Desde que el hombre comenzó a mirar al cielo sondeando y preguntándose qué había más allá de donde alcanzaba la vista, en algún instante que no recogen los libros de Historia decidió responderse que sólo un ser superior habría sido capaz de crear tanta inmensidad, tanta belleza y tanta armonía. A partir de entonces, el deseo de ver y estar en presencia de ese ser superior, ya fuera en cuerpo o en alma, ha marcado el devenir de la humanidad y fallidamente se ha procurado, una y otra vez, justificar la existencia y la presencia de esa divinidad aun cuando se nos ha recordado, como en la historia de Ícaro, que el sol siempre derretirá las alas de la ciencia y de la vanidad humana. Quizás por todo esto, uno de los fragmentos literarios que aún hoy me sigue cautivando es el que se encuentra en el versículo 5 del tercer capítulo del Génesis, que corresponde al momento en el que la serpiente persuade a la mujer de que tome la manzana con el siguiente ofrecimiento: “Eritis sicut Deus, scientes bonum et malum” (`Seréis como el mismo Dios, conocedores del bien y del mal´). Una promesa demasiado tentadora para ser rechazada.
La vanidad del hombre, que ha sido y sigue siendo tan ilimitada como impertinente, le ha llevado en ocasiones a verse como hijo de un dios. Recordemos a Alejandro Magno, que se autoproclamó “Hijo de Dios”, o pensemos en los faraones, que se consideraban la reencarnación de la mismísima divinidad. Y si no queremos mirar a un pasado tan remoto, a lo largo de estos dos últimos milenios no son pocos los reyes y dictadores que han gobernado “por la gracia de Dios”, es decir, por mediación divina.
Ahora no dejo de sorprenderme con ciertos famosos que están convencidos de que han sido tocados y escogidos por el destino o por el cielo para ser lo que son y llegar hasta donde han llegado. Suelen ser cantantes y deportistas de primer orden capaces de mover una masa de fieles devotos que los ha convertido en modelos de vida y por los que profesa una adoración semejante a la que puede sentirse por un guía espiritual de una confesión mayoritaria. La humanidad está necesitada de creer, pero, hoy en día, esta necesidad se orienta a adorar a alguien de carne y hueso, sentirlo real y vivo, poder llegar a tocarlo, poder escucharlo, poder verlo llorar y reír, comprobar que, a pesar de ser un mito vivo o un semidiós, es tan humano como cualquier mortal. Acercarse y poder rozar a uno de estos héroes modernos se convierte en una experiencia plena, y, para la mayoría, un simple autógrafo o algún objeto tocado por su ídolo merece tanta adoración como la que reciben por parte de los fieles las reliquias que exhiben muchas iglesias. Ciertos dirigentes y los medios de comunicación, conocedores de esta marea ideológica, se encargan muy frecuentemente de encumbrar a estos mortales hasta el olimpo de los acariciados por la gracia e inspiración de un más allá que no está tan lejos empleando para ello un lenguaje mesiánico. Florentino Pérez, en la presentación de Kaká, dijo: “Kaká ya está entre nosotros, y tenemos el honor y la gloria de que juegue en el Bernabéu”. Y un periodista escribió este titular un día después de la presentación de Cristiano Ronaldo: “Cristiano se hizo blanco y habitó entre nosotros”. Los convertimos en dioses, y luego hacemos leña de ellos cuando caen a la tierra con las alas derretidas y consumidos por la indiferencia.