En aquellos años de la niñez en los que me tocó vivir un sistema educativo que nada –y subrayo lo de nada- tiene que ver con el actual, se hablaba mucho de la elegancia del lenguaje, es decir, del empleo pudoroso y socialmente correcto de las palabras. Y viendo y oyendo lo que vemos y oímos en los medios de comunicación, quizás no vendrían mal algunas ideas que, para muchos, seguro que son desconocidas. Así, el otro día me vino a la mente –y lo compartí con un compañero de trabajo- que se considera inapropiado el uso de la pregunta “¿Me entiendes?” dirigida a una persona a la que estamos contando o explicando algún tema, por la sencilla razón de que da la sensación de que estamos poniendo en duda su capacidad intelectual o de comprensión, y, por tanto, resultaría más respetuoso y elegante usar otra como “¿Me explico?”, con la que ponemos en tela de juicio nuestra habilidad expositiva, y no la facultad de discernimiento de nuestro interlocutor. Es una cuestión de elegancia lingüística.
Sin embargo, un exceso de prurito lingüístico nos conduciría a una mala interpretación de un término, o, incluso, a su ocultamiento y desuso. Me explico, y, para ello, veamos dos casos. De siempre hemos oído que no es aconsejable decir sobaco, sino axila, y la razón que nos han dado ha sido porque la primera es más brusca y malsonante que la segunda. Pues fíjense que, de aconsejar, recomendaría sobaco en lugar del cultismo axila, y mi motivo no es otro que su antigüedad pues estamos hablando de un término prerromano que se lleva empleando en la Península desde hace algo más de dos mil quinientos años. ¿Cuestión de elegancia si marginamos la palabra celtíbera y optamos por la griega? Probablemente sí, pero también denotaría un más que sobresaliente desconocimiento de la lengua.
El otro ejemplo que quería traer ante ustedes me arrastra de nuevo a mi época de Primaria. Yo estudié en un colegio religioso, y nos repartían, cuando llegaba la festividad de san José, la estampa del patrón. Al pie de la ilustración que mostraba al santo como un padre ejemplar, se leía la leyenda: “P. P. de Jesús”. Los frailes nunca nos quisieron aclarar el significado de la sigla porque, según ellos, éramos demasiado pequeños para comprenderla, y porque nuestras mentes puras y delicadas debían mantener la imagen de san José como el padre de Jesús en la tierra. Algunos años más tarde supe que la sigla era el origen del apodo “Pepe” para los Josés y que equivalía a “Padre Putativo”, y, claro, lo de putativo, a pesar de significar `Tenido por padre sin serlo´, era mejor omitir y silenciar por su naturaleza cacofónica e irreverente. ¿Cuestión de elegancia? No, aquí estamos frente a una cuestión de estrechez de miras y ante un puritanismo lingüístico rancio e irrelevante que, por desgracia, seguimos percibiendo a principios del siglo XXI.
Hace unos meses, la editorial Temas de Hoy publicó un libro titulado Hablar bien no cuesta tanto con la finalidad de animar a los hablantes del español a que aprendan a hablar un poco mejor, con más elegancia, claridad y precisión. Aplaudo esta nueva iniciativa, pero no debemos olvidar que son los medios de comunicación el mejor altavoz para propiciar y lograr una empresa tan ambiciosa. En ellos reside la mayor responsabilidad.