlón, que comprendía lanzamientos de disco, de jabalina, carreras a campo través, lucha libre y salto de longitud. A partir de 490 a. C., para conmemorar la hazaña del soldado Filípides, que recorrió sin detenerse la distancia entre Maratón y Atenas para anunciar la victoria, y que le costó la muerte por agotamiento, se celebra la prueba que lleva el nombre del lugar de la batalla, Maratón, y que, en la actualidad, es la más importante y la que cierra la olimpiada. El género de la palabra maratón es el masculino (“el/un maratón”), pero se ha ido admitiendo también el femenino por influjo del género de prueba o carrera (“la [prueba/carrera] maratón”).

Las primeras olimpíadas para discapacitados se celebraron en 1960 en Roma. Su antecedente fue en 1952, en Gran Bretaña, donde ciento treinta atletas de dos países, ex-combatientes de la Segunda Guerra Mundial, con daños en la médula espinal, iniciaron estos enfrentamientos deportivos. La palabra paralímpico proviene del inglés paralympic, que es un acrónimo de para[plegic] + [o]lympic. Estos juegos se denominan juegos paralímpicos o paralimpiada(s), y, por tanto, no son aconsejables las formas par(a)olímpico o par(a)olimpiadas, que han sido creadas usando el prefijo griego para-.

Los chinos han elegido el ocho para que les dé buena suerte durante la celebración olímpica. Se han vestido de gala para ofrecer al mundo una imagen de paz y de concordia; pero ni los números ni los disfraces son suficientes para ocultar los atropellos a los derechos humanos que millones de personas padecen en el país asiático. Esas son las olimpiadas de la opresión y de la tiranía.

Posteado por: josejuanmorcillo | Agosto 1, 2008

Posos (1-8-08)

Después de tantos siglos insistiendo, mucho de verdad debe existir en el dicho de que en la mesa, a la hora de comer, se ve la educación y modales de una persona: su posición y posturas nos hablan de su carácter; la manera de sujetar y utilizar los cubiertos nos revela su discreción; el ritmo y modo de masticación nos desvelan si el convidado es ansioso o sosegado, si es febril o flemático; y, por supuesto, la conversación mantenida nos indica su grado de educación. Pero, como en todo, los extremos no son buenos, y en el término medio está la virtud; es aconsejable mantener la educación, pero saber en todo momento dónde estás y con quién compartes mantel. El otro día fuimos a cenar con unos amigos, y, en la mesa de al lado, unos padres perdían hasta el decoro empeñados en que sus hijos, que no sobrepasaban los siete años, comiesen como si lo estuviesen haciendo ante los duques de Windsor: ponte derecho, coge bien los cubiertos, no hables con la boca llena, sube el brazo cuando comas, quita los codos de la mesa, no muerdas el pan, trocéalo,… La escena llegó a incomodar a los comensales que estábamos más cerca de ellos y provocó que nuestro tema de conversación derivase hacia este asunto. En nuestra mesa se dijo que la educación y la corrección es algo que se trabaja de puertas para adentro, y conseguir fuera y en una hora lo que no has enseñado nunca en tu casa es un despropósito. Pero también se afirmó que se aprende, y mucho, fuera de casa, y se puso un ejemplo: en los cursos sobre enología, se enseña que, al abrir una botella de vino, la primera escancia debe ser para el que sirve por si hay restos de corcho, y la última hay que desecharla para evitar los posos.

Yo me quedé con esa palabra, poso, pero no por motivos vitivinícolas. El verbo posar proviene del latín pausare, que quiere decir `cesar, parar, detener´, de donde han surgido otros sustantivos como posada, reposar o aposentar, y todos los términos que han derivado de ellos. Desde los orígenes de nuestro idioma, un poso es un descanso, pero, a partir del siglo XVI, este uso quedó relegado a ambientes rústicos; de hecho, y sirva como ejemplo, Cervantes, para caracterizar lingüísticamente el habla tosca de Sancho, le hace decir: “Buen poso haya su ánima, que ya es muerto”. A partir de aquella época y hasta hoy, se hizo mucho más frecuente el empleo de poso como todo sedimento o asiento que los líquidos dejan en el fondo de un recipiente.

Sin salirnos de madre, a las nalgas, por ser el lugar sobre el que nos apoyamos para descansar, las llamamos posaderas. Y sin abandonar El Quijote, hay un capítulo donde toman protagonismo. Es cuando un falso Merlín le dice a don Quijote que Dulcinea está encantada y que, para romper el encantamiento, “es menester que Sancho, tu escudero, se dé tres mil azotes y trescientos en ambas sus valientes posaderas, al aire descubiertas, y de modo que le escuezan, le amarguen y le enfaden”. Con el rostro descompuesto, Sancho se niega, y lo justifica así: “¡Yo no sé qué tienen que ver mis posas con los encantos!”. Posas era, en aquella época, el eufemismo de posaderas, como el pompis de ahora, así que sorprende el repentino e inesperado refinamiento en un Sancho tosco, rústico y montaraz. Como también es sorprendente que empecemos el artículo hablando de la proa y terminemos en la popa. Hay posos que es mejor no remover.

Posteado por: josejuanmorcillo | Julio 24, 2008

Mac Quijote (25-7-08)

Aún recuerdo cuando se inauguró en la ciudad la primera hamburguesería. No se trataba de una de esas multinacionales que todos conocemos y que alguna vez hemos visitado, sino un negocio familiar emprendido por un empresario avispado. Fue todo un acontecimiento. Nos encantaban aquellas hamburguesas, cuya elaboración era tan auténticamente artesanal que por un instante nos hacía pensar que estábamos en casa, y alcanzó tal éxito que se convirtió en lugar de culto para los jóvenes de entonces. Allí quedábamos para salir, allí celebrábamos nuestros cumpleaños, allí fumamos a escondidas nuestro primer cigarrillo, allí nos convertimos fugazmente en romeos ante julietas que hoy ya no existen. Nuestra alegría adolescente giraba en torno de aquel local que, con los años, las nuevas modas y la competencia de corporaciones extranjeras lo arrastraron al olvido.

Lo que me conmueve es comprobar que, a pesar de los años transcurridos, este plato de cocina rápida sigue poseyendo un altísimo poder de convocatoria. No hay duda de que habría que concederle un reconocimiento póstumo a su inventor, o al menos un lugar de honor en los libros de Sociología por eso de allanar el tortuoso camino de las relaciones interpersonales. La costumbre de la cocina rápida nos viene de muy antiguo. En las calles de muchas ciudades chinas del siglo V se colocaban carritos de comida, y en la antigua Roma había chiringuitos que ofrecían platos ya cocinados y que los clientes consumían de pie y deprisa; gustaban mucho porque se vendían a precios populares, pero también porque se podía probar ingredientes exóticos. La hamburguesa es más antigua. En una tumba egipcia de casi cuatro mil años de antigüedad se descubrió junto a la momia un pan relleno con un pastel de carne horneado; algunos siglos más tarde, ya en la Edad Media, los tártaros impusieron en Europa, con sus sucesivas invasiones, la moda de consumir, cruda o cocinada, carne picada finamente y que hoy lleva su nombre. Pero fue en Alemania, sobre el siglo XIV, donde apareció el antepasado de la actual hamburguesa; entonces se elaboraba con carne de muy baja calidad y pocos condimentos que se destinaba a la gente más pobre. Esta medida alivió las hambrunas que azotaron Europa, y gozó de tal admiración que no se ha dejado de elaborar. Siglos más tarde, ya en el XIX, los emigrantes alemanes que salían del puerto de Hamburgo con destino a EE UU la llevaron consigo; esta es la razón de que los norteamericanos la llamasen “filete hamburgués” y, posteriormente, hamburger.

Hoy, la elaboración de este plato es más artificial, pero también ha experimentado una agradable sofisticación. Hay hamburguesas vegetarianas, de algas, las hay dietéticas y, por supuesto, las que se preparan con cualquier tipo de carne, ya sean mamíferos, peces o animales más exóticos como insectos y reptiles. La Universidad de Castilla-La Mancha ha ideado una nueva: la hamburguesa de cordero. Su creadora, la profesora Herminia Vergara, sostiene que tendrá un gran éxito no sólo por la alta consideración culinaria de la carne de cordero manchego, sino por su calidad y por sus propiedades organolépticas e higiénico-sanitarias. Su nombre aún no queda claro; me inclinaría por denominarla “mancheguica”, pero, si son ciertas las predicciones de éxito de su creadora, no tardaremos en verla anunciada como Mac Quijote; o Mac Sancho, si lleva el doble de carne; o Mac Dulcinea, si es “light” y va acompañada de hierbas aromáticas. Todo se andará.

Posteado por: josejuanmorcillo | Julio 17, 2008

Cacos (18-7-08)

Ante ciertas situaciones desesperadas todavía quedan ciudadanos que, lejos de ahogarse en la angustia y en el desasosiego, hacen bueno el dicho de que al mal tiempo buena cara. En Orihuela impera el miedo a causa de los continuos robos que están sufriendo sus vecinos, y estos, debido a los ya escasos efectivos policiales, han decidido patrullar sus barrios por turnos para denunciar cualquier movimiento sospechoso. Pero una familia ha ido más allá, y ha decidido colgar de la fachada de su chalé un “Aviso a ladrones”; no es nada pequeño, debe tener unos dos metros cuadrados, y de una manera dialogante y desenfadada da unas instrucciones a los cacos que decidan irrumpir en su vivienda: tras dejar claro que solo hay en efectivo “lo justo para pasar el día” y que no hay joyas, con un tono educado y hasta cordial y en un español correcto escriben: “Si de todas formas deciden robarnos, por favor, háganlo sin violencia. Llamen al timbre y les dejaremos pasar. Les prometemos no llamar a las fuerzas del orden público hasta pasados quince minutos después de que se hayan marchado”. Y termina el aviso: “Gracias de antemano por su buena actitud”. Es paradójico que, en los tiempos que corren, haya que agradecer a unos ladrones que cometan sus fechorías sin violencia, y resulta absurdo y kafkiano que a eso se le llame “buena actitud”.

A raíz de esto, he recordado un episodio de la mitología romana. En la misma zona donde hoy se levanta la ciudad de Roma decidió acampar a sus anchas Caco, hijo del dios Vulcano. De los tres que tuvo, este fue la oveja negra, el hijo canalla y criminal del que se avergonzaría cualquier padre. Mitad hombre mitad sátiro, Caco unía a su fuerza y gran altura la habilidad de vomitar fuego cada vez que salía de su apestosa covacha para cometer sus robos y fechorías y para desolar la comarca. Pero su suerte cambió el día que Hércules pasó por allí. Caco, sin saber el lío en que se metía, le robó al semidiós sus vacas, y este fue a buscarlo a su cueva; tras romper la enorme piedra que ocultaba la entrada, lo estranguló mientras esquivaba las llamaradas que salían de su boca. De aquel monstruo sólo nos queda el nombre. Según el DRAE, un caco es un ladrón diestro, no con la sofisticación y tecnología empleada por los de guante blanco, pero un profesional, vamos; sin embargo, me ha sorprendido una segunda acepción del término, según la cual un caco es una persona cobarde y bastante tímida; y digo que me ha sorprendido porque no guarda relación con su etimología. La palabra caco, de donde se dio nombre al maléfico hijo de Vulcano, es de origen griego; proviene de kakós, que quiere decir `perverso, malo´. Y con esta palabra se han ido formando compuestos como cacofonía (`que suena mal´), cacografía (`mal escrito´) o cacología (`expresión inadecuada´); la cacoquimia (`fluido malo´) es una enfermedad de carácter depresivo que hace palidecer al enfermo y lo arrastra a la abulia; y el cacodilo (`maloliente´) es el arseniuro de metilo, un compuesto orgánico líquido, de olor nauseabundo, venenoso e inflamable.

Sí, de aquel monstruo nos ha quedado su nombre; ¿y de Hércules, el héroe? Posiblemente, el deseo de impartir justicia por cuenta propia encarnado en esos personajes del celuloide, duros, fríos e inmisericordes, caracterizados por Clint Eastwood, Chuck Norris o Steven Seagal; estos son hoy, para muchos, los paladines de la ley y el orden.

Posteado por: josejuanmorcillo | Julio 11, 2008

Cocorico (fábula estival) (11-7-08)

Sé que no hace mucho les hablé de las onomatopeyas, que son aquellas palabras que se crean en un idioma para reproducir más o menos fielmente un sonido de la realidad; y sé que les puse varios ejemplos, como piar, croar o nana; incluso recuerdo que les comenté que entre algunos países no suelen coincidir las onomatopeyas, lo cual no deja de resultar chocante porque es de suponer que un cristal hace el mismo sonido al romperse aquí que en Escocia, pongamos por caso. Pues no, y se lo voy a demostrar: mientras en español decimos quiquiriquí para referirnos al canto del gallo, en francés se emplea una onomatopeya tan cacofónica como cocorico –quizás debido a un extraño virus que afea las gargantas de los gallos galos-; pero en inglés, y vaya usted a saber por qué extraña razón, se usa el término cock-a-doodle-do, y a mí me van a disculpar pero esto más que onomatopéyico me suena a cachondeo británico. Y es más: si se demostrase que esta diversidad de entonación gallinácea se debe a la alimentación recibida, nuestros gallos serían los más equilibrados desde el punto de vista dietético. Sin duda.

Pero, en fin, lo que no les conté fue que hallé un legajo en el desván de una casa de campo familiar. Venía firmado por un tal al-Tubarrí, y al desatarlo y ojearlo comprobé que se trataba de una fábula. La grafía era limpia pero algo descuidada, y algunas partes del texto habían sucumbido por la humedad. A pesar de ello, pude leer que la acción se desarrollaba en una alquería manchega cuyos moradores y trabajadores eran los propios animales. Al-Tubarrí centra la narración en dos gallinas, una francesa y otra con muchas historias y cuentos en la cabeza, que tomaron la decisión de revolucionar la granja porque veían que la vida de todos se había convertido en un soberano aburrimiento, por lo que idearon visitar otras granjas y organizar días festivos con música, danzas y banquetes. Aquello realmente gustó porque la convivencia entre todos se volvió más grata y comunicativa, así que no tardaron en agasajarlas y en convertirlas en el centro de atención. Pero como el halago debilita, su engreimiento y vanidad las transformó: sus crestas comenzaron a hincharse y amoratarse, y sus palabras ya no sonaban tan dulces como antes, sino roncas y desagradables. Algunos animales no tardaron en distanciarse, y aquello lo tomaron las dos gallinas como una ofensa personal, por lo que pusieron todo su empeño en injuriarlos y marginarlos, y empleando para ello cualquier procedimiento cruel, malvado y déspota.

En este punto, la historia se interrumpe, pero al cabo de unas líneas, y en aljamiado, reaparecen las protagonistas –con menos plumas y las crestas todavía más abultadas- acompañadas de dos lacayos: una serpiente travestida en lagarto y un mono con rabo y patas de cerdo. Y justo aquí termina el relato. Para aclarar tanta simbología, consulté una obra medieval, El libro de las utilidades de los animales, escrito en el siglo XIV por Ibn al-Durayhim al-Mawsili, y aclara que la serpiente disfrazada de lagarto representa la homosexualidad; el mono con extremidades de cerdo, la traición; y sobre la gallina subraya su poder mágico y maléfico, e incluye este dicho: “Cacarear y no poner, si malo en la gallina, peor en la mujer”. El legajo lo vendí a un coleccionista y, aunque les parezca increíble, las noches de fruición gastronómica me parece oír el canto patético y ronco de una gallina que se me figura desagradablemente hinchada, desplumada y sola.

Posteado por: josejuanmorcillo | Julio 3, 2008

El calor del establo (4-7-08)

Mucho se ha escrito y hablado de la Copa de Europa que la selección española de fútbol acaba de ganar. No se ha puesto en duda en ningún momento la calidad técnica de los jugadores, su juventud y su hambre de triunfo; pero sí circula unánimemente un comentario por todos los medios de comunicación que suscribe la mayoría de los españolitos de a pie: la principal causa de este éxito deportivo ha sido la magnífica sintonía y el ambiente de unión y amistad que se ha palpado entre los futbolistas españoles. Decía mi abuela que todo se pega menos la hermosura, y no le faltaba razón porque el país entero se sentía contagiado por ese mismo espíritu de alegría y de júbilo; todos parecíamos iguales, idénticos, arrastrados por un entusiasmo embriagador y adictivo que nos hizo olvidar por unos días la subida de la gasolina, de la hipoteca y del IPC. Ha sido como regresar a la época en que ciertos emperadores de Roma, como Julio César o Aureliano, para ocultar al pueblo las graves crisis políticas, militares y económicas, regalaban a la intranquila plebe trigo y entradas al circo para asistir a las carreras de cuadrigas, y así hicieron bueno el lema que inmortalizó el poeta Juvenal en una de sus sátiras: Panem et circenses (`Pan y juegos circenses´).

Hace unos dos años me sorprendió el saber que, en EE UU, el autor más vendido durante unas semanas fue Baltasar Gracián, y por motivos políticos y electorales. La razón es clara, porque subraya nuestro escritor barroco que para ganarse al pueblo no hay que dirigirse a la minoría intelectual y pensante, sino contentar de algún modo a la mayoría social, a esa masa social compuesta sobre todo de analfabetos y pobres y que padece la presión asfixiante de una mala gestión económica y social por parte del gobierno establecido. La idea fundamental que sobresale es la de tratar al pueblo como un rebaño de ovejas para que no analice demasiado la realidad y ser, así, dirigido y gobernado con docilidad y mansedumbre. La voz latina para “rebaño” es grex, de donde fueron surgiendo numerosas palabras en nuestra lengua como grey, empleada en el ámbito eclesiástico para aludir al “rebaño” de la Iglesia. Aquellos pastores romanos, que fueron retratados bucólicamente en una Arcadia idílica, hablaban de agregar cuando añadían un animal a su rebaño; si lo separaban por bien de la manada, lo segregaban; si el rebaño se dispersaba, se disgregaba; y cuando lo reunían para volver a la majada, lo congregaban.

Estos verbos, que son tan comunes y aplicables entre los hombres, se empleaban para el ganado, y no debemos estar muy lejos de nuestros domesticados pesuñosos, principalmente cuando el hombre se define a sí mismo como gregario por su carácter obligadamente social y comunitario. A la hora de hablar de la irracionalidad del gregarismo humano ejemplificado en el fenómeno hincha, un periodista tuvo el acierto de destacar la definición que sobre ello nos legó Nietzsche. Este despreciaba el hecho de que los humanos se dejasen empujar irracionalmente por un fervor tan apasionado que les hiciese actuar y pensar de manera idéntica y mansa, como un rebaño de ovejas manejado por un perro que cumple las órdenes del pastor; a ese ardor popular, a esa excitación enloquecedora e inevitable la definía el filósofo alemán como “el calor del establo”. A pesar de los años transcurridos, la domesticación de masas sigue siendo una útil herramienta política.

Posteado por: josejuanmorcillo | Junio 26, 2008

Junio (27-6-08)

Calor, canícula implacable; calor tórrido, díptero pegajoso que se te posa durante la noche y te aguijonea durante el día; verano cruel e hiriente… Recuerdo a un amigo francés que me comentó que lo peor de esta época no eran las altas temperaturas, sino las moscas, las moscas estivales, incómoda criatura engendrada en el calor y capaz de volver a uno loco. “Te recuerdo que muchas guerras y revoluciones estallaron en época estival, y seguro que las moscas tuvieron parte de culpa”. Es posible, le respondí, sobre todo si el militar amotinado era propenso a las insolaciones. El calor es eso, como una mosca insoportable que desespera y trastorna porque difícilmente puedes librarte de ella.

Doña Rosa, mi vecina, me aconseja que para deshacerme de las moscas lo mejor es untarme los brazos y piernas con zumo de limón, y por la noche, para que no entren los mosquitos, una planta de albahaca en la ventana. Ella dice que nunca la han incomodado, que ese no es su problema, que de lo que sufre en esta época y que la lleva por el camino de la amargura son las jaquecas. “Me da un dolor insoportable en este lado de la cabeza, y no puedo abrir los ojos”. Lleva el pelo recogido como si con ello lograse acobardar al dolor, y me pregunta qué es peor, si las jaquecas o las migrañas, y yo le aclaro que es lo mismo pero con distinto nombre; que es como decir “oliva” o “aceituna”, que una es palabra latina y la otra, árabe. Para tranquilizarla, le explico que muchos sufren de lo mismo, y que desde antiguo se ha escrito sobre este mal. Los árabes lo llamaban saqiqa (`partido en dos´), y este término evolucionó en el siglo XV a xaqueca; los griegos y romanos lo denominaban hemicrania (`en medio de la cabeza´), y, con el paso de los siglos, derivó al término actual migraña.

Este sexto mes del año, cuyo nombre es en honor de la diosa romana Juno, suele ser odioso para muchas personas ya que deben aclimatarse a temperaturas propias ya del verano. El cambio de presión atmosférica o las bolsas de calor sahariano que entran por el sur de la Península Ibérica son letales para niños y ancianos si no se toman las medidas de prevención adecuadas. No sé si tendrá un aval científico o si se basa en meras estadísticas, pero oí que las mujeres sufren más que los hombres este cambio estacional. Quizás sea esta la razón de que los romanos llamaran a este mes con el nombre de la diosa de la maternidad, que era, además, protectora de las mujeres y del Estado. Según cuenta algún escritor de la época, alrededor del templo romano de Juno, en el monte Capitolio, vivían unas ocas que avisaron con sus graznidos de un ataque invasor. En agradecimiento por ello, a la diosa se le puso el sobrenombre de Moneta (`la que avisa´), y, como su templo estaba ubicado al lado de la ceca en la que se fundían los denarios, las monedas adoptaron este nombre.

Dice doña Rosa que, cuando era profesora, sus migrañas se apaciguaban levemente cuando comprobaba que, a finales de junio, le habían ingresado la paga extra del verano. “Entonces íbamos a la montaña, huyendo del calor y de los rayos del sol; lo de la playa no se estilaba”. Y cierra por un momento sus ojos, después de haber bebido un poco de su té frío, y juega con su collar del que cuelgan tres monedas de plata antiguas con la imagen de una diosa de perfil y por cuya nuca caen los extremos de la cinta con la que lleva el pelo recogido.

Posteado por: josejuanmorcillo | Junio 20, 2008

Arrieros y piquetes (20-6-08)

Ahora que la huelga de los transportistas ha llegado aparentemente a su fin, muchos creen que sus quejas han sido justificadas ya que deben soportar duras condiciones de trabajo y abusivas subidas de precios en impuestos, multas y combustibles; otros, por el contrario, sostienen que la huelga es una manifestación más del carácter hosco e intimidatorio de estos trabajadores, lo que quedó de manifiesto en la actitud de algunos piquetes mal llamados “informativos”, porque ciertamente han sido amenazantes y violentos. Esto tampoco nos debería sorprender, porque el término piquete, con el sentido de un grupo de personas elegidas para desempeñar una misión o encargo, se empezó a emplear en nuestra lengua a mediados del siglo XVIII en el campo semántico bélico para referirse a los soldados que eran escogidos dentro de su compañía con el fin de llevar a cabo una misión especial y generalmente arriesgada; será bien entrado el siglo XX cuando se emplee en el ámbito obrero y sindical para nombrar a los trabajadores en huelga dispuestos a informar de sus reivindicaciones al resto de compañeros.

Pero en lo que quisiera focalizar la atención no es en la tradición piquetera de nuestro país, sino en el mal uso que se hace de la palabra. Hace poco oí en los medios que en la entrada de cierto polígono industrial había “casi cien piquetes informativos impidiendo el paso de los camiones”, y, aunque hay ciertas cuentas que son muy arriesgadas, llegué a calcular que habría unos mil quinientos manifestantes si pensamos que cada piquete está constituido –más o menos- por unos quince trabajadores. Al ver las imágenes comprobé que tan solo había unas cuantas docenas de informadores. Un piquete no es una persona, no es un huelguista en este caso, sino un conjunto de individuos que perfectamente podríamos llamar “piqueteros”. Varios piqueteros forman un piquete. Este error suena tan mal que es como si yo les dijese que a un simposio internacional asistieron “cien congresos” en vez de “cien congresistas”.

En todo caso, nuestros transportistas han estado casi en pie de guerra y, pese a quien le pese, quiero desde aquí romper una lanza por ellos porque creo que debemos defender una de las profesiones más necesarias y antiguas del mundo, y no me malinterpreten. Hace unos siglos, en la época de Cervantes, los transportistas eran los arrieros, que cargaban su recua de mulos con todo tipo de mercancías. Se les llamaba así porque espoleaban a las bestias con un estentóreo “¡arre!”, de donde también se creó el verbo arrear. Era una profesión aquella muy valorada, tanto que los arrieros hacían incluso de carteros -Santa Teresa de Jesús elogió su dedicación en varias ocasiones-; pero lo que menos agradaba de ellos era su mal genio y su carácter violento, como muy bien refleja Cervantes en algunos capítulos de El Quijote o como podemos comprobar en el refranero, nuestra magnífica enciclopedia de sabiduría popular: “Burros a coces, arrieros a palos y voces”.

Aquellos arrieros recorrían los desangelados caminos de España entonando cancioncillas populares; aquellos caminos polvorientos son hoy de asfalto, y los mulos son caballos de potencia que consumen mucho dinero. Es verdad que entonces no había huelgas sindicales, pero los arrieros de antaño, como los de hoy, también sabían de sufrimiento cuando tendían sus ojos cansados de leguas y soledad bajo la sombra de una encina. Acaso alguno de ellos creyó ver en sueños la figura esmirriada de un hidalgo cabalgando solo y vencido de melancolía.

Posteado por: josejuanmorcillo | Junio 12, 2008

Miembras (13-6-08)

Esta semana les quería hablar sobre los transportistas y los piquetes, y en concreto de esos que erróneamente se llaman “informativos”, pero miren por dónde que de manera inesperada nos saltó la liebre en Madrid y desde los micrófonos del Congreso. Así que, si les parece, dejaremos a los huelguistas para otro momento y nos centraremos en el gazapo ministerial.

Como todos sabemos, la Ministra de Igualdad, Bibiana Aído, ha anunciado esta semana la puesta en marcha de un teléfono de información exclusivo para maltratadores “que les ayude a canalizar su agresividad, en vez de recurrir a la violencia”. Esta medida ha recibido numerosas críticas desde los partidos de la oposición, y, de hecho, han insistido en que se deberían revisar algunas medidas bastante problemáticas, como la de que si un hombre insulta a una mujer es un delito, y si es al contrario hablamos de falta.

Pero entremos en harina idiomática, que es lo que nos compete. A lo largo de su comparecencia en el Congreso, que ha sido la primera en su incierta carrera ministerial, alabó los esfuerzos de la Comisión de Igualdad y el empeño demostrado por sus “miembros y miembras”. A mí lo de la “miembra” me suena algo escatológico, no les voy a engañar, y cuando oí este disparate me acordé de la intervención de Carmen Romero, la mujer de Felipe González, en la que dejó caer aquello de “jóvenes y jóvenas”; así pues, lo que aterra no es la impropiedad lingüística, sino la moda idiomática establecida desde hace algo más de una década y que se basa en la idea descabellada de que nuestra lengua es sexista porque se emplea el género masculino para designar a una totalidad en la que hay seres de ambos sexos. Yo sé perfectamente que esto es predicar en el desierto, pero a ver si tomamos conciencia de que una cosa es el género morfológico y otra el sexo de los hablantes, y a veces no coinciden y no tienen por qué coincidir. Cuando hablamos, por ejemplo, de “los asistentes” a un concierto, usamos el género masculino porque hay espectadores y espectadoras, pero con ello no estamos quedando como machistas, y, por supuesto, es una pérdida de tiempo y esfuerzo idiomático el tener que emplear los dos géneros y decir, así, “los asistentes y asistentas”. Permítanme reproducirles las palabras textuales que en una ocasión extraje del discurso de un político, y fíjense porque, ahora que tanto se insiste en el bajo nivel lingüístico de nuestros alumnos, como redacción escolar merecería un suspenso: “Todas las alcaldesas y alcaldes, con sus respectivas concejalas y concejales, han mostrado un gran interés por todas las ciudadanas y ciudadanos de nuestra ciudad”. Afortunadamente no continuó, porque no dudo de que habría hablado de los niños y niñas que pasean a sus perros y perras junto a sus abuelos y abuelas en las cálidas tardes primaverales en las que entre los árboles cantan los pájaros y pájaras.

Como no hay peor osadía que la del ignorante, la Ministra, incluso, se atrevió a defender el uso del término y su inclusión en el DRAE. Los académicos ya han respondido que ni por asomo sucederá eso, y la razón es muy sencilla: la lengua no es una ciudad sin ley, es un sistema en el que cada uno tiene derecho de expresarse como guste, pero teniendo en cuenta que hay ciertos atrevimientos y licencias que no pueden pasarse por alto.

Posteado por: josejuanmorcillo | Junio 5, 2008

A la chita callando (6-6-08)

Suele decirse que el hombre, haciendo gala de su acostumbrado inconformismo, echa de menos aquello que ya no tiene y que sabe que no tendrá jamás. Muchos, incluso, se lamentan de no haber valorado antes con más pasión lo que definitivamente han perdido. Lo vemos en nuestros hijos, que crecen con tanta rapidez que un día descubrimos que ya no son esos encantadores niños a los que vestíamos a nuestro gusto y a los que podías llevar a cualquier sitio, que se van independizando a la par que rechazan nuestros besos y abrazos, y entonces lamentas no haberlos mimado y besado más.

Yo soy uno de estos inconformistas a los que les encantaría volver al pasado para disfrutar de nuevo de momentos inolvidables, cálidos para el alma, regresar a ellos para sentirlos, si acaso, por última vez. Para disfrutar, por ejemplo, de aquellas veraniegas sobremesas de sábado en las que pasábamos las digestiones de ensaladilla y sandía cobijados en el salón de casa, huyendo de un calor insufrible y nocivo, atentos a la película que la televisión emitía después del telediario. Solían ser películas de aventuras, o de indios y vaqueros en aquel oeste americano tan caluroso y soleado como nuestro agostado país. Las que más me gustaban eran las de Tarzán; me fascinaba verlo subiendo a los árboles con una agilidad impropia de un ser humano, saltando temerariamente a un vacío en el que siempre había una liana, y nadando velozmente, a cámara rápida. Era tanta mi fascinación por él que, al terminar de ver sus películas, procuraba imitarlo, aunque me desanimé el día en que en el intento me llevé un par de piezas dentales y algún que otro hueso roto. Con todo, siempre hubo un asunto que me resultaba un misterio insondable, y era la comunicación que establecía con los animales de la selva cuando ahuecaba las manos a ambos lados de la boca y emitía aquel grito mezcla de éxtasis, dolor y rabia; sin embargo, a Chita, el chimpancé, no le gritaba; le hablaba, y empleando unas palabras que solo ellos dos conocían y que Jane no tardó en aprender, me imagino que para no sentirse desplazada.

Bueno, pues fíjense por dónde que Tarzán fue un pionero en la investigación neurobiológica del lenguaje, porque se acaba de descubrir que los chimpancés y los seres humanos utilizan la misma región cerebral para comunicarse verbal o gestualmente, lo que confirma que tanto ellos como nosotros compartimos un antepasado común que vivió –se cree- hace unos siete millones de años. El hallazgo se basa en una serie de experimentos realizados en el Centro Nacional de Investigación de Primates de Yerkes, en Atlanta (EEUU), en los que se comprobó mediante un PET que, cuando los chimpancés gesticulaban y vocalizaban sonidos para pedir comida, se les activaba un área del hemisferio izquierdo del cerebro que es la relacionada con el lenguaje humano. La conclusión definitiva a la que llegaron los investigadores fue que estos primates tienen un cerebro con la misma plasticidad que el humano, y esto hace que esté perfectamente preparado para el lenguaje y para el desarrollo de ciertos signos de comunicación.

Después de esto estoy por sacar del videoclub todas las películas de Tarzán y anotar las palabras que este le dirige a Chita. Quién sabe, quizás pertenezcan a una lengua pretérita y perdida en la neblina de los tiempos, una lengua que supuso el eslabón cultural entre dos especies, entre dos seres que son uno.

Posteado por: josejuanmorcillo | Mayo 29, 2008

Lapsus (30-5-08)

Cuando era adolescente y nos reuníamos el grupo de amigos y de amigas en casa de alguien o en una excursión de verano, en aquellos breves años en que sentíamos que el tonteo era casi inevitable, primitiva e inexplicablemente genético, consecuencia de algo poderoso y enérgico que fluía dentro de nosotros, solíamos jugar a adivinar un personaje famoso mediante preguntas que racionalmente no guardaban ninguna relación con él. Recuerdo una ocasión en que me tocó a mí responder, y pensé en Maradona, mi ídolo deportivo; cuando la lluvia de preguntas comenzó, respondía lo primero que me venía a la mente. “Si fuese una ciudad, ¿cuál sería?”. “Buenos Aires”. “¿Y si fuese un monumento?”. “El Coliseo”. “¿Y si fuese un animal?”. “Un león”. Para mí, Maradona era la quintaesencia argentina, sabor y aroma bonaerense; era un genio único e irrepetible, grandioso, historia viva, y que será admirado a través de los tiempos, como el Coliseo; y su sola presencia en el campo, con su técnica y su visión de juego, imponía al contrario admiración y respeto, como un león recorriendo la sabana.

Sin darnos cuenta, con aquel juego poníamos en práctica un ejercicio de retórica nada fácil, porque entre un término real –Maradona- y varios irreales –Buenos Aires, Coliseo, león- se establecía una conexión ilógica y exclusivamente emocional; sólo a través de lo irracional y de lo emotivo podríamos adivinar la solución. Algo parecido es lo que sucede con los lapsus línguae, locución latina que etimológicamente significa `error de la lengua´ y que se emplea para aludir a los errores involuntarios en los que se incurre al hablar; pero son eso, errores involuntarios, malas pasadas que te juega la mente en un momento determinado y por cuestiones generalmente emocionales. A mí me sucedió el otro día. Me encontré por la calle a un matrimonio amigo que acababa de tener un hijo; el bebé iba dentro del carrito, y, cuando le estaba haciendo carantoñas, lo llamé inconscientemente con el nombre de mi hijo, porque entre él y el recién nacido establecí una relación emocional basada en los sentimientos que sentía cuando mi hijo contaba apenas unos meses de vida. No hace mucho me contó un amigo que, mientras daba un masaje a su mujer, esta lo llamó por el nombre de un amigo del trabajo; como comprenderán, no quise entrar a analizarle las posibles conexiones emocionales que en la mente de ella se crearon en un momento tan relajado e íntimo. Hay charcos en los que es mejor no entrar.

Junto al lapsus línguae hay otra locución latina menos frecuente –lapsus cálami (`error de pluma´)- que se usa para aludir a los errores mecánicos que se producen a la hora de escribir. En latín, lapsus significa `deslizamiento, caída´, de donde provienen lapso o colapso, término este último que se emplea con el sentido de hundimiento o destrucción total de alguna edificación o institución. También de lapsus han derivado dos palabras: lábil, que apunta a todo aquello que se resbala fácilmente o que es frágil e inestable; y lava, que es el conjunto de materiales incandescentes que, al salir del volcán, se desliza y forma arroyos encendidos.
Los lapsus son frecuentes a la hora de hablar, y, como se imaginan, pueden resultar muy interesantes e inquietantes según sea la naturaleza del resbalón y el contexto en que se diga. Desentrañarlos puede resultarnos, incluso, un interesante juego de agudeza e intuición.

Posteado por: josejuanmorcillo | Mayo 22, 2008

Perrea, perrea (23-5-08)

Históricamente, Europa se vestía de gala en actos solemnes como la coronación de un rey o de un emperador, o la victoria militar lograda contra un invasor, o la celebración del fin de una guerra. Ahora las galas nos las ponemos para conmemorar algunos acontecimientos pasados, para homenajear a intelectuales sobresalientes en sus respectivos ámbitos o para asistir a macroespectáculos deportivos y musicales.
Mañana se celebra el festival de Eurovisión, el mayor certamen de la canción de Europa desde hace pocas décadas. En sus comienzos gozó de tal prestigio que catapultaba al vencedor al olimpo de las estrellas musicales; pero hoy, ¡ay!, hoy no es ni la sombra de lo que fue entre otros motivos porque las canciones presentadas a concurso están muy alejadas del gusto musical del momento. Por ello, los organizadores de este evento se afanan por mantener el interés presentando tristes marionetas que esconden ventrílocuos fracasados, jóvenes salientes de algún concurso televisivo con la lengua sedienta de fama y dinero, y lamentables pseudocantantes histriónicos, en ocasiones con pocas o nulas cualidades musicales, por aquello del atractivo que hoy despierta entre muchos lo cutre y lo friqui.

Hasta aquí bien, qué se le va a hacer si sobre gustos no hay nada escrito. Lo que me preocupa, y muy seriamente, es lo que ha sucedido en la sede del Instituto Cervantes de Belgrado, ciudad que acoge el Festival de Eurovisión. Allí se presentó, entre risas y aplausos, Rodolfo Chikilicuatre, nuestro representante nacional, para impartir una clase a los alumnos sobre algunas palabras de su canción “Baila el Chiki-Chiki” que, según él, no aparecen en los diccionarios. Entre sus frases magistrales recogidas por las agencias de prensa destaco la siguiente: “Todos vosotros no habéis estudiado las palabras brikindans ni crusaíto; a maiquelyason sí que lo habéis visto entre rejas y de robocó habréis visto la película”. Tras estas palabras, y entre aplausos y ovaciones de los alumnos serbios, se le preguntó sobre el significado de perrea, que es un término que se repite mucho en su canción, y aclaró que “estar perreando quiere decir estar todo el día tirado en el sofá sin hacer nada, y también moverse arrimado en un baile”. Los jóvenes belgradenses no quisieron perder la oportunidad de aprender más sobre la cultura española, así que le preguntaron al profesor-cantante sobre España, y este les respondió: “Es un país como Italia, pero más ancho”. El éxtasis intelectual alcanzado en tan sólo quince minutos arrastró al docente a trastear su guitarrica de plástico, a la que ha llamado Luciana y que es casi idéntica a esas que te tocan en las tómbolas de la feria y que al entregártela se te pone cara de imbécil. Las notas musicales interpretadas en tan solemne lugar animaron a dos bailarinas que siempre van con él a moverse absurda y desacompasadamente, y, terminado el baile, una de ellas, que responde al nombre de Gráfica, definió el Guernica de Picasso como un “grafiti muy original”.

A mí me apena observar el incesante desfile de máscaras y de cutres que las grandes empresas audiovisuales presentan durante unos meses convertidos en víctimas, en diana de burlas y escarnios, con el único fin de hacer caja. Pero me causa estupor que una entidad cultural de la talla del Instituto Cervantes, creada bajo la supervisión del Ministerio de Educación, sea el escenario de semejantes números circenses.

Posteado por: josejuanmorcillo | Mayo 15, 2008

Desolado (16-5-08)

Recuerdo que decían los ancianos de mi pueblo que el hombre es la criatura más estúpida porque, cuando no tiene problemas, le falta tiempo para buscárselos. Nunca les ha faltado razón y, si hiciéramos un rápido examen de conciencia, comprobaríamos que casi siempre son la monotonía y la ausencia de preocupaciones serias los causantes de que estemos continuamente entrando en las estancias de nuestra mente para deshacerlas y para recomponerlas poco después. Nos complicamos la vida porque nos da la gana, y no somos conscientes de que viviríamos más años y mejor si abandonásemos esta actitud.

Este mismo mal, pero desde una perspectiva lingüística, padecen muchos que se dedican a la información y opinión. Esta semana nos ha llegado la trágica noticia del terremoto sufrido en algunas provincias del sur de China y que ha sembrado de cadáveres las calles de numerosas ciudades. Con respecto a ello, leo en un titular: “Un terremoto asola el sudoeste de China y deja miles de muertos”. En nuestra lengua hay dos verbos que se escriben igual –asolar- pero que son distintos porque proceden de étimos diferentes. Del término sol ha derivado asolar con el significado de `secar, agostar´; así, entendemos frases como: “La política hidráulica del Gobierno pretende luchar contra la sequía que asola España”. Por el contrario, el mismo verbo se ha formado a partir del sustantivo suelo, por lo que, aquí, asolar significa `destruir completamente un lugar´. Ahora bien, la diferencia entre ambos no sólo es semántica sino gráfica, porque, en el segundo caso, la o del verbo debe diptongar en ue si es tónica. Por ello, el titular que antes les he escrito debería rezar de la siguiente forma: “Un terremoto asuela el sudoeste de China y deja miles de muertos”; y, por ello también, es correcta la frase “Un huracán ha asolado el sur de Birmania”, porque la o del verbo no es tónica y no diptonga. Esta impropiedad la podemos certificar también en el habla coloquial y vulgar de aquellos que dicen frega o apreto en lugar de friega y aprieto; e, incluso, si agudizan el oído, comprobarán que casi nadie, al despedirse, pronuncia correctamente Hasta luego, sino que lo que oímos es algo muy cercano a Hasta logo. En fin, que ya ven que a los españolitos no nos gusta demasiado diptongar, y que tiramos por lo simple y cómodo, por la monoptongación.

También relacionada con la noticia que antes he mencionado es la frase que he escuchado de un corresponsal destinado a China. Según él, tras el movimiento sísmico, las calles “permanecieron desérticas por miedo a nuevas sacudidas”. Supongo que lo que quiso decir fue que las calles permanecieron desiertas, esto es, vacías, sin un alma, porque lo desértico es lo que tiene la apariencia de un desierto, con sus dunas interminables, con su raquítica y asolada vegetación y con sus escasos y siempre enigmáticos oasis, y, claro, no creo que tras el terremoto surgieran del subsuelo chino toneladas de arena fina y ardiente bajo un sol inclemente.

Asoladas han quedado varias ciudades del milenario país asiático, desiertas y desérticas siguen las mentes de algunos informadores, y desolado continúo yo ante la incesante colección de improperios y solecismos que nos llueven de cualquier lado. Pero para eso estamos aquí, para que nos oigan, aunque uno sobrelleve a duras penas la eterna sensación de que predica en el desierto.

Posteado por: josejuanmorcillo | Mayo 8, 2008

En metálico (9-5-08)

Hoy he rescatado de mi biblioteca un libro recopilatorio de los mejores pintores paisajísticos de la Holanda del XVII, y me ha chocado encontrar un cuadro de Ruysdael en el que aparecen representado, por un lado, un abnegado comerciante con una bolsa de monedas entre sus manos, y, por otro, dos recaudadores de impuestos, orondos y felices, tomando nota de la cantidad que están a punto de recibir y dando por satisfecha la deuda pendiente. No sé muy bien qué pinta este cuadro dentro de la antología de paisajes neerlandeses porque toda la escena se desarrolla en un interior, en una habitación aparentemente poco soleada, pero es posible que se incluyera con el fin de mostrar que tan real puede ser la representación de un recaudador de impuestos –la Holanda del siglo XVII llegó a ser el país más rico de Europa- como un canal holandés acariciado por la luz tenue de la última hora de la tarde.

Una escena recaudatoria parecida la estamos empezando a padecer millones de españoles, aunque, eso sí, no entregando a un alcabalero una bolsa de cuero con monedas de oro y plata. Nuestra cita con el Erario es tan remota como el origen de este término. En latín, aes, aeris se utilizaba para designar el bronce, el cobre y cualquier otro metal que no fuera ni el oro ni la plata, razón por la cual no tardó en emplearse con el significado de ‘dinero’; y es curioso cómo el español ha mantenido la tradición de no separar estos dos conceptos –dinero y metal- en frases como “pagar en metálico” cuando lo hacemos al contado y en efectivo. Como en el Imperio romano no había bancos, tanto el oro como las joyas se guardaban en cofres de seguridad hechos en bronce, y por ello se les puso el nombre de aerarium, y esta denominación se aplicó enseguida para referirse al Tesoro público. Tanto entonces como en la actualidad, el Erario es el Tesoro del Estado, así que resulta innecesario y redundante hablar de “Erario público” porque siempre lo es.

Sea en el pasado o en el presente, la imagen que se ha mantenido de un recaudador es la de un parásito que te quita lo que con tanto esfuerzo y sudor te ha costado ganar. Estos tesoreros se suelen representar en nuestra mente rollizos y satisfechos, como lo hizo Ruysdael en el cuadro que les he comentado antes, pero creo que casi siempre nos los hemos imaginado delgaduchos, pálidos y ligeramente encorvados, sedientos de lo que con tantas triquiñuelas y trampas no nos queremos desprender. Desde un punto de vista histórico y etimológico, pocas veces resultan tan inquietantemente relacionadas dos palabras como estas, “erario” y “parásito”. Dentro de la administración pública de la Antigua Grecia se había creado un alto cargo cuya misión era la de controlar toda la cosecha de cereal, la elaboración del pan y la de supervisar los banquetes celebrados en honor de los dioses. Por este motivo, a este alto funcionario se le llamaba parásito (formado por el prefijo para- `junto a´ y sitos `trigo´), y, por sus méritos profesionales y gustos culinarios, gozaba de un gran prestigio social; tanto es así que el término pasó a emplearse como sinónimo de huésped o invitado a una fiesta o banquete.

Que en los tiempos que corren se diga que un parásito es un funcionario puede ofender, pero quizás también haga sonrojar a más de uno, y no precisamente porque se haya dado un atracón de bollos y pan.

Posteado por: josejuanmorcillo | Abril 30, 2008

Cultivación (2-5-08)

Sería injusto si afirmara que es exclusiva de los medios de comunicación la tendencia empalagosa a emplear términos semánticamente inapropiados pero que resultan atractivos por su sonoridad o extensión. Es el caso del hablante que, consciente de sus limitaciones lingüísticas y culturales, utiliza innecesariamente palabras más rimbombantes con el fin de dar una impresión lingüísticamente más positiva al público que lo oye o lee, cuando lo que se consigue es precisamente todo lo contrario. La moda más habitual es la del alargamiento de la palabra, que, aunque se suele efectuar cumpliendo con las normas morfológicas, se antoja inútil por existir ya otro término en nuestra lengua. Me viene ahora a la mente la palabra peligro, que parece ya poco atractiva, demasiado simple quizás, y ahora se opta por usar peligrosidad; pero son muchos más los ejemplos que podríamos traer aquí, y entre ellos algunos que son incorrectos. Así, hoy en día, por ser más aparentes y pomposas y porque suenan más cultas, se opta por ejemplificador, agasajamiento, comparecimiento o potencializar –palabras creadas inútilmente, que no están admitidas por el DRAE y que, por tanto, son incorrectas- en lugar de ejemplar, agasajo, comparecencia o potenciar.

Sin embargo, algunos vocablos ya se han admitido debido a su uso masivo por parte de los medios y, consecuentemente, de los ciudadanos. Ya he apuntado en alguna ocasión que, ante el analfabetismo pasivo de millones de hablantes que se pasan las horas frente a la pantalla del televisor, los seudoperiodistas se convierten en sus modelos idiomáticos, y, como el nivel lingüístico de estos suele estar por debajo de la media, el desastre está servido, y en bandeja de plata. Esto ha ocurrido con la palabra agudizamiento, que se creó sin necesidad porque ya existían otras, agudización o agudeza; durante años deambuló como un término incorrecto, sin rumbo ni concierto, pero ahora es el preferido por casi todos y la Academia ha optado por aceptarla: actualmente ya sólo se oye hablar del agudizamiento de la crisis económica o de las relaciones tensas entre varios países.

Los medios audiovisuales son un estupendo escaparate al que asomarse para pulsar las más recientes tentativas en el ámbito de nuestro idioma. El otro día escuchaba un debate sobre la atención sanitaria que recibimos los españoles en los centros de salud y en los complejos hospitalarios, y comentaban los contertulios que, a pesar de nuestra bonanza económica, damos el perfil de un país tercermundista cuando se ven las imágenes de decenas de pacientes aparcados en los pasillos de los hospitales con sus goteros a cuestas y siendo aseados y recibiendo sus curas tras una simple y rudimentaria cortinilla de tela. Uno de ellos ofreció las cifras de lo que él llamó “las camas funcionantes” que debe haber en un hospital; me imaginé que quería referirse a las camas hábiles que deben existir, porque lo de “funcionantes” me sonaba a todo menos saludable. Pero el temblor me llegó cuando, más tarde, arrastrado por su protagonismo radiofónico, el susodicho defendió la cultivación –no el cultivo- del cannabis para fines terapéuticos. La directora del programa, supongo que espantada por el arrojo lingüístico del colaborador, decidió restarle minutos de intervención. Ojalá pudiéramos hacer lo mismo con los petulantes que a través de los medios perjudican y empequeñecen nuestra lengua.

Posteado por: josejuanmorcillo | Abril 24, 2008

Los jóvenes hablan (25-4-08)

En el artículo anterior tratamos algunos aspectos sobre el lenguaje de los jóvenes, y, tras abordar algunas cuestiones, finalizamos con la idea de que la causa de su empobrecimiento lingüístico residía, según nuestros criterios, en que hoy en día se lee menos que antes. No estaría mal comenzar estas líneas enlazando con esta reflexión, cuando además estamos finalizando los actos de la celebración del Día del Libro. Ya lo hemos comentado, pero es cierto que nuestros hijos están absorbidos por la Era de la digitalización, de la globalización en las comunicaciones y por las más avanzadas tecnologías en el campo de la imagen y del sonido; es una época, en fin, en la que prima la forma y lo superficial, y no lo profundo y esencial, de tal forma que muchos jóvenes ven el acto de abrir un libro y leerlo como algo de otra época, un gesto arcaico y aburrido que no les da una satisfacción rápida, inmediata y contundente que apague su sed de emociones “fuertes”.

Esto conlleva que, según los últimos estudios, nuestros estudiantes no usan más que unas cien palabras en cualquier conversación diaria. Parece difícil creerlo, pero es así. Y podemos comprobarlo en nuestros hijos y alumnos. Su pobreza léxica es tan extraordinaria que su mundo comunicativo e intelectual se reduce a una parcela mínima de comprensión, y de ahí las dificultades que presentan en actos tan cotidianos como entender el mensaje de cualquier texto, ya sea literario o divulgativo. He conocido a estudiantes preuniversitarios, con calificaciones aceptables, incapaces de comprender desde un anuncio publicitario hasta términos como buhardilla o vehemente. La solución a esto no es sencilla; desde la Administración se ha animado a implantar el Plan de Lectura en todos los Centros educativos, y, aunque la medida es plausible, no deja de ser una gota de agua lanzada a una hoguera.

Pero no todo es tan negro como lo estamos pintando aquí y no debemos caer en el catastrofismo fácil. A los jóvenes les hemos criticado el uso de algunos términos y expresiones que calificamos de desafortunadas y poco correctas; sin embargo, algunos de ellos son tan válidos como bellos. En la Segunda Parte de El Quijote, oímos a Sancho quejarse amargamente de los terribles dolores físicos que padecía tras haber sufrido una paliza, tanto que “desde la punta del espinazo hasta la nuca del cerebro le dolía de manera que le sacaba el sentido”; y en un momento de su queja llega a confesar que se encontraba “hecho polvo”. Esta misma expresión, tan usada por nuestros jóvenes, también la empleó Santa Teresa de Jesús en su Libro de fundaciones. Por otro lado, San Juan de la Cruz, en la prisión de Toledo, sufrió las vejaciones y envidias de sus compañeros por su empeño de reformar la orden carmelita, pero en un alarde de humildad escribió: “Paso de ellos”. Curioso, sobre todo cuando decimos de la juventud que es pasota. Permítanme un último ejemplo, y también de El Quijote: la condesa de Trifaldi, en un lamento plañidero, implora al gigante Malambruno para que envíe al gran caballo Clavileño con el fin de que don Quijote y Sancho pongan término al encantamiento que ella padece –una barba espantosa-, y en un momento se lamenta de su suerte exclamando: “¡Guay de nuestra ventura!”.

En fin, no sé si este artículo les habrá parecido desafortunado o guay, pero sí espero que en algunos aspectos haya resultado esclarecedor.

Posteado por: josejuanmorcillo | Abril 17, 2008

Lengua y juventud (18-4-08)

No me dirán que no se ha hablado y no han corrido torrentes de tinta acerca de cómo hablan y escriben nuestros jóvenes. Ya el hecho de que hace unos días se celebrara en San Millán de la Cogolla –nada más y nada menos que la cuna del castellano- un congreso sobre el lenguaje de los jóvenes echa para atrás, porque hasta la fecha, que yo sepa, no se ha organizado ningún simposio sobre el lenguaje de los funcionarios, ni sobre el de las empleadas del hogar ni sobre el de los jubilados. Entonces, ¿qué tienen de especial los jóvenes para que despierte tanto interés su forma de hablar y de expresarse?; ¿será realmente tan negra la sombra que proyecta la próxima generación de españolitos?

En todo esto no acabo de comprender por qué razón no hemos cambiado de actitud en estas últimas décadas. Y me explico. En mi adolescencia, nosotros fuimos la “Generación de la Movida”, una generación perdida, sin valores, sin educación y que sólo pensábamos en las litronas, los porros y el sexo; éramos, así lo decían, los herederos del movimiento hippy. Luego llegó la “Generación Tecno”, a la que siguió la “Generación del Kronen”, así llamada por la película que dirigió Montxo Armendáriz en 1995 y que reflejaba la realidad caótica de muchos jóvenes. De estas dos generaciones también se dijeron muchas generalidades que diferían de otras tantas particularidades. Y de aquélla y de éstas afirmaban que éramos unos malhablados y unos analfabetos pasivos porque siempre usábamos las mismas palabras -tronco, colega, tío, pasta, litrona, pasma, china, carroza, alucinante, piba,…-; ahora, somos casi todos unos seudocarrozas que desempeñamos cargos importantes, básicos o relevantes de nuestro país.

¿Y qué ocurre con esta hornada de adolescentes a punto de salir al ruedo universitario o laboral? ¿Qué generación es ésta, cómo podríamos denominarla? Para mí, esta es la “Generación Digital” porque nuestros jóvenes están tan absoluta y afortunadamente rodeados de tecnología informática y digital que ya no pueden concebir las relaciones y comunicaciones sociales sin estos medios. Y es más: hasta en el ámbito de la educación se empuja y casi obliga a los docentes a emplear las técnicas informáticas y los medios digitales en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Poco me ha faltado salir de mis casillas cuando he leído y escuchado de profesionales de la comunicación y de la opinión pública que una de las principales causas de que nuestros jóvenes posean una formación lingüística tan pobre es el envío de mensajes a través del móvil. Qué disparate. Recuerdo cuando tomaba apuntes en la Facultad -¿lo recuerdan ustedes?-; había en los folios una inmensidad de abreviaturas y símbolos que sólo nosotros conocíamos, y a veces, por descuido, los pasábamos a los exámenes con la consiguiente amonestación del profesor. Aquello respondía a una cuestión de rapidez, de escribir mucho y velozmente, como taquígrafos: ¿acaso no sucede lo mismo ahora con los mensajes que se envían –que nos enviamos-?

Nuestros púberes interactúan con la realidad en la que viven y que están heredando de nosotros: los mensajes de móvil no son la causa de su empobrecimiento lingüístico; en absoluto. La causa reside en que ahora se lee menos que antes porque lo que prima es la imagen y la forma, y no lo conceptual y esencial. Pero esto es materia para otro artículo. Les espero.

Posteado por: josejuanmorcillo | Abril 10, 2008

Longuis (11-4-08)

 

            A Francis, y su espíritu lorquiano

Hace unos días se ha celebrado en toda Europa el Día Internacional del Gitano. No se trata de un evento más, de esos que trivializan nuestra vida diaria, pues estamos hablando de la minoría étnica más numerosa del Viejo Continente –su población supera los diez millones- y porque su contribución folclórica y cultural ha sido y sigue siendo relevante en países como Rumanía, Francia y, sobre todo, España.

El origen de este pueblo es tan triste y trágico como su propia historia. Sabemos que, hacia finales del siglo VIII, una de las tribus más destacadas y avanzadas del Valle del Indo (en la actual Pakistán) decidió abandonar sus tierras y emigrar hacia el este. Los rom, que así era el nombre de esta tribu –de ahí el apelativo de romaní para caló-, se bifurcaron, unos hacia Europa y otros hacia el Mediterráneo. Estos segundos son los que más nos interesan: se asentaron en Egipto y ahí permanecieron durante muchos años asimilando el folclore egipcio y árabe al suyo propio. A principios del siglo XV decidieron embarcarse hacia Europa y, después de llegar al sur de Francia, se dirigieron hacia los Pirineos. Fue en el año 1425 cuando el rey Alfonso V de Aragón les permitió el paso por su reino, y, debido a su procedencia egipcia, en el salvoconducto que firmó el monarca se les llamaba egiptanos, de donde procede el término actual, gitano. Tras varias décadas de convivencia pacífica y cordial, los Reyes Católicos firmaron, en 1499, un edicto por el que se obligaba a este pueblo a abandonar su estilo de vida nómada y sus creencias no cristianas bajo la amenaza de “que den a cada uno cien azotes […], que les corten las orejas y estén sesenta días en la cadena, y los tornen a desterrar”. Desde esta fecha se inauguró en España contra esta etnia una política de represión, marginación y, en ocasiones, de extinción que, en la actualidad, afortunadamente, se está superando. Pero, al margen de consideraciones histórico-sociales, sí me interesa subrayar que esta persecución social dio origen al concepto y al sentimiento de la “pena negra”, y será el cante jondo, el flamenco, su vehículo de afirmación artística y vital. Este sustrato folclórico, esta expresión cultural del pueblo andaluz, ha servido de inspiración para artistas e intelectuales de la talla de Lorca, Falla, Machado,…

El caló, la lengua de los gitanos, proviene del sánscrito y está emparentada con el hindi, la variante idiomática más hablada en India. Tras casi seiscientos años de convivencia lingüística en nuestro país, el español ha adoptado muchos términos de esta lengua tan singular, y algunos de ellos los empleamos casi a diario. La piltra, un bulo (de bul, `porquería´), chaval, estar chalado, hacer el paripé, chungo (`feo´) o el menda son ejemplos más que elocuentes. Pero la marginación social del pueblo gitano ha motivado que el caló fuese considerado durante siglos una jerga de maleantes y perseguidos, de ahí términos como la trena, currelar (`trabajar´), canguelo (`miedo´), el parné o el guripa (`guardia´), o palabras tabú como chingar o gili (`frío´, `tonto´).

Para terminar, y como no quiero hacerme el longuis, me uno a esta celebración del pueblo gitano, y ojalá que compartan conmigo el deseo de que nuestros churumbeles, a los que tanto camelamos, hereden un espíritu abierto y receptivo con esta lengua y con esta cultura.

Posteado por: josejuanmorcillo | Abril 3, 2008

De muerte (4-4-08)

La necesidad empuja al hombre a cometer acciones casi siempre insensatas, y, en ocasiones, disparatadas. He escuchado en los medios de comunicación que, en el pueblo valenciano de Burjassot, a un ladrón no se le ocurrió una idea más afortunada que la de atracar el tanatorio municipal. Cuando forzó una ventana para entrar, sonó la alarma, y, al saberse descubierto y con la Policía a punto de llegar, decidió tumbarse, vestido y con sus zapatillas, en una camilla metálica que quedaba libre para los cadáveres. Los agentes, a los que apenas les costó descubrir al caco, declararon que, al ponerle las esposas, el “muerto” resucitó. No queda clara la intención del detenido, pero cuesta creer que fuera la de robar la cartera o alguna muela de oro a los cuerpos allí yacentes; yo me inclinaría por una hipótesis menos escabrosa y más espiritual: quizás, el joven cometió aquel allanamiento por el deseo de ver por última vez el rostro de alguien muy amado por él y, por qué no, de besar su frente y sus labios entumecidos por el frío, la piedra y la soledad.

De ser así, este hecho no sería nuevo. Cadalso vivió un amor profundo, apasionado y correspondido con una de las mejores y más bellas actrices del Madrid de mediados del siglo XVIII, María Ignacia Ibáñez, pero un tifus se la arrebató de sus brazos cuando la joven aún no había cumplido los veintiséis años. Aunque no pasa de ser una leyenda, se cree que el escritor, empujado por la desesperación, intentó desenterrarla para besarla por última vez; sea como fuere, de aquel ardor irreprimible nos ha quedado sus Noches lúgubres, cuyo protagonista, Tediato, pasa por ser un trasunto del propio Cadalso.

Es chocante y aun paradójico cómo los conceptos de amor y de muerte están tan unidos, y, si no, hagamos un pequeño viaje a la época de la antigua Roma. Ya conté en una ocasión que un joven romano, al enterrar a su enamorada, mandó inscribir sobre la lápida tres palabras, una debajo de la otra, que formaron la siguiente leyenda: Caro data vermibus (`Carne dada a los gusanos´). Resulta estremecedora la contundencia de una verdad tan obvia e inevitable como la de que tus restos serán devorados por los gusanos, pero se antoja más hiriente si cabe cuando la diriges a un ser querido que acaba de fallecer. Pero, en fin, cuenta la leyenda que, con el paso de los años, la erosión fue borrando las últimas letras de cada palabra, y solo quedaron visibles las primeras sílabas, CA DA VER, de ahí el origen de este término. Los griegos, por su parte, tampoco se mantuvieron al margen de esta cuestión necrófaga; sabemos que solían incinerar a sus muertos, pero, en ocasiones, construían féretros con una piedra caliza tan porosa que aceleraba la descomposición y la desaparición del cadáver; y como los helenos, en su lengua, a un animal carnívoro lo denominaban sarcófago -de sarkós (`carne´) y phagos (`comer´)-, quizás sea esta la razón de por qué decidieron llamar así a estos ataúdes calcáreos.

Sea por una razón o por otra, los humanos llegamos a un punto tal de vanidad y narcisismo que nos pasamos parte de nuestra vida preocupándonos del aspecto que tendrá nuestro ataúd, verificando el lugar donde yacerán nuestros restos y angustiándonos por el deterioro que sufrirá lo que quede de nuestro cuerpo. Los hay tan crispados que hasta les da por asaltar tanatorios y mezclarse con los cadáveres.

Posteado por: josejuanmorcillo | Marzo 27, 2008

Mortandad lingüística (28-3-08)

El mayor esfuerzo intelectivo que realiza el ser humano a lo largo de su existencia no es conseguir un máster altamente especializado o aprobar unas oposiciones, ni comprender el sentido de los anuncios televisivos sobre higiene íntima femenina, ni siquiera llegar a una conclusión convincente de por qué tantos millones de españoles se ponen a bailar absurda y borregamente al ritmo de una canción eurovisiva que con sólo oírla se te caen los palos del sombrajo. Nuestro mayor esfuerzo intelectivo lo llevamos a cabo en un período de tiempo que abarca desde que tenemos apenas unos meses de vida hasta aproximadamente los tres años, y no es otro que la adquisición de la lengua materna. Piensen que, en algo más de dos años, un niño aprende a hablar y a entender una lengua – y luego los hay que se pasan media vida para articular unas cuantas frases en inglés-, y el esfuerzo es tal que los especialistas llegan incluso a hablar de estrés a una edad tan temprana.

Pues bien, hay muchas lenguas que nunca más volverán a ser articuladas ni balbuceadas por un ser humano. Hace unos días nos despertamos con la triste noticia de que acababa de desaparecer otra lengua, el eyak -hablada en Alaska-, al morir su último hablante, una anciana de casi noventa años. Los datos son escalofriantes (parecen las cifras que todos los lunes nos ofrece la DGT), pero, según algunos especialistas, cada dos semanas muere una lengua; cerca de tres mil –la mitad de las que existen hoy en día en nuestro planeta- están ahora en peligro de extinción, y se prevé que a lo largo de este siglo desaparezca el 95% de las lenguas vivas. Hay dos razones muy poderosas que explican este diezmo, esta extinción lingüística y cultural: por un lado, que más de la mitad de las lenguas que se hablan en el mundo no gozan de presencia en los medios de comunicación, ni en los sistemas educativos ni en la Administración; por otro, la globalización económica y cultural impone que la mitad de la población mundial emplee alguna de las ocho lenguas más habladas: chino, inglés, español, hindi, árabe, ruso, francés o portugués.

Les podría hablar del caso de Iberoamérica, donde casi la mitad de sus quinientas lenguas amerindias solo existen en comunidades muy reducidas; o de India, donde se hablan mil seiscientas cincuenta lenguas, de las que seiscientas están reconocidas por la Carta Magna de este país asiático, pero muchas de las cuales están al borde de la extinción. Sin embargo, no es necesario irse tan lejos. ¿Sabían que en Europa están seriamente amenazados el gaélico –tanto el irlandés como el escocés-, el bielorruso, el kurdo, el tártaro, el provenzal o el bretón, entre otros, y que pueden correr la misma suerte que en su día sufrieron el gótico, el dálmata o el nórdico?

En estos momentos, y con cierta melancolía, recuerdo a un conferenciante afirmar que, hace miles de años, cuando la población de la Tierra era casi idéntica a la que hoy en día se contabiliza en Méjico D. F., cuando no existía la globalización ni el desarrollo mundial de las comunicaciones, se llegaron a hablar en nuestro planeta algo más de veinte mil lenguas. ¿Sería acaso aquélla la Edad dorada que ensalzó Don Quijote ante unos cabreros, sentados todos sobre pellizas de oveja al calor de una hoguera y compartiendo queso, bellotas y vino? Pero ahora, de aquella torre de arcilla sólo nos queda un puñado de arena que lentamente se va escurriendo entre los dedos.

Posteado por: josejuanmorcillo | Marzo 20, 2008

Días de chándal (21-3-08)

Durante los días de fiesta y descanso, nuestra ciudad suele poblarse en las primeras horas de la mañana de ciudadanos en chándal. No son muchos, pero suelen coincidir y agruparse ritualmente cuando la mayoría de nosotros aún estamos en la tercera esfera del sueño. Un domingo en el que tuve que madrugar, descubrí, casi como un hallazgo, esta realidad: dos señores de tertulia en una esquina, gente desayunando sus churros con chocolate, otros comiendo pipas en el parque; los había que salían a recorrer nuestro perímetro urbano con un cigarro en la boca. Y todos con su chándal. Me sentía como un espeleólogo en un día de suerte, sobre todo cuando me acerqué a un quiosco a comprar el periódico y vi a una señora muy áurea -recubierta de collares y anillos de oro-, en chándal y tacones y con su marido a la zaga embutido en una prenda deportiva que, por el desgaste, había perdido su identidad y decoro.

No hay duda de que el chándal es muy recurrido para cualquier situación, pero algo muy especial debe tener esta prenda cuando ha solucionado conflictos aparentemente insalvables, como el de un centro educativo de nuestro país que no encontraba los medios para integrar en las aulas a una alumna marroquí que se aislaba de sus compañeros, que no participaba en las actividades y que, incluso, se negaba a hablar y a comer; a la orientadora del Centro se le ocurrió proponerle que se vistiera a la moda de los adolescentes de hoy, con un chándal estilo rapero, y, desde ese momento, la actitud de la joven cambió drásticamente para bien. No hay mal que por bien no venga.

El origen de esta palabra es de finales del siglo XIX y proviene del francés chandail ([mar]chand d´ail `vendedor de ajo´), porque los verduleros y fruteros del barrio parisiense de Les Halles solían llevar puesto un jersey de punto grueso que les protegía del frío. Esta prenda era tan práctica que pronto se popularizó; Flaubert escribía sus obras y recibía a otros escritores con su chandail puesto como un gesto para admitirlos en su intimidad, aunque esto le acarrease las críticas de algunos compañeros, como Henry James, que veía en ello una descortesía provinciana. Años más tarde, el uso de esta prenda se generalizó tanto que, cuando estalló la I Guerra Mundial, se decidió que los soldados franceses debían llevarla puesta, y que las mujeres, en la retaguardia, se dedicaran a la patriótica labor de confeccionar miles de ellas a golpe de aguja y lana. Ya en época de entreguerras y de tensa paz, el chándal entró definitivamente en el mundo del deporte y del atletismo, y sobre todo en las Olimpiadas de Amberes de 1920, aquellas en las que una desconocida España ganó varias medallas de oro a base de coraje y pundonor.

Mucho ha cambiado este atuendo desde entonces hasta hoy. Los chándales son de dos piezas y de material sintético, y ahora llamamos “sudadera” a la prenda descendiente de aquella que los fruteros franceses del XIX llevaban puesta para combatir el frío. Numerosos cantantes pusieron el chándal de moda, como las Spice girls –quién te ha visto y quién te ve-, y hasta la política no ha permanecido al margen de esta corriente: aún recuerdo a Aznar pateando la verja de La Moncloa, o a Solana entrando en chándal en su Ministerio tras una sesión de futin, o a Sarkozy corriendo por los Campos Elíseos antes de la campaña electoral meditando, posiblemente, sobre su carrera política y sentimental. En fin, que para no perder comba habrá que actualizar el armario, ¿no creen?

Posteado por: josejuanmorcillo | Marzo 13, 2008

El español de internet (14-3-08)

            A Jorge, por tu apoyo y seguimiento
No les estoy descubriendo nada si les digo que, gracias a la Red, en los más de mil años de historia de nuestra lengua nunca se ha escrito tanto en español como en la actualidad. Es cierto que el nivel lingüístico al que tenemos acceso es medio o coloquial, pero también lo es que escribir en un soporte electrónico no suscita la misma responsabilidad que cuando se hace en uno tradicional, sobre todo porque, en internet, levanta más interés el contenido que la forma como se diga y exponga. Lo positivo de esta realidad es que se consigue la uniformidad al llegar nuestro idioma a cualquier rincón del planeta con más facilidad y rapidez; lo negativo, que la lengua española está siendo atacada constantemente por incorrecciones y anglicismos.

La introducción de anglicismos en nuestra lengua por obra y gracia de internet se corrobora en la incorporación de muchos de ellos en el DRAE, o bien como extranjerismos puros (web, chip, hardware, software, chat, link, e-mail, hacker, blog, spam, online) o como calcos, esto es, términos traducidos (control, ratón, menú, alfombrilla, protocolo, archivo, portal, servidor, navegador, internauta, dominio, sitio, virtual, enlace, bajar, interfaz, red, tarifa plana, portátil, instalar, desinstalar). El término e-mail es singular, no sólo porque presenta varios significados –correo electrónico, dirección electrónica-, sino también porque aparece en nuestra lengua con formas como emilio, aunque no está teniendo un uso excesivamente exitoso. También significativa es la tendencia a la lexicalización de numerosas siglas: cederrón, pecé, deuvedé.

Se sorprenderían si les cuento que la metáfora es un recurso muy habitual del español de internet. Algunos lingüistas, como es el caso de José Antonio Millán, han llegado a agruparlas en varios tipos. Así, encontramos metáforas marinas (navegar, navegador, internauta); las hay también que conciben la Red como un espacio físico (se visitan sitios, hay portales, direcciones de correo electrónico, a una página accedemos varias veces al día), y la información se concibe como un objeto, ya que puede ocupar mucho espacio y llenar el cederrón, porque podemos bajarla o descargarla, o porque la colgamos en determinado sitio para que sea consultada; hay incluso metáforas relacionadas con la Medicina y con organismos vivos, pues ahí está el ratón; o el gusano que nos está comiendo el sistema operativo; o el virus que nos infecta el disco duro, que se puede contagiar y para el que hace falta un adecuado antivirus, teniendo en cuenta que puede existir alguna mutación inesperada.

Un aspecto que me parece extraordinario es la capacidad de nuestra lengua de crear palabras y locuciones nuevas. Vemos que se han formado neologismos por sufijación (chatear, cliquear) y a través de prefijos como ciber- (cibercafé, ciberespacio,…) o inter- (interactivo, interoperar, intergamberro,…); y una gran variedad de locuciones como autopistas de la información, disco duro, correo basura, servidor web,…

Podríamos citar más casos, pero la lista se nos quedaría excesivamente extensa; de todas formas nos quedamos con la idea de que el español lleva unos años amoldándose como un guante a esta realidad social y técnica que es el mundo informático, y, con ello, nuestro idioma vuelve a demostrarnos que es uno de los más feraces y versátiles del planeta.

Posteado por: josejuanmorcillo | Marzo 7, 2008

Candidatos (7-3-08)

Aún recuerdo, como fogonazos lejanos, aquellas primeras elecciones de los años setenta. Entonces, el ambiente electoral era alegre, festivo; había mucho por hacer, muchas ilusiones por cumplir, y en los candidatos electorales se adivinaba una inocencia democrática y política normal tras varias décadas de dictadura militar. Recuerdo las calles irisadas de carteles y pancartas, y recuerdo también que apenas se oían reproches, insultos y descalificaciones; era la época del respeto ideológico y del candor político.

La palabra candor proviene del latín candidus (`blanco´), y la he citado a propósito porque está emparentada con candidato. Este término se empleaba en la antigua Roma para designar a los aspirantes al Senado durante el período electoral, porque, según la costumbre, debían ir vestidos con una toga blanca al pasear por el foro. El blanco era, pues, el color electoral entre los romanos de hace unos dos mil años. ¿Y hoy? ¿Cuál sería el color que podría identificar a un candidato? O mejor dicho: ¿con qué color, de entre todos los que representan una sigla política, nos sentiríamos más identificados?

Como yo tampoco lo tengo muy claro, me he dedicado estos últimos días a analizar el significado y la simbología de los colores por ver si así salgo de la profunda y densa niebla que me envuelve. Muchos autores aciertan en señalar que cada uno de los siete colores primarios coincide con las siete facultades del alma -tanto con las siete virtudes como con los siete vicios-, y que también existe una analogía entre ellos y los días de la semana, los planetas y aun las formas geométricas. Por no resultar muy extenso, incidiré en lo más importante de tres de ellos: el rojo, el azul y el verde. El azul, relacionado con el cielo y el mar, era el atributo de Júpiter y Juno como dioses del cielo, por lo que desde siempre, y por su marcado carácter de eternidad, ha encarnado los sentimientos religiosos y de devoción. El verde es el color ambivalente por excelencia, porque, por un lado, es el de la naturaleza y de Venus, el de la fertilidad de los campos y de la simpatía, pero, por otro, es el color de la lividez extrema y la muerte (los egipcios pintaban a Osiris –dios de la vegetación y de los muertos- de verde; ¿o no recuerdan el “Verde que te quiero verde” lorquiano?). Por último, el rojo, relacionado con Marte, es la encarnación del sentimiento, de la pasión y, sobre todo, del principio creador por ser el color de la sangre, razón por la cual los generales romanos que volvían victoriosos y eran recibidos con honor hacían su entrada triunfal con el rostro pintado de rojo.

No sé si algunos de ustedes lo tendrán más claro, pero yo creo que me quedo con el blanco. Y como parece ser que no hay ningún partido que lo represente, me vuelvo al pasado, a esa antigua Roma por cuyo foro paseaban los aspirantes al Senado luciendo una toga blanca para mostrar abierta y públicamente que no sólo era blanco y limpio su pasado, sino también sus propósitos. Hoy hay muchos candidatos, pero poco candor, poca limpieza y oscuros y negros propósitos; hoy, más de un representante político no podría salir en los mítines ni debates ataviado con una toga blanca que defendiera su honestidad porque sería tomado por un cuentista y un cínico. Así que hoy, con el cierre de la campaña electoral, y mañana también, por qué no, posiblemente me acerque al jardín donde un día me embriagué del suave tacto de la azucena.

Posteado por: josejuanmorcillo | Febrero 28, 2008

Cursi (29-2-08)

Un amigo de esos cuya amistad conservas milagrosamente desde el instituto me ha invitado a Madrid esta semana. Él es empresario y lleva mimando su negocio desde hace algo más de una década cumpliendo una lista de principios que son su particular vademécum: mantener un buen ambiente entre sus empleados, transparencia en las operaciones, honradez en el trato personal y profesional, y cumplir con Hacienda. Ahora ha añadido a estos mandamientos otro con el que no contaba hace unos años pero que se le antoja imprescindible: la seguridad. Por esta razón me pidió que lo acompañase al SICUR, el Salón Internacional de la Seguridad, con el fin de ponerse al día en los últimos avances de este sector. Durante el trayecto me contó que ya había instalado en su empresa un detector de intrusión dual, una cámara de vigilancia móvil 360º inteligente y hasta un sistema de evacuación por voz. Entre aquellos armatostes que no entendía y los otros que no tardaría en descubrir, creí que la visita iba a ser un tostón, y acerté. No obstante, he de reconocer que me salvaron de la apatía una exposición de vehículos antiguos que fueron empleados en su día por los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad, y dos simulacros representados con una técnica muy hollywoodiense: un atentado mediante el envío de un sobre con Ántrax y un ataque en el interior de una oficina en la que unos terroristas liberaban gas Sarín. Sin embargo, a medida que caían uno tras otro los actores víctimas del gas, comprobé que la cara de mi amigo adoptaba un rictus de angustia y espanto, así que lo convencí para salir a tomar un piscolabis.

Mientras se recuperaba del susto recibido, me entretuve observando a un matrimonio de cursis que se había sentado a una mesa cercana a la nuestra. Eran estirados y anodinos como un cirio pascual, y sus bocas, saqueadas por el silencio, se acartonaban cuando movían los escasos músculos necesarios para inmovilizar la pajita y sorber el refresco. A sus pies, un tembloroso y aturdido perrito se lamía la herida por donde le habían introducido un chip con localizador en la sección del SICUR dedicada a la seguridad contra intrusión, robo y agresión. Aquel cuadro insólito y esperpéntico me hizo recordar una historia que, según algunos estudiosos, vendría a explicar el origen hasta ahora incierto de la palabra cursi. A principios del siglo XIX, una familia de comerciantes franceses se instaló en Cádiz. Los Sicur, que ese era su nombre, no gozaban de muy buen crédito porque se paseaban por los barrios gaditanos con aires presuntuosos y muchos remilgos, y, entre lo indiscreto de sus ínfulas y lo ridículo de su vestimenta, no tardaron en ser blanco de burlas y chirigotas. Eso sí, para que no se percataran de la guasa que se había creado alrededor de ellos se decidió cambiar el orden de las sílabas de su apellido, y, así, fueron llamados los Cursi. No sin razón se suele decir que el cursi es la última persona en darse cuenta de que lo es, en darse cuenta de que realmente ni es fina ni elegante.

Al cabo de un rato nos levantamos para continuar con la visita, y entonces reparé en que tres jóvenes imitaban los gestos y posturas de la pareja, seguramente como hicieron los gaditanos de principios del XIX con los Sicur. Coincidirán conmigo en que, a veces, la vida te ofrece algunas escenas y casualidades que debes fotografiar en tu mente aunque sea en lugares tan insospechados como un Salón Internacional de la Seguridad.

Posteado por: josejuanmorcillo | Febrero 21, 2008

Inercia (22-2-08)

A veces, los jóvenes me sorprenden gratamente. No hace mucho entablé una conversación con algunos de ellos sobre un asunto hacia el que demuestran una especial motivación y sensibilidad: el respeto a los animales. Defendían la postura de que un país no puede llegar a ser moderno ni avanzado si permite el maltrato a los animales en cualquier acontecimiento festivo y social; llegaron, incluso, a subrayar que una sociedad que legaliza este tipo de violencia se define, irremediablemente, como violenta y cruel. Y me gustó oírles hablar no ya por el contenido del debate, sino porque observaba a un grupo de adolescentes que no se dejaban arrastrar por la tentadora inercia de tradiciones y prejuicios, y con una autonomía de pensamiento que ya quisieran muchos mayores. Con tales argumentos fue inevitable que saliera a la palestra el hecho de que se le llame “arte” a la fiesta de los toros. Una estudiante, que conoce mi ascendencia taurina, me preguntó por qué se le llamaba “arte de Cúchares”, y le expliqué que fue el primer torero que modernizó el toreo a pie, y de esta manera ha quedado inmortalizado su legado; a pesar de ello, su impronta se ha emborronado por la fama de vanidoso y petulante que el diestro cosechó en vida.

Por no cambiar de tercio, unas banderillas negras habría que ponerle al periodista que esta semana transmitió la noticia de un subalterno que fue seriamente volteado por un toro. A lo mejor se dejó llevar por la inercia actual de los medios de convertir en carnaza cualquier noticia y con ella alimentar la ya muy dañada sensibilidad del espectador, pero lo cierto es que apuntó que, tras el volteo, el banderillero “permaneció inerte” sobre la arena durante unos segundos. Flaco favor le hizo al torero de plata, porque, en lugar de emplear otro adjetivo más acorde con el contexto (“permaneció inmóvil”), no cayó en la cuenta de que el término inerte se emplea para referirse a lo que ya no tiene vida o nunca la ha tenido. En Medicina se dice de un miembro que es inerte cuando se ha paralizado y ha perdido su movilidad. Es más, la materia inerte es la que no tiene vida; Lorca escribió: “La piedra inerte / ni conoce la sombra ni la evita”: la piedra no sabe qué es la muerte, por lo que ni siquiera se empeña en esquivarla. Inerte está emparentado con inercia, y ambos provienen del vocablo arte. Desde hace unos siglos, y por influencia del francés, relacionamos arte con toda manifestación humana que interpreta una realidad o ficción empleando para ello recursos plásticos, visuales, lingüísticos o sonoros. Pero no siempre fue así, ya que, desde los orígenes de nuestro idioma, este término se utilizaba con el significado de `fraude´ o `engaño´, y de ahí se explican palabras como artificial, artificio, artificioso, artilugio o artimaña. En el Libro de Buen Amor, el Arcipreste escribió este verso: “ca veo que os ama y os quiere sin arte”, es decir, sin engaños, honestamente; y Garcilaso, en su primer soneto, expresó su sentimiento amoroso -probablemente autobiográfico- empleando esta misma expresión: “[...] me entregué sin arte / a quien sabrá perderme y acabarme / si quisiere [...]”.

Es muy seguro que aquellos alumnos que conversaron conmigo sobre el asunto del maltrato a animales, si han leído estas palabras, puedan admitir que el toreo es un “arte”, pero desde una perspectiva más bien clásica. A ellos van dedicadas estas líneas.

Posteado por: josejuanmorcillo | Febrero 14, 2008

De pacotilla (15-2-08)

Mi amigo y compañero Eloy, cuya pluma enriquece la república de las letras, compartió conmigo el otro día una animada y sosegada conversación que quisimos acompañar con un café y una tónica. No les contaré los puntos de los que tratamos porque eso pertenece al ámbito de lo personal e intransferible, pero sí les diré que me aconsejó que no bebiera demasiada tónica ya que uno de sus componentes, la quinina, precisamente el que le da su sabor amargo tan característico, es un tóxico empleado hace décadas para combatir la malaria, pero que en altas dosis puede causar la sordera o, incluso, la muerte. Aquello me alarmó porque me considero un devoto alquimista de este refresco, y, aunque no creo que llegue a ingerir una cantidad tan alta que pueda ser letal, hay veces que sí desearía pasarme un poquito de la raya para alcanzar un breve estado catatónico de sordera, lo suficiente para no oír algunos disparates e improperios que nos amargan la existencia. Porque para ligeras amarguras, que –sea dicho de paso- hay que saber digerirlas, ya me tomo yo semanalmente mi ansiada tónica.

No obstante, algún exceso he debido cometer porque llevo ya algunos meses algo tardo en la escucha, y hasta he adoptado el gesto senil de llevarme la mano ahuecada a la oreja para oír mejor. Mi mujer, paciente hasta el martirio, está ya harta de rectificarme el gesto y de repetirme cada mensaje, y hace poco me espetó que estaba “sordo de pacotilla”. La expresión de pacotilla me recordó a un señor que sostenía que tal término debía venir seguramente de un tal Paco, y que ese fulano sería muy afamado en su comarca por su sandez, por lo que el pueblo determinó inmortalizar tal simpleza llamándole “Pacotilla”. Nada más lejos de la realidad. El vocablo proviene de la palabra paca, que obviamente no es ninguna Francisca, sino un fardo de materiales principalmente vegetales, como algodón, lino o paja; llegados a este punto, permítanme una digresión para recordar que en los campos, en verano, lo que vemos son pacas de paja, y no alpacas, que es término incorrecto. Como una paca es algo de poco valor, los marineros llaman pacotilla al equipaje que pueden embarcar al margen de la propia carga del buque. Por esa razón, se dice que algo es “de pacotilla” cuando su calidad no es muy buena o ha sido hecho con descuido: un examen de pacotilla está seguramente suspenso, y un libro de pacotilla estará infectado de incongruencias y necedades; un sordo de pacotilla soy yo, que no sólo estoy perdiendo audición, sino que a veces me cierro a entender ciertos mensajes y consejos.

Con la cercanía de los próximos comicios, los ciudadanos ya hemos empezado a escuchar declaraciones llovidas desde cualquier sigla, muchas de las cuales subrayan el hecho de que todavía existen políticos impulsados por la ambición, por la vanidad ridícula, por la doblez y el orgullo, y que no tienen reparo en mostrar y airear sus miserias. Confieso que la política me ha desencantado, y posiblemente esté en lo cierto aquél que se atrevió a llamar a tales representantes como “políticos de pacotilla”. Ante esta realidad manifiesta y palpable, cada uno que actúe como le plazca; ahora bien, lo mejor quizás sea hacerse el sordo y disfrutar de una sencilla tónica junto a una buena compañía.

Posteado por: josejuanmorcillo | Febrero 7, 2008

Tránsito (8-2-08)

No es doña Rosa, con la edad que ya tiene, muy dada a las fiestas y banquetes, y más si se prolongan más de cuatro horas. Me estaba contando que no le quedó más remedio que aceptar la invitación a la boda del hijo de un nieto sobrino lejano suyo, del pueblo, y al que hacía más de diez años que no veía. Acabo de visitarla porque padece de una gastroenteritis algo extraña, de esas que te dejan las tripas columpiando unos tres días. “Si esto no ha sido más que el exceso de un día”, me confesaba, “y entre lo que comí y lo apretada que tenía la faja… y tanto tiempo sentada, pues lo normal, que una hace una digestión pesada. El médico dice que es algo del tránsito intestinal”.

Estuve acompañándola casi toda la tarde y cumpliendo los recados que me encomendó. Antes de volver a casa, me acerqué al supermercado del barrio para comprarme unos litros de leche, y, como un fogonazo, entre el recuerdo del problema gástrico de doña Rosa y la carga láctea, mientras entraba en el ascensor, me acordé de lo que mi abuela me contó un día invernal, frío y gris, hace ya unos veinte años. En su pueblo, una señora de buen ver y de mejor presencia comenzó a perder peso de una manera alarmante, y, como el médico rural no supo dar con la causa, la llevaron a un curandero famoso en la Manchuela. Al mismo verla, supo el mal que padecía, así que no dudó en darle de beber un poco de leche y en pedirle que, durante el tiempo que fuera necesario, colocara el vaso con la leche restante junto a su boca bien abierta. Me dijo mi abuela que, ante el asombro y la incredulidad de los presentes, una tenia de más de metro y medio fue saliendo por su boca para introducirse en el vaso. Lo que causa espanto es que este hecho era muy frecuente en la España de hace unas décadas y de varios siglos atrás; es más: los médicos de entonces creían que la mejor forma de matar el anélido era ingiriendo por la mañana, y en ayunas, alguna bebida alcohólica. Había quienes, incluso, daban a sus hijos para desayunar un buen vaso de vino cuando mostraban signos de adelgazamiento. De aquella práctica se extendió el dicho de matar el gusanillo para referirse al desayuno, y, años más tarde, por extensión, al piscolabis ingerido para calmar el apetito.

Cerré mi casa con cierta sensación de congoja y de escalofrío interno, pero he de confesar que el verdadero espeluzno lo sentí al recordar ese término, tránsito. Y, aunque es cierto que la palabra está admitida con el significado de `tráfico´ (“Se prevé tránsito lento en la autovía a Madrid”), no logro deshacerme del uso más habitual que hasta hace bien poco hacíamos del vocablo en cuestión, y no era otro que el de aludir al paso obligado de esta vida terrenal y efímera a la otra, que vaya usted a saber cómo será. De hecho, la fiesta del Tránsito se sigue celebrando el 15 de agosto precisamente para conmemorar la ascensión de la Virgen a los cielos; y es más: si hago trabajar a mi memoria en serio, alcanzaría a recordar el rostro de María del Tránsito, una compañera de Facultad que bebía los vientos y mareas por mi compañía. No se pueden hacer una idea de la vitalidad y de la luz que irradiaban sus palabras, cuidadosamente perfumadas por la elegancia y la discreción; y, claro, la alegría de su presencia chocaba con lo luctuoso de su nombre. Más de una vez se lo confesé: “Para mí siempre serás María”. Y ella me lo agradecía con un beso que me transportaba a un espacio sólo accesible para la imaginación.

Posteado por: josejuanmorcillo | Enero 31, 2008

El español en la Red (1-2-08)

Parece mentira, pero pensemos que, en la España de hace apenas doce o quince años, la conexión a internet –o un móvil- eran una realidad sólo accesible para los más potentados. Entonces, en Salamanca, presenté una comunicación en un congreso sobre Comunicación Audiovisual en el que incidía sobre el poder unificador que los medios de comunicación ejercían -y ejercen- en nuestro idioma por la sencilla razón de que cualquier ciudadano puede acceder a un español más o menos correcto, más o menos coloquial, en cualquier rincón del país con el sencillo gesto de encender un transistor o un televisor.

A lo largo de esta semana hemos ido desayunando con la feliz noticia de que la Comunidad de Castilla-La Mancha es de las pocas que ofrece la posibilidad de acceder a internet por banda ancha en cualquier rincón de la región. Al margen del éxito social que acarrea este acontecimiento, estamos ante un logro que ratifica un dato indiscutible: que la presencia del español en internet ha aumentado tanto en el último decenio, que, en estos momentos, se sitúa detrás del inglés, japonés, chino y alemán. No obstante, este magnífico e imparable desarrollo tecnológico choca con la realidad bien distinta de la escasez casi alarmante de páginas web en español; y es más: la demanda cada vez mayor de contenidos en nuestra lengua ha animado a académicos y lingüistas a aconsejar la creación de páginas y programas de calidad para hispanohablantes.

De todas las causas analizadas, la que más sobresale es la económica ya que muchos países hispanoamericanos no disponen de fondos para lanzar en la Red una plataforma en lengua española que pueda competir y frenar el monopolio del inglés. Sin embargo, no estaría mal que todos los países hispanohablantes pudieran ponerse de acuerdo para crear un software de libre acceso en español, para crear obras de referencia en castellano, para incorporar textos clásicos y contemporáneos, obras de consulta, diccionarios de todo tipo y buscadores. Aunque aún queda mucho por hacer, en esta línea está trabajando la AHCIET (Asociación Hispanoamericana de Centros de Investigación y Empresas de Telecomunicaciones), y está en proyecto la SII (Sociedad Iberoamericana de la Información).

Con todo, en estos momentos disponemos de páginas que nos facilitan la comprensión de los términos usados frecuentemente en internet, como la de la Asociación de Técnicos de Informática (www.ati.es) o glosarios como el que se encuentra en www.jamillan.com/vocabulario. La lengua española está representada por la página de la Real Academia Española (www.rae.es) y por la del Instituto Cervantes (www.cervantes.es), así como la de los medios de comunicación escritos y audiovisuales de todo el mundo hispanohablante (www.prensaescrita.com). La RAE, además de disponer de un Departamento de Lingüística Computacional, sostiene dos bancos de datos que son el corpus de referencia para el estudio del español: el CREA (Corpus de Referencia del Español Actual) y el CORDE (Corpus Diacrónico del Español). Por su parte, el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es/portada.htm) ha sido creado por el Instituto Cervantes de España para contribuir a la difusión de la lengua española y de las culturas hispánicas.

Sea como fuere, es de ley valorar los esfuerzos que se están empleando para que España no se descuelgue de la cabeza de esta vertiginosa carrera tecnológica y digital.

Posteado por: josejuanmorcillo | Enero 26, 2008

Espíritu de rutina (27-1-08)

Solemos prejuzgar a la gente sin antes conocerla; nos crea una falsa y adictiva sensación de grandeza el elevar a los altares o hundir en los infiernos a fulano o mengano sólo por el placer de hacerlo. Los hay que prejuzgan arrastrados por una vorágine de opiniones cercanas o familiares, muy golosas e irresistibles para la lengua; pero los hay también que lo practican para llenarse el espacio que una aguda, dolorosa e incurable insatisfacción ha abierto dentro de ellos: prejuzgan para infligir el daño que otros han ocasionado en ellos, y esta sed de venganza resulta tremendamente tentadora también para la lengua y para la mente. Pero esa sed no es más que una droga que consume y aniquila con nefasta lentitud.

R. L. Stevenson plasmó muy claramente la verdadera y terrible dualidad del hombre: todos llevamos un Dr. Jekyll –ciudadano educado, bondadoso, al servicio de la sociedad-, y un Mr. Hyde, un ser cruel e insensato, sin principios ni moral, que vive por y para el mal. Muchos, afortunadamente, saben mantener amordazado al monstruo, pero otros tantos se han hecho adictos al brebaje que lo desencadena; en unos pocos, lamentablemente, es Hyde el que ha encarcelado a perpetuidad a Jekyll.

Seríamos injustos si afirmáramos que la maledicencia es un producto típicamente hispano puesto que se ejercita a lo largo y ancho del planeta y desde que el ser humano se hizo llamar así. ¡Qué terrible y fatigosa rutina! Qué ruina moral, qué fracaso social al no haber sido capaces de instruir y cultivar correctamente a los más jóvenes. En algunas ocasiones oigo comentar a Jekyll que hay rutinas que llegan a ser tan insoportables que lo más apropiado es dejarse arrastrar por la corriente, como flotando a la deriva en las aguas a veces tranquilas, a veces agitadas de un río; pero con los oídos dentro del agua, para sentir sólo la líquida realidad de la existencia. Curiosa paradoja esta, combatir la insufrible rutina con otra más grata; es como dar un suave paseo para quitarse el cansancio. Al fin y al cabo, la palabra rutina proviene de ruta; la rutina, en sí, es un camino que andamos y desandamos continuamente, sin avanzar, sin adelantar, sin progresar.

El Duque de Rivas lanzó, en uno de sus discursos, una frase sonrojante para los mandatarios españoles de la segunda década del siglo XIX: “El espíritu de rutina y la repugnancia general a toda útil innovación, hijas legítimas de la ignorancia y de la pereza, se oponen directamente a los adelantos de la cultura”. Pero la realidad ignorante y perezosa termina por imponerse, con sonrojante rutina, a la cultura y al progreso. Es otra demostración del poder de Hyde sobre Jekyll.

Posteado por: josejuanmorcillo | Enero 13, 2008

Mastodonte (13-1-08)

Es cierto que vivimos en la época de la tecnología informática y de la conquista del espacio, como también lo es que estamos entrando de lleno en la era del reciclaje y de la ecoconcienciación. Sin descartar ninguna de estas propuestas -no seamos excluyentes como otros-, quisiera añadir que llevamos unas pocas décadas en las que la auténtica moda viene marcada por las cifras y las estadísticas. ¿O es que acaso no se han dado cuenta de que prácticamente todo, aun lo más insignificante y ridículo, hay que valorarlo, medirlo y estudiarlo con estadísticas? Y ustedes me entenderán si les digo que a ver para qué demonios quiero yo saber en qué época del año se consumen más macarrones, o la cantidad de pañuelos que a lo largo de su vida gasta un funcionario, o el cabello que se pierde después de escuchar a ciertos políticos y prelados.

El otro día desperté con la noticia de que las visitas al dentista aumentan considerablemente durante este mes tras los excesos navideños. El turrón duro, el caparazón de los crustáceos y barbaridades ibéricas como sacar corchos con los dientes hacen mella en nuestras muelas. Quien no tuvo estos percances fue un mastodonte cuyo fósil fue encontrado hace unas semanas en Crevillente. Sabemos que los mastodontes eran más pequeños que los mamuts, con patas cortas y gruesas, y de peso parecido a los actuales elefantes, pero lo sorprendente de este ejemplar, que vivió durante el Mioceno Superior, hace unos cinco millones de años, es, por un lado, que los restos indican que se puede tratar de una especie nueva, y, por otro, el excelente estado de conservación de sus molares. He visto por una foto publicada en internet el tamaño y forma de una de sus piezas; es realmente enorme, y su forma resulta llamativa porque cada una de sus cúspides parece una mama, razón por la cual a estos animales se les ha llamado así, mastodontes, palabra formada por las griegas mastos (`mama´) y odontos (`diente´).

El magnífico estado de conservación de ese molar quizás se deba a la edad del animal, a su alimentación o simplemente a razones genéticas. Pero me hizo pensar que muchos animales, a diferencia de nosotros, son más conscientes de la importancia que tiene para la salud el cuidar de la dentadura. Cervantes sí lo sabía, y así lo expresó por boca de Don Quijote, quien, tras una paliza que le costó la pérdida de alguna pieza, le aconsejó a su fiel escudero: “Porque te hago saber, Sancho, que la boca sin muelas es como molino sin piedra, y en mucho más se ha de estimar un diente que un diamante”. Creo que hemos hincado suficientemente el diente sobre este tema; a buen entendedor pocas palabras bastan.

Posteado por: josejuanmorcillo | Enero 6, 2008

Chabacano (6-1-08)

La noticia es extraoficial, pero es muy seguro que, a lo largo de este mes, Filipinas oficializará la decisión gubernamental de reintroducir la enseñanza del español en todos los niveles educativos tras varias décadas de marginación por parte del gobierno norteamericano, que fomentó la implantación del inglés como segunda lengua oficial en el archipiélago asiático junto con el tagalo, lengua indígena.

Es, sin duda, una noticia extraordinaria, porque, por un lado, fortalecerá la lengua de Cervantes por todo el mundo, y, por otro, porque estamos ante la decisión justa de devolver oficialmente al país una lengua que durante siglos se empleó en todos los ámbitos y que, tras el Desastre de 1898, fue suprimida y quedó relegada a una esfera estrictamente familiar; esto, al menos, ha permitido que, a día de hoy, el español sea conocido por unos dos millones de filipinos. Para que observen la magnitud de lo que estamos comentando, imagínense, por poner un ejemplo, que en Méjico, tras pasar a jurisdicción norteamericana, se hubiese prohibido la enseñanza y el uso oficial del español durante un siglo y sólo se hubiese admitido el empleo del inglés y de las lenguas indígenas más habladas en ese país –náhuatl, maya, mixteco y zapoteco-; y que el español, tras siglos hablándose en Méjico, hubiese sufrido un retroceso cuantitativo y cualitativo.

La Presidenta filipina, Gloria Macapagal Arroyo, destacó la presencia imborrable de la cultura española en la historia de Filipinas, tanto que es conocida como la única nación hispánica de Asia tras cuatro siglos de colonización, que comenzó en 1565 por López de Legazpi y que dio a las islas su nombre actual en honor de Felipe II. Pero, también, la mandataria recordó tristemente el declive del español sobre todo a partir de la década de los setenta, cuando Ferdinand Marcos prohibió su uso administrativo, y Corazón Aquino, en 1987, borró nuestro idioma del sistema educativo mediante una reforma constitucional. Afortunadamente, ya superadas aquellas dos decisiones anticulturales y chabacanas, los filipinos podrán ahora enriquecer su patrimonio lingüístico y cultural y decidir libremente su idioma al margen de exclusiones absurdas e injustas.

Por pertenecer a la corona española, el tráfico marítimo entre Méjico y Filipinas llegó a ser muy intenso; en aquellos sucesivos e interminables viajes, los mejicanos descubrieron que en algunas poblaciones filipinas se hablaba un criollo, una mezcla de español y tagalo, y como les resultaba muy vulgar, malsonante y de poco estilo lo llamaron chabacano. Desafortunada elección entonces para denominar una variedad lingüística empleada hoy por casi un millón de hablantes.

Posteado por: josejuanmorcillo | Diciembre 29, 2007

Ataviados (30-12-07)

Me fijé en la revista que doña Rosa estaba ojeando. Era una de esas mal llamadas “del corazón”, porque en lugar de eso, de sentimientos, hay mucho dinero, sonrisas superficiales y escasa dignidad. Pero gustan porque de ellas se escurre un deseo irrefrenable de hocicar en los asuntos ajenos, de poner de vuelta y media a los protagonistas de los reportajes y, quizás, quién sabe, de desear lo que difícil o seguramente nunca se ha de alcanzar. A veces –lo reconozco- me dejo atrapar por ellas, por la textura de su papel y la calidad de las fotos, y porque, después de pasados unos minutos recorriéndolas con la mirada y con la voz, siento aplacar ciertos instintos ancestrales que todos llevamos dentro.

A pie de una de las fotos, en la que varios comensales compartían mesa, mantel y cuchillo, se resaltaba que iban todos al ágape “muy bien ataviados”. No entiendo muy bien por qué, en lugar de decir que alguien “va muy bien vestido” o, simplemente, “muy elegante”, se emplea tanto el verbo ataviarse si éste lleva implícita la connotación de “adornarse” o “disfrazarse”. Recuerdo muchos párrafos de textos clásicos, principalmente de libros de caballería, en los que se hacía hincapié en el efecto plástico y cromático de sus personajes para resaltar su condición social y militar, y, así, se incidía en que los reyes y los caballeros iban “muy ricamente ataviados” para tal celebración o justa, es decir, con coronas y piedras preciosas los unos, y con armaduras de plata y penachos los otros. Sin embargo, no es necesario viajar tanto; hoy en día, sobre todo en ciertas celebraciones patronales, los componentes de algunas agrupaciones musicales o de coros y danzas salen ataviados con los trajes típicos de su región o con los uniformes pertinentes, pero, claro, no es una indumentaria habitual. Por esta misma razón, la gente que se disfraza para cualquier fiesta de carnaval o para una representación teatral se atavía con la ropa o disfraz correspondiente. Así pues, a un convite especial, a una comida de trabajo o a una cena de Nochevieja vamos vestidos de gala o elegantes, pero nunca ataviados, es decir, disfrazados o adornados con ropajes especiales, a pesar de que encontremos alguna rareza.

Pero doña Rosa, que nunca ha perdido su afición por la lectura y la historia, no se estaba fijando en los trajes de los fotografiados, sino en las copas chocando entre sí en el momento del brindis: “Una vez leí que la costumbre de brindar proviene de la Edad Media por miedo a que hubiese veneno en la copa; así, al chocarlas, hacían que el líquido de una cayese en la otra, y si realmente había veneno, el otro no bebía”. Y lo cierto es que, mirando una y otra vez los rostros de la foto, me pareció reconocer en algunos de ellos la sonrisa siniestra de la venganza.

Posteado por: josejuanmorcillo | Diciembre 22, 2007

Tierra de conejos (23-12-07)

No dudaron aquellos romanos, al poco de entrar en nuestra Península por el puerto de Ampurias, en denominarla Hispania, aunque hay que reconocer que el trabajo ya estaba hecho. Quizás fuese por el cansancio de la lenta y costosa conquista, o tal vez se debiese a que no pensaban en otra cosa que en cortar de raíz el ascenso militar cartaginés, pero lo cierto es que no tardaron en saber que aquella tierra tan llena de riquezas y de un clima y de una vegetación admirables, que aquella tierra de la que dos siglos más tarde dijo Julio César que era la mejor de las Provincias romanas y su preferida, era conocida por sus habitantes como Isephanim, que en lengua púnica –la de los cartagineses- significaba `isla o tierra de conejos´, por el hecho de que el animalito abundaba sobre todo en el sur de la Península, donde habitaba este pueblo de ascendencia fenicia. Si bien es cierto que el origen etimológico del nombre de nuestro país aún sigue originando varias teorías –algunas disparatadas-, mucho de verdad ha de haber en lo que hemos contado cuando el poeta romano Catulo llegó a llamar a nuestra tierra Cuniculosa Celtiberia (`Celtiberia, la Conejera´), o cuando en algunas monedas de la época de Adriano se representaba a Hispania como una señora sentada a cuyos pies yacía un conejo.

Tanto la liebre como el conejo han sido símbolos de la procreación, y por ello representaban no sólo la fecundidad, sino también la lujuria. De hecho, hoy en día, y en contextos coloquiales, se sigue comparando a una mujer que ha parido muchos hijos como una coneja. Pero, en la Edad Media, estos lepóridos pasaron a representar la ligereza y la diligencia en los servicios, y esa es la razón de por qué aparecen representados en cuadros y, sobre todo, en sepulcros góticos, en ocasiones junto a un perro, símbolo de la fidelidad.

Esta semana nos ha sorprendido el señor Puxeu, Secretario General de Agricultura y Alimentación, con unas declaraciones en las que aconseja el consumo en estas Navidades del animalito por su bajo precio. Pero creo que se ha quedado corto este señor, porque, en el yantar, y por su bajo contenido en grasa –perfecto para cualquier dieta-, el conejo da consistencia a nuestros gazpachos, elegancia y finura a la paella, y exquisitez y suavidad si va acompañado de níscalos y regado con un buen caldo. Claro que es una opción muy válida para estas fechas, pero no por el precio que tenga en el mercado. Al señor Puxeu le ha faltado delicadeza, sensibilidad y algo de gusto, no sólo el culinario. La indignación de millones de españoles se basa en que nos quieran dar gato por liebre.

Posteado por: josejuanmorcillo | Diciembre 16, 2007

La gorda (16-12-07)

No dirán que no ha tenido eco el porquénotecallas juancarleño; cuánto no habrá dado de sí, que hasta una empresa granadina está haciendo su diciembre tras poner a la venta unas camisetas en las que aparece grabada la malhumorada invitación al silencio. Muchos defienden que la reacción de nuestro Jefe del Estado fue lógica y correcta, pero los hay también, al otro lado del charco, que reivindican al menos una disculpa española. En fin, sea como fuere, a la vista de que todavía quedan rescoldos, lo cierto es que allí se armó la gorda. Y ya que ha salido esta expresión –armarse la gorda-, les comentaré que proviene de mediados del siglo XIX, de los convulsos años que precedieron al estallido de la Revolución de 1868, que supuso el derrocamiento de la reina Isabel II, la desaparición de la Inquisición y la proclamación de la I República. Se sabe que, por ciertos círculos selectos de Sevilla, comenzó a correr la frase de que, si en España no cambiaba el talante político de la reina, iba a armarse la gorda, es decir, estallaría una revolución total que cambiase el rumbo político del país. Y así fue; se armó la gorda, y años más tarde, en 1898, la marimorena, pero eso es harina de otro costal.

Como nuestro artículo parece deambular entre orondos, coincidiremos todos en que no hay gordo más esperado que el de Navidad, el que sólo va a visitar a unos cuantos afortunados el 22 de diciembre. Si bien nuestra lotería fue creada por Carlos III con fines benéficos y recaudatorios a finales del XVIII, un siglo más tarde -precisamente por la época en que se armó la gorda- se impuso entre los agraciados en el sorteo una costumbre muy peculiar con la que mostraban su gran alegría y la idea de que comenzaba para ellos una nueva vida, y esa moda no fue otra que la de lanzar por la ventana de la casa todo el mobiliario. De aquella práctica tan impulsivamente ibérica nos ha quedado la expresión “tirar la casa por la ventana”.

Por la ventana del Palacio Real habría querido tirarse don Juan Carlos cuando, según la leyenda urbana, durante una recepción con diplomáticos latinoamericanos, el peruano le confesó al Monarca, mientras estrechaba muy ufano su mano, que se sentía muy dichoso porque “le había tocado la polla”, y el Borbón, contrariado, desconocía que, por las latitudes andinas, al premio gordo en la lotería lo llaman así, como acaban de leer. Cuentan que la reacción del Rey estuvo a la altura de su cargo: “Y yo que me alegro”.

Los andaluces llamaron “La Pepa” a la Constitución de 1812, y “La Gorda” a la Revolución de 1868. Quizás no tarden en acuñar un nuevo término para referirse a los lances e incidentes sobrellevados por nuestro Rey.

Posteado por: josejuanmorcillo | Diciembre 8, 2007

Cómo hemos cambiado (9-12-07)

Quizás la recuerden porque ya en alguna ocasión la he traído a esta palestra, aquí, en letras de molde, y es que ayer di un pequeño paseo con doña Rosa, mi vecina. Estaba encantada de ver las luces y las decoraciones propias de las fiestas navideñas; yo, en cambio, le confesé que tanto abalorio me resultaba demasiado artificial, pero ella insistió en que esa puesta en escena contribuía a crear un ambiente de felicidad y concordia, “que a una le entran ganas de saludar a todo el mundo, vaya”, y que eso ya era suficiente para aceptarlo. El encanto de los ancianos reside muchas veces en que volvemos a ver en ellos los ojos y la sonrisa de un niño.

Nos detuvimos en un escaparate atestado de cestas navideñas y de viandas que sólo se enamoran de determinados bolsillos. “Cómo hemos cambiado”, suspiró. “Para la cena de Nochebuena preparábamos un pollo de corral relleno, que entonces, por el precio que tenía, era visto como un manjar. Y ahora, fíjate”. La sociedad cambia, y con ella, como es lógico, los usos y costumbres. Me acordé entonces de aquellos banquetes pantagruélicos que festejaba la nobleza de hace algunos siglos; por aquella época se consideraba que cuanto menor fuera el tamaño del animal mayor era la calidad de su carne y, por tanto, el precio: perdices, pichones, codornices o faisanes eran los manjares más selectos, acompañados por cochinillos, liebres y conejos. La ternera, el cordero y el cerdo no eran tan frecuentes, y sólo para la plebe, para los criados y lacayos se reservaban las verduras, hortalizas y legumbres. Esta es la razón de que las cortes europeas se llenaran de enfermos de gota y de dolencias cardiovasculares, mientras que el pueblo llano gozaba de una envidiada salud. En El Quijote, que no en vano es una obra maestra de la literatura universal, ya se advierte del riesgo nocivo que entrañaba la ingesta de determinada carne, y, así, cuando el pobre Sancho comienza a gobernar en su fingida e inexistente ínsula, el médico le advierte: “Es mi parecer que vuestra merced no coma de aquellos conejos guisados que allí están, porque es manjar peliagudo”. El término peliagudo hace referencia a los animales de pelo fino, y cuya digestión se hacía más pesada y dañina para la salud, y, por eso, nos ha quedado el empleo de esta palabra para referirnos a cualquier asunto de difícil resolución.

Cuando entré en casa después de acompañar a mi vecina, decidí regalarme una cena digna de un conde, y con determinación me abrí una perdiz en escabeche de las dos que guardaba en la despensa. La vianda me resultó tan exquisita y deleitable, que incluso me trajo aromas de otras épocas. Después de aquel banquete, no lo dudé: “La otra, para doña Rosa”.

Posteado por: josejuanmorcillo | Noviembre 29, 2007

¿Jet o yet? (2-12-07)

No piensen que la columna de hoy es el título de una canción de Julio Iglesias o un recuerdo a la chica yeyé que inmortalizó la Concha Velasco que, por aquellos días, todos conocíamos por Conchita. En absoluto. La razón de escribir estas líneas no es otra que la de descubrir que los españoles siguen devorando a toneladas esos programas -nunca mejor llamados de telebasura- en los que se sientan personajes de la farándula –o algunos de la jet- sobre los que caen como chuzos toda suerte de improperios y de observaciones íntimas e indiscretas a cambio de un sustancioso cheque que llevan al banco tan pronto como los focos del bochorno y de la sandez se apagan. Magnífico espectáculo y brillante ejemplo es el que estamos ofreciendo a las jóvenes generaciones que ya están llamando a la puerta de una vida laboral ética y responsable.

Si no recuerdo mal, fue por el entorno de Marbella donde se empezó a emplear el anglicismo jet set para referirse a un grupo de clase social alta que descollaba no sólo por la gran cantidad de dinero fundido en fiestas de lujo y glamur, sino además por sus ya entonces famosas excentricidades que exhibían a lo largo de la famosa Milla de Oro entre Marbella y Banús. De aquellas pelucas y pañuelos de chaqué no ha quedado nada, pero sí una moda que no tardó en extenderse por el resto de la alta sociedad española: ya no bastaba con pasear coches de lujo y sonrisas de diamante; ahora lo obligado era ser un jetsetter, había que salir en los medios, al igual que el famoseo de la noche marbellí. Hoy en día, ya se habla de la jet, así, a secas, pero puntualizando si es la jet de Madrid, de Barcelona o de Sevilla; incluso aquí hay muchos que creen pertenecer a una supuesta jet de Albacete. Otro ejemplo encomiable para los vástagos de tan afortunadas familias.

Pero hay algo que no me cuadra, y es por qué seguimos escribiendo jet y no yet, que es como lo pronunciamos, al igual que escribimos “fútbol” y no “football”, “mitin” y no “meeting”… Y si ya hemos logrado escribir güisqui y cruasán, que desprenden aromas de fiesta y de desayuno con diamantes, por qué no íbamos a conseguirlo con yetlag en lugar de jet-lag, o yetset por jet set. Pero quizás sea muy complicado, porque fíjense los años que llevamos escribiendo pub pero pronunciándolo pab.

Al final, y visto el seguimiento televisivo que de esta jet lleva a cabo nuestra sociedad, la solución podría estar en cederle el paso en la Real Academia Española a un Pocholo o a una Mar Flores: se completaría nuestro Diccionario normativo de “flirteos guays” y de “oseas” sin sentido.

Posteado por: josejuanmorcillo | Noviembre 25, 2007

Melancolía (25-11-07)

Melancolía, sí, melancolía de tiempo otoñal, de lluvia en los cristales, de paisaje gris y hojas secas, melancolía en el espíritu, melancolía…

En los estudios sobre Medicina que se impartían en las universidades europeas del siglo XVI, época en la que se investigó por primera vez a fondo el funcionamiento del cuerpo humano, se señalaba que nuestro organismo estaba formado por cuatro humores que entre sí chocaban, y que tales incompatibilidades evidenciaban el origen de muchas enfermedades. Aquellos cuatro humores eran, por un lado, la cólera y la flema, y, por otro, la sangre y la melancolía, y todos ellos estaban perfectamente localizados y entraban en funcionamiento después de las comidas: al comer y beber, el hígado se activaba y formaba la sangre; en la vesícula se originaba la cólera; en los pulmones, la flema; y en el bazo, la melancolía. Y, así, si lo ingerido resultaba desproporcionado o estaba en mal estado, los humores podían dispararse y provocar cualquier enfermedad. Es más: los caracteres de cada persona venían marcados por su predisposición a un humor determinado, de tal manera que los sanguíneos eran alegres; los coléricos, airados; los flemáticos, sufridos; y los melancólicos, tristes.

El humor más perjudicial era la melancolía, porque de ella nacían los peores e incurables males. La palabra significa `humor negro´ porque proviene del griego jolí (`humor´) y mélanos (`negro´), de donde tenemos otros vocablos como melanoma, melanuria o melenas, que nada tiene que ver con el cabello y que son deposiciones negras a causa de alguna hemorragia interna. La fama de la melancolía era tan desfavorable que se creía entonces que las cuartanas, o fiebres de cuatro días, eran causadas por ella, y que aun la licantropía se originaba por este humor porque lanzaba sus vapores y humores negros a la cabeza, la perturbaban y le hacían perder el juicio, de tal manera que volvía loco y furioso al enfermo.

Sin embargo, a pesar del cariz ominoso que poseía este humor -y aunque resulte paradójico-, presumía de un aspecto muy positivo porque se creía que hacía al hombre sabio; ya Aristóteles enfatizaba la frialdad y sequedad de la melancolía y defendía que los escritores más señalados siempre fueron melancólicos.

Sea o no cierto, en días como éstos, uno se recrea en el agridulce encogimiento del alma, como expresó el poeta en estos versos: “¡Qué frío el de la muerte presentida! ¡Qué amargo / frío, contra el que es inútil todo el llanto! / …El corazón se encoge, como un niño, temblando…; / las hojas secas caen…, todo está solitario…”.

…melancolía de otoño, ardiente y querida tristeza, sólo tú, melancolía.

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